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jueves, 17 de julio de 2025

NO VA A SERVIR DE NADA...


—¡Aurora! ¡Traeme un lapi y un papel, por favor!
Saúl yace en la cama desde hace varios años. El accidente lo había dejado inmóvil de la cintura para abajo. Su cama y su silla de ruedas son su único hábitat. Le duele la espalda y sus quejas son constantes.
—¡Aurora! ¡¿Me escuchá?!
—¡Sí, voy! ¿Qué queré?
—Quiero escribir algo… algo que quiero que quede para después de que yo estire la pata…
—¡Ja! ¿El testamento? A mí dejame el mate y la bombilla, esa de alpaca, que es lo único valioso que tené… ¿Y desde cuándo sabé escribir vo?
—¡Algo sé, che! Para que lo sepa, tengo quinto grado terminado. Dale, traeme un lapi y un papel…
Toma el lápiz para escribir pero no recuerda muy bien cómo hacerlo. Treinta años trabajando como foguista no le permitieron ejercitar la escritura demasiadas veces. Mira el techo. Las chapas muestran su progresivo deterioro. Las moscas no lo dejan tranquilo.
—¡Aurora! Traeme una rama de paraíso…
Mucho tiempo travaje de fueguista hasta que el lomo no aguanto mas y me cai, me ice pelota. Fue ese acidente el que me iso quedar aca, todo postrado. Mis piernas nunca volbieron a vivir. Siempre acia lo mismo, siempre. Yo era el que avivava el orno, le daba el fuego que necesitaba, todo con mis brasos, sí, con estos brasos que con el tiempo se fueron quedando sin pelos por la fuerte calor. ¡Caracho! Era imposible asercarse mucho tiempo seguido al fuego…
—¡Aurora! ¡La rama!
Yo travaje mas de doce oras por dia. Todos los dias travajaba doce oras por dia o mas. Y siempre vivi asi, en esta miseria. Nunca tube mas que este rancho pulgoso echo con mis propias manos. ¡Aaa!, pero mio… Nadie va a benir a sacarme de aca, del rancho de la familia, de la Aurora y de mis sei chango. Lo que ganava apena me alcansava para darle de comer. No. No fue felis la vida.
—Tomá, Saúl. Y dejá de hinchar por un rato…
—Esperá, ayudá a levantarme un poquito… Así… La almuada un poquito ma arriba… Así… Así está bien. Gracia.
Siempre nos explotaron. Nunca fuimo ombres. Nos basurearon. Los que trabajabamos en el cecadero nunca pudimo abrir la jeta para defender nuestros derechos. No tubimo nunca una organización sindical. ¡Que ibamo a tener! Al que insinuava ser un poco re…
—¡Aurora! ¿Rebelde es con be alta?
—¡Qué sé yo…!
—Y bue… lo pongo así.
…belde, lo rajavan. ¡Ai, ai! No nos dejaban hablar, ni comer juntos nos dejavan. El dia que el viejo Velasque se cayo redondito porque se le paro el bobo, todo muerto, se hicieron los estupido los del cecadero. A la viuda solo le dieron el pesame y nada ma. ¡Desgraciados! Ni siquiera lo que havia travajado el ultimo mes le pagaron.
—Saúl, ¿queré mate?
—Bueno, pero amargo, por favor. No ese almíbar que tomá vo.
—Pa amarga ta la vida, dicen…
—Con azúca no la vai a mejorar…
Siempre ice trabajos duros, porque siempre fui juerte, pero este, como fueguista, fue el pior. Si el acidente no me uviese paralisado, igualmente ora taria tirado, fuera de servisio, por el desgaste. Ni ambre me daba en esa doce oras manejando la pala. Tenia que tomar mucha agua. En el verano se acia imposible, pero…
—Tomá, Saúl. Decime si le falta.
—No, ta güeno, bien calentito. Pero no me interrumpá.
—¿Qué caracho tai escriviendo?
—¡Shhhhh!
En el cecadero nunca se descansaba, pasara lo que pasara. Nunca. Mientras abia yerba, abia que cecarla. No le tengo miedo a la muerte. Que le voy a tener miedo si eso era el mismisimo infierno…
—Dame otro mate, Aurora… ¿Pa qué mierda escribo esto?
—Si no sabé vo… Tomá.
—Ya está frío… ¡La puta!
—¿Qué te pasa? ¿Por qué chiyás? ¿Por qué rompé el papel?
—Porque quería escribir una… ¡¿Pa qué?! No va a servir de nada…

domingo, 1 de septiembre de 2024

LA LLEGADA DE DON MIGUEL



Cuando abrí la puerta luego de haber escuchado esos tres golpes secos y decididos, lo vi frente a mí, inmóvil, inmenso, todopoderoso, con sus ojos clavados en los míos, fulminantes. No hablaba. Solo me quemaba con su presencia espectacular. Retrocedí unos pasos ante el destello de los pocos dientes que le quedaban. Observé cómo esos labios paspados se iban separando lentamente y supe de inmediato que había venido a decirme, sin vueltas, lo que nunca hubiese querido escuchar.
Sabía que algún día vendría, pero no lo esperaba justo esa tarde en que me encontraba lidiando con los personajes de una novela que intentaba continuar escribiendo de una buena vez por todas. Ya me lo había advertido tiempo atrás, cuando lo soñé tan imponente como lo estaba viendo ahora. En aquella oportunidad, minutos antes de dormirme, había terminado de escribir uno de los que considero mis mejores cuentos. En el sueño no había sido tan directo como lo fue esta vez: solo me lo había advertido.
Intenté cerrarle la puerta en la cara, quise gritarle que me dejara en paz, que no lo necesitaba ni quería escucharlo, pero el esplendor de su imagen me inmovilizó, me ató de pies y manos, y ni siquiera tuve fuerzas como para darme vuelta y salir corriendo.
Pensé en cómo continuar mi novela, en qué destino les iba a dar a Laura y a Juan. Sabía que yo no era quién como para disponerlo y sospeché que él me había venido a orientar. ¡Qué lejos estuve entonces de saber la verdad!
Fueron unos pocos segundos pero me parecieron siglos. Qué incómodo me sentí, nervioso, minúsculo, insignificante. Y aunque ya lo había visto en sueños, personalmente me sorprendió. Su imagen brillaba en ese pasillo apenas iluminado.
Bajé la vista, me aflojé y me resigné a escuchar sus inminentes palabras. Tardó en decirlo. Primero suspiró y lo miré a los ojos. Me pareció que su mirada había cambiado; ahora expresaba algo de lástima. Pensé en Laura, en Juan, en mi novela inconclusa... Y por fin me lo dijo:
—¿No os parece que vuestro destino no es la escritura? —me insinuó, compasivo, don Miguel de Cervantes Saavedra.

miércoles, 14 de julio de 2021

RELACIÓN AMOROSA



Está implacablemente quieta frente a mí. La miro, inexpresivo, y la noto más fría que de costumbre. Me asusta verla tan seria, tan inconmovible. Casi nunca es así... ¿Seré yo el que no comprende qué pasa? ¿Seré yo el que no sabe cómo actuar ante esta difícil situación? ¿Será el hecho de que siempre me costaron las palabras? Hemos estado juntos mucho tiempo, muchas noches de insomnio compartidas, disfrutando de la música que nos gusta. Tanto tiempo estuvimos juntos que me es difícil aceptar esta situación extraña y no sé cómo sobrellevar el momento. ¿Por qué este rechazo? ¿Por qué este alejamiento? ¿Por qué no me deja acercar, acariciarla, tocarla suavemente, soñar juntos? Me cuesta mirarla sin bajar la vista instantáneamente. ¿Qué día es hoy? Viernes... ¿Será el cansancio lógico del último día laboral? No... Nunca estuvo así, ni siquiera los viernes. No es una cuestión de días ni fechas especiales. Mis manos se acostumbraron tanto a ella que hoy me parece mentira esta timidez que me nace desde adentro. Qué misterioso es el hombre, cuántas zonas oscuras guarda dentro de sí y es ignorante a la hora de descifrarlas para hacer frente a las situaciones límites. ¿Qué es lo que me ocurre hoy que no puedo enfrentarla ni siquiera con la vista?No sé qué le pasará a ella, pero tengo ganas de decirle que sin su compañía la vida se me haría muy dura. Es cierto que en tantos años de vida compartida vivimos momentos similares al actual, sin que yo le dirigiera una sola palabra... Pero es algo que ella debería comprender. Yo soy así, a esta altura de mi vida no podría cambiar. Primero, porque no quiero. Y segundo, porque no sabría vivir de otra forma. La necesito, es cierto, pero ella no es todo en mi vida. No comprende que para mí existen otras cosas lindas... ¿Para qué enumerarlas? Ella las conoce mejor que yo.
Pero lo extraño de esta situación es que por primera vez siento tan fuerte su rechazo. Y tengo temor de que a ese rechazo lo esté provocando yo mismo. Su quietud y mi imposibilidad de mover un solo dedo para tratar de cambiar la situación me preocupan. ¿Nos estaremos distanciando sin darnos cuenta? Quizás sea algo pasajero. Tengo ganas, demasiadas, de tocarla, de contarle lo que siento, de dar rienda suelta a mis fantasías, a mis sueños, a mis deseos, a mis locuras, a mis ganas inmortales de volar, y se lo quiero decir ya, sin esperar a mañana, pero tengo miedo, o no tengo ganas, o... La situación me provoca escalofríos. ¿Vergüenza? No sé… Quizás ella esté queriendo decirme algo. Así de simple, con su silencio. Un silencio que invita constantemente a organizar mis pensamientos, a cuestionarme todo lo que pienso, siento y quiero. Silencio que me ayuda a seguir viviendo y en estos momentos creo que ella también me está pidiendo una tregua. Estos distanciamientos a veces son muy útiles para poder dedicarlos a pensarnos a nosotros mismos.
Siento las manos atadas, la mente en blanco, el corazón detenido. Como si mis fuerzas y mis ganas hubiesen sido destruidas por algo misterioso. ¿Cuándo será el día que tenga la suficiente valentía para hacer lo que realmente siento y quiero? ¿Cuándo adquiriré la suficiente libertad para hacer valer mis ideas, mis ocurrencias? Seguramente hay algo o alguien que me está presionando. ¿Será el mismo conocimiento de las cosas? Sé que nada queda por crear, pero ¡cuántas cosas quedan por decir! ¡Cuántas palabras dando vueltas por el mundo buscando encontrarse y combinarse para juntas decir algo novedoso entre todas las cosas que ya fueron dichas y escritas por tantos hombres y mujeres!...
Pero sigo aquí, frente a ella, sin saber qué hacer ni decir. Y si hay algo que me sobra es esperanza para seguir. Sé que todavía tengo mucho por dar, mucho por aprender, por ver. El conocimiento es infinito, por suerte. ¿Se imagina alguien lo aburrido que sería conocer todo? La vida perdería sentido. No habría metas. No existirían los ideales. Desaparecerían los deseos. Se perderían las utopías. ¿Para qué vivir entonces?
Creo que está empezando a cambiar la cara. A medida que transcurren los segundos la voy notando más simpática y van creciendo en mí las ganas hermosas de volver a acariciarla, de contarle mis cosas, de que seamos nuevamente uno y para siempre. Ella y yo. Así de simple. El uno para el otro.
El afecto perdido comienza a renacer, me acerco, la acaricio y no me rechaza. Vuelvo a sentir el calor y el sentimiento que tanto extrañaba. Su dureza corporal se debilita ante mis primeras palabras. Se muere la frialdad. Mis primeras caricias parecen gustarle. Advierto que nuevamente sentimos esa alegría que hace momentos creíamos imposible recuperar. Ahora vuelvo a creer. Mi vieja Olivetti vuelve a brindarse como siempre ante mis pensamientos desordenados y arbitrarios.


"La Olivetti con la que tecleé mis primeros escritos"







viernes, 15 de enero de 2021

PAUSA



He notado que me sigue hace un buen tiempo. La vi muchas veces cerca de mi casa, parada en la esquina del almacén o apoyada en el viejo jacarandá. Sé que me está vigilando, que está estudiando todos mis pasos como para algún día frenarme en medio de la calle y decirme todo lo que piensa. Es cierto que le estoy escapando. No tengo ganas de hablar con ella, no por ahora. También sé qué es lo que quiere de mí y no lo disimula. Cada vez que paso cerca de ella me clava la mirada y me anula. No la puedo mirar, es más fuerte que yo. Sé que quiere que la mire, que repare en ella, que le haga un gesto, pero no puedo. Reconozco que Laura durante mucho tiempo estuvo a mi lado y en mi mente, pero algo pasó y la dejé. No tengo ganas de ponerme a pensar por qué, lo cierto es que no puedo volver atrás. Sería hermoso, pero necesito un tiempo para hacerlo. Es cierto que no le di una explicación valedera… pero no tenía —ni tengo— por qué dársela. Y para colmo siempre está con ese tarado de Juan… Un imbécil que cree que se las sabe a todas y ni siquiera tiene bien claro cuál es su función en este mundo. Algún día tendré que ponerme las pilas y enfrentarla, decirle que me deje en paz, que por ahora no tengo tiempo de ocuparme de ella ni de su amiguito y todos los rollos que tienen en su cabeza. Le tendré que ser sincero: tengo ganas de seguir con lo nuestro, sé que algún día vamos a retomar nuestro proyecto, pero no ahora. Tengo mucho laburo, pocas ganas de pensar y muchas ganas de dormir con la música a volumen diez. Pero no la quiero ver más ahí parada, al acecho. No quiero pasar frente a ella e ignorarla. No quiero esquivarla. No quiero negarla. Me da vergüenza hacerlo porque ella sabe todos mis movimientos, ella me vigila y no puedo hacerme el otario. Está esperando algo de mí y yo no le doy la más mínima señal. ¿Qué culpa tengo de estar así? Le voy a decir que se ponga en mi lugar… Pero la vida es así. Ni ella ni yo la podríamos modificar.
Por ahora Laura seguirá parada en esa esquina, bajo ese árbol, esperando que algún día me comunique con ella, que me vuelva a ocupar de su vida, de la de Juan. Hoy por hoy seguiré escapando hasta tener ganas de volver… ¿Y si cuando quiera volver no me da ni la hora? ¿Y si me rechaza? Posibilidades… Pero Laura sabe muy bien que no me va a poder rechazar. Juan tampoco podrá darse ese lujo. Si quieren seguir siendo los personajes de mi novela —hasta ahora inconclusa—, no me van a poder rechazar.

miércoles, 26 de diciembre de 2012

IDEAS PERDIDAS


Salvador Dalí: "Galatea de las esferas" (1952)


La había pasado bastante bien en mi ciudad natal. El hecho de haberme reencontrado con los viejos amigos de la escuela primaria había activado de una forma extraña esa capacidad de emocionarme que creía perdida, o al menos olvidada. El paso de treinta y pico de años había sido, más que vertiginoso, un poco despiadado. Aquellos pibes de doce o trece años que en 1976 no entendíamos absolutamente nada de lo que en esos momentos estaba ocurriendo en el país, nos habíamos convertido ahora en interesantes señoras y señores, profesionales algunos, padres de familia otros, serios los menos, divertidos los más. El cuerpo y las canas (o la tintura en algunos casos) hacían evidente la cercanía de la mitad del siglo en nuestra vida. Y haber compartido y revivido innumerables anécdotas y emociones de la mano de un buen tinto, habían provocado en mí esa sensación de bienestar y alegría que mi cara no podía dejar de reflejar. Pero estas pequeñas felicidades llegaron a su fin cuando se hizo la hora del regreso. Durante una hora y media debería conducir el auto rumbo hacia mi actual ciudad de residencia, donde mi familia me esperaba.
Con la vista puesta en la ruta y la mente en el pasado, se me ocurrió que debería escribir algunas palabras sobre el día que había pasado junto a los viejos amigos y amigas para dejar de esa forma plasmada en el papel un poco de  memoria. Y fue entonces cuando esa memoria convocó a la nostalgia y recordé cuánto tiempo hacía que no daba rienda suelta a esa manía inútil que siempre sentí de escribir.
Puse un disco de Soda Stéreo y aminoré la marcha cuando vi unos cuantos metros adelante a un perro que intentaba cruzar la ruta. No se decidía y circulé muy despacio frente a él, por las dudas lo hiciera justo cuando yo pasara por el lugar. No quise cargar con la muerte del pichicho en mis espaldas. Quién sabe qué haría ahí, al borde de la ruta, lejos de cualquier casa habitada a la vista. ¿Buscaría a su dueño? ¿A su amor? ¿A sus hijos? ¿Lo habría abandonado momentos antes un dueño desalmado? ¿Estaría esperando, impaciente, que el arrepentimiento venciera la voluntad de su dueño y lo hiciera regresar en su búsqueda? Historias de abandono, de alejamientos, de recuerdos, de remordimientos... Quizás al llegar a casa debería escribir algo al respecto.
Fue ese insignificante hecho el que me hizo olvidar de mis amigos de la primaria y, no sé por qué, recordé a esa mina que atendía en el bar al que en mi adolescencia concurría asiduamente. Me gustaba, recuerdo, y mucho, a pesar de que debería tener al menos cuatro o cinco años más que yo. Qué bien que me sentía cuando me sentaba solo en la mesa que estaba al lado de la ventana principal del bar y venía la Flaca a atenderme. Disfrutaba verla venir hacia la mesa, con la rejilla húmeda en la mano a limpiar la mesa de los restos de cáscaras de maní que habían dejado los clientes anteriores. Cuando se inclinaba a limpiar la tabla espiaba disimuladamente, de reojo, su escote generoso, y veía seguramente menos de lo que imaginaba. En varias ocasiones intenté iniciar una conversación que no se refiriera solo al pedido de la cerveza o de la hamburguesa, o al pago de la cuenta, pero su incesante trabajo jamás la había dejado reparar aunque sea unos segundos en mi intención. Creo que en ese tiempo me enamoré de la Flaca, de su descuidado porte, de su sencilla vestimenta, de ese venir gracioso, de ese irse sensual, de su amabilidad, de su mirada sincera. Pero esas ganas de hablarle, de invitarla a encontrarnos en otro lugar, en otro bar, se desvaneció un lunes de otoño, gris y frío. Me atendió el dueño del bar, que me trajo con una marcada indiferencia y frialdad el cortado mediano que le pedí. No le pregunté entonces por la Flaca. Seguí concurriendo un par de meses más con la esperanza de volverla a encontrar. Y cuando reconocí que era evidente que ya no volvería a trabajar al bar, no regresé más. Linda historia para escribir...
La autopista estaba por suerte en buen estado y el viaje me resultó tranquilo. Pensé que si me hicieran un control de alcoholemia, quizás me diera positivo. Apagué el aire acondicionado y abrí la ventanilla para ventilarme un poco. No fue suficiente y abrí también la del acompañante. Comenzó a sonar De música ligera y levanté el volumen. La canté con ganas junto con Ceratti. Qué loco, hace dos años que duerme… Subí la velocidad un poco más y el viento despeinó mis cabellos grises. Se me vino a la mente la imagen de los locos que viajaron miles de kilómetros para saludar a su amigo antes de que partiera hacia Vietnam. En el descapotable, cabellos largos al viento, cantaban canciones de amor y paz. Sheila quería ver a Claudio. Berger y compañía quisieron cumplir ese sueño. Berger arriesgó más de lo debido, sin pensarlo demasiado y de acuerdo con su modo sincero de actuar. Reemplazó en el cuartel a Claudio por un momento para que este pudiese despedirse de Sheila... Fue un momento eterno. Claudio regresó tarde al cuartel y vio con impotencia cómo Berger partía junto con miles de soldados en avión hacia Vietnam para nunca más volver... Qué buena metáfora sobre la amistad...
Estaba entusiasmado porque en ese viaje de regreso (regreso de un momento formidable compartido junto con los chicos y chicas de doce o trece años) se me iban ocurriendo historias que sin dudas debería plasmar en el papel apenas llegase a mi casa. Las ideas volvían a dar vueltas, reaparecían en mi mente y debía aprovechar el momento.
Llegué a casa un tanto aturdido. Las ansias de agarrar el lápiz y el papel se hacían insoportables. Tantas historias tenía en la cabeza, entrecruzándose, confundiéndose, que seguramente no me sería tan fácil hilvanar las ideas.
Bajé del auto casi con desesperación y antes de colocar la llave en la cerradura de la puerta de mi casa, la abrieron desde adentro, y con una alegría exacerbada y entre gritos desordenados, mis tres hijos se disputaban la primicia: mis primos del sur habían llegado hacía unos pocos minutos a mi casa y ya estaba todo listo como para que me pusiera a preparar un buen asado.
El fin del día se extendió hasta ya pasadas varias horas del siguiente. No había sido una mala velada. Al contrario. Anécdotas entrañables y vino tinto habían amenizado el encuentro. Fue larga la despedida y se hizo pesada la limpieza. Me dormí en el mismo instante en que mi cabeza se apoyó en la almohada.
Tomé el lápiz y el papel dos días después, a la hora de la siesta, cuando el silencio y la soledad en casa fueron perfectos. El papel estaba en blanco y mi mente también. Intenté durante un buen rato recordar alguna de las tantas ideas que se me habían ocurrido escribir en aquel viaje de regreso a mi ciudad. Pero el papel seguía en blanco, mi mano derecha quieta y en mi mente... nada.