Es posible que mañana muera y en la tierra no quedará nadie
que me haya comprendido por completo.
Unos me considerarán peor y otros mejor de lo que soy.
Algunos dirán que era una buena persona; otros, que era un canalla.
Pero las dos opiniones serán igualmente equivocadas.

Mijail Iurevicht Lermontov


viernes, 20 de abril de 2012

NO LAS COMPARO

Quieren que la compare con mi vieja y nunca lo voy a hacer.
De María Juana Verdebere me contaron historias de crónica policial. Sé que mi vieja tiene recortes de diarios viejos que cuentan esos hechos. Un día se los pedí pero me contestó que no era necesario que yo leyera esas cosas. Ya soy grande y no entiendo por qué ese silencio. Aunque —debo reconocerlo— no me interesan demasiado.
Lo poco que sé es gracia a la boca de mis amigos y varios vecinos, siempre dispuestos a recordarme todos los detalles cada vez que tienen la oportunidad. Pero por más que insistan, jamás las voy a comparar. María Juana Verdebere jamás podría haber sentido amor por un hijo y yo sé que mi vieja me quiso, me quiere y me querrá por siempre.
Dicen que se escapó a los quince años de su casa y que en el robo a un quiosco mató al anciano que lo atendía. ¡Cómo voy a compararla con mi vieja, que trabaja decentemente en un estudio jurídico de lunes a viernes, mañana y tarde, y los fines de semana ayuda en la parroquia a darle de comer a los pibes pobres!
Que se escapó del hogar de menores —dicen— y que huyó hacia el sur, sola y sin un peso, abandonada a su suerte. Que sus familiares estuvieron muchos años sin saber de ella hasta que un día cualquiera regresó.
Todo eso cuentan de María Juana Verdebere y muchos quieren hacerme ver en ella a mi vieja.
Jamás lo haré.
Dicen que cuando regresó, lo hizo con un hijo. Que ese hijo la cambió. Que gracias a ese hijo, la vida de María Juana Verdebere dejó de depender del azar.
Por eso nunca podría compararla con mi vieja.
No conozco a otra madre que aquella que me vestía para ir a la escuela, que me hacía el desayuno, que me llevaba a la plaza, que me enseñó a andar en bicicleta… No conozco a otra madre que no haya vivido por su hijo, por mí.
Y si fui yo quien la hizo cambiar, me alegro por ella, por mi vieja, por la vieja María Juana Verdebere.

miércoles, 11 de abril de 2012

4 - DESTINO Y COMPRENSIÓN



Hijas, esposas, hermanas,

cuantas quieren a un varón

díganles que esa prisión

es un infierno temido

donde no se oye más ruido

que el latir del corazón.

Martín Fierro


El tren había llegado hacía quince minutos y ya estaban todos bien formados en el andén. Habían estado un mes en el Centro de Incorporación de conscriptos de Infantería de Marina, el llamado infierno verde, un sinfín de campo dedicado a la instrucción inicial de los conscriptos. Después de eso ya sabían lo que les esperaba durante los otros trece meses. El síntoma más grave era la soledad. Estaban lejos de su familia, de sus amigos y apenas se conocían entre ellos. Él se sentía mal entre saltos, corridas y gritos. Él, que antes de dar un paso siempre se tomaba su tiempo para meditar para qué lo iba a dar, ahora corría y hacía mil cosas a la vez, en pocos segundos. De nada servía pensar... Acá, ahora estoy acá, y me encuentro solo. Acá estoy aprendiendo a esperar, esperar pacientemente; y me gusta esperar porque sé que algún día voy a salir, le escribía en una carta a un amigo.

Habían llegado a la Base Naval Puerto Belgrano pero ese no era su destino. Lo habían destinado a la Base de Infantería de Marina Baterías, unos cuantos kilómetros más adelante. Cuando llegaron, el lugar no le disgustó. Era una pequeña ciudad bien arreglada y con muchos árboles. Pero no se veía otra gente que la que ya estaba cansado de ver: conscriptos y militares. Pronto se dio cuenta de que esa pequeña ciudad bien arregladita a la que había llegado no era otra cosa que un infierno más al que había descendido vestido de verde camuflado.

Al llegar a la Base se encontraron con otro grupo de conscriptos, pero estos ya estaban vestidos con ropa de gente normal. Ellos llegaban serios, cansados y con miedo a un lugar en el que ni sabían quién mandaba. Los otros se iban, habían cumplido ya con sus catorce meses y la alegría les brotada de sus gestos. Se escucharon risas, burlas y un coro que no entendían: cola-cola-cola. Los recién llegados sintieron bronca y envidia a la vez. Bronca por esas burlas absurdas que les hacían los que se iban, que seguramente también habían sido burlados cuando recién llegaron a ese lugar, y no se daban cuenta de que mientras ellos pasaron catorce meses ahí adentro, sufriendo, llorando, quizás muchos eran sobrevivientes de Malvinas, los que recién llegaban habían estado tranquilamente en sus casas. Pero esa actitud es muy comprensible cuando una persona vuelve a sentirse libre luego de pasar un tiempo oprimida sin poder defenderse. Se necesita descargar tensiones después de un tiempo en que solamente los nervios se acumulan al cuerpo. Actitud comprensible... Cualquier actitud o cosa es comprensible ahí adentro, donde nada se comprende.