domingo, 15 de diciembre de 2013

11 - UN DÍA MÁS


Grabenlo como en la piedra
cuanto he dicho en este canto
y aunque yo he sufrido tanto
debo confesarlo aquí;
el hombre que manda allí
es poco menos que un santo.

Martín Fierro



Cuatro paredes y un techo lo protegen del frío de una oscura noche. Dos frazadas cobijan su cuerpo cansado y tembloroso. Pasó otro día. Uno más entre muchos. Un día igual a los anteriores, con ganas de que los próximos cambien.
Las vigas de madera del techo crujen y hacen que su pesado sueño se desvele. Siente el ruido de las ramas de un viejo álamo, azotadas por el fuerte viento. Quizás algún ave esté pagando las consecuencias, acurrucada en su cálido nido de barro y paja. Una ventisca de aire helado penetra por un vidrio roto de la vieja ventana y hace que su cuerpo se estremezca y se acurruque cada vez más dentro de sus frazadas.
Mira al techo como buscando una explicación de su actual vivir y choca contra la violeta luz de sueño que cierra sus ojos hasta hacerlo dormir definitivamente. Viejos y hermosos recuerdos pasan con muchos colores por su mente, escenas locas, imposibles, inciertas. Caras lejanas, entrañables, que lo llevan lejos de su cama, a cientos de kilómetros, para volver en un segundo, de un solo movimiento.
Aunque en el oscuro cielo todavía brillan las estrellas y la luna aún conserva su silueta perfecta, un grito lo sobresalta e interrumpe su sueño. Es un grito ya conocido que le indica que un nuevo día ha comenzado.
La historia sigue...

miércoles, 27 de noviembre de 2013

TEOLOGÍA/1



El catecismo me enseñó, en la infancia, a hacer el bien por conveniencia y a no hacer el mal por miedo. Dios me ofrecía castigos y recompensas, me amenazaba con el infierno y me prometía el cielo; y yo temía y creía. 
Han pasado los años. Yo ya no temo ni creo. Y en todo caso, pienso, si merezco ser asado en la parrilla, a eterno fuego lento, que así sea. Así me salvaré del purgatorio, que estará lleno de horribles turistas de la clase media; y al fin y al cabo, se hará justicia. 
Sinceramente: merecer, merezco. Nunca he matado a nadie, es verdad, pero ha sido por falta de coraje o de tiempo, y no por falta de ganas. No voy a misa los domingos, ni en fiestas de guardar. He codiciado a casi todas las mujeres de mis prójimos, salvo a las feas, y por tanto he violado, al menos en intención, la propiedad privada que Dios en persona sacralizó en las tablas de Moisés: No codiciarás a la mujer de tu prójimo, ni a su toro, ni a su asno... Y por si fuera poco, con premeditación y alevosía he cometido el acto del amor sin el noble propósito de reproducir la mano de obra. Yo bien sé que el pecado carnal está mal visto en el alto cielo; pero sospecho que Dios condena lo que ignora.

(Uruguay, 1940)


lunes, 16 de septiembre de 2013

RODRÍGUEZ, Silvio: En mi calle


En mi calle hay una acera gris
donde se pegan las miradas
del que mira adonde va.

En mi calle hay un banco que es 
tan largo y blanco como el mármol 
donde iremos a parar. 

Yo no sé por qué son tan blancas 
las altas ventanas que miran al cielo. 
En mi calle el mundo no habla 
la gente se mira y se pasa con miedo. 

Si yo no viviera en la ciudad 
quizás vería el árbol sucio 
donde iba yo a jugar. 

En mi calle de silencio está 
y va pasando por mi lado, 
es un recuerdo desigual. 

Yo no sé por qué estoy mirando, 
por qué estoy amando, 
por qué estoy viviendo... 

Yo no sé por qué estoy llorando, 
por qué estoy cantando, 
por qué estoy muriendo... 

Silvio Rodríguez

domingo, 15 de septiembre de 2013

10 - VEINTE AÑOS


La soledad causa espanto
el silencio causa horror
ese continuo terror
es el tormento más duro
y en un presidio siguro
está de más tal rigor.

Martín Fierro


Al descender del colectivo se sintió un poco mejor, como si respirara aire puro, diferente al que venía respirando todos los días. Hacía un poco de calor pero todavía usaba el uniforme de invierno. Pronto llegaría la primavera. De su hombro derecho colgaba un bolso de tela azul casi vacío. A simple vista se diría que no llevaba nada en él. Se desabrochó el botón dorado que le ajustaba el cuello y miró su reloj: las cuatro de la tarde.
Punta Alta estaba casi vacía. Recién comenzaban a abrirse los pocos negocios que había sobre la calle Yrigoyen. No había ni un árbol como para decir que el paisaje era variado en la calle principal. El sol estaba débil pero igual molestaba al que no estuviera resguardado. Una ciudad chata, sin edificios. Una ciudad triste que durante los trescientos sesenta y cinco días del año veía pasar a miles de jóvenes uniformados buscando hacer algo para no aburrirse en los días libres.
Él era uno de ellos, uno de los tantos que conocen Punta Alta sin desearlo. El uniforme le molestaba, transpiraba y, sin pensarlo demasiado, caminó algunas cuadras hasta llegar a la plaza. Cada vez que llegaba allí se preguntaba lo mismo acerca del monumento que se alzaba en el centro de la misma: ¿Qué es eso? ¿Qué representa? Un cartel que indicaba la prohibición de pisar el césped lo hizo detener y pensar... Pero no mucho. De inmediato se sentó debajo de un árbol que proporcionaba una gran sombra y encima del césped prohibido.
Suspiró muy fuerte y se recostó sin pensar en que ensuciaría su ropa. Tenía los ojos muy abiertos, extraviados en el cielo que poco a poco se iba cubriendo de nubes grises y amenazadoras. A pocos metros de él, sentados en un banco, una pareja de novios manifestaba públicamente su amor, en silencio, con un largo beso. Más atrás, cuatro chicos que estaban jugando al fútbol, corrían riendo, escapando del placero que los perseguía. Se sintió solo y pensó que no era la primera vez.
Tengo que festejar, pensó. No me puedo quedar acá tirado. Se levantó y se dirigió a un almacén: con una cerveza y un sándwich de mortadela le alcanzaría para no sentirse tan solo. Volvió a la plaza, al mismo lugar de antes. Se sentó contra el tronco del árbol y comenzó a comer y a beber. Tengo que festejar. Se imaginó que a su lado estaban todos sus amigos, su familia y hasta su perro. No podía hablar con ellos, pero él tenía la solución. Abrió el bolso azul, sacó unas diez cartas y, de a una, las empezó a leer. Tengo que festejar... y quiero que ustedes me hablen, dijo dirigiéndose a las cartas. Quería escuchar las voces lejanas, quería recordar todo lo bueno que había pasado ese mismo día pero el año anterior, allá en su casa.
En la primera carta que abrió, su madre le decía que aunque no estés con nosotros, tené la seguridad de que nosotros estamos junto a vos, y quiera Dios que pronto estemos todos juntos... Cerró los ojos y se le fruncieron hasta las uñas. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para no llorar. Estaba solo en una plaza triste, a más de mil kilómetros de su casa, leyendo cartas, soñando rostros, escuchando palabras.
Terminó de comer el sándwich con dificultad, tenía un nudo en la garganta que apenas lo dejaba respirar. ¡Cómo hubiese querido salir corriendo, subir a un colectivo y no parar hasta llegar a Santa Fe! Y no volver más a ese sitio horrible. Un trago de cerveza le ayudó a digerir el pedazo de sándwich atragantado. Tomó otra carta al azar y leyó en el remitente Valeria. Una sonrisa brotó en su rostro al pensar en la Negra, al traer a su mente el rostro de su amiga. Le temblaban las manos y tardó un buen rato entre abrir el sobre, sacar la carta, acomodar su trasero en el césped y ponerse a leer. La sonrisa que segundos atrás había brotado en su rostro poco a poco fue desapareciendo, y sin darse cuenta sacó de su bolsillo un pañuelo y lo apretó bien fuerte con el puño. Che, Negro, no te vas a amargar el 1º, pensá que todos los que te queremos vamos a estar con vos ese día... No alcanzó a usar el pañuelo. Un fuerte suspiro le hizo aflojar tensiones y se tranquilizó un poco.
El cielo poco a poco se iba apagando pero no porque la tarde caía: inmensas nubes negras llegaban del sur con su amenaza de lluvia. Los truenos comenzaron a escucharse. Terminó la botella de cerveza de un solo trago y sosteniéndola en lo alto exclamó: ¡Salud! Antes de abrir otra carta se recostó. Cerró los ojos y, pensando en mil cosas a la vez, tarareó una canción.
De repente se levantó y, tomando una carta, se dijo nuevamente: Tengo que festejar. La abrió sin fijarse en el remitente y al empezar a leerla, reconoció la letra. Era de Fabio: Espero que la pases todo lo bien que puedas ahí; acá nos vamos a tomar algo y vamos a brindar por vos... Ahora sí que estaba flojo. Flojo y tensionado a la vez. Flojo de espíritu y tensionado de cuerpo. Y justo cuando comenzaban a caer las primeras gotas de la inminente tormenta, cayó por su rostro una lágrima, la primera del día... pero no la última. Le dolía el alma, le dolía el cuerpo y le dolía volver a encerrarse en el lugar que tanto odiaba.
Al instante de su primera lágrima vio aproximarse al placero. Venía serio y se dirigía a él. La botella estaba tirada en el césped y algunas migas afeaban el sitio.
—¡Oiga, usted!
—¿...?
—¿No vio el cartelito? Pro-hi-bi-do-pi-sar-el-cés-ped, por si no sabe leer.
Mientras el placero gruñía, él fue levantando la vista hasta encontrarse con los ojos de la autoridad de la plaza. Se miraron varios segundos fijamente, sin hablar. La lluvia empezó a ser cada vez más fuerte y los dos se empezaron a mojar. ¿Cómo le explico a este viejo que estoy de festejo?, pensó. El placero cambió su rostro duro por un gesto más cordial y le preguntó:
—¿Está llorando o es la lluvia, soldado?
—Estoy festejando mi cumpleaños... —pudo contestar.
El viejo hizo un gesto, comprendiendo, y, retrocediendo lentamente y sin sacar la vista del cuerpo, le dijo:
—Bueno... Feliz cumpleaños... Que la pases bien...
Fue el único saludo que escuchó aquel día. Y el viejo se alejó despacio bajo la lluvia, rumbo quizás a su casa, pensando en ese cuerpo sentado que festejaba su cumpleaños en una plaza, solo.
Siguió sobre el césped. Guardó las cartas en el bolso y miraba caer la lluvia. Su cuerpo empezó a empaparse pero de ahí no se movía. No quería volver a encerrarse, prefería mojarse y sentirse un rato libre. No quería pensar tampoco en su festejo solitario. Solamente quería saber si las gotas que recorrían sus mejillas hasta llegar a sus labios, eran simplemente de la lluvia o verdaderas lágrimas prófugas de su espíritu.

Vas a tener que cambiar. Sí, sos otro. No sos el que tiempo atrás conocí. Vas a tener que dejar de lado todo el odio que hoy tenés dentro tuyo. Vas a tener que escupir la rabia que brota de tu corazón. Vas a tener que tirar al chiquero todas las miserias que hoy están estropeando tu alma. Vas a tener que saber ignorar lo que hoy te pasa. No seas boludo, todavía tenés mucho por andar. Vas a tener que volver a tus viejos tiempos, ¿te acordás? Por favor, ignorá el presente, mirá adelante, confiá, creé, yo sé que vos podés. Te pido que vuelvas a ser el que fuiste tiempo atrás. Aquel que siempre tenía una sonrisa para dar. Aquel que siempre tenía un poquito de buen humor. Aquel que quería vivir, soñar, volar, reír... Yo sé que vos podés, sé que vos podés volver, sé que podés reír, sé que podés acordarte de todo lo que fuiste, que podés ser nuevamente. ¿Sabés cómo? Pensá... recordá... ¿Te acordás de tus amigos, de tu familia, de todos los que te quieren? ¿Sí? ¿Y? Bueno, ¿por qué llorás? ¡Vos podés! Vas a tener que cambiar...

martes, 10 de septiembre de 2013

DYLAN, BOB: Blowin In The Wind (Flotando en el viento)


Canción compuesta por Bob Dylan a los 21 años (1962). La poesía y significado de su letra ha hecho que no haya perdido vigencia a lo largo de los años. Y no la va a perder mientras algunos países se sientan dueños absolutos de la paz en el mundo y sigan provocando guerras estúpidas.

¿Cuántos caminos debe un hombre recorrer
antes de que lo llamen "hombre"?

¿Cuántos mares debe surcar una blanca paloma
antes de que pueda dormir en la arena?

¿Cuántas veces más deben volar las balas de cañón
antes de ser prohibidas para siempre?

La respuesta, amigo mío, está flotando en el viento...
La respuesta está flotando en el viento...

¿Cuántos años puede existir una montaña,
antes de disolverse en el mar?

¿Cuántos años pueden vivir algunas personas
antes de que se les permita ser libres?

¿Cuántas veces puede un hombre girar la cabeza
y fingir que simplemente no ve?

La respuesta, amigo mío, está flotando en el viento...
La respuesta está flotando en el viento...

¿Cuántas veces debe un hombre levantar la vista
antes de poder ver el cielo?

¿Cuántos oìdos debe tener un hombre
antes de poder oír a la gente llorar?

¿Cuántas muertes serán necesarias para darse cuenta
de que ya ha muerto demasiada gente?

La respuesta, amigo mío, está flotando en el viento...
La respuesta está flotando en el viento....



viernes, 2 de agosto de 2013

9 - EL CONDENADO


La justicia muy severa
suele rayar en crueldá:
sufre el pobre que allí está
calenturas y delirios,
pues no esiste pior martirio
que esta eterna soledad.

Martín Fierro


—¿Sabés por qué me hacen esto?
—Creo que sí.
—¿Por qué "creo"?
—Leí el expediente...
El joven de mediana estatura no preguntó más, sabía que el error había sido cometido y muy pocas esperanzas le quedaban de salvarse. Extendió su mano izquierda lentamente hacia el joven alto y delgado y este sujetó fuertemente su muñeca con el metal. Su mano izquierda quedaba libre.
—Me hace mal —protestó.
—¿Y qué querés que le haga?
—No sé, aflojala un poco...
—No se puede. Esperá que venga el cabo.
No le dolía, pero no podía verse con una mano sujetada por las esposas metálicas con doble seguridad. No entendía por qué hacían tanto trámite si él había aceptado ir allá sin oposición alguna. No quería pensar en nada y tampoco tenía ánimos como para conversar. El joven delgado —furriel de la Sección Justicia— se colocó en su muñeca izquierda el otro extremo de las esposas.
—A mí no me molestan.
—Yo tengo las muñecas más grandes...
—Quizás...
No sabía por qué lo había hecho. No podía explicárselo. En los interrogatorios había aceptado su culpa... pero él no creía ser el culpable. Pero entonces ¿por qué se resignó a aceptar esa culpabilidad? Sí, sabía que lo había hecho, él era el que había cometido el delito... pero no se sentía culpable.
Sentía el metal en su muñeca izquierda, no le molestaba pero fingía la molestia. Estuvo observando el gráfico de las actuaciones de justicia del año 1983 que colgaba de la pared en el cuarto donde se encontraba unido metálicamente con el joven alto y delgado.
Pasaban por su mente imágenes locas, desjuiciadas. No podía ni quería pensar en su familia. Se ruborizaba al pensar qué dirían sus padres del hijo perverso que tenían. Soy un demente, pensaba continuamente. La puerta de la Sección Justicia se abrió violentamente.
—¿Ya está? —preguntó el cabo, un flaco alto y con cara de nene.
—Sí, cabo. Dice que le molesta.
—No importa, vamos. El camino es corto.
Se dirigieron los tres hacia una camioneta verde. Un chofer esperaba con el motor en marcha. El cabo llevaba en su cintura una Ballester Molina 11,25 con dos cargadores. Los tres subieron a la camioneta y se amontonaron junto al chofer. Los movimientos de los jóvenes esposados eran torpes.
—Vamos —ordenó el cabo al chofer.
La camioneta arrancó lentamente y ninguno de sus pasajeros abrió la boca. El condenado miraba quizás por última vez ese lugar verde, cerrado, ese cielo falso que flotaba por encima suyo. Pensaba en su futuro, en qué le harían, en cómo sería ese nuevo lugar. ¿Por qué lo hice? La puta que los parió, se lamentaba, se arrepentía. Yo no lo quise hacer...
Recordó que desde el primer día que llegó a ese lugar se masturbaba todas las noches, como a las tres de la mañana, en el baño. Se cuidaba de que los "imaginarias" no lo descubrieran. No podía soportar un solo día sin hacerlo. Las mujeres que trabajaban cerca de él lo excitaban y no podía ni siquiera hablarles. Tampoco tenía dinero como para ir a la ciudad y pagar en un prostíbulo. Durante el día esperaba desesperadamente que llegara la noche para gozar nuevamente en soledad.
¿Por qué lo hice? Una lágrima recorrió su mejilla mientras la camioneta mantenía la velocidad en cien kilómetros por hora. El paisaje era triste. Campo amarillo, raso, sin árboles. Cada cinco kilómetros, más o menos, cruzaban alguna base o algún destacamento naval. Nadie hablaba. El cabo y el furriel habían encendido un cigarrillo. El condenado no había querido hacerlo.
Cuando llegaron a la Base Naval Puerto Belgrano el chofer se perdió y no supo llegar a destino. El cabo le preguntó a un conscripto que montaba guardia en un puesto y así pudieron llegar.
La entrada estaba vigilada por tres cabos y dos conscriptos vestidos con uniformes de gala. Detuvieron el  vehículo para identificarse y pasaron. Un letrero de más de veinte metros de largo rezaba con letras blancas: PRISIÓN NAVAL PUERTO BELGRANO.
El condenado sintió un escalofrío en todo el cuerpo, como una suave descarga eléctrica. La tarde estaba cayendo. Era un 6 de mayo y el frío no se hacía sentir demasiado. Pensó en sus veinte años...
—¿Cuánto me dieron?
—Creo que ocho. Pero si la llevás bien te pueden rebajar la condena.
Veintiocho años, meditó un instante. Creyó que durante un tiempo estaría muerto, y después, a vivir otra vez. Pero, ¿con qué cara iba a mirar a sus padres cuando volviera a su casa? Me escupirán... ¿O me entenderán? Se consideraba un enfermo mental porque lo habían examinado médicos y sicólogos. Un sicópata sexual, se autocondenaba.
Maldijo el momento en que hizo la promesa de no masturbarse más mientras estuviera allí adentro. Esa promesa fue la culpable de todo. Tres días pudo cumplirla, pero no pudo llegar a la cuarta noche. Yo y mis promesas idiotas... No pudo llegar a la cuarta noche.
—Vamos, bajen —ordenó el cabo en tono severo.
El condenado vestía uniforme de gala y llevaba en su mano libre un bolso azul con sus pertenencias. El furriel vestía uniforme camuflado al igual que el cabo. Este último adelantó su marcha hacia la puerta de entrada y los conscriptos esposados lo siguieron unos metros atrás.
—¿Cuál de los dos es? —preguntó el suboficial que los recibió.
—¡Él! —se apuró a contestar el furriel, señalando con su índice derecho al condenado.
El cabo y el suboficial rieron al ver la cara de espanto que había puesto el inocente. Pero el que no había hecho un solo gesto había sido el condenado. Su cara era inexpresiva. No sonrió. Se limitó a bajar la cabeza, mirar al piso sucio y esperar. El cabo abrió las esposas y los dos conscriptos se tomaron automáticamente la muñeca anteriormente esposada y se la masajearon un poco.
El condenado comprendió que ya no quedaba nada por hacer. Saludó al cabo apretando fuertemente su mano derecha y lo mismo hizo con el furriel. Los tres se miraron sin decir una sola palabra.
Cuando el cabo y el furriel se retiraron, escucharon cómo las pesadas puertas de hierro se cerraron a sus espaldas.
—¿Será loco? —preguntó el cabo.
—¿Qué sé yo, cabo? Si fuera loco... no tendría que estar acá, ¿no?
Siguieron caminando hacia la camioneta verde. Ya en viaje encendieron otro cigarrillo. El chofer, con un poco más de confianza causada por la ausencia del condenado, se animó a preguntar:
—¿Qué hizo?
El cabo miró al frente, hacia la ruta, y no contestó. Solo suspiró profundamente. El furriel le contestó, pero también con la vista puesta en la ruta:
—Tentativa de violación.
—¿A una mina?
—No... Al hijo del revistero... tiene ocho años.

Ninguno de los tres abrió la boca en el resto del viaje.

domingo, 7 de julio de 2013

RODRÍGUEZ, SILVIO: Esta canción




Me he dado cuenta 
de que miento. 
Siempre he mentido, 
siempre he mentido. 

He escrito tanta 
inútil cosa 
sin descubrirme, 
sin dar conmigo. 

No amar en seco, 
con tanto dolor, 
es quizás la última verdad 
que quede en mi interior, 
bajo mi corazón. 

No sé si fue 
que malgasté mi fe 
en amores sin porvenir, 
que no me queda ya 
ni un grano de sentir. 

(Yo sé que a nadie 
le interesa 
lo de otra gente, 
con sus tristezas...) 

Esta canción 
es más que una canción, 
que un pretexto para sufrir 
y más que mi vivir 
y más que mi sentir. 

Esta canción es la necesidad 
de agarrarme a la tierra al fin, 
de que te veas en mí, 
de que me vea en ti. 

(Yo sé que hay gente 
que me quiere...
Yo sé que hay gente 
que no me quiere...)

Silvio Rodríguez
(de "Días y flores", 1975)

jueves, 30 de mayo de 2013

miércoles, 24 de abril de 2013

BENEDETTI, MARIO: Hombre que mira a una muchacha


Para que nunca haya malentendidos
para que nada se interponga
voy a explicarte lo que mi amor convoca

tus ojos que se caen de desconcierto
y otras veces se alzan penetrantes y tibios
tienen tanta importancia que yo mismo me asombro

tus lindas manos mágicas
que te expresan a veces mejor que las palabras
tan importantes son que no oso tocarlas
y si un día las toco es solamente
para retransmitirte ciertas claves

tu cuerpo pendular
que duda en recibirse o entregarse
y es tan joven que enseña a pesar tuyo
es un dato del cual me faltan datos
y sin embargo ayudo a conocerlo

tus labios puestos en el entusiasmo
que dibuja palabras y promete promesas
son en tu imagen para mí los héroes
y son también el ángel enemigo

en mi amor estás toda o casi toda
me faltan cifras pero las calculo
faltan indicios pero los descubro

sin embargo en mi amor hay otras cosas
por ejemplo los sueños con que muevo la tierra
la pobre lucha que libré y libramos
los buenos odios esos que ennoblecen
el diálogo constante con mi gente
la pregunta punzante que me hicieron
las respuestas veraces que no di

en mi amor hay también corajes varios
y un miedo que a menudo los resume
hay hombres como yo que miran tras las rejas
a una muchacha que podrías ser vos

en mi amor hay faena y hay descanso
sencillas recompensas y complejos castigos
hay dos o tres mujeres que forman tu prehistoria
y hay muchos años demasiados años
de inventar alegrías y creerlas
después a pie juntillas

querría que en mi amor vieras todo eso
y que vos muchachita
con paciencia y cautela
sin herirme ni herirte
rescataras de allí la luna el río
los emblemas rituales
los proyectos de besos o de adioses
el corazón que aguarda pese a todo.

Uruguay, 1920/2009

domingo, 24 de marzo de 2013

8 - SIN SALIDA



No es en grillo ni en cadenas
en lo que usté penará,
sino en una soledá
y un silencio tan projundo
que parece que en el mundo
es el único que está.

Martín Fierro

  Las manos fijas en la nuca. La vista dirigida al cielo celeste, limpio de nubes. Abajo, en el verde mar tranquilo, algunos buques varados esperan la entrada al puerto cercano. Su cuerpo, ahora relajado, descansa sobre la tierra arenosa y húmeda, bajo enormes eucaliptus parecidos a guardianes gigantes. Solo escucha el ruido de las ramas y hojas movidas por el viento. Respira el aire puro, tranquilo, solo. Su mente vuela e inventa nubes que no existen. El silencio es total, el viento ha cesado, la paz es infinita.

Nunca pensé llegar a este momento, un momento largo, interminable, difícil, desperdiciado. Un tiempo que se va, irrecuperable. Estoy lejos de todos, cerca de nadie. Tiempo de sol, como el de hoy; de lunas, a veces de lluvias. Tiempo de tristezas y amarguras. ¿Para qué? Sí... Son experiencias, enseñanzas, pero ¿qué aprendo? Injusticias, pisoteadas... Soy lo peor, no soy un hombre, soy un muñeco, un estúpido títere. ¿Quién implanta las leyes estúpidas? ¿Quién habla estupideces? ¿Quién tiene actitudes inverosímiles? No, no soy yo...

Encoge las piernas que hasta recién tenía tendidas. Mira pensativo el lento descenso de una hoja desprendida de su rama natal. No escucha nada, absolutamente nada. La naturaleza está como muerta. El sol brilla espléndidamente. La temperatura es ideal, sin embargo se sorprende al no ver un solo pájaro, al no oír el dulce canto de alguna calandria o el simple chillido de alguna gaviota. Sus ojos se cierran.

Nadie me dijo que soy un hombre más. Nadie me dijo que soy libre. Nadie me dijo que viva tranquilo. ¿Por qué? ¿Por qué me quieren domesticar? ¿Por qué me hacen sentir inferior? ¿Por qué me atan a una vida sin sentido? ¿Por qué mierda estoy nervioso?... Yo, nervioso... ¡Jamás había estado nervioso!

Una hormiga lleva lentamente sobre su cuerpo una abeja muerta; atrás, otra la sigue con restos de comida; atrás, otra y otra y otra; un verdadero desfile. Una hilera mecánica que se dirige al hormiguero. Todas juntas al compás. Un mosquito se posa sobre su cara, lo mata de una palmada y el desgraciado insecto cae al piso. Una hormiga sin trabajo se le acerca, lo estudia y luego lo transporta hasta la perfecta formación que componen sus compañeras. Se integra y también ella se encamina al hormiguero. Animales que trabajan como máquinas, como pequeños muñecos electrónicos programados... Parecidos a nosotros, piensa. Enciende un cigarrillo. Se sienta ahora y apoya sus espaldas contra el grueso tronco del eucaliptus. Aspira placenteramente el humo y luego de tragarlo lo despide por su nariz, lenta y pausadamente.

Me quieren “hacer hombre". ¿Y qué carajo soy? Me da risa. Quieren que sea duro, con corazón de piedra. ¡Con corazón de piedra! ¿Acaso existen los hombres con corazón de piedra? No, no... Un hombre así no puede existir, no sería un hombre, pasaría a ser un ente con vida, una vida inútil, sin paz, sin amor, sin un solo sentimiento... Y un hombre sin sentimientos está muerto, sin vida, solo y triste, atormentado. ¿O llorar no es también cosa de hombres? ¿Hay algún hombre que no haya llorado? Los hombres sin lágrimas no existen; lágrimas —visibles o invisibles— siempre hay. Los hombres sin lágrimas están muertos.

Sintió un escalofrío. Luego se dio cuenta de que no era más que rabia. Sentía odio. No entendía el porqué de su situación actual. Quería saber por qué estaba vestido tan ridículamente. Quería entender pero no podía. No podía quedarse tranquilo. Su cigarrillo se terminó rápidamente y encendió otro enseguida. Cruzó sus piernas, inclinó su cuerpo hacia adelante hasta apoyar su cabeza en una de sus rodillas. Le hacía mal estar solo, pensar sin poder hablar. Quería gritar pero se sentía sin fuerzas, sin ánimos. Le dolía la distancia, le dolían las noches y los días, le dolía el cuerpo, le dolía el alma...

Ellos pueden dominarme, manejar mi cuerpo, indicar mis movimientos, sacarme la libertad corporal, física. Pero nunca podrán privarme de mis pensamientos, nunca podrán manejar mi mente, jamás se apoderarán de mi alma. Lo mío es un período de sufrimiento en mi vida, apenas unos meses, un año o un poco más. Pero ellos sufren y sufrirán hasta el último momento de sus vidas. Por ser lo que son no tendrían que vivir en la tierra entre los hombres de bien. Pero morirán en el fuego, ¡solos!

Estaba agitado por pensar y no poder hablar. Se paró y comenzó a caminar por un túnel hecho por las copas de los gigantes árboles verdes. El ruido de hojas secas que pisaba rompió el eterno silencio que parecía existir en ese mundo. Todo era hermoso: los árboles inmensos y coloridos; el cielo celeste, profundo; el aire puro con olor a menta; el mar interminable; los buques varados; el sol espectacular. Miraba más allá de los árboles. Arena, cielo y mar se confundían, pero no podía encontrar o escuchar un solo pájaro. Extrañaba el chillido amistoso de las gaviotas. Se preguntó dónde estarían, a qué lugar habían huido o qué hombres las habían matado. De pronto el silencio se rompió: tres silbatos se escucharon a lo lejos. Un grito conocido llamó a silencio y una trompeta empezó a escucharse.

Qué lástima que todo esté cercado... Será por eso que las aves no vienen hasta acá. El mundo del hombre no es para ellas. ¿Tan idiota es el ser humano? No podemos vivir entre nosotros y tampoco dejamos vivir a los animales. Si no es un tapado de piel, es una cartera de cuero o una cabeza de ciervo en la pared del living como trofeo. Sí, el ser humano es un boludo. Llegará el día en que nuestras propias cabezas sirvan de trofeos para el enemigo, como hacían los primitivos y el mismo Atila. ¿De qué teoría evolucionista me hablan? Si seguimos así, el hombre terminará convirtiéndose en gorila.

Se rio al pensar que él estaba conviviendo con personajes semejantes a gorilas. La ley del más fuerte, o la del que tiene el arma más sofisticada. Se rascó la nuca como para pensar qué haría ahora. La trompeta dejó de sonar. Sintió hambre y bronca a la vez. Se colocó el birrete y se dirigió hacia su hábitat temporal, pensando.

¡Qué lástima que esto esté cerrado! Quizás si se dejaran de escuchar gritos, tiros y trompetas militares, los pájaros volverían. Acá solo vuelve el hombre. Menos mal que somos seres racionales... ¡Me cago en el mundo!

Y regresó cabizbajo, ya sin pensar...

sábado, 23 de marzo de 2013

PAPPO: UN VIEJO BLUES



Quien no puede o no sabe disfrutar un buen blues, nunca estuvo solo con un vaso vacío en la mano (otrora lleno de vino) pensando en por qué pasó lo que pasó o en lo que puede deparar el futuro... 


No sé por qué imaginé que estábamos unidos
y me sentí mejor..
Pero aquí estoy, tan solo en la vida
que mejor me voy...

Un viejo blues me hizo recordar
momentos de mi vida,
mi primer amor,
pero aquí estoy, tan solo en la vida
que mejor me voy...




jueves, 21 de marzo de 2013

EL FIN DEL MUNDO



El martes 2 de octubre de 2012 no será para Luli un día fácil de olvidar.
Mucho había escuchado y muy poco leído sobre la profecía maya y el vaticinio de la llegada del fin de la especie humana en el año 2012. Pero había visto “2012”, esa película catástrofe en la que su director, Roland Emmerich, nos hizo imaginar cómo iba a ser nuestro final.
Además, hambrunas en países pobres, el terremoto en Haití en el 2010, el tsunami en Japón en el 2011 y algún que otro movimiento de tierra en su país, habían hecho sospechar a Luli que los mayas quizás no estarían tan equivocados. Quién iba a poder afirmar que el fin de la humanidad, el día final, el apocalipsis, no se estaba aproximando. Y para colmo, el 21 de diciembre no estaba tan lejano.
El lunes se acostó un poco más tarde que de costumbre porque después de ver la novela, se quedó un rato más estudiando. El miércoles debía rendir en la facultad un trabajo práctico y le faltaba afianzar algunos temas. Cursaba su primer año en la facultad, en la capital de la provincia, lejos de su ciudad natal, donde volvía cada fin de semana para reencontrarse con su familia y sus amigos. Vivía en un lindo departamento, en el piso 12, en pleno centro de la capital, junto con una compañera de la secundaria con la que se había puesto de acuerdo para compartir el alquiler y los gastos. Pero su compañera llegaría recién al otro día. Esa noche iba a estar sola en el departamento, pero no iba a ser la primera vez y seguramente no sería la última. La adolescencia y la vida segura y tranquila en su ciudad y en su casa empezaban a formar parte de su pasado. Poco a poco estaba acostumbrándose a manejarse sola en una ciudad desconocida y mucho más grande que la suya. Y la adaptación estaba siendo perfecta. Antes de acostarse observó la gran ciudad a través de los grandes ventanales del departamento y la cantidad de luces encendidas que se perdían en el horizonte la regocijaron una vez más. Algún que otro relámpago en el cielo oscuro anunciaba la posibilidad de lluvias.
No sabría decir Luli si lo que la despertó fue una explosión o una pesadilla que estaba teniendo y decidió, inconscientemente, abandonarla. En pocos segundos intentó reaccionar y despertarse definitivamente porque el fuerte ruido que la despertó no se había detenido, era constante, y advirtió inmediatamente que un fuerte viento se había desatado en el exterior. Intentó buscar el velador en la oscuridad de la pieza, al tanteo, y solo encontró el teléfono celular. Apretó una tecla, se encendió la pantalla y le sirvió como linterna para encontrar, por fin, el velador. Click, click… Nada. El velador no funcionaba. Se destapó y se levantó para encender la luz principal de la pieza. La tecla estaba al lado de la puerta de la habitación. Llegó hasta el lugar gracias a la luz del celular. Click, click, click… Advirtió entonces que la energía eléctrica se había cortado y no solo protestó silenciosamente sino que un leve escalofrío le recorrió todo el cuerpo.
Las velas estaban en un cajón del mueble de la cocina. En el tercero. ¿Y los fósforos? Sobre la mesada, debajo del calefón. Pero estaba inmóvil. No podía caminar. El ruido era cada vez más insoportable, como si alguien, en el piso 12, estuviese golpeando los vidrios de la ventana para intentar ingresar. El viento era cada vez más violento y hacía temblar los vidrios. Creyó incluso sentir que el piso vibraba, que las paredes se movían, pero lo atribuyó a su estado todavía de somnolencia. Tomó coraje y avanzó lentamente, guiada por la débil luz de la pantalla de su teléfono y tanteando además las paredes para guiarse mejor. Llegó a la sala principal y el ruido ahora fue feroz, ensordecedor. Vislumbraba, gracias a los continuos relámpagos, las ventanas que daban al sur y no entendía qué era, además del viento, lo que provocaba semejante ruido. Y se acercó. Advirtió que la ciudad estaba totalmente en penumbras. Mirar hacia el exterior era chocar contra la más profunda oscuridad, era caer en un abismo terrorífico. Los golpes eran provocados por piedras enormes, granizo nunca visto. Supo que en cualquier momento los vidrios de la ventana no soportarían semejantes golpes y entonces en su mente comenzaron a dar vueltas los miedos acerca de qué hacer si semejante tormenta la dejaba sin la protección de los vidrios. El efecto del viento, cada vez más fuerte, hacía vibrar las ventanas, la puerta de entrada y la puerta del lavadero que comunicaba con un pequeño balcón. Como pudo y ya sobrepasada por los nervios y el terror, logró llegar a la cocina y encendió una vela. Su luz tenue y temblorosa hacía más tétrica la situación. Sombras inquietas se dibujaban en las paredes. Lentamente y con mucha cautela se acercó a la ventana. El no poder ver nada más que piedras golpeando los vidrios la paralizó.
Su mente imaginó que el río podría haber colapsado, salido de su cauce y comenzado a inundar la ciudad. Que en esos momentos, por allá abajo, en la calle, la gente estaría buscando desesperadamente reparo en algún lugar seguro y que cada uno estaría luchando por salvarse por encima de la vida de los otros. Que las fuerzas de seguridad estarían intentando calmar la barbarie de la gente y que la locura generalizada podría llegar a provocar una incipiente guerra civil. Pero la tormenta desatada era atroz y la oscuridad reinante seguramente impediría que la gente actuara como se lo imaginaba. Quizás más tarde, cuando las primeras luces del día llegaran, la situación sería distinta. Si llegaba alguien vivo…
En estas divagaciones estaba cuando un golpe más fuerte de lo previsto sonó entre los demás. Una de las piedras, la más grande seguramente, rajó uno de los vidrios de la ventana. Se comenzaba a cumplir la pesadilla que se había imaginado. Con semejante tormenta, viento y granizada, ¿cómo haría para soportar allí adentro sola, sin ayuda? ¿Se estaría cumpliendo la profecía de los mayas? Comenzó a imaginar ahora las escenas de “2012” en su ciudad y desesperó. La rajadura crecía a cada golpe e incluso ya había caído un pedazo de vidrio. El pánico la invadió. Era muy joven para morir. Y sola, lejos de sus seres queridos… Lloró desconsoladamente y pensó en sus padres. La hecatombe quizás ya había ocurrido en su ciudad natal y ahora le tocaba a ella, tan sola, tan aterrorizada. Marcó el número:
—¡Hola! ¿Qué pasa? —escuchó la voz desesperada de su padre del otro lado del teléfono. Sentirlo vivo la alivió pero a la vez no aguantó el llanto.
—Tengo miedo… —gimió entre lágrimas y mocos.
—¡¿Qué te pasa?! ¡¿Dónde estás?! —la desesperación del padre era evidente. Estaba profundamente dormido y recibir una llamada de su hija, que vivía lejos y estaba sola, a las cuatro y media de la mañana, lo sobresaltó.
—¡Los vidrios! ¡Tengo miedo! —seguía sollozando.
En su ciudad natal no había tormenta, ni siquiera estaba nublado. Su padre no sabía que Luli estaba sufriendo los efectos de una tormenta feroz e imaginó que alguien estaría queriendo entrar en su departamento, o algo peor… No sabía qué pensar.
—¡¿Pero qué pasa?!
Entre llantos y las pocas palabras que pudo tartamudear, alcanzó a explicar a su padre lo de la tormenta, las enormes piedras, el fuerte viento, el vidrio roto, la energía eléctrica cortada... Escuchó que de lejos su padre intentaba tranquilizarla.
—Luli, es solo una tormenta… No es para ponerse a llorar…
Sin pensarlo demasiado y verdaderamente invadida por un ataque de nervios, preguntó angustiada y temerosa:
—¿Y si es el fin del mundo?
El padre se sentó en la cama y sonrió:
—¡¿Me estás hablando en serio?! Luli, ¿es joda esto? ¿Qué decís?
Solo se escuchaba un llanto, ahora más aliviado.
—Luli, es una tormenta que ya va a pasar… ¿Se rompió mucho el vidrio?
Miró el vidrio. Vio que apenas era una rajadura y advirtió que la violencia de la tormenta estaba menguando. Las piedras eran cada vez menos y más chicas. Ahora era la lluvia la que tomaba protagonismo, pero sin tanta intensidad.
—Hacé una cosa, Luli. Tranquilizate e intentá dormir. La tormenta ya va a pasar… ¡Y no es el fin del mundo, tonta! —le dijo riendo.
Saludó a su padre y cortó. Respiró profundo y se tranquilizó un poco. Haber hablado por teléfono la había calmado bastante. Las piedras ya no caían y la lluvia apenas se hacía escuchar. Tomó la vela y se dirigió a la pieza. Se acostó y se tapó hasta el cuello. Apagó la vela e intentó descansar. Horas después tendría que levantarse para ir a clases. Cerró los ojos y se durmió.
A las siete de la mañana se despertó. Las primeras luces del día se advertían a través de la persiana semicerrada de su habitación. Recordó la pesadilla pasada y luego de comprobar irónicamente que seguía viva y de maldecir a los mayas, sonrió y se propuso averiguar qué dijeron los mayas sobre el 2012. Y se enteraría, seguramente, de que según la profecía, el 21 de diciembre de 2012 se iniciaría una nueva era, pero no con catástrofes y muertes. Sabría que los mayas no predijeron el fin del mundo sino un cambio que debería producirse por el descontento con nuestra sociedad y la necesidad de superar tantas diferencias entre los hombres...
Tomó el celular y para comenzar el día, le escribió a su padre:
“NO PUEDO CREER QUE TE HAYA LLAMADO POR ESO... AHORA ME CAUSA GRACIA… AHORA”.

domingo, 10 de marzo de 2013

GALEANO, EDUARDO: El cantor



Cuando Alfredo Zitarrosa murió en Montevideo, su amigo Juceca subió con él hasta los portones del Paraíso, por no dejarlo solo en esos trámites. 
Y cuando volvió, nos contó lo que había escuchado.
San Pedro preguntó nombre, edad, oficio. 
-Cantor -dijo Alfredo. 
El portero quiso saber: cantor de qué. 
-Milongas -dijo Alfredo. 
San Pedro no conocía. Lo picó la curiosidad, y mandó: 
-Cante. Y Alfredo cantó. Una milonga, dos, cien. 
San Pedro quería que aquello no acabara nunca. La voz de Alfredo, que tanto había hecho vibrar los suelos, estaba haciendo vibrar los cielos. 
Entonces Dios, que andaba por ahí pastoreando nubes, paró la oreja. 
Y esa fue la única vez que Dios no supo quién era Dios.


Eduardo Galeano
Uruguay, 1940

"Los hermanos", de Atahualpa Yupanqui