Es posible que mañana muera y en la tierra no quedará nadie
que me haya comprendido por completo.
Unos me considerarán peor y otros mejor de lo que soy.
Algunos dirán que era una buena persona; otros, que era un canalla.
Pero las dos opiniones serán igualmente equivocadas.

Mijail Iurevicht Lermontov


jueves, 15 de diciembre de 2011

DE REGRESO (O LA JUSTICIA EN EL HOGAR)

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lunes, 5 de diciembre de 2011

VINO

La pareja foránea ingresó al Manchester para almorzar. Era un modesto bar que estaba sobre la calle principal del pueblo, única calle asfaltada por formar parte de una ruta nacional. Habían visto a la entrada del pueblo un lindo bosquecito de eucaliptus donde podrían descansar luego del almuerzo, por lo que el hombre interrogó al mozo sobre las marcas de vino que tenían. El viejito, muy bien presentado, con unos pocos pelos blancos bien peinados que le servían de corona, sonrió y simplemente dijo:

—Tenemos vino.

El hombre lo observó extrañado y creyéndolo un poco sordo, alzó la voz:

—Marcas. ¿Qué marcas de vino tiene?

—Es vino —contestó con toda tranquilidad y con una voz muy dulce el mozo.

El hombre resignó un punto de su pedido, pero continuó con el interrogatorio:

—¿Malbec? ¿Cabernet Sauvignon? ¿Sirah?

El viejito frunció la frente.

—Es vino... —dijo como no entendiendo la diferencia.

El hombre comenzó a ponerse nervioso y ante la mirada atónita de su pareja, continuó, achicando un poco sus pretensiones:

—¿Tres cuartos?

—Pingüino de litro, señor.

—Ah, entonces es de damajuana...

—Es vino, señor.

La mujer hizo un gesto a su pareja como de cansancio, señal que el hombre interpretó perfectamente: “Cortala ya”.

—De acuerdo. Tráigame un pingüino de vino tinto.

—¿Y para comer?

El hombre no quedó convencido del pedido y, acostumbrado a cepas exclusivas, cosechas especiales y alturas determinadas, insistió:

—Pero, es bueno, ¿no?

El mozo sonrió y con confianza le preguntó:

—¿Para qué quiere el vino el señor?

No lo consideró insolencia el hombre. No podía reaccionar mal ante alguien que en ningún momento le había faltado el respeto y guardaba una compostura amable. Tomó aire profundamente y con tranquilidad, explicó:

—Queremos comer un buen plato de pastas con salsa roja y acompañarlo con un buen vino tinto. Queremos disfrutar un buen almuerzo.

—Están en el lugar indicado y nuestro vino es el mejor para estas ocasiones —dijo con convencimiento. Giró y gritó—: ¡Marchen dos ravioles con tuco!

Cuatro minutos después volvió el viejito con un pingüino brilloso tricolor y dos vasos de vidrio grueso.

—Enseguida salen los ravioles —dijo sin perder su amabilidad mientras depositaba el pingüino sobre la mesa.

El hombre esperó inútilmente que el mozo le hiciera degustar el vino. ¿Y si no estaba conforme? Ya no podría quejarse y pensó que en el último de los casos pediría soda. Se sirvió un poco en el vaso (no quiso ni pensar en pedirle dos copas), lo levantó y con un suave movimiento hizo bailar el vino mientras lo observaba con exquisita sabiduría a trasluz. Captó luego su aroma, mojó primero sus labios y luego lo probó. Hizo un gesto que su pareja interpretó como “no está mal” y la alegró. Estaba a temperatura adecuada, su color era interesante y su aroma, atrapante.

El almuerzo fue brillante. Los ravioles y el vino tinto fueron un complemento especial para la charla amena y prolongada de la pareja.

El hombre llamó al mozo y le pidió la cuenta. El viejito tomó de una pila que había en el mostrador una especie de plástico, se acercó a la mesa y se lo entregó al hombre. Inmediatamente se retiró sin decir una sola palabra. Era un escrito plastificado del tamaño de una hoja de cuaderno escolar, con letra imprenta dibujada a mano, muy prolija, con el logo del bar arriba.

El cliente lo miró intrigado y ante el pedido de su pareja, lo leyó en voz alta:

MANCHESTER ofrece a sus clientes un vino exclusivo al que sirve en pintorescos pingüinos, como una buena forma de celebrar las virtudes de la vid.

MANCHESTER descree de las etiquetas y, por el contrario, cree en las bondades de la santa bebida de Baco.

MANCHESTER sostiene que el vino es un elemento esencial en una mesa, junto a un plato de comida, para disfrutar en tranquila soledad o en grata compañía.

Si el vino no colabora para pasar un momento agradable, no merece catalogárselo como tal, más allá de cepas, cosechas, alturas, años de reserva o maderas en las que fue conservado.

Si nuestro vino no ha complacido vuestro paladar, si no ha cumplido con el requisito indispensable de ser el complemento de un momento placentero, MANCHESTER no le cobrará el importe correspondiente al contenido del pingüino.

MANCHESTER les desea la felicidad.

La mujer sonrió y el hombre casi deja escapar una lágrima, lo que evitó al tragar saliva profundamente.

Cuando el mozo advirtió desde lejos el final de la lectura, se acercó a la mesa.

—¿Le traigo la cuenta?

El hombre asintió con un gesto, sin poder decir una sola palabra.

La propina fue generosa y a pesar de no haberle podido sacar información al mozo sobre la marca del vino —“Es nuestro y con eso basta”, le había contestado el viejito—, el hombre se fue contento al saber que jamás persona alguna se había retirado de Manchester sin haber abonado el importe del pingüino.