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jueves, 8 de enero de 2026

LA CONFESIÓN


El once de julio del año dos mil doce tuve que ir a los tribunales, señora presidenta. Y usted lo sabe muy bien porque yo ya se lo comuniqué. El dos de julio me tomé el atrevimiento de mandarle una carta certificada con aviso de retorno para que usted tomara conocimiento de lo que a mí me está ocurriendo desde hace ya un buen tiempo. Me citaron bajo apercibimientos de ley a prestar declaración indagatoria en una causa por daño calificado. Me acusan de haber provocado la muerte de tres árboles que estaban frente a mi vivienda con la utilización de un taladro y gasoil. Y es cierto: así lo hice. Pero ya le explicaré por qué.
Fui al juzgado con la mayor tranquilidad. Luego de anunciarme en la mesa de entradas ante una mujer pequeña, morocha y antipática, me hizo ingresar a una vieja y muy pequeña oficina un hombre que habrá tenido mi edad, un poco más, un poco menos, qué más da. Alto como yo, pero más delgado, barba tupida, cabello entrecano, camisa blanca, corbata bordó, pulóver bremer negro, blazer azul. Muy prolijo, muy correcto. Me extendió la mano y acepté su saludo, mencionó un apellido que no recuerdo en estos momentos (estoy seguro de que no era oriundo de mi ciudad), pero cuando le pregunté si era el juez, se apuró a contestarme que no, que era el sumariante encargado de la investigación de mi causa y que el juez leería mi declaración por la tarde. Hasta ese momento, señora presidenta, yo creí que quien interrogaba a las personas que declaraban en los tribunales era un juez…
Me explicó este señor con mucha celeridad la razón por la cual yo me encontraba frente suyo a punto de declarar, me dijo que en virtud de mi condición de imputado (en ese momento comencé a sentirme un delincuente, un criminal) tenía derecho de no declarar y que eso no implicaría nada en mi contra y, por sobre todas las cosas, me informó que tenía el derecho de nombrar un abogado defensor y declarar cuando él estuviera presente. Yo le agradecí mucho sus palabras, le dije que no tenía dinero para abonar los honorarios de un abogado particular, lo que por otra parte era cierto, y con la amabilidad que caracterizaba a este señor, me dijo que no me preocupara, que me nombrarían de oficio (término que todavía no entiendo) a un defensor público del Poder Judicial, que me defendería como cualquier otro abogado y que era totalmente gratuito. No hice objeción alguna y mientras observaba cómo el sumariante escribía en la computadora a una velocidad increíble y sin mirar el teclado, esperé sus preguntas.
Luego de solicitarme mi documento y los datos de filiación completos, me preguntó qué tenía que decir al respecto de la imputación que se me había hecho conocer y ahí aproveché para preguntar yo:
—¿De cuánto tiempo dispone?
—Del que usted necesite —me contestó muy gentil el sumariante y creo que hasta el día de hoy se debe estar arrepintiendo de haberme dicho eso.
Intenté a partir de ese momento demostrarle la teoría que sostenía un director de Hollywood: la realidad supera a cualquier ficción. Y que muchas cosas no son tan casuales.
Señora presidenta: le contaré a usted aproximadamente lo que se volcó en el papel de mi declaración y que, por supuesto, como se lo dije antes, usted ya está al tanto de toda la historia porque seguramente habrá leído mi carta del dos de julio, aunque todavía no haya recibido en mi domicilio el aviso de retorno.
Debía justificar el porqué de mi accionar, por qué maté los tres árboles que yo mismo había plantado frente a mi vivienda y a una lindera (también de mi propiedad). Y era menester que el juez, a través del sumariante, se enterara de lo que me venía ocurriendo en los últimos tiempos.
Soy soltero, vivo solo y no tengo trabajo. Subsisto gracias a la renta de la vivienda lindante a la mía que heredé de mis padres y por suerte no debo abonar alquiler por mi casa. Cuando uno vivió ya medio siglo y se encuentra sin trabajo, se las tiene que ingeniar para poder sobrevivir. Es así que decidí capacitarme (considero que es la única manera de superación personal) y comencé a concurrir a un curso de gasista por las noches en una escuela técnica de mi ciudad. Así comenzó mi padecimiento. En una oportunidad, aproximadamente a las veintitrés horas, cuando salí de la escuela, me dirigí al estacionamiento de motos donde había dejado la mía y grande fue mi sorpresa cuando no la encontré en dicho lugar. Luego de preguntar a quien pudiera saber algo, usé mi lógica y me dirigí a la comisaría más cercana para dar aviso de la novedad. Pero no llegué. A casi dos cuadras del lugar me encontré con mi moto tirada en la calle, partida prolijamente por la mitad, corte hecho seguramente con una sierra eléctrica. Un corte perfecto. ¿Un aviso?
—¿Radicó la denuncia? —se apuró a preguntarme mi interlocutor.
—Creí que no iba a ser necesario hacer la denuncia policial —contesté tranquilo y continué mi relato.
Días después, nuevamente en horas de la noche, luego de concurrir al curso de gasista, volví a mi domicilio (ahora en mi vieja bicicleta, comprenderá usted que no estoy en condiciones de comprar una moto nueva ni de arreglar la que tengo dividida en dos) y luego de ingresar a mi casa con total normalidad, como era costumbre, me dirigí hacia la cocina para hacerme un café. Pero ya una rara sensación me invadió sin saber por qué. Al ir a lavar la taza, encuentro que en la bacha de la mesada alguien había depositado varias piedras de diferente tamaño. ¿Quién había ingresado a mi casa sin dejar ningún tipo de rastro? Todas las puertas estaban cerradas con llave como yo las había dejado al irme. Ninguna ventana se veía violentada, ningún acceso posible había a mi intimidad hogareña. ¿Otro aviso? ¿Me estaban vigilando? ¿Estaba siendo controlado por alguien? ¿O por algo?
Esta situación se fue reiterando en el tiempo. Si no eran piedras en la bacha, eran las sillas corridas, o la bañera del baño llena de agua, o simplemente una hornalla prendida. Imagínese usted, señora presidenta, el temor que tenía (y tengo) al sentirme vigilado de tal manera, tan misteriosamente. Por supuesto que busqué una posible solución a esta extrañeza. Seguramente mis vecinos habrían visto quién ingresaba a mi domicilio y cómo lo hacía. No había muchas más posibilidades de hacerlo que por la puerta principal del frente o por el portón del garaje, a los que yo dejaba perfectamente cerrados con llave. Alguien de alguna u otra forma se las habría ingeniado para conseguir un duplicado de mis llaves o alguna ganzúa para no dejar rastro alguno. Y tomé la decisión de golpear todas las puertas de los vecinos de mi cuadra. Por supuesto, nadie había visto nada. Adujeron que en el horario en que yo me ausentaba de mi casa, ya era hora de estar adentro, de cenar e irse a dormir, por lo que nada podrían haber visto. Además, a esa hora, la luz artificial no es mucha en el lugar, dijeron.
Esto me llevaba a confirmar que mis vecinos, sin excepción, estaban confabulados con mis controladores y el único fin era volverme loco. Pero todo tiene una explicación, señora presidenta, a esta persecución de la que estoy siendo objeto. Siempre me preocupé por combatir la injusticia y luché en favor de los más desprotegidos. Promoví la defensa del cooperativismo y creo que la deuda externa fue la principal causa de la triste historia económica de nuestro país desde los años 70 hasta la actualidad. Mi avidez por saber y encontrar las causas del default en nuestro país me llevó a contactarme con la BBC de Londres, con la Internacional Socialista (que tenía su sede también en Londres), con la Nathional Geografic, con el señor Hugo Chávez, presidente de Venezuela (ya que este país había tomado participación en la firma SanCor, aquí cerca, en Sunchales) y con todo tipo de biblioteca pública o privada a mi alcance. Fueron de suma importancia tres discos compactos llamados “Memoria Abierta”, editados por el diario Página 12 también. Todo esto hizo que también intente obtener mi doble nacionalidad (argentina/italiana) a través de la Unión Europea para poder viajar e investigar en el viejo continente, pero la negativa de este organismo internacional hizo que me tuviera que conformar con los datos de los que disponía y con una computadora de muy baja tecnología conectada a una muy pobre internet —la única a mi alcance—para poder seguir mi investigación.
¿No le parece, señora presidenta, un poco extraño que una persona como yo, que se preocupa por los demás y además se contacta con organismos tan importantes, sea vigilado en su propia casa de manera tan descarada?
Atento a las manifestaciones de mis vecinos de no ver ni oír nada cuando seres anónimos visitan mi domicilio en mi ausencia, ideé un mecanismo para que nadie pudiera dejar de enterarse quién concurre a mi casa en horas de la noche, cuando el curso de gasista ocupa mi tiempo. Durante el día (que me encuentro siempre en el interior de mi casa) nadie, pero nadie, pasa a tocar el timbre ni siquiera para pedir limosna. Pero cuando yo no estoy, parece que concurren, tocan el timbre y cuando advierten mi ausencia, aprovechan para entrar sin mi permiso. Entonces conecté el timbre de mi casa para que suene y se trabe hasta que únicamente yo pueda desconectarlo, así, si no me encuentro en mi casa en ese momento, el ruido ensordecedor y molesto llamaría la atención de mis vecinos, que no podrían dejar de salir a la calle para ver quién era la persona que tan impacientemente quería visitarme. Y así ocurrió que una de las noches al regresar del curso e ingresar a mi domicilio, todo estaba en su lugar, nadie había aparentemente ingresado sin permiso, pero algo olía mal. Un olor extraño comenzó a invadir mis narices y sospeché que había ocurrido lo que a los pocos segundos comprobé: el timbre se había quemado de tanto sonar sin que nadie lo detuviese. Por un lado lamenté haber inutilizado el timbre, pero por el otro me puse contento, ya que seguramente mis vecinos habrían podido comprobar quién lo había accionado. Nuevamente mis preguntas al vecindario no obtuvieron una respuesta positiva. Nadie escuchó el timbre que, seguramente, debió haber sonado no menos de media hora sin parar antes de quemarse. La explicación fue siempre la misma: es muy tarde, hay poca luz artificial, no se ve nada, no se escucha nada.
Cuando decidí cortar por lo sano y radicar la denuncia policial con el fin de que se disponga frente a mi domicilio una guardia permanente, tampoco obtuve una solución. La policía nunca me escuchó, aunque sí, pero no me tuvieron la paciencia que me tuvo el sumariante del Juzgado. El oficial que me atendió en la comisaría seccional primera que corresponde por jurisdicción a mi domicilio, luego de escuchar algo de mi historia, me recomendó muy amablemente concurrir al hospital local para hablar con la sicóloga o la siquiatra. Al principio lo tomé a mal, pero luego de unos días pensé que quizás el oficial tuviera razón. Una sicóloga o una siquiatra seguramente me dirían si en realidad estaba o no procediendo bien en busca de una solución a mi problema. Y hacia allí fui. Tres veces. Nunca logré que me atendiera una o la otra.
Y me planteo desde ese momento: ¿estoy fuera de la realidad? Los propios integrantes de mi familia creo que confabulan en mi contra. Un día me dicen una cosa y al otro día me dicen exactamente lo contrario y, cuando se los hice saber, negaron a rajatablas haberme dicho algo diferente a lo que después afirmaron. Mis amigos, o los que alguna vez lo fueron, me recuerdan ahora algunos hechos que vivimos en la adolescencia o la juventud y me recriminan cosas pasadas como nunca lo habían hecho. Todo esto me llevó a concurrir a la oficina del Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo, en la Universidad Nacional del Litoral de la ciudad de Santa Fe, para presentar documentación en la que se me acusaba de tener memoria revanchista. Además, concurrí a la oficina de Derechos Humanos, también en la ciudad de Santa Fe. De ambos organismos recibí respuestas evasivas y me solicitaron que presentara dicha documentación en la ciudad de Rafaela. Pero toda esta trama en mi contra se acrecentó aún más cuando solicité a dichos organismos la devolución de la documentación que presenté y me dijeron sin tapujos que la habían extraviado. Y como si eso fuera poco, señora presidenta, al buscar las copias de dicha documentación en mi casa, descubrí que ya no estaban, que la caja donde yo guardaba los papeles importantes de mi vida había desaparecido.
Se imaginará, señora presidenta, la cara del sumariante que me escuchaba con un forzado respeto a esta altura de la declaración: mi monólogo llevaba dos horas y media. Le pregunté si seguía mi historia, si me entendía, y titubeando me dijo que sí, pero que quería que fuera redondeando la idea. Entonces me apiadé de él y le dije:
—Pregunte, nomás.
Y suspiró aliviado, el pobre. Y, como rogándome, suplicándome, me preguntó:
—Pero dígame concretamente, señor Bianchi, ¿por qué quemó los árboles?
Evidentemente, no me escuchaba, no me entendía o solo quería cerrar su investigación y lograr mi confesión, sin tener en cuenta la historia de mi vida, que en definitiva fue la que me llevó a matar a esas malditas plantas.
Y bueno, se lo expliqué nuevamente, pero de manera más breve y clara. Como seguían sucediendo cosas raras en mi casa y al no poder instalar un sistema de seguridad por su alto costo ni poder cambiar las cerraduras de las puertas por otras más sofisticadas, decidí ayudar a mis vecinos para que pudieran observar quiénes iban a mi casa cuando yo no me encontraba, cuando yo me dirigía a realizar el curso de gasista para asegurar el poco futuro que me queda, y para que la noche cerrada no les impidiera la visión en esa boca de lobo en que se había convertido el frente de mi domicilio debido a la poca iluminación, problema que se acentuaba por las tupidas copas de los árboles que yo mismo había plantado frente a mi casa. La única forma de solucionar ese inconveniente, ese problema, fue secando los árboles.
El sumariante por fin se puso a escribir a la velocidad de un viento huracanado, como si hubiese descubierto los secretos para lograr la inmortalidad. Creo que hasta sonrió de satisfacción al haber logrado mi confesión, el hecho de que yo asumiera mi condición de delincuente común.
Quiero terminar esta carta, señora presidenta, con todo el respeto que usted se merece, diciéndole que se cuide, que no deje de defender los intereses de nuestra gloriosa nación como lo viene haciendo hasta ahora y como lo hizo su extinto marido cuando fue nuestro presidente. Todos sabemos que en nuestra América Latina los grupos dominantes (con presencia en todos los estamentos sociales) utilizan la parte ejecutiva represiva que son las fuerzas de seguridad. Esta forma de extorsión y golpe de estado, no solo económico sino también político, la han sufrido ya los presidentes Zelaya en Honduras, Correa en Colombia y Chávez en Venezuela. Esto nos demuestra que siguen pensando en volver para revertir lo poco o mucho que se hizo. Yo conozco sus principios, señora presidenta, y la manera en que los está haciendo cumplir con su mandato es el camino que nos llevará hacia un futuro mucho mejor para todos los argentinos.
Sepa disculpar esta molestia. Le agradezco su atención y la saludo muy atentamente.

Santiago Bianchi

2012

martes, 30 de diciembre de 2025

PARTICULARES 30



¿Querés uno? No, me tenés podrido con esos yuyos… Simón encendió un Particulares 30 y no le dio importancia al comentario de Valerio. Pitó suavemente y disfrutó el momento.

El sábado siguiente sonó el celular de Simón. ¿De dónde la sacaste? Qué importa, venite. No jodás. Dale, nos vamos a mi quinta. Simón sintió un escalofrío. No le entusiasmó demasiado la idea, pero fue hacia la casa de Valerio. ¿Y en qué vamos hasta la quinta? Valerio exhibió las llaves del Peugeot 404 y sonrió. Simón meneó la cabeza y dijo vamos.
Poco hablaron en el camino. ¿Dónde la conseguiste? Un conocido… ¡Terminá con el misterio, boludo! No jodás, qué importa. El 404 iba a una velocidad regular, era una joyita. Simón se comía la uña del índice derecho mientras Valerio ponía más fuerte la música: Premiata Forneria Marconi. Ambos sonrieron con ganas mientras se encandilaban con las luces de los autos que iban por la ruta 1 en sentido contrario.
A los pocos minutos estaban ingresando a la quinta. Valerio estacionó el 404 detrás de la casa, para que no se viera desde la ruta, mientras Simón cerraba el portón con el candado. A oscuras ingresaron a la casa. Prendé la luz, boludo. No, más vale que no se note que estamos acá. Simón se encogió de hombros. Actuaban como si estuviesen escapando de la policía, como si hubiesen cometido un delito que les exigiese la clandestinidad. No veo un choto. Abrí los ojos, boludo… Simón encendió el Carusita y las paredes reflejaron un amarillo opaco espantoso. En la quinta no había un solo cuadro. ¿Hay cerveza? Fijate. Simón abrió la heladera. Una botella de agua, una manteca rancia, asado frío de varios días atrás. Protestó. Valerio se sentó en el sillón grande y Simón en el chico, en frente. El Carusita seguía brindando luz, escasa pero suficiente. Valerio había corrido las cortinas por las dudas. Nadie debía enterarse de que estaban allí. ¿Vos ya probaste?, preguntó Simón. Sí, mintió Valerio. ¿Y vos? Simón negó con la cabeza. Los nervios habían comenzado a hacerle efecto. Valerio se inclinó y sacó de su bolsillo trasero del pantalón de jean una caja de fósforos de madera chiquita, toda aplastada. La recompuso con sus manos y la abrió. La puso sobre la mesa ratona y buscó papel para armar cigarrillos en otro bolsillo. Simón tomó la caja y olió su contenido. Hizo cara de asco. ¿Estás seguro qué es esto? Obvio… Valerio se mostraba con más decisión y confianza y se dispuso a preparar el primer porro. Pero sus manos temblaban y le salió horrible. Lo desarmó y lo intentó nuevamente. Tomá, dijo y Simón extendió su mano. Preparó otro y suspiró al terminar. En pocos segundos estarían viviendo una experiencia desconocida que —imaginaban— daría un giro impensado a su vida.
Valerio tomó el Carusita y encendió su cigarrillo. No tragues el humo, recomendó. Pitó, retuvo el humo en su boca y lo largó suavemente hacia arriba. Simón tomó su cigarrillo con el índice y el pulgar izquierdo y con su mano derecha tomó el Carusita. Sin estar convencido por completo, lo encendió. Pitó profundo, retuvo y largó el humo torpemente. Tosió. ¡Es un asco! Dale, boludo. Fumá tranquilo... despacio... cerrá los ojos... mirá al techo... a la nada… Entre cuatro paredes, a oscuras, solo se distinguían cuando el otro pitaba y la brasa iluminaba débilmente el rostro. El silencio que los rodeaba era inmenso. Estaban escondidos como prófugos. Lo que estaban haciendo era reprochable socialmente y quién sabe si no terminarían tras las rejas si los descubrían.
Apenas un minuto duró la experiencia. ¡Son recortos! Pará, tengo más. Valerio preparó dos porros más, pero ahora, más tranquilo, se esmeró y los hizo más compactos. El Carusita dio inicio a una nueva experiencia. Una pitada, un suspiro, un techo apenas perceptible. A los pocos minutos la segunda experiencia se acabó. ¿Y? ¿Y qué? Pensé que… ¡Esperá un rato!
Simón se acomodó en el sillón e intentó mirar a través de la oscuridad a su amigo. Apenas lo percibió. Valerio respiraba hondo, como forzado. ¿Qué pasa? Nada. Silencio. Un minuto. Dos. Che… ¡Shhhhh! Simón no entendía nada. Valerio esperaba no sabía qué. Quince minutos. Debe ser trucha. O tabaco común. Simón largó una carcajada. ¿Cuánto te cobraron? Me la regalaron. «El primero te lo regalan, el segundo te lo venden…», canturreó Simón por lo bajo. Valerio sonrió, se levantó y encendió la luz. Cerraron los ojos instintivamente; les costó ver durante unos segundos a su alrededor. Un humo denso flotaba en la habitación. Valerio abrió una ventana. Quiero una cerveza, dijo Simón. Vamos, volvamos a la ciudad.

El 404 regresaba tranquilamente a la ciudad y sus ocupantes seguían escuchando PFM. ¡Qué boludos!, gritó y largó una carcajada Simón. A Valerio se le contagió la risa. ¡Dame uno de tus yuyos, gil! Son mucho más ricos. Atravesaron el puente colgante lentamente. La laguna Setúbal contagiaba serenidad. Valerio y Simón ingresaron a la ciudad despidiendo por la boca humo de un Particulares 30.

jueves, 11 de mayo de 2023

FINAL ANUNCIADO


14/02/2003

Está acostado boca arriba. Duerme. No se mueve. Solo un imperceptible movimiento del abdomen. Respira. Hace tres horas que estoy a su lado y no reparó en mi presencia. Los ojos cerrados. La boca semiabierta. Respira con dificultad. Está en otro mundo, en su mundo. ¿Qué soñará? Recordará, quizás, tiempos pasados, lejanos, cercanos. Seres queridos que están y no están. ¿Sufrirá? No se mueve, no habla. El suero le penetra por una ya vieja vena. Lo miro y no me mira. Lo pienso y no sé en qué piensa, qué sueña. Respira. Vive... ¿Vive?

15/02/2003

Veinticuatro horas y solo dos o tres miradas perdidas. Ni una palabra. Descansa. Duerme, no come, no bebe. El suero sigue penetrando sus venas. ¿Dónde estará... si está? Es un cuerpo cada día más flaco que sobrevive sobre una cama ortopédica.

16/02/2003

Abrió los ojos. Parece conocerme por su mirada. No quiere agua, no quiere leche. Insisto. Solo un gesto de afirmación que no sé si es sincero o no. Cinco cucharitas de té con leche fueron suficientes. Le digo que Unión empató ayer 2 a 2. Me pregunta con quién jugó, a duras penas. Es un gran avance. No está perdido. Banfield, le digo y me mira. No sé qué piensa. Regreso a Rafaela pensando que todo está igual o peor.

18/02/2003

Falleció Papá, me dijo Liliana por teléfono. A las veinte. Tuve una sensación de... ¿de qué? La tristeza, la tranquilidad y los recuerdos se mezclaron irremediablemente. No había pasado una buena noche. Sus venas —apenas perceptibles— ya no toleraban la aguja. Cansado quizás de sobrevivir, papá se arrancó el suero. Enfermeros y enfermeras no pudieron volver a colocárselo. Tampoco la emergencia médica. El médico ordenó su internación para canalizarlo a través de una intervención. Al sanatorio otra vez. Seguro papá no lo aguantó. Llegó mal, respiraba mal. El oxígeno ayudaba pero no había nada que hacer. En la pieza del sanatorio, apenas llegó, decidió irse. Tranquilo. Sin sufrimiento. Seguramente pensó que los ochenta años vividos no habían sido en vano. A las veinte, me dijo Liliana por teléfono. Armé el bolso y me fui en el próximo colectivo rumbo a Santa Fe.

martes, 22 de junio de 2021

VIEJAS AMISTADES



Muchos años hacía que había abandonado mi Santa Fe natal y muchos años hacía que no la veía. Fue sin dudas mi mejor amiga, de esas que no se olvidan jamás. Durante aquella entrañable adolescencia muchas cosas compartimos; demasiadas nos hicieron felices y muy pocas nos amargaron. ¡Si no teníamos más que pensar en pasarla bien!...
Un día -¡qué hermoso fue ese día!- la volví a ver. Nos abrazamos muy fuerte ante la mirada de quienes no entendían semejante gesto. Solo ella y yo sabíamos cuánto sentíamos. Hablamos poco, la circunstancia no era la ideal y los dos quedamos incompletos, insatisfechos. Tanta vida había pasado...
Luego, su voz en el teléfono. Era demasiado lindo. No podía ser verdad. Aquella amiga del alma se acordaba nuevamente de mí y me lo decía por teléfono, a kilómetros de distancia. Me dijo que me iba a escribir... Contento, orgulloso, sin miedos, le di mi dirección... Y los días pasaron...
Cuando levanté el sobre del piso, un escalofrío corrió por todo mi cuerpo. Se revolucionó mi mente. En un segundo había rejuvenecido veinte años. Me crecieron los cabellos, desapareció la barba, se esfumaron las canas, ya no tenía las arrugas ni las ojeras del cansancio en mi rostro. Bajé como diez kilos. La corbata y el saco se transformaron en una remera negra y una campera de jean supergastada y rota. Los zapatos bien lustrados, en las viejas Topper botas negras. Miré la letra y era la misma. Nada parecía haber cambiado. El pasado volvía a mí como un milagro esperanzador que me confirmaba lo que siempre había sostenido: La magia de hoy vendrá mañana... Me tiré en el sillón con la carta en la mano izquierda mientras con la derecha alzaba a Pedro, que me pedía upa con sus bracitos estirados. Luisina y Josefina corrieron a mi encuentro y se me tiraron encima llenándome de besos, como todos los días, a la misma hora, al regreso del trabajo. Pude lograr que el sobre no se cayera ni se arruinara. En pocos segundos las mujeres me aturdieron –hablaban las dos al mismo tiempo, por supuesto- con sus vivencias escolares. El pobre Pedro trataba de llamar la atención con gritos y señas cada día más entendibles. ¡Cómo no sentirme bien si tanto el presente como el pasado se juntaban en un segundo para hacerme sonreír!
Cuando por fin todo se tranquilizó –léase: uno se durmió, otra miraba dibujitos animados tirada en la cama matrimonial y la otra hacía en silencio los deberes de la escuela-, agarré nuevamente el sobre y me relajé. No quise abrirlo enseguida. Era demasiada la emoción y quería disfrutar ese momento. Volví a ver la letra todavía adolescente, y volví a sentirme el adolescente que alguna vez fui. El corazón me latía muy fuerte por la emoción. ¿Cuánto hacía que no me pasaba algo así? Suspiré profundo y desprolijamente rompí el sobre. De repente fruncí el ceño. ¿Y si lo que expresaba esa vieja letra no era lo que yo esperaba que dijese? ¿Qué derecho tenía yo de pensar que el contenido de la carta iba a ser el que yo quería que fuese? ¿Qué obligación tenía ella de escribirme lo que yo quería leer? Prolongué el suspenso...
Puse un viejo casete, me recosté en el sillón, cerré los ojos, y mientras Pastoral cantaba "y pasar por el colegio y la secundaria / y cerrar mi mente a todo lo que sea farsa", recordé aquellos días de amistad verdadera. Se me hicieron presentes en apenas unos segundos aquellas siestas domingueras en la casa de Mónica, las salidas en “patota” -¡cuántos éramos!-, tantas reuniones, tantos mates, tantas cervezas, tantos bailes, tantas fiestas, tantos cumpleaños, muchísimas risas, algunos llantos... ¡Qué hermosos días de inocencia y de verdadera amistad! Miré a Luisina, que hacía sus deberes; imaginé a Josefina viendo a Las chicas superpoderosas, a Pedro viajando por sus inocentes sueños, y deseé profundamente que en su adolescencia puedan disfrutar aunque sea algo de lo que yo disfruté en la mía. Juro que me emocioné –por suerte conservo esa virtud, me sigo emocionando con las cosas simples- y leí la carta tan deseada...
Sigo con el cabello corto, las canas no desaparecieron, tampoco bajé un gramo, y para que mis ojeras aflojen un poco tengo que dormir más... Pero no lo van a lograr. Lo cierto es que desde que la carta llegó a mis manos hay algo que me hace sonreír más frecuentemente. Por las arrugas no me voy a preocupar demasiado. “No se arrugó mi alma, y eso es lo bueno”.
Octubre de 2001

jueves, 6 de junio de 2019

MARTES 13 (Enero, 1981)


Al “Negro” y Omar

«Padre, ayer estuve preso /
por cantar canciones de rock»

(Cristo Rock, Raúl Porchetto)


Una brisa salada acariciaba nuestras caras alegres, boquiabiertas. Apenas nos despeinaba. Pero nos hacía amontonar unos con otros para evitar el frío. Éramos varios, muchos, un buen número. Un centenar, quizás. Hombres y mujeres. Jóvenes y viejos. El rasguido de una guitarra guiaba nuestra mente. La llevaba de un lado a otro. Guiaba nuestra voz: alegría, ilusiones, tristezas, protestas. La medianoche se acercaba y todos nos queríamos quedar ahí, felices, hasta el amanecer. Queríamos dejar que entrara al sol con los brazos en alto y los dedos en «ve». Queríamos soñar junto al mar un mundo mejor. Dejar de lado a esa gente que con cara de asco nos miraba de reojo al pasar. Queríamos ignorar a ese inmenso edificio donde esa misma gente idiota iba a despilfarrar su dinero en una mesa de ruleta. Habíamos formado un semicírculo y nuestra vista se dirigía hacia el mar, hacia delante, hacia un futuro incierto, oscuro, lejano, pero buscado, deseado. No teníamos ganas de compartir la felicidad de esa ciudad que estaba a nuestras espaldas.
El escenario era muy particular: mar calmo, brisa fresca, noche estrellada, dos enormes lobos marinos de cemento y atrás, «la feliz». La mayoría de la gente que caminaba por la costanera se acercaba curiosa para ver qué pasaba en ese grupo de gente que tan alegremente cantaba y aplaudía. Pero la reacción no se hacía esperar: media vuelta y retirada al observar que quien tocaba la guitarra tenía los cabellos por debajo del hombro y, además, que no era el único que lo lucía así. Seguramente se irían mascullando algún comentario sobre esa juventud perdida que vivía solo para protestar y ni siquiera sabía por qué. Vagos…
Hacía ya un buen rato que estábamos allí. Con el Negro y Omar nos habíamos sentado a un costado con un poco de timidez. No conocíamos a nadie pero nos olvidamos enseguida de eso. No solo se compartían las canciones sino que pasaban de mano en mano paquetes de galletitas, atados de cigarrillos, gaseosas y vino, sin importar a quién pertenecían. Difícil era imaginar que cerca de cien jóvenes y otros no tanto, que jamás se habían visto, pudieran disfrutar juntos un momento fraternal, un momento de paz.
Cuando la guitarra dejaba de sonar se escuchaban los aplausos y luego de una breve pausa una nueva canción empezaba. «De nada sirve», gritó uno y varios se sumaron al pedido. Y «De nada sirve» fue el tema que se escuchó. Todo hacía prever un final inolvidable, un final que nos dejaría a todos un poco fuera de nosotros mismos, soñando con lo que más queríamos, yendo de estrella en estrella y bajando al mar manso para poder sumergirnos hasta lo más profundo y ser felices por un buen rato, sin molestar a nadie. Todo estaba en orden, todo era una sola ilusión: cantar toda la noche y olvidarnos un poco de la realidad que estaba a nuestras espaldas. El grupo crecía. Desde lejos, los felices veraneantes seguían observando con desconfianza. Una perra vagabunda se nos había sumado y experimentó las caricias sinceras que quizás nunca nadie le había dado. Las canciones seguían. La guitarra cambiaba de manos pero no descansaba. Nada hacía pensar otro final que no sea el esperado. Otro grito pidió «Deja que entre el sol». Las cuerdas sonaron con ganas y todos nos pusimos a cantar, a soñar y a pedir un poco de paz. Entonces nuevamente los brazos se alzaron con los dedos en «ve» y comenzaron a balancearse ante el mar inmenso, ante el cielo estrellado, mezclando cabellos largos, niños en brazo, comida, cigarrillos, vino…

Y un grito.

Un grito horrible que se multiplicó en segundos por mil. Un grito inesperado, un grito idiota, un grito que venía a derrumbar todo lo lindo que hasta ese momento estábamos viviendo. Un grito grave, seco, ensordecedor, enloquecedor. La fiesta había llegado a su fin.
«¡Policía! ¡Quédense todos quietos!», gritó uno vestido de civil a quien todos, al mismo tiempo e instintivamente, dirigimos la mirada.
El instinto de supervivencia floreció en el grupo. No teníamos por qué escapar, nada malo estábamos haciendo, pero en enero de 1981 en nuestro país no había lugar para abrir juicios de inocencia o culpabilidad. Ese instinto de supervivencia hizo virar nuestra vista ciento ochenta grados para buscar una salida de escape pero grande fue nuestra sorpresa al comprobar que el del grito no se encontraba solo. Aproximadamente quince sujetos más nos rodeaban. Itaka o ametralladora en mano.
«Vamos para allá», dijo Omar dirigiéndose a hacia la playa, pero ahí había uno apuntándonos.
«¡No, rajemos para allá!», gritó el Negro sin saber para dónde ir. Por todos lados estaban esos tipos.
«Quedémonos en el molde», dije yo al no encontrar escapatoria.
Nueve Ford Falcon (no todos verdes, recuerdo algunos grises) estaban estacionados en fila sobre el Bulevar Marítimo. Nos hicieron quedar a todos sentados donde estábamos y empezaron a hacernos subir por grupos a los autos. Alguien murmuró: «Hoy es martes 13». Muchos reímos, aunque no con muchas ganas, ante la superstición del que había abierto la boca. Fueron palabras perturbadoras que nos hicieron pensar en ese momento que nunca más tendríamos que organizar una fiesta o reunión en ese día fatídico.
La comisaría se llenó en poco tiempo. Algunos —más rápidos que nosotros— habían logrado escapar apenas escucharon el grito que todavía resonaba en nuestra mente. Pero la mayoría estábamos ahora allí. Nos revisaron uno por uno hasta debajo de las uñas. Luego de un par de horas insoportables, comenzaron a largarnos. Omar, el Negro y yo fuimos de los primeros ya que éramos menores y teníamos en el bolsillo el permiso escrito de nuestros padres certificado por la policía de nuestra ciudad. Nuestros escasos dieciséis años fueron suficientes para comprender la advertencia: no nos querían volver a ver en ese tipo de reuniones.
Luego nos enteramos de que a algunos les habían encontrado drogas entre sus pertenencias. Que otros tenían antecedentes penales…
La madrugada nos sorprendió nuevamente en libertad, caminando en silencio con las manos en los bolsillos, atemorizados y con la inevitable duda —todavía hoy— de saber si todos los que habían ingresado a la comisaría con nosotros recuperaron su libertad.

miércoles, 3 de enero de 2018

LEER UN LIBRO AJENO


Ana me prestó un libro. Ta bueno, te va a gustar, me dijo. Y lo recibí con gusto en una época del año en la que es un poco difícil encontrar ese par de horas de soledad en las que se puede encarar una nueva lectura con tranquilidad. Mi biblioteca —que en realidad son varias, porque ninguna es capaz de acaparar a todos los libros juntos— es bastante numerosa.
Tengo una relación con los libros muy particular. No sé si el caso es para estudio pero creo que un sicólogo se haría una fiesta analizando esta relación. Durante muchos años los tuve forrados con nailon transparente. A todos, sin excepción. Creía que conservándolos así serían inmortales y podrían sobrevivir varias generaciones. Hasta que me di cuenta de que un libro visiblemente gastado, más gordo que cuando fue nuevo, es signo de haber sido abierto, leído o al menos inspeccionado por alguien. Un libro que se guarda en una biblioteca, nuevo, y se conserva así durante años, no tiene vida, no cumple con la finalidad para la cual fue escrito y refleja, a simple vista, que su dueño no lo leyó y que seguramente lo compró para engrosar el aspecto y magnitud de su biblioteca. Fue así que un día me propuse no forrar más los libros con nailon transparente. El tiempo también tiene que pasar para ellos y notarse. Como para los seres humanos. En vano son las cirugías que se practican para engañar al ojo ajeno. Las páginas amarillas y tapas ajadas equivalen a nuestras arrugas. ¿Para qué esconderlas?
Pero no es solo cuidar como tesoros a mis libros lo que me lleva a plantearme si tengo alguna disfunción mental. Como dije, son varias las bibliotecas que hay en mi casa —seis— y si me piden que encuentre un libro, lo hago en un abrir y cerrar de ojos porque los tengo muy bien acomodados. No solo por países, sino también por autores, por abecedario. En el comedor tengo dos bibliotecas: una antigua, con dos puertas vidriadas, en la que se alojan todos los autores argentinos. Y al igual que lo que pasa en las otras cinco, los estantes ya no son suficientes para apretujar los libros paraditos, uno al lado del otro, sino que sobre los mismos ya se acomodaron una buena cantidad de manera horizontal que no encontraron su lugar por haber llegado últimos. A su lado, una más precaria y sin puertas, aloja a los autores latinoamericanos. Estos están acomodados por países y, a su vez, por abecedario. En el pasillo que comunica el living con la cocina, una gran repisa antigua pintada de blanco guarda entre sus estantes todos los libros con algo especial: antiguos —algunos del siglo XIX-, con tapa dura, o de cuero, obras completas en edición de lujo... O sea, esta repisa además de albergar palabras de otros, cumple una función decorativa, “para la vista”. Vamos a la cuarta biblioteca: está al lado de mi escritorio de trabajo. En ella se alojan dos grandes enciclopedias, la “Historia de la Literatura Argentina” de Ricardo Rojas, y la colección de tapas duras y color celeste de la historia mundial de la literatura en nueve tomos del Centro Editor de América Latina. Con ambas enciclopedias conviven cientos de discos compactos de rock argentino y varios libros sobre historia del rock nacional. También hay en esta biblioteca varios libros de texto: Lengua, Literatura, Gramática, Ortografía, diccionarios… Y las dos restantes bibliotecas que hay en mi casa están —por una cuestión de espacio y para evitar mi expulsión del hogar— en el garaje. Allí conviven los autores españoles, italianos, franceses, alemanes, rusos, austríacos, estadounidenses y de demás partes del mundo.
Los libros que tengo, como dije, son muchos y puedo asegurar que si bien no los leí a todos —no me faltan tantos—, sí a todos los que leí los tengo. Aquí está el motivo que me llevó a escribir esto: Ana me prestó un libro. Lo leí y me gustó, tal como ella me lo había pronosticado. Por lo tanto, es hora de devolverlo. Y como considero que cuando uno lee un libro lo hace suyo y esa historia pasa a ser parte de su propia vida, me cuesta desprenderme del mismo. Porque me gusta verlo ahí, en la biblioteca, al lado de tantos otros, como una forma de recordar por qué otros mundos anduve dando vueltas. ¿Qué libro es? No hace a esta cuestión. Lo importante es que nunca pensé en no devolverle el libro a Ana. Así que una vez que lo terminé de leer, fui a la librería y me lo compré.

viernes, 21 de noviembre de 2014

HACIENDO LA COLA


HACIENDO LA COLA

Cuando ingresé al banco que lleva el nombre de mi provincia, «la invencible», me quedé un poco sorprendido. A pesar de estar en pleno invierno, en Santa Fe se sentía una pesadez muy particular, sobre todo adentro de un banco, el día de vencimientos, a última hora. Apenas traspasé la puerta, me detuve y no supe a dónde ir. Fue en 1987. Estaba estudiando en la facultad, pero ayudaba a mi viejo con su laburo. Debía abonar todos los impuestos que sus clientes le encomendaban, a cambio de… de que me siguiera manteniendo sin laburar. No era la primera vez que lo hacía, podía decirse que ya estaba canchero en estos menesteres, y por eso mismo, a pesar de mi mal humor al ver tanta gente haciendo cola en las cajas, iba preparado: un buen libro y a otra cosa. Me relajé, tomé coraje y elegí la fila humana de una de las cuatro cajas habilitadas. A mi parecer, era en la que menos gente había. Me puse en puntas de pie para ver por encima de las cabezas y a pesar de saber que cualquiera de las colas me sería indistinta, por esas cuestiones del momento y porque uno actúa sin pensar, interrogué a una señora mayor, la última de la cola por mí elegida.
—Disculpe, señora. ¿Esta es la cola para pagar impuestos?
—Ah, no sé mijito, yo no sé. Yo acá siempre pago la luz.
—Entonces sí, acá cobran los imp…
—¡No sé, no sé! —me interrumpió la vieja, que en un segundo para mí dejó de ser «señora mayor»—. Pregunte en la caja.
Preguntar en la caja… Se me presentaban algunos problemitas. Primero, apenas divisaba a una de las cuatro que estaban habilitadas; segundo, llegar me acarrearía varios pisotones y empujones, me podrían quemar la campera de nailon con un cigarrillo —en el 87 todavía se fumaba donde a uno se le antojaba—, pero sin pensarlo demasiado, me aventuré. Comencé a abrirme paso discretamente entre la gente y sucedió lo previsible aunque, no sé por qué, no lo preví.
—¡Eh, usted! ¡La cola está más atrás! —me dijo un cuarentón de manera no muy amigable.
—¡No sea vivo! —me gritó otro más viejo y más ofuscado todavía—. ¡Todos estamos haciendo la cola! ¡Y no hay una sola! —recalcó.
Fue el principio de un griterío que en poco segundos me dejó como blanco principal de los insultos de cientos de contribuyentes que evidentemente ya hacía un buen tiempo que esperaban resignadamente su turno en la cola. Con timidez y sin muchos ánimos de dar explicaciones, me detuve e intenté una débil y estúpida defensa:
—Eh… yo solo quería saber si esta es la cola para pagar impuestos…
—¡No! —gritó un irónico—. Estoy acá esperando cobrar la herencia de mi tío de Italia…
—¿No ve usted —me dijo un anciano de manera increíblemente cordial— que tenemos todas las boletas de nuestros impuestos en la mano? ¡Hace ya como dos horas que estoy en este infierno!
—Gracias… Y disculpe…
Eché una mirada a mi alrededor y caí en la cuenta de que el noventa por ciento de las personas que estaban en el interior del banco esperaba pagar sus impuestos antes que yo. Suspiré resignado y volví a evaluar a simple vista cuál de las colas era la más corta. Fue una elección difícil, pero ya en aquel tiempo me pasaba lo que me sigue pasando hoy cuando opto por una cola en el supermercado: elijo siempre la más corta y me voy mucho después de los que se ubicaron en otras cajas después que yo. Siempre adelante se ubica alguien que pide factura o que no le anda la tarjeta de crédito o que se olvidó de pesar la verdura o simplemente a la cajera se le termina el papel de la impresora y —oh, casualidad— es nueva y nunca desde que trabaja le había tocado cambiarlo aún, lo que implica el llamado a la encargada para que le explique cómo se hace. No obstante ello, elegí la cola que me pareció más conveniente. Debo aceptar que jugó un poco también en mi elección la cara del cajero. A pesar de que estaba lejos, pude ver en su rostro un gesto más aliviado que el de sus otros tres compañeros. Pero no tuve en cuenta que me daba las espaldas una señora de avanzada edad que comenzó a mirarme de manera molesta y constante. Intenté no ponerme nervioso, pero la vieja pudo más.
—Tenemos para rato, ¿no? —le dije sin ganas.
—¡Qué le parece! De acá no nos vamos hasta la noche… —contestó de mal humor y con voz chillona.
Comencé a transpirar, me sequé fastidiado con el pañuelo la frente y me puse a mirar a mi alrededor. El libro entre cuyas páginas guardaba la veintena de boletas de impuestos a pagar estaba demasiado cerrado y no tuve ganas de abrirlo. Advertí que la gente ya se va preparada y resignada a hacer esas largas colas. No entiendo todavía hoy por qué aceptamos las cosas que no nos gustan y que sabemos que son mejorables. No entiendo por qué bajamos la cabeza y no nos rebelamos de una vez por todas. Pero que yo no lo entienda no quiere decir nada. Vi que muchos no pueden contener su lengua y utilizan a su ocasional compañero de desgracia para aturdirlo durante las dos o tres horas de espera, hasta que llega —al fin— el turno en la caja y el adiós aliviador. A pocos metros de mi posición, un poco más adelante, un muchacho de mi edad leía a Kafka. Elección seguramente demasiado arbitraria para la ocasión. Más allá una señora tejía escarpines celestes para su seguro futuro nieto y, a su lado, un señor de traje, muy bien peinado y con maletín en su mano derecha, cerraba sus ojos para concentrarse en la música proveniente de su walkman. Estaban también los infaltables lectores de diarios y los fumadores empedernidos que encendían un pucho detrás del otro sin importarle en lo más mínimo la presencia del otro. También enriquecían esas colas aquellos que te improvisan un diálogo o monólogo por el solo hecho de que en un determinado momento no tuviste más remedio que mirarlo a los ojos. Y los babosos de siempre: cuarentones que traspasaban con la mirada a una adolescente bastante bien formada que llevaba minifaldas y era el centro de sus comentarios libidinosos. No faltaban los politiqueros de ocasión que sacaban el cuero hasta el pobre panadero que había aumentado unos centavos el kilo de pan para no trabajar a pérdida. Y por supuesto, la infaltable vecina de ruleros plásticos bien anchos, que comentaba con su circunstancial compañera el último capítulo de la novela de la tarde, de alguna que otra serie norteamericana o de algún programa de chimentos faranduleros.
Estaba incómodo. Me dolía la espalda y no soportaba el humo del cigarrillo de mi vecino. Yo por ese entonces todavía tenía el vicio de fumar, pero detestaba que me obligaran a aspirar el pucho de otro cuando no tenía ganas y sin la opción de irme libremente a otro lugar. De pronto vi entrar en escena a uno de los personajes habituales de la zona bancaria santafesina.
—Señor, cómpreme tres almanaques por un austral…
—No, gracias.
—Pero dele, usted tiene plata…
—No necesito, gracias.
—Dele… Es solo un austral…
—¡No! ¡Gracias!
Al vendedor no le bastaba con ofrecer al montón. Uno por uno le iba ofreciendo su producto, insistiendo ante cada respuesta negativa y creo que ni él entendía por qué nadie le reprochaba estar vendiendo almanaques a mediados de año ¡y de a tres!
El tiempo pasaba muy lentamente, pero yo me entretenía bastante observando esa fauna circunstancialmente bancaria. En aquellos años, las puertas de los bancos cerraban a las 13:15. Y así ocurrió. Me di cuenta de que era el último de todos y que solo me salvaría de mi última posición la velocidad del cajero de la cola que momentos antes había elegido. Suspiré con resignación. Ya no llegaría a casa a almorzar y no sabía si en casa encontraría algo para comer a mi regreso. Era consciente de que como mínimo me quedaban aún dos horas de espera. Revisé las boletas que guardaba entre las hojas de mi libro, la cuenta hecha a máquina por mi viejo con el total a pagar y conté el dinero. Estaba todo perfecto. Eran cerca de veinte boletas y el importe superaba los mil quinientos australes. Era día de vencimiento y debía pagar sí o sí ese día para evitar los recargos que, obviamente, correrían por cuenta de mi viejo y no de sus clientes. Apreté fuerte el libro debajo de mi brazo y seguí con mi sana diversión de observar el accionar ajeno.
Una joven madre reprendía constantemente a su inquieto hijito que manchaba los pantalones de un viejo jubilado con su paleta de caramelo gigante. El viejito sonreía falsamente y se notaba en su mirada que tenía más ganas de pegarle a la madre que a la inocente criatura.
—¿Qué hora tiene, señor?
—Las dos, señora…
—¡Qué largo se hace esto!
Pero lentamente la cola se iba acortando y sentía con entusiasmo que la caja se acercaba a mí, más que yo acercarme a ella. Estaba cansado de esperar, pero valía la pena. Hasta el mes venidero no volvería a entrar a ese horrible banco para hacer la cola. Me chillaban las tripas por el hambre. Poca gente quedaba en el banco. La adolescente, que, confieso, a mí también me había deleitado con su simple postura de espera, ya se había ido. La vieja tejedora de escarpines ya estaría en su casa cocinando para la familia. El vendedor de almanaques estaría deambulando por bares céntricos o viajando gratis en los colectivos ofreciendo los innecesarios almanaques.
Éramos cinco —yo el último— los que quedábamos en la cola. Me sentía mejor, ya saboreaba el placer de salir del banco a las tres y media de la tarde con la obligación encomendada por mi viejo cumplida. Sus clientes deberían estar tranquilos en su casa sin pensar en que yo, infeliz, les estaba pagando sus impuestos el último día, el del vencimiento. Preparé nuevamente las boletas, reconté el dinero y comprobé que —obviamente— nada había cambiado. Todo seguía en orden. A los cajeros se les notaba el cansancio en el rostro y en la lentitud de sus dedos. Ya casi no coordinaban sus movimientos. Y el que yo había elegido como el que en mejor estado se encontraba, aparentaba ser ahora el más maltrecho.
Y por fin me llegó el turno. Efectivamente, fui el último de las cuatro filas. Le sonreí al cajero a manera de saludo y le entregué las boletas, bien acomodadas. Dejé a un costado el dinero. El cajero se dispuso a hacer su trabajo, tomó las boletas, las observó detenidamente, una por una. Volvió a revisarlas, ahora más lentamente, una por una, y luego las soltó sobre el mostrador en un movimiento que no entendí. Levantó la vista y me miró fijamente. Su rostro reflejaba un estado emotivo en el que no se podía descifrar si lo que deseaba era sonreír, llorar, gritar o salir corriendo de ese espantoso lugar. Ante mi mirada inquisidora, se dispuso a hablar. Se pasó la mano por la frente y sonrió, ahora sí lo advertí, con lástima. Sospeché algo malo.
—Pibe… —me dijo serenamente.
—¿Sí?
El cajero volvió a revisar una por una las boletas como si no estuviera seguro de lo que me iba a decir. Se encogió de hombros como diciéndome que él no tenía la culpa, me devolvió las boletas y, con un gesto casi burlón, me dijo:
—Estos impuestos se pagan todos en el Banco Nación.

sábado, 23 de marzo de 2013

PAPPO: UN VIEJO BLUES



Quien no puede o no sabe disfrutar un buen blues, nunca estuvo solo con un vaso vacío en la mano (otrora lleno de vino) pensando en por qué pasó lo que pasó o en lo que puede deparar el futuro... 


No sé por qué imaginé que estábamos unidos
y me sentí mejor..
Pero aquí estoy, tan solo en la vida
que mejor me voy...

Un viejo blues me hizo recordar
momentos de mi vida,
mi primer amor,
pero aquí estoy, tan solo en la vida
que mejor me voy...




jueves, 21 de marzo de 2013

EL FIN DEL MUNDO



El martes 2 de octubre de 2012 no será para Luli un día fácil de olvidar.
Mucho había escuchado y muy poco leído sobre la profecía maya y el vaticinio de la llegada del fin de la especie humana en el año 2012. Pero había visto “2012”, esa película catástrofe en la que su director, Roland Emmerich, nos hizo imaginar cómo iba a ser nuestro final.
Además, hambrunas en países pobres, el terremoto en Haití en el 2010, el tsunami en Japón en el 2011 y algún que otro movimiento de tierra en su país, habían hecho sospechar a Luli que los mayas quizás no estarían tan equivocados. Quién iba a poder afirmar que el fin de la humanidad, el día final, el apocalipsis, no se estaba aproximando. Y para colmo, el 21 de diciembre no estaba tan lejano.
El lunes se acostó un poco más tarde que de costumbre porque después de ver la novela, se quedó un rato más estudiando. El miércoles debía rendir en la facultad un trabajo práctico y le faltaba afianzar algunos temas. Cursaba su primer año en la facultad, en la capital de la provincia, lejos de su ciudad natal, donde volvía cada fin de semana para reencontrarse con su familia y sus amigos. Vivía en un lindo departamento, en el piso 12, en pleno centro de la capital, junto con una compañera de la secundaria con la que se había puesto de acuerdo para compartir el alquiler y los gastos. Pero su compañera llegaría recién al otro día. Esa noche iba a estar sola en el departamento, pero no iba a ser la primera vez y seguramente no sería la última. La adolescencia y la vida segura y tranquila en su ciudad y en su casa empezaban a formar parte de su pasado. Poco a poco estaba acostumbrándose a manejarse sola en una ciudad desconocida y mucho más grande que la suya. Y la adaptación estaba siendo perfecta. Antes de acostarse observó la gran ciudad a través de los grandes ventanales del departamento y la cantidad de luces encendidas que se perdían en el horizonte la regocijaron una vez más. Algún que otro relámpago en el cielo oscuro anunciaba la posibilidad de lluvias.
No sabría decir Luli si lo que la despertó fue una explosión o una pesadilla que estaba teniendo y decidió, inconscientemente, abandonarla. En pocos segundos intentó reaccionar y despertarse definitivamente porque el fuerte ruido que la despertó no se había detenido, era constante, y advirtió inmediatamente que un fuerte viento se había desatado en el exterior. Intentó buscar el velador en la oscuridad de la pieza, al tanteo, y solo encontró el teléfono celular. Apretó una tecla, se encendió la pantalla y le sirvió como linterna para encontrar, por fin, el velador. Click, click… Nada. El velador no funcionaba. Se destapó y se levantó para encender la luz principal de la pieza. La tecla estaba al lado de la puerta de la habitación. Llegó hasta el lugar gracias a la luz del celular. Click, click, click… Advirtió entonces que la energía eléctrica se había cortado y no solo protestó silenciosamente sino que un leve escalofrío le recorrió todo el cuerpo.
Las velas estaban en un cajón del mueble de la cocina. En el tercero. ¿Y los fósforos? Sobre la mesada, debajo del calefón. Pero estaba inmóvil. No podía caminar. El ruido era cada vez más insoportable, como si alguien, en el piso 12, estuviese golpeando los vidrios de la ventana para intentar ingresar. El viento era cada vez más violento y hacía temblar los vidrios. Creyó incluso sentir que el piso vibraba, que las paredes se movían, pero lo atribuyó a su estado todavía de somnolencia. Tomó coraje y avanzó lentamente, guiada por la débil luz de la pantalla de su teléfono y tanteando además las paredes para guiarse mejor. Llegó a la sala principal y el ruido ahora fue feroz, ensordecedor. Vislumbraba, gracias a los continuos relámpagos, las ventanas que daban al sur y no entendía qué era, además del viento, lo que provocaba semejante ruido. Y se acercó. Advirtió que la ciudad estaba totalmente en penumbras. Mirar hacia el exterior era chocar contra la más profunda oscuridad, era caer en un abismo terrorífico. Los golpes eran provocados por piedras enormes, granizo nunca visto. Supo que en cualquier momento los vidrios de la ventana no soportarían semejantes golpes y entonces en su mente comenzaron a dar vueltas los miedos acerca de qué hacer si semejante tormenta la dejaba sin la protección de los vidrios. El efecto del viento, cada vez más fuerte, hacía vibrar las ventanas, la puerta de entrada y la puerta del lavadero que comunicaba con un pequeño balcón. Como pudo y ya sobrepasada por los nervios y el terror, logró llegar a la cocina y encendió una vela. Su luz tenue y temblorosa hacía más tétrica la situación. Sombras inquietas se dibujaban en las paredes. Lentamente y con mucha cautela se acercó a la ventana. El no poder ver nada más que piedras golpeando los vidrios la paralizó.
Su mente imaginó que el río podría haber colapsado, salido de su cauce y comenzado a inundar la ciudad. Que en esos momentos, por allá abajo, en la calle, la gente estaría buscando desesperadamente reparo en algún lugar seguro y que cada uno estaría luchando por salvarse por encima de la vida de los otros. Que las fuerzas de seguridad estarían intentando calmar la barbarie de la gente y que la locura generalizada podría llegar a provocar una incipiente guerra civil. Pero la tormenta desatada era atroz y la oscuridad reinante seguramente impediría que la gente actuara como se lo imaginaba. Quizás más tarde, cuando las primeras luces del día llegaran, la situación sería distinta. Si llegaba alguien vivo…
En estas divagaciones estaba cuando un golpe más fuerte de lo previsto sonó entre los demás. Una de las piedras, la más grande seguramente, rajó uno de los vidrios de la ventana. Se comenzaba a cumplir la pesadilla que se había imaginado. Con semejante tormenta, viento y granizada, ¿cómo haría para soportar allí adentro sola, sin ayuda? ¿Se estaría cumpliendo la profecía de los mayas? Comenzó a imaginar ahora las escenas de “2012” en su ciudad y desesperó. La rajadura crecía a cada golpe e incluso ya había caído un pedazo de vidrio. El pánico la invadió. Era muy joven para morir. Y sola, lejos de sus seres queridos… Lloró desconsoladamente y pensó en sus padres. La hecatombe quizás ya había ocurrido en su ciudad natal y ahora le tocaba a ella, tan sola, tan aterrorizada. Marcó el número:
—¡Hola! ¿Qué pasa? —escuchó la voz desesperada de su padre del otro lado del teléfono. Sentirlo vivo la alivió pero a la vez no aguantó el llanto.
—Tengo miedo… —gimió entre lágrimas y mocos.
—¡¿Qué te pasa?! ¡¿Dónde estás?! —la desesperación del padre era evidente. Estaba profundamente dormido y recibir una llamada de su hija, que vivía lejos y estaba sola, a las cuatro y media de la mañana, lo sobresaltó.
—¡Los vidrios! ¡Tengo miedo! —seguía sollozando.
En su ciudad natal no había tormenta, ni siquiera estaba nublado. Su padre no sabía que Luli estaba sufriendo los efectos de una tormenta feroz e imaginó que alguien estaría queriendo entrar en su departamento, o algo peor… No sabía qué pensar.
—¡¿Pero qué pasa?!
Entre llantos y las pocas palabras que pudo tartamudear, alcanzó a explicar a su padre lo de la tormenta, las enormes piedras, el fuerte viento, el vidrio roto, la energía eléctrica cortada... Escuchó que de lejos su padre intentaba tranquilizarla.
—Luli, es solo una tormenta… No es para ponerse a llorar…
Sin pensarlo demasiado y verdaderamente invadida por un ataque de nervios, preguntó angustiada y temerosa:
—¿Y si es el fin del mundo?
El padre se sentó en la cama y sonrió:
—¡¿Me estás hablando en serio?! Luli, ¿es joda esto? ¿Qué decís?
Solo se escuchaba un llanto, ahora más aliviado.
—Luli, es una tormenta que ya va a pasar… ¿Se rompió mucho el vidrio?
Miró el vidrio. Vio que apenas era una rajadura y advirtió que la violencia de la tormenta estaba menguando. Las piedras eran cada vez menos y más chicas. Ahora era la lluvia la que tomaba protagonismo, pero sin tanta intensidad.
—Hacé una cosa, Luli. Tranquilizate e intentá dormir. La tormenta ya va a pasar… ¡Y no es el fin del mundo, tonta! —le dijo riendo.
Saludó a su padre y cortó. Respiró profundo y se tranquilizó un poco. Haber hablado por teléfono la había calmado bastante. Las piedras ya no caían y la lluvia apenas se hacía escuchar. Tomó la vela y se dirigió a la pieza. Se acostó y se tapó hasta el cuello. Apagó la vela e intentó descansar. Horas después tendría que levantarse para ir a clases. Cerró los ojos y se durmió.
A las siete de la mañana se despertó. Las primeras luces del día se advertían a través de la persiana semicerrada de su habitación. Recordó la pesadilla pasada y luego de comprobar irónicamente que seguía viva y de maldecir a los mayas, sonrió y se propuso averiguar qué dijeron los mayas sobre el 2012. Y se enteraría, seguramente, de que según la profecía, el 21 de diciembre de 2012 se iniciaría una nueva era, pero no con catástrofes y muertes. Sabría que los mayas no predijeron el fin del mundo sino un cambio que debería producirse por el descontento con nuestra sociedad y la necesidad de superar tantas diferencias entre los hombres...
Tomó el celular y para comenzar el día, le escribió a su padre:
“NO PUEDO CREER QUE TE HAYA LLAMADO POR ESO... AHORA ME CAUSA GRACIA… AHORA”.

miércoles, 26 de diciembre de 2012

IDEAS PERDIDAS


Salvador Dalí: "Galatea de las esferas" (1952)


La había pasado bastante bien en mi ciudad natal. El hecho de haberme reencontrado con los viejos amigos de la escuela primaria había activado de una forma extraña esa capacidad de emocionarme que creía perdida, o al menos olvidada. El paso de treinta y pico de años había sido, más que vertiginoso, un poco despiadado. Aquellos pibes de doce o trece años que en 1976 no entendíamos absolutamente nada de lo que en esos momentos estaba ocurriendo en el país, nos habíamos convertido ahora en interesantes señoras y señores, profesionales algunos, padres de familia otros, serios los menos, divertidos los más. El cuerpo y las canas (o la tintura en algunos casos) hacían evidente la cercanía de la mitad del siglo en nuestra vida. Y haber compartido y revivido innumerables anécdotas y emociones de la mano de un buen tinto, habían provocado en mí esa sensación de bienestar y alegría que mi cara no podía dejar de reflejar. Pero estas pequeñas felicidades llegaron a su fin cuando se hizo la hora del regreso. Durante una hora y media debería conducir el auto rumbo hacia mi actual ciudad de residencia, donde mi familia me esperaba.
Con la vista puesta en la ruta y la mente en el pasado, se me ocurrió que debería escribir algunas palabras sobre el día que había pasado junto a los viejos amigos y amigas para dejar de esa forma plasmada en el papel un poco de  memoria. Y fue entonces cuando esa memoria convocó a la nostalgia y recordé cuánto tiempo hacía que no daba rienda suelta a esa manía inútil que siempre sentí de escribir.
Puse un disco de Soda Stéreo y aminoré la marcha cuando vi unos cuantos metros adelante a un perro que intentaba cruzar la ruta. No se decidía y circulé muy despacio frente a él, por las dudas lo hiciera justo cuando yo pasara por el lugar. No quise cargar con la muerte del pichicho en mis espaldas. Quién sabe qué haría ahí, al borde de la ruta, lejos de cualquier casa habitada a la vista. ¿Buscaría a su dueño? ¿A su amor? ¿A sus hijos? ¿Lo habría abandonado momentos antes un dueño desalmado? ¿Estaría esperando, impaciente, que el arrepentimiento venciera la voluntad de su dueño y lo hiciera regresar en su búsqueda? Historias de abandono, de alejamientos, de recuerdos, de remordimientos... Quizás al llegar a casa debería escribir algo al respecto.
Fue ese insignificante hecho el que me hizo olvidar de mis amigos de la primaria y, no sé por qué, recordé a esa mina que atendía en el bar al que en mi adolescencia concurría asiduamente. Me gustaba, recuerdo, y mucho, a pesar de que debería tener al menos cuatro o cinco años más que yo. Qué bien que me sentía cuando me sentaba solo en la mesa que estaba al lado de la ventana principal del bar y venía la Flaca a atenderme. Disfrutaba verla venir hacia la mesa, con la rejilla húmeda en la mano a limpiar la mesa de los restos de cáscaras de maní que habían dejado los clientes anteriores. Cuando se inclinaba a limpiar la tabla espiaba disimuladamente, de reojo, su escote generoso, y veía seguramente menos de lo que imaginaba. En varias ocasiones intenté iniciar una conversación que no se refiriera solo al pedido de la cerveza o de la hamburguesa, o al pago de la cuenta, pero su incesante trabajo jamás la había dejado reparar aunque sea unos segundos en mi intención. Creo que en ese tiempo me enamoré de la Flaca, de su descuidado porte, de su sencilla vestimenta, de ese venir gracioso, de ese irse sensual, de su amabilidad, de su mirada sincera. Pero esas ganas de hablarle, de invitarla a encontrarnos en otro lugar, en otro bar, se desvaneció un lunes de otoño, gris y frío. Me atendió el dueño del bar, que me trajo con una marcada indiferencia y frialdad el cortado mediano que le pedí. No le pregunté entonces por la Flaca. Seguí concurriendo un par de meses más con la esperanza de volverla a encontrar. Y cuando reconocí que era evidente que ya no volvería a trabajar al bar, no regresé más. Linda historia para escribir...
La autopista estaba por suerte en buen estado y el viaje me resultó tranquilo. Pensé que si me hicieran un control de alcoholemia, quizás me diera positivo. Apagué el aire acondicionado y abrí la ventanilla para ventilarme un poco. No fue suficiente y abrí también la del acompañante. Comenzó a sonar De música ligera y levanté el volumen. La canté con ganas junto con Ceratti. Qué loco, hace dos años que duerme… Subí la velocidad un poco más y el viento despeinó mis cabellos grises. Se me vino a la mente la imagen de los locos que viajaron miles de kilómetros para saludar a su amigo antes de que partiera hacia Vietnam. En el descapotable, cabellos largos al viento, cantaban canciones de amor y paz. Sheila quería ver a Claudio. Berger y compañía quisieron cumplir ese sueño. Berger arriesgó más de lo debido, sin pensarlo demasiado y de acuerdo con su modo sincero de actuar. Reemplazó en el cuartel a Claudio por un momento para que este pudiese despedirse de Sheila... Fue un momento eterno. Claudio regresó tarde al cuartel y vio con impotencia cómo Berger partía junto con miles de soldados en avión hacia Vietnam para nunca más volver... Qué buena metáfora sobre la amistad...
Estaba entusiasmado porque en ese viaje de regreso (regreso de un momento formidable compartido junto con los chicos y chicas de doce o trece años) se me iban ocurriendo historias que sin dudas debería plasmar en el papel apenas llegase a mi casa. Las ideas volvían a dar vueltas, reaparecían en mi mente y debía aprovechar el momento.
Llegué a casa un tanto aturdido. Las ansias de agarrar el lápiz y el papel se hacían insoportables. Tantas historias tenía en la cabeza, entrecruzándose, confundiéndose, que seguramente no me sería tan fácil hilvanar las ideas.
Bajé del auto casi con desesperación y antes de colocar la llave en la cerradura de la puerta de mi casa, la abrieron desde adentro, y con una alegría exacerbada y entre gritos desordenados, mis tres hijos se disputaban la primicia: mis primos del sur habían llegado hacía unos pocos minutos a mi casa y ya estaba todo listo como para que me pusiera a preparar un buen asado.
El fin del día se extendió hasta ya pasadas varias horas del siguiente. No había sido una mala velada. Al contrario. Anécdotas entrañables y vino tinto habían amenizado el encuentro. Fue larga la despedida y se hizo pesada la limpieza. Me dormí en el mismo instante en que mi cabeza se apoyó en la almohada.
Tomé el lápiz y el papel dos días después, a la hora de la siesta, cuando el silencio y la soledad en casa fueron perfectos. El papel estaba en blanco y mi mente también. Intenté durante un buen rato recordar alguna de las tantas ideas que se me habían ocurrido escribir en aquel viaje de regreso a mi ciudad. Pero el papel seguía en blanco, mi mano derecha quieta y en mi mente... nada. 

miércoles, 7 de marzo de 2012

SANTAFESINOS


Noche de desafíos. Marcelito preguntaba. La Lili contestaba. Sergio escuchaba atentamente y la Pupi, sentada en el piso, balbuceaba sonidos e intentaba hablar.
—¿Quién creó la bandera? —desafió Marcelito.
—¡Belgrano! —gritó con orgullo la Lili ante la mirada atónita de Sergio y los aplausitos de la Pupi.
La noche santafesina, entre mosquitos, humedad y calor, se hacía desapacible.
Marcelito volvió al ataque:
—¿Quién descubrió América?
La Lili dudó. Luego de unos segundos, arriesgó:
—¿Colón?
Los ojitos de Sergio mostraron el horror. Sus cuatro añitos no soportaron tanta injusticia.
—¡No! ¡No! ¡Fue Unión! —corrigió.

domingo, 12 de febrero de 2012

EL LUGAR DE LA POESÍA



Ingresé con ganas. No recordaba cuál había sido el último congreso de literatura al que había asistido.
Hacía tiempo que no regresaba a mi ciudad natal y volver al ámbito universitario me causaba una sensación de extrañeza.
“5º Argentino de Literatura”. 16,30 de un jueves de agosto caluroso, húmedo, atípico. Sin haber recorrido aún las calles de mi añorada ciudad, traspasé las puertas del Foro Cultural y me dirigí a la charla “Paisajes de la poesía argentina”.
Marilyn describió en versos cómo una rodaja de pan con manteca y azúcar ingresaba a su boca y la masticaba. También charló largamente con su gata. Pasaron desordenadamente hojas y hojas plagadas de poemas y deseé que llegara el último. Y, por fin, llegó. Aplausos.
Inmediatamente, Osvaldo ilustró un lugar ausente de sus pagos, con hechos y personajes invisibles (o no), a los que recordaba emotivamente de cuando habían sido verdaderos (o no). No sé cómo ocurrió, pero en ese ambiente pueblerino surgió entre versos una Anchorena y Osvaldo se despidió. Aplausos.
De pronto me encontré escuchando a Sergio, que recitaba versos duros y monótonos sobre puertos, máquinas, fábricas, buques, extrañas letras y palabras, todo muy frío como para intentar dar lirismo a las palabras. Algunos aplausos cortaron, de vez en cuando, la monótona lectura de Sergio. ¿Gustaron más sus versos que los de Marilyn u Osvaldo?
Evidentemente, Marilyn, Osvaldo y Sergio estamparon en los versos SUS emociones, SUS vivencias, SUS convicciones literarias e, inclusive, políticas. MUY SUYAS. Demasiado SUYAS. Tanto, que no las percibí.
No esperé la finalización del debate. Sentí, no sin un dejo de angustia, que esa poesía no ocupaba un lugar en mi corazón. Con un poco de vergüenza, di la espalda a los poetas y salí a la calle. Sentí el bullicio de los autos y colectivos, y sin saber adónde dirigir mis pasos, caminé.
La ciudad volvía a meterse en mi sangre todavía caliente como lo había hecho tiempo atrás, cuando la caminaba sin pensar demasiado, pero sin dejar de soñar.
Observé -y recordé- viejas construcciones, ciertas vidrieras, ahora más coloridas, añoré negocios. Busqué la librería donde compré la mayoría de mis libros de juventud y la encontré con el nombre cambiado. Me crucé con gente, muchísima, de todas las edades y colores, tamaños y vestimentas. Sonrisas y caras serias. Pisé veredas eternamente rotas y volví a escuchar el grito “¡cubaniiitoos!” ya casi borrado en el recuerdo.
Respiré profundo, sonreí y seguí caminando firme por la peatonal en busca de caras conocidas y hace tiempo perdidas. Un cosquilleo invadió todos mis miembros a medida que avanzaba por las calles. Las imágenes de otrora se confundieron con las actuales y lograron una amalgama espectacular que dimensionó todavía más mi sonrisa.
Pensé en la poesía de Marilyn, de Osvaldo, de Sergio. Y comprendí que era allí, en la calle que estaba caminando, en la mirada de la gente, en las viejas edificaciones y en el bullicio de un día cualquiera, donde la poesía cobraba sentido para mí.
Santa Fe, 13 de agosto de 2009
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Escrito luego de asistir a la charla “Paisajes de la poesía argentina” llevada a cabo en Santa Fe el jueves 13 de agosto de 2009 en el marco del “5º Argentino de Literatura” organizado por la Secretaría de Cultura y el Departamento de Literatura de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Universidad Nacional del Litoral.