Es posible que mañana muera y en la tierra no quedará nadie
que me haya comprendido por completo.
Unos me considerarán peor y otros mejor de lo que soy.
Algunos dirán que era una buena persona; otros, que era un canalla.
Pero las dos opiniones serán igualmente equivocadas.

Mijail Iurevicht Lermontov


lunes, 31 de mayo de 2010


"Nos vamos a morir de todas maneras.
Nos juguemos o no nos juguemos:
el problema, en todo caso,
no consiste en morirse joven,
sino en haber vivido al pedo".

Francisco “Paco” Urondo
(Santa Fe, 1930/1976)

sábado, 29 de mayo de 2010

ARCO IRIS: Sudamérica o el regreso a la aurora

Algo se está gestando / lo siento al respirar / es como una voz nueva / que en mí comienza hablar. // De pronto en el planeta / va quedando un lugar / donde los hombres podrán / seguir creciendo en paz. // Con su selva y su pampa / y su cordillera / un nuevo continente / pronto va a despertar. // Quizás los nuevos Incas / Quizás la nueva luz / La hora prometida / pronto va comenzar.
¡Sudamérica, Sudamérica!/ Sudamérica, Sudamérica!
Algo se está gestando / lo siento al respirar / es como un viento nuevo / que nos reunirá. // Sin personalidades / Sin armas ni color / Es como un sentimiento / Es como un nuevo Sol. // Con su selva y su pampa / y su cordillera / un nuevo continente / pronto va a despertar. // Quizás los nuevos Incas / Quizás la nueva luz / La hora prometida / pronto va comenzar.
¡Sudamérica, Sudamérica! / ¡Sudamérica, Sudamérica!
(de "Arco Iris" - 1972 - Autor: Gustavo Santaolalla)
Ara Tokatlián: vientos
Guillermo Bordarampé: bajo
Gustavo Santaolalla: guitarra y voz
Horacio Gianello: batería y percusión

miércoles, 26 de mayo de 2010

A DOS PUNTAS

"Abstracción" (1932)
Juan del Prete (Italia, 1898/Argentina, 1987)
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.Te hacés mi amiga 
si estás conmigo
pero cuando estás con otro
me deshacés, siempre.
S.G.

Luego de varios minutos de no abrir la boca, Laura decidió romper el silencio. Levantó la vista, miró cómo me comía las uñas con la vista perdida en la nada, y me pegó suavemente en la mano.
—¡Dejá de hacer eso, boludo! ¡Te vas a hacer mal!
Esbocé una sonrisa. Me gustó su gesto y dejé mis uñas para después. Revolví lo que quedaba de café, ya frío, y lo terminé de un trago. Afuera llovía y estaba destemplado. La ciudad a través del vidrio se veía triste.
—¿Podemos hablar? ¿No vas a abrir la boca en toda la tarde?
—¿Querés otro café? —la invité y llamé a la moza.
—Mejor sería que pidieras una cerveza. Cuando tomás alcohol siempre hablás más.
—No es mala la idea —la moza se acercó—. Dos cafés más, por favor.
Días atrás me había escrito una carta. Me la había dado en medio de una reunión de amigos. Laura se había confesado como nunca. La palabra escrita le resultaba más cómoda, como a mí, pero cuando advirtió que mi reacción se demoraba, comenzó a sospechar que mi respuesta no se produciría nunca. Por eso me invitó a tomar un café.
—Creí que ibas a contestar mi carta… Hoy me siento una tarada por todo lo que te escribí. Pero me salió de adentro, lo escribí de corazón y pensé que te iba a “mover” un poquito…
En su carta me decía, entre otras cosas, que cuando estaba a mi lado era feliz, que me quería mucho, que yo la hacía sentir segura, conforme y muy tranquila. Sinceramente, no la entendí. ¿Acaso me consideraba su guardaespaldas? Me confesó que en un tiempo no tan lejano yo le interesaba mucho, más que como un amigo, pero que no entendía por qué yo me había encerrado en mí mismo, por qué le había negado el acceso a mi vida. Me dijo que ella quería saber más de mí, conocer mis deseos, mis ideas, mis aspiraciones, mis dudas, mis miedos, mis penas, mis alegrías… Y que deseaba que yo me interesara por ella…
—Leí tu carta… Pensaba contestarte —le dije con mi característica tranquilidad—. Quería meditar muy bien la respuesta.
—¡Pero creo que te confesé cosas que no se tienen que pensar demasiado!
Era cierto. Me pidió casi por favor que me interesara por ella, me dijo que estaba pasando momentos difíciles en la escuela y que sus padres estaban muy enojados por sus calificaciones. Que necesitaba alguien en quien confiar, un amigo, un apoyo, alguien que la abrazara con sinceridad en esos momentos de llanto imposible de evitar.
Tenía razón, sin dudas. Cualquier adolescente —como lo era yo en esa época— al que una amiga le escribía semejantes palabras, no podía dejar de actuar en consecuencia. Y para colmo lo había escrito, lo había plasmado en un papel. Y la palabra escrita es sagrada. Una persona antes de entregar sus sentimientos que sabe que quedarán inmortalizados en un papel, los lee y relee hasta el infinito. Sabe que sus palabras quedarán escritas hasta que el destinatario decida eliminarlas, inmediatamente… o nunca…
La miré, dispuesto por fin a abrir la boca. Su cara reflejaba su tristeza y hermosura a la vez. Laura era hermosa. Laura me gustaba…
—¿Te acordás del momento en que me diste la carta? ¿Te acordás qué hiciste inmediatamente después?
—Ay… no me acuerdo… ¿Por qué?
Me suplicaba en su carta que volviésemos a los viejos tiempos, cuando nuestros diálogos eran frecuentes, casi siempre pesimistas —en concordancia con nuestros pensamientos adolescentes— pero el hecho de estar juntos, mirarnos a la cara y decirnos nuestra verdad sin ningún reparo, nos hacía felices. En eso tenía razón. Meses atrás habíamos sido muy compinches, nos sincerábamos mucho, me decía en la cara que yo era el amigo más perfecto que había conocido. Y yo la miraba a la cara y quería comérmela a besos… Pero esa sensación, inexplicablemente, desaparecía a los pocos segundos.
—¿Por qué me preguntás eso?
“Te quiero, te quiero mucho y siempre fuiste alguien muy especial para mí, ya que en mi vida en un tiempo significaste mucho para mí, fuiste muy importante, muy particular…”, me decía en esa carta que todavía conservo, después de tantos años…
La tomé de las manos. Las tenía heladas. Su flequillo apenas cubría sus cejas. Sus cabellos rubios y enrulados cubrían la mitad de su espalda. Era hermosa. Lo es.
—¿Por qué me preguntás eso? —insistió.
Nunca le contesté. No sé por qué… Aunque sí. Lo sé. Estaba seguro de que Laura fingía no recordar y que su memoria no era para nada frágil. Nunca olvidé —ni olvidaré— que después de darme la carta, casi en secreto, se fue del grupo con Francisco, abrazada y a los besos, mientras yo los observaba con la carta en la mano —aún sin leer— y con un nudo en la garganta.

jueves, 20 de mayo de 2010

SOCIEDAD COLONIAL


"Manifestación"
(Antonio Berni - Argentina, 1905/1981)
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Ocurrió un día cualquiera del año 2009. Mientras ayudaba a estudiar a Pedro Ciencias Sociales de 4º grado y leía cómo estaba compuesta la sociedad colonial santafesina en el siglo XVI, en forma jerárquica y desigual, vinieron a mi memoria voces muy cercanas, escuchadas en pleno siglo XXI.
Pedro debía aprender que la población blanca de aquella época formada por los españoles y sus descendientes (los criollos) ocupaba una posición privilegiada. Se consideraban superiores por el color de su piel, por su riqueza y sus costumbres. Eran los blancos ricos, dedicados al comercio o propietarios de grandes estancias, un grupo muy pequeño de familias emparentadas entre sí. Se llamaban a sí mismos “la gente decente”.
Que los mestizos (mezcla de indígenas y españoles) eran vendedores ambulantes. Los indígenas —los verdaderos dueños de la tierra— fueron los más perjudicados por la llegada de los conquistadores, que los dominaron por la fuerza ya que poseían armas de fuego y caballos, desconocidos en estas tierras.
Que en el último estrato social estaban los mulatos y negros, que eran considerados, o mejor dicho, no eran considerados seres dignos. Eran esclavos que la clase dominante podía comprar y vender a su gusto.
Mientras Pedro leía yo pensaba en la gente que por estos días tenían que hacer interminables colas para poder gestionar un subsidio nacional. Y en mis oídos resonaron palabras dichas en pleno siglo XXI que bien podrían haber sido dichas en la época colonial.
“Hay que ver la mugre que dejan en la vereda cuando se van y hay que limpiar todo…”, murmuró una mujer indignada.
“Son negros que nunca laburaron ni lo van a hacer mientras sigan dando subsidios y casas gratis”, aseveró un cincuentón muy bien vestido mientras miraba la larga cola desde la vereda de enfrente.
“¡Hay un olor a jaula!”, dijo despectivamente una profesional del Derecho luego de pasar por al lado de la larga cola y mientras ingresaba al edificio de los Tribunales.
“Griten `¡A trabajar!` y van a ver cómo salen todos corriendo y no hay más colas”, comentó un funcionario público mientras se aflojaba la corbata que lo ahorcaba.
“¡Que agarren la pala!”, sugirió despectivamente alguien que nunca la había agarrado en su vida y sin embargo tuvo mejor suerte que cualquiera de los que hacían la cola.
“Es una vergüenza”, se quejó un joven de veinte pero con mente de ochenta mientras abría sus brazos nerviosamente, sin pensar que no eran ellos los culpables de esa situación.
“Esto no da para más, tiene que explotar de alguna manera”, sentenció un gorila nostálgico de vida contemplativa y cómoda, mientras deseaba que una mano dura se hiciera cargo de la situación.
Pedro siguió leyendo: “Era difícil que la clase acomodada se relacionara con los blancos más pobres y más raro aun que lo hicieran con los mestizos, mulatos, indios o negros”. Detuvo la lectura, pensó y me planteó: “Si los españoles, los blancos, no se relacionaban con los indígenas y negros, ¿de dónde salieron los mestizos y los mulatos?”.
Intenté una explicación acorde a un niño de nueve años y no pareció entender.
Es evidente que el pensamiento de la "gente decente" del siglo XVI cinco siglos después sigue vigente, y que los que por entonces eran el último eslabón de la sociedad, todavía lo siguen siendo.

viernes, 14 de mayo de 2010

LA LLEGADA DE DON MIGUEL

Dibujo y grabado de Miguel de Cervantes
G. Gómez Terraza y Aliena
Valencia, 1877


Cuando abrí la puerta luego de haber escuchado esos tres golpes secos y decididos, lo vi frente a mí, inmóvil, inmenso, todopoderoso, con sus ojos clavados en los míos, fulminantes. No hablaba. Solo me quemaba con su presencia espectacular. Retrocedí unos pasos ante el destello de los pocos dientes que le quedaban. Observé cómo esos labios paspados se iban separando lentamente y supe de inmediato que había venido a decirme, sin vueltas, lo que nunca hubiese querido escuchar.
Sabía que algún día vendría, pero no lo esperaba justo esa tarde en que me encontraba lidiando con los personajes de una novela que intentaba continuar escribiendo de una buena vez por todas. Ya me lo había advertido tiempo atrás, cuando lo soñé tan imponente como lo estaba viendo ahora. En aquella oportunidad, minutos antes de dormirme, había terminado de escribir uno de los que yo considero mis mejores cuentos. En el sueño no había sido tan directo como lo fue esta vez: solo me lo había advertido.
Intenté cerrarle la puerta en la cara, quise gritarle que me dejara en paz, que no lo necesitaba ni quería escucharlo, pero el esplendor de su imagen me inmovilizó, me ató de pies y manos, y ni siquiera tuve fuerzas como para darme vuelta y salir corriendo.
Pensé en cómo continuar mi novela, en qué destino les iba a dar a Laura y a Juan. Sabía que yo no era quién como para disponerlo y sospeché que él me había venido a orientar. ¡Qué lejos estuve entonces de saber la verdad!
Fueron unos pocos segundos pero me parecieron siglos. Qué incómodo me sentí, nervioso, minúsculo, insignificante. Y aunque ya lo había visto en sueños, personalmente me sorprendió. Su imagen brillaba en ese pasillo apenas iluminado.
Bajé la vista, me aflojé y me resigné a escuchar sus inminentes palabras. Tardó en decirlo. Primero suspiró y lo miré a los ojos. Me pareció que su mirada había cambiado; ahora expresaba algo de lástima. Pensé en Laura, en Juan, en mi novela inconclusa... Y por fin me lo dijo:
—¿No os parece que vuestro destino no es la escritura? —me insinuó, compasivo, don Miguel de Cervantes Saavedra.

miércoles, 12 de mayo de 2010

GELMAN, Juan: El animal

¿Qué miran?
(Argentina, 1944)
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Cohabito con un oscuro animal. Todo lo que hago de día, él de noche me lo come. Lo que hago de noche, me lo come de día. Lo único que no me come es la memoria. Se encarniza en hacerme recordar hasta el más chico de mis errores y mis miedos.
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No lo dejo dormir.
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Soy su oscuro animal.

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(Argentina, 1930)

domingo, 9 de mayo de 2010

MARTES 13 (Enero, 1981)

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A Horacio (el “Negro”) y Omar
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Una brisa salada acariciaba nuestras caras alegres, boquiabiertas. Apenas nos despeinaba. Pero nos hacía amontonar unos con otros para evitar el frío. Éramos varios, muchos, un buen número. Un centenar, quizás. Hombres y mujeres. Jóvenes y viejos. El rasguido de una guitarra guiaba nuestra mente. La llevaba de un lado a otro. Guiaba nuestra voz: alegría, ilusiones, tristezas, protestas. La medianoche se acercaba y todos nos queríamos quedar ahí, toda la noche, hasta el amanecer. Queríamos dejar entrar al sol con los brazos en alto y los dedos en ve. Queríamos soñar junto al mar un mundo mejor. Dejar de lado a esa gente que con cara de asco nos miraba de reojo al pasar. Queríamos ignorar a ese inmenso edificio donde esa misma gente idiota iba a despilfarrar su dinero en una mesa de ruleta. Habíamos formado un semicírculo y nuestra vista se dirigía hacia el mar, hacia delante, hacia un futuro incierto al que nos preocupaba no ver... pero lo buscábamos. No teníamos ganas de compartir la felicidad de esa ciudad que estaba a nuestra espalda.
El escenario era muy particular: mar calmo, brisa fresca, noche estrellada, dos enormes lobos marinos de cemento y, atrás, “la feliz”. La mayoría de la gente que caminaba por la costanera se acercaba curiosa para ver qué pasaba en ese grupo de gente que tan alegremente cantaba y aplaudía. Pero la reacción no se hacía esperar: media vuelta y retirada al observar que quien tocaba la guitarra tenía los cabellos por debajo del hombro y, además, no era el único. Seguramente se irían mascullando algún comentario sobre esa juventud perdida que vivía solo para protestar y ni siquiera sabía por qué.
Hacía ya un buen rato que estábamos allí. Con el Negro y Omar nos habíamos sentado a un costado con un poco de timidez. No conocíamos a nadie pero nos olvidamos enseguida de eso. No solo se compartían las canciones sino que pasaban de mano en mano paquetes de galletitas, atados de cigarrillos, gaseosas y vino, sin importar a quiénes pertenecían. Difícil era imaginar que cerca de cien jóvenes y otros no tanto, que jamás se habían visto, pudieran disfrutar juntos un momento fraternal, un momento de paz.
Cuando la guitarra dejaba de sonar se escuchaban los aplausos y luego de una breve pausa una nueva canción empezaba. De nada sirve gritó uno y varios se sumaron al pedido. Y De nada sirve fue el tema que se cantó. Todo hacía prever un final inolvidable, un final que nos dejaría a todos un poco fuera de nosotros mismos, soñando con lo que más queríamos, yendo de estrella en estrella y bajando al mar manso para poder sumergirnos hasta lo más profundo y ser felices por un buen rato, sin molestar a nadie. Todo estaba en orden, todo era una sola ilusión: cantar toda la noche y olvidarnos un poco de la realidad… El grupo crecía. Desde lejos, los felices veraneantes nos seguían observando con desconfianza. Una perra vagabunda se nos había sumado y experimentó las caricias sinceras que quizás nunca nadie le había dado. Las canciones seguían. La guitarra cambiaba de manos pero no descansaba. Nada hacía pensar otro final que no sea el esperado. Otro grito pidió Deja que entre el sol. Las cuerdas sonaron con ganas y todos nos pusimos a cantar, a soñar y a pedir un poco de paz. Entonces sí los brazos se alzaron con los dedos en ve y comenzaron a balancearse ante el mar inmenso, ante el cielo estrellado, mezclando cabellos largos, niños en brazo, comida, vino…
Y un grito.
Un grito horrible que se multiplicó en segundos por mil. Un grito inesperado, un grito idiota, un grito que venía a derrumbar todo lo lindo que hasta ese momento estábamos viviendo. Un grito grave, seco, ensordecedor, enloquecedor. La fiesta llegaba a su fin.
“¡Policía! ¡Quédense todos quietos!”, gritó uno vestido de civil a quien todos, al mismo tiempo e instintivamente, dirigimos la mirada.
El instinto de supervivencia floreció en el grupo. No teníamos por qué escapar, nada malo estábamos haciendo, pero en enero de 1981 no había lugar para abrir juicios de inocencia o culpabilidad. Ese instinto de supervivencia hizo virar nuestra vista ciento ochenta grados para buscar una salida pero grande fue nuestra sorpresa al comprobar que el del grito no se encontraba solo. Aproximadamente quince sujetos más nos rodeaban. Carabinas y ametralladoras en mano.
“Vamos para allá”, dijo Omar dirigiéndose a hacia la playa, pero ahí había uno apuntándonos.
“¡No, rajemos para allá!”, gritó el Negro sin saber para dónde ir. Por todos lados estaban esos tipos.
“Quedémonos en el molde”, dije yo al no encontrar escapatoria.
Nueve Ford (no todos verdes, recuerdo algunos grises) estaban estacionados en fila sobre el bulevar Marítimo. Nos hicieron quedar a todos sentados donde estábamos y empezaron a hacernos subir por grupos. Alguien murmuró: “Hoy es martes 13”. Muchos reímos, aunque no con muchas ganas, ante la superstición del que había abierto la boca. Fueron palabras perturbadoras que nos hicieron pensar en ese momento —supersticiosos también— que nunca más tendríamos que organizar una fiesta o reunión en ese día fatídico.
La comisaría se llenó en poco tiempo. Algunos —más rápidos que nosotros— habían logrado escapar apenas escucharon el grito que todavía resonaba en nuestra mente. Pero la mayoría estábamos ahora allí. Nos revisaron uno por uno hasta debajo de las uñas. Luego de un par de horas interminables, comenzaron a largarnos. Omar, el Negro y yo fuimos unos de los primeros ya que éramos menores y teníamos permiso escrito de nuestros padres certificado en la policía en el bolsillo. Nuestros escasos dieciséis, diecisiete años, fueron suficientes para comprender la advertencia: no nos querían volver a ver en ese tipo de reuniones.
Dijeron que a algunos le habían encontrado drogas entre sus pertenencias. Que otros tenían antecedentes penales…
Nos fuimos caminando en silencio, manos en los bolsillos, atemorizados y con la inevitable duda de saber si todos los que habían ingresado a la comisaría con nosotros, volvieron a salir.

martes, 4 de mayo de 2010

TANGO

"La habitación de Vincent en Arlés"
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No estás.
Te busco y ya no estás.
Qué largas son las horas
Ahora que no estás...
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Julio Sosa canta y yo escucho atentamente la letra del tango que me hace pensar en mi propia realidad.
El tango, ese sentimiento triste que hace muy poco descubrí y me identifiqué con él, con su música, con su poesía, con su esencia. Lo siento como recuerdos, dolores propios o ajenos, así como lo sentía el gran Discepolín. Porque en mi mente ahora hay un recuerdo que no me deja dormir. Mi obligada siesta en esta calurosa ciudad ya no es necesaria. O sí. Pero es imposible. El ventilador no puede alejar las ausencias del alma. No puede. Y mis ojos inmensamente abiertos miran el techo gris de la habitación tratando de descansar. Intento no pensar. Porque me siento incompleto, porque veo todo gris —techo, cielo— y no puedo dejar de contar las horas cada vez más largas. Necesito recobrar lo perdido. Necesito cambiar el color de mi rostro, de mi alma. Necesito no perder más horas siesteras llorando recuerdos, ausencias, soledades. Necesito hacer de la felicidad una realidad.
Estoy solo y nadie me mira. ¿A quién le importa hoy mi situación? La habitación está triste. Julio Sosa no termina de llorar penas. El ventilador no logra calmar mi calor. Todo está oscuro y apenas puedo ver lo que escribo. El tiempo no pasa y vivo eternamente este presente insoportable, el único día, el de la soledad. ¿Quién me dice dónde está ella? Una eternidad sin verla, siglos sin escuchar su voz, ni una sola carta diciéndome aquí estoy. ¿Qué hace? ¿Qué piensa? Ni siquiera se imagina que estoy pensando en ella, que hoy, con mis ojos que no quieren ni pueden cerrarse definitivamente, la estoy evocando mientras miro un viejo retrato con su sonrisa sincera. Pero la foto no me habla, no me escucha... ¿Quién leerá esto algún día para que sepa alguien lo que yo siento en mi amarga soledad? ¿A quién le importa la vida del otro? Si yo muriera en este instante, seguramente este papel pasaría a ser solo un bollo que terminaría en un cesto de basura, llegaría luego al basural y así, una vez quemado, volarían sus cenizas y mi sentir por el mundo. Ella nunca lo leería. Ella, la inspiradora y causante de todo esto, jamás se enteraría de cuánto la quise. Si muriera ahora, nadie, absolutamente nadie, podría decirle que yo estaba loco. Muchos me miran al pasar frente a la ventana abierta de mi habitación. Sospecho sus pensamientos: Ese tarado está todo el día leyendo y sin hacer nada productivo... Y es cierto. Leo y me evado todo el día en los mundos de ficción como un protagonista más. ¿Qué otra cosa hacer para no pensar en ella, en mi soledad?
¿Por qué te fuiste dejándome solo en esta ciudad triste y solitaria? Caminar bajo este cielo gris que me dejaste ya no tiene sentido. Mis ojos ya no ven otra cosa más que tu cara y tu cuerpo en todas partes. ¿Dónde encontrarte? Me canso de golpear en la puerta de tu departamento y nadie me contesta...
Ella no está... Ya no me escucha, ya no me mira, ya no me siente. Sencillamente, no está. Y deambulo por las calles del mundo buscándola. Si ella me viera escribir esto... Si ella me viera llorar su ausencia...

lunes, 3 de mayo de 2010

GALEANO, Eduardo: Mapa del tiempo

"Consolation"
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Hace unos cuatro mil quinientos millones de años, año más, año menos, una estrella enana escupió un planeta, que actualmente responde al nombre de Tierra.
Hace unos cuatro mil doscientos millones de años, la primera célula bebió el caldo del mar, y le gustó, y se duplicó para tener a quien convidar el trago.
Hace unos cuatro millones y pico de años, la mujer y el hombre, casi monos todavía, se alzaron sobre sus patas y se abrazaron, y por primera vez tuvieron la alegría y el pánico de verse, cara a cara, mientras estaban en eso.
Hace unos cuatrocientos cincuenta mil años, la mujer y el hombre frotaron dos piedras y encendieron el primer fuego, que los ayudó a pelear contra el miedo y el frío.
Hace unos trescientos mil años, la mujer y el hombre se dijeron las primeras palabras, y creyeron que podían entenderse.
Y en eso estamos, todavía: queriendo ser dos, muertos de miedo, muertos de frío, buscando palabras.