Es posible que mañana muera y en la tierra no quedará nadie
que me haya comprendido por completo.
Unos me considerarán peor y otros mejor de lo que soy.
Algunos dirán que era una buena persona; otros, que era un canalla.
Pero las dos opiniones serán igualmente equivocadas.

Mijail Iurevicht Lermontov


domingo, 7 de octubre de 2012

LA PICAZÓN



Estaba ansioso porque había sentido el llamado. Una picazón había invadido todo su cuerpo y no quiso perder más tiempo.  No importaba la hora, le picaba en ese mismo instante. Fue hacia la cocina y llenó la pava. Prendió una hornalla y esperó con la vista perdida en el patio.  El día estaba oscuro y las primeras gotas de lluvia comenzaron a cubrir el mosaico rojo. Al cabo de unos minutos, el ruido del vapor comenzó a hacerse escuchar. Tomó el mate, puso yerba hasta tres cuartos de la capacidad, lo tapó con una mano y lo sacudió. Inclinó un poco el recipiente y vertió un chorrito de agua casi lista a un costado. Incrustó la bombilla en la humedad y cebó el primero. Demasiado fuerte. Lo escupió en la bacha. El segundo mejoró. Apagó la hornalla y llenó el termo. Se sentó en el sillón del escritorio que estaba frente a la ventana abierta. La lluvia cada vez más intensa lavaba el empedrado desierto de la calle. En ese momento, la soledad ayudaba. Algún pibe de vez en cuando pasaba corriendo por la vereda, riendo y escapando de la lluvia. La viuda que vive a media cuadra salió a sacar la basura con la cabeza cubierta con una bolsa de nailon. Chupó nuevamente la bombilla y anuló la realidad de sus ojos. Tomó la lapicera y comenzó a herir el papel para darle forma a la historia que tanto le estaba picando.