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lunes, 24 de marzo de 2025

A DOS PUNTAS


Te hacés mi amiga
si estás conmigo
pero cuando estás con otro
me deshacés,
siempre…
(Serú Girán)

La tarde estaba oscura a pesar de que era temprano todavía. Las agujas del reloj no se condecían con la luminosidad del cielo. Estaba nublado, lloviznaba de a ratos y el frío se hacía sentir. Laura me había invitado a tomar un café al «Valencia», el viejo bar donde íbamos casi siempre en grupo. Sospechaba el motivo de la cita y por eso fui de mala gana. Cuando llegué, cinco minutos antes de lo pactado, ella ya estaba ubicada en una mesa al lado de la gran vidriera que daba a calle San Martín. Estaba hermosa. La saludé con un beso en la mejilla y le dije un «hola» frío como la tarde mientras dejaba caer mi cuerpo pesadamente sobre la silla de madera de estilo vienés. Apenas murmuró una respuesta y pidió al mozo que se acercaba dos cafés.
Luego de varios minutos de no mirarnos ni abrir la boca, Laura decidió romper el silencio. Levantó la vista, miró cómo me comía las uñas con la mirada perdida en el cartel del hotel de la vereda del frente, o más bien perdida en la nada, y me pegó suavemente en la mano.
—¡Dejá de hacer eso, boludo! ¡Te vas a hacer mal! —y me sonrió, como para que me aflojara.
Esbocé una sonrisa. Me gustó su gesto y dejé mis uñas para después. Revolví lo que quedaba de café, ya frío, y lo terminé de un trago. Afuera llovía con ganas y el frío era cada vez más intenso. La ciudad a través del vidrio se veía triste y desolada.
—¿Podemos hablar? —Laura perdió la sonrisa esbozada segundos antes—. ¿No vas a abrir la boca en toda la tarde?
—¿Querés otro café? —la invité y llamé al mozo.
—Mejor sería que pidieras una cerveza. Cuando tomás alcohol hablás más…
—No es mala la idea —el mozo se acercó—. Dos cafés más, por favor.
Días atrás me había escrito una carta. Me la había dado en medio de una reunión de amigos. Laura se había confesado como nunca. La palabra escrita evidentemente le resultaba más cómoda, como a mí, pero cuando advirtió que mi reacción se demoraba, comenzó a sospechar que mi respuesta no le llegaría jamás. Por eso me invitó a tomar un café.
—Creí que ibas a contestar mi carta… —estaba seria; sus ojos, tristes, y sus palabras le salían entrecortadas—. Hoy me siento una tarada por todo lo que te escribí —silencio por varios segundos, interminables—. Pero me salió de adentro, lo escribí de corazón y pensé que te iba a movilizar un poquito… —clavó su hermosa mirada en la mía. Sus ojos brillaban más que nunca.
En su carta me decía, entre otras cosas, que cuando estaba a mi lado era feliz, que me quería mucho, que yo la hacía sentir segura, conforme y muy tranquila. No soy insensible, pero sinceramente, no la entendí. ¿Acaso me consideraba su guardaespaldas? Me confesó que en un tiempo no tan lejano yo le interesé mucho, más que como un amigo, pero que no entendía por qué yo me había encerrado en mí mismo, por qué le había negado el acceso a mi vida. Me dijo que ella quería saber más sobre mí, conocer mis deseos, mis ideas, mis aspiraciones, mis dudas, mis miedos, mis penas, mis alegrías… Y que deseaba que yo me interesara por ella…
—Leí tu carta… Pensaba contestarte —le dije con mi característica tranquilidad—. Quería meditar muy bien la respuesta.
A Laura ahora sí se le escaparon algunas lágrimas y me reprochó con bronca mientras me fulminaba con su mirada pero en voz baja:
—¡Pero creo que te confesé cosas que no se tienen que pensar demasiado!
Era cierto. Me pidió casi por favor que me interesara por ella, me dijo que estaba pasando momentos difíciles en la escuela y que sus padres estaban muy enojados por sus calificaciones. Me confesó que necesitaba alguien en quien confiar, un amigo, un apoyo, alguien que la abrazara con sinceridad en esos momentos de llanto imposible de evitar.
Tenía razón, sin dudas. Cualquier adolescente —como lo era yo en esa época— al que una amiga le escribía semejantes palabras, no podía dejar de actuar en consecuencia. Y para colmo lo había escrito, lo había plasmado en un papel. Y la palabra escrita es sagrada. Una persona antes de entregar sus sentimientos que sabe que quedarán inmortalizados en un papel, los lee y relee hasta el infinito. Sabe que sus palabras quedarán escritas hasta que el destinatario decida eliminarlas, inmediatamente… o nunca…
La miré, dispuesto por fin a abrir la boca. Nunca quise que ese momento llegara, pero Laura lo buscó. Su cara reflejaba tristeza y hermosura a la vez. Laura era hermosa. Laura me gustaba…
—¿Te acordás del momento en que me diste la carta? —pregunté mirándola seriamente a la cara—. ¿Te acordás qué hiciste después?
Laura se mostró sorprendida. Evidentemente, no esperaba esas preguntas.
—Ay… no me acuerdo… ¿Por qué?
Me suplicaba en su carta que volviésemos a los viejos tiempos, cuando nuestros diálogos eran frecuentes y casi siempre pesimistas —en concordancia con nuestros pensamientos adolescentes—, pero el hecho de estar juntos, mirarnos a la cara y decirnos nuestra verdad sin ningún reparo, nos hacía felices. En eso tenía razón. Meses atrás habíamos sido muy compinches, nos sincerábamos mucho, me decía en la cara que yo era el amigo más perfecto que había conocido. Y yo la miraba a la cara y quería comérmela a besos… Pero esa sensación, inexplicablemente, desaparecía a los pocos segundos.
—¿Por qué me preguntás eso? —me dijo con la voz entrecortada, llorosa.
«Te quiero, te quiero mucho y siempre fuiste alguien muy especial para mí, ya que en mi vida en un tiempo significaste mucho, fuiste muy importante, muy particular…», me decía en esa carta que todavía conservo, después de… tantos años…
La tomé de las manos sobre la mesa del bar. Las tenía heladas. Su flequillo apenas cubría sus cejas. Sus cabellos rubios y enrulados cubrían la mitad de su espalda. Era hermosa. Lo es.
—¿Por qué me preguntás eso? —insistió, suplicó una respuesta. Nunca le contesté. No sé por qué… Aunque sí. Lo sé. Estaba seguro de que Laura fingía no recordar y que su memoria no era para nada frágil. Nunca olvidé —ni olvidaré— que después de darme la carta, casi en secreto, se fue del grupo con Francisco, abrazada y a los besos, mientras yo los observaba con la carta en la mano —aún sin leer— y con un nudo en la garganta.

viernes, 7 de octubre de 2022

COMO UNA PALOMA BLANCA


Cuando en aquella tarde de mayo de no me acuerdo qué año me dijo que algún día iba a llorar su partida, no le di demasiada importancia. Siempre me lo decía, pero esa primera vez fue cuando más me impactaron sus palabras. Un tonito misterioso hizo aún más hermosa esa sentencia. Pero con el paso del tiempo fue perdiendo importancia para mí. Y cuánto lo lamento ahora. En realidad, no sé si Alejandra era una mina de carne y hueso o pertenecía a otra dimensión.
La conocí en el colegio. Era un año más chica que yo. Cuando ingresó al primer año de esa secundaria todos los chicos, de todos los cursos, no pudieron evitar mirarla con la boca abierta. Era realmente hermosa. Era el tipo de chica que a mí me gustaba. Y así como todos trataron de conquistarla desde un primer momento, yo ni siquiera me acercaba a ella. Mi timidez para entonces era ya exagerada. Siempre que alguna chica me gustaba, le daba la espalda. ¿Por qué? Todavía no lo sé... Miedo, vergüenza, estupidez... Lo cierto es que el noventa por ciento de los chicos del colegio estaba atrás de Alejandra durante los recreos y más de una trompada se repartió por su culpa. Lo asombroso era que ella ni siquiera les sonreía. Era antipática con todos los que se le acercaban y hasta los maltrataba. Y ese mal trato no desalentaba las esperanzas de ninguno. Al contrario. Y yo, al ver todo lo que pasaba a mi alrededor, ni siquiera me animaba a mirarla. Si no les daba bolilla a quienes eran mucho más atractivos que yo, ¿qué esperanza me quedaba? Yo era un flaquito, cabezón, que siempre estaba vestido al revés de todos los que estaban a la moda... Y así fue que Alejandra para mí en esos días no fue más que una chica como las otras. Qué me iba a imaginar que hoy me iba a sentir como me siento...
Ese mismo año —yo tenía dieciséis recién cumplidos— me habló por primera vez. Fue durante el recreo largo. Tenía una medialuna en mi boca cuando olí el perfume a savia de sus cabellos y escuché su voz, dulcísima, de la que inmediatamente me enamoré. Me sonrió con un hola en sus labios y casi me ahogué con mi desayuno. No pude contestarle sino hasta después de haber tragado todo ese mazacote, y creo que habrán pasado siglos. A pesar de ser físicamente más grande, me sentí insignificante a su lado. Alfileres y clavos me traspasaban: no había un solo chico en el colegio que no me estuviese mirando. Debo confesar que me habló durante todo el recreo y que no recuerdo ni una sola palabra de lo que me dijo. Ese día nació nuestra amistad.
Se me eriza la piel cada vez que la recuerdo, su cara muy cerca de la mía, diciéndome en voz baja: Algún día vas a llorar mi partida. Qué extraña era Alejandra. Hubo momentos en los que sentía miedo. No era una chica como las demás. Era enigmática y con un carácter muy dulce y podrido a la vez. Creía a veces que en los momentos en que estaba enojada por algo y se la agarraba conmigo no era sino para que me vaya de su lado y la dejara en paz. Pero si yo me iba, al otro día aparecía con su voz más dulce y me invitaba a caminar. Algo de todo eso me atraía, y mucho. Fue por eso que estuvimos juntos hasta aquel día en que la lloré.
Nunca llegamos a ser novios formales, pero qué lindo era estar con Alejandra, verla llorar, reír, callar... Recuerdo la época de esa secundaria como una de las mejores de mi vida, sobre todo, los momentos que compartí con ella. Por suerte esa amistad tan fuerte que nos unía no nos prohibió tener nuestro grupo de amigos y amigas en común. Los chicos me envidiaban por esa amistad y me preguntaban qué estaba esperando para atracármela. En realidad, nuestros momentos amorosos habíamos tenido, pero ninguno de los dos los habíamos tomado como un compromiso demasiado serio. Y así pasaron los años y yo llegué a mi quinto año Perito Mercantil. A duras penas, pero llegué. Un lindo año, quizás el mejor. Con Alejandra había una onda fantástica y ella seguía repitiéndome, cada vez más seguido, la frase enigmática. Yo seguía sintiendo una extraña sensación cada vez que lo hacía. Incertidumbre. En todo sentido. Por su voz extraña, por su mirada profunda, por el futuro. Y le hablé. Tenía que hacerlo porque yo quería llegar más allá de una simple amistad. Recuerdo todavía sus palabras, que en ese momento no comprendí... o no quise comprender:
—Escuchame, Quique, todo lo que te digo va a ocurrir. Y es inevitable. Yo algún día me voy a ir... qué sé yo a dónde. No me lo preguntés. Hoy somos felices, pero la felicidad no es eterna. La dicha eterna es falsa. Y además no es buena. No sé si me entendés. Los dos tenemos mucho por vivir y pienso que sería fantástico que cada uno lo haga por su lado. Aprendimos muchas cosas juntos, ¿no creés? Recordá la canción que siempre escuchamos juntos —y cantó, siempre con esa dulce voz—:

Llorarás, amigo,
y me buscarás.
Será cuando yo me haya ido
a prepararte un lugar.
Pasará un poco de tiempo
y ya no me verás.
Y otra vez pasará el tiempo
y a verme volverás...

—Te quiero mucho, Quique. De eso no te olvides nunca. Te quiero mucho y siempre te querré.
Esa noche lloré mucho y no fue porque Alejandra me hubiese abandonado —todavía no lo había hecho— sino porque algún día, indefectiblemente, lo iba a hacer y no podía entender que alguien que te quiera tanto te pueda abandonar así porque sí. Luego de ese día ella comenzó a decirme que se iría feliz, volando por las nubes, como siempre le hubiese gustado andar por el mundo. Feliz por mí, feliz por ella.
A la fiesta de graduación, por supuesto, fui acompañado por Alejandra. Estaba como nunca. Brillaba. Hasta me daba bronca que mis compañeros se dieran vuelta al pasar para mirarla. Fue una noche estupenda, la mejor que pasamos juntos. Pero lamentablemente, la última. Cuando la fiesta terminó, me tomó muy fuerte del brazo y me invitó a caminar. Fuimos a la costanera y caminamos tomados de la mano por el puente colgante, que las furiosas aguas años después se encargarían de arrastrarlo hasta el fondo de la laguna. Hablamos poco y nos miramos mucho. Presentí que el final llegaba. El silencio nos comunicaba. Me preguntó si la quería y mi respuesta fue inmediata y obvia, le dije que sí, se lo repetí mil veces, lo grité a los cuatro vientos y creí que toda la ciudad había escuchado mis gritos. Ella también me dijo que me quería. Estaba nervioso y ella parecía feliz. En un momento que no advertí se subió a la baranda del puente y yo, muerto de miedo, le grité y la tomé de la mano. Soltame —me dijo con la misma voz dulce y tranquila de siempre—. No me olvides nunca. Te quiero mucho. Yo veía desesperadamente cómo corrían las aguas barrosas bajo el puente y no sabía qué hacer ni qué decir. Y saltó. Grité muy fuerte, con desesperación, miedo y bronca a la vez. Vi a Alejandra caer en cámara lenta, envuelta en su vestido blanco y su cabello rubio. Las lágrimas habían comenzado a brotar de mis ojos y vi cómo ese cuerpo delicado se convertía en una pequeña nube de donde, luego de un suave estallido, salió volando con todas sus fuerzas y ganas una hermosa paloma blanca, que se dirigió hacia el horizonte todavía oscuro.
Ya no me importa saber quién —o qué— fue Alejandra. Solo sé que hoy debe ser feliz por haberse dado el gusto de volar. Y yo, aunque triste por su ausencia, estoy también contento por saber que, al menos, hubo alguien que me quiso de verdad..

PREDICATIVO OBLIGATORIO



Desde el último banco del curso tenía una panorámica inmejorable. No solo me gustaba el lugar porque desde allí tenía el control del más mínimo movimiento de mis compañeros sino también porque podía manejar los tiempos respecto del accionar de mis profesores. Cuando veía que alguno se dirigía hacia mi banco, tenía tiempo suficiente como para esconder los dibujos que surgían de mi lápiz como consecuencia de mis eternos aburrimientos en el aula. Pero para ser sincero, lo que más me gustaba de mi ubicación era la perfecta visión que tenía de Verónica, que se sentaba en el primer banco, dos filas a la izquierda de la mía.
Me pasaba horas enteras mirándola. Me apasionaban sus largos cabellos brillosos, castaños, mezclados con un caoba indefinido. Yo era consciente de que en el frente había profesores que se esforzaban por explicar sus materias, pero qué me importaban a mí las ecuaciones, los sujetos y predicados o las cuentas del activo y del pasivo...
Amaba cada uno de los movimientos, todos delicados, de Verónica. Me gustaba verla participar en la clase, levantar su mano pidiendo para pasar a decir la lección, hablar con picardía con Carolina, su compañera de banco. Pero mi mayor felicidad era verla pasar al frente, cuando escribía en el pizarrón. Su guardapolvo siempre estaba impecable, inmaculado y bien planchadito; debajo siempre usaba polleras, nunca pantalón, medias tres cuartas blancas y un par de zapatones negros bien lustrados. Y para colmo siempre tuve la impresión de que al regresar a su banco, antes de sentarse, me miraba por una fracción de segundo, con un poco de vergüenza, como buscándome, y cuando yo reaccionaba ya era tarde: ella ya estaba sentada en su banco prestando nuevamente atención a las explicaciones del profesor. Pero esa fracción de segundo en que me sentía observado bastaba para mantenerme de buen ánimo hasta el final del día. A veces pasaban días en que no advertía que Verónica me mirase y terminaba convenciéndome de que esas fugaces miradas que yo suponía dirigidas a mí, no eran más que producto de la casualidad.
Una mañana como otras tantas, en la hora de Lengua, mientras navegaba con mi imaginación fecunda por entre los hombros y cabecitas de mis compañeros y, sobre todo, los de Verónica, escuché cómo alguien se acordaba de mí:
—Fernández, vuelva al curso y pase a analizar esta oración... —me dijo con voz socarrona la vieja profesora con su eterno peinado de peluquería.
Reaccioné tarde y lo hice gracias a las risas instantáneas de mis compañeros que, al igual que la profesora, advirtieron mi viaje áulico.
Me levanté y lentamente me dirigí hacia el pizarrón. Tuve vergüenza al sentirme observado por todo el curso, pero por sobre todas las cosas, al verme expuesto ante la belleza de Verónica. Agradecí no andar tan mal para el análisis sintáctico y pude sortear los primeros pasos: sin dificultad descubrí inmediatamente el verbo y separé a la perfección el sujeto del predicado. El núcleo del sujeto y sus modificadores no tuvieron secretos para mí, pero al internarme en ese predicado maldito, luego de marcar con decisión el verbo núcleo, tropecé con mi primer escollo. Clavé los ojos en el pizarrón y me puse a jugar con la tiza en la mano, simulando estar pensando.
—¿Qué clase de verbo es «ser»? —preguntó impaciente la profesora.
Me di vuelta y miré al curso buscando auxilio. No me di cuenta, pero mi cara debió expresar en esos momentos terror. La profesora estaba parada en el fondo del curso, entre los bancos, y vio cómo la mano de Verónica se elevaba solicitando la palabra para contestar. Ante mi evidente ignorancia, la profesora la autorizó.
—Verbo copulativo —contestó orgullosa y todo el curso escuchó el «Muy bien, Verónica» de la docente.
—Entonces, ¿qué función cumple lo que le sigue en la oración, Fernández? —me siguió preguntando la pobre ilusa.
Yo no lo sabía y vi que Verónica amagó levantar la mano para contestar, pero se contuvo. De inmediato me miró, acomodó su cuerpo como para que la profesora no la pudiera ver desde el fondo del aula y haciendo mímica con sus labios me dio a entender la respuesta: pre-di-ca-ti-vo-o-bli-ga-to-rio. Sentí un escalofrío hermoso. Disfruté como nunca antes lo había hecho esos tres o cuatro segundos en que Verónica me miraba fijo a los ojos y movía sus labios en cámara lenta dándome la respuesta. Le sonreí en agradecimiento y contesté orgulloso, en voz alta y sacando pecho:
—¡Predicativo obligatorio!
—Muy bien, Fernández. Complete la oración en el pizarrón y tome asiento.
Flotaba en el aula mientras con la tiza marcaba en la oración el predicativo obligatorio más hermoso que había resuelto en toda mi vida. Regresé a mi asiento no sin antes expresarle a Verónica con una gran sonrisa todo mi agradecimiento. Al pasar a su lado, me extendió su mano derecha como diciéndome choque esos cinco y de inmediato sentí el contacto de su piel suave con la mía. Nuestras manos se unieron con un delicado golpe cómplice que a pesar de haber durado un abrir y cerrar de ojos para mí fue eterno.
Quedaban aún veinte minutos para el timbre de salida y no hice otra cosa que pensar en ese hermoso e inesperado gesto de Verónica. Mientras, no le sacaba la mirada de encima. Mi mente adolescente de chico de segundo año de escuela secundaria me llevó a plantearme cientos de posibles significados de esa ayuda clandestina. Una, que Verónica, luego de contestar la primera pregunta que estaba dirigida a mí, se sintió mal, por lo que decidió ayudarme a contestar la segunda. Otra, que Verónica me había ayudado al verme titubear, como por lástima. Pero la peor de las interpretaciones que le di a ese gesto fue que Verónica colaboró conmigo como lo hubiese hecho con cualquiera de los otros treinta y cinco compañeros del curso. ¡Pero no! ¡Me había ayudado a mí! Había sido yo el que había disfrutado por unos segundos el movimiento de sus labios dándome la respuesta salvadora. Había sido yo el destinatario de tan sensual gesto. Había sido yo el blanco de la hermosa mirada de Verónica... Había sido yo quien había chocado, casi como una caricia, esa hermosa mano fraternal... ¿fraternal? Obviamente, de inmediato, me hice la película. Pensé que esa ayuda se debía a que ella sentía por mí algo más que ese simple compañerismo de aula. Y volé... Mi cuerpo quería estar en cualquier parte menos ahí adentro, entre esas cuatro paredes horribles y escuchando sujetos, predicados, núcleos y modificadores. Quería irme de ahí, irme con Verónica... Cinco meses habían pasado desde el primer día de clases y durante cinco meses la había observado sin cansarme y sin que ella me diera una señal concreta. Y ahora me la había dado. Verónica al menos sabía que yo estaba allí, que yo existía y que no era uno más del montón. Apoyé los codos en el pupitre y me sostuve la cabeza con ambas manos. Maldije —una vez más en mi vida— mi timidez y me propuse tomar coraje. Aunque sea, tenía que hablar dos palabras con Verónica a la salida. Esos veinte minutos fueron interminables.
El timbre sacudió mi modorra mezclada con ilusión y nerviosismo. Agarré mis carpetas sin dejar de mirar a Verónica, que guardaba sus libros en la mochila. Hice tiempo como para dejar que saliera ella primero y me propuse seguirla unos metros antes de llamarla. ¿Qué le diría? Qué importaba. Le agradecería su ayuda, no sé, algo me iba a salir...
Observé primero sus pasos lentos y graciosos. Luego aceleró y apresuré mis pasos tras ella: ya era el momento de darle alcance y hablar. Estaba decidido a todo pero de repente el sueño se esfumó. Debí haber parecido un pobre pibe al pasar frente a semejante cuadro, porque creo que hasta se me escapó un lagrimón. Los labios que minutos antes me habían soplado un predicativo obligatorio hermoso y salvador, se estrechaban ahora en un beso con los labios de un estúpido alumno de quinto año «A».

AMOR DE ADOLESCENTES



—¿Qué podemos hacer?
No sabía qué contestarle. Yo tenía ganas de hacer tantas cosas con ella que no podía decirle ni siquiera una. Siempre me pasaba lo mismo: no me animaba a hablar. Hasta entonces me había caracterizado por ser medio quedado. Y una vez más me habían faltado las palabras. Mejor dicho, me habían dejado sin palabras. Nancy me gustaba mucho y además la quería mucho también. Era una mina que me daba vuelta, siempre estaba de buen humor, siempre tenía una sonrisa para regalar. Además era provocativa. A veces me decía que era el mejor chico que conocía, que yo era su mejor amigo, que me quería muchísimo y terminaba dándome un beso en la mejilla. Yo quedaba loco y me daban ganas de agarrarla y apretarla, y darle un buen beso, pero en la boca, y gritarle que la quería, que quería que sea mi novia, que no aguantaba más… Pero la historia se repetía: yo no abría la boca. Me pasaba tardes enteras tirado en la cama con el grabador a todo volumen planeando cómo hacer para animarme. Siempre que estábamos juntos me daba pie como para que yo tomara la decisión y mi gran duda era si me estaba provocando o si lo hacía como un juego en el que solo ella conocía las reglas. Entonces me daban ganas de gritarme «¡Imbécil! ¿No ves que te está esperando?» Y me contestaba sin pensarlo: «¡Ma sí, yo me tiro!». Y cuando la veía nuevamente era como si me estuvieran agarrando de los pantalones, como si me estuvieran diciendo que no, que se me reiría en la cara. Y ese día la tenía frente a mí, sentada en esa mesa de bar con su cara hermosa, como siempre, mirándome con cariño. Cuando estaba por abrir la boca para decir cualquier idiotez, me tomó de la mano y me sacó casi corriendo de ese bar mugriento rumbo a la calle.
—Caminemos —me dijo.
Y, por supuesto, acepté. Obviamente, habló todo el tiempo ella. Qué sé yo lo que me decía, yo solamente la miraba. Movía los labios de una forma muy dulce, siempre con esa sonrisa en su rostro, y caminaba con una gracia especial. De vez en cuando se me adelantaba unos pasos y caminaba marcha atrás, frente a mí, como jugando. ¡Qué ganas de abrazarla! Me miraba con esos ojos pardos irresistibles y amorosos como diciéndome: abrazame. No sabía qué hacer. A los pocos minutos ella me tomó de la mano y me dijo con una simpleza sin igual que yo era muy dulce. No sé de dónde saqué coraje y la abracé. Mi mano derecha se apoyó en su hombro derecho y caminamos lentamente hacia su casa. Le pregunté si le molestaba mi abrazo.
—No, al contrario. Me siento protegida.
No cabían dudas: estaba muerta conmigo y no podía perderme esa oportunidad. Tenía que actuar rápidamente, sin pensarlo demasiado. Pero antes de que yo atinara a hacer algo, me preguntó si iba a ir al boliche el viernes a la noche. Iba a decirle que sí, pero antes quise asegurarme de que ella iría.
—Por supuesto —fue la respuesta contundente.
Pensé: ¿y si en vez de apurarme ahora, espero hasta el viernes? Seguramente voy a estar más decidido… y con un poco de alcohol encima, seguro que me animo. Además, iba a poder planear todo con mayor serenidad. Y esperé.
El jueves por la tarde no fui a gimnasia. Media falta más en el colegio no me haría nada. Decidí salir a caminar por la ciudad. Luego de una hora de deambular, fui a la casa de Esteban a tomar unos mates y le conté lo que me pasaba y todo lo que sentía. Hablé como media hora sin parar y él solo se limitaba a mirarme y escucharme atentamente. Parecía no entender, no escuchar. Se levantó de repente, se dirigió a la ventana de su cuarto y miró hacia la calle.
—Che, ¿qué pasa?
Dio media vuelta y me lo dijo, no muy tranquilo:
—Me pasa lo mismo que a vos con una mina y me estoy haciendo, como vos, mucho el bocho. Siento lo mismo que vos y no sé qué hacer. Ella también me dice esas cosas lindas, estoy seguro de que me quiere y tengo ganas de encararla.
Me alegré, le dije que me parecía bárbaro, que quizás a los dos nos iría bien, y que luego podríamos salir los cuatro juntos. Le dije que cambiara la cara, que entendía que estuviese nervioso, yo también lo estaba, pero que tenía que confiar porque las cosas estaban dadas como para que los dos ganemos, que se dejara de joder.
—¿Quién es, Esteban?
—Nancy —dijo con la voz entrecortada—. Y quedamos en encontrarnos mañana en el boliche…
El viernes nos pasamos toda la noche con Esteban sentados en el umbral de mi casa fumando, tomando cerveza, mirando hacia la avenida desierta y sin decir una sola palabra.

sábado, 23 de diciembre de 2017

SILVANA


No era la primera vez que me pasaba. Lo había advertido durante todo el año. ¡Y ya estábamos en setiembre! Esta vez fue mientras leía poemas de Neruda. La vi en el segundo banco de la segunda fila, donde se sentaba siempre, sonriendo y mirándome fijo, como hipnotizada. A principios de la clase me pareció escucharla suspirar: Ah… Neruda… y vi cómo se acomodó en la silla, lista para disfrutar.
Silvana no hablaba mucho pero era muy simpática. No tenía ningún tipo de maldad en su mente y siempre se encontraba dispuesta a ayudar a sus compañeros por más que no fuera una alumna brillante. A veces, al finalizar la clase, se me acercaba y me preguntaba qué poetas podía leer, y yo —ingenuo— le recomendaba los clásicos: Miguel Hernández, Antonio Machado, Neruda, Bécquer… Sus apenas diecisiete años no me hacían ver en ella más que a una niña enamorada del mundo que quería disfrutar segundo a segundo su vida… y feliz. Un día, para variar la temática, le recomendé que leyera un cuento de Horacio Quiroga. Al otro día me lo reprochó muy enojada. Lejos de sentirme mal, me puse feliz porque me había sorprendido al darme cuenta de que lo había leído. Es uno de los mejores cuentistas argentinos, me defendí, pero su mirada fue bastante clara: ella estaba enamorada y no quería leer ni escuchar hablar de la muerte en todas sus manifestaciones.
Y ese día, con el libro de Neruda en mis manos, caí en la cuenta. Sus ojos eran demasiado expresivos. Su sonrisa, aquella sonrisa inocente, había dejado de ser tal. Y sus ojos me perforaban como rayos mis mejillas, que ardían como nunca. Me incomodé. Leía los versos del chileno sin prestarle la debida atención, sin poner una mínima pasión en la lectura que la ocasión merecía. Y hasta creo que tartamudeé u omití una palabra o un verso, ya no lo recuerdo. Eso provocó sonrisas en los alumnos y traté de serenarme y seguir como si nada hubiera pasado, intentando que Silvana no me desviara la atención. Lo estaba haciendo a propósito, lo sabía. Nunca antes la había notado así. Sí lo había sospechado, pero nunca pensé que esta niña iba a llegar a tal punto.
Luego de unos minutos sin dirigir la vista hacia Silvana, sentí —no la vi— que se había movido. Mi intriga fue más fuerte que mi voluntad y la miré. Pensé: No me vas a ganar en miradas. Y ocurrió lo que jamás había esperado. Su guardapolvo se había levantado lo suficiente como para dejar ver la casi totalidad de sus piernas desnudas. Mis pocos años de experiencia como docente me impidieron pensar en cómo actuar. Ni siquiera la miré a la cara para evitar peores consecuencias. Llamarle la atención no era buena idea ni era oportuno hacerlo. Podría equivocarme o podría hacerla quedar mal ante todos sus compañeros. Nuevamente opté por mirar para otro lado. Miré mi reloj. Faltaban todavía veinticinco minutos para que sonara la campana y hasta ese día nunca en mi corta carrera de profesor había esperado tanto ese momento.
Mientras seguía leyendo algunos poemas de Cien sonetos de amor, pensaba que al otro día debería llevar al curso las obras completas de Quiroga o aprovechar para hacer un trabajo interdisciplinario con la cátedra de inglés y hacerles leer a los alumnos algunos cuentos de Poe. El resto del tiempo de la clase hablé sin dirigir la vista al sector del curso donde se encontraba sentada Silvana exhibiendo sus piernas. Y llegó la campana por fin. Yo ya estaba transpirando con el libro en mis manos y por suerte mis alumnos no esperaron mi autorización para salir al patio. Di media vuelta y, sin mirar a Silvana, me dirigí hacia el escritorio a juntar mis libros y carpetas. Suspiré profundamente y dispuse a salir del aula. Pero al dirigirme hacia la puerta fue imposible dejar de advertir que Silvana era la única alumna que quedaba en el aula, con su mirada todavía clavada en mí y sus piernas aún semidescubiertas. Meneé la cabeza, dejé nuevamente mis carpetas y libros sobre el escritorio, tomé aire —coraje— y me dirigí a su banco. No podía dejar de reprocharle haberme incomodado durante toda la clase. Mi paciencia había llegado a un límite. Ella no dejaba de mirar ni de sonreír tímidamente. Pero a medida que me iba acercando a su banco comencé a notarla un poco extraña. Algo había en esa mirada que comenzaba a preocuparme. ¡Silvana!, le dije tomándola del hombro, sacudiéndoselo suavemente, y Silvana dio un grito: ¡Qué! ¡¿Qué pasa?! Se levantó como eyectada de su silla, acomodándose el guardapolvo, desesperada. Disculpe, profe, es que anoche no dormí nada por quedarme a estudiar para la evaluación de Matemática…
Sonreí, pero sé que me puse colorado. Silvana no dejaba de disculparse y me prometía que para el otro día se iba a leer los cien sonetos de Neruda. Porque… ¿leyó a Neruda hoy, no?, me preguntó. Suspiré y le pedí que fuera al baño a lavarse la cara. Esperé que Silvana saliera del aula para largar una carcajada en la que se mezclaba un sentimiento de alegría y vergüenza a la vez.

1988

viernes, 29 de julio de 2011

EL PASADO, PRESENTE


A los alumnos de 2º año Instituto Santa Marta
Pilar – Santa Fe - 1991

El profesor ingresa al aula con decisión y seriedad. El curso está desordenado. Los alumnos no advierten su llegada. O sí, pero lo ignoran. Deja sus libros y carpetas sobre el escritorio y, suspirando, se dirige al frente del aula. Observa el desorden con mal humor. No abre la boca. No le gusta poner orden a los gritos y adopta su típica postura de espera con las manos en los bolsillos y su mirada amenazante. Algunos advierten su presencia, su actitud, y lentamente se van acomodando en su banco. Otros siguen parados, caminando o hablando. Es la primera hora de la mañana y no tiene ganas de empezarla pidiendo silencio. Pero los segundos pasan y no le queda otra opción que abrir la boca. Dos o tres apellidos pronunciados con voz severa fueron suficientes como para que el curso entero advirtiera su presencia. Momentos después todos lo miran desde su asiento en silencio y llega el «buen día» que tanto se hizo esperar.
La clase se desarrolla normalmente. Esto es: una parte del curso atiende al profesor y trabaja; algunos alumnos hablan en voz baja y creen no ser vistos ni oídos, y otros vuelan en su mundo fantástico —o real— muy lejos de la clase de Lengua. El docente es consciente de todo y retiene en su memoria caras y actitudes. De vez en cuando agarra su cuadernito y anota para no olvidarse. No dice nada, pero los alumnos saben que está calificando. Observa a uno de esos pequeños hombres con una birome en la boca, sin la carga de tinta. Sigue hablando de sustantivos y adjetivos, pero no lo pierde de vista. Siente ganas de reír, pues el alumno canutero desconoce que es vigilado. Otro, un poco más atrás, juega con un pequeño trozo de tiza que, supone, será un futuro proyectil. Una morochita, delgada, cuestiona en voz alta la explicación. El profesor pide fundamentos y la morocha no sabe qué decir. Le gusta que lo cuestionen. Es una buena forma de darse cuenta de que siempre hay alguien que lo escucha atentamente. Otros dos alumnos participan desordenadamente de la cuestión planteada. Se alegra. El canutero aprovecha la ocasión para expulsar el proyectil de su pequeña arma de un soplido. El profesor lo advierte y lo mira fijamente. El rostro del joven cambia repentinamente de color. Desesperadamente trata de disimular su falta pero ya es tarde. «La próxima, te vas», sentencia.
Dicta unas consignas de interpretación y pide que trabajen en forma individual y en silencio. Algunos se resisten pero luego se adaptan —o parecen adaptarse— a la situación. Abre el cuaderno, toma su portaminas y comienza a caminar lentamente entre los bancos. Observa el trabajo de sus alumnos y a veces siente ganas de sonreír. Lo disimula. Sus pesadas botas negras despiden una melodía monótona. Advierte un movimiento sospechoso a sus espaldas y se da vuelta con lentitud. Una rubia intenta esconder desesperadamente una hoja escrita con tinta roja. El profesor se la saca y sin leerla la guarda entre las hojas de su cuaderno. Escucha ruegos desesperados de devolución pero no accede. Quiere ponerse serio pero los gestos de súplica de la alumna no lo dejan. Sonríe disimuladamente y, sin complacerla, continúa su recorrido por el curso.
Ahora la mayoría trabaja. Algunos se paran y exponen sus dudas. Otros lo llaman desde su asiento. Uno pregunta a los gritos. No habla. Solo mira y gesticula. El gritón calla y espera en su banco. La rubia insiste con la devolución de la misteriosa hoja que él no ha leído. Es una clase normal. A su espalda, alguien molesta a una compañera. No mira pero sabe lo que pasa. Sonríe por dentro al pensar que sus alumnos creen que no advierte nada. Camina. Observa la hoja de un flaquito tímido. Dos grandes ojos ascendían desde el piso. Unas venitas servían de apoyo. Un águila desplegaba sus alas en el firmamento. «Guardá eso para después y trabajá», ordenó ante la sorpresa del dibujante. Menea la cabeza y cierra los ojos. Muchos recuerdos dan vuelta en su mente. El viejo colegio de curas está permanentemente en sus pensamientos. Aquel flacucho que fue algún día está reflejado en varios de sus actuales alumnos. No hace mucho él estuvo sentado en pupitres como esos, mamarracheados con más de un centenar de nombres. Mira a su derecha. Una tiza surca el espacio velozmente y se estrella en la nuca de una alumna. No vio quién fue el lanzador y hace la pregunta. El curso entero calla. El silencio se adueña de la situación. Dirige la vista hacia el sector desde donde presumiblemente partió el proyectil. Nadie abre la boca pero ya descubrió quién fue. Un rubio, de tez muy blanca, sospechosamente está colorado, transpira. Su cara no puede enrojecerse más. «¿Quién fue?», insiste. Los ojos del profesor traspasan al supuesto culpable pero este no abre la boca. Camina en silencio alrededor del curso mientras es observado por decenas de ojos asustados. Pronuncia algunas palabras de reproche y murmura un «cobardes». Está serio. Muy serio. Pero solo él sabe que finge. Sabe que no puede culparlos por tener la edad que tienen. A veces los envidia. Esa edad había sido muy linda para él pero razona: la mejor edad es la que se está viviendo. La rubia rompe el silencio y vuelve al ataque. No leyó el papel que le reclama pero sospecha que algo interesante debe decir. ¿Algo sobre él? No hace caso a las súplicas y sigue su recorrido mientras los alumnos siguen trabajando en silencio.
Toca el timbre, finaliza la hora, comienza el recreo. Hace recomendaciones para la próxima clase, toma sus útiles y autoriza a los alumnos para salir del aula. La rubia se queda y él sonríe. Intenta evitarla pero no puede impedir un nuevo pedido. Ahora es por favor, por el amor de dios. Ojos brillosos que denuncian lágrimas a punto de escapar. La mira fijo. Esa cara solo expresa picardía. Saca el papel de su cuaderno, aguanta la curiosidad y se lo entrega sin leerlo a la joven que salta de felicidad y no se olvida de agradecer.
Da media vuelta y camina alegremente. Recuerda las palabras de Miguel Cané en Juvenilia: «Decían las cosas que en otro tiempo yo había dicho; usaban las mismas estratagemas que yo había empleado».

1991- Primer año de ejercicio de la docencia

sábado, 12 de febrero de 2011

EL PRECEPTOR


Primer día de clases. El preceptor se dirige al curso, carpeta y birome en mano, para tomar asistencia. Metros antes de llegar al aula escucha un molesto bullicio que, por ser el primer día, no le gusta nada. Se pone serio, saca pecho y piensa en las primeras palabras, duras, que dirigirá a sus alumnos para que no se crean, desde el primer día, que la escuela es una joda. Abre violentamente la puerta y el silencio se hace como por arte de magia… pero algo quedó en suspenso. Un segundo después de haber abierto la puerta y dirigir su mirada amenazante a los alumnos, un pedazo de tiza estalla contra el pizarrón. Increíblemente, no se mueve nadie; nadie habla, todo están sentados como en un liceo militar modelo. La tiza gira en el piso mientras el preceptor termina de ingresar al aula mientras levanta temperatura. Su rostro se endurece un poco más. Durante unos segundos, la quietud en el curso es absoluta. Recuerda cuando años atrás había vivido una situación similar y en ese entonces había tenido la ingenuidad de gritar al curso, y con bronca, ¡quién fue! Obviamente, la respuesta nunca llegó y se había sentido burlado. No había tenido manera de descubrir al culpable y sus palabras de advertencia en aquel momento se las había llevado el viento. Imagina ahora a todos los alumnos riendo por dentro y pensando te jodimos, boludo, por lo que no quiere caer en el mismo error de entonces. Piensa que el autor del disparo tendría al menos que tener en sus manos rastros de polvillo blanco, así como a aquel que dispara un revólver le queda impregnada la pólvora entre sus dedos. Pero no podía ser tan elemental de ponerse a revisar uno por uno. Una buena táctica, pensó, para descubrir al culpable sería amenazar al curso entero con quedarse después de hora hasta que el autor confesara su falta. Eso sí les dolería. Pero sabe también que estaría fomentando la delación entre compañeros. Además, a esa hora lo estaría esperando su esposa para ir al supermercado. Opción descartada. Piensa entonces en preguntarle directamente al flacucho que se sienta en el último banco de la fila del medio: tenía la cara como tomate y no lo miraba. Pero como no lo conocía aún, desconocía si el rojizo de su piel se debía a la vergüenza, al miedo o simplemente al aspecto natural del alumno. No los dejaría salir al recreo, quizás…
La tiza termina de dar sus últimos giros sobre sí misma y los alumnos saben que el preceptor no está de buen humor. Apoya la carpeta sobre el escritorio de los profesores y se para frente al curso. Se acaricia la barba. La tiza yace detrás de él. Observa lentamente a cada uno de los alumnos mientras la birome se agita inquieta entre sus dedos. Suspira lentamente y piensa en aquel día —muchos años atrás— en que una tiza similar a esa había partido desde su mano rumbo al pizarrón de aquel viejo colegio de curas, mientras el profesor de Merceología se esmeraba en explicar el método de obtención de la soda Solvay.
—Buenas tardes.
Le contestaron tímidamente.
—Voy a ser el preceptor del curso durante todo el año y espero que nos llevemos bien. Mi nombre es… —y sigue con la presentación habitual de todos los primeros días de clases de todos los años.