Es posible que mañana muera y en la tierra no quedará nadie
que me haya comprendido por completo.
Unos me considerarán peor y otros mejor de lo que soy.
Algunos dirán que era una buena persona; otros, que era un canalla.
Pero las dos opiniones serán igualmente equivocadas.

Mijail Iurevicht Lermontov


lunes, 13 de julio de 2015

PAPEL




Tres kilos trescientos. “Como un bebé”, pensó. La bolsa llena de papeles bien acomodados no era muy grande pero tres kilos trescientos para apenas dos horas de trabajo, no era un mal número. Habían terminado las clases y como hacía mucho no lo hacía, al mediodía decidió limpiar el placar donde guardaba, tiraba, depositaba o simplemente olvidaba libros, carpetas, apuntes, bolsos, bolsas (de esas que le daban en los comercios y nunca tiraba, no sabía por qué; o sí, lo sabía: siempre pensaba que podrían ser útiles para algo, pero lo único que hacían era ocupar lugar) y cualquier otro elemento que por el momento no necesitaría de manera inmediata.
Se preguntaba en silencio si todos los docentes eran igual de estúpidos. “¿No tirarán nada, como yo?”. Ratones de biblioteca. Pero el hecho de que las puertas del placar ya no cerraran como debían hacerlo (necesitaban dos o tres empujones más un caderazo seco y contundente para cerrar como otrora) la hizo pensar en una buena limpieza a fondo.
Separó primero las dos carpetas que utilizó durante el último ciclo lectivo. Era lo más nuevo y quizás podría reutilizar algo de ese material el año venidero. Así que intentó sacar de una torre de carpetas, las que estaban más abajo. Le costó hacerlo y pagó su precio. Las que estaban arriba también abandonaron su lugar de quietud y terminaron en el suelo, desparramadas. Pensó que de todas formas las tendría que haber sacado, pero el desparramo provocado implicaba un trabajo mayor.

Abrió la primera carpeta. Era azul y tamaño oficio. Hacía varios años que había optado por comenzar a trabajar con A4 y abandonar el tamaño legal definitivamente. Eran antologías literarias de varias hojas cada una. Incluso observó una, con papel muy amarillo, que había sido escrita en la vieja Olivetti italiana que había utilizado muchísimos años atrás. No dudó en sacarla y acomodarla cuidadosamente en una gran bolsa plástica de zapatería (acorde al tamaño de su calzado). Comenzó a hojear las demás antologías y a recordar cuánto tiempo hacía que no leía tal cuento o tal poema en clase. Se demoraba más de lo que tenía pensado al recordar momentos precisos de lectura o trabajos prácticos realizados con esos textos. Se le venían a la mente algunas caras de alumnos, tanto las ansiosas como las desesperadas, las satisfechas y las ofuscadas. Siempre había disfrutado anexar imágenes a los textos para hacerlos más atractivos para sus alumnos. Muchas veces sus alumnos —se lo dijeron varios— habían comenzado la lectura de un cuento motivados por la imagen que lo acompañaba.
Fueron varias las horas ocupadas en ordenar el placar. La limpieza fue exhaustiva pero no completa. Cuando comprobó que las puertas cerraban normalmente, con un simple empujoncito, dijo basta. A pesar de que la bolsa estaba bastante llena, el cambio apenas se notaba. Seguramente, en las próximas vacaciones continuaría el trabajo, como todos los años venía ocurriendo.
Arrastró la bolsa hacia la calle. No pudo levantarla. No porque no la aguantara sino por el miedo a que el plástico no resistiera el peso de tanto papel. Pensó que los basureros municipales no se la llevarían. No era el día indicado para sacar la basura reciclable. Pero no le importó. Pensó que quizás alguien se la llevaría.
Se levantó temprano al otro día (maldecía siempre no poder dormir un poco más en época de vacaciones) y se fue a hacer los trámites que los horarios escolares no le dejaban hacer durante los días hábiles. Con satisfacción advirtió que la bolsa ya no estaba en la vereda de su casa. Los basureros la habían levantado igual y se la habían llevado. Pensó que por la tarde podría “atacar” nuevamente el placar. Seguramente encontraría nuevos papeles para tirar.
Esa noche, mientras cenaba y luego de zapear infructuosamente durante varios minutos, decidió apagar el televisor y leer. Colocó el pequeño atril de madera sobre la mesa, al costado izquierdo de su plato, sirvió en el vaso agua saborizada, apoyó el libro, lo abrió y, entre masticadas y sorbos, entretuvo la vista en el papel.
Timbre. Automáticamente miró el reloj que colgaba de la pared de la cocina. Las diez de la noche. Rara sensación tuvo. Por enésima vez pensó que tenía que hacer colocar un portero eléctrico. Abrió la pequeña ventana de la puerta para espiar quién era y observó a una pareja. Él, bastante despeinado y mal vestido, se apoyaba en un carrito metálico que seguramente arrastraría por la ciudad buscando basura o papel o algo que les sirviera para poder sobrevivir. Ella estaba parada a su lado, sonriente.
—Disculpen, pero no tengo nada en estos momentos…
—Pensamos que podría tener más papeles… como los de anoche —dijo ella.
No fueron los basureros municipales, advirtió inmediatamente. La mujer seguía con la sonrisa en el rostro y a él se lo veía muy tranquilo, de buen ánimo.
—Saqué todo lo que tenía para tirar. Quizás dentro de unos días saque más. Pero ahora no tengo —pensó en ofrecerles algo para comer, o leche para los hijos—. Esperen que veo si tengo algo para darles…
—No, señora, no. Deje. Solo queríamos más papeles como los de anoche.
Había hablado del hombre. Se los quedó mirando y un impulso la llevó a cerrar la ventanita y abrir la puerta. Como si le hubiesen dado ganas de charlar o de escuchar o de saber algo más de esa pareja. Eran muy jóvenes y su semblante no se condecía con la pobreza que reflejaban sus ropas.
—Con Fernanda nos llevamos anoche la bolsa de papeles, ¿sabe?, y cuando llegamos a casa, nos pusimos a armar paquetes para poder venderlos por peso, ¿vio?
—Sí, me imagino —contestó sin saber si se lo imaginaba o no.
—Y yo vi un dibujo hermoso —dijo ella—, de dos personas que se abrazaban y leí lo que decía el papel. Me gustó. Algo de estar cerca… y abrazarse… y amar…
Pensó inmediatamente en el poema de Jorge de la Vega, que recordaba perfectamente haber tirado a la bolsa. Tenía un dibujo sencillo de una pareja abrazándose.
—Por eso en vez de tirar, comencé a buscar dibujos y a leer lo que decía al lado.
—Me leyó uno largo, de un gato, un gato negro —dijo él como asombrado—. Después no me quería dormir —y sonrió.
—Fuimos sacando varios de esos papeles y los dejamos sobre la mesa para seguir leyéndolos hoy. Los que no tenían dibujitos los tiramos, ¿vio?
Los miraba asombrada. No podía creer lo que estaba escuchando. ¿Los textos de las viejas antologías que les hacía leer a sus alumnos estaban siendo rescatados del olvido por un par de cartoneros?
—Doña: si otra vez tira de esos papeles guárdelos, que nosotros los buscamos.
—No dormimos en casi toda la noche por leerlos…
—Ella los lee, porque yo no sé.
—Pero le voy a enseñar…
Sonrió. Les agradeció la visita, la historia que le contaron y les prometió que para la semana siguiente les tendría preparados más de esos papeles que tanto querían. 
Esa noche la que casi no durmió fue ella. Hasta la madrugada estuvo limpiando nuevamente el placar. Pero esa limpieza fue más cuidada y selectiva. Los escritos con imágenes que tanto había disfrutado en armar para sus alumnos, ahora tuvieron otro fin —incluso los más nuevos y que tenía pensado utilizar el año próximo—: ya no los tiró en grandes bolsas de nailon sino que los acomodó prolijamente en varias carpetas negras de tapa dura.

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