Es posible que mañana muera y en la tierra no quedará nadie
que me haya comprendido por completo.
Unos me considerarán peor y otros mejor de lo que soy.
Algunos dirán que era una buena persona; otros, que era un canalla.
Pero las dos opiniones serán igualmente equivocadas.

Mijail Iurevicht Lermontov


viernes, 21 de noviembre de 2014

DOS MUNDOS

(Santa Fe, Argentina, 1958)
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Te sorprenderá verme acá, Marcela, pero sentí la necesidad de volver para hablar seriamente con vos. Hay algo adentro de mí que me lo pide, que me lo exige. Algo que no me hubiese dejado seguir por la vida si no regresaba y te lo decía. Sabés bien que me atrajiste apenas te vi. Fue tu mirada, fue tu cuerpo, fue tu sonrisa, fue tu timidez. Y fueron tu mirada y tu cuerpo los que con el tiempo nos reunieron en una noche inolvidable. Esa última noche que te vi, que te sentí, que fuimos uno, que disfruté tu cuerpo como supongo vos debés haber disfrutado el mío. Fue una noche fantástica en la que no supe interpretar tu entrega y te abandoné. Fueron tres meses y veinte días en los que no pude descansar ni pegar un ojo sin pensar en vos. Tres meses y veinte días, sí, los tengo bien contaditos, porque para mí fueron una eternidad, fueron un calvario del que hoy quiero liberarme para siempre. Por eso volví. Por eso estoy acá y advierto en tu mirada que no entendés nada. ¿Me escuchás, Marcela? Antes de que nos hiciéramos tan compinches, yo creía que nunca podríamos llevarnos bien. No formábamos parte del mismo mundo. El tuyo no iba más allá de tu humilde trabajo, de tus telenovelas siesteras y de tus lecturas de autoayuda. Yo trabajaba en el diario casi todo el día y el poco tiempo que me quedaba lo aprovechaba para continuar mi novela eternamente inconclusa, para esbozar algún nuevo cuento, para leer y releer literatura rusa del siglo XIX y para escuchar música clásica y rock nacional. Pero esas diferencias para mí no existían cuando pasabas cerca de mi computadora, en la redacción del diario, con el escobillón o con el balde y el detergente entre tus manos, sin siquiera reparar en mí. Pero entre noticias internacionales, bombas de Al Qaeda y globalización, se paseaban tus pantalones de jean ajustados, muy ajustados, gastados, perfectos; tu pelo y tus ojos negros, y tu sonrisa bien natural. Me mirás extrañada y sonreís sin entender. No digas nada. Dejame a mí. Soy yo el que debe hablar y darte una explicación. Reconozco mi error, mi cobardía. Cuando perdiste el trabajo en el diario, mi trabajo dejó de tener sentido y nació en mí la necesidad de seguir viéndote. Por eso te fui a buscar a tu casa esa tarde y te pregunté si querías limpiar de vez en cuando mi departamento, que no tenía más de cincuenta metros cuadrados y que jamás había necesitado a alguien para que lo limpiase. Si ni comía en él, qué podría ensuciar más que los ceniceros, los vasos y las tazas... Y aceptaste de buena gana, con esa sonrisa de siempre pero con tu típica timidez que a mí me atraía y me hacía sentir cierto poder sobre tu persona. Comenzaste a tocar el timbre tres veces por semana a las siete de la mañana y me obligabas a levantarme a pesar de que hacía pocas horas que me había acostado. Pero lo hacía de buena gana porque volvía a verte y desde el día anterior ya me ponía de buen humor porque te vería sonreír a mi lado otra vez. Y te cebaba mates mientras limpiabas el departamento, demorando tu tarea a propósito porque no te hubiese llevado más de una hora hacerlo por completo, y te quedabas hasta el mediodía, tomando mate, charlando o leyendo algo que me pedías prestado y yo te invitaba a quedarte y vos aceptabas sin hacerte rogar. Te quejabas de los rusos porque no los entendías y además te asustaba el tamaño de los libros y la letra tan chiquita. Me pedías poemas cursis que yo no tenía y pensaba que nunca los tendría, pero los empecé a comprar para vos, para verte leer en casa, para verte sonreír, suspirar y, a veces, hasta llorar. En fin, una excusa para tenerte a mi lado. Y un día te quedaste a almorzar y otro día te ofreciste para preparar la cena y tu mirada me gustaba cada vez más y tus cabellos negros eran cada vez más negros, al igual que tu mirada, y no sé si te dabas cuenta o no, pero yo advertía que los pantalones de jean ajustados te quedaban cada vez mejor y me empezaba a importar dos pepinos esa diferencia de mundos que vivíamos y que a pesar de todo, compartíamos. Me hacías reír mucho con tus ocurrencias y tus salidas ingenuas ante los problemas del mundo que yo, aburrido, te comentaba como última noticia cuando nos juntábamos a cenar. Pero ahora estoy acá, Marcela, pidiéndote perdón. Fueron tres meses y veinte días los que me hicieron estallar la cabeza pensando en esa última noche en que te acaricié mucho y disfruté mucho tu cuerpo blanco y bello. Noche en que me perdí en tu mirada oscura y en tu cuerpo infinito, en esa mirada que ahora observo y me gusta cada vez más. Y en esa sonrisa que me hace pensar que me escuchás pero que no me entendés, Marcela. Volví para decirte que estos tres meses y veinte días fueron fundamentales para darme cuenta de todo lo que te necesito. Y de lo que quiero al fruto de nuestro amor. Sí, por más que abras de esa manera tus hermosos ojos negros, quiero decirte que volví para hacerme cargo, para estar con vos para siempre y compartir la felicidad de nuestro hijo. Y te veo delgada como siempre pero sé que debajo de tu camisa seguramente la pancita ya debe estar asomando. Me dijiste esa noche que no te habías cuidado y lo soñé durante los tres meses y veinte días: vas a tener un bebé, nuestro bebé. Por eso, Marcela, estoy de vuelta, para mirar hacia adelante juntos y vivir definitivamente para él... o para ella. ¿Sí?
Su cara había ido cambiando desde el mismo momento en que me vio aparecer. Sus ojos negros fueron agrandándose segundo a segundo hasta casi estallar. Y luego de haber ofrecido con tanto amor mi reconocimiento de paternidad, me gritó con toda su bella personalidad:
—¡¿Pero qué decí, bolú?! ¡¿De qué guacho me hablá?!

2 comentarios:

  1. ah...los amores perros. cuando desperto, ya era tarde.

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