lunes, 12 de enero de 2026

ESE PASADO QUE DA VUELTAS Y NO TE SUELTA

 


Me levanté muy temprano a pesar del frío. Todavía no habían asomado las primeras luces del día. Me costó salir de la cama, como siempre, pero a las 7 habíamos acordado empezar a estudiar. Yo odiaba la gramática... Pero era inútil, había que rendirla y aprobarla, no quedaba otra para poder seguir. Sin su compañía y ayuda no me hubiese puesto nunca a estudiarla. Calenté el agua, lavé el mate, le puse yerba y salí rumbo a la panadería a comprar bizcochitos. Cuando regresé le di uno a Júpiter (Iupiter Iobis, como ella le decía), que –ni lerdo ni perezoso- ya se había instalado en la pieza. Arreglé la cama, ordené un poco el desorden que tenía sobre el escritorio, preparé los apuntes de gramática y esperé entredormido su llegada.
A las 10 reaccioné. Ana no había venido a estudiar y me preocupé. ¿Habríamos quedado en otra cosa? ¿No tenía que ir yo a su casa? No, imposible. Nunca era así. Decidí ir a buscarla. Me puse el sobretodo. Lloviznaba. No tenía ganas de llevar el paraguas. Me gustaba que la llovizna humedeciera mi cara. Quizás estaba enferma y no pudo avisarme con anticipación su ausencia. Caminé mucho con las manos en los bolsillos y las calles no me parecieron las mismas de siempre. Doblaba en las esquinas mecánicamente, sin pensarlo, como siempre lo había hecho para llegar a su casa, pero a medida que avanzaba me perdía cada vez más en una ciudad que no parecía ser la mía. Me detuve, intranquilo. La gente me miraba y yo no entendía por qué. Me apoyé en un árbol y miré alrededor. Las calles y las casas que me rodeaban no se parecían a la Santa Fe que me vio crecer. Sentí un mareo y decidí volver. Para colmo, ella sin teléfono.
De regreso, antes de llegar a casa –todavía no recuerdo cómo logré ubicarme- me detuve en un quiosco y compré un diario. Lo doblé, lo sostuve entre el brazo derecho y las costillas, y seguí caminando. Hasta el picaporte de mi casa me pareció distinto cuando abrí la puerta. Un terrible silencio me aturdía.
Me senté en la cama. Miré los apuntes de gramática sobre el escritorio, la bolsa con los bizcochitos intacta y el mate sin empezar. Intuía que algo andaba mal. A través de la ventana, la avenida ya no era la de siempre. No vi el Dodge Polara blanco estacionado sobre la avenida. El tráfico era muy tranquilo, cosa inusual. Acomodé la almohada contra la pared y me recosté, abrí el diario y leí: «Venta ilegal de armas: el expresidente Carlos Saúl Menem continúa detenido».
Casi de inmediato un sonido conocido me volvió a la realidad. Sonó dos o tres veces y lo silencié suavemente pero con bronca. Era temprano y hacía frío. Caminé hacia la cocina a preparar el café mientras me cambiaba. No tomaba más mates en el desayuno. Las habitaciones de mi casa y sus muebles ya no eran los mismos. Sonreí meneando la cabeza. Júpiter hacía años que me había abandonado. Levanté las persianas y tampoco vi la avenida ni el Polara frente a la ventana. Miré el almanaque: 2 de julio de 2001. Cuánto hacía que no probaba aquellos bizcochitos. Cuánto hacía que no la veía. Cuánto hacía que había aprobado gramática gracias a ella… Incluso ahora le tenía un poco más de cariño a la morfología y a la sintaxis. Mucho tiempo había pasado desde que culminé mi carrera en la facultad. Tenía que escribirle. O hablarle.
El agua hirvió. Un día más en el Tribunal rafaelino me esperaba. Y Ana, tan lejos como aquella gramática, festejaría el día 10 su cumpleaños allá lejos, en el sur, seguramente con su gente, la más cercana, la que hoy formaba parte de su vida.