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miércoles, 23 de abril de 2025

LA VENGANZA


Si yo decía que era él, si yo le decía al fiscal que él fue el hijoeputa que mató a la Vero, no hubiese podido vengarme. No sé si me entiende…

Lo metieron en cana porque yo les dije a los de Investigaciones que había sido él, que yo había visto con mis propios ojos cómo ese guanaco le había pegado con el fierro en la cabeza a la Vero, a mi pobre angelito que se estaba resistiendo a las asquerosidades de ese chancho. Me dijeron que lo agarraron al ratito nomás, en su casa, donde se había escondido como un cobarde… pero los milicos no encontraron el fierro. No sé, además, si lo buscaron. Me dijeron que tampoco encontraron huellas —eso pasa solo en las series yanquis— ni más testigos que puedan decir como yo que ese malnacido había matado a mi pobre Vero. Yo no sabía ni cómo se llamaba el desgraciado y lo habré visto apenas un par de veces, no más, por el barrio. Me lo hicieron describir. Era alto, pelo rubio o teñido, no sé, porque la piel era bastante oscurita, con corte a lo Kun Agüero, como todos los jugadores de fútbol, rapado atrás pero más largo arriba. Llevaba la camiseta de un equipo… qué sé yo cuál, bermudas floreadas y ojotas, aunque si me pongo a pensar bien creo que estaba en pata. Me preguntaron si tenía señas particulares y los miré como diciendo de qué me hablan. ¡Tatuajes, pircins, lunares!, me gritaron y les dije que la noche estaba oscura, que no me fijé en esas cosas, que estaba desesperada con la Vero en el piso agonizando y tratando de que no se me vaya. ¿Él la vio, señora? ¡Qué sé yo! Cuando le grité qué hacés, hijoeputa, y salí corriendo hacia la Vero, se fue corriendo con el fierro en la mano, sin mirar para atrás, y se perdió por las vías. Al otro día me llamó el fiscal y me dijo que la única invidencia —que no sé qué carajo es— que había en contra de ese guacho era mi declaración y que teníamos que hacer un reconocimiento de personas para fortalecerla. Lo miré sin saber qué decirle. Es necesario que usted lo reconozca, señora, porque si no, se nos cae el caso. No entendí. Que si no lo reconoce, señora, lo tenemos que largar. No tenemos nada en contra de Osuna. Ahí abrí bien los ojos. No sabía cómo se llamaba el hijoeputa, pero el fiscal me lo dijo. ¡Era el hijo malparido de la Tota Osuna! ¡La benefactora! ¡La que colabora con el merendero del barrio y le da de comer a chicos ajenos en vez de criar bien a los propios! ¿Y si lo reconozco? ¿Lo van a dejar adentro? El fiscal no contestó enseguida. Bajó la vista unos segundos y me miró como resignado. No se lo puedo asegurar, señora. Haremos lo posible, pero si usted no lo reconoce, sí o sí lo tenemos que largar. En realidad, yo no lo quería preso. Si lo dejaban adentro iba a tener techo y comida gratis. Y no soportaría que la Tota Osuna siga su vida como si nada le hubiese pasado a mi Vero. Me dijeron que fuera a las seis de la tarde a la oficina de Investigaciones. Cuando llegué, el fiscal todavía no estaba y un policía —creo que era policía porque uniformado no estaba— me llevó a los apurones hacia una oficina del fondo de un largo pasillo porque me dijo que no me tenían que ver. No le pregunté quién no me tenía que ver y me dejé llevar. Las paredes de la oficina estaban pintadas de un anaranjado fuerte. Había dos escritorios, uno con una computadora y una impresora y el otro con muchos papeles desparramados arriba. Me senté en una silla plástica, de esas blancas que todos tenemos en casa, y esperé pacientemente durante media hora la llegada del fiscal. Mientras esperaba sola en esa deprimente oficina, afuera se escuchaban risas, gritos, corridas. Por fin llegó el fiscal —vestía jean y campera— con un muchacho de saco y corbata que habría tenido unos veinticinco o treinta años. Me dieron la mano e inmediatamente después ingresó a la oficina una mujer rubia, cuarentona, medio encorvada y me la presentaron como la abogada del imputado. Por mi cabeza pasaron muchas cosas para preguntarle a esa abogada, pero solo una le haría: ¿No tenés hijos, vos? Me limité a sonreírle falsamente. Hablaron entre ellos de varias cosas que no entendí hasta que el muchacho de corbata que se había sentado frente a la computadora me pidió que describiera a quien yo decía que había matado a mi hija. Ya se lo dije a la policía ayer, contesté. El fiscal intervino y me dijo que era necesario que lo volviera a hacer, sobre todo para que me escuchara la abogada defensora. Suspiré malhumorada y repetí como una lora toda la descripción hecha el día anterior y antes de que me lo preguntaran, le dije al empleado que pusiera que no le vi señas particulares porque estaba muy oscuro y no me puse en detalles en ese momento. Inmediatamente después el fiscal comenzó a explicarme el procedimiento. Recién en ese momento advertí que en una de las paredes había una ventanita muy pequeña de vidrio. Me dijo que debería mirar por ahí, que del otro lado había varias personas paradas y de frente, una al lado de la otra, con números arriba, sobre la pared; que debería estar muy tranquila porque quienes estaban del otro lado de la ventanita no podían verme y que luego de observarlos le dijera si entre esas personas estaba el hijoeputa de Osuna. En realidad, no me lo dijo así, sino que lo llamó como «quien yo había visto agredir a mi hija en la noche del hecho». Cerré los ojos y suspiré. Me aproximé a la ventanita y antes de que mirara, el fiscal me dijo que si necesitaba verlos de costado o de espaldas, que se lo dijera. Ahora sí, con los ojos bien abiertos observé del otro lado de la ventanita. Eran cinco y no hizo falta mirar a los otros cuatro. A pesar de que todos tenían características físicas muy parecidas, el hijo de la Tota se destacaba. Jamás me olvidaría de esa cara. Advertí que definitivamente no era rubio: estaba teñido. Sonreía mientras miraba a la ventanita y me sentí observada a pesar de la aclaración del fiscal de que no podrían verme. Tenía un gesto sobrador como diciendo la maté yo, ¿y qué? Sacaba pecho y levantaba un poco la pera. En ningún momento miré a los otros, no me importaban ni quería verlos. Un abrir y cerrar de ojos me hubiese bastado para identificar a esa rata aunque hubiese estado en medio de la hinchada de Sportivo Norte. Lo miré durante varios segundos y le dije con el pensamiento: si te identifico, capaz que quedás preso, hijoemilputa. Arriba de la cabeza de Osuna, sobre la pared, estaba escrito el número cuatro. Creo que estuve una eternidad mirándole la cara sobradora a ese malparido mientras seguramente la abogada defensora, el fiscal y el empleado esperaban impacientes que yo abriera la boca. ¿Necesita que se pongan de costado, señora?, me preguntó el fiscal. Cerré los ojos, suspiré y retrocedí. No, gracias, es suficiente con eso… Me miraron con mucha expectativa. El empleado ya estaba preparado con sus dedos sobre el teclado de la computadora para escribir el número que yo diría. ¿Entonces? ¿Es alguno de los que está en la rueda de personas, señora? Si es así, identifíquelo con el número que tiene arriba de su cabeza. Miré al fiscal e inmediatamente después, a la defensora. No, no es ninguno de ellos. Quien agredió a mi Vero no está ahí. Advertí un leve gesto de alegría en la defensora, y el Fiscal, meneando su cabeza, le hizo un gesto al empleado que comenzó a escribir. ¿Segura, señora? Sí, me limité a decir.

Entiéndame: si yo decía que era el número cuatro, si yo le hubiese dicho al fiscal que ese que se sonreía con malicia había sido el hijoeputa que mató a mi Vero, no hubiese podido vengarme. Y ahora estoy acá, contándole a usted, que me tiene una paciencia bárbara, no sé por qué, la verdadera historia. Discúlpeme, pero yo no hubiese soportado mucho tiempo que la Tota tuviese a su hijo vivo, viviendo y comiendo de arriba, mientras que yo a mi Vero solo la iba a tener en el cementerio. Si le metí el balazo al desgraciado ese en la frente, delante de la Tota, fue justamente para que se diera cuenta lo que significa perder un hijo y ver cómo te lo matan delante de tus ojos… ¿Si me siento bien? Podría estar peor…

martes, 9 de julio de 2024

DISPAROS


A la memoria de H.Q.


No sé muy bien por qué estoy acá, si todo fue un accidente... Todavía los oídos me palpitan por la explosión. Federico me había apuntado sin querer mientras le pasaba el trapo al cañón. Le dije que tuviera cuidado, que no apuntara, y me contestó riendo: ¡Cagón! ¡Está descargada!... Por las noches todavía escucho los disparos y me despierto sobresaltado. Los escucho de día también. Sus rostros se me aparecen en los espejos, a través de las paredes. A mi padre lo conozco por el retrato pintado que siempre estuvo colgado en la pared de la sala. Lo imagino bajando de la canoa con esa escopeta. Y escucho una y otra vez el disparo. Y me veo dentro de unos años con la misma escopeta en mis manos... Yo no le disparé a propósito a Federico. Primero, a la escopeta la tenía él. Él era el que le estaba pasando el trapo por el cañón. Yo limpiaba la funda y acomodaba los cartuchos en la caja. Pero se la saqué. Ya me había apuntado varias veces sin querer y no me había gustado nada. Mi madre tampoco tuvo la culpa del ataque de apoplejía de Ascencio, mi padrastro. Y menos yo, que lo encontré ahí, recién muerto por propia voluntad. ¿Por qué me dejan solo? Y ahora vos, Federico. Te dije: a las armas las carga el diablo, y te me reíste en la cara. Cagón, me dijiste. Te sacudí para que me dijeras que estabas bien, pero tamaña herida y el hilo de sangre que bajó de tus labios fueron suficientemente expresivos. El olor a pólvora y el charco de sangre me descompusieron. Tuve ganas de vomitar e intenté salir corriendo, pero una mano en la frente me lo impidió. Disparos y más disparos. Me pregunto cómo será morir de un tiro en la cabeza. Me pregunto si el cianuro no será menos violento, menos doloroso, más romántico... A Federico se le dieron vuelta los ojos y yo le grité: ¡¿Estás bien?! ¡Contestame! Pero todo fue inútil. Todavía nadie me preguntó nada. Solo me trajeron a los empujones hasta aquí sin escuchar mis explicaciones. Maldita escopeta. Mi madre la tendría que haber tirado o regalado cuando lo de mi padre. Pero no. El destino funesto de ese cañón no me va a dejar dormir más. Las detonaciones me persiguen. No soporto más estar acá encerrado. ¿A quién le digo que fue un accidente? ¿Cuándo me van a escuchar? Federico me apuntó... Y me dijo que el diablo nada sabe de armas. Y se la saqué. Tironeé con él y escuché el disparo. No gritó. Ni siquiera gimió. Como si se hubiera dado cuenta de que no fue culpa mía. Solo se desplomó en el suelo y yo alejé la escopeta de su cuerpo... pensando quizás que él hubiese querido vengarse, dispararme... Y cuando sentí en la boca mis entrañas, la gente de la casa comenzó a llegar. Todo sucedió tan rápido que no sé si lo voy a poder explicar. Los disparos siguen sonando en el aire y mi padre, mi padrastro y Federico me miran a través de las rejas. Pasan unos segundos y se van diluyendo en las penumbras, se van alejando, me van abandonando definitivamente. Estoy solo como siempre lo estuve y quizás siempre lo estaré. No quiero escuchar nunca más disparos de escopeta. ¡Por favor, que alguien venga y me diga: Oiga, Quiroga, ¿qué fue lo que pasó?!

sábado, 9 de abril de 2016

SUEÑO DE LIBERTAD

Fotografía tomada en la plaza Eva Perón el 9 de abril de 2016
(Bº Central Córdoba, Rafaela, Santa Fe)

Siempre soñé con escaparme algún día. Llevaba una vida muy monótona en este barrio, en esta ciudad, en este bendito país, en este pequeño mundo que no me dejaba volar ni echarme a andar. Era imposible seguir aguantando. Fueron muchos años los que estuve amoldándome a mi esencia, haciendo lo que tenía que hacer, cumpliendo con el mandato natural que me tocó en suerte sin que nadie reparara seriamente en mi existencia. Creo que siempre fui el mismo, nunca me traicioné ni traicioné a nadie. Brindé mis brazos a todos los que me necesitaron. Ofrecí resguardo sin mirar a quién. Fui testigo y hasta protagonista de amores intensos y desgraciados. Disfruté observando cómo la niñez corría tras una pelota desinflada, día tras día. Acompañé a los chicos que andaban en bicicleta y tenían que terminar huyendo del placero que los corría con el rastrillo en la mano, amenazante. Pero no podía seguir siendo el mismo. No podía resignarme a vivir una vida contemplativa y llena de quietud. No soportaba seguir inmóvil ante un mundo vertiginoso y cambiante. Sabía que no iba a poder soportar toda una vida en el mismo lugar… y me decidí. No fue fácil, es cierto. Tuve que esperar el momento indicado. Tardó mucho en llegar ese día pero cuando me di cuenta de que la hora había llegado, salté… O intenté hacerlo. Quise huir, olvidarme de mis raíces y empezar a recorrer el mundo como siempre lo había soñado. Pero fue inútil. No lo logré. No me dejaron. Los que siempre hicieron todo lo posible para que yo cumpla con mi destino natural, al ver que ya no quería estar más acá, al advertir que quise escapar y levantar vuelo, me lo impidieron. Me lo prohibieron. Y me cortaron las alas, me cercenaron los sueños, me mataron en vida… Y aquí quedé, más solo que nunca, esperando desaparecer de esta sociedad que nunca me permitió soñar.

martes, 13 de julio de 2010

POR LA VENTANA VEO PASAR LA GENTE


Siempre es igual: me despierto temprano, estoy todo el día en casa, aburrido, haciendo siempre lo mismo, o sea, nada. ¿Qué sentido le encuentran a la vida si está solamente para sobrevivirla? Maldigo el día en que nací... ¡Y en mi condición! Me hubiese gustado ser de una clase superior para que no me tengan de aquí para allá a los gritos, a las patadas, siempre obedeciendo, siempre con la cabeza gacha. ¿Quién dijo que el hombre es casi perfecto? ¡No! Si lo fuera, no existirían las rejas, las cadenas...
Cuando por la ventana veo pasar la gente me pregunto qué estarán pensando. Siento envidia al verlos caminar con paso seguro. Este sentimiento nace al no saber cuál es mi camino. ¿A dónde voy? ¡A ningún lado! No puedo dirigir mis pasos a lugar alguno porque no me siento libre, no me siento capaz de decir adiós a todos los que me rodean e irme a divagar por el mundo. Hay algo que me ata, algo que me detiene. Es algo que no comprendo, es una fuerza que me sujeta, que me hace regresar siempre a mi hogar.
Autos que pasan por la avenida, gente que pasa por la vereda. Nadie me ve. Todos pasan indiferentes, nadie repara en mí. De vez en cuando una viejita me saluda. Los chicos, cuando me ven en la ventana del cuarto, generalmente me hacen burla. Y yo sin poder hacer algo, sin poder siquiera gritar. ¡Qué inútil me siento a veces! No tengo ni el derecho de expresar mis deseos. Bronca siento al pensar que no puedo, aunque sea, putear a los imbéciles que se burlan de mí. Si no fuera por esas malditas rejas de la ventana... Pero trato de no pensar en ellos: prefiero pensar en los que son como yo. Somos muchos en el mundo, pero a la mayoría nos tienen marginados. Siempre detrás de las rejas, de los muros. Estamos privados de la palabra. Será por eso que pensamos tanto. Todo el día buscando un porqué. Todo el día mirando pasar gente a nuestro lado sin poder decir algo, sin poder saludar. Solo una mirada o dos, nada más. ¿Y ellos? Nada. Nos miran, sonríen, murmuran alguna idiotez y siguen su camino. Yo quisiera decirles lo que pienso...
Estoy flaco porque como poco. Es que hay veces que prefiero estar tirado en el sofá del living o en el mismo piso fresco y no responder al llamado del almuerzo. Como lo suficiente, como para seguir vivo, nada más. ¡Y si para eso estamos! Sobrevivir es la palabra justa. Pero hay días en que no como y me desespero. Pienso mucho y creo que esa es otra de las cosas que me quitan el hambre. Yo sería un buen dietista. Adelgace pensando, sería el eslogan. ¿Su problema son los kilitos de más? ¡Piense! Me llenaría de guita. Pero mi destino está aquí, en esta casa, con mi familia, pensando las tres cuartas partes del día mientras miro por la ventana cómo pasa la gente.
Quizás haya alguien que se digne a pensar en mí aunque sea un minuto y se pregunte: ¿No se cansará de estar siempre ahí? Quizás también agregue con cara de lástima: ¡Pobre!... O si no, con un poco de maldad ese alguien piense: Se debe conocer vida y obra de todo el barrio... Pero hasta con esa duda me tengo que quedar: la de saber si hay alguien que piensa en mí. ¿Por qué estaré tan solo en este mundo idiota? Mi familia se limita solo a pasarme la comida y, muy de vez en cuando, me sacan de esta maldita casa y me llevan a pasear. Necesito alguien que me comprenda, alguien que sea como yo, que piense como yo. Alguien con quien compartir las horas mirando por la ventana. Sí, eso: una novia, una compañera. ¡Qué feliz sería! Seríamos dos en la misma situación y la vida se haría más llevadera. En el barrio no faltarían los murmuradores de siempre. Pero no me importarían. Yo solo busco mi felicidad. Yo solo quiero estar con alguien con quien compartir mis penas y mis pocas alegrías. No puedo soportar la idea de volverme viejo y no poder sentirme libre, contento. No soporto la idea de saber que algún día moriré sin haber vivido a pleno la vida. Esta ventana y esta calle me van a graduar de filósofo existencialista.
¡Ni amigos tengo! Nadie con quien mirar de noche el cielo estrellado. Nadie con quien compartir un plato de comida ni un poco de agua. Nadie a quien contarle mis secretos, escuchar los suyos, reír o llorar juntos, correr por el césped sintiendo un poco más libre nuestra vida. Nadie que me diga que todo esto es así porque sí, que me haga ver con otros ojos la realidad. Nadie con quien pelearme y reconciliarme. No tengo a nadie. Estoy solo y sin amigos. ¿Tendrán amigos todos los que veo pasar por la calle? ¿Existirán los amigos?
Por la ventana veo pasar la gente. Y es esa misma gente la que ve pasar los días de su vida sin darse cuenta de que poco a poco se va muriendo. Es esa misma gente la que no se da cuenta de que el mundo sigue dando vueltas sin detenerse y que ellos son los que giran junto con él. Es la gente que pasa frente a mi ventana y no me ve. No se dan cuenta de que mientras ellos envejecen y se van muriendo poco a poco con sus problemas cotidianos, yo también me voy muriendo lentamente, pero de aburrimiento, de tristeza, de soledad.
¡Qué vida de perros me tocó vivir! No hago más que ladrar y mover la cola con alegría, siempre festejando a los pocos que me acarician. Siempre perdonando a todos cuando me pegan o cuando me retan porque me escapé de casa. Siempre moviendo la cola para que me tiren un hueso o algo para comer. ¡Así es la vida! Unos nacen hombres, otros nacemos perros. No hago más que ver la gente que pasa por la calle desde mi ventana. Siempre hay que mover la cola o bajar la cabeza... ¡Júpiter, a bañarse!... Y obedecer.