Es posible que mañana muera y en la tierra no quedará nadie
que me haya comprendido por completo.
Unos me considerarán peor y otros mejor de lo que soy.
Algunos dirán que era una buena persona; otros, que era un canalla.
Pero las dos opiniones serán igualmente equivocadas.

Mijail Iurevicht Lermontov


jueves, 30 de enero de 2014

CON LA FRENTE BIEN ALTA

Ante la falta de mayores detalles sobre lo ocurrido según la noticia "Una discusión sobre literatura terminó en asesinato", me permití dejar volar la imaginación:


Ese año, el invierno no había tenido contemplación con los habitantes de Ivrit, en la región de los Urales rusos. Las bajas temperaturas habían provocado que la población se las rebuscara para encontrar calor de las maneras más disímiles. Y en eso estaban la noche del 20 de enero los viejos amigos Dimitri Ivanovich y Mijail Fiodorov.
Dimitri, a los cincuenta y tres años, llevaba ya cinco de vida solitaria en una sencilla pero prolija vivienda de uno de los barrios más alejados del centro de la ciudad. Luego de separarse de Natasha, su compañera durante veinte años, y como consecuencia de no haber tenido hijos, no hizo más de su vida que seguir dando clases de literatura en una escuela secundaria cercana a su casa y reunirse periódicamente con sus amigos a charlar sobre el pasado bolchevique en común, sobre el presente vertiginoso y sobre el futuro imprevisible.
Por su parte, Mijail, unos cuantos años más grande que su amigo y colega, iba ya por su tercer matrimonio. Su esposa, sus dos ex, sus siete hijos y las clases en la universidad, no le dejaban mucho tiempo libre a su vida, pero se las ingeniaba para compartir, aunque sea una vez a la semana, una botella de vodka con sus amigos. Y esa noche, luego de dictar una pesada clase sobre la novela Padres e hijos de Iván Turguénev, decidió no regresar a su casa y tocar el timbre en lo de Dimitri, con una botella de Granenych bajo el brazo, comprado en uno de los tantos bares que había camino a la casa de su amigo.
Los primeros chupitos consumidos transcurrieron entre lastimosos recuerdos de Dimitri sobre su añorada Natasha y las quejas de Mijail sobre la falta de voluntad y entusiasmo de sus alumnos universitarios. Cuando la botella comenzó a vaciarse vertiginosamente, Mijail propuso ir a comprar comida, ya que el vodka comenzaba a hacer efecto y no había consumido sólido alguno desde el mediodía. Una docena de pirozhkí de patatas e hígado serían más que suficientes. Dimitri aprovechó —ante la inminente “muerte” de la botella llevada por Mijail— para comprar otra Granenych.
Las horas pasaron sin que los amigos se dieran cuenta. Los chupitos se llenaron por última vez porque la segunda botella, indefectiblemente, también había llegado a su fin. Apenas la mitad de una pirozhkí quedó sobre la mesa, junto a la cuchilla de cabo de hueso que la había partido momentos antes. Pero lo que no se terminaba era la conversación. La lengua ya les resbalaba a ambos y de vez en cuando un hilo de baba caía de sus labios, entre risas y golpes de puño en la pesada mesa de madera. Y cuando el alcohol hace mella, lo hace en todos los sentidos, y ni la amistad más sólida se encuentra a salvo.
—Che, ¿qué me decías de tus alumnos, vos? ¿Que no te los aguantás más? —preguntó Dimitri.
—No, no es eso. Lo que pasa es que no le ponen ganas a las clases y se hace cuesta arriba hablar frente al curso todo el tiempo sin que nadie te haga una pregunta o te cuestione algún concepto… —explicó Mijail.
Dimitri sonrió como diciendo “vos tenés la culpa”. Bebió el contenido del chupito de un trago, inclinando su cabeza hacia atrás, apoyó el vaso de un golpe seco sobre la mesa e increpó:
—¡Andá a saber qué pelotudeces les decís vos en las clases!...
Mijail se asombró ante el ataque inesperado de su amigo e intentó abrir los ojos por completo para mirarlo bien, pero no pudo. Lo vio en una nebulosa. En una situación normal, de charla pasajera, a las palabras de Dimitri las hubiese tomado no solo con calma sino también con gracia. Pero el Granenych pasaba ahora ser parte fundamental de la conversación y de la historia. No obstante, intentó tranquilizarse.
—Les hablo de la mejor narrativa mundial: la nuestra. Turguénev, Dostoyevski, Gogol…
—¡Imbécil! ¡Narrativa! ¡Tenés que dejar la narrativa fría y aburrida de lado en tus clases! ¡Tenés que hacer volar a tus alumnos! ¡Que sueñen! ¡¿Cómo querés que no se aburran cuando le leés kilométricas novelas nacidas de mentes aburridas y perturbadas?!
—¡Ah, bueno! El profesor Ivanovich ahora está en contra de la narrativa rusa… ¡Claro! Seguramente al benemérito profesor Ivanovich le conmueven mucho más las novelas francesas con sus famosas heroínas que se enamoran de otro hombre estando casadas… Eso las hace más divertidas… ¿O será porque anda dando vueltas por el aire una historia similar?
El rostro de Dimitri cambió totalmente de color. Era cierto, Natasha lo había dejado por el malnacido de Alexander Burchenko. Y Mijail lo sabía muy bien… Pero hizo un gran esfuerzo para no reaccionar violentamente.
—¡No me gustan las novelas francesas! Estoy hablando de poesía, profesor Fiodorov. Yo no necesito —ni quiero— perder horas, días, meses, hablando de novelas inacabables. Yo les leo a mis alumnos poesías, de esas que llegan al alma, a las entrañas. De esas que te hacen enamorar de la vida con solo escuchar su ritmo, su entonación, su musicalidad…
—¡Dejate de joder, Dimitri! Las poesías son para las mujeres que se enamoran hasta de los pajaritos que vuelan por el aire sin sentido… Dejá que a la poesía la canten y reciten felices eunuquitos y hacele razonar a tus alumnos la metafísica de la novela de Dostoyevski, que se cuestionen el porqué de la existencia del ser humano y piensen cuál es su función en el mundo, no solo para enamorar, sino para colaborar, contribuir, crecer como ser social. ¿Dónde quedaron tus ideales de otrora? Pensá en por qué Raskólnikov mató a esa vieja usurera de mierda y él mismo se terminó entregando a la Justicia para pagar su crimen, para recibir su castigo… ¡La verdadera literatura está escrita en prosa, Dimitri!
—¡No entendés nada, Mijail! ¡Sos medio pelotudo! Amo apasionadamente la lírica y creo que supera ampliamente en valor literario a la prosa. No cualquiera escribe hermosos poemas y cualquier estúpido no solo te cuenta una historia sino que también la escribe… Y me avergüenza que digas que la poesía es solo para las mujeres enamoradizas. ¿O acaso no te conmueve un poema de Kuzmin, o uno de Ivanov o de Gorotdetski?
—¡Ahí está, boludo! ¡Ahí está! ¡¿No lo ves?! ¡Ahora caigo por qué Natasha se fue con Alexander!
Cuando Mijail terminaba de pronunciar el nombre del nuevo amor de Natasha, sintió, como una quemazón, el corte de la hoja plateada —aún con restos de pirozhkí— en su pecho. Sentiría el mismo ardor varias veces más en los segundos siguientes. No alcanzó a ver el cabo de hueso del cuchillo porque estaba totalmente tapado por la mano derecha del profesor Ivanovich.
—La poesía es mejor… —murmuró Dimitri.
Miró desde arriba a su viejo amigo, que ya no respiraba.
—Y no soy puto.

miércoles, 15 de enero de 2014

GELMAN: 1930/2014


El poeta Juan Gelman escribe alzándose sobre sus propias ruinas, sobre su polvo y su basura. Los militares argentinos, cuyas atrocidades hubieran provocado a Hitler un incurable complejo de inferioridad, le pegaron donde más duele. En 1976, le secuestraron a los hijos. Se los llevaron en lugar de él. A la hija, Nora, la torturaron y la soltaron. Al hijo, Marcelo, y a su compañera, que estaba embarazada, los asesinaron y los desaparecieron. En lugar de él: se llevaron a los hijos porque él no estaba. ¿Cómo se hace para sobrevivir a una tragedia así? Digo: para sobrevivir sin que se te apague el alma. Muchas veces me lo he preguntado, en estos años. Muchas veces me he imaginado esa horrible sensación de vida usurpada, esa pesadilla del padre que siente que está robando al hijo el aire que respira, el padre que en medio de la noche despierta bañado en sudor: ¡Yo no te maté, yo no te maté! Y me he preguntado: ¿Si Dios existe, por qué pasa de largo? ¿No será ateo, Dios?

Eduardo Galeano
(Uruguay, 1940)
de "El libro de los abrazos")

lunes, 13 de enero de 2014

JACKAROE


La guerra terminó, sí, pero...
¿Quién despertará a los muertos llorados en los pueblos?
¿Quién devolverá a las madres el beso del hijo
que no ha de regresar más o la esperanza a una novia
que aguarda en vano?