Es posible que mañana muera y en la tierra no quedará nadie
que me haya comprendido por completo.
Unos me considerarán peor y otros mejor de lo que soy.
Algunos dirán que era una buena persona; otros, que era un canalla.
Pero las dos opiniones serán igualmente equivocadas.

Mijail Iurevicht Lermontov


viernes, 14 de junio de 2013

ENCUENTROS...




Federico miraba el canal “Encuentro” con una botella de malbec sobre la mesa. Lalo Mir presentaba a Miguel Cantilo. En un momento apareció también Jorge Durietz. Pedro y Pablo. Vinieron a su mente aquellos años de adolescencia rebelde y a contramano de la moda. Marcha de la bronca. Dónde va la gente cuando llueve. La gente del futuro… Historias de hippies, de exilios, de regresos. Épocas fuertes y duras en las que la contracultura lejos estaba del vil negocio. La cofradía de la flor solar. Rocambole, Kubero Díaz… Comunidades exóticas y totalmente locas y cuerdas a la vez.
Sonó el teléfono celular.
—¿Fernando?
—Estoy viendo "Encuentro" y me acordé de vos, loco…
—¡Yo también! ¡Y me acordé de vos! ¡De todos!
Piel gallinacea. Escalofríos. Recuerdos. Música. Guitarreadas. Peñas. Libros. Noches de humo y vino. En compañía. En soledad.
—¡Loco, qué bueno!
—¡Andá a cagar, boludo! ¡Me estás haciendo moquear…!
Federico y Fernando alejaron el celular de la oreja. Un loco de pelo largo, canoso y viejo los transportaba a través del canal oficial hacia la juventud.
—¿Te acordás?
—¡Y cómo no!
Federico terminó el malbec. Fernado, el whisky. La comunicación telefónica había terminado ya, pero la energía seguía en el aire.
¿Te acordás?, pensó Federico mientras jugaba con la copa vacía entre sus manos. ¡La puta madre!, murmuró Fernando a kilómetros de distancia, golpeó con su puño la mesa y bebió el último trago de whisky. ¿Qué te gustaría hacer ahora?, interrogó mentalmente Fernando. Me gustaría retroceder treinta y cinco años, pensó Federico sin saber que era interpelado a la distancia y en silencio. ¿Integraríamos la comunidad? ¡Sin dudas! ¡Vayamos!
Terminó el programa de Lalo Mir. “Encuentro” siguió con su programación habitual, impecable también.
Fernando suspiró y puteó en silencio al aire. Federico se rascó la cabeza y recién en ese momento advirtió que en la botella no quedaba una sola gota de malbec. Quiso destapar otro pero la pequeña bodega estaba vacía. Varias caras —viejas, lejanas— aparecieron en la mente de Fernando. De Federico. Rostros hermosos, épocas inolvidables, recuerdos eternos.
Federico, entre vahos etílicos, logró entrar el auto en el garaje. Su esposa y sus tres hijos ya dormían. Fernando agradeció haber entrado el auto antes del whisky. Se quedó dormido en el sillón del living.
A las pocas horas, bien temprano, ambos tendrían que cumplir su horario laboral.

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