jueves, 16 de abril de 2026

Entre tapiales



Por suerte no sufro de ataques de pánico ni le tengo miedo a las alturas. Si no, no hubiese podido dar rienda suelta a uno de mis entretenimientos preferidos. Vivo en una parte de la ciudad en la que todavía no se construyen grandes edificios. Quizás alguno de dos o tres pisos, pero no más. En la manzana donde vivo, no hay ninguno. Apenas una o dos casas con planta alta o con altillos en las terrazas. Esos altillos me encantan. Uno nunca sabe qué hay adentro o para qué los usan los dueños de casa, si es una habitación, un lavadero, una bodega o simplemente un depósito de cosas viejas o en desuso que van abandonando a través del tiempo entre esas cuatro paredes hasta que algún heredero o un nuevo dueño de la casa las descubra.
Mi madre siempre me dijo que yo soy tímido y que me cuesta relacionarme con los demás. Seguramente algo de eso hay en mi afán de andar solo por todos lados. Me contó una vez también que alguien, no sé quién, le dijo que yo era propenso a la contemplación y por eso me tendrían que incentivar las actividades artísticas. Lo de la contemplación, vaya y pase, pero el arte… Nada más lejos de mi cabeza o de mi mente que un cuadro, un poema o una melodía. Pienso que ella tampoco se esforzó mucho para tratar de sociabilizarme o para acercarme a alguna actividad artística.
Siempre tuve la inquietud de hacerlo pero nunca me animaba. Cuando me decidí, comencé a practicarlo bastante seguido. De noche y si no había luna, mejor. Empecé subiéndome al techo a fumar porque mi madre no quería que fumara dentro de casa. Salir al patio no me convencía y si me sentaba en el umbral o en la misma vereda corría el peligro de que algún vecino se acercara para hablarme. Siempre me las arreglé bastante bien para subir al techo a pesar de no tener una escalera. Me subía a la gran maceta de cemento, apoyaba mi pie derecho en la reja de la ventana de la cocina, me paraba en el tapial medianero y ahí nomás, con un saltito y un poco de fuerza en los brazos, ya llegaba.
El techo de casa es de loza y mientras fumaba, lo recorría lentamente de punta a punta, lo que no me demandaba demasiado tiempo ni esfuerzo porque mi casa es pequeña. Observaba los patios de las casas vecinas, algunos iluminados por faroles que quedaban encendidos toda la noche y otros en una penumbra en la que apenas podía distinguirse alguna mesa, una hamaca o algún árbol más o menos grande. También podía observar desde mi techo las casas de la manzana de enfrente, pero como eran más o menos de la altura de la mía, no podía observar sus techos o terrazas y mucho menos saber qué había en sus patios. Debo decir que nunca tuve la intención de espiar a mis vecinos. Necesitaba sentirme libre y sentir el vértigo y la adrenalina que no experimentaba en mi vida rutinaria. Mi madre no debía enterarse de mis incursiones por los techos y tapiales vecinos porque seguramente reprobaría mi actitud.
Fue así que la primera noche que subí al techo, lo recuerdo bien, no había luna. Siempre lo hice después de que mi madre se acostara y de comprobar que ya estuviese dormida. Subí para fumar pero también para observar el pequeño mundo que me rodeaba desde esa altura. Sabía que en la casa vecina, hacia el sur, vivía un matrimonio grande, sin hijos. Don Julio y la señora Elvira. Ambos estaban jubilados y yo no tenía la más mínima idea de los pormenores de sus vidas. Si me asomaba hacia su patio, podía verlo entero. Ellos eran de los que dejaban una luz encendida, seguramente por seguridad. Me quedé mirando ese patio por un buen rato. Me paré en la pared medianera, hice equilibrio y me puse en cuclillas, como meditando, tranquilo y respirando hondo. El cigarrillo, encendido y sostenido por mis labios se consumía lentamente. No me movía, tenía un muy buen aguante y podía pasarme horas en esa posición. Pensaba que en ese patio tranquilo y silencioso, de un momento a otro podía suceder algo. Y ese pensamiento me hizo sentir un escalofrío. Mientras tanto, esperaba. No sé el tiempo que habrá pasado, quizás una hora o más, y me incorporé. Mis rodillas crujieron un poco y casi pierdo el equilibrio. Pero con un par de flexiones me recompuse. Bajé lentamente y me fui hacia mi cuarto. Al pasar frente a la pieza de mi madre, observé que dormía con la luz apagada pero con la puerta entreabierta.
Hacia el norte estaba la casa de la esquina de la cuadra. Su techo no era de loza, tenía chapas de zinc. Se las veía viejas y en algunas de sus partes tenía colocada membrana asfáltica. Seguramente cubría lugares por donde el agua de lluvia después de alguna tormenta se había filtrado. Pero como esta casa era más grande que la mía, el patio comenzaba unos cuantos metros más al fondo y no podía verlo por completo. Así que una noche me subí al tapial medianero que no tenía más de treinta centímetros de ancho y caminé lentamente haciendo equilibrio con mis brazos extendidos hacia ambos lados. Llegué a un punto en el que pude ver el patio en su totalidad y nuevamente adopté mi posición contemplativa en cuclillas. Las luces estaban apagadas, no había luna pero una rara luminosidad nocturna me dejaba entrever todo lo que en ese patio había. En un momento me relajé, encendí un cigarrillo y cerré los ojos, quizás para escuchar los sonidos de la noche más atentamente o solo para sentirme en paz y nada más. Fumaba lentamente. A los pocos minutos tuve que abrir los ojos. Creo que porque un poco perdí el equilibrio o porque algo fuera de lo común me puso en alerta. Pestañeé un par de veces para recobrar una buena visión y vi frente a mí, mejor dicho, debajo de mí, en el patio de los vecinos, a Juancho, el enorme ovejero alemán que me miraba fijamente, sentado sobre sus patas traseras y sin abrir la boca. Me alegré de que Juancho me conociera y supuse que por eso no iba a delatar mi extraña presencia en el tapial. Pero supuse mal. Apenas insinué mover una mano a modo de saludo comenzó a ladrarme y a saltar contra el tapial desesperadamente. Quise incorporarme rápidamente, pero me costó. Mis rodillas ya se habían acostumbrado a estar flexionadas. Con mucho esfuerzo y equilibrio logré pararme ante la desesperación cada vez más fuerte y bulliciosa de Juancho. Dije su nombre en voz baja para tratar de calmarlo pero la reacción fue peor. Comenzó a correr en círculo y saltaba contra el tapial como queriendo alcanzarme. No sé si era una impresión o realmente sentía que el tapial temblaba con cada arremetida de Juancho con sus dos patas delanteras. A los pocos minutos se encendió un farol del patio y se escuchó una voz desde el interior de la casa. «¡Juancho! ¿Qué pasa?». Comencé a caminar lentamente hacia el techo de mi casa con los brazos extendidos a los costados, rogando no pisar en falso y caerme, mientras escuchaba el ruido de llaves que abrían una puerta. Alcancé a llegar a mi techo sin que el vecino me viera pero Juancho seguía ladrando desesperadamente. Cuando bajé y me dirigí a mi pieza, pasé frente a la de mi madre. La escuché hablar:
—¿De dónde venís?
La puerta de su pieza estaba semiabierta.
—Estuve en la vereda fumando.
Cuando quise seguir camino a mi cuarto, volvió a hablarme:
—Escuché ruido en el techo… Y el perro del vecino está ladrando mucho. Es raro.
—Deben ser los gatos, mamá.
—Tal vez...
Pasaron varios días, quizás semanas, sin que volviera a incursionar por las alturas nocturnas de las casas vecinas. Lo hice luego de corroborar que mi madre ya estuviera durmiendo. Esta vez decidí no molestar a Juancho y me fui nuevamente para el sur. Tampoco esa noche había luna. Subí al techo de don Julio y Elvira que por suerte también era de loza y seguí hacia la casa lindera. Pero me encontré con una dificultad inesperada. Las paredes de ambas casas no eran medianeras. Un pasillo angosto separaba ambos techos. Pensé en los pibes que practican parkour y al ver que no tenía más de un metro de ancho, o algunos centímetros más, me sentí ágil y capaz de sortear el obstáculo. Y me fue bien. Tomé un poco de envión en el techo de Julio y Elvira, pisé el tapial y salté hacia el techo de los Domínguez. Trastabillé un poquito al caer pero me repuse de inmediato. Apenas me torcí un poco el tobillo pero casi no sentí dolor. Me dirigí hacia el fondo de la casa donde comenzaba el patio y me detuve bien en el borde del techo. No tenían luces encendidas y recordaba que esta familia por suerte no tenía perro. Por lo que agudizando la vista comencé a repasar metro por metro todo el patio. Era como si lo estuviera estudiando para recordarlo más adelante. No sé para qué me serviría eso. En realidad, no le encontraba demasiado sentido a esa actividad, pero me hacía bien. Estuve parado unos cinco minutos fumando. El silencio era interrumpido apenas por el sonido de algún auto que pasaba por la calle, varios metros atrás. Adopté mi posición preferida. Me puse en cuclillas en el borde del techo, haciendo equilibrio y dirigiendo la vista hacia algún punto del patio. Razoné en esos momentos sobre cuál era la razón que me hacía estar ahí. Sabía que no quería meterme en la vida ajena y si por casualidad se me daba la oportunidad de observar que una ventana de alguna de las casas estaba abierta, seguro optaría por ir hacia otra parte. Cerré los ojos para internarme en el silencio y escuché un tranquilo y lejano coro de grillos en el aire. Estuve así durante segundos o minutos, no sé cuántos, y volví a sentir un escalofrío, como noches atrás. Tambaleé en mi riesgosa pose, tuve que hacer equilibrio y abrir los ojos. El patio estaba igual de oscuro pero al levantar la vista, sobre el tapial trasero del patio de los Domínguez, observé una sombra o silueta de alguien en la misma posición que me encontraba yo. El patio habrá tenido quince o veinte metros de largo, que era la distancia que me separaba de ese cuerpo que no alcanzaba a distinguir, no solo por la distancia sino también por la oscuridad. Yo me encontraba a una mayor altura, ya que ese tapial no habrá tenido más de dos metros de alto. De pronto, los grillos parecieron haber desaparecido. Silencio absoluto. Al observar mejor, advertí que indefectiblemente se trataba del cuerpo de una persona y si bien no alcanzaba a distinguir su rostro, me pareció que era una mujer. Estaba inmóvil y parecía observarme. Tuve una sensación extraña que me hizo incorporar lentamente y retroceder. Caminé hacia atrás por el techo de los Domínguez sin quitarle la vista de encima a esa figura y en ningún momento se movió. Opté por regresar a mi casa. Salté con mayor agilidad entre los dos techos y más rápidamente de lo que lo hacía normalmente, llegué a mi cuarto. Escuché los ronquidos de mi madre cuando pasé frente a su habitación.
Durante los días siguientes sentí constantemente una extraña sensación. No podía sacarme de la cabeza esa imagen oscura que en plena noche silenciosa me observó desde aquel tapial. Tardé varios días en volver a incursionar en la altura vecinal. Preferí mientras tanto salir a fumar por las calles solitarias por la noche para tratar de olvidar o buscarle un sentido a esa rara experiencia.
Pero un día volví. Después de cenar me quedé mirando un partido de fútbol por televisión sin que me importara qué equipos jugaban. Nunca me gustó el fútbol pero tenía que esperar esa noche a que mi madre se acostara y por fin se durmiera. Subí al techo cerca de la medianoche. Dudé hacia qué techo vecino dirigirme. No quería encontrarme nuevamente con Juancho y tampoco experimentar esa situación rara que viví la última vez con esa especie de espectro que todavía no sé si realmente estuvo allí, observándome, o fue solo producto de mi imaginación.
Pasé al techo de don Julio y Elvira, salté el pasillo hasta caer en el techo de los Domínguez y continué hacia algunas casas más al sur. Caminé cuidadosamente por encima de una que tenía chapas de zinc, sin hacer ruido, y llegué a otra que tenía una terraza. No me daba cuenta a cuál de mis vecinos pertenecía. En vez de dirigirme hacia el lado de la escalera que seguramente comunicaba al patio, fui hacia el parapeto que daba hacia la calle. Encendí un cigarrillo y me puse a observar el asfalto y las veredas desiertas apenas iluminadas por un triste farol de neón ubicado a mitad de cuadra. Ante tanta quietud y soledad, intenté una posición más riesgosa. Me senté sobre el tapial con las piernas colgando hacia la calle. Y no sé por qué, pero supuse que algo raro podía llegar a ocurrir. Estar tan desprotegido poniéndome de espaldas a la terraza, me daba la impresión de que alguien podría venir por detrás y empujarme al vacío. Tiré el cigarrillo sin terminar a la calle y pasé mis piernas hacia adentro. Al pararme y mirar hacia las escaleras, la vi. La silueta negra, como una sombra, estaba en la escalera de la terraza en cuclillas, en la misma posición que la había visto la otra vez. No se distinguía su rostro, parecía tener capucha o una capa. Estaba inmóvil y sé que me miraba. Sentí un miedo casi infantil y lentamente fui caminando de costado hacia los techos vecinos que me conducirían hasta el de mi casa y de ahí iría directamente a mi cama. Creo que llegué demasiado rápido. Ni siquiera recuerdo haber saltado el pasillo que separa el techo de los Domínguez del de don Julio y Elvira. Al pasar frente a la pieza de mi madre, preguntó con voz entredormida: «¿Sos vos?». Le respondí con voz nerviosa y agitada.
Esa noche casi no pude dormir. No podía entender quién era esa mujer que se me aparecía por los techos y tapiales en las noches misteriosamente. ¿Era una mujer? ¿Existía o era solo una alucinación mía? Di vueltas en la cama durante varias horas, me levanté a tomar agua, fui al baño dos veces y creo que me dormí cerca de las seis de la mañana.
Mi madre me fue a despertar cerca del mediodía.
—¿Hasta qué hora vas a dormir, che?
Me tapé la cabeza con la frazada y di media vuelta en la cama.
—Tendría que darte vergüenza a los cuarenta y cinco años seguir viviendo como un vago…
Almorzamos en silencio. En la televisión un movilero del noticiero le preguntaba a una señora en la parada de colectivos qué opinaba sobre las nuevas denuncias de corrupción que había contra el actual gobierno nacional. Yo masticaba pensando que a mis cuarenta y cinco años no podía tenerle miedo a un fantasma. Porque eso era el espectro misterioso que yo veía o creía ver en los techos por las noches. Y si no era un fantasma y era una mujer o un hombre o un pibe o lo que sea, lo tenía que enfrentar y sacarme las dudas. Muy metido en mis pensamientos y de manera natural como si fuera una costumbre saqué un cigarrillo e intenté encenderlo. La mano derecha de mi madre lo hizo volar de un golpe. «Te dije mil veces que dentro de mi casa no se fuma».
Esa noche decidí subir nuevamente al techo. Más que a fumar o a desplegar mi vida contemplativa en soledad y silencio, sentía la necesidad de encontrarme nuevamente con ese espectro y enfrentarlo.
Mi madre se acostó más temprano que de costumbre. Cuando escuché sus primeros ronquidos guardé el atado de cigarrillos en el bolsillo y comencé a subir cuidadosamente al techo. No voy a negar que sentía un poco de inquietud o nerviosismo, pero no podía dejar de hacerlo. Estuve un buen rato en el techo de mi casa. Fumé el primer cigarrillo y me asomé al patio. Vi mis calzoncillos colgados en la soga. El jazmín estaba dando sus primeros pimpollos. Caminaba nerviosamente yendo y viniendo. Pero recordé que la sombra siempre apareció cuando estuve relajado y quieto, en contemplación o con los ojos cerrados. Pasé al techo de don Julio y Elvira y luego al techo de los Domínguez. Desde ahí la había visto la primera vez, sobre el tapial trasero del patio. Encendí el segundo cigarrillo y me acomodé en cuclillas. Observé varios techos y tapiales vecinos. El único patio con las luces encendidas era el que estaba debajo de la casa en cuyo techo yo me encontraba mirando. Miré hacia a la izquierda, hacia el patio de la casa lindera y todo estaba como tenía que estar: quieto y en silencio. Más allá, hacia el sur, nada extraño ocurría. Todo era quietud y silencio. Pero de pronto la calma se rompió. Juancho comenzó a ladrar en su patio casi desesperadamente y no era por mi culpa. Miré hacia mi derecha, hacia el patio de mi casa, y más allá, vi borrosamente el tapial de la casa de la esquina, la casa de Juancho, que ladraba cada vez con más ímpetu. Agudicé la vista y la vi sobre el tapial lindero, entre mi casa y la de la esquina. Estaba en cuclillas dándole la espalda a la desesperación del ovejero alemán. Parecía no importarle. Solo me miraba a mí. La distancia que nos separaba era el ancho de los techos de los Domínguez y de mi casa y unos metros más. La silueta era tan negra como siempre, no se movía y a pesar de no distinguir su rostro, sabía que no dejaba de mirarme. Juancho seguía alborotando la noche y pocos segundos después escuché una explosión. Sin dudas había sido un disparo de escopeta. Me paré desesperadamente y vi cómo la sombra caía o se deshacía en el aire. No lo advertí bien. Juancho dejó de ladrar. Volví a mi casa casi corriendo y me descolgué a mi patio como si tuviera quince años. Pensé que me encontraría con un cuerpo tirado, herido o muerto. Pero no había nada, al menos en mi patio. Escuché algunas palabras del vecino que intentaba calmar a su perro. Entré a casa, abrí la heladera y tomé agua del pico de la botella. Pasé frente al dormitorio de mi madre. La puerta estaba cerrada. Pensé que al final y por culpa de la explosión no había podido hacerle frente a quien me causaba tanta incertidumbre por las noches. Nuevamente, me costó conciliar el sueño.

No hubo velorio. No teníamos parientes ni amigos a quien avisarles. Me llamó la atención que siendo la una de la tarde mi madre no me hubiese ido a despertar. Me levanté y fui a la cocina. No estaba. Fui hacia el dormitorio y seguía cerrado. Entré y la vi todavía durmiendo. La llamé dulcemente y no me respondió. La zamarreé y ahora casi le grité y tampoco reaccionó. Minutos después el médico de la urgencia me decía que había fallecido producto de un paro cardíaco. «Murió durmiendo. La mejor muerte», me dijo. Me dio las condolencias.
Nunca más subí a los techos ni caminé por los tapiales vecinos. Ahora, después de cenar, me fumo un cigarrillo tranquilo en la cocina mientras miro televisión.

14 de abril de 2026

sábado, 7 de febrero de 2026

LOCA

 


Hay una edad en que la sangre hierve en las venas, tiempo en el que no se piensa demasiado en lo que se hace ni se miden las consecuencias —no hay tiempo para ello—, se pierde la noción de realidad y de cordura, y uno se deja llevar como un niño al que le prometen el juguete eternamente deseado. Siempre pensé que eso pasa cuando uno se enamora sin saber siquiera lo que es el amor o lo que ese sentimiento nos deparará en el futuro. Como esos amores que aparecen de repente en una noche después de varios gintonics que ayudan al hervor de la sangre mientras viaja por nuestras venas desde el corazón a los pulmones para oxigenarse.
Esa noche me quedé solo en la barra de uno de los tantos bares del bulevar con la copa ya vacía a la que agitaba suavemente tratando de que los últimos trozos de hielo le sacaran un poco más de gusto a la media rodaja de limón que minutos antes había ayudado a darle el toque perfecto al gintonic. Mis amigos habían querido llevarme con ellos a un boliche bailable de la zona, pero me negué con la fundamentación de siempre: odiaba entrar a esos lugares donde solo se escuchaba música que no me gustaba, odiaba ver gente bailar esa música, odiaba bailar y por sobre todas las cosas sabía que jamás encontraría a la mujer de mi vida en un lugar como esos.
El bar estaba lleno de gente y si me quedé un rato más ahí adentro fue porque entre el bullicio se podían escuchar canciones de U2. Cuando estuve por pedirle al barman el último gintonic que me tomaría esa noche, sentí un golpe en la espalda. Más que un golpe, un empujón que casi me hace caer de la banqueta.
—Perdón, perdón… —suplicó a duras penas una morocha que llevaba en su mano derecha un vaso casi lleno y se apoyó en la barra. No se la veía bien y alguien con el suficiente sentido común hubiese advertido, como lo hice yo en ese instante, que su problema no era más que exceso de alcohol en la sangre… mejor dicho, en todo el organismo.
—¿Estás bien? —vi que no podía mantenerse en pie y le ofrecí gentilmente mi banqueta. Sonrió y apoyó el vaso sobre la barra.
—Es ron… —entendí que quiso decir, ya que la lengua se le trabó y le jugó una mala pasada.
Advertí que de pronto quienes estaban sentados a mi alrededor se fueron y nos quedamos con la morocha en la barra un poco más cómodos. Agarré otra banqueta para mí y pedí el gintonic pendiente.
—Yo también quiero… —me dijo como pudo la morocha mientras sostenía su vaso de ron casi lleno.
—Terminate primero ese y después te invito otro —le dije como para salir del paso.
Mientras el barman acercaba mi nueva copa, la morocha se agachó y previo a tener dos o tres arcadas, vomitó en el piso. Me dio mucho asco no solo por la situación y el olor sino también porque sus fluidos mancharon mi pantalón y mis zapatos. Tuve ganas de putearla, de llamar a alguien para que se la llevase de ahí, para que la sacaran del bar, pero tuve un sentimiento que no podría ahora definirlo y la tomé por los hombros, la incorporé sobre sí misma y la llevé hacia la vereda. Supuse que tomar aire fresco le haría bien. Además, sabía que en pocos segundos vendrían sus amigas o su novio o alguien a buscarla, a ayudarla. No ocurrió así. Mientras la gente nos abría paso entre risas y muecas de asco, yo llevaba casi arrastrando a la morocha hacia la vereda, ante la mirada absorta del barman que advertía que estaba abandonando mi copa intacta sobre la barra.
—¿Con quién estás? —le pregunté mientras la sentaba en una silla plástica que gentilmente me acercó uno de los grandotes que estaba como seguridad en la puerta. Comenzó a reír.
—No me traje el vaso, putamadre…
Alguien me acercó un vaso de agua.
—Tomá, para que se enjuague un poco la boca tu novia. Ah, y este bolso es de ella.
Agarré el vaso, el bolso y cuando intenté explicarle a quien me dio las cosas que ni siquiera sabía quién era la morocha, me encontré con que estábamos los dos solos en la vereda.
—Tomá, enjuagate.
La morocha sorbió un poco de agua, hizo un buche y escupió a un costado.
—¡Qué feo que es vomitar! ¿Me buscás mi copa?
A pesar de que yo había tomado bastante, estaba un poquito mejor que la morocha. Le dije que se tranquilizara, que tome un poco de aire, que le iba a hacer bien y después podría volver a entrar a buscar a sus amigas. Rio.
—¿Qué amigas? Estoy sola…
Abrió el bolso y sacó un pañuelo. Creí que se iba a largar a llorar. Pero se secó los labios, levantó la vista y me dijo:
—Caminemos un rato. Me va a hacer bien.
Tenía ojos negros, muy oscuros, y una mirada muy bella. Era una linda mina que habrá tenido mi edad, pero parecía más grande. No sé si por sus rasgos o por el estado deplorable en el que se encontraba. Se incorporó a duras penas de la silla, me tomó de la mano y comenzó a caminar arrastrándome y canturreando una canción del Flaco: «Vamos al bosque, nena… uu-uhhh».
Creo que no hubiese caminado ni dos pasos a su lado si no la hubiese escuchado cantar. Ese fue el embrujo, esa fue la telaraña que me atrapó y que me decidió a seguirle el juego. Una sirena que me encantó con su fresco canto… debería haberme tapado los oídos… Caminamos por el cantero central del bulevar rumbo a la costanera. Como podía, caminaba y cantaba. Tenía que sostenerla para que no cayera.
—Deberíamos tomar un café —propuso de repente—. Yo pago.
No me pareció descabellada la idea y acepté la propuesta. Todavía los bares del bulevar estaban abiertos y nos sentamos a la mesa de uno, en la vereda. El mozo se acercó.
—¿Y si en vez de café le damos a la birra? —propuso.
—¡No! —fue mi reacción inmediata—. Traenos dos cafés. Dobles y bien cargados —le dije al mozo.
En cinco minutos me atormentó con su charla. Llegó un momento en que deseé que se callara un poco. Comenzó a dolerme la cabeza. Vestía una camisa negra y desabrochó uno de los botones. Advertí que sus pechos eran lo suficientemente grandes como para llamar la atención. Cada vez que llevaba la taza de café a sus labios, sus ojos se clavaban en los míos y sonreía. A medida que pasaban los minutos, la morocha iba recobrando la postura. Ya era hora de averiguar, aunque sea, su nombre.
—Marcela.
Siguió hablando como si nos conociéramos desde la infancia. Yo solo escuchaba y de vez en cuando le dirigía la palabra cuando me preguntaba algo. Lo que jamás me preguntó fue mi nombre. En un momento dado abrió su bolso y comenzó a buscar algo. Revolvió durante unos cuantos segundos mientras sus gestos demostraban preocupación.
—No encuentro mi reloj… ¿Qué hora es?
No le contesté. Solo extendí mi brazo y le mostré mi reloj pulsera para que ella misma viera la hora. Me tomó la mano y observó casi con admiración mi reloj.
—¡Qué hermoso!
Me hizo un gesto para que se lo prestara, para verlo mejor. No sé por qué se lo di. Estuvo varios segundos mirándolo, alabándolo, y lo apoyó en la mesa. No lo recogí en ese momento, no le di importancia, y la conversación —¿o monólogo?— continuó un buen rato mientras comenzaron mis ganas de ir al baño. Mucho líquido comenzaba a hacer estragos en mis entrañas. El bar estaba lleno; en la vereda también estaban todas las mesas ocupadas e inclusive había gente de pie que esperaba que se desocupara alguna. De repente Marcela agarró mi reloj, se lo puso en su muñeca izquierda, tomó su bolso, se paró y me dijo «Vamos». Y salió casi corriendo hacia el puente.
—¡Pará, loca! ¡Hay que pagar!
—¡Que pague otro! —gritó y siguió su camino apresurada. Si ella no hubiese tenido mi reloj, juro que me hubiese quedado en el bar a tomarme una cerveza, pero no podía dejar que se lo llevara. Suponía que no me lo iba a robar. Era evidente que quería que la siguiera.
—¿Se van? —me preguntó una chica que esperaba la mesa junto con una amiga.
—Sí —le dije—. Haceme un favor —saqué un billete de quinientos pesos de mi billetera y se lo di a la piba, que me miraba asombrada—. Pagale al mozo, seguro que sobra algo... Confío en vos —y salí corriendo detrás de Marcela.
La alcancé como a las dos cuadras. Se reía con ganas y caminaba para atrás dando saltitos. Se sacó el reloj y me lo devolvió.
—Me da mucha adrenalina irme de un bar sin pagar… —dijo entre carcajadas.
No le dije que había dejado el dinero. Se la veía feliz en su papel de pequeña delincuente.
Cuando llegamos a la costanera, nos sentamos frente a la laguna. Me dijo que era un tipo bueno, buen mozo y que tenía onda conmigo. Me insinuó sus pechos y me dio un beso en la mejilla. Yo estaba como inmovilizado, no sabía cómo reaccionar ni qué decir y sentí unas ganas desesperadas de orinar.
Volvió a revolver en el interior de su bolso y ahora sí sacó algo que no alcancé a ver bien qué era.
—Hagamos un pacto —me dijo.
La miré ya con un poco de temor. Desenvolvió un pequeño objeto y me lo mostró: una hoja de afeitar.
—Un pacto de sangre…
Estábamos sentados casi tocándonos brazo con brazo y me alejé unos centímetros.
—¿Qué hacés? ¿Estás loca? —le reproché.
—¿Tenés miedo?
—Ni siquiera te conozco y me estás invitando a hacer un pacto de sangre. Estás totalmente loca…
Mis ganas de orinar se hacían cada vez más insoportables y no veía en esos momentos otra salida que hacerlo ahí, en la laguna, delante de Marcela. No había otra opción. No aguantaba más.
—Yo no tengo miedo. Esto es valor, coraje… —se llevó la hojita de afeitar hacia una de sus muñecas.
—¡Dejá de boludear, ¿querés?!
Comenzó a reír y yo sentía que me orinaba encima. Quería estar en otro lado, en el boliche con mis amigos, bailando la música que no me gustaba. Pero no ahí, con esa mina que se quería cortar las venas y me invitaba a hacerlo. Maldije haberme quedado solo en la barra tomando el gintonic, con la sangre en las venas hirviendo. Marcela pasó suavemente el filo de la hojita de afeitar sobre su antebrazo y apenas se rasguñó. Después se lo llevó a la mejilla y la hundió con más fuerza. Vi la sangre. Intenté sacarle la hojita de afeitar pero mi vejiga casi explotó con mi movimiento. Luego el tajo fue en su pecho, en el medio de sus tetas. Ver la sangre en su cara, en su cuerpo, comenzó a descomponerme. Marcela reía a carcajadas en un baño de sangre y yo estaba inmóvil, a punto de orinarme encima. Se llevó el filo hacia su cuello, hacia la yugular y le grité como loco que no lo hiciera, y cuando intenté sacarle la hojita de afeitar, se me abalanzó para cortar mi cara y ahí sí me oriné. Grité. Grité como un loco mientras sentía el líquido tibio entre mis piernas.
Grité tan fuerte y fue tan grande mi desesperación que me desperté. Con las sábanas mojadas y calientes.

30/08/2020 
(después de escuchar 
“Polaroid de locura ordinaria” 
De Fito Páez)

jueves, 8 de enero de 2026

LA CONFESIÓN


El once de julio del año dos mil doce tuve que ir a los tribunales, señora presidenta. Y usted lo sabe muy bien porque yo ya se lo comuniqué. El dos de julio me tomé el atrevimiento de mandarle una carta certificada con aviso de retorno para que usted tomara conocimiento de lo que a mí me está ocurriendo desde hace ya un buen tiempo. Me citaron bajo apercibimientos de ley a prestar declaración indagatoria en una causa por daño calificado. Me acusan de haber provocado la muerte de tres árboles que estaban frente a mi vivienda con la utilización de un taladro y gasoil. Y es cierto: así lo hice. Pero ya le explicaré por qué.
Fui al juzgado con la mayor tranquilidad. Luego de anunciarme en la mesa de entradas ante una mujer pequeña, morocha y antipática, me hizo ingresar a una vieja y muy pequeña oficina un hombre que habrá tenido mi edad, un poco más, un poco menos, qué más da. Alto como yo, pero más delgado, barba tupida, cabello entrecano, camisa blanca, corbata bordó, pulóver bremer negro, blazer azul. Muy prolijo, muy correcto. Me extendió la mano y acepté su saludo, mencionó un apellido que no recuerdo en estos momentos (estoy seguro de que no era oriundo de mi ciudad), pero cuando le pregunté si era el juez, se apuró a contestarme que no, que era el sumariante encargado de la investigación de mi causa y que el juez leería mi declaración por la tarde. Hasta ese momento, señora presidenta, yo creí que quien interrogaba a las personas que declaraban en los tribunales era un juez…
Me explicó este señor con mucha celeridad la razón por la cual yo me encontraba frente suyo a punto de declarar, me dijo que en virtud de mi condición de imputado (en ese momento comencé a sentirme un delincuente, un criminal) tenía derecho de no declarar y que eso no implicaría nada en mi contra y, por sobre todas las cosas, me informó que tenía el derecho de nombrar un abogado defensor y declarar cuando él estuviera presente. Yo le agradecí mucho sus palabras, le dije que no tenía dinero para abonar los honorarios de un abogado particular, lo que por otra parte era cierto, y con la amabilidad que caracterizaba a este señor, me dijo que no me preocupara, que me nombrarían de oficio (término que todavía no entiendo) a un defensor público del Poder Judicial, que me defendería como cualquier otro abogado y que era totalmente gratuito. No hice objeción alguna y mientras observaba cómo el sumariante escribía en la computadora a una velocidad increíble y sin mirar el teclado, esperé sus preguntas.
Luego de solicitarme mi documento y los datos de filiación completos, me preguntó qué tenía que decir al respecto de la imputación que se me había hecho conocer y ahí aproveché para preguntar yo:
—¿De cuánto tiempo dispone?
—Del que usted necesite —me contestó muy gentil el sumariante y creo que hasta el día de hoy se debe estar arrepintiendo de haberme dicho eso.
Intenté a partir de ese momento demostrarle la teoría que sostenía un director de Hollywood: la realidad supera a cualquier ficción. Y que muchas cosas no son tan casuales.
Señora presidenta: le contaré a usted aproximadamente lo que se volcó en el papel de mi declaración y que, por supuesto, como se lo dije antes, usted ya está al tanto de toda la historia porque seguramente habrá leído mi carta del dos de julio, aunque todavía no haya recibido en mi domicilio el aviso de retorno.
Debía justificar el porqué de mi accionar, por qué maté los tres árboles que yo mismo había plantado frente a mi vivienda y a una lindera (también de mi propiedad). Y era menester que el juez, a través del sumariante, se enterara de lo que me venía ocurriendo en los últimos tiempos.
Soy soltero, vivo solo y no tengo trabajo. Subsisto gracias a la renta de la vivienda lindante a la mía que heredé de mis padres y por suerte no debo abonar alquiler por mi casa. Cuando uno vivió ya medio siglo y se encuentra sin trabajo, se las tiene que ingeniar para poder sobrevivir. Es así que decidí capacitarme (considero que es la única manera de superación personal) y comencé a concurrir a un curso de gasista por las noches en una escuela técnica de mi ciudad. Así comenzó mi padecimiento. En una oportunidad, aproximadamente a las veintitrés horas, cuando salí de la escuela, me dirigí al estacionamiento de motos donde había dejado la mía y grande fue mi sorpresa cuando no la encontré en dicho lugar. Luego de preguntar a quien pudiera saber algo, usé mi lógica y me dirigí a la comisaría más cercana para dar aviso de la novedad. Pero no llegué. A casi dos cuadras del lugar me encontré con mi moto tirada en la calle, partida prolijamente por la mitad, corte hecho seguramente con una sierra eléctrica. Un corte perfecto. ¿Un aviso?
—¿Radicó la denuncia? —se apuró a preguntarme mi interlocutor.
—Creí que no iba a ser necesario hacer la denuncia policial —contesté tranquilo y continué mi relato.
Días después, nuevamente en horas de la noche, luego de concurrir al curso de gasista, volví a mi domicilio (ahora en mi vieja bicicleta, comprenderá usted que no estoy en condiciones de comprar una moto nueva ni de arreglar la que tengo dividida en dos) y luego de ingresar a mi casa con total normalidad, como era costumbre, me dirigí hacia la cocina para hacerme un café. Pero ya una rara sensación me invadió sin saber por qué. Al ir a lavar la taza, encuentro que en la bacha de la mesada alguien había depositado varias piedras de diferente tamaño. ¿Quién había ingresado a mi casa sin dejar ningún tipo de rastro? Todas las puertas estaban cerradas con llave como yo las había dejado al irme. Ninguna ventana se veía violentada, ningún acceso posible había a mi intimidad hogareña. ¿Otro aviso? ¿Me estaban vigilando? ¿Estaba siendo controlado por alguien? ¿O por algo?
Esta situación se fue reiterando en el tiempo. Si no eran piedras en la bacha, eran las sillas corridas, o la bañera del baño llena de agua, o simplemente una hornalla prendida. Imagínese usted, señora presidenta, el temor que tenía (y tengo) al sentirme vigilado de tal manera, tan misteriosamente. Por supuesto que busqué una posible solución a esta extrañeza. Seguramente mis vecinos habrían visto quién ingresaba a mi domicilio y cómo lo hacía. No había muchas más posibilidades de hacerlo que por la puerta principal del frente o por el portón del garaje, a los que yo dejaba perfectamente cerrados con llave. Alguien de alguna u otra forma se las habría ingeniado para conseguir un duplicado de mis llaves o alguna ganzúa para no dejar rastro alguno. Y tomé la decisión de golpear todas las puertas de los vecinos de mi cuadra. Por supuesto, nadie había visto nada. Adujeron que en el horario en que yo me ausentaba de mi casa, ya era hora de estar adentro, de cenar e irse a dormir, por lo que nada podrían haber visto. Además, a esa hora, la luz artificial no es mucha en el lugar, dijeron.
Esto me llevaba a confirmar que mis vecinos, sin excepción, estaban confabulados con mis controladores y el único fin era volverme loco. Pero todo tiene una explicación, señora presidenta, a esta persecución de la que estoy siendo objeto. Siempre me preocupé por combatir la injusticia y luché en favor de los más desprotegidos. Promoví la defensa del cooperativismo y creo que la deuda externa fue la principal causa de la triste historia económica de nuestro país desde los años 70 hasta la actualidad. Mi avidez por saber y encontrar las causas del default en nuestro país me llevó a contactarme con la BBC de Londres, con la Internacional Socialista (que tenía su sede también en Londres), con la Nathional Geografic, con el señor Hugo Chávez, presidente de Venezuela (ya que este país había tomado participación en la firma SanCor, aquí cerca, en Sunchales) y con todo tipo de biblioteca pública o privada a mi alcance. Fueron de suma importancia tres discos compactos llamados “Memoria Abierta”, editados por el diario Página 12 también. Todo esto hizo que también intente obtener mi doble nacionalidad (argentina/italiana) a través de la Unión Europea para poder viajar e investigar en el viejo continente, pero la negativa de este organismo internacional hizo que me tuviera que conformar con los datos de los que disponía y con una computadora de muy baja tecnología conectada a una muy pobre internet —la única a mi alcance—para poder seguir mi investigación.
¿No le parece, señora presidenta, un poco extraño que una persona como yo, que se preocupa por los demás y además se contacta con organismos tan importantes, sea vigilado en su propia casa de manera tan descarada?
Atento a las manifestaciones de mis vecinos de no ver ni oír nada cuando seres anónimos visitan mi domicilio en mi ausencia, ideé un mecanismo para que nadie pudiera dejar de enterarse quién concurre a mi casa en horas de la noche, cuando el curso de gasista ocupa mi tiempo. Durante el día (que me encuentro siempre en el interior de mi casa) nadie, pero nadie, pasa a tocar el timbre ni siquiera para pedir limosna. Pero cuando yo no estoy, parece que concurren, tocan el timbre y cuando advierten mi ausencia, aprovechan para entrar sin mi permiso. Entonces conecté el timbre de mi casa para que suene y se trabe hasta que únicamente yo pueda desconectarlo, así, si no me encuentro en mi casa en ese momento, el ruido ensordecedor y molesto llamaría la atención de mis vecinos, que no podrían dejar de salir a la calle para ver quién era la persona que tan impacientemente quería visitarme. Y así ocurrió que una de las noches al regresar del curso e ingresar a mi domicilio, todo estaba en su lugar, nadie había aparentemente ingresado sin permiso, pero algo olía mal. Un olor extraño comenzó a invadir mis narices y sospeché que había ocurrido lo que a los pocos segundos comprobé: el timbre se había quemado de tanto sonar sin que nadie lo detuviese. Por un lado lamenté haber inutilizado el timbre, pero por el otro me puse contento, ya que seguramente mis vecinos habrían podido comprobar quién lo había accionado. Nuevamente mis preguntas al vecindario no obtuvieron una respuesta positiva. Nadie escuchó el timbre que, seguramente, debió haber sonado no menos de media hora sin parar antes de quemarse. La explicación fue siempre la misma: es muy tarde, hay poca luz artificial, no se ve nada, no se escucha nada.
Cuando decidí cortar por lo sano y radicar la denuncia policial con el fin de que se disponga frente a mi domicilio una guardia permanente, tampoco obtuve una solución. La policía nunca me escuchó, aunque sí, pero no me tuvieron la paciencia que me tuvo el sumariante del Juzgado. El oficial que me atendió en la comisaría seccional primera que corresponde por jurisdicción a mi domicilio, luego de escuchar algo de mi historia, me recomendó muy amablemente concurrir al hospital local para hablar con la sicóloga o la siquiatra. Al principio lo tomé a mal, pero luego de unos días pensé que quizás el oficial tuviera razón. Una sicóloga o una siquiatra seguramente me dirían si en realidad estaba o no procediendo bien en busca de una solución a mi problema. Y hacia allí fui. Tres veces. Nunca logré que me atendiera una o la otra.
Y me planteo desde ese momento: ¿estoy fuera de la realidad? Los propios integrantes de mi familia creo que confabulan en mi contra. Un día me dicen una cosa y al otro día me dicen exactamente lo contrario y, cuando se los hice saber, negaron a rajatablas haberme dicho algo diferente a lo que después afirmaron. Mis amigos, o los que alguna vez lo fueron, me recuerdan ahora algunos hechos que vivimos en la adolescencia o la juventud y me recriminan cosas pasadas como nunca lo habían hecho. Todo esto me llevó a concurrir a la oficina del Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo, en la Universidad Nacional del Litoral de la ciudad de Santa Fe, para presentar documentación en la que se me acusaba de tener memoria revanchista. Además, concurrí a la oficina de Derechos Humanos, también en la ciudad de Santa Fe. De ambos organismos recibí respuestas evasivas y me solicitaron que presentara dicha documentación en la ciudad de Rafaela. Pero toda esta trama en mi contra se acrecentó aún más cuando solicité a dichos organismos la devolución de la documentación que presenté y me dijeron sin tapujos que la habían extraviado. Y como si eso fuera poco, señora presidenta, al buscar las copias de dicha documentación en mi casa, descubrí que ya no estaban, que la caja donde yo guardaba los papeles importantes de mi vida había desaparecido.
Se imaginará, señora presidenta, la cara del sumariante que me escuchaba con un forzado respeto a esta altura de la declaración: mi monólogo llevaba dos horas y media. Le pregunté si seguía mi historia, si me entendía, y titubeando me dijo que sí, pero que quería que fuera redondeando la idea. Entonces me apiadé de él y le dije:
—Pregunte, nomás.
Y suspiró aliviado, el pobre. Y, como rogándome, suplicándome, me preguntó:
—Pero dígame concretamente, señor Bianchi, ¿por qué quemó los árboles?
Evidentemente, no me escuchaba, no me entendía o solo quería cerrar su investigación y lograr mi confesión, sin tener en cuenta la historia de mi vida, que en definitiva fue la que me llevó a matar a esas malditas plantas.
Y bueno, se lo expliqué nuevamente, pero de manera más breve y clara. Como seguían sucediendo cosas raras en mi casa y al no poder instalar un sistema de seguridad por su alto costo ni poder cambiar las cerraduras de las puertas por otras más sofisticadas, decidí ayudar a mis vecinos para que pudieran observar quiénes iban a mi casa cuando yo no me encontraba, cuando yo me dirigía a realizar el curso de gasista para asegurar el poco futuro que me queda, y para que la noche cerrada no les impidiera la visión en esa boca de lobo en que se había convertido el frente de mi domicilio debido a la poca iluminación, problema que se acentuaba por las tupidas copas de los árboles que yo mismo había plantado frente a mi casa. La única forma de solucionar ese inconveniente, ese problema, fue secando los árboles.
El sumariante por fin se puso a escribir a la velocidad de un viento huracanado, como si hubiese descubierto los secretos para lograr la inmortalidad. Creo que hasta sonrió de satisfacción al haber logrado mi confesión, el hecho de que yo asumiera mi condición de delincuente común.
Quiero terminar esta carta, señora presidenta, con todo el respeto que usted se merece, diciéndole que se cuide, que no deje de defender los intereses de nuestra gloriosa nación como lo viene haciendo hasta ahora y como lo hizo su extinto marido cuando fue nuestro presidente. Todos sabemos que en nuestra América Latina los grupos dominantes (con presencia en todos los estamentos sociales) utilizan la parte ejecutiva represiva que son las fuerzas de seguridad. Esta forma de extorsión y golpe de estado, no solo económico sino también político, la han sufrido ya los presidentes Zelaya en Honduras, Correa en Colombia y Chávez en Venezuela. Esto nos demuestra que siguen pensando en volver para revertir lo poco o mucho que se hizo. Yo conozco sus principios, señora presidenta, y la manera en que los está haciendo cumplir con su mandato es el camino que nos llevará hacia un futuro mucho mejor para todos los argentinos.
Sepa disculpar esta molestia. Le agradezco su atención y la saludo muy atentamente.

Santiago Bianchi

2012

jueves, 1 de enero de 2026

LA VENTANA


Esquina de 9 de Julio y Santiago del Estero (Santa Fe) 01/01/2016

Escribir al menos para eso, para eternizar algo pasajero.
(«Sobre héroes y tumbas», Ernesto Sabato)

Cuando la vi, vinieron a mi mente —escalofrío mediante—, las imágenes que tenía guardadas de Alejandra y de Martín. No sé por qué, o sí, lo sé: esa pared gastada, muy vieja, olvidada, color sepia —sin la ayuda de tecnología alguna—, me hizo pensar en el mirador de la vieja casa de Barracas. Las persianas herrumbradas y entreabiertas, la reja trabajada como ya no se las fabrica más, también oxidada, descuidada, enmohecida. Las hojas de la puertaventana con los vidrios repartidos y sucios, alguno más viejo que otro, la banderola en la parte superior y su moldura de estilo. Debo haber dado una imagen sospechosa al haberme quedado parado frente a esa casa, con el cuello inclinado a cuarenta y cinco grados y la mirada absorta, perdida en esa vieja ventana, pero no en su imagen, en esa cerrazón que no impidió que mi imaginación volara y penetrara muros infranqueables.
El interior se veía oscuro y no pude dejar de imaginarme a una muchacha recostada en su cama, los ojos cerrados pero que supe hermosos, cabellos negros con reflejos rojizos, con sus piernas largas encogidas, descansando profundamente; y un pibe inocente, aparentemente menor que ella, sentado a su lado, mirándola, deseándola como una bestia desesperada, pero sabiendo que ella era un ser divino inalcanzable. Imaginé que yo era Martín y que Alejandra era un sueño loco y peligroso que estaba dispuesto a enfrentar. Sentí en pleno verano santafesino el frío húmedo del otoño, como si una llovizna acariciara mi barba entrecana y contemplé esa imagen hermosa de dos seres casi juntos, en la misma cama, pero tan lejanos a la vez. Escuché en el interior de la casa, quizás en la habitación contigua o en un comedor de la planta baja, el lamento de un clarinete: notas desarticuladas y obsesivas. Imaginé a un viejo centenario de ojos vidriosos balbuceando palabras casi ininteligibles que recordaban a la Legión huyendo hacia el norte con el cadáver hediondo de Lavalle, pudriéndose… La habitación estaba oscura, apenas iluminada por la luz de una vela a punto de acabarse, y caminé lentamente por sus pisos gastados. Al intentar salir de la habitación observé una escalera caracol metálica que me conduciría seguramente hacia el autor de la triste melodía, pero dudé en ir en su búsqueda. Estaba en muy mal estado y con varios escalones rotos. Además, la escena de Martín y Alejandra me deslumbraba, nunca había visto una imagen tan desgarradora y amorosa a la vez. Como un cuadro expresionista. Ella, de apariencia tan angelical, inmersa en sueños que imaginé tenebrosos; y él, lánguido, triste, observándola, esperanzado en un amor que no podía ser.

El bocinazo de un colectivo de la línea 2 me hizo volver a la realidad y me sentí ridículo, allí parado, inmóvil, sobre la vereda de calle 9 de Julio, en la esquina con Santiago del Estero, observando la ventana de una vieja casa que había advertido segundos antes, al mirar sin saber por qué hacia arriba, al azar.

martes, 30 de diciembre de 2025

PARTICULARES 30



¿Querés uno? No, me tenés podrido con esos yuyos… Simón encendió un Particulares 30 y no le dio importancia al comentario de Valerio. Pitó suavemente y disfrutó el momento.

El sábado siguiente sonó el celular de Simón. ¿De dónde la sacaste? Qué importa, venite. No jodás. Dale, nos vamos a mi quinta. Simón sintió un escalofrío. No le entusiasmó demasiado la idea, pero fue hacia la casa de Valerio. ¿Y en qué vamos hasta la quinta? Valerio exhibió las llaves del Peugeot 404 y sonrió. Simón meneó la cabeza y dijo vamos.
Poco hablaron en el camino. ¿Dónde la conseguiste? Un conocido… ¡Terminá con el misterio, boludo! No jodás, qué importa. El 404 iba a una velocidad regular, era una joyita. Simón se comía la uña del índice derecho mientras Valerio ponía más fuerte la música: Premiata Forneria Marconi. Ambos sonrieron con ganas mientras se encandilaban con las luces de los autos que iban por la ruta 1 en sentido contrario.
A los pocos minutos estaban ingresando a la quinta. Valerio estacionó el 404 detrás de la casa, para que no se viera desde la ruta, mientras Simón cerraba el portón con el candado. A oscuras ingresaron a la casa. Prendé la luz, boludo. No, más vale que no se note que estamos acá. Simón se encogió de hombros. Actuaban como si estuviesen escapando de la policía, como si hubiesen cometido un delito que les exigiese la clandestinidad. No veo un choto. Abrí los ojos, boludo… Simón encendió el Carusita y las paredes reflejaron un amarillo opaco espantoso. En la quinta no había un solo cuadro. ¿Hay cerveza? Fijate. Simón abrió la heladera. Una botella de agua, una manteca rancia, asado frío de varios días atrás. Protestó. Valerio se sentó en el sillón grande y Simón en el chico, en frente. El Carusita seguía brindando luz, escasa pero suficiente. Valerio había corrido las cortinas por las dudas. Nadie debía enterarse de que estaban allí. ¿Vos ya probaste?, preguntó Simón. Sí, mintió Valerio. ¿Y vos? Simón negó con la cabeza. Los nervios habían comenzado a hacerle efecto. Valerio se inclinó y sacó de su bolsillo trasero del pantalón de jean una caja de fósforos de madera chiquita, toda aplastada. La recompuso con sus manos y la abrió. La puso sobre la mesa ratona y buscó papel para armar cigarrillos en otro bolsillo. Simón tomó la caja y olió su contenido. Hizo cara de asco. ¿Estás seguro qué es esto? Obvio… Valerio se mostraba con más decisión y confianza y se dispuso a preparar el primer porro. Pero sus manos temblaban y le salió horrible. Lo desarmó y lo intentó nuevamente. Tomá, dijo y Simón extendió su mano. Preparó otro y suspiró al terminar. En pocos segundos estarían viviendo una experiencia desconocida que —imaginaban— daría un giro impensado a su vida.
Valerio tomó el Carusita y encendió su cigarrillo. No tragues el humo, recomendó. Pitó, retuvo el humo en su boca y lo largó suavemente hacia arriba. Simón tomó su cigarrillo con el índice y el pulgar izquierdo y con su mano derecha tomó el Carusita. Sin estar convencido por completo, lo encendió. Pitó profundo, retuvo y largó el humo torpemente. Tosió. ¡Es un asco! Dale, boludo. Fumá tranquilo... despacio... cerrá los ojos... mirá al techo... a la nada… Entre cuatro paredes, a oscuras, solo se distinguían cuando el otro pitaba y la brasa iluminaba débilmente el rostro. El silencio que los rodeaba era inmenso. Estaban escondidos como prófugos. Lo que estaban haciendo era reprochable socialmente y quién sabe si no terminarían tras las rejas si los descubrían.
Apenas un minuto duró la experiencia. ¡Son recortos! Pará, tengo más. Valerio preparó dos porros más, pero ahora, más tranquilo, se esmeró y los hizo más compactos. El Carusita dio inicio a una nueva experiencia. Una pitada, un suspiro, un techo apenas perceptible. A los pocos minutos la segunda experiencia se acabó. ¿Y? ¿Y qué? Pensé que… ¡Esperá un rato!
Simón se acomodó en el sillón e intentó mirar a través de la oscuridad a su amigo. Apenas lo percibió. Valerio respiraba hondo, como forzado. ¿Qué pasa? Nada. Silencio. Un minuto. Dos. Che… ¡Shhhhh! Simón no entendía nada. Valerio esperaba no sabía qué. Quince minutos. Debe ser trucha. O tabaco común. Simón largó una carcajada. ¿Cuánto te cobraron? Me la regalaron. «El primero te lo regalan, el segundo te lo venden…», canturreó Simón por lo bajo. Valerio sonrió, se levantó y encendió la luz. Cerraron los ojos instintivamente; les costó ver durante unos segundos a su alrededor. Un humo denso flotaba en la habitación. Valerio abrió una ventana. Quiero una cerveza, dijo Simón. Vamos, volvamos a la ciudad.

El 404 regresaba tranquilamente a la ciudad y sus ocupantes seguían escuchando PFM. ¡Qué boludos!, gritó y largó una carcajada Simón. A Valerio se le contagió la risa. ¡Dame uno de tus yuyos, gil! Son mucho más ricos. Atravesaron el puente colgante lentamente. La laguna Setúbal contagiaba serenidad. Valerio y Simón ingresaron a la ciudad despidiendo por la boca humo de un Particulares 30.

lunes, 10 de noviembre de 2025

CULPABLE

Paisaje isleño santafesino.

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A los vagos…

Llegué a casa desencajado. Dos días atrás me había ido al río con mis amigos y no debería haber vuelto sino hasta el domingo. Por lo que ni Lucía ni ninguno de mis hijos me esperaba ese viernes por la tarde. Abrí con mi llave y entré sin decir nada. Lucía escuchó el ruido de la puerta y pegó el grito: «¡¿Quién es?!». Me limité a tartamudear un «soy yo» para tranquilizarla y me metí en el baño antes de que me vieran y sin siquiera saludar.
Yo se lo había dicho a los muchachos: no lleven las armas, déjense de joder. Pero no, siempre son los mismos boludos que se creen que porque se van a pescar al río van a vivir una historia de vaqueros, pero con los pobres pájaros, que qué puta de culpa tienen de que a los hombres les guste demostrar su puntería. Y las llevaron. No una cada uno porque si no ya hubiese sido el far west. Federico, Mateo y Gonzalo fueron los únicos imbéciles. Y uno siempre se predispone... y ese miércoles, cuando ordenábamos las cosas en la lancha y los vi con las pistolas y la escopeta, se me fueron hasta las ganas de pescar. Intenté persuadirlos para que no las llevaran y me contestaron, medio en joda y medio en serio: «¿No escuchás las noticias, vos? Hay una banda en el río que se dedica a asaltar y a matar pescadores deportivos». Cuando escuché la palabra «deportivos» casi me reí pero me contuve. Además, tenían razón. Días atrás habían asesinado a tres pescadores aficionados en una isla de El Biguazal y no era joda. No tuve otra opción que callarme y aceptar la compañía —para mí nunca agradable— de las armas de fuego.
Lucía corrió preocupada hacia el baño. «¿Qué pasó? ¿Qué tenés? ¿Estás descompuesto? ¿Por qué volviste hoy?», y no sé cuántas otras preguntas más me habrá hecho en ese momento ya que no la escuchaba, y la tranquilicé con un «me estoy cagando» desagradable, como para que me dejara en paz al menos por un rato. La reacción no se hizo esperar: «Siempre el mismo ordinario... ¿Por qué no te quedaste con tus amigotes —palabra que destacó despectivamente— un mes más en ese río?» y se alejó, cosa que deseé desde el principio. Mi mente estaba a punto de estallar. A pesar de no tener ganas de dar rienda suelta a mis necesidades fisiológicas, me senté igual en el inodoro y me tomé la cabeza con las dos manos. Cerré los ojos y tuve ganas de morir. ¿Cómo iba a hacer para salir adelante después de lo ocurrido? ¿Con qué cara podría salir de ese baño y mirar a mis hijos a los ojos? ¿Qué explicación le daría a Lucía? Jamás había sentido una sensación semejante. Tenía el estómago revolucionado y las ganas de vomitar eran cada vez más. Me largué a llorar. Siempre fui un tipo recto, jamás me mandé alguna macana y no porque no lo hubiese podido hacer sino porque no soportaría que alguien me lo echara en cara. Jamás me quedé con un centavo ajeno. Jamás acepté algo que no correspondía aceptar. Siempre actué teniendo en cuenta a mis hijos, el buen ejemplo... Y ahora esto... ¿Cómo les voy a explicar lo que pasó? El mundo se me vino encima. Mi conciencia, siempre tranquila, no encontraba ahora la paz perdida. ¿Qué mierda pasó por mi cabeza en esos segundos? No me alcanzaba el tiempo para pensar en lo que tenía que pergeñar para justificarme, o directamente no encontraba justificación a mis actos terriblemente absurdos, esos que uno ni siquiera en sueños los comete porque su otro yo no se lo permite. Jamás la maldad o el odio o la injusticia habían sido mis aliados. Y ahora, conspirados, me habían abordado como piratas. Suponía la preocupación de Lucía y la confirmé cuando a los veinte minutos golpeó la puerta del baño y preguntó casi con miedo si estaba bien. No tenía ni siquiera ganas de contestarle, no tenía ganas de pensar que estaba en mi casa, hubiese preferido estar en Rusia, en Bosnia, en Irak o en alguna de las conflictivas fronteras de Israel. No quería pensar que detrás de esa puerta estaba Lucía, que estaban los chicos esperando ver si les había traído algún pescado, como se lo había prometido. Pescados... «Estoy mejor», dije para tranquilizarla un poco y poder estirar el tiempo hasta el infinito. «Me voy a bañar». Lucía ni siquiera pensó sus palabras, sé que les salieron bien de adentro: «Hubieses podido saludar primero... ¿O tenés algo urgente que lavar...?», terminó diciendo irónicamente. Toda pesca era causa de pelea con la mujer. Los hombres éramos conscientes de ello, sabíamos que una semana antes de partir deberíamos aguantar la cara de bronca y el reproche previsible del «Claro, total me dejás cinco días a mí sola con tus hijos —el posesivo bien remarcado—; andá tranquilo nomás, hacé tu vida...». Y sabíamos que después de tres o cuatro días del regreso los ánimos se calmaban... hasta la próxima pesca. Era como un deporte. Deporte como la pesca, que para mí había pasado a ser mi sentencia definitiva.
A las cuatro de la mañana de ese viernes Federico, Mateo, Gabriel y Toti se subieron a la lancha y fueron a recoger las redes que habíamos tirado en el cruce del río Colorado con un riacho. Nos quedamos en el campamento con Gonzalo tomando vino y escuchando música de la radio, con la sola luz de una pequeña fogata que en cualquier momento se apagaba. No había luna; en el cielo las estrellas realmente eran infinitas. El silencio era interrumpido por los siempre desconocidos y misteriosos ruidos nocturnos de la isla. Como a los diez minutos escuchamos en la costa, que estaba a unos treinta metros del campamento, el ruido de unos remos revolviendo el agua. Nos miramos y el hijo de puta de Gonzalo no tuvo mejor idea que preguntarme: «Che, ¿no serán los asesinos del río?». El escalofrío casi me mató. Gonzalo tenía realmente cara de estar aterrado. Como enloquecido, tiró una frazada arriba de la fogata y la apagó. Ahora sí que no veíamos más nada. Más que ver, imaginábamos lo que podía estar frente a nosotros. «¿Serán?», volvió a insistir Gonzalo con marcada preocupación. Y no sé por qué —quizás el instinto de supervivencia— le pregunté: «¿Tenés la pistola?». Creo que intentó mostrármela en medio de la oscuridad absoluta. «Sí», murmuró. Nada se escuchaba. El ruido de los remos ya no se oía, señal de que ya habían llegado. De repente, pasos en los yuyos, ruidos de pajonales. «Nos van a matar», dijo en voz muy baja pero desesperadamente Gonzalo y yo casi me orino encima. Me hice el valiente y ante la absurda e inesperada cobardía de mi compañero le pedí la pistola. Temblando, me la dio. Ni siquiera sabía cómo apretar el gatillo, pero la tomé entre mis manos y grité con toda mi bronca: «¡¿Quién está ahí?! ¡¿Son ustedes?!». Tenía la esperanza de escuchar la voz de Federico, de Mateo, de Gabriel o de Toti, para que me tranquilizara definitivamente, pero no fue así. Alguien gritó palabras que no entendí y tampoco conocí el tono de la voz. Nadie conocido era. Y se lo notaba nervioso. Apunté hacia la voz porque no veía nada. Juro que me temblaba hasta el último de mis cabellos, pero no dudé en volver a gritar «¡¿Quién está ahí?!». Nadie respondió ahora. Y volví a escuchar el ruido del pajonal. Era evidente que alguien se acercaba. Agarré la linterna y apunté hacia delante. Dos sombras se arrojaron al piso y una tercera dudó en hacerlo. Como no se habían identificado, el terror me invadió y disparé. No una sino cinco veces. Y con cada fogonazo advertía cómo la sombra recibía los impactos y lentamente se iba desplomando. Gonzalo gritó alegremente «¡Le diste, le diste!», y en mí el terror se avivó, no solo por haberle pegado a alguien sino por haber gatillado un arma, algo que jamás había hecho. No supe qué hacer. Gonzalo de repente se largó a reír y recuerdo que lo puteé. ¿Qué gracia le podía causar ver caer a un tipo con cinco disparos en su cuerpo? Yo sabía que todavía quedaban dos, pero no sabía qué hacer. Advertí por los ruidos que otro de los desconocidos se movía. Estaba muy loco y volví a gatillar reiteradas veces. Recién ahí me di cuenta de que en el cargador ya no quedaban proyectiles. Y sentí un quejido. Le había pegado seguramente a otro, pero no había forma de corroborarlo. La oscuridad era absoluta. De pronto Gonzalo me dijo que fuéramos a ver y agarró una linterna. Le dije que todavía quedaba uno pero me dijo que no importaba, y con una valentía inesperada en él, salió corriendo hacia el lugar donde yacían las víctimas. «¡Vení, pelotudo!», gritó de pronto con desesperación y hacia allí corrí. La linterna alumbraba la cara aterrada de Gonzalo y me dijo «mirá». Recuerdo que salí corriendo y gritando. Dos o tres árboles interrumpieron mi desesperada huida. Caí muchas veces, pero seguí corriendo sin control. Todavía no sé cómo llegué a mi casa luego de catorce o quince horas de lo sucedido.
A los cuarenta minutos Lucía insistió. «¿Querés que llame al servicio de emergencias?». Mi respuesta fue negativa. Nada físico me pasaba. Si a alguien necesitaba era a un siquiatra. No sabía qué hacer. Perdería seguramente el trabajo. Pero eso no era nada comparado a los años que sabía que me iban a dar. De ocho a veinticinco años de cárcel. Siempre y cuando los cinco disparos en el pecho no fueran interpretados como alevosía. Perpetua... Me imaginaba frente al juez, frente al fiscal, veía mi nombre en la crónica diaria de los pasquines de la ciudad, que darían rienda suelta a su morbosidad, a la increíble noticia de que un empleado del Poder Judicial se había convertido en un asesino, algo que siempre había combatido desde su escritorio. Y Lucía y mis hijos detrás de esa puerta esperando que diera la cara, que los saludara, que les mostrara el surubí prometido...
La impresión fue muy grande. Tan grande que hoy no puedo salir de aquí ni con la ayuda del más experto penalista. Ni del mejor médico. Qué sé yo qué dijo el forense en su informe; ¿habrá tenido compasión por mi condición de empleado judicial? Luego me vieron tres médicos de la Corte. No sé qué habrán dicho, pero lo que sé es que no fui a la Alcaidía. Ahora estoy rodeado de gente que no comprende mi historia, por más que se las repita día tras día. ¿La comprenderé algún día yo? ¿Me comprenderá alguien algún día? Estoy vivo porque Lucía rompió la puerta. Minutos antes había decidido terminar con mi vida metiendo la cabeza en la bañera llena de agua. Me sacó casi inconsciente y el médico del servicio de emergencia me salvó por escasos segundos. Pero según parece no quedé muy bien. Algo en mi mente está fallando. Seguramente no es por la asfixia sufrida sino por el shock que me provocó ver a Federico tendido en el suelo, a pocos metros de la costa, con su cara manchada de sangre, muerto.
Nada ni nadie podrá quitar de mi alma la sensación de haber matado a mi amigo, a Federico, el imbécil que quiso llevar las armas por las dudas nos atacaran los asesinos del río. Jamás en mi vida persona alguna podrá borrar de mi mente la imagen de Federico con sus ojos abiertos perdidos en el infinito, tirado sobre el pajonal. Todas las sensaciones dieron vuelta por mi cabeza desde el momento en que salí corriendo del campamento hasta que hundí la cabeza en la bañera, dispuesto a terminar con mi vida. La desesperación fue absoluta: había matado a uno de mis mejores amigos y no sabía qué explicación daría a Lucía —mi eterna jueza—, a mis hijos —mis eternos guiados—, y a la sociedad toda, a quien debía obedecer y respetar según la educación en mí inculcada. Ya nada era igual. Perdí un amigo, perdí una familia, perdí mi trabajo, perdí mi honor, mi libertad, mi razón... Ya nadie podrá hacerme volver a mi estado anterior de felicidad. Ni siquiera Federico, que apareció al día siguiente de su muerte, en el sanatorio, muy alegre y me dijo que todo había sido una joda, que ya todo había pasado, que las armas tenían nada más que balas de fogueo. Pero yo no le creí. Yo sé que él me miente para que yo me sienta bien, para que no me sienta culpable... pero sé muy bien que lo maté.

miércoles, 8 de octubre de 2025

LA HERMANA



Su novio, una vez más, discutía con su hermana y les gritó. Rebeca estaba cansada de las peleas entre Pedro y Amaranta. Cansada estaba de verlos con esas caras odiosas maldiciéndose y haciéndose señas de todo tipo. Les pidió —a los gritos— que por favor se callaran un rato y recibió instantáneamente una cachetada de su hermana. Rebeca reaccionó y la agarró de los pelos. Pedro, como pudo, las separó. Abrazó a su novia, que lloraba desconsoladamente, e intentó calmarla. A los pocos segundos, se escuchó un gemido. Rebeca levantó la vista y vio los ojos de Pedro inmensos, rojos, llorosos, desorbitados. Una cara horrible. Inmediatamente un hilito de sangre comenzó a descender de su boca. Rebeca debió sostenerlo con mucha fuerza cuando se le doblaron las piernas, pero no pudo hacerlo por mucho tiempo y se desmoronó ante sus pies sin decir una sola palabra. Dirigió, desesperada, la vista hacia Amaranta y la vio con una cuchilla ensangrentada en su mano derecha. No lo podía creer. Sintió ganas de morir. Lloró y gritó. ¡No! ¡No! ¡No!
—¡Eh, Rebe! ¡Che, ¿qué te pasa?
—¡No! ¡No! ¡No!
—¡Rebeca! ¡Callate, carajo! ¡Estás soñando! —le gritaba Amaranta mientras la sacudía en su cama.
—¡Salí, asesina! ¡Salí!
—¡¿Pero qué decís, che?! ¿Estás loca?
Rebeca tardó unos segundos en advertir que todo había sido una mala jugada de su inconsciente. Estaba agitada y sudaba muchísimo. Su corazón latía como nunca. Estaba asustadísima.
—Estabas soñando, loca… ¿Estás mejor? —intentó calmarla Amaranta.
Rebeca no dejaba de jadear. Había sido una pesadilla horrible. Tenía ganas de ver a su novio en ese mismísimo momento.
—Quiero ver a Pedro.
—¿Ahora? Son las cuatro de la mañana. ¿Por qué no dejás a ese idiota tranquilo?
Se tomó la cabeza con ambas manos y le hizo caso a su hermana. No era una buena hora para llamarlo. Además, todo había sido un sueño. No debía preocuparse demasiado.
—Tratá de dormir otra vez, che. Estabas soñando…
—Está bien… Está bien…
Amaranta apagó la luz. Rebeca suspiró y se quedó sentada en la oscuridad, en su cama, con la cara entre sus manos, llorisqueando. Poco a poco se fue calmando. Las interminables discusiones entre Amaranta y Pedro la habían saturado. Todas sus pesadillas se debían a esas situaciones horribles que protagonizaban ambos en su presencia. Se odiaban, se daban asco y ella no podía saber por qué. Se acostó y se quedó con los ojos abiertos. Tenía miedo de volver a dormirse y de caer nuevamente en ese mundo onírico de terror. Pensó en Pedro y esbozó una sonrisa.
—Che, Rebe…
—¿Qué?
—¿Qué soñabas?
—¿Qué te importa?
—Me trataste de asesina. ¿Mataba a alguien?
—Callate y dejame dormir…
Rebeca y Amaranta compartían un departamento que alquilaban entre las dos en una calle céntrica de la ciudad. Amaranta era tres años mayor y nunca se habían llevado demasiado bien. Vivieron toda su infancia con sus padres, en el campo, y ya adolescentes se mudaron a la ciudad para seguir sus estudios secundarios y universitarios. Quizás era la mayor predisposición de Rebeca para hacer las cosas, tanto en su casa como en el estudio, lo que irritaba inexorablemente a Amaranta.
Cuando iban a la escuela primaria, Rebeca se había ganado la amistad de Claudio, con quien se había hecho muy compinche. Amaranta jamás había tenido un amigo así. Es más, jamás había tenido verdaderos amigos ya que por su carácter era odiada por casi todos los chicos de la escuela. Un día Amaranta le habló a Claudio. Le dijo que su hermana solía comer sapos crudos y que tenía la espalda llena de largos pelos negros que ella misma le peinaba todas las noches para que pudiera dormir tranquila. Además le dijo que todos los días tenía la costumbre de ir a cazar pajaritos con el rifle de aire comprimido de su padre, para arrancarles el pico estando todavía vivos, y que tenía una colección de doscientos treinta y dos piquitos de aves de distintas especies. Los diez años de Claudio no soportaron semejante historia sobre su amiga. Miró asustado a Amaranta y a partir de ese día comenzó a alejarse de Rebeca. Amaranta jamás le contó esa historia a su hermana, que nunca supo explicarse el porqué del alejamiento imprevisible de Claudio.
Ahora, con veintiséis años encima, Amaranta volvía a hacerle la vida imposible a su hermana atacando a su novio constantemente. ¿Qué podía haber en un corazón así? Solo hiel. Amaranta jamás había tenido novio, a pesar de ser poseedora de una belleza especial. Su mal carácter había alejado a todo pretendiente que se le había acercado. Y casualmente, uno de ellos había sido el propio Pedro. Dos años y medio atrás había sido compañero de facultad de Amaranta. Estaba completamente enamorado de ella pero jamás había recibido la más mínima muestra de consideración. Un día se animó y se lo dijo: Me gustás, Amaranta. ¿Por qué no me das bolilla? Y ella, sin manifestar el más mínimo sentimiento, le largó en la cara una carcajada casi diabólica. Meses después Pedro conoció a Rebeca, de quien se enamoró también sin saber que era la mismísima hermana de su anterior amor imposible. La sorpresa se la llevó, por supuesto, al entrar por primera vez al departamento de su novia y ver a Amaranta allí sentada, frente al televisor, con su cara amarga y sonriendo maliciosamente.
—No me gusta lo que estás haciendo conmigo, Amaranta.
—¿Qué decís? Si no te hago nada…
—Vivís solo para pelear con Pedro y eso a mí me enferma. ¿No nos podés dejar tranquilos?
—Yo a ese imbécil nunca lo pude ver, y ahora porque sea tu noviecito no voy a cambiar de actitud.
—¿Qué te hizo? ¿Alguna vez te dijo algo malo?
—¿No te acordás, nena, que se me tiró a mí antes de que se te tire a vos?
—¿Y con eso qué? ¿Te ofendió? Si a mí se me tira alguien, más que enojarme, me pondría contenta. Significaría que tengo algo bueno, algo lindo que otro desea. No soy como vos. Hasta me hacés pensar que no te gustan los hombres…
—¿Te creés que soy torti? Y si fuese así, ¿qué? ¿Por qué no te vas un poquito a la mierda?
—Quisiera saber por qué te molesta tanto que Pedro sea mi novio.
—Porque es un idiota.
—Disculpame, pero no tenés derecho a opinar, vos, que ni siquiera tenés novio como para que yo pueda opinar sobre él.
—Tus palabras me resbalan…
—¡Lo único que te pido es que me dejés en paz! Con Pedro somos felices y pensamos casarnos.
—¡Ja!
—¿Qué es lo que te causa esa risita irónica?
—Quizás ese aparato sirva más muerto que vivo. ¡Es de lo peor!
—Son cosas mías y de él. ¡No te metás, por favor!
—A partir de ahora voy a rezar para que se muera antes de que te haga infeliz.
—¡Morite, estúpida!
Eran las nueve de la noche y Pedro no llegaba. ¿Por qué siempre se demora tanto?, protestaba Rebeca. ¿No te dije que es un imbécil?, ironizaba Amaranta. Lo que pasa es que cada vez que pienso en tu hermana me dan menos ganas de venir a visitarte, se excusaba Pedro. Y si había algo que Rebeca odiaba era esperar ansiosamente la llegada siempre tardía de Pedro ante la presencia de Amaranta en el comedor del departamento, con sus sonrisitas cada vez más irónicas mientras más pasaba el tiempo y la llegada de Pedro no se concretaba. No te preocupés, que algún día va a venir…, terminaba burlándose. Y Rebeca juntaba más y más bronca.
—Era hora, ¿no?
—Me demoré porque no encontraba esto para vos —contestó Pedro y extendió hacia Rebeca un hermoso ramo de rosas rojas.
—¿Para mí?
—No, si van a ser para la divina de tu hermana… —contestó con un volumen de voz suficiente como para que Amaranta lo escuchara.
Y Amaranta acusó recibo.
—¡Ah! Ahora sos irónico también —se la escuchó gritar desde la cocina.
—Vámonos de acá. Vayamos a tomar algo por ahí.
Pedro no aguantaba verse con Amaranta. No podía creer que aquella chica que lo había deslumbrado tan fuerte años atrás, sea hoy esa arpía que estaba conociendo cada vez con más profundidad. Muy pocas veces se quedaba en el departamento de su novia a comer o a tomar unos simples mates porque no soportaba esa imagen burlesca de su «cuñadita», como él la llamaba. Para colmo estaba siempre en el departamento, no salía nunca.
—¿No tiene amigas tu hermana?
—¡Qué va a tener! Si es una bruja…
Rebeca había pensado muchas veces en irse a vivir sola a otro departamento pero sus ingresos no le alcanzaban para autosolventarse. Tampoco a Amaranta le hubieran alcanzado los suyos. Juntas apenas si tenían para el alquiler y para comer todos los días. Muy de vez en cuando se daban el gusto de comprarse alguna ropa o comida en la rotisería. Pero la situación no daba para más.
—Vayámonos a vivir juntos —sugirió Pedro.
—¿Estás loco? ¿Y qué le digo a mi hermana?
—¡Qué carajo me importa tu hermana! Si ni vos ni yo la bancamos.
—Pero no tiene dinero para pagarse el alquiler ella sola…
—Le pasamos unos mangos con tal de que nos deje tranquilos…
—No, Pedro. ¿Y mis viejos? Seguro que al otro día Amaranta se va al campo a decirles y se van a pegar un bajón bárbaro.
—¿Y hasta cuándo vamos a seguir así?
Muchas de las discusiones que tenían Rebeca y Pedro eran por culpa de Amaranta. Ambos estaban cansados de ella y parecía que Amaranta gozaba al verlos sufrir.
Esa noche los novios se despidieron temprano. Eran las doce y Rebeca se fue a dormir. Amaranta, como nunca y misteriosamente, había salido. Y a pesar de que no soportaba mucho su presencia, Rebeca sintió un poco de miedo al estar sola en el departamento. A la una de la mañana se despertó por el ruido de la puerta.
—¿Sos vos, Amaranta?
—No, Jack el Destripador —contestó Amaranta engrosando su voz irónicamente.
—Estúpida…
Amaranta estaba contenta, como satisfecha. Una sonrisa poco usual se le dibujaba en la cara.
—¿De dónde venís?
—¿Qué te importa?
—Nunca salís y hoy lo hiciste… Además, se te ve contenta…
—Estoy contenta. Hasta mañana…
Rebeca se alegró por su hermana. Amaranta apagó la luz y se acostó.
A las tres de la mañana Rebeca sintió un escalofrío. Había escuchado el timbre. Amaranta dormía profundamente y pareció no haberlo escuchado. Se levantó con miedo, ¿Quién será a las tres de la mañana? Trató de hacer el menor ruido posible para no despertar a Amaranta. La única persona que pensó que podría ser era Pedro. ¿Le pasaría algo?
—¿Quién es? —preguntó en voz baja.
—Yo, Rebe —contestó una voz de ultratumba.
Se asustó porque no conoció esa voz.
—¿Quién es yo?
—¡Pedro! ¡Abrime!
Temblorosa, abrió la puerta y lo vio parado ahí, frente a ella, con la misma cara que lo había soñado días atrás.
—¿Qué hacés a esta hora?
Pedro ingresó al departamento sin pedir permiso y con dificultad para caminar, tomándose el abdomen. Parecía enfermo o herido. No le dio el beso que acostumbraba darle cada vez que se veían.
—¿Qué te pasa?
—Tu hermana…
—¿Qué pasa? Está durmiendo.
Pedro se abrió la camisa y le mostró a Rebeca una gran herida en el abdomen. Rebeca gritó e inmediatamente se llevó ambas manos a la boca.
—¿Qué te pasó? Sentate, que llamo a un médico…
—No te molestés, Rebeca. Ya no hay nada que hacer…
Rebeca se quedó con la boca abierta. Sonrió sin estar muy segura de lo que veía, de lo que escuchaba.
—Estoy muerto, Rebe…
—¡¿Muerto?! Dejá de decir boludeces que te puede hacer mal. Esperá que llamo a un médico…
—¡Rebeca! —le gritó interrumpiéndola—. ¡Estoy muerto! Ya no podés hacer nada por mí. Aunque te cueste creerlo, ya no existo…
—¡Dejá de decir pavadas y sentate!
Pedro suspiró ante la testarudez de su novia. No sabía cómo demostrarle que lo que él decía era verdad.
—Vení, Rebe.
Lo miró ahora con miedo.
—¿Qué pasa?
—Tocame la mano. Dame la mano.
—¿Para qué? Me das miedo. ¿Qué te pasa? ¿Estás mal?
—¡Estoy muerto, boluda! —gritó con desesperación—. ¡Tocame y vas a ver que no existo!
—¡No estoy para bromas a las tres de la mañana, Pedro! Seguro que todo esto es un disfraz…
—¡Tocame!
Rebeca volvió a sentir miedo. Quiso acercarse pero no pudo. Pedro extendió su mano derecha hacia ella, que lo miraba con intriga.
—Dame la mano.
Y se animó. Cuando intentó tomar la mano de su novio no sintió absolutamente nada. Su mano pasó de largo como si la de su novio no existiera. Le costaba creerlo. Presa de una inminente crisis de nervios, corrió a abrazarlo y nuevamente pasó de largo y se llevó por delante la heladera. Un escalofrío terrible corrió por todo su cuerpo.
—¿Me entendés ahora?
—¡No! ¡No! ¡No puede ser! —Rebeca lloraba desesperadamente.
—Tu hermana. Fue tu hermana. Me estaba esperando en la puerta de mi casa y me agarró desprevenido.
—¿Amaranta? No… No puede ser… ¡Estoy soñando!
El fantasma de Pedro ahora se dio vuelta con decisión y tomó la cuchilla de la cocina.
—Vos me tenés que vengar, mi amor.
Puso la cuchilla en la mano de Rebeca y esta tembló. Amaranta…, murmuró. Y poseída por una fuerza sobrenatural se dirigió a la pieza, a la cama de su hermana…
La policía no tardó en llegar. Rebeca estaba en shock. No hablaba, no decía nada, temblaba con la cuchilla ensangrentada entre sus manos y costó sacársela. Pedro se enteró enseguida y corrió hacia la casa de su novia.
—¡Rebeca! ¡¿Qué hiciste, Rebe?! ¡¿Qué hiciste?!
Rebeca miró a su novio y no entendió nada. Dirigió su vista hacia atrás y vio a Amaranta envuelta entre las sábanas ensangrentadas, sin vida. Pedro, entre lágrimas, intentaba comprender. Existían los rencores, pero nunca imaginó que su novia fuera capaz de cometer semejante atrocidad.
Rebeca se tapó la cara, se acurrucó sobre sí misma y lloró como si fuera la última vez.

lunes, 1 de septiembre de 2025

LA REUNIÓN IMPROVISADA



El calor brindado por el pequeño calefactor en la sala de guardia apenas lograba calmar el intenso frío que en esos días de julio reinaba en la ciudad. Una leve pero persistente llovizna mojaba la calle totalmente desolada, alumbrada por la tenue luz artificial de una columna de neón, que se dejaba ver a través de la gran puerta de vidrio de la entrada del Centro Cultural. El brillo de los adoquines rememoraba viejas películas de época en las que los carruajes tirados por negros corceles hacían presentir un misterio que debería ser investigado por algún Philip Marlowe vestido con su sombrero detectivesco y su piloto gris, en el que un asesinato o al menos una desaparición forzosa sería el hilo conductor de la historia. Ese escenario indicaba que esa noche no iba a ser una más en la ciudad. A pesar de que en su trabajo estaba a buen resguardo del frío invernal, Antonio llevaba colocada su boina protectora de una más que incipiente calvicie, el sobretodo de pana negra largo hasta las rodillas y un par de guantes mágicos de color lila, que le había pedido prestado a su pequeña hija esa tarde, previendo una noche larga e insoportablemente gélida. Flaco, alto, desgarbado y con la barba de tres días, si se paraba en la mitad de la calle adoquinada en esos momentos, bien podría convertirse en uno de los sospechosos de Marlowe. El mate bien caliente lo ayudaba no solo a calmar el frío sino también a mantener la mente y los sentidos despiertos.
Su turno había comenzado a las veintitrés, varias horas después de que las puertas del Centro Cultural fueran cerradas al público. Gloria, a quien relevó en la guardia, le comentó que, sorpresivamente, el día había sido bastante movido no solo porque había concurrido a la exposición la gente de siempre, sino porque al menos tres o cuatro delegaciones de ruidosos y molestos estudiantes habían llegado con sus docentes a cargo a romper con la tranquilidad del enorme edificio. Antonio pensó ante el comentario de su compañera que prefería mil veces el bullicio de los alumnos eternamente desinteresados por propuestas culturales de todo tipo al silencio sepulcral de las largas noches en soledad.
A las dos de la mañana, sentado en una vieja silla de madera y a punto de quedarse dormido con el diario del día anterior entre las manos, Antonio se quitó los anteojos, tomó un mate tibio y pensó que ya era hora de calentar nuevamente el agua. Se frotó las manos enguantadas, se paró con algo de dificultad —escuchó el crujir de huesos en su pierna derecha—, estiró los brazos hacia atrás, elongó luego las pantorrillas apoyando sus manos en una pequeña mesa de madera y salió de la sala de guardia hacia la galería principal del Centro Cultural. El ambiente estaba mucho más frío que en su refugio y pensó dos veces antes de salir de ese elemental confort. Pero necesitaba estirar las piernas, liberarse un poco de la modorra en la que se sentía inmerso y de paso controlaría que todo estuviese en orden, aunque sabía de antemano y por propia experiencia —ya hacía varios años que trabajaba como sereno en el Centro Cultural— que nunca había pasado nada raro o anormal, ni pasaría jamás. La iluminación era la mínima e indispensable por las noches, por lo que se dirigió al tablero eléctrico y con solo levantar una tecla la galería brilló en toda su extensión.
Sabía que la exposición en esos días se denominaba “Conexión Saer”, título al que no lograba encontrarle sentido alguno y que le significaba lo mismo que la palabra hebdomadario que había escuchado días atrás en un programa del canal Encuentro mientras hacía zapping. Recogió de una pequeña mesa al principio de la muestra un tarjetón que en su frente tenía la foto de perfil de un hombre con el río y la isla como fondo. La imagen le provocó recuerdos entrañables no tan lejanos y le dieron ganas de ir a pescar. Inmediatamente pensó en hablarles a los muchachos para ir a la costa el próximo fin de semana largo ya que lo tenía libre. Nada más lindo encontraba en sus días de descanso que escaparse a la isla a disfrutar en la naturaleza junto con sus amigos de una buena pesca, comer unos buenos dorados a la parrilla y tomar vino en abundancia lejos del mundanal ruido. Le llamó la atención la cara del hombre de la foto. «Qué fulero…», pensó. El perfil comenzaba con una prominente nariz aguileña de punta caída, ojos entrecerrados, como protegiéndose del viento de la costa e intentando fijar la vista en un punto que no parecía ser fijo, sino una nada, un horizonte inalcanzable. La frente ancha terminaba casi a mitad de la cabeza, donde unos cabellos enrulados y entrecanos rodeaban la oreja izquierda. Tenía la cara bien afeitada, vestía una camisa a cuadros y saco de vestir. «Parece turco…», pensó. Dio vuelta el tarjetón y en el reverso leyó: «Lo que es mejor a orillas del Paraná que en París». Se extasió en la lectura del texto breve aunque tardó unos cuantos minutos más de lo esperado en terminarlo, meneó la cabeza, sonrió, murmuró «tal cual», y meditó de inmediato, no sin un poco de vergüenza, que no sabía dónde carajo quedaba París. Devolvió el tarjetón a la mesa y comenzó una lenta caminata por la galería donde se extendía la exposición. Leyó sobre una pared blanca, a su izquierda en letras de imprenta grandes y en minúsculas: «Dicho esto, sí, nací en Serodino, provincia de Santa Fe, el 28 de junio de 1937. Mis padres eran inmigrantes sirios…» y haciendo el ademán típico que hace el que sabe que tiene razón, golpeando con el puño derecho la palma de su mano izquierda, soltó un grito casi sordo que le salió del alma: «¡Qué te dije! Es turco…». Interrumpió la lectura y pensó que, efectivamente, Saer debería ser el apellido del homenajeado de la muestra.
Se levantó las solapas del sobretodo y metió ambas manos en los bolsillos. Era impresionante el frío que hacía en esa extensa galería. El techo con sus enormes cabreadas curvas de hierro debería estar a no menos de siete u ocho metros del piso de cemento alisado gris, sostenido por catorce gruesas columnas de hierro pintadas de blanco. La extensa muestra de textos, fotografías y pinturas se extendía a lo largo de una interminable pared impecablemente pintada de blanco también. A su derecha, grandes paredes de vidrio cubiertas desde adentro por paneles de papel madera y, más adelante, esos inmensos vidrios constituían las paredes de una prolija biblioteca.
Antonio había sido advertido sobre una particularidad de la muestra, pero no recordaba cuál era. Metros más adelante, sin proponérselo, recobró la memoria de inmediato con un salto temeroso que lo hizo ponerse en guardia. Una gruesa voz comenzó hablarle desde las alturas: «Vimos con Holmes la lluvia desde el carruaje en la hermosa avenida Brixton…». De inmediato miró hacia arriba y vio una campana de vidrio transparente, con una especie de micrófono a modo de badajo, desde donde se emitía la voz de un hombre hablando vaya a saber uno de qué. Recordó entonces la advertencia recibida: si una persona pasa por debajo de la campana acústica, se activará el audio de un poema en la propia voz de Saer. Solo de esa manera funcionaba. «Intente no pasar por debajo si no quiere escucharlo», le recomendaron. Continuó su lenta caminata hasta el final de la galería con la voz de fondo de Saer recitando un poema para él inentendible que retumbaba en todo el Centro Cultural, actividad que hacía más para desvelarse que para verificar que todo estuviera en orden. Apagó las luces y la galería nuevamente quedó en penumbras.
Cinco minutos después, y cuando el recitado de Saer —que se le hizo insoportablemente extenso— ya no se escuchaba en la inmensa galería, se encontraba nuevamente en la sala de guardia, calentando el agua para el mate y disponiéndose a seguir leyendo —o releyendo— el diario del día anterior. El frío apenas había amainado al cambiar de ambiente pero en cuestión de minutos y con unos cuantos mates en el estómago, el calor volvería a su cuerpo.
A las tres y cuarto de la mañana, mientras leía/dormitaba/soñaba sentado en la vieja silla de madera, Antonio sintió un escalofrío de esos que dicen que se dan cuando un espíritu te pasa al lado. Le pareció escuchar un ruido —¿o varios?— como de sillas que se corrían, de un líquido que era volcado en algún recipiente, algún que otro choque de vasos de vidrio acompañados de murmullos y suaves risas. Acomodó su trasero en el asiento de la silla, enderezó la espalda y se inmovilizó completamente por el término de varios segundos. Abrió bien los ojos y sobre todo prestó máxima atención al silencio, ahora absoluto, apuntando con su mejor oído hacia la gran galería, desde donde le había parecido que provenían los ruidos. Pasaron dos o tres minutos de tensión y quietud, en los que Antonio solo escuchaba el suave soplido de las llamas del calefactor a gas que tenía a su lado. Ni siquiera quería apoyar el diario sobre la mesa para no ser él quien rompiera el silencio. Sabía que se había quedado en estado de somnolencia y que quizás los ruidos se habrían debido a alguna alucinación típica del adormecimiento o, por qué no, a algún ruido proveniente del exterior. Intentó tranquilizarse. No obstante, desvió la mirada hacia el pequeño anafe donde estaba apoyada la pava y corroboró que detrás del mismo, apoyado contra la pared, había un palo de escoba viejo, que nunca había sabido ni preguntado por qué o para qué estaba en ese lugar. Suspiró y se distendió nuevamente acomodándose mejor en la silla. Abrió el diario nuevamente pero ya no sintió ganas de leerlo. Se cebó un mate y chupó fuertemente hasta acabarlo y hacer sonar el ronquido final. Escuchó a lo lejos, en el exterior, el paso de una motocicleta con el caño de escape libre e intentó convencerse de que quizás haya sido el paso de esa misma moto minutos atrás lo que lo había despabilado.
Antonio miró su reloj: eran las tres y veinticinco. Comenzó lentamente a cebarse un nuevo mate, procurando no mojar la totalidad de la yerba, solo la que estaba rodeando a la bombilla, pero no pudo porque el pulso le temblaba. Apoyó la pava sobre la mesa de madera, sacudió en el aire violentamente su mano derecha como para calmarla y liberarla de todo nerviosismo infundado, e intentó nuevamente la acción de la cebada. En ese mismo instante algo volvió a sobresaltarlo: «Ráfagas mudas de agua lenta golpeaban contra los vidrios, férrea realidad nos rodeaba y nos movíamos en ella, nítidos…». Tardó unos segundos en reaccionar y darse cuenta de que el audio con la voz de Saer solo se activaba si alguien pasaba por debajo de la campana acústica. El escalofrío fue intenso y sin pensarlo demasiado agarró con decisión el viejo palo de escoba que estaba detrás del anafe. Agradeció sin saber a quién el hecho de haberlo dejado en ese lugar. Antonio no era una persona miedosa, pero en ciertas circunstancias, al enfrentarnos a situaciones insólitas, misteriosas o simplemente ilógicas, actuamos y sentimos como nunca nos hubiésemos imaginado hacerlo. Por lo que previo evaluar unos segundos la conveniencia o no de verificar qué estaba pasando en la galería, salió cautelosamente de la sala de guardia con el palo de escoba bien agarrado por su mano derecha desde uno de sus extremos. Intentó mirar a lo largo de la galería, pero la penumbra no le permitió distinguir objetos y menos si alguno de ellos se estaba moviendo. Pensó que definitivamente debía vencer su orgullo y comenzar a usar los anteojos para ver de lejos y no solo los que necesitaba para leer. Se dirigió hacia el tablero eléctrico mientras la voz del poeta seguía recitando: «Ladrillos rojos chorreando agua, hombres borrosos en la lluvia: la luz de gas manchaba la oscuridad matinal...». La luz iluminó de un pantallazo la galería entera y las catorce columnas de hierro blancas parecieron moverse. Antonio se restregó los ojos e intentó calibrar la vista poniendo en la mira un punto fijo: la campana acústica. Para que se activara, alguien debió haber pasado por abajo, sin dudas. Las puertas vidriadas que daban a otras salas del Centro Cultural estaban cerradas. Probó una por una. Incluso la de la biblioteca. Nadie había adelante suyo por lo que de inmediato elevó la vista a las cabreadas del techo. ¿Un hombre araña? ¿Un gato? ¿Una rata? Tampoco vio nada. Caminó lenta y sigilosamente hasta el final de la galería. El movimiento tembloroso del palo de escoba demostraba, como una paradoja, el nerviosismo del sereno. No había un solo lugar donde una persona podría llegar a ocultarse sin que él lo advirtiese. Ante la imposibilidad de que alguien o algo haya provocado a Saer sus ganas de recitar el poema, sintió la necesidad de pensar en un inesperado desperfecto de la campana acústica. «Honda es nuestra pobre vida en comparación, y benditos nuestro violín, nuestra fiebre de Afganistán, nuestra deliberada morfina». De repente Saer calló. El poema habría terminado, seguramente, por lo que al regresar hacia la sala de guardia pasó lo bastante lejos de la campana para que no se volviera a activar. Pero luego de caminar unos cuantos metros y de haber dejado prudencialmente atrás la campana, el audio se volvió a activar. «¿Nos quedamos a dormir? No. Voy al diario mañana…». Volvió sobre sí mismo, fijó su vista en la campana y prestó atención ahora a una polifonía de voces. Ya no era Saer recitando su poema. Eran voces distintas. Inclusive escuchó a una mujer que cantaba. «Detrás de mí, detrás de ti no hay más que olvido… Oh, tú que lloras, ¿dónde lloras?”. Evidentemente no era el mismo audio en el que Saer recitaba su poema. Agarró el palo muy fuerte, ahora con sus dos manos, y con paso sigiloso caminó alrededor de la campana, como buscando una explicación a lo que estaba pasando. Diferentes voces se fueron sumando a esa charla confusa e invisible, a esa especie de reunión que Antonio no llegaba a comprender. Le llamó la atención de pronto el olor a asado que había en la galería, un exquisito aroma a achuras cocinándose sobre brazas chisporroteantes. Trató de no desesperarse y decidió volver a la sala de guardia, con los nervios de punta y la esperanza inevitable de que el desperfecto de la campana acústica se solucionaría solo. De todas maneras, al día siguiente no dejaría de comentar lo sucedido a las autoridades del Centro Cultural para que revisaran las cámaras de seguridad del interior de la galería y poder así dilucidar qué fue lo que pasó. Miró nuevamente su reloj: cuatro menos cuarto. Bajó la tecla del tablero, pero la penumbra no impidió que debajo de la campana, como si fuera la parra de la casa de Colastiné, Barco, Renzi, Tomatis, Miri, Pichón Garay, Pocha, Gutiérrez y otros tantos personajes disfrutaran alrededor de una gran mesa junto a Saer un asado reparador con mucho vino y ensaladas. Antonio, resignado y cabizbajo, no pudo —o no supo— ver la reunión organizada a último momento por los viejos amigos luego de una jornada agobiante de bulliciosas visitas escolares al Centro Cultural.