La escritura es una actividad solitaria. Quien escribe no hace otra cosa que gritar en silencio. A veces logra que alguien lo escuche, pero no siempre que lo entienda (fideo)
martes, 2 de noviembre de 2021
viernes, 20 de agosto de 2021
AMORES SON AMORES
Cuando sus amigos vinieron a buscarlo, Sebastián yacía en el suelo con los brazos estirados, como crucificado, las piernas un poco encogidas y una mancha de sangre le servía de almohada. Lo vieron triste, como si en los últimos momentos de su vida hubiese sufrido alguna desilusión. Tito y Cabeza no supieron qué hacer. Ni lo tocaron. La pistola quedó en su lugar, cerca del cuerpo de Sebastián. Sintieron miedo y, sin hablar, se apuraron por salir de la habitación.
Viviana leía en su cama cuando escuchó el timbre. Oyó cómo se abría la puerta y la conversación de su madre con Tito y Cabeza. No, no está en estos momentos, mintió la madre y se fueron sin saber qué hacer. Viviana debía saber algo. Ellos sabían que la muerte de Sebastián tenía que tener una explicación, pero ¿por dónde empezar? A Viviana la encontrarían después. Por ahora tendrían que volver con Sebastián para tratar de sacar algo en limpio.
Llegaron con la esperanza de ver a Sebastián en la misma silla de siempre y jugando a los dados. Le dirían que había sido una broma de bastante mal gusto y que la próxima vez le patearían la cabeza para comprobar si era cierto que estaba muerto. Abrieron la puerta con violencia, dispuestos a gritarle de todo, pero el cuerpo de Sebastián no se había movido. Seguía inmóvil, tirado en esa pieza que muchas veces les había servido como refugio a los tres. Tenía mala cara, cada vez peor. ¿Por qué habría tomado esa decisión?
Hicieron memoria antes de ir a la policía. El día anterior Sebastián había ido a la casa de Viviana pero no sabían para qué. ¿Dónde estaría ahora Viviana? Luego estuvieron los tres juntos en ese mismo cuarto programando el fin de semana y jugando a los dados. Sebastián estaba de mal humor… o melancólico. Junto con Tito y Cabeza habían comenzado a frecuentar a tres nuevas amigas pero Sebastián, curiosamente, no demostraba entusiasmo. Sin decir una sola palabra, se levantó y se fue. Tito y Cabeza siguieron la partida hasta tarde y Sebastián no regresó. ¿Por dónde seguir?
Tenemos que avisar a la cana, pensaron al mismo tiempo. ¡Qué boludo este Sebastián! Todos los problemas que se vendrán ahora por esto… ¿No habrá tenido un mejor lugar este boludo para pegarse un tiro? Tito chistó malhumorado, Cabeza levantó sus hombros y se dirigieron a la comisaría del barrio. ¿Y a la familia quién le avisa? Se miraron desconcertados. Que se encargue la cana…
Se levantó violentamente y se puso las zapatillas. ¿Adónde vas, Vivi? Dio dos o tres explicaciones estúpidas y salió al encuentro de Tito y Cabeza. Corrió como loca hasta la habitación donde siempre los encontraba y entró sin golpear. Se quedó inmóvil, fría. No sabía si gritar, llorar o salir corriendo. Pero gritó, gritó muy fuerte y con mucho dolor. Se arrodilló ante el cuerpo y lloró con desesperación. Se sintió la persona más desdichada del mundo.
¿Y ustedes quiénes son? Tito y Cabeza no sabían cómo hacer para convencer a ese milico imbécil de que lo que les estaban diciendo era verdad. El policía no había tomado seriamente sus palabras y se fastidiaron. Pidieron hablar con un superior pero el mismo policía les dijo que se fueran antes de que los encerrara por molestos. Se dirigieron a la Jefatura de Policía y ahí sí los atendieron con seriedad. Pidieron nombres, datos, direcciones y los hicieron esperar unos cuantos minutos. Estaban deprimidos y esperaron en silencio. Al rato llegaron tres policías y les pidieron que los guiaran hasta el lugar.
La madre de Viviana se reía por dentro mientras leía la carta. Su hija la tenía muy bien escondida pero para una madre no existen secretos para los escondites de sus hijos. Su curiosidad la había llevado a buscar esa carta a la que Viviana había denominado una gansada de Sebastián. Sabía la madre del amor que Sebastián sentía por su hija pero esta, con una indiferencia exagerada, no respondía a ese sentimiento. Sonrió. Murmuró un ¡qué loco! y pensó que a pesar de los doce años de Sebastián era una carta muy adulta. ¿Matarse?¸ pensó y volvió a sonreír. Meneó la cabeza, murmuró ¡ay, estos chicos…!, guardó la carta y siguió con las tareas de la casa. Regresó mentalmente a sus doce años, a esa felicidad inocente que tanto añoraba y que ahora estaba viviendo y disfrutando su hija.
Cuando abrieron la puerta, Tito se descompuso. Cabeza lo sostuvo con sus brazos pero casi terminaron los dos en el piso. La policía no lo podía creer. Los vecinos empezaron a amontonarse en la puerta. Tito y Cabeza se largaron a llorar. Sus doce años no estaban preparados para presenciar semejante cuadro. Sebastián había cambiado de color y su cara ya no estaba triste. Viviana yacía sobre él con el revólver en la mano derecha y un tiro en la sien.
1991
lunes, 2 de agosto de 2021
COMENTARIO INFUNDADO
Me cruzó con mirada penetrante, inquisidora, y quiso averiguar:
—¿Es cierto lo que se comenta de vos…?
—No, no es cierto —me apresuré a interrumpir sin vergüenza.
—¡Ja! Ya me parecía… —razonó la joven.
Todavía hoy muero por saber lo que a esos ojos verdes le han dicho de mí.
miércoles, 14 de julio de 2021
RELACIÓN AMOROSA
Está implacablemente quieta frente a mí. La miro, inexpresivo, y la noto más fría que de costumbre. Me asusta verla tan seria, tan inconmovible. Casi nunca es así... ¿Seré yo el que no comprende la situación? ¿Seré yo el que no sabe cómo actuar ante este difícil momento? ¿Será el hecho de que siempre me costaron las palabras? Hemos estado juntos mucho tiempo, muchas noches de insomnio compartido, disfrutando de la música que nos gusta. Tanto tiempo estuvimos juntos que me es difícil aceptar esta relación extraña y no sé cómo sobrellevar el momento. ¿Por qué ese rechazo? ¿Por qué ese alejamiento? ¿Por qué no me deja acercar, acariciarla, tocarla suavemente, soñar juntos? Me cuesta mirarla sin bajar la vista instantáneamente. ¿Qué día es hoy? Viernes... ¿Será el cansancio lógico del último día laboral? No... Nunca estuvo así, ni siquiera los viernes. No es una cuestión de días ni fechas especiales. Mis manos se acostumbraron tanto a ella que hoy me parece mentira esta timidez que me nace desde adentro. Qué misterioso es el hombre, cuántas zonas oscuras guarda dentro de sí y es ignorante a la hora de descifrarlas para hacer frente a las situaciones límites. ¿Qué es lo que me ocurre hoy que no puedo enfrentarla ni siquiera con la vista?
No sé que le pasará a ella, pero tengo ganas de decirle que sin su compañía la vida se me haría muy dura. Es cierto que en tantos años de vida compartida vivimos momentos similares al actual, sin que yo le dirigiera una sola palabra... Pero es algo que ella debería comprender. Yo soy así, a esta altura de mi vida no podría cambiar. Primero, porque no quiero. Y segundo, porque no sabría vivir de otra forma. La necesito, es cierto, pero ella no es todo en mi vida. No comprende que para mí existen otras cosas lindas... ¿Para qué enumerarlas? Ellas las conoce mejor que yo.
Pero lo extraño de esta situación es que por primera vez siento tan fuerte su rechazo. Y tengo temor de que a ese rechazo lo esté provocando yo mismo. Su quietud y mi imposibilidad de mover un solo dedo para tratar de cambiar la situación me preocupan. ¿Nos estaremos distanciando sin darnos cuenta? Quizás sea algo pasajero. Tengo ganas, demasiadas, de tocarla, de contarle lo que siento, de dar rienda suelta a mis fantasías, a mis sueños, a mis deseos, a mis locuras, a mis ganas inmortales de volar, y se lo quiero decir ya, sin esperar a mañana, pero tengo miedo, o no tengo ganas, o... La situación me provoca escalofríos. ¿Vergüenza? No sé… Quizás ella esté queriendo decirme algo. Así de simple, con su silencio. Un silencio que invita constantemente a organizar mis pensamientos, a cuestionarme todo lo que pienso, siento y quiero. Silencio que me ayuda a seguir viviendo y en estos momentos creo que ella también me está pidiendo una tregua. Estos distanciamientos a veces son muy útiles para poder dedicarlos a pensarnos a nosotros mismos.
Siento las manos atadas, la mente en blanco, el corazón detenido. Como si mis fuerzas y mis ganas hubiesen sido destruidas por algo misterioso. ¿Cuándo será el día que tenga la suficiente valentía para hacer lo que realmente siento y quiero? ¿Cuándo adquiriré la suficiente libertad para hacer valer mis ideas, mis ocurrencias? Seguramente hay algo o alguien que me está presionando. ¿Será el mismo conocimiento de las cosas? Sé que nada queda por crear, pero ¡cuántas cosas quedan por decir! ¡Cuántas palabras dando vueltas por el mundo buscando encontrarse y combinarse para juntas decir algo novedoso entre todas las cosas que ya fueron dichas por tantos hombres y mujeres!...
Pero sigo aquí, frente a ella, sin saber qué hacer ni decir. Y si hay algo que me sobra es esperanza para seguir. Sé que todavía tengo mucho por dar, mucho por aprender, por ver. El conocimiento es infinito, por suerte. ¿Se imagina alguien lo aburrido que sería conocer todo? La vida perdería sentido. No habría metas. No existirían los ideales. Desaparecerían los deseos. Se perderían las utopías. ¿Para qué vivir entonces?
Creo que está empezando a cambiar la cara. A medida de que transcurren los segundos la voy notando más simpática y van creciendo en mí las ganas hermosas de volver a acariciarla, de contarle mis cosas, de que seamos nuevamente uno y para siempre. Ella y yo. Así de simple. El uno para el otro.
El afecto perdido comienza a renacer, me acerco, la acaricio y no me rechaza. Vuelvo a sentir el calor y el sentimiento que tanto extrañaba. Su dureza corporal se debilita ante mis primeras palabras. Se muere la frialdad. Mis primeras caricias parecen gustarle. Advierto que nuevamente sentimos esa alegría que hace momentos creíamos imposible recuperar. Ahora vuelvo a creer. Mi vieja Olivetti vuelve a brindarse como siempre ante mis pensamientos desordenados y arbitrarios.
"La Olivetti con la que tecleé mis primeros escritos"
martes, 22 de junio de 2021
VIEJAS AMISTADES

Muchos años hacía que había abandonado mi Santa Fe natal y muchos años hacía que no la veía. Fue sin dudas mi mejor amiga, de esas que no se olvidan jamás. Durante aquella entrañable adolescencia muchas cosas compartimos; demasiadas nos hicieron felices y muy pocas nos amargaron. ¡Si no teníamos más que pensar en pasarla bien!...
Un día -¡qué hermoso fue ese día!- la volví a ver. Nos abrazamos muy fuerte ante la mirada de quienes no entendían semejante gesto. Solo ella y yo sabíamos cuánto sentíamos. Hablamos poco, la circunstancia no era la ideal y los dos quedamos incompletos, insatisfechos. Tanta vida había pasado...
Luego, su voz en el teléfono. Era demasiado lindo. No podía ser verdad. Aquella amiga del alma se acordaba nuevamente de mí y me lo decía por teléfono, a kilómetros de distancia. Me dijo que me iba a escribir... Contento, orgulloso, sin miedos, le di mi dirección... Y los días pasaron...
Cuando levanté el sobre del piso, un escalofrío corrió por todo mi cuerpo. Se revolucionó mi mente. En un segundo había rejuvenecido veinte años. Me crecieron los cabellos, desapareció la barba, se esfumaron las canas, ya no tenía las arrugas ni las ojeras del cansancio en mi rostro. Bajé como diez kilos. La corbata y el saco se transformaron en una remera negra y una campera de jean supergastada y rota. Los zapatos bien lustrados, en las viejas Topper botas negras. Miré la letra y era la misma. Nada parecía haber cambiado. El pasado volvía a mí como un milagro esperanzador que me confirmaba lo que siempre había sostenido: La magia de hoy vendrá mañana... Me tiré en el sillón con la carta en la mano izquierda mientras con la derecha alzaba a Pedro, que me pedía upa con sus bracitos estirados. Luisina y Josefina corrieron a mi encuentro y se me tiraron encima llenándome de besos, como todos los días, a la misma hora, al regreso del trabajo. Pude lograr que el sobre no se cayera ni se arruinara. En pocos segundos las mujeres me aturdieron –hablaban las dos al mismo tiempo, por supuesto- con sus vivencias escolares. El pobre Pedro trataba de llamar la atención con gritos y señas cada día más entendibles. ¡Cómo no sentirme bien si tanto el presente como el pasado se juntaban en un segundo para hacerme sonreír!
Cuando por fin todo se tranquilizó –léase: uno se durmió, otra miraba dibujitos animados tirada en la cama matrimonial y la otra hacía en silencio los deberes de la escuela-, agarré nuevamente el sobre y me relajé. No quise abrirlo enseguida. Era demasiada la emoción y quería disfrutar ese momento. Volví a ver la letra todavía adolescente, y volví a sentirme el adolescente que alguna vez fui. El corazón me latía muy fuerte por la emoción. ¿Cuánto hacía que no me pasaba algo así? Suspiré profundo y desprolijamente rompí el sobre. De repente fruncí el ceño. ¿Y si lo que expresaba esa vieja letra no era lo que yo esperaba que dijese? ¿Qué derecho tenía yo de pensar que el contenido de la carta iba a ser el que yo quería que fuese? ¿Qué obligación tenía ella de escribirme lo que yo quería leer? Prolongué el suspenso...
Puse un viejo casete, me recosté en el sillón, cerré los ojos, y mientras Pastoral cantaba "y pasar por el colegio y la secundaria / y cerrar mi mente a todo lo que sea farsa", recordé aquellos días de amistad verdadera. Se me hicieron presentes en apenas unos segundos aquellas siestas domingueras en la casa de Mónica, las salidas en “patota” -¡cuántos éramos!-, tantas reuniones, tantos mates, tantas cervezas, tantos bailes, tantas fiestas, tantos cumpleaños, muchísimas risas, algunos llantos... ¡Qué hermosos días de inocencia y de verdadera amistad! Miré a Luisina, que hacía sus deberes; imaginé a Josefina viendo a Las chicas superpoderosas, a Pedro viajando por sus inocentes sueños, y deseé profundamente que en su adolescencia puedan disfrutar aunque sea algo de lo que yo disfruté en la mía. Juro que me emocioné –por suerte conservo esa virtud, me sigo emocionando con las cosas simples- y leí la carta tan deseada...
Sigo con el cabello corto, las canas no desaparecieron, tampoco bajé un gramo, y para que mis ojeras aflojen un poco tengo que dormir más... Pero no lo van a lograr. Lo cierto es que desde que la carta llegó a mis manos hay algo que me hace sonreír más frecuentemente. Por las arrugas no me voy a preocupar demasiado. “No se arrugó mi alma, y eso es lo bueno”.
Octubre de 2001
viernes, 14 de mayo de 2021
domingo, 25 de abril de 2021
ESPEJOS
Hoy vi a un pibe en cuclillas, en silencio, mirando los autos pasar.
Y a otro, pateando monótonamente la pelota contra el frente de su casa.
Luego, a un muchacho, manos en los bolsillos, silbando la melodía de una canción.
Volví a casa con la mente perdida en el pasado.
Y a otro, pateando monótonamente la pelota contra el frente de su casa.
Luego, a un muchacho, manos en los bolsillos, silbando la melodía de una canción.
Volví a casa con la mente perdida en el pasado.
martes, 13 de abril de 2021
LA PERMUTA
Fue una pérdida muy grande, no lo voy a negar. Pero tenía que hacerlo, no tenía otra alternativa. Sí, es verdad, fueron muchos años compartidos y en realidad no había lugar donde ella no me acompañara. Tuve que aguantar las cargadas de mis amigos porque —decían— no me separaba de ella en ningún momento. Algo de razón tenían, pero… Fueron muchos años, estaba acostumbrado a su compañía, pero eso no debía influir en mi decisión de dejarla, no debía pensarlo demasiado. Creo que hice bien. Con ella ya no iba a encontrar la felicidad.
Fue una relación muy linda pero poco a poco se fue desgastando. Me di cuenta de que ella no era la única en el mundo y empecé a prestar mayor atención a todas las demás. Noté que eran mucho más elegantes, estilizadas, modernas. Al ver tanta belleza ajena, sentía un poco de vergüenza al seguir a su lado. Vergüenza y rabia a la vez. ¿Por qué seguir con ella si no me gustaba, si no me sentía cómodo, si no era feliz?
Mi desilusión se hizo notar paulatinamente. Comencé a salir solo y con ella lo hacía muy de vez en cuando. Y cuando lo hacía, trataba de ir a sitios donde la gente no me conociera tanto. Estoy seguro de que ella se daba cuenta. ¿Pero qué podía hacer, pobre, ante mi actitud? Sé que le hice mal, y mucho, pero estaba en juego mi felicidad. ¿Egoísta? No, porque también estaba en juego la suya. Porque al final de cuentas estar con alguien que no la quiera, que no la aprecie, solo le acarrearía disgustos. ¿O me equivoco?
Nunca le dije por qué. En realidad ella nunca supo lo que yo pensaba porque a mí no me gusta hablar mucho. Un día empezamos a estar juntos y otro día se terminó. Nada más. ¿Qué le podía decir yo? Entre nosotros había un silencio divino que nos comunicaba. Las reacciones y los movimientos eran nuestro lenguaje y le puedo asegurar a quienquiera que nos llevábamos muy bien. Nos necesitábamos. Ella no podía existir sin mí y yo no podía estar sin ella y quizás esa haya sido una de las causas de mi agotamiento y de mi decisión de dejarla. En realidad todo cambió muy rápido. Repito y no me avergüenzo al decirlo: fueron las demás las que me hicieron dejarla. Era la envidia la que me partía el alma cuando veía a los otros con tantas de ellas mucho más modernas y hermosas, paseando a mi alrededor…
No voy a negar que fue difícil. Me costó mucho tomar la decisión. ¡Pobre! Sabía que le iba a hacer daño al dejarla. Pero si no lo hacía, al daño me lo iba a provocar yo mismo. ¿Tratar de hacer que ella cambie? No. ¿Para qué? No hubiésemos ganado nada. Cambiar una careta por otra no hubiese sido la solución. Yo estoy mejor ahora sin ella...
Mis viejos me preguntaron una y otra vez por qué. Ellos también se habían encariñado y no comprendían mi actitud. No supe explicarles muy bien pero luego de una larga historia —mitad verdad, mitad mentira— logré convencerlos de que esa sería la mejor decisión para mí. No obstante, todavía no pueden olvidarla y de vez en cuando —más de lo que considero necesario— se encargan de recordármela… Para ser sincero, recordarla me produce un poco de nostalgia, pero el tiempo se encargará, como lo hizo con tantas otras cosas, de ir borrándola poco a poco de mi mente y de mi corazón.
Muchos no entienden mi actitud. ¿Por qué se meterán en mi vida? Cuando se deja de querer algo es mejor abandonarlo. Yo la quise pero ya no la quiero. ¿Por qué seguir fingiendo algo que ya no existe? Diría Neruda: «Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise». O «De otro, será de otro»… ¿Y qué le voy a hacer? Si yo renuncié a ella, tiene todo el derecho de buscarse otro. Después de todo… yo ya tengo otra.
Nunca me animé a decirle que la dejaba por otra. Habrá sido para no lastimarla, porque cuando la dejé reconozco que todavía la quería. Pero no podía seguir así. Preferí ponerle otras excusas. Que quería estar un tiempo solo. Que quería sentirme independiente. Que no quería hacerle mal mintiéndole. Y tantas cosas más…
No fue fácil. No decir la verdad me hacía mal, pero creo que lo que hice fue lo mejor. Algún día alguien juzgará si hice bien o mal.
Ella seguramente se sintió mal porque me necesitaba. No sé si todavía me recordará. Espero que no. Sería lo mejor porque ¿para qué seguir sufriendo toda una vida? Trato de olvidarla aunque todavía guardo unas cuantas fotos en donde estoy con ella en tiempos felices. Quizás solo queden como un lindo recuerdo de un tiempo pasado del que no me arrepentiré, a pesar de todo, de haberlo vivido.
«Uno nunca sabe si un recuerdo es algo que tiene o algo que perdió», se plantea Woody. Pero el tiempo pasa y con el tiempo las personas van cambiando. Cada uno hace cuentas y ve viejos sueños realizados que quizás nunca los hubiese podido concretar de haber seguido como antes, en una actitud contemplativa, cómoda, sin riesgos. Quizás nunca me olvide de ella. Pero no puedo seguir llorando algo lindo que pasó y que no podía seguir.
No sé para qué estoy escribiendo esto, no sé para qué diablos me va a servir. Si me ayudara al menos a… Espero que no me guarde rencor. Yo sé que ella va a ser feliz con otro. Al menos ese es mi deseo. Sí, ella va a saber olvidarme. Yo no soy el único que la hubiese podido hacer feliz. No soy perfecto ni el mejor, lo sé. Y me gusta saberlo. Solo quiero que ella sea feliz.
Ahora tengo otra. Más elegante, más graciosa. Me hace brotar una sonrisa constante y sentirme bien. Tiene una gracia sin igual. Además creo que ella también se encuentra a gusto conmigo. No digo que sea mejor, pero a veces es mucho más… ¿práctica? Se hace más fácil de sobrellevar. Además sé que me va a acompañar adonde yo quiera dirigir mi vida.
Sinceramente la otra me pesaba. No me seguía el ritmo. A mí también me costaba sobrellevarla. Con la actual no me pasa lo mismo. Es mucho más decidida, más atrevida, y me sigue en todas mis locuras. Nos llevamos muy bien. Todavía me falta conocerla un poquito más, pero sé que no será difícil adaptarme a ella para siempre.
Es una todo terreno con cambios. Me siento más libre, más liviano. Con la otra me costaba pedalear y pedalear cuesta arriba y cada vez se me hacía más insoportable. No me arrepiento de haber hecho el cambio. Con mi actual bicicleta ahora soy feliz.
sábado, 10 de abril de 2021
viernes, 15 de enero de 2021
PAUSA
He notado que me sigue hace un buen tiempo. La vi muchas veces cerca de mi casa, parada en la esquina del almacén o apoyada en el viejo jacarandá. Sé que me está vigilando, que está estudiando todos mis pasos como para algún día frenarme en medio de la calle y decirme todo lo que piensa. Es cierto que le estoy escapando. No tengo ganas de hablar con ella, no por ahora. También sé qué es lo que quiere de mí y no lo disimula. Cada vez que paso cerca de ella me clava la mirada y me anula. No la puedo mirar, es más fuerte que yo. Sé que quiere que la mire, que repare en ella, que le haga un gesto, pero no puedo. Reconozco que Laura durante mucho tiempo estuvo a mi lado y en mi mente, pero algo pasó y la dejé. No tengo ganas de ponerme a pensar por qué, lo cierto es que no puedo volver atrás. Sería hermoso, pero necesito un tiempo para hacerlo. Es cierto que no le di una explicación valedera… pero no tenía —ni tengo— por qué dársela. Y para colmo siempre está con ese tarado de Juan… Un imbécil que cree que se las sabe a todas y ni siquiera tiene bien claro cuál es su función en este mundo. Algún día tendré que ponerme las pilas y enfrentarla, decirle que me deje en paz, que por ahora no tengo tiempo de ocuparme de ella ni de su amiguito y todos los rollos que tienen en su cabeza. Le tendré que ser sincero: tengo ganas de seguir con lo nuestro, sé que algún día vamos a retomar nuestro proyecto, pero no ahora. Tengo mucho laburo, pocas ganas de pensar y muchas ganas de dormir con la música a volumen diez. Pero no la quiero ver más ahí parada, al acecho. No quiero pasar frente a ella e ignorarla. No quiero esquivarla. No quiero negarla. Me da vergüenza hacerlo porque ella sabe todos mis movimientos, ella me vigila y no puedo hacerme el otario. Está esperando algo de mí y yo no le doy la más mínima señal. ¿Qué culpa tengo de estar así? Le voy a decir que se ponga en mi lugar… Pero la vida es así. Ni ella ni yo la podríamos modificar.
Por ahora Laura seguirá parada en esa esquina, bajo ese árbol, esperando que algún día me comunique con ella, que me vuelva a ocupar de su vida, de la de Juan. Hoy por hoy seguiré escapando hasta tener ganas de volver… ¿Y si cuando quiera volver no me da ni la hora? ¿Y si me rechaza? Posibilidades… Pero Laura sabe muy bien que no me va a poder rechazar. Juan tampoco podrá darse ese lujo. Si quieren seguir siendo los personajes de mi novela —hasta ahora inconclusa—, no me van a poder rechazar.
domingo, 3 de enero de 2021
La vieja
La busqué el 31 de diciembre por la tarde para que recibiera el nuevo año en Rafaela, junto conmigo y mi familia. El 1º de enero al mediodía le dije que la llevaría de vuelta a su casa al otro día. Quería volverse ya, pero la persuadí diciéndole que allá estaría sola y se aburriría. Al menos acá estaba con nosotros, con su hijo, su nuera, sus nietos. Asintió y continuó con la lectura de una revista de chismes vieja que encontró en el revistero.
A las cuatro de la tarde se levantó de dormir la siesta, se vistió y comenzó a preparar el bolso. ¿Qué hacés, mamá? «Me voy». Mañana yo te llevo en el auto, mamá. Hoy es feriado, quiero comprarte mercadería en el supermercado y hoy está todo cerrado. «Ah, bueno, me hubieses dicho antes»”.
Sentados en el patio veíamos cómo el anochecer del primer día del año se iba aproximando. «¿Lo llamaste a Marcelo para que me vaya a esperar?». Sostenía la misma revista del mediodía. No sé si la leía o solo miraba las fotos de las rubias vestidas a la moda. ¿A dónde te tienen que ir a esperar, mamá? «A la terminal de colectivos. Voy a llegar de noche y alguien me tiene que esperar». No te vas a ir en colectivo, mamá. Y menos hoy. Yo te voy a llevar a tu casa mañana. Vamos a ir en el auto. «Yo no tengo casa, es la casa de mi mamá». No, mamá. Es tu casa. A tu casa te voy a llevar. «Pero no traje la llave». Sí, mamá, la trajimos y está en el auto. «Ah, bueno, ¿entonces hoy no me voy?». Mañana yo te llevo. Ahora vamos a comer un asadito, dormimos y cuando te levantés, te llevo. Abrió la revista que había cerrado segundos antes y clavó la vista en sus páginas. No tenía los anteojos para leer, por lo que confirmé que solo miraba las fotos.
No fue fácil la noche, sobre todo para Josefina, que compartía la pieza con ella. Dos o tres veces tuvo que explicarle, en horas de sueño, que no se cambiara, que durmiera, que todavía era de noche y estábamos todos durmiendo.
Se levantó de buen humor pero quejándose de un dolor que nacía en el cuello y continuaba en su brazo derecho. «Para colmo es el derecho, el que yo uso y no puedo hacer nada. No sé qué tengo en este brazo…». A ese dolor lo venía arrastrando desde hacía ya cinco años, cuando se quebró el húmero derecho al caerse en su casa a la salida del baño y estuvo tirada en el piso, sola, veinticuatro horas sin ser asistida. A pesar de las operaciones, nunca pudo recuperar la movilidad normal del brazo ni olvidarse del eterno dolor.
«¿Le hablaste a Marcelo?». Él ya sabe que te llevo. ¿Para qué querés que le hable? «Para que me espere. Que compre algo para comer…». Mamá, hoy es sábado y Marcelo seguramente está trabajando. Además está con su familia. Yo voy a comprar algo para que comas al mediodía. Además va a estar alguna de las chicas que te acompañan. Bajó la cabeza como para disimular, seguramente, que no me había entendido.
Juntamos los dos bolsos que había traído con su ropa y la cartera. ¿Dónde tenés el barbijo, mamá? «Ah, ¿qué sé yo? ¿Yo traje barbijo?». Sí, mamá. Estaba guardado en la cartera. «¿Y mis anteojos negros?». Acá, junto con el barbijo. «Me duele mucho el cuello… y acá el brazo derecho». Le di para que tomase un Tafirol. Tomá, con esto se te va a pasar un poco.
Subimos al auto a las 9. Una hora y media nos esperaba de viaje. «¿Le avisaste a Marcelo para que nos espere?». Sí, mamá. Marcelo ya sabe que te estoy llevando. Además debe estar trabajando. Ya lo vas a ver… Cargamos nafta y partimos. «¿Sabés de lo que me estoy dando cuenta? De que no traje la llave de la casa de mi mamá». No habíamos salido aún de Rafaela. Todavía no habíamos ingresado a la ruta 70, la que nos comunicaba con Santa Fe. La llave es de tu casa, no de tu mamá. «Es la casa de mi mamá». ¿Cómo encarar la situación?... ¿Quién es tu mamá, mamá? Respondió sin titubear: «¡Sofía!». ¿Y dónde está Sofía, mamá? Miró al frente. La ruta 70 comenzaba a aparecer pero ella no miraba hacia adelante. Seguramente lo hacía hacia adentro. Y llorisqueó. Buscó un pañuelo entre sus ropas y le alcancé un descartable que tenía en el auto. Se secó los ojos por debajo de los anteojos negros y entre lágrimas y mocos me dijo: «Yo la tengo muy presente a mi mamá. Soy una boluda. No me doy cuenta de que ya no está». Intenté sacarle dramatismo a la situación y de manera risueña le pregunté: ¿Sabés cuántos años tendría tu mamá ahora? «Ma qué se yo…». Nació en el año 1900. Tendría ciento veinte años. ¿Conocés a alguien que tenga ciento veinte años? No dijo nada. Siguió mirando hacia adelante (o hacia adentro). Quién sabe en qué estaría pensando o en qué otro mundo se encontraba su mente ahora. Rompí el silencio para hacerla pensar un poco. Mamá, ¿quién cumple años dentro de pocos días? Respondió enseguida: «Yo cumplo años… El 9. ¡Mirá si no me voy a acordar!». ¿Y sabés cuántos cumplís? «¿Qué sé yo? Como cien…», y rio. Le afloró una sonrisa como si su propia edad fuese una broma que le hacía la vida. Desde que subió al auto no se había quejado del dolor de cuello y brazo. Naciste en el 34. O sea, vas a cumplir… (acá dudé yo) ¡87 años! «¡Qué vieja!», dijo y volvió a reír.
Al llegar al primer peaje de la ruta 70 habíamos recorrido no más de veinte kilómetros de los noventa que nos separaban de Santa Fe. «¡Qué largo se me está haciendo este viaje», se quejó. Mamá, recién salimos. «Ah, pero para mí se hizo relargo… A esta ruta no la conozco. ¿Para dónde vamos?». Esta es la ruta que hacemos siempre, mamá. Vamos para Santa Fe. Tenemos que pasar por Nuevo Torino, Humboldt, Esperanza… «Pero yo nunca vine por acá». No seguí esa conversación. Hacía treinta años que me había radicado en Rafaela y las miles de veces que hizo ese trayecto de ida y vuelta lo había hecho por la misma ruta.
En un momento comenzó a buscar algo alrededor, entre sus piernas. «¿Yo no traje nada, ni cartera ni bolso?». Sí, mamá. Tu cartera está en el asiento de atrás. Junto con dos bolsos con tus ropas. Intentó darse vuelta para mirar y no pudo hacerlo. El dolor reapareció. «No puedo mover el cuello de cómo me duele… Y el brazo, el derecho… No sé qué tengo…». La vista al frente, hacia el paisaje llano, soja por un lado, maíz por el otro. Poco movimiento en la ruta. «Hace calor». Quién sabe en qué va pensando. O qué recuerdos, imágenes, sonidos dan vuelta en su cabeza. Nuevamente dudo si mira el paisaje a través del parabrisas o da vuelta por un mundo pretérito. Sus próximas palabras me confirman que acaba de volver al pasado. «¿Le avisaste a mamá que estamos yendo?». Dudo en volver a preguntarle quién es su mamá y hago silencio. La miro de reojo y advierto que nuevamente llorisquea y se lleva el pañuelo descartable a los ojos, por debajo de los anteojos. De repente habla: «O sea, yo ya no tengo madre, ni esposo, ni nada…». Sí, mamá, tenés a tus hijos: Marcelo, Liliana, la Pupi y yo. «A mis hijos y a mis hermanos…». No, mamá. Tus hermanos tampoco están… murieron. Me arrepentí inmediatamente de haberle dicho crudamente la verdad, no por la verdad misma, sino por la forma. Meneó la cabeza y dirigió la vista al frente. Los anteojos negros que llevaba puestos me impedían ver si tenía los ojos abiertos o si los había cerrado, intentando darse cuenta de una realidad a la que parecía no encontrarle sentido.
Luego de varios minutos de silencio, volvió a dirigirme la palabra: «¿Vos tenés llaves de la casa de mi mamá?ۛ». Sí, tengo llaves, pero de tu casa, no de tu mamá. «Ah, porque yo a las mías no las traje». Sí, las trajiste, acá están. Y le muestro el llavero con sus llaves que está en el organizador del auto, entre los asientos. «Esa no es mi casa…», asegura sin mirarme. ¿Y de quién es, si no es tuya? «No sé, mía no es». Sí, mamá, esa es tu casa. Ahí vivís vos desde que falleció papá, hace… (vuelvo a dudar y caculo) como diecisiete años. Menea la cabeza como negando y no dice nada. Silencio de introspección que no interrumpo a propósito. Quién sabe si no es más feliz en ese mundo desconocido para mí pero vivo en su mente.
«¿Le avisaste a Marcelo que estamos yendo?». Sí, mamá, Marcelo ya sabe. Y ya sabe Liliana y ya sabe la Pupi también. Cuando lleguemos seguramente va a estar una de las chicas que te cuida. No dice nada. ¿Qué tal son las chicas? ¿Son buenas?, pregunto. «Sí, son buenas…». ¿Te acordás cómo se llaman?, intento ejercitar un poco su memoria. «No, no sé, no sé quiénes son». Trato de ayudar: Rocío es una, Sandra es otra. Y Jésica. Hace un movimiento de hombros como diciendo que no se acuerda. «¡Qué largo se me hizo este viaje! Por acá no vinimos nunca… Por acá alargamos». No, mamá, siempre venimos por acá. Lo que pasa es que hace casi un año que no viajás y debés estar cansada, por eso. Ya vamos a llegar. «¿Le avisaste a Marcelo?». Sí, mamá. Le avisé. «¿Y la llave de mi casa? ¿La tenés vos?». Sí, mamá, la tengo yo.
Cuando llegamos, la dejé en su casa —estaban dos de sus nietos santafesinos— y fui al supermercado a comprar mercadería para que tenga para los próximos días. Le compré comida hecha para que no tuviesen que cocinar: pollo al horno con papas. Llegó una de sus cuidadoras, Jésica, a quien le digo mientras me ayuda a guardar la mercadería que solo había que calentar la comida. ¡Qué buen hijo!, le dice Jésica a mi madre. «¿Viste? Así es mi esposo. Vos te tenés que buscar uno así». Jésica me mira sin saber cómo reaccionar. Le hago una mueca como para que le reste importancia. No, Emilia, déjeme así que yo estoy bien sola, sin marido, dice Jésica. «Pero un marido así tenés que buscarte, como el mío». Ya era hora de volver a Rafaela, donde me esperaban a almorzar. Bueno, mamá, yo me voy. Me vuelvo a Rafaela. «¿Pero volvés más tarde?». No, me voy a Rafaela, con mi familia. Yo vivo en Rafaela. «¿Y no volvés más?». Sí, pero otro día. No puedo viajar todos los días. «¿Y le avisaste a Marcelo que ya estoy acá?». Sí, mamá. Ya le avisé. Les avisé los tres: a Marcelo, a la Lili y a la Pupi.
Y me volví a Rafaela con la angustia inevitable, con la cabeza llena de preguntas sin respuestas. Pero con la certeza de que la vida nos juega a traición cuando menos lo esperamos. Puse la música a todo volumen y encaré para la ruta 70.
03/01/2021
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)















