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sábado, 7 de febrero de 2026

LOCA

 


Hay una edad en que la sangre hierve en las venas, tiempo en el que no se piensa demasiado en lo que se hace ni se miden las consecuencias —no hay tiempo para ello—, se pierde la noción de realidad y de cordura, y uno se deja llevar como un niño al que le prometen el juguete eternamente deseado. Siempre pensé que eso pasa cuando uno se enamora sin saber siquiera lo que es el amor o lo que ese sentimiento nos deparará en el futuro. Como esos amores que aparecen de repente en una noche después de varios gintonics que ayudan al hervor de la sangre mientras viaja por nuestras venas desde el corazón a los pulmones para oxigenarse.
Esa noche me quedé solo en la barra de uno de los tantos bares del bulevar con la copa ya vacía a la que agitaba suavemente tratando de que los últimos trozos de hielo le sacaran un poco más de gusto a la media rodaja de limón que minutos antes había ayudado a darle el toque perfecto al gintonic. Mis amigos habían querido llevarme con ellos a un boliche bailable de la zona, pero me negué con la fundamentación de siempre: odiaba entrar a esos lugares donde solo se escuchaba música que no me gustaba, odiaba ver gente bailar esa música, odiaba bailar y por sobre todas las cosas sabía que jamás encontraría a la mujer de mi vida en un lugar como esos.
El bar estaba lleno de gente y si me quedé un rato más ahí adentro fue porque entre el bullicio se podían escuchar canciones de U2. Cuando estuve por pedirle al barman el último gintonic que me tomaría esa noche, sentí un golpe en la espalda. Más que un golpe, un empujón que casi me hace caer de la banqueta.
—Perdón, perdón… —suplicó a duras penas una morocha que llevaba en su mano derecha un vaso casi lleno y se apoyó en la barra. No se la veía bien y alguien con el suficiente sentido común hubiese advertido, como lo hice yo en ese instante, que su problema no era más que exceso de alcohol en la sangre… mejor dicho, en todo el organismo.
—¿Estás bien? —vi que no podía mantenerse en pie y le ofrecí gentilmente mi banqueta. Sonrió y apoyó el vaso sobre la barra.
—Es ron… —entendí que quiso decir, ya que la lengua se le trabó y le jugó una mala pasada.
Advertí que de pronto quienes estaban sentados a mi alrededor se fueron y nos quedamos con la morocha en la barra un poco más cómodos. Agarré otra banqueta para mí y pedí el gintonic pendiente.
—Yo también quiero… —me dijo como pudo la morocha mientras sostenía su vaso de ron casi lleno.
—Terminate primero ese y después te invito otro —le dije como para salir del paso.
Mientras el barman acercaba mi nueva copa, la morocha se agachó y previo a tener dos o tres arcadas, vomitó en el piso. Me dio mucho asco no solo por la situación y el olor sino también porque sus fluidos mancharon mi pantalón y mis zapatos. Tuve ganas de putearla, de llamar a alguien para que se la llevase de ahí, para que la sacaran del bar, pero tuve un sentimiento que no podría ahora definirlo y la tomé por los hombros, la incorporé sobre sí misma y la llevé hacia la vereda. Supuse que tomar aire fresco le haría bien. Además, sabía que en pocos segundos vendrían sus amigas o su novio o alguien a buscarla, a ayudarla. No ocurrió así. Mientras la gente nos abría paso entre risas y muecas de asco, yo llevaba casi arrastrando a la morocha hacia la vereda, ante la mirada absorta del barman que advertía que estaba abandonando mi copa intacta sobre la barra.
—¿Con quién estás? —le pregunté mientras la sentaba en una silla plástica que gentilmente me acercó uno de los grandotes que estaba como seguridad en la puerta. Comenzó a reír.
—No me traje el vaso, putamadre…
Alguien me acercó un vaso de agua.
—Tomá, para que se enjuague un poco la boca tu novia. Ah, y este bolso es de ella.
Agarré el vaso, el bolso y cuando intenté explicarle a quien me dio las cosas que ni siquiera sabía quién era la morocha, me encontré con que estábamos los dos solos en la vereda.
—Tomá, enjuagate.
La morocha sorbió un poco de agua, hizo un buche y escupió a un costado.
—¡Qué feo que es vomitar! ¿Me buscás mi copa?
A pesar de que yo había tomado bastante, estaba un poquito mejor que la morocha. Le dije que se tranquilizara, que tome un poco de aire, que le iba a hacer bien y después podría volver a entrar a buscar a sus amigas. Rio.
—¿Qué amigas? Estoy sola…
Abrió el bolso y sacó un pañuelo. Creí que se iba a largar a llorar. Pero se secó los labios, levantó la vista y me dijo:
—Caminemos un rato. Me va a hacer bien.
Tenía ojos negros, muy oscuros, y una mirada muy bella. Era una linda mina que habrá tenido mi edad, pero parecía más grande. No sé si por sus rasgos o por el estado deplorable en el que se encontraba. Se incorporó a duras penas de la silla, me tomó de la mano y comenzó a caminar arrastrándome y canturreando una canción del Flaco: «Vamos al bosque, nena… uu-uhhh».
Creo que no hubiese caminado ni dos pasos a su lado si no la hubiese escuchado cantar. Ese fue el embrujo, esa fue la telaraña que me atrapó y que me decidió a seguirle el juego. Una sirena que me encantó con su fresco canto… debería haberme tapado los oídos… Caminamos por el cantero central del bulevar rumbo a la costanera. Como podía, caminaba y cantaba. Tenía que sostenerla para que no cayera.
—Deberíamos tomar un café —propuso de repente—. Yo pago.
No me pareció descabellada la idea y acepté la propuesta. Todavía los bares del bulevar estaban abiertos y nos sentamos a la mesa de uno, en la vereda. El mozo se acercó.
—¿Y si en vez de café le damos a la birra? —propuso.
—¡No! —fue mi reacción inmediata—. Traenos dos cafés. Dobles y bien cargados —le dije al mozo.
En cinco minutos me atormentó con su charla. Llegó un momento en que deseé que se callara un poco. Comenzó a dolerme la cabeza. Vestía una camisa negra y desabrochó uno de los botones. Advertí que sus pechos eran lo suficientemente grandes como para llamar la atención. Cada vez que llevaba la taza de café a sus labios, sus ojos se clavaban en los míos y sonreía. A medida que pasaban los minutos, la morocha iba recobrando la postura. Ya era hora de averiguar, aunque sea, su nombre.
—Marcela.
Siguió hablando como si nos conociéramos desde la infancia. Yo solo escuchaba y de vez en cuando le dirigía la palabra cuando me preguntaba algo. Lo que jamás me preguntó fue mi nombre. En un momento dado abrió su bolso y comenzó a buscar algo. Revolvió durante unos cuantos segundos mientras sus gestos demostraban preocupación.
—No encuentro mi reloj… ¿Qué hora es?
No le contesté. Solo extendí mi brazo y le mostré mi reloj pulsera para que ella misma viera la hora. Me tomó la mano y observó casi con admiración mi reloj.
—¡Qué hermoso!
Me hizo un gesto para que se lo prestara, para verlo mejor. No sé por qué se lo di. Estuvo varios segundos mirándolo, alabándolo, y lo apoyó en la mesa. No lo recogí en ese momento, no le di importancia, y la conversación —¿o monólogo?— continuó un buen rato mientras comenzaron mis ganas de ir al baño. Mucho líquido comenzaba a hacer estragos en mis entrañas. El bar estaba lleno; en la vereda también estaban todas las mesas ocupadas e inclusive había gente de pie que esperaba que se desocupara alguna. De repente Marcela agarró mi reloj, se lo puso en su muñeca izquierda, tomó su bolso, se paró y me dijo «Vamos». Y salió casi corriendo hacia el puente.
—¡Pará, loca! ¡Hay que pagar!
—¡Que pague otro! —gritó y siguió su camino apresurada. Si ella no hubiese tenido mi reloj, juro que me hubiese quedado en el bar a tomarme una cerveza, pero no podía dejar que se lo llevara. Suponía que no me lo iba a robar. Era evidente que quería que la siguiera.
—¿Se van? —me preguntó una chica que esperaba la mesa junto con una amiga.
—Sí —le dije—. Haceme un favor —saqué un billete de quinientos pesos de mi billetera y se lo di a la piba, que me miraba asombrada—. Pagale al mozo, seguro que sobra algo... Confío en vos —y salí corriendo detrás de Marcela.
La alcancé como a las dos cuadras. Se reía con ganas y caminaba para atrás dando saltitos. Se sacó el reloj y me lo devolvió.
—Me da mucha adrenalina irme de un bar sin pagar… —dijo entre carcajadas.
No le dije que había dejado el dinero. Se la veía feliz en su papel de pequeña delincuente.
Cuando llegamos a la costanera, nos sentamos frente a la laguna. Me dijo que era un tipo bueno, buen mozo y que tenía onda conmigo. Me insinuó sus pechos y me dio un beso en la mejilla. Yo estaba como inmovilizado, no sabía cómo reaccionar ni qué decir y sentí unas ganas desesperadas de orinar.
Volvió a revolver en el interior de su bolso y ahora sí sacó algo que no alcancé a ver bien qué era.
—Hagamos un pacto —me dijo.
La miré ya con un poco de temor. Desenvolvió un pequeño objeto y me lo mostró: una hoja de afeitar.
—Un pacto de sangre…
Estábamos sentados casi tocándonos brazo con brazo y me alejé unos centímetros.
—¿Qué hacés? ¿Estás loca? —le reproché.
—¿Tenés miedo?
—Ni siquiera te conozco y me estás invitando a hacer un pacto de sangre. Estás totalmente loca…
Mis ganas de orinar se hacían cada vez más insoportables y no veía en esos momentos otra salida que hacerlo ahí, en la laguna, delante de Marcela. No había otra opción. No aguantaba más.
—Yo no tengo miedo. Esto es valor, coraje… —se llevó la hojita de afeitar hacia una de sus muñecas.
—¡Dejá de boludear, ¿querés?!
Comenzó a reír y yo sentía que me orinaba encima. Quería estar en otro lado, en el boliche con mis amigos, bailando la música que no me gustaba. Pero no ahí, con esa mina que se quería cortar las venas y me invitaba a hacerlo. Maldije haberme quedado solo en la barra tomando el gintonic, con la sangre en las venas hirviendo. Marcela pasó suavemente el filo de la hojita de afeitar sobre su antebrazo y apenas se rasguñó. Después se lo llevó a la mejilla y la hundió con más fuerza. Vi la sangre. Intenté sacarle la hojita de afeitar pero mi vejiga casi explotó con mi movimiento. Luego el tajo fue en su pecho, en el medio de sus tetas. Ver la sangre en su cara, en su cuerpo, comenzó a descomponerme. Marcela reía a carcajadas en un baño de sangre y yo estaba inmóvil, a punto de orinarme encima. Se llevó el filo hacia su cuello, hacia la yugular y le grité como loco que no lo hiciera, y cuando intenté sacarle la hojita de afeitar, se me abalanzó para cortar mi cara y ahí sí me oriné. Grité. Grité como un loco mientras sentía el líquido tibio entre mis piernas.
Grité tan fuerte y fue tan grande mi desesperación que me desperté. Con las sábanas mojadas y calientes.

30/08/2020 
(después de escuchar 
“Polaroid de locura ordinaria” 
De Fito Páez)

jueves, 1 de enero de 2026

LA VENTANA


Esquina de 9 de Julio y Santiago del Estero (Santa Fe) 01/01/2016

Escribir al menos para eso, para eternizar algo pasajero.
(«Sobre héroes y tumbas», Ernesto Sabato)

Cuando la vi, vinieron a mi mente —escalofrío mediante—, las imágenes que tenía guardadas de Alejandra y de Martín. No sé por qué, o sí, lo sé: esa pared gastada, muy vieja, olvidada, color sepia —sin la ayuda de tecnología alguna—, me hizo pensar en el mirador de la vieja casa de Barracas. Las persianas herrumbradas y entreabiertas, la reja trabajada como ya no se las fabrica más, también oxidada, descuidada, enmohecida. Las hojas de la puertaventana con los vidrios repartidos y sucios, alguno más viejo que otro, la banderola en la parte superior y su moldura de estilo. Debo haber dado una imagen sospechosa al haberme quedado parado frente a esa casa, con el cuello inclinado a cuarenta y cinco grados y la mirada absorta, perdida en esa vieja ventana, pero no en su imagen, en esa cerrazón que no impidió que mi imaginación volara y penetrara muros infranqueables.
El interior se veía oscuro y no pude dejar de imaginarme a una muchacha recostada en su cama, los ojos cerrados pero que supe hermosos, cabellos negros con reflejos rojizos, con sus piernas largas encogidas, descansando profundamente; y un pibe inocente, aparentemente menor que ella, sentado a su lado, mirándola, deseándola como una bestia desesperada, pero sabiendo que ella era un ser divino inalcanzable. Imaginé que yo era Martín y que Alejandra era un sueño loco y peligroso que estaba dispuesto a enfrentar. Sentí en pleno verano santafesino el frío húmedo del otoño, como si una llovizna acariciara mi barba entrecana y contemplé esa imagen hermosa de dos seres casi juntos, en la misma cama, pero tan lejanos a la vez. Escuché en el interior de la casa, quizás en la habitación contigua o en un comedor de la planta baja, el lamento de un clarinete: notas desarticuladas y obsesivas. Imaginé a un viejo centenario de ojos vidriosos balbuceando palabras casi ininteligibles que recordaban a la Legión huyendo hacia el norte con el cadáver hediondo de Lavalle, pudriéndose… La habitación estaba oscura, apenas iluminada por la luz de una vela a punto de acabarse, y caminé lentamente por sus pisos gastados. Al intentar salir de la habitación observé una escalera caracol metálica que me conduciría seguramente hacia el autor de la triste melodía, pero dudé en ir en su búsqueda. Estaba en muy mal estado y con varios escalones rotos. Además, la escena de Martín y Alejandra me deslumbraba, nunca había visto una imagen tan desgarradora y amorosa a la vez. Como un cuadro expresionista. Ella, de apariencia tan angelical, inmersa en sueños que imaginé tenebrosos; y él, lánguido, triste, observándola, esperanzado en un amor que no podía ser.

El bocinazo de un colectivo de la línea 2 me hizo volver a la realidad y me sentí ridículo, allí parado, inmóvil, sobre la vereda de calle 9 de Julio, en la esquina con Santiago del Estero, observando la ventana de una vieja casa que había advertido segundos antes, al mirar sin saber por qué hacia arriba, al azar.

lunes, 10 de noviembre de 2025

CULPABLE

Paisaje isleño santafesino.

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A los vagos…

Llegué a casa desencajado. Dos días atrás me había ido al río con mis amigos y no debería haber vuelto sino hasta el domingo. Por lo que ni Lucía ni ninguno de mis hijos me esperaba ese viernes por la tarde. Abrí con mi llave y entré sin decir nada. Lucía escuchó el ruido de la puerta y pegó el grito: «¡¿Quién es?!». Me limité a tartamudear un «soy yo» para tranquilizarla y me metí en el baño antes de que me vieran y sin siquiera saludar.
Yo se lo había dicho a los muchachos: no lleven las armas, déjense de joder. Pero no, siempre son los mismos boludos que se creen que porque se van a pescar al río van a vivir una historia de vaqueros, pero con los pobres pájaros, que qué puta de culpa tienen de que a los hombres les guste demostrar su puntería. Y las llevaron. No una cada uno porque si no ya hubiese sido el far west. Federico, Mateo y Gonzalo fueron los únicos imbéciles. Y uno siempre se predispone... y ese miércoles, cuando ordenábamos las cosas en la lancha y los vi con las pistolas y la escopeta, se me fueron hasta las ganas de pescar. Intenté persuadirlos para que no las llevaran y me contestaron, medio en joda y medio en serio: «¿No escuchás las noticias, vos? Hay una banda en el río que se dedica a asaltar y a matar pescadores deportivos». Cuando escuché la palabra «deportivos» casi me reí pero me contuve. Además, tenían razón. Días atrás habían asesinado a tres pescadores aficionados en una isla de El Biguazal y no era joda. No tuve otra opción que callarme y aceptar la compañía —para mí nunca agradable— de las armas de fuego.
Lucía corrió preocupada hacia el baño. «¿Qué pasó? ¿Qué tenés? ¿Estás descompuesto? ¿Por qué volviste hoy?», y no sé cuántas otras preguntas más me habrá hecho en ese momento ya que no la escuchaba, y la tranquilicé con un «me estoy cagando» desagradable, como para que me dejara en paz al menos por un rato. La reacción no se hizo esperar: «Siempre el mismo ordinario... ¿Por qué no te quedaste con tus amigotes —palabra que destacó despectivamente— un mes más en ese río?» y se alejó, cosa que deseé desde el principio. Mi mente estaba a punto de estallar. A pesar de no tener ganas de dar rienda suelta a mis necesidades fisiológicas, me senté igual en el inodoro y me tomé la cabeza con las dos manos. Cerré los ojos y tuve ganas de morir. ¿Cómo iba a hacer para salir adelante después de lo ocurrido? ¿Con qué cara podría salir de ese baño y mirar a mis hijos a los ojos? ¿Qué explicación le daría a Lucía? Jamás había sentido una sensación semejante. Tenía el estómago revolucionado y las ganas de vomitar eran cada vez más. Me largué a llorar. Siempre fui un tipo recto, jamás me mandé alguna macana y no porque no lo hubiese podido hacer sino porque no soportaría que alguien me lo echara en cara. Jamás me quedé con un centavo ajeno. Jamás acepté algo que no correspondía aceptar. Siempre actué teniendo en cuenta a mis hijos, el buen ejemplo... Y ahora esto... ¿Cómo les voy a explicar lo que pasó? El mundo se me vino encima. Mi conciencia, siempre tranquila, no encontraba ahora la paz perdida. ¿Qué mierda pasó por mi cabeza en esos segundos? No me alcanzaba el tiempo para pensar en lo que tenía que pergeñar para justificarme, o directamente no encontraba justificación a mis actos terriblemente absurdos, esos que uno ni siquiera en sueños los comete porque su otro yo no se lo permite. Jamás la maldad o el odio o la injusticia habían sido mis aliados. Y ahora, conspirados, me habían abordado como piratas. Suponía la preocupación de Lucía y la confirmé cuando a los veinte minutos golpeó la puerta del baño y preguntó casi con miedo si estaba bien. No tenía ni siquiera ganas de contestarle, no tenía ganas de pensar que estaba en mi casa, hubiese preferido estar en Rusia, en Bosnia, en Irak o en alguna de las conflictivas fronteras de Israel. No quería pensar que detrás de esa puerta estaba Lucía, que estaban los chicos esperando ver si les había traído algún pescado, como se lo había prometido. Pescados... «Estoy mejor», dije para tranquilizarla un poco y poder estirar el tiempo hasta el infinito. «Me voy a bañar». Lucía ni siquiera pensó sus palabras, sé que les salieron bien de adentro: «Hubieses podido saludar primero... ¿O tenés algo urgente que lavar...?», terminó diciendo irónicamente. Toda pesca era causa de pelea con la mujer. Los hombres éramos conscientes de ello, sabíamos que una semana antes de partir deberíamos aguantar la cara de bronca y el reproche previsible del «Claro, total me dejás cinco días a mí sola con tus hijos —el posesivo bien remarcado—; andá tranquilo nomás, hacé tu vida...». Y sabíamos que después de tres o cuatro días del regreso los ánimos se calmaban... hasta la próxima pesca. Era como un deporte. Deporte como la pesca, que para mí había pasado a ser mi sentencia definitiva.
A las cuatro de la mañana de ese viernes Federico, Mateo, Gabriel y Toti se subieron a la lancha y fueron a recoger las redes que habíamos tirado en el cruce del río Colorado con un riacho. Nos quedamos en el campamento con Gonzalo tomando vino y escuchando música de la radio, con la sola luz de una pequeña fogata que en cualquier momento se apagaba. No había luna; en el cielo las estrellas realmente eran infinitas. El silencio era interrumpido por los siempre desconocidos y misteriosos ruidos nocturnos de la isla. Como a los diez minutos escuchamos en la costa, que estaba a unos treinta metros del campamento, el ruido de unos remos revolviendo el agua. Nos miramos y el hijo de puta de Gonzalo no tuvo mejor idea que preguntarme: «Che, ¿no serán los asesinos del río?». El escalofrío casi me mató. Gonzalo tenía realmente cara de estar aterrado. Como enloquecido, tiró una frazada arriba de la fogata y la apagó. Ahora sí que no veíamos más nada. Más que ver, imaginábamos lo que podía estar frente a nosotros. «¿Serán?», volvió a insistir Gonzalo con marcada preocupación. Y no sé por qué —quizás el instinto de supervivencia— le pregunté: «¿Tenés la pistola?». Creo que intentó mostrármela en medio de la oscuridad absoluta. «Sí», murmuró. Nada se escuchaba. El ruido de los remos ya no se oía, señal de que ya habían llegado. De repente, pasos en los yuyos, ruidos de pajonales. «Nos van a matar», dijo en voz muy baja pero desesperadamente Gonzalo y yo casi me orino encima. Me hice el valiente y ante la absurda e inesperada cobardía de mi compañero le pedí la pistola. Temblando, me la dio. Ni siquiera sabía cómo apretar el gatillo, pero la tomé entre mis manos y grité con toda mi bronca: «¡¿Quién está ahí?! ¡¿Son ustedes?!». Tenía la esperanza de escuchar la voz de Federico, de Mateo, de Gabriel o de Toti, para que me tranquilizara definitivamente, pero no fue así. Alguien gritó palabras que no entendí y tampoco conocí el tono de la voz. Nadie conocido era. Y se lo notaba nervioso. Apunté hacia la voz porque no veía nada. Juro que me temblaba hasta el último de mis cabellos, pero no dudé en volver a gritar «¡¿Quién está ahí?!». Nadie respondió ahora. Y volví a escuchar el ruido del pajonal. Era evidente que alguien se acercaba. Agarré la linterna y apunté hacia delante. Dos sombras se arrojaron al piso y una tercera dudó en hacerlo. Como no se habían identificado, el terror me invadió y disparé. No una sino cinco veces. Y con cada fogonazo advertía cómo la sombra recibía los impactos y lentamente se iba desplomando. Gonzalo gritó alegremente «¡Le diste, le diste!», y en mí el terror se avivó, no solo por haberle pegado a alguien sino por haber gatillado un arma, algo que jamás había hecho. No supe qué hacer. Gonzalo de repente se largó a reír y recuerdo que lo puteé. ¿Qué gracia le podía causar ver caer a un tipo con cinco disparos en su cuerpo? Yo sabía que todavía quedaban dos, pero no sabía qué hacer. Advertí por los ruidos que otro de los desconocidos se movía. Estaba muy loco y volví a gatillar reiteradas veces. Recién ahí me di cuenta de que en el cargador ya no quedaban proyectiles. Y sentí un quejido. Le había pegado seguramente a otro, pero no había forma de corroborarlo. La oscuridad era absoluta. De pronto Gonzalo me dijo que fuéramos a ver y agarró una linterna. Le dije que todavía quedaba uno pero me dijo que no importaba, y con una valentía inesperada en él, salió corriendo hacia el lugar donde yacían las víctimas. «¡Vení, pelotudo!», gritó de pronto con desesperación y hacia allí corrí. La linterna alumbraba la cara aterrada de Gonzalo y me dijo «mirá». Recuerdo que salí corriendo y gritando. Dos o tres árboles interrumpieron mi desesperada huida. Caí muchas veces, pero seguí corriendo sin control. Todavía no sé cómo llegué a mi casa luego de catorce o quince horas de lo sucedido.
A los cuarenta minutos Lucía insistió. «¿Querés que llame al servicio de emergencias?». Mi respuesta fue negativa. Nada físico me pasaba. Si a alguien necesitaba era a un siquiatra. No sabía qué hacer. Perdería seguramente el trabajo. Pero eso no era nada comparado a los años que sabía que me iban a dar. De ocho a veinticinco años de cárcel. Siempre y cuando los cinco disparos en el pecho no fueran interpretados como alevosía. Perpetua... Me imaginaba frente al juez, frente al fiscal, veía mi nombre en la crónica diaria de los pasquines de la ciudad, que darían rienda suelta a su morbosidad, a la increíble noticia de que un empleado del Poder Judicial se había convertido en un asesino, algo que siempre había combatido desde su escritorio. Y Lucía y mis hijos detrás de esa puerta esperando que diera la cara, que los saludara, que les mostrara el surubí prometido...
La impresión fue muy grande. Tan grande que hoy no puedo salir de aquí ni con la ayuda del más experto penalista. Ni del mejor médico. Qué sé yo qué dijo el forense en su informe; ¿habrá tenido compasión por mi condición de empleado judicial? Luego me vieron tres médicos de la Corte. No sé qué habrán dicho, pero lo que sé es que no fui a la Alcaidía. Ahora estoy rodeado de gente que no comprende mi historia, por más que se las repita día tras día. ¿La comprenderé algún día yo? ¿Me comprenderá alguien algún día? Estoy vivo porque Lucía rompió la puerta. Minutos antes había decidido terminar con mi vida metiendo la cabeza en la bañera llena de agua. Me sacó casi inconsciente y el médico del servicio de emergencia me salvó por escasos segundos. Pero según parece no quedé muy bien. Algo en mi mente está fallando. Seguramente no es por la asfixia sufrida sino por el shock que me provocó ver a Federico tendido en el suelo, a pocos metros de la costa, con su cara manchada de sangre, muerto.
Nada ni nadie podrá quitar de mi alma la sensación de haber matado a mi amigo, a Federico, el imbécil que quiso llevar las armas por las dudas nos atacaran los asesinos del río. Jamás en mi vida persona alguna podrá borrar de mi mente la imagen de Federico con sus ojos abiertos perdidos en el infinito, tirado sobre el pajonal. Todas las sensaciones dieron vuelta por mi cabeza desde el momento en que salí corriendo del campamento hasta que hundí la cabeza en la bañera, dispuesto a terminar con mi vida. La desesperación fue absoluta: había matado a uno de mis mejores amigos y no sabía qué explicación daría a Lucía —mi eterna jueza—, a mis hijos —mis eternos guiados—, y a la sociedad toda, a quien debía obedecer y respetar según la educación en mí inculcada. Ya nada era igual. Perdí un amigo, perdí una familia, perdí mi trabajo, perdí mi honor, mi libertad, mi razón... Ya nadie podrá hacerme volver a mi estado anterior de felicidad. Ni siquiera Federico, que apareció al día siguiente de su muerte, en el sanatorio, muy alegre y me dijo que todo había sido una joda, que ya todo había pasado, que las armas tenían nada más que balas de fogueo. Pero yo no le creí. Yo sé que él me miente para que yo me sienta bien, para que no me sienta culpable... pero sé muy bien que lo maté.

domingo, 2 de febrero de 2025

EN EL HOSPICIO



Me habla, me mira fijamente a los ojos y mueve los labios con lentitud. Yo entiendo. Pero no, no entiendo. Ella dice que yo me llamo así pero no sé realmente cómo me llamo. No sé desde cuándo estoy acá, con toda esta gente. No somos muchos, pero nos llevamos bien.
—Guillermo —me dice que me llamo—. Gui-ller-mo. ¿Entendés?
Le sonrío pero no entiendo quién es Guillermo. Meneo la cabeza y sacudo un poco mi cuerpo como festejando mientras ella silabea ese nombre. Tengo frío. Siempre tuve frío en este lugar aunque tengo puesta ropa de abrigo: pantalón largo y pulóver. Quizás andar descalzo no sea lo recomendable.
—¿Entendés, Guillermo? Yo soy Marina y te estoy cuidando.
Asiento con la cabeza y le sonrío. No entiendo pero quiero que vaya a hablar con otro. Que me deje tranquilo un rato. ¿Quién carajo será Guillermo? ¿Y por qué Marina me cuida?
Con mi indiferencia logro que se aleje un rato. Ahora se dirige hacia una mujer que vive con nosotros. Mirta se llama. Tiene cara de sufrida. Yo de vez en cuando hablo con todos y ellos me cuentan su vida. No sé si dicen la verdad o no. Me parece que a ninguno le funciona bien el mecanismo acá adentro y seguramente mienten. Pero no lo hacen por malditos, lo hacen para divertirse. Y yo también me divierto. Para colmo, casi ni hablo. Si ni sé cómo me llamo y no me acuerdo mucho de mi vida ni por qué estoy acá. Guillermo dice esta mujer que me llamo, pero no sé.
Con Mirta no hablo mucho, pero la primera vez que lo hice me contó su historia. Y la repite cada vez que estoy con ella. Pobre… No la debe haber pasado bien. Al menos ella me dijo que sufrió mucho cuando el Juan Carlos cayó en cana. Ella sabía que andaba en algo raro pero nunca le había preguntado. Lo confirmó cuando lo agarraron y lo metieron preso. No me acuerdo qué hizo, pero Mirta me dijo que estuvo tres años a la sombra. Lo recuerdo bien. Yo la miraba sin pestañear y no le decía nada. «¡Preso! ¡Estuvo preso!», me dijo casi gritando porque yo la miraba y no hacía un solo gesto. Entonces le sonreí. Y me contó que ella sola no podía vivir y que al año y medio de que al Juan Carlos lo encanaron, se metió con Francisco. Debió haber sido linda Mirta en su juventud. Yo la seguía mirando y esperaba que continuara su historia. «¿Y sabés qué?», me dijo. «Volvió». Pero me dijo que ella ya estaba con Francisco y lo mandó a pasear al Juan Carlos. Se fue amargado y cree que siguió en la joda, porque seguía choreando. Francisco no conocía el pasado de Mirta y cuando lo supo, la dejó. Se quedó sola en la vida. Ella, como yo, tampoco sabe por qué está acá.
Estamos todos ahora en un salón grande, blanco, frío. Las ventanas dan a un jardín. Es de día y el sol afuera brilla sobre los naranjos. Creo que son naranjos. O mandarinos. ¿O serán toronjas esas pelotas anaranjadas que cuelgan de las ramas? Miro apoyando la nariz contra el vidrio que se empaña.
—Guillermo…
Alguien habla a mi espalda. Una voz dulce de mujer. Me doy vuelta sin estar seguro de que me habla a mí y se presenta: «Soy Ana». Le sonrío y vuelvo mi cuerpo hacia el salón. Ella, un poco acelerada, me dice que quiere bailar. Yo no sé bailar. Nunca bailé. Ana empieza a dar vueltas sobre sí misma, sonriendo y alzando los brazos. Yo siempre la veo sola, pero feliz. «Soy un hada», me dice y me toma de las manos. Quiere que baile con ella. Me quedo duro. «Juguemos entonces». Me lleva hacia el centro del salón y se sienta sobre una alfombra donde hay unos cubos plásticos. Coloca uno arriba del otro y se encierra en sí misma. «Hoy tampoco quiero dormir…», escucho que murmura mientras me alejo lentamente hacia una de las puertas que da al patio.
La puerta está abierta a pesar del frío. Quien quiera pasear por el jardín, puede hacerlo. Aprovecho que Ana se olvidó de querer bailar conmigo y salgo. Arranco del árbol una naranja… o mandarina… o toronja, ¿qué sé yo qué es? Decido comerla y empiezo a sacarle la cáscara con la mano. No es tan fácil. Se me acerca un gordo petiso un poco mayor que yo. Lo intuyo porque está muy desmejorado. Yo hace mucho que no me veo en el espejo pero creo que tengo mejor aspecto que él. Me apunta con su dedo índice y levanta el pulgar, simulando tener un revólver.
—¡Pum! Estás muerto —me dice mientras lo festeja. En la otra mano lleva un cigarrillo encendido que no fuma.
No sé cómo reaccionar y me paralizo. Muerto no estoy. Pero él cree que me mató. ¿Me tendré que tirar al piso y fingir para que no se enfade?
—Si no mueres, te arrancaré de a una las uñas de las manos.
Instintivamente convertí mis manos en puños y me dio un escalofrío horrible al pensar en el dolor. No suelo ver a este hombrecito muy seguido, quizás no vaya a ese lugar todos los días. No sé cómo se llama. Tiene mala cara. Pero no porque él esté mal sino porque seguramente hace o hizo alguna vez el mal.
—O te pondré una bolsa de nailon en la cabeza…
Retrocedo mientras se me viene encima.
—O puedo quemarte con mi cigarrillo… ¿Qué preferís? —me increpa casi gritando.
Sigo retrocediendo ahora más asustado, trastabillo y me caigo de culo. El hombrecito se me aproxima lentamente con el cigarrillo encendido dispuesto a apoyármelo en alguna parte del cuerpo. La piel de mi cara y mis manos son las únicas partes libres que tengo. Con una de mis manos sostengo la naranja a medio pelar. Me tapo la cara con la otra con desesperación porque lo tengo casi encima.
—¡Juan! ¿Pero qué hace, Juan? ¿Está loco? —dice Francisca mientras lo toma por la espalda y lo aleja de mí hacia otro lado del jardín.
—¡Quiero morir! ¡Quiero morirme! —grita Juan mientras es arrastrado por Francisca. Me reincorporo rápidamente y decido ir hacia adentro a bailar con Ana. Es preferible. Pero Francisca me llama con un grito. Acaba de dejar sentado a Juan en uno de los sillones de plástico que hay en el jardín y se me acerca a paso ligero.
—Discúlpelo, Guillermo. Pero Juan tuvo una vida un tanto complicada.
Me dijo Guillermo, como Marina, que me quiere hacer comprender que me llamo así.
—Aparentemente hizo mucho mal durante su vida y ahora no ve otra salida que seguir haciéndolo o matarse. Nadie lo quiere acá. Y afuera tampoco. Hay que temerle, está medio loco.
Le sonrío y sigo pelando la fruta con dificultad. Francisca está parada a mi lado y me observa. Yo de reojo la miro a ella y me parece una linda mujer. No es joven. Nadie es joven acá adentro, pero se ve que alguna vez fue linda. Termino de pelar la fruta, la parto y le ofrezco la mitad a Francisca como un modo de agradecerle que me haya sacado de encima a Juan. La acepta y ambos nos llevamos las mitades a la boca. Al mismo tiempo escupimos y nos quejamos por el asco que nos dio. «¡Son toronjas!», dijo ella y nos largamos a reír con ganas.
Me tomó de la mano y caminamos por el jardín. En silencio. Yo no hablaba casi nunca y ella parecía respetar mi silencio. Me hizo un ademán con una sonrisa cómplice para que mirase al costado. Un hombrecito diminuto, vestido con pantalones muy anchos, camisa estrafalaria y galera intentaba sacar algún sonido de un viejo saxo en mal estado.
—Se llama Gaby. Cree que vive en un circo —me dijo Francisca.
—Pierrot… —murmuré sin ánimos de que me escuchara.
—Sí, un payaso… Y a veces cree que es invisible.
Seguimos caminando de la mano rumbo a ningún lado. Francisca era una dulce compañía y no sé si me hablaba a mí o pensaba en voz alta circunstancias de su vida pasada. Decía que los hombres eran todos iguales pero que los peores eran los viejos. «¡Viejos verdes!», se quejaba. Yo no entendía pero no decía nada. Meneaba la cabeza y seguía su rezo en voz muy baja. «A mi hijita le gustaba correr por el monte y juntar flores en su canastita». Tenía la vista perdida en el infinito. Clavada en el cielo. O en su alma. De repente alzó la voz: «¡Deje quietas sus manos de una vez, señor!» e hizo un ademán como para sacarse de encima a alguien. Después dijo entre dientes algo que no entendí muy bien pero fue algo así como que el dinero le hacía falta para ser feliz con su hijita, por eso trabajaba. Pero no los lunes. Los lunes se divertía. Yo solo la miraba porque no sabía si me hablaba a mí o si estaba rezando. Y recordaba que me había dicho Guillermo. Yo no soy Guillermo… ¿O sí?
Luego de dos o tres minutos de caminar en círculo alrededor de una fuente que no funcionaba, pasaron corriendo dos hombres desaforadamente. Uno pedía auxilio y miraba desesperado a su perseguidor que le gritaba «¡Amigo! ¡Amigo! ¡No te vayas!». Lloraba desconsoladamente y llevaba una flor en su mano. Francisca soltó mi mano y se fue sin decir nada hacia el salón. Me quedé mirando a los dos hombres que no dejaban de correr ni de gritar. Estaba absorto.
—Estos dos están locos —me dijo una mujer menuda, rubia, de ojos saltones y labios muy pintados mientras se me acercaba.
Mi única respuesta, como siempre, fue una sonrisa. La mujercita se paró a mi lado y continuó su monólogo:
—El de adelante, Sebastián, cree que es Jesús. No sé. Siempre anda mostrando sus manos y dice que las heridas sangrantes que tiene se las provocaron cuando lo crucificaron en la cruz. Nunca nadie le vio las heridas…
La mujercita no me miraba. Hablaba como si se estuviese dirigiendo a un auditorio inexistente, con voz afectada.
—Y al que lo corre le dicen Pototo. No sé cómo se llama. Dice que tiene miedo de quedarse solo y por eso lo sigue constantemente. Sebastián huye y pide ayuda. Pototo lo sigue y le dice que sean amigos, que no lo deje solo. Todos los días es así. Siempre igual…
Me animé a interrumpir su relato.
—¿Le quiere regalar una flor?
La mujer meneó la cabeza y me dijo que para Pototo la flor era vida y que se la quería dar a Sebastián como un símbolo de paz y amistad. Dijo que Pototo estaba loco porque aseguraba que si los amigos se separaban, la soledad era inevitable. Y sin amigos prefería morir.
—¿Y por qué se escapa Sebastián entonces? —insinué.
—Porque como cree que es Jesús, no quiere que lo crucifiquen otra vez. Se ve que alguien lo traicionó y se lavó las manos. Se quiere salvar de una nueva traición. Quizás piense que Pototo lo traicionará.
Me invitó a caminar a la par. A diferencia de Francisca, no me tomó de la mano. Alicia. Me dijo que se llamaba Alicia y que siempre había vivido al revés del mundo. «Quizás por eso estoy aquí», dudó.
—Yo vine por propia voluntad acá. Acá me cuidan. Afuera está el peligro. Allá quieren volver los que van a acabar con el mundo. Hay que estar preparados y prender velas para que la suerte nos ilumine. No nos pueden vencer.
Yo no entendía de qué me estaba hablando y le pregunté:
—¿Quiénes quieren acabar con el mundo?
—¡Ellos! —me gritó—. Ya se acabó esa vida de cuentos en la que fingíamos ser felices… —dio media vuelta y se fue dejándome confundido.
No supe qué hacer. Nunca supe por qué razón yo estaba entre toda esa gente que parecía no estar en su sano juicio. Cada uno tenía su historia, incomprensibles algunas, otras no tanto. Yo les conocía sus nombres y a mí me decían Guillermo y no tengo idea si soy o no soy Guillermo. ¿Y si no quién soy?
Se me acercó Marina.
—¿Disfrutando el fresco y el aire libre, Guillermo?
Le sonreí. Me invitó a ingresar al salón. Seguramente vio que comenzaba a temblar y se imaginó que yo tenía frío. En realidad, desde que estoy acá, que no recuerdo cuánto hace, nunca dejé de tener frío. Es como si viviera eternamente adentro de una cámara frigorífica. Marina pasó su brazo izquierdo por mi espalda y apoyó su mano en mi hombro derecho. Me dirigía. Se nos acercó una mujer muy linda, de unos cincuenta años más o menos. Balbuceaba y aparentemente le quería decir algo a Marina. No se le entendía nada a la pobre y vi cómo le comenzó a colgar un hilo de baba de su boca.
—Ella es Ludmila —me dijo Marina—. En su vida se entregó al amor sin reparos, ciegamente, casi irresponsablemente, y lo sufrió. Terminó sola y abandonada la pobre…
Un flaco alto y canoso daba vueltas en el medio del salón con los brazos extendidos. Como si estuviera volando. Supuse que era feliz o que intentaba serlo. Se lo señalé a Marina con un gesto.
Fermín, él es Fermín. Es feliz dando vueltas y más vueltas. Cree que vuela y que al final de su vida lo vendrá a buscar un pájaro, una gaviota dice, que lo llevará a descansar al mar.
La miré sin entender.
Marina acercó una silla a una mesa donde se encontraban sentados dos hombres, aparentemente cada uno en su mundo. Me invitó a sentarme allí y se fue hacia otro sector del salón.
El que parecía ser mayor en edad era robusto y vestía un enterito de jean al estilo jardinero. Tenía puesto un sombrero de paja de ala ancha. Le observé sus manos grandes, callosas. Imaginé que en su vida pasada esas manos habían sido un instrumento fundamental de supervivencia.
Baltazar —me dijo mientras me extendía la mano derecha a modo de saludo.
Se la estreché devolviendo el gesto y sentí un apretón fuerte de una mano gigantesca y pesada al lado de la mía, y muy áspera. No supe cómo presentarme y le dije lo que me pareció más conveniente en ese momento y en ese lugar:
—Guillermo… Un gusto.
—Disculpe usted si mis amigos lo molestan.
No entendí. Miré al otro hombre y parecía estar durmiendo. Nadie cerca nuestro interrumpía nuestra tranquilidad.
—Ellos siempre están conmigo. Desde que abandoné el campo del patrón, ellos me siguieron. Estos caballos, estas vacas —decía mientras movía sus brazos como mostrándome algo que yo no alcanzaba a ver—, las gallinas, los gorriones y las mariposas blancas son quienes le dan sentido a mi vida. Sin ellos no podría seguir.
Me encogí de hombros y no dije nada. No creí conveniente preguntarle dónde estaba toda esa fauna. De repente, el segundo hombre pareció despertarse de un sueño profundo. Me miró y me tomó fuerte de mi brazo derecho.
—¿Sabe usted por qué dicen que estoy loco?
Sus ojos querían salirse de órbita. Su mirada era fulminante.
—La sociedad me hizo así. No fue mi culpa. Yo siempre fui un buen tipo, bonachón, demasiado. Siempre viví pensando en los demás, en hacer feliz al otro, en dar todo lo mío sin pretender nada a cambio. ¿Y cómo me pagaron?
Yo no sabía si realmente estaba esperando una respuesta de mi parte o hablaba de esa manera para darle fuerza a sus palabras. Estuve a punto de decirle que nadie estaba loco en ese lugar pero siguió hablándome, creo que sin mirarme.
—«Miguel, te volviste loco», me decían constantemente. Yo no entendía qué era lo que estaba haciendo mal. Mis padres me enseñaron que debía ser generoso y no negar el amor a nadie… ¿Pero sabe qué? ¡Me lo creí! ¡Sí, me lo creí y me despellejaron!
Mientras hablaba apretaba cada vez más fuerte mi brazo y luego de terminar su discurso, aflojó. Me compadecí de Miguel, sentí pena. Y para que no se sintiera solo le conté que yo podía seguir viviendo ahí gracias al amor de mi vida. «Cadenet», le dije y está siempre a mi lado.
—Quizás usted no la vea. Incluso yo muchas veces no la veo. Pero está conmigo cuando yo quiero, cuando la deseo. Se despierta a mi lado, desayunamos juntos, hablamos mucho. ¿Vio los animalitos que acompañan a Baltazar? Bueno, yo tengo a Cadenet.
Marina se paró en el medio del salón, pidió atención con un par de aplausos y con su voz tranquila y maternal anunció que el horario de recreación había terminado. Se me acercó y me extendió su mano suave. Me paré lentamente y sonreí a mis compañeros de mesa que me saludaron con un ademán. Marina me dio un vaso y puso una pastilla sobre mi lengua. La tragué y bebí el agua natural. Lentamente fui abandonando el salón frío mientras el bullicio de los demás iba desapareciendo, se hacía más lejano. Marina me ayudó a ingresar a la pieza, blanca, más fría que el salón, me acostó sobre una cama y me tapó hasta el cuello. Luego de un «buenas noches, que descanse, Guillermo», apagó la luz. Salió de la pieza y cerró la puerta con llave.

miércoles, 1 de enero de 2025

EN EL BAR DE LA FLACA


Hacía mucho que no me pasaba. Pero esa noche hacía calor, estaba aburrido y decidí salir a tomar aire. O alcohol, daba lo mismo. Había estado todo el día lidiando en casa con insignificantes asuntos hogareños que lograron moverme de mi tranquilidad habitual. Y como mi estado de ánimo natural lejos está del nerviosismo, decidí salir a respirar un poco de paz. Apenas si me cambié la remera, me puse una de Led Zeppelin y estuve listo para olvidarme de todo. Caminé lento por esas calles adoquinadas apenas iluminadas que separaban mi casa del bar de la Flaca. Manos en los bolsillos, vista al frente sin mirar y una canción del Flaco dando vueltas en mi cabeza.
El bar es hermoso, tanto como su dueña. Al entrar me encontré con solo tres mesas ocupadas. En una, una pareja mucho más joven que yo se disputaba la última aceituna de una especial con morrones; en otra, un gordo pelado y mal vestido, con los ojos cerrados, sostenía en una de sus manos una copa de vino tinto; y en la otra, Mariana. Ninguno de ellos advirtió mi ingreso. Solo la Flaca, desde atrás de la barra, mientras secaba con extremada lentitud un vaso de vidrio, me hizo un ademán de bienvenida con su cabeza.
Tuve que mirar fijo a Mariana para asegurarme de que era ella. Un vaso con limonada y un tostado de jamón y queso sin tocar ocupaban su mesa. Miraba con sumo interés la pantalla de su celular. Me acomodé en una mesa al lado del ventanal que daba a la calle. Siempre que podía me sentaba en el mismo sitio. Ver a través del vidrio pasar gente era uno de mis entretenimientos preferidos mientras en mi cabeza se mezclaban los pensamientos más insólitos, de esos que uno desea que ocurran sabiendo que jamás sucederán. Además, en esta ocasión, la ubicación me permitiría mirar a Mariana con solo alzar la vista.
Estaba metida en su celular y sola. Al igual que yo. Pero… ¿estaría sola? Las otras tres sillas de su mesa no evidenciaban la presencia de un presunto (o presunta) acompañante que, momentáneamente, podría haber ido al baño. Levanté el brazo para llamar a la Flaca con la esperanza de interrumpir aunque sea por un segundo la atención que Mariana prestaba a su mundo y que reparara en mí para poder saludarla, pero solo la Flaca advirtió mi intención.
No hacía mucho tiempo que la conocía. Trabajábamos juntos pero no sabía demasiado sobre Mariana. Vivía sola y en los pocos diálogos que habíamos mantenido, jamás había hecho referencia a su situación sentimental. Tenía una belleza especial y una sonrisa enamorable. Tenía el pelo peinado con media cola, como a mí me gustaba. No pasaba desapercibida por más que lo intentara.
La Flaca se acercó y le pedí una cerveza. Pensé en ir a sentarme a la mesa de Mariana. Dos soledades podrían verse aliviadas por una compañía agradable. Ella para mí lo sería, seguramente, pero ¿sería yo para ella mejor compañía que su móvil?
Mariana era un enigma para mí. Nunca la había considerado más que una buena compañera de trabajo. Pero en ese momento, verla en el bar, sola, metida en su mundo e imaginándola —no sé por qué— aburrida, hizo que la mirara con otros ojos. Empecé a darme cuenta de que me gustaba y no era por esa situación solamente.
La Flaca trajo la cerveza y mientras me servía un poco en el vaso que yo sostenía inclinado para que no hiciera tanta espuma, me preguntó si me gustaba. Sus palabras me tomaron por sorpresa y la miré como pidiendo una explicación. «¿Te gusta la piba?», repitió mientras me señalaba con la vista a Mariana. Sentí vergüenza. ¿Tan alevoso habría sido al mirarla que la Flaca advirtió que estaba pensando en ella? Solo sonreí y bajé la vista. «Parece muy entretenida», comenté. «O muy aburrida…», sugirió la Flaca. Apoyó la botella de cerveza en la mesa y se retiró a la barra.
Bebí el contenido del vaso sin respirar y cuando me decidí y estuve a punto de ir a sentarme a la mesa de Mariana, guardó el teléfono en su bolso y se levantó para ir a abonar la consumición. Hablaron con la Flaca unos minutos, como si se conocieran de siempre, y las escuché reír, quizás porque el tostado y el vaso de limonada en la mesa de Mariana estaban todavía intactos. Creo que hubo un segundo en que entre risas Mariana se dio vuelta y me miró, pero justo en ese momento yo estaba sirviéndome más cerveza. Nunca me caractericé por estar atento a las oportunidades. Al salir, pasó a mi lado. «¡Ey, Silvio! ¿Cómo andás?». Le sonreí y arriesgué un tímido pero sincero «Muy bien ¿y vos?». Me dio un beso en la mejilla pero no se detuvo. «Nos vemos mañana», dijo, y salió del bar.
Me serví más cerveza y por la ventana la miré irse. Caminaba decidida, espléndida. Y en ningún momento —aunque lo deseé fervientemente— volvió la vista al bar.

miércoles, 9 de octubre de 2024

FIN DE HISTORIA

Daniel Estebe
(Argentina, 1959)

—¿Sergio?
No me gustó que me llamara directamente por mi nombre. Estaba allí parado sin permiso y ni siquiera sabía quién era.
—Fassanelli —corregí.
—Mucho gusto, Sergio… Fassanelli. Encantado de conocerlo. Soy Nasal. Felis Nasal.
—¿Félix Nasal?
—No, no. Felis, así como suena: grave y con ese al final. Ignorancia del empleado del Registro Civil, ¿vio?
No me caía bien su tonito confianzudo. Había llegado a mi oficina sin avisar y había golpeado la puerta sin anunciarse primero con Sofía, mi secretaria. Cinco golpes secos pero con ritmo me habían despabilado. La lectura de uno de los tantos contratos que tenía que controlar había provocado mi adormecimiento.
—¡Sofía! ¿Qué pasa? —procuré una respuesta por el intercomunicador, pero mi fiel secretaria no contestó.
Me levanté y con un poco de mal humor recorrí los diez metros que separaban mi escritorio de la puerta. La abrí violentamente como para llamar la atención de Sofía —ella sabía que estaba ocupado y que no debía molestarme— pero no era ella la que golpeaba. Estaba ahí parado, alto, barba de varios días, mal vestido y me sonreía como si me conociera desde hacía muchos años.
—¿Sergio? —preguntó extendiendo su mano.
Minutos más tarde, sin ánimo alguno, lo escuchaba desde mi silla, escritorio y contratos de por medio.
—Hace dos días llegué de España. Viajé especialmente para hablar con usted.
No tenía acento español ni extranjero, debía ser argentino no más. Pero en ese momento solo pensé que hacía dos días yo también había llegado de España, donde estuve cerrando negocios pendientes de mi compañía.
—Un amigo suyo me dijo que usted podría ayudarme.
Pensé inmediatamente en Ruy. Otro amigo en España, que yo supiera, no tenía. Solo conocidos con quienes me unía una relación comercial.
—Necesito leerle unos escritos…
Calló y bajó la cabeza. Buscó algo en su bolso. Me intrigaba. No sabía quién era ni qué quería. Me preguntaba qué hacía con ese extraño en mi oficina. ¿Por qué Ruy me lo habría mandado justo a mí, teniendo tantos amigos y familiares en Santa Fe?
—Lo escucho —dije resignado.
Levantó la vista e inclinó un poco su cuerpo hacia el escritorio. Sacó del bolso un sobre marrón, tamaño oficio, y del sobre sacó unos papeles escritos a máquina, de esas viejas que ya no se fabrican más. Recordé la letra de mi vieja Olivetti negra italiana que guardaba celosamente en el altillo de casa como uno de los pocos recuerdos materiales de mi viejo.
Leyó.

No sé si servirá de algo decir que todo empezó en el año 1963…

Me llamó la atención el año. El año en que yo nací. Pero en ese momento no le di demasiada importancia.

Marcelo y Emilia recibieron —dicen— con alegría la llegada de su tercer hijo…

Sentí un escalofrío. Me acomodé en mi silla y miré con sorpresa e intriga a mi desconocido interlocutor.
Continuó la lectura en forma lenta, se lo veía tranquilo, y para mi asombro, las palabras de ese narrador en primera persona reflejaban la historia de mi propia vida. Lugares, personas, situaciones…
—¿De dónde sacó esos papeles? ¿Quién se los dio?
Solo me miró.
—¡¿Quién escribió eso?! —casi grité.
Felis Nasal continuó la lectura sin contestar.

Cuando me casé con María Luisa…

No podía ser verdad. Advertí que los papeles que leía estaban amarillos, eran viejos, y cualquiera que me conociera personalmente podría darse cuenta de que esos escritos hablaban de mí y pensar que yo mismo los había escrito.
Siguió la lectura durante casi media hora ante mi pasividad e impotencia para reaccionar. Escuché atentamente cada palabra, observé cada gesto de Felis Nasal cuando hacía alusión a los distintos aspectos de esa vida narrada, mi propia vida, incluso mencionaba datos que solo yo sabía que habían ocurrido y formaban parte de mis más íntimos secretos.
Pensé interrumpirlo en varias ocasiones, pero mi interés por seguir escuchando la historia y no sé qué otra fuerza interior me impedían hacerlo. Escuché cómo el narrador relataba el nacimiento de cada uno de sus tres hijos, Luisina, Josefina y Pedro, desde adentro de la sala de parto; lo que había sentido al abandonar su empleo público y la docencia después de tantos años; y todos los negociados que tuvo que hacer en tan poco tiempo para construir la empresa que ahora dirigía con tanto éxito, revelando ciertos hechos oscuros que eran sus secretos… y también los míos.
—¡¿Qué es lo que quiere!? ¡¿Quién carajo es usted?! —grité desesperado—. ¡Sofía!
Felis Nasal levantó la vista y con suma tranquilidad intentó apaciguar mis nervios.
—Ya casi termino…

No sé por qué no me levanté, lo agarré del cuello y lo saqué a los empujones de mi oficina. Comencé a transpirar y presentí el significado de las últimas palabras. Y no me equivoqué. Segundos después Felis Nasal se incorporó tranquilamente, sacó de su cintura un 38, me apuntó, gatilló y luego de un estampido sordo y seco observé cómo, en cámara lenta, la primera bala se dirigía hacia mi frente.

viernes, 12 de enero de 2024

ESE PASADO QUE DA VUELTAS Y NO TE SUELTA

 


Me levanté muy temprano a pesar del frío. Todavía no habían asomado las primeras luces del día. Me costó salir de la cama, como siempre, pero a las 7 habíamos acordado empezar a estudiar. Yo odiaba la gramática... Pero era inútil, había que rendirla y aprobarla, no quedaba otra para poder seguir. Sin su compañía y ayuda no me hubiese puesto nunca a estudiarla. Calenté el agua, lavé el mate, le puse yerba y salí rumbo a la panadería a comprar bizcochitos. Cuando regresé le di uno a Júpiter (Iupiter Iobis, como ella le decía), que –ni lerdo ni perezoso- ya se había instalado en la pieza. Arreglé la cama, ordené un poco el desorden que tenía sobre el escritorio, preparé los apuntes de gramática y esperé entredormido su llegada.
A las 10 reaccioné. Ana no había venido a estudiar y me preocupé. ¿Habríamos quedado en otra cosa? ¿No tenía que ir yo a su casa? No, imposible. Nunca era así. Decidí ir a buscarla. Me puse el sobretodo. Lloviznaba. No tenía ganas de llevar el paraguas. Me gustaba que la llovizna humedeciera mi cara. Quizás estaba enferma y no pudo avisarme con anticipación su ausencia. Caminé mucho con las manos en los bolsillos y las calles no me parecieron las mismas de siempre. Doblaba en las esquinas mecánicamente, sin pensarlo, como siempre lo había hecho para llegar a su casa, pero a medida que avanzaba me perdía cada vez más en una ciudad que no parecía ser la mía. Me detuve, intranquilo. La gente me miraba y yo no entendía por qué. Me apoyé en un árbol y miré alrededor. Las calles y las casas que me rodeaban no se parecían a la Santa Fe que me vio crecer. Sentí un mareo y decidí volver. Para colmo, ella sin teléfono.
De regreso, antes de llegar a casa –todavía no recuerdo cómo logré ubicarme- me detuve en un quiosco y compré un diario. Lo doblé, lo sostuve entre el brazo derecho y las costillas, y seguí caminando. Hasta el picaporte de mi casa me pareció distinto cuando abrí la puerta. Un terrible silencio me aturdía.
Me senté en la cama. Miré los apuntes de gramática sobre el escritorio, la bolsa con los bizcochitos intacta y el mate sin empezar. Intuía que algo andaba mal. A través de la ventana, la avenida ya no era la de siempre. No vi el Dodge Polara blanco estacionado sobre la avenida. El tráfico era muy tranquilo, cosa inusual. Acomodé la almohada contra la pared y me recosté, abrí el diario y leí: «Venta ilegal de armas: el expresidente Carlos Saúl Menem continúa detenido».
Casi de inmediato un sonido conocido me volvió a la realidad. Sonó dos o tres veces y lo silencié suavemente pero con bronca. Era temprano y hacía frío. Caminé hacia la cocina a preparar el café mientras me cambiaba. No tomaba más mates en el desayuno. Las habitaciones de mi casa y sus muebles ya no eran los mismos. Sonreí meneando la cabeza. Júpiter hacía años que me había abandonado. Levanté las persianas y tampoco vi la avenida ni el Polara frente a la ventana. Miré el almanaque: 2 de julio de 2001. Cuánto hacía que no probaba aquellos bizcochitos. Cuánto hacía que no la veía. Cuánto hacía que había aprobado gramática gracias a ella… Incluso ahora le tenía un poco más de cariño a la morfología y a la sintaxis. Mucho tiempo había pasado desde que culminé mi carrera en la facultad. Tenía que escribirle. O hablarle.
El agua hirvió. Un día más en el Tribunal rafaelino me esperaba. Y Ana, tan lejos como aquella gramática, festejará el día 10 su cumpleaños allá lejos, en el sur, seguramente con su gente, la más cercana, la que hoy formaba parte de su vida.

lunes, 5 de diciembre de 2022

SIN MOVER UN SOLO MÚSCULO



Se acostó boca arriba y observó las telarañas que había en uno de los rincones del techo. Se propuso limpiarlas, pero en otro momento. En la casa la gente iba y venía por todas las habitaciones, casi todos con un vaso medio lleno en la mano. No había puertas y era difícil diferenciar el living del lavadero o la cocina del dormitorio. Al lado de su cama se escuchaba el funcionamiento del motor de una heladera y más cerca de la ventana que daba al jardín se ubicaba una vieja cocina, pero sin conexión alguna.
Eran las tres de la mañana y la música se seguía escuchando al mismo volumen con el que la venía escuchando desde las seis de la tarde del día anterior. Las risas y corridas por todas las habitaciones eran cada vez más estruendosas. Sintió el cansancio de un día que había comenzado muy temprano y todavía no terminaba. Llegó a sentirse solo entre tanta gente. Siempre había escapado al bullicio, a la muchedumbre, pero ese sábado había sentido la necesidad de agasajar de alguna manera a sus amigos. No sabía por qué, no festejaba nada, pero sentía que la soledad avanzaba inescrupulosamente sobre su vida.
Pero la felicidad apareció de repente. Escuchó pronunciar su nombre en la voz dulce y aguda de una de sus amigas. Fue para él como escuchar un coro de ángeles. Sonrió e intentó levantarse pero ella se lo impidió con un gesto suave. Se recostó a su lado, en silencio, y apoyó su cara de lado sobre su pecho. Suspiró relajadamente. Él besó su frente y ella cruzó el brazo sobre su abdomen. No dijeron una sola palabra, no hubo un solo movimiento de los cuerpos, ahora unidos, que indicara el inicio de un ritual amoroso.
Uno, dos, varios de quienes iban y venían por la casa observaron esa imagen llena de calidez y ternura. Nadie se sorprendió y siguieron su recorrido. Ellos, unidos en un sentimiento hermoso, disfrutaban del calor del otro. No pasaba nada en el mundo que pudiera distraerlos de su felicidad. Ella sentía bajo su rostro cómo latía un corazón cada vez más rápido y él sintió que la respiración de su hermosa compañía no transmitía más que tranquilidad y paz. Hacían el amor sin mover un solo músculo.

martes, 4 de octubre de 2022

CHARLA




Javier estaba decidido a llevar adelante su plan. Hacía ya un tiempo que en su mente, atrapados como en una telaraña, sus pensamientos se mezclaban y lo inquietaban cada vez más. Se lo había propuesto, no podía flaquear.
El día del encuentro inesperado fue un martes y llovía muy despacito. Javier había aprovechado para salir a caminar, para despejarse un rato a pesar del clima hostil. Eran las dos de la tarde y se dirigió hacia cualquier lugar. Compró un diario, lo dobló, lo colocó bajo el brazo izquierdo y con las manos en los bolsillos siguió su caminata. Esperó hasta llegar a un bar cualquiera para abrir el diario. Café de por medio leyó sin ganas los títulos, miró algunas fotos y terminó en los chistes de la última página, que le parecieron estúpidos.
Miró a través del ventanal a la calle y vio correr el agua de lluvia cada vez con más intensidad. Su inquietud se debía a que tenía que prepararse muy bien para llevar a cabo el objetivo y sabía que no estaba actuando con la seriedad que el caso requería. Debía ponerse ya, sin pérdida de tiempo, a desarrollar un plan viable y posible. Pensó que hubiese sido bueno hacerlo con alguien, de a dos. Se podrían advertir con más facilidad las posibles debilidades y buscar las mejores opciones para actuar. Pero estaba solo. Angélica no lo hubiese acompañado, estaba seguro. La conocía muy bien. Debía planear un crimen para él justiciero y no debía pensar nada más que en eso. Cerró las grandes páginas del diario y fijó su vista en la calle pero con la mirada perdida. No observaba nada en particular.
Se le nubló la vista, pestañeó un par de veces y sacudió suavemente la cabeza. Entre el gris de la calle y la cortina de agua, advirtió la presencia de un joven de unos veinticinco años en la vereda del bar, parado —ventanal de por medio— frente a él. Lo miraba con detenimiento y lo incomodó un poco. Era flaco, alto, cuerpo erguido, cabellos claros y profundos ojos negros. No obstante, su aspecto era de dejadez, mejor dicho, de pobreza. Tenía barba de unos tres o cuatro días y fumaba. Javier lo miró por un instante y bajó la vista. Simuló estar leyendo el diario. A los pocos segundos vio cómo el extraño ingresaba al bar y se dirigía a su mesa. La incomodidad de Javier se acrecentó. Cuando lo tuvo frente a él notó que además de su aspecto andrajoso, vestía de una manera absurda.
—¿Puedo sentarme? —preguntó con voz ronca.
Javier lo miró e intentó reconocerlo. No abrió —no pudo hacerlo— la boca.
—No me conocés —dijo el joven mientras se acomodaba en una de las sillas, la que daba espaldas a la calle—. Yo tampoco te conozco, pero creo que te puedo llegar a ser útil.
Llamó al mozo y pidió un vaso de vodka. Javier doblaba y desdoblaba el diario mostrando su evidente nerviosismo. ¿Quién era ese descolgado? Se mostraba como si se hubiesen conocido desde hacía mucho tiempo y actuaba con gran naturalidad. Javier notó que sacaba de su sacón viejo un atado de cigarrillos. Le ofreció uno. No, gracias, al fin abrió la boca. No conocía la marca de los cigarrillos que fumaba. Eran importados, sin duda, y la etiqueta estaba escrita en un idioma que desconocía. Encendió uno, chupó profundamente y despidió el humo con gran ímpetu hacia el techo. Le trajeron la medida de vodka y la bebió de un trago. ¡Ah! A esta hora viene bárbaro, comentó. Javier no dejaba de mirarlo con desconcierto.
—Vos no me conocés… ¡Bah! No sé si no me conocés. Es cierto que es la primera vez que nos vemos… —sonrió irónicamente—. Sé que si te doy mil posibilidades para que adivinés quién soy, no te alcanzarían.
—¿Y quién sos? —se decidió al fin preguntar de mala gana Javier.
—Es difícil decírtelo así, de una sola vez. No me creerías.
—¿Y por qué no voy a creerte? Si ni siquiera te conozco… Decime que te llamás Juan de las Pelotas y te voy a creer.
—¡Ja! —pitó ahora suavemente y con tranquilidad.
—¿Y? ¿Quién sos?
—¿Querés que te lo diga? —preguntó ahora con seriedad, frunciendo el ceño y con su ronca voz de fumador.
Javier recién ahora comenzaba a advertir algo de misterioso en el desconocido. Pensaba que era algún trasnochado que no tenía nada que hacer y se había a sentado a hablar un rato. Era un tipo intrigante. Y el nerviosismo que sintió al principio, poco a poco se fue transformando en miedo.
—¿Quién soy? ¿Querés que te lo diga? Está bien, pero antes dejame decirte que estoy esperando a un amigo…
—Hay varias mesas desocupadas… —le dijo Javier con cara de qué me importa.
—No. Nos sentaremos acá, con vos, en esta misma mesa. Trataremos de conversar largo y tendido —dijo mientras sacaba un reloj de bolsillo antiguo—. ¡Cómo se demora! Somos dos tipos con una gran experiencia.
—¿Experiencia? ¿Experiencia en qué?
—Ya lo sabrás…
—¡Loco, cortala con tus intrigas! ¡¿Quién sos y qué carajo querés?!
—Comprendo tu malestar. Estoy siendo un poco tedioso, ¿no? Me estoy dando cuenta. Me voy a presentar y espero no ver una mueca de sonrisa en tu cara: soy Rodión Romanovich.
—¡¿Quién?!
—Rodión Romanovich. O Raskólnikov, como más te guste.
—¡Ajá! En versión argentina y después de la gripe… —contestó irónicamente Javier.
—Al menos veo que conocés mi nombre, que no soy un desconocido para vos. Sabía que lo tomarías de esta forma. Pero no estoy para bromas. Esta cita fue acordada con la mayor seriedad que el caso requiere.
Javier escuchó estas últimas palabras con un escalofrío que le recorrió el cuerpo entero. No alcanzó a comprender muy bien y, con ahora una incipiente timidez, preguntó:
—¿Cita?
—Sí, todo estaba preparado para reunirnos los tres, hoy, a esta hora y en este bar.
¿Los tres? ¿Raskólnikov? ¿Quién era el otro? Muchos eran los interrogantes que Javier se planteaba y no podía dejar de mirar con gran intriga a ese hombre extraño. Ya dejó de considerarlo un joven.
—¿Cómo que está preparada la cita si yo no sabía nada? —le cuestionó al tiempo que pensaba que hacía como diez años que no iba a ese bar y había entrado al mismo por casualidad.
—¿Te parece que no lo sabías? Sí, Javier, lo sabías. Si no, ¿qué hacés acá? De una u otra manera nos arreglamos para avisarte. ¡Pero cómo tarda!
Javier pensaba que no podía ser real lo que estaba viviendo. ¿Cómo todavía estaba escuchando a ese delirante sin decirle al menos…? ¿Sin decirle qué? ¿A quién estaba esperando? Pensó en pagar el café e irse. Llamó al mozo.
—Espero que no estés pensando en irte. Te puedo asegurar que no te conviene. Además, no te voy a dejar ir —dijo Raskólnikov, ahora con voz amenazante.
—¡¿Pero quién te creés que sos?! Si se me canta, me voy y chau. ¡Mozo!
—Te doy un consejo: no te vayas. Nosotros te podemos ayudar.
—¿Sí? —preguntó el mozo a Javier mientras se le acercaba.
—Eh… Tráigame otro café —dijo Javier sintiéndose derrotado y esperando la sonrisa burlona del presunto Raskólnikov que nunca llegó. Seguía expresando una seriedad absoluta.
—¿Ayudarme a qué? ¿Qué mierda querés? ¿A quién carajo estás esperando? —casi gritó Javier.
—Nosotros podemos ayudarte. Sabemos que estás planeando algo muy serio y no podemos dejarte solo.
—¡Pará! ¡Pará! Primero: ¿por qué hablás en plural? Segundo: ¿qué sabés vos si yo estoy planeando algo? Tercero…
—¡Ahí viene! —exclamó Raskólnikov interrumpiendo a Javier—. ¡Por fin!
Raskólnikov se corrió a otra silla para dejarle la suya al recién llegado. Era un hombre diez o quince años mayor que Raskólnikov. Un poco más alto y más robusto. Vestía modestamente. No parecía tan abandonado como su amigo. No sonreía. Estaba muy serio. Su proceder era muy duro.
—Raskólnikov… —pronunció el nombre de su amigo a manera de saludo y se sentó.
—Juan Pablo… —contestó Raskólnikov cordialmente pero siempre con gran respeto y distancia.
¿Juan Pablo?, pensó Javier. Espero que no sea un Papa, siguió con sus pensamientos, pero serio, sin esbozar una sonrisa, ya que podría ser tomada como una insolencia y parecía ser que el horno no estaba para bollos. Pero qué estúpido se sentía allí sentado entre dos chiflados que no sabía qué pretendían.
—Javier, él es Juan Pablo —dijo Raskólnikov a manera de presentación y el recién llegado hizo un gesto cordial con su cabeza.
—¿Juan Pablo qué?
—Juan Pablo Castel —dijo serenamente el nuevo integrante de la mesa—. El pintor que mató a María Iribarne.
Por más esfuerzo que hizo, Javier no pudo evitar la reacción y largó una gran carcajada:
—¡Ja! ¿No estaremos esperando ahora a Don Quijote y Sancho Panza, no?
Castel lo miró con gran disgusto y recriminó:
—¡Espero que a esa risa burlona no la utilices mientras elaborás proyectos serios!
Javier se contuvo ante el enojo de Castel. ¿Qué le estaba pasando? ¿Cómo tomar con seriedad a esos dos tipos tan ridículos como inexistentes? ¿Qué estaba esperando para irse? El mozo trajo el café a Javier y Castel hizo su pedido.
—Ginebra, por favor.
Javier revolvía su café mecánicamente, sin pensar en tomarlo, como cuando uno se rasca la cabeza sin motivo alguno, como esperando que suceda algo imprevisto. No sabía cómo actuar ni qué decir. Se trataría seguramente de una broma. Además, ¿de qué proyecto hablaban? Él jamás había hecho el menor comentario a nadie. ¿Y entonces?
—Sabemos de tu proyecto —dijo Raskólnikov.
—¿Qué proyecto?
Javier los miraba intrigado y con un miedo cada vez más atroz.
—Lo conocemos y por eso decidimos reunirnos con vos, para charlar muy bien sobre todas tus ideas y tus planes —explicó Raskólnikov—. Sabemos que tenés un temperamento bastante impulsivo y eso te puede llevar a la perdición.
—Exactamente —continuó Castel—. Los hechos, cuando se precipitan alocadamente, pueden ser funestos. No hablamos solamente de terminar en la cárcel después de cometido el crimen, porque como vos sabrás, Raskólnikov y yo terminamos adentro por propia voluntad y no porque nos hayan descubierto. Hablamos de no cometer el crimen y que encima te encierren.
—Creemos que tu mente está un poco excitada y no hay nada peor que eso para proceder. Sangre fría. Si no lográs tener sangre fría en tus venas, no podrás hacer las cosas como se debe.
—Raskólnikov tiene razón. Mientras sientas hervir la sangre en tus venas, no hagas nada riesgoso. La pasión y el instinto son demasiado peligrosos. Hay que usar la cabeza.
—Yo creo, Juan Pablo, que tendríamos que convencer a Javier de que esto que está viviendo, más allá de lo que él piense, es cierto. Mirale la cara, cree que somos unos farsantes.
—No te preocupés por eso, ya se le va a pasar. Más allá de su cara, creo que nos está escuchando con mucha atención. Lo importante es decirle lo que pensamos. Somos conscientes de que no podemos evitar nada, por lo tanto, nuestra voluntad es solo advertir. Es él quien en definitiva va a cometer el crimen.
—Totalmente de acuerdo. Espero, Javier, que nos hayas prestado atención, ¿no?
Javier asintió con la cabeza, no pudo hablar. No sabía si en realidad estaba escuchando a esos dos locos o si trataba de averiguar qué estaba pasando realmente.
—Nosotros estamos muy de acuerdo con las causas que te impulsan a matar —dijo Raskólnikov—. Yo también sentía odio hacia esa vieja usurera y la maté pensando en los demás, no solo en mí. No podía permitir que siguiera lucrando con el hambre de los pobres. Y la maté. Pero a sangre fría. Un hachazo en la cabeza y listo. Lo pensé y pensé mil veces. Es cierto que me daba miedo pero cuando me decidí a hacerlo, dejé los temores archivados en mi pequeño cuchitril. ¿Entendés?
Javier continuaba asintiendo con la cabeza, sin abrir la boca, clavando sus ojos en los de sus ocasionales compañeros de mesa mientras hablaban.
—No tenés que pensar en ningún momento en las consecuencias. O sí, pero para tratar de evitarlas. Que ellas no te hagan flaquear. Yo también tuve mis razones para matar a María y creo que cada uno siempre tiene —o busca— razones suficientes, justas o no, para obrar como le parezca. La decisión y la frialdad son buenas compañeras y difícilmente te harán fracasar.
—No te convocamos para sermonearte, para evitar un crimen ni para inducirte a cometerlo. Solo lo hicimos para que tomés la decisión con fuerza y coraje. Si vas a matar: frialdad, cálculo, precisión. Si no: coraje y valentía. Acordate: los héroes no nacen…
—Además —interrumpió Castel—, tené en cuenta esto: ni Raskólnikov ni yo nos arrepentimos de haber matado a nuestras víctimas. Una vez que lo hiciste, empezás a buscar justificaciones y te vas dando cuenta con el tiempo de que encontrás más de las que te imaginás.
—¡Tu causa es justa! —gritó Raskólnikov con el puño en alto.
Javier sintió un sacudón en todo su cuerpo. ¡Tu causa es justa!, le gritaba ahora una voz de ultratumba. ¡Tu causa es justa! ¡Tu causa es justa! Y sentía los sacudones constantes acompañados de gritos lejanos e ininteligibles. ¡Tu causa es justa! ¡Tu causa es justa!
Un frío intenso recorrió de pronto todo su cuerpo y un sacudón final terminó por hacerlo reaccionar.
—¡Javier! ¡Levantate! —le gritaba Angélica mientras lo sacudía y le sacaba la cobija de encima—. Son las once. ¿Hasta cuándo pensás dormir?
Javier la miró como pudo, sin poder abrir los ojos completamente. Tuvo que sacar la fuerza que no tenía de su alma para incorporarse. Maldijo por dentro y se sentó en la cama. Angélica le dio un mate.
—Tu vieja me dijo que desde las ocho te está llamando. ¿Te acostaste tarde?
Javier no contestó. Sorbió el mate hasta el ronquido final y comenzó a vestirse mientras trataba de ordenar su mente.

lunes, 11 de mayo de 2020

UN INALCANZABLE OBJETIVO ALCANZABLE



Valerio y Simón se encontraron a las tres de la tarde en una de las tantas plazas de su ciudad. El día era oscuro y frío. Nubes grises cubrían todo el cielo. Una densa neblina flotaba sobre la ciudad. Valerio maldijo el tiempo y Simón, callado y con un gesto, asintió la protesta de su amigo.
Los dos eran callados, de carácter introvertido. El silencio era muchas veces su único contacto. A pesar de que los dos tenían ocho años, tenían un físico bastante diferente. Valerio era petiso, rellenito y con cabellos negros y enrulados. Simón era alto, flaco y usaba su pelo castaño más o menos largo. Estaban juntos porque siempre lo estaban. Quién sabe cuánto tiempo hacía que eran amigos... Habían compartido innumerables aventuras callejeras y justamente ese día, a las tres de la tarde, hora en que toda la ciudad dormía, estaban aburriéndose.
—¿Qué hacemos? —preguntó Valerio.
—No sé... ¿Qué sé yo?
—Nunca más recuperamos la pelota...
—Ese viejo es un desgraciado. Le rompería el quiosco a patadas...
Cuando Simón pronunció estas palabras, a Valerio se le iluminaron sus ojos. Sonrió. Seguramente una nueva idea se le había ocurrido. ¡Vamos!, le dijo a su amigo tomándolo del brazo y se echaron a correr hacia el quiosco del viejo que retenía la pelota de goma que una semana atrás había roto el vidrio de la puerta luego de una serie de cabezazos entre los amigos. Simón corría detrás de Valerio sin entender muy bien lo que pasaba. Valerio revoleaba sus piernas desprolijamente, como guiado por una fuerza desconocida. Simón lo seguía a pesar de todo porque conocía muy bien a su compañero y sabía que no lo hacía en vano. Eran como dos delincuentes volviendo inocentemente al lugar del crimen.
—¡Pará! ¡Pará! —gritó de pronto Simón.
—¿Qué pasa? —contestó Valerio mientras detenía su marcha y jadeaba cansado.
—Explicame un poquito... ¿Pensás que el viejo nos va a devolver la pelota después de lo que hicimos?
—No, gil. Hoy es feriado. El quiosco está cerrado y como está nublado, se me ocurrió una idea genial...
—No entiendo nada.
—¡Quiero ver el sol! —gritó Valerio y volvió a correr.
Simón dudó unos segundos antes de seguirlo. Se rascó la cabeza. No sabía qué hacer. ¿Quiere ver el sol?, se preguntó a sí mismo... y la idea no le disgustó. Emprendió también la carrera rumbo al quiosco, rumbo a lo desconocido, que fue lo que más lo entusiasmó. No sentían frío por el trote ligero, pero la falta de sol sobre la ciudad era cruel.
—¿Sabés? —dijo Valerio cuando se detuvo a unos pocos metros del quiosco—. El viejo todavía no hizo arreglar el vidrio.
—Pero está tapado...
—Sí, pero es fácil destaparlo. ¿Te acordás del agujero que hay en el techo del quiosco?
—Sí, pero... ¡Aclarame algo!
—El edificio inmenso que está arriba del quiosco no está terminado y está abandonado...
—¿Y?
—¡Es fácil! El edificio es altísimo. Si llegamos hasta arriba de todo quizás superemos las nubes y podamos ver el sol...
Simón se quedó pensativo. La idea empezaba a interesarle.
—Pero hay que entrar al quiosco... —ambos se pusieron serios—. ¿Y si nos cachan? Van a pensar que entramos a robar.
—¡Pero no, si no hay nadie!...
Se miraron un instante sin decir nada. Valerio esperaba la respuesta de su amigo. Simón estaba entusiasmado pero tenía que vencer sus miedos. Al fin tomó coraje y gritó:
—¡Ma sí! ¡Vamos!
Ahora fue Valerio el que dudó. No esperaba esa respuesta de Simón, y menos así tan rápida. Especulaba con la negativa de su amigo y la idea quedaría como un proyecto irrealizable. Toda la culpa de la frustración recaería sobre Simón, por su cobardía. Pero la situación había cambiado. Simón era el que ahora tenía la fuerza y las ganas y Valerio el que debía dejar de lado los temores. ¿Debía echarse atrás?
—¡Dale, vamos! —insistió Simón.
—Bueno...
No se decidía. Pero no podía decir que no, no debía mostrar sus flaquezas. La idea era buena, al sol lo iban a poder ver fácilmente. El edificio era altísimo y la neblina borraba los últimos pisos... pero había que pasar por el quiosco... ¿Valía la pena arriesgarse? Sí, claro que vale la pena, se decía para darse fuerzas. Era una aventura más para compartir con su mejor amigo, solo debía decidirse. Sentía como si la felicidad de toda su vida estuviera en la realización de este proyecto.
—¡Ma sí! ¡Vamos! —gritó al fin Valerio.
Ya estaban metidos en el juego. No podían echarse atrás. El quiosco estaba ahí, frente a esas miradas inocentes que observaban que a la puerta le faltaba el vidrio que días atrás ellos mismos habían roto. Un cartón tapaba el hueco; una cinta de embalar marrón lo sostenía al marco. Romper esa protección o simplemente sacarla sería una pavada. Solo debían cuidarse de que nadie los viera. La calle estaba vacía. Apenas un auto pasaba velozmente. Desde el balcón de un edificio de la cuadra advirtieron que una mujer los observaba. Una señora de unos setenta años. Pero hasta ahora nada malo estaban haciendo, se sentaron en el cordón de la vereda y disimularon su intención. Esperaron varios minutos sin hablar, nerviosos, esperando ansiosamente que la señora ingresara a su departamento y los dejara actuar. Temblaban. No sabían si de frío o de miedo. La neblina no se disipaba pero comenzó a soplar viento sur, fuerte y frío. De pronto advirtieron que la única testigo había desaparecido, tan inesperadamente como había surgido el viento. Ya podían actuar libremente. Estaba todo listo para cruzar la barrera hacia el sol.
De los dos, era Valerio el que generalmente tomaba las iniciativas, por lo que dudando primero y venciendo luego el temor, de un manotazo desprendió el cartón que tapaba el agujero de la puerta. Por ese espacio pasarían tranquilamente. No volvieron a hablar. Sabían que el silencio era importante y, además, una clave. Sabían además, a pesar de su corta edad,  que para lograr el objetivo tendrían que medir cada movimiento con mucho cuidado. Primero pasó Valerio y vio todo en penumbras. Le costó adaptar su vista al ambiente. Simón cruzó el abismo segundos después, luego de comprobar que nadie los estaba observando. Tapó desde adentro nuevamente el agujero con el cartón. Lo logró a medias. La cinta ya no se adhería al marco como antes. Afuera las hojas de los árboles corrían cada vez más fuerte hacia el norte. El camino se hacía ahora más difícil debido a la oscuridad.
Un mundo de fantasía encontraron adentro del quiosco. Chocolates de todo tipo en una estantería, caramelos de todas clases y marcas en cajones y frascos, pelotas de goma de todos los tamaños colgaban en redecillas, innumerables juguetes ocultaban las paredes, cajas y más cajas de las figuritas que ellos mismos coleccionaban. Todo esto brillaba a pesar de la oscuridad frente a los ojos inmensos de los chiquilines. No dijeron nada, no movieron un solo dedo, solo miraban. Parecía mentira. El sueño de todo pibe de estar solo y sin guardianes adentro de un quiosco era para ellos en esos momentos una realidad. Se les hacía agua la boca.
—¡El techo! —gritó Simón.
—Sí, ahí está el agujero... Tiene una tapa.
—Pero se puede abrir. ¿Cómo subimos?
—¡Ahí! La escalera.
Subió Valerio muy lentamente mientras Simón sostenía la escalera destartalada. La tapa cedió fácilmente y un oscuro infinito se divisó en lo alto.
—¿Podremos llegar?
—No hay más que probar...
Valerio y Simón estaban poseídos por una fuerza que desconocían: el coraje y la confianza eran sus aliados. Subió también Simón. Abajo dejaban un quiosco intacto, inexplorado por dos niños que se dirigían a su destino fundamental: el sol. Un sol hermoso que imaginaban en la azotea, más allá de la neblina y de las nubes grises. Les latía el corazón desesperadamente mientras subían por las escaleras sin terminar del viejo edificio. Todo estaba oscuro. Solo el chillido de algunas ratas se escuchaba además de los pasitos infantiles. Eran dos ciegos rumbo a la luz.
—¿Será cierto que los edificios son más altos que las nubes?
—Mi papá me dijo que los rascacielos sí son más altos.
—Ojalá, porque si no, no podremos ver el sol.
—Si no podemos... si no podemos...
—¡Si no podemos, por lo menos lo intentamos!
—Sí, pero... ¿será cierto?
Luego de varios minutos de subir casi corriendo por las escaleras abandonadas, llegaron al último piso. Escucharon a esa altura lo fuerte que soplaba el viento. Se encontraron frente a una puerta metálica cerrada con un alambre. Abrirla debería ser fácil. Por debajo de la puerta ingresaba una leve claridad que hacía ilusionar a los niños.
—¡Dale, dale!
—¡Pará, que está duro!
El alambre no cedía. Los corazones se aceleraban cada vez más. Los latidos podían escucharse en todos los pisos del edificio. Cada ruido que hacían era respondido por un eco en el vacío. De pronto escucharon una sirena y se quedaron inmóviles. Se miraron y sin decir una palabra pensaron en el sanatorio que estaba a pocos metros del edificio.
—Sigamos.
Más tranquilos, siguieron luchando contra el alambre. En cinco o seis minutos lograron sacarlo. La puerta quedó liberada y una gran sonrisa adornó el rostro de Valerio y Simón. Con una leve patada abrieron la puerta. Y el espectáculo fue total, una maravilla indescriptible. Los rayos del sol encandilaron a los niños. Fueron felices, habían logrado el objetivo. Ya no tenían duda: ¡era cierto que los edificios eran más altos que las nubes!
—¡Viste! ¡Viste!
—¡Sí, el sol! ¡Ahí está! ¿Viste que mi papá tenía razón?
Se abrazaron sin pensarlo. Casi por un movimiento mecánico, instintivo. No se dieron cuenta de que era la primera vez desde que se conocían que lo hacían. Un fuerte abrazo lleno de risas y asombro. La felicidad era infinita, y para mejor, compartida. El cielo estaba casi despejado. Las nubes corrían velozmente. El sol brillaba como nunca en lo alto. Hacía frío y todavía el viento soplaba fuerte, ese mismo que minutos antes comenzó a soplar cuando decidieron largarse a la aventura. El objetivo estaba cumplido: el sol, ese que no podían ver desde la calle, ahora estaba ahí, al alcance de sus ojos.
Mientras el abrazo se hacía eterno y miraban fijo hacia el cielo sin hablar, a través de la puerta metálica aparecieron violentamente dos policías y el dueño del quiosco.
Sus inocentes ocho años no estaban acostumbrados a ser entrevistados por la policía ni a escuchar los insultos incesantes del viejo que se había quedado con su pelota de goma. Retrocedieron sorprendidos y atemorizados. No dijeron nada. Los bajaron del brazo y se dejaron llevar. En la azotea no quedó más nadie, solo el sol que seguía brillando espléndidamente y a los lejos, hacia el norte, se divisaban las últimas nubes.
Los sacaron por la puerta del quiosco, ahora abierta. En la calle los esperaban dos policías más en un patrullero. Una decena de curiosos miraba a los amigos y realizaban los más absurdos comentarios. Desde su balcón, la señora los volvió a observar. Simón miró a Valerio resignado pero ya sin nervios. Valerio sonrió. El silencio los seguía comunicando. Estaban satisfechos porque se sabían inocentes. En el quiosco no faltaba un solo caramelo. No estaban arrepentidos. El viejo comerciante seguía blasfemando. Antes de subir al patrullero, las sonrisas de Valerio y Simón se convirtieron en carcajadas. Ya no hacía frío. El sol calentaba toda la ciudad.

1987