miércoles, 23 de septiembre de 2026

SOL, QUE QUIERO VERTE


Valerio y Simón se encontraron a las tres de la tarde en una de las tantas plazas de su ciudad. El día estaba oscuro y el frío hacía sentir su crudeza. Nubes grises cubrían todo el cielo, amenazadoras. Valerio maldijo el tiempo y Simón, callado y con un gesto, asintió la protesta de su amigo.
Ambos eran callados, de carácter introvertido. El silencio era muchas veces su único contacto. A pesar de que los dos tenían ocho años, sus físicos eran bastante diferentes. Valerio era petiso, rellenito, tenía los cabellos cortos, negros y enrulados. Simón era más alto, flaco y usaba el pelo, castaño, más o menos largo. Estaban juntos porque siempre lo estaban. Quién sabe cuánto tiempo hacía que eran amigos. Habían compartido innumerables aventuras callejeras y justamente ese día, a las tres de la tarde, hora en que toda la ciudad dormía, se estaban aburriendo.
—¿Qué hacemos? —preguntó Valerio.
—No sé —contestó su amigo sin ganas y con un leve movimiento de hombros—. ¿Qué sé yo?
—Nunca más recuperamos la pelota...
—El viejo es un desgraciado. Le rompería el quiosco a patadas.
Cuando Simón pronunció estas palabras, a Valerio se le iluminaron sus ojos. Sonrió. Seguramente una nueva idea se le había ocurrido. ¡Vamos!, le dijo a su amigo tomándolo del brazo y se echaron a correr hacia el quiosco del viejo que retenía la pelota de goma que una semana atrás había roto el vidrio de la puerta luego de una serie de cabezazos entre los amigos. Simón corría detrás de Valerio sin entender muy bien lo que pasaba. Valerio revoleaba sus piernas desprolijamente, como guiado por una fuerza desconocida. Simón lo seguía a pesar de todo porque conocía muy bien a su compañero y sabía que no lo hacía en vano. Eran como dos delincuentes volviendo inocentemente al lugar del crimen.
—¡Pará! ¡Pará! —gritó de pronto Simón.
—¿Qué pasa? —contestó Valerio mientras detenía su marcha y jadeaba cansado.
—Explicame un poquito... ¿Pensás que el viejo nos va a devolver la pelota después de lo que hicimos?
—No, gil. Hoy es feriado. El quiosco está cerrado y como está nublado, se me ocurrió una idea genial.
Simón lo miró intrigado.
—No entiendo nada.
—¡Quiero ver el sol! —gritó Valerio y volvió a correr.
Simón dudó unos segundos antes de seguirlo. Se rascó la cabeza y miró el ciego cargado de nubes cada vez más oscuras. No sabía qué hacer. ¿Quiere ver el sol?, se preguntó. Y la idea no le disgustó. Emprendió la carrera rumbo al quiosco detrás de su amigo. Rumbo a lo desconocido, que fue lo que más lo entusiasmó. No sentían frío por el trote ligero, pero la falta de sol sobre la ciudad era cruel.
—¿Sabés? —dijo Valerio cuando se detuvo cerca del quiosco—. El viejo todavía no hizo arreglar el vidrio.
—Pero está tapado...
—Sí, pero es fácil destaparlo. ¿Te acordás del agujero que hay en el techo?
—Sí, pero... ¿Y?
—El edificio inmenso que está arriba del quiosco no está terminado y está abandonado.
—¿Y? —insistió Simón.
—¡Es fácil! El edificio es altísimo. ¡Si llegamos hasta el último piso, a la terraza, quizás podamos ver el sol!
Simón se quedó pensativo. Le pareció un delirio pero la idea empezaba a interesarle.
—Pero hay que entrar al quiosco... —ambos se pusieron serios—. ¿Y si nos cachan? Van a pensar que entramos a robar.
—¡Pero no, si no hay nadie!
Se sentaron en el cordón de la vereda y clavaron la vista en la nada sin abrir la boca. Valerio esperaba la respuesta de su amigo. Simón estaba entusiasmado pero tenía que vencer sus miedos. Al fin tomó coraje y gritó:
—¡Ma sí! ¡Vamos!
Ahora fue Valerio el que dudó. No esperaba esa respuesta de Simón, y menos así tan rápida. Especulaba con la negativa de su amigo y la idea quedaría como un proyecto irrealizable. Toda la culpa de la frustración recaería sobre Simón, por su cobardía. Pero la situación había cambiado. Simón era el que ahora tenía la fuerza y las ganas y Valerio el que debía dejar de lado los temores. ¿Debía echarse atrás?
—¡Dale, vamos! —insistió Simón.
—Bueno...
No se decidía. Pero no podía decir que no, no debía ventilar sus flaquezas. La idea era buena, al sol lo iban a poder ver seguramente allá arriba. El edificio era altísimo y una suave neblina borraba la visión de los últimos pisos. Pero había que entrar al quiosco... ¿Valía la pena arriesgarse? Sí, claro que vale la pena, se decía para darse fuerzas. Era una aventura más para compartir con su mejor amigo, solo debía decidirse. Sentía como si la felicidad de toda su vida estuviera en la realización de este proyecto.
—¡Ma sí! ¡Vamos! —gritó al fin Valerio.
Ya estaban metidos en el juego. No podían echarse atrás. El quiosco estaba ahí, frente a esas miradas inocentes que observaban que a la puerta le faltaba el vidrio que días atrás ellos mismos habían roto. Un cartón con la inscripción de una conocida galletita tapaba el hueco; una cinta de embalar marrón lo sostenía contra el marco. Romper esa protección o simplemente sacarla sería una pavada. Solo debían cuidarse de que nadie los viera. La calle a esa hora estaba vacía. Apenas un auto pasó velozmente. Desde el balcón de un edificio de la cuadra advirtieron la presencia molesta de una mujer. Una señora de unos setenta años. Pero hasta ahora nada malo estaban haciendo. Siguieron sentados en el cordón de la vereda y disimularon su intención. Esperaron varios minutos sin hablar, nerviosos, esperando ansiosamente que la viejaa ingresara a su departamento y los dejara actuar con tranquilidad. Temblaban. No sabían si de frío o de miedo. La neblina no se disipaba pero comenzó a soplar viento sur, fuerte y frío. A los pocos minutos advirtieron que la única testigo de su presencia había desaparecido, tan inesperadamente como había surgido el viento. Ya podían actuar libremente. Todo estaba dado como para que emprendieran el camino hacia el sol.
Se acercaron sigilosos al quiosco mirando a uno y otro lado casi de manera desesperada para comprobar que nadie los estaba mirando. De los dos, era Valerio el que generalmente tomaba las iniciativas, por lo que dudando primero y venciendo luego el temor, de un manotazo desprendió el cartón que tapaba el agujero de la puerta. Por ese espacio pasarían fácilmente. No volvieron a hablar. Sabían que el silencio era importante y, además, una clave. Sabían además, a pesar de su corta edad, que para lograr el objetivo tendrían que medir cada movimiento con mucho cuidado. Primero entró Valerio y vio todo en penumbras. Le costó adaptar su vista al ambiente. Simón cruzó el abismo segundos después, luego de comprobar que nadie los estaba observando. Tapó desde adentro nuevamente el agujero con el cartón. Lo logró a medias. La cinta ya no se adhería al marco como antes. Afuera las hojas de los árboles corrían cada vez más fuerte hacia el norte. El camino se hacía ahora más difícil debido a la oscuridad.
Un mundo de fantasía se le presentaba ante sus ojos adentro del quiosco. Chocolates de todo tipo en una estantería, caramelos de todas clases y marcas en cajones y frascos, pelotas de goma de diferentes tamaños colgaban en redecillas, innumerables juguetes ocultaban las paredes, cajas y más cajas de las figuritas que ellos mismos coleccionaban. Todo eso brillaba a pesar de la oscuridad reinante frente a los ojos inmensos de los chiquilines. No dijeron nada, no movieron un solo dedo, solo miraban. Parecía mentira. El sueño de todo pibe de estar solo y sin guardianes adentro de un quiosco era para ellos en esos momentos una realidad. Se les hacía agua la boca.
—¡El techo! —gritó Simón.
—Sí, ahí está el agujero... Tiene una tapa.
—Pero se puede abrir. ¿Cómo subimos?
—¡Ahí! La escalera.
Subió Valerio muy lentamente mientras Simón sostenía la escalera destartalada. La tapa de durlok cedió fácilmente y un oscuro infinito se divisó en lo alto.
—¿Podremos llegar?
—No hay más que probar...
Valerio y Simón estaban poseídos por una fuerza que desconocían: el coraje y la confianza eran sus aliados. Subió también Simón. Abajo dejaban un quiosco intacto, inexplorado por dos niños que se dirigían a su destino fundamental: el sol. Un sol hermoso que imaginaban en la terraza, más allá de la neblina y de las nubes grises. Les latía el corazón desesperadamente mientras subían por las escaleras del viejo edificio sin terminar. Todo estaba oscuro. Solo el chillido de algunas ratas se escuchaba además de los pasitos infantiles. Eran dos ciegos rumbo a la luz.
—¿Será cierto que los edificios son más altos que las nubes?
—Mi papá me dijo que los rascacielos sí son más altos.
—Ojalá, porque si no, no podremos ver el sol.
—Si no podemos... si no podemos...
—¡Si no podemos, por lo menos lo intentamos!
—Sí, pero... ¿será cierto?
Luego de varios minutos de subir casi corriendo por las escaleras abandonadas, llegaron al último piso. Escucharon a esa altura lo fuerte que soplaba el viento sur. Se encontraron frente a una puerta metálica cerrada con un alambre. Abrirla debería ser fácil. Por debajo de la puerta ingresaba una leve claridad que hacía ilusionar a los niños.
—¡Dale, dale!
—¡Pará, que está duro!
El alambre no cedía. Los corazones se aceleraban cada vez más. Los latidos podían escucharse en todos los pisos del edificio. Cada ruido que hacían era respondido por un eco en el vacío. De pronto escucharon el ulular de una sirena y se quedaron inmóviles. Se miraron y sin decir una sola palabra pensaron en el sanatorio que estaba a pocos metros del edificio.
—Sigamos.
Más tranquilos, siguieron luchando contra el alambre. En cinco o seis minutos lograron sacarlo. La puerta quedó liberada y una gran sonrisa adornó el rostro de Valerio y Simón. Con una leve patada abrieron la puerta. Y el espectáculo fue total, una maravilla indescriptible. Los rayos del sol encandilaron a los niños. Fueron felices, habían logrado el objetivo. Ya no tenían duda: ¡era cierto que los edificios eran más altos que las nubes!
—¡Viste! ¡Viste!
—¡Sí, el sol! ¡Ahí está! ¿Viste que mi papá tenía razón?
Se abrazaron sin pensarlo. Casi por un movimiento mecánico, instintivo. No se dieron cuenta de que era la primera vez desde que se conocían que lo hacían. Un fuerte abrazo lleno de saltitos, risas y asombro. La felicidad era infinita, y para mejor, compartida. El cielo estaba casi despejado. Las nubes corrían velozmente. El sol brillaba como nunca en lo alto. El frío seguía y el viento seguía soplando fuerte como lo hacía minutos ante, cuando decidieron largarse a la aventura. El objetivo estaba cumplido: el sol, ese que no podían ver desde la calle, ahora estaba ahí, iluminándolos.
Mientras el abrazo se hacía eterno y miraban hacia el cielo sin hablar, a través de la puerta metálica aparecían violentamente dos policías y el dueño del quiosco.
Sus inocentes y escasos años no estaban acostumbrados a ser entrevistados por la policía ni a escuchar los insultos incesantes del viejo que se había quedado con su pelota de goma. Retrocedieron sorprendidos y atemorizados. No dijeron nada. Los bajaron del brazo y se dejaron llevar. En la terraza no quedó más nadie, solo el sol que seguía brillando espléndidamente y a los lejos, hacia el norte, se divisaban las últimas nubes.
Los sacaron por la puerta del quiosco, ahora abierta. En la calle los esperaban dos policías más en un patrullero. Una decena de curiosos miraba a los amigos y realizaban los más absurdos comentarios. Desde su balcón, la señora los volvió a observar. Simón miró a Valerio resignado pero ya sin nervios. Valerio sonrió. El silencio los seguía comunicando. Estaban satisfechos porque se sabían inocentes. En el quiosco no faltaba un solo caramelo. No estaban arrepentidos. El viejo comerciante seguía blasfemando. Antes de subir al patrullero, las sonrisas de Valerio y Simón se convirtieron en carcajadas. Ya no hacía frío. El sol calentaba toda la ciudad.

1987