domingo, 25 de abril de 2021

ESPEJOS


Hoy vi a un pibe en cuclillas, en silencio: miraba los autos pasar.
Y a otro: pateaba monótonamente la pelota contra el frente de su casa.
Luego, a un muchacho, manos en los bolsillos: silbaba la melodía de una canción.
Volví a casa con la mente perdida en el pasado.

martes, 13 de abril de 2021

LA PERMUTA



Fue una pérdida muy grande, no lo voy a negar. Pero tenía que hacerlo, no tenía otra alternativa. Sí, es verdad, fueron muchos años compartidos y en realidad no había lugar donde ella no me acompañara. Tuve que aguantar las cargadas de mis amigos porque —decían— no me separaba de ella en ningún momento. Algo de razón tenían, pero… Fueron muchos años, estaba acostumbrado a su compañía, pero eso no debía influir en mi decisión de dejarla, no debía pensarlo demasiado. Creo que hice bien. Con ella ya no iba a encontrar la felicidad.
Fue una relación muy linda pero poco a poco se fue desgastando. Me di cuenta de que ella no era la única en el mundo y empecé a prestar mayor atención a todas las demás. Noté que eran mucho más elegantes, estilizadas, modernas. Al ver tanta belleza ajena, sentía un poco de vergüenza al seguir a su lado. Vergüenza y rabia a la vez. ¿Por qué seguir con ella si no me gustaba, si no me sentía cómodo, si no era feliz?
Mi desilusión se hizo notar paulatinamente. Comencé a salir solo y con ella lo hacía muy de vez en cuando. Y cuando lo hacía, trataba de ir a sitios donde la gente no me conociera tanto. Estoy seguro de que ella se daba cuenta. ¿Pero qué podía hacer, pobre, ante mi actitud? Sé que le hice mal, y mucho, pero estaba en juego mi felicidad. ¿Egoísta? No, porque también estaba en juego la suya. Porque al final de cuentas estar con alguien que no la quiera, que no la aprecie, solo le acarrearía disgustos. ¿O me equivoco?
Nunca le dije por qué. En realidad ella nunca supo lo que yo pensaba porque a mí no me gusta hablar mucho. Un día empezamos a estar juntos y otro día se terminó. Nada más. ¿Qué le podía decir yo? Entre nosotros había un silencio divino que nos comunicaba. Las reacciones y los movimientos eran nuestro lenguaje y le puedo asegurar a quienquiera que nos llevábamos muy bien. Nos necesitábamos. Ella no podía existir sin mí y yo no podía estar sin ella y quizás esa haya sido una de las causas de mi agotamiento y de mi decisión de dejarla. En realidad todo cambió muy rápido. Repito y no me avergüenzo al decirlo: fueron las demás las que me hicieron dejarla. Era la envidia la que me partía el alma cuando veía a los otros con tantas de ellas mucho más modernas y hermosas, paseando a mi alrededor…
No voy a negar que fue difícil. Me costó mucho tomar la decisión. ¡Pobre! Sabía que le iba a hacer daño al dejarla. Pero si no lo hacía, al daño me lo iba a provocar yo mismo. ¿Tratar de hacer que ella cambie? No. ¿Para qué? No hubiésemos ganado nada. Cambiar una careta por otra no hubiese sido la solución. Yo estoy mejor ahora sin ella...
Mis viejos me preguntaron una y otra vez por qué. Ellos también se habían encariñado y no comprendían mi actitud. No supe explicarles muy bien pero luego de una larga historia —mitad verdad, mitad mentira— logré convencerlos de que esa sería la mejor decisión para mí. No obstante, todavía no pueden olvidarla y de vez en cuando —más de lo que considero necesario— se encargan de recordármela… Para ser sincero, recordarla me produce un poco de nostalgia, pero el tiempo se encargará, como lo hizo con tantas otras cosas, de ir borrándola poco a poco de mi mente y de mi corazón.
Muchos no entienden mi actitud. ¿Por qué se meterán en mi vida? Cuando se deja de querer algo es mejor abandonarlo. Yo la quise pero ya no la quiero. ¿Por qué seguir fingiendo algo que ya no existe? Diría Neruda: «Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise». O «De otro, será de otro»… ¿Y qué le voy a hacer? Si yo renuncié a ella, tiene todo el derecho de buscarse otro. Después de todo… yo ya tengo otra.
Nunca me animé a decirle que la dejaba por otra. Habrá sido para no lastimarla, porque cuando la dejé reconozco que todavía la quería. Pero no podía seguir así. Preferí ponerle otras excusas. Que quería estar un tiempo solo. Que quería sentirme independiente. Que no quería hacerle mal mintiéndole. Y tantas cosas más…
No fue fácil. No decir la verdad me hacía mal, pero creo que lo que hice fue lo mejor. Algún día alguien juzgará si hice bien o mal.
Ella seguramente se sintió mal porque me necesitaba. No sé si todavía me recordará. Espero que no. Sería lo mejor porque ¿para qué seguir sufriendo toda una vida? Trato de olvidarla aunque todavía guardo unas cuantas fotos en donde estoy con ella en tiempos felices. Quizás solo queden como un lindo recuerdo de un tiempo pasado del que no me arrepentiré, a pesar de todo, de haberlo vivido.
«Uno nunca sabe si un recuerdo es algo que tiene o algo que perdió», se plantea Woody. Pero el tiempo pasa y con el tiempo las personas van cambiando. Cada uno hace cuentas y ve viejos sueños realizados que quizás nunca los hubiese podido concretar de haber seguido como antes, en una actitud contemplativa, cómoda, sin riesgos. Quizás nunca me olvide de ella. Pero no puedo seguir llorando algo lindo que pasó y que no podía seguir.
No sé para qué estoy escribiendo esto, no sé para qué diablos me va a servir. Si me ayudara al menos a… Espero que no me guarde rencor. Yo sé que ella va a ser feliz con otro. Al menos ese es mi deseo. Sí, ella va a saber olvidarme. Yo no soy el único que la hubiese podido hacer feliz. No soy perfecto ni el mejor, lo sé. Y me gusta saberlo. Solo quiero que ella sea feliz.
Ahora tengo otra. Más elegante, más graciosa. Me hace brotar una sonrisa constante y sentirme bien. Tiene una gracia sin igual. Además creo que ella también se encuentra a gusto conmigo. No digo que sea mejor, pero a veces es mucho más… ¿práctica? Se hace más fácil de sobrellevar. Además sé que me va a acompañar adonde yo quiera dirigir mi vida.
Sinceramente la otra me pesaba. No me seguía el ritmo. A mí también me costaba sobrellevarla. Con la actual no me pasa lo mismo. Es mucho más decidida, más atrevida, y me sigue en todas mis locuras. Nos llevamos muy bien. Todavía me falta conocerla un poquito más, pero sé que no será difícil adaptarme a ella para siempre.
Es una todo terreno con cambios. Me siento más libre, más liviano. Con la otra me costaba pedalear y pedalear cuesta arriba y cada vez se me hacía más insoportable. No me arrepiento de haber hecho el cambio. Con mi actual bicicleta ahora soy feliz.

viernes, 15 de enero de 2021

PAUSA



He notado que me sigue hace un buen tiempo. La vi muchas veces cerca de mi casa, parada en la esquina del almacén o apoyada en el viejo jacarandá. Sé que me está vigilando, que está estudiando todos mis pasos como para algún día frenarme en medio de la calle y decirme todo lo que piensa. Es cierto que le estoy escapando. No tengo ganas de hablar con ella, no por ahora. También sé qué es lo que quiere de mí y no lo disimula. Cada vez que paso cerca de ella me clava la mirada y me anula. No la puedo mirar, es más fuerte que yo. Sé que quiere que la mire, que repare en ella, que le haga un gesto, pero no puedo. Reconozco que Laura durante mucho tiempo estuvo a mi lado y en mi mente, pero algo pasó y la dejé. No tengo ganas de ponerme a pensar por qué, lo cierto es que no puedo volver atrás. Sería hermoso, pero necesito un tiempo para hacerlo. Es cierto que no le di una explicación valedera… pero no tenía —ni tengo— por qué dársela. Y para colmo siempre está con ese tarado de Juan… Un imbécil que cree que se las sabe a todas y ni siquiera tiene bien claro cuál es su función en este mundo. Algún día tendré que ponerme las pilas y enfrentarla, decirle que me deje en paz, que por ahora no tengo tiempo de ocuparme de ella ni de su amiguito y todos los rollos que tienen en su cabeza. Le tendré que ser sincero: tengo ganas de seguir con lo nuestro, sé que algún día vamos a retomar nuestro proyecto, pero no ahora. Tengo mucho laburo, pocas ganas de pensar y muchas ganas de dormir con la música a volumen diez. Pero no la quiero ver más ahí parada, al acecho. No quiero pasar frente a ella e ignorarla. No quiero esquivarla. No quiero negarla. Me da vergüenza hacerlo porque ella sabe todos mis movimientos, ella me vigila y no puedo hacerme el otario. Está esperando algo de mí y yo no le doy la más mínima señal. ¿Qué culpa tengo de estar así? Le voy a decir que se ponga en mi lugar… Pero la vida es así. Ni ella ni yo la podríamos modificar.
Por ahora Laura seguirá parada en esa esquina, bajo ese árbol, esperando que algún día me comunique con ella, que me vuelva a ocupar de su vida, de la de Juan. Hoy por hoy seguiré escapando hasta tener ganas de volver… ¿Y si cuando quiera volver no me da ni la hora? ¿Y si me rechaza? Posibilidades… Pero Laura sabe muy bien que no me va a poder rechazar. Juan tampoco podrá darse ese lujo. Si quieren seguir siendo los personajes de mi novela —hasta ahora inconclusa—, no me van a poder rechazar.

domingo, 3 de enero de 2021

La vieja


La busqué el 31 de diciembre por la tarde para que recibiera el nuevo año en Rafaela con mi familia. El 1º de enero al mediodía le dije que la llevaría de vuelta a su casa al otro día. Quería volverse ya, pero la persuadí diciéndole que allá estaría sola y se aburriría. Al menos acá estaba con nosotros, con su hijo, su nuera, sus nietos. Asintió y continuó con la lectura de una revista de chismes vieja que encontró en el revistero.
A las cuatro de la tarde se levantó de dormir la siesta, se vistió y comenzó a preparar el bolso. ¿Qué hacés, mamá? «Me voy». Mañana yo te llevo en el auto, mamá. Hoy es feriado, quiero comprarte mercadería en el supermercado y hoy está todo cerrado. «Ah, bueno, me hubieses dicho antes».
Sentados en el patio veíamos cómo el anochecer del primer día del año se iba aproximando. «¿Lo llamaste a Marcelo para que me vaya a esperar?». Sostenía la misma revista del mediodía. No sé si la leía o solo miraba las fotos de las rubias vestidas a la moda. ¿A dónde te tienen que ir a esperar, mamá? «A la terminal de colectivos. Voy a llegar de noche y alguien me tiene que esperar». No te vas a ir en colectivo, mamá. Y menos hoy. Yo te voy a llevar a tu casa mañana. Vamos a ir en el auto. «Yo no tengo casa, es la casa de mi mamá». No, mamá. Es tu casa. A tu casa te voy a llevar. «Pero no traje la llave». Sí, mamá, la trajimos y está en el auto. «Ah, bueno, ¿entonces hoy no me voy?». Mañana yo te llevo. Ahora vamos a comer un asadito, dormimos y cuando te levantés, te llevo. Abrió la revista que había cerrado segundos antes y clavó la vista en sus páginas. No tenía los anteojos para leer, por lo que confirmé que solo miraba las fotos.
No fue fácil la noche, sobre todo para Josefina, que compartía la pieza con ella. Dos o tres veces tuvo que explicarle, en horas de sueño, que no se levantara, que durmiera, que todavía era de noche y estábamos todos durmiendo.
Se levantó de buen humor pero quejándose de un dolor que le nacía en el cuello y continuaba en su brazo derecho. «Para colmo es el derecho, el que yo uso y no puedo hacer nada. No sé qué tengo en este brazo…». A ese dolor lo venía arrastrando desde hacía ya cinco años, cuando se quebró el húmero derecho al caerse en su casa a la salida del baño y estuvo tirada en el piso, sola, veinticuatro horas sin ser asistida. A pesar de las operaciones, nunca pudo recuperar la movilidad normal del brazo ni olvidarse del eterno dolor.
«¿Le hablaste a Marcelo?». Él ya sabe que te llevo. ¿Para qué querés que le hable? «Para que me espere. Que compre algo para comer…». Mamá, hoy es sábado y Marcelo seguramente está trabajando. Además está con su familia. Yo voy a comprar algo para que comas al mediodía. Además, va a estar alguna de las chicas que te acompañan. Bajó la cabeza como para disimular, seguramente no me había entendido.
Juntamos los dos bolsos que había traído con su ropa y la cartera. ¿Dónde tenés el barbijo, mamá? «Ah, ¿qué sé yo? ¿Yo traje barbijo?». Sí, mamá. Estaba guardado en la cartera. «¿Y mis anteojos negros?». Acá, junto con el barbijo. «Me duele mucho el cuello… y acá el brazo derecho». Le di para que tomase un Tafirol. Tomá, con esto se te va a pasar un poco.
Subimos al auto a las 9. Una hora y media nos esperaba de viaje. «¿Le avisaste a Marcelo para que nos espere?». Sí, mamá. Marcelo ya sabe que te estoy llevando. Además debe estar trabajando. Ya lo vas a ver… Cargamos nafta y partimos. «¿Sabés de lo que me estoy dando cuenta? De que no traje la llave de la casa de mi mamá». No habíamos salido aún de Rafaela. Todavía no habíamos ingresado a la ruta 70, la que nos comunicaba con Santa Fe. La llave es de tu casa, no de tu mamá. «Es la casa de mi mamá». ¿Cómo encarar la situación?... ¿Quién es tu mamá, mamá? Respondió sin titubear: «¡Sofía!». ¿Y dónde está Sofía, mamá? Vinieron a mi mente las palabras de la médica gerontóloga: «No la hagan sentir mal con los recuerdos, sobre todo si no colaboran a hacerla sentir bien». Y me sentí mal. Miró al frente. La ruta 70 comenzaba a aparecer pero ella no miraba hacia adelante. Seguramente lo hacía hacia adentro. Y llorisqueó. Buscó un pañuelo entre sus ropas y le alcancé un descartable que tenía en el auto. Se secó los ojos por debajo de los anteojos negros y entre lágrimas y mocos me dijo: «Yo la tengo muy presente a mi mamá. Soy una boluda. No me doy cuenta de que ya no está». Intenté sacarle dramatismo a la situación y de manera risueña le pregunté: ¿Sabés cuántos años tendría tu mamá ahora? «Ma qué se yo…». Nació en el año 1900. Tendría ciento veinte años. ¿Conocés a alguien que tenga ciento veinte años? No dijo nada. Siguió mirando hacia adelante (o hacia adentro). Quién sabe en qué estaría pensando o en qué otro mundo se encontraba su mente ahora. Rompí el silencio para hacerla pensar un poco. Mamá, ¿quién cumple años dentro de pocos días? Respondió enseguida: «Yo cumplo años… El 9. ¡Mirá si no me voy a acordar!». ¿Y sabés cuántos cumplís? «¿Qué sé yo? Como cien…», y rio. Le afloró una sonrisa como si su propia edad fuese una broma que le hacía la vida. Desde que subió al auto no se había quejado del dolor de cuello y brazo. Naciste en el 34. O sea, vas a cumplir… (acá dudé yo) ¡87 años! «¡Qué vieja!», dijo y volvió a reír.
Al llegar al primer peaje de la ruta 70 habíamos recorrido no más de veinte kilómetros de los noventa que nos separaban de Santa Fe. «¡Qué largo se me está haciendo este viaje», se quejó. Mamá, recién salimos. «Ah, pero para mí se hizo relargo… A esta ruta no la conozco. ¿Para dónde vamos?». Esta es la ruta que hacemos siempre, mamá. Vamos para Santa Fe. Tenemos que pasar por Nuevo Torino, Humboldt, Esperanza… «Pero yo nunca vine por acá». No seguí esa conversación. Hacía treinta años que me había radicado en Rafaela y las miles de veces que hizo ese trayecto de ida y vuelta lo había hecho por la misma ruta.
En un momento comenzó a buscar algo alrededor, entre sus piernas. «¿Yo no traje nada, ni cartera ni bolso?». Sí, mamá. Tu cartera está en el asiento de atrás. Junto con dos bolsos con tu ropa. Intentó darse vuelta para mirar y no pudo hacerlo. El dolor reapareció. «No puedo mover el cuello de cómo me duele… Y el brazo, el derecho… No sé qué tengo…». La vista al frente, hacia el paisaje llano, soja por un lado, maíz por el otro. Poco movimiento en la ruta. «Hace calor». Quién sabe en qué va pensando. O qué recuerdos, imágenes, sonidos dan vuelta en su cabeza. Nuevamente dudo si mira el paisaje a través del parabrisas o da vuelta por un mundo pretérito. Sus próximas palabras me confirman que acaba de volver al pasado. «¿Le avisaste a mamá que estamos yendo?». No quiero volver a preguntarle quién es su mamá y dónde está. Hago silencio. La miro de reojo y advierto que nuevamente llorisquea y se lleva el pañuelo descartable a los ojos, por debajo de los anteojos. De repente habla: «O sea, yo ya no tengo madre, ni esposo, ni nada…». Sí, mamá, tenés a tus hijos: Marcelo, Liliana, la Pupi y yo. «A mis hijos y a mis hermanos…». No, mamá. Tus hermanos tampoco están… murieron. Me arrepentí inmediatamente de haberle dicho tan crudamente la verdad, no por la verdad misma, sino por la forma. Me imaginé la cara de la gerontóloga recriminándome estas nuevas palabras. Meneó la cabeza y dirigió la vista al frente. Los anteojos negros que mi vieja llevaba puestos me impedían ver si tenía los ojos abiertos o si los había cerrado, intentando darse cuenta de una realidad a la que parecía no encontrarle sentido.
Luego de varios minutos de silencio, volvió a dirigirme la palabra: «¿Vos tenés llaves de la casa de mi mamá?ۛ». Sí, tengo llaves, pero de tu casa, no de tu mamá. «Ah, porque yo a las mías no las traje». Sí, las trajiste, acá están. Y le muestro el llavero con sus llaves que está en el organizador del auto, entre los asientos. «Esa no es mi casa…», asegura sin mirarme. ¿Y de quién es, si no es tuya? «No sé, mía no es». Sí, mamá, esa es tu casa. Ahí vivís vos desde que falleció papá, hace… (vuelvo a dudar y caculo) como diecisiete años. Menea la cabeza como negando y no dice nada. Silencio de introspección que no interrumpo a propósito. Quién sabe si no es más feliz en ese mundo desconocido para mí pero vivo en su mente.
«¿Le avisaste a Marcelo que estamos yendo?». Sí, mamá, Marcelo ya sabe. Y ya sabe Liliana y ya sabe la Pupi también. Cuando lleguemos seguramente va a estar una de las chicas que te cuidan. No dice nada. ¿Qué tal son las chicas? ¿Son buenas?, pregunto. «Sí, son buenas…». ¿Te acordás cómo se llaman?, intento ejercitar un poco su memoria. «No, no sé, no sé quiénes son». Trato de ayudar: Rocío es una, Sandra es otra. Y Jésica. Hace un movimiento de hombros como diciendo que no se acuerda. «¡Qué largo se me hizo este viaje! Por acá no vinimos nunca… Por acá alargamos». No, mamá, siempre venimos por acá. Lo que pasa es que hace casi un año que no viajás y debés estar cansada, por eso. Ya vamos a llegar. «¿Le avisaste a Marcelo?». Sí, mamá. Le avisé. «¿Y la llave de mi casa? ¿La tenés vos?». Sí, mamá, la tengo yo.
Cuando llegamos, la dejé en su casa —estaban dos de sus nietos santafesinos— y fui al supermercado a comprar mercadería para que tenga para los próximos días. Le compré comida hecha para que no tuviesen que cocinar: pollo al horno con papas. Llegó una de sus cuidadoras, Jésica, a quien le digo mientras me ayuda a guardar la mercadería que solo había que calentar la comida. ¡Qué buen hijo!, le dice Jésica a mi madre. «¿Viste? Así es mi esposo. Vos te tenés que buscar uno así». Jésica me mira sin saber cómo reaccionar. Le hago una mueca como para que le reste importancia. No, Emilia, déjeme así que yo estoy bien sola, sin marido, dice Jésica. «Pero un marido así tenés que buscarte, como el mío». Ya era hora de volver a Rafaela, donde me esperaban a almorzar. Bueno, mamá, yo me voy. Me vuelvo a Rafaela. «¿Pero volvés más tarde?». No, me voy a Rafaela, con mi familia. Yo vivo en Rafaela. «¿Y no volvés más?». Sí, pero otro día. No puedo viajar todos los días. «¿Y le avisaste a Marcelo que ya estoy acá?». Sí, mamá. Ya le avisé. Les avisé los tres: a Marcelo, a la Lili y a la Pupi.
Y me volví a Rafaela con una angustia inevitable, con la cabeza llena de preguntas sin respuestas. Pero con la certeza de que la vida nos juega a traición cuando menos lo esperamos. Puse la música a todo volumen y encaré para la ruta 70.

03/01/2021

lunes, 3 de agosto de 2020

OTRA MAÑANA



Sintió fiaca, como todos los miércoles, jueves y viernes a esa hora. Manoteó el reloj despertador y lo calló. Sin embargo, no lo odiaba. No podía odiar a una cosa, a un aparatito metálico inventado por el hombre para cumplir horarios establecidos por el propio hombre. Lo miró y perdió toda esperanza de que la máquina se hubiese equivocado: eran, indefectiblemente, las cinco de la mañana. Tomó coraje y comenzó a levantarse. Le costaba, pero no quedaba otra opción. ¿Qué hacer si no? Escuchó un grito proveniente de la pieza contigua:
—¡Negri! ¡Las cinco!
—Ya estoy despierto… —murmuró sin importarle si en la otra pieza lo escuchaban.
Una vez sentado en la cama, encendió la luz. Murmuró algunas palabras que ni siquiera él comprendió y comenzó con los movimientos mecánicos, sin pensar demasiado, para vestirse. Camisa blanca, pantalón negro de gabardina, medias negras y zapatos del mismo color. La mañana estaba fresca y se puso un pulóver gris escote en ve. A la corbata la dejó para lo último, segundos antes de salir. No terminaba de acostumbrarse a usarla. Con sus ojos aun semicerrados se dirigió al baño, lugar donde se terminaba de despertar por completo. Estaba todo calculado: se lavaba la cara, se mojaba el cabello, se cepillaba los dientes y se sentaba en el inodoro a leer. Un libro sobre el Che lo entretenía en sus momentos íntimos. Una página o dos por día eran suficientes y ayudaba el trabajo intestinal.
Ya con la taza de café en manos abrió un libro de Bioy y continuó la lectura comenzada días atrás. Hacía todo pendiente del reloj. A las seis menos veinte acostumbraba a salir caminando rumbo a la terminal de colectivos pero a veces el estómago le jugaba una mala pasada. A los apurones tenía que sentarse nuevamente en el inodoro y hacer todo contra reloj. Por supuesto que en estos apuros el Che no se hacía muchas ilusiones de ser leído. No obstante los imprevistos, siempre tenía tiempo suficiente como para llegar con tranquilidad a la boletería.
Ese día no había sufrido contratiempos y salió con carpetas y libros bajo el brazo, con mucha parsimonia, hacia la calle todavía oscura. No tenía demasiadas ganas de ir a dar clases pero las obligaciones laborales no podían eludirse con tanta facilidad. La humedad era insoportable. Había una neblina muy espesa y no podía ver más allá de media cuadra. Linda mañanita para seguir durmiendo, pensó bostezando. Caminaba como sonámbulo por las calles vacías, húmedas y patinosas.
Una vez sentado en su butaca a la espera del horario de salida, miró a su alrededor y notó —como nunca lo había hecho— que no era el único imbécil que se levantaba a esa hora, que no era el único que se disfrazaba así. Vio ojos semicerrados que se subían al colectivo y se iban acomodando en silencio en sus asientos. Vio al diariero de todos los días balbuceando la palabra «diario» en su propio dialecto y también escuchó los comentarios de los más despiertos sobre los últimos anuncios del ministro de Economía. No advirtió en qué momento se puso en marcha el motor, pero cuando el colectivo se puso en movimiento sintió una paz interior que lo desbordó. Se acomodó bien y esperó ansioso que el guarda retirara los pasajes. Tenía unos cuantos minutos por delante para relajarse y cerrar los ojos antes de llegar a Nuevo Torino.

Abrió la carpeta y con la lapicera fuente en su mano derecha releyó por enésima vez los escritos. Había mandado los originales a un concurso literario nacional y los resultados todavía no habían sido dados a conocer. No se tenía fe, pero todo aquel que participa en un concurso no deja de hacerse ilusiones hasta que se entera de que el ganador fue otro. No le parecía un mal cuento. No se consideraba un Borges ni un Cortázar pero su obra no le disgustaba. Corregía sus escritos constantemente: era un eterno revisar y modificar hasta la más insulsa coma que le parecía inapropiada. Siempre encontraba algo que cambiar. Apretó el play del grabador que estaba a su lado y sintió nostalgias por épocas pasadas. Muchacha ojos de papel era una de sus preferidas. Y los viejos recuerdos venían a su mente con aquellos amargos compartidos en su pieza con sus amigos de la secundaria. Viejos amigos… ¿dónde están?... Fue a la cocina a preparar esos mates de siempre aunque no tuviera con quién compartirlos. Sus viejos los tomaban dulce y siempre le criticaban los suyos. El timbre se mezcló con Spinetta y no le dio importancia, alguien atendería el llamado. Pensó que sería una gran experiencia recibir aunque sea una mención. ¿Se darían menciones en esos concursos?... Estaba bien. Hacía lo que le gustaba. Amaba. Era feliz al pensar que todavía creía en el amor. Y si a veces se sentía un bicho raro ante cierta gente, le importaba un rábano. ¿Habrán participado muchos? Che, para vos…, dijo su madre mientras le entregaba un sobre marrón del correo. Leyó el remitente y un escalofrío recorrió todo su cuerpo. ¡De tanto pensar se me hizo! Rompió el sobre con violencia y nerviosismo. Se fijó ahora en el destinatario, por las dudas... y sí, era para él. Se quedó mudo con la carta en la mano. Miró el reloj de pared y no supo explicarse por qué lo hizo. No tenía apuro para nada. Dobló el papel y se sentó. Su cara ahora era inexpresiva. Por fin murmuró: ¿Gané? No lo podía creer. Se preguntaba si había participado solo. ¡Pero qué estaba diciendo! Le comunicaban que había ganado, que había sacado el primer premio, y no era capaz de esbozar una sonrisa. ¿Gané? Iba tomando conciencia. Las dudas se disipaban poco a poco. Sí, era para él. Y dentro de quince días le entregarían el premio en un acto… Seguramente tendría que decir algo, preparar unas palabras, pero ¿qué? ¿Un discurso? ¿O solo palabras de agradecimiento? Sentía ahora vergüenza por haber mostrado sus escritos, era la primera vez que lo hacía… Seguramente los imprimirían, comenzaría su obra a recorrer el mundo, la leería mucha gente. Recordó las palabras de Hemingway cuando decía algo así como que publicar es echarse a los perros. ¿Y si no gusta? ¿Qué dirían sus conocidos que ni siquiera sabían que él escribía? ¿Cuántas cosas tendría que aguantar a partir de esta situación? ¿Qué es?, preguntó su madre. La miró y olvidándose de todos sus cuestionamientos se levantó, le dio un gran beso en la mejilla y gritó: ¡Gané!

De pronto la luz del interior del colectivo se encendió y lo encandiló. Se sintió perdido. No supo qué hacer y un par de manotazos lo ayudaron a reaccionar. Sus libros y carpetas estaban a punto de caerse. El colectivo había aminorado la marcha y escuchó el grito del chofer: ¡Nuevo Torino! Allí debía hacer el trasbordo a otro colectivo que lo llevaría a Pilar. Sonrió. Pensó en sus alumnos del Instituto Santa Marta. Ellos formaban ahora parte de una realidad que era ineludible. Una realidad que de vez en cuando lo dejaba irse a otros mundos inciertos que también eran necesarios para poder seguir sintiéndose vivo.
1991

sábado, 11 de julio de 2020

23 DE OCTUBRE


Fue el peor día de mi vida. Lo digo ahora, mirándolo desde lejos, analizando la situación con un poquito más de tranquilidad. Corría octubre, recuerdo, y la situación de mi familia era crítica. El viejo hacía tiempo que andaba sin laburo y se las rebuscaba con algunas changas. Del ferrocarril lo habían echado por racionalización. ¡Qué palabrita! Como si el hombre fuera solo un pedazo de carne… La política neoliberal estaba haciendo estragos en el país y la privatización de los ferrocarriles era inminente. La vieja tenía bastante que hacer en casa con mis hermanos y también conmigo, que a los dieciocho años no estudiaba ni laburaba y estaba viviendo a costillas del pobre viejo. De vez en cuando me las rebuscaba para llevar unos mangos a casa pero, debo confesarlo, no me simpatizaba mucho hacerlo. Siempre fui un tipo tranquilo. Buscaba constantemente la soledad y me aislaba de los que me rodeaban. Nunca me gustó el tumulto. La gente no me cae bien.
Pensándolo bien, no sé si fue el peor de los días de mi vida, porque en realidad me dejó muchas, muchísimas enseñanzas. Si no fuese por ese día, hoy Sebastián no me estaría mirando.
Me desperté cuando el viejo llegó a casa, a los apurones y llevándose todo por delante. Eran las cinco de la mañana. Escuché los gritos de la vieja: ¡¿Qué hacés, Adolfo?! ¿De dónde sacaste eso? Mi viejo tardó en contestar. Luego de unos minutos, jadeando y en voz baja, quizás para evitar que sus hijos escuchásemos, le explicó el porqué de todo. No aguanto más, Susana, no aguanto más. Ya no me siento ni siquiera hombre. No puedo sentirme orgulloso de ser padre. Llorisqueaba. Fue la primera vez que lo escuché hablar con dificultad. Me imaginé su rostro y me sentí muy triste. ¿No me entendés, Susana? Los pibes tienen hambre. Estoy cansado de golpear y golpear puertas y que me reciban con los puños cerrados. ¡¿No me entendés, carajo?! Hacía esfuerzos para no gritar. Hubo un largo silencio de palabras pero no de llantos. Lloraron juntos. Quizás se abrazaron. Poco a poco el silencio se fue adueñando de la situación. No pude volver a cerrar los ojos y me levanté. Dos o tres mates fueron suficientes. Los viejos se habían ido a su pieza. Sobre la mesa había unos cuantos billetes apilados y dos relojes pulseras dorados. Ni los toqué. Busqué aire puro y no lo encontré. Las calles de la ciudad estaban sumergidas en una nube negra y espesa.
¿Qué día de octubre fue? Sí, ahora lo recuerdo: 23 de octubre. El 24 iban a ser dos años que había conocido a Mariela y quería darle una sorpresa. Confieso que el dinero que estaba sobre la mesa me tentó y mucho. Pero, ¿qué sabía yo para qué lo había llevado mi viejo a casa? Caminé sin rumbo fijo e intentaba pensar en algo ingenioso. No tenía un solo peso, por lo tanto, mi ingenio tendría que hacer un gran esfuerzo, cosa a la que no estaba acostumbrado.
Cuando lo vi, me paralicé. Me encandiló. Pestañé dos o tres veces hasta que lo observé detenidamente. El brillante era hermoso. Estaba en una cajita de terciopelo roja y anulaba con su majestuosidad a todas las joyas que estaban a su alrededor. ¡Cómo me gustaba! ¡Cómo le gustaría tenerlo a Mariela! La gente apenas transitaba por la calle a esa hora y faltaban por lo menos dos horas para que la joyería abriera sus puertas al público. Sentí una incertidumbre desconocida. Tenía ganas de romper el vidrio y llevarme el brillante. ¿Y la alarma? Ese era el problema. Pero pensé que preocuparme por eso era el mayor obstáculo. Alcé una baldosa, cerré los ojos y escuché la explosión. Los pedazos de vidrio se desparramaron y en el mismo momento en que la alarma comenzó a hacerse escuchar, agarré el brillante y corrí hacia cualquier lado.
Mariela me abrazó y me besó con mucho entusiasmo al principio. Pero con preocupación a los pocos segundos. El brillante la había enloquecido. Nunca había visto algo parecido. ¿Cuánto te costó? No la miré y desconfió. ¿De dónde lo sacaste? No contesté con palabras. Los besos fueron mi respuesta y como contrarrespuesta recibí la entrega total de Mariela. Pasamos toda la siesta en un hotel y tras cada pregunta acerca del brillante, que ya tenía colocado en su anular y no dejaba de mirarlo en ningún momento, yo callaba o cambiaba de tema. Fue todo muy lindo, pero algo adentro mío me decía que ese día, ese maldito 23 de octubre, iba a ser más largo de lo que yo esperaba y me traería más de una sorpresa. Y no tardé en comprobarlo.
Cuatro enfermeros sacaban dos camillas con sábanas blancas bañadas en sangre que cubrían aparentemente dos cuerpos. La policía prohibía el paso de peatones y de vehículos. Yo me acercaba con mucho miedo e intriga. De mi casa parecía salir humo o eso fue lo que me pareció. No veía a mis hermanos ni a los viejos. ¡Alto, no se puede pasar!, me gritaron. ¡Yo vivo ahí!, respondí mientras empujaba al policía sin obedecerle. Me dirigí hacia una de las camillas y levanté la sábana: un hombre de barba oscura tenía la cara empapada de sangre. Sentí náuseas. Me apartaron sin dejarme ver quién estaba en la otra camilla. La ambulancia se fue inmediatamente pero sin hacer sonar la sirena. ¿Quién sería ese hombre de barba? ¿Qué hacía en mi casa? ¿Cómo había muerto? ¿A quién se llevaban en la otra camilla?
Sebastián, fruto de aquella siesta del 23 de octubre, me sigue mirando con mucha atención. Mariela lo tiene en brazos mientras yo aprieto con fuerza, impotente, los barrotes de mi celda. Si no fuera por ese revistero que me vio correr como loco luego de la explosión del vidrio, no me hubiesen agarrado. Pero las cosas son como el destino manda y hasta dentro de dos años y tres meses no podré correr con Sebastián por la plaza del barrio.
¡Pobre, el viejo! También a él el destino le jugó una mala pasada. Yo sospechaba que mi vieja tenía sus aventuras, pero nunca creí que lo haría en casa. ¿Quién te mandó, vieja, a meterte en tu propia cueva?
¡Ay, día nefasto! Mi viejo en cana. Yo también. Mi vieja… que en paz descanse. Mis hermanos, solos, a la buena de dios. Mariela con Sebastián… lo único bueno que me pasó entre tanta miseria. ¡Ay, 23 de octubre, quién te pudiera borrar del almanaque para siempre!

1991

viernes, 10 de julio de 2020

DELINCUENTES



Eran cuatro. Tres pertenecían a la misma familia (dos hermanos y un primo). El restante, un incondicional. De los dos hermanos, una era mujer. La cabecilla, el cerebro. Sus variadas lecturas y su admiración por Tom Sawyer y Huckleberry Finn la habían ayudado a erigirse en líder de la banda. Dicen quienes los conocieron más de cerca que los hombres debían rendirle cuenta sobre su actividad delictiva y que ella celosamente guardaba lo malhabido en su casa. Nunca usaron armas, nunca maltrataron a sus víctimas. Si alguien les hubiese dicho que eso era un trabajo, no lo hubiesen hecho seguramente. A ella ser la jefa le daba seguridad suficiente como para ejercer dominio sobre sus compinches. Tomaba esa actividad como un pasatiempo rentable, como un hecho provechoso, pero por sobre todas las cosas, como un juego, una actividad que nadie la obligaba a realizar. Se sentía líder. Y así era feliz. 
La suerte fue por un tiempo su aliada pero, como ocurre siempre con esta clase de triunfadores, el éxito fue efímero. 
El final de las tropelías que habían comenzado quién sabe cuánto tiempo atrás, llegó antes de lo esperado en un comercio céntrico de la ciudad. El primo fue observado por una vendedora justo cuando tomaba lo que no correspondía y lo escondía en el bolsillo de la campera. El incondicional fue un poco más burdo para ocultar su botín y ante la desesperación por sacárselo de encima, se lo pasó a la jefa, quien lo ocultó bajo la ropa. No pudo pasar desapercibida. Los paquetitos de queso sustraídos por el primo tenían un tamaño ideal y tentador, pero la pelota de fútbol número cinco no fue fácil de disimular. Y menos aún estando inflada. El hermano menor los miraba absorto. Los cuatro fueron aprehendidos ese nefasto día en Casa Tía. 
Los delincuentes, con solo doce años a cuestas, debieron prometer el resarcimiento del daño para no ser reportados a la autoridad policial y, por ende, a sus padres. Y lo hicieron bastante rápido. En un descuido de una familiar cercana, se hicieron del dinero que estaba destinado a abonarle al sodero la compra mensual, y así evitaron que su accionar se hiciera público ante la sociedad, sus familias y sus amigos, delito cometido en un comercio del que, según dicen, muy pocos chicos de esa edad han podido salir sin llevarse su pequeño botín escondido…

lunes, 11 de mayo de 2020

SOLO HASTA EL FINAL



De chico ya me gustaba estar solo. En la escuela, en la calle, en casa. Pero era difícil.
En la escuela estaba rodeado de cientos de chicos alborotados que jamás me dejaban sentir en soledad. Pero me las ingeniaba. En el aula, mientras el profesor intentaba mantenernos a todos atentos, yo, en el último banco, me dedicaba a dibujar. Nunca nadie le encontró sentido a mis dibujos. Ni yo. Pero era hermoso hacerlos, mirarlos crecer, terminarlos, esconderlos para evitar la sanción. Me las arreglaba para alejarme de todo el entorno y ser feliz en mi pequeño mundo interior.
Donde no tenía mayores problemas para aislarme era en la calle. Siempre caminé por los cordones de la vereda sin reparar en la gente ni en los autos que pasaban. Bajo el sol o bajo la lluvia. Con la única compañía del cigarrillo que se consumía enseguida. O silbando una canción que me ayudaba a ignorar los ruidos molestos del mundo.
En casa no era nada fácil. Éramos cuatro hermanos más mis viejos en una casa chiquita. Pero siempre me la ingenié para estar conmigo mismo, aunque acompañado. Los mejores momentos los pasaba sentado arriba del ropero que había en el comedor y escuchaba música muy fuerte con los auriculares puestos. No me daba cuenta de que mi familia estaba en casa, no escuchaba si sonaba el teléfono o si llamaban a la puerta. El perro podía ladrar sin cansarse que yo no lo escuchaba. Con mi música imaginaba episodios que me hubiese gustado convertir en realidad. Lo curioso era que en todos esos sueños no quería estar solo y hacía participar a una amiga que siempre estaba a mi lado y con la que disfrutábamos al máximo nuestra adolescencia en libertad. Y es por eso que ahora pienso seriamente si mi soledad se debía a que me gustaba estar solo o simplemente a mi incapacidad de comunicarme con los demás. Siempre soñé con tener un cuarto propio y nunca lo tuve. Más que un cuarto, un refugio. Un altillo lleno de cosas mías, de mis libros, de mis posters, de mis cuadros, de mi música, de mi ropa… todo mío. Con una ventana a la calle y desde arriba mirar a la gente pasar. Y que no me vean. Quería saber de los otros pero que nadie supiera de mí. Por las tardes abría la ventana del frente de casa a la misma hora y esperaba que pasara una maestra de la escuela del barrio —nunca supe cómo se llamaba— que me gustaba. Habrá tenido unos diez o quince años más que yo… pero qué linda era. Yo la observaba mas no me dejaba ver.
Siempre quise estar solo, no sé el porqué: siempre me gustó. Además, tengo que sentirme satisfecho porque, al fin de cuentas, nunca tuve a nadie a mi lado. A pesar de que quisieron hacer de mí un ser social. ¡Ja! No pudieron.
Y hoy estoy solo. No sé si decir que soy feliz. Tendría que estarlo, ¿no? Estoy como siempre me lo propuse: sin nadie a mi alrededor. Solo unas pocas luces y una sábana blanca. Nadie me viene a ver, a reconocer. Estoy verdaderamente solo. Dentro de veinticuatro horas seguramente la tierra estará cayendo sobre mi cajón y ni una lágrima, ni una, caerá por mi culpa.

1993

UN INALCANZABLE OBJETIVO ALCANZABLE



Valerio y Simón se encontraron a las tres de la tarde en una de las tantas plazas de su ciudad. El día era oscuro y frío. Nubes grises cubrían todo el cielo. Una densa neblina flotaba sobre la ciudad. Valerio maldijo el tiempo y Simón, callado y con un gesto, asintió la protesta de su amigo.
Los dos eran callados, de carácter introvertido. El silencio era muchas veces su único contacto. A pesar de que los dos tenían ocho años, tenían un físico bastante diferente. Valerio era petiso, rellenito y con cabellos negros y enrulados. Simón era alto, flaco y usaba su pelo castaño más o menos largo. Estaban juntos porque siempre lo estaban. Quién sabe cuánto tiempo hacía que eran amigos... Habían compartido innumerables aventuras callejeras y justamente ese día, a las tres de la tarde, hora en que toda la ciudad dormía, estaban aburriéndose.
—¿Qué hacemos? —preguntó Valerio.
—No sé... ¿Qué sé yo?
—Nunca más recuperamos la pelota...
—Ese viejo es un desgraciado. Le rompería el quiosco a patadas...
Cuando Simón pronunció estas palabras, a Valerio se le iluminaron sus ojos. Sonrió. Seguramente una nueva idea se le había ocurrido. ¡Vamos!, le dijo a su amigo tomándolo del brazo y se echaron a correr hacia el quiosco del viejo que retenía la pelota de goma que una semana atrás había roto el vidrio de la puerta luego de una serie de cabezazos entre los amigos. Simón corría detrás de Valerio sin entender muy bien lo que pasaba. Valerio revoleaba sus piernas desprolijamente, como guiado por una fuerza desconocida. Simón lo seguía a pesar de todo porque conocía muy bien a su compañero y sabía que no lo hacía en vano. Eran como dos delincuentes volviendo inocentemente al lugar del crimen.
—¡Pará! ¡Pará! —gritó de pronto Simón.
—¿Qué pasa? —contestó Valerio mientras detenía su marcha y jadeaba cansado.
—Explicame un poquito... ¿Pensás que el viejo nos va a devolver la pelota después de lo que hicimos?
—No, gil. Hoy es feriado. El quiosco está cerrado y como está nublado, se me ocurrió una idea genial...
—No entiendo nada.
—¡Quiero ver el sol! —gritó Valerio y volvió a correr.
Simón dudó unos segundos antes de seguirlo. Se rascó la cabeza. No sabía qué hacer. ¿Quiere ver el sol?, se preguntó a sí mismo... y la idea no le disgustó. Emprendió también la carrera rumbo al quiosco, rumbo a lo desconocido, que fue lo que más lo entusiasmó. No sentían frío por el trote ligero, pero la falta de sol sobre la ciudad era cruel.
—¿Sabés? —dijo Valerio cuando se detuvo a unos pocos metros del quiosco—. El viejo todavía no hizo arreglar el vidrio.
—Pero está tapado...
—Sí, pero es fácil destaparlo. ¿Te acordás del agujero que hay en el techo del quiosco?
—Sí, pero... ¡Aclarame algo!
—El edificio inmenso que está arriba del quiosco no está terminado y está abandonado...
—¿Y?
—¡Es fácil! El edificio es altísimo. Si llegamos hasta arriba de todo quizás superemos las nubes y podamos ver el sol...
Simón se quedó pensativo. La idea empezaba a interesarle.
—Pero hay que entrar al quiosco... —ambos se pusieron serios—. ¿Y si nos cachan? Van a pensar que entramos a robar.
—¡Pero no, si no hay nadie!...
Se miraron un instante sin decir nada. Valerio esperaba la respuesta de su amigo. Simón estaba entusiasmado pero tenía que vencer sus miedos. Al fin tomó coraje y gritó:
—¡Ma sí! ¡Vamos!
Ahora fue Valerio el que dudó. No esperaba esa respuesta de Simón, y menos así tan rápida. Especulaba con la negativa de su amigo y la idea quedaría como un proyecto irrealizable. Toda la culpa de la frustración recaería sobre Simón, por su cobardía. Pero la situación había cambiado. Simón era el que ahora tenía la fuerza y las ganas y Valerio el que debía dejar de lado los temores. ¿Debía echarse atrás?
—¡Dale, vamos! —insistió Simón.
—Bueno...
No se decidía. Pero no podía decir que no, no debía mostrar sus flaquezas. La idea era buena, al sol lo iban a poder ver fácilmente. El edificio era altísimo y la neblina borraba los últimos pisos... pero había que pasar por el quiosco... ¿Valía la pena arriesgarse? Sí, claro que vale la pena, se decía para darse fuerzas. Era una aventura más para compartir con su mejor amigo, solo debía decidirse. Sentía como si la felicidad de toda su vida estuviera en la realización de este proyecto.
—¡Ma sí! ¡Vamos! —gritó al fin Valerio.
Ya estaban metidos en el juego. No podían echarse atrás. El quiosco estaba ahí, frente a esas miradas inocentes que observaban que a la puerta le faltaba el vidrio que días atrás ellos mismos habían roto. Un cartón tapaba el hueco; una cinta de embalar marrón lo sostenía al marco. Romper esa protección o simplemente sacarla sería una pavada. Solo debían cuidarse de que nadie los viera. La calle estaba vacía. Apenas un auto pasaba velozmente. Desde el balcón de un edificio de la cuadra advirtieron que una mujer los observaba. Una señora de unos setenta años. Pero hasta ahora nada malo estaban haciendo, se sentaron en el cordón de la vereda y disimularon su intención. Esperaron varios minutos sin hablar, nerviosos, esperando ansiosamente que la señora ingresara a su departamento y los dejara actuar. Temblaban. No sabían si de frío o de miedo. La neblina no se disipaba pero comenzó a soplar viento sur, fuerte y frío. De pronto advirtieron que la única testigo había desaparecido, tan inesperadamente como había surgido el viento. Ya podían actuar libremente. Estaba todo listo para cruzar la barrera hacia el sol.
De los dos, era Valerio el que generalmente tomaba las iniciativas, por lo que dudando primero y venciendo luego el temor, de un manotazo desprendió el cartón que tapaba el agujero de la puerta. Por ese espacio pasarían tranquilamente. No volvieron a hablar. Sabían que el silencio era importante y, además, una clave. Sabían además, a pesar de su corta edad,  que para lograr el objetivo tendrían que medir cada movimiento con mucho cuidado. Primero pasó Valerio y vio todo en penumbras. Le costó adaptar su vista al ambiente. Simón cruzó el abismo segundos después, luego de comprobar que nadie los estaba observando. Tapó desde adentro nuevamente el agujero con el cartón. Lo logró a medias. La cinta ya no se adhería al marco como antes. Afuera las hojas de los árboles corrían cada vez más fuerte hacia el norte. El camino se hacía ahora más difícil debido a la oscuridad.
Un mundo de fantasía encontraron adentro del quiosco. Chocolates de todo tipo en una estantería, caramelos de todas clases y marcas en cajones y frascos, pelotas de goma de todos los tamaños colgaban en redecillas, innumerables juguetes ocultaban las paredes, cajas y más cajas de las figuritas que ellos mismos coleccionaban. Todo esto brillaba a pesar de la oscuridad frente a los ojos inmensos de los chiquilines. No dijeron nada, no movieron un solo dedo, solo miraban. Parecía mentira. El sueño de todo pibe de estar solo y sin guardianes adentro de un quiosco era para ellos en esos momentos una realidad. Se les hacía agua la boca.
—¡El techo! —gritó Simón.
—Sí, ahí está el agujero... Tiene una tapa.
—Pero se puede abrir. ¿Cómo subimos?
—¡Ahí! La escalera.
Subió Valerio muy lentamente mientras Simón sostenía la escalera destartalada. La tapa cedió fácilmente y un oscuro infinito se divisó en lo alto.
—¿Podremos llegar?
—No hay más que probar...
Valerio y Simón estaban poseídos por una fuerza que desconocían: el coraje y la confianza eran sus aliados. Subió también Simón. Abajo dejaban un quiosco intacto, inexplorado por dos niños que se dirigían a su destino fundamental: el sol. Un sol hermoso que imaginaban en la azotea, más allá de la neblina y de las nubes grises. Les latía el corazón desesperadamente mientras subían por las escaleras sin terminar del viejo edificio. Todo estaba oscuro. Solo el chillido de algunas ratas se escuchaba además de los pasitos infantiles. Eran dos ciegos rumbo a la luz.
—¿Será cierto que los edificios son más altos que las nubes?
—Mi papá me dijo que los rascacielos sí son más altos.
—Ojalá, porque si no, no podremos ver el sol.
—Si no podemos... si no podemos...
—¡Si no podemos, por lo menos lo intentamos!
—Sí, pero... ¿será cierto?
Luego de varios minutos de subir casi corriendo por las escaleras abandonadas, llegaron al último piso. Escucharon a esa altura lo fuerte que soplaba el viento. Se encontraron frente a una puerta metálica cerrada con un alambre. Abrirla debería ser fácil. Por debajo de la puerta ingresaba una leve claridad que hacía ilusionar a los niños.
—¡Dale, dale!
—¡Pará, que está duro!
El alambre no cedía. Los corazones se aceleraban cada vez más. Los latidos podían escucharse en todos los pisos del edificio. Cada ruido que hacían era respondido por un eco en el vacío. De pronto escucharon una sirena y se quedaron inmóviles. Se miraron y sin decir una palabra pensaron en el sanatorio que estaba a pocos metros del edificio.
—Sigamos.
Más tranquilos, siguieron luchando contra el alambre. En cinco o seis minutos lograron sacarlo. La puerta quedó liberada y una gran sonrisa adornó el rostro de Valerio y Simón. Con una leve patada abrieron la puerta. Y el espectáculo fue total, una maravilla indescriptible. Los rayos del sol encandilaron a los niños. Fueron felices, habían logrado el objetivo. Ya no tenían duda: ¡era cierto que los edificios eran más altos que las nubes!
—¡Viste! ¡Viste!
—¡Sí, el sol! ¡Ahí está! ¿Viste que mi papá tenía razón?
Se abrazaron sin pensarlo. Casi por un movimiento mecánico, instintivo. No se dieron cuenta de que era la primera vez desde que se conocían que lo hacían. Un fuerte abrazo lleno de risas y asombro. La felicidad era infinita, y para mejor, compartida. El cielo estaba casi despejado. Las nubes corrían velozmente. El sol brillaba como nunca en lo alto. Hacía frío y todavía el viento soplaba fuerte, ese mismo que minutos antes comenzó a soplar cuando decidieron largarse a la aventura. El objetivo estaba cumplido: el sol, ese que no podían ver desde la calle, ahora estaba ahí, al alcance de sus ojos.
Mientras el abrazo se hacía eterno y miraban fijo hacia el cielo sin hablar, a través de la puerta metálica aparecieron violentamente dos policías y el dueño del quiosco.
Sus inocentes ocho años no estaban acostumbrados a ser entrevistados por la policía ni a escuchar los insultos incesantes del viejo que se había quedado con su pelota de goma. Retrocedieron sorprendidos y atemorizados. No dijeron nada. Los bajaron del brazo y se dejaron llevar. En la azotea no quedó más nadie, solo el sol que seguía brillando espléndidamente y a los lejos, hacia el norte, se divisaban las últimas nubes.
Los sacaron por la puerta del quiosco, ahora abierta. En la calle los esperaban dos policías más en un patrullero. Una decena de curiosos miraba a los amigos y realizaban los más absurdos comentarios. Desde su balcón, la señora los volvió a observar. Simón miró a Valerio resignado pero ya sin nervios. Valerio sonrió. El silencio los seguía comunicando. Estaban satisfechos porque se sabían inocentes. En el quiosco no faltaba un solo caramelo. No estaban arrepentidos. El viejo comerciante seguía blasfemando. Antes de subir al patrullero, las sonrisas de Valerio y Simón se convirtieron en carcajadas. Ya no hacía frío. El sol calentaba toda la ciudad.

1987




jueves, 24 de octubre de 2019

BETTE MIDLER: The rose



Algunos dicen que el amor es un río
que ahoga la tierna caña.
Algunos dicen que el amor es una navaja
que deja tu alma sangrando.
Algunos dicen que el amor es un hambre,
una necesidad dolorosa e interminable.
Yo digo amor, es una flor
y tú, su única semilla.

Es el corazón, temeroso de romperse,
el que nunca aprende a bailar.
Es el sueño, temeroso de despertar,
que nunca se arriesga.
Es aquel que no se deja llevar,
aquel que parece no poder dar.
Y el alma, temerosa de morir
que nunca aprende a vivir.

Cuando la noche ha sido demasiado solitaria
y el camino ha sido demasiado largo
y piensas que el amor es solo
para los afortunados y los fuertes,
solo recuerda que en el invierno,
muy por debajo de las amargas nieves,
yace la semilla que con el amor del sol,
en la primavera se convierte en la rosa.

(EE UU, 1947)
Interpretada por Bette Midler (EE UU, 1945)

ZAFAR



La inevitable e inocente locura que otrora reinó en este lugar se está convirtiendo en una situación provocada ex profeso. Y se advierte sin demasiado esfuerzo. Por ejemplo, lejos se está aquí adentro de utilizar un lenguaje simple e inocente. Se han muerto todas las metáforas y recursos técnicos de los que el lenguaje se vale para cantar la hermosura de las simples cosas. La dureza y frialdad de un lenguaje estructurado —que no requiere cambios ni sorpresas— nos quitan —¿nos matan?— la creatividad innata que llevamos como seres humanos.
Aquí el hombre juzga lo que el propio hombre ha fabricado: la violencia, la maldad, el des-amor, la muerte, la trampa, la mentira. Y así como le ocurrió al doctor Frankenstein, la bestia creada se le ha hecho incontrolable.
¿Qué papel juego —jugamos— en este ambiente trastornado? ¿Cómo sobrevivir al final de la jornada sin pretender, intentar, aunque sea mínimamente, crear una lucecita salvadora ante tanta oscuridad?
En esta selva de papeles y de oídos sordos se vive y se lucha por sobrevivir. Y si bien se afirma que la verdad es la meta a alcanzar, hay que enfrentarse a los vericuetos de un sistema infame que enfrenta a la humanidad, que busca verdades muchas veces contrapuestas y, por ende, falsas las dos. Crisis filosófica que nadie se detiene a analizar en los interminables pasillos de la cotidianidad.
Aquí el sentimiento supremo por excelencia, la libertad, deja de ser un bien natural para convertirse en un estado físico alcanzable pre-castigo. En vez de perseguirse una libertad absoluta, mental y espiritual —esa que se adquiere con mucho esfuerzo pero también por contagio natural—, se lucha, se litiga por una libertad física que nunca se debería haber perdido.
¿Cómo llegamos a este punto de no vivir placenteramente entre los seres queridos con la hermosa locura innata de pretender volar, para estar en este estado de inacción que no nos deja desarrollar como entes inteligentes que somos?
Perdemos el brillo, la luz, la inocencia, ante una realidad grotesca, mundana, inmerecida, en esta jungla en la que protegerse y salvarse parece ser una tarea titánica.

jueves, 6 de junio de 2019

MARTES 13 (Enero, 1981)


Al “Negro” y Omar

«Padre, ayer estuve preso /
por cantar canciones de rock»

(Cristo Rock, Raúl Porchetto)


Una brisa salada acariciaba nuestras caras alegres, boquiabiertas. Apenas nos despeinaba. Pero nos hacía amontonar unos con otros para evitar el frío. Éramos varios, muchos, un buen número. Un centenar, quizás. Hombres y mujeres. Jóvenes y viejos. El rasguido de una guitarra guiaba nuestra mente. La llevaba de un lado a otro. Guiaba nuestra voz: alegría, ilusiones, tristezas, protestas. La medianoche se acercaba y todos nos queríamos quedar ahí, felices, hasta el amanecer. Queríamos dejar que entrara al sol con los brazos en alto y los dedos en «ve». Queríamos soñar junto al mar un mundo mejor. Dejar de lado a esa gente que con cara de asco nos miraba de reojo al pasar. Queríamos ignorar a ese inmenso edificio donde esa misma gente idiota iba a despilfarrar su dinero en una mesa de ruleta. Habíamos formado un semicírculo y nuestra vista se dirigía hacia el mar, hacia delante, hacia un futuro incierto, oscuro, lejano, pero buscado, deseado. No teníamos ganas de compartir la felicidad de esa ciudad que estaba a nuestras espaldas.
El escenario era muy particular: mar calmo, brisa fresca, noche estrellada, dos enormes lobos marinos de cemento y atrás, «la feliz». La mayoría de la gente que caminaba por la costanera se acercaba curiosa para ver qué pasaba en ese grupo de gente que tan alegremente cantaba y aplaudía. Pero la reacción no se hacía esperar: media vuelta y retirada al observar que quien tocaba la guitarra tenía los cabellos por debajo del hombro y, además, que no era el único que lo lucía así. Seguramente se irían mascullando algún comentario sobre esa juventud perdida que vivía solo para protestar y ni siquiera sabía por qué. Vagos…
Hacía ya un buen rato que estábamos allí. Con el Negro y Omar nos habíamos sentado a un costado con un poco de timidez. No conocíamos a nadie pero nos olvidamos enseguida de eso. No solo se compartían las canciones sino que pasaban de mano en mano paquetes de galletitas, atados de cigarrillos, gaseosas y vino, sin importar a quién pertenecían. Difícil era imaginar que cerca de cien jóvenes y otros no tanto, que jamás se habían visto, pudieran disfrutar juntos un momento fraternal, un momento de paz.
Cuando la guitarra dejaba de sonar se escuchaban los aplausos y luego de una breve pausa una nueva canción empezaba. «De nada sirve», gritó uno y varios se sumaron al pedido. Y «De nada sirve» fue el tema que se escuchó. Todo hacía prever un final inolvidable, un final que nos dejaría a todos un poco fuera de nosotros mismos, soñando con lo que más queríamos, yendo de estrella en estrella y bajando al mar manso para poder sumergirnos hasta lo más profundo y ser felices por un buen rato, sin molestar a nadie. Todo estaba en orden, todo era una sola ilusión: cantar toda la noche y olvidarnos un poco de la realidad que estaba a nuestras espaldas. El grupo crecía. Desde lejos, los felices veraneantes seguían observando con desconfianza. Una perra vagabunda se nos había sumado y experimentó las caricias sinceras que quizás nunca nadie le había dado. Las canciones seguían. La guitarra cambiaba de manos pero no descansaba. Nada hacía pensar otro final que no sea el esperado. Otro grito pidió «Deja que entre el sol». Las cuerdas sonaron con ganas y todos nos pusimos a cantar, a soñar y a pedir un poco de paz. Entonces nuevamente los brazos se alzaron con los dedos en «ve» y comenzaron a balancearse ante el mar inmenso, ante el cielo estrellado, mezclando cabellos largos, niños en brazo, comida, cigarrillos, vino…

Y un grito.

Un grito horrible que se multiplicó en segundos por mil. Un grito inesperado, un grito idiota, un grito que venía a derrumbar todo lo lindo que hasta ese momento estábamos viviendo. Un grito grave, seco, ensordecedor, enloquecedor. La fiesta había llegado a su fin.
«¡Policía! ¡Quédense todos quietos!», gritó uno vestido de civil a quien todos, al mismo tiempo e instintivamente, dirigimos la mirada.
El instinto de supervivencia floreció en el grupo. No teníamos por qué escapar, nada malo estábamos haciendo, pero en enero de 1981 en nuestro país no había lugar para abrir juicios de inocencia o culpabilidad. Ese instinto de supervivencia hizo virar nuestra vista ciento ochenta grados para buscar una salida de escape pero grande fue nuestra sorpresa al comprobar que el del grito no se encontraba solo. Aproximadamente quince sujetos más nos rodeaban. Itaka o ametralladora en mano.
«Vamos para allá», dijo Omar dirigiéndose a hacia la playa, pero ahí había uno apuntándonos.
«¡No, rajemos para allá!», gritó el Negro sin saber para dónde ir. Por todos lados estaban esos tipos.
«Quedémonos en el molde», dije yo al no encontrar escapatoria.
Nueve Ford Falcon (no todos verdes, recuerdo algunos grises) estaban estacionados en fila sobre el Bulevar Marítimo. Nos hicieron quedar a todos sentados donde estábamos y empezaron a hacernos subir por grupos a los autos. Alguien murmuró: «Hoy es martes 13». Muchos reímos, aunque no con muchas ganas, ante la superstición del que había abierto la boca. Fueron palabras perturbadoras que nos hicieron pensar en ese momento que nunca más tendríamos que organizar una fiesta o reunión en ese día fatídico.
La comisaría se llenó en poco tiempo. Algunos —más rápidos que nosotros— habían logrado escapar apenas escucharon el grito que todavía resonaba en nuestra mente. Pero la mayoría estábamos ahora allí. Nos revisaron uno por uno hasta debajo de las uñas. Luego de un par de horas insoportables, comenzaron a largarnos. Omar, el Negro y yo fuimos de los primeros ya que éramos menores y teníamos en el bolsillo el permiso escrito de nuestros padres certificado por la policía de nuestra ciudad. Nuestros escasos dieciséis años fueron suficientes para comprender la advertencia: no nos querían volver a ver en ese tipo de reuniones.
Luego nos enteramos de que a algunos les habían encontrado drogas entre sus pertenencias. Que otros tenían antecedentes penales…
La madrugada nos sorprendió nuevamente en libertad, caminando en silencio con las manos en los bolsillos, atemorizados y con la inevitable duda —todavía hoy— de saber si todos los que habían ingresado a la comisaría con nosotros recuperaron su libertad.

jueves, 2 de mayo de 2019

MORIS. DE NADA SIRVE


De nada sirve escaparse de uno mismo... Veinte horas al cine pueden ir y fumar hasta morir, con mil mujeres pueden salir, a los amigos los pueden llamar. De nada sirve escaparse de uno mismo... No se dan cuenta que de nada sirve tocar la batería, seguir la acería, no, de nada sirve... Y veinte horas al cine puedes venir y fumar hasta morir, con mil mujeres pueden salir... De nada sirve escaparse de uno mismo... ¿De qué les sirven las heladeras y lavarropas, televisores y coches nuevos y relaciones y amistades y posiciones, si están podridos y aburridos de este mundo que está podrido? No, de nada sirve... Los que van a la oficina dicen que todo sirve; los que van al puerto les duele las espaldas; los que hacen música creen que es lo más importante... Nada sirve si uno lo usa para la soledad interna que siempre los corre... Cuando están solos, están bien solitos, ya no hay guitarritas ni amplificadores, están solos en la cama y empiezan a mirar el techo y en el techo no hay nada, hay solamente un techo. ¿Qué pueden hacer? Es muy tarde, son las tres de la mañana. Los bares están cerrados, las mujeres duermen, los cines también están cerrados, la guitarra no se puede tocar sino el vecino se va a despertar. ¿Qué puedo hacer? Estoy solo, qué aburrido, no sé qué hacer, qué es mi vida, qué es este mundo, qué soy yo, ¡me voy a volver loco! No sé qué hacer... En ese momentito se dan cuenta que todo es una estupidez, cuando van de veraneo y bailan yeah, con sus movimientos centroamericanos, sensualidad fabricada, tratan de levantar mujeres... Pero están vacíos y están muy podridos. Volvemos a la cama, que es un gran lugar para dormir o también para fifar. Y cuando lo consiguen -en este mundo es difícil- está reglamentado. Muerdan la almohada de desesperación, no saben qué hacer con sus vidas, ya todo fracasó: han masticado chicles, han comido chocolates, han leído Radiolandia, han llamado a sus amigos, han salido con mil mujeres, han grabado treinta mil discos, han sido famosos, han firmado autógrafos, han comido hasta reventar, han fumado hasta acabar y ¿qué queda? Nada queda... Hay una cosa que sirve a esta humanidad y es darse cuenta que nada sirve si uno lo usa para escaparse de uno mismo. Amigo, te doy un consejo, aunque yo consejos no doy: trata de hacer la prueba de parar las maquinitas que llevas dentro de ti y fijarte qué es lo que pasa cuando te agarra la soledad y te agarra el hastío. No escuches discos de Bob Dylan o de Los Beatles, de Los Rolling Stone o de Mick Jaegger. Mucho silencio, mucho pensar, mucho meditar, nada de evasión y pensar qué es lo que pasa conmigo. Yo soy inteligente, también soy intelectual, soy bastante inteligente pero estoy muy aburrido y estoy solo, muy aburrido. ¿Qué es lo que pasa conmigo? Yo no me lo puedo explicar. Por favor que alguien me lo diga. No puedo salir de mí, estoy muy encerrado en mi prisión de carne y hueso. No puedo salir, me voy a morir dentro de mí. Antes de morir yo quiero salir, ver las estrellas, el mar, me quiero ahogar y quiero salir de mí, por favor. Me quiero ir y quiero vivir por favor de mí, no quiero evasión y quiero vivir. ¿Qué puedo hacer? No hay nada que hacer. Tenés que vivir, tenés que sufrir, tenés que sentir, tenés que amar, te tenés que arriesgar, te tenés que jugar, no podés tener seguridad, no podés tener ninguna propiedad. Tenés que jugarte, tenés que salir a que te rompan la cara, que te maten que te pisen. Tenés que querer a cualquiera, tenés que odiar a cualquiera. ¿Qué puedo hacer? Estoy solo y todos pasan a mi lado. Nadie me mira o si me miran es para encerrarme, y estoy muy encerrado. De nada sirve escaparse de uno mismo...

martes, 15 de mayo de 2018

EMERSON, LAKE & PALMER: From The Beginning


Podría haber cosas que olvidé
pero no seas cruel,
no significa que sea ciego.
Tal vez haya una o dos cosas
en las que pienso estando acostado.
No debería haberlo dicho
pero ahí está.
Ves, está todo claro.
Estabas destinada a estar aquí
desde el comienzo

Tal vez podría haber cambiado
y no haber sido tan cruel,
no haber sido tan tonto.
Lo que se hizo hecho está.
No puedo recordarlo,
no importa en absoluto.

Ves, está todo claro.
Estabas destinada a estar aquí
desde el comienzo.

(Keith Emerson, Greg Lake & Carl Palmer)