Es posible que mañana muera y en la tierra no quedará nadie
que me haya comprendido por completo.
Unos me considerarán peor y otros mejor de lo que soy.
Algunos dirán que era una buena persona; otros, que era un canalla.
Pero las dos opiniones serán igualmente equivocadas.

Mijail Iurevicht Lermontov


miércoles, 26 de diciembre de 2012

IDEAS PERDIDAS


Salvador Dalí: "Galatea de las esferas" (1952)


La había pasado bastante bien en mi ciudad natal. El hecho de haberme reencontrado con los viejos amigos de la escuela primaria había activado de una forma extraña esa capacidad de emocionarme que creía perdida, o al menos olvidada. El paso de treinta y pico de años había sido, más que vertiginoso, un poco despiadado. Aquellos pibes de doce o trece años que en 1976 no entendíamos absolutamente nada de lo que en esos momentos estaba ocurriendo en el país, nos habíamos convertido ahora en interesantes señoras y señores, profesionales algunos, padres de familia otros, serios los menos, divertidos los más. El cuerpo y las canas (o la tintura en algunos casos) hacían evidente la cercanía de la mitad del siglo en nuestra vida. Y haber compartido y revivido innumerables anécdotas y emociones de la mano de un buen tinto, habían provocado en mí esa sensación de bienestar y alegría que mi cara no podía dejar de reflejar. Pero estas pequeñas felicidades llegaron a su fin cuando se hizo la hora del regreso. Durante una hora y media debería conducir el auto rumbo hacia mi actual ciudad de residencia, donde mi familia me esperaba.
Con la vista puesta en la ruta y la mente en el pasado, se me ocurrió que debería escribir algunas palabras sobre el día que había pasado junto a los viejos amigos y amigas para dejar de esa forma plasmada en el papel un poco de  memoria. Y fue entonces cuando esa memoria convocó a la nostalgia y recordé cuánto tiempo hacía que no daba rienda suelta a esa manía inútil que siempre sentí de escribir.
Puse un disco de Soda Stéreo y aminoré la marcha cuando vi unos cuantos metros adelante a un perro que intentaba cruzar la ruta. No se decidía y circulé muy despacio frente a él, por las dudas lo hiciera justo cuando yo pasara por el lugar. No quise cargar con la muerte del pichicho en mis espaldas. Quién sabe qué haría ahí, al borde de la ruta, lejos de cualquier casa habitada a la vista. ¿Buscaría a su dueño? ¿A su amor? ¿A sus hijos? ¿Lo habría abandonado momentos antes un dueño desalmado? ¿Estaría esperando, impaciente, que el arrepentimiento venciera la voluntad de su dueño y lo hiciera regresar en su búsqueda? Historias de abandono, de alejamientos, de recuerdos, de remordimientos... Quizás al llegar a casa debería escribir algo al respecto.
Fue ese insignificante hecho el que me hizo olvidar de mis amigos de la primaria y, no sé por qué, recordé a esa mina que atendía en el bar al que en mi adolescencia concurría asiduamente. Me gustaba, recuerdo, y mucho, a pesar de que debería tener al menos cuatro o cinco años más que yo. Qué bien que me sentía cuando me sentaba solo en la mesa que estaba al lado de la ventana principal del bar y venía la Flaca a atenderme. Disfrutaba verla venir hacia la mesa, con la rejilla húmeda en la mano a limpiar la mesa de los restos de cáscaras de maní que habían dejado los clientes anteriores. Cuando se inclinaba a limpiar la tabla espiaba disimuladamente, de reojo, su escote generoso, y veía seguramente menos de lo que imaginaba. En varias ocasiones intenté iniciar una conversación que no se refiriera solo al pedido de la cerveza o de la hamburguesa, o al pago de la cuenta, pero su incesante trabajo jamás la había dejado reparar aunque sea unos segundos en mi intención. Creo que en ese tiempo me enamoré de la Flaca, de su descuidado porte, de su sencilla vestimenta, de ese venir gracioso, de ese irse sensual, de su amabilidad, de su mirada sincera. Pero esas ganas de hablarle, de invitarla a encontrarnos en otro lugar, en otro bar, se desvaneció un lunes de otoño, gris y frío. Me atendió el dueño del bar, que me trajo con una marcada indiferencia y frialdad el cortado mediano que le pedí. No le pregunté entonces por la Flaca. Seguí concurriendo un par de meses más con la esperanza de volverla a encontrar. Y cuando reconocí que era evidente que ya no volvería a trabajar al bar, no regresé más. Linda historia para escribir...
La autopista estaba por suerte en buen estado y el viaje me resultó tranquilo. Pensé que si me hicieran un control de alcoholemia, quizás me diera positivo. Apagué el aire acondicionado y abrí la ventanilla para ventilarme un poco. No fue suficiente y abrí también la del acompañante. Comenzó a sonar De música ligera y levanté el volumen. La canté con ganas junto con Ceratti. Qué loco, hace dos años que duerme… Subí la velocidad un poco más y el viento despeinó mis cabellos grises. Se me vino a la mente la imagen de los locos que viajaron miles de kilómetros para saludar a su amigo antes de que partiera hacia Vietnam. En el descapotable, cabellos largos al viento, cantaban canciones de amor y paz. Sheila quería ver a Claudio. Berger y compañía quisieron cumplir ese sueño. Berger arriesgó más de lo debido, sin pensarlo demasiado y de acuerdo con su modo sincero de actuar. Reemplazó en el cuartel a Claudio por un momento para que este pudiese despedirse de Sheila... Fue un momento eterno. Claudio regresó tarde al cuartel y vio con impotencia cómo Berger partía junto con miles de soldados en avión hacia Vietnam para nunca más volver... Qué buena metáfora sobre la amistad...
Estaba entusiasmado porque en ese viaje de regreso (regreso de un momento formidable compartido junto con los chicos y chicas de doce o trece años) se me iban ocurriendo historias que sin dudas debería plasmar en el papel apenas llegase a mi casa. Las ideas volvían a dar vueltas, reaparecían en mi mente y debía aprovechar el momento.
Llegué a casa un tanto aturdido. Las ansias de agarrar el lápiz y el papel se hacían insoportables. Tantas historias tenía en la cabeza, entrecruzándose, confundiéndose, que seguramente no me sería tan fácil hilvanar las ideas.
Bajé del auto casi con desesperación y antes de colocar la llave en la cerradura de la puerta de mi casa, la abrieron desde adentro, y con una alegría exacerbada y entre gritos desordenados, mis tres hijos se disputaban la primicia: mis primos del sur habían llegado hacía unos pocos minutos a mi casa y ya estaba todo listo como para que me pusiera a preparar un buen asado.
El fin del día se extendió hasta ya pasadas varias horas del siguiente. No había sido una mala velada. Al contrario. Anécdotas entrañables y vino tinto habían amenizado el encuentro. Fue larga la despedida y se hizo pesada la limpieza. Me dormí en el mismo instante en que mi cabeza se apoyó en la almohada.
Tomé el lápiz y el papel dos días después, a la hora de la siesta, cuando el silencio y la soledad en casa fueron perfectos. El papel estaba en blanco y mi mente también. Intenté durante un buen rato recordar alguna de las tantas ideas que se me habían ocurrido escribir en aquel viaje de regreso a mi ciudad. Pero el papel seguía en blanco, mi mano derecha quieta y en mi mente... nada. 

domingo, 23 de diciembre de 2012

ALMA Y VIDA: Salven a Sebastián

Moira: me hiciste acordar de un tema hermoso, lejano...


Cuentan que mi amigo Sebastián
volvió a luchar...
y que a sus hermanos predicó
que la igualdad es la razón...

Cuentan que alguien vino y que lo persiguió...

cuentan que otro hombre lo prohibió...

cuentan que seguro alguien lo traicionó,
cuentan que su frente sangró.

¡Que nadie se lave las manos!

(Alma y Vida)

domingo, 9 de diciembre de 2012

METAFÍSICA I


El agua en su punto justo inició la ceremonia. Le hubiese gustado que alguien acompañara. Preparó los elementos necesarios, amoldó su cuerpo al sillón y suspiró antes de sorber por primera vez. En soledad, mate en mano, relajó cuerpo y alma. 
Buscó, por enésima vez, el sentido de la vida.

lunes, 3 de diciembre de 2012

NERUDA, PABLO: El libro de las preguntas



Dónde está el niño que yo fui,  
sigue adentro de mí o se fue?  

Sabe que no lo quise nunca  
y que tampoco me quería?  

Por qué anduvimos tanto tiempo  
creciendo para separarnos?  

Por qué no morimos los dos  
cuando mi infancia se murió?  

Y si el alma se me cayó  
por qué me sigue el esqueleto? 

(Chile, 1904/1973)