martes, 30 de diciembre de 2025

PARTICULARES 30



¿Querés uno? No, me tenés podrido con esos yuyos… Simón encendió un Particulares 30 y no le dio importancia al comentario de Valerio. Pitó suavemente y disfrutó el momento.

El sábado siguiente sonó el celular de Simón. ¿De dónde la sacaste? Qué importa, venite. No jodás. Dale, nos vamos a mi quinta. Simón sintió un escalofrío. No le entusiasmó demasiado la idea, pero fue hacia la casa de Valerio. ¿Y en qué vamos hasta la quinta? Valerio exhibió las llaves del Peugeot 404 y sonrió. Simón meneó la cabeza y dijo vamos.
Poco hablaron en el camino. ¿Dónde la conseguiste? Un conocido… ¡Terminá con el misterio, boludo! No jodás, qué importa. El 404 iba a una velocidad regular, era una joyita. Simón se comía la uña del índice derecho mientras Valerio ponía más fuerte la música: Premiata Forneria Marconi. Ambos sonrieron con ganas mientras se encandilaban con las luces de los autos que iban por la ruta 1 en sentido contrario.
A los pocos minutos estaban ingresando a la quinta. Valerio estacionó el 404 detrás de la casa, para que no se viera desde la ruta, mientras Simón cerraba el portón con el candado. A oscuras ingresaron a la casa. Prendé la luz, boludo. No, más vale que no se note que estamos acá. Simón se encogió de hombros. Actuaban como si estuviesen escapando de la policía, como si hubiesen cometido un delito que les exigiese la clandestinidad. No veo un choto. Abrí los ojos, boludo… Simón encendió el Carusita y las paredes reflejaron un amarillo opaco espantoso. En la quinta no había un solo cuadro. ¿Hay cerveza? Fijate. Simón abrió la heladera. Una botella de agua, una manteca rancia, asado frío de varios días atrás. Protestó. Valerio se sentó en el sillón grande y Simón en el chico, en frente. El Carusita seguía brindando luz, escasa pero suficiente. Valerio había corrido las cortinas por las dudas. Nadie debía enterarse de que estaban allí. ¿Vos ya probaste?, preguntó Simón. Sí, mintió Valerio. ¿Y vos? Simón negó con la cabeza. Los nervios habían comenzado a hacerle efecto. Valerio se inclinó y sacó de su bolsillo trasero del pantalón de jean una caja de fósforos de madera chiquita, toda aplastada. La recompuso con sus manos y la abrió. La puso sobre la mesa ratona y buscó papel para armar cigarrillos en otro bolsillo. Simón tomó la caja y olió su contenido. Hizo cara de asco. ¿Estás seguro qué es esto? Obvio… Valerio se mostraba con más decisión y confianza y se dispuso a preparar el primer porro. Pero sus manos temblaban y le salió horrible. Lo desarmó y lo intentó nuevamente. Tomá, dijo y Simón extendió su mano. Preparó otro y suspiró al terminar. En pocos segundos estarían viviendo una experiencia desconocida que —imaginaban— daría un giro impensado a su vida.
Valerio tomó el Carusita y encendió su cigarrillo. No tragues el humo, recomendó. Pitó, retuvo el humo en su boca y lo largó suavemente hacia arriba. Simón tomó su cigarrillo con el índice y el pulgar izquierdo y con su mano derecha tomó el Carusita. Sin estar convencido por completo, lo encendió. Pitó profundo, retuvo y largó el humo torpemente. Tosió. ¡Es un asco! Dale, boludo. Fumá tranquilo... despacio... cerrá los ojos... mirá al techo... a la nada… Entre cuatro paredes, a oscuras, solo se distinguían cuando el otro pitaba y la brasa iluminaba débilmente el rostro. El silencio que los rodeaba era inmenso. Estaban escondidos como prófugos. Lo que estaban haciendo era reprochable socialmente y quién sabe si no terminarían tras las rejas si los descubrían.
Apenas un minuto duró la experiencia. ¡Son recortos! Pará, tengo más. Valerio preparó dos porros más, pero ahora, más tranquilo, se esmeró y los hizo más compactos. El Carusita dio inicio a una nueva experiencia. Una pitada, un suspiro, un techo apenas perceptible. A los pocos minutos la segunda experiencia se acabó. ¿Y? ¿Y qué? Pensé que… ¡Esperá un rato!
Simón se acomodó en el sillón e intentó mirar a través de la oscuridad a su amigo. Apenas lo percibió. Valerio respiraba hondo, como forzado. ¿Qué pasa? Nada. Silencio. Un minuto. Dos. Che… ¡Shhhhh! Simón no entendía nada. Valerio esperaba no sabía qué. Quince minutos. Debe ser trucha. O tabaco común. Simón largó una carcajada. ¿Cuánto te cobraron? Me la regalaron. «El primero te lo regalan, el segundo te lo venden…», canturreó Simón por lo bajo. Valerio sonrió, se levantó y encendió la luz. Cerraron los ojos instintivamente; les costó ver durante unos segundos a su alrededor. Un humo denso flotaba en la habitación. Valerio abrió una ventana. Quiero una cerveza, dijo Simón. Vamos, volvamos a la ciudad.

El 404 regresaba tranquilamente a la ciudad y sus ocupantes seguían escuchando PFM. ¡Qué boludos!, gritó y largó una carcajada Simón. A Valerio se le contagió la risa. ¡Dame uno de tus yuyos, gil! Son mucho más ricos. Atravesaron el puente colgante lentamente. La laguna Setúbal contagiaba serenidad. Valerio y Simón ingresaron a la ciudad despidiendo por la boca humo de un Particulares 30.

lunes, 10 de noviembre de 2025

CULPABLE

Paisaje isleño santafesino.

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A los vagos…

Llegué a casa desencajado. Dos días atrás me había ido al río con mis amigos y no debería haber vuelto sino hasta el domingo. Por lo que ni Lucía ni ninguno de mis hijos me esperaba ese viernes por la tarde. Abrí con mi llave y entré sin decir nada. Lucía escuchó el ruido de la puerta y pegó el grito: «¡¿Quién es?!». Me limité a tartamudear un «soy yo» para tranquilizarla y me metí en el baño antes de que me vieran y sin siquiera saludar.
Yo se lo había dicho a los muchachos: no lleven las armas, déjense de joder. Pero no, siempre son los mismos boludos que se creen que porque se van a pescar al río van a vivir una historia de vaqueros, pero con los pobres pájaros, que qué puta de culpa tienen de que a los hombres les guste demostrar su puntería. Y las llevaron. No una cada uno porque si no ya hubiese sido el far west. Federico, Mateo y Gonzalo fueron los únicos imbéciles. Y uno siempre se predispone... y ese miércoles, cuando ordenábamos las cosas en la lancha y los vi con las pistolas y la escopeta, se me fueron hasta las ganas de pescar. Intenté persuadirlos para que no las llevaran y me contestaron, medio en joda y medio en serio: «¿No escuchás las noticias, vos? Hay una banda en el río que se dedica a asaltar y a matar pescadores deportivos». Cuando escuché la palabra «deportivos» casi me reí pero me contuve. Además, tenían razón. Días atrás habían asesinado a tres pescadores aficionados en una isla de El Biguazal y no era joda. No tuve otra opción que callarme y aceptar la compañía —para mí nunca agradable— de las armas de fuego.
Lucía corrió preocupada hacia el baño. «¿Qué pasó? ¿Qué tenés? ¿Estás descompuesto? ¿Por qué volviste hoy?», y no sé cuántas otras preguntas más me habrá hecho en ese momento ya que no la escuchaba, y la tranquilicé con un «me estoy cagando» desagradable, como para que me dejara en paz al menos por un rato. La reacción no se hizo esperar: «Siempre el mismo ordinario... ¿Por qué no te quedaste con tus amigotes —palabra que destacó despectivamente— un mes más en ese río?» y se alejó, cosa que deseé desde el principio. Mi mente estaba a punto de estallar. A pesar de no tener ganas de dar rienda suelta a mis necesidades fisiológicas, me senté igual en el inodoro y me tomé la cabeza con las dos manos. Cerré los ojos y tuve ganas de morir. ¿Cómo iba a hacer para salir adelante después de lo ocurrido? ¿Con qué cara podría salir de ese baño y mirar a mis hijos a los ojos? ¿Qué explicación le daría a Lucía? Jamás había sentido una sensación semejante. Tenía el estómago revolucionado y las ganas de vomitar eran cada vez más. Me largué a llorar. Siempre fui un tipo recto, jamás me mandé alguna macana y no porque no lo hubiese podido hacer sino porque no soportaría que alguien me lo echara en cara. Jamás me quedé con un centavo ajeno. Jamás acepté algo que no correspondía aceptar. Siempre actué teniendo en cuenta a mis hijos, el buen ejemplo... Y ahora esto... ¿Cómo les voy a explicar lo que pasó? El mundo se me vino encima. Mi conciencia, siempre tranquila, no encontraba ahora la paz perdida. ¿Qué mierda pasó por mi cabeza en esos segundos? No me alcanzaba el tiempo para pensar en lo que tenía que pergeñar para justificarme, o directamente no encontraba justificación a mis actos terriblemente absurdos, esos que uno ni siquiera en sueños los comete porque su otro yo no se lo permite. Jamás la maldad o el odio o la injusticia habían sido mis aliados. Y ahora, conspirados, me habían abordado como piratas. Suponía la preocupación de Lucía y la confirmé cuando a los veinte minutos golpeó la puerta del baño y preguntó casi con miedo si estaba bien. No tenía ni siquiera ganas de contestarle, no tenía ganas de pensar que estaba en mi casa, hubiese preferido estar en Rusia, en Bosnia, en Irak o en alguna de las conflictivas fronteras de Israel. No quería pensar que detrás de esa puerta estaba Lucía, que estaban los chicos esperando ver si les había traído algún pescado, como se lo había prometido. Pescados... «Estoy mejor», dije para tranquilizarla un poco y poder estirar el tiempo hasta el infinito. «Me voy a bañar». Lucía ni siquiera pensó sus palabras, sé que les salieron bien de adentro: «Hubieses podido saludar primero... ¿O tenés algo urgente que lavar...?», terminó diciendo irónicamente. Toda pesca era causa de pelea con la mujer. Los hombres éramos conscientes de ello, sabíamos que una semana antes de partir deberíamos aguantar la cara de bronca y el reproche previsible del «Claro, total me dejás cinco días a mí sola con tus hijos —el posesivo bien remarcado—; andá tranquilo nomás, hacé tu vida...». Y sabíamos que después de tres o cuatro días del regreso los ánimos se calmaban... hasta la próxima pesca. Era como un deporte. Deporte como la pesca, que para mí había pasado a ser mi sentencia definitiva.
A las cuatro de la mañana de ese viernes Federico, Mateo, Gabriel y Toti se subieron a la lancha y fueron a recoger las redes que habíamos tirado en el cruce del río Colorado con un riacho. Nos quedamos en el campamento con Gonzalo tomando vino y escuchando música de la radio, con la sola luz de una pequeña fogata que en cualquier momento se apagaba. No había luna; en el cielo las estrellas realmente eran infinitas. El silencio era interrumpido por los siempre desconocidos y misteriosos ruidos nocturnos de la isla. Como a los diez minutos escuchamos en la costa, que estaba a unos treinta metros del campamento, el ruido de unos remos revolviendo el agua. Nos miramos y el hijo de puta de Gonzalo no tuvo mejor idea que preguntarme: «Che, ¿no serán los asesinos del río?». El escalofrío casi me mató. Gonzalo tenía realmente cara de estar aterrado. Como enloquecido, tiró una frazada arriba de la fogata y la apagó. Ahora sí que no veíamos más nada. Más que ver, imaginábamos lo que podía estar frente a nosotros. «¿Serán?», volvió a insistir Gonzalo con marcada preocupación. Y no sé por qué —quizás el instinto de supervivencia— le pregunté: «¿Tenés la pistola?». Creo que intentó mostrármela en medio de la oscuridad absoluta. «Sí», murmuró. Nada se escuchaba. El ruido de los remos ya no se oía, señal de que ya habían llegado. De repente, pasos en los yuyos, ruidos de pajonales. «Nos van a matar», dijo en voz muy baja pero desesperadamente Gonzalo y yo casi me orino encima. Me hice el valiente y ante la absurda e inesperada cobardía de mi compañero le pedí la pistola. Temblando, me la dio. Ni siquiera sabía cómo apretar el gatillo, pero la tomé entre mis manos y grité con toda mi bronca: «¡¿Quién está ahí?! ¡¿Son ustedes?!». Tenía la esperanza de escuchar la voz de Federico, de Mateo, de Gabriel o de Toti, para que me tranquilizara definitivamente, pero no fue así. Alguien gritó palabras que no entendí y tampoco conocí el tono de la voz. Nadie conocido era. Y se lo notaba nervioso. Apunté hacia la voz porque no veía nada. Juro que me temblaba hasta el último de mis cabellos, pero no dudé en volver a gritar «¡¿Quién está ahí?!». Nadie respondió ahora. Y volví a escuchar el ruido del pajonal. Era evidente que alguien se acercaba. Agarré la linterna y apunté hacia delante. Dos sombras se arrojaron al piso y una tercera dudó en hacerlo. Como no se habían identificado, el terror me invadió y disparé. No una sino cinco veces. Y con cada fogonazo advertía cómo la sombra recibía los impactos y lentamente se iba desplomando. Gonzalo gritó alegremente «¡Le diste, le diste!», y en mí el terror se avivó, no solo por haberle pegado a alguien sino por haber gatillado un arma, algo que jamás había hecho. No supe qué hacer. Gonzalo de repente se largó a reír y recuerdo que lo puteé. ¿Qué gracia le podía causar ver caer a un tipo con cinco disparos en su cuerpo? Yo sabía que todavía quedaban dos, pero no sabía qué hacer. Advertí por los ruidos que otro de los desconocidos se movía. Estaba muy loco y volví a gatillar reiteradas veces. Recién ahí me di cuenta de que en el cargador ya no quedaban proyectiles. Y sentí un quejido. Le había pegado seguramente a otro, pero no había forma de corroborarlo. La oscuridad era absoluta. De pronto Gonzalo me dijo que fuéramos a ver y agarró una linterna. Le dije que todavía quedaba uno pero me dijo que no importaba, y con una valentía inesperada en él, salió corriendo hacia el lugar donde yacían las víctimas. «¡Vení, pelotudo!», gritó de pronto con desesperación y hacia allí corrí. La linterna alumbraba la cara aterrada de Gonzalo y me dijo «mirá». Recuerdo que salí corriendo y gritando. Dos o tres árboles interrumpieron mi desesperada huida. Caí muchas veces, pero seguí corriendo sin control. Todavía no sé cómo llegué a mi casa luego de catorce o quince horas de lo sucedido.
A los cuarenta minutos Lucía insistió. «¿Querés que llame al servicio de emergencias?». Mi respuesta fue negativa. Nada físico me pasaba. Si a alguien necesitaba era a un siquiatra. No sabía qué hacer. Perdería seguramente el trabajo. Pero eso no era nada comparado a los años que sabía que me iban a dar. De ocho a veinticinco años de cárcel. Siempre y cuando los cinco disparos en el pecho no fueran interpretados como alevosía. Perpetua... Me imaginaba frente al juez, frente al fiscal, veía mi nombre en la crónica diaria de los pasquines de la ciudad, que darían rienda suelta a su morbosidad, a la increíble noticia de que un empleado del Poder Judicial se había convertido en un asesino, algo que siempre había combatido desde su escritorio. Y Lucía y mis hijos detrás de esa puerta esperando que diera la cara, que los saludara, que les mostrara el surubí prometido...
La impresión fue muy grande. Tan grande que hoy no puedo salir de aquí ni con la ayuda del más experto penalista. Ni del mejor médico. Qué sé yo qué dijo el forense en su informe; ¿habrá tenido compasión por mi condición de empleado judicial? Luego me vieron tres médicos de la Corte. No sé qué habrán dicho, pero lo que sé es que no fui a la Alcaidía. Ahora estoy rodeado de gente que no comprende mi historia, por más que se las repita día tras día. ¿La comprenderé algún día yo? ¿Me comprenderá alguien algún día? Estoy vivo porque Lucía rompió la puerta. Minutos antes había decidido terminar con mi vida metiendo la cabeza en la bañera llena de agua. Me sacó casi inconsciente y el médico del servicio de emergencia me salvó por escasos segundos. Pero según parece no quedé muy bien. Algo en mi mente está fallando. Seguramente no es por la asfixia sufrida sino por el shock que me provocó ver a Federico tendido en el suelo, a pocos metros de la costa, con su cara manchada de sangre, muerto.
Nada ni nadie podrá quitar de mi alma la sensación de haber matado a mi amigo, a Federico, el imbécil que quiso llevar las armas por las dudas nos atacaran los asesinos del río. Jamás en mi vida persona alguna podrá borrar de mi mente la imagen de Federico con sus ojos abiertos perdidos en el infinito, tirado sobre el pajonal. Todas las sensaciones dieron vuelta por mi cabeza desde el momento en que salí corriendo del campamento hasta que hundí la cabeza en la bañera, dispuesto a terminar con mi vida. La desesperación fue absoluta: había matado a uno de mis mejores amigos y no sabía qué explicación daría a Lucía —mi eterna jueza—, a mis hijos —mis eternos guiados—, y a la sociedad toda, a quien debía obedecer y respetar según la educación en mí inculcada. Ya nada era igual. Perdí un amigo, perdí una familia, perdí mi trabajo, perdí mi honor, mi libertad, mi razón... Ya nadie podrá hacerme volver a mi estado anterior de felicidad. Ni siquiera Federico, que apareció al día siguiente de su muerte, en el sanatorio, muy alegre y me dijo que todo había sido una joda, que ya todo había pasado, que las armas tenían nada más que balas de fogueo. Pero yo no le creí. Yo sé que él me miente para que yo me sienta bien, para que no me sienta culpable... pero sé muy bien que lo maté.

miércoles, 8 de octubre de 2025

LA HERMANA



Su novio, una vez más, discutía con su hermana y les gritó. Rebeca estaba cansada de las peleas entre Pedro y Amaranta. Cansada estaba de verlos con esas caras odiosas maldiciéndose y haciéndose señas de todo tipo. Les pidió —a los gritos— que por favor se callaran un rato y recibió instantáneamente una cachetada de su hermana. Rebeca reaccionó y la agarró de los pelos. Pedro, como pudo, las separó. Abrazó a su novia, que lloraba desconsoladamente, e intentó calmarla. A los pocos segundos, se escuchó un gemido. Rebeca levantó la vista y vio los ojos de Pedro inmensos, rojos, llorosos, desorbitados. Una cara horrible. Inmediatamente un hilito de sangre comenzó a descender de su boca. Rebeca debió sostenerlo con mucha fuerza cuando se le doblaron las piernas, pero no pudo hacerlo por mucho tiempo y se desmoronó ante sus pies sin decir una sola palabra. Dirigió, desesperada, la vista hacia Amaranta y la vio con una cuchilla ensangrentada en su mano derecha. No lo podía creer. Sintió ganas de morir. Lloró y gritó. ¡No! ¡No! ¡No!
—¡Eh, Rebe! ¡Che, ¿qué te pasa?
—¡No! ¡No! ¡No!
—¡Rebeca! ¡Callate, carajo! ¡Estás soñando! —le gritaba Amaranta mientras la sacudía en su cama.
—¡Salí, asesina! ¡Salí!
—¡¿Pero qué decís, che?! ¿Estás loca?
Rebeca tardó unos segundos en advertir que todo había sido una mala jugada de su inconsciente. Estaba agitada y sudaba muchísimo. Su corazón latía como nunca. Estaba asustadísima.
—Estabas soñando, loca… ¿Estás mejor? —intentó calmarla Amaranta.
Rebeca no dejaba de jadear. Había sido una pesadilla horrible. Tenía ganas de ver a su novio en ese mismísimo momento.
—Quiero ver a Pedro.
—¿Ahora? Son las cuatro de la mañana. ¿Por qué no dejás a ese idiota tranquilo?
Se tomó la cabeza con ambas manos y le hizo caso a su hermana. No era una buena hora para llamarlo. Además, todo había sido un sueño. No debía preocuparse demasiado.
—Tratá de dormir otra vez, che. Estabas soñando…
—Está bien… Está bien…
Amaranta apagó la luz. Rebeca suspiró y se quedó sentada en la oscuridad, en su cama, con la cara entre sus manos, llorisqueando. Poco a poco se fue calmando. Las interminables discusiones entre Amaranta y Pedro la habían saturado. Todas sus pesadillas se debían a esas situaciones horribles que protagonizaban ambos en su presencia. Se odiaban, se daban asco y ella no podía saber por qué. Se acostó y se quedó con los ojos abiertos. Tenía miedo de volver a dormirse y de caer nuevamente en ese mundo onírico de terror. Pensó en Pedro y esbozó una sonrisa.
—Che, Rebe…
—¿Qué?
—¿Qué soñabas?
—¿Qué te importa?
—Me trataste de asesina. ¿Mataba a alguien?
—Callate y dejame dormir…
Rebeca y Amaranta compartían un departamento que alquilaban entre las dos en una calle céntrica de la ciudad. Amaranta era tres años mayor y nunca se habían llevado demasiado bien. Vivieron toda su infancia con sus padres, en el campo, y ya adolescentes se mudaron a la ciudad para seguir sus estudios secundarios y universitarios. Quizás era la mayor predisposición de Rebeca para hacer las cosas, tanto en su casa como en el estudio, lo que irritaba inexorablemente a Amaranta.
Cuando iban a la escuela primaria, Rebeca se había ganado la amistad de Claudio, con quien se había hecho muy compinche. Amaranta jamás había tenido un amigo así. Es más, jamás había tenido verdaderos amigos ya que por su carácter era odiada por casi todos los chicos de la escuela. Un día Amaranta le habló a Claudio. Le dijo que su hermana solía comer sapos crudos y que tenía la espalda llena de largos pelos negros que ella misma le peinaba todas las noches para que pudiera dormir tranquila. Además le dijo que todos los días tenía la costumbre de ir a cazar pajaritos con el rifle de aire comprimido de su padre, para arrancarles el pico estando todavía vivos, y que tenía una colección de doscientos treinta y dos piquitos de aves de distintas especies. Los diez años de Claudio no soportaron semejante historia sobre su amiga. Miró asustado a Amaranta y a partir de ese día comenzó a alejarse de Rebeca. Amaranta jamás le contó esa historia a su hermana, que nunca supo explicarse el porqué del alejamiento imprevisible de Claudio.
Ahora, con veintiséis años encima, Amaranta volvía a hacerle la vida imposible a su hermana atacando a su novio constantemente. ¿Qué podía haber en un corazón así? Solo hiel. Amaranta jamás había tenido novio, a pesar de ser poseedora de una belleza especial. Su mal carácter había alejado a todo pretendiente que se le había acercado. Y casualmente, uno de ellos había sido el propio Pedro. Dos años y medio atrás había sido compañero de facultad de Amaranta. Estaba completamente enamorado de ella pero jamás había recibido la más mínima muestra de consideración. Un día se animó y se lo dijo: Me gustás, Amaranta. ¿Por qué no me das bolilla? Y ella, sin manifestar el más mínimo sentimiento, le largó en la cara una carcajada casi diabólica. Meses después Pedro conoció a Rebeca, de quien se enamoró también sin saber que era la mismísima hermana de su anterior amor imposible. La sorpresa se la llevó, por supuesto, al entrar por primera vez al departamento de su novia y ver a Amaranta allí sentada, frente al televisor, con su cara amarga y sonriendo maliciosamente.
—No me gusta lo que estás haciendo conmigo, Amaranta.
—¿Qué decís? Si no te hago nada…
—Vivís solo para pelear con Pedro y eso a mí me enferma. ¿No nos podés dejar tranquilos?
—Yo a ese imbécil nunca lo pude ver, y ahora porque sea tu noviecito no voy a cambiar de actitud.
—¿Qué te hizo? ¿Alguna vez te dijo algo malo?
—¿No te acordás, nena, que se me tiró a mí antes de que se te tire a vos?
—¿Y con eso qué? ¿Te ofendió? Si a mí se me tira alguien, más que enojarme, me pondría contenta. Significaría que tengo algo bueno, algo lindo que otro desea. No soy como vos. Hasta me hacés pensar que no te gustan los hombres…
—¿Te creés que soy torti? Y si fuese así, ¿qué? ¿Por qué no te vas un poquito a la mierda?
—Quisiera saber por qué te molesta tanto que Pedro sea mi novio.
—Porque es un idiota.
—Disculpame, pero no tenés derecho a opinar, vos, que ni siquiera tenés novio como para que yo pueda opinar sobre él.
—Tus palabras me resbalan…
—¡Lo único que te pido es que me dejés en paz! Con Pedro somos felices y pensamos casarnos.
—¡Ja!
—¿Qué es lo que te causa esa risita irónica?
—Quizás ese aparato sirva más muerto que vivo. ¡Es de lo peor!
—Son cosas mías y de él. ¡No te metás, por favor!
—A partir de ahora voy a rezar para que se muera antes de que te haga infeliz.
—¡Morite, estúpida!
Eran las nueve de la noche y Pedro no llegaba. ¿Por qué siempre se demora tanto?, protestaba Rebeca. ¿No te dije que es un imbécil?, ironizaba Amaranta. Lo que pasa es que cada vez que pienso en tu hermana me dan menos ganas de venir a visitarte, se excusaba Pedro. Y si había algo que Rebeca odiaba era esperar ansiosamente la llegada siempre tardía de Pedro ante la presencia de Amaranta en el comedor del departamento, con sus sonrisitas cada vez más irónicas mientras más pasaba el tiempo y la llegada de Pedro no se concretaba. No te preocupés, que algún día va a venir…, terminaba burlándose. Y Rebeca juntaba más y más bronca.
—Era hora, ¿no?
—Me demoré porque no encontraba esto para vos —contestó Pedro y extendió hacia Rebeca un hermoso ramo de rosas rojas.
—¿Para mí?
—No, si van a ser para la divina de tu hermana… —contestó con un volumen de voz suficiente como para que Amaranta lo escuchara.
Y Amaranta acusó recibo.
—¡Ah! Ahora sos irónico también —se la escuchó gritar desde la cocina.
—Vámonos de acá. Vayamos a tomar algo por ahí.
Pedro no aguantaba verse con Amaranta. No podía creer que aquella chica que lo había deslumbrado tan fuerte años atrás, sea hoy esa arpía que estaba conociendo cada vez con más profundidad. Muy pocas veces se quedaba en el departamento de su novia a comer o a tomar unos simples mates porque no soportaba esa imagen burlesca de su «cuñadita», como él la llamaba. Para colmo estaba siempre en el departamento, no salía nunca.
—¿No tiene amigas tu hermana?
—¡Qué va a tener! Si es una bruja…
Rebeca había pensado muchas veces en irse a vivir sola a otro departamento pero sus ingresos no le alcanzaban para autosolventarse. Tampoco a Amaranta le hubieran alcanzado los suyos. Juntas apenas si tenían para el alquiler y para comer todos los días. Muy de vez en cuando se daban el gusto de comprarse alguna ropa o comida en la rotisería. Pero la situación no daba para más.
—Vayámonos a vivir juntos —sugirió Pedro.
—¿Estás loco? ¿Y qué le digo a mi hermana?
—¡Qué carajo me importa tu hermana! Si ni vos ni yo la bancamos.
—Pero no tiene dinero para pagarse el alquiler ella sola…
—Le pasamos unos mangos con tal de que nos deje tranquilos…
—No, Pedro. ¿Y mis viejos? Seguro que al otro día Amaranta se va al campo a decirles y se van a pegar un bajón bárbaro.
—¿Y hasta cuándo vamos a seguir así?
Muchas de las discusiones que tenían Rebeca y Pedro eran por culpa de Amaranta. Ambos estaban cansados de ella y parecía que Amaranta gozaba al verlos sufrir.
Esa noche los novios se despidieron temprano. Eran las doce y Rebeca se fue a dormir. Amaranta, como nunca y misteriosamente, había salido. Y a pesar de que no soportaba mucho su presencia, Rebeca sintió un poco de miedo al estar sola en el departamento. A la una de la mañana se despertó por el ruido de la puerta.
—¿Sos vos, Amaranta?
—No, Jack el Destripador —contestó Amaranta engrosando su voz irónicamente.
—Estúpida…
Amaranta estaba contenta, como satisfecha. Una sonrisa poco usual se le dibujaba en la cara.
—¿De dónde venís?
—¿Qué te importa?
—Nunca salís y hoy lo hiciste… Además, se te ve contenta…
—Estoy contenta. Hasta mañana…
Rebeca se alegró por su hermana. Amaranta apagó la luz y se acostó.
A las tres de la mañana Rebeca sintió un escalofrío. Había escuchado el timbre. Amaranta dormía profundamente y pareció no haberlo escuchado. Se levantó con miedo, ¿Quién será a las tres de la mañana? Trató de hacer el menor ruido posible para no despertar a Amaranta. La única persona que pensó que podría ser era Pedro. ¿Le pasaría algo?
—¿Quién es? —preguntó en voz baja.
—Yo, Rebe —contestó una voz de ultratumba.
Se asustó porque no conoció esa voz.
—¿Quién es yo?
—¡Pedro! ¡Abrime!
Temblorosa, abrió la puerta y lo vio parado ahí, frente a ella, con la misma cara que lo había soñado días atrás.
—¿Qué hacés a esta hora?
Pedro ingresó al departamento sin pedir permiso y con dificultad para caminar, tomándose el abdomen. Parecía enfermo o herido. No le dio el beso que acostumbraba darle cada vez que se veían.
—¿Qué te pasa?
—Tu hermana…
—¿Qué pasa? Está durmiendo.
Pedro se abrió la camisa y le mostró a Rebeca una gran herida en el abdomen. Rebeca gritó e inmediatamente se llevó ambas manos a la boca.
—¿Qué te pasó? Sentate, que llamo a un médico…
—No te molestés, Rebeca. Ya no hay nada que hacer…
Rebeca se quedó con la boca abierta. Sonrió sin estar muy segura de lo que veía, de lo que escuchaba.
—Estoy muerto, Rebe…
—¡¿Muerto?! Dejá de decir boludeces que te puede hacer mal. Esperá que llamo a un médico…
—¡Rebeca! —le gritó interrumpiéndola—. ¡Estoy muerto! Ya no podés hacer nada por mí. Aunque te cueste creerlo, ya no existo…
—¡Dejá de decir pavadas y sentate!
Pedro suspiró ante la testarudez de su novia. No sabía cómo demostrarle que lo que él decía era verdad.
—Vení, Rebe.
Lo miró ahora con miedo.
—¿Qué pasa?
—Tocame la mano. Dame la mano.
—¿Para qué? Me das miedo. ¿Qué te pasa? ¿Estás mal?
—¡Estoy muerto, boluda! —gritó con desesperación—. ¡Tocame y vas a ver que no existo!
—¡No estoy para bromas a las tres de la mañana, Pedro! Seguro que todo esto es un disfraz…
—¡Tocame!
Rebeca volvió a sentir miedo. Quiso acercarse pero no pudo. Pedro extendió su mano derecha hacia ella, que lo miraba con intriga.
—Dame la mano.
Y se animó. Cuando intentó tomar la mano de su novio no sintió absolutamente nada. Su mano pasó de largo como si la de su novio no existiera. Le costaba creerlo. Presa de una inminente crisis de nervios, corrió a abrazarlo y nuevamente pasó de largo y se llevó por delante la heladera. Un escalofrío terrible corrió por todo su cuerpo.
—¿Me entendés ahora?
—¡No! ¡No! ¡No puede ser! —Rebeca lloraba desesperadamente.
—Tu hermana. Fue tu hermana. Me estaba esperando en la puerta de mi casa y me agarró desprevenido.
—¿Amaranta? No… No puede ser… ¡Estoy soñando!
El fantasma de Pedro ahora se dio vuelta con decisión y tomó la cuchilla de la cocina.
—Vos me tenés que vengar, mi amor.
Puso la cuchilla en la mano de Rebeca y esta tembló. Amaranta…, murmuró. Y poseída por una fuerza sobrenatural se dirigió a la pieza, a la cama de su hermana…
La policía no tardó en llegar. Rebeca estaba en shock. No hablaba, no decía nada, temblaba con la cuchilla ensangrentada entre sus manos y costó sacársela. Pedro se enteró enseguida y corrió hacia la casa de su novia.
—¡Rebeca! ¡¿Qué hiciste, Rebe?! ¡¿Qué hiciste?!
Rebeca miró a su novio y no entendió nada. Dirigió su vista hacia atrás y vio a Amaranta envuelta entre las sábanas ensangrentadas, sin vida. Pedro, entre lágrimas, intentaba comprender. Existían los rencores, pero nunca imaginó que su novia fuera capaz de cometer semejante atrocidad.
Rebeca se tapó la cara, se acurrucó sobre sí misma y lloró como si fuera la última vez.

lunes, 1 de septiembre de 2025

LA REUNIÓN IMPROVISADA



El calor brindado por el pequeño calefactor en la sala de guardia apenas lograba calmar el intenso frío que en esos días de julio reinaba en la ciudad. Una leve pero persistente llovizna mojaba la calle totalmente desolada, alumbrada por la tenue luz artificial de una columna de neón, que se dejaba ver a través de la gran puerta de vidrio de la entrada del Centro Cultural. El brillo de los adoquines rememoraba viejas películas de época en las que los carruajes tirados por negros corceles hacían presentir un misterio que debería ser investigado por algún Philip Marlowe vestido con su sombrero detectivesco y su piloto gris, en el que un asesinato o al menos una desaparición forzosa sería el hilo conductor de la historia. Ese escenario indicaba que esa noche no iba a ser una más en la ciudad. A pesar de que en su trabajo estaba a buen resguardo del frío invernal, Antonio llevaba colocada su boina protectora de una más que incipiente calvicie, el sobretodo de pana negra largo hasta las rodillas y un par de guantes mágicos de color lila, que le había pedido prestado a su pequeña hija esa tarde, previendo una noche larga e insoportablemente gélida. Flaco, alto, desgarbado y con la barba de tres días, si se paraba en la mitad de la calle adoquinada en esos momentos, bien podría convertirse en uno de los sospechosos de Marlowe. El mate bien caliente lo ayudaba no solo a calmar el frío sino también a mantener la mente y los sentidos despiertos.
Su turno había comenzado a las veintitrés, varias horas después de que las puertas del Centro Cultural fueran cerradas al público. Gloria, a quien relevó en la guardia, le comentó que, sorpresivamente, el día había sido bastante movido no solo porque había concurrido a la exposición la gente de siempre, sino porque al menos tres o cuatro delegaciones de ruidosos y molestos estudiantes habían llegado con sus docentes a cargo a romper con la tranquilidad del enorme edificio. Antonio pensó ante el comentario de su compañera que prefería mil veces el bullicio de los alumnos eternamente desinteresados por propuestas culturales de todo tipo al silencio sepulcral de las largas noches en soledad.
A las dos de la mañana, sentado en una vieja silla de madera y a punto de quedarse dormido con el diario del día anterior entre las manos, Antonio se quitó los anteojos, tomó un mate tibio y pensó que ya era hora de calentar nuevamente el agua. Se frotó las manos enguantadas, se paró con algo de dificultad —escuchó el crujir de huesos en su pierna derecha—, estiró los brazos hacia atrás, elongó luego las pantorrillas apoyando sus manos en una pequeña mesa de madera y salió de la sala de guardia hacia la galería principal del Centro Cultural. El ambiente estaba mucho más frío que en su refugio y pensó dos veces antes de salir de ese elemental confort. Pero necesitaba estirar las piernas, liberarse un poco de la modorra en la que se sentía inmerso y de paso controlaría que todo estuviese en orden, aunque sabía de antemano y por propia experiencia —ya hacía varios años que trabajaba como sereno en el Centro Cultural— que nunca había pasado nada raro o anormal, ni pasaría jamás. La iluminación era la mínima e indispensable por las noches, por lo que se dirigió al tablero eléctrico y con solo levantar una tecla la galería brilló en toda su extensión.
Sabía que la exposición en esos días se denominaba “Conexión Saer”, título al que no lograba encontrarle sentido alguno y que le significaba lo mismo que la palabra hebdomadario que había escuchado días atrás en un programa del canal Encuentro mientras hacía zapping. Recogió de una pequeña mesa al principio de la muestra un tarjetón que en su frente tenía la foto de perfil de un hombre con el río y la isla como fondo. La imagen le provocó recuerdos entrañables no tan lejanos y le dieron ganas de ir a pescar. Inmediatamente pensó en hablarles a los muchachos para ir a la costa el próximo fin de semana largo ya que lo tenía libre. Nada más lindo encontraba en sus días de descanso que escaparse a la isla a disfrutar en la naturaleza junto con sus amigos de una buena pesca, comer unos buenos dorados a la parrilla y tomar vino en abundancia lejos del mundanal ruido. Le llamó la atención la cara del hombre de la foto. «Qué fulero…», pensó. El perfil comenzaba con una prominente nariz aguileña de punta caída, ojos entrecerrados, como protegiéndose del viento de la costa e intentando fijar la vista en un punto que no parecía ser fijo, sino una nada, un horizonte inalcanzable. La frente ancha terminaba casi a mitad de la cabeza, donde unos cabellos enrulados y entrecanos rodeaban la oreja izquierda. Tenía la cara bien afeitada, vestía una camisa a cuadros y saco de vestir. «Parece turco…», pensó. Dio vuelta el tarjetón y en el reverso leyó: «Lo que es mejor a orillas del Paraná que en París». Se extasió en la lectura del texto breve aunque tardó unos cuantos minutos más de lo esperado en terminarlo, meneó la cabeza, sonrió, murmuró «tal cual», y meditó de inmediato, no sin un poco de vergüenza, que no sabía dónde carajo quedaba París. Devolvió el tarjetón a la mesa y comenzó una lenta caminata por la galería donde se extendía la exposición. Leyó sobre una pared blanca, a su izquierda en letras de imprenta grandes y en minúsculas: «Dicho esto, sí, nací en Serodino, provincia de Santa Fe, el 28 de junio de 1937. Mis padres eran inmigrantes sirios…» y haciendo el ademán típico que hace el que sabe que tiene razón, golpeando con el puño derecho la palma de su mano izquierda, soltó un grito casi sordo que le salió del alma: «¡Qué te dije! Es turco…». Interrumpió la lectura y pensó que, efectivamente, Saer debería ser el apellido del homenajeado de la muestra.
Se levantó las solapas del sobretodo y metió ambas manos en los bolsillos. Era impresionante el frío que hacía en esa extensa galería. El techo con sus enormes cabreadas curvas de hierro debería estar a no menos de siete u ocho metros del piso de cemento alisado gris, sostenido por catorce gruesas columnas de hierro pintadas de blanco. La extensa muestra de textos, fotografías y pinturas se extendía a lo largo de una interminable pared impecablemente pintada de blanco también. A su derecha, grandes paredes de vidrio cubiertas desde adentro por paneles de papel madera y, más adelante, esos inmensos vidrios constituían las paredes de una prolija biblioteca.
Antonio había sido advertido sobre una particularidad de la muestra, pero no recordaba cuál era. Metros más adelante, sin proponérselo, recobró la memoria de inmediato con un salto temeroso que lo hizo ponerse en guardia. Una gruesa voz comenzó hablarle desde las alturas: «Vimos con Holmes la lluvia desde el carruaje en la hermosa avenida Brixton…». De inmediato miró hacia arriba y vio una campana de vidrio transparente, con una especie de micrófono a modo de badajo, desde donde se emitía la voz de un hombre hablando vaya a saber uno de qué. Recordó entonces la advertencia recibida: si una persona pasa por debajo de la campana acústica, se activará el audio de un poema en la propia voz de Saer. Solo de esa manera funcionaba. «Intente no pasar por debajo si no quiere escucharlo», le recomendaron. Continuó su lenta caminata hasta el final de la galería con la voz de fondo de Saer recitando un poema para él inentendible que retumbaba en todo el Centro Cultural, actividad que hacía más para desvelarse que para verificar que todo estuviera en orden. Apagó las luces y la galería nuevamente quedó en penumbras.
Cinco minutos después, y cuando el recitado de Saer —que se le hizo insoportablemente extenso— ya no se escuchaba en la inmensa galería, se encontraba nuevamente en la sala de guardia, calentando el agua para el mate y disponiéndose a seguir leyendo —o releyendo— el diario del día anterior. El frío apenas había amainado al cambiar de ambiente pero en cuestión de minutos y con unos cuantos mates en el estómago, el calor volvería a su cuerpo.
A las tres y cuarto de la mañana, mientras leía/dormitaba/soñaba sentado en la vieja silla de madera, Antonio sintió un escalofrío de esos que dicen que se dan cuando un espíritu te pasa al lado. Le pareció escuchar un ruido —¿o varios?— como de sillas que se corrían, de un líquido que era volcado en algún recipiente, algún que otro choque de vasos de vidrio acompañados de murmullos y suaves risas. Acomodó su trasero en el asiento de la silla, enderezó la espalda y se inmovilizó completamente por el término de varios segundos. Abrió bien los ojos y sobre todo prestó máxima atención al silencio, ahora absoluto, apuntando con su mejor oído hacia la gran galería, desde donde le había parecido que provenían los ruidos. Pasaron dos o tres minutos de tensión y quietud, en los que Antonio solo escuchaba el suave soplido de las llamas del calefactor a gas que tenía a su lado. Ni siquiera quería apoyar el diario sobre la mesa para no ser él quien rompiera el silencio. Sabía que se había quedado en estado de somnolencia y que quizás los ruidos se habrían debido a alguna alucinación típica del adormecimiento o, por qué no, a algún ruido proveniente del exterior. Intentó tranquilizarse. No obstante, desvió la mirada hacia el pequeño anafe donde estaba apoyada la pava y corroboró que detrás del mismo, apoyado contra la pared, había un palo de escoba viejo, que nunca había sabido ni preguntado por qué o para qué estaba en ese lugar. Suspiró y se distendió nuevamente acomodándose mejor en la silla. Abrió el diario nuevamente pero ya no sintió ganas de leerlo. Se cebó un mate y chupó fuertemente hasta acabarlo y hacer sonar el ronquido final. Escuchó a lo lejos, en el exterior, el paso de una motocicleta con el caño de escape libre e intentó convencerse de que quizás haya sido el paso de esa misma moto minutos atrás lo que lo había despabilado.
Antonio miró su reloj: eran las tres y veinticinco. Comenzó lentamente a cebarse un nuevo mate, procurando no mojar la totalidad de la yerba, solo la que estaba rodeando a la bombilla, pero no pudo porque el pulso le temblaba. Apoyó la pava sobre la mesa de madera, sacudió en el aire violentamente su mano derecha como para calmarla y liberarla de todo nerviosismo infundado, e intentó nuevamente la acción de la cebada. En ese mismo instante algo volvió a sobresaltarlo: «Ráfagas mudas de agua lenta golpeaban contra los vidrios, férrea realidad nos rodeaba y nos movíamos en ella, nítidos…». Tardó unos segundos en reaccionar y darse cuenta de que el audio con la voz de Saer solo se activaba si alguien pasaba por debajo de la campana acústica. El escalofrío fue intenso y sin pensarlo demasiado agarró con decisión el viejo palo de escoba que estaba detrás del anafe. Agradeció sin saber a quién el hecho de haberlo dejado en ese lugar. Antonio no era una persona miedosa, pero en ciertas circunstancias, al enfrentarnos a situaciones insólitas, misteriosas o simplemente ilógicas, actuamos y sentimos como nunca nos hubiésemos imaginado hacerlo. Por lo que previo evaluar unos segundos la conveniencia o no de verificar qué estaba pasando en la galería, salió cautelosamente de la sala de guardia con el palo de escoba bien agarrado por su mano derecha desde uno de sus extremos. Intentó mirar a lo largo de la galería, pero la penumbra no le permitió distinguir objetos y menos si alguno de ellos se estaba moviendo. Pensó que definitivamente debía vencer su orgullo y comenzar a usar los anteojos para ver de lejos y no solo los que necesitaba para leer. Se dirigió hacia el tablero eléctrico mientras la voz del poeta seguía recitando: «Ladrillos rojos chorreando agua, hombres borrosos en la lluvia: la luz de gas manchaba la oscuridad matinal...». La luz iluminó de un pantallazo la galería entera y las catorce columnas de hierro blancas parecieron moverse. Antonio se restregó los ojos e intentó calibrar la vista poniendo en la mira un punto fijo: la campana acústica. Para que se activara, alguien debió haber pasado por abajo, sin dudas. Las puertas vidriadas que daban a otras salas del Centro Cultural estaban cerradas. Probó una por una. Incluso la de la biblioteca. Nadie había adelante suyo por lo que de inmediato elevó la vista a las cabreadas del techo. ¿Un hombre araña? ¿Un gato? ¿Una rata? Tampoco vio nada. Caminó lenta y sigilosamente hasta el final de la galería. El movimiento tembloroso del palo de escoba demostraba, como una paradoja, el nerviosismo del sereno. No había un solo lugar donde una persona podría llegar a ocultarse sin que él lo advirtiese. Ante la imposibilidad de que alguien o algo haya provocado a Saer sus ganas de recitar el poema, sintió la necesidad de pensar en un inesperado desperfecto de la campana acústica. «Honda es nuestra pobre vida en comparación, y benditos nuestro violín, nuestra fiebre de Afganistán, nuestra deliberada morfina». De repente Saer calló. El poema habría terminado, seguramente, por lo que al regresar hacia la sala de guardia pasó lo bastante lejos de la campana para que no se volviera a activar. Pero luego de caminar unos cuantos metros y de haber dejado prudencialmente atrás la campana, el audio se volvió a activar. «¿Nos quedamos a dormir? No. Voy al diario mañana…». Volvió sobre sí mismo, fijó su vista en la campana y prestó atención ahora a una polifonía de voces. Ya no era Saer recitando su poema. Eran voces distintas. Inclusive escuchó a una mujer que cantaba. «Detrás de mí, detrás de ti no hay más que olvido… Oh, tú que lloras, ¿dónde lloras?”. Evidentemente no era el mismo audio en el que Saer recitaba su poema. Agarró el palo muy fuerte, ahora con sus dos manos, y con paso sigiloso caminó alrededor de la campana, como buscando una explicación a lo que estaba pasando. Diferentes voces se fueron sumando a esa charla confusa e invisible, a esa especie de reunión que Antonio no llegaba a comprender. Le llamó la atención de pronto el olor a asado que había en la galería, un exquisito aroma a achuras cocinándose sobre brazas chisporroteantes. Trató de no desesperarse y decidió volver a la sala de guardia, con los nervios de punta y la esperanza inevitable de que el desperfecto de la campana acústica se solucionaría solo. De todas maneras, al día siguiente no dejaría de comentar lo sucedido a las autoridades del Centro Cultural para que revisaran las cámaras de seguridad del interior de la galería y poder así dilucidar qué fue lo que pasó. Miró nuevamente su reloj: cuatro menos cuarto. Bajó la tecla del tablero, pero la penumbra no impidió que debajo de la campana, como si fuera la parra de la casa de Colastiné, Barco, Renzi, Tomatis, Miri, Pichón Garay, Pocha, Gutiérrez y otros tantos personajes disfrutaran alrededor de una gran mesa junto a Saer un asado reparador con mucho vino y ensaladas. Antonio, resignado y cabizbajo, no pudo —o no supo— ver la reunión organizada a último momento por los viejos amigos luego de una jornada agobiante de bulliciosas visitas escolares al Centro Cultural.

lunes, 4 de agosto de 2025

DESDE EL OTRO LADO



Cómo me gustaría formar parte de esa escena…

Un soldado ayuda a su compañero a escapar hasta el pozo. La cara sucia, el gesto con una mezcla de dolor y bronca. El olor a carne quemada y pólvora los asfixiaba. Gritos, estruendos, frío, desilusión. Días después, vencidos, volvían a su pueblo, a su casa, a su vida.
Pasaron más de treinta años y ahora están juntos, frente a las cámaras de televisión, recordando el momento, ilustrándolo en la mente de los televidentes, intentando hacer sentir en la piel de los que no vivieron la guerra, el horror que ellos sufrieron.

Cómo me gustaría formar parte de esa escena…

Al llegar al pozo húmedo, frío, oscuro, sucio, mientras vencían al viento y al miedo, se arrojaron de panza, como tantas veces los habían obligado a hacer cuerpo a tierra en el cuartel. Allí encontraron una cierta tranquilidad. Se miraron con desesperación y permitieron que en ese gesto de dolor y bronca se insinuara una sonrisa mientras la noche explotaba y se iluminaba constantemente.
Por aquellos días tenían mi edad… Ahora yo tendría su edad. Están canosos. Parecen felices. Pero detrás de esos ojos grandes se advierte aún la herida abierta. Están orgullosos de haber peleado en las islas y juran que volverían para intentar recuperarlas. Llevan a cuesta el dolor de la derrota, el sentimiento de que están en deuda, la impotencia de no haber podido…

Cómo me gustaría formar parte de esa escena, pero estuve en otra que pocos recuerdan y que muchos, seguro, imaginan.

Era insoportable el ataque del enemigo y debimos retroceder. Dejamos de ser un grupo. En ese momento cada uno debía salvarse. El fusil descargado no era más que un estorbo y lo abandoné. Corrí hacia el pozo más próximo. La luz de las bombas constantes me permitía ver el camino. Una había caído muy cerca y sentí el viento de las esquirlas a pocos centímetros de mi cabeza. Me había tirado a tiempo. Me levanté y corrí hacia la retaguardia, buscaba un maldito pozo para protegerme. Debí tener una cara horrible. Estaba desarmado, tenía frío, hambre y miedo. Cuando divisé un pozo, veinte o treinta metros más adelante, escuché el grito. Le habían dado a Chirino. Estaba a unos pocos metros detrás de mí escapando desesperado hacia el mismo pozo cuando una esquirla le alcanzó la pierna derecha. Cayó y gritó. Me frené y volví la vista. Estaba arrodillado y se apoyaba en su fusil. Dudé, pero el gesto de Chirino me conmovió. Me miró con el mismo gesto de dolor, bronca y miedo que teníamos todos en ese lugar, a lo que le sumó el hecho de estirar su brazo derecho hacia mí. Me pedía ayuda. Hubiese podido dejarlo ahí y salvarme, pero no pude… no. Podría haber sido yo el que necesitara ayuda y me puse en su lugar. Volví hacia él corriendo, cabeza gacha, venciendo al viento y al miedo, ayudado por esa extraña luz nocturna de las bombas. Lo ayudé a pararse. Su brazo izquierdo abrazó mi hombro, se apoyó en su única pierna sana, lo abracé por la cintura y nos fuimos como pudimos hacia el pozo.

Cómo me gustaría estar ahora frente a esas cámaras de televisión, junto con mis compañeros, héroes ellos, tanto como Chirino y yo. Pero son ellos los que pueden contar historias mientras esperan el reconocimiento insoportablemente postergado de una sociedad que vivó la guerra y de los gobiernos inmutables que se suceden año tras año.

El pozo estaba a veinte metros. Demasiado lejos para huir del incesante e insoportable ataque enemigo. Con Chirino y muchos más nos quedamos eternamente en nuestras islas entre el frío y el viento, con el eterno gesto de dolor, de bronca y de miedo.

jueves, 17 de julio de 2025

NO VA A SERVIR DE NADA...


—¡Aurora! ¡Traeme un lapi y un papel, por favor!
Saúl yace en la cama desde hace varios años. El accidente lo había dejado inmóvil de la cintura para abajo. Su cama y su silla de ruedas son su único hábitat. Le duele la espalda y sus quejas son constantes.
—¡Aurora! ¡¿Me escuchá?!
—¡Sí, voy! ¿Qué queré?
—Quiero escribir algo… algo que quiero que quede para después de que yo estire la pata…
—¡Ja! ¿El testamento? A mí dejame el mate y la bombilla, esa de alpaca, que es lo único valioso que tené… ¿Y desde cuándo sabé escribir vo?
—¡Algo sé, che! Para que lo sepa, tengo quinto grado terminado. Dale, traeme un lapi y un papel…
Toma el lápiz para escribir pero no recuerda muy bien cómo hacerlo. Treinta años trabajando como foguista no le permitieron ejercitar la escritura demasiadas veces. Mira el techo. Las chapas muestran su progresivo deterioro. Las moscas no lo dejan tranquilo.
—¡Aurora! Traeme una rama de paraíso…
Mucho tiempo travaje de fueguista hasta que el lomo no aguanto mas y me cai, me ice pelota. Fue ese acidente el que me iso quedar aca, todo postrado. Mis piernas nunca volbieron a vivir. Siempre acia lo mismo, siempre. Yo era el que avivava el orno, le daba el fuego que necesitaba, todo con mis brasos, sí, con estos brasos que con el tiempo se fueron quedando sin pelos por la fuerte calor. ¡Caracho! Era imposible asercarse mucho tiempo seguido al fuego…
—¡Aurora! ¡La rama!
Yo travaje mas de doce oras por dia. Todos los dias travajaba doce oras por dia o mas. Y siempre vivi asi, en esta miseria. Nunca tube mas que este rancho pulgoso echo con mis propias manos. ¡Aaa!, pero mio… Nadie va a benir a sacarme de aca, del rancho de la familia, de la Aurora y de mis sei chango. Lo que ganava apena me alcansava para darle de comer. No. No fue felis la vida.
—Tomá, Saúl. Y dejá de hinchar por un rato…
—Esperá, ayudá a levantarme un poquito… Así… La almuada un poquito ma arriba… Así… Así está bien. Gracia.
Siempre nos explotaron. Nunca fuimo ombres. Nos basurearon. Los que trabajabamos en el cecadero nunca pudimo abrir la jeta para defender nuestros derechos. No tubimo nunca una organización sindical. ¡Que ibamo a tener! Al que insinuava ser un poco re…
—¡Aurora! ¿Rebelde es con be alta?
—¡Qué sé yo…!
—Y bue… lo pongo así.
…belde, lo rajavan. ¡Ai, ai! No nos dejaban hablar, ni comer juntos nos dejavan. El dia que el viejo Velasque se cayo redondito porque se le paro el bobo, todo muerto, se hicieron los estupido los del cecadero. A la viuda solo le dieron el pesame y nada ma. ¡Desgraciados! Ni siquiera lo que havia travajado el ultimo mes le pagaron.
—Saúl, ¿queré mate?
—Bueno, pero amargo, por favor. No ese almíbar que tomá vo.
—Pa amarga ta la vida, dicen…
—Con azúca no la vai a mejorar…
Siempre ice trabajos duros, porque siempre fui juerte, pero este, como fueguista, fue el pior. Si el acidente no me uviese paralisado, igualmente ora taria tirado, fuera de servisio, por el desgaste. Ni ambre me daba en esa doce oras manejando la pala. Tenia que tomar mucha agua. En el verano se acia imposible, pero…
—Tomá, Saúl. Decime si le falta.
—No, ta güeno, bien calentito. Pero no me interrumpá.
—¿Qué caracho tai escriviendo?
—¡Shhhhh!
En el cecadero nunca se descansaba, pasara lo que pasara. Nunca. Mientras abia yerba, abia que cecarla. No le tengo miedo a la muerte. Que le voy a tener miedo si eso era el mismisimo infierno…
—Dame otro mate, Aurora… ¿Pa qué mierda escribo esto?
—Si no sabé vo… Tomá.
—Ya está frío… ¡La puta!
—¿Qué te pasa? ¿Por qué chiyás? ¿Por qué rompé el papel?
—Porque quería escribir una… ¡¿Pa qué?! No va a servir de nada…

jueves, 19 de junio de 2025

CUADRO DE SITUACIÓN


Hoy recibí tu carta y la emoción que sentí revolucionó todo mi interior haciendo retroceder mi mente a... ¡cuántos años atrás! Lucía... mi compinche, mi vieja compañera de aventuras juveniles... Me preguntás cómo estoy, cómo me fue en la vida... ¿Tendrás tiempo?Hace tanto que no nos vemos que hasta me cuesta recordar tu rostro. ¡Qué sé yo si fui feliz! A veces sí, a veces no. Lo que sí puedo decirte es que viví muchas cosas y que para mí es cierto eso de que todo tiempo pasado fue mejor. Con decirte que mis mejores momentos los paso cuando recuerdo los tiempos aquellos...
Nuestra separación, si mal no recuerdo, se produjo al terminar el colegio secundario, ¿no? Vos te fuiste por un lado y yo por el otro. Caminos muy distintos elegimos y no nos volvimos a ver. ¿Por qué te habrás acordado de mí después de tantos años?
No terminé la universidad. ¿Por qué? Errores que se cometen a cierta edad... Pensé que no necesitaría títulos para poder trabajar y ser feliz. Parte de razón tuve, pero no toda. Hoy quemo mis días como empleado público en esta ciudad que cada día me es más ajena.
Viví años de plena alegría y de tristeza absoluta. Los amigos ya no existen y los compañeros de trabajo son solo eso. Viví amores hermosos y otros no tanto. Fui amado y odiado en igual medida. Quise ser un buen tipo y no sé si lo logré. Viajé mucho. Leí mucho. Reí mucho. Lloré más. Sufrí la indiferencia, el deshonor y el desamor. Me arrodillé para pedir por favor y fui ignorado. Pedí perdón y el silencio fue peor. Me pegaron en una mejilla y puse la otra... me volvieron a pegar. Me aislé del mundo y luego intenté volver. Quise reintegrarme a esta sociedad que todavía no logro comprender y no pude hacerlo del todo.
Releo esta carta y creo que no sos merecedora de recibirla. Me preguntás cómo estoy, cómo me fue en la vida... ¿Qué decirte? ¿Cómo contarte todo, cómo resumirlo en pocas palabras?...

Sobre la mesa, una botella de vino vacía; a un costado, un vaso, también vacío, es sostenido por la mano temblorosa del hombre que, mareado por el alcohol, escribe unas líneas a una vieja amiga y piensa que en la silla que está del otro lado de la mesa, hace años que no se sienta nadie a compartir el trago...

¿Podés imaginar un cuadro más triste? El hermoso recuerdo que tengo de vos, Lucía, es el culpable de que jamás recibas estas palabras, que dormirán por el resto de mis días en mi mente.

viernes, 2 de mayo de 2025

SIN OLVIDO


Frenó de manera brusca inmediatamente después del golpe. La primera reacción fue la de tomar el teléfono celular para pedir ayuda, pero en una fracción de segundo decidió no hacerlo. Descendió del auto y se dirigió hacia el bulto que había quedado tendido varios metros atrás. La visibilidad era escasa. La noche estaba oscura, estrellada y sin luna. La ruta, completamente desierta. Volvió hacia el auto a buscar la linterna y encendió las balizas. Pensó que lo mejor que le podría ocurrir en los próximos segundos era descubrir que lo que había atropellado fuese un perro o un animal salvaje típico de esa zona despoblada. Pero su deseo se desvaneció casi al instante al advertir que lo que se encontraba tirado sobre la ruta era un cuerpo humano. Se preguntó qué haría una persona en medio de la ruta a esa hora. El cuerpo estaba desparramado, boca abajo, sobre el asfalto, casi sobre la banquina. Era una mujer. Sabía que no debía moverla, pero en ese lugar, a esa hora y sin ayuda, su experiencia le dijo que no había otra cosa por hacer. Más de una vez la vida lo había enfrentado con cuerpos malheridos y hasta con cadáveres, pero nunca en una situación así, como protagonista principal del hecho. Observó que los rasgos de la mujer eran delicados y bellos a pesar de que su rostro insinuaba un gesto de dolor mezclado con asombro. Rubia, tez blanca. Habrá tenido veintitrés… veinticinco años. La tomó de su muñeca derecha y no sintió las pulsaciones. La golpeó suavemente en las mejillas y no reaccionó. Desabrochó su blusa, apoyó su oreja sobre el pecho: su corazón no latía. No le encontró ningún signo vital. Intentó reanimarla mediante técnicas de primeros auxilios aprendidos en tantos cursos hechos en los últimos años. Empujó fuerte con sus manos sobre el torso en varias oportunidades y no tuvo éxito. Probó con respiración boca a boca y tampoco. Su ciudad era la localidad más cercana y estaba a no menos de dos horas de viaje. A los pocos minutos de intentar la reanimación, asumió que la muerte de la muchacha ya era un hecho y que llamar a un servicio de emergencia sería totalmente inútil. Se sentó al lado del cuerpo inmóvil y meditó un momento. A esa hora de la noche la ruta estaba totalmente desierta. Miró hacia adelante y hacia atrás con la esperanza de que apareciera un automóvil para recibir ayuda, pero la oscuridad y el particular silencio sonoro del campo fueron la única señal. Se incorporó y buscó lentamente con la luz de su linterna algún rastro, de sangre o de lo que fuera, y comprobó que la ruta estaba tan limpia como después de un día de lluvia. Corrió hacia su auto, unos veinte metros más adelante, y con la luz de la linterna buscó rastros del golpe en el capot, en los guardabarros, en la parrilla frontal. Nada advirtió. Volvió nerviosamente hacia la mujer tendida mientras buscaba rastros de la frenada en el asfalto, pero recordó que no la había visto, que no había tenido tiempo de frenar, que ni siquiera sabía con qué cosa había chocado y nada había podido hacer para evitar el accidente. En su mente daban vueltas mil ideas y el teléfono celular le temblaba en la mano derecha, mientras con la izquierda sostenía la linterna, con la que se rascaba la parte trasera de su cabeza. Vino a su mente la imagen de alguien barriendo y escondiendo la basura bajo una alfombra. Sabía que, si bien había sido un accidente, un hecho involuntario, había matado a una persona y no importaba si había tenido o no la culpa. La ausencia de testigos y el hecho de no haber intentado una maniobra para evitar el golpe seguramente jugarían en su contra. Lo sabía muy bien. Su experiencia se lo indicaba. Pero podría argumentar que la mujer quiso suicidarse y no pudo hacer nada para evitar la colisión… Guardó el teléfono celular, tomó el cuerpo por las piernas, lo arrastró hasta sacarlo de la ruta y lo dejó sobre la banquina. Lo observó y sintió por primera vez temor. Hasta ese momento sus sentimientos habían sido de desconcierto y nerviosismo. Se convenció de que debía ocultar el cuerpo y callar para siempre lo sucedido. Volvió casi corriendo hacia el auto mirando hacia atrás y adelante por si se acercaba algún vehículo, se subió y lo puso en marcha. No pudo dejar de sentirse un delincuente, un asesino. Y lo sufrió. Suspiró profundamente, golpeó violentamente el manubrio con ambas manos y apagó el motor. Bajó, se dirigió hacia el cuerpo, lo tomó nuevamente de los pies, lo arrastró campo adentro, como unos cincuenta metros, y lo tapó con ramas y yuyos. Todo lo hacía con la poca luz de su linterna mientras rogaba ahora que no apareciera nadie por la ruta. Corrió hacia el auto y, preso de un terror jamás sentido, lo puso en marcha y siguió su camino. El olvido surgió en él como una necesidad imperiosa.
Jamás había vivido una situación igual. Sabía que había protagonizado un accidente y que no había sido su culpa. O sí. ¿Cómo no había advertido la presencia de esa mujer en el medio de la ruta? ¿Se había quedado dormido? ¿Estaba demasiado distraído? ¿Cansado? ¿Iba demasiado rápido y por eso no había podido evitar el choque? Comenzó ahora sí a sentirse culpable y a inventar una historia salvadora: sí, era cierto que él a esa hora había transitado por la ruta 468 rumbo a su ciudad, pero nada raro había advertido. No había visto ningún cuerpo, ningún rastro de choque o accidente, ninguna frenada; ni siquiera recordaría haberse cruzado con algún automóvil ni haber sobrepasado alguno. Su auto estaba intacto y ningún rastro que lo incriminara tenía… Se sintió mal. Lo correcto era denunciar el hecho, su obligación era hacerlo, lo sabía, pero ya era tarde y era primordial olvidar. Había abandonado un cuerpo, lo había escondido. Se había transformado en un delincuente. Su vida había cambiado en cuestión de minutos. O segundos. Pero nadie se enteraría jamás de lo sucedido. O, al menos, de que él había sido el protagonista principal. No sería difícil fingir inocencia y desconocimiento ante la sociedad… Pero sabía que borrar esa noche de su mente no sería tarea fácil.
Disminuyó la velocidad que, de repente, advirtió que era muy elevada. Seguía nervioso, intentó tranquilizarse y encendió la radio. No pudo sintonizar ninguna frecuencia. No había llevado música y pensó en ese momento cambiar el auto, sin saber por qué. También sintió unas ganas desesperadas de llegar a su casa y bañarse. La oscuridad era absoluta y la luz del auto descubría a los costados de la ruta un bosque espeso y misterioso. Tenía que sacarse de la mente a esa mujer y olvidar su cobarde actitud. Un accidente de este tipo seguramente haría peligrar su trabajo o frustraría toda posibilidad de ascenso. Intentaba nuevamente ignorar todo, pensar en mañana y en volver a su vida normal y rutinaria, cuando en el medio de la ruta, unos cincuenta metros adelante, observó un movimiento extraño. Aminoró la marcha sin saber si hacía lo correcto y siguió con cautela. Con la mano derecha tanteó su cintura para comprobar que allí estaba la pistola que siempre llevaba consigo. La silueta de una persona comenzó a vislumbrarse ahora sobre la banquina. Un hombre pedía de manera desesperada auxilio haciendo gestos con sus brazos. Eran las tres de la mañana y su presencia, como la de la mujer, no era normal. Sintió temor a pesar del arma que siempre le brindaba seguridad. Cuando estuvo ya cerca del desconocido observó en su rostro un gesto preocupado, mezclado con súplica y sufrimiento. Siempre se había jactado de identificar a gente de mal vivir con solo observarle la cara, la mirada, su forma de vestir o de actuar, pero este hombre no tenía la más mínima apariencia de serlo. Cuando llegó a la par, conducía a una velocidad mínima y no le sacaba la vista de encima. Siguió sin parar y escuchó los gritos suplicantes, ¡por favor, por favor! Se tiró a la banquina unos veinte o veinticinco metros más adelante, frenó pero no paró el motor. Intentó observar por el espejo retrovisor pero la oscuridad se lo impidió. Tomó la linterna y se bajó con mucha cautela. Con su mano izquierda dirigió la luz buscando al hombre mientras con la derecha tocaba la empuñadura de la pistola, debajo de la remera. El hombre se le acercó corriendo y agitado; vociferaba un gracias ahogado y cuando lo tuvo a unos pocos metros le gritó que se detuviera, ahora no solo apuntando con la linterna sino también con la pistola. El desconocido frenó su corrida de inmediato y como si acabara de cometer un delito y se estuviera entregando ante la autoridad, gritó ¡no dispare, no dispare!, mientras sus brazos se elevaban al cielo, desesperados. Su joven rostro reflejaba un pánico pocas veces visto. Una vez que se tranquilizó, al menos un poco, explicó que junto con su novia minutos antes habían subido a un camión que los llevaría a la ciudad y que el camionero, un tipo totalmente desquiciado, había obligado a bajar a su novia unos kilómetros antes y a él lo había hecho bajar allí, o unos kilómetros más adelante, ya que había comenzado a regresar para buscar a su chica. La historia no hubiese sido creíble en situaciones normales, pero él sabía de la existencia de la mujer perfectamente. Accedió a llevarlo hasta la ciudad. Bajó la pistola y la acomodó nuevamente en su cintura. Pero el hombre no quería ir a la ciudad. Quería regresar a buscar a su novia. No podía dejarla sola. No vi a nadie en la ruta, afirmó el conductor del auto. No puedo volver, es peligroso a esta hora. El hombre insistía, suplicaba desesperadamente y, ante la respuesta negativa, con un movimiento imperceptible el joven desconocido extrajo de entre sus ropas un revólver y le apuntó a la cabeza: ¡Las llaves! Y las llaves se extendieron lentamente hacia el hombre armado, que las tomó, pero sorpresivamente recibió una patada en los testículos que le hizo doblar el cuerpo en dos. Una nueva y rápida patada impactó en el brazo armado que lo hizo gatillar. Se escuchó un estampido seco mientras el cuerpo caía al suelo, con las llaves en la mano izquierda, el revólver humeante en la derecha y un orificio que sangraba en la sien.
Sacó nuevamente su pistola y rápidamente apuntó al hombre caído mientras lo alumbraba con la linterna. No se movía. No respiraba. No gemía. Estaba muerto. Y en su cabeza las ideas eran cada vez más confusas. Dos muertes en unos pocos minutos. Un accidente, una pelea. Protagonista principal en ambos casos. Pero él no había disparado. Se había matado solo. Si no moría uno, moriría el otro. No había otra alternativa y había actuado en defensa propia. Lo sabía y eso jugaba en su favor. Sabía también, y lo sabía muy bien, que si se hacían las pericias correspondientes, se comprobaría claramente quién había gatillado el arma. Tomó su teléfono celular para pedir ayuda y esta vez tampoco lo hizo. La falta de testigos lo perjudicaría. Razonó: si silenciaba el hecho, ¿quién lo iba a acusar de haber estado ahí, ese día, a esa hora? No movió el cuerpo que había quedado tendido en la banquina. Preso de una inminente crisis de nervios, subió al auto y emprendió viaje hacia su ciudad, ahora sí, deliberadamente a una velocidad mayor a la que acostumbraba a hacerlo. Solo un camión, pocos kilómetros antes de llegar a la ciudad, pasó en sentido contrario. Su mente estaba muy confundida: debía olvidar ahora una muerte más.
A las cuatro y media de la mañana llegó a su casa. Guardó el auto en el garaje y con mejor luz comprobó que, efectivamente, en el frente no habían quedado rastros del golpe contra la mujer. Se desvistió lentamente y tiró la ropa a lavar. Le dolía la cabeza y sintió ganas de vomitar. Se duchó durante veinte minutos, como nunca, y se tiró a descansar. Vivía solo y a nadie tenía que dar explicaciones sobre su estado. Durmió hasta las siete. A las ocho debía entrar a trabajar. Se duchó nuevamente pensando en el trabajo, en sus compañeros, en la gente que debería atender esa mañana. Siguió intentando olvidar, algo que se le tornaba imposible. No sintió ganas de desayunar. Nunca había tomado calmantes y en ese momento tuvo ganas de tener uno a mano. Se vistió y se dirigió hacia su trabajo. Sabía que sería difícil borrar de la memoria lo ocurrido esa noche, pero seguramente el tiempo y la actividad diaria lo ayudarían a olvidar. El retorno a la vida cotidiana, el encuentro con sus compañeros y el contacto con la gente, con sus innumerables y muchas veces insólitas historias, serían un buen remedio. Lo prioritario era no pensar más en esa fatídica noche y olvidar... tratar de olvidar... Se sintió seguro de poder hacerlo y poco a poco fue recuperando el bienestar perdido.
Pero la mañana recién empezaba y la pesadilla del recuerdo también.
El comisario Fernández, su jefe, lo recibió ansioso y con los brazos abiertos. Por ser el oficial más eficiente y experimentado, le encomendó hacerse cargo de la investigación de dos muertes ocurridas horas antes en circunstancias muy extrañas en la ruta 468, jurisdicción de la comisaría donde trabajaba.

miércoles, 23 de abril de 2025

LA VENGANZA


Si yo decía que era él, si yo le decía al fiscal que él fue el hijoeputa que mató a la Vero, no hubiese podido vengarme. No sé si me entiende…

Lo metieron en cana porque yo les dije a los de Investigaciones que había sido él, que yo había visto con mis propios ojos cómo ese guanaco le había pegado con el fierro en la cabeza a la Vero, a mi pobre angelito que se estaba resistiendo a las asquerosidades de ese chancho. Me dijeron que lo agarraron al ratito nomás, en su casa, donde se había escondido como un cobarde… pero los milicos no encontraron el fierro. No sé, además, si lo buscaron. Me dijeron que tampoco encontraron huellas —eso pasa solo en las series yanquis— ni más testigos que puedan decir como yo que ese malnacido había matado a mi pobre Vero. Yo no sabía ni cómo se llamaba el desgraciado y lo habré visto apenas un par de veces, no más, por el barrio. Me lo hicieron describir. Era alto, pelo rubio o teñido, no sé, porque la piel era bastante oscurita, con corte a lo Kun Agüero, como todos los jugadores de fútbol, rapado atrás pero más largo arriba. Llevaba la camiseta de un equipo… qué sé yo cuál, bermudas floreadas y ojotas, aunque si me pongo a pensar bien creo que estaba en pata. Me preguntaron si tenía señas particulares y los miré como diciendo de qué me hablan. ¡Tatuajes, pircins, lunares!, me gritaron y les dije que la noche estaba oscura, que no me fijé en esas cosas, que estaba desesperada con la Vero en el piso agonizando y tratando de que no se me vaya. ¿Él la vio, señora? ¡Qué sé yo! Cuando le grité qué hacés, hijoeputa, y salí corriendo hacia la Vero, se fue corriendo con el fierro en la mano, sin mirar para atrás, y se perdió por las vías. Al otro día me llamó el fiscal y me dijo que la única invidencia —que no sé qué carajo es— que había en contra de ese guacho era mi declaración y que teníamos que hacer un reconocimiento de personas para fortalecerla. Lo miré sin saber qué decirle. Es necesario que usted lo reconozca, señora, porque si no, se nos cae el caso. No entendí. Que si no lo reconoce, señora, lo tenemos que largar. No tenemos nada en contra de Osuna. Ahí abrí bien los ojos. No sabía cómo se llamaba el hijoeputa, pero el fiscal me lo dijo. ¡Era el hijo malparido de la Tota Osuna! ¡La benefactora! ¡La que colabora con el merendero del barrio y le da de comer a chicos ajenos en vez de criar bien a los propios! ¿Y si lo reconozco? ¿Lo van a dejar adentro? El fiscal no contestó enseguida. Bajó la vista unos segundos y me miró como resignado. No se lo puedo asegurar, señora. Haremos lo posible, pero si usted no lo reconoce, sí o sí lo tenemos que largar. En realidad, yo no lo quería preso. Si lo dejaban adentro iba a tener techo y comida gratis. Y no soportaría que la Tota Osuna siga su vida como si nada le hubiese pasado a mi Vero. Me dijeron que fuera a las seis de la tarde a la oficina de Investigaciones. Cuando llegué, el fiscal todavía no estaba y un policía —creo que era policía porque uniformado no estaba— me llevó a los apurones hacia una oficina del fondo de un largo pasillo porque me dijo que no me tenían que ver. No le pregunté quién no me tenía que ver y me dejé llevar. Las paredes de la oficina estaban pintadas de un anaranjado fuerte. Había dos escritorios, uno con una computadora y una impresora y el otro con muchos papeles desparramados arriba. Me senté en una silla plástica, de esas blancas que todos tenemos en casa, y esperé pacientemente durante media hora la llegada del fiscal. Mientras esperaba sola en esa deprimente oficina, afuera se escuchaban risas, gritos, corridas. Por fin llegó el fiscal —vestía jean y campera— con un muchacho de saco y corbata que habría tenido unos veinticinco o treinta años. Me dieron la mano e inmediatamente después ingresó a la oficina una mujer rubia, cuarentona, medio encorvada y me la presentaron como la abogada del imputado. Por mi cabeza pasaron muchas cosas para preguntarle a esa abogada, pero solo una le haría: ¿No tenés hijos, vos? Me limité a sonreírle falsamente. Hablaron entre ellos de varias cosas que no entendí hasta que el muchacho de corbata que se había sentado frente a la computadora me pidió que describiera a quien yo decía que había matado a mi hija. Ya se lo dije a la policía ayer, contesté. El fiscal intervino y me dijo que era necesario que lo volviera a hacer, sobre todo para que me escuchara la abogada defensora. Suspiré malhumorada y repetí como una lora toda la descripción hecha el día anterior y antes de que me lo preguntaran, le dije al empleado que pusiera que no le vi señas particulares porque estaba muy oscuro y no me puse en detalles en ese momento. Inmediatamente después el fiscal comenzó a explicarme el procedimiento. Recién en ese momento advertí que en una de las paredes había una ventanita muy pequeña de vidrio. Me dijo que debería mirar por ahí, que del otro lado había varias personas paradas y de frente, una al lado de la otra, con números arriba, sobre la pared; que debería estar muy tranquila porque quienes estaban del otro lado de la ventanita no podían verme y que luego de observarlos le dijera si entre esas personas estaba el hijoeputa de Osuna. En realidad, no me lo dijo así, sino que lo llamó como «quien yo había visto agredir a mi hija en la noche del hecho». Cerré los ojos y suspiré. Me aproximé a la ventanita y antes de que mirara, el fiscal me dijo que si necesitaba verlos de costado o de espaldas, que se lo dijera. Ahora sí, con los ojos bien abiertos observé del otro lado de la ventanita. Eran cinco y no hizo falta mirar a los otros cuatro. A pesar de que todos tenían características físicas muy parecidas, el hijo de la Tota se destacaba. Jamás me olvidaría de esa cara. Advertí que definitivamente no era rubio: estaba teñido. Sonreía mientras miraba a la ventanita y me sentí observada a pesar de la aclaración del fiscal de que no podrían verme. Tenía un gesto sobrador como diciendo la maté yo, ¿y qué? Sacaba pecho y levantaba un poco la pera. En ningún momento miré a los otros, no me importaban ni quería verlos. Un abrir y cerrar de ojos me hubiese bastado para identificar a esa rata aunque hubiese estado en medio de la hinchada de Sportivo Norte. Lo miré durante varios segundos y le dije con el pensamiento: si te identifico, capaz que quedás preso, hijoemilputa. Arriba de la cabeza de Osuna, sobre la pared, estaba escrito el número cuatro. Creo que estuve una eternidad mirándole la cara sobradora a ese malparido mientras seguramente la abogada defensora, el fiscal y el empleado esperaban impacientes que yo abriera la boca. ¿Necesita que se pongan de costado, señora?, me preguntó el fiscal. Cerré los ojos, suspiré y retrocedí. No, gracias, es suficiente con eso… Me miraron con mucha expectativa. El empleado ya estaba preparado con sus dedos sobre el teclado de la computadora para escribir el número que yo diría. ¿Entonces? ¿Es alguno de los que está en la rueda de personas, señora? Si es así, identifíquelo con el número que tiene arriba de su cabeza. Miré al fiscal e inmediatamente después, a la defensora. No, no es ninguno de ellos. Quien agredió a mi Vero no está ahí. Advertí un leve gesto de alegría en la defensora, y el Fiscal, meneando su cabeza, le hizo un gesto al empleado que comenzó a escribir. ¿Segura, señora? Sí, me limité a decir.

Entiéndame: si yo decía que era el número cuatro, si yo le hubiese dicho al fiscal que ese que se sonreía con malicia había sido el hijoeputa que mató a mi Vero, no hubiese podido vengarme. Y ahora estoy acá, contándole a usted, que me tiene una paciencia bárbara, no sé por qué, la verdadera historia. Discúlpeme, pero yo no hubiese soportado mucho tiempo que la Tota tuviese a su hijo vivo, viviendo y comiendo de arriba, mientras que yo a mi Vero solo la iba a tener en el cementerio. Si le metí el balazo al desgraciado ese en la frente, delante de la Tota, fue justamente para que se diera cuenta lo que significa perder un hijo y ver cómo te lo matan delante de tus ojos… ¿Si me siento bien? Podría estar peor…

lunes, 24 de marzo de 2025

A DOS PUNTAS


Te hacés mi amiga
si estás conmigo
pero cuando estás con otro
me deshacés,
siempre…
(Serú Girán)

La tarde estaba oscura a pesar de que era temprano todavía. Las agujas del reloj no se condecían con la luminosidad del cielo. Estaba nublado, lloviznaba de a ratos y el frío se hacía sentir. Laura me había invitado a tomar un café al «Valencia», el viejo bar donde íbamos casi siempre en grupo. Sospechaba el motivo de la cita y por eso fui de mala gana. Cuando llegué, cinco minutos antes de lo pactado, ella ya estaba ubicada en una mesa al lado de la gran vidriera que daba a calle San Martín. Estaba hermosa. La saludé con un beso en la mejilla y le dije un «hola» frío como la tarde mientras dejaba caer mi cuerpo pesadamente sobre la silla de madera de estilo vienés. Apenas murmuró una respuesta y pidió al mozo que se acercaba dos cafés.
Luego de varios minutos de no mirarnos ni abrir la boca, Laura decidió romper el silencio. Levantó la vista, miró cómo me comía las uñas con la mirada perdida en el cartel del hotel de la vereda del frente, o más bien perdida en la nada, y me pegó suavemente en la mano.
—¡Dejá de hacer eso, boludo! ¡Te vas a hacer mal! —y me sonrió, como para que me aflojara.
Esbocé una sonrisa. Me gustó su gesto y dejé mis uñas para después. Revolví lo que quedaba de café, ya frío, y lo terminé de un trago. Afuera llovía con ganas y el frío era cada vez más intenso. La ciudad a través del vidrio se veía triste y desolada.
—¿Podemos hablar? —Laura perdió la sonrisa esbozada segundos antes—. ¿No vas a abrir la boca en toda la tarde?
—¿Querés otro café? —la invité y llamé al mozo.
—Mejor sería que pidieras una cerveza. Cuando tomás alcohol hablás más…
—No es mala la idea —el mozo se acercó—. Dos cafés más, por favor.
Días atrás me había escrito una carta. Me la había dado en medio de una reunión de amigos. Laura se había confesado como nunca. La palabra escrita evidentemente le resultaba más cómoda, como a mí, pero cuando advirtió que mi reacción se demoraba, comenzó a sospechar que mi respuesta no le llegaría jamás. Por eso me invitó a tomar un café.
—Creí que ibas a contestar mi carta… —estaba seria; sus ojos, tristes, y sus palabras le salían entrecortadas—. Hoy me siento una tarada por todo lo que te escribí —silencio por varios segundos, interminables—. Pero me salió de adentro, lo escribí de corazón y pensé que te iba a movilizar un poquito… —clavó su hermosa mirada en la mía. Sus ojos brillaban más que nunca.
En su carta me decía, entre otras cosas, que cuando estaba a mi lado era feliz, que me quería mucho, que yo la hacía sentir segura, conforme y muy tranquila. No soy insensible, pero sinceramente, no la entendí. ¿Acaso me consideraba su guardaespaldas? Me confesó que en un tiempo no tan lejano yo le interesé mucho, más que como un amigo, pero que no entendía por qué yo me había encerrado en mí mismo, por qué le había negado el acceso a mi vida. Me dijo que ella quería saber más sobre mí, conocer mis deseos, mis ideas, mis aspiraciones, mis dudas, mis miedos, mis penas, mis alegrías… Y que deseaba que yo me interesara por ella…
—Leí tu carta… Pensaba contestarte —le dije con mi característica tranquilidad—. Quería meditar muy bien la respuesta.
A Laura ahora sí se le escaparon algunas lágrimas y me reprochó con bronca mientras me fulminaba con su mirada pero en voz baja:
—¡Pero creo que te confesé cosas que no se tienen que pensar demasiado!
Era cierto. Me pidió casi por favor que me interesara por ella, me dijo que estaba pasando momentos difíciles en la escuela y que sus padres estaban muy enojados por sus calificaciones. Me confesó que necesitaba alguien en quien confiar, un amigo, un apoyo, alguien que la abrazara con sinceridad en esos momentos de llanto imposible de evitar.
Tenía razón, sin dudas. Cualquier adolescente —como lo era yo en esa época— al que una amiga le escribía semejantes palabras, no podía dejar de actuar en consecuencia. Y para colmo lo había escrito, lo había plasmado en un papel. Y la palabra escrita es sagrada. Una persona antes de entregar sus sentimientos que sabe que quedarán inmortalizados en un papel, los lee y relee hasta el infinito. Sabe que sus palabras quedarán escritas hasta que el destinatario decida eliminarlas, inmediatamente… o nunca…
La miré, dispuesto por fin a abrir la boca. Nunca quise que ese momento llegara, pero Laura lo buscó. Su cara reflejaba tristeza y hermosura a la vez. Laura era hermosa. Laura me gustaba…
—¿Te acordás del momento en que me diste la carta? —pregunté mirándola seriamente a la cara—. ¿Te acordás qué hiciste después?
Laura se mostró sorprendida. Evidentemente, no esperaba esas preguntas.
—Ay… no me acuerdo… ¿Por qué?
Me suplicaba en su carta que volviésemos a los viejos tiempos, cuando nuestros diálogos eran frecuentes y casi siempre pesimistas —en concordancia con nuestros pensamientos adolescentes—, pero el hecho de estar juntos, mirarnos a la cara y decirnos nuestra verdad sin ningún reparo, nos hacía felices. En eso tenía razón. Meses atrás habíamos sido muy compinches, nos sincerábamos mucho, me decía en la cara que yo era el amigo más perfecto que había conocido. Y yo la miraba a la cara y quería comérmela a besos… Pero esa sensación, inexplicablemente, desaparecía a los pocos segundos.
—¿Por qué me preguntás eso? —me dijo con la voz entrecortada, llorosa.
«Te quiero, te quiero mucho y siempre fuiste alguien muy especial para mí, ya que en mi vida en un tiempo significaste mucho, fuiste muy importante, muy particular…», me decía en esa carta que todavía conservo, después de… tantos años…
La tomé de las manos sobre la mesa del bar. Las tenía heladas. Su flequillo apenas cubría sus cejas. Sus cabellos rubios y enrulados cubrían la mitad de su espalda. Era hermosa. Lo es.
—¿Por qué me preguntás eso? —insistió, suplicó una respuesta. Nunca le contesté. No sé por qué… Aunque sí. Lo sé. Estaba seguro de que Laura fingía no recordar y que su memoria no era para nada frágil. Nunca olvidé —ni olvidaré— que después de darme la carta, casi en secreto, se fue del grupo con Francisco, abrazada y a los besos, mientras yo los observaba con la carta en la mano —aún sin leer— y con un nudo en la garganta.

domingo, 2 de febrero de 2025

EN EL HOSPICIO



Me habla, me mira fijamente a los ojos y mueve los labios con lentitud. Yo entiendo. Pero no, no entiendo. Ella dice que yo me llamo así pero no sé realmente cómo me llamo. No sé desde cuándo estoy acá, con toda esta gente. No somos muchos, pero nos llevamos bien.
—Guillermo —me dice que me llamo—. Gui-ller-mo. ¿Entendés?
Le sonrío pero no entiendo quién es Guillermo. Meneo la cabeza y sacudo un poco mi cuerpo como festejando mientras ella silabea ese nombre. Tengo frío. Siempre tuve frío en este lugar aunque tengo puesta ropa de abrigo: pantalón largo y pulóver. Quizás andar descalzo no sea lo recomendable.
—¿Entendés, Guillermo? Yo soy Marina y te estoy cuidando.
Asiento con la cabeza y le sonrío. No entiendo pero quiero que vaya a hablar con otro. Que me deje tranquilo un rato. ¿Quién carajo será Guillermo? ¿Y por qué Marina me cuida?
Con mi indiferencia logro que se aleje un rato. Ahora se dirige hacia una mujer que vive con nosotros. Mirta se llama. Tiene cara de sufrida. Yo de vez en cuando hablo con todos y ellos me cuentan su vida. No sé si dicen la verdad o no. Me parece que a ninguno le funciona bien el mecanismo acá adentro y seguramente mienten. Pero no lo hacen por malditos, lo hacen para divertirse. Y yo también me divierto. Para colmo, casi ni hablo. Si ni sé cómo me llamo y no me acuerdo mucho de mi vida ni por qué estoy acá. Guillermo dice esta mujer que me llamo, pero no sé.
Con Mirta no hablo mucho, pero la primera vez que lo hice me contó su historia. Y la repite cada vez que estoy con ella. Pobre… No la debe haber pasado bien. Al menos ella me dijo que sufrió mucho cuando el Juan Carlos cayó en cana. Ella sabía que andaba en algo raro pero nunca le había preguntado. Lo confirmó cuando lo agarraron y lo metieron preso. No me acuerdo qué hizo, pero Mirta me dijo que estuvo tres años a la sombra. Lo recuerdo bien. Yo la miraba sin pestañear y no le decía nada. «¡Preso! ¡Estuvo preso!», me dijo casi gritando porque yo la miraba y no hacía un solo gesto. Entonces le sonreí. Y me contó que ella sola no podía vivir y que al año y medio de que al Juan Carlos lo encanaron, se metió con Francisco. Debió haber sido linda Mirta en su juventud. Yo la seguía mirando y esperaba que continuara su historia. «¿Y sabés qué?», me dijo. «Volvió». Pero me dijo que ella ya estaba con Francisco y lo mandó a pasear al Juan Carlos. Se fue amargado y cree que siguió en la joda, porque seguía choreando. Francisco no conocía el pasado de Mirta y cuando lo supo, la dejó. Se quedó sola en la vida. Ella, como yo, tampoco sabe por qué está acá.
Estamos todos ahora en un salón grande, blanco, frío. Las ventanas dan a un jardín. Es de día y el sol afuera brilla sobre los naranjos. Creo que son naranjos. O mandarinos. ¿O serán toronjas esas pelotas anaranjadas que cuelgan de las ramas? Miro apoyando la nariz contra el vidrio que se empaña.
—Guillermo…
Alguien habla a mi espalda. Una voz dulce de mujer. Me doy vuelta sin estar seguro de que me habla a mí y se presenta: «Soy Ana». Le sonrío y vuelvo mi cuerpo hacia el salón. Ella, un poco acelerada, me dice que quiere bailar. Yo no sé bailar. Nunca bailé. Ana empieza a dar vueltas sobre sí misma, sonriendo y alzando los brazos. Yo siempre la veo sola, pero feliz. «Soy un hada», me dice y me toma de las manos. Quiere que baile con ella. Me quedo duro. «Juguemos entonces». Me lleva hacia el centro del salón y se sienta sobre una alfombra donde hay unos cubos plásticos. Coloca uno arriba del otro y se encierra en sí misma. «Hoy tampoco quiero dormir…», escucho que murmura mientras me alejo lentamente hacia una de las puertas que da al patio.
La puerta está abierta a pesar del frío. Quien quiera pasear por el jardín, puede hacerlo. Aprovecho que Ana se olvidó de querer bailar conmigo y salgo. Arranco del árbol una naranja… o mandarina… o toronja, ¿qué sé yo qué es? Decido comerla y empiezo a sacarle la cáscara con la mano. No es tan fácil. Se me acerca un gordo petiso un poco mayor que yo. Lo intuyo porque está muy desmejorado. Yo hace mucho que no me veo en el espejo pero creo que tengo mejor aspecto que él. Me apunta con su dedo índice y levanta el pulgar, simulando tener un revólver.
—¡Pum! Estás muerto —me dice mientras lo festeja. En la otra mano lleva un cigarrillo encendido que no fuma.
No sé cómo reaccionar y me paralizo. Muerto no estoy. Pero él cree que me mató. ¿Me tendré que tirar al piso y fingir para que no se enfade?
—Si no mueres, te arrancaré de a una las uñas de las manos.
Instintivamente convertí mis manos en puños y me dio un escalofrío horrible al pensar en el dolor. No suelo ver a este hombrecito muy seguido, quizás no vaya a ese lugar todos los días. No sé cómo se llama. Tiene mala cara. Pero no porque él esté mal sino porque seguramente hace o hizo alguna vez el mal.
—O te pondré una bolsa de nailon en la cabeza…
Retrocedo mientras se me viene encima.
—O puedo quemarte con mi cigarrillo… ¿Qué preferís? —me increpa casi gritando.
Sigo retrocediendo ahora más asustado, trastabillo y me caigo de culo. El hombrecito se me aproxima lentamente con el cigarrillo encendido dispuesto a apoyármelo en alguna parte del cuerpo. La piel de mi cara y mis manos son las únicas partes libres que tengo. Con una de mis manos sostengo la naranja a medio pelar. Me tapo la cara con la otra con desesperación porque lo tengo casi encima.
—¡Juan! ¿Pero qué hace, Juan? ¿Está loco? —dice Francisca mientras lo toma por la espalda y lo aleja de mí hacia otro lado del jardín.
—¡Quiero morir! ¡Quiero morirme! —grita Juan mientras es arrastrado por Francisca. Me reincorporo rápidamente y decido ir hacia adentro a bailar con Ana. Es preferible. Pero Francisca me llama con un grito. Acaba de dejar sentado a Juan en uno de los sillones de plástico que hay en el jardín y se me acerca a paso ligero.
—Discúlpelo, Guillermo. Pero Juan tuvo una vida un tanto complicada.
Me dijo Guillermo, como Marina, que me quiere hacer comprender que me llamo así.
—Aparentemente hizo mucho mal durante su vida y ahora no ve otra salida que seguir haciéndolo o matarse. Nadie lo quiere acá. Y afuera tampoco. Hay que temerle, está medio loco.
Le sonrío y sigo pelando la fruta con dificultad. Francisca está parada a mi lado y me observa. Yo de reojo la miro a ella y me parece una linda mujer. No es joven. Nadie es joven acá adentro, pero se ve que alguna vez fue linda. Termino de pelar la fruta, la parto y le ofrezco la mitad a Francisca como un modo de agradecerle que me haya sacado de encima a Juan. La acepta y ambos nos llevamos las mitades a la boca. Al mismo tiempo escupimos y nos quejamos por el asco que nos dio. «¡Son toronjas!», dijo ella y nos largamos a reír con ganas.
Me tomó de la mano y caminamos por el jardín. En silencio. Yo no hablaba casi nunca y ella parecía respetar mi silencio. Me hizo un ademán con una sonrisa cómplice para que mirase al costado. Un hombrecito diminuto, vestido con pantalones muy anchos, camisa estrafalaria y galera intentaba sacar algún sonido de un viejo saxo en mal estado.
—Se llama Gaby. Cree que vive en un circo —me dijo Francisca.
—Pierrot… —murmuré sin ánimos de que me escuchara.
—Sí, un payaso… Y a veces cree que es invisible.
Seguimos caminando de la mano rumbo a ningún lado. Francisca era una dulce compañía y no sé si me hablaba a mí o pensaba en voz alta circunstancias de su vida pasada. Decía que los hombres eran todos iguales pero que los peores eran los viejos. «¡Viejos verdes!», se quejaba. Yo no entendía pero no decía nada. Meneaba la cabeza y seguía su rezo en voz muy baja. «A mi hijita le gustaba correr por el monte y juntar flores en su canastita». Tenía la vista perdida en el infinito. Clavada en el cielo. O en su alma. De repente alzó la voz: «¡Deje quietas sus manos de una vez, señor!» e hizo un ademán como para sacarse de encima a alguien. Después dijo entre dientes algo que no entendí muy bien pero fue algo así como que el dinero le hacía falta para ser feliz con su hijita, por eso trabajaba. Pero no los lunes. Los lunes se divertía. Yo solo la miraba porque no sabía si me hablaba a mí o si estaba rezando. Y recordaba que me había dicho Guillermo. Yo no soy Guillermo… ¿O sí?
Luego de dos o tres minutos de caminar en círculo alrededor de una fuente que no funcionaba, pasaron corriendo dos hombres desaforadamente. Uno pedía auxilio y miraba desesperado a su perseguidor que le gritaba «¡Amigo! ¡Amigo! ¡No te vayas!». Lloraba desconsoladamente y llevaba una flor en su mano. Francisca soltó mi mano y se fue sin decir nada hacia el salón. Me quedé mirando a los dos hombres que no dejaban de correr ni de gritar. Estaba absorto.
—Estos dos están locos —me dijo una mujer menuda, rubia, de ojos saltones y labios muy pintados mientras se me acercaba.
Mi única respuesta, como siempre, fue una sonrisa. La mujercita se paró a mi lado y continuó su monólogo:
—El de adelante, Sebastián, cree que es Jesús. No sé. Siempre anda mostrando sus manos y dice que las heridas sangrantes que tiene se las provocaron cuando lo crucificaron en la cruz. Nunca nadie le vio las heridas…
La mujercita no me miraba. Hablaba como si se estuviese dirigiendo a un auditorio inexistente, con voz afectada.
—Y al que lo corre le dicen Pototo. No sé cómo se llama. Dice que tiene miedo de quedarse solo y por eso lo sigue constantemente. Sebastián huye y pide ayuda. Pototo lo sigue y le dice que sean amigos, que no lo deje solo. Todos los días es así. Siempre igual…
Me animé a interrumpir su relato.
—¿Le quiere regalar una flor?
La mujer meneó la cabeza y me dijo que para Pototo la flor era vida y que se la quería dar a Sebastián como un símbolo de paz y amistad. Dijo que Pototo estaba loco porque aseguraba que si los amigos se separaban, la soledad era inevitable. Y sin amigos prefería morir.
—¿Y por qué se escapa Sebastián entonces? —insinué.
—Porque como cree que es Jesús, no quiere que lo crucifiquen otra vez. Se ve que alguien lo traicionó y se lavó las manos. Se quiere salvar de una nueva traición. Quizás piense que Pototo lo traicionará.
Me invitó a caminar a la par. A diferencia de Francisca, no me tomó de la mano. Alicia. Me dijo que se llamaba Alicia y que siempre había vivido al revés del mundo. «Quizás por eso estoy aquí», dudó.
—Yo vine por propia voluntad acá. Acá me cuidan. Afuera está el peligro. Allá quieren volver los que van a acabar con el mundo. Hay que estar preparados y prender velas para que la suerte nos ilumine. No nos pueden vencer.
Yo no entendía de qué me estaba hablando y le pregunté:
—¿Quiénes quieren acabar con el mundo?
—¡Ellos! —me gritó—. Ya se acabó esa vida de cuentos en la que fingíamos ser felices… —dio media vuelta y se fue dejándome confundido.
No supe qué hacer. Nunca supe por qué razón yo estaba entre toda esa gente que parecía no estar en su sano juicio. Cada uno tenía su historia, incomprensibles algunas, otras no tanto. Yo les conocía sus nombres y a mí me decían Guillermo y no tengo idea si soy o no soy Guillermo. ¿Y si no quién soy?
Se me acercó Marina.
—¿Disfrutando el fresco y el aire libre, Guillermo?
Le sonreí. Me invitó a ingresar al salón. Seguramente vio que comenzaba a temblar y se imaginó que yo tenía frío. En realidad, desde que estoy acá, que no recuerdo cuánto hace, nunca dejé de tener frío. Es como si viviera eternamente adentro de una cámara frigorífica. Marina pasó su brazo izquierdo por mi espalda y apoyó su mano en mi hombro derecho. Me dirigía. Se nos acercó una mujer muy linda, de unos cincuenta años más o menos. Balbuceaba y aparentemente le quería decir algo a Marina. No se le entendía nada a la pobre y vi cómo le comenzó a colgar un hilo de baba de su boca.
—Ella es Ludmila —me dijo Marina—. En su vida se entregó al amor sin reparos, ciegamente, casi irresponsablemente, y lo sufrió. Terminó sola y abandonada la pobre…
Un flaco alto y canoso daba vueltas en el medio del salón con los brazos extendidos. Como si estuviera volando. Supuse que era feliz o que intentaba serlo. Se lo señalé a Marina con un gesto.
Fermín, él es Fermín. Es feliz dando vueltas y más vueltas. Cree que vuela y que al final de su vida lo vendrá a buscar un pájaro, una gaviota dice, que lo llevará a descansar al mar.
La miré sin entender.
Marina acercó una silla a una mesa donde se encontraban sentados dos hombres, aparentemente cada uno en su mundo. Me invitó a sentarme allí y se fue hacia otro sector del salón.
El que parecía ser mayor en edad era robusto y vestía un enterito de jean al estilo jardinero. Tenía puesto un sombrero de paja de ala ancha. Le observé sus manos grandes, callosas. Imaginé que en su vida pasada esas manos habían sido un instrumento fundamental de supervivencia.
Baltazar —me dijo mientras me extendía la mano derecha a modo de saludo.
Se la estreché devolviendo el gesto y sentí un apretón fuerte de una mano gigantesca y pesada al lado de la mía, y muy áspera. No supe cómo presentarme y le dije lo que me pareció más conveniente en ese momento y en ese lugar:
—Guillermo… Un gusto.
—Disculpe usted si mis amigos lo molestan.
No entendí. Miré al otro hombre y parecía estar durmiendo. Nadie cerca nuestro interrumpía nuestra tranquilidad.
—Ellos siempre están conmigo. Desde que abandoné el campo del patrón, ellos me siguieron. Estos caballos, estas vacas —decía mientras movía sus brazos como mostrándome algo que yo no alcanzaba a ver—, las gallinas, los gorriones y las mariposas blancas son quienes le dan sentido a mi vida. Sin ellos no podría seguir.
Me encogí de hombros y no dije nada. No creí conveniente preguntarle dónde estaba toda esa fauna. De repente, el segundo hombre pareció despertarse de un sueño profundo. Me miró y me tomó fuerte de mi brazo derecho.
—¿Sabe usted por qué dicen que estoy loco?
Sus ojos querían salirse de órbita. Su mirada era fulminante.
—La sociedad me hizo así. No fue mi culpa. Yo siempre fui un buen tipo, bonachón, demasiado. Siempre viví pensando en los demás, en hacer feliz al otro, en dar todo lo mío sin pretender nada a cambio. ¿Y cómo me pagaron?
Yo no sabía si realmente estaba esperando una respuesta de mi parte o hablaba de esa manera para darle fuerza a sus palabras. Estuve a punto de decirle que nadie estaba loco en ese lugar pero siguió hablándome, creo que sin mirarme.
—«Miguel, te volviste loco», me decían constantemente. Yo no entendía qué era lo que estaba haciendo mal. Mis padres me enseñaron que debía ser generoso y no negar el amor a nadie… ¿Pero sabe qué? ¡Me lo creí! ¡Sí, me lo creí y me despellejaron!
Mientras hablaba apretaba cada vez más fuerte mi brazo y luego de terminar su discurso, aflojó. Me compadecí de Miguel, sentí pena. Y para que no se sintiera solo le conté que yo podía seguir viviendo ahí gracias al amor de mi vida. «Cadenet», le dije y está siempre a mi lado.
—Quizás usted no la vea. Incluso yo muchas veces no la veo. Pero está conmigo cuando yo quiero, cuando la deseo. Se despierta a mi lado, desayunamos juntos, hablamos mucho. ¿Vio los animalitos que acompañan a Baltazar? Bueno, yo tengo a Cadenet.
Marina se paró en el medio del salón, pidió atención con un par de aplausos y con su voz tranquila y maternal anunció que el horario de recreación había terminado. Se me acercó y me extendió su mano suave. Me paré lentamente y sonreí a mis compañeros de mesa que me saludaron con un ademán. Marina me dio un vaso y puso una pastilla sobre mi lengua. La tragué y bebí el agua natural. Lentamente fui abandonando el salón frío mientras el bullicio de los demás iba desapareciendo, se hacía más lejano. Marina me ayudó a ingresar a la pieza, blanca, más fría que el salón, me acostó sobre una cama y me tapó hasta el cuello. Luego de un «buenas noches, que descanse, Guillermo», apagó la luz. Salió de la pieza y cerró la puerta con llave.