jueves, 16 de abril de 2026

Entre tapiales

 


Por suerte no sufro de ataques de pánico ni le tengo miedo a las alturas. Si no, no hubiese podido dar rienda suelta a uno de mis entretenimientos preferidos. Vivo en una parte de la ciudad en la que todavía no se construyen grandes edificios. Quizás alguno de dos o tres pisos, pero no más. En la manzana donde vivo, no hay ninguno. Apenas una o dos casas con planta alta o con altillos en las terrazas. Esos altillos me encantan. Uno nunca sabe qué hay adentro o para qué los usan los dueños de casa, si es una habitación, un lavadero, una bodega o simplemente un depósito de cosas viejas o en desuso que van abandonando a través del tiempo entre esas cuatro paredes hasta que algún heredero o un nuevo dueño de la casa las descubra.
Mi madre siempre me dijo que yo soy tímido y que me cuesta relacionarme con los demás. Seguramente algo de eso hay en mi afán de andar solo por todos lados. Me contó una vez también que alguien, no sé quién, le dijo que yo era propenso a la contemplación y por eso me tendrían que incentivar las actividades artísticas. Lo de la contemplación, vaya y pase, pero el arte… Nada más lejos de mi cabeza o de mi mente que un cuadro, un poema o una melodía. Pienso que ella tampoco se esforzó mucho para tratar de sociabilizarme.
Siempre tuve la inquietud de hacerlo pero nunca me animaba. Cuando me decidí, comencé a practicarlo bastante seguido. De noche y si no había luna, mejor. Empecé subiéndome al techo a fumar porque mi madre no quería que fumara adentro de casa. Salir al patio no me convencía y si me sentaba en el umbral o en la misma vereda corría el peligro de que algún vecino se acercara para hablarme. Siempre me las arreglé bastante bien para subir al techo a pesar de no tener una escalera. Me subía a la gran maceta de cemento, apoyaba mi pie derecho en la reja de la ventana de la cocina, me paraba en el tapial medianero y ahí nomás, con un saltito y un poco de fuerza en los brazos, ya llegaba.
El techo de casa es de loza y mientras fumaba, lo recorría lentamente de punta a punta, lo que no me demandaba demasiado tiempo ni esfuerzo porque mi casa es pequeña. Observaba los patios de las casas vecinas, algunos iluminados por faroles que quedaban encendidos toda la noche y otros en una penumbra en la que apenas podía distinguirse alguna mesa, una hamaca o algún árbol más o menos grande. También podía observar desde mi techo las casas de la manzana de enfrente, pero como eran más o menos de la altura de la mía, no podía observar sus techos o terrazas y mucho menos saber qué había en sus patios. Debo decir que nunca tuve la intención de espiar a mis vecinos. Necesitaba sentirme libre y sentir el vértigo y la adrenalina que no experimentaba en mi vida rutinaria. Mi madre no debía enterarse de mis incursiones por los techos y tapiales vecinos porque seguramente reprobaría mi actitud.
Fue así que la primera noche que subí al techo, lo recuerdo bien, no había luna. Siempre lo hice después de que mi madre se acostaba y de comprobar que ya estuviese dormida. Subí para fumar pero también para observar el pequeño mundo que me rodeaba desde esa altura. Sabía que en la casa vecina, hacia el sur, vivía un matrimonio grande, sin hijos. Don Julio y la señora Elvira. Ambos estaban jubilados y no tenía la más mínima idea de los pormenores de sus vidas. Si me asomaba hacia su patio, podía verlo entero. Ellos eran de los que dejaban una luz encendida, seguramente por seguridad. Me quedé mirando ese patio por un buen rato. Me paré en la pared medianera, hice equilibrio y me puse en cuclillas, como meditando, tranquilo y respirando hondo. El cigarrillo, encendido y sostenido por mis labios se consumía lentamente. No me movía, tenía un muy buen aguante y podía pasarme horas en esa posición. Pensaba que en ese patio tranquilo y silencioso, de un momento a otro podía suceder algo. Sentí un escalofrío. Mientras tanto, esperaba. No sé el tiempo que habrá pasado, quizás una hora o más, y me incorporé. Mis rodillas crujieron un poco y casi pierdo el equilibrio. Pero con un par de flexiones me recompuse. Bajé lentamente y me fui hacia mi cuarto. Al pasar frente a la pieza de mi madre, observé que dormía con la luz apagada pero con la puerta entreabierta.
Hacia el norte estaba la casa de la esquina de la cuadra. Su techo no era de loza, tenía chapas de zinc. Se las veía viejas y en algunas de sus partes tenía colocadas membranas asfálticas. Seguramente cubrían lugares por donde el agua de lluvia después de alguna lluvia había filtrado. Pero como esta casa era más grande que la mía, el patio comenzaba unos cuantos metros más al fondo y no podía verlo por completo. Así que una noche me subí al tapial medianero que no tenía más de treinta centímetros de ancho y caminé lentamente haciendo equilibrio con mis brazos extendidos hacia ambos lados. Llegué a un punto en el que pude ver el patio en su totalidad y nuevamente adopté mi posición contemplativa en cuclillas. Las luces estaban apagadas, no había luna pero una rara luminosidad nocturna me dejaba entrever todo lo que en ese patio había. En un momento me relajé, encendí un cigarrillo y cerré los ojos, quizás para escuchar los sonidos de la noche más atentamente o solo para sentirme en paz y nada más. Fumaba lentamente. A los pocos minutos tuve que abrir los ojos. Creo que porque un poco perdí el equilibrio o porque algo fuera de lo común me puso en alerta. Pestañeé un par de veces para recobrar una buena visión y vi frente a mí, mejor dicho, debajo de mí, en el patio de los vecinos a Juancho, el enorme ovejero alemán de mis vecinos que me miraba fijamente, sentado sobre sus patas traseras y sin abrir la boca. Me alegré de que Juancho me conociera y supuse que por eso no iba a delatar mi extraña presencia en el tapial. Pero supuse mal. Apenas insinué mover una mano a modo de saludo comenzó a ladrarme y a saltar contra el tapial desesperadamente. Quise incorporarme rápidamente, pero me costó. Mis rodillas ya se habían acostumbrado a estar flexionadas. Con mucho esfuerzo y equilibrio logré pararme ante la desesperación cada vez más fuerte y bulliciosa de Juancho. Dije su nombre en voz baja para tratar de calmarlo pero la reacción fue peor. Comenzó a correr en círculo y saltaba contra el tapial como queriendo alcancanzarme. No sé si era una impresión o realmente sentía que el tapial temblaba con cada arremetida de Juancho con sus dos patas delanteras. A los pocos minutos se encendió un farol del patio y se escuchó una voz desde el interior de la casa. «¡Juancho! ¿Qué pasa?». Comencé a caminar lentamente hacia el techo de mi casa con los brazos extendidos a los costados, rogando no pisar en falso y caerme, mientras escuchaba el ruido de llaves que abrían una puerta. Alcancé a llegar a mi techo sin que el vecino me viera pero Juancho seguía ladrando desesperadamente. Cuando bajé y me dirigí a mi pieza, pasé frente a la de mi madre. La escuché hablar:
—¿De dónde venís?
La puerta de su pieza estaba semiabierta.
—Estuve en la vereda fumando.
Cuando quise seguir camino a mi cuarto, volvió a hablarme:
—Escuché ruido en el techo… Y el perro del vecino está ladrando mucho. Es raro.
—Deben ser los gatos, mamá.
—Tal vez...
Pasaron varios días, quizás semanas, sin que volviera a incursionar por las alturas nocturnas de las casas vecinas. Lo hice luego de corroborar que mi madre ya estuviera durmiendo. Esta vez decidí no molestar a Juancho y me fui nuevamente para el sur. Tampoco esa noche había luna. Subí al techo de don Julio y Elvira que por suerte también era de loza y seguí hacia la casa lindera. Pero me encontré con una dificultad inesperada. Las paredes de ambas casas no eran medianeras. Un pasillo angosto separaba ambos techos. Pensé en los pibes que practican parkour y al ver que no tenía más de un metro de ancho, o algunos centímetros más, me sentí ágil y capaz de sortear el obstáculo. Y me fue bien. Tomé un poco de envión en el techo de Julio y Elvira, pisé el tapial y salté hacia el techo de los Domínguez. Trastabillé un poquito al caer pero me repuse de inmediato. Apenas me torcí un poco el tobillo pero casi no sentí dolor. Me dirigí hacia el fondo de la casa donde estaba el patio y me detuve bien en el borde del techo. No tenían luces encendidas y recordaba que esta familia por suerte no tenía perro. Por lo que agudizando la vista comencé a repasar metro por metro todo el patio. Era como si lo estuviera estudiando para recordarlo más adelante. No sé para qué me serviría eso. En realidad, no le encontraba demasiado sentido a esa actividad, pero me hacía bien. Estuve parado unos cinco minutos fumando. El silencio era interrumpido apenas por el sonido de algún auto que pasaba por la calle, varios metros atrás. Adopté mi posición preferida. Me puse en cuclillas en el borde del techo, haciendo equilibrio y dirigiendo la vista hacia algún punto del patio. Razoné en esos momentos sobre cuál era la razón por la cual estaba ahí. Sabía que no quería meterme en la vida ajena y si por casualidad se me daba la oportunidad de observar que una ventana de alguna de las casas estaba abierta, seguro optaría por ir hacia otra parte. Cerré los ojos para escuchar el silencio y advertí un tranquilo y lejano coro de grillos en el aire. Estuve así durante segundos o minutos, no sé cuántos, y sentí un escalofrío. Tambaleé en mi riesgosa pose, tuve que hacer equilibrio y abrir los ojos. El patio estaba igual de oscuro pero al levantar la vista, sobre el tapial trasero del patio de los Domínguez, observé una sombra o silueta de alguien en la misma posición que me encontraba yo. El patio habrá tenido quince o veinte metros de largo, que era la distancia que me separaba de ese cuerpo que no alcanzaba a distinguir, no solo por la distancia sino también por la oscuridad. Yo me encontraba a una mayor altura, ya que ese tapial no habrá tenido más de dos metros de alto. Al observar mejor advertí que indefectiblemente se trababa del cuerpo de una persona, también en cuclillas como yo, y si bien no alcanzaba a distinguir su rostro, me pareció que era una mujer. Estaba inmóvil y parecía observarme. Tuve una sensación extraña que me hizo incorporar lentamente y retroceder. Caminé hacia atrás por el techo de los Domínguez sin quitarle la vista de encima a esa figura y en ningún momento se movió. Opté por regresar a mi casa. Salté con mayor agilidad entre los dos techos y más rápidamente de lo que lo hacía normalmente, llegué a mi cuarto. Escuché los ronquidos de mi madre cuando pasé frente a su habitación.
Durante los días siguientes sentí constantemente una extraña sensación. No podía sacarme de la cabeza esa imagen oscura que en plena noche silenciosa me observó desde aquel tapial. Tardé varios días en volver a incursionar la altura vecinal. Preferí salir a fumar por las calles solitarias por las noches para tratar de olvidar o buscarle un sentido a esa rara experiencia.
Pero un día volví. Después de cenar me quedé mirando un partido de fútbol por televisión sin que me importara qué equipos jugaban. Nunca me gustó el fútbol pero tenía que esperar esa noche a que mi madre se acostara y por fin se durmiera. Subí al techo cerca de la medianoche. Dudé hacia qué techo vecino dirigirme. No quería encontrarme nuevamente con Juancho y tampoco experimentar esa situación rara que viví la última vez con esa especie de espectro que todavía no sé si realmente estuvo allí, observándome, o fue solo producto de mi imaginación.
Pasé al techo de don Julio y Elvira, salté el pasillo hasta caer en el techo de los Domínguez y continué hacia algunas casas más al sur. Caminé cuidadosamente por encima de una que tenía chapas de zinc, sin hacer ruido, y llegué a otra que tenía una terraza. No me daba cuenta a cuál de mis vecinos pertenecía. En vez de dirigirme hacia el lado de la escalera que seguramente comunicaba al patio, fui hacia el parapeto que daba hacia la calle. Encendí un cigarrillo y me puse a observar el asfalto y las veredas desiertas apenas iluminadas por un triste farol de neón ubicado a mitad de cuadra. Ante tanta quietud y soledad, intenté una posición más riesgosa. Me senté sobre el tapial con las piernas colgando hacia la calle. Y no sé por qué, pero supuse que algo raro podía llegar a ocurrir. Estar tan desprotegido poniéndome de espaldas a la terraza, me daba la impresión de que alguien podría venir por detrás y empujarme al vacío. Tiré el cigarrillo sin terminar a la calle y pasé mis piernas hacia adentro. Al pararme y mirar hacia las escaleras, la vi. La silueta negra, como una sombra, estaba en la escalera de la terraza en cuclillas, en la misma posición que la había visto la otra vez. No se distinguía su rostro, parecía tener capucha o una capa. Estaba inmóvil y sé que me miraba. Sentí un miedo casi infantil y lentamente fui caminando de costado hacia los techos vecinos que me conducirían hasta el de mi casa y de ahí iría directamente a mi cama. Creo que llegué demasiado rápido. Ni siquiera recuerdo haber saltado el pasillo que separa el techo de los Domínguez del de don Julio y Elvira. Al pasar frente a la pieza de mi madre, preguntó con voz entredormida: «¿Sos vos?». Le respondí con voz nerviosa y agitada.
Esa noche casi no pude dormir. No podía entender quién era esa mujer que se me aparecía por los techos y tapiales en las noches misteriosamente. ¿Era una mujer? ¿Existía o era solo una alucinación mía? Di vueltas en la cama durante varias horas, me levanté a tomar agua, fui al baño dos veces y creo que me dormí cerca de las seis de la mañana.
Mi madre me fue a despertar cerca del mediodía.
—¿Hasta qué hora vas a dormir, che?
Me tapé la cabeza con la frazada y di media vuelta en la cama.
—Tendría que darte vergüenza a los cuarenta y cinco años seguir viviendo como un vago…
Almorzamos en silencio. En la televisión un movilero del noticiero le preguntaba a una señora en la parada de colectivos qué opinaba sobre las nuevas denuncias de corrupción que había contra el actual gobierno nacional. Yo masticaba pensando que a mis cuarenta y cinco años no podía tenerle miedo a un fantasma. Porque eso era el espectro misterioso que yo veía o creía ver en los techos por las noches. Y si no era un fantasma y era una mujer o un hombre o un pibe o lo que sea, lo tenía que enfrentar y sacarme las dudas. Muy metido en mis pensamientos, saqué un cigarrillo e intenté encenderlo. La mano derecha de mi madre lo hizo volar de un golpe. «Te dije mil veces que adentro de mi casa no se fuma».
Esa noche decidí subir nuevamente al techo. Más que a fumar o a desplegar mi vida contemplativa en soledad y silencio, sentía la necesidad de encontrarme nuevamente con ese espectro y enfrentarlo.
Mi madre se acostó más temprano que de costumbre. Cuando escuché sus primeros ronquidos guardé el atado de cigarrillos en el bolsillo y comencé a subir cuidadosamente al techo. No voy a negar que sentía un poco de inquietud o nerviosismo, pero no podía dejar de hacerlo. Estuve un buen rato en el techo de mi casa. Fumé el primer cigarrillo y me asomé al patio. Vi mis calzoncillos colgados en la soga. El jazmín estaba dando sus primeros pimpollos. Caminaba nerviosamente yendo y viniendo. Pero recordé que la sombra siempre apareció cuando estuve relajado y quieto, en contemplación o con los ojos cerrados. Pasé al patio de don Julio y Elvira. Desde ahí la había visto la primera vez, sobre el tapial trasero del patio. Encendí el segundo cigarrillo y me acomodé en cuclillas. Observé varios techos y tapiales vecinos. El único patio con las luces encendidas era el que estaba debajo de la casa en cuyo techo yo me encontraba mirando. Miré hacia a la derecha, hacia el patio de los Domínguez y todo estaba como tenía que estar: quieto y en silencio. Más allá, hacia el sur, nada extraño ocurría. Todo era quietud y silencio. Pero de pronto la calma se rompió. Juancho comenzó a ladrar en su patio casi desesperadamente y no era por mi culpa. Miré hacia mi derecha, hacia el patio de mi casa, y más allá, vi borrosamente el tapial de la casa de la esquina, la casa de Juancho, que ladraba cada vez con más ímpetu. Agudicé la vista y la vi sobre el tapial lindero, entre mi casa y la de la esquina. Estaba en cuclillas dándole la espalda a la desesperación de Juancho. Parecía no importarle. Solo me miraba a mí. La distancia que nos separaba era el ancho de mi casa y unos metros más. La silueta era tan negra como siempre, no se movía y a pesar de no distinguir su rostro, sabía que no dejaba de mirarme. El ovejero alemán seguía alborotando la noche y pocos segundos después escuché una explosión. Si dudas había sido un disparo de escopeta. Me paré desesperadamente y vi cómo la sombra caía o se deshacía en el aire. No lo advertí bien. Juancho dejó de ladrar. Volví a mi casa casi corriendo y me descolgué a mi patio como si tuviese quince años. Pensé que me encontraría con un cuerpo tirado, herido o muerto. Pero no había nada, al menos en mi patio. Escuché algunas palabras del vecino que intentaba calmar a Juancho. Entré a casa, abrí la heladera y tomé agua a pico de la botella. Pasé frente al dormitorio de mi madre. La puerta estaba cerrada. Pensé que al final y por culpa de la explosión no había podido hacerle frente a quien me causaba tanta incertidumbre por las noches. Nuevamente, me costó conciliar el sueño.

No hubo velorio. No teníamos parientes ni amigos a quien avisarles. Me llamó la atención que siendo la una de la tarde mi madre no me hubiese ido a despertar. Me levanté y fui a la cocina. No estaba. Fui hacia el dormitorio y seguía cerrado. Entré y la vi todavía durmiendo. La llamé dulcemente y no me respondió. La zamarreé y ahora casi le grité y tampoco reaccionó. Minutos después el médico de la urgencia me decía que había fallecido producto de un paro cardíaco. «Murió durmiendo. La mejor muerte», me dijo. Me dio las condolencias.

Nunca más subí a los techos ni caminé por los tapiales vecinos. Ahora, después de cenar, me fumo un cigarrillo tranquilo en la cocina.

14 de abril de 2026

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