Es posible que mañana muera y en la tierra no quedará nadie
que me haya comprendido por completo.
Unos me considerarán peor y otros mejor de lo que soy.
Algunos dirán que era una buena persona; otros, que era un canalla.
Pero las dos opiniones serán igualmente equivocadas.

Mijail Iurevicht Lermontov


sábado, 28 de agosto de 2010

CLAPTON, Eric: Tears In Heaven

¿SABRÍAS MI NOMBRE
SI TE VIERA EN EL CIELO?
¿SERÍA LO MISMO
SI TE VIERA EN EL CIELO?
DEBO SER FUERTE Y SEGUIR ADELANTE
PORQUE SÉ QUE MI LUGAR NO ESTÁ AQUÍ EN EL CIELO...
.
¿COGERÍAS MI MANO
SI TE VIERA EN EL CIELO?
¿ME AYUDARÍAS A RESISTIR
SI TE VIERA EN EL CIELO?
ENCONTRARÉ MI CAMINO A TRAVÉS DE LA NOCHE Y EL DÍA
PORQUE SÉ QUE NO PUEDO ESTAR AQUÍ EN EL CIELO...
.
EL TIEMPO PUEDE ABATIRTE, EL TIEMPO PUEDE DOBLAR TUS RODILLAS
EL TIEMPO PUEDE ROMPER TU CORAZÓN, HACERTE SUPLICAR POR FAVOR...
MÁS ALLÁ DE LA PUERTA HAY PAZ, ESTOY SEGURO
Y SÉ QUE ALLÍ NO HABRÁ MÁS LÁGRIMAS EN EL CIELO...
.
¿SABRÍAS MI NOMBRE
SI TE VIERA EN EL CIELO?
¿SERÍA LO MISMO
SI TE VIERA EN EL CIELO?
DEBO SER FUERTE Y SEGUIR ADELANTE
PORQUE SÉ QUE MI LUGAR NO ESTÁ AQUÍ EN EL CIELO...
.
.
Tears In Heaven (Lágrimas en el cielo) es la canción que compuso Eric Clapton en memoria de su hijo fallecido, Conor, quien murió el 20 de marzo del año 1991 al caer accidentalmente de la ventana de un piso 53 de un rascacielos en Manhattan, New York, a los 4 años y medio de edad. Clapton compuso esta balada 9 meses después y se convirtió en un éxito masivo.

domingo, 15 de agosto de 2010

MUÑIZ, Juan Carlos: No sé si era feliz

Gracias CDLV

No sé si era feliz,
pero sabía que el mundo terminaba en la otra cuadra,
todos los recovecos de la siesta
me daban su cobijo y sus fantasmas.

Mi padre era tan sabio como un libro,
mi madre era el auxilio de mis manos,
mi almohada era mi amante y mi enemigo,
en las confusas noches del verano.
.
No sé si era feliz,
porque temía,
las sombras de mi cuarto me cercaban,
había un gran villano de once años
y viejos de la bolsa que rondaban,
pero había también un seis de enero,
el desván en la casa de mi abuela,
había un patio lleno de tesoros
y un baldío camino a la escuela.

No sé si era feliz,
pero bastaba un pedazo de azul en la mañana,
una promesa a cambio de una nota
o fugarse a través de la ventana.

Algún día empecé a tener recuerdos
y me dieron las llaves de mi casa,
una carta de amor cerró la puerta
y yo me quedé fuera de la infancia.

No sé si era feliz,
pero qué lejos...
No sé si era feliz,
pero qué lástima.

Juan Carlos Muñiz

lunes, 9 de agosto de 2010

AMOR DE ADOLESCENTES

RECENT PAINTINGS - 1994
Rafal Olbinski (Polonia)



—¿Qué podemos hacer?
No sabía qué contestarle. Yo tenía ganas de hacer tantas cosas con ella que no podía decirle ni siquiera una. Siempre me pasaba lo mismo: no me animaba a hablar. Hasta entonces me había caracterizado por ser medio quedado. Y una vez más me habían faltado las palabras. Mejor dicho, me habían dejado sin palabras. Nancy me gustaba mucho y además la quería mucho también. Era una mina que me daba vuelta, siempre estaba de buen humor, siempre tenía una sonrisa para regalar. Además era provocativa. A veces me decía que era el mejor chico que conocía, que yo era su mejor amigo, que me quería muchísimo y terminaba dándome un beso en la mejilla. Yo quedaba loco y me daban ganas de agarrarla y apretarla, y darle un buen beso, pero en la boca, y gritarle que la quería, que quería que sea mi novia, que no aguantaba más… Pero la historia se repetía: no abría la boca. Me pasaba tardes enteras tirado en la cama con el grabador a todo volumen planeando cómo hacer para animarme. Siempre que estábamos juntos me daba pie como para que yo me tirase y mi gran duda era si me estaba provocando, si lo hacía a propósito. Entonces me daban ganas de gritarme ¡Imbécil! ¿No ves que te está esperando? Y me decía: ¡Ma sí, me tiro! Y cuando la veía nuevamente era como si me estuvieran agarrando de los pantalones, como si me estuvieran diciendo que no, que se me reiría en la cara. Y ese día la tenía frente a mí, sentada en esa mesa de bar con su cara hermosa, como siempre, mirándome con cariño. Cuando estaba por abrir la boca para decir cualquier idiotez, me tomó de la mano me sacó casi corriendo de ese bar mugriento rumbo a la calle.
—Caminemos —me dijo.
Y, por supuesto, acepté. Obviamente, habló todo el tiempo ella. Qué sé yo lo que me decía, yo solamente la miraba. Movía los labios de una forma muy dulce, siempre con esa sonrisa en su rostro, y caminaba con una gracia especial. De vez en cuando se me adelantaba unos pasos y caminaba marcha atrás, frente a mí, como jugando. ¡Qué ganas de abrazarla! Me miraba con esos ojos pardos irresistibles y amorosos como diciéndome: abrazame. No sabía qué hacer. A los pocos minutos ella me tomó de la mano y me dijo con una simpleza sin igual que yo era muy dulce. No sé de dónde saqué coraje y la abracé. Mi mano derecha se apoyó en su hombro derecho y caminamos lentamente hacia su casa. Le pregunté si le molestaba.
—No, al contrario. Me siento protegida.
No cabían dudas: estaba muerta conmigo y no podía perderme esa oportunidad. Tenía que actuar rápidamente, sin pensarlo demasiado. Pero antes de que yo atinara a hacer algo, me preguntó si no iba a ir a la confitería el viernes a la noche. Iba a decirle que sí, pero antes quise asegurarme de que ella iría.
—Por supuesto —fue la respuesta contundente.
Pensé: ¿y si en vez de apurarme ahora, espero hasta el viernes? Seguramente voy a estar más decidido… y con un poco de alcohol encima, seguro que me tiro. Además, iba a poder planear todo con mayor serenidad. Y esperé.
El jueves por la tarde no fui a gimnasia. Media falta más en el colegio no me haría nada. Decidí salir a caminar por la ciudad. Luego de una hora de deambular, fui a la casa de Esteban a tomar unos mates y le conté lo que me pasaba y todo lo que sentía. Hablé como media hora sin parar y él sólo se limitaba a mirarme. Parecía no entender, no escuchar. Se levantó de repente y se dirigió a la ventana de su cuarto y miró hacia la calle.
—Che, ¿qué pasa?
Dio media vuelta y me lo dijo, no muy tranquilo:
—Me pasa lo mismo que a vos con una mina y me estoy haciendo, como vos, mucho el bocho. Siento lo mismo que vos y no sé qué hacer. Ella también me dice esas cosas lindas, estoy seguro de que me quiere y tengo ganas de decírselo.
Me alegré, le dije que me parecía bárbaro, que quizás a los dos nos iría bien, y que luego podríamos salir los cuatro juntos. Le dije que cambiara la cara, que entendía que estuviese nervioso, yo también lo estaba, pero que tenía que cambiar la cara porque las cosas estaban dadas como para que los dos ganemos, que se dejara de joder.
—¿Quién es, Esteban?
—Nancy —dijo con la voz entrecortada—. Y quedamos en encontrarnos mañana en la confitería…
El viernes nos pasamos la noche con Esteban sentados en el umbral de mi casa fumando, tomando cerveza, mirando hacia la avenida desierta y sin decir una sola palabra.