jueves, 16 de abril de 2026

Entre tapiales

 


Por suerte no sufro de ataques de pánico ni le tengo miedo a las alturas. Si no, no hubiese podido dar rienda suelta a uno de mis entretenimientos preferidos. Vivo en una parte de la ciudad en la que todavía no se construyen grandes edificios. Quizás alguno de dos o tres pisos, pero no más. En la manzana donde vivo, no hay ninguno. Apenas una o dos casas con planta alta o con altillos en las terrazas. Esos altillos me encantan. Uno nunca sabe qué hay adentro o para qué los usan los dueños de casa, si es una habitación, un lavadero, una bodega o simplemente un depósito de cosas viejas o en desuso que van abandonando a través del tiempo entre esas cuatro paredes hasta que algún heredero o un nuevo dueño de la casa las descubra.
Mi madre siempre me dijo que yo soy tímido y que me cuesta relacionarme con los demás. Seguramente algo de eso hay en mi afán de andar solo por todos lados. Me contó una vez también que alguien, no sé quién, le dijo que yo era propenso a la contemplación y por eso me tendrían que incentivar las actividades artísticas. Lo de la contemplación, vaya y pase, pero el arte… Nada más lejos de mi cabeza o de mi mente que un cuadro, un poema o una melodía. Pienso que ella tampoco se esforzó mucho para tratar de sociabilizarme.
Siempre tuve la inquietud de hacerlo pero nunca me animaba. Cuando me decidí, comencé a practicarlo bastante seguido. De noche y si no había luna, mejor. Empecé subiéndome al techo a fumar porque mi madre no quería que fumara adentro de casa. Salir al patio no me convencía y si me sentaba en el umbral o en la misma vereda corría el peligro de que algún vecino se acercara para hablarme. Siempre me las arreglé bastante bien para subir al techo a pesar de no tener una escalera. Me subía a la gran maceta de cemento, apoyaba mi pie derecho en la reja de la ventana de la cocina, me paraba en el tapial medianero y ahí nomás, con un saltito y un poco de fuerza en los brazos, ya llegaba.
El techo de casa es de loza y mientras fumaba, lo recorría lentamente de punta a punta, lo que no me demandaba demasiado tiempo ni esfuerzo porque mi casa es pequeña. Observaba los patios de las casas vecinas, algunos iluminados por faroles que quedaban encendidos toda la noche y otros en una penumbra en la que apenas podía distinguirse alguna mesa, una hamaca o algún árbol más o menos grande. También podía observar desde mi techo las casas de la manzana de enfrente, pero como eran más o menos de la altura de la mía, no podía observar sus techos o terrazas y mucho menos saber qué había en sus patios. Debo decir que nunca tuve la intención de espiar a mis vecinos. Necesitaba sentirme libre y sentir el vértigo y la adrenalina que no experimentaba en mi vida rutinaria. Mi madre no debía enterarse de mis incursiones por los techos y tapiales vecinos porque seguramente reprobaría mi actitud.
Fue así que la primera noche que subí al techo, lo recuerdo bien, no había luna. Siempre lo hice después de que mi madre se acostaba y de comprobar que ya estuviese dormida. Subí para fumar pero también para observar el pequeño mundo que me rodeaba desde esa altura. Sabía que en la casa vecina, hacia el sur, vivía un matrimonio grande, sin hijos. Don Julio y la señora Elvira. Ambos estaban jubilados y no tenía la más mínima idea de los pormenores de sus vidas. Si me asomaba hacia su patio, podía verlo entero. Ellos eran de los que dejaban una luz encendida, seguramente por seguridad. Me quedé mirando ese patio por un buen rato. Me paré en la pared medianera, hice equilibrio y me puse en cuclillas, como meditando, tranquilo y respirando hondo. El cigarrillo, encendido y sostenido por mis labios se consumía lentamente. No me movía, tenía un muy buen aguante y podía pasarme horas en esa posición. Pensaba que en ese patio tranquilo y silencioso, de un momento a otro podía suceder algo. Sentí un escalofrío. Mientras tanto, esperaba. No sé el tiempo que habrá pasado, quizás una hora o más, y me incorporé. Mis rodillas crujieron un poco y casi pierdo el equilibrio. Pero con un par de flexiones me recompuse. Bajé lentamente y me fui hacia mi cuarto. Al pasar frente a la pieza de mi madre, observé que dormía con la luz apagada pero con la puerta entreabierta.
Hacia el norte estaba la casa de la esquina de la cuadra. Su techo no era de loza, tenía chapas de zinc. Se las veía viejas y en algunas de sus partes tenía colocadas membranas asfálticas. Seguramente cubrían lugares por donde el agua de lluvia después de alguna lluvia había filtrado. Pero como esta casa era más grande que la mía, el patio comenzaba unos cuantos metros más al fondo y no podía verlo por completo. Así que una noche me subí al tapial medianero que no tenía más de treinta centímetros de ancho y caminé lentamente haciendo equilibrio con mis brazos extendidos hacia ambos lados. Llegué a un punto en el que pude ver el patio en su totalidad y nuevamente adopté mi posición contemplativa en cuclillas. Las luces estaban apagadas, no había luna pero una rara luminosidad nocturna me dejaba entrever todo lo que en ese patio había. En un momento me relajé, encendí un cigarrillo y cerré los ojos, quizás para escuchar los sonidos de la noche más atentamente o solo para sentirme en paz y nada más. Fumaba lentamente. A los pocos minutos tuve que abrir los ojos. Creo que porque un poco perdí el equilibrio o porque algo fuera de lo común me puso en alerta. Pestañeé un par de veces para recobrar una buena visión y vi frente a mí, mejor dicho, debajo de mí, en el patio de los vecinos a Juancho, el enorme ovejero alemán de mis vecinos que me miraba fijamente, sentado sobre sus patas traseras y sin abrir la boca. Me alegré de que Juancho me conociera y supuse que por eso no iba a delatar mi extraña presencia en el tapial. Pero supuse mal. Apenas insinué mover una mano a modo de saludo comenzó a ladrarme y a saltar contra el tapial desesperadamente. Quise incorporarme rápidamente, pero me costó. Mis rodillas ya se habían acostumbrado a estar flexionadas. Con mucho esfuerzo y equilibrio logré pararme ante la desesperación cada vez más fuerte y bulliciosa de Juancho. Dije su nombre en voz baja para tratar de calmarlo pero la reacción fue peor. Comenzó a correr en círculo y saltaba contra el tapial como queriendo alcancanzarme. No sé si era una impresión o realmente sentía que el tapial temblaba con cada arremetida de Juancho con sus dos patas delanteras. A los pocos minutos se encendió un farol del patio y se escuchó una voz desde el interior de la casa. «¡Juancho! ¿Qué pasa?». Comencé a caminar lentamente hacia el techo de mi casa con los brazos extendidos a los costados, rogando no pisar en falso y caerme, mientras escuchaba el ruido de llaves que abrían una puerta. Alcancé a llegar a mi techo sin que el vecino me viera pero Juancho seguía ladrando desesperadamente. Cuando bajé y me dirigí a mi pieza, pasé frente a la de mi madre. La escuché hablar:
—¿De dónde venís?
La puerta de su pieza estaba semiabierta.
—Estuve en la vereda fumando.
Cuando quise seguir camino a mi cuarto, volvió a hablarme:
—Escuché ruido en el techo… Y el perro del vecino está ladrando mucho. Es raro.
—Deben ser los gatos, mamá.
—Tal vez...
Pasaron varios días, quizás semanas, sin que volviera a incursionar por las alturas nocturnas de las casas vecinas. Lo hice luego de corroborar que mi madre ya estuviera durmiendo. Esta vez decidí no molestar a Juancho y me fui nuevamente para el sur. Tampoco esa noche había luna. Subí al techo de don Julio y Elvira que por suerte también era de loza y seguí hacia la casa lindera. Pero me encontré con una dificultad inesperada. Las paredes de ambas casas no eran medianeras. Un pasillo angosto separaba ambos techos. Pensé en los pibes que practican parkour y al ver que no tenía más de un metro de ancho, o algunos centímetros más, me sentí ágil y capaz de sortear el obstáculo. Y me fue bien. Tomé un poco de envión en el techo de Julio y Elvira, pisé el tapial y salté hacia el techo de los Domínguez. Trastabillé un poquito al caer pero me repuse de inmediato. Apenas me torcí un poco el tobillo pero casi no sentí dolor. Me dirigí hacia el fondo de la casa donde estaba el patio y me detuve bien en el borde del techo. No tenían luces encendidas y recordaba que esta familia por suerte no tenía perro. Por lo que agudizando la vista comencé a repasar metro por metro todo el patio. Era como si lo estuviera estudiando para recordarlo más adelante. No sé para qué me serviría eso. En realidad, no le encontraba demasiado sentido a esa actividad, pero me hacía bien. Estuve parado unos cinco minutos fumando. El silencio era interrumpido apenas por el sonido de algún auto que pasaba por la calle, varios metros atrás. Adopté mi posición preferida. Me puse en cuclillas en el borde del techo, haciendo equilibrio y dirigiendo la vista hacia algún punto del patio. Razoné en esos momentos sobre cuál era la razón por la cual estaba ahí. Sabía que no quería meterme en la vida ajena y si por casualidad se me daba la oportunidad de observar que una ventana de alguna de las casas estaba abierta, seguro optaría por ir hacia otra parte. Cerré los ojos para escuchar el silencio y advertí un tranquilo y lejano coro de grillos en el aire. Estuve así durante segundos o minutos, no sé cuántos, y sentí un escalofrío. Tambaleé en mi riesgosa pose, tuve que hacer equilibrio y abrir los ojos. El patio estaba igual de oscuro pero al levantar la vista, sobre el tapial trasero del patio de los Domínguez, observé una sombra o silueta de alguien en la misma posición que me encontraba yo. El patio habrá tenido quince o veinte metros de largo, que era la distancia que me separaba de ese cuerpo que no alcanzaba a distinguir, no solo por la distancia sino también por la oscuridad. Yo me encontraba a una mayor altura, ya que ese tapial no habrá tenido más de dos metros de alto. Al observar mejor advertí que indefectiblemente se trababa del cuerpo de una persona, también en cuclillas como yo, y si bien no alcanzaba a distinguir su rostro, me pareció que era una mujer. Estaba inmóvil y parecía observarme. Tuve una sensación extraña que me hizo incorporar lentamente y retroceder. Caminé hacia atrás por el techo de los Domínguez sin quitarle la vista de encima a esa figura y en ningún momento se movió. Opté por regresar a mi casa. Salté con mayor agilidad entre los dos techos y más rápidamente de lo que lo hacía normalmente, llegué a mi cuarto. Escuché los ronquidos de mi madre cuando pasé frente a su habitación.
Durante los días siguientes sentí constantemente una extraña sensación. No podía sacarme de la cabeza esa imagen oscura que en plena noche silenciosa me observó desde aquel tapial. Tardé varios días en volver a incursionar la altura vecinal. Preferí salir a fumar por las calles solitarias por las noches para tratar de olvidar o buscarle un sentido a esa rara experiencia.
Pero un día volví. Después de cenar me quedé mirando un partido de fútbol por televisión sin que me importara qué equipos jugaban. Nunca me gustó el fútbol pero tenía que esperar esa noche a que mi madre se acostara y por fin se durmiera. Subí al techo cerca de la medianoche. Dudé hacia qué techo vecino dirigirme. No quería encontrarme nuevamente con Juancho y tampoco experimentar esa situación rara que viví la última vez con esa especie de espectro que todavía no sé si realmente estuvo allí, observándome, o fue solo producto de mi imaginación.
Pasé al techo de don Julio y Elvira, salté el pasillo hasta caer en el techo de los Domínguez y continué hacia algunas casas más al sur. Caminé cuidadosamente por encima de una que tenía chapas de zinc, sin hacer ruido, y llegué a otra que tenía una terraza. No me daba cuenta a cuál de mis vecinos pertenecía. En vez de dirigirme hacia el lado de la escalera que seguramente comunicaba al patio, fui hacia el parapeto que daba hacia la calle. Encendí un cigarrillo y me puse a observar el asfalto y las veredas desiertas apenas iluminadas por un triste farol de neón ubicado a mitad de cuadra. Ante tanta quietud y soledad, intenté una posición más riesgosa. Me senté sobre el tapial con las piernas colgando hacia la calle. Y no sé por qué, pero supuse que algo raro podía llegar a ocurrir. Estar tan desprotegido poniéndome de espaldas a la terraza, me daba la impresión de que alguien podría venir por detrás y empujarme al vacío. Tiré el cigarrillo sin terminar a la calle y pasé mis piernas hacia adentro. Al pararme y mirar hacia las escaleras, la vi. La silueta negra, como una sombra, estaba en la escalera de la terraza en cuclillas, en la misma posición que la había visto la otra vez. No se distinguía su rostro, parecía tener capucha o una capa. Estaba inmóvil y sé que me miraba. Sentí un miedo casi infantil y lentamente fui caminando de costado hacia los techos vecinos que me conducirían hasta el de mi casa y de ahí iría directamente a mi cama. Creo que llegué demasiado rápido. Ni siquiera recuerdo haber saltado el pasillo que separa el techo de los Domínguez del de don Julio y Elvira. Al pasar frente a la pieza de mi madre, preguntó con voz entredormida: «¿Sos vos?». Le respondí con voz nerviosa y agitada.
Esa noche casi no pude dormir. No podía entender quién era esa mujer que se me aparecía por los techos y tapiales en las noches misteriosamente. ¿Era una mujer? ¿Existía o era solo una alucinación mía? Di vueltas en la cama durante varias horas, me levanté a tomar agua, fui al baño dos veces y creo que me dormí cerca de las seis de la mañana.
Mi madre me fue a despertar cerca del mediodía.
—¿Hasta qué hora vas a dormir, che?
Me tapé la cabeza con la frazada y di media vuelta en la cama.
—Tendría que darte vergüenza a los cuarenta y cinco años seguir viviendo como un vago…
Almorzamos en silencio. En la televisión un movilero del noticiero le preguntaba a una señora en la parada de colectivos qué opinaba sobre las nuevas denuncias de corrupción que había contra el actual gobierno nacional. Yo masticaba pensando que a mis cuarenta y cinco años no podía tenerle miedo a un fantasma. Porque eso era el espectro misterioso que yo veía o creía ver en los techos por las noches. Y si no era un fantasma y era una mujer o un hombre o un pibe o lo que sea, lo tenía que enfrentar y sacarme las dudas. Muy metido en mis pensamientos, saqué un cigarrillo e intenté encenderlo. La mano derecha de mi madre lo hizo volar de un golpe. «Te dije mil veces que adentro de mi casa no se fuma».
Esa noche decidí subir nuevamente al techo. Más que a fumar o a desplegar mi vida contemplativa en soledad y silencio, sentía la necesidad de encontrarme nuevamente con ese espectro y enfrentarlo.
Mi madre se acostó más temprano que de costumbre. Cuando escuché sus primeros ronquidos guardé el atado de cigarrillos en el bolsillo y comencé a subir cuidadosamente al techo. No voy a negar que sentía un poco de inquietud o nerviosismo, pero no podía dejar de hacerlo. Estuve un buen rato en el techo de mi casa. Fumé el primer cigarrillo y me asomé al patio. Vi mis calzoncillos colgados en la soga. El jazmín estaba dando sus primeros pimpollos. Caminaba nerviosamente yendo y viniendo. Pero recordé que la sombra siempre apareció cuando estuve relajado y quieto, en contemplación o con los ojos cerrados. Pasé al patio de don Julio y Elvira. Desde ahí la había visto la primera vez, sobre el tapial trasero del patio. Encendí el segundo cigarrillo y me acomodé en cuclillas. Observé varios techos y tapiales vecinos. El único patio con las luces encendidas era el que estaba debajo de la casa en cuyo techo yo me encontraba mirando. Miré hacia a la derecha, hacia el patio de los Domínguez y todo estaba como tenía que estar: quieto y en silencio. Más allá, hacia el sur, nada extraño ocurría. Todo era quietud y silencio. Pero de pronto la calma se rompió. Juancho comenzó a ladrar en su patio casi desesperadamente y no era por mi culpa. Miré hacia mi derecha, hacia el patio de mi casa, y más allá, vi borrosamente el tapial de la casa de la esquina, la casa de Juancho, que ladraba cada vez con más ímpetu. Agudicé la vista y la vi sobre el tapial lindero, entre mi casa y la de la esquina. Estaba en cuclillas dándole la espalda a la desesperación de Juancho. Parecía no importarle. Solo me miraba a mí. La distancia que nos separaba era el ancho de mi casa y unos metros más. La silueta era tan negra como siempre, no se movía y a pesar de no distinguir su rostro, sabía que no dejaba de mirarme. El ovejero alemán seguía alborotando la noche y pocos segundos después escuché una explosión. Si dudas había sido un disparo de escopeta. Me paré desesperadamente y vi cómo la sombra caía o se deshacía en el aire. No lo advertí bien. Juancho dejó de ladrar. Volví a mi casa casi corriendo y me descolgué a mi patio como si tuviese quince años. Pensé que me encontraría con un cuerpo tirado, herido o muerto. Pero no había nada, al menos en mi patio. Escuché algunas palabras del vecino que intentaba calmar a Juancho. Entré a casa, abrí la heladera y tomé agua a pico de la botella. Pasé frente al dormitorio de mi madre. La puerta estaba cerrada. Pensé que al final y por culpa de la explosión no había podido hacerle frente a quien me causaba tanta incertidumbre por las noches. Nuevamente, me costó conciliar el sueño.

No hubo velorio. No teníamos parientes ni amigos a quien avisarles. Me llamó la atención que siendo la una de la tarde mi madre no me hubiese ido a despertar. Me levanté y fui a la cocina. No estaba. Fui hacia el dormitorio y seguía cerrado. Entré y la vi todavía durmiendo. La llamé dulcemente y no me respondió. La zamarreé y ahora casi le grité y tampoco reaccionó. Minutos después el médico de la urgencia me decía que había fallecido producto de un paro cardíaco. «Murió durmiendo. La mejor muerte», me dijo. Me dio las condolencias.

Nunca más subí a los techos ni caminé por los tapiales vecinos. Ahora, después de cenar, me fumo un cigarrillo tranquilo en la cocina.

14 de abril de 2026

sábado, 7 de febrero de 2026

LOCA

 


Hay una edad en que la sangre hierve en las venas, tiempo en el que no se piensa demasiado en lo que se hace ni se miden las consecuencias —no hay tiempo para ello—, se pierde la noción de realidad y de cordura, y uno se deja llevar como un niño al que le prometen el juguete eternamente deseado. Siempre pensé que eso pasa cuando uno se enamora sin saber siquiera lo que es el amor o lo que ese sentimiento nos deparará en el futuro. Como esos amores que aparecen de repente en una noche después de varios gintonics que ayudan al hervor de la sangre mientras viaja por nuestras venas desde el corazón a los pulmones para oxigenarse.
Esa noche me quedé solo en la barra de uno de los tantos bares del bulevar con la copa ya vacía a la que agitaba suavemente tratando de que los últimos trozos de hielo le sacaran un poco más de gusto a la media rodaja de limón que minutos antes había ayudado a darle el toque perfecto al gintonic. Mis amigos habían querido llevarme con ellos a un boliche bailable de la zona, pero me negué con la fundamentación de siempre: odiaba entrar a esos lugares donde solo se escuchaba música que no me gustaba, odiaba ver gente bailar esa música, odiaba bailar y por sobre todas las cosas sabía que jamás encontraría a la mujer de mi vida adentro de un lugar como esos.
El bar estaba lleno de gente y si me quedé un rato más ahí adentro fue porque entre el bullicio se podían escuchar canciones de U2. Cuando estuve por pedirle al barman el último gintonic que me tomaría esa noche, sentí un golpe en la espalda. Más que un golpe, un empujón que casi me hace caer de la banqueta.
—Perdón, perdón… —suplicó a duras penas una morocha que llevaba en su mano derecha un vaso casi lleno y se apoyó en la barra. No se la veía bien y alguien con el suficiente sentido común hubiese advertido, como lo hice yo en ese instante, que su problema no era más que exceso de alcohol en la sangre… mejor dicho, en todo el organismo.
—¿Estás bien? —vi que no podía mantenerse en pie y le ofrecí gentilmente mi banqueta. Sonrió y apoyó el vaso sobre la barra.
—Es ron… —entendí que quiso decir, ya que la lengua se le trabó y le jugó una mala pasada.
Advertí que de pronto quienes estaban sentados a mi alrededor se fueron y nos quedamos con la morocha en la barra un poco más cómodos. Agarré otra banqueta para mí y me pedí el gintonic pendiente.
—Yo también quiero… —me dijo como pudo la morocha mientras sostenía su vaso de ron casi lleno.
—Terminate primero ese y después te invito otro —le dije como para salir del paso.
Mientras el barman acercaba mi nueva copa, la morocha se agachó y previo a tener dos o tres arcadas, vomitó en el piso. Me dio mucho asco no solo por la situación y el olor sino también porque sus fluidos mancharon mi pantalón y mis zapatos. Tuve ganas de putearla, de llamar a alguien para que se la llevase de ahí, para que la sacaran del bar, pero tuve un sentimiento que no podría ahora definirlo y la tomé por los hombros, la incorporé sobre sí misma y la llevé hacia la vereda. Supuse que tomar aire fresco le haría bien. Además, sabía que en pocos segundos vendrían sus amigas o su novio o alguien a buscarla, a ayudarla. No ocurrió así. Mientras la gente nos abría paso entre risas y muecas de asco, yo llevaba casi arrastrando a la morocha hacia la vereda, ante la mirada absorta del barman que advertía que estaba abandonando mi copa intacta sobre la barra.
—¿Con quién estás? —le pregunté mientras la sentaba en una silla plástica que gentilmente me acercó uno de los grandotes que estaba como seguridad en la puerta. Comenzó a reír.
—No me traje el vaso, putamadre…
Alguien me acercó un vaso de agua.
—Tomá, para que se enjuague un poco la boca tu novia. Ah, y este bolso es de ella.
Agarré el vaso, el bolso y cuando intenté explicarle a quien me dio las cosas que ni siquiera sabía quién era la morocha, me encontré con que estábamos los dos solos en la vereda.
—Tomá, enjuagate.
La morocha sorbió un poco de agua, hizo un buche y escupió a un costado.
—¡Qué feo que es vomitar! ¿Me buscás mi copa?
A pesar de que yo había tomado bastante, estaba un poquito mejor que la morocha. Le dije que se tranquilizara, que tome un poco de aire, que le iba a hacer bien y después podría volver a entrar a buscar a sus amigas. Rio.
—¿Qué amigas? Estoy sola…
Abrió el bolso y sacó un pañuelo. Creí que se iba a largar a llorar. Pero se secó los labios, levantó la vista y me dijo:
—Caminemos un rato. Me va a hacer bien.
Tenía ojos negros, muy oscuros, y una mirada muy bella. Era una linda mina que habrá tenido mi edad, pero parecía más grande. No sé si por sus rasgos o por el estado deplorable en el que se encontraba. Se incorporó a duras penas de la silla, me tomó de la mano y comenzó a caminar arrastrándome y canturreando una canción del Flaco: «Vamos al bosque, nena… uu-uhhh».
Creo que no hubiese caminado ni dos pasos a su lado si no la hubiese escuchado cantar. Ese fue el embrujo, esa fue la telaraña que me atrapó y que me decidió a seguirle el juego. Una sirena que me encantó con su fresca voz… debería haberme tapado los oídos… Caminamos por el cantero central del bulevar rumbo a la costanera. Como podía, caminaba y cantaba. Tenía que sostenerla para que no cayera.
—Deberíamos tomar un café —propuso de repente—. Yo pago.
No me pareció descabellada la idea y acepté la propuesta. Todavía los bares del bulevar estaban abiertos y nos sentamos a la mesa de uno, en la vereda. El mozo se acercó.
—¿Y si en vez de café le damos a la birra? —propuso.
—¡No! —fue mi reacción inmediata—. Traenos dos cafés. Dobles y bien cargados —le dije al mozo.
En cinco minutos me atormentó con su charla. Llegó un momento en que deseé que se callara un poco. Comenzó a dolerme la cabeza. Vestía una camisa negra y desabrochó uno de los botones. Advertí que sus pechos eran lo suficientemente grandes como para llamar la atención. Cada vez que llevaba la taza de café a sus labios, sus ojos se clavaban en los míos y sonreía. A medida que pasaban los minutos, la morocha iba recobrando la postura. Ya era hora de averiguar, aunque sea, su nombre.
—Marcela.
Siguió hablando como si nos conociéramos desde la infancia. Yo solo escuchaba y de vez en cuando le dirigía la palabra cuando me preguntaba algo. Lo que jamás me preguntó fue mi nombre. En un momento dado abrió su bolso y comenzó a buscar algo. Revolvió durante unos cuantos segundos mientras sus gestos demostraban preocupación.
—No encuentro mi reloj… ¿Qué hora es?
No le contesté. Solo extendí mi brazo y le mostré mi reloj pulsera para que ella misma viera la hora. Me tomó la mano y observó casi con admiración mi reloj.
—¡Qué hermoso!
Me hizo un gesto para que se lo prestara, para verlo mejor. No sé por qué se lo di. Estuvo varios segundos mirándolo, alabándolo, y lo apoyó en la mesa. No lo recogí en ese momento, no le di importancia, y la conversación —¿o monólogo?— continuó un buen rato mientras comenzaron mis ganas de ir al baño. Mucho líquido comenzaba a hacer estragos en mis entrañas. El bar estaba lleno; en la vereda también estaban todas las mesas ocupadas e inclusive había gente de pie que esperaba que se desocupara alguna. De repente Marcela agarró mi reloj, se lo puso en su muñeca izquierda, tomó su bolso, se paró y me dijo «Vamos». Y salió casi corriendo hacia el puente.
—¡Pará, loca! ¡Hay que pagar!
—¡Que pague otro! —gritó y siguió su camino apresurada. Si ella no hubiese tenido mi reloj, juro que me hubiese quedado en el bar a tomarme una cerveza, pero no podía dejar que se lo llevara. Suponía que no me lo iba a robar. Era evidente que quería que la siguiera.
—¿Se van? —me preguntó una chica que esperaba la mesa junto con una amiga.
—Sí —le dije—. Haceme un favor —saqué un billete de quinientos pesos de mi billetera y se lo di a la piba, que me miraba asombrada—. Pagale al mozo, seguro que sobra algo... Confío en vos —y salí corriendo detrás de Marcela.
La alcancé como a las dos cuadras. Se reía con ganas y caminaba para atrás dando saltitos. Se sacó el reloj y me lo devolvió.
—Me da mucha adrenalina irme de un bar sin pagar… —dijo entre carcajadas.
No le dije que había dejado el dinero. Se la veía feliz en su papel de pequeña delincuente.
Cuando llegamos a la costanera, nos sentamos frente a la laguna. Me dijo que era un tipo bueno, buen mozo y que tenía onda conmigo. Me insinuó sus pechos y me dio un beso en la mejilla. Yo estaba como inmovilizado, no sabía cómo reaccionar ni qué decir y sentí unas ganas desesperadas de orinar.
Volvió a revolver en el interior de su bolso y ahora sí sacó algo que no alcancé a ver bien qué era.
—Hagamos un pacto —me dijo.
La miré ya con un poco de temor. Desenvolvió un pequeño objeto y me lo mostró: una hoja de afeitar.
—Un pacto de sangre…
Estábamos sentados casi tocándonos brazo con brazo y me alejé unos centímetros.
—¿Qué hacés? ¿Estás loca? —le reproché.
—¿Tenés miedo?
—Ni siquiera te conozco y me estás invitando a hacer un pacto de sangre. Estás totalmente loca…
Mis ganas de orinar se hacían cada vez más insoportables y no veía en esos momentos otra salida que hacerlo ahí, en la laguna, delante de Marcela. No había otra opción. No aguantaba más.
—Yo no tengo miedo. Esto es valor, coraje… —se llevó la hojita de afeitar hacia una de sus muñecas.
—¡Dejá de boludear, ¿querés?!
Comenzó a reír y yo sentía que me orinaba encima. Quería estar en otro lado, en el boliche con mis amigos, bailando la música que no me gustaba. Pero no ahí, con esa mina que se quería cortar las venas y me invitaba a hacerlo. Maldije haberme quedado solo en la barra tomando el gintonic, con la sangre en las venas hirviendo. Marcela pasó suavemente el filo de la hojita de afeitar sobre su antebrazo y apenas se rasguñó. Después se lo llevó a la mejilla y la hundió con más fuerza. Vi la sangre. Intenté sacarle la hojita de afeitar pero mi vejiga casi explotó con mi movimiento. Luego el tajo fue en su pecho, en el medio de sus tetas. Ver la sangre en su cara, en su cuerpo, comenzó a descomponerme. Marcela reía a carcajadas en un baño de sangre y yo estaba inmóvil, a punto de orinarme encima. Se llevó el filo hacia su cuello, hacia la yugular y le grité como loco que no lo hiciera, y cuando intenté sacarle la hojita de afeitar, se me abalanzó para cortar mi cara y ahí sí me oriné. Grité. Grité como un loco mientras sentía el líquido tibio entre mis piernas.
Grité tan fuerte y fue tan grande mi desesperación que me desperté. Con las sábanas mojadas y calientes.

30/08/2020 
(después de escuchar 
“Polaroid de locura ordinaria” 
De Fito Páez)

miércoles, 14 de enero de 2026

LA VENGANZA


Si yo decía que era él, si yo le decía al fiscal que él fue el hijoeputa que mató a la Vero, no hubiese podido vengarme. No sé si me entiende…

***

Lo metieron en cana porque yo les dije a los de Investigaciones que había sido él, que yo había visto con mis propios ojos cómo ese guanaco le había pegado con el fierro en la cabeza a la Vero, a mi pobre angelito que se estaba resistiendo a las asquerosidades de ese chancho. Me dijeron que lo agarraron al ratito nomás, en su casa, donde se había escondido como un cobarde… pero los milicos no encontraron el fierro. No sé, además, si lo buscaron. Me dijeron que tampoco encontraron huellas —eso pasa solo en las series yanquis— ni más testigos que puedan decir como yo que ese malnacido había matado a mi pobre Vero. Yo no sabía ni cómo se llamaba el desgraciado y lo habré visto apenas un par de veces, no más, por el barrio. Me lo hicieron describir. Era alto, pelo rubio o teñido, no sé, porque la piel era bastante oscurita, con corte a lo Kun Agüero, como todos los jugadores de fútbol, rapado atrás pero más largo arriba. Llevaba la camiseta de un equipo… qué sé yo cuál, bermudas floreadas y ojotas, aunque si me pongo a pensar bien creo que estaba en pata. Me preguntaron si tenía señas particulares y los miré como diciendo de qué me hablan. ¡Tatuajes, pircins, lunares!, me gritaron y les dije que la noche estaba oscura, que no me fijé en esas cosas, que estaba desesperada con la Vero en el piso agonizando y tratando de que no se me vaya. ¿Él la vio, señora? ¡Qué sé yo! Cuando le grité qué hacés, hijoeputa, y salí corriendo hacia la Vero, se fue corriendo con el fierro en la mano, sin mirar para atrás, y se perdió por las vías. Al otro día me llamó el fiscal y me dijo que la única invidencia —que no sé qué carajo es— que había en contra de ese guacho era mi declaración y que teníamos que hacer un reconocimiento de personas para fortalecerla. Lo miré sin saber qué decirle. Es necesario que usted lo reconozca, señora, porque si no, se nos cae el caso. No entendí. Que si no lo reconoce, señora, lo tenemos que largar. No tenemos nada en contra de Osuna. Ahí abrí bien los ojos. No sabía cómo se llamaba el hijoeputa, pero el fiscal me lo dijo. ¡Era el hijo malparido de la Tota Osuna! ¡La benefactora! ¡La que colabora con el merendero del barrio y le da de comer a chicos ajenos en vez de criar bien a los propios! ¿Y si lo reconozco? ¿Lo van a dejar adentro? El fiscal no contestó enseguida. Bajó la vista unos segundos y me miró como resignado. No se lo puedo asegurar, señora. Haremos lo posible, pero si usted no lo reconoce, sí o sí lo tenemos que largar. En realidad, yo no lo quería preso. Si lo dejaban adentro iba a tener techo y comida gratis. Y no soportaría que la Tota Osuna siga su vida como si nada le hubiese pasado a mi Vero. Me dijeron que fuera a las seis de la tarde a la oficina de Investigaciones. Cuando llegué, el fiscal todavía no estaba y un policía —creo que era policía porque uniformado no estaba— me llevó a los apurones hacia una oficina del fondo de un largo pasillo porque me dijo que no me tenían que ver. No le pregunté quién no me tenía que ver y me dejé llevar. Las paredes de la oficina estaban pintadas de anaranjado fuerte. Había dos escritorios, uno con una computadora y una impresora y el otro con muchos papeles desparramados arriba. Me senté en una silla plástica, de esas blancas que todos tenemos, y esperé pacientemente durante media hora la llegada del fiscal. Mientras esperaba sola en esa deprimente oficina, afuera se escuchaban risas, gritos, corridas. Por fin llegó el fiscal —vestía jean y campera— con un muchacho de saco y corbata. Habrá tenido unos veinticinco o treinta años. Me dieron la mano e inmediatamente después ingresó a la oficina una mujer rubia, cuarentona, medio encorvada y me la presentaron como la abogada del imputado. Por mi cabeza pasaron muchas cosas para preguntarle a esa abogada, pero solo una le haría: ¿No tenés hijos, vos? Me limité a sonreírle falsamente. Hablaron entre ellos de varias cosas que no entendí hasta que el muchacho de corbata que se había sentado frente a la computadora me pidió que describa a quien yo decía que había matado a mi hija. Ya se lo dije a la policía ayer, contesté. El fiscal intervino y me dijo que era necesario que lo volviera a hacer, sobre todo para que me escuchara la abogada defensora. Suspiré malhumorada y repetí como una lora toda la descripción hecha el día anterior y antes de que me lo preguntaran, le dije al empleado que pusiera que no le vi señas particulares porque estaba muy oscuro y no me puse en detalles en ese momento. Inmediatamente después el fiscal comenzó a explicarme el procedimiento. Recién en ese momento advertí que en una de las paredes había como una ventanita muy pequeña de vidrio. Me dijo que debería mirar por ahí, que del otro lado había varias personas paradas y de frente, una al lado de la otra, con números arriba, sobre la pared; que debería estar muy tranquila porque quienes estaban del otro lado de la ventanita no podían verme y que luego de observarlos le dijera si entre esas personas estaba el hijoeputa de Osuna. En realidad, no me lo dijo así, sino que lo llamó como «quien yo había visto agredir a mi hija en la noche del hecho». Cerré los ojos y suspiré. Me aproximé a la ventanita y antes de que mirara, el fiscal me dijo que si necesitaba verlos de costado o de espaldas, que se lo dijera. Ahora sí, con los ojos bien abiertos observé del otro lado de la ventanita. Eran cinco y no hizo falta mirar a los otros cuatro. A pesar de que todos tenían características físicas muy parecidas, el hijo de la Tota se destacaba. Jamás me olvidaría de esa cara. Advertí que definitivamente no era rubio: estaba teñido. Sonreía mientras miraba a la ventanita y me sentí observaba a pesar de la aclaración del fiscal de que no podrían verme. Tenía un gesto sobrador como diciendo la maté yo, ¿y qué? Sacaba pecho y levantaba un poco la pera. En ningún momento miré a los otros, no me importaban ni quería verlos. Un abrir y cerrar de ojos me hubiese bastado para identificar a esa rata aunque hubiese estado en medio de la hinchada de Sportivo Norte. Lo miré durante varios segundos y le dije con el pensamiento: si te identifico, capaz que quedás preso, hijoemilputa. Arriba de la cabeza de Osuna estaba estampado el número cuatro. Creo que estuve una eternidad mirándole la cara sobradora a ese malparido mientras seguramente la abogada defensora, el fiscal y el empleado esperaban impacientes que yo abriera la boca. ¿Necesita que se pongan de costado, señora?, me preguntó el fiscal. Cerré los ojos, suspiré y retrocedí. No, gracias, es suficiente con eso… Me miraron con mucha expectativa. El empleado ya estaba preparado con sus dedos sobre el teclado de la computadora para escribir el número que yo diría. ¿Entonces? ¿Es alguno de los que está en la rueda de personas, señora? Si es así, identifíquelo con el número que tiene arriba de su cabeza. Miré al fiscal e inmediatamente después, a la defensora. No, no es ninguno de ellos. Quien agredió a mi Vero no está ahí. Advertí un leve gesto de alegría en la defensora, y el Fiscal, meneando su cabeza, le hizo un gesto al empleado que comenzó a escribir. ¿Segura, señora? Sí, me limité a decir.

***

Entiéndame: si yo decía que era el número cuatro, si yo le hubiese dicho al fiscal que ese que se sonreía con malicia había sido el hijoeputa que mató a mi Vero, no hubiese podido vengarme. Y ahora estoy acá, contándole a usted, que me tiene una paciencia bárbara, no sé por qué, la verdadera historia. Discúlpeme, pero yo no hubiese soportado mucho tiempo que la Tota tuviese a su hijo vivo, viviendo y comiendo de arriba, mientras que yo a mi Vero solo la iba a tener en el cementerio. Si le metí el balazo al desgraciado ese en la frente, delante de la Tota, fue justamente para que se diera cuenta lo que significa perder un hijo y ver cómo te lo matan delante de tus ojos… ¿Si me siento bien? Podría estar peor…

lunes, 12 de enero de 2026

ESE PASADO QUE DA VUELTAS Y NO TE SUELTA

 


Me levanté muy temprano a pesar del frío. Todavía no habían asomado las primeras luces del día. Me costó salir de la cama, como siempre, pero a las 7 habíamos acordado empezar a estudiar. Yo odiaba la gramática... Pero era inútil, había que rendirla y aprobarla, no quedaba otra para poder seguir. Sin su compañía y ayuda no me hubiese puesto nunca a estudiarla. Calenté el agua, lavé el mate, le puse yerba y salí rumbo a la panadería a comprar bizcochitos. Cuando regresé le di uno a Júpiter (Iupiter Iobis, como ella le decía), que –ni lerdo ni perezoso- ya se había instalado en la pieza. Arreglé la cama, ordené un poco el desorden que tenía sobre el escritorio, preparé los apuntes de gramática y esperé entredormido su llegada.
A las 10 reaccioné. Ana no había venido a estudiar y me preocupé. ¿Habríamos quedado en otra cosa? ¿No tenía que ir yo a su casa? No, imposible. Nunca era así. Decidí ir a buscarla. Me puse el sobretodo. Lloviznaba. No tenía ganas de llevar el paraguas. Me gustaba que la llovizna humedeciera mi cara. Quizás estaba enferma y no pudo avisarme con anticipación su ausencia. Caminé mucho con las manos en los bolsillos y las calles no me parecieron las mismas de siempre. Doblaba en las esquinas mecánicamente, sin pensarlo, como siempre lo había hecho para llegar a su casa, pero a medida que avanzaba me perdía cada vez más en una ciudad que no parecía ser la mía. Me detuve, intranquilo. La gente me miraba y yo no entendía por qué. Me apoyé en un árbol y miré alrededor. Las calles y las casas que me rodeaban no se parecían a la Santa Fe que me vio crecer. Sentí un mareo y decidí volver. Para colmo, ella sin teléfono.
De regreso, antes de llegar a casa –todavía no recuerdo cómo logré ubicarme- me detuve en un quiosco y compré un diario. Lo doblé, lo sostuve entre el brazo derecho y las costillas, y seguí caminando. Hasta el picaporte de mi casa me pareció distinto cuando abrí la puerta. Un terrible silencio me aturdía.
Me senté en la cama. Miré los apuntes de gramática sobre el escritorio, la bolsa con los bizcochitos intacta y el mate sin empezar. Intuía que algo andaba mal. A través de la ventana, la avenida ya no era la de siempre. No vi el Dodge Polara blanco estacionado sobre la avenida. El tráfico era muy tranquilo, cosa inusual. Acomodé la almohada contra la pared y me recosté, abrí el diario y leí: «Venta ilegal de armas: el expresidente Carlos Saúl Menem continúa detenido».
Casi de inmediato un sonido conocido me volvió a la realidad. Sonó dos o tres veces y lo silencié suavemente pero con bronca. Era temprano y hacía frío. Caminé hacia la cocina a preparar el café mientras me cambiaba. No tomaba más mates en el desayuno. Las habitaciones de mi casa y sus muebles ya no eran los mismos. Sonreí meneando la cabeza. Júpiter hacía años que me había abandonado. Levanté las persianas y tampoco vi la avenida ni el Polara frente a la ventana. Miré el almanaque: 2 de julio de 2001. Cuánto hacía que no probaba aquellos bizcochitos. Cuánto hacía que no la veía. Cuánto hacía que había aprobado gramática gracias a ella… Incluso ahora le tenía un poco más de cariño a la morfología y a la sintaxis. Mucho tiempo había pasado desde que culminé mi carrera en la facultad. Tenía que escribirle. O hablarle.
El agua hirvió. Un día más en el Tribunal rafaelino me esperaba. Y Ana, tan lejos como aquella gramática, festejará el día 10 su cumpleaños allá lejos, en el sur, seguramente con su gente, la más cercana, la que hoy formaba parte de su vida.

martes, 23 de diciembre de 2025

EL ENTRERRIANO (Texto extra)


Se oyeron ruidos sordos y gemidos en todo el subsuelo del edificio. Nadie supo decir de qué sector específico provenían. Pero en un cuarto casi oscuro, había un cuerpo tirado en el piso sucio, retorciéndose de dolor, y de cuya boca —o de cuyas tripas— provenían los gemidos. Un hilo de sangre brotaba de sus labios que se mezclaba con lágrimas y eso colaboraba a que descendiera más rápido hasta el cuello. Apenas podía abrir los ojos y veía muy turbio dos pares de ojos que lo observaban detenidamente.
—Este no va a botonear más —escuchó decir a uno de los dos, no supo cuál.
Recibió una última patada en el estómago de la cual no se quejó, no se pudo quejar, y lo dejaron solo. No sintió ese último golpe porque los anteriores habían sido mucho más fuertes. Escuchó pasos que se iban, murmullo sobre un determinado plan que no alcanzó a entender. No obstante, escuchó la respuesta enérgica de uno de los dos: “¡Comprendido, cabo primero!”.
No tuvo fuerzas para levantarse. No sentía sus piernas, estaba como anestesiado. Quiso gritar pero solo logró vomitar sangre. Perdió el conocimiento.




A las siete y media de la mañana en la Base comenzaba el horario de trabajo habitual. Luego del desayuno y de la rutinaria formación en la Plaza de Armas, todos, desde capitanes a conscriptos, se retiraron a sus puestos de trabajo.
—Bueno… otro día más —dijo el conscripto alto y flaco mientras abría la puerta de la sección Justicia.
—Espero que hoy no haya laburo —agregó el suboficial encargado de la sección—, porque estos últimos días nos tuvieron al jaque.
Entraron los cuatro: el suboficial, el cabo segundo Fernández y los dos conscriptos que trabajaban en la sección: el petiso Luis Vezpa y Felis Nasal, el flaco alto. Era muy temprano como para ponerse a trabajar y Felis Nasal preparó unos mates. Era una oficina chica, aburrida. De sus paredes solo colgaban placas de vidrio con los nombres de los últimos desertores escritos con fibrón negro, gráficos de accidentes y uno o dos gabanes verde oliva que eran sostenidos por un perchero. Luis Vezpa sacó sus apuntes de abogacía y exclamó:
—A mí me van a perdonar, pero yo me pongo a estudiar…
—Si tendrás tiempo para estudiar abogacía acá adentro… —le dijo irónicamente el cabo Fernández.
—No tanto, no tanto —contestó defendiéndose—. El que tiene bastante tiempo acá adentro es usted, cabo. Yo en unos meses me voy a casita…
—Y el suboficial también —agregó sonriendo Felis Nasal—: toda una vida.
—Bueno, bueno, che. ¡A laburar! —dijo el suboficial y puso un poco de orden y de seriedad a la conversación.
Pero nadie le hizo caso. Las máquinas de escribir no es escucharon hasta después de un buen rato. Una vez acabado el diálogo entre los que manejaban los trámites de la Justicia Militar en la Base, se abrió violentamente la puerta de la oficina.
—¡Hay que trabajar! ¡Y mucho! —gritó el teniente de navío Castellanos exponiendo ante los presentes de manera imperativa su voluminoso cuerpo. Era el jefe del Departamento Secretaría del cual dependía la sección Justicia. Ni siquiera saludó.
—¡Buenos días, señor teniente! —gritaron casi a dúo los conscriptos poniéndose de pie en posición de firmes.
—¡¿A quién le importa si son buenos o malos días?! —contestó nerviosamente—. A ver: una hoja en blanco… ¡Rápido!
El suboficial y el cabo segundo Fernández se miraban con cara de asombro y no emitían sonido alguno. El teniente Castellanos comenzó a escribir rápidamente en la hoja cosas ininteligibles. La situación era cómica. Ninguno de los miembros de la sección Justicia se movía, no decían una sola palabra. No sabían qué era lo que pasaba. A Felis Nasal le causó gracia la situación y sonrió.
—¡Esto no es chiste, conscripto! Tome, cabo, haga tres copias y llévemelas a mi despacho enseguida. Y prepárense también para laburar. Tenemos un caso inusual y jodido.
Hizo varios movimientos torpes al guardar su lapicera, dándose vuelta para salir y trastabillando al querer caminar. Las sonrisas fueron generales menos en él, que continuaba serio y furioso. Antes de que se retire, el suboficial arriesgó una pregunta:
—¿De qué se trata, señor?
—Muerte de un conscripto… Muerte dudosa. Todo el papeleo será estrictamente confidencial —agregó—, por lo que no quiero que trabajen en esto los conscriptos, sino ustedes dos. ¿Comprendió, suboficial?
—Perfectamente.
—¿Comprendió, cabo?
—Comprendido, señor teniente.
Y se retiró.
—Ya sé —exclamó Vezpa apenas la puerta se cerró—. No tenemos que decir nada de que al trabajo lo vamos a hacer nosotros a pesar de ser confidencial, ¿no?
—Me gusta porque vas aprendiendo, Vezpa —contestó el cabo.
Fueron pasando los días y el trabajo era cada vez más intenso. Las máquinas de escribir estaban en actividad la mayor parte del día. Cientos de papeles mecanografiados. Otros cientos que había que rehacer. Vezpa y Nasal tenían callos en los dedos y frecuentemente se equivocaban, rompían hojas, volvían a escribir y volvían a romper. El cabo redactaba oficios y memorandos. De vez en cuando agarraba alguna de las máquinas y se ponía a teclear él. Peor aún. No se rompían tantos papeles como cuando él escribía. El suboficial ni siquiera se animaba a escribir a máquina por temor al fracaso. El papeleo era confidencial, pero si no lo hacían los conscriptos se hubiese demorado el triple de tiempo.
A las pocas horas de la muerte del conscripto se había dispuesto el traslado del cuerpo con una comisión especial a su hogar, a Entre Ríos, donde vivían sus padres y hermanos. Partieron en avión un guardiamarina, dos cabos y cuatro conscriptos. Al regresar, el informe del guardiamarina pasó a formar parte del gran papeleo. Según el informe, como se preveía, no fueron recibidos muy cordialmente por los familiares de “El Entrerriano”, como lo llamaban sus compañeros. Hubo grandes discusiones y casi se fueron a las manos. No los había conformado el informe de la Armada. “El Entrerriano”, según sus familiares, no había muerto por causas desconocidas, sino por golpes que había recibido en todo su cuerpo. Los médicos particulares habían descubierto muchos órganos estropeados que solo podrían haber sido producto de golpes. Fue rápida la comisión encargada de entregar el cuerpo y las condolencias. Fue rápida y acompañada por una amenaza de los familiares: recurrirían a la justicia civil para la investigación del caso.
Por su parte, la investigación en la justicia militar no cesaba. Todos los que estuvieron cerca de “El Entrerriano” fueron interrogados. Había declaraciones contradictorias y algunos no sabían —o no querían saber— absolutamente nada. Se sospechó de un cabo primero, quien había sido sancionado y había estado arrestado días atrás porque le había pegado una trompada a “El Entrerriano” y este se había ido a quejar a los superiores. El cabo primero manifestó desconocer las causas del deceso del conscripto. Los compañeros de la víctima declaraban con cierto nerviosismo no saber absolutamente nada del caso. Uno de los conscriptos, al estar declarando, sufrió un ataque de nervios y no pudo aportar demasiados datos.
Ya eran trescientas cuarenta y dos las fojas mecanografiadas y todavía no se sabía absolutamente nada. Pero había muchas sospechas. Era seguro que “El Entrerriano” no había muerto naturalmente. Lo habían golpeado y muy fuerte. ¿Causas desconocidas? Sí, porque nadie hablaba ni decía la verdad. Muchos, o pocos, ocultaban algo. No había una sola prueba. Ya se había investigado todo, o casi todo. Ya no había más pistas que seguir. No había más nada que hacer.
“El Entrerriano” estaba muerto, enterrado en su tierra natal. Sus familiares sabían que había un culpable. Sus padres querían saber el nombre de quien les había quitado a su hijo. Querían algo más que la justicia militar: querían la verdad.
En la base se cerraron las actuaciones con inusual rapidez. Fue ordenada la pronta conclusión de la investigación, su archivo, aunque no se había descubierto nada. Para la justicia militar “El Entrerriano” había fallecido por causas desconocidas que nunca se pudieron o supieron dilucidar. Las actuaciones rezaban una verdad a medias, dudosa. Hubo en la Base rumores de un posible culpable y que sería miembro de la propia Armada. Misterio.
—Cabo, ¿no le parece que terminaron muy rápido con el caso? —preguntó Felis Nasal.
—Y… sí. ¿Qué sé yo?
—¿Será cierto de lo que se dice de ese cabo primero que parece culpable?
—Él sabrá… Además, callate, que esto es confidencial y se supone que ni vos ni Vezpa deben saber nada…
—Sí, cabo, se supone… pero al laburo lo hicimos nosotros…
La historia no terminó allí. La historia es eterna, queda flotando en el aire hasta que algún día se descubra la verdad. La historia sigue con la incógnita, como sigue la vida de un excabo primero luego de haber recibido la baja de las filas de la Armada por razones confidenciales.

Marzo 1987

martes, 3 de junio de 2025

EN EL HOSPICIO


Me habla, me mira fijamente a los ojos y mueve los labios con lentitud. Yo entiendo. Pero no, no entiendo. Ella dice que yo me llamo así pero no sé realmente cómo me llamo. No sé desde cuándo estoy acá, con toda esta gente. No somos muchos, pero nos llevamos bien.
—Guillermo —me dice que me llamo—. Gui-ller-mo. ¿Entendés?
Le sonrío pero no entiendo quién es Guillermo. Meneo la cabeza y sacudo un poco mi cuerpo como festejando mientras ella silabea ese nombre. Tengo frío. Siempre tuve frío en este lugar aunque tengo puesta ropa de abrigo: pantalón largo y pulóver. Quizás andar descalzo no sea lo recomendable.
—¿Entendés, Guillermo? Yo soy Marina y te estoy cuidando.
Asiento con la cabeza y le sonrío. No entiendo pero quiero que vaya a hablar con otro. Que me deje tranquilo un rato. ¿Quién carajo será Guillermo? ¿Y por qué Marina me cuida?
Con mi indiferencia logro que se aleje un rato. Ahora se dirige hacia una mujer que vive con nosotros. Mirta se llama. Tiene cara de sufrida. Yo de vez en cuando hablo con todos y ellos me cuentan sus vidas. No sé si dicen la verdad o no. Me parece que a ninguno le funciona bien el mecanismo acá adentro y seguramente mienten. Pero no lo hacen por malditos, lo hacen para divertirse. Y yo también me divierto. Para colmo, casi ni hablo. Si ni sé cómo me llamo y no me acuerdo mucho de mi vida ni por qué estoy acá. Guillermo dice esta mujer que me llamo, pero no sé.
Con Mirta no hablo mucho, pero la primera vez que lo hice me contó su historia. Y la repite cada vez que estoy con ella. Pobre… No la debe haber pasado bien. Al menos ella me dijo que sufrió mucho cuando el Juan Carlos cayó en cana. Ella sabía que andaba en algo raro pero nunca le había preguntado. Lo confirmó cuando lo agarraron y lo metieron preso. No me acuerdo qué hizo, pero Mirta me dijo que estuvo tres años a la sombra. Lo recuerdo bien. Yo la miraba sin pestañear y no le decía nada. «¡Preso! ¡Estuvo preso!», me dijo casi gritando porque yo no hacía un solo gesto. Entonces le sonreí. Y me dijo que ella sola no podía vivir y que al año y medio de que al Juan Carlos lo encanaron, se metió con Francisco. Debe haber sido linda Mirta en su juventud. Yo la seguía mirando, esperando que continuara la historia. «¿Y sabés qué?», me dijo. «Volvió». Pero me dijo que ella ya estaba con Francisco y lo mandó a pasear al Juan Carlos. Se fue amargado y cree que siguió en la joda, porque seguía choreando. Francisco no conocía el pasado de Mirta y cuando lo supo, la dejó. Ella, como yo, tampoco sabe por qué está acá.
Estamos todos ahora en un salón grande, blanco, frío. Las ventanas dan a un jardín. Es de día y el sol afuera brilla sobre los naranjos. Creo que son naranjos. O mandarinos. ¿O serán toronjas esas pelotas anaranjadas que cuelgan de las ramas? Miro apoyando la nariz contra el vidrio que se empaña.
—Guillermo…
Alguien habla a mi espalda. Una voz dulce de mujer. Me doy vuelta sin estar seguro de que me habla a mí y se presenta: «Soy Ana». Le sonrío y vuelvo mi cuerpo hacia el salón. Ella, un poco acelerada, me dice que quiere bailar. Yo no sé bailar. Nunca bailé. Ana empieza a dar vueltas sobre sí misma, sonriendo y alzando los brazos. Yo siempre la veo sola, pero feliz. «Soy un hada», me dice y me toma de las manos. Quiere que baile con ella. Me quedo duro. «Juguemos entonces». Me lleva hacia el centro del salón y se sienta sobre una alfombra donde hay unos cubos plásticos. Coloca uno arriba del otro y se encierra en sí misma. «Hoy tampoco quiero dormir…», escucho que murmura mientras me alejo lentamente hacia una de las puertas que da al patio.
La puerta está abierta a pesar del frío. Quien quiera pasear por el jardín, puede hacerlo. Aprovecho que Ana se olvidó que querer bailar conmigo y salgo. Arranco del árbol una naranja… o mandarina… o toronja, ¿qué se yo qué es? Decido comerla y empiezo a sacarle la cáscara con la mano. No es tan fácil. Se me acerca un gordo petiso un poco mayor que yo. Lo intuyo porque está muy desmejorado. Yo hace mucho que no me veo en el espejo pero creo que tengo mejor aspecto que él. Me apunta con su dedo índice y levanta el pulgar, simulando tener un revólver.
—¡Pum! Estás muerto —me dice mientras lo festeja. En la otra mano lleva un cigarrillo encendido que no fuma.
No sé cómo reaccionar y me paralizo. Muerto no estoy. Pero él cree que me mató. ¿Me tendré que tirar al piso y fingir para que no se enfade?
—Si no mueres, te arrancaré de a una las uñas de las manos.
Instintivamente convertí mis manos en puños y me dio un escalofrío horrible al pensar en el dolor. No suelo ver a este hombrecito muy seguido, quizás no vaya a ese lugar todos los días. No sé cómo se llama. Tiene mala cara. Pero no porque él esté mal sino porque seguramente hace o hizo alguna vez el mal.
—O te pondré una bolsa de nailon en la cabeza…
Retrocedo mientras se me viene encima.
—O puedo quemarte con mi cigarrillo… ¿Qué preferís? —me increpa casi gritando.
Sigo retrocediendo ahora más asustado, trastabillo y me caigo de culo. El hombrecito se me aproxima lentamente con el cigarrillo encendido dispuesto a clavármelo en alguna parte del cuerpo. Mi cara y mis manos son las únicas partes libres que tengo. Con una de mis manos sostengo la naranja a medio pelar. Me tapo la cara con la otra con desesperación porque lo tengo casi encima.
—¡Juan! ¿Pero qué hace, Juan? ¿Está loco? —dice Francisca mientras lo toma por la espalda y lo aleja de mí hacia otro lado del jardín.
—¡Quiero morir! ¡Quiero morirme! —grita Juan mientras es arrastrado por Francisca. Me reincorporo rápidamente y decido ir adentro a bailar con Ana. Es preferible. Pero Francisca me llama con un grito. Acaba de dejar sentado a Juan en uno de los sillones de plástico que hay en el jardín y se me acerca a paso ligero.
—Discúlpelo, Guillermo. Pero Juan tuvo una vida un tanto complicada.
Me dijo Guillermo, como Marina, que me quiere hacer comprender que me llamo así.
—Aparentemente hizo mucho mal durante su vida y ahora no ve otra salida que matarse. Nadie lo quiere acá. Y afuera tampoco. Hay que temerle, es medio loco.
Le sonrío y sigo pelando la naranja. Francisca está parada a mi lado y me observa. Yo de reojo la miro a ella y me parece una linda mujer. No es joven. Nadie es joven acá adentro, pero se ve que alguna vez fue linda. Termino de pelar la naranja, la parto y le ofrezco la mitad a Francisca como un modo de agradecerle que me haya sacado de encima a Juan. La acepta y ambos nos llevamos las mitades a la boca. Al mismo tiempo escupimos y nos quejamos por el asco que nos dio. «¡Son toronjas!», dijo ella y nos largamos a reír con ganas.
Me tomó de la mano y caminamos por el jardín. En silencio. Yo no hablaba casi nunca y ella parecía respetar mi silencio. Me hizo un ademán con una sonrisa cómplice para que mirase al costado. Un hombrecito diminuto, vestido con pantalones muy anchos, camisa estrafalaria y galera intentaba sacar algún sonido de un viejo saxo en mal estado.
—Se llama Gaby. Cree que vive en un circo —me dijo Francisca.
—Pierrot… —murmuré sin ánimos de que me escuchara.
—Sí, un payaso… Y a veces cree que es invisible.
Seguimos caminando de la mano rumbo a ningún lado. Francisca era una dulce compañía y no sé si me hablaba a mí o pensaba en voz alta circunstancias de su vida pasada. Decía que los hombres eran todos iguales pero que los peores eran los viejos. «¡Viejos verdes!», se quejaba. Yo no entendía pero no decía nada. Meneaba la cabeza y seguía su rezo en voz muy baja. «A mi hijita le gustaba correr por el monte y juntar flores en su canastita». Tenía la vista perdida en el infinito. Clavada en el cielo. O en su alma. De repente alzó la voz: «¡Deje quietas sus manos de una vez, señor!» e hizo un ademán como para sacarse de encima a alguien. Después dijo entredientes algo que no entendí muy bien pero fue algo así como que el dinero hacía falta para ser feliz con su hijita, por eso trabajaba. Pero no los lunes. Los lunes se divertía. Yo solo la miraba porque no sabía si me hablaba a mí o si estaba rezando. Y recordaba que me había dicho Guillermo. Yo no soy Guillermo… ¿O sí?
Luego de dos o tres minutos de caminar en círculo alrededor de una fuente que no funcionaba, pasaron corriendo dos hombres desaforadamente. Uno pedía auxilio y miraba desesperado a su perseguidor que le gritaba «¡Amigo! ¡Amigo! ¡No te vayas!». Lloraba desconsoladamente y llevaba una flor en su mano. Francisca soltó mi mano y se fue sin decir nada hacia el salón. Me quedé mirando a los dos hombres que no dejaban de correr ni de gritar. Estaba absorto.
—Estos dos están locos —me dijo una mujer menuda, rubia, de ojos saltones y labios muy pintados mientras se me acercaba.
Mi única respuesta, como siempre, fue una sonrisa. La mujercita se paró a mi lado y continuó su monólogo:
—El de adelante, Sebastián, se cree Jesús. No sé. Siempre anda mostrando sus manos y dice que las heridas sangrantes que tiene se las provocaron cuando lo crucificaron en la cruz. Nunca nadie le vio las heridas…
La mujercita no me miraba. Hablaba como si se estuviese dirigiendo a un auditorio inexistente, con voz afectada.
—Y el que lo corre es Pototo. Dice que tiene miedo de quedarse solo y por eso lo sigue constantemente. Sebastián huye y pide ayuda. Pototo lo sigue y le dice que sean amigos, que no lo deje solo. Todos los días es así. Siempre igual…
Me animé a interrumpir su relato.
—¿Le quiere regalar una flor?
La mujer meneó la cabeza y me dijo que para Pototo la flor era vida y que se la quería dar a Sebastián como un símbolo de paz y amistad. Dijo que Pototo estaba loco porque aseguraba que si los amigos se separaban, la soledad era inevitable. Y sin amigos prefería morir.
—¿Y por qué se escapa Sebastián entonces? —insinué.
—Porque no quieren que lo sacrifiquen otra vez. Se ve que alguien lo traicionó alguna vez y se lavó las manos. Se quiere salvar de una nueva traición. Quizás piense que Pototo lo traicionará.
Me invitó a caminar a la par. A diferencia de Francisca, no me tomó de la mano. Alicia. Me dijo que se llamaba Alicia y que siempre había vivido al revés del mundo. «Quizás por eso estoy aquí», dudó.
—Yo vine por propia voluntad acá. Acá me cuidan. Afuera está el peligro. Allá quieren volver lo que van a acabar con el mundo. Hay que estar preparados y prender velas para que la suerte nos ilumine. No nos pueden vencer.
Yo no entendía de qué me estaba hablando y le pregunté:
—¿Quiénes quieren acabar con el mundo?
—¡Ellos! —me gritó—. Ya se acabó esa vida de cuentos en la que fingíamos ser felices… —dio media vuelta y se fue dejándome confundido.
No supe qué hacer. Nunca supe por qué razón yo estaba entre toda esa gente que parecía no estar en su sano juicio. Cada uno tenía su historia, incomprensibles algunas, otras no tanto. Yo les conocía sus nombres pero a mí me decían Guillermo y no tengo idea si soy o no soy Guillermo. ¿Y si no quién soy?
Se me acercó Marina.
—¿Disfrutando el fresco y el aire libre, Guillermo?
Le sonreí. Me invitó a ingresar al salón. Seguramente vio que comenzaba a temblar y se imaginó que yo tenía frío. En realidad, desde que estoy acá, que no recuerdo cuánto hace, nunca dejé de tener frío. Es como si viviera eternamente adentro de una cámara frigorífica. Marina pasó su brazo izquierdo por mi espalda y apoyó su mano en mi hombro derecho. Me dirigía. Se nos acercó una mujer muy linda, de unos cincuenta años más o menos. Balbuceaba y aparentemente le quería decir algo a Marina. No se le entendía nada a la pobre y vi cómo le comenzó a colgar un hilo de baba de su boca.
—Ella es Ludmila —me dijo Marina—. En su vida se entregó al amor sin reparos, ciegamente, casi irresponsablemente, y lo sufrió. Terminó sola y abandonada la pobre…
Un flaco alto y canoso daba vueltas en el medio del salón con los brazos extendidos. Como si estuviera volando. Supuse que era feliz o que intentaba serlo. Se lo señalé a Marina con un gesto.
Fermín, él es Fermín. Es feliz dando vueltas y más vueltas. Cree que vuela y que al final de su vida lo vendrá a buscar un pájaro, una gaviota dice, que lo llevará a descansar al mar.
Marina acercó una silla a una mesa donde se encontraban sentados dos hombres, aparentemente cada uno en su mundo. Me invitó a sentarme allí y se fue hacia otro sector del salón.
El que parecía ser mayor en edad era robusto y vestía un enterito de jean al estilo jardinero. Tenía puesto un sombrero de paja de ala ancha. Le observé sus manos grandes, callosas. Imaginé que en su vida pasada esas manos habían sido un instrumento fundamental de supervivencia.
Baltazar —me dijo mientras me extendía la mano derecha a modo de saludo.
Se la estreché devolviendo el gesto y sentí un apretón fuerte de una mano gigantesca y pesada al lado de la mía, y muy áspera. No supe cómo presentarme y le dije lo que me pareció más conveniente en ese momento y en ese lugar:
—Guillermo… Un gusto.
—Disculpe usted si mis amigos lo molestan.
No entendí. Miré al otro hombre y parecía estar durmiendo. Nadie cerca nuestro interrumpía nuestra tranquilidad.
—Ellos siempre están conmigo. Desde que abandoné el campo del patrón, ellos me siguieron. Estos caballos, estas vacas —decía mientras movía sus brazos como mostrándome algo que yo no alcanzaba a ver—, las gallinas, los gorriones y las mariposas blancas son quienes le dan sentido a mi vida. Sin ellos no podría seguir.
Me encogí de hombros y no dije nada. No creí conveniente preguntarle dónde estaba toda esa fauna. De repente, el segundo hombre pareció despertarse de un sueño profundo. Me miró y me tomó fuerte de mi brazo derecho.
—¿Sabe usted por qué dicen que estoy loco?
Sus ojos querían salirse de órbita. Su mirada era fulminante.
—La sociedad me hizo así. No fue mi culpa. Yo siempre fui un buen tipo, bonachón, demasiado. Siempre viví pensando en los demás, en hacer feliz al otro, en dar todo lo mío sin pretender nada a cambio. ¿Y cómo me pagaron?
Yo no sabía si realmente estaba esperando una respuesta de mi parte o hablaba de esa manera para darle fuerza a sus palabras. Estuve a punto de decirle que nadie estaba loco en ese lugar pero siguió hablándome, creo que sin mirarme.
—«Miguel, te volviste loco», me decían constantemente. Yo no entendía qué era lo que estaba haciendo mal. Mis padres me enseñaron que debía ser generoso y no negar el amor a nadie… ¿Pero sabe qué? ¡Me lo creí! ¡Sí, me lo creí y me despellejaron!
Mientras hablaba apretaba cada vez más fuerte mi brazo y luego de terminar su discurso, aflojó. Me compadecí de Miguel, sentí pena. Y para que no se sintiera solo le conté que yo podía seguir viviendo ahí gracias al amor de mi vida. «Cadenet», le dije y está siempre a mi lado.
—Quizás usted no la vea. Incluso yo muchas veces no la veo. Pero está conmigo cuando yo quiero, cuando la deseo. Se despierta a mi lado, desayunamos juntos, hablamos mucho. ¿Vio los animalitos que acompañan a Baltazar? Bueno, yo tengo a Cadenet.
Marina se paró en el medio del salón, pidió atención con un par de aplausos y con su voz tranquila y maternal anunció que el horario de recreación había terminado. Se me acercó y me extendió su mano suave. Me paré lentamente y sonreí a mis compañeros de mesa que me saludaron con un ademán. Marina me dio un vaso y puso una pastilla sobre mi lengua. La tragué y bebí el agua natural. Lentamente fui abandonando el salón frío mientras el bullicio de los demás iba desapareciendo, se hacía más lejano. Marina me ayudó a ingresar a la pieza, blanca, más fría que el salón, me acostó sobre una cama y me tapó hasta el cuello. Luego de un «buenas noches, que descanse, Guillermo», apagó la luz. Salió de la pieza y cerró la puerta con llave.

jueves, 8 de mayo de 2025

La mano

 


Estoy acostado en mi cama, solo.
A las 11 de la noche, después de relajarme y poner mi mente en blanco, me dormí profundamente.
Hace más de diez años que vivo sin compañía y la más terrible soledad inunda mi casa todas las noches. Por eso me aseguro de cerrar puertas y ventanas con la máxima seguridad antes de ir a dormir.
Son las tres de la mañana y me desperté sobresaltado.
Una mano, que no es la mía, acaba de apoyarse sobre mi hombro.

martes, 9 de julio de 2024

DISPAROS


A la memoria de H.Q. 

No sé muy bien por qué estoy acá, si todo fue un accidente... Todavía los oídos me palpitan por la explosión. Federico me había apuntado sin querer mientras le pasaba el trapo al cañón. Le dije que tuviera cuidado, que no apuntara, y me contestó riendo: ¡Cagón! ¡Está descargada! Por las noches todavía escucho los disparos y me despierto sobresaltado. Los escucho de día también. Sus rostros se me aparecen en los espejos, a través de las paredes. A mi padre lo conozco por el retrato pintado que siempre estuvo colgado en la pared de la sala. Lo imagino bajando de la canoa con esa escopeta. Y escucho una y otra vez el disparo. Y me veo dentro de unos años con la misma escopeta en mis manos... Yo no le disparé a propósito a Federico. Primero, a la escopeta la tenía él. Él era el que le estaba pasando el trapo por el cañón. Yo limpiaba la funda y acomodaba los cartuchos en la caja. Pero se la saqué. Ya me había apuntado varias veces sin querer y no me había gustado nada. Mi madre tampoco tuvo la culpa del ataque de apoplejía de Ascencio, mi padrastro. Y menos yo, que lo encontré ahí, recién muerto por propia voluntad. ¿Por qué me dejan solo? Y ahora vos, Federico. Te dije: a las armas las carga el diablo, y te me reíste en la cara. Cagón, me dijiste. Te sacudí para que me dijeras que estabas bien, pero tamaña herida y el hilo de sangre que bajó de tus labios fueron suficientemente expresivos. El olor a pólvora y el charco de sangre me descompusieron. Tuve ganas de vomitar e intenté salir corriendo, pero una mano en la frente me lo impidió. Disparos y más disparos. Me pregunto cómo será morir de un tiro en la cabeza. Me pregunto si el cianuro no será menos violento, menos doloroso, más romántico... A Federico se le dieron vuelta los ojos y yo le grité: ¡¿Estás bien?! ¡Contestame! Pero todo fue inútil. Todavía nadie me preguntó nada. Solo me trajeron a los empujones hasta aquí sin escuchar mis explicaciones. Maldita escopeta. Mi madre la tendría que haber tirado o regalado cuando lo de mi padre. Pero no. El destino funesto de ese cañón no me va a dejar dormir más. Las detonaciones me persiguen. No soporto más estar acá encerrado. ¿A quién le digo que fue un accidente? ¿Cuándo me van a escuchar? Federico me apuntó... Y me dijo que el diablo nada sabe de armas. Y se la saqué. Tironeé con él y escuché el disparo. No gritó. Ni siquiera gimió. Como si se hubiera dado cuenta de que no fue culpa mía. Solo se desplomó en el suelo y yo alejé la escopeta de Federico... pensando quizás que él hubiese querido vengarse, dispararme... Y cuando sentí en la boca mis entrañas, la gente de la casa comenzó a llegar. Todo sucedió tan rápido que no sé si lo voy a poder explicar. Los disparos siguen sonando en el aire y mi padre, mi padrastro y Federico me miran a través de las rejas. Pasan unos segundos y se van diluyendo en las penumbras, se van alejando, me van abandonando definitivamente. Estoy solo como siempre lo estuve y quizás siempre lo estaré. No quiero escuchar nunca más disparos de escopeta. ¡Por favor, que alguien venga y me diga: Oiga, Quiroga, ¿qué fue lo que pasó?!

FIN DE HISTORIA

Daniel Estebe
(Argentina, 1959)

—¿Sergio?
No me gustó que me llamara directamente por mi nombre. Estaba allí parado sin permiso y ni siquiera sabía quién era.
—Castillo —corregí.
—Mucho gusto, Sergio… Castillo. Encantado de conocerlo. Soy Nasal. Felis Nasal.
—¿Félix Nasal?
—No, no. Felis, así como suena: grave y con ese. Ignorancia del empleado del Registro Civil, ¿vio?
No me caía bien su tonito confianzudo. Había llegado a mi oficina sin avisar y había golpeado la puerta sin anunciarse primero con Sofía, mi secretaria. Cinco golpes secos pero con ritmo me habían despabilado. La lectura de uno de los tantos contratos que tenía que controlar había provocado mi adormecimiento.
—¡Sofía! ¿Qué pasa? —procuré una respuesta por el intercomunicador, pero mi fiel secretaria no contestó.
Me levanté y con un poco de mal humor recorrí los diez metros que separaban mi escritorio de la puerta. La abrí violentamente como para llamar la atención de Sofía —ella sabía que estaba ocupado y que no debía molestarme— pero no era ella la que golpeaba. Estaba ahí parado, alto, barba de varios días, mal vestido y me sonreía como si me conociera desde hacía muchos años.
—¿Sergio? —preguntó extendiendo su mano.
Minutos más tarde, sin ánimo alguno, lo escuchaba desde mi silla, escritorio y contratos de por medio.
—Hace dos días llegué de España. Viajé especialmente para hablar con usted.
No tenía acento español ni extranjero, debía ser argentino no más. Pero en ese momento solo pensé que hacía dos días yo también había llegado de España, donde estuve cerrando negocios pendientes de mi compañía.
—Un amigo suyo me dijo que usted podría ayudarme.
Pensé inmediatamente en Ruy. Otro amigo en España, que yo supiera, no tenía. Solo conocidos con quienes me unía una relación comercial.
—Necesito leerle unos escritos…
Calló y bajó la cabeza. Buscó algo en su bolso. Me intrigaba. No sabía quién era ni qué quería. Me preguntaba qué hacía con ese extraño en mi oficina. ¿Por qué Ruy me lo habría mandado justo a mí, teniendo tantos amigos y familiares en Santa Fe?
—Lo escucho —dije resignado.
Levantó la vista e inclinó un poco su cuerpo hacia el escritorio. Sacó del bolso un sobre marrón, tamaño oficio, y del sobre sacó unos papeles escritos a máquina, de esas viejas que ya no se fabrican más. Recordé la letra de mi vieja Olivetti negra italiana que guardaba celosamente en el altillo de casa como uno de los pocos recuerdos materiales de mi viejo.
Leyó.

No sé si servirá de algo decir que todo empezó en el año 1963…

Me llamó la atención el año. El año en que yo nací. Pero en ese momento no le di demasiada importancia.

Marcelo y Emilia recibieron —dicen— con alegría la llegada de su tercer hijo…

Sentí un escalofrío. Me acomodé en mi silla y miré con sorpresa e intriga a mi desconocido interlocutor.
Continuó la lectura en forma lenta, se lo veía tranquilo, y para mi asombro, las palabras de ese narrador en primera persona reflejaban la historia de mi propia vida. Lugares, personas, situaciones…
—¿De dónde sacó esos papeles? ¿Quién se los dio?
Solo me miró.
—¡¿Quién escribió eso?! —casi grité.
Felis Nasal continuó la lectura sin contestar.

Cuando me casé con María Luisa…

No podía ser verdad. Advertí que los papeles que leía estaban amarillos, eran viejos, y cualquiera que me conociera personalmente podría darse cuenta de que esos escritos hablaban de mí y pensar que yo mismo los había escrito.
Siguió la lectura durante casi media hora ante mi pasividad e impotencia para reaccionar. Escuché atentamente cada palabra, observé cada gesto de Felis Nasal cuando hacía alusión a los distintos aspectos de esa vida narrada, mi propia vida, incluso mencionaba datos que solo yo sabía que habían ocurrido y formaban parte de mis más íntimos secretos.
Intenté interrumpirlo en varias ocasiones, pero mi interés por seguir escuchando la historia y no sé qué otra fuerza interior me impedían hacerlo. Escuché cómo el narrador relataba el nacimiento de cada uno de sus tres hijos, Luisina, Josefina y Pedro, desde adentro de la sala de parto; lo que había sentido al abandonar su empleo público y la docencia después de tantos años; y todos los negociados que tuvo que hacer en tan poco tiempo para construir la empresa que ahora dirigía con tanto éxito, revelando ciertos hechos oscuros que eran sus secretos… y también los míos.
—¡¿Qué es lo que quiere!? ¡¿Quién carajo es usted?! —grité desesperado—. ¡Sofía!
Felis Nasal levantó la vista y con suma tranquilidad intentó apaciguar mis nervios.
—Ya casi termino…

No sé por qué no me levanté, lo agarré del cuello y lo saqué a los empujones de mi oficina. Comencé a transpirar y presentí el significado de las últimas palabras. Y no me equivoqué. Segundos después Felis Nasal se incorporó tranquilamente, sacó de su cintura un 38, me apuntó, gatilló y luego de un estampido sordo y seco observé cómo, en cámara lenta, la primera bala se dirigía hacia mi frente.

lunes, 8 de julio de 2024

A DOS PUNTAS



Te hacés mi amiga si estás conmigo /
pero cuando estás con otro /
me deshacés, siempre…
(Serú Girán)

La tarde era oscura a pesar de que era temprano todavía. Las agujas del reloj no se condecían con la luminosidad del cielo. Estaba nublado, lloviznaba de a ratos y el frío se hacía sentir. Laura me había invitado a tomar un café al «Valencia», el viejo bar donde íbamos casi siempre en grupo. Sospechaba el motivo de la cita y por eso fui de mala gana. Cuando llegué, cinco minutos antes de lo pactado, ella ya estaba ubicada en una mesa al lado de la gran vidriera que daba a calle San Martín. Estaba hermosa. La saludé con un beso en la mejilla y le dije un hola frío como la tarde mientras dejaba caer mi cuerpo pesadamente sobre la silla de madera de estilo vienés. Apenas murmuró una respuesta y pidió al mozo que se acercaba dos cafés.
Luego de varios minutos de no mirarnos ni abrir la boca, Laura decidió romper el silencio. Levantó la vista, miró cómo me comía las uñas con la mirada perdida en el cartel del hotel de la vereda del frente, o más bien perdida en la nada, y me pegó suavemente en la mano.
—¡Dejá de hacer eso, boludo! ¡Te vas a hacer mal! —y me sonrió, como para que me aflojara.
Esbocé una sonrisa. Me gustó su gesto y dejé mis uñas para después. Revolví lo que quedaba de café, ya frío, y lo terminé de un trago. Afuera ahora llovía con ganas y el frío era cada vez más intenso. La ciudad a través del vidrio se veía triste y desolada.
—¿Podemos hablar? —ahora perdió la sonrisa esbozada segundos antes—. ¿No vas a abrir la boca en toda la tarde?
—¿Querés otro café? —la invité y llamé al mozo.
—Mejor sería que pidieras una cerveza. Cuando tomás alcohol hablás más…
—No es mala la idea —el mozo se acercó—. Dos cafés más, por favor.
Días atrás me había escrito una carta. Me la había dado en medio de una reunión de amigos. Laura se había confesado como nunca. La palabra escrita evidentemente le resultaba más cómoda, como a mí, pero cuando advirtió que mi reacción se demoraba, comenzó a sospechar que mi respuesta no le llegaría jamás. Por eso me invitó a tomar un café.
—Creí que ibas a contestar mi carta… —estaba seria; sus ojos, tristes, y sus palabras le salían entrecortadas—. Hoy me siento una tarada por todo lo que te escribí —silencio por varios segundos, interminables—. Pero me salió de adentro, lo escribí de corazón y pensé que te iba a mover un poquito… —clavó su hermosa mirada en la mía. Sus ojos brillaban más que nunca.
En su carta me decía, entre otras cosas, que cuando estaba a mi lado era feliz, que me quería mucho, que yo la hacía sentir segura, conforme y muy tranquila. No soy un insensible, pero sinceramente, no la entendí. ¿Acaso me consideraba su guardaespaldas? Me confesó que en un tiempo no tan lejano yo le interesé mucho, más que como un amigo, pero que no entendía por qué yo me había encerrado en mí mismo, por qué le había negado el acceso a mi vida. Me dijo que ella quería saber más de mí, conocer mis deseos, mis ideas, mis aspiraciones, mis dudas, mis miedos, mis penas, mis alegrías… Y que deseaba que yo me interesara por ella…
—Leí tu carta… Pensaba contestarte —le dije con mi característica tranquilidad—. Quería meditar muy bien la respuesta.
A Laura ahora sí se le escaparon algunas lágrimas y me reprochó con bronca pero en voz baja:
—¡Pero creo que te confesé cosas que no se tienen que pensar demasiado!
Era cierto. Me pidió casi por favor que me interesara por ella, me dijo que estaba pasando momentos difíciles en la escuela y que sus padres estaban muy enojados por sus calificaciones. Me confesó que necesitaba alguien en quien confiar, un amigo, un apoyo, alguien que la abrazara con sinceridad en esos momentos de llanto imposible de evitar.
Tenía razón, sin dudas. Cualquier adolescente —como lo era yo en esa época— al que una amiga le escribía semejantes palabras, no podía dejar de actuar en consecuencia. Y para colmo lo había escrito, lo había plasmado en un papel. Y la palabra escrita es sagrada. Una persona antes de entregar sus sentimientos que sabe que quedarán inmortalizados en un papel, los lee y relee hasta el infinito. Sabe que sus palabras quedarán escritas hasta que el destinatario decida eliminarlas, inmediatamente… o nunca…
La miré, dispuesto por fin a abrir la boca. Nunca quise que ese momento llegara, pero Laura lo buscó. Su cara reflejaba tristeza y hermosura a la vez. Laura era hermosa. Laura me gustaba…
—¿Te acordás del momento en que me diste la carta? —le pregunté mirándola seriamente a la cara—. ¿Te acordás qué hiciste inmediatamente después?
Laura se mostró sorprendida. Evidentemente, no esperaba esas preguntas.
—Ay… no me acuerdo… ¿Por qué?
Me suplicaba en su carta que volviésemos a los viejos tiempos, cuando nuestros diálogos eran frecuentes y casi siempre pesimistas —en concordancia con nuestros pensamientos adolescentes—, pero el hecho de estar juntos, mirarnos a la cara y decirnos nuestra verdad sin ningún reparo, nos hacía felices. En eso tenía razón. Meses atrás habíamos sido muy compinches, nos sincerábamos mucho, me decía en la cara que yo era el amigo más perfecto que había conocido. Y yo la miraba a la cara y quería comérmela a besos… Pero esa sensación, inexplicablemente, desaparecía a los pocos segundos.
—¿Por qué me preguntás eso? —me dijo con la voz entrecortada, llorosa.
«Te quiero, te quiero mucho y siempre fuiste alguien muy especial para mí, ya que en mi vida en un tiempo significaste mucho, fuiste muy importante, muy particular…», me decía en esa carta que todavía conservo, después de… tantos años…
La tomé de las manos sobre la mesa del bar. Las tenía heladas. Su flequillo apenas cubría sus cejas. Sus cabellos rubios y enrulados cubrían la mitad de su espalda. Era hermosa. Lo es.
—¿Por qué me preguntás eso? —insistió, suplicó una respuesta.
Nunca le contesté. No sé por qué… Aunque sí. Lo sé. Estaba seguro de que Laura fingía no recordar y que su memoria no era para nada frágil. Nunca olvidé —ni olvidaré— que después de darme la carta, casi en secreto, se fue del grupo con Francisco, abrazada y a los besos, mientras yo los observaba con la carta en la mano —aún sin leer— y con un nudo en la garganta.