sábado, 28 de agosto de 2010

CLAPTON, Eric: Tears In Heaven

¿SABRÍAS MI NOMBRE
SI TE VIERA EN EL CIELO?
¿SERÍA LO MISMO
SI TE VIERA EN EL CIELO?
DEBO SER FUERTE Y SEGUIR ADELANTE
PORQUE SÉ QUE MI LUGAR NO ESTÁ AQUÍ EN EL CIELO...
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¿COGERÍAS MI MANO
SI TE VIERA EN EL CIELO?
¿ME AYUDARÍAS A RESISTIR
SI TE VIERA EN EL CIELO?
ENCONTRARÉ MI CAMINO A TRAVÉS DE LA NOCHE Y EL DÍA
PORQUE SÉ QUE NO PUEDO ESTAR AQUÍ EN EL CIELO...
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EL TIEMPO PUEDE ABATIRTE, EL TIEMPO PUEDE DOBLAR TUS RODILLAS
EL TIEMPO PUEDE ROMPER TU CORAZÓN, HACERTE SUPLICAR POR FAVOR...
MÁS ALLÁ DE LA PUERTA HAY PAZ, ESTOY SEGURO
Y SÉ QUE ALLÍ NO HABRÁ MÁS LÁGRIMAS EN EL CIELO...
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¿SABRÍAS MI NOMBRE
SI TE VIERA EN EL CIELO?
¿SERÍA LO MISMO
SI TE VIERA EN EL CIELO?
DEBO SER FUERTE Y SEGUIR ADELANTE
PORQUE SÉ QUE MI LUGAR NO ESTÁ AQUÍ EN EL CIELO...
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Tears In Heaven (Lágrimas en el cielo) es la canción que compuso Eric Clapton en memoria de su hijo fallecido, Conor, quien murió el 20 de marzo del año 1991 al caer accidentalmente de la ventana de un piso 53 de un rascacielos en Manhattan, New York, a los 4 años y medio de edad. Clapton compuso esta balada 9 meses después y se convirtió en un éxito masivo.

domingo, 15 de agosto de 2010

MUÑIZ, Juan Carlos: No sé si era feliz

Gracias CDLV

No sé si era feliz,
pero sabía que el mundo terminaba en la otra cuadra,
todos los recovecos de la siesta
me daban su cobijo y sus fantasmas.

Mi padre era tan sabio como un libro,
mi madre era el auxilio de mis manos,
mi almohada era mi amante y mi enemigo,
en las confusas noches del verano.
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No sé si era feliz,
porque temía,
las sombras de mi cuarto me cercaban,
había un gran villano de once años
y viejos de la bolsa que rondaban,
pero había también un seis de enero,
el desván en la casa de mi abuela,
había un patio lleno de tesoros
y un baldío camino a la escuela.

No sé si era feliz,
pero bastaba un pedazo de azul en la mañana,
una promesa a cambio de una nota
o fugarse a través de la ventana.

Algún día empecé a tener recuerdos
y me dieron las llaves de mi casa,
una carta de amor cerró la puerta
y yo me quedé fuera de la infancia.

No sé si era feliz,
pero qué lejos...
No sé si era feliz,
pero qué lástima.

Juan Carlos Muñiz

viernes, 23 de julio de 2010

NERUDA, Pablo: Oda al hombre sencillo

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Voy a contarte en secreto
quién soy yo,
así, en voz alta,
me dirás quién eres,
quiero saber quién eres,
cuánto ganas,
en qué taller trabajas,
en qué mina,
en qué farmacia,
tengo una obligación terrible
y es saberlo,
saberlo todo,
día y noche saber cómo te llamas,
ése es mi oficio,
conocer una vida
no es bastante
ni conocer todas las vidas
es necesario,
verás,
hay que desentrañar,
rascar a fondo
y como en una tela
las líneas ocultaron,
con color, la trama
del tejido,
yo borro los colores
y busco hasta encontrar
el tejido profundo,
así también encuentro
la unidad de los hombres,
y en el pan
busco
más allá de la forma:
me gusta el pan, lo muerdo
y entonces
veo el trigo,
los trigales tempranos,
la verde forma de la primavera,
las raíces, el agua,
por eso
más allá del pan,
veo la tierra,
la unidad de la tierra,
el agua,
el hombre,
y así todo lo pruebo
buscándote
en todo,
ando, nado, navego
hasta encontrarte,
y entonces te pregunto
cómo te llamas,
calle y número,
para que tú recibas
mis cartas,
para que yo te diga
quién soy y cuánto gano,
dónde vivo,
y cómo era mi padre.
Ves tú qué simple soy,
qué simple eres,
no se trata
de nada complicado,
yo trabajo contigo,
tú vives, vas y vienes
de un lado a otro,
es muy sencillo:
eres la vida,
eres tan transparente
como el agua,
y así soy yo,
mi obligación es ésa:
ser transparente,
cada día
me educo,
cada día me peino
pensando cómo piensas,
y ando como tú andas,
como, como tú comes,
tengo a mis brazos a mi amor
como a tu novia tú,
y entonces
cuando todo está probado,
cuando somos iguales
escribo,
escribo con tu vida y con la mía
con tu amor y con los míos,
con tus dolores
y entonces
ya somos diferentes
porque mi mano en tu hombro,
como viejos amigos
te digo en las orejas:
no sufras,
ya llega el día,
ven,
ven conmigo,
ven
con todos los que a ti se parecen,
los más sencillos,
ven,
no sufras,
ven conmigo,
porque aunque no lo sepas,
eso yo sí lo sé:
yo sé hacia dónde vamos,
y es ésta la palabra:
no sufras
porque ganaremos,
ganaremos nosotros,
los más sencillos,
ganaremos,
aunque tú no lo creas,
ganaremos..
(CHILE, 1904/1973)

martes, 13 de julio de 2010

POR LA VENTANA VEO PASAR LA GENTE


Siempre es igual: me despierto temprano, estoy todo el día en casa, aburrido, haciendo siempre lo mismo, o sea, nada. ¿Qué sentido le encuentran a la vida si está solamente para sobrevivirla? Maldigo el día en que nací... ¡Y en mi condición! Me hubiese gustado ser de una clase superior para que no me tengan de aquí para allá a los gritos, a las patadas, siempre obedeciendo, siempre con la cabeza gacha. ¿Quién dijo que el hombre es casi perfecto? ¡No! Si lo fuera, no existirían las rejas, las cadenas...
Cuando por la ventana veo pasar la gente me pregunto qué estarán pensando. Siento envidia al verlos caminar con paso seguro. Este sentimiento nace al no saber cuál es mi camino. ¿A dónde voy? ¡A ningún lado! No puedo dirigir mis pasos a lugar alguno porque no me siento libre, no me siento capaz de decir adiós a todos los que me rodean e irme a divagar por el mundo. Hay algo que me ata, algo que me detiene. Es algo que no comprendo, es una fuerza que me sujeta, que me hace regresar siempre a mi hogar.
Autos que pasan por la avenida, gente que pasa por la vereda. Nadie me ve. Todos pasan indiferentes, nadie repara en mí. De vez en cuando una viejita me saluda. Los chicos, cuando me ven en la ventana del cuarto, generalmente me hacen burla. Y yo sin poder hacer algo, sin poder siquiera gritar. ¡Qué inútil me siento a veces! No tengo ni el derecho de expresar mis deseos. Bronca siento al pensar que no puedo, aunque sea, putear a los imbéciles que se burlan de mí. Si no fuera por esas malditas rejas de la ventana... Pero trato de no pensar en ellos: prefiero pensar en los que son como yo. Somos muchos en el mundo, pero a la mayoría nos tienen marginados. Siempre detrás de las rejas, de los muros. Estamos privados de la palabra. Será por eso que pensamos tanto. Todo el día buscando un porqué. Todo el día mirando pasar gente a nuestro lado sin poder decir algo, sin poder saludar. Solo una mirada o dos, nada más. ¿Y ellos? Nada. Nos miran, sonríen, murmuran alguna idiotez y siguen su camino. Yo quisiera decirles lo que pienso...
Estoy flaco porque como poco. Es que hay veces que prefiero estar tirado en el sofá del living o en el mismo piso fresco y no responder al llamado del almuerzo. Como lo suficiente, como para seguir vivo, nada más. ¡Y si para eso estamos! Sobrevivir es la palabra justa. Pero hay días en que no como y me desespero. Pienso mucho y creo que esa es otra de las cosas que me quitan el hambre. Yo sería un buen dietista. Adelgace pensando, sería el eslogan. ¿Su problema son los kilitos de más? ¡Piense! Me llenaría de guita. Pero mi destino está aquí, en esta casa, con mi familia, pensando las tres cuartas partes del día mientras miro por la ventana cómo pasa la gente.
Quizás haya alguien que se digne a pensar en mí aunque sea un minuto y se pregunte: ¿No se cansará de estar siempre ahí? Quizás también agregue con cara de lástima: ¡Pobre!... O si no, con un poco de maldad ese alguien piense: Se debe conocer vida y obra de todo el barrio... Pero hasta con esa duda me tengo que quedar: la de saber si hay alguien que piensa en mí. ¿Por qué estaré tan solo en este mundo idiota? Mi familia se limita solo a pasarme la comida y, muy de vez en cuando, me sacan de esta maldita casa y me llevan a pasear. Necesito alguien que me comprenda, alguien que sea como yo, que piense como yo. Alguien con quien compartir las horas mirando por la ventana. Sí, eso: una novia, una compañera. ¡Qué feliz sería! Seríamos dos en la misma situación y la vida se haría más llevadera. En el barrio no faltarían los murmuradores de siempre. Pero no me importarían. Yo solo busco mi felicidad. Yo solo quiero estar con alguien con quien compartir mis penas y mis pocas alegrías. No puedo soportar la idea de volverme viejo y no poder sentirme libre, contento. No soporto la idea de saber que algún día moriré sin haber vivido a pleno la vida. Esta ventana y esta calle me van a graduar de filósofo existencialista.
¡Ni amigos tengo! Nadie con quien mirar de noche el cielo estrellado. Nadie con quien compartir un plato de comida ni un poco de agua. Nadie a quien contarle mis secretos, escuchar los suyos, reír o llorar juntos, correr por el césped sintiendo un poco más libre nuestra vida. Nadie que me diga que todo esto es así porque sí, que me haga ver con otros ojos la realidad. Nadie con quien pelearme y reconciliarme. No tengo a nadie. Estoy solo y sin amigos. ¿Tendrán amigos todos los que veo pasar por la calle? ¿Existirán los amigos?
Por la ventana veo pasar la gente. Y es esa misma gente la que ve pasar los días de su vida sin darse cuenta de que poco a poco se va muriendo. Es esa misma gente la que no se da cuenta de que el mundo sigue dando vueltas sin detenerse y que ellos son los que giran junto con él. Es la gente que pasa frente a mi ventana y no me ve. No se dan cuenta de que mientras ellos envejecen y se van muriendo poco a poco con sus problemas cotidianos, yo también me voy muriendo lentamente, pero de aburrimiento, de tristeza, de soledad.
¡Qué vida de perros me tocó vivir! No hago más que ladrar y mover la cola con alegría, siempre festejando a los pocos que me acarician. Siempre perdonando a todos cuando me pegan o cuando me retan porque me escapé de casa. Siempre moviendo la cola para que me tiren un hueso o algo para comer. ¡Así es la vida! Unos nacen hombres, otros nacemos perros. No hago más que ver la gente que pasa por la calle desde mi ventana. Siempre hay que mover la cola o bajar la cabeza... ¡Júpiter, a bañarse!... Y obedecer.



domingo, 4 de julio de 2010

TOMÁ, VIEJO, SEGUÍ TOMANDO…

"Borracho"
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—El viejo está pagando muy cara su bondad —me dijo con lágrimas en sus ojos todavía inocentes. Lo vio apoyado en el mostrador de la gorda D’Amico, apenas sostenido por sus piernas temblorosas, con su vaso de vino tinto en la mano, a medio tomar. Era el cuarto de la tarde. La gorda no quería darle tanto, pero si le negaba una copa, el Chueco se ponía violento y rompía todo lo que tenía a mano. Al Chueco era preferible tenerlo borracho y manso.
Estábamos sentados en una de las mesas del fondo del bar desde hacía media hora. Verónica había llegado buscando al Chueco y al verlo en esas condiciones no supo qué hacer. No había noche que al Chueco no lo sacaran a punto de desmayarse y vomitando bilis. La vi mal y la invité a la mesa. Sentí algo en mi interior que no puedo explicar.
—No es fácil para mí verlo así, pobre viejo… —sollozó.
Años atrás, la sonrisa era constante en el Chueco. Era siempre él el que contaba un chiste para cambiarnos las manos malhumoradas, o el primero en proponer un brindis por algo, por lo que sea, por lo primero que se le ocurriera. Nunca había tomado más de un vaso por tarde. No le gustaban, además, las bebidas blancas. ¡Y siempre bien vestido!
—Mírelo —me dijo—, se le caen los pantalones…
Yo no hablaba. ¿Qué podía decirle a una piba de dieciocho años que miraba a su padre desde un rincón? El Chueco quiso sentarse en una banqueta pero trastabilló y cayó sentado en el piso. Verónica se paró instantáneamente para ir en su ayuda pero un potente grito de su padre lanzado al aire la detuvo:
—¡Que nadie me ayude, carajo! ¡Yo me arreglo solo!
Le pedí que se sentara, que se tranquilizara. ¿Qué iba a hacer? Tanto ella, yo, como todos los que estábamos allí presentes conocíamos al Chueco, y sabíamos que era inútil hacerlo salir del bar mientras tuviera un poquito de conciencia.
Verónica sacó un pañuelo de su bolso e impidió que una nueva lágrima escapara de sus ojos.
Yo sabía que el Chueco se había separado de su mujer y sabía el porqué. Había sido un escándalo, media ciudad lo sabía, pero él jamás, ni en su peor borrachera, había hecho mención alguna al caso.
—No es justo… —murmuró Verónica.
Recuerdo que dieciocho años atrás —ya nos conocíamos con el Chueco, ya éramos amigos— llegó al bar gritando de alegría, sonriendo como nunca, solicitando felicitaciones hacia su persona. Nunca antes lo habíamos visto así, tan desbordado.
—¡Nació Verónica! ¡Verónica Antúnez, carajo!
Qué feliz estaba… Y lo mismo pasó cuando nacieron Natalia y Carina, sus otras dos hijas.
—¡Un harem tengo! —gritaba loco de contento.
Pero un día, el mundo se le vino abajo al Chueco.
—El pobre sufrió mucho —me dijo Verónica, que no podía evitar el brillo en sus ojos—. No se merecía lo que le hicieron.
Yo no quise preguntar. No quería que justo su hija fuera la que me contara la verdadera historia. Pero no me animé a decirle que se callara cuando comenzó a hablarme. Noté en ella una necesidad imperiosa de hacerlo, aunque hiciera apenas unos cuantos minutos que me había conocido.
—Ni siquiera lo sospechaba. Mamá se había encargado muy bien de disimularlo…
Tomó el pañuelo nuevamente y secó sus lágrimas. Entre sollozos siguió:
—Andaba con ese hijo de puta que se decía amigo del viejo… ¡Amigo! ¡Si el mismo diablo era!
No podía quitar la vista de su padre mientras hablaba. Sufría con cada uno de sus torpes movimientos.
—Si se hubiese enterado él solo, si los hubiese sorprendido él mismo juntos, quizás el horror hubiese sido, si no menor, más soportable. ¡Pero se enteró por el diario! Claro, se cuidaron muy bien de no publicar los nombres, pero luego se enteró. ¡Su esposa! ¡Su propia esposa, con la que creía estar viviendo todavía una luna de miel! Espero no estar nunca en el lugar del viejo…
La invité con un café y solo aceptó un vaso de agua.
—Nosotras, sus hijas, no supimos lo que había pasado entonces hasta hace poco tiempo. ¡Qué nos íbamos a imaginar semejante vergüenza!
Me sorprendió lo del diario. Una infidelidad no era común que tomara estado público a través de un medio de comunicación.
—Todo el mundo se enteró de eso. ¡Pobre! No solo los encontraron en su lugar de trabajo sino que fue necesario también llamar a un servicio de emergencias…
No lo sabía. Me pareció terrible. Miré al Chueco y también me dieron ganas de llorar.
—Mamá no volvió a casa. No volvió a vernos desde aquel día... Cinco años hace…
No podía mirarla a los ojos. No lo soportaba. Ni Verónica ni sus dos hermanas menores merecían eso. Menos el Chueco, que acababa de caerse nuevamente al piso para levantarse inmediatamente a las carcajadas mientras pedía a la gorda D’Amico otro vaso de tinto.
—Tomá, viejo, seguí tomando si eso te hace olvidar… —murmuró.

lunes, 31 de mayo de 2010


"Nos vamos a morir de todas maneras.
Nos juguemos o no nos juguemos:
el problema, en todo caso,
no consiste en morirse joven,
sino en haber vivido al pedo".

Francisco “Paco” Urondo
(Santa Fe, 1930/1976)

sábado, 29 de mayo de 2010

ARCO IRIS: Sudamérica o el regreso a la aurora

Algo se está gestando / lo siento al respirar / es como una voz nueva / que en mí comienza hablar. // De pronto en el planeta / va quedando un lugar / donde los hombres podrán / seguir creciendo en paz. // Con su selva y su pampa / y su cordillera / un nuevo continente / pronto va a despertar. // Quizás los nuevos Incas / Quizás la nueva luz / La hora prometida / pronto va comenzar.
¡Sudamérica, Sudamérica!/ Sudamérica, Sudamérica!
Algo se está gestando / lo siento al respirar / es como un viento nuevo / que nos reunirá. // Sin personalidades / Sin armas ni color / Es como un sentimiento / Es como un nuevo Sol. // Con su selva y su pampa / y su cordillera / un nuevo continente / pronto va a despertar. // Quizás los nuevos Incas / Quizás la nueva luz / La hora prometida / pronto va comenzar.
¡Sudamérica, Sudamérica! / ¡Sudamérica, Sudamérica!
(de "Arco Iris" - 1972 - Autor: Gustavo Santaolalla)
Ara Tokatlián: vientos
Guillermo Bordarampé: bajo
Gustavo Santaolalla: guitarra y voz
Horacio Gianello: batería y percusión

jueves, 20 de mayo de 2010

SOCIEDAD COLONIAL


"Manifestación"
(Antonio Berni - Argentina, 1905/1981)
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Ocurrió un día cualquiera del año 2009. Mientras ayudaba a estudiar a Pedro Ciencias Sociales de 4º grado y leía cómo estaba compuesta la sociedad colonial santafesina en el siglo XVI, en forma jerárquica y desigual, vinieron a mi memoria voces muy cercanas, escuchadas en pleno siglo XXI.
Pedro debía aprender que la población blanca de aquella época formada por los españoles y sus descendientes (los criollos) ocupaba una posición privilegiada. Se consideraban superiores por el color de su piel, por su riqueza y sus costumbres. Eran los blancos ricos, dedicados al comercio o propietarios de grandes estancias, un grupo muy pequeño de familias emparentadas entre sí. Se llamaban a sí mismos “la gente decente”.
Que los mestizos (mezcla de indígenas y españoles) eran vendedores ambulantes. Los indígenas —los verdaderos dueños de la tierra— fueron los más perjudicados por la llegada de los conquistadores, que los dominaron por la fuerza ya que poseían armas de fuego y caballos, desconocidos en estas tierras.
Que en el último estrato social estaban los mulatos y negros, que eran considerados, o mejor dicho, no eran considerados seres dignos. Eran esclavos que la clase dominante podía comprar y vender a su gusto.
Mientras Pedro leía yo pensaba en la gente que por estos días tenían que hacer interminables colas para poder gestionar un subsidio nacional. Y en mis oídos resonaron palabras dichas en pleno siglo XXI que bien podrían haber sido dichas en la época colonial.
“Hay que ver la mugre que dejan en la vereda cuando se van y hay que limpiar todo…”, murmuró una mujer indignada.
“Son negros que nunca laburaron ni lo van a hacer mientras sigan dando subsidios y casas gratis”, aseveró un cincuentón muy bien vestido mientras miraba la larga cola desde la vereda de enfrente.
“¡Hay un olor a jaula!”, dijo despectivamente una profesional del Derecho luego de pasar por al lado de la larga cola y mientras ingresaba al edificio de los Tribunales.
“Griten `¡A trabajar!` y van a ver cómo salen todos corriendo y no hay más colas”, comentó un funcionario público mientras se aflojaba la corbata que lo ahorcaba.
“¡Que agarren la pala!”, sugirió despectivamente alguien que nunca la había agarrado en su vida y sin embargo tuvo mejor suerte que cualquiera de los que hacían la cola.
“Es una vergüenza”, se quejó un joven de veinte pero con mente de ochenta mientras abría sus brazos nerviosamente, sin pensar que no eran ellos los culpables de esa situación.
“Esto no da para más, tiene que explotar de alguna manera”, sentenció un gorila nostálgico de vida contemplativa y cómoda, mientras deseaba que una mano dura se hiciera cargo de la situación.
Pedro siguió leyendo: “Era difícil que la clase acomodada se relacionara con los blancos más pobres y más raro aun que lo hicieran con los mestizos, mulatos, indios o negros”. Detuvo la lectura, pensó y me planteó: “Si los españoles, los blancos, no se relacionaban con los indígenas y negros, ¿de dónde salieron los mestizos y los mulatos?”.
Intenté una explicación acorde a un niño de nueve años y no pareció entender.
Es evidente que el pensamiento de la "gente decente" del siglo XVI cinco siglos después sigue vigente, y que los que por entonces eran el último eslabón de la sociedad, todavía lo siguen siendo.

miércoles, 12 de mayo de 2010

GELMAN, Juan: El animal

¿Qué miran?
(Argentina, 1944)
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Cohabito con un oscuro animal. Todo lo que hago de día, él de noche me lo come. Lo que hago de noche, me lo come de día. Lo único que no me come es la memoria. Se encarniza en hacerme recordar hasta el más chico de mis errores y mis miedos.
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No lo dejo dormir.
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Soy su oscuro animal.

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(Argentina, 1930)

martes, 4 de mayo de 2010

TANGO


"La habitación de Vincent en Arlés"
.No estás.
Te busco y ya no estás.
Qué largas son las horas
Ahora que no estás...



Escucho atentamente a Julio Sosa y relaciono su canto con mi propia realidad. Camino lentamente por las calles desiertas y ardientes de una ciudad vacía. Manos en los bolsillos y auriculares colocados. Siento la tristeza en el alma y miro sin ver a mi alrededor. El sentimiento melancólico y triste de la letra del tango me hace identificar con su música, con su poesía, con su esencia. En mi mente ahora hay un recuerdo que no me deja tranquilo. Mi obligada siesta en esta calurosa ciudad ya no es necesaria. O sí. Pero es imposible. El ventilador no pudo alejar las ausencias del alma y busqué alivio en el exterior. Mis ojos inmensamente abiertos miran sin ver la quietud y la soledad de la ciudad. Intento no pensar. Porque me siento incompleto, porque veo todo gris y no puedo dejar de contar las horas cada vez más largas. Necesito recobrar lo perdido. Necesito cambiar el color de mi rostro, de mi alma. Necesito no perder más vida llorando recuerdos, ausencias, soledades. Necesito volver a hacer de la felicidad una realidad. 
Estoy solo y nadie me mira. ¿A quién le importa hoy mi situación? Las calles están tristes. Julio Sosa no termina de llorar penas. A pesar del sol, todo está oscuro en mi mente y apenas puedo pensar coherentemente. El tiempo no pasa y vivo eternamente este presente insoportable, el único día, el de la soledad. ¿Quién me dice dónde está ella? Una eternidad sin verla, siglos sin escuchar su voz, ni una sola carta diciéndome aquí estoy. ¿Qué hace? ¿Qué piensa? Ni siquiera se imagina que la estoy evocando, que hoy, con mis ojos que no quieren ni pueden cerrarse definitivamente, la pienso y la recuerdo con su sonrisa sincera. Pero los recuerdos no hablan, no escuchan... 
¿Quién al verme se dará cuenta de lo que siento en mi amarga soledad? ¿A quién le importa la vida del otro? Si yo muriera en este instante, seguramente jamás se enteraría de lo que siento. Ella nunca sabría lo que yo pienso y sufro. Jamás se enteraría de cuánto la quise. Si muriera ahora, nadie, absolutamente nadie, podría decirle que yo estaba loco por ella. Ahora me siento observado por todos. Mi caminar cansino debe provocar pensamientos varios. Dirán que no tengo apuro, que no estoy haciendo nada, que estoy perdiendo el tiempo sin hacer algo productivo. Y es cierto. Camino y me evado todo el día en los mundos posibles e imposibles de mi mente. ¿Qué otra cosa hacer para no pensar en ella, en mi soledad? 
¿Por qué te fuiste dejándome solo en esta ciudad triste y solitaria? Caminar bajo este cielo ya no tiene sentido. Mis ojos ya no ven otra cosa más que tu cara y tu cuerpo en todas partes. ¿Dónde encontrarte? Me canso de golpear en la puerta de tu departamento y nadie me contesta... 
No está... Ya no me escucha, ya no me mira, ya no me siente. Sencillamente, no está. Y deambulo por las calles del mundo buscándola. Si ella me viera escribir esto... Si ella me viera llorar su ausencia...

lunes, 3 de mayo de 2010

GALEANO, Eduardo: Mapa del tiempo

"Consolation"

Hace unos cuatro mil quinientos millones de años, año más, año menos, una estrella enana escupió un planeta, que actualmente responde al nombre de Tierra.
Hace unos cuatro mil doscientos millones de años, la primera célula bebió el caldo del mar, y le gustó, y se duplicó para tener a quien convidar el trago.
Hace unos cuatro millones y pico de años, la mujer y el hombre, casi monos todavía, se alzaron sobre sus patas y se abrazaron, y por primera vez tuvieron la alegría y el pánico de verse, cara a cara, mientras estaban en eso.
Hace unos cuatrocientos cincuenta mil años, la mujer y el hombre frotaron dos piedras y encendieron el primer fuego, que los ayudó a pelear contra el miedo y el frío.
Hace unos trescientos mil años, la mujer y el hombre se dijeron las primeras palabras, y creyeron que podían entenderse.
Y en eso estamos, todavía: queriendo ser dos, muertos de miedo, muertos de frío, buscando palabras.

viernes, 30 de abril de 2010

viernes, 9 de abril de 2010

LAMENTO EN PROSA POR UN AMOR QUE NO FUE


Ya nadie se animará a decir que estoy medio loco, aunque lo esté. A mí nadie me lo dijo y sé que jamás me lo dirán. Ninguno de los que me conocen entiende por qué reparé un día en vos. Imagino a los imbéciles conjeturando idioteces, maldiciones, improperios. ¡No me vengan a mí con versos moralistas! ¡Ah, querida, cómo hacer para estar con vos a pesar del mundo!...

Sonreíste aquella vez, tímida, en la distancia. Intenté encontrar tus ojos... difícil tarea. Disimulé ignorarte —¡cómo hacerlo!— pero nadie lo creyó. Pasó el tiempo y mi disimulo se perfeccionó. Logré que todos creyeran que para mí eras nadie, que para mí eras invisible. Tan a la perfección lo hice que vos, tonta, también lo creíste. Y te perdí para siempre.

lunes, 22 de marzo de 2010

24 de marzo: ¡MEMORIA!

CELEBRACIÓN DE LA AMISTAD 1
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En los suburbios de La Habana, llaman al amigo mi tierra o mi sangre.
En Caracas, el amigo es mi pana o mi llave: pana, por panadería, la fuente del buen pan para las hambres del alma; y llave por...
—Llave, por llave —me dice Mario Benedetti.
Y me cuenta que cuando vivía en Buenos Aires, en los tiempos del terror, él llevaba cinco llaves ajenas en su llavero: cinco llaves, de cinco casas, de cinco amigos: las llaves que lo salvaron.
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Eduardo Galeano (Uruguay, 1940)
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sábado, 20 de marzo de 2010

¿POR QUÉ ME DEJASTE?

El espejo falso. 1935. René Magritte.

No lloré. No lo hice porque a pesar de mi corta edad comprendí que todo debía ser así. ¡Pero cuánto dolor! Me dejaste solo en este mundo traicionero con mis alas recién desplegadas. Apenas si me preparaste para seguir. No encontré ni encuentro consuelo. ¿Por qué me dejaste? Recuerdo que cuando te tenía sonreía constantemente. No me interesaba más que mi propio mundo, ese pequeño mundo en el que yo era feliz. Pero te fuiste. Ya tus ojos hermosos no me miran, tus brazos no me protegen. ¿Dónde escuchar tus suspiros? ¿Cuándo recibiré nuevamente tus besos? Jamás. Me dejaste sin avisar y si bien ni una lágrima se desprendió de mis ojos, fue porque realmente me la aguanté y me la sigo aguantando.
Ayer, no hace mucho, cuando todavía corrías conmigo por las calles del barrio, creía que siempre me sentiría seguro. No entendía el porqué de la tristeza, de las lágrimas, del dolor. Fue ayer. Pero hoy comprendo que no todo es hermoso en la vida. Aprendí que estar solo, sin vos, es peligroso. Aprendí que no puedo dejar que los otros se me acerquen con tanta facilidad. Aprendí a hacerme valer y me sentí mal porque vos nunca me lo habías enseñado. Renuncié —tuve que renunciar, te juro que me obligaron— a muchas cosas que vos me inculcaste. Esas pequeñas cosas que parecen insignificantes pero que tanto valor tienen. Y me doy cuenta ahora, ahora que ya no las tengo...
¿Por qué me habrás dejado tan rápido? ¿Qué apuro tenías? ¿Acaso no te agradaba mi compañía? Cuántas cosas quedaron en el tintero... Cuántas preguntas no hechas, cuántos consejos no escuchados, cuántas palabras no dichas ni oídas. ¿Me seguirás acompañando desde donde quieras que estés? Yo te sigo recordando y creo que eso me sirve para sentir que todavía estás conmigo. Sabrás que me cuesta olvidar todo lo pasado. ¿Cómo olvidarme del barrio, de los amigos, del fútbol, de la bicicleta? ¿Cómo olvidarme de aquella niña que me dijo que me quería y yo no supe qué hacer? Ah... Esas pequeñas cosas...
El grabador suena y por suerte la música me trae todos los hermosos recuerdos de aquellos momentos cuando todavía estabas conmigo. ¿Te acordás? ¡Cuántos sueños! Soñábamos que éramos los integrantes de ese famoso grupo de rock y que el público enloquecía con nuestra música. O que éramos los goleadores de nuestro equipo de fútbol favorito y la hinchada nos ovacionaba en cada partido. ¿Y cuando defendimos a esa chica de una patota y recibimos como premio un beso en la mejilla? ¿Te acordás? ¡Cuántas ilusiones compartidas! Y ahora ni siquiera puedo soñar. Ya no estás y estoy muy desorientado. Estoy perdido y no logro entender todavía la propuesta de este mundo loco y más perdido que yo.
Sé que no debo llorar y no lo hago. Sabía que esto algún día iba a pasar... y pasó. Ya no te tengo. Y la vida no espera. Sé que tengo que seguir, seguir solo, sin vos. Más que saberlo, me resigno. No lo comprendo. ¿Por qué me dejaste tan temprano? ¿Por qué no pudiste seguir conmigo, vivir conmigo, morir conmigo? No, no lo comprendo. Pero no te guardo rencor, Inocencia, sé que no es tu culpa.

PASTORAL: Me desprendo de tu vientre



Llego desde el centro de tu vientre a esta vida 
con el llanto y la ceguera que ella misma impone,
sé que respirando solo viviré durando 
hasta que mi cuerpo tome forma verdadera.

Ay... qué fácil me fue nacer 
con el dolor de mi madre 
y así empezar a crecer...

Y sentir mis huesos quietos no querer quedarse,
y querer que mi nombre suene impresionante, 
y abrir mis ojos que nunca supe que estaban 
para atrapar las luces con solo mirarlas. 

Ay... qué fácil nos es crecer 
cuando no queremos mirar 
que vivir no es solo respirar.

Y pasar por el colegio y la secundaria, 
y cerrar mi mente a todo lo que sea farsa, 
y sangrar mi cara por haber gritado fuerte, 
y saber más tarde que siempre algo se aprende.

Y hoy el ayer me queda lejos, 
y veo que estoy creciendo 
cuando atrás va quedando atrás, 
tan atrás...

miércoles, 11 de mayo de 2005

SAPO DE OTRO POZO


La del viernes 17 de junio de 2005 fue la noche esperada. Pero no fácil para él. El haberse alejado hace ya tiempo de su ciudad natal había significado también el distanciamiento de ciertos ritos nocturnos que alguna vez supo compartir con sus amigos.
El comienzo de la noche fue muy bueno. Dos chivitos fueron asados en estacas sobre generosos leños y bajo una garúa persistente. Otro chivito, más protegido y sobre brasas abundantes, fue cocinado al punto exacto. ¿Qué punto no hubiese sido exacto para unas veinte almas hambrientas? Fue hermoso además compartir el vino, las bromas, las partidas de truco, los recuerdos, las gastadas, las pitadas, los abrazos y la música. Fue bueno ponerse al día en asuntos de familia, trabajos, locuras, en fin, en temas de la vida. Y fue muy bueno darse cuenta de que después de tantos años todavía estaban ahí, todos juntos, cada vez más, con un mismo objetivo: compartir, disfrutar, vivir el momento, olvidar, recordar... Todo esto fue bueno para él.
Pero lo que prometía ser una noche perfecta poco a poco fue convirtiéndose en una situación que, creía, ya formaba parte de su pasado. Y no fue porque sus amigos no hubiesen cambiado en nada desde aquellos tiempos, sino porque seguramente había sido el maldito tiempo el que lo había llevado por delante a él.
La comida se terminó. El alcohol también. Las partidas de truco comenzaron a hacerse monótonas y los ánimos de viernes por la noche parecieron revivir en todos. El ruido de la nocturnidad hizo su llamado y aceptó sin mayores reparos la invitación.
Con sus amigos de siempre ingresó a un mundo olvidado hacía mucho tiempo, tanto que no recordaba siquiera haberlo aceptado como algo valedero en el tiempo de su adolescencia. Apenas se abrió la puerta advirtió que ahí adentro había más gente que la necesaria. Al menos para él, simple sapo de otro pozo. El humo, las luces difusas y el ruido lo transportaron inmediatamente a una etapa de su vida en la que, recordaba, ya rechazaba los lugares como ese. La música que escuchó era la misma que siempre había odiado en aquella época, a la que llamaban disco, bolichera, y ahora tecno, marcha. ¿La diferencia entre ambas épocas?: la tecnología, nada más.
Se abrieron camino empujando cuerpos un tanto estáticos rumbo a... ¿qué sabía él lo que había en el fondo? A su alrededor hombres y mujeres no tan jóvenes —¿de su edad?— sonreían, bebían, fumaban, no hablaban y movían sus labios al ritmo del dance.
Unos minutos después de haber ingresado, y ya casi en el fondo del local, presenció la situación que, en definitiva, sería la que le hiciera tomar la decisión de abandonar el lugar pocos minutos después: el ruido computarizado de música latosa y ritmo fabricado seguramente por un corazón de plástico, se escuchaba a todo volumen, ensordecedor, cuando frente a sí un hombre de unos treinta y pico o cuarenta años, subido a una pequeña mesa, dirigía su vista al techo sin mirar mientras levantaba sus brazos siguiendo el ritmo del ruido y meneaba todo su cuerpo. Pero lo que más rechazo le causó es que lo hacía solo y parecía gozar. Rito onanista, pensó. Durante unos segundos se interrogó: ¿repararía alguien —de uno u otro sexo— en ese hombre, sin sentir el rechazo que él estaba sintiendo en esos momentos? ¿Qué pretendía un ser humano con esa actitud? ¿Estaba normal? ¿Estaría planteando una forma de escapismo momentáneo y fugaz del mundo exterior? ¿Sería así en su vida cotidiana? La respuesta apareció en su mente de manera instantánea: era así, sentía así y por eso estaba ahí, junto a otros cientos igual a él, bailando solo, gozando solo, y en ese mismo lugar estaba inmerso él, perdiendo sueño, perdiendo vida...
Y no lo soportó más. Palmeó la espalda de sus amigos, hizo un gesto de despedida —imposible hablarles y menos ponerse a fundamentar su decisión— y se fue, abriéndose camino entre las mismas personas con los que alguna vez, en la adolescencia, seguramente había compartido los mismos sitios, por aquellos tiempos —quizás— en forma si bien no justificada, al menos comprensible.


2005