Es posible que mañana muera y en la tierra no quedará nadie
que me haya comprendido por completo.
Unos me considerarán peor y otros mejor de lo que soy.
Algunos dirán que era una buena persona; otros, que era un canalla.
Pero las dos opiniones serán igualmente equivocadas.

Mijail Iurevicht Lermontov


martes, 22 de octubre de 2013

CONDENADOS A SER LIBRES




Según el filósofo yanpol, estamos condenados a ser libres. Pero a esta verdad, como a alguna otra, llegamos muchas veces tarde, cuando nuestra vida ya ha sido tallada por largos años de recibir información errónea, distorsionada o malintencionada. Mas puede ser que alguna vez nos hayan inculcado algo bueno y entre tanto mejunje hemos sido hechos a imagen y semejanza de los otros.
Durante largos años escuchamos verdades supuestas o ciertas —quién lo sabe—: en la infancia, en la familia, en la escuela, en la calle, y siempre retumbó en nuestra mente lo que “debíamos” hacer y lo que “no debíamos” hacer. Te mandan a amar cuando todo el mundo sabe que este verbo no acepta el imperativo. ¿Cómo obligar, pedir, solicitar, rogar, a una persona a amar, como si fuera un acto deliberado? Te ordenan desde que nacés hasta que te morís y si no reaccionás a tiempo terminás no-siendo. Entonces —y siguiendo con las ideas del francés—, si hay alguien que impone mandamientos, formas de creer/hacer y de vivir, el hombre no es libre. ¿Puede ser libre el hombre si sigue un dogma y se olvida de vivir según sus ideales?
Hay un orden jerárquico que intentan imponer que no se entiende. ¿Por qué una idea tiene que estar por encima de todas las cosas cuando yo tengo ideas diferentes y quiero organizar mi vida según mi propia escala de valores? Buena o mala, no lo sé, pero mía.
Tengo a muchas personas para querer y estimar antes que a otras. Y sobre todo, quererlos y estimarlos por sobre cualquier idea abstracta. A esas personas las pongo en la cima, en el medio o en el último puesto. Y hay otras que ni siquiera ingresan en la lista. En ella solo están los que le dan sentido a mi vida. Los otros… quizás algún día.
He vivido, vivo y seguiré viviendo, como cualquiera. Y si alguien insinúa que he cometido actos impuros, le pregunto: ¡¿Qué carajo es un acto impuro?! ¿Quién dice que algo es puro o impuro? ¿Es puro mirarse a los ojos e impuro reconocer al tacto nuestros cuerpos? ¿Es puro decir que sí e impuro decir que no? ¿O viceversa? ¿Es puro no pensar en lo que deseamos e impuro hacer lo que queremos? ¿Es lo blanco puro y lo negro impuro? ¿Es el amor puro y el sexo impuro? ¿Es lo limpio puro y lo sucio impuro? ¿El que se cree puro lo es y el otro no? Y si es el otro el que se cree puro, ¿el primero no lo es? ¿Y si nadie es puro? ¿Y si todos lo somos? ¡¿Qué carajo es la pureza?!
Cuando alguien viene y me dice tenés que hacer esto, no tenés que hacer lo otro; tenés que desear esto, no desear lo otro, están coartando mi libertad. Y así intentaron, intentan e intentarán, como siempre, imponer para esclavizar. El poder de unos sobre el no-poder de los otros.
Llega un momento en que tenemos que dejar de usar las palabras y los pensamientos ajenos para tener los propios. Y —como ahora— cuando se escriben, se corre un riesgo grande: uno queda a consideración del otro. Uno se desnuda y queda a la libre consideración de los demás. Pero cuando empezamos a decir y a escribir lo que realmente pensamos, cuando empezamos a decir nuestras propias palabras, dejamos de escondernos y comenzamos a ser responsables de lo que decimos y de lo que callamos también, porque callar es como seguir hablando.

Hablar y callar, pensar y no pensar, es en definitiva la expresión de nuestra propia libertad.

miércoles, 16 de octubre de 2013

TARDE


Me pasa a menudo: quiero hablar con alguien que ya no está a mi lado.
Estuvo alguna vez pero nunca le dije lo que quería o debía decirle.
Me miró más de una vez a los ojos esperando esas palabras que, egoísta, me guardé.
Y hoy quisiera gritarlas a los cuatro vientos, no solo para que se entere ese alguien sino también el mundo entero.
Pero ya es tarde.
Como lo será cuando alguien se arrepienta de no haberme dicho lo que quería o debía decirme y yo ya me haya ido a escuchar a otros lares.