sábado, 7 de febrero de 2026

LOCA

 


Hay una edad en que la sangre hierve en las venas, tiempo en el que no se piensa demasiado en lo que se hace ni se miden las consecuencias —no hay tiempo para ello—, se pierde la noción de realidad y de cordura, y uno se deja llevar como un niño al que le prometen el juguete eternamente deseado. Siempre pensé que eso pasa cuando uno se enamora sin saber siquiera lo que es el amor o lo que ese sentimiento nos deparará en el futuro. Como esos amores que aparecen de repente en una noche después de varios gintonics que ayudan al hervor de la sangre mientras viaja por nuestras venas desde el corazón a los pulmones para oxigenarse.
Esa noche me quedé solo en la barra de uno de los tantos bares del bulevar con la copa ya vacía a la que agitaba suavemente tratando de que los últimos trozos de hielo le sacaran un poco más de gusto a la media rodaja de limón que minutos antes había ayudado a darle el toque perfecto al gintonic. Mis amigos habían querido llevarme con ellos a un boliche bailable de la zona, pero me negué con la fundamentación de siempre: odiaba entrar a esos lugares donde solo se escuchaba música que no me gustaba, odiaba ver gente bailar esa música, odiaba bailar y por sobre todas las cosas sabía que jamás encontraría a la mujer de mi vida adentro de un lugar como esos.
El bar estaba lleno de gente y si me quedé un rato más ahí adentro fue porque entre el bullicio se podían escuchar canciones de U2. Cuando estuve por pedirle al barman el último gintonic que me tomaría esa noche, sentí un golpe en la espalda. Más que un golpe, un empujón que casi me hace caer de la banqueta.
—Perdón, perdón… —suplicó a duras penas una morocha que llevaba en su mano derecha un vaso casi lleno y se apoyó en la barra. No se la veía bien y alguien con el suficiente sentido común hubiese advertido, como lo hice yo en ese instante, que su problema no era más que exceso de alcohol en la sangre… mejor dicho, en todo el organismo.
—¿Estás bien? —vi que no podía mantenerse en pie y le ofrecí gentilmente mi banqueta. Sonrió y apoyó el vaso sobre la barra.
—Es ron… —entendí que quiso decir, ya que la lengua se le trabó y le jugó una mala pasada.
Advertí que de pronto quienes estaban sentados a mi alrededor se fueron y nos quedamos con la morocha en la barra un poco más cómodos. Agarré otra banqueta para mí y me pedí el gintonic pendiente.
—Yo también quiero… —me dijo como pudo la morocha mientras sostenía su vaso de ron casi lleno.
—Terminate primero ese y después te invito otro —le dije como para salir del paso.
Mientras el barman acercaba mi nueva copa, la morocha se agachó y previo a tener dos o tres arcadas, vomitó en el piso. Me dio mucho asco no solo por la situación y el olor sino también porque sus fluidos mancharon mi pantalón y mis zapatos. Tuve ganas de putearla, de llamar a alguien para que se la llevase de ahí, para que la sacaran del bar, pero tuve un sentimiento que no podría ahora definirlo y la tomé por los hombros, la incorporé sobre sí misma y la llevé hacia la vereda. Supuse que tomar aire fresco le haría bien. Además, sabía que en pocos segundos vendrían sus amigas o su novio o alguien a buscarla, a ayudarla. No ocurrió así. Mientras la gente nos abría paso entre risas y muecas de asco, yo llevaba casi arrastrando a la morocha hacia la vereda, ante la mirada absorta del barman que advertía que estaba abandonando mi copa intacta sobre la barra.
—¿Con quién estás? —le pregunté mientras la sentaba en una silla plástica que gentilmente me acercó uno de los grandotes que estaba como seguridad en la puerta. Comenzó a reír.
—No me traje el vaso, putamadre…
Alguien me acercó un vaso de agua.
—Tomá, para que se enjuague un poco la boca tu novia. Ah, y este bolso es de ella.
Agarré el vaso, el bolso y cuando intenté explicarle a quien me dio las cosas que ni siquiera sabía quién era la morocha, me encontré con que estábamos los dos solos en la vereda.
—Tomá, enjuagate.
La morocha sorbió un poco de agua, hizo un buche y escupió a un costado.
—¡Qué feo que es vomitar! ¿Me buscás mi copa?
A pesar de que yo había tomado bastante, estaba un poquito mejor que la morocha. Le dije que se tranquilizara, que tome un poco de aire, que le iba a hacer bien y después podría volver a entrar a buscar a sus amigas. Rio.
—¿Qué amigas? Estoy sola…
Abrió el bolso y sacó un pañuelo. Creí que se iba a largar a llorar. Pero se secó los labios, levantó la vista y me dijo:
—Caminemos un rato. Me va a hacer bien.
Tenía ojos negros, muy oscuros, y una mirada muy bella. Era una linda mina que habrá tenido mi edad, pero parecía más grande. No sé si por sus rasgos o por el estado deplorable en el que se encontraba. Se incorporó a duras penas de la silla, me tomó de la mano y comenzó a caminar arrastrándome y canturreando una canción del Flaco: «Vamos al bosque, nena… uu-uhhh».
Creo que no hubiese caminado ni dos pasos a su lado si no la hubiese escuchado cantar. Ese fue el embrujo, esa fue la telaraña que me atrapó y que me decidió a seguirle el juego. Una sirena que me encantó con su fresca voz… debería haberme tapado los oídos… Caminamos por el cantero central del bulevar rumbo a la costanera. Como podía, caminaba y cantaba. Tenía que sostenerla para que no cayera.
—Deberíamos tomar un café —propuso de repente—. Yo pago.
No me pareció descabellada la idea y acepté la propuesta. Todavía los bares del bulevar estaban abiertos y nos sentamos a la mesa de uno, en la vereda. El mozo se acercó.
—¿Y si en vez de café le damos a la birra? —propuso.
—¡No! —fue mi reacción inmediata—. Traenos dos cafés. Dobles y bien cargados —le dije al mozo.
En cinco minutos me atormentó con su charla. Llegó un momento en que deseé que se callara un poco. Comenzó a dolerme la cabeza. Vestía una camisa negra y desabrochó uno de los botones. Advertí que sus pechos eran lo suficientemente grandes como para llamar la atención. Cada vez que llevaba la taza de café a sus labios, sus ojos se clavaban en los míos y sonreía. A medida que pasaban los minutos, la morocha iba recobrando la postura. Ya era hora de averiguar, aunque sea, su nombre.
—Marcela.
Siguió hablando como si nos conociéramos desde la infancia. Yo solo escuchaba y de vez en cuando le dirigía la palabra cuando me preguntaba algo. Lo que jamás me preguntó fue mi nombre. En un momento dado abrió su bolso y comenzó a buscar algo. Revolvió durante unos cuantos segundos mientras sus gestos demostraban preocupación.
—No encuentro mi reloj… ¿Qué hora es?
No le contesté. Solo extendí mi brazo y le mostré mi reloj pulsera para que ella misma viera la hora. Me tomó la mano y observó casi con admiración mi reloj.
—¡Qué hermoso!
Me hizo un gesto para que se lo prestara, para verlo mejor. No sé por qué se lo di. Estuvo varios segundos mirándolo, alabándolo, y lo apoyó en la mesa. No lo recogí en ese momento, no le di importancia, y la conversación —¿o monólogo?— continuó un buen rato mientras comenzaron mis ganas de ir al baño. Mucho líquido comenzaba a hacer estragos en mis entrañas. El bar estaba lleno; en la vereda también estaban todas las mesas ocupadas e inclusive había gente de pie que esperaba que se desocupara alguna. De repente Marcela agarró mi reloj, se lo puso en su muñeca izquierda, tomó su bolso, se paró y me dijo «Vamos». Y salió casi corriendo hacia el puente.
—¡Pará, loca! ¡Hay que pagar!
—¡Que pague otro! —gritó y siguió su camino apresurada. Si ella no hubiese tenido mi reloj, juro que me hubiese quedado en el bar a tomarme una cerveza, pero no podía dejar que se lo llevara. Suponía que no me lo iba a robar. Era evidente que quería que la siguiera.
—¿Se van? —me preguntó una chica que esperaba la mesa junto con una amiga.
—Sí —le dije—. Haceme un favor —saqué un billete de quinientos pesos de mi billetera y se lo di a la piba, que me miraba asombrada—. Pagale al mozo, seguro que sobra algo... Confío en vos —y salí corriendo detrás de Marcela.
La alcancé como a las dos cuadras. Se reía con ganas y caminaba para atrás dando saltitos. Se sacó el reloj y me lo devolvió.
—Me da mucha adrenalina irme de un bar sin pagar… —dijo entre carcajadas.
No le dije que había dejado el dinero. Se la veía feliz en su papel de pequeña delincuente.
Cuando llegamos a la costanera, nos sentamos frente a la laguna. Me dijo que era un tipo bueno, buen mozo y que tenía onda conmigo. Me insinuó sus pechos y me dio un beso en la mejilla. Yo estaba como inmovilizado, no sabía cómo reaccionar ni qué decir y sentí unas ganas desesperadas de orinar.
Volvió a revolver en el interior de su bolso y ahora sí sacó algo que no alcancé a ver bien qué era.
—Hagamos un pacto —me dijo.
La miré ya con un poco de temor. Desenvolvió un pequeño objeto y me lo mostró: una hoja de afeitar.
—Un pacto de sangre…
Estábamos sentados casi tocándonos brazo con brazo y me alejé unos centímetros.
—¿Qué hacés? ¿Estás loca? —le reproché.
—¿Tenés miedo?
—Ni siquiera te conozco y me estás invitando a hacer un pacto de sangre. Estás totalmente loca…
Mis ganas de orinar se hacían cada vez más insoportables y no veía en esos momentos otra salida que hacerlo ahí, en la laguna, delante de Marcela. No había otra opción. No aguantaba más.
—Yo no tengo miedo. Esto es valor, coraje… —se llevó la hojita de afeitar hacia una de sus muñecas.
—¡Dejá de boludear, ¿querés?!
Comenzó a reír y yo sentía que me orinaba encima. Quería estar en otro lado, en el boliche con mis amigos, bailando la música que no me gustaba. Pero no ahí, con esa mina que se quería cortar las venas y me invitaba a hacerlo. Maldije haberme quedado solo en la barra tomando el gintonic, con la sangre en las venas hirviendo. Marcela pasó suavemente el filo de la hojita de afeitar sobre su antebrazo y apenas se rasguñó. Después se lo llevó a la mejilla y la hundió con más fuerza. Vi la sangre. Intenté sacarle la hojita de afeitar pero mi vejiga casi explotó con mi movimiento. Luego el tajo fue en su pecho, en el medio de sus tetas. Ver la sangre en su cara, en su cuerpo, comenzó a descomponerme. Marcela reía a carcajadas en un baño de sangre y yo estaba inmóvil, a punto de orinarme encima. Se llevó el filo hacia su cuello, hacia la yugular y le grité como loco que no lo hiciera, y cuando intenté sacarle la hojita de afeitar, se me abalanzó para cortar mi cara y ahí sí me oriné. Grité. Grité como un loco mientras sentía el líquido tibio entre mis piernas.
Grité tan fuerte y fue tan grande mi desesperación que me desperté. Con las sábanas mojadas y calientes.

30/08/2020 
(después de escuchar 
“Polaroid de locura ordinaria” 
De Fito Páez)

miércoles, 14 de enero de 2026

LA VENGANZA


Si yo decía que era él, si yo le decía al fiscal que él fue el hijoeputa que mató a la Vero, no hubiese podido vengarme. No sé si me entiende…

***

Lo metieron en cana porque yo les dije a los de Investigaciones que había sido él, que yo había visto con mis propios ojos cómo ese guanaco le había pegado con el fierro en la cabeza a la Vero, a mi pobre angelito que se estaba resistiendo a las asquerosidades de ese chancho. Me dijeron que lo agarraron al ratito nomás, en su casa, donde se había escondido como un cobarde… pero los milicos no encontraron el fierro. No sé, además, si lo buscaron. Me dijeron que tampoco encontraron huellas —eso pasa solo en las series yanquis— ni más testigos que puedan decir como yo que ese malnacido había matado a mi pobre Vero. Yo no sabía ni cómo se llamaba el desgraciado y lo habré visto apenas un par de veces, no más, por el barrio. Me lo hicieron describir. Era alto, pelo rubio o teñido, no sé, porque la piel era bastante oscurita, con corte a lo Kun Agüero, como todos los jugadores de fútbol, rapado atrás pero más largo arriba. Llevaba la camiseta de un equipo… qué sé yo cuál, bermudas floreadas y ojotas, aunque si me pongo a pensar bien creo que estaba en pata. Me preguntaron si tenía señas particulares y los miré como diciendo de qué me hablan. ¡Tatuajes, pircins, lunares!, me gritaron y les dije que la noche estaba oscura, que no me fijé en esas cosas, que estaba desesperada con la Vero en el piso agonizando y tratando de que no se me vaya. ¿Él la vio, señora? ¡Qué sé yo! Cuando le grité qué hacés, hijoeputa, y salí corriendo hacia la Vero, se fue corriendo con el fierro en la mano, sin mirar para atrás, y se perdió por las vías. Al otro día me llamó el fiscal y me dijo que la única invidencia —que no sé qué carajo es— que había en contra de ese guacho era mi declaración y que teníamos que hacer un reconocimiento de personas para fortalecerla. Lo miré sin saber qué decirle. Es necesario que usted lo reconozca, señora, porque si no, se nos cae el caso. No entendí. Que si no lo reconoce, señora, lo tenemos que largar. No tenemos nada en contra de Osuna. Ahí abrí bien los ojos. No sabía cómo se llamaba el hijoeputa, pero el fiscal me lo dijo. ¡Era el hijo malparido de la Tota Osuna! ¡La benefactora! ¡La que colabora con el merendero del barrio y le da de comer a chicos ajenos en vez de criar bien a los propios! ¿Y si lo reconozco? ¿Lo van a dejar adentro? El fiscal no contestó enseguida. Bajó la vista unos segundos y me miró como resignado. No se lo puedo asegurar, señora. Haremos lo posible, pero si usted no lo reconoce, sí o sí lo tenemos que largar. En realidad, yo no lo quería preso. Si lo dejaban adentro iba a tener techo y comida gratis. Y no soportaría que la Tota Osuna siga su vida como si nada le hubiese pasado a mi Vero. Me dijeron que fuera a las seis de la tarde a la oficina de Investigaciones. Cuando llegué, el fiscal todavía no estaba y un policía —creo que era policía porque uniformado no estaba— me llevó a los apurones hacia una oficina del fondo de un largo pasillo porque me dijo que no me tenían que ver. No le pregunté quién no me tenía que ver y me dejé llevar. Las paredes de la oficina estaban pintadas de anaranjado fuerte. Había dos escritorios, uno con una computadora y una impresora y el otro con muchos papeles desparramados arriba. Me senté en una silla plástica, de esas blancas que todos tenemos, y esperé pacientemente durante media hora la llegada del fiscal. Mientras esperaba sola en esa deprimente oficina, afuera se escuchaban risas, gritos, corridas. Por fin llegó el fiscal —vestía jean y campera— con un muchacho de saco y corbata. Habrá tenido unos veinticinco o treinta años. Me dieron la mano e inmediatamente después ingresó a la oficina una mujer rubia, cuarentona, medio encorvada y me la presentaron como la abogada del imputado. Por mi cabeza pasaron muchas cosas para preguntarle a esa abogada, pero solo una le haría: ¿No tenés hijos, vos? Me limité a sonreírle falsamente. Hablaron entre ellos de varias cosas que no entendí hasta que el muchacho de corbata que se había sentado frente a la computadora me pidió que describa a quien yo decía que había matado a mi hija. Ya se lo dije a la policía ayer, contesté. El fiscal intervino y me dijo que era necesario que lo volviera a hacer, sobre todo para que me escuchara la abogada defensora. Suspiré malhumorada y repetí como una lora toda la descripción hecha el día anterior y antes de que me lo preguntaran, le dije al empleado que pusiera que no le vi señas particulares porque estaba muy oscuro y no me puse en detalles en ese momento. Inmediatamente después el fiscal comenzó a explicarme el procedimiento. Recién en ese momento advertí que en una de las paredes había como una ventanita muy pequeña de vidrio. Me dijo que debería mirar por ahí, que del otro lado había varias personas paradas y de frente, una al lado de la otra, con números arriba, sobre la pared; que debería estar muy tranquila porque quienes estaban del otro lado de la ventanita no podían verme y que luego de observarlos le dijera si entre esas personas estaba el hijoeputa de Osuna. En realidad, no me lo dijo así, sino que lo llamó como «quien yo había visto agredir a mi hija en la noche del hecho». Cerré los ojos y suspiré. Me aproximé a la ventanita y antes de que mirara, el fiscal me dijo que si necesitaba verlos de costado o de espaldas, que se lo dijera. Ahora sí, con los ojos bien abiertos observé del otro lado de la ventanita. Eran cinco y no hizo falta mirar a los otros cuatro. A pesar de que todos tenían características físicas muy parecidas, el hijo de la Tota se destacaba. Jamás me olvidaría de esa cara. Advertí que definitivamente no era rubio: estaba teñido. Sonreía mientras miraba a la ventanita y me sentí observaba a pesar de la aclaración del fiscal de que no podrían verme. Tenía un gesto sobrador como diciendo la maté yo, ¿y qué? Sacaba pecho y levantaba un poco la pera. En ningún momento miré a los otros, no me importaban ni quería verlos. Un abrir y cerrar de ojos me hubiese bastado para identificar a esa rata aunque hubiese estado en medio de la hinchada de Sportivo Norte. Lo miré durante varios segundos y le dije con el pensamiento: si te identifico, capaz que quedás preso, hijoemilputa. Arriba de la cabeza de Osuna estaba estampado el número cuatro. Creo que estuve una eternidad mirándole la cara sobradora a ese malparido mientras seguramente la abogada defensora, el fiscal y el empleado esperaban impacientes que yo abriera la boca. ¿Necesita que se pongan de costado, señora?, me preguntó el fiscal. Cerré los ojos, suspiré y retrocedí. No, gracias, es suficiente con eso… Me miraron con mucha expectativa. El empleado ya estaba preparado con sus dedos sobre el teclado de la computadora para escribir el número que yo diría. ¿Entonces? ¿Es alguno de los que está en la rueda de personas, señora? Si es así, identifíquelo con el número que tiene arriba de su cabeza. Miré al fiscal e inmediatamente después, a la defensora. No, no es ninguno de ellos. Quien agredió a mi Vero no está ahí. Advertí un leve gesto de alegría en la defensora, y el Fiscal, meneando su cabeza, le hizo un gesto al empleado que comenzó a escribir. ¿Segura, señora? Sí, me limité a decir.

***

Entiéndame: si yo decía que era el número cuatro, si yo le hubiese dicho al fiscal que ese que se sonreía con malicia había sido el hijoeputa que mató a mi Vero, no hubiese podido vengarme. Y ahora estoy acá, contándole a usted, que me tiene una paciencia bárbara, no sé por qué, la verdadera historia. Discúlpeme, pero yo no hubiese soportado mucho tiempo que la Tota tuviese a su hijo vivo, viviendo y comiendo de arriba, mientras que yo a mi Vero solo la iba a tener en el cementerio. Si le metí el balazo al desgraciado ese en la frente, delante de la Tota, fue justamente para que se diera cuenta lo que significa perder un hijo y ver cómo te lo matan delante de tus ojos… ¿Si me siento bien? Podría estar peor…

lunes, 12 de enero de 2026

ESE PASADO QUE DA VUELTAS Y NO TE SUELTA

 


Me levanté muy temprano a pesar del frío. Todavía no habían asomado las primeras luces del día. Me costó salir de la cama, como siempre, pero a las 7 habíamos acordado empezar a estudiar. Yo odiaba la gramática... Pero era inútil, había que rendirla y aprobarla, no quedaba otra para poder seguir. Sin su compañía y ayuda no me hubiese puesto nunca a estudiarla. Calenté el agua, lavé el mate, le puse yerba y salí rumbo a la panadería a comprar bizcochitos. Cuando regresé le di uno a Júpiter (Iupiter Iobis, como ella le decía), que –ni lerdo ni perezoso- ya se había instalado en la pieza. Arreglé la cama, ordené un poco el desorden que tenía sobre el escritorio, preparé los apuntes de gramática y esperé entredormido su llegada.
A las 10 reaccioné. Ana no había venido a estudiar y me preocupé. ¿Habríamos quedado en otra cosa? ¿No tenía que ir yo a su casa? No, imposible. Nunca era así. Decidí ir a buscarla. Me puse el sobretodo. Lloviznaba. No tenía ganas de llevar el paraguas. Me gustaba que la llovizna humedeciera mi cara. Quizás estaba enferma y no pudo avisarme con anticipación su ausencia. Caminé mucho con las manos en los bolsillos y las calles no me parecieron las mismas de siempre. Doblaba en las esquinas mecánicamente, sin pensarlo, como siempre lo había hecho para llegar a su casa, pero a medida que avanzaba me perdía cada vez más en una ciudad que no parecía ser la mía. Me detuve, intranquilo. La gente me miraba y yo no entendía por qué. Me apoyé en un árbol y miré alrededor. Las calles y las casas que me rodeaban no se parecían a la Santa Fe que me vio crecer. Sentí un mareo y decidí volver. Para colmo, ella sin teléfono.
De regreso, antes de llegar a casa –todavía no recuerdo cómo logré ubicarme- me detuve en un quiosco y compré un diario. Lo doblé, lo sostuve entre el brazo derecho y las costillas, y seguí caminando. Hasta el picaporte de mi casa me pareció distinto cuando abrí la puerta. Un terrible silencio me aturdía.
Me senté en la cama. Miré los apuntes de gramática sobre el escritorio, la bolsa con los bizcochitos intacta y el mate sin empezar. Intuía que algo andaba mal. A través de la ventana, la avenida ya no era la de siempre. No vi el Dodge Polara blanco estacionado sobre la avenida. El tráfico era muy tranquilo, cosa inusual. Acomodé la almohada contra la pared y me recosté, abrí el diario y leí: «Venta ilegal de armas: el expresidente Carlos Saúl Menem continúa detenido».
Casi de inmediato un sonido conocido me volvió a la realidad. Sonó dos o tres veces y lo silencié suavemente pero con bronca. Era temprano y hacía frío. Caminé hacia la cocina a preparar el café mientras me cambiaba. No tomaba más mates en el desayuno. Las habitaciones de mi casa y sus muebles ya no eran los mismos. Sonreí meneando la cabeza. Júpiter hacía años que me había abandonado. Levanté las persianas y tampoco vi la avenida ni el Polara frente a la ventana. Miré el almanaque: 2 de julio de 2001. Cuánto hacía que no probaba aquellos bizcochitos. Cuánto hacía que no la veía. Cuánto hacía que había aprobado gramática gracias a ella… Incluso ahora le tenía un poco más de cariño a la morfología y a la sintaxis. Mucho tiempo había pasado desde que culminé mi carrera en la facultad. Tenía que escribirle. O hablarle.
El agua hirvió. Un día más en el Tribunal rafaelino me esperaba. Y Ana, tan lejos como aquella gramática, festejará el día 10 su cumpleaños allá lejos, en el sur, seguramente con su gente, la más cercana, la que hoy formaba parte de su vida.