viernes, 15 de enero de 2021

PAUSA



He notado que me sigue hace un buen tiempo. La vi muchas veces cerca de mi casa, parada en la esquina del almacén o apoyada en el viejo jacarandá. Sé que me está vigilando, que está estudiando todos mis pasos como para algún día frenarme en medio de la calle y decirme todo lo que piensa. Es cierto que le estoy escapando. No tengo ganas de hablar con ella, no por ahora. También sé qué es lo que quiere de mí y no lo disimula. Cada vez que paso cerca de ella me clava la mirada y me anula. No la puedo mirar, es más fuerte que yo. Sé que quiere que la mire, que repare en ella, que le haga un gesto, pero no puedo. Reconozco que Laura durante mucho tiempo estuvo a mi lado y en mi mente, pero algo pasó y la dejé. No tengo ganas de ponerme a pensar por qué, lo cierto es que no puedo volver atrás. Sería hermoso, pero necesito un tiempo para hacerlo. Es cierto que no le di una explicación valedera… pero no tenía —ni tengo— por qué dársela. Y para colmo siempre está con ese tarado de Juan… Un imbécil que cree que se las sabe a todas y ni siquiera tiene bien claro cuál es su función en este mundo. Algún día tendré que ponerme las pilas y enfrentarla, decirle que me deje en paz, que por ahora no tengo tiempo de ocuparme de ella ni de su amiguito y todos los rollos que tienen en su cabeza. Le tendré que ser sincero: tengo ganas de seguir con lo nuestro, sé que algún día vamos a retomar nuestro proyecto, pero no ahora. Tengo mucho laburo, pocas ganas de pensar y muchas ganas de dormir con la música a volumen diez. Pero no la quiero ver más ahí parada, al acecho. No quiero pasar frente a ella e ignorarla. No quiero esquivarla. No quiero negarla. Me da vergüenza hacerlo porque ella sabe todos mis movimientos, ella me vigila y no puedo hacerme el otario. Está esperando algo de mí y yo no le doy la más mínima señal. ¿Qué culpa tengo de estar así? Le voy a decir que se ponga en mi lugar… Pero la vida es así. Ni ella ni yo la podríamos modificar.
Por ahora Laura seguirá parada en esa esquina, bajo ese árbol, esperando que algún día me comunique con ella, que me vuelva a ocupar de su vida, de la de Juan. Hoy por hoy seguiré escapando hasta tener ganas de volver… ¿Y si cuando quiera volver no me da ni la hora? ¿Y si me rechaza? Posibilidades… Pero Laura sabe muy bien que no me va a poder rechazar. Juan tampoco podrá darse ese lujo. Si quieren seguir siendo los personajes de mi novela —hasta ahora inconclusa—, no me van a poder rechazar.

domingo, 3 de enero de 2021

La vieja


La busqué el 31 de diciembre por la tarde para que recibiera el nuevo año en Rafaela, junto conmigo y mi familia. El 1º de enero al mediodía le dije que la llevaría de vuelta a su casa al otro día. Quería volverse ya, pero la persuadí diciéndole que allá estaría sola y se aburriría. Al menos acá estaba con nosotros, con su hijo, su nuera, sus nietos. Asintió y continuó con la lectura de una revista de chismes vieja que encontró en el revistero.
A las cuatro de la tarde se levantó de dormir la siesta, se vistió y comenzó a preparar el bolso. ¿Qué hacés, mamá? «Me voy». Mañana yo te llevo en el auto, mamá. Hoy es feriado, quiero comprarte mercadería en el supermercado y hoy está todo cerrado. «Ah, bueno, me hubieses dicho antes»”.
Sentados en el patio veíamos cómo el anochecer del primer día del año se iba aproximando. «¿Lo llamaste a Marcelo para que me vaya a esperar?». Sostenía la misma revista del mediodía. No sé si la leía o solo miraba las fotos de las rubias vestidas a la moda. ¿A dónde te tienen que ir a esperar, mamá? «A la terminal de colectivos. Voy a llegar de noche y alguien me tiene que esperar». No te vas a ir en colectivo, mamá. Y menos hoy. Yo te voy a llevar a tu casa mañana. Vamos a ir en el auto. «Yo no tengo casa, es la casa de mi mamá». No, mamá. Es tu casa. A tu casa te voy a llevar. «Pero no traje la llave». Sí, mamá, la trajimos y está en el auto. «Ah, bueno, ¿entonces hoy no me voy?». Mañana yo te llevo. Ahora vamos a comer un asadito, dormimos y cuando te levantés, te llevo. Abrió la revista que había cerrado segundos antes y clavó la vista en sus páginas. No tenía los anteojos para leer, por lo que confirmé que solo miraba las fotos.
No fue fácil la noche, sobre todo para Josefina, que compartía la pieza con ella. Dos o tres veces tuvo que explicarle, en horas de sueño, que no se cambiara, que durmiera, que todavía era de noche y estábamos todos durmiendo.
Se levantó de buen humor pero quejándose de un dolor que nacía en el cuello y continuaba en su brazo derecho. «Para colmo es el derecho, el que yo uso y no puedo hacer nada. No sé qué tengo en este brazo…». A ese dolor lo venía arrastrando desde hacía ya cinco años, cuando se quebró el húmero derecho al caerse en su casa a la salida del baño y estuvo tirada en el piso, sola, veinticuatro horas sin ser asistida. A pesar de las operaciones, nunca pudo recuperar la movilidad normal del brazo ni olvidarse del eterno dolor.
«¿Le hablaste a Marcelo?». Él ya sabe que te llevo. ¿Para qué querés que le hable? «Para que me espere. Que compre algo para comer…». Mamá, hoy es sábado y Marcelo seguramente está trabajando. Además está con su familia. Yo voy a comprar algo para que comas al mediodía. Además va a estar alguna de las chicas que te acompañan. Bajó la cabeza como para disimular, seguramente, que no me había entendido.
Juntamos los dos bolsos que había traído con su ropa y la cartera. ¿Dónde tenés el barbijo, mamá? «Ah, ¿qué sé yo? ¿Yo traje barbijo?». Sí, mamá. Estaba guardado en la cartera. «¿Y mis anteojos negros?». Acá, junto con el barbijo. «Me duele mucho el cuello… y acá el brazo derecho». Le di para que tomase un Tafirol. Tomá, con esto se te va a pasar un poco.
Subimos al auto a las 9. Una hora y media nos esperaba de viaje. «¿Le avisaste a Marcelo para que nos espere?». Sí, mamá. Marcelo ya sabe que te estoy llevando. Además debe estar trabajando. Ya lo vas a ver… Cargamos nafta y partimos. «¿Sabés de lo que me estoy dando cuenta? De que no traje la llave de la casa de mi mamá». No habíamos salido aún de Rafaela. Todavía no habíamos ingresado a la ruta 70, la que nos comunicaba con Santa Fe. La llave es de tu casa, no de tu mamá. «Es la casa de mi mamá». ¿Cómo encarar la situación?... ¿Quién es tu mamá, mamá? Respondió sin titubear: «¡Sofía!». ¿Y dónde está Sofía, mamá? Miró al frente. La ruta 70 comenzaba a aparecer pero ella no miraba hacia adelante. Seguramente lo hacía hacia adentro. Y llorisqueó. Buscó un pañuelo entre sus ropas y le alcancé un descartable que tenía en el auto. Se secó los ojos por debajo de los anteojos negros y entre lágrimas y mocos me dijo: «Yo la tengo muy presente a mi mamá. Soy una boluda. No me doy cuenta de que ya no está». Intenté sacarle dramatismo a la situación y de manera risueña le pregunté: ¿Sabés cuántos años tendría tu mamá ahora? «Ma qué se yo…». Nació en el año 1900. Tendría ciento veinte años. ¿Conocés a alguien que tenga ciento veinte años? No dijo nada. Siguió mirando hacia adelante (o hacia adentro). Quién sabe en qué estaría pensando o en qué otro mundo se encontraba su mente ahora. Rompí el silencio para hacerla pensar un poco. Mamá, ¿quién cumple años dentro de pocos días? Respondió enseguida: «Yo cumplo años… El 9. ¡Mirá si no me voy a acordar!». ¿Y sabés cuántos cumplís? «¿Qué sé yo? Como cien…», y rio. Le afloró una sonrisa como si su propia edad fuese una broma que le hacía la vida. Desde que subió al auto no se había quejado del dolor de cuello y brazo. Naciste en el 34. O sea, vas a cumplir… (acá dudé yo) ¡87 años! «¡Qué vieja!», dijo y volvió a reír.
Al llegar al primer peaje de la ruta 70 habíamos recorrido no más de veinte kilómetros de los noventa que nos separaban de Santa Fe. «¡Qué largo se me está haciendo este viaje», se quejó. Mamá, recién salimos. «Ah, pero para mí se hizo relargo… A esta ruta no la conozco. ¿Para dónde vamos?». Esta es la ruta que hacemos siempre, mamá. Vamos para Santa Fe. Tenemos que pasar por Nuevo Torino, Humboldt, Esperanza… «Pero yo nunca vine por acá». No seguí esa conversación. Hacía treinta años que me había radicado en Rafaela y las miles de veces que hizo ese trayecto de ida y vuelta lo había hecho por la misma ruta.
En un momento comenzó a buscar algo alrededor, entre sus piernas. «¿Yo no traje nada, ni cartera ni bolso?». Sí, mamá. Tu cartera está en el asiento de atrás. Junto con dos bolsos con tus ropas. Intentó darse vuelta para mirar y no pudo hacerlo. El dolor reapareció. «No puedo mover el cuello de cómo me duele… Y el brazo, el derecho… No sé qué tengo…». La vista al frente, hacia el paisaje llano, soja por un lado, maíz por el otro. Poco movimiento en la ruta. «Hace calor». Quién sabe en qué va pensando. O qué recuerdos, imágenes, sonidos dan vuelta en su cabeza. Nuevamente dudo si mira el paisaje a través del parabrisas o da vuelta por un mundo pretérito. Sus próximas palabras me confirman que acaba de volver al pasado. «¿Le avisaste a mamá que estamos yendo?». Dudo en volver a preguntarle quién es su mamá y hago silencio. La miro de reojo y advierto que nuevamente llorisquea y se lleva el pañuelo descartable a los ojos, por debajo de los anteojos. De repente habla: «O sea, yo ya no tengo madre, ni esposo, ni nada…». Sí, mamá, tenés a tus hijos: Marcelo, Liliana, la Pupi y yo. «A mis hijos y a mis hermanos…». No, mamá. Tus hermanos tampoco están… murieron. Me arrepentí inmediatamente de haberle dicho crudamente la verdad, no por la verdad misma, sino por la forma. Meneó la cabeza y dirigió la vista al frente. Los anteojos negros que llevaba puestos me impedían ver si tenía los ojos abiertos o si los había cerrado, intentando darse cuenta de una realidad a la que parecía no encontrarle sentido.
Luego de varios minutos de silencio, volvió a dirigirme la palabra: «¿Vos tenés llaves de la casa de mi mamá?ۛ». Sí, tengo llaves, pero de tu casa, no de tu mamá. «Ah, porque yo a las mías no las traje». Sí, las trajiste, acá están. Y le muestro el llavero con sus llaves que está en el organizador del auto, entre los asientos. «Esa no es mi casa…», asegura sin mirarme. ¿Y de quién es, si no es tuya? «No sé, mía no es». Sí, mamá, esa es tu casa. Ahí vivís vos desde que falleció papá, hace… (vuelvo a dudar y caculo) como diecisiete años. Menea la cabeza como negando y no dice nada. Silencio de introspección que no interrumpo a propósito. Quién sabe si no es más feliz en ese mundo desconocido para mí pero vivo en su mente.
«¿Le avisaste a Marcelo que estamos yendo?». Sí, mamá, Marcelo ya sabe. Y ya sabe Liliana y ya sabe la Pupi también. Cuando lleguemos seguramente va a estar una de las chicas que te cuida. No dice nada. ¿Qué tal son las chicas? ¿Son buenas?, pregunto. «Sí, son buenas…». ¿Te acordás cómo se llaman?, intento ejercitar un poco su memoria. «No, no sé, no sé quiénes son». Trato de ayudar: Rocío es una, Sandra es otra. Y Jésica. Hace un movimiento de hombros como diciendo que no se acuerda. «¡Qué largo se me hizo este viaje! Por acá no vinimos nunca… Por acá alargamos». No, mamá, siempre venimos por acá. Lo que pasa es que hace casi un año que no viajás y debés estar cansada, por eso. Ya vamos a llegar. «¿Le avisaste a Marcelo?». Sí, mamá. Le avisé. «¿Y la llave de mi casa? ¿La tenés vos?». Sí, mamá, la tengo yo.
Cuando llegamos, la dejé en su casa —estaban dos de sus nietos santafesinos— y fui al supermercado a comprar mercadería para que tenga para los próximos días. Le compré comida hecha para que no tuviesen que cocinar: pollo al horno con papas. Llegó una de sus cuidadoras, Jésica, a quien le digo mientras me ayuda a guardar la mercadería que solo había que calentar la comida. ¡Qué buen hijo!, le dice Jésica a mi madre. «¿Viste? Así es mi esposo. Vos te tenés que buscar uno así». Jésica me mira sin saber cómo reaccionar. Le hago una mueca como para que le reste importancia. No, Emilia, déjeme así que yo estoy bien sola, sin marido, dice Jésica. «Pero un marido así tenés que buscarte, como el mío». Ya era hora de volver a Rafaela, donde me esperaban a almorzar. Bueno, mamá, yo me voy. Me vuelvo a Rafaela. «¿Pero volvés más tarde?». No, me voy a Rafaela, con mi familia. Yo vivo en Rafaela. «¿Y no volvés más?». Sí, pero otro día. No puedo viajar todos los días. «¿Y le avisaste a Marcelo que ya estoy acá?». Sí, mamá. Ya le avisé. Les avisé los tres: a Marcelo, a la Lili y a la Pupi.
Y me volví a Rafaela con la angustia inevitable, con la cabeza llena de preguntas sin respuestas. Pero con la certeza de que la vida nos juega a traición cuando menos lo esperamos. Puse la música a todo volumen y encaré para la ruta 70.

03/01/2021