viernes, 15 de enero de 2021

PAUSA



He notado que me sigue hace un buen tiempo. La vi muchas veces cerca de mi casa, parada en la esquina del almacén o apoyada en el viejo jacarandá. Sé que me está vigilando, que está estudiando todos mis pasos como para algún día frenarme en medio de la calle y decirme todo lo que piensa. Es cierto que le estoy escapando. No tengo ganas de hablar con ella, no por ahora. También sé qué es lo que quiere de mí y no lo disimula. Cada vez que paso cerca de ella me clava la mirada y me anula. No la puedo mirar, es más fuerte que yo. Sé que quiere que la mire, que repare en ella, que le haga un gesto, pero no puedo. Reconozco que Laura durante mucho tiempo estuvo a mi lado y en mi mente, pero algo pasó y la dejé. No tengo ganas de ponerme a pensar por qué, lo cierto es que no puedo volver atrás. Sería hermoso, pero necesito un tiempo para hacerlo. Es cierto que no le di una explicación valedera… pero no tenía —ni tengo— por qué dársela. Y para colmo siempre está con ese tarado de Juan… Un imbécil que cree que se las sabe a todas y ni siquiera tiene bien claro cuál es su función en este mundo. Algún día tendré que ponerme las pilas y enfrentarla, decirle que me deje en paz, que por ahora no tengo tiempo de ocuparme de ella ni de su amiguito y todos los rollos que tienen en su cabeza. Le tendré que ser sincero: tengo ganas de seguir con lo nuestro, sé que algún día vamos a retomar nuestro proyecto, pero no ahora. Tengo mucho laburo, pocas ganas de pensar y muchas ganas de dormir con la música a volumen diez. Pero no la quiero ver más ahí parada, al acecho. No quiero pasar frente a ella e ignorarla. No quiero esquivarla. No quiero negarla. Me da vergüenza hacerlo porque ella sabe todos mis movimientos, ella me vigila y no puedo hacerme el otario. Está esperando algo de mí y yo no le doy la más mínima señal. ¿Qué culpa tengo de estar así? Le voy a decir que se ponga en mi lugar… Pero la vida es así. Ni ella ni yo la podríamos modificar.
Por ahora Laura seguirá parada en esa esquina, bajo ese árbol, esperando que algún día me comunique con ella, que me vuelva a ocupar de su vida, de la de Juan. Hoy por hoy seguiré escapando hasta tener ganas de volver… ¿Y si cuando quiera volver no me da ni la hora? ¿Y si me rechaza? Posibilidades… Pero Laura sabe muy bien que no me va a poder rechazar. Juan tampoco podrá darse ese lujo. Si quieren seguir siendo los personajes de mi novela —hasta ahora inconclusa—, no me van a poder rechazar.

domingo, 3 de enero de 2021

La vieja


La busqué el 31 de diciembre por la tarde para que recibiera el nuevo año en Rafaela con mi familia. El 1º de enero al mediodía le dije que la llevaría de vuelta a su casa al otro día. Quería volverse ya, pero la persuadí diciéndole que allá estaría sola y se aburriría. Al menos acá estaba con nosotros, con su hijo, su nuera, sus nietos. Asintió y continuó con la lectura de una revista de chismes vieja que encontró en el revistero.
A las cuatro de la tarde se levantó de dormir la siesta, se vistió y comenzó a preparar el bolso. ¿Qué hacés, mamá? «Me voy». Mañana yo te llevo en el auto, mamá. Hoy es feriado, quiero comprarte mercadería en el supermercado y hoy está todo cerrado. «Ah, bueno, me hubieses dicho antes».
Sentados en el patio veíamos cómo el anochecer del primer día del año se iba aproximando. «¿Lo llamaste a Marcelo para que me vaya a esperar?». Sostenía la misma revista del mediodía. No sé si la leía o solo miraba las fotos de las rubias vestidas a la moda. ¿A dónde te tienen que ir a esperar, mamá? «A la terminal de colectivos. Voy a llegar de noche y alguien me tiene que esperar». No te vas a ir en colectivo, mamá. Y menos hoy. Yo te voy a llevar a tu casa mañana. Vamos a ir en el auto. «Yo no tengo casa, es la casa de mi mamá». No, mamá. Es tu casa. A tu casa te voy a llevar. «Pero no traje la llave». Sí, mamá, la trajimos y está en el auto. «Ah, bueno, ¿entonces hoy no me voy?». Mañana yo te llevo. Ahora vamos a comer un asadito, dormimos y cuando te levantés, te llevo. Abrió la revista que había cerrado segundos antes y clavó la vista en sus páginas. No tenía los anteojos para leer, por lo que confirmé que solo miraba las fotos.
No fue fácil la noche, sobre todo para Josefina, que compartía la pieza con ella. Dos o tres veces tuvo que explicarle, en horas de sueño, que no se levantara, que durmiera, que todavía era de noche y estábamos todos durmiendo.
Se levantó de buen humor pero quejándose de un dolor que le nacía en el cuello y continuaba en su brazo derecho. «Para colmo es el derecho, el que yo uso y no puedo hacer nada. No sé qué tengo en este brazo…». A ese dolor lo venía arrastrando desde hacía ya cinco años, cuando se quebró el húmero derecho al caerse en su casa a la salida del baño y estuvo tirada en el piso, sola, veinticuatro horas sin ser asistida. A pesar de las operaciones, nunca pudo recuperar la movilidad normal del brazo ni olvidarse del eterno dolor.
«¿Le hablaste a Marcelo?». Él ya sabe que te llevo. ¿Para qué querés que le hable? «Para que me espere. Que compre algo para comer…». Mamá, hoy es sábado y Marcelo seguramente está trabajando. Además está con su familia. Yo voy a comprar algo para que comas al mediodía. Además, va a estar alguna de las chicas que te acompañan. Bajó la cabeza como para disimular, seguramente no me había entendido.
Juntamos los dos bolsos que había traído con su ropa y la cartera. ¿Dónde tenés el barbijo, mamá? «Ah, ¿qué sé yo? ¿Yo traje barbijo?». Sí, mamá. Estaba guardado en la cartera. «¿Y mis anteojos negros?». Acá, junto con el barbijo. «Me duele mucho el cuello… y acá el brazo derecho». Le di para que tomase un Tafirol. Tomá, con esto se te va a pasar un poco.
Subimos al auto a las 9. Una hora y media nos esperaba de viaje. «¿Le avisaste a Marcelo para que nos espere?». Sí, mamá. Marcelo ya sabe que te estoy llevando. Además debe estar trabajando. Ya lo vas a ver… Cargamos nafta y partimos. «¿Sabés de lo que me estoy dando cuenta? De que no traje la llave de la casa de mi mamá». No habíamos salido aún de Rafaela. Todavía no habíamos ingresado a la ruta 70, la que nos comunicaba con Santa Fe. La llave es de tu casa, no de tu mamá. «Es la casa de mi mamá». ¿Cómo encarar la situación?... ¿Quién es tu mamá, mamá? Respondió sin titubear: «¡Sofía!». ¿Y dónde está Sofía, mamá? Vinieron a mi mente las palabras de la médica gerontóloga: «No la hagan sentir mal con los recuerdos, sobre todo si no colaboran a hacerla sentir bien». Y me sentí mal. Miró al frente. La ruta 70 comenzaba a aparecer pero ella no miraba hacia adelante. Seguramente lo hacía hacia adentro. Y llorisqueó. Buscó un pañuelo entre sus ropas y le alcancé un descartable que tenía en el auto. Se secó los ojos por debajo de los anteojos negros y entre lágrimas y mocos me dijo: «Yo la tengo muy presente a mi mamá. Soy una boluda. No me doy cuenta de que ya no está». Intenté sacarle dramatismo a la situación y de manera risueña le pregunté: ¿Sabés cuántos años tendría tu mamá ahora? «Ma qué se yo…». Nació en el año 1900. Tendría ciento veinte años. ¿Conocés a alguien que tenga ciento veinte años? No dijo nada. Siguió mirando hacia adelante (o hacia adentro). Quién sabe en qué estaría pensando o en qué otro mundo se encontraba su mente ahora. Rompí el silencio para hacerla pensar un poco. Mamá, ¿quién cumple años dentro de pocos días? Respondió enseguida: «Yo cumplo años… El 9. ¡Mirá si no me voy a acordar!». ¿Y sabés cuántos cumplís? «¿Qué sé yo? Como cien…», y rio. Le afloró una sonrisa como si su propia edad fuese una broma que le hacía la vida. Desde que subió al auto no se había quejado del dolor de cuello y brazo. Naciste en el 34. O sea, vas a cumplir… (acá dudé yo) ¡87 años! «¡Qué vieja!», dijo y volvió a reír.
Al llegar al primer peaje de la ruta 70 habíamos recorrido no más de veinte kilómetros de los noventa que nos separaban de Santa Fe. «¡Qué largo se me está haciendo este viaje», se quejó. Mamá, recién salimos. «Ah, pero para mí se hizo relargo… A esta ruta no la conozco. ¿Para dónde vamos?». Esta es la ruta que hacemos siempre, mamá. Vamos para Santa Fe. Tenemos que pasar por Nuevo Torino, Humboldt, Esperanza… «Pero yo nunca vine por acá». No seguí esa conversación. Hacía treinta años que me había radicado en Rafaela y las miles de veces que hizo ese trayecto de ida y vuelta lo había hecho por la misma ruta.
En un momento comenzó a buscar algo alrededor, entre sus piernas. «¿Yo no traje nada, ni cartera ni bolso?». Sí, mamá. Tu cartera está en el asiento de atrás. Junto con dos bolsos con tu ropa. Intentó darse vuelta para mirar y no pudo hacerlo. El dolor reapareció. «No puedo mover el cuello de cómo me duele… Y el brazo, el derecho… No sé qué tengo…». La vista al frente, hacia el paisaje llano, soja por un lado, maíz por el otro. Poco movimiento en la ruta. «Hace calor». Quién sabe en qué va pensando. O qué recuerdos, imágenes, sonidos dan vuelta en su cabeza. Nuevamente dudo si mira el paisaje a través del parabrisas o da vuelta por un mundo pretérito. Sus próximas palabras me confirman que acaba de volver al pasado. «¿Le avisaste a mamá que estamos yendo?». No quiero volver a preguntarle quién es su mamá y dónde está. Hago silencio. La miro de reojo y advierto que nuevamente llorisquea y se lleva el pañuelo descartable a los ojos, por debajo de los anteojos. De repente habla: «O sea, yo ya no tengo madre, ni esposo, ni nada…». Sí, mamá, tenés a tus hijos: Marcelo, Liliana, la Pupi y yo. «A mis hijos y a mis hermanos…». No, mamá. Tus hermanos tampoco están… murieron. Me arrepentí inmediatamente de haberle dicho tan crudamente la verdad, no por la verdad misma, sino por la forma. Me imaginé la cara de la gerontóloga recriminándome estas nuevas palabras. Meneó la cabeza y dirigió la vista al frente. Los anteojos negros que mi vieja llevaba puestos me impedían ver si tenía los ojos abiertos o si los había cerrado, intentando darse cuenta de una realidad a la que parecía no encontrarle sentido.
Luego de varios minutos de silencio, volvió a dirigirme la palabra: «¿Vos tenés llaves de la casa de mi mamá?ۛ». Sí, tengo llaves, pero de tu casa, no de tu mamá. «Ah, porque yo a las mías no las traje». Sí, las trajiste, acá están. Y le muestro el llavero con sus llaves que está en el organizador del auto, entre los asientos. «Esa no es mi casa…», asegura sin mirarme. ¿Y de quién es, si no es tuya? «No sé, mía no es». Sí, mamá, esa es tu casa. Ahí vivís vos desde que falleció papá, hace… (vuelvo a dudar y caculo) como diecisiete años. Menea la cabeza como negando y no dice nada. Silencio de introspección que no interrumpo a propósito. Quién sabe si no es más feliz en ese mundo desconocido para mí pero vivo en su mente.
«¿Le avisaste a Marcelo que estamos yendo?». Sí, mamá, Marcelo ya sabe. Y ya sabe Liliana y ya sabe la Pupi también. Cuando lleguemos seguramente va a estar una de las chicas que te cuidan. No dice nada. ¿Qué tal son las chicas? ¿Son buenas?, pregunto. «Sí, son buenas…». ¿Te acordás cómo se llaman?, intento ejercitar un poco su memoria. «No, no sé, no sé quiénes son». Trato de ayudar: Rocío es una, Sandra es otra. Y Jésica. Hace un movimiento de hombros como diciendo que no se acuerda. «¡Qué largo se me hizo este viaje! Por acá no vinimos nunca… Por acá alargamos». No, mamá, siempre venimos por acá. Lo que pasa es que hace casi un año que no viajás y debés estar cansada, por eso. Ya vamos a llegar. «¿Le avisaste a Marcelo?». Sí, mamá. Le avisé. «¿Y la llave de mi casa? ¿La tenés vos?». Sí, mamá, la tengo yo.
Cuando llegamos, la dejé en su casa —estaban dos de sus nietos santafesinos— y fui al supermercado a comprar mercadería para que tenga para los próximos días. Le compré comida hecha para que no tuviesen que cocinar: pollo al horno con papas. Llegó una de sus cuidadoras, Jésica, a quien le digo mientras me ayuda a guardar la mercadería que solo había que calentar la comida. ¡Qué buen hijo!, le dice Jésica a mi madre. «¿Viste? Así es mi esposo. Vos te tenés que buscar uno así». Jésica me mira sin saber cómo reaccionar. Le hago una mueca como para que le reste importancia. No, Emilia, déjeme así que yo estoy bien sola, sin marido, dice Jésica. «Pero un marido así tenés que buscarte, como el mío». Ya era hora de volver a Rafaela, donde me esperaban a almorzar. Bueno, mamá, yo me voy. Me vuelvo a Rafaela. «¿Pero volvés más tarde?». No, me voy a Rafaela, con mi familia. Yo vivo en Rafaela. «¿Y no volvés más?». Sí, pero otro día. No puedo viajar todos los días. «¿Y le avisaste a Marcelo que ya estoy acá?». Sí, mamá. Ya le avisé. Les avisé los tres: a Marcelo, a la Lili y a la Pupi.
Y me volví a Rafaela con una angustia inevitable, con la cabeza llena de preguntas sin respuestas. Pero con la certeza de que la vida nos juega a traición cuando menos lo esperamos. Puse la música a todo volumen y encaré para la ruta 70.

03/01/2021

lunes, 3 de agosto de 2020

OTRA MAÑANA



Sintió fiaca, como todos los miércoles, jueves y viernes a esa hora. Manoteó el reloj despertador y lo calló. Sin embargo, no lo odiaba. No podía odiar a una cosa, a un aparatito metálico inventado por el hombre para cumplir horarios establecidos por el propio hombre. Lo miró y perdió toda esperanza de que la máquina se hubiese equivocado: eran, indefectiblemente, las cinco de la mañana. Tomó coraje y comenzó a levantarse. Le costaba, pero no quedaba otra opción. ¿Qué hacer si no? Escuchó un grito proveniente de la pieza contigua:
—¡Negri! ¡Las cinco!
—Ya estoy despierto… —murmuró sin importarle si en la otra pieza lo escuchaban.
Una vez sentado en la cama, encendió la luz. Murmuró algunas palabras que ni siquiera él comprendió y comenzó con los movimientos mecánicos, sin pensar demasiado, para vestirse. Camisa blanca, pantalón negro de gabardina, medias negras y zapatos del mismo color. La mañana estaba fresca y se puso un pulóver gris escote en ve. A la corbata la dejó para lo último, segundos antes de salir. No terminaba de acostumbrarse a usarla. Con sus ojos aun semicerrados se dirigió al baño, lugar donde se terminaba de despertar por completo. Estaba todo calculado: se lavaba la cara, se mojaba el cabello, se cepillaba los dientes y se sentaba en el inodoro a leer. Un libro sobre el Che lo entretenía en sus momentos íntimos. Una página o dos por día eran suficientes y ayudaba el trabajo intestinal.
Ya con la taza de café en manos abrió un libro de Bioy y continuó la lectura comenzada días atrás. Hacía todo pendiente del reloj. A las seis menos veinte acostumbraba a salir caminando rumbo a la terminal de colectivos pero a veces el estómago le jugaba una mala pasada. A los apurones tenía que sentarse nuevamente en el inodoro y hacer todo contra reloj. Por supuesto que en estos apuros el Che no se hacía muchas ilusiones de ser leído. No obstante los imprevistos, siempre tenía tiempo suficiente como para llegar con tranquilidad a la boletería.
Ese día no había sufrido contratiempos y salió con carpetas y libros bajo el brazo, con mucha parsimonia, hacia la calle todavía oscura. No tenía demasiadas ganas de ir a dar clases pero las obligaciones laborales no podían eludirse con tanta facilidad. La humedad era insoportable. Había una neblina muy espesa y no podía ver más allá de media cuadra. Linda mañanita para seguir durmiendo, pensó bostezando. Caminaba como sonámbulo por las calles vacías, húmedas y patinosas.
Una vez sentado en su butaca a la espera del horario de salida, miró a su alrededor y notó —como nunca lo había hecho— que no era el único imbécil que se levantaba a esa hora, que no era el único que se disfrazaba así. Vio ojos semicerrados que se subían al colectivo y se iban acomodando en silencio en sus asientos. Vio al diariero de todos los días balbuceando la palabra «diario» en su propio dialecto y también escuchó los comentarios de los más despiertos sobre los últimos anuncios del ministro de Economía. No advirtió en qué momento se puso en marcha el motor, pero cuando el colectivo se puso en movimiento sintió una paz interior que lo desbordó. Se acomodó bien y esperó ansioso que el guarda retirara los pasajes. Tenía unos cuantos minutos por delante para relajarse y cerrar los ojos antes de llegar a Nuevo Torino.

Abrió la carpeta y con la lapicera fuente en su mano derecha releyó por enésima vez los escritos. Había mandado los originales a un concurso literario nacional y los resultados todavía no habían sido dados a conocer. No se tenía fe, pero todo aquel que participa en un concurso no deja de hacerse ilusiones hasta que se entera de que el ganador fue otro. No le parecía un mal cuento. No se consideraba un Borges ni un Cortázar pero su obra no le disgustaba. Corregía sus escritos constantemente: era un eterno revisar y modificar hasta la más insulsa coma que le parecía inapropiada. Siempre encontraba algo que cambiar. Apretó el play del grabador que estaba a su lado y sintió nostalgias por épocas pasadas. Muchacha ojos de papel era una de sus preferidas. Y los viejos recuerdos venían a su mente con aquellos amargos compartidos en su pieza con sus amigos de la secundaria. Viejos amigos… ¿dónde están?... Fue a la cocina a preparar esos mates de siempre aunque no tuviera con quién compartirlos. Sus viejos los tomaban dulce y siempre le criticaban los suyos. El timbre se mezcló con Spinetta y no le dio importancia, alguien atendería el llamado. Pensó que sería una gran experiencia recibir aunque sea una mención. ¿Se darían menciones en esos concursos?... Estaba bien. Hacía lo que le gustaba. Amaba. Era feliz al pensar que todavía creía en el amor. Y si a veces se sentía un bicho raro ante cierta gente, le importaba un rábano. ¿Habrán participado muchos? Che, para vos…, dijo su madre mientras le entregaba un sobre marrón del correo. Leyó el remitente y un escalofrío recorrió todo su cuerpo. ¡De tanto pensar se me hizo! Rompió el sobre con violencia y nerviosismo. Se fijó ahora en el destinatario, por las dudas... y sí, era para él. Se quedó mudo con la carta en la mano. Miró el reloj de pared y no supo explicarse por qué lo hizo. No tenía apuro para nada. Dobló el papel y se sentó. Su cara ahora era inexpresiva. Por fin murmuró: ¿Gané? No lo podía creer. Se preguntaba si había participado solo. ¡Pero qué estaba diciendo! Le comunicaban que había ganado, que había sacado el primer premio, y no era capaz de esbozar una sonrisa. ¿Gané? Iba tomando conciencia. Las dudas se disipaban poco a poco. Sí, era para él. Y dentro de quince días le entregarían el premio en un acto… Seguramente tendría que decir algo, preparar unas palabras, pero ¿qué? ¿Un discurso? ¿O solo palabras de agradecimiento? Sentía ahora vergüenza por haber mostrado sus escritos, era la primera vez que lo hacía… Seguramente los imprimirían, comenzaría su obra a recorrer el mundo, la leería mucha gente. Recordó las palabras de Hemingway cuando decía algo así como que publicar es echarse a los perros. ¿Y si no gusta? ¿Qué dirían sus conocidos que ni siquiera sabían que él escribía? ¿Cuántas cosas tendría que aguantar a partir de esta situación? ¿Qué es?, preguntó su madre. La miró y olvidándose de todos sus cuestionamientos se levantó, le dio un gran beso en la mejilla y gritó: ¡Gané!

De pronto la luz del interior del colectivo se encendió y lo encandiló. Se sintió perdido. No supo qué hacer y un par de manotazos lo ayudaron a reaccionar. Sus libros y carpetas estaban a punto de caerse. El colectivo había aminorado la marcha y escuchó el grito del chofer: ¡Nuevo Torino! Allí debía hacer el trasbordo a otro colectivo que lo llevaría a Pilar. Sonrió. Pensó en sus alumnos del Instituto Santa Marta. Ellos formaban ahora parte de una realidad que era ineludible. Una realidad que de vez en cuando lo dejaba irse a otros mundos inciertos que también eran necesarios para poder seguir sintiéndose vivo.
1991

sábado, 11 de julio de 2020

23 DE OCTUBRE


Fue el peor día de mi vida. Lo digo ahora, mirándolo desde lejos, analizando la situación con un poquito más de tranquilidad. Corría octubre, recuerdo, y la situación de mi familia era crítica. El viejo hacía tiempo que andaba sin laburo y se las rebuscaba con algunas changas. Del ferrocarril lo habían echado por racionalización. ¡Qué palabrita! Como si el hombre fuera solo un pedazo de carne… La política neoliberal estaba haciendo estragos en el país y la privatización de los ferrocarriles era inminente. La vieja tenía bastante que hacer en casa con mis hermanos y también conmigo, que a los dieciocho años no estudiaba ni laburaba y estaba viviendo a costillas del pobre viejo. De vez en cuando me las rebuscaba para llevar unos mangos a casa pero, debo confesarlo, no me simpatizaba mucho hacerlo. Siempre fui un tipo tranquilo. Buscaba constantemente la soledad y me aislaba de los que me rodeaban. Nunca me gustó el tumulto. La gente no me cae bien.
Pensándolo bien, no sé si fue el peor de los días de mi vida, porque en realidad me dejó muchas, muchísimas enseñanzas. Si no fuese por ese día, hoy Sebastián no me estaría mirando.
Me desperté cuando el viejo llegó a casa, a los apurones y llevándose todo por delante. Eran las cinco de la mañana. Escuché los gritos de la vieja: ¡¿Qué hacés, Adolfo?! ¿De dónde sacaste eso? Mi viejo tardó en contestar. Luego de unos minutos, jadeando y en voz baja, quizás para evitar que sus hijos escuchásemos, le explicó el porqué de todo. No aguanto más, Susana, no aguanto más. Ya no me siento ni siquiera hombre. No puedo sentirme orgulloso de ser padre. Llorisqueaba. Fue la primera vez que lo escuché hablar con dificultad. Me imaginé su rostro y me sentí muy triste. ¿No me entendés, Susana? Los pibes tienen hambre. Estoy cansado de golpear y golpear puertas y que me reciban con los puños cerrados. ¡¿No me entendés, carajo?! Hacía esfuerzos para no gritar. Hubo un largo silencio de palabras pero no de llantos. Lloraron juntos. Quizás se abrazaron. Poco a poco el silencio se fue adueñando de la situación. No pude volver a cerrar los ojos y me levanté. Dos o tres mates fueron suficientes. Los viejos se habían ido a su pieza. Sobre la mesa había unos cuantos billetes apilados y dos relojes pulseras dorados. Ni los toqué. Busqué aire puro y no lo encontré. Las calles de la ciudad estaban sumergidas en una nube negra y espesa.
¿Qué día de octubre fue? Sí, ahora lo recuerdo: 23 de octubre. El 24 iban a ser dos años que había conocido a Mariela y quería darle una sorpresa. Confieso que el dinero que estaba sobre la mesa me tentó y mucho. Pero, ¿qué sabía yo para qué lo había llevado mi viejo a casa? Caminé sin rumbo fijo e intentaba pensar en algo ingenioso. No tenía un solo peso, por lo tanto, mi ingenio tendría que hacer un gran esfuerzo, cosa a la que no estaba acostumbrado.
Cuando lo vi, me paralicé. Me encandiló. Pestañé dos o tres veces hasta que lo observé detenidamente. El brillante era hermoso. Estaba en una cajita de terciopelo roja y anulaba con su majestuosidad a todas las joyas que estaban a su alrededor. ¡Cómo me gustaba! ¡Cómo le gustaría tenerlo a Mariela! La gente apenas transitaba por la calle a esa hora y faltaban por lo menos dos horas para que la joyería abriera sus puertas al público. Sentí una incertidumbre desconocida. Tenía ganas de romper el vidrio y llevarme el brillante. ¿Y la alarma? Ese era el problema. Pero pensé que preocuparme por eso era el mayor obstáculo. Alcé una baldosa, cerré los ojos y escuché la explosión. Los pedazos de vidrio se desparramaron y en el mismo momento en que la alarma comenzó a hacerse escuchar, agarré el brillante y corrí hacia cualquier lado.
Mariela me abrazó y me besó con mucho entusiasmo al principio. Pero con preocupación a los pocos segundos. El brillante la había enloquecido. Nunca había visto algo parecido. ¿Cuánto te costó? No la miré y desconfió. ¿De dónde lo sacaste? No contesté con palabras. Los besos fueron mi respuesta y como contrarrespuesta recibí la entrega total de Mariela. Pasamos toda la siesta en un hotel y tras cada pregunta acerca del brillante, que ya tenía colocado en su anular y no dejaba de mirarlo en ningún momento, yo callaba o cambiaba de tema. Fue todo muy lindo, pero algo adentro mío me decía que ese día, ese maldito 23 de octubre, iba a ser más largo de lo que yo esperaba y me traería más de una sorpresa. Y no tardé en comprobarlo.
Cuatro enfermeros sacaban dos camillas con sábanas blancas bañadas en sangre que cubrían aparentemente dos cuerpos. La policía prohibía el paso de peatones y de vehículos. Yo me acercaba con mucho miedo e intriga. De mi casa parecía salir humo o eso fue lo que me pareció. No veía a mis hermanos ni a los viejos. ¡Alto, no se puede pasar!, me gritaron. ¡Yo vivo ahí!, respondí mientras empujaba al policía sin obedecerle. Me dirigí hacia una de las camillas y levanté la sábana: un hombre de barba oscura tenía la cara empapada de sangre. Sentí náuseas. Me apartaron sin dejarme ver quién estaba en la otra camilla. La ambulancia se fue inmediatamente pero sin hacer sonar la sirena. ¿Quién sería ese hombre de barba? ¿Qué hacía en mi casa? ¿Cómo había muerto? ¿A quién se llevaban en la otra camilla?
Sebastián, fruto de aquella siesta del 23 de octubre, me sigue mirando con mucha atención. Mariela lo tiene en brazos mientras yo aprieto con fuerza, impotente, los barrotes de mi celda. Si no fuera por ese revistero que me vio correr como loco luego de la explosión del vidrio, no me hubiesen agarrado. Pero las cosas son como el destino manda y hasta dentro de dos años y tres meses no podré correr con Sebastián por la plaza del barrio.
¡Pobre, el viejo! También a él el destino le jugó una mala pasada. Yo sospechaba que mi vieja tenía sus aventuras, pero nunca creí que lo haría en casa. ¿Quién te mandó, vieja, a meterte en tu propia cueva?
¡Ay, día nefasto! Mi viejo en cana. Yo también. Mi vieja… que en paz descanse. Mis hermanos, solos, a la buena de dios. Mariela con Sebastián… lo único bueno que me pasó entre tanta miseria. ¡Ay, 23 de octubre, quién te pudiera borrar del almanaque para siempre!

1991

viernes, 10 de julio de 2020

DELINCUENTES



Eran cuatro. Tres pertenecían a la misma familia (dos hermanos y un primo). El restante, un incondicional. De los dos hermanos, una era mujer. La cabecilla, el cerebro. Sus variadas lecturas y su admiración por Tom Sawyer y Huckleberry Finn la habían ayudado a erigirse en líder de la banda. Dicen quienes los conocieron más de cerca que los hombres debían rendirle cuenta sobre su actividad delictiva y que ella celosamente guardaba lo malhabido en su casa. Nunca usaron armas, nunca maltrataron a sus víctimas. Si alguien les hubiese dicho que eso era un trabajo, no lo hubiesen hecho seguramente. A ella ser la jefa le daba seguridad suficiente como para ejercer dominio sobre sus compinches. Tomaba esa actividad como un pasatiempo rentable, como un hecho provechoso, pero por sobre todas las cosas, como un juego, una actividad que nadie la obligaba a realizar. Se sentía líder. Y así era feliz. 
La suerte fue por un tiempo su aliada pero, como ocurre siempre con esta clase de triunfadores, el éxito fue efímero. 
El final de las tropelías que habían comenzado quién sabe cuánto tiempo atrás, llegó antes de lo esperado en un comercio céntrico de la ciudad. El primo fue observado por una vendedora justo cuando tomaba lo que no correspondía y lo escondía en el bolsillo de la campera. El incondicional fue un poco más burdo para ocultar su botín y ante la desesperación por sacárselo de encima, se lo pasó a la jefa, quien lo ocultó bajo la ropa. No pudo pasar desapercibida. Los paquetitos de queso sustraídos por el primo tenían un tamaño ideal y tentador, pero la pelota de fútbol número cinco no fue fácil de disimular. Y menos aún estando inflada. El hermano menor los miraba absorto. Los cuatro fueron aprehendidos ese nefasto día en Casa Tía. 
Los delincuentes, con solo doce años a cuestas, debieron prometer el resarcimiento del daño para no ser reportados a la autoridad policial y, por ende, a sus padres. Y lo hicieron bastante rápido. En un descuido de una familiar cercana, se hicieron del dinero que estaba destinado a abonarle al sodero la compra mensual, y así evitaron que su accionar se hiciera público ante la sociedad, sus familias y sus amigos, delito cometido en un comercio del que, según dicen, muy pocos chicos de esa edad han podido salir sin llevarse su pequeño botín escondido…

lunes, 11 de mayo de 2020

SOLO HASTA EL FINAL



De chico ya me gustaba estar solo. En la escuela, en la calle, en casa. Pero era difícil.
En la escuela estaba rodeado de cientos de chicos alborotados que jamás me dejaban sentir en soledad. Pero me las ingeniaba. En el aula, mientras el profesor intentaba mantenernos a todos atentos, yo, en el último banco, me dedicaba a dibujar. Nunca nadie le encontró sentido a mis dibujos. Ni yo. Pero era hermoso hacerlos, mirarlos crecer, terminarlos, esconderlos para evitar la sanción. Me las arreglaba para alejarme de todo el entorno y ser feliz en mi pequeño mundo interior.
Donde no tenía mayores problemas para aislarme era en la calle. Siempre caminé por los cordones de la vereda sin reparar en la gente ni en los autos que pasaban. Bajo el sol o bajo la lluvia. Con la única compañía del cigarrillo que se consumía enseguida. O silbando una canción que me ayudaba a ignorar los ruidos molestos del mundo.
En casa no era nada fácil. Éramos cuatro hermanos más mis viejos en una casa chiquita. Pero siempre me la ingenié para estar conmigo mismo, aunque acompañado. Los mejores momentos los pasaba sentado arriba del ropero que había en el comedor y escuchaba música muy fuerte con los auriculares puestos. No me daba cuenta de que mi familia estaba en casa, no escuchaba si sonaba el teléfono o si llamaban a la puerta. El perro podía ladrar sin cansarse que yo no lo escuchaba. Con mi música imaginaba episodios que me hubiese gustado convertir en realidad. Lo curioso era que en todos esos sueños no quería estar solo y hacía participar a una amiga que siempre estaba a mi lado y con la que disfrutábamos al máximo nuestra adolescencia en libertad. Y es por eso que ahora pienso seriamente si mi soledad se debía a que me gustaba estar solo o simplemente a mi incapacidad de comunicarme con los demás. Siempre soñé con tener un cuarto propio y nunca lo tuve. Más que un cuarto, un refugio. Un altillo lleno de cosas mías, de mis libros, de mis posters, de mis cuadros, de mi música, de mi ropa… todo mío. Con una ventana a la calle y desde arriba mirar a la gente pasar. Y que no me vean. Quería saber de los otros pero que nadie supiera de mí. Por las tardes abría la ventana del frente de casa a la misma hora y esperaba que pasara una maestra de la escuela del barrio —nunca supe cómo se llamaba— que me gustaba. Habrá tenido unos diez o quince años más que yo… pero qué linda era. Yo la observaba mas no me dejaba ver.
Siempre quise estar solo, no sé el porqué: siempre me gustó. Además, tengo que sentirme satisfecho porque, al fin de cuentas, nunca tuve a nadie a mi lado. A pesar de que quisieron hacer de mí un ser social. ¡Ja! No pudieron.
Y hoy estoy solo. No sé si decir que soy feliz. Tendría que estarlo, ¿no? Estoy como siempre me lo propuse: sin nadie a mi alrededor. Solo unas pocas luces y una sábana blanca. Nadie me viene a ver, a reconocer. Estoy verdaderamente solo. Dentro de veinticuatro horas seguramente la tierra estará cayendo sobre mi cajón y ni una lágrima, ni una, caerá por mi culpa.

1993

jueves, 24 de octubre de 2019

BETTE MIDLER: The rose



Algunos dicen que el amor es un río
que ahoga la tierna caña.
Algunos dicen que el amor es una navaja
que deja tu alma sangrando.
Algunos dicen que el amor es un hambre,
una necesidad dolorosa e interminable.
Yo digo amor, es una flor
y tú, su única semilla.

Es el corazón, temeroso de romperse,
el que nunca aprende a bailar.
Es el sueño, temeroso de despertar,
que nunca se arriesga.
Es aquel que no se deja llevar,
aquel que parece no poder dar.
Y el alma, temerosa de morir
que nunca aprende a vivir.

Cuando la noche ha sido demasiado solitaria
y el camino ha sido demasiado largo
y piensas que el amor es solo
para los afortunados y los fuertes,
solo recuerda que en el invierno,
muy por debajo de las amargas nieves,
yace la semilla que con el amor del sol,
en la primavera se convierte en la rosa.

(EE UU, 1947)
Interpretada por Bette Midler (EE UU, 1945)

ZAFAR



La inevitable e inocente locura que otrora reinó en este lugar se está convirtiendo en una situación provocada ex profeso. Y se advierte sin demasiado esfuerzo. Por ejemplo, lejos se está aquí adentro de utilizar un lenguaje simple e inocente. Se han muerto todas las metáforas y recursos técnicos de los que el lenguaje se vale para cantar la hermosura de las simples cosas. La dureza y frialdad de un lenguaje estructurado —que no requiere cambios ni sorpresas— nos quitan —¿nos matan?— la creatividad innata que llevamos como seres humanos.
Aquí el hombre juzga lo que el propio hombre ha fabricado: la violencia, la maldad, el des-amor, la muerte, la trampa, la mentira. Y así como le ocurrió al doctor Frankenstein, la bestia creada se le ha hecho incontrolable.
¿Qué papel juego —jugamos— en este ambiente trastornado? ¿Cómo sobrevivir al final de la jornada sin pretender, intentar, aunque sea mínimamente, crear una lucecita salvadora ante tanta oscuridad?
En esta selva de papeles y de oídos sordos se vive y se lucha por sobrevivir. Y si bien se afirma que la verdad es la meta a alcanzar, hay que enfrentarse a los vericuetos de un sistema infame que enfrenta a la humanidad, que busca verdades muchas veces contrapuestas y, por ende, falsas las dos. Crisis filosófica que nadie se detiene a analizar en los interminables pasillos de la cotidianidad.
Aquí el sentimiento supremo por excelencia, la libertad, deja de ser un bien natural para convertirse en un estado físico alcanzable pre-castigo. En vez de perseguirse una libertad absoluta, mental y espiritual —esa que se adquiere con mucho esfuerzo pero también por contagio natural—, se lucha, se litiga por una libertad física que nunca se debería haber perdido.
¿Cómo llegamos a este punto de no vivir placenteramente entre los seres queridos con la hermosa locura innata de pretender volar, para estar en este estado de inacción que no nos deja desarrollar como entes inteligentes que somos?
Perdemos el brillo, la luz, la inocencia, ante una realidad grotesca, mundana, inmerecida, en esta jungla en la que protegerse y salvarse parece ser una tarea titánica.

jueves, 6 de junio de 2019

MARTES 13 (Enero, 1981)


Al “Negro” y Omar

«Padre, ayer estuve preso /
por cantar canciones de rock»

(Cristo Rock, Raúl Porchetto)


Una brisa salada acariciaba nuestras caras alegres, boquiabiertas. Apenas nos despeinaba. Pero nos hacía amontonar unos con otros para evitar el frío. Éramos varios, muchos, un buen número. Un centenar, quizás. Hombres y mujeres. Jóvenes y viejos. El rasguido de una guitarra guiaba nuestra mente. La llevaba de un lado a otro. Guiaba nuestra voz: alegría, ilusiones, tristezas, protestas. La medianoche se acercaba y todos nos queríamos quedar ahí, felices, hasta el amanecer. Queríamos dejar que entrara al sol con los brazos en alto y los dedos en «ve». Queríamos soñar junto al mar un mundo mejor. Dejar de lado a esa gente que con cara de asco nos miraba de reojo al pasar. Queríamos ignorar a ese inmenso edificio donde esa misma gente idiota iba a despilfarrar su dinero en una mesa de ruleta. Habíamos formado un semicírculo y nuestra vista se dirigía hacia el mar, hacia delante, hacia un futuro incierto, oscuro, lejano, pero buscado, deseado. No teníamos ganas de compartir la felicidad de esa ciudad que estaba a nuestras espaldas.
El escenario era muy particular: mar calmo, brisa fresca, noche estrellada, dos enormes lobos marinos de cemento y atrás, «la feliz». La mayoría de la gente que caminaba por la costanera se acercaba curiosa para ver qué pasaba en ese grupo de gente que tan alegremente cantaba y aplaudía. Pero la reacción no se hacía esperar: media vuelta y retirada al observar que quien tocaba la guitarra tenía los cabellos por debajo del hombro y, además, que no era el único que lo lucía así. Seguramente se irían mascullando algún comentario sobre esa juventud perdida que vivía solo para protestar y ni siquiera sabía por qué. Vagos…
Hacía ya un buen rato que estábamos allí. Con el Negro y Omar nos habíamos sentado a un costado con un poco de timidez. No conocíamos a nadie pero nos olvidamos enseguida de eso. No solo se compartían las canciones sino que pasaban de mano en mano paquetes de galletitas, atados de cigarrillos, gaseosas y vino, sin importar a quién pertenecían. Difícil era imaginar que cerca de cien jóvenes y otros no tanto, que jamás se habían visto, pudieran disfrutar juntos un momento fraternal, un momento de paz.
Cuando la guitarra dejaba de sonar se escuchaban los aplausos y luego de una breve pausa una nueva canción empezaba. «De nada sirve», gritó uno y varios se sumaron al pedido. Y «De nada sirve» fue el tema que se escuchó. Todo hacía prever un final inolvidable, un final que nos dejaría a todos un poco fuera de nosotros mismos, soñando con lo que más queríamos, yendo de estrella en estrella y bajando al mar manso para poder sumergirnos hasta lo más profundo y ser felices por un buen rato, sin molestar a nadie. Todo estaba en orden, todo era una sola ilusión: cantar toda la noche y olvidarnos un poco de la realidad que estaba a nuestras espaldas. El grupo crecía. Desde lejos, los felices veraneantes seguían observando con desconfianza. Una perra vagabunda se nos había sumado y experimentó las caricias sinceras que quizás nunca nadie le había dado. Las canciones seguían. La guitarra cambiaba de manos pero no descansaba. Nada hacía pensar otro final que no sea el esperado. Otro grito pidió «Deja que entre el sol». Las cuerdas sonaron con ganas y todos nos pusimos a cantar, a soñar y a pedir un poco de paz. Entonces nuevamente los brazos se alzaron con los dedos en «ve» y comenzaron a balancearse ante el mar inmenso, ante el cielo estrellado, mezclando cabellos largos, niños en brazo, comida, cigarrillos, vino…

Y un grito.

Un grito horrible que se multiplicó en segundos por mil. Un grito inesperado, un grito idiota, un grito que venía a derrumbar todo lo lindo que hasta ese momento estábamos viviendo. Un grito grave, seco, ensordecedor, enloquecedor. La fiesta había llegado a su fin.
«¡Policía! ¡Quédense todos quietos!», gritó uno vestido de civil a quien todos, al mismo tiempo e instintivamente, dirigimos la mirada.
El instinto de supervivencia floreció en el grupo. No teníamos por qué escapar, nada malo estábamos haciendo, pero en enero de 1981 en nuestro país no había lugar para abrir juicios de inocencia o culpabilidad. Ese instinto de supervivencia hizo virar nuestra vista ciento ochenta grados para buscar una salida de escape pero grande fue nuestra sorpresa al comprobar que el del grito no se encontraba solo. Aproximadamente quince sujetos más nos rodeaban. Itaka o ametralladora en mano.
«Vamos para allá», dijo Omar dirigiéndose a hacia la playa, pero ahí había uno apuntándonos.
«¡No, rajemos para allá!», gritó el Negro sin saber para dónde ir. Por todos lados estaban esos tipos.
«Quedémonos en el molde», dije yo al no encontrar escapatoria.
Nueve Ford Falcon (no todos verdes, recuerdo algunos grises) estaban estacionados en fila sobre el Bulevar Marítimo. Nos hicieron quedar a todos sentados donde estábamos y empezaron a hacernos subir por grupos a los autos. Alguien murmuró: «Hoy es martes 13». Muchos reímos, aunque no con muchas ganas, ante la superstición del que había abierto la boca. Fueron palabras perturbadoras que nos hicieron pensar en ese momento que nunca más tendríamos que organizar una fiesta o reunión en ese día fatídico.
La comisaría se llenó en poco tiempo. Algunos —más rápidos que nosotros— habían logrado escapar apenas escucharon el grito que todavía resonaba en nuestra mente. Pero la mayoría estábamos ahora allí. Nos revisaron uno por uno hasta debajo de las uñas. Luego de un par de horas insoportables, comenzaron a largarnos. Omar, el Negro y yo fuimos de los primeros ya que éramos menores y teníamos en el bolsillo el permiso escrito de nuestros padres certificado por la policía de nuestra ciudad. Nuestros escasos dieciséis años fueron suficientes para comprender la advertencia: no nos querían volver a ver en ese tipo de reuniones.
Luego nos enteramos de que a algunos les habían encontrado drogas entre sus pertenencias. Que otros tenían antecedentes penales…
La madrugada nos sorprendió nuevamente en libertad, caminando en silencio con las manos en los bolsillos, atemorizados y con la inevitable duda —todavía hoy— de saber si todos los que habían ingresado a la comisaría con nosotros recuperaron su libertad.

jueves, 2 de mayo de 2019

MORIS. DE NADA SIRVE


De nada sirve escaparse de uno mismo... Veinte horas al cine pueden ir y fumar hasta morir, con mil mujeres pueden salir, a los amigos los pueden llamar. De nada sirve escaparse de uno mismo... No se dan cuenta que de nada sirve tocar la batería, seguir la acería, no, de nada sirve... Y veinte horas al cine puedes venir y fumar hasta morir, con mil mujeres pueden salir... De nada sirve escaparse de uno mismo... ¿De qué les sirven las heladeras y lavarropas, televisores y coches nuevos y relaciones y amistades y posiciones, si están podridos y aburridos de este mundo que está podrido? No, de nada sirve... Los que van a la oficina dicen que todo sirve; los que van al puerto les duele las espaldas; los que hacen música creen que es lo más importante... Nada sirve si uno lo usa para la soledad interna que siempre los corre... Cuando están solos, están bien solitos, ya no hay guitarritas ni amplificadores, están solos en la cama y empiezan a mirar el techo y en el techo no hay nada, hay solamente un techo. ¿Qué pueden hacer? Es muy tarde, son las tres de la mañana. Los bares están cerrados, las mujeres duermen, los cines también están cerrados, la guitarra no se puede tocar sino el vecino se va a despertar. ¿Qué puedo hacer? Estoy solo, qué aburrido, no sé qué hacer, qué es mi vida, qué es este mundo, qué soy yo, ¡me voy a volver loco! No sé qué hacer... En ese momentito se dan cuenta que todo es una estupidez, cuando van de veraneo y bailan yeah, con sus movimientos centroamericanos, sensualidad fabricada, tratan de levantar mujeres... Pero están vacíos y están muy podridos. Volvemos a la cama, que es un gran lugar para dormir o también para fifar. Y cuando lo consiguen -en este mundo es difícil- está reglamentado. Muerdan la almohada de desesperación, no saben qué hacer con sus vidas, ya todo fracasó: han masticado chicles, han comido chocolates, han leído Radiolandia, han llamado a sus amigos, han salido con mil mujeres, han grabado treinta mil discos, han sido famosos, han firmado autógrafos, han comido hasta reventar, han fumado hasta acabar y ¿qué queda? Nada queda... Hay una cosa que sirve a esta humanidad y es darse cuenta que nada sirve si uno lo usa para escaparse de uno mismo. Amigo, te doy un consejo, aunque yo consejos no doy: trata de hacer la prueba de parar las maquinitas que llevas dentro de ti y fijarte qué es lo que pasa cuando te agarra la soledad y te agarra el hastío. No escuches discos de Bob Dylan o de Los Beatles, de Los Rolling Stone o de Mick Jaegger. Mucho silencio, mucho pensar, mucho meditar, nada de evasión y pensar qué es lo que pasa conmigo. Yo soy inteligente, también soy intelectual, soy bastante inteligente pero estoy muy aburrido y estoy solo, muy aburrido. ¿Qué es lo que pasa conmigo? Yo no me lo puedo explicar. Por favor que alguien me lo diga. No puedo salir de mí, estoy muy encerrado en mi prisión de carne y hueso. No puedo salir, me voy a morir dentro de mí. Antes de morir yo quiero salir, ver las estrellas, el mar, me quiero ahogar y quiero salir de mí, por favor. Me quiero ir y quiero vivir por favor de mí, no quiero evasión y quiero vivir. ¿Qué puedo hacer? No hay nada que hacer. Tenés que vivir, tenés que sufrir, tenés que sentir, tenés que amar, te tenés que arriesgar, te tenés que jugar, no podés tener seguridad, no podés tener ninguna propiedad. Tenés que jugarte, tenés que salir a que te rompan la cara, que te maten que te pisen. Tenés que querer a cualquiera, tenés que odiar a cualquiera. ¿Qué puedo hacer? Estoy solo y todos pasan a mi lado. Nadie me mira o si me miran es para encerrarme, y estoy muy encerrado. De nada sirve escaparse de uno mismo...

martes, 15 de mayo de 2018

EMERSON, LAKE & PALMER: From The Beginning


Podría haber cosas que olvidé
pero no seas cruel,
no significa que sea ciego.
Tal vez haya una o dos cosas
en las que pienso estando acostado.
No debería haberlo dicho
pero ahí está.
Ves, está todo claro.
Estabas destinada a estar aquí
desde el comienzo

Tal vez podría haber cambiado
y no haber sido tan cruel,
no haber sido tan tonto.
Lo que se hizo hecho está.
No puedo recordarlo,
no importa en absoluto.

Ves, está todo claro.
Estabas destinada a estar aquí
desde el comienzo.

(Keith Emerson, Greg Lake & Carl Palmer)

domingo, 8 de abril de 2018

ETERNA AUSENCIA




¿Dónde estabas cuando yo, solo en mi cuarto, miraba la gente pasar?
¿Cuántos tenía? ¿Quince? ¿Dieciséis?
¿Dónde estás ahora?...
...Porque sigo solo pero en un hospicio, con las ventanas cerradas, con luz artificial…
¿Cuántos tengo? ¿Cincuenta? ¿Sesenta? ¿Cien?
Toda una vida soportando tu ausencia entre tanta gente que estuvo conmigo…

miércoles, 3 de enero de 2018

LEER UN LIBRO AJENO


Ana me prestó un libro. Ta bueno, te va a gustar, me dijo. Y lo recibí con gusto en una época del año en la que es un poco difícil encontrar ese par de horas de soledad en las que se puede encarar una nueva lectura con tranquilidad. Mi biblioteca —que en realidad son varias, porque ninguna es capaz de acaparar a todos los libros juntos— es bastante numerosa.
Tengo una relación con los libros muy particular. No sé si el caso es para estudio pero creo que un sicólogo se haría una fiesta analizando esta relación. Durante muchos años los tuve forrados con nailon transparente. A todos, sin excepción. Creía que conservándolos así serían inmortales y podrían sobrevivir varias generaciones. Hasta que me di cuenta de que un libro visiblemente gastado, más gordo que cuando fue nuevo, es signo de haber sido abierto, leído o al menos inspeccionado por alguien. Un libro que se guarda en una biblioteca, nuevo, y se conserva así durante años, no tiene vida, no cumple con la finalidad para la cual fue escrito y refleja, a simple vista, que su dueño no lo leyó y que seguramente lo compró para engrosar el aspecto y magnitud de su biblioteca. Fue así que un día me propuse no forrar más los libros con nailon transparente. El tiempo también tiene que pasar para ellos y notarse. Como para los seres humanos. En vano son las cirugías que se practican para engañar al ojo ajeno. Las páginas amarillas y tapas ajadas equivalen a nuestras arrugas. ¿Para qué esconderlas?
Pero no es solo cuidar como tesoros a mis libros lo que me lleva a plantearme si tengo alguna disfunción mental. Como dije, son varias las bibliotecas que hay en mi casa —seis— y si me piden que encuentre un libro, lo hago en un abrir y cerrar de ojos porque los tengo muy bien acomodados. No solo por países, sino también por autores, por abecedario. En el comedor tengo dos bibliotecas: una antigua, con dos puertas vidriadas, en la que se alojan todos los autores argentinos. Y al igual que lo que pasa en las otras cinco, los estantes ya no son suficientes para apretujar los libros paraditos, uno al lado del otro, sino que sobre los mismos ya se acomodaron una buena cantidad de manera horizontal que no encontraron su lugar por haber llegado últimos. A su lado, una más precaria y sin puertas, aloja a los autores latinoamericanos. Estos están acomodados por países y, a su vez, por abecedario. En el pasillo que comunica el living con la cocina, una gran repisa antigua pintada de blanco guarda entre sus estantes todos los libros con algo especial: antiguos —algunos del siglo XIX-, con tapa dura, o de cuero, obras completas en edición de lujo... O sea, esta repisa además de albergar palabras de otros, cumple una función decorativa, “para la vista”. Vamos a la cuarta biblioteca: está al lado de mi escritorio de trabajo. En ella se alojan dos grandes enciclopedias, la “Historia de la Literatura Argentina” de Ricardo Rojas, y la colección de tapas duras y color celeste de la historia mundial de la literatura en nueve tomos del Centro Editor de América Latina. Con ambas enciclopedias conviven cientos de discos compactos de rock argentino y varios libros sobre historia del rock nacional. También hay en esta biblioteca varios libros de texto: Lengua, Literatura, Gramática, Ortografía, diccionarios… Y las dos restantes bibliotecas que hay en mi casa están —por una cuestión de espacio y para evitar mi expulsión del hogar— en el garaje. Allí conviven los autores españoles, italianos, franceses, alemanes, rusos, austríacos, estadounidenses y de demás partes del mundo.
Los libros que tengo, como dije, son muchos y puedo asegurar que si bien no los leí a todos —no me faltan tantos—, sí a todos los que leí los tengo. Aquí está el motivo que me llevó a escribir esto: Ana me prestó un libro. Lo leí y me gustó, tal como ella me lo había pronosticado. Por lo tanto, es hora de devolverlo. Y como considero que cuando uno lee un libro lo hace suyo y esa historia pasa a ser parte de su propia vida, me cuesta desprenderme del mismo. Porque me gusta verlo ahí, en la biblioteca, al lado de tantos otros, como una forma de recordar por qué otros mundos anduve dando vueltas. ¿Qué libro es? No hace a esta cuestión. Lo importante es que nunca pensé en no devolverle el libro a Ana. Así que una vez que lo terminé de leer, fui a la librería y me lo compré.

sábado, 23 de diciembre de 2017

SILVANA


No era la primera vez que me pasaba. Lo había advertido durante todo el año. ¡Y ya estábamos en setiembre! Esta vez fue mientras leía poemas de Neruda. La vi en el segundo banco de la segunda fila, donde se sentaba siempre, sonriendo y mirándome fijo, como hipnotizada. A principios de la clase me pareció escucharla suspirar: Ah… Neruda… y vi cómo se acomodó en la silla, lista para disfrutar.
Silvana no hablaba mucho pero era muy simpática. No tenía ningún tipo de maldad en su mente y siempre se encontraba dispuesta a ayudar a sus compañeros por más que no fuera una alumna brillante. A veces, al finalizar la clase, se me acercaba y me preguntaba qué poetas podía leer, y yo —ingenuo— le recomendaba los clásicos: Miguel Hernández, Antonio Machado, Neruda, Bécquer… Sus apenas diecisiete años no me hacían ver en ella más que a una niña enamorada del mundo que quería disfrutar segundo a segundo su vida… y feliz. Un día, para variar la temática, le recomendé que leyera un cuento de Horacio Quiroga. Al otro día me lo reprochó muy enojada. Lejos de sentirme mal, me puse feliz porque me había sorprendido al darme cuenta de que lo había leído. Es uno de los mejores cuentistas argentinos, me defendí, pero su mirada fue bastante clara: ella estaba enamorada y no quería leer ni escuchar hablar de la muerte en todas sus manifestaciones.
Y ese día, con el libro de Neruda en mis manos, caí en la cuenta. Sus ojos eran demasiado expresivos. Su sonrisa, aquella sonrisa inocente, había dejado de ser tal. Y sus ojos me perforaban como rayos mis mejillas, que ardían como nunca. Me incomodé. Leía los versos del chileno sin prestarle la debida atención, sin poner una mínima pasión en la lectura que la ocasión merecía. Y hasta creo que tartamudeé u omití una palabra o un verso, ya no lo recuerdo. Eso provocó sonrisas en los alumnos y traté de serenarme y seguir como si nada hubiera pasado, intentando que Silvana no me desviara la atención. Lo estaba haciendo a propósito, lo sabía. Nunca antes la había notado así. Sí lo había sospechado, pero nunca pensé que esta niña iba a llegar a tal punto.
Luego de unos minutos sin dirigir la vista hacia Silvana, sentí —no la vi— que se había movido. Mi intriga fue más fuerte que mi voluntad y la miré. Pensé: No me vas a ganar en miradas. Y ocurrió lo que jamás había esperado. Su guardapolvo se había levantado lo suficiente como para dejar ver la casi totalidad de sus piernas desnudas. Mis pocos años de experiencia como docente me impidieron pensar en cómo actuar. Ni siquiera la miré a la cara para evitar peores consecuencias. Llamarle la atención no era buena idea ni era oportuno hacerlo. Podría equivocarme o podría hacerla quedar mal ante todos sus compañeros. Nuevamente opté por mirar para otro lado. Miré mi reloj. Faltaban todavía veinticinco minutos para que sonara la campana y hasta ese día nunca en mi corta carrera de profesor había esperado tanto ese momento.
Mientras seguía leyendo algunos poemas de Cien sonetos de amor, pensaba que al otro día debería llevar al curso las obras completas de Quiroga o aprovechar para hacer un trabajo interdisciplinario con la cátedra de inglés y hacerles leer a los alumnos algunos cuentos de Poe. El resto del tiempo de la clase hablé sin dirigir la vista al sector del curso donde se encontraba sentada Silvana exhibiendo sus piernas. Y llegó la campana por fin. Yo ya estaba transpirando con el libro en mis manos y por suerte mis alumnos no esperaron mi autorización para salir al patio. Di media vuelta y, sin mirar a Silvana, me dirigí hacia el escritorio a juntar mis libros y carpetas. Suspiré profundamente y dispuse a salir del aula. Pero al dirigirme hacia la puerta fue imposible dejar de advertir que Silvana era la única alumna que quedaba en el aula, con su mirada todavía clavada en mí y sus piernas aún semidescubiertas. Meneé la cabeza, dejé nuevamente mis carpetas y libros sobre el escritorio, tomé aire —coraje— y me dirigí a su banco. No podía dejar de reprocharle haberme incomodado durante toda la clase. Mi paciencia había llegado a un límite. Ella no dejaba de mirar ni de sonreír tímidamente. Pero a medida que me iba acercando a su banco comencé a notarla un poco extraña. Algo había en esa mirada que comenzaba a preocuparme. ¡Silvana!, le dije tomándola del hombro, sacudiéndoselo suavemente, y Silvana dio un grito: ¡Qué! ¡¿Qué pasa?! Se levantó como eyectada de su silla, acomodándose el guardapolvo, desesperada. Disculpe, profe, es que anoche no dormí nada por quedarme a estudiar para la evaluación de Matemática…
Sonreí, pero sé que me puse colorado. Silvana no dejaba de disculparse y me prometía que para el otro día se iba a leer los cien sonetos de Neruda. Porque… ¿leyó a Neruda hoy, no?, me preguntó. Suspiré y le pedí que fuera al baño a lavarse la cara. Esperé que Silvana saliera del aula para largar una carcajada en la que se mezclaba un sentimiento de alegría y vergüenza a la vez.

1988

sábado, 25 de marzo de 2017

ATRAPADO SIN SALIDA


Se levanta temprano y mientras prepara el desayuno enciende la notebook para empezar el día informado a través de la lectura de noticias en diarios digitales. Revuelve el azúcar con la cucharita en el café con leche y piensa que antes de ir a los diarios, podría ver si tiene alguna notificación en su muro de Facebook. Ni una. Pero sin pensarlo demasiado, se pone a leer las publicaciones de sus cientos de amigos. A las 6:30 alguien clickeó y compartió en su muro una diapositiva con un gran ¡BUEN DÍA! y un dibujo de un osito de peluche que endulza el mensaje. Al lado, una frase con la que desea que Dios te dé todo lo que tiene. Enseguida otro le contestó a ese alguien con un buen día sin el énfasis que le podrían haber dado unos sencillos signos de admiración. No obstante, inmediatamente después del saludo, estalla un me gusta. Ese alguien es una amiga a la que, paradójicamente, no conoce. Decide no saludarla ni indicar que le gusta su saludo. Las próximas intervenciones son de la misma amiga: foto de un caballo con la mirada triste, flaco, que tira de un carro. Una frase impresa sobre la foto exige justicia para con los animales. Ella misma estampa en su propia foto el botón de me gusta. Le sigue una imagen de Cristo con un corazón fuera del pecho y un aura dorada que hace mal a los ojos. Comenta: En vos confío. Luego, la foto del papa Francisco que sonríe y extiende su mano a manera de saludo o de yo te perdono, acompañada de una de las tantas frases que dice ante los micrófonos —o que le hacen decir sin que él se entere—. También a su propia publicación le estampa el insulso me gusta. La siguiente es una publicación de la misma amiga que muestra un perro en estado calamitoso de salud, y en su comentario pide por favor urgente adopción. Con la ruedita del mouse va pasando lentamente publicación tras publicación de sus amigos. A algunas las lee, a otras apenas observa la foto y descarta la lectura del texto. Reflexiones de Jacques Lacan, Friedrich Nietzsche, San Martín o poemas de Mario Benedetti, versos de Arjona y textos de Eduardo Galeano, se mezclan cada tanto con los últimos análisis filosóficos de Diego Armando y algunos que otros comentarios de Mirta en su último almuerzo con famosos. Fotos de fin de semana en el campo, en Colastiné, en Buenos Aires o Viena, de varios de sus amigos se mezclan con provocativas selfies frente a un espejo de baño sacadas por una señorita que le tira un besito a quien quiera recibirlo. No sabe quién es a pesar de que figura como amiga. Se entera al mirar hacia su derecha, arriba, de que hoy cumplen años Liliana, Américo, Silvina y Pato. Lee: Desea feliz cumpleaños a tus amigos. Solo saluda a Liliana y agradece a Facebook, en silencio y para sí, el recordatorio. No se había acordado. Un gimnasio amigo, a través de su muro, lo incita a no bajar los brazos, a seguir con el entrenamiento, con la rutina diaria, porque solo así se logra el objetivo de llegar en forma al verano. Recuerda que hace un año y medio que no va al gimnasio y que también dejó de trotar tres días a la semana, como era su costumbre hasta hace unos cuantos meses atrás. Se le nota y se mira la panza. Reflexiona parafraseando un texto de Galeano que alguna vez releyó en Facebook: “No sé si la vida tiene sentido sin salame”. Sonríe ante frases ocurrentes o creativas, o con buenas canciones; bufa ante imágenes de santos, perros abandonados, niños con tumores visiblemente horrendos o comentarios inútiles como Toy aburrida. Se pregunta —y se enoja— por qué carajo no existe el botón no me gusta o directamente es basura. Dedica un par de minutos a razonar que sería bueno proponerlo. ¿A quién? ¿Al señor Facebook? Sabe que puede optar libremente e ir de una vez por todas a los diarios digitales y enterarse un poco de lo que pasa por el mundo. U optar por alejarse de la computadora y hacer cualquier otra cosa. Observa sobre la mesa, detrás de la notebook, un libro cuyo señalador le indica que no falta mucho para terminarlo. Quizás media hora, cuarenta y cinco minutos. Decide ponerse a leer… pero dentro de un rato. Siente que el café con leche le está haciendo efecto y se dirige al baño. Lleva consigo el smartphone, así como hace un par de años atrás llevaba una revista para leer. Ahora aprovecha el tiempo sentado en el inodoro jugando al Preguntados. Va por el nivel 225. Al menos cultivo el intelecto, se justifica. Vuelve a su PC a la media hora y sigue dándole rosca a la ruedita del mouse. Le llama la atención que en el muro de una de sus tantas amigas, que publica oraciones cristianas en cadena, innumerables fotos del papa y de Cristo, aparezcan duendes benefactores que bendicen tu casa si compartís la publicación con al menos diez amigos. La fe da para todo, piensa. Alguien protesta por el impuesto a las ganancias y pide por favor su derogación, sobre todo a los jubilados. Otro putea a la yegua de la presidenta porque estuvo dos horas hablando por cadena nacional. Un desconocido le comenta que prefiere eso y no escuchar los discursos vacíos, sin ideas, de la oposición. Los comentaristas suman cuarenta. La publicación se ha convertido en un debate abierto a todo el mundo, tenga o no idea de qué se está hablando. Decide no seguir leyendo los comentarios. Avanza con las publicaciones y una sonrisa se le dibuja en la cara cuando ve una vieja foto con la que un amigo suyo recuerda épocas de infancia. Le pone me gusta y sigue. Cada tanto se mezclan publicidades de empresas turísticas que ofrecen lugares, hoteles, paquetes de excursiones a mitad de precio. No les da importancia pero recuerda que alguna vez debe haber puesto me gusta en las páginas de esas empresas y por eso aparecen constantemente. Mira el reloj. La taza hace ya una hora y cuarto que no tiene el café con leche en su interior. No leyó aún las noticias y piensa que en todo ese tiempo que estuvo navegando en Facebook hubiese podido terminar de leer su libro. Evidentemente, la trama no lo había atrapado. ¿Y Facebook sí? Quién sabe. El dedo índice de su mano derecha hace girar nuevamente la ruedita del mouse y sigue leyendo, mirando, sonriendo, protestando, mientras espera, casi con desesperación, que algún amigo se digne a escribirle, a etiquetarlo en una foto o mandarle alguna notificación de lo que sea. A esta altura del día, ya casi al mediodía y con toda la mañana perdida, no le importa el tenor del mensaje.

domingo, 10 de julio de 2016

Consejos a mí mismo (Luis Carlos Maciel)


Y no tengas miedo de nada.

Cuando tengas la sabiduría más elevada, descubrirás que apenas sabes lo que siempre supiste.

Cuando llegues al fin del camino, verás que siempre estuviste allí.

Cuando te liberes, sabrás que siempre fuiste libre...



Luis Carlos Maciel
("Consejos a mí mismo", Revista Mutantia Nº 4, pp. 52-53)

miércoles, 6 de julio de 2016

ARBOLITO: Un día de estos


Un día de estos me voy a ir
por el camino que nunca fui,
lejos de toda la mezquindad,
todo egoísmo...


Lejos de tanta vulgaridad, 

tanta locura y velocidad
que me recorre en esta ciudad
donde yo vivo...

Voy a tratar de reconocer
al ser humano que vive en mí,
que está detrás de esta capa gris
como escondido...

Voy a charlar con el niño aquel
que va tranquilo en su soledad
con animales y nada más, quizás me ayude
a ver si me puedo conectar
con lo que piso en mi caminar,
con lo que crece bajo esta luz, 
con las estrellas...

Y cuando vuelva verás en mí
al ser humano que siempre fui,
que estaba atrás de esta capa gris
como escondido...

Un día de estos...

Arbolito


martes, 28 de junio de 2016

LOS OTROS




Cansado de dar y de dar, decidió esperar. No se molestaría más por provocar un cambio en los demás y siguió su vida como él la deseaba. Lo miraron extrañados y pidieron explicación. No abrió la boca. No lo comprendieron. Lo dejaron solo. Buscó un nuevo mundo y fue feliz.

sábado, 4 de junio de 2016

PINK FLOYD: El gran baile en el cielo

Y no le tengo miedo a la muerte,
en cualquier momento llegará,
no me importa.
¿Por qué debería tenerle miedo a la muerte?
No hay razón para ello,
tendrás que irte alguna vez...


sábado, 9 de abril de 2016

SUEÑO DE LIBERTAD

Fotografía tomada en la plaza Eva Perón el 9 de abril de 2016
(Bº Central Córdoba, Rafaela, Santa Fe)

Siempre soñé con escaparme algún día. Llevaba una vida muy monótona en este barrio, en esta ciudad, en este bendito país, en este pequeño mundo que no me dejaba volar ni echarme a andar. Era imposible seguir aguantando. Fueron muchos años los que estuve amoldándome a mi esencia, haciendo lo que tenía que hacer, cumpliendo con el mandato natural que me tocó en suerte sin que nadie reparara seriamente en mi existencia. Creo que siempre fui el mismo, nunca me traicioné ni traicioné a nadie. Brindé mis brazos a todos los que me necesitaron. Ofrecí resguardo sin mirar a quién. Fui testigo y hasta protagonista de amores intensos y desgraciados. Disfruté observando cómo la niñez corría tras una pelota desinflada, día tras día. Acompañé a los chicos que andaban en bicicleta y tenían que terminar huyendo del placero que los corría con el rastrillo en la mano, amenazante. Pero no podía seguir siendo el mismo. No podía resignarme a vivir una vida contemplativa y llena de quietud. No soportaba seguir inmóvil ante un mundo vertiginoso y cambiante. Sabía que no iba a poder soportar toda una vida en el mismo lugar… y me decidí. No fue fácil, es cierto. Tuve que esperar el momento indicado. Tardó mucho en llegar ese día pero cuando me di cuenta de que la hora había llegado, salté… O intenté hacerlo. Quise huir, olvidarme de mis raíces y empezar a recorrer el mundo como siempre lo había soñado. Pero fue inútil. No lo logré. No me dejaron. Los que siempre hicieron todo lo posible para que yo cumpla con mi destino natural, al ver que ya no quería estar más acá, al advertir que quise escapar y levantar vuelo, me lo impidieron. Me lo prohibieron. Y me cortaron las alas, me cercenaron los sueños, me mataron en vida… Y aquí quedé, más solo que nunca, esperando desaparecer de esta sociedad que nunca me permitió soñar.

lunes, 1 de febrero de 2016

CARPETA MÉDICA



Me enteré de lo que le había pasado a Santiago Varela por medio de mis actuales compañeros de oficina. Sabía que Varela había fallecido pero no sabía en qué circunstancias precisas. Al principio, en la oficina se hablaba mucho de él, de sus anécdotas, de sus chistes, de su buen humor. Pero nunca se había hablado de su muerte y eso era algo que a mí me intrigaba. Hasta que un día, en la mateada habitual de las siete de la mañana, previa al inicio de la jornada laboral, me animé a preguntar. Me miraron serios, luego sonrieron y, como respondiendo a un código, nadie habló. No quise insistir y callé.

A los tres o cuatro días, no lo recuerdo muy bien, fue Alberto Fernández el que me contó la historia de su muerte.

Al año de haber ingresado a trabajar en los tribunales, en el mismo juzgado en el que yo trabajo, Santiago Varela recibió una intimación de la Corte Suprema de Justicia santafesina para que cumplimentara su carpeta médica, indispensable para trabajar en la administración pública provincial. Santiago ya hacía unos cuantos meses que había ido a preguntar a la Habilitación de los tribunales qué tenía que hacer para cumplimentar su carpeta médica, y recibió como respuesta un quedate tranquilo, ya te vamos a avisar. Cuenta Alberto que el día que recibió la intimación Santiago pensó en voz alta: Gracias por avisarme, sin saber Alberto, en ese momento, a quién se dirigía.
—Santiago era muy responsable y le gustaba hacer todo en orden —comentó Alberto—, por eso al otro día, sin demorar, se puso en campaña para cumplimentar su carpeta médica.
Cuenta que al principio no sabía por dónde empezar, a dónde ir. Y volvió a la Habilitación.
—Mire, Varela —le dijo la Habilitada—, nosotros no tenemos nada que ver con eso. Me parece que tiene que ir a la Asistencia.
Santiago después comentó en el juzgado que en el momento en que la habilitada le mencionó la Asistencia su reacción fue instantánea: ¿Y eso con qué se come? Y con una gran sonrisa, su interlocutora le explicó dónde quedaba.
Al otro día, mediaba octubre, se dirigió a la Asistencia. No quedaba lejos de los tribunales y eso le pareció bueno. En la puerta leyó un cartel: División Asistencia y Salud del Trabajador. Se sintió un poco más tranquilo: ya sabía un poquito más de todo eso que recién estaba comenzando.
—Mire, señor —le dijo una señora muy teñida y con delantal celeste—. Usted tiene que ir a la óptica Ventanal y ahí le van a dar todos los papeles que tiene que completar.
¿Óptica Ventanal? ¿Qué tendría que ver un comercio privado con una carpeta médica para la administración pública? Dejó las preguntas a un lado, asintió con la cabeza y se dirigió a la óptica.
Alberto me decía que cuando Santiago contaba la historia que le tocó vivir, lo hacía con una gracia muy especial que, a medida que iban pasando los días, se iba convirtiendo en una sonrisa forzada y con bronca. Cuando describió la óptica, lo hizo con una gracia muy especial.
Al entrar, la primera impresión fue horrible. Poca luz, paredes inmensas casi vacías, de donde colgaban dos tableros sosteniendo todo tipo de anteojos —tan feos como los tableros—. Mostradores de vidrio mal arreglados con objetos en su interior que nada tenían que ver con una óptica. Algunos carteles de cartón colgaban de las paredes despintadas y con un aspecto sucio que espantaba. Todo lo que debía hacer un buen comerciante para atraer a sus clientes, el dueño de esta óptica lo desconocía. Además, contra una de las paredes laterales, apoyada sin pie, se destacaba una bicicleta de media carrera con la rueda trasera pinchada o desinflada, elemento decorativo no muy acorde con una óptica.
Cuando apareció el óptico —o empleado, o el dueño del negocio, o quien haya sido— observó que detrás de esos bigotes espesos se escondía una cara muy común. Santiago le explicó lo que quería y este señor, sin emitir sonido alguno, se dirigió al interior de la óptica y regresó a los pocos minutos con unos cuantos papeles en la mano. Nunca los contó, pero eran muchos. Le explicó:
—Estos análisis se los tiene que hacer en forma particular, al igual que estas tres radiografías. Luego se va al hospital y se hace esto… esto… esto… y esto. Tiene que tener el grupo sanguíneo y hacerse la reacción de Mantoux…
¿Lo qué?, pensó Santiago, pero lo dejó seguir hablando. En realidad no le dio mucha bolilla. Solo observaba con qué esmero le explicaba este hombre todo lo que tenía que hacer y lo compadeció al pensar lo triste que debe ser cuando hablás y no te escuchan.
Cuenta Alberto que a los dos días de haber ido a buscar los papeles a la óptica, Santiago fue del médico forense para hacerse ordenar los análisis y las radiografías que tenía que hacerse de manera particular. El médico le dijo que para hacerse la carpeta médica, las obras sociales no cubrían ningún servicio de los que le pedían. Santiago —contó Alberto— se quejó: “¿Pero cómo? ¿Para trabajar en la administración provincial te obligan a hacer la carpeta médica y la misma provincia no acepta órdenes de IAPOS, su propia obra social?”.
—No —respondió sin más vueltas el médico, pero para que la obra social cubriera los estudios se las ingenió para hacer pasar los análisis y las radiografías con otro diagnóstico: neurosis hipocondríaca.
—¿Y eso es grave? —preguntó Santiago ante la risa del doctor.
El paso siguiente fue hacerle poner los códigos a las órdenes para que la obra social las autorizara. Pensó que no iba a tener mayores problemas ya que nadie se iba a dar cuenta del diagnóstico trucho. Primero fue a lo del bioquímico. Le explicó a la secretaria lo que necesitaba y la experta veterana, sin leer el diagnóstico, le dijo: “Ah, esto es para una carpeta médica”. Santiago quedó boquiabierto. Nunca hubiese imaginado que la pequeña trampa —inocente y justificada para él— durara tan poco. No sabía qué decir ya que la secretaria no había preguntado nada, sino que había hecho una afirmación rotunda, a la que no le cabía ningún tipo de discusión. “Yo le voy a poner los códigos, pero no creo que se los autoricen ya que salta a la vista que esto es para una carpeta médica”. Dice Alberto que Santiago solo se limitó a pronunciar un “gracias” timidón.
Y luego, las radiografías. ¿A dónde ir? Eligió un sanatorio céntrico. Allí no tuvo ningún inconveniente. La recepcionista le colocó los códigos a la orden, Santiago agradeció y se fue.
La incertidumbre ahora era saber qué pasaría con la obra social. Tardó dos días en ir, quería tomar coraje y lograr actuar con naturalidad al pedir la autorización de las órdenes que, lo sabía, podían ser (in)justamente rechazadas. Llevó primero la de los análisis. No las llevó juntas para que no fuera tan evidente la pequeña trampa que intentaba cometer. Sostenía que para algo todos los meses le descontaban fangotes de guita de su sueldo para esa maldita obra social que no había elegido, de la que se encontraba cautivo y sin posibilidad de cambio. La empleada de la obra social, con su mejor cara de trasero, le dijo que pasara a retirarla al otro día, después de las nueve. Y esa noche durmió mal, inquieto. “¿Pero para qué me preocupo tanto —se decía—. Al final de cuentas, si la obra social no autoriza los análisis, los tendré que pagar con dinero de mi bolsillo…”. Grande fue su sorpresa al otro día: la firma del médico auditor autorizaba los análisis solicitados. Dice Alberto que Santiago esa mañana se pasó todo el tiempo hablando de eso. Y de que ahora no se animaba a llevar las órdenes de las radiografías. “¿Se darán cuenta?”. Dejó pasar dos días más y las llevó. Obtuvo —para su suerte— el mismo resultado: logró la autorización.
Ahora sí todo se hacía más fácil. A mediados de noviembre, a las seis y media de la mañana, se dirigió a hacerse los análisis, en ayunas. El bioquímico lo atendió. Llevó el frasquito con su primera orina de la mañana envuelto en papel de diario y se arremangó la camisa para recibir el pinchazo extractor de sangre. “¿Carpeta médica?”, preguntó con su voz gruesa el bioquímico. “Si”, contestó Santiago, cabizbajo, resignado y vergonzoso. “Venga a buscar los resultados el lunes que viene”.
Al otro día se sacó las radiografías. Todo parecía ir muy bien y estaba contento. Alberto cuenta que un día Santiago dijo que muy pronto terminaría con los trámites particulares y que luego comenzaría con lo que tenía que hacer en el hospital.
La historia continuó por los carriles normales. Retiró las radiografías —estaba todo bien— y también los análisis —resultados óptimos—. Cuando Santiago retiró los análisis del bioquímico, la secretaria le exhibió un comunicado de la obra social por el cual advertía a los médicos en general que si se detectaban órdenes para carpeta médica, no las pagarían. “Nosotros la vamos a pasar. Pero si no nos pagan se las cobraremos a usted”. Santiago dijo que no había ningún tipo de problemas y le dio el número de teléfono del juzgado por cualquier eventualidad.
Al hospital le habían dicho que tenía que ir bien tempranito, cerca de las seis de la mañana, para sacar turno y se decidió a ir en los primeros días de diciembre. No quería que las fiestas de fin de año lo encontraran todavía con la carpeta médica sin cumplimentar. Se levantó más temprano de lo habitual para estar temprano en el hospital. Dice Alberto que el día anterior Santiago le había avisado al secretario del juzgado que quizás llegaría tarde porque no sabía cuánto tiempo demoraría. Llegó a las seis en punto al hospital y lo primero que se preguntó fue qué era lo que pasaba. Había mucha gente. Veintisiete personas formaban la cola para sacar turno. Se resignó y se puso al final de la fila. Miró su reloj: apenas habían pasado tres minutos de las seis. A las siete debería entrar a trabajar. Dudaba si iba a llegar a tiempo.
Miró a su alrededor y no supo describir lo que sintió. Me dijo Alberto que Santiago no fue solo una vez al hospital y que cada día que volvía del mismo, pasaba siempre lo mismo: no supo decirme si era mal humor o un sentimiento de impotencia y de maldita resignación. Ese día no fue atendido porque eran las seis y media y recién comenzaban a atender al público. Las veintisiete personas que estaban antes que él debían sacar turno en una ventanilla donde atendía un empleado antipático y de mal humor que actuaba como si tuviera haciendo favores a la gente… Y además solicitaba dinero que pedía se deposite en una latita sospechosa que tenía a su lado. A las siete menos veinte atendió al segundo de la fila y Santiago calculó: si por cada persona tarda diez minutos, su turno llegaría dentro de unos doscientos cincuenta minutos aproximadamente, o sea, dentro de cuatro horas y diez minutos. Además de lo que tendría que esperar para que lo atendieran los médicos… Dice Alberto que Santiago en ese momento quiso ser un poquito más optimista y pensó que la demora al principio se debía al sueño que debería tener el empleado, que actuaría lento hasta que alcanzara su ritmo habitual de trabajo. Pero veía que los minutos pasaban y que seguía atendiendo al segundo de la fila. Suspiró fuerte, como para que la gente que estaba cerca de él se diera cuenta de que estaba ofuscado —como si con esa actitud fuera a ganar algo—, dio media vuelta y se fue a trabajar. Los que estaban detrás de él sonrieron agradecidos.
Alberto Hernández me contó también que si bien Santiago no llegaba siempre de buen humor a la oficina, tenía siempre una sonrisa —aunque forzada— para brindar. Cuando estaba de mal humor no lo exteriorizaba ni lo decía, pero se daban cuenta porque no abría la boca en ningún momento mientras se tomaba el mate habitual de las siete. Ese día, cuando volvió del hospital, lo único que dijo fue: “Ni me hablen”, y se fue a su escritorio a escribir a máquina.
A medida que pasaban los días y el tema de la carpeta médica se tocaba, Santiago iba perdiendo lentamente el sentido del humor y de sociabilidad.
Días después Santiago decidió volver al hospital, pero ahora iría más temprano. Cinco y media o seis menos cuarto, más o menos. Y llegó a las menos veinte. “¿Ya hay gente?”, se quejó, pero no tanto porque solo cuatro personas había antes que él. Luego de una hora con veinte minutos de esperar parado en su quinto puesto, el empleado comenzó a atender. Respiraba más tranquilo y a los veinte minutos —rapidísimo— le tocó su turno:
—Buen día —no le contestaron—. Vengo por la carpeta médica…
—¿Ya habló con la señora Oveja? —preguntó antipáticamente el empleado.
—¿Con quién?
—Tiene que hablar con la señora Oveja, ella está encargada de las carpetas médicas. Tiene que ir por el pasillo hasta el fondo, agarrar a la izquierda y otra vez hasta el fondo, nuevamente a la izquierda.
—¿Y acá no tengo que sacar turno para nada?
—No. El que sigue…
Sintió bronca al recordar que el primer día la telefonista del hospital le había dicho que para cumplimentar la carpeta médica tenía que hacer la cola. Miró hacia donde trabajaba esa mujer y no la vio. Santiago sabía que por más que la hubiese visto, no le hubiese dicho absolutamente nada. Fastidiado, se dirigió a buscar a esta mujer… Ovino… Oveja… Abejas… Ya no se acordaba ni cómo se llamaba. Y la encontró adentro de una piecita que daba lástima.
—Esta señora lo trató muy bien —me explicaba Alberto—. Le indicó todo lo que tenía que hacer. Un electrocardiograma, ir a lo del odontólogo, a Traumatología y a Vacunación o Vías Respiratorias, no recuerdo, a hacerse la reacción de Mantoux. Recién ahí, gracias a esta señora, Santiago supo para qué servía eso que él no entendía.
Y la reacción de Mantoux fue lo primero. Lo atendieron rápido. Un pequeño pinchazo en la parte superior del antebrazo, le pidieron todos sus datos personales y le dijeron que volviera a los tres días para ver el resultado obtenido. En Odontología había que hacer cola por orden de llegada. Se dirigió hacia allí y había muchísima gente Decidió volver otro día, después de todo ya estaba resignado a seguir perdiéndolos. Volvió a buscar a esta señora Oveja para que le indicara los pasos a seguir.
—¿Pero usted no trajo las radiografías?
Santiago sonrió por no llorar.
—Nadie me dijo que las tenía que traer, señora…
—Para que lo atiendan en Traumatología tiene que venir con las radiografías que se sacó en forma particular. ¿Y cuando se hizo la reacción de Mantoux no le pidieron la radiografía de pecho?
—No.
—Qué raro… Va a tener que venir otro día para cumplimentar esos trámites. Ahora venga conmigo que vamos a hacer el electrocardiograma.
Recuerda Alberto que la gracia que al principio ponía Santiago para relatar todas las peripecias en el hospital se fue convirtiendo en un relato tétrico e irónico a la vez. Y eso lo pudo comprobar cuando le contó a sus compañeros lo del electrocardiograma.
La señora Oveja lo dejó en manos de una enfermera rubia —¿rubia?— que lo hizo pasar a una habitación muy pequeña en la que apenas cabían una camilla, un pequeño escritorio, una silla y un aparato inmenso que no supo decir cómo se llamaba. A Santiago le hicieron sacar la camisa, los zapatos y el reloj, para luego hacerlo acostar en la camilla.
—Que su cuerpo no toque el borde metálico de la camilla, por favor…
Se tuvo que encoger un poco porque la camilla no era ni de las más largas ni de las más anchas.
—No tenga miedo de que lo vayamos a electrocutar —dijo jocosamente la enfermera mirando a los ojos de Santiago.
Le pareció un comentario por demás estúpido y a pesar de que era la primera vez que se hacía un electrocardiograma, se consideraba lo suficientemente inteligente como para saber que no le pasaría nada. Luego de un rato, mientras observaba cómo la enfermera le colocaba unos botones metálicos en todo el cuerpo y lo llenaba de cables, dudó de su propia inteligencia.
En un determinado momento le pedí a Alberto que tratase de abreviar un poco la historia de Santiago, que con solo decirme lo principal, yo entendería.
—No es así, hermano —me dijo—. No creo que el relato que te estoy haciendo sea más largo de lo que tuvo que vivir Santiago. Además, para llegar al final y comprender su muerte, es necesario saber todo con lujo de detalles.
Me resigné a seguir escuchando la historia de este hombre que, lo confieso, me estaba aburriendo. De a poco me iba arrepintiendo de haber preguntado por Santiago Varela. Hacía ya una hora y cuarto que Alberto me estaba contando la historia, con tanto entusiasmo que no me animaba a decirle que no quería seguir escuchándola.
—Porque si a algo no le iba a ganar nadie a Santiago era a tener paciencia —siguió Alberto—. Tres días después llegó al hospital con todas las radiografías.
Fue también ese día bien temprano. Pero no tanto ya que sabía que no debería hacer la cola. Buscó a la señora Oveja y la encontró en su lugar habitual.
—¿Se anotó para Traumatología?
Santiago cerró los ojos, apretó los dientes, contó hasta diez y preguntó:
—¿Dónde me tengo que anotar?
—En la fila que hay en la entrada. Vaya rápido antes de que siga llegando gente.
No abrió la boca. Fue a la fila. Masticaba saliva y la convertía en espuma. Vio a diez personas en la cola y al empleado antipático atendiendo. La señora Oveja le había dicho que después la viera. Al llegar a la ventanilla, dio todos sus datos, se anotó para Traumatología —era el primero— y recibió el mangazo:
—Una colaboración para la cooperadora…
La respuesta fue inmediata, llena de odio y sinceridad: “No tengo dinero”. Y si bien mentía, sí era cierto que no tenía cambio y, obviamente, no iba a dejar buena parte de su sueldo en esa latita que ni siquiera medida de seguridad tenía.
Intentó tranquilizarse y volvió hacia la señora Oveja. Pensó irónicamente que fue una ventaja haberse hecho el electrocardiograma el otro día, porque si se lo hacían en ese momento, le hubiesen dado un calmante.
—Vaya a buscar el resultado de la reacción de Mantoux.
Y fue. Le dieron una tarjetita color celeste que decía que estaba vacunado con la BCG y que tenía una mancha roja en la piel —se la habían medido con una regla de madera como las que él había usado en la escuela primaria— que medía once milímetros. Tardó muy pocos minutos en este trámite y volvió a ver a la señora Oveja.
—Vaya a Traumatología.
Y fue. Estaba anotado primero pero advirtió que la gente ya estaba siendo atendida. Seguramente había perdido su turno y debería esperar hasta lo último —a esta altura de los acontecimientos ya pensaba en lo peor—, y esperó que salga alguien de la sección para explicarle su situación. “Un momentito, por favor”, recibió como respuesta a su intento de iniciar una conversación. Miró su reloj: las ocho. En el juzgado sabían que él estaba con los trámites de la carpeta médica y no había problemas por su tardanza. Al menos eso era lo que él creía. Se apoyó en una de las paredes del hospital, sin pensar en nada, a esperar que lo llamaran. Sintió una alegría enorme al ver que, a los dos o tres minutos, salió nuevamente el enfermero y le preguntó: “¿Carpeta médica?”. “¡Sí!”, dijo casi gritando de felicidad y lo hicieron pasar. Le pidieron las radiografías y un médico las miró muy apresuradamente con una luz de fondo. Santiago vio que escribía con letra ininteligible y en menos de dos minutos había terminado en Traumatología. Se estaba animando. Volvió a lo de la Oveja.
—¿Listo? —le preguntó como si realmente le importara que Santiago terminara de una buena vez.
—Uno nunca sabe, señora…
Revisó los papeles uno por uno. A las firmas que no tenían sello le aclaraba el nombre del médico abajo con birome y le ponía el sello del hospital. Santiago la miraba impaciente.
—¿No le pidieron la radiografía de pecho donde le hicieron la Mantoux?
—No, señora, no me pidieron nada.
—Falta eso… Y para colmo me parece que la doctora ya se fue.
Alberto de a ratos se mimetizaba con Santiago. Mirando yo a Alberto me lo podía imaginar al pobre Varela viviendo esa verdadera odisea en el hospital. Alberto imitaba sus caras, sus gestos y sus movimientos con mucha gracia, y había veces que hasta teatralizaba poniéndose de pie o imitando a Varela cuando contaba sus experiencias.
La señora Oveja salió casi corriendo para ver si encontraba a la doctora que tenía que informar la radiografía de pecho. Santiago se quedó sentado en un sillón que había en uno de los pasillos del hospital, desganado. Instantes después apareció la señora Oveja con su cara sonriente y le pidió la radiografía. La doctora no se había ido y se alivió al pensar que no debería volver nunca más a ese maldito hospital.
—Listo —dijo orgullosa la señora Oveja cuando volvió con la radiografía informada—. Ahora creo que está todo. A ver… la Mantoux, los análisis, odontología, grupo sang… ¿Y el grupo sanguíneo?
Santiago miró al techo pidiendo clemencia.
—No tengo ningún certificado del grupo sanguíneo pero figura en mi carné de conductor.
—No sé si le va a servir, pero por las dudas, sáquele una fotocopia.
—Sí, señora…
—¿Falta mucho? —interrumpí a Alberto poniéndome un poquito nervioso—. Me estoy cansando y aburriendo —me sinceré.
—Callate y seguí escuchando. Más cansado seguro que estaba el pobre Santiago, que en paz descanse…
A las nueve de la mañana salió del hospital con los papeles completos. Solo le restaba volver a la Asistencia y presentarlos. Se acercaba fin de año y quería terminar todo antes de las vacaciones. Cuando llegó al juzgado comentó orgulloso que estaba ya casi todo terminado.
Miércoles 16. Ocho de la mañana. Santiago se dirige a la Asistencia.
—¿Usted sacó turno?
—No sabía que había que hacerlo.
—Sí. Hay que hacerlo —le contestaron de mala gana.
—Disculpe, no vengo todos los días a hacerme la carpeta médica —dijo irónicamente Santiago y con el mismo mal humor de la empleada.
—Venga el viernes. ¿Tiene todos los papeles?
—Sí, aquí están.
La empleada de la Asistencia se los pidió para revisarlos. Tardó unos minutos. Santiago pensaba hasta cuándo duraría todo eso.
—Tome, están bien, completos y todo en orden. Venga el viernes a las ocho con todo esto.
En el juzgado comentó que el árbol estaba ya casi plantado y guardó todos los papeles en un sobre, tal cual se los había dado la empleada, a la espera del viernes.
El viernes 18 de diciembre creyó que todo terminaría al fin… Al llegar a la Asistencia a las siete con cuarenta y cinco minutos, le dijeron que tenía que esperar al médico y le pidieron todos los papeles —nuevamente— para revisarlos. Santiago ya los había revisado en el juzgado y estaba tranquilo. La puerta por donde lo atendió la señora teñida quedó entreabierta y por el reflejo de un vidrio podía advertir todos sus movimientos mientras revisaba los papeles. En realidad no le pareció una empleada de las más ordenadas. El médico llegaba a las ocho y tendría que esperar un ratito. Estaba anotado primero en los turnos.
—Señor… —apareció la teñida de improvisto—. Le falta el certificado de la BCG.
Santiago la miró con tranquilidad.
—No, señora, tiene que estar. Es un cartoncito celeste…
—¡Ya sé que es un cartoncito celeste! ¡Pero no está!
—No puede ser. Revisé todos los papeles antes de venir para acá y estoy seguro de que estaba. Lo tuve en mis manos.
—No está.
—¿Por qué no se fija un poquito en su escritorio? Quizás se le traspapeló o se le cayó…
—Ya me fijé y no está —contestó tajantemente la teñida—. Va a tener que traer el certificado de la BCG porque si no el médico no la va a atender. ¿Por qué no se fija en su billetera o en otro lugar si no lo tiene?
Santiago, con todo el mal humor del mundo, sin decirle nada, se dirigió al juzgado, revisó todos sus cajones, la billetera y no encontró nada. Estaba seguro de que el certificado de la BCG estaba entre los papeles que le había dado a la empleada de la Asistencia. Volvió.
—No podemos hacer nada —dijo con lástima la vieja teñida.
—¿No me puede atender hoy el médico y después le traigo la BCG?
—No.
Salió con bronca, sin saludar. Alcanzó a escuchar que la teñida le decía que le reservaba un turno para el lunes 21 pero no le dio importancia ya que no pensaba volver el lunes.
Ese día estuvo en el juzgado de muy mal humor. Le contaba angustiado a sus compañeros lo que había sucedido y todos compartieron su amargura. No podían entender lo que había pasado y trataban de consolarlo. Y el lunes 21 no fue.
El martes por la mañana volvió a ir al hospital. No fue temprano. Fue en horario de trabajo, a mitad de la mañana. Pidió permiso y lo autorizaron. Entró como ciego y se dirigió directamente a Vacunación. No tuvo que esperar ni un minuto. Nadie había antes que él y lo atendió una enfermera. Pensó en explicarle lo que había pasado, con lujo de detalles, pero razonó un segundo y se dijo: “¿Qué le puede llegar a importar a esta mujer lo que me pasó con mi certificado?”.
—Se me perdió el certificado que retiré la semana pasada y vengo a buscar otro.
Y se lo dieron enseguida.
—Te lo voy a ir abreviando —dijo Alberto.
“Menos mal”, pensé.
Martes a última hora de la mañana Santiago, sin ganas, se dirige a la Asistencia a pedir un turno para el otro día.
—¿Cómo no vino ayer? Tenía turno…
—Voy a venir mañana —dijo tajante.
—Está bien. Pero no deje de venir porque no podemos perder los turnos.
Maldijo en silencio a la teñida y se fue.
“Ya falta poco”, pensó esperanzado Santiago. Yo pensé lo mismo. La historia se estaba acabando.
—Pero a la historia le queda lo mejor —dijo entusiasmado Santiago.
Yo todavía no me lo había planteado, pero poco a poco, a medida que avanzaba mi aburrimiento, pensaba qué tenía que ver lo de la carpeta médica con la muerte de Varela.
Miércoles 23, hora siete. Santiago Varela llega al juzgado sin ganas. Saludó fríamente a sus compañeros. Mientras tomaba mates, pidió permiso para retirarse a las ocho. Tenía la ilusión de terminar con ese trámite de una buena vez por todas. Nuevamente el permiso le fue concedido. “La carpeta médica es importantísima por si te morís”, dijo seriamente el secretario. A Santiago no le hizo gracia el comentario.
Hora ocho. Santiago se dirige a la Asistencia con todos los papeles. No le quedaba otra opción que pensar que estaban en orden.
—Buen día. ¿Los papeles?
—Aquí están —dijo Santiago arrojándolos sobre el escritorio de la teñida y sin expresar un solo gesto.
—Espere abajo. El doctor viene a las ocho.
—Son las ocho.
—Está por llegar…
Ocho y treinta. Santiago espera impaciente sentado en un banco, intercambiando de vez en cuando alguna palabra con la mujer que limpiaba el piso.
—¡Qué calor! —se quejó la señora.
—Estamos en diciembre, señora —dijo Santiago de mal humor.
“¿Qué tendrá que ver todo esto con la muerte de Santiago?”, pensaba yo.
Alberto seguía con su insoportable suspenso. Nueve. El médico no llegaba. Santiago se puso de pie y comenzó a caminar en círculo. Se asomó a la puerta. El tiempo amenazaba con tormentas. En cualquier momento caerían las primeras gotas. “Espero que hoy no se pierda nada”, rogaba. Nueve y treinta. Santiago golpeó la puerta de la teñida.
—Ya debería haber llegado. No sé qué le pasará.
—Es que estoy en horario de trabajo…
—Sea paciente, por favor.
Y siguió esperando.
—¿Ves que voy más rápido? —dijo Alberto.
—No, no lo veo. ¡No me contás nada! —dije ofuscado.
Santiago decía que llegó un momento en que se sintió rebotando contra las paredes. Iba y venía como un loco. Eran las diez menos cuarto y llegó un hombre joven que aparentaba ser médico. Santiago se esperanzó. A los diez minutos lo llamaron. “Por fin”, suspiró.
Diez horas. Santiago Varela se enfrenta al médico, que empieza a hacerle preguntas. “¿Quebraduras? (No) ¿Hepatitis? (No) ¿Operaciones importantes? (No)”. A los diez minutos Santiago perdió la cuenta de cuántos “no” había contestado y el médico, sonriente, comentó:
—¡Pero sos un tipo sano!
Santiago sonrió falsamente mientras pensaba qué le podía importar al médico si era sano o no. A las diez y cuarto estaba listo. Había terminado todo. Solo faltaba que le dieran la constancia de que había cumplimentado todos los requisitos. ¡Y se la dieron sin hacerlo esperar! Santiago no lo podía creer. Tenía en sus manos un papel con firma y sello de no sé quién que certificaba que había cumplimentado su carpeta médica. Se fue casi corriendo. Las cuatro cuadras que separaban la Asistencia de los Tribunales le parecieron demasiado cortas. Tenía ganas de ir a caminar por la ciudad y volar, sentirse libre. Tenía ganas de gritar, de saltar, de llorar de alegría.
—¡Terminé!
Todos en el juzgado festejaron. “Por fin… ¿Te dieron alguna constancia? ¿Estás seguro? ¿Y ahora qué?”. Santiago sonreía pero no olvidaba todo lo que había vivido.
Diez minutos más tarde se encontraba escribiendo una nota informando a la Corte Suprema de Justicia de Santa Fe que había terminado con todo lo que le habían solicitado. Alberto buscó en un cajón de su escritorio un papel y me lo leyó.
—Todavía guardo esa nota que escribió Santiago. Escuchá:

Rafaela, 23 de diciembre de 1992.
Al Señor
Secretario Suprema Corte de Justicia
Provincia de Santa Fe
SU DESPACHO

El que suscribe, SANTIAGO VARELA, D.N.I. Nº —no lo leyó—, quien desempeña funciones como Auxiliar en el Juzgado de Primera Instancia de Distrito en lo Penal de Instrucción de la Primera Nominación de Rafaela, tiene el agrado de dirigirse a Ud. a los fines de informarle que en el día de la fecha ha cumplimentado ante la División Higiene y Salud del Trabajador —Rafaela— su Carpeta Médica Personal, como oportunamente se lo solicitaran.
Adjunta asimismo a la presente fotocopia certificada de la constancia de Certificado Psicofísico en trámite, quedando a la espera de la asignación de su número personal de Carpeta Médica.
Sin otro particular, saluda a Ud. muy atentamente.

Santiago Varela
Auxiliar

Ese mismo día la llevó a la Habilitación con la fotocopia y todo, dentro de un sobre. Santiago Varela había cumplimentado por fin con lo que le habían solicitado.
—¡Por fin! —exclamé—. Pero, ¡¿qué tiene que ver todo esto con su muerte?!
—Ahora viene…
—¡¿Más?!
El 31 de diciembre, a minutos de culminar el año laboral, cuando ya los festejos habían empezado en el juzgado, recibe una llamada.
—Nos han rechazado sus órdenes de análisis y la obra social no nos ha pagado. Le pedimos por favor que se acerque al consultorio a la brevedad posible.
Santiago sonrió y meneó la cabeza. Tranquilizó a la secretaria del bioquímico y colgó. Alberto dice que lo que le costaron los análisis no fue poco. Pero recuerda que Santiago los abonó sin protestar. Algo en él ya había cambiado. Alberto no me supo decir qué, si su modo de actuar o su mente. Había cambiado mucho en esos tres últimos meses y lo atribuía justamente a su carpeta médica.
—¡¿Y cómo carajo se murió?! —le grité.
Alberto se apuró un poco al verme tan nervioso. A mediados de febrero del otro año recibió otra intimación de la Corte reclamándole que formalice su carpeta médica. Pareció enloquecer. Cuando creyó que todo había terminado, en un segundo la pesadilla retornó. Habló por teléfono a la Corte, con el secretario, y preguntó si no habían recibido su nota.
—Sí, su nota sí. Pero nos comunicaron de la Asistencia de Rafaela que no encuentran sus papeles…
Colgó sin saludar y sin pedir permiso salió corriendo del juzgado. De ahí en más solo podemos imaginar lo que ocurrió ya que nunca más lo vimos vivo. Nuestras suposiciones y las declaraciones de algunos testigos —entre ellos, la teñida— nos ayudaron a cerrar la historia de Santiago.
—Cálmese, le voy a explicar —dijo la teñida que le dijo.
Y seguramente le explicó. Los papeles se habían perdido, no sabían cómo. A Santiago suponemos que se le debe haber venido el mundo abajo y dicen que gritó muy fuerte. La teñida trató de tranquilizarlo.
—No se preocupe. Usted ya sabe todo lo que hay que hacer y le va a resultar todo más sencillo que antes.
Es de imaginar que ante semejante reflexión, Santiago volvió a gritar. Dijo la teñida que se agarró de los pelos y ante su mirada atónita salió corriendo como un loco a la calle. Ella dijo que lo siguió, preocupada, por supuesto. Pero no logró detenerlo. Al salir a la calle, Santiago ya estaba tirado bajo la inmensidad de un camión de reparto de productos lácteos.
A este punto del relato la cara de Alberto reflejaba angustia y mi cara satisfacción. No por la muerte de Santiago —cuya llegada en el relato estaba esperando ansioso— sino porque había llegado por fin el final de la larga historia de Alberto.

¿Final?
Al día siguiente de que Alberto finalizara su tediosa y trágica historia, por medio del secretario del juzgado recibí una comunicación de la Corte Suprema de Justicia: me intimaban a cumplimentar mi carpeta médica personal.