viernes, 11 de junio de 2010

CUADRO DE SITUACIÓN


Hoy recibí tu carta y la emoción que sentí revolucionó todo mi interior haciendo retroceder mi mente a... ¡cuántos años atrás! Lucía... mi compinche, mi vieja compañera de aventuras juveniles... Me preguntás cómo estoy, cómo me fue en la vida... ¿Tendrás tiempo?
Hace tanto que no nos vemos que hasta me cuesta recordar tu rostro. ¡Qué sé yo si fui feliz! A veces sí, a veces no. Lo que sí puedo decirte es que viví muchas cosas y que para mí es cierto eso de que todo tiempo pasado fue mejor. Con decirte que mis mejores momentos los paso cuando recuerdo los tiempos aquellos...
Nuestra separación, si mal no recuerdo, se produjo al terminar el colegio secundario, ¿no? Vos te fuiste por un lado y yo por el otro. Caminos muy distintos elegimos y no nos volvimos a ver. ¿Por qué te habrás acordado de mí después de tantos años?
No terminé la universidad. ¿Por qué? Errores que se cometen a cierta edad... Pensé que no necesitaría títulos para poder trabajar y ser feliz. Parte de razón tuve, pero no toda. Hoy quemo mis días como empleado público en esta ciudad que cada día me es más ajena.
Viví años de plena alegría y de tristeza absoluta. Los amigos ya no existen y los compañeros de trabajo son solo eso. Viví amores hermosos y otros no tanto. Fui amado y odiado en igual medida. Quise ser un buen tipo y no sé si lo logré. Viajé mucho. Leí mucho. Reí mucho. Lloré más. Sufrí la indiferencia, el deshonor y el desamor. Me arrodillé para pedir por favor y fui ignorado. Pedí perdón y el silencio fue peor. Me pegaron en una mejilla y puse la otra... me volvieron a pegar. Me aislé del mundo y luego intenté volver. Quise reintegrarme a esta sociedad que todavía no logro comprender y no pude hacerlo del todo.
Releo esta carta y creo que no sos merecedora de recibirla. Me preguntás cómo estoy, cómo me fue en la vida... ¿Qué decirte? ¿Cómo contarte todo, cómo resumirlo en pocas palabras?...

Sobre la mesa, una botella de vino vacía; a un costado, un vaso, también vacío, es sostenido por la mano temblorosa del hombre que, mareado por el alcohol, escribe unas líneas a una vieja amiga y piensa que en la silla que está del otro lado de la mesa, hace años que no se sienta nadie a compartir el trago...

¿Podés imaginar un cuadro más triste? El hermoso recuerdo que tengo de vos, Lucía, es el culpable de que jamás recibas estas palabras, que dormirán por el resto de mis días en mi mente.