Es posible que mañana muera y en la tierra no quedará nadie
que me haya comprendido por completo.
Unos me considerarán peor y otros mejor de lo que soy.
Algunos dirán que era una buena persona; otros, que era un canalla.
Pero las dos opiniones serán igualmente equivocadas.

Mijail Iurevicht Lermontov


miércoles, 16 de abril de 2014

CRECER CON SPINETTA


Fue duro escuchar que se había ido. Pero nos había dejado la música y la poesía. Recuerdos y sentimientos encontrados poblaron mi cabeza y escuché por enésima vez la Cantata...
—Te debe haber afectado como cuando murió Borges...
Apenas sonreí y contesté:
—Crecí escuchando a Spinetta, no leyendo a Borges.

miércoles, 2 de abril de 2014

HÉROES


Cómo me hubiese gustado formar parte de esa escena…

Un soldado ayuda a su compañero a escapar hasta el pozo. La cara sucia, el gesto con una mezcla de dolor y bronca, el olor a carne quemada y pólvora que los asfixiaba. Gritos, estruendos, frío, desilusión. Días después, vencidos, volvían a su pueblo, a su casa, a su vida.
Pasaron casi treinta años y ahora están juntos, frente a las cámaras de televisión, recordando el momento, ilustrándolo en la mente de los televidentes, intentando hacer sentir en la piel de los que no vivieron la guerra, el horror que ellos sufrieron.
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Cómo me hubiese gustado formar parte de esa escena…
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Al llegar al pozo húmedo, frío, oscuro, sucio, mientras vencían al viento y al miedo, se arrojaron de panza, como tantas veces los habían obligado a hacer cuerpo a tierra en el cuartel, y encontraron una cierta tranquilidad. Se miraron con desesperación y permitieron que en ese gesto de dolor y bronca se insinuara una sonrisa mientras la noche explotaba y se iluminaba constantemente.
Tienen mi edad. Están canosos. Parecen felices. Pero detrás de esos ojos grandes se advierte aún una herida abierta. Están orgullosos de haber estado en las islas y juran que volverían para intentar recuperarlas. Llevan a cuesta el dolor de la derrota, el sentimiento de que están en deuda, la impotencia de no haber podido…
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Cómo me hubiese gustado formar parte de esa escena…
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Pero estuve en otra, parecida pero con otro final, que pocos recuerdan y que muchos, seguro, imaginan. Era insoportable el ataque del enemigo y debimos retroceder. Dejamos de ser un grupo. En ese momento cada uno debía salvarse. El fusil descargado no era más que un estorbo y lo abandoné. Corrí hacia el pozo más próximo. La luz de las bombas constantes me permitía ver el camino. Una había caído muy cerca y sentí el viento de las esquirlas a pocos centímetros de mi cabeza. Me había tirado a tiempo. Me levanté y corrí hacia la retaguardia, buscaba un maldito pozo para protegerme. Debí tener una cara horrible. Estaba desarmado, tenía frío, hambre y miedo. Cuando divisé uno, veinte o treinta metros más adelante, escuché el grito. Le habían dado a Chirino. Estaba a pocos metros de mí, escapando desesperado hacia el mismo pozo, cuando una esquirla le alcanzó la pierna derecha. Cayó y gritó. Me frené y volví la vista. Estaba arrodillado y se apoyaba en su fusil. Dudé, pero el gesto de Chirino me conmovió. Me miró con el mismo gesto de dolor, bronca y miedo que teníamos todos en ese lugar, a lo que le sumó el hecho de estirar su brazo derecho hacia mí. Me pedía ayuda. Hubiese podido dejarlo ahí y salvarme, pero no pude… no. Podría haber sido yo el que necesitara la ayuda de Chirino y me puse en su lugar. Volví hacia él corriendo, cabeza gacha, venciendo el viento y el miedo, ayudado por esa extraña luz nocturna de las bombas. Lo ayudé a pararse. Su brazo izquierdo abrazó mi hombro, se apoyó en su única pierna sana, lo abracé por la cintura y nos fuimos como pudimos hacia el pozo.
.Cómo me gustaría estar ahora frente a esas cámaras de televisión, junto a mis compañeros, héroes ellos, tanto como Chirino y yo. Pero son ellos los que pueden contar historias mientras esperan el reconocimiento insoportablemente postergado de una sociedad que vivó la guerra y de los gobiernos inmutables que se suceden año tras año.
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El pozo estaba a veinte metros. Demasiado lejos para huir del incesante e insoportable ataque enemigo. Con Chirino y muchos más nos quedamos entre el frío y el viento, con el eterno gesto de dolor, de bronca, de miedo.
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