Es posible que mañana muera y en la tierra no quedará nadie
que me haya comprendido por completo.
Unos me considerarán peor y otros mejor de lo que soy.
Algunos dirán que era una buena persona; otros, que era un canalla.
Pero las dos opiniones serán igualmente equivocadas.

Mijail Iurevicht Lermontov


jueves, 29 de enero de 2015

MUSA VERDE ESMERALDA

Fotografía de Fabio Mudry (noviembre de 2012)

A F.M.


La reacción fue casi espontánea, no buscada. Pero sintió la necesidad imperiosa de hacerlo. Sabía que en su casa no podría, menos aun en el estudio, en su oficina. ¿Dónde encontrar la paz, la tranquilidad, el ambiente óptimo para lograr su objetivo? Desajustó la corbata que oprimía su cuello desde hacía horas y decidió escapar. La mente ardía, sus dedos estaban inquietos y la desesperación por decir se hacía insoportable.
Agradeció que en su casa no hubiese nadie. Solo los perros y la gata festejaron su llegada. Se desvistió rápidamente y buscó el pantalón de grafa y su remera más roñosa. Buscó el cuaderno de tapas verdes con espiral. También al Capitán Morgan para que le hiciera compañía. Apresuró la salida de su casa, no porque no quisiera encontrarse con su esposa o con sus hijos, sino porque desesperaba por estar allá enseguida y dar rienda suelta a tantos impulsos que quería liberar.
Cuarenta o cincuenta minutos después cargaba en la lancha solo el cuaderno, una birome y al Capitán Morgan. Nada más necesitaría. El empleado de la guardería de lanchas que lo ayudó a bajarla lo miró sorprendido. ¿Y la caña? ¿Y el reel? ¿No necesitaba carnada? No se atrevió a preguntar y observó estupefacto cómo, en silencio y con decisión, el dueño de la lancha aceleró a fondo.
Minutos después el río se reflejaba en sus ojos. Escuchaba en medio de la isla La Garceroza los sonidos que siempre había escuchado pero a los que nunca había prestado demasiada atención. O sí, pero no como se disponía hacerlo ahora. Disfrutaba del silencio ruidoso de la isla, de ese mundo que siempre había tenido frente a sus ojos y que ahora miraba de manera diferente, como queriendo descifrar el eterno secreto de la naturaleza. El Capitán Morgan invitó un trago y lo aceptó. Y volvió a aceptar una y otra vez.
Miró al cielo (muchos escribieron sobre él), pensó en el río (cuántos lo mencionaron en sus escritos), dos o tres cardenillas picotearon algunas migajas (seguramente estos pajaritos tenían a sus propios poetas), y por fin fijó su vista en la mesa, la vieja mesa de campo con sus patas torneadas verde esmeralda que sostenía en ese momento la botella de ron al lado de su vaso vacío…
Entonces desafió a ese silencio que lo dominó por años, quiso vencerlo y se liberaron así las palabras ocultas, oprimidas pero esperadas. Y surgieron los sonidos del silencio como alguna vez lo hicieran en una vieja canción…
Quién sabe cuál habrá sido el resultado, el producto de esa irrefrenable necesidad de decir. Pero seguramente esa tarde la vieja mesa de patas verde esmeralda cobró nueva vida al borde del Arroyo Leyes…

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