Es posible que mañana muera y en la tierra no quedará nadie
que me haya comprendido por completo.
Unos me considerarán peor y otros mejor de lo que soy.
Algunos dirán que era una buena persona; otros, que era un canalla.
Pero las dos opiniones serán igualmente equivocadas.

Mijail Iurevicht Lermontov


miércoles, 9 de agosto de 2017

¿Qué hacés, gordito?



9 de agosto de 2017. Punto de inflexión. ¿Qué hacés, gordito?, me saludó casi riendo. ¿Cuánto hace que no te veo? Contesté con una sonrisa forzada y simulé estar apurado. No tenía ganas de que me interrogara sobre la prominente panza que en los últimos años había cambiado bastante mi característica fisonomía. Si bien al click lo provocó ese saludo sarcástico, el progresivo crecimiento de mi abdomen venía dando vueltas en mi cabeza desde hacía ya un tiempo prolongado. Pero nunca lo había tomado como un problema demasiado serio ya que me decía: no como más pan y listo. Suprimo el alcohol durante los días de semana y listo. Pero los fines de semana era una máquina de incorporar alcohol e hidratos de carbono a mansalva en mi cuerpo y el domingo a la noche, a punto de explotar y tomando buscapina, me decía: mañana lunes me pongo las pilas. Toda mi juventud había sido flaco, comer o no comer era un detalle que realmente pasaba desapercibido entre mis necesidades básicas. Además, sin exagerar tampoco, siempre había hecho actividad física: jugar al fútbol con los amigos, salir a trotar de vez en cuando, pero sobre todo, iba para todos lados caminando o en bicicleta. Seguramente hubo algún acontecimiento en mi vida que provocó un cambio. O, más que un hecho o una circunstancia, la edad misma. Uno no puede pretender tener el mismo físico que se tenía a los veinte años, cuando la vitalidad es plena, no sabe de límites y el cuerpo soporta cualquier tipo de ataque. Desde chorizo revuelto en la sartén con huevos hasta una larga noche que empieza a las 22 con cerveza, continúa con fernet y termina a las 6 con vodka. Pero, ¿qué es lo que me preocupa? ¿Comprobar que fui cambiando de agujero del cinto —tres veces como mínimo— desde que me lo compré hasta hoy? ¿Putear cuando me quiero comprar una camisa y aclararle al vendedor antes de que me empiece a mostrar diferentes modelos “que no sea entallada”? ¿Mirarme al espejo desnudo, después de bañarme, y decirme en silencio “¡no podés tener esa panza!”? ¿O darme cuenta de que me cuesta cada vez más atarme los cordones de las zapatillas? ¿O agitarme luego de hacer algún movimiento o esfuerzo que hasta hace poco tiempo lo hacía sin ningún tipo de inconveniente? ¿O reconocer que hasta no hace tanto tiempo me proponía salir a trotar para sentirme bien y ahora ni siquiera lo pienso? ¿O aceptar como una evidencia irrefutable que desde que dejé de ir al gimnasio, hace tres años atrás, aumenté nueve kilos? Evidentemente, todo eso es lo que me preocupa. Creo que los hombres —difícil es generalizar—, a cierta altura de la vida, ya dejamos de pensar en nuestra apariencia, cosa que de jóvenes nos atormentaba. Llega un momento en que nos preguntamos: ¿a quién quiero deslumbrar? ¿A quién quiero atraer? Y seguimos comiendo y chupando autoconvenciéndonos de que lo importante es la mente, cómo somos, la inteligencia y que las apariencias no son importantes para atraer la atención de los demás. ¿Y las mujeres —difícil también es generalizar—? Se visten, se pintan, se producen y por lo general es para impactar a sus amigas o a las demás mujeres. Rara vez los hombres nos damos cuenta de que una mujer se esculpe las uñas, le cambia un tono al color del cabello o tiene zapatos nuevos. Es más, se matan por estar escuálidas y a nosotros nos gustan rellenitas… Pero no me quiero ir por las ramas, ya que me estoy dando cuenta de que esta reflexión me está haciendo reconocer que lo único que me preocupa es la apariencia física. ¿No será? Un poco sí, pero lo de agitarme al calzarme y atar las zapatillas o que cada vez me demore más de lo necesario para levantarme del suelo luego de estar sentado, también me preocupa. Consejo de muchos, que no quiero escuchar: hacé vida sana, comenzá a hacer ejercicio. Si no querés ir al gimnasio, comenzá por caminar y al poco tiempo, con un par de kilitos menos vas a comenzar a trotar, como antes. ¿Vida sana? Andá de una dietista. ¡Mirá que yo voy a necesitar ir de una dietista! ¡Por favor! Mañana mismo… perdón, ya mismo me pongo las pilas y dejo atrás la vida sedentaria y comienzo una vida saludable. Después de todo es para mi bien, ¿no? Es la hora de cenar. Abro la heladera y veo un pedazo de tortilla de papas y dos milanesas que sobraron del almuerzo. Hay queso en fetas y salame de milán. También hay pan de hoy. Obviamente, nada de eso podría comer si quiero cambiar. Pero ¿qué hago? ¿Tiro todo a la basura? ¿Se lo doy al perro? ¿Y esa cerveza que me mira desde la puerta de la heladera? Es una tentación que me va a hacer sufrir de ahora en más si la dejo en ese lugar. Está claro que para cambiar de vida, hay que terminar con las tentaciones… Así que esta noche ceno tortilla de papas con milanesas frías, me hago un par de sánguches de queso y salame, me tomo la birra, me deshago de todo lo perjudicial y mañana empiezo con todo. El punto de inflexión puede cambiar de fecha… ¿Quién se va a enterar?


Lo peor de todo es que mañana es jueves. Se acerca el finde… ¡El lunes me pongo las pilas!