jueves, 16 de abril de 2026

Entre tapiales


 

Por suerte no sufro de ataques de pánico ni le tengo miedo a las alturas. Si no, no hubiese podido dar rienda suelta a uno de mis entretenimientos preferidos. Vivo en una parte de la ciudad en la que todavía no se construyen grandes edificios. Quizás alguno de dos o tres pisos, pero no más. En la manzana donde vivo, no hay ninguno. Apenas una o dos casas con planta alta o con altillos en las terrazas. Esos altillos me encantan. Uno nunca sabe qué hay adentro o para qué los usan los dueños de casa, si es una habitación, un lavadero, una bodega o simplemente un depósito de cosas viejas o en desuso que van abandonando a través del tiempo entre esas cuatro paredes hasta que algún heredero o un nuevo dueño de la casa las descubra.
Mi madre siempre me dijo que yo soy tímido y que me cuesta relacionarme con los demás. Seguramente algo de eso hay en mi afán de andar solo por todos lados. Me contó una vez también que alguien, no sé quién, le dijo que yo era propenso a la contemplación y por eso me tendrían que incentivar las actividades artísticas. Lo de la contemplación, vaya y pase, pero el arte… Nada más lejos de mi cabeza o de mi mente que un cuadro, un poema o una melodía. Pienso que ella tampoco se esforzó mucho para tratar de sociabilizarme o para acercarme a alguna actividad artística.
Siempre tuve la inquietud de hacerlo pero nunca me animaba. Cuando me decidí, comencé a practicarlo bastante seguido. De noche y si no había luna, mejor. Empecé subiéndome al techo a fumar porque mi madre no quería que fumara adentro de casa. Salir al patio no me convencía y si me sentaba en el umbral o en la misma vereda corría el peligro de que algún vecino se acercara para hablarme. Siempre me las arreglé bastante bien para subir al techo a pesar de no tener una escalera. Me subía a la gran maceta de cemento, apoyaba mi pie derecho en la reja de la ventana de la cocina, me paraba en el tapial medianero y ahí nomás, con un saltito y un poco de fuerza en los brazos, ya llegaba.
El techo de casa es de loza y mientras fumaba, lo recorría lentamente de punta a punta, lo que no me demandaba demasiado tiempo ni esfuerzo porque mi casa es pequeña. Observaba los patios de las casas vecinas, algunos iluminados por faroles que quedaban encendidos toda la noche y otros en una penumbra en la que apenas podía distinguirse alguna mesa, una hamaca o algún árbol más o menos grande. También podía observar desde mi techo las casas de la manzana de enfrente, pero como eran más o menos de la altura de la mía, no podía observar sus techos o terrazas y mucho menos saber qué había en sus patios. Debo decir que nunca tuve la intención de espiar a mis vecinos. Necesitaba sentirme libre y sentir el vértigo y la adrenalina que no experimentaba en mi vida rutinaria. Mi madre no debía enterarse de mis incursiones por los techos y tapiales vecinos porque seguramente reprobaría mi actitud.
Fue así que la primera noche que subí al techo, lo recuerdo bien, no había luna. Siempre lo hice después de que mi madre se acostaba y de comprobar que ya estuviese dormida. Subí para fumar pero también para observar el pequeño mundo que me rodeaba desde esa altura. Sabía que en la casa vecina, hacia el sur, vivía un matrimonio grande, sin hijos. Don Julio y la señora Elvira. Ambos estaban jubilados y no tenía la más mínima idea de los pormenores de sus vidas. Si me asomaba hacia su patio, podía verlo entero. Ellos eran de los que dejaban una luz encendida, seguramente por seguridad. Me quedé mirando ese patio por un buen rato. Me paré en la pared medianera, hice equilibrio y me puse en cuclillas, como meditando, tranquilo y respirando hondo. El cigarrillo, encendido y sostenido por mis labios se consumía lentamente. No me movía, tenía un muy buen aguante y podía pasarme horas en esa posición. Pensaba que en ese patio tranquilo y silencioso, de un momento a otro podía suceder algo. Y ese pensamiento me hizo sentir un escalofrío. Mientras tanto, esperaba. No sé el tiempo que habrá pasado, quizás una hora o más, y me incorporé. Mis rodillas crujieron un poco y casi pierdo el equilibrio. Pero con un par de flexiones me recompuse. Bajé lentamente y me fui hacia mi cuarto. Al pasar frente a la pieza de mi madre, observé que dormía con la luz apagada pero con la puerta entreabierta.
Hacia el norte estaba la casa de la esquina de la cuadra. Su techo no era de loza, tenía chapas de zinc. Se las veía viejas y en algunas de sus partes tenía colocada membrana asfáltica. Seguramente cubría lugares por donde el agua de lluvia después de alguna tormenta se había filtrado. Pero como esta casa era más grande que la mía, el patio comenzaba unos cuantos metros más al fondo y no podía verlo por completo. Así que una noche me subí al tapial medianero que no tenía más de treinta centímetros de ancho y caminé lentamente haciendo equilibrio con mis brazos extendidos hacia ambos lados. Llegué a un punto en el que pude ver el patio en su totalidad y nuevamente adopté mi posición contemplativa en cuclillas. Las luces estaban apagadas, no había luna pero una rara luminosidad nocturna me dejaba entrever todo lo que en ese patio había. En un momento me relajé, encendí un cigarrillo y cerré los ojos, quizás para escuchar los sonidos de la noche más atentamente o solo para sentirme en paz y nada más. Fumaba lentamente. A los pocos minutos tuve que abrir los ojos. Creo que porque un poco perdí el equilibrio o porque algo fuera de lo común me puso en alerta. Pestañeé un par de veces para recobrar una buena visión y vi frente a mí, mejor dicho, debajo de mí, en el patio de los vecinos, a Juancho, el enorme ovejero alemán que me miraba fijamente, sentado sobre sus patas traseras y sin abrir la boca. Me alegré de que Juancho me conociera y supuse que por eso no iba a delatar mi extraña presencia en el tapial. Pero supuse mal. Apenas insinué mover una mano a modo de saludo comenzó a ladrarme y a saltar contra el tapial desesperadamente. Quise incorporarme rápidamente, pero me costó. Mis rodillas ya se habían acostumbrado a estar flexionadas. Con mucho esfuerzo y equilibrio logré pararme ante la desesperación cada vez más fuerte y bulliciosa de Juancho. Dije su nombre en voz baja para tratar de calmarlo pero la reacción fue peor. Comenzó a correr en círculo y saltaba contra el tapial como queriendo alcanzarme. No sé si era una impresión o realmente sentía que el tapial temblaba con cada arremetida de Juancho con sus dos patas delanteras. A los pocos minutos se encendió un farol del patio y se escuchó una voz desde el interior de la casa. «¡Juancho! ¿Qué pasa?». Comencé a caminar lentamente hacia el techo de mi casa con los brazos extendidos a los costados, rogando no pisar en falso y caerme, mientras escuchaba el ruido de llaves que abrían una puerta. Alcancé a llegar a mi techo sin que el vecino me viera pero Juancho seguía ladrando desesperadamente. Cuando bajé y me dirigí a mi pieza, pasé frente a la de mi madre. La escuché hablar:
—¿De dónde venís?
La puerta de su pieza estaba semiabierta.
—Estuve en la vereda fumando.
Cuando quise seguir camino a mi cuarto, volvió a hablarme:
—Escuché ruido en el techo… Y el perro del vecino está ladrando mucho. Es raro.
—Deben ser los gatos, mamá.
—Tal vez...
Pasaron varios días, quizás semanas, sin que volviera a incursionar por las alturas nocturnas de las casas vecinas. Lo hice luego de corroborar que mi madre ya estuviera durmiendo. Esta vez decidí no molestar a Juancho y me fui nuevamente para el sur. Tampoco esa noche había luna. Subí al techo de don Julio y Elvira que por suerte también era de loza y seguí hacia la casa lindera. Pero me encontré con una dificultad inesperada. Las paredes de ambas casas no eran medianeras. Un pasillo angosto separaba ambos techos. Pensé en los pibes que practican parkour y al ver que no tenía más de un metro de ancho, o algunos centímetros más, me sentí ágil y capaz de sortear el obstáculo. Y me fue bien. Tomé un poco de envión en el techo de Julio y Elvira, pisé el tapial y salté hacia el techo de los Domínguez. Trastabillé un poquito al caer pero me repuse de inmediato. Apenas me torcí un poco el tobillo pero casi no sentí dolor. Me dirigí hacia el fondo de la casa donde comenzaba el patio y me detuve bien en el borde del techo. No tenían luces encendidas y recordaba que esta familia por suerte no tenía perro. Por lo que agudizando la vista comencé a repasar metro por metro todo el patio. Era como si lo estuviera estudiando para recordarlo más adelante. No sé para qué me serviría eso. En realidad, no le encontraba demasiado sentido a esa actividad, pero me hacía bien. Estuve parado unos cinco minutos fumando. El silencio era interrumpido apenas por el sonido de algún auto que pasaba por la calle, varios metros atrás. Adopté mi posición preferida. Me puse en cuclillas en el borde del techo, haciendo equilibrio y dirigiendo la vista hacia algún punto del patio. Razoné en esos momentos sobre cuál era la razón que me hacía estar ahí. Sabía que no quería meterme en la vida ajena y si por casualidad se me daba la oportunidad de observar que una ventana de alguna de las casas estaba abierta, seguro optaría por ir hacia otra parte. Cerré los ojos para internarme en el silencio y escuché un tranquilo y lejano coro de grillos en el aire. Estuve así durante segundos o minutos, no sé cuántos, y volví a sentir un escalofrío, como noches atrás. Tambaleé en mi riesgosa pose, tuve que hacer equilibrio y abrir los ojos. El patio estaba igual de oscuro pero al levantar la vista, sobre el tapial trasero del patio de los Domínguez, observé una sombra o silueta de alguien en la misma posición que me encontraba yo. El patio habrá tenido quince o veinte metros de largo, que era la distancia que me separaba de ese cuerpo que no alcanzaba a distinguir, no solo por la distancia sino también por la oscuridad. Yo me encontraba a una mayor altura, ya que ese tapial no habrá tenido más de dos metros de alto. De pronto, los grillos parecieron haber desaparecido. Silencio absoluto. Al observar mejor, advertí que indefectiblemente se trababa del cuerpo de una persona y si bien no alcanzaba a distinguir su rostro, me pareció que era una mujer. Estaba inmóvil y parecía observarme. Tuve una sensación extraña que me hizo incorporar lentamente y retroceder. Caminé hacia atrás por el techo de los Domínguez sin quitarle la vista de encima a esa figura y en ningún momento se movió. Opté por regresar a mi casa. Salté con mayor agilidad entre los dos techos y más rápidamente de lo que lo hacía normalmente, llegué a mi cuarto. Escuché los ronquidos de mi madre cuando pasé frente a su habitación.
Durante los días siguientes sentí constantemente una extraña sensación. No podía sacarme de la cabeza esa imagen oscura que en plena noche silenciosa me observó desde aquel tapial. Tardé varios días en volver a incursionar la altura vecinal. Preferí mientras tanto salir a fumar por las calles solitarias por la noche para tratar de olvidar o buscarle un sentido a esa rara experiencia.
Pero un día volví. Después de cenar me quedé mirando un partido de fútbol por televisión sin que me importara qué equipos jugaban. Nunca me gustó el fútbol pero tenía que esperar esa noche a que mi madre se acostara y por fin se durmiera. Subí al techo cerca de la medianoche. Dudé hacia qué techo vecino dirigirme. No quería encontrarme nuevamente con Juancho y tampoco experimentar esa situación rara que viví la última vez con esa especie de espectro que todavía no sé si realmente estuvo allí, observándome, o fue solo producto de mi imaginación.
Pasé al techo de don Julio y Elvira, salté el pasillo hasta caer en el techo de los Domínguez y continué hacia algunas casas más al sur. Caminé cuidadosamente por encima de una que tenía chapas de zinc, sin hacer ruido, y llegué a otra que tenía una terraza. No me daba cuenta a cuál de mis vecinos pertenecía. En vez de dirigirme hacia el lado de la escalera que seguramente comunicaba al patio, fui hacia el parapeto que daba hacia la calle. Encendí un cigarrillo y me puse a observar el asfalto y las veredas desiertas apenas iluminadas por un triste farol de neón ubicado a mitad de cuadra. Ante tanta quietud y soledad, intenté una posición más riesgosa. Me senté sobre el tapial con las piernas colgando hacia la calle. Y no sé por qué, pero supuse que algo raro podía llegar a ocurrir. Estar tan desprotegido poniéndome de espaldas a la terraza, me daba la impresión de que alguien podría venir por detrás y empujarme al vacío. Tiré el cigarrillo sin terminar a la calle y pasé mis piernas hacia adentro. Al pararme y mirar hacia las escaleras, la vi. La silueta negra, como una sombra, estaba en la escalera de la terraza en cuclillas, en la misma posición que la había visto la otra vez. No se distinguía su rostro, parecía tener capucha o una capa. Estaba inmóvil y sé que me miraba. Sentí un miedo casi infantil y lentamente fui caminando de costado hacia los techos vecinos que me conducirían hasta el de mi casa y de ahí iría directamente a mi cama. Creo que llegué demasiado rápido. Ni siquiera recuerdo haber saltado el pasillo que separa el techo de los Domínguez del de don Julio y Elvira. Al pasar frente a la pieza de mi madre, preguntó con voz entredormida: «¿Sos vos?». Le respondí con voz nerviosa y agitada.
Esa noche casi no pude dormir. No podía entender quién era esa mujer que se me aparecía por los techos y tapiales en las noches misteriosamente. ¿Era una mujer? ¿Existía o era solo una alucinación mía? Di vueltas en la cama durante varias horas, me levanté a tomar agua, fui al baño dos veces y creo que me dormí cerca de las seis de la mañana.
Mi madre me fue a despertar cerca del mediodía.
—¿Hasta qué hora vas a dormir, che?
Me tapé la cabeza con la frazada y di media vuelta en la cama.
—Tendría que darte vergüenza a los cuarenta y cinco años seguir viviendo como un vago…
Almorzamos en silencio. En la televisión un movilero del noticiero le preguntaba a una señora en la parada de colectivos qué opinaba sobre las nuevas denuncias de corrupción que había contra el actual gobierno nacional. Yo masticaba pensando que a mis cuarenta y cinco años no podía tenerle miedo a un fantasma. Porque eso era el espectro misterioso que yo veía o creía ver en los techos por las noches. Y si no era un fantasma y era una mujer o un hombre o un pibe o lo que sea, lo tenía que enfrentar y sacarme las dudas. Muy metido en mis pensamientos y de manera natural como si fuera una costumbre saqué un cigarrillo e intenté encenderlo. La mano derecha de mi madre lo hizo volar de un golpe. «Te dije mil veces que adentro de mi casa no se fuma».
Esa noche decidí subir nuevamente al techo. Más que a fumar o a desplegar mi vida contemplativa en soledad y silencio, sentía la necesidad de encontrarme nuevamente con ese espectro y enfrentarlo.
Mi madre se acostó más temprano que de costumbre. Cuando escuché sus primeros ronquidos guardé el atado de cigarrillos en el bolsillo y comencé a subir cuidadosamente al techo. No voy a negar que sentía un poco de inquietud o nerviosismo, pero no podía dejar de hacerlo. Estuve un buen rato en el techo de mi casa. Fumé el primer cigarrillo y me asomé al patio. Vi mis calzoncillos colgados en la soga. El jazmín estaba dando sus primeros pimpollos. Caminaba nerviosamente yendo y viniendo. Pero recordé que la sombra siempre apareció cuando estuve relajado y quieto, en contemplación o con los ojos cerrados. Pasé al techo de don Julio y Elvira. Desde ahí la había visto la primera vez, sobre el tapial trasero del patio. Encendí el segundo cigarrillo y me acomodé en cuclillas. Observé varios techos y tapiales vecinos. El único patio con las luces encendidas era el que estaba debajo de la casa en cuyo techo yo me encontraba mirando. Miré hacia a la izquierda, hacia el patio de los Domínguez y todo estaba como tenía que estar: quieto y en silencio. Más allá, hacia el sur, nada extraño ocurría. Todo era quietud y silencio. Pero de pronto la calma se rompió. Juancho comenzó a ladrar en su patio casi desesperadamente y no era por mi culpa. Miré hacia mi derecha, hacia el patio de mi casa, y más allá, vi borrosamente el tapial de la casa de la esquina, la casa de Juancho, que ladraba cada vez con más ímpetu. Agudicé la vista y la vi sobre el tapial lindero, entre mi casa y la de la esquina. Estaba en cuclillas dándole la espalda a la desesperación del ovejero alemán. Parecía no importarle. Solo me miraba a mí. La distancia que nos separaba era el ancho del techo de mi casa y unos metros más. La silueta era tan negra como siempre, no se movía y a pesar de no distinguir su rostro, sabía que no dejaba de mirarme. Juancho seguía alborotando la noche y pocos segundos después escuché una explosión. Si dudas había sido un disparo de escopeta. Me paré desesperadamente y vi cómo la sombra caía o se deshacía en el aire. No lo advertí bien. Juancho dejó de ladrar. Volví a mi casa casi corriendo y me descolgué a mi patio como si tuviese quince años. Pensé que me encontraría con un cuerpo tirado, herido o muerto. Pero no había nada, al menos en mi patio. Escuché algunas palabras del vecino que intentaba calmar a su perro. Entré a casa, abrí la heladera y tomé agua a pico de la botella. Pasé frente al dormitorio de mi madre. La puerta estaba cerrada. Pensé que al final y por culpa de la explosión no había podido hacerle frente a quien me causaba tanta incertidumbre por las noches. Nuevamente, me costó conciliar el sueño.

No hubo velorio. No teníamos parientes ni amigos a quien avisarles. Me llamó la atención que siendo la una de la tarde mi madre no me hubiese ido a despertar. Me levanté y fui a la cocina. No estaba. Fui hacia el dormitorio y seguía cerrado. Entré y la vi todavía durmiendo. La llamé dulcemente y no me respondió. La zamarreé y ahora casi le grité y tampoco reaccionó. Minutos después el médico de la urgencia me decía que había fallecido producto de un paro cardíaco. «Murió durmiendo. La mejor muerte», me dijo. Me dio las condolencias.

Nunca más subí a los techos ni caminé por los tapiales vecinos. Ahora, después de cenar, me fumo un cigarrillo tranquilo en la cocina.

14 de abril de 2026

sábado, 7 de febrero de 2026

LOCA

 


Hay una edad en que la sangre hierve en las venas, tiempo en el que no se piensa demasiado en lo que se hace ni se miden las consecuencias —no hay tiempo para ello—, se pierde la noción de realidad y de cordura, y uno se deja llevar como un niño al que le prometen el juguete eternamente deseado. Siempre pensé que eso pasa cuando uno se enamora sin saber siquiera lo que es el amor o lo que ese sentimiento nos deparará en el futuro. Como esos amores que aparecen de repente en una noche después de varios gintonics que ayudan al hervor de la sangre mientras viaja por nuestras venas desde el corazón a los pulmones para oxigenarse.
Esa noche me quedé solo en la barra de uno de los tantos bares del bulevar con la copa ya vacía a la que agitaba suavemente tratando de que los últimos trozos de hielo le sacaran un poco más de gusto a la media rodaja de limón que minutos antes había ayudado a darle el toque perfecto al gintonic. Mis amigos habían querido llevarme con ellos a un boliche bailable de la zona, pero me negué con la fundamentación de siempre: odiaba entrar a esos lugares donde solo se escuchaba música que no me gustaba, odiaba ver gente bailar esa música, odiaba bailar y por sobre todas las cosas sabía que jamás encontraría a la mujer de mi vida adentro de un lugar como esos.
El bar estaba lleno de gente y si me quedé un rato más ahí adentro fue porque entre el bullicio se podían escuchar canciones de U2. Cuando estuve por pedirle al barman el último gintonic que me tomaría esa noche, sentí un golpe en la espalda. Más que un golpe, un empujón que casi me hace caer de la banqueta.
—Perdón, perdón… —suplicó a duras penas una morocha que llevaba en su mano derecha un vaso casi lleno y se apoyó en la barra. No se la veía bien y alguien con el suficiente sentido común hubiese advertido, como lo hice yo en ese instante, que su problema no era más que exceso de alcohol en la sangre… mejor dicho, en todo el organismo.
—¿Estás bien? —vi que no podía mantenerse en pie y le ofrecí gentilmente mi banqueta. Sonrió y apoyó el vaso sobre la barra.
—Es ron… —entendí que quiso decir, ya que la lengua se le trabó y le jugó una mala pasada.
Advertí que de pronto quienes estaban sentados a mi alrededor se fueron y nos quedamos con la morocha en la barra un poco más cómodos. Agarré otra banqueta para mí y me pedí el gintonic pendiente.
—Yo también quiero… —me dijo como pudo la morocha mientras sostenía su vaso de ron casi lleno.
—Terminate primero ese y después te invito otro —le dije como para salir del paso.
Mientras el barman acercaba mi nueva copa, la morocha se agachó y previo a tener dos o tres arcadas, vomitó en el piso. Me dio mucho asco no solo por la situación y el olor sino también porque sus fluidos mancharon mi pantalón y mis zapatos. Tuve ganas de putearla, de llamar a alguien para que se la llevase de ahí, para que la sacaran del bar, pero tuve un sentimiento que no podría ahora definirlo y la tomé por los hombros, la incorporé sobre sí misma y la llevé hacia la vereda. Supuse que tomar aire fresco le haría bien. Además, sabía que en pocos segundos vendrían sus amigas o su novio o alguien a buscarla, a ayudarla. No ocurrió así. Mientras la gente nos abría paso entre risas y muecas de asco, yo llevaba casi arrastrando a la morocha hacia la vereda, ante la mirada absorta del barman que advertía que estaba abandonando mi copa intacta sobre la barra.
—¿Con quién estás? —le pregunté mientras la sentaba en una silla plástica que gentilmente me acercó uno de los grandotes que estaba como seguridad en la puerta. Comenzó a reír.
—No me traje el vaso, putamadre…
Alguien me acercó un vaso de agua.
—Tomá, para que se enjuague un poco la boca tu novia. Ah, y este bolso es de ella.
Agarré el vaso, el bolso y cuando intenté explicarle a quien me dio las cosas que ni siquiera sabía quién era la morocha, me encontré con que estábamos los dos solos en la vereda.
—Tomá, enjuagate.
La morocha sorbió un poco de agua, hizo un buche y escupió a un costado.
—¡Qué feo que es vomitar! ¿Me buscás mi copa?
A pesar de que yo había tomado bastante, estaba un poquito mejor que la morocha. Le dije que se tranquilizara, que tome un poco de aire, que le iba a hacer bien y después podría volver a entrar a buscar a sus amigas. Rio.
—¿Qué amigas? Estoy sola…
Abrió el bolso y sacó un pañuelo. Creí que se iba a largar a llorar. Pero se secó los labios, levantó la vista y me dijo:
—Caminemos un rato. Me va a hacer bien.
Tenía ojos negros, muy oscuros, y una mirada muy bella. Era una linda mina que habrá tenido mi edad, pero parecía más grande. No sé si por sus rasgos o por el estado deplorable en el que se encontraba. Se incorporó a duras penas de la silla, me tomó de la mano y comenzó a caminar arrastrándome y canturreando una canción del Flaco: «Vamos al bosque, nena… uu-uhhh».
Creo que no hubiese caminado ni dos pasos a su lado si no la hubiese escuchado cantar. Ese fue el embrujo, esa fue la telaraña que me atrapó y que me decidió a seguirle el juego. Una sirena que me encantó con su fresca voz… debería haberme tapado los oídos… Caminamos por el cantero central del bulevar rumbo a la costanera. Como podía, caminaba y cantaba. Tenía que sostenerla para que no cayera.
—Deberíamos tomar un café —propuso de repente—. Yo pago.
No me pareció descabellada la idea y acepté la propuesta. Todavía los bares del bulevar estaban abiertos y nos sentamos a la mesa de uno, en la vereda. El mozo se acercó.
—¿Y si en vez de café le damos a la birra? —propuso.
—¡No! —fue mi reacción inmediata—. Traenos dos cafés. Dobles y bien cargados —le dije al mozo.
En cinco minutos me atormentó con su charla. Llegó un momento en que deseé que se callara un poco. Comenzó a dolerme la cabeza. Vestía una camisa negra y desabrochó uno de los botones. Advertí que sus pechos eran lo suficientemente grandes como para llamar la atención. Cada vez que llevaba la taza de café a sus labios, sus ojos se clavaban en los míos y sonreía. A medida que pasaban los minutos, la morocha iba recobrando la postura. Ya era hora de averiguar, aunque sea, su nombre.
—Marcela.
Siguió hablando como si nos conociéramos desde la infancia. Yo solo escuchaba y de vez en cuando le dirigía la palabra cuando me preguntaba algo. Lo que jamás me preguntó fue mi nombre. En un momento dado abrió su bolso y comenzó a buscar algo. Revolvió durante unos cuantos segundos mientras sus gestos demostraban preocupación.
—No encuentro mi reloj… ¿Qué hora es?
No le contesté. Solo extendí mi brazo y le mostré mi reloj pulsera para que ella misma viera la hora. Me tomó la mano y observó casi con admiración mi reloj.
—¡Qué hermoso!
Me hizo un gesto para que se lo prestara, para verlo mejor. No sé por qué se lo di. Estuvo varios segundos mirándolo, alabándolo, y lo apoyó en la mesa. No lo recogí en ese momento, no le di importancia, y la conversación —¿o monólogo?— continuó un buen rato mientras comenzaron mis ganas de ir al baño. Mucho líquido comenzaba a hacer estragos en mis entrañas. El bar estaba lleno; en la vereda también estaban todas las mesas ocupadas e inclusive había gente de pie que esperaba que se desocupara alguna. De repente Marcela agarró mi reloj, se lo puso en su muñeca izquierda, tomó su bolso, se paró y me dijo «Vamos». Y salió casi corriendo hacia el puente.
—¡Pará, loca! ¡Hay que pagar!
—¡Que pague otro! —gritó y siguió su camino apresurada. Si ella no hubiese tenido mi reloj, juro que me hubiese quedado en el bar a tomarme una cerveza, pero no podía dejar que se lo llevara. Suponía que no me lo iba a robar. Era evidente que quería que la siguiera.
—¿Se van? —me preguntó una chica que esperaba la mesa junto con una amiga.
—Sí —le dije—. Haceme un favor —saqué un billete de quinientos pesos de mi billetera y se lo di a la piba, que me miraba asombrada—. Pagale al mozo, seguro que sobra algo... Confío en vos —y salí corriendo detrás de Marcela.
La alcancé como a las dos cuadras. Se reía con ganas y caminaba para atrás dando saltitos. Se sacó el reloj y me lo devolvió.
—Me da mucha adrenalina irme de un bar sin pagar… —dijo entre carcajadas.
No le dije que había dejado el dinero. Se la veía feliz en su papel de pequeña delincuente.
Cuando llegamos a la costanera, nos sentamos frente a la laguna. Me dijo que era un tipo bueno, buen mozo y que tenía onda conmigo. Me insinuó sus pechos y me dio un beso en la mejilla. Yo estaba como inmovilizado, no sabía cómo reaccionar ni qué decir y sentí unas ganas desesperadas de orinar.
Volvió a revolver en el interior de su bolso y ahora sí sacó algo que no alcancé a ver bien qué era.
—Hagamos un pacto —me dijo.
La miré ya con un poco de temor. Desenvolvió un pequeño objeto y me lo mostró: una hoja de afeitar.
—Un pacto de sangre…
Estábamos sentados casi tocándonos brazo con brazo y me alejé unos centímetros.
—¿Qué hacés? ¿Estás loca? —le reproché.
—¿Tenés miedo?
—Ni siquiera te conozco y me estás invitando a hacer un pacto de sangre. Estás totalmente loca…
Mis ganas de orinar se hacían cada vez más insoportables y no veía en esos momentos otra salida que hacerlo ahí, en la laguna, delante de Marcela. No había otra opción. No aguantaba más.
—Yo no tengo miedo. Esto es valor, coraje… —se llevó la hojita de afeitar hacia una de sus muñecas.
—¡Dejá de boludear, ¿querés?!
Comenzó a reír y yo sentía que me orinaba encima. Quería estar en otro lado, en el boliche con mis amigos, bailando la música que no me gustaba. Pero no ahí, con esa mina que se quería cortar las venas y me invitaba a hacerlo. Maldije haberme quedado solo en la barra tomando el gintonic, con la sangre en las venas hirviendo. Marcela pasó suavemente el filo de la hojita de afeitar sobre su antebrazo y apenas se rasguñó. Después se lo llevó a la mejilla y la hundió con más fuerza. Vi la sangre. Intenté sacarle la hojita de afeitar pero mi vejiga casi explotó con mi movimiento. Luego el tajo fue en su pecho, en el medio de sus tetas. Ver la sangre en su cara, en su cuerpo, comenzó a descomponerme. Marcela reía a carcajadas en un baño de sangre y yo estaba inmóvil, a punto de orinarme encima. Se llevó el filo hacia su cuello, hacia la yugular y le grité como loco que no lo hiciera, y cuando intenté sacarle la hojita de afeitar, se me abalanzó para cortar mi cara y ahí sí me oriné. Grité. Grité como un loco mientras sentía el líquido tibio entre mis piernas.
Grité tan fuerte y fue tan grande mi desesperación que me desperté. Con las sábanas mojadas y calientes.

30/08/2020 
(después de escuchar 
“Polaroid de locura ordinaria” 
De Fito Páez)

miércoles, 14 de enero de 2026

LA VENGANZA


Si yo decía que era él, si yo le decía al fiscal que él fue el hijoeputa que mató a la Vero, no hubiese podido vengarme. No sé si me entiende…

***

Lo metieron en cana porque yo les dije a los de Investigaciones que había sido él, que yo había visto con mis propios ojos cómo ese guanaco le había pegado con el fierro en la cabeza a la Vero, a mi pobre angelito que se estaba resistiendo a las asquerosidades de ese chancho. Me dijeron que lo agarraron al ratito nomás, en su casa, donde se había escondido como un cobarde… pero los milicos no encontraron el fierro. No sé, además, si lo buscaron. Me dijeron que tampoco encontraron huellas —eso pasa solo en las series yanquis— ni más testigos que puedan decir como yo que ese malnacido había matado a mi pobre Vero. Yo no sabía ni cómo se llamaba el desgraciado y lo habré visto apenas un par de veces, no más, por el barrio. Me lo hicieron describir. Era alto, pelo rubio o teñido, no sé, porque la piel era bastante oscurita, con corte a lo Kun Agüero, como todos los jugadores de fútbol, rapado atrás pero más largo arriba. Llevaba la camiseta de un equipo… qué sé yo cuál, bermudas floreadas y ojotas, aunque si me pongo a pensar bien creo que estaba en pata. Me preguntaron si tenía señas particulares y los miré como diciendo de qué me hablan. ¡Tatuajes, pircins, lunares!, me gritaron y les dije que la noche estaba oscura, que no me fijé en esas cosas, que estaba desesperada con la Vero en el piso agonizando y tratando de que no se me vaya. ¿Él la vio, señora? ¡Qué sé yo! Cuando le grité qué hacés, hijoeputa, y salí corriendo hacia la Vero, se fue corriendo con el fierro en la mano, sin mirar para atrás, y se perdió por las vías. Al otro día me llamó el fiscal y me dijo que la única invidencia —que no sé qué carajo es— que había en contra de ese guacho era mi declaración y que teníamos que hacer un reconocimiento de personas para fortalecerla. Lo miré sin saber qué decirle. Es necesario que usted lo reconozca, señora, porque si no, se nos cae el caso. No entendí. Que si no lo reconoce, señora, lo tenemos que largar. No tenemos nada en contra de Osuna. Ahí abrí bien los ojos. No sabía cómo se llamaba el hijoeputa, pero el fiscal me lo dijo. ¡Era el hijo malparido de la Tota Osuna! ¡La benefactora! ¡La que colabora con el merendero del barrio y le da de comer a chicos ajenos en vez de criar bien a los propios! ¿Y si lo reconozco? ¿Lo van a dejar adentro? El fiscal no contestó enseguida. Bajó la vista unos segundos y me miró como resignado. No se lo puedo asegurar, señora. Haremos lo posible, pero si usted no lo reconoce, sí o sí lo tenemos que largar. En realidad, yo no lo quería preso. Si lo dejaban adentro iba a tener techo y comida gratis. Y no soportaría que la Tota Osuna siga su vida como si nada le hubiese pasado a mi Vero. Me dijeron que fuera a las seis de la tarde a la oficina de Investigaciones. Cuando llegué, el fiscal todavía no estaba y un policía —creo que era policía porque uniformado no estaba— me llevó a los apurones hacia una oficina del fondo de un largo pasillo porque me dijo que no me tenían que ver. No le pregunté quién no me tenía que ver y me dejé llevar. Las paredes de la oficina estaban pintadas de anaranjado fuerte. Había dos escritorios, uno con una computadora y una impresora y el otro con muchos papeles desparramados arriba. Me senté en una silla plástica, de esas blancas que todos tenemos, y esperé pacientemente durante media hora la llegada del fiscal. Mientras esperaba sola en esa deprimente oficina, afuera se escuchaban risas, gritos, corridas. Por fin llegó el fiscal —vestía jean y campera— con un muchacho de saco y corbata. Habrá tenido unos veinticinco o treinta años. Me dieron la mano e inmediatamente después ingresó a la oficina una mujer rubia, cuarentona, medio encorvada y me la presentaron como la abogada del imputado. Por mi cabeza pasaron muchas cosas para preguntarle a esa abogada, pero solo una le haría: ¿No tenés hijos, vos? Me limité a sonreírle falsamente. Hablaron entre ellos de varias cosas que no entendí hasta que el muchacho de corbata que se había sentado frente a la computadora me pidió que describa a quien yo decía que había matado a mi hija. Ya se lo dije a la policía ayer, contesté. El fiscal intervino y me dijo que era necesario que lo volviera a hacer, sobre todo para que me escuchara la abogada defensora. Suspiré malhumorada y repetí como una lora toda la descripción hecha el día anterior y antes de que me lo preguntaran, le dije al empleado que pusiera que no le vi señas particulares porque estaba muy oscuro y no me puse en detalles en ese momento. Inmediatamente después el fiscal comenzó a explicarme el procedimiento. Recién en ese momento advertí que en una de las paredes había como una ventanita muy pequeña de vidrio. Me dijo que debería mirar por ahí, que del otro lado había varias personas paradas y de frente, una al lado de la otra, con números arriba, sobre la pared; que debería estar muy tranquila porque quienes estaban del otro lado de la ventanita no podían verme y que luego de observarlos le dijera si entre esas personas estaba el hijoeputa de Osuna. En realidad, no me lo dijo así, sino que lo llamó como «quien yo había visto agredir a mi hija en la noche del hecho». Cerré los ojos y suspiré. Me aproximé a la ventanita y antes de que mirara, el fiscal me dijo que si necesitaba verlos de costado o de espaldas, que se lo dijera. Ahora sí, con los ojos bien abiertos observé del otro lado de la ventanita. Eran cinco y no hizo falta mirar a los otros cuatro. A pesar de que todos tenían características físicas muy parecidas, el hijo de la Tota se destacaba. Jamás me olvidaría de esa cara. Advertí que definitivamente no era rubio: estaba teñido. Sonreía mientras miraba a la ventanita y me sentí observaba a pesar de la aclaración del fiscal de que no podrían verme. Tenía un gesto sobrador como diciendo la maté yo, ¿y qué? Sacaba pecho y levantaba un poco la pera. En ningún momento miré a los otros, no me importaban ni quería verlos. Un abrir y cerrar de ojos me hubiese bastado para identificar a esa rata aunque hubiese estado en medio de la hinchada de Sportivo Norte. Lo miré durante varios segundos y le dije con el pensamiento: si te identifico, capaz que quedás preso, hijoemilputa. Arriba de la cabeza de Osuna estaba estampado el número cuatro. Creo que estuve una eternidad mirándole la cara sobradora a ese malparido mientras seguramente la abogada defensora, el fiscal y el empleado esperaban impacientes que yo abriera la boca. ¿Necesita que se pongan de costado, señora?, me preguntó el fiscal. Cerré los ojos, suspiré y retrocedí. No, gracias, es suficiente con eso… Me miraron con mucha expectativa. El empleado ya estaba preparado con sus dedos sobre el teclado de la computadora para escribir el número que yo diría. ¿Entonces? ¿Es alguno de los que está en la rueda de personas, señora? Si es así, identifíquelo con el número que tiene arriba de su cabeza. Miré al fiscal e inmediatamente después, a la defensora. No, no es ninguno de ellos. Quien agredió a mi Vero no está ahí. Advertí un leve gesto de alegría en la defensora, y el Fiscal, meneando su cabeza, le hizo un gesto al empleado que comenzó a escribir. ¿Segura, señora? Sí, me limité a decir.

***

Entiéndame: si yo decía que era el número cuatro, si yo le hubiese dicho al fiscal que ese que se sonreía con malicia había sido el hijoeputa que mató a mi Vero, no hubiese podido vengarme. Y ahora estoy acá, contándole a usted, que me tiene una paciencia bárbara, no sé por qué, la verdadera historia. Discúlpeme, pero yo no hubiese soportado mucho tiempo que la Tota tuviese a su hijo vivo, viviendo y comiendo de arriba, mientras que yo a mi Vero solo la iba a tener en el cementerio. Si le metí el balazo al desgraciado ese en la frente, delante de la Tota, fue justamente para que se diera cuenta lo que significa perder un hijo y ver cómo te lo matan delante de tus ojos… ¿Si me siento bien? Podría estar peor…

lunes, 12 de enero de 2026

ESE PASADO QUE DA VUELTAS Y NO TE SUELTA

 


Me levanté muy temprano a pesar del frío. Todavía no habían asomado las primeras luces del día. Me costó salir de la cama, como siempre, pero a las 7 habíamos acordado empezar a estudiar. Yo odiaba la gramática... Pero era inútil, había que rendirla y aprobarla, no quedaba otra para poder seguir. Sin su compañía y ayuda no me hubiese puesto nunca a estudiarla. Calenté el agua, lavé el mate, le puse yerba y salí rumbo a la panadería a comprar bizcochitos. Cuando regresé le di uno a Júpiter (Iupiter Iobis, como ella le decía), que –ni lerdo ni perezoso- ya se había instalado en la pieza. Arreglé la cama, ordené un poco el desorden que tenía sobre el escritorio, preparé los apuntes de gramática y esperé entredormido su llegada.
A las 10 reaccioné. Ana no había venido a estudiar y me preocupé. ¿Habríamos quedado en otra cosa? ¿No tenía que ir yo a su casa? No, imposible. Nunca era así. Decidí ir a buscarla. Me puse el sobretodo. Lloviznaba. No tenía ganas de llevar el paraguas. Me gustaba que la llovizna humedeciera mi cara. Quizás estaba enferma y no pudo avisarme con anticipación su ausencia. Caminé mucho con las manos en los bolsillos y las calles no me parecieron las mismas de siempre. Doblaba en las esquinas mecánicamente, sin pensarlo, como siempre lo había hecho para llegar a su casa, pero a medida que avanzaba me perdía cada vez más en una ciudad que no parecía ser la mía. Me detuve, intranquilo. La gente me miraba y yo no entendía por qué. Me apoyé en un árbol y miré alrededor. Las calles y las casas que me rodeaban no se parecían a la Santa Fe que me vio crecer. Sentí un mareo y decidí volver. Para colmo, ella sin teléfono.
De regreso, antes de llegar a casa –todavía no recuerdo cómo logré ubicarme- me detuve en un quiosco y compré un diario. Lo doblé, lo sostuve entre el brazo derecho y las costillas, y seguí caminando. Hasta el picaporte de mi casa me pareció distinto cuando abrí la puerta. Un terrible silencio me aturdía.
Me senté en la cama. Miré los apuntes de gramática sobre el escritorio, la bolsa con los bizcochitos intacta y el mate sin empezar. Intuía que algo andaba mal. A través de la ventana, la avenida ya no era la de siempre. No vi el Dodge Polara blanco estacionado sobre la avenida. El tráfico era muy tranquilo, cosa inusual. Acomodé la almohada contra la pared y me recosté, abrí el diario y leí: «Venta ilegal de armas: el expresidente Carlos Saúl Menem continúa detenido».
Casi de inmediato un sonido conocido me volvió a la realidad. Sonó dos o tres veces y lo silencié suavemente pero con bronca. Era temprano y hacía frío. Caminé hacia la cocina a preparar el café mientras me cambiaba. No tomaba más mates en el desayuno. Las habitaciones de mi casa y sus muebles ya no eran los mismos. Sonreí meneando la cabeza. Júpiter hacía años que me había abandonado. Levanté las persianas y tampoco vi la avenida ni el Polara frente a la ventana. Miré el almanaque: 2 de julio de 2001. Cuánto hacía que no probaba aquellos bizcochitos. Cuánto hacía que no la veía. Cuánto hacía que había aprobado gramática gracias a ella… Incluso ahora le tenía un poco más de cariño a la morfología y a la sintaxis. Mucho tiempo había pasado desde que culminé mi carrera en la facultad. Tenía que escribirle. O hablarle.
El agua hirvió. Un día más en el Tribunal rafaelino me esperaba. Y Ana, tan lejos como aquella gramática, festejará el día 10 su cumpleaños allá lejos, en el sur, seguramente con su gente, la más cercana, la que hoy formaba parte de su vida.