Es posible que mañana muera y en la tierra no quedará nadie
que me haya comprendido por completo.
Unos me considerarán peor y otros mejor de lo que soy.
Algunos dirán que era una buena persona; otros, que era un canalla.
Pero las dos opiniones serán igualmente equivocadas.

Mijail Iurevicht Lermontov


jueves, 26 de enero de 2017

SOFÍA


Qué linda la historia de mi mamá… O triste, no sé. Bah, las dos cosas. Triste por el desarraigo, linda por la familia que luego tuvo: su esposo José Luis. Sus tres hijos: Luis, el mayor; Francisco Melitón, el menor; y yo, Emilia, la del medio. Aunque ahora, a la distancia temporal, y recordando las historias de sus propias palabras, fue una linda vida la de Sofía, que así se llamaba mi mamá. Terradillos, su apellido.
Nació en España de la mano de un nuevo siglo, el 10 de setiembre de 1900. Siempre lo decía como recitando, graciosa y orgullosa, cuando sus nietos le preguntaban dónde había nacido: “Nací en Campo de Peñaranda, partido de Bracamonte, provincia de Salamanca”. Yo nunca supe dónde quedaba ese lugar pero supongo que debe haber sido en el campo, en una casa humilde. Porque ellos eran humildes. Me contaba mi mamá que tenían burros, caballos… Imagínense que eran siete hermanos, no debe haber sido fácil para los padres mantener la casa. Mi madre era la última y quedó huérfana de madre y padre a los tres y cuatro años, muy chiquita… ni se debía acordar de los padres, que se llamaban Rafael y Estanislada. De mi abuelo Rafael me dijo que murió por una coz. Una buena patada de burro, pero no me acuerdo dónde le había pegado. Y sinceramente no recuerdo de qué murió mi abuela Estanislada, no recuerdo que mi madre me lo dijera. Y quién sabe si alguna vez me lo dijo... Pero como les dije, muy chiquita se quedó sin ellos y se crió con una tía, hermana de su madre, por lo que creció junto con sus primos. Recuerdo que me dijo que una de esas primas había sido la madrina de mi hermano Luis y creo que también se llamaba Sofía. Luego se fue a vivir con la hermana y su familia —que tenía esposo e hijos— y para colaborar con la casa ella debía trabajar, era cocinera y, si no me equivoco, trabajaba en casas de familia. La vida en Europa no era fácil en aquellos tiempos. Mi madre y su familia, como todos los españoles, todos los europeos, sufrieron los efectos de la Primera Guerra Mundial, que preanunciaba tiempos futuros muy duros en el Viejo Continente. Así que algunos de sus hermanos viajaron hacia Argentina de muy jóvenes, escapando de la guerra y buscando nuevos horizontes. Sabían que en esta parte de América se recibía de buena manera a los inmigrantes que vinieran con ánimos de trabajo. Era como la tierra prometida, donde abundaba el trabajo y podría encontrarse un futuro de bienestar. Y cuando mi madre cumplió los 29, soltera y con un futuro incierto, sus hermanos radicados en Argentina la mandaron a llamar. La hermana con quien vivía no quería saber nada con que Sofía se viniera a Argentina y llorando preguntaba por qué se la querían traer para acá, que por qué la iban a dejar sola a ella en España. Pero los hermanos le dijeron que ella no estaba sola, que tenía a su marido, a sus hijos, y que mi madre estaba sola y por eso querían traerla para acá. Y así fue que el día 8 de noviembre de 1929 se embarcó en el vapor “Groix” rumbo a este país. Siempre contaba la historia de ese viaje que debió haber sido muy duro. Fueron como cuarenta días arriba del barco atravesando el océano Atlántico, sola, entre desconocidos. Esos días debieron haber sido determinantes para que se hiciera de un novio. ¡Sí! Me contaba que se había puesto de novia en el barco. Y yo le preguntaba qué había pasado con ese novio cuando llegaron a Buenos Aires y me dijo que no lo vio más. Cuando llegaron y comenzaron a desembarcar, entre tanta gente que llegaba y entre tanta gente que iba a recibir a tantos inmigrantes, no lo vio nunca más. “No sé a dónde fue a parar”, decía.
Lo más gracioso es que la tenía que ir a recibir uno de sus hermanos, el más chico de los que se encontraban viviendo en Argentina. Y ella no lo conocía, porque se habían separado hacía mucho tiempo y solo tenía una foto para reconocerlo. Y la incertidumbre de si lo iba a reconocer o no daba vueltas por su cabeza. Hasta que se encontraron, ahí nomás, en el puerto de Buenos Aires. Mi madre miraba la foto y miraba al tipo que la había ido a buscar y se preguntaba si sería su hermano o no. Y con desconfianza todavía al no poder reconocerlo, recogieron las valijas de mi madre y su hermano le dijo claramente: “Mirá, Sofi, ahora estamos en Buenos Aires, pero nos tenemos que ir hasta Rosario, donde vas a vivir con nosotros”. Así que primero se fueron a comer algo antes de partir hacia Rosario, y mientras comían en un restaurant o en un boliche, qué sé yo, mi madre lo miraba constantemente y se seguía preguntando: “¿Será o no será mi hermano este tipo? ¿A dónde me llevará”. ¿Vos podés creer, encontrarte a los treinta años con un tipo que dice que es tu hermano y vos no lo conocés? ¡Debe ser horrible! Y bueno, era su hermano. Saturnino se llamaba…
Así que después llegaron a Rosario, donde iba a vivir mi madre junto con su hermano y la familia. Y ahí vivía otro hermano más, Manuel. Y otros dos vivían en Chaco, adonde se habían ido a vivir cuando llegaron de España, jovencitos, y ahora ya habían formado sus familias y eran hombres de campo. Se llamaban Francisco y Ángel. Y en Rosario aparece en escena quien sería con el tiempo mi papá. Mi madre vivía con su hermano Saturnino y su esposa Pilar en un barrio de Rosario. Y vieron cómo son los barrios… la gente se junta a charlar, a tomar mates… Y ahí empezó a aparecer un morocho, vecino de mi madre, a tomar mates todos los días. Y ese morocho, como yo, la miraba y la miraba y mi madre no le daba ni bolilla. Hasta que un día la cuñada, Pilar, le dijo: “Sofi: mirá que Luis —Luis le decían a mi padre, que se llamaba José Luis— viene por vos”. Y mi mamá dice que la miró y le dijo: “¿Ese Negro?”. Ese negro… no quería saber nada del negro, mi mamá. Morocho era, porque los negros son negros y mi papá no era negro, era morocho. Y bueno, la cuestión es que el morocho seguía yendo a la casa y después se ponían a tomar mates a la tarde, y qué sé yo, y ella miraba y no tomaba mates, hasta que un día la cuñada le vuelve a decir: “Sofi: mirá que el Luis viene por vos a tomar mates, así que vas a tener que aprender a tomar y a cebar”. Y ella reaccionó casi con desesperación; “¡Ni loca! ¿Qué es eso de que todos chupen del mismo coso?”. En España no existía el mate y recién lo conoció cuando llegó a Argentina. No sabía lo que era un mate, la bombilla, ni nada. “No, yo no voy a hacer eso. Todos chupan de eso mismo, yo no voy a chupar…”, se excusaba espantada. Con el tiempo mi madre cebaría y tomaría mates como la más argentina…
Y después vino la última etapa y definitiva: Santa Fe. La cuestión es que mi padre, el morocho, se terminó casando con la gallega. En Rosario nacimos Luis y yo, y cuando yo tenía un año, a mi padre lo trasladaron en su trabajo. Era ferroviario y lo destinaron en el año 1935 o 1936 a Santa Fe. Mi mamá lloró mucho porque tenía que dejar a toda su familia en Rosario… Fue como un segundo destierro. Primero tuvo que irse de España, su país natal, y dejar allá a su hermana y la poca familia que le quedaba. Y ahora tenía que irse de Rosario, donde vivían sus hermanos, parte de su familia… Y tenía que venir a radicarse a Santa Fe, lugar donde ella no conocía a nadie... Pero por suerte mi papá tenía tías, tías viejas que eran hermanas de su madre, ¿qué sé yo? Pero mi madre lloraba y lloraba como lo había hecho antes de subir al barco y atravesar el Atlántico… Pero se tuvo que venir a Santa Fe nomás…Y bueno, acá en Santa Fe nació su tercer hijo, Francisco Melitón, y se terminaron arraigando definitivamente en la casa de calle Martín Zapata, a una cuadra de la avenida Facundo Zuviría… Ay, ay, ay… Qué linda historia la de mi mamá…


No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada