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sábado, 23 de diciembre de 2023

EL ENTRERRIANO (Texto extra)


Se oyeron ruidos sordos y gemidos en todo el subsuelo del edificio. Nadie supo decir de qué sector específico provenían. Pero en un cuarto casi oscuro, había un cuerpo tirado en el piso sucio, retorciéndose de dolor, y de cuya boca —o de cuyas tripas— provenían los gemidos. Un hilo de sangre brotaba de sus labios que se mezclaba con lágrimas y eso colaboraba a que descendiera más rápido hasta el cuello. Apenas podía abrir los ojos y veía muy turbio dos pares de ojos que lo observaban detenidamente.
—Este no va a botonear más —escuchó decir a uno de los dos, no supo cuál.
Recibió una última patada en el estómago de la cual no se quejó, no se pudo quejar, y lo dejaron solo. No sintió ese último golpe porque los anteriores habían sido mucho más fuertes. Escuchó pasos que se iban, murmullo sobre un determinado plan que no alcanzó a entender. No obstante, escuchó la respuesta enérgica de uno de los dos: “¡Comprendido, cabo primero!”.
No tuvo fuerzas para levantarse. No sentía sus piernas, estaba como anestesiado. Quiso gritar pero solo logró vomitar sangre. Perdió el conocimiento.




A las siete y media de la mañana en la Base comenzaba el horario de trabajo habitual. Luego del desayuno y de la rutinaria formación en la Plaza de Armas, todos, desde capitanes a conscriptos, se retiraron a sus puestos de trabajo.
—Bueno… otro día más —dijo el conscripto alto y flaco mientras abría la puerta de la sección Justicia.
—Espero que hoy no haya laburo —agregó el suboficial encargado de la sección—, porque estos últimos días nos tuvieron al jaque.
Entraron los cuatro: el suboficial, el cabo segundo Fernández y los dos conscriptos que trabajaban en la sección: el petiso Luis Vezpa y Felis Nasal, el flaco alto. Era muy temprano como para ponerse a trabajar y Felis Nasal preparó unos mates. Era una oficina chica, aburrida. De sus paredes solo colgaban placas de vidrio con los nombres de los últimos desertores escritos con fibrón negro, gráficos de accidentes y uno o dos gabanes verde oliva que eran sostenidos por un perchero. Luis Vezpa sacó sus apuntes de abogacía y exclamó:
—A mí me van a perdonar, pero yo me pongo a estudiar…
—Si tendrás tiempo para estudiar abogacía acá adentro… —le dijo irónicamente el cabo Fernández.
—No tanto, no tanto —contestó defendiéndose—. El que tiene bastante tiempo acá adentro es usted, cabo. Yo en unos meses me voy a casita…
—Y el suboficial también —agregó sonriendo Felis Nasal—: toda una vida.
—Bueno, bueno, che. ¡A laburar! —dijo el suboficial y puso un poco de orden y de seriedad a la conversación.
Pero nadie le hizo caso. Las máquinas de escribir no es escucharon hasta después de un buen rato. Una vez acabado el diálogo entre los que manejaban los trámites de la Justicia Militar en la Base, se abrió violentamente la puerta de la oficina.
—¡Hay que trabajar! ¡Y mucho! —gritó el teniente de navío Castellanos exponiendo ante los presentes de manera imperativa su voluminoso cuerpo. Era el jefe del Departamento Secretaría del cual dependía la sección Justicia. Ni siquiera saludó.
—¡Buenos días, señor teniente! —gritaron casi a dúo los conscriptos poniéndose de pie en posición de firmes.
—¡¿A quién le importa si son buenos o malos días?! —contestó nerviosamente—. A ver: una hoja en blanco… ¡Rápido!
El suboficial y el cabo segundo Fernández se miraban con cara de asombro y no emitían sonido alguno. El teniente Castellanos comenzó a escribir rápidamente en la hoja cosas ininteligibles. La situación era cómica. Ninguno de los miembros de la sección Justicia se movía, no decían una sola palabra. No sabían qué era lo que pasaba. A Felis Nasal le causó gracia la situación y sonrió.
—¡Esto no es chiste, conscripto! Tome, cabo, haga tres copias y llévemelas a mi despacho enseguida. Y prepárense también para laburar. Tenemos un caso inusual y jodido.
Hizo varios movimientos torpes al guardar su lapicera, dándose vuelta para salir y trastabillando al querer caminar. Las sonrisas fueron generales menos en él, que continuaba serio y furioso. Antes de que se retire, el suboficial arriesgó una pregunta:
—¿De qué se trata, señor?
—Muerte de un conscripto… Muerte dudosa. Todo el papeleo será estrictamente confidencial —agregó—, por lo que no quiero que trabajen en esto los conscriptos, sino ustedes dos. ¿Comprendió, suboficial?
—Perfectamente.
—¿Comprendió, cabo?
—Comprendido, señor teniente.
Y se retiró.
—Ya sé —exclamó Vezpa apenas la puerta se cerró—. No tenemos que decir nada de que al trabajo lo vamos a hacer nosotros a pesar de ser confidencial, ¿no?
—Me gusta porque vas aprendiendo, Vezpa —contestó el cabo.
Fueron pasando los días y el trabajo era cada vez más intenso. Las máquinas de escribir estaban en actividad la mayor parte del día. Cientos de papeles mecanografiados. Otros cientos que había que rehacer. Vezpa y Nasal tenían callos en los dedos y frecuentemente se equivocaban, rompían hojas, volvían a escribir y volvían a romper. El cabo redactaba oficios y memorandos. De vez en cuando agarraba alguna de las máquinas y se ponía a teclear él. Peor aún. No se rompían tantos papeles como cuando él escribía. El suboficial ni siquiera se animaba a escribir a máquina por temor al fracaso. El papeleo era confidencial, pero si no lo hacían los conscriptos se hubiese demorado el triple de tiempo.
A las pocas horas de la muerte del conscripto se había dispuesto el traslado del cuerpo con una comisión especial a su hogar, a Entre Ríos, donde vivían sus padres y hermanos. Partieron en avión un guardiamarina, dos cabos y cuatro conscriptos. Al regresar, el informe del guardiamarina pasó a formar parte del gran papeleo. Según el informe, como se preveía, no fueron recibidos muy cordialmente por los familiares de “El Entrerriano”, como lo llamaban sus compañeros. Hubo grandes discusiones y casi se fueron a las manos. No los había conformado el informe de la Armada. “El Entrerriano”, según sus familiares, no había muerto por causas desconocidas, sino por golpes que había recibido en todo su cuerpo. Los médicos particulares habían descubierto muchos órganos estropeados que solo podrían haber sido producto de golpes. Fue rápida la comisión encargada de entregar el cuerpo y las condolencias. Fue rápida y acompañada por una amenaza de los familiares: recurrirían a la justicia civil para la investigación del caso.
Por su parte, la investigación en la justicia militar no cesaba. Todos los que estuvieron cerca de “El Entrerriano” fueron interrogados. Había declaraciones contradictorias y algunos no sabían —o no querían saber— absolutamente nada. Se sospechó de un cabo primero, quien había sido sancionado y había estado arrestado días atrás porque le había pegado una trompada a “El Entrerriano” y este se había ido a quejar a los superiores. El cabo primero manifestó desconocer las causas del deceso del conscripto. Los compañeros de la víctima declaraban con cierto nerviosismo no saber absolutamente nada del caso. Uno de los conscriptos, al estar declarando, sufrió un ataque de nervios y no pudo aportar demasiados datos.
Ya eran trescientas cuarenta y dos las fojas mecanografiadas y todavía no se sabía absolutamente nada. Pero había muchas sospechas. Era seguro que “El Entrerriano” no había muerto naturalmente. Lo habían golpeado y muy fuerte. ¿Causas desconocidas? Sí, porque nadie hablaba ni decía la verdad. Muchos, o pocos, ocultaban algo. No había una sola prueba. Ya se había investigado todo, o casi todo. Ya no había más pistas que seguir. No había más nada que hacer.
“El Entrerriano” estaba muerto, enterrado en su tierra natal. Sus familiares sabían que había un culpable. Sus padres querían saber el nombre de quien les había quitado a su hijo. Querían algo más que la justicia militar: querían la verdad.
En la base se cerraron las actuaciones con inusual rapidez. Fue ordenada la pronta conclusión de la investigación, su archivo, aunque no se había descubierto nada. Para la justicia militar “El Entrerriano” había fallecido por causas desconocidas que nunca se pudieron o supieron dilucidar. Las actuaciones rezaban una verdad a medias, dudosa. Hubo en la Base rumores de un posible culpable y que sería miembro de la propia Armada. Misterio.
—Cabo, ¿no le parece que terminaron muy rápido con el caso? —preguntó Felis Nasal.
—Y… sí. ¿Qué sé yo?
—¿Será cierto de lo que se dice de ese cabo primero que parece culpable?
—Él sabrá… Además, callate, que esto es confidencial y se supone que ni vos ni Vezpa deben saber nada…
—Sí, cabo, se supone… pero al laburo lo hicimos nosotros…
La historia no terminó allí. La historia es eterna, queda flotando en el aire hasta que algún día se descubra la verdad. La historia sigue con la incógnita, como sigue la vida de un excabo primero luego de haber recibido la baja de las filas de la Armada por razones confidenciales.

Marzo 1987

sábado, 29 de enero de 2022

EL OSO (Texto extra)


Hablo de cosas que existen,
Dios me libre de inventar cosas
cuando estoy cantando.
(Pablo Neruda)


El cinco de noviembre de mil novecientos ochenta y dos Felis Nasal llegó en un tren extenso y oscuro a la Base de Infantería de Marina Baterías, ubicada en la Base Naval Puerto Belgrano, al lado de Punta Alta. No llegó solo sino junto con unos cientos de conscriptos como él, cabizbajos y asustados.
El cuatro de octubre había comenzado la pesadilla en su ciudad natal y al otro día en el CIFIM (Centro de Instrucción y Formación de Conscriptos de Infantería de Marina), cerca de La Plata. Ese primer mes había sido caótico. Supo luego de estar allí por qué lo llamaban «el infierno verde». Entre gritos, maltratos sicológicos, corridas y ejercicios absurdos, su delgadez se había acentuado. La extrema actividad física y el mal comer habían marcado no solo su cuerpo sino también su cara y su ánimo. La cabeza rasurada había dejado al descubierto sus orejas, a las que el sol y el frío seco les habían dejado huellas: una ampolla al lado de la otra. Había transcurrido un mes y ya se había acostumbrado a levantarse a las cinco de la mañana a los gritos, a lavarse los dientes con tres gotas de agua en diez segundos, a mear pero no todo lo necesario porque no le daban tiempo, a marchar al compás de sus compañeros como manso rebaño de corderos, a obedecer, a callar y a bajar la cabeza.
Les habían dicho que en su nuevo y definitivo destino las cosas serían diferentes. Y a simple vista le pareció que así sería. De un verdadero «infierno», donde todo era yuyo seco, tierra árida y sol calcinante, lo habían destinado a un lugar que se caracterizaba a simple vista por su gran arboleda, sus edificaciones pintadas prolijamente de blanco, con tejas inglesas y jardines con césped bien cortado: prolijidad y limpieza casi perfecta. Además, la brisa proveniente del mar hacía presentir que no se encontraría demasiado lejos de sus olas. Los gritos y las corridas no cesaban pero al menos sintió que el ambiente podría llegar a ser un poco más placentero.
Con los grandes bolsos marineros al hombro los condujeron a la cuadra, inmenso galpón/habitación que sería en el futuro su dormitorio comunitario. Les asignaron su cama/taquilla en cuchetas triples y les dieron diez minutos para que acomodasen su ropa e hicieran la cama. Su mente se relajó un poco ya que era la primera vez desde que lo habían incorporado al servicio militar que le daban diez minutos seguidos para organizarse sin que le gritaran al oído que se apurase. Por algunos segundos pensó o intentó imaginar cómo serían los próximos trece meses que aún le quedaban por vivir en ese lugar.
Antes de que los diez minutos se cumplieran escuchó un nuevo grito:
—¡Atención!
En milésimas de segundos todos los conscriptos dejaron de hacer sus cosas y salieron al pasillo como rayos para ponerse en posición de firmes y escuchar al dueño del grito. Era un cabo —ya había aprendido a leer las jinetas— que avanzaba por el pasillo con cara dura y desafiante. Miraba uno a uno a los conscriptos que, sabían, no debían mirar a la cara al superior. Pero siempre hay alguno que no recuerda las reglas y sin mala intención las infringe. La reacción no se hizo esperar:
—¡Qué me mira, conscripto, ¿le gusto?!
Se escuchó algunas risitas casi imperceptibles que duraron no más de dos o tres segundos y el cabo continuó el recorrido. No habrá tenido más de veinticinco o veintiséis años, delgado, cutis blanco y cabello bien negro y abundante, demasiado largo como para un militar. De pronto, lanzó un grito a manera de pregunta:
—¡¿Alguien sabe escribir a máquina?!
Sintió un escalofrío y recordó todas las recomendaciones de los mayores y de los que ya habían tenido la experiencia de hacer la colimba. De todas las actividades que le podían tocar en suerte desempeñar durante el servicio militar, convenía siempre la de chofer, porque así se evitaban los ejercicios físicos y la preparación militar más pesada. En ese momento lamentó el no haber aprendido a manejar nunca. A la cocina le convenía ir solo si quería no pasar hambre, pero suponía que el trabajo de pelapapas además de ser muy monótono, seguramente sería igual de cansador. Le habían advertido además que si preguntaban quién sabía manejar la máquina, no dijera nada, porque era el viejo chiste por el que te mandaban a cortar el césped durante horas. Pero ahora le había parecido haber escuchado «escribir a máquina». La cuestión cambiaba y él sí que lo sabía hacer… y rápido. Había aprendido hacía varios años a pegarle a las teclas de la vieja Olivetti de su padre y lo hacía con bastante habilidad. Pensó que la pregunta se dirigía a buscar conscriptos para trabajar en una oficina. Sabía que para él sería bueno porque no trabajaría a la intemperie y además le gustaba la idea de estar detrás de una máquina de escribir y no manipulando un fusil, una escoba o un cuchillo para pelar papas. No sabía si levantar la mano, si adelantarse un paso o gritar «¡Yo sé!». Pero se reprimió porque nadie lo hacía y temía que sea una broma del militar, quien con voz ronca y más volumen insistió:
—¡¿Es que nadie sabe escribir a máquina, carajo!?
Uno de la punta se animó a balbucear un tímido «Yo». El cabo le clavó la vista y gritó:
—¡Yo, ¿qué?!
—¡Yo, cabo —contestó un poco más decidido el conscripto.
—¡Carrera march afuera!
Y el colimba salió corriendo como si hubiese visto la libertad al fondo del pasillo. Entonces Felis Nasal se decidió:
—¡Yo también, cabo!
El cabo estaba de espaldas, giró y preguntó:
—¡¿Quién abrió la boca?!
Se arrepintió inmediatamente de haberlo hecho, pero ya estaba jugado:
—¡Yo, cabo!
Lo miró serio y dijo:
—¡Bien! Así me gusta... ¡Carrera march afuera! ¡¿Quién más?!
A los cinco minutos eran cinco conscriptos esperando afuera de la cuadra la salida del cabo y con la incógnita de qué pasaría de ahí en más.
—¡Firmes!
Cinco estatuas.
—¡Alinearse uno atrás del otro!
Corridas cortas, nerviosas y veloces.
—¡Por orden de estatura, estúpidos!
Se miraron y midieron unos a otros y formaron nuevamente.
—¡Pero no! —se ofuscó el cabo—. ¡De menor a mayor!
Nueva corrida, ahora al revés.
—¡Firmes! ¡De frente, march!
Fueron desfilando hacia el este, hacia la plaza de armas. Eran cinco conscriptos coordinados pero inseguros, cabizbajos y vergonzosos.
—¡Vista al frente! ¡Saquen pecho, colimbas! ¡Un-dos-tres-cuatro, izquierda-derecha-izquierda!
Llegaron a un gran edificio cuyos frentes estaban recién pintados de un blanco inmaculado, tenía veredas anchas y césped con rosales florecidos.
—¡Al-to! ¡Descansen!
Los hizo ingresar a una gran oficina. Varios escritorios con máquinas de escribir, varios ficheros y muebles metálicos. El cabo ubicó a cada uno en un escritorio, frente a una máquina de escribir que ya tenía colocada en su carro una hoja en blanco.
—¡Cuando les diga ya, escriban algo durante cinco minutos!
Los conscriptos se miraron desconcertados. El cabo advirtió el gesto. Siempre con voz elevada aclaró:
—¡Cualquier cosa! ¡Inventen! Escriban sus datos, lo que piensan... ¡Algo!
El desconcierto siguió pero más disimulado.
—¿Preparados?... ¡Ya!
Los primeros dos o tres segundos reinó el silencio.
—¡Escriban, carajo!
Y el sonido de las teclas comenzó a invadir la oficina. Tímidamente, pero comenzó. El cabo, con sus manos agarradas por detrás, se distrajo mirando hacia al exterior a través de un gran ventanal. Pero volvió enseguida la vista porque advirtió alguna anormalidad.
—¡¿Qué le pasa, conscripto?! —le espetó a un morochito tímido que no había tocado aún las teclas.
—Es que yo no sé escribir, cabo...
—¡¿Cómo?! ¡¿No sabe escribir a máquina?!
—No, cabo... No sé leer ni escribir...
El cabo cambió de color. Pegó un golpe de puño al escritorio que tenía más cerca y lo fulminó con la mirada. Trató de calmarse y suspiró profundamente.
—¡Y me puede decir por qué carajo dijo que sabía escribir a máquina… y para colmo fue el primero!
El colimba se sinceró:
—Es que nadie decía nada y no quería que se enoje y nos haga bailar a todos...
Lo hizo levantar y acercar.
—¡Salto arriba, colimba!
Y mientras los otros cuatro seguían tecleando nerviosamente, el morochito rebotaba contra el piso cual muñeco de goma.
Cumplido el tiempo, el cabo ordenó dejar de teclear, ordenó que le pongan el nombre a cada hoja y las retiró de las máquinas. Ordenó al morochito que descansara, se sentó en uno de los escritorios y comenzó a leer una por una. Cada tanto levantaba la vista y miraba a los conscriptos como buscando al responsable de lo escrito. Se paró y con una de las hojas en su mano, preguntó con calma, con mucha calma que evidentemente simulaba ira:
—¿Quién es Felis Nasal?
El nombrado levantó su mano sin decir una sola palabra pero con la tranquilidad de haber escrito bastante bien y —creía—, sin errores.
—Póngase de pie, por favor —solicitó el cabo que seguía hablando con una calma preocupante. Obedeció. Y el de las jinetas, sacando pecho y modulando un poco la voz, leyó en voz alta, para que todos escuchasen:

Yo vivía en el bosque muy contento,
caminaba, caminaba sin cesar.
Las mañanas y las tardes eran mías,
a la noche me tiraba a descansar.

Pero un día vino el hombre con sus jaulas,
me encerró y me llevó a la ciudad.
En el circo me enseñaron las piruetas
y yo así perdí mi amada libertad.

La afectación y el desprecio por lo que leía, hizo que Felis Nasal presintiera un posible enojo. Y no se equivocó.
—¡Salto arriba, colimba! —gritó el cabo casi con furia. Y mientras el copista de Moris chocaba las rodillas contra su pecho sin parar, el recitador —con su voz irónica y aflautada— continuó leyendo:

«Conformate —me decía un tigre viejo—,
nunca el techo y la comida han de faltar,
solo exigen que hagamos las piruetas
y a los niños podamos alegrar».

Felis Nasal no dejaba de rebotar contra el piso, ojos cerrados, dientes apretados.

Han pasado cuatro años de esta vida,
con el circo recorrí el mundo así.
Pero nunca pude olvidarme de todo,
de mis bosques, de mis tardes y de mí.

Sus piernas comenzaron a flaquear. Las rodillas ya no llegaban al pecho y los saltos eran cada vez más débiles y espaciados. El cabo caminaba con el papel escrito frente a sus ojos, sosteniéndolo con los brazos extendidos como si tuviese entre sus manos un añejo papiro.

En un pueblito alejado
alguien no cerró el candado.
era una noche sin luna
Y yo dejé la ciudad…

Ahora piso yo el suelo de mi bosque,
otra vez el verde de la libertad.
Estoy viejo pero las tardes son mías,
vuelvo al bosque, estoy contento de verdad.

Los compañeros sufrían con él y en silencio rogaban que el cabo no hiciera lo mismo con sus escritos.
—¡Descanse!
Felis Nasal dejó se saltar de repente, buscó estabilidad y le temblaron las piernas.
—¡Firme!
Quedó erguido pero le costó lograr una total inmovilidad.
—¡El señorito es poeta! —ironizó el cabo evidenciando el total desconocimiento de la letra de la canción.
El conscripto estaba serio y miraba al frente, a la nada. Sus compañeros apenas esbozaron una sonrisa. El cabo se le acercó y a pocos centímetros de su cara, le gritó:
—¡Acá no necesitamos poetas sino hombres con los huevos bien puestos dispuestos a defender la Patria, carajo!
Comenzó a resignarse a no pasar los próximos trece meses en una oficina sino barriendo calles, limpiando baños o pelando papas. Al menos había hecho el intento.
—Y no tuvo un solo error, carajo… —masculló el cabo, como aceptando que el conscripto poeta no era tan malo para la máquina—. Bien… bien…
Los demás no habían hecho un mal papel tampoco y seguramente habían escrito palabras menos enojosas para una mente militar en pleno 1982.
El cabo abandonó la oficina sin decir una sola palabra y los cinco conscriptos quedaron en silencio. Se rieron cuando el morochito dijo jocosamente que ni su nombre sabía escribir, pero los otros enseguida comprendieron su triste realidad. Sin la presencia del cabo estaban más distendidos y aprovecharon para conocerse un poco. No obstante, el relax se terminó a los pocos minutos. El cabo volvió a aparecer en la oficina con la misma cara adusta de siempre. Los cinco conscriptos se pusieron firmes y quedaron en silencio.
—¡Conscriptos: bienvenidos a la Sección Secretaría de la Base! —y, sorpresivamente, sonrió.
Los cinco jóvenes se animaron también a una sonrisa, menos el morochito, porque no sabía cuál sería su destino.
—Y usted, también —le dijo—. Desde hoy será el nuevo ordenanza de la Sección.

2014


lunes, 12 de enero de 2015

14 - LA HISTORIA SIGUE... (Último relato camuflado)


Sin perfeccionar las leyes 
perfeccionan el rigor; 
sospecho que el inventor 
habrá sido algún maldito 
por grande que sea el delito 
aquella pena es mayor. 

Martín Fierro 


El grupo de jóvenes vestidos de civil esperaba la hora de partida sentado en el duro piso de la Plaza de Armas. Ya habían almorzado y algunos todavía saboreaban la naranja que les habían dado de postre. Diciembre comenzaba y el sol no perdonaba. Los todavía conscriptos no sabían ya cómo protegerse de los rayos crueles. Sus pocas pertenencias eran utilizadas como sombreros. Algunos intentaron refugiarse en la sombra de los árboles que rodeaban la Plaza pero los cabos, siempre atentos, se lo impidieron. Parecía que los catorce meses no se cumplirían jamás. El último día era insoportablemente interminable. Estaban a escasos minutos de abandonar ese lugar donde todo parecía falso: el verde del césped, el aroma del mar y hasta el celeste del cielo. Muchas veces, durante los catorce meses, habían sufrido bajo ese cielo, entre esos árboles inmensos, respirando el aire salitroso que inspiraba sueños tropicales. ¡Qué falsa les parecía la naturaleza ahí adentro! Playas vírgenes, bosques frescos donde solo se oía el soplar del viento. ¿Para qué tanta belleza desaprovechada? 
Partirían a las 15. Faltaban todavía dos horas de interminable espera. 
—Yo me llevo una chaquetilla camuflada... 
—Yo un par de botas... ¿Y vos? 
—Yo no quiero llevarme ni el recuerdo de todo esto... 
Alrededor de la Plaza estaban los otros, los que todavía tenían que vestir el uniforme un tiempo más. Algunos les daban cartas a los que se iban para que se las llevaran a sus familiares. Otros solo miraban en actitud envidiosa o nostálgica, imaginándose a ellos mismos vestidos con ropa normal. 
En el mismo tren en que ellos se irían, llegarían los que recién empezaban a sufrir lo que ellos ya habían pasado. Ellos se iban y otros llegaban, una historia de nunca acabar. Muchos habrán recordado el momento cuando llegaron meses atrás a ese lugar... 
—¿Te acordás cuando llegamos con todo el equipo? No sabíamos ni dónde estábamos... 
—Y veíamos cómo se iban los otros... ¡Y se nos cagaban de risa los hijos de mil putas! 
—Desquitate ahora con los que llegan... 
—¿Desquitarme? Ganas de decirles que se escapen tengo... 
—Así es la cosa, unos nos vamos, otros llegan... 
—Ajá... La historia sigue... 
Habían pasado catorce meses de tiempo perdido, de guardias inútiles por la noche, de nostalgias, de momentos compartidos con amigos circunstanciales. Habían pasado esos largos catorce meses y cada uno, a su manera, los estaba recordando. Una imagen retrospectiva les haría recordar momentos que quizás jamás en su vida los volverían a vivir. ¿Y quién pretendía revivir esos momentos? 
A las 14.45 llegaron seis colectivos verdes a la Plaza. Uno detrás del otro fueron estacionando. Los todavía conscriptos sonrieron casi a la vez al verlos llegar. Era el principio del final que tanto anhelaban. Ya imaginaban la bienvenida en cada uno de sus hogares, el encuentro con los viejos, con los hermanos, con la novia. Ya imaginaban el encuentro con la barra del barrio, de la facultad o del laburo. Era el final, lo sabían. 
Formaron en la Plaza de Armas, pero ahora bien separados. Sus pertenencias al piso. Les revisaron hasta los bolsillos. Botas, chaquetillas y remeras militares les fueron quitadas a los que pretendían llevárselas. Después sí, el momento esperado: los colectivos fueron ocupados rápidamente por quienes querían irse de una vez por todas. Era la primera vez que una orden era cumplida con tanto gusto. A la voz de ¡suban! los jóvenes ya casi estaban acomodados en las butacas de los colectivos. Los motores se encendieron. Por el cuerpo de los jóvenes recorrió un escalofrío que no supieron por qué fenómeno fue producido. ¿Por el movimiento del colectivo? ¿Por una emoción interior? Quién sabe... Lo cierto es que lo sintieron, y al sentirlo fueron un poco más felices. 
Todos estaban ubicados y listos para partir. La emoción no era disimulada. Hubo consejos antes de la partida: "Guarden tranquilidad, soldados, porque al menor inconveniente vuelven todos", dijo un teniente. Hubo aplausos y silbidos que no pudieron ser evitados. Pero esa pequeña demostración de libertad no impidió la partida. Lentamente fueron poniéndose en marcha los colectivos mientras los jóvenes, algunos en silencio y otros en jocosa actitud, se iban despidiendo de ese lugar al que tanto odiaron. 
Los que se quedaban saludaban a los que se iban con un leve movimiento de manos, sin ocultar un poco de envidia. Algunos gritos de burla se escucharon al partir los colectivos: ¡Chau, colas! ¡Córtense las venas! ¡Suerte! ¡Chau, milicos!... ¡Chau, milicos! Chau, milicos... El 1º de diciembre de 1983 lo gritaron una y otra vez. ¡Chau, milicos! Al mismo tiempo todo un pueblo gritaba ¡adiós! a un gobierno nefasto, al horror, a la mentira, a la gran pesadilla. Todos estaban contentos: los que se iban, obviamente, y los que se quedaban, por la esperanza de que eso que disfrutaban ahora otros, ellos lo disfrutarían más adelante. 
Ya en camino al tren, los seis colectivos que llevaban a los que se iban se cruzaron con otros seis colectivos que traían a los que recién llegaban. Entre risas y burlas hacia los nuevos, uno de los viejos murmuró: 
—La historia sigue... ¡Hijos de mil putas!

miércoles, 4 de junio de 2014

13 - EL BAILE


Y digo a cuantos inoran
el rigor de aquellas penas
yo que sufrí las cadenas
del destino y su inclemencia:
que aprovechen la esperencia,
del mal en cabeza agena.

Martín Fierro



—¡Arriba, abajo!... ¡Arriba, abajo!...

Sentía sus piernas crujir. Sus muslos parecían querer explotar. Sus rodillas ya no coordinaban sus movimientos. Hacía cuarenta minutos que estaban sobre el cemento caliente realizando ejercicios de castigo. Un teniente era el que les ordenaba a gritos los movimientos. Tres cabos supervisaban la correcta realización de los ejercicios de los cincuenta o sesenta conscriptos castigados. ¿Castigados por qué? Por el solo hecho de estar próximos a la baja.
—¡Arriba, abajo!... ¡Arriba, abajo!...
De vez en cuando cerraba los ojos y suspiraba profundamente. Aguantá, aguantá, se decía. Son los últimos días, son las últimas horas. La transpiración recorría todo su cuerpo cansado. Su poco cabello parecía recién mojado. El uniforme estaba adherido a su piel.
–¡Atención! —los conscriptos de un salto quedaron en posición de firmes—. ¡Cuerpo a tierra! ¡Flexiones de brazos! ¡Uno, dos, tres!...
¡Cómo quería gritar! Quería preguntar por qué tanta idiotez, quería comprender la razón de esa vida y no podía. ¿Qué ganarían con eso? Nada... Nada... Se sentía impotente ante toda esa farsa, ante todo ese circo lleno de domadores de ovejas. ¡Qué bosta de gente! Seguro que en sus casas sus respectivas esposas los tienen cagando. Parecían gozar viendo cómo esos jóvenes se rompían el alma obedeciendo sus órdenes. Gritaban sonriendo irónicamente, sintiéndose grandes, poderosos, insuperables.
–¡Carrera mar alrededor mío!
Se sentían el centro del universo, el eje del cual dependían todos sus súbditos, todos esos infelices que sin protestar, sin levantar la voz, corrían a su alrededor, saltaban como ellos querían, se tiraban al piso ante sus órdenes, sonreían ante sus chistes y sufrían ante su hipocresía.
—¡Atención! —una pausa muy silenciosa sucedió a ese grito—. Ya casi cumplieron con su deber... Ya casi tienen los catorce meses, ¿no? Muy bien... ¿Y qué piensan? ¿Aprovecharon este tiempo?
Por supuesto que nadie contestaba. Sabían que esas preguntas no debían ser contestadas. Sabían que esas preguntas retóricas formaban parte de un monólogo que no se podía interrumpir.
—Espero que los nenes de mamá hayan aprendido a valorar lo bueno. Tienen diecinueve o veinte años y están cansados por dos o tres flexiones... ¿No son hombres acaso? ¡Cuerpo a tierra! ¡Flexiones! ¡Uno, dos!...
¿Cómo comprender eso? No entendía nada. Solo cerraba los ojos y seguía los movimientos mecánicamente. No pensaba, no quería hacerlo. ¿Para qué? Demasiado había pensado ya en esos trece meses que habían pasado. Ya se iría, dentro de muy poco, y después... ¿Y después? ¡Qué importaba! Lo más importante era irse de una buena vez por todas, cuanto antes mejor. Por eso obedecía, por eso no se quejaba, quería ver su documento nuevamente con una firma que certificara que había cumplido con esa estúpida ley nacional. Seguía con el sudor en la frente, ese sudor que había corrido casi permanentemente por su rostro no solo por el sufrimiento físico: el dolor interior también hacía fluir de sus poros gotitas de odio, de impotencia, de desesperación.
—¡Felicitaciones, reclutas! Ya se van a sus hogares. ¡Qué felices deben sentirse! Nunca más el uniforme militar... Nunca más bajar la cabeza y obedecer, ¿no? Pero todavía están acá y con el uniforme puesto... ¡Carrera mar alrededor mío!
Fueron casi noventa minutos de torturantes ejercicios físicos y síquicos que hacían crecer su odio hacia esa casta de gente incomprensible, repudiable. Todo estaba terminando, ese período negro de su vida iba llegando a su final, pero en vez de sentirse más aliviado, sentía un gran peso en su alma, un gran peso al que tenía que descargar sea como sea, no sabía cómo, pero tenía que quedar bien interiormente, sentirse libre de todo eso que estaba viviendo.
El castigo llegó a su fin y todos quedaron sentados sobre el duro piso de la Plaza de Armas. Nadie hablaba porque ninguno tenía el aire suficiente como para hacerlo. Algunos se acostaron y cerraron los ojos, olvidándose durante algunos segundos del presente. Otros dirigieron la vista al infinito celeste preguntándose el porqué de todo eso, pregunta que encajaba en todas las situaciones allí vividas, a toda hora, en todo lugar, y que jamás encontró una respuesta lógica.
El teniente —con apellido de lodo— y los cabos quedaron reunidos a un costado, conversando de cualquier cosa, sonriendo, fumando y mirando de vez en cuando esos cuerpos que yacían en silencio a sus pies.
Permaneció sentado, agachó la cabeza y la apretó fuertemente entre sus piernas. Cerró los ojos y respirando profunda pero lentamente, quiso pensar en algo diferente, quiso olvidarse de todo eso, quiso dejar de lado todo ese odio que le brotaba para pensar en el mañana... Pero no pudo, había algo que no lo dejaba pensar en otra cosa que no sea esa triste realidad. Ese algo era ganas de desahogo, ganas de gritar a los cuatro vientos su bronca y su coraje reprimido de una vez por todas. Ya habían pasado casi catorce meses de estar viviendo en silencio, sin poder opinar, sin tener la libertad mínima como para mear cuando tuviese ganas. Eran casi catorce meses de bronca acumulada, de actitudes sin sentido, de órdenes gritadas, de comprendidos incomprensibles. Ya había llegado a un límite que no podía ser superado, la estupidez no podía ir más allá. Todo tenía que terminar. ¿Pero cuándo?, murmuró con rabia entre sus piernas. ¿Cuándo, cuándo?, y la bronca iba creciendo cada vez más.
—¡Atención!
Todos, en un movimiento justo, calculado, saltaron a un mismo tiempo y quedaron en posición de firmes. Nadie hablaba. El silencio parecía eterno. Las sonrisas en el teniente se habían transformado en seriedad temible. Su cara expresaba asco, lo mismo que sentían los conscriptos hacia él.
—Irán a las duchas. En quince minutos los quiero nuevamente acá formados. ¿Comprendido?
Se escuchó a coro un fuerte y unísono comprendido, señor teniente. Comprendido... Comprendido... ¿Comprendido qué?
—Y espero que los próximos civiles hayan aprendido la lección...
Nadie abrió la boca. Todos tenían una respuesta pero la callaron. Habían aprendido mucho en esos trece meses. Demasiado. Sí, aprendimos la lección —pensó para sí—, la enseñanza es una sola: odio, y a ese odio lo tengo que descargar, de una forma u otra lo tengo que descargar... ¡Hijos de puta!

miércoles, 26 de febrero de 2014

12 - FONDEADOS


Inora uno si de allí
saldrá pa la sepoltura
el que se halla en desventura
busca a su lado otro ser;
pues siempre es bueno tener
compañeros de amargura.

Martín Fierro





El mate seguía la ronda lentamente. Eran cuatro. Cada uno sentado en una silla, estiradas las piernas, el cuerpo flojo. Era una hora en la que podían ponerse a charlar, cebarse unos amargos, jugar a los naipes, pero a escondidas. Estaban fondeados en la Repostería del Departamento Secretaría de la Base. Los cuatro estaban vestidos de igual forma: uniforme camuflado y botas. Hacía calor. Eran las tres de la tarde y en toda la Base no se escuchaba un solo ruido. Todo estaba tranquilo. Por las calles solo se veían algunos conscriptos barriendo o cortando el césped.
—¡Dale, que no es mamadera! —le gritaron al mendocino.
—¡Ya va, sanjuanino jetón!...
Siempre había un clima alegre cuando se sentaban a compartir los ratos libres. Nadie lo había propuesto, pero sabían que si se llevaban bien, el tiempo pasaría más rápido. Generalmente era el sanjuanino el que vivía con la risa en la boca, siempre con un chiste o una broma en su mente. Incansable hablador. Era él en esos momentos el encargado de cebar los mates.
—Tomá, Anteojito —dijo extendiéndole el mate al porteño.
El mendocino cortaba el pan que había conseguido en la cocina. Siempre era él el que conseguía comida para llenar el estómago y así aguantar hasta la hora de la cena. Ese día había conseguido mermelada de durazno y todos esperaban su turno para servirse.
El santafesino era el más callado, estaba recostado contra la pared con un lápiz en la boca y un cigarrillo en su mano izquierda. Extendió el brazo derecho con un papel con un dibujo que estaba haciendo en su mano. Lo observó a la distancia. Era un callejón sin salida, con las paredes muy deterioradas, una columna con luz de mercurio, el sol que se asomaba detrás del muro y, dentro de un tacho de basura, una paloma muerta. En el suelo, un papel pisoteado con la palabra PAZ. El santafesino miraba su dibujo como queriéndolo retocar, borrar o romper... Dejó el lápiz en la mesa y pidió un mate.
—Tomá, Lombriz, y a ver si comés porque cada día estás más flaco.
—Loco, ¿ustedes se pusieron a pensar —preguntó el santafesino—, pero a pensar en serio, qué función cumplimos acá adentro? Hacemos horario de oficina por la mañana y por la tarde estamos al repedo...
—Yo no puedo pensar y tomar mates al mismo tiempo —dijo el sanjuanino largando una carcajada.
—Estamos al servicio de ellos —dijo el mendocino.
—Lo bueno sería armar una revolución acá adentro —agregó el porteño—. Pero pacífica. ¿Qué pasaría si todos los colimbas nos negáramos a obedecer órdenes?
Hubo un silencio largo y solamente se sintió el ruido que el santafesino hizo al finalizar el mate.
—¡Qué va a pasar! ¿Cómo hacés para que más de mil monos se pongan de acuerdo? —intervino el mendocino—. Siempre hay alguno que se borra. Y con que se borre uno solo es suficiente para que todo fracase.
El mate siguió dando vueltas. Los cuatro jóvenes masticaban sin hablar. Siempre surgían los mismos temas: encierro, obediencia, cansancio, odio, melancolías...
—¿Qué estará haciendo mi Rosita? —suspiró el sanjuanino.
—Seguro que anda con otro. ¿O te creés que está pensando en vos? —le contestaron.
Hubo risas, contestaciones, cargadas. Siempre a las preguntas melancólicas le seguían cargadas, bromas, risas. ¿Para qué amargarse? Ya demasiado se amarga uno cuando está solo, ¿no nos vamos a amargar todos juntos, no?, era el pensamiento del mendocino. La ley era evadirse, pero eso no era fácil de lograr. El mendocino siempre contaba anécdotas de Alvear, de sus estudios de Enología. El santafesino con sus poesías y con sus dibujos protestaba constantemente. El porteño se volaba con su música y su poesía. Y el sanjuanino, con su Rosita. Los cuatro, sin querer, volvían a su tierra natal. Todos llevaban un poquito de melancolía en su interior y necesitaban exteriorizarla. Tenía cada uno algo que decir, que maldecir. Ninguno soportaba la idea de la pérdida de tiempo, el desperdicio de un trozo de vida.
—Ni siquiera nos enseñan a manejar un fusil... —protestó el sanjuanino.
—¡Mejor! ¿Para qué querés usarlo? ¿A quién querés matar? —dijo el porteño enojado.
—Haya paz, haya paz...
—¡Sí, bárbaro! Haya paz... —exclamó el mendocino—. Pero no somos nosotros los que decidimos si hay o no hay paz. ¡Son ellos, la puta madre, son ellos! No nos enseñan a manejar un arma y luego inventan una guerra como Malvinas... Sí, haya paz, pero...
—¡Loco, pará! Aquí estamos cayendo en un error —explicó el porteño—. La paz tiene que existir para el que la desea, y el que no, que se joda y que vaya al frente. Ya lo decía el gran John: Si un hombre no tiene deseos de luchar, debe tener el derecho de no ingresar al ejército.
—Sí, loco, mucho idealismo, pero sucede que acá, en este bendito país, la colimba es una obligación avalada por una ley nacional —dijo irónicamente el santafesino—. Entonces no nos queda otra que seguir protestando como unos boludos y nada va a cambiar.
—¡Paren, paren! Entonces —concluyó el sanjuanino— la paz es imposible porque no depende de nosotros sino de ellos...
—¡¡¡Bien!!! —gritaron todos juntos aplaudiendo a modo de burla.
—Eso es lo que estuvimos hablando hasta recién —dijo el mendocino—. ¡Qué rápido sos! —y las risas continuaron por unos segundos hasta que escucharon un ruido en la puerta de entrada de la Secretaría.
—¿Quién es el oficial de guardia hoy? —preguntó con miedo el mendocino.
—El gordo choto de Castellano —contestó el porteño.
Castellano era teniente de navío, gorila y con cara de perro. Ya había firmado treinta días de castigo antes de Navidad para el santafesino por quedarse dormido en una guardia imaginaria, y otros tantos para el porteño y el mendocino por jugar al truco en una oficina, fuera del horario de trabajo. El santafesino instintivamente cerró los ojos y se aferró a su lápiz y su dibujo.
Se quedaron callados. El teniente Castellano era uno de los oficiales más severos con los conscriptos. Estaba de guardia y ellos estaban fondeados. En silencio quisieron acomodar todo, limpiar, pero ¿qué excusa darían ante la inminente explicación que requeriría el teniente? Todo fue en vano. Los pasos se sintieron muy cerca y no tuvieron tiempo para disimular el desorden.
—¿Qué hacen ustedes acá? —gritó el oficial.
Los cuatro conscriptos se pusieron automáticamente de pie, en posición de firmes, y se quedaron inmóviles. El teniente había aparecido imponente, con la radio en la mano y la tira amarilla que lo identificaba como oficial de guardia; se paraba siempre a lo malevo, exhibiendo su cuerpo inmenso como símbolo de autoridad. Los jóvenes parecieron disminuir su tamaño.
—Parece que están bien instalados... Mate, pan, mermelada, cigarrillos... ¿Ustedes no están haciendo el servicio militar, según se puede comprobar, no?
Nadie hablaba. Todos tenían ganas de contestarle que tenía razón, que la colimba no era verdaderamente eso, pero no se animaron. Ya estaban pensando en diez días de arresto, en flexiones de brazos, de piernas, y cualquier otro castigo de los que se valían ahí adentro.
—Bueno, parece que están mudos. Siéntense. A ver, vos —dirigiéndose al sanjuanino—, parece que sos el cebador, dame un amargo.
Se miraron, no entendieron nada. Observaron cómo tomaba mate sin decir nada, sin dictar ningún castigo, y hasta comiendo un pedazo de pan con mermelada.
—¿De qué estaban hablando?
—De lo que vamos a hacer cuando nos den la baja —se apuró a contestar el santafesino.
—¿Ah, sí? ¿Y qué van a hacer?
—Yo, estudiar. Tengo que terminar todavía la secundaria.
—¿Y vos? —le preguntó al sanjuanino.
—Quiero hacer la primaria. Quiero aprender a leer y a escribir...
—¿Nunca escribís a tu casa?
—Sí, ellos escriben las cartas. Yo les dicto lo que quiero...
—¿Qué es esto? —preguntó el teniente tomando el dibujo del santafesino—. ¿Quién lo hizo?
—Yo.
—¿Y qué significa?
—No significa nada. Cada uno le da la interpretación que quiere.
Nadie más habló. El teniente se quedó mirando el dibujo. No decía nada. Solo se oía el respiro fuerte que producían sus fosas nasales. Los jóvenes se miraron entre ellos y ya con un poco más de confianza arriesgaron una sonrisa.
—Paz... ¿Vos la proclamás?
—La deseo... ¿Qué sé yo? Quisiera que... Soy idealista, por eso...
—Yo les tengo miedo a los que proclaman paz —agregó el teniente—. Porque son ustedes los que la perturban.
—¿Por qué? —preguntó casi gritando el porteño.
—¿Vos también? Muchos dicen que nosotros somos lo peor. Pero ustedes, cuando están allá afuera con sus pelos largos y sus medallones, típico de vagos, son todavía más peligrosos que nosotros.
El ambiente había cambiado. Ya podía notarse un leve nerviosismo en los gestos del teniente y un poco de bronca en la expresión de los conscriptos. El mate ya no pasaba de mano en mano. Estaba sobre una mesa, enfriándose. Había una mentalidad contra cuatro. La del poder contra las de la obediencia. Obviamente, la última palabra la tuvo el poder. La obediencia cumplió con su papel: cerró la boca. ¿Miedo? Sí, miedo a la sanción, miedo al castigo físico, miedo a opinar en un sitio y en una época en los que nada era fácil. El teniente suspiró, dio media vuelta y antes de salir, agregó:
—Arreglen esta mugre y cada uno se va a su puesto de trabajo. Y a ver si en vez de pensar idioteces se dedican a construir el país.
—¡Comprendido, señor teniente! —contestaron los conscriptos a coro y poniéndose de pie automáticamente.
Cerró la puerta y se fue. Hubo cuatro sonrisas producidas simultáneamente. Cuatro sonrisas que expresaban bronca. Cuatro sonrisas que no podían comprender que existiera gente que no aceptaba ni permitía la felicidad.

domingo, 15 de diciembre de 2013

11 - UN DÍA MÁS


Grabenlo como en la piedra
cuanto he dicho en este canto
y aunque yo he sufrido tanto
debo confesarlo aquí;
el hombre que manda allí
es poco menos que un santo.

Martín Fierro



Cuatro paredes y un techo lo protegen del frío de una oscura noche. Dos frazadas cobijan su cuerpo cansado y tembloroso. Pasó otro día. Uno más entre muchos. Un día igual a los anteriores, con ganas de que los próximos cambien.
Las vigas de madera del techo crujen y hacen que su pesado sueño se desvele. Siente el ruido de las ramas de un viejo álamo, azotadas por el fuerte viento. Quizás algún ave esté pagando las consecuencias, acurrucada en su cálido nido de barro y paja. Una ventisca de aire helado penetra por un vidrio roto de la vieja ventana y hace que su cuerpo se estremezca y se acurruque cada vez más dentro de sus frazadas.
Mira al techo como buscando una explicación de su actual vivir y choca contra la violeta luz de sueño que cierra sus ojos hasta hacerlo dormir definitivamente. Viejos y hermosos recuerdos pasan con muchos colores por su mente, escenas locas, imposibles, inciertas. Caras lejanas, entrañables, que lo llevan lejos de su cama, a cientos de kilómetros, para volver en un segundo, de un solo movimiento.
Aunque en el oscuro cielo todavía brillan las estrellas y la luna aún conserva su silueta perfecta, un grito lo sobresalta e interrumpe su sueño. Es un grito ya conocido que le indica que un nuevo día ha comenzado.
La historia sigue...

domingo, 15 de septiembre de 2013

10 - VEINTE AÑOS


La soledad causa espanto
el silencio causa horror
ese continuo terror
es el tormento más duro
y en un presidio siguro
está de más tal rigor.

Martín Fierro


Al descender del colectivo se sintió un poco mejor, como si respirara aire puro, diferente al que venía respirando todos los días. Hacía un poco de calor pero todavía usaba el uniforme de invierno. Pronto llegaría la primavera. De su hombro derecho colgaba un bolso de tela azul casi vacío. A simple vista se diría que no llevaba nada en él. Se desabrochó el botón dorado que le ajustaba el cuello y miró su reloj: las cuatro de la tarde.
Punta Alta estaba casi vacía. Recién comenzaban a abrirse los pocos negocios que había sobre la calle Yrigoyen. No había ni un árbol como para decir que el paisaje era variado en la calle principal. El sol estaba débil pero igual molestaba al que no estuviera resguardado. Una ciudad chata, sin edificios. Una ciudad triste que durante los trescientos sesenta y cinco días del año veía pasar a miles de jóvenes uniformados buscando hacer algo para no aburrirse en los días libres.
Él era uno de ellos, uno de los tantos que conocen Punta Alta sin desearlo. El uniforme le molestaba, transpiraba y, sin pensarlo demasiado, caminó algunas cuadras hasta llegar a la plaza. Cada vez que llegaba allí se preguntaba lo mismo acerca del monumento que se alzaba en el centro de la misma: ¿Qué es eso? ¿Qué representa? Un cartel que indicaba la prohibición de pisar el césped lo hizo detener y pensar... Pero no mucho. De inmediato se sentó debajo de un árbol que proporcionaba una gran sombra y encima del césped prohibido.
Suspiró muy fuerte y se recostó sin pensar en que ensuciaría su ropa. Tenía los ojos muy abiertos, extraviados en el cielo que poco a poco se iba cubriendo de nubes grises y amenazadoras. A pocos metros de él, sentados en un banco, una pareja de novios manifestaba públicamente su amor, en silencio, con un largo beso. Más atrás, cuatro chicos que estaban jugando al fútbol, corrían riendo, escapando del placero que los perseguía. Se sintió solo y pensó que no era la primera vez.
Tengo que festejar, pensó. No me puedo quedar acá tirado. Se levantó y se dirigió a un almacén: con una cerveza y un sándwich de mortadela le alcanzaría para no sentirse tan solo. Volvió a la plaza, al mismo lugar de antes. Se sentó contra el tronco del árbol y comenzó a comer y a beber. Tengo que festejar. Se imaginó que a su lado estaban todos sus amigos, su familia y hasta su perro. No podía hablar con ellos, pero él tenía la solución. Abrió el bolso azul, sacó unas diez cartas y, de a una, las empezó a leer. Tengo que festejar... y quiero que ustedes me hablen, dijo dirigiéndose a las cartas. Quería escuchar las voces lejanas, quería recordar todo lo bueno que había pasado ese mismo día pero el año anterior, allá en su casa.
En la primera carta que abrió, su madre le decía que aunque no estés con nosotros, tené la seguridad de que nosotros estamos junto a vos, y quiera Dios que pronto estemos todos juntos... Cerró los ojos y se le fruncieron hasta las uñas. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para no llorar. Estaba solo en una plaza triste, a más de mil kilómetros de su casa, leyendo cartas, soñando rostros, escuchando palabras.
Terminó de comer el sándwich con dificultad, tenía un nudo en la garganta que apenas lo dejaba respirar. ¡Cómo hubiese querido salir corriendo, subir a un colectivo y no parar hasta llegar a Santa Fe! Y no volver más a ese sitio horrible. Un trago de cerveza le ayudó a digerir el pedazo de sándwich atragantado. Tomó otra carta al azar y leyó en el remitente Valeria. Una sonrisa brotó en su rostro al pensar en la Negra, al traer a su mente el rostro de su amiga. Le temblaban las manos y tardó un buen rato entre abrir el sobre, sacar la carta, acomodar su trasero en el césped y ponerse a leer. La sonrisa que segundos atrás había brotado en su rostro poco a poco fue desapareciendo, y sin darse cuenta sacó de su bolsillo un pañuelo y lo apretó bien fuerte con el puño. Che, Negro, no te vas a amargar el 1º, pensá que todos los que te queremos vamos a estar con vos ese día... No alcanzó a usar el pañuelo. Un fuerte suspiro le hizo aflojar tensiones y se tranquilizó un poco.
El cielo poco a poco se iba apagando pero no porque la tarde caía: inmensas nubes negras llegaban del sur con su amenaza de lluvia. Los truenos comenzaron a escucharse. Terminó la botella de cerveza de un solo trago y sosteniéndola en lo alto exclamó: ¡Salud! Antes de abrir otra carta se recostó. Cerró los ojos y, pensando en mil cosas a la vez, tarareó una canción.
De repente se levantó y, tomando una carta, se dijo nuevamente: Tengo que festejar. La abrió sin fijarse en el remitente y al empezar a leerla, reconoció la letra. Era de Fabio: Espero que la pases todo lo bien que puedas ahí; acá nos vamos a tomar algo y vamos a brindar por vos... Ahora sí que estaba flojo. Flojo y tensionado a la vez. Flojo de espíritu y tensionado de cuerpo. Y justo cuando comenzaban a caer las primeras gotas de la inminente tormenta, cayó por su rostro una lágrima, la primera del día... pero no la última. Le dolía el alma, le dolía el cuerpo y le dolía volver a encerrarse en el lugar que tanto odiaba.
Al instante de su primera lágrima vio aproximarse al placero. Venía serio y se dirigía a él. La botella estaba tirada en el césped y algunas migas afeaban el sitio.
—¡Oiga, usted!
—¿...?
—¿No vio el cartelito? Pro-hi-bi-do-pi-sar-el-cés-ped, por si no sabe leer.
Mientras el placero gruñía, él fue levantando la vista hasta encontrarse con los ojos de la autoridad de la plaza. Se miraron varios segundos fijamente, sin hablar. La lluvia empezó a ser cada vez más fuerte y los dos se empezaron a mojar. ¿Cómo le explico a este viejo que estoy de festejo?, pensó. El placero cambió su rostro duro por un gesto más cordial y le preguntó:
—¿Está llorando o es la lluvia, soldado?
—Estoy festejando mi cumpleaños... —pudo contestar.
El viejo hizo un gesto, comprendiendo, y, retrocediendo lentamente y sin sacar la vista del cuerpo, le dijo:
—Bueno... Feliz cumpleaños... Que la pases bien...
Fue el único saludo que escuchó aquel día. Y el viejo se alejó despacio bajo la lluvia, rumbo quizás a su casa, pensando en ese cuerpo sentado que festejaba su cumpleaños en una plaza, solo.
Siguió sobre el césped. Guardó las cartas en el bolso y miraba caer la lluvia. Su cuerpo empezó a empaparse pero de ahí no se movía. No quería volver a encerrarse, prefería mojarse y sentirse un rato libre. No quería pensar tampoco en su festejo solitario. Solamente quería saber si las gotas que recorrían sus mejillas hasta llegar a sus labios, eran simplemente de la lluvia o verdaderas lágrimas prófugas de su espíritu.

Vas a tener que cambiar. Sí, sos otro. No sos el que tiempo atrás conocí. Vas a tener que dejar de lado todo el odio que hoy tenés dentro tuyo. Vas a tener que escupir la rabia que brota de tu corazón. Vas a tener que tirar al chiquero todas las miserias que hoy están estropeando tu alma. Vas a tener que saber ignorar lo que hoy te pasa. No seas boludo, todavía tenés mucho por andar. Vas a tener que volver a tus viejos tiempos, ¿te acordás? Por favor, ignorá el presente, mirá adelante, confiá, creé, yo sé que vos podés. Te pido que vuelvas a ser el que fuiste tiempo atrás. Aquel que siempre tenía una sonrisa para dar. Aquel que siempre tenía un poquito de buen humor. Aquel que quería vivir, soñar, volar, reír... Yo sé que vos podés, sé que vos podés volver, sé que podés reír, sé que podés acordarte de todo lo que fuiste, que podés ser nuevamente. ¿Sabés cómo? Pensá... recordá... ¿Te acordás de tus amigos, de tu familia, de todos los que te quieren? ¿Sí? ¿Y? Bueno, ¿por qué llorás? ¡Vos podés! Vas a tener que cambiar...

viernes, 2 de agosto de 2013

9 - EL CONDENADO


La justicia muy severa
suele rayar en crueldá:
sufre el pobre que allí está
calenturas y delirios,
pues no esiste pior martirio
que esta eterna soledad.

Martín Fierro


—¿Sabés por qué me hacen esto?
—Creo que sí.
—¿Por qué "creo"?
—Leí el expediente...
El joven de mediana estatura no preguntó más, sabía que el error había sido cometido y muy pocas esperanzas le quedaban de salvarse. Extendió su mano izquierda lentamente hacia el joven alto y delgado y este sujetó fuertemente su muñeca con el metal. Su mano izquierda quedaba libre.
—Me hace mal —protestó.
—¿Y qué querés que le haga?
—No sé, aflojala un poco...
—No se puede. Esperá que venga el cabo.
No le dolía, pero no podía verse con una mano sujetada por las esposas metálicas con doble seguridad. No entendía por qué hacían tanto trámite si él había aceptado ir allá sin oposición alguna. No quería pensar en nada y tampoco tenía ánimos como para conversar. El joven delgado —furriel de la Sección Justicia— se colocó en su muñeca izquierda el otro extremo de las esposas.
—A mí no me molestan.
—Yo tengo las muñecas más grandes...
—Quizás...
No sabía por qué lo había hecho. No podía explicárselo. En los interrogatorios había aceptado su culpa... pero él no creía ser el culpable. Pero entonces ¿por qué se resignó a aceptar esa culpabilidad? Sí, sabía que lo había hecho, él era el que había cometido el delito... pero no se sentía culpable.
Sentía el metal en su muñeca izquierda, no le molestaba pero fingía la molestia. Estuvo observando el gráfico de las actuaciones de justicia del año 1983 que colgaba de la pared en el cuarto donde se encontraba unido metálicamente con el joven alto y delgado.
Pasaban por su mente imágenes locas, desjuiciadas. No podía ni quería pensar en su familia. Se ruborizaba al pensar qué dirían sus padres del hijo perverso que tenían. Soy un demente, pensaba continuamente. La puerta de la Sección Justicia se abrió violentamente.
—¿Ya está? —preguntó el cabo, un flaco alto y con cara de nene.
—Sí, cabo. Dice que le molesta.
—No importa, vamos. El camino es corto.
Se dirigieron los tres hacia una camioneta verde. Un chofer esperaba con el motor en marcha. El cabo llevaba en su cintura una Ballester Molina 11,25 con dos cargadores. Los tres subieron a la camioneta y se amontonaron junto al chofer. Los movimientos de los jóvenes esposados eran torpes.
—Vamos —ordenó el cabo al chofer.
La camioneta arrancó lentamente y ninguno de sus pasajeros abrió la boca. El condenado miraba quizás por última vez ese lugar verde, cerrado, ese cielo falso que flotaba por encima suyo. Pensaba en su futuro, en qué le harían, en cómo sería ese nuevo lugar. ¿Por qué lo hice? La puta que los parió, se lamentaba, se arrepentía. Yo no lo quise hacer...
Recordó que desde el primer día que llegó a ese lugar se masturbaba todas las noches, como a las tres de la mañana, en el baño. Se cuidaba de que los "imaginarias" no lo descubrieran. No podía soportar un solo día sin hacerlo. Las mujeres que trabajaban cerca de él lo excitaban y no podía ni siquiera hablarles. Tampoco tenía dinero como para ir a la ciudad y pagar en un prostíbulo. Durante el día esperaba desesperadamente que llegara la noche para gozar nuevamente en soledad.
¿Por qué lo hice? Una lágrima recorrió su mejilla mientras la camioneta mantenía la velocidad en cien kilómetros por hora. El paisaje era triste. Campo amarillo, raso, sin árboles. Cada cinco kilómetros, más o menos, cruzaban alguna base o algún destacamento naval. Nadie hablaba. El cabo y el furriel habían encendido un cigarrillo. El condenado no había querido hacerlo.
Cuando llegaron a la Base Naval Puerto Belgrano el chofer se perdió y no supo llegar a destino. El cabo le preguntó a un conscripto que montaba guardia en un puesto y así pudieron llegar.
La entrada estaba vigilada por tres cabos y dos conscriptos vestidos con uniformes de gala. Detuvieron el  vehículo para identificarse y pasaron. Un letrero de más de veinte metros de largo rezaba con letras blancas: PRISIÓN NAVAL PUERTO BELGRANO.
El condenado sintió un escalofrío en todo el cuerpo, como una suave descarga eléctrica. La tarde estaba cayendo. Era un 6 de mayo y el frío no se hacía sentir demasiado. Pensó en sus veinte años...
—¿Cuánto me dieron?
—Creo que ocho. Pero si la llevás bien te pueden rebajar la condena.
Veintiocho años, meditó un instante. Creyó que durante un tiempo estaría muerto, y después, a vivir otra vez. Pero, ¿con qué cara iba a mirar a sus padres cuando volviera a su casa? Me escupirán... ¿O me entenderán? Se consideraba un enfermo mental porque lo habían examinado médicos y sicólogos. Un sicópata sexual, se autocondenaba.
Maldijo el momento en que hizo la promesa de no masturbarse más mientras estuviera allí adentro. Esa promesa fue la culpable de todo. Tres días pudo cumplirla, pero no pudo llegar a la cuarta noche. Yo y mis promesas idiotas... No pudo llegar a la cuarta noche.
—Vamos, bajen —ordenó el cabo en tono severo.
El condenado vestía uniforme de gala y llevaba en su mano libre un bolso azul con sus pertenencias. El furriel vestía uniforme camuflado al igual que el cabo. Este último adelantó su marcha hacia la puerta de entrada y los conscriptos esposados lo siguieron unos metros atrás.
—¿Cuál de los dos es? —preguntó el suboficial que los recibió.
—¡Él! —se apuró a contestar el furriel, señalando con su índice derecho al condenado.
El cabo y el suboficial rieron al ver la cara de espanto que había puesto el inocente. Pero el que no había hecho un solo gesto había sido el condenado. Su cara era inexpresiva. No sonrió. Se limitó a bajar la cabeza, mirar al piso sucio y esperar. El cabo abrió las esposas y los dos conscriptos se tomaron automáticamente la muñeca anteriormente esposada y se la masajearon un poco.
El condenado comprendió que ya no quedaba nada por hacer. Saludó al cabo apretando fuertemente su mano derecha y lo mismo hizo con el furriel. Los tres se miraron sin decir una sola palabra.
Cuando el cabo y el furriel se retiraron, escucharon cómo las pesadas puertas de hierro se cerraron a sus espaldas.
—¿Será loco? —preguntó el cabo.
—¿Qué sé yo, cabo? Si fuera loco... no tendría que estar acá, ¿no?
Siguieron caminando hacia la camioneta verde. Ya en viaje encendieron otro cigarrillo. El chofer, con un poco más de confianza causada por la ausencia del condenado, se animó a preguntar:
—¿Qué hizo?
El cabo miró al frente, hacia la ruta, y no contestó. Solo suspiró profundamente. El furriel le contestó, pero también con la vista puesta en la ruta:
—Tentativa de violación.
—¿A una mina?
—No... Al hijo del revistero... tiene ocho años.

Ninguno de los tres abrió la boca en el resto del viaje.