Es posible que mañana muera y en la tierra no quedará nadie
que me haya comprendido por completo.
Unos me considerarán peor y otros mejor de lo que soy.
Algunos dirán que era una buena persona; otros, que era un canalla.
Pero las dos opiniones serán igualmente equivocadas.

Mijail Iurevicht Lermontov


sábado, 27 de noviembre de 2010

¿TE ACORDÁS?


¿Te acordás? Fue un día que recuerdo muy bien, siempre, a toda hora. Recuerdo que nos unimos en una sola mirada, fulminante. Todavía tengo presente ese momento en que tu verde mirada hermosa me cegaba la vista; no veía más que tus ojos enamorados. Fue no hace mucho. Estábamos sentados en la vereda, allí donde todos nos veían pasar, allí donde un perro vagabundo era el único testigo de nuestra conversación. Todavía no nos conocíamos muy bien... pero parecía una amistad de mil años.
Yo nunca escribí algo parecido a esto antes de aquel día. No creo en técnicas que expresen en lo que uno siente. Yo escribo lo que siento, o trato de hacerlo, así nomás de simple. Aunque bien sé que dos palabras dichas cara a cara y seguidas de un beso valen más que un libro entero. Decía un grande: Cuando un poeta te pinte en magníficos versos su amor, duda. Cuando te lo dé a conocer en prosa, y mala, cree.
Teníamos una botella de sidra y bebíamos sin vaso, apoyábamos nuestros labios en el vidrio grueso y reíamos después de cada trago. ¿Te acordás? Estábamos alegres, brindábamos a cada instante y festejábamos algo que no entendíamos. Estábamos muy juntos. La primavera nos cubría. El cielo se iluminaba de tantas estrellas y todas vieron cómo mi brazo izquierdo se apoyó en tu hombro; y vos, con una mirada, lo dijiste todo.
Todo a nuestro alrededor se llenó de colores y el mundo daba vueltas más rápido que nunca. El sol asomaba a cada instante y nos calentaba la cara. Tus mejillas estaban ardientes. Tus cabellos me abrazaban suavemente. Vos no lo advertías, pero yo sentía un cosquilleo interior que nunca antes había experimentado. Vivíamos en ese instante segundos de incoherencia romántica, como si en el amor se pudiese hablar de sentimientos coherentes... El sol y las estrellas se peleaban por estar sobre nosotros sin saber que al fin y al cabo ganaría la noche. Tus mejillas se encendían y se apagaban constantemente.
No soy muy ducho, como te habrás dado cuenta, en materia de amor. Habrás notado que solo una vez mencioné esta palabra mágica: recién. No puedo hablar de algo que todavía no conozco, de algo que vos seguramente me hubieses enseñado a comprender. No sé si digo las cosas acertadamente. Sí sé que hay algo que me impulsa a hacer esta autoconfesión. Sé que en mi mente hay algo que está fuera de lugar, algo casi incomprensible. Una sensación violenta como la que sentí aquella noche. ¿Te acordás? Siento que en mis venas la sangre corre como por un arroyo de montaña, un arroyo rojo, color pasión, color locura, color muerte.
Nunca esperé que en aquel momento sucediera lo que al final —por suerte— sucedió. Tu mirada me hipnotizó, tu sonrisa me atrapó y creo que, al mismo tiempo, nos dimos cuenta de lo que pasaba. La sidra se había terminado, el perro nos miraba moviendo la cola, como entendiendo todo. Estábamos solos y los autos a esa hora casi ni pasaban. Cada vez estábamos más cerca el uno del otro. Podía sentir tu respiración, podía escuchar el latido de tu corazón. Luego ya no nos miramos —¿vergüenza?, ¿timidez?— y nuestra atención se dirigió al único testigo de nuestros actos. ¿Quién sabe si ese perro vagabundo estaba pensando en nosotros o si solo nos miraba porque no tenía otra cosa mejor que hacer? Quizás en su silencio intuía lo que vendría, quizás con su mirada nos hipnotizaba. ¿No habrá sido acaso Mefistófeles convertido nuevamente en perro? Nos miraba fijamente y movía la cola. ¿Te acordás? Sí... Quizás fue su culpa, quizás fue mi éxtasis, quizás tu docilidad. ¡Cómo te quería! Algo en mi mente no estaba en su lugar. Te quise como a nadie, al punto de enloquecer.
Era la primera vez que yo me sentía así. Nunca antes había estado en tal situación. Fuiste la primera que me abrió el corazón. Creo que antes estaba vacío. Vacío de todo lo que pueda llamarse felicidad. Tenía sentimientos —siempre los tuve— pero solo sentía lo malo, los defectos, lo crítico. Mis ojos estaban vendados por una realidad cierta y negra, y vos, con tu simpleza, pudiste abrirlos, pudiste pintarme una nueva realidad.
¿Te acordás? No sé cómo terminar esto. No me siento capaz de utilizar las palabras justas para culminar la evocación de ese día, de esa noche, de ese primer beso... ¿Cómo olvidarlo? Nadie permita que en el resto de mis días yo pueda olvidar esos momentos. Que ni Dios ni Satán hagan de mi mente un frasco vacío. Que en este lugar donde escribo jamás puedan lavarme el cerebro. Ni con cables ni con rayos. Jamás lo lograrán. Nadie podrá borrarte de mi mente, nadie. ¿Dónde estás? ¿Por qué me abandonaste?
¿Te acordás? Si es así, las palabras son inútiles. ¿Para qué arruinar con el lenguaje lo que es hermoso así nomás, en el recuerdo, en nuestra mente? El relato del momento culminante sería en vano. Ahora, escribiendo esto me doy cuenta de cuánto te quería. La soledad convierte a los seres humanos en poetas. Mi amor por vos quisiera transformarlo en poesía pero no puedo. Ya te dije que en materia de amor soy muy ignorante. Será por eso que ya no estamos juntos... El poco tiempo que lo tuvimos no bastó para hacerme comprender que existen sentimientos que se comparten. Fue muy corto el tiempo. No lo pude comprender.
Vivo preguntándome qué sería de nosotros si aún estuviésemos juntos. ¿Por qué no pude esperar y me apresuré tontamente? ¡Qué bueno hubiese sido tenerte para siempre a mi lado! Lo que ocurre es que a uno le falta experiencia. La primera vez generalmente no se piensa y uno después se lamenta. ¡Qué loco fui! Pero todavía hay tiempo para el arrepentimiento. Siempre hay una segunda vez. Yo creo que nos volveremos a encontrar. ¿Me aceptarás? Sí, ¿no es cierto? Ese es mi sueño: volver a empezar y ser felices. ¡Una eternidad juntos!
¿Te acordás? Yo sí. Esa noche quedará grabada en mi mente por el resto de mis días. Lo recuerdo a cada momento. Cuando observo las paredes húmedas, despintadas; cuando por los barrotes de la pequeña ventana se cuela un rayo de sol; cuando se abre y se cierra la pesada puerta de hierro tres veces al día. Y ahora mismo lo estoy recordando...
¿Te acordarás? Ya no estamos juntos. No alcancé a conocer el amor, no tuviste tiempo de explicármelo. No te di tiempo. ¿Me guardás rencor? Esto es el reconocimiento de lo que yo sentí por vos. ¿Amor? No. ¡Pasión!
Siempre te recuerdo. No olvidaré nunca la cara de horror que pusiste al sentir que mis manos cortaban tu respiración. ¡Cómo te quería! ¡Cómo te quiero!
Pero ya lo sabés: no supe interpretar el amor y hoy pago las consecuencias acá encerrado, sin nadie con quien hablar, solo, pero con tu recuerdo hasta el final.

EL RELOJ: Alguien más en quien confiar


(1971/1978)
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Gustavo Cipriano: voz
Juan Espósito: batería
Luis Valenti: teclados
Osvaldo Zabala: guitarra
Polaco Riedel: bajo


domingo, 14 de noviembre de 2010

LA BALSA



Estoy muy solo y triste acá en este mundo abandonado.
Tengo una idea: es la de irme al lugar que yo más quiera.
Me falta algo para ir pues caminando yo no puedo,
construiré una balsa y me iré a naufragar.
.
Tengo que conseguir mucha madera,
tengo que conseguir de donde pueda.
Y cuando mi balsa esté lista partiré hacia la locura,
con mi balsa yo me iré a naufragar.
.Litto Nebbia/Ramsés


Más allá de la discusión eterna de quién es autor de su letra, si Litto o Tanguito, el mensaje de La balsa es lo que siempre me atrapó. Interpretada por Los Gatos o por Tanguito, en esa versión desprovista de todo pero que tanto “llena”.
La letra de La balsa es la inspiradora de todo un movimiento joven caracterizado por una construcción utópica. Es, además, una canción netamente metafórica.
Cabe aquí hacer una pequeña reflexión sobre el yo lírico en las canciones de rock, ya que no tiene por qué coincidir con la persona que la crea o la canta. Como toda práctica artística, el rock “inventa” sus personajes y sus voces. Es cierto que la mayoría de los temas se producen a partir de la experiencia personal de los autores de las letras, incluso en algunos casos hay referencias biográficas claramente reconocibles; sin embargo, el hablante de una canción es un ser inexistente construido por la actividad artística. Es interesante notar que si bien se trata de un personaje que por lo general habla en singular, desde su individualidad, la práctica rockera lo convierte en algo así como un personaje colectivo a partir del cual, tanto los que producen como los que consumen rock, se identificarán.
La voz poética de La balsa describe su posición en el mundo actual (Estoy muy solo y triste acá en este mundo abandonado): está solo, triste, en un mundo que no lo comprende, situación que lo lleva a desear otro mundo, un mundo para sí, un mundo alternativo como contraposición al que está viviendo, un mundo utópico capaz de hacerlo vivir conforme a sus ideales. Para ello debe “partir” y nada mejor que “construir una balsa” para “irse al lugar que más quiera”. ¿Qué otra cosa es esta balsa sino un proyecto de vida? ¿Qué representa esta balsa sino el “vehículo” que lo conducirá a la felicidad anhelada? Balsa a la que construirá con “madera”, mucha madera, materia prima indispensable para construir el futuro, la felicidad, su desarrollo individual. ¿No está esta materia prima compuesta por toda la gente que piensa como el yo lírico? ¿No son todos sus amigos y seres queridos? ¿No son los fundamentos lógicos de su proyecto? ¿No está compuesta esta materia prima por todo aquello que contribuya a lograr el sueño? Porque “partir” es el cambio. No es mudarse, irse a una isla lejana, aislada. La “locura” consiste en ser diferente, la “locura” significa ir contra la corriente, probar experiencias diferentes, convencido de que es una posibilidad válida, de que algo se puede hacer para cambiar el mundo en que se vive. Partir es cambiar el presente por el futuro. La rutina causa soledad, aburrimiento, parquedad, conformismo, estancamiento, y es eso lo que lo mueve al cambio. Todas estas ideas utópicas son parte de esa locura que se manifiesta en la canción. La idea de “naufragio” no debe tomarse como una derrota, como un ir a la deriva. Todo naufragio nos lleva a esa isla solitaria –o no tanto- en donde seguramente encontraremos la felicidad buscada.
Todo esto hizo que La balsa haya sido tomada como punto de partida de un movimiento que revolucionó las ideas jóvenes durante la segunda mitad del siglo XX en nuestro país, movimiento que inventó un “idioma”, “cambió” la lengua, los modos de pensar de una sociedad. Este mecanismo nace en el “naufragar” de La balsa y se mantiene en la actualidad como una de las fuerzas transformadoras más eficaces que tiene el rock como práctica verbal. El rock argentino proveyó –y provee- al habla de los jóvenes algunas palabras capaces de producir relaciones no convencionales con las formas de dar sentido a las cosas.
No en vano La balsa es considerada la iniciadora del rock nacional. Una letra que parece simple pero que tanto dice. Nadie (ni autores, ni intérpretes, ni oyentes) puede decir que La Balsa no influyó un poco en su vida, en su forma de ser. La balsa, a mi entender, es la base donde se sostiene la idiosincrasia de nuestro rock nacional.



viernes, 5 de noviembre de 2010

EN EL BAR DE LA FLACA


Hacía mucho que no me pasaba. Pero esa noche decidí salir. Había estado todo el día lidiando en casa con asuntos hogareños que lograron ponerme nervioso. Apenas si me cambié la camisa y estuve listo para olvidarme de todo. Caminé lento por esas calles oscuras que separaban mi casa del bar de la Flaca. Manos en los bolsillos (siempre elegí mis pantalones por la capacidad de sus bolsillos: mis manos deberían estar cómodas), vista al frente sin mirar y una canción de Víctor Heredia dando vuelta en la cabeza.
En el bar me encontré con solo tres mesas ocupadas. En una, una pareja mucho más joven que yo se disputaba la última aceituna de una especial con morrones; en otra, un gordo pelado y mal vestido, con los ojos cerrados, sostenía en una de sus manos una copa de vino tinto; y en la otra, Julia. Ninguno de ellos advirtió mi ingreso. Solo la Flaca, desde atrás de la barra, mientras secaba un vaso de vidrio, me hizo un ademán de bienvenida con su cabeza.
Tuve que mirar fijo a Julia para asegurarme que era ella. Una botella de cerveza y un pebete de jamón y queso sin tocar ocupaban su mesa. Leía un libro amarillo. Me acomodé al lado de una ventana grande que daba a la calle. Siempre que podía me sentaba en el mismo sitio. Ver a través de la ventana pasar la gente era uno de mis entretenimientos preferidos mientras en mi cabeza se mezclaban los pensamientos más insólitos. Además, en esta ocasión, la ubicación me permitiría mirar a Julia con solo alzar la vista.
Estaba ensimismada en la lectura y sola. Yo también. Pero… ¿estaría sola? Las otras tres sillas de su mesa no evidenciaban la presencia de un presunto (o presunta) acompañante que, momentáneamente, podría haber ido al baño. Levanté el brazo para atraer la atención de la Flaca con la esperanza de interrumpir aunque sea por un segundo la lectura de Julia para que reparara en mí y poder saludarla, pero solo la Flaca advirtió mi intención.
No hacía mucho tiempo que conocía a Julia. Trabajábamos juntos pero no sabía demasiado sobre ella. Vivía con sus padres y en los pocos diálogos que habíamos mantenido, jamás había hecho referencia a su situación sentimental. Tampoco recuerdo haberle comentado a Julia cuál era la mía. Era menuda, tímida y se vestía sencillamente. Evidentemente, que no le gustaba llamar la atención. Pasar desapercibida era quizás su intención pero su personalidad no la dejaba. Además, sus camisas y remeras holgadas no lograban disimular sus buenos pechos ni sus pantalones (siempre un talle más grande de lo necesario) alcanzaban a esconder lo que seguramente quería ocultar.
La Flaca se acercó y le pedí una cerveza. Pensé en ir a sentarme a la mesa de Julia. Dos soledades podrían verse aliviadas por una compañía agradable. ¿Sería yo mejor compañía que el libro de Galeano?
Julia era un enigma para mí. Nunca la había considerado más allá de una buena compañera de trabajo. Pero en ese momento, verla en el bar, sola, leyendo un libro e imaginándola aburrida y en busca de compañía, hizo que la mirara con otros ojos. Empecé a darme cuenta de que me gustaba, y no era por esta situación solamente.
La Flaca trajo la cerveza y mientras me servía un poco en el vaso que yo sostenía inclinado para que no hiciera tanta espuma, me preguntó si me gustaba. Sus palabras me tomaron por sorpresa y la miré como pidiendo una explicación. ¿Te gusta la piba?, repitió mientras me señalaba con la vista a Julia. Sentí vergüenza. ¿Tan evidente habría sido al mirarla que la Flaca advirtió que estaba pensando en ella? Solo sonreí y bajé la vista. Parece muy entretenida, comenté. O muy aburrida…, sugirió la Flaca y se retiró a la barra.
Bebí el contenido del vaso sin respirar y cuando estuve a punto de ir a sentarme a su mesa, cerró el libro, lo guardó en el bolso en el que apenas entraba y no había lugar para más nada, y se levantó para ir a abonar la consumición. Hablaron con la Flaca unos minutos y las escuché reír, quizás porque el pebete y la cerveza en la mesa de Julia estaban todavía intactos. Creo que hubo un segundo en que entre risas Julia se dio vuelta y me miró, pero yo estaba sirviéndome más cerveza.  Al salir, pasó a mi lado. ¡Ey, Fede! ¿Cómo andás? Le sonreí y arriesgué un muy bien tímido pero sincero. Me dio un beso en la mejilla pero no se detuvo. Nos vemos mañana, dijo y salió del bar.
Me serví más cerveza y por la ventana la miré irse. Caminaba decidida y en ningún momento —aunque lo deseé fervientemente— volvió la vista a bar.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

VOX DEI: Presente (el momento que estás)

Murió hoy Rubén Basoalto

El baterista de Vox Dei se encontraba internado debido a un cáncer de pulmón; tenía 63 años

A las nueve de la mañana del día en que se iba a realizar un concierto para recaudar fondos para que pudiera recuperarse (pero que había sido cancelado por la gravedad de su estado de salud), Rubén Basoalto, baterista fundador de Vox Dei, falleció debido a un cáncer de pulmón. Tenía 63 años.
"El Pulpo" Basoalto constituyó la formación original de la mítica banda conformada en 1967, con Ricardo Soulé y Willy Quiroga, sus compañeros que iban a estar participando del festival benéfico junto a otros músicos y posteriores integrantes de la banda.