lunes, 4 de agosto de 2025

DESDE EL OTRO LADO



Cómo me gustaría formar parte de esa escena…

Un soldado ayuda a su compañero a escapar hasta el pozo. La cara sucia, el gesto con una mezcla de dolor y bronca. El olor a carne quemada y pólvora los asfixiaba. Gritos, estruendos, frío, desilusión. Días después, vencidos, volvían a su pueblo, a su casa, a su vida.
Pasaron más de treinta años y ahora están juntos, frente a las cámaras de televisión, recordando el momento, ilustrándolo en la mente de los televidentes, intentando hacer sentir en la piel de los que no vivieron la guerra, el horror que ellos sufrieron.

Cómo me gustaría formar parte de esa escena…

Al llegar al pozo húmedo, frío, oscuro, sucio, mientras vencían al viento y al miedo, se arrojaron de panza, como tantas veces los habían obligado a hacer cuerpo a tierra en el cuartel. Allí encontraron una cierta tranquilidad. Se miraron con desesperación y permitieron que en ese gesto de dolor y bronca se insinuara una sonrisa mientras la noche explotaba y se iluminaba constantemente.
Por aquellos días tenían mi edad… Ahora yo tendría su edad. Están canosos. Parecen felices. Pero detrás de esos ojos grandes se advierte aún la herida abierta. Están orgullosos de haber peleado en las islas y juran que volverían para intentar recuperarlas. Llevan a cuesta el dolor de la derrota, el sentimiento de que están en deuda, la impotencia de no haber podido…

Cómo me gustaría formar parte de esa escena, pero estuve en otra que pocos recuerdan y que muchos, seguro, imaginan.

Era insoportable el ataque del enemigo y debimos retroceder. Dejamos de ser un grupo. En ese momento cada uno debía salvarse. El fusil descargado no era más que un estorbo y lo abandoné. Corrí hacia el pozo más próximo. La luz de las bombas constantes me permitía ver el camino. Una había caído muy cerca y sentí el viento de las esquirlas a pocos centímetros de mi cabeza. Me había tirado a tiempo. Me levanté y corrí hacia la retaguardia, buscaba un maldito pozo para protegerme. Debí tener una cara horrible. Estaba desarmado, tenía frío, hambre y miedo. Cuando divisé un pozo, veinte o treinta metros más adelante, escuché el grito. Le habían dado a Chirino. Estaba a unos pocos metros detrás de mí escapando desesperado hacia el mismo pozo cuando una esquirla le alcanzó la pierna derecha. Cayó y gritó. Me frené y volví la vista. Estaba arrodillado y se apoyaba en su fusil. Dudé, pero el gesto de Chirino me conmovió. Me miró con el mismo gesto de dolor, bronca y miedo que teníamos todos en ese lugar, a lo que le sumó el hecho de estirar su brazo derecho hacia mí. Me pedía ayuda. Hubiese podido dejarlo ahí y salvarme, pero no pude… no. Podría haber sido yo el que necesitara ayuda y me puse en su lugar. Volví hacia él corriendo, cabeza gacha, venciendo al viento y al miedo, ayudado por esa extraña luz nocturna de las bombas. Lo ayudé a pararse. Su brazo izquierdo abrazó mi hombro, se apoyó en su única pierna sana, lo abracé por la cintura y nos fuimos como pudimos hacia el pozo.

Cómo me gustaría estar ahora frente a esas cámaras de televisión, junto con mis compañeros, héroes ellos, tanto como Chirino y yo. Pero son ellos los que pueden contar historias mientras esperan el reconocimiento insoportablemente postergado de una sociedad que vivó la guerra y de los gobiernos inmutables que se suceden año tras año.

El pozo estaba a veinte metros. Demasiado lejos para huir del incesante e insoportable ataque enemigo. Con Chirino y muchos más nos quedamos eternamente en nuestras islas entre el frío y el viento, con el eterno gesto de dolor, de bronca y de miedo.

jueves, 17 de julio de 2025

NO VA A SERVIR DE NADA...


—¡Aurora! ¡Traeme un lapi y un papel, por favor!
Saúl yace en la cama desde hace varios años. El accidente lo había dejado inmóvil de la cintura para abajo. Su cama y su silla de ruedas son su único hábitat. Le duele la espalda y sus quejas son constantes.
—¡Aurora! ¡¿Me escuchá?!
—¡Sí, voy! ¿Qué queré?
—Quiero escribir algo… algo que quiero que quede para después de que yo estire la pata…
—¡Ja! ¿El testamento? A mí dejame el mate y la bombilla, esa de alpaca, que es lo único valioso que tené… ¿Y desde cuándo sabé escribir vo?
—¡Algo sé, che! Para que lo sepa, tengo quinto grado terminado. Dale, traeme un lapi y un papel…
Toma el lápiz para escribir pero no recuerda muy bien cómo hacerlo. Treinta años trabajando como foguista no le permitieron ejercitar la escritura demasiadas veces. Mira el techo. Las chapas muestran su progresivo deterioro. Las moscas no lo dejan tranquilo.
—¡Aurora! Traeme una rama de paraíso…
Mucho tiempo travaje de fueguista hasta que el lomo no aguanto mas y me cai, me ice pelota. Fue ese acidente el que me iso quedar aca, todo postrado. Mis piernas nunca volbieron a vivir. Siempre acia lo mismo, siempre. Yo era el que avivava el orno, le daba el fuego que necesitaba, todo con mis brasos, sí, con estos brasos que con el tiempo se fueron quedando sin pelos por la fuerte calor. ¡Caracho! Era imposible asercarse mucho tiempo seguido al fuego…
—¡Aurora! ¡La rama!
Yo travaje mas de doce oras por dia. Todos los dias travajaba doce oras por dia o mas. Y siempre vivi asi, en esta miseria. Nunca tube mas que este rancho pulgoso echo con mis propias manos. ¡Aaa!, pero mio… Nadie va a benir a sacarme de aca, del rancho de la familia, de la Aurora y de mis sei chango. Lo que ganava apena me alcansava para darle de comer. No. No fue felis la vida.
—Tomá, Saúl. Y dejá de hinchar por un rato…
—Esperá, ayudá a levantarme un poquito… Así… La almuada un poquito ma arriba… Así… Así está bien. Gracia.
Siempre nos explotaron. Nunca fuimo ombres. Nos basurearon. Los que trabajabamos en el cecadero nunca pudimo abrir la jeta para defender nuestros derechos. No tubimo nunca una organización sindical. ¡Que ibamo a tener! Al que insinuava ser un poco re…
—¡Aurora! ¿Rebelde es con be alta?
—¡Qué sé yo…!
—Y bue… lo pongo así.
…belde, lo rajavan. ¡Ai, ai! No nos dejaban hablar, ni comer juntos nos dejavan. El dia que el viejo Velasque se cayo redondito porque se le paro el bobo, todo muerto, se hicieron los estupido los del cecadero. A la viuda solo le dieron el pesame y nada ma. ¡Desgraciados! Ni siquiera lo que havia travajado el ultimo mes le pagaron.
—Saúl, ¿queré mate?
—Bueno, pero amargo, por favor. No ese almíbar que tomá vo.
—Pa amarga ta la vida, dicen…
—Con azúca no la vai a mejorar…
Siempre ice trabajos duros, porque siempre fui juerte, pero este, como fueguista, fue el pior. Si el acidente no me uviese paralisado, igualmente ora taria tirado, fuera de servisio, por el desgaste. Ni ambre me daba en esa doce oras manejando la pala. Tenia que tomar mucha agua. En el verano se acia imposible, pero…
—Tomá, Saúl. Decime si le falta.
—No, ta güeno, bien calentito. Pero no me interrumpá.
—¿Qué caracho tai escriviendo?
—¡Shhhhh!
En el cecadero nunca se descansaba, pasara lo que pasara. Nunca. Mientras abia yerba, abia que cecarla. No le tengo miedo a la muerte. Que le voy a tener miedo si eso era el mismisimo infierno…
—Dame otro mate, Aurora… ¿Pa qué mierda escribo esto?
—Si no sabé vo… Tomá.
—Ya está frío… ¡La puta!
—¿Qué te pasa? ¿Por qué chiyás? ¿Por qué rompé el papel?
—Porque quería escribir una… ¡¿Pa qué?! No va a servir de nada…

jueves, 19 de junio de 2025

CUADRO DE SITUACIÓN


Hoy recibí tu carta y la emoción que sentí revolucionó todo mi interior haciendo retroceder mi mente a... ¡cuántos años atrás! Lucía... mi compinche, mi vieja compañera de aventuras juveniles... Me preguntás cómo estoy, cómo me fue en la vida... ¿Tendrás tiempo?Hace tanto que no nos vemos que hasta me cuesta recordar tu rostro. ¡Qué sé yo si fui feliz! A veces sí, a veces no. Lo que sí puedo decirte es que viví muchas cosas y que para mí es cierto eso de que todo tiempo pasado fue mejor. Con decirte que mis mejores momentos los paso cuando recuerdo los tiempos aquellos...
Nuestra separación, si mal no recuerdo, se produjo al terminar el colegio secundario, ¿no? Vos te fuiste por un lado y yo por el otro. Caminos muy distintos elegimos y no nos volvimos a ver. ¿Por qué te habrás acordado de mí después de tantos años?
No terminé la universidad. ¿Por qué? Errores que se cometen a cierta edad... Pensé que no necesitaría títulos para poder trabajar y ser feliz. Parte de razón tuve, pero no toda. Hoy quemo mis días como empleado público en esta ciudad que cada día me es más ajena.
Viví años de plena alegría y de tristeza absoluta. Los amigos ya no existen y los compañeros de trabajo son solo eso. Viví amores hermosos y otros no tanto. Fui amado y odiado en igual medida. Quise ser un buen tipo y no sé si lo logré. Viajé mucho. Leí mucho. Reí mucho. Lloré más. Sufrí la indiferencia, el deshonor y el desamor. Me arrodillé para pedir por favor y fui ignorado. Pedí perdón y el silencio fue peor. Me pegaron en una mejilla y puse la otra... me volvieron a pegar. Me aislé del mundo y luego intenté volver. Quise reintegrarme a esta sociedad que todavía no logro comprender y no pude hacerlo del todo.
Releo esta carta y creo que no sos merecedora de recibirla. Me preguntás cómo estoy, cómo me fue en la vida... ¿Qué decirte? ¿Cómo contarte todo, cómo resumirlo en pocas palabras?...

Sobre la mesa, una botella de vino vacía; a un costado, un vaso, también vacío, es sostenido por la mano temblorosa del hombre que, mareado por el alcohol, escribe unas líneas a una vieja amiga y piensa que en la silla que está del otro lado de la mesa, hace años que no se sienta nadie a compartir el trago...

¿Podés imaginar un cuadro más triste? El hermoso recuerdo que tengo de vos, Lucía, es el culpable de que jamás recibas estas palabras, que dormirán por el resto de mis días en mi mente.

viernes, 2 de mayo de 2025

SIN OLVIDO


Frenó de manera brusca inmediatamente después del golpe. La primera reacción fue la de tomar el teléfono celular para pedir ayuda, pero en una fracción de segundo decidió no hacerlo. Descendió del auto y se dirigió hacia el bulto que había quedado tendido varios metros atrás. La visibilidad era escasa. La noche estaba oscura, estrellada y sin luna. La ruta, completamente desierta. Volvió hacia el auto a buscar la linterna y encendió las balizas. Pensó que lo mejor que le podría ocurrir en los próximos segundos era descubrir que lo que había atropellado fuese un perro o un animal salvaje típico de esa zona despoblada. Pero su deseo se desvaneció casi al instante al advertir que lo que se encontraba tirado sobre la ruta era un cuerpo humano. Se preguntó qué haría una persona en medio de la ruta a esa hora. El cuerpo estaba desparramado, boca abajo, sobre el asfalto, casi sobre la banquina. Era una mujer. Sabía que no debía moverla, pero en ese lugar, a esa hora y sin ayuda, su experiencia le dijo que no había otra cosa por hacer. Más de una vez la vida lo había enfrentado con cuerpos malheridos y hasta con cadáveres, pero nunca en una situación así, como protagonista principal del hecho. Observó que los rasgos de la mujer eran delicados y bellos a pesar de que su rostro insinuaba un gesto de dolor mezclado con asombro. Rubia, tez blanca. Habrá tenido veintitrés… veinticinco años. La tomó de su muñeca derecha y no sintió las pulsaciones. La golpeó suavemente en las mejillas y no reaccionó. Desabrochó su blusa, apoyó su oreja sobre el pecho: su corazón no latía. No le encontró ningún signo vital. Intentó reanimarla mediante técnicas de primeros auxilios aprendidos en tantos cursos hechos en los últimos años. Empujó fuerte con sus manos sobre el torso en varias oportunidades y no tuvo éxito. Probó con respiración boca a boca y tampoco. Su ciudad era la localidad más cercana y estaba a no menos de dos horas de viaje. A los pocos minutos de intentar la reanimación, asumió que la muerte de la muchacha ya era un hecho y que llamar a un servicio de emergencia sería totalmente inútil. Se sentó al lado del cuerpo inmóvil y meditó un momento. A esa hora de la noche la ruta estaba totalmente desierta. Miró hacia adelante y hacia atrás con la esperanza de que apareciera un automóvil para recibir ayuda, pero la oscuridad y el particular silencio sonoro del campo fueron la única señal. Se incorporó y buscó lentamente con la luz de su linterna algún rastro, de sangre o de lo que fuera, y comprobó que la ruta estaba tan limpia como después de un día de lluvia. Corrió hacia su auto, unos veinte metros más adelante, y con la luz de la linterna buscó rastros del golpe en el capot, en los guardabarros, en la parrilla frontal. Nada advirtió. Volvió nerviosamente hacia la mujer tendida mientras buscaba rastros de la frenada en el asfalto, pero recordó que no la había visto, que no había tenido tiempo de frenar, que ni siquiera sabía con qué cosa había chocado y nada había podido hacer para evitar el accidente. En su mente daban vueltas mil ideas y el teléfono celular le temblaba en la mano derecha, mientras con la izquierda sostenía la linterna, con la que se rascaba la parte trasera de su cabeza. Vino a su mente la imagen de alguien barriendo y escondiendo la basura bajo una alfombra. Sabía que, si bien había sido un accidente, un hecho involuntario, había matado a una persona y no importaba si había tenido o no la culpa. La ausencia de testigos y el hecho de no haber intentado una maniobra para evitar el golpe seguramente jugarían en su contra. Lo sabía muy bien. Su experiencia se lo indicaba. Pero podría argumentar que la mujer quiso suicidarse y no pudo hacer nada para evitar la colisión… Guardó el teléfono celular, tomó el cuerpo por las piernas, lo arrastró hasta sacarlo de la ruta y lo dejó sobre la banquina. Lo observó y sintió por primera vez temor. Hasta ese momento sus sentimientos habían sido de desconcierto y nerviosismo. Se convenció de que debía ocultar el cuerpo y callar para siempre lo sucedido. Volvió casi corriendo hacia el auto mirando hacia atrás y adelante por si se acercaba algún vehículo, se subió y lo puso en marcha. No pudo dejar de sentirse un delincuente, un asesino. Y lo sufrió. Suspiró profundamente, golpeó violentamente el manubrio con ambas manos y apagó el motor. Bajó, se dirigió hacia el cuerpo, lo tomó nuevamente de los pies, lo arrastró campo adentro, como unos cincuenta metros, y lo tapó con ramas y yuyos. Todo lo hacía con la poca luz de su linterna mientras rogaba ahora que no apareciera nadie por la ruta. Corrió hacia el auto y, preso de un terror jamás sentido, lo puso en marcha y siguió su camino. El olvido surgió en él como una necesidad imperiosa.
Jamás había vivido una situación igual. Sabía que había protagonizado un accidente y que no había sido su culpa. O sí. ¿Cómo no había advertido la presencia de esa mujer en el medio de la ruta? ¿Se había quedado dormido? ¿Estaba demasiado distraído? ¿Cansado? ¿Iba demasiado rápido y por eso no había podido evitar el choque? Comenzó ahora sí a sentirse culpable y a inventar una historia salvadora: sí, era cierto que él a esa hora había transitado por la ruta 468 rumbo a su ciudad, pero nada raro había advertido. No había visto ningún cuerpo, ningún rastro de choque o accidente, ninguna frenada; ni siquiera recordaría haberse cruzado con algún automóvil ni haber sobrepasado alguno. Su auto estaba intacto y ningún rastro que lo incriminara tenía… Se sintió mal. Lo correcto era denunciar el hecho, su obligación era hacerlo, lo sabía, pero ya era tarde y era primordial olvidar. Había abandonado un cuerpo, lo había escondido. Se había transformado en un delincuente. Su vida había cambiado en cuestión de minutos. O segundos. Pero nadie se enteraría jamás de lo sucedido. O, al menos, de que él había sido el protagonista principal. No sería difícil fingir inocencia y desconocimiento ante la sociedad… Pero sabía que borrar esa noche de su mente no sería tarea fácil.
Disminuyó la velocidad que, de repente, advirtió que era muy elevada. Seguía nervioso, intentó tranquilizarse y encendió la radio. No pudo sintonizar ninguna frecuencia. No había llevado música y pensó en ese momento cambiar el auto, sin saber por qué. También sintió unas ganas desesperadas de llegar a su casa y bañarse. La oscuridad era absoluta y la luz del auto descubría a los costados de la ruta un bosque espeso y misterioso. Tenía que sacarse de la mente a esa mujer y olvidar su cobarde actitud. Un accidente de este tipo seguramente haría peligrar su trabajo o frustraría toda posibilidad de ascenso. Intentaba nuevamente ignorar todo, pensar en mañana y en volver a su vida normal y rutinaria, cuando en el medio de la ruta, unos cincuenta metros adelante, observó un movimiento extraño. Aminoró la marcha sin saber si hacía lo correcto y siguió con cautela. Con la mano derecha tanteó su cintura para comprobar que allí estaba la pistola que siempre llevaba consigo. La silueta de una persona comenzó a vislumbrarse ahora sobre la banquina. Un hombre pedía de manera desesperada auxilio haciendo gestos con sus brazos. Eran las tres de la mañana y su presencia, como la de la mujer, no era normal. Sintió temor a pesar del arma que siempre le brindaba seguridad. Cuando estuvo ya cerca del desconocido observó en su rostro un gesto preocupado, mezclado con súplica y sufrimiento. Siempre se había jactado de identificar a gente de mal vivir con solo observarle la cara, la mirada, su forma de vestir o de actuar, pero este hombre no tenía la más mínima apariencia de serlo. Cuando llegó a la par, conducía a una velocidad mínima y no le sacaba la vista de encima. Siguió sin parar y escuchó los gritos suplicantes, ¡por favor, por favor! Se tiró a la banquina unos veinte o veinticinco metros más adelante, frenó pero no paró el motor. Intentó observar por el espejo retrovisor pero la oscuridad se lo impidió. Tomó la linterna y se bajó con mucha cautela. Con su mano izquierda dirigió la luz buscando al hombre mientras con la derecha tocaba la empuñadura de la pistola, debajo de la remera. El hombre se le acercó corriendo y agitado; vociferaba un gracias ahogado y cuando lo tuvo a unos pocos metros le gritó que se detuviera, ahora no solo apuntando con la linterna sino también con la pistola. El desconocido frenó su corrida de inmediato y como si acabara de cometer un delito y se estuviera entregando ante la autoridad, gritó ¡no dispare, no dispare!, mientras sus brazos se elevaban al cielo, desesperados. Su joven rostro reflejaba un pánico pocas veces visto. Una vez que se tranquilizó, al menos un poco, explicó que junto con su novia minutos antes habían subido a un camión que los llevaría a la ciudad y que el camionero, un tipo totalmente desquiciado, había obligado a bajar a su novia unos kilómetros antes y a él lo había hecho bajar allí, o unos kilómetros más adelante, ya que había comenzado a regresar para buscar a su chica. La historia no hubiese sido creíble en situaciones normales, pero él sabía de la existencia de la mujer perfectamente. Accedió a llevarlo hasta la ciudad. Bajó la pistola y la acomodó nuevamente en su cintura. Pero el hombre no quería ir a la ciudad. Quería regresar a buscar a su novia. No podía dejarla sola. No vi a nadie en la ruta, afirmó el conductor del auto. No puedo volver, es peligroso a esta hora. El hombre insistía, suplicaba desesperadamente y, ante la respuesta negativa, con un movimiento imperceptible el joven desconocido extrajo de entre sus ropas un revólver y le apuntó a la cabeza: ¡Las llaves! Y las llaves se extendieron lentamente hacia el hombre armado, que las tomó, pero sorpresivamente recibió una patada en los testículos que le hizo doblar el cuerpo en dos. Una nueva y rápida patada impactó en el brazo armado que lo hizo gatillar. Se escuchó un estampido seco mientras el cuerpo caía al suelo, con las llaves en la mano izquierda, el revólver humeante en la derecha y un orificio que sangraba en la sien.
Sacó nuevamente su pistola y rápidamente apuntó al hombre caído mientras lo alumbraba con la linterna. No se movía. No respiraba. No gemía. Estaba muerto. Y en su cabeza las ideas eran cada vez más confusas. Dos muertes en unos pocos minutos. Un accidente, una pelea. Protagonista principal en ambos casos. Pero él no había disparado. Se había matado solo. Si no moría uno, moriría el otro. No había otra alternativa y había actuado en defensa propia. Lo sabía y eso jugaba en su favor. Sabía también, y lo sabía muy bien, que si se hacían las pericias correspondientes, se comprobaría claramente quién había gatillado el arma. Tomó su teléfono celular para pedir ayuda y esta vez tampoco lo hizo. La falta de testigos lo perjudicaría. Razonó: si silenciaba el hecho, ¿quién lo iba a acusar de haber estado ahí, ese día, a esa hora? No movió el cuerpo que había quedado tendido en la banquina. Preso de una inminente crisis de nervios, subió al auto y emprendió viaje hacia su ciudad, ahora sí, deliberadamente a una velocidad mayor a la que acostumbraba a hacerlo. Solo un camión, pocos kilómetros antes de llegar a la ciudad, pasó en sentido contrario. Su mente estaba muy confundida: debía olvidar ahora una muerte más.
A las cuatro y media de la mañana llegó a su casa. Guardó el auto en el garaje y con mejor luz comprobó que, efectivamente, en el frente no habían quedado rastros del golpe contra la mujer. Se desvistió lentamente y tiró la ropa a lavar. Le dolía la cabeza y sintió ganas de vomitar. Se duchó durante veinte minutos, como nunca, y se tiró a descansar. Vivía solo y a nadie tenía que dar explicaciones sobre su estado. Durmió hasta las siete. A las ocho debía entrar a trabajar. Se duchó nuevamente pensando en el trabajo, en sus compañeros, en la gente que debería atender esa mañana. Siguió intentando olvidar, algo que se le tornaba imposible. No sintió ganas de desayunar. Nunca había tomado calmantes y en ese momento tuvo ganas de tener uno a mano. Se vistió y se dirigió hacia su trabajo. Sabía que sería difícil borrar de la memoria lo ocurrido esa noche, pero seguramente el tiempo y la actividad diaria lo ayudarían a olvidar. El retorno a la vida cotidiana, el encuentro con sus compañeros y el contacto con la gente, con sus innumerables y muchas veces insólitas historias, serían un buen remedio. Lo prioritario era no pensar más en esa fatídica noche y olvidar... tratar de olvidar... Se sintió seguro de poder hacerlo y poco a poco fue recuperando el bienestar perdido.
Pero la mañana recién empezaba y la pesadilla del recuerdo también.
El comisario Fernández, su jefe, lo recibió ansioso y con los brazos abiertos. Por ser el oficial más eficiente y experimentado, le encomendó hacerse cargo de la investigación de dos muertes ocurridas horas antes en circunstancias muy extrañas en la ruta 468, jurisdicción de la comisaría donde trabajaba.

miércoles, 23 de abril de 2025

LA VENGANZA


Si yo decía que era él, si yo le decía al fiscal que él fue el hijoeputa que mató a la Vero, no hubiese podido vengarme. No sé si me entiende…

Lo metieron en cana porque yo les dije a los de Investigaciones que había sido él, que yo había visto con mis propios ojos cómo ese guanaco le había pegado con el fierro en la cabeza a la Vero, a mi pobre angelito que se estaba resistiendo a las asquerosidades de ese chancho. Me dijeron que lo agarraron al ratito nomás, en su casa, donde se había escondido como un cobarde… pero los milicos no encontraron el fierro. No sé, además, si lo buscaron. Me dijeron que tampoco encontraron huellas —eso pasa solo en las series yanquis— ni más testigos que puedan decir como yo que ese malnacido había matado a mi pobre Vero. Yo no sabía ni cómo se llamaba el desgraciado y lo habré visto apenas un par de veces, no más, por el barrio. Me lo hicieron describir. Era alto, pelo rubio o teñido, no sé, porque la piel era bastante oscurita, con corte a lo Kun Agüero, como todos los jugadores de fútbol, rapado atrás pero más largo arriba. Llevaba la camiseta de un equipo… qué sé yo cuál, bermudas floreadas y ojotas, aunque si me pongo a pensar bien creo que estaba en pata. Me preguntaron si tenía señas particulares y los miré como diciendo de qué me hablan. ¡Tatuajes, pircins, lunares!, me gritaron y les dije que la noche estaba oscura, que no me fijé en esas cosas, que estaba desesperada con la Vero en el piso agonizando y tratando de que no se me vaya. ¿Él la vio, señora? ¡Qué sé yo! Cuando le grité qué hacés, hijoeputa, y salí corriendo hacia la Vero, se fue corriendo con el fierro en la mano, sin mirar para atrás, y se perdió por las vías. Al otro día me llamó el fiscal y me dijo que la única invidencia —que no sé qué carajo es— que había en contra de ese guacho era mi declaración y que teníamos que hacer un reconocimiento de personas para fortalecerla. Lo miré sin saber qué decirle. Es necesario que usted lo reconozca, señora, porque si no, se nos cae el caso. No entendí. Que si no lo reconoce, señora, lo tenemos que largar. No tenemos nada en contra de Osuna. Ahí abrí bien los ojos. No sabía cómo se llamaba el hijoeputa, pero el fiscal me lo dijo. ¡Era el hijo malparido de la Tota Osuna! ¡La benefactora! ¡La que colabora con el merendero del barrio y le da de comer a chicos ajenos en vez de criar bien a los propios! ¿Y si lo reconozco? ¿Lo van a dejar adentro? El fiscal no contestó enseguida. Bajó la vista unos segundos y me miró como resignado. No se lo puedo asegurar, señora. Haremos lo posible, pero si usted no lo reconoce, sí o sí lo tenemos que largar. En realidad, yo no lo quería preso. Si lo dejaban adentro iba a tener techo y comida gratis. Y no soportaría que la Tota Osuna siga su vida como si nada le hubiese pasado a mi Vero. Me dijeron que fuera a las seis de la tarde a la oficina de Investigaciones. Cuando llegué, el fiscal todavía no estaba y un policía —creo que era policía porque uniformado no estaba— me llevó a los apurones hacia una oficina del fondo de un largo pasillo porque me dijo que no me tenían que ver. No le pregunté quién no me tenía que ver y me dejé llevar. Las paredes de la oficina estaban pintadas de un anaranjado fuerte. Había dos escritorios, uno con una computadora y una impresora y el otro con muchos papeles desparramados arriba. Me senté en una silla plástica, de esas blancas que todos tenemos en casa, y esperé pacientemente durante media hora la llegada del fiscal. Mientras esperaba sola en esa deprimente oficina, afuera se escuchaban risas, gritos, corridas. Por fin llegó el fiscal —vestía jean y campera— con un muchacho de saco y corbata que habría tenido unos veinticinco o treinta años. Me dieron la mano e inmediatamente después ingresó a la oficina una mujer rubia, cuarentona, medio encorvada y me la presentaron como la abogada del imputado. Por mi cabeza pasaron muchas cosas para preguntarle a esa abogada, pero solo una le haría: ¿No tenés hijos, vos? Me limité a sonreírle falsamente. Hablaron entre ellos de varias cosas que no entendí hasta que el muchacho de corbata que se había sentado frente a la computadora me pidió que describiera a quien yo decía que había matado a mi hija. Ya se lo dije a la policía ayer, contesté. El fiscal intervino y me dijo que era necesario que lo volviera a hacer, sobre todo para que me escuchara la abogada defensora. Suspiré malhumorada y repetí como una lora toda la descripción hecha el día anterior y antes de que me lo preguntaran, le dije al empleado que pusiera que no le vi señas particulares porque estaba muy oscuro y no me puse en detalles en ese momento. Inmediatamente después el fiscal comenzó a explicarme el procedimiento. Recién en ese momento advertí que en una de las paredes había una ventanita muy pequeña de vidrio. Me dijo que debería mirar por ahí, que del otro lado había varias personas paradas y de frente, una al lado de la otra, con números arriba, sobre la pared; que debería estar muy tranquila porque quienes estaban del otro lado de la ventanita no podían verme y que luego de observarlos le dijera si entre esas personas estaba el hijoeputa de Osuna. En realidad, no me lo dijo así, sino que lo llamó como «quien yo había visto agredir a mi hija en la noche del hecho». Cerré los ojos y suspiré. Me aproximé a la ventanita y antes de que mirara, el fiscal me dijo que si necesitaba verlos de costado o de espaldas, que se lo dijera. Ahora sí, con los ojos bien abiertos observé del otro lado de la ventanita. Eran cinco y no hizo falta mirar a los otros cuatro. A pesar de que todos tenían características físicas muy parecidas, el hijo de la Tota se destacaba. Jamás me olvidaría de esa cara. Advertí que definitivamente no era rubio: estaba teñido. Sonreía mientras miraba a la ventanita y me sentí observada a pesar de la aclaración del fiscal de que no podrían verme. Tenía un gesto sobrador como diciendo la maté yo, ¿y qué? Sacaba pecho y levantaba un poco la pera. En ningún momento miré a los otros, no me importaban ni quería verlos. Un abrir y cerrar de ojos me hubiese bastado para identificar a esa rata aunque hubiese estado en medio de la hinchada de Sportivo Norte. Lo miré durante varios segundos y le dije con el pensamiento: si te identifico, capaz que quedás preso, hijoemilputa. Arriba de la cabeza de Osuna, sobre la pared, estaba escrito el número cuatro. Creo que estuve una eternidad mirándole la cara sobradora a ese malparido mientras seguramente la abogada defensora, el fiscal y el empleado esperaban impacientes que yo abriera la boca. ¿Necesita que se pongan de costado, señora?, me preguntó el fiscal. Cerré los ojos, suspiré y retrocedí. No, gracias, es suficiente con eso… Me miraron con mucha expectativa. El empleado ya estaba preparado con sus dedos sobre el teclado de la computadora para escribir el número que yo diría. ¿Entonces? ¿Es alguno de los que está en la rueda de personas, señora? Si es así, identifíquelo con el número que tiene arriba de su cabeza. Miré al fiscal e inmediatamente después, a la defensora. No, no es ninguno de ellos. Quien agredió a mi Vero no está ahí. Advertí un leve gesto de alegría en la defensora, y el Fiscal, meneando su cabeza, le hizo un gesto al empleado que comenzó a escribir. ¿Segura, señora? Sí, me limité a decir.

Entiéndame: si yo decía que era el número cuatro, si yo le hubiese dicho al fiscal que ese que se sonreía con malicia había sido el hijoeputa que mató a mi Vero, no hubiese podido vengarme. Y ahora estoy acá, contándole a usted, que me tiene una paciencia bárbara, no sé por qué, la verdadera historia. Discúlpeme, pero yo no hubiese soportado mucho tiempo que la Tota tuviese a su hijo vivo, viviendo y comiendo de arriba, mientras que yo a mi Vero solo la iba a tener en el cementerio. Si le metí el balazo al desgraciado ese en la frente, delante de la Tota, fue justamente para que se diera cuenta lo que significa perder un hijo y ver cómo te lo matan delante de tus ojos… ¿Si me siento bien? Podría estar peor…

lunes, 24 de marzo de 2025

A DOS PUNTAS


Te hacés mi amiga
si estás conmigo
pero cuando estás con otro
me deshacés,
siempre…
(Serú Girán)

La tarde estaba oscura a pesar de que era temprano todavía. Las agujas del reloj no se condecían con la luminosidad del cielo. Estaba nublado, lloviznaba de a ratos y el frío se hacía sentir. Laura me había invitado a tomar un café al «Valencia», el viejo bar donde íbamos casi siempre en grupo. Sospechaba el motivo de la cita y por eso fui de mala gana. Cuando llegué, cinco minutos antes de lo pactado, ella ya estaba ubicada en una mesa al lado de la gran vidriera que daba a calle San Martín. Estaba hermosa. La saludé con un beso en la mejilla y le dije un «hola» frío como la tarde mientras dejaba caer mi cuerpo pesadamente sobre la silla de madera de estilo vienés. Apenas murmuró una respuesta y pidió al mozo que se acercaba dos cafés.
Luego de varios minutos de no mirarnos ni abrir la boca, Laura decidió romper el silencio. Levantó la vista, miró cómo me comía las uñas con la mirada perdida en el cartel del hotel de la vereda del frente, o más bien perdida en la nada, y me pegó suavemente en la mano.
—¡Dejá de hacer eso, boludo! ¡Te vas a hacer mal! —y me sonrió, como para que me aflojara.
Esbocé una sonrisa. Me gustó su gesto y dejé mis uñas para después. Revolví lo que quedaba de café, ya frío, y lo terminé de un trago. Afuera llovía con ganas y el frío era cada vez más intenso. La ciudad a través del vidrio se veía triste y desolada.
—¿Podemos hablar? —Laura perdió la sonrisa esbozada segundos antes—. ¿No vas a abrir la boca en toda la tarde?
—¿Querés otro café? —la invité y llamé al mozo.
—Mejor sería que pidieras una cerveza. Cuando tomás alcohol hablás más…
—No es mala la idea —el mozo se acercó—. Dos cafés más, por favor.
Días atrás me había escrito una carta. Me la había dado en medio de una reunión de amigos. Laura se había confesado como nunca. La palabra escrita evidentemente le resultaba más cómoda, como a mí, pero cuando advirtió que mi reacción se demoraba, comenzó a sospechar que mi respuesta no le llegaría jamás. Por eso me invitó a tomar un café.
—Creí que ibas a contestar mi carta… —estaba seria; sus ojos, tristes, y sus palabras le salían entrecortadas—. Hoy me siento una tarada por todo lo que te escribí —silencio por varios segundos, interminables—. Pero me salió de adentro, lo escribí de corazón y pensé que te iba a movilizar un poquito… —clavó su hermosa mirada en la mía. Sus ojos brillaban más que nunca.
En su carta me decía, entre otras cosas, que cuando estaba a mi lado era feliz, que me quería mucho, que yo la hacía sentir segura, conforme y muy tranquila. No soy insensible, pero sinceramente, no la entendí. ¿Acaso me consideraba su guardaespaldas? Me confesó que en un tiempo no tan lejano yo le interesé mucho, más que como un amigo, pero que no entendía por qué yo me había encerrado en mí mismo, por qué le había negado el acceso a mi vida. Me dijo que ella quería saber más sobre mí, conocer mis deseos, mis ideas, mis aspiraciones, mis dudas, mis miedos, mis penas, mis alegrías… Y que deseaba que yo me interesara por ella…
—Leí tu carta… Pensaba contestarte —le dije con mi característica tranquilidad—. Quería meditar muy bien la respuesta.
A Laura ahora sí se le escaparon algunas lágrimas y me reprochó con bronca mientras me fulminaba con su mirada pero en voz baja:
—¡Pero creo que te confesé cosas que no se tienen que pensar demasiado!
Era cierto. Me pidió casi por favor que me interesara por ella, me dijo que estaba pasando momentos difíciles en la escuela y que sus padres estaban muy enojados por sus calificaciones. Me confesó que necesitaba alguien en quien confiar, un amigo, un apoyo, alguien que la abrazara con sinceridad en esos momentos de llanto imposible de evitar.
Tenía razón, sin dudas. Cualquier adolescente —como lo era yo en esa época— al que una amiga le escribía semejantes palabras, no podía dejar de actuar en consecuencia. Y para colmo lo había escrito, lo había plasmado en un papel. Y la palabra escrita es sagrada. Una persona antes de entregar sus sentimientos que sabe que quedarán inmortalizados en un papel, los lee y relee hasta el infinito. Sabe que sus palabras quedarán escritas hasta que el destinatario decida eliminarlas, inmediatamente… o nunca…
La miré, dispuesto por fin a abrir la boca. Nunca quise que ese momento llegara, pero Laura lo buscó. Su cara reflejaba tristeza y hermosura a la vez. Laura era hermosa. Laura me gustaba…
—¿Te acordás del momento en que me diste la carta? —pregunté mirándola seriamente a la cara—. ¿Te acordás qué hiciste después?
Laura se mostró sorprendida. Evidentemente, no esperaba esas preguntas.
—Ay… no me acuerdo… ¿Por qué?
Me suplicaba en su carta que volviésemos a los viejos tiempos, cuando nuestros diálogos eran frecuentes y casi siempre pesimistas —en concordancia con nuestros pensamientos adolescentes—, pero el hecho de estar juntos, mirarnos a la cara y decirnos nuestra verdad sin ningún reparo, nos hacía felices. En eso tenía razón. Meses atrás habíamos sido muy compinches, nos sincerábamos mucho, me decía en la cara que yo era el amigo más perfecto que había conocido. Y yo la miraba a la cara y quería comérmela a besos… Pero esa sensación, inexplicablemente, desaparecía a los pocos segundos.
—¿Por qué me preguntás eso? —me dijo con la voz entrecortada, llorosa.
«Te quiero, te quiero mucho y siempre fuiste alguien muy especial para mí, ya que en mi vida en un tiempo significaste mucho, fuiste muy importante, muy particular…», me decía en esa carta que todavía conservo, después de… tantos años…
La tomé de las manos sobre la mesa del bar. Las tenía heladas. Su flequillo apenas cubría sus cejas. Sus cabellos rubios y enrulados cubrían la mitad de su espalda. Era hermosa. Lo es.
—¿Por qué me preguntás eso? —insistió, suplicó una respuesta. Nunca le contesté. No sé por qué… Aunque sí. Lo sé. Estaba seguro de que Laura fingía no recordar y que su memoria no era para nada frágil. Nunca olvidé —ni olvidaré— que después de darme la carta, casi en secreto, se fue del grupo con Francisco, abrazada y a los besos, mientras yo los observaba con la carta en la mano —aún sin leer— y con un nudo en la garganta.

domingo, 2 de febrero de 2025

EN EL HOSPICIO



Me habla, me mira fijamente a los ojos y mueve los labios con lentitud. Yo entiendo. Pero no, no entiendo. Ella dice que yo me llamo así pero no sé realmente cómo me llamo. No sé desde cuándo estoy acá, con toda esta gente. No somos muchos, pero nos llevamos bien.
—Guillermo —me dice que me llamo—. Gui-ller-mo. ¿Entendés?
Le sonrío pero no entiendo quién es Guillermo. Meneo la cabeza y sacudo un poco mi cuerpo como festejando mientras ella silabea ese nombre. Tengo frío. Siempre tuve frío en este lugar aunque tengo puesta ropa de abrigo: pantalón largo y pulóver. Quizás andar descalzo no sea lo recomendable.
—¿Entendés, Guillermo? Yo soy Marina y te estoy cuidando.
Asiento con la cabeza y le sonrío. No entiendo pero quiero que vaya a hablar con otro. Que me deje tranquilo un rato. ¿Quién carajo será Guillermo? ¿Y por qué Marina me cuida?
Con mi indiferencia logro que se aleje un rato. Ahora se dirige hacia una mujer que vive con nosotros. Mirta se llama. Tiene cara de sufrida. Yo de vez en cuando hablo con todos y ellos me cuentan su vida. No sé si dicen la verdad o no. Me parece que a ninguno le funciona bien el mecanismo acá adentro y seguramente mienten. Pero no lo hacen por malditos, lo hacen para divertirse. Y yo también me divierto. Para colmo, casi ni hablo. Si ni sé cómo me llamo y no me acuerdo mucho de mi vida ni por qué estoy acá. Guillermo dice esta mujer que me llamo, pero no sé.
Con Mirta no hablo mucho, pero la primera vez que lo hice me contó su historia. Y la repite cada vez que estoy con ella. Pobre… No la debe haber pasado bien. Al menos ella me dijo que sufrió mucho cuando el Juan Carlos cayó en cana. Ella sabía que andaba en algo raro pero nunca le había preguntado. Lo confirmó cuando lo agarraron y lo metieron preso. No me acuerdo qué hizo, pero Mirta me dijo que estuvo tres años a la sombra. Lo recuerdo bien. Yo la miraba sin pestañear y no le decía nada. «¡Preso! ¡Estuvo preso!», me dijo casi gritando porque yo la miraba y no hacía un solo gesto. Entonces le sonreí. Y me contó que ella sola no podía vivir y que al año y medio de que al Juan Carlos lo encanaron, se metió con Francisco. Debió haber sido linda Mirta en su juventud. Yo la seguía mirando y esperaba que continuara su historia. «¿Y sabés qué?», me dijo. «Volvió». Pero me dijo que ella ya estaba con Francisco y lo mandó a pasear al Juan Carlos. Se fue amargado y cree que siguió en la joda, porque seguía choreando. Francisco no conocía el pasado de Mirta y cuando lo supo, la dejó. Se quedó sola en la vida. Ella, como yo, tampoco sabe por qué está acá.
Estamos todos ahora en un salón grande, blanco, frío. Las ventanas dan a un jardín. Es de día y el sol afuera brilla sobre los naranjos. Creo que son naranjos. O mandarinos. ¿O serán toronjas esas pelotas anaranjadas que cuelgan de las ramas? Miro apoyando la nariz contra el vidrio que se empaña.
—Guillermo…
Alguien habla a mi espalda. Una voz dulce de mujer. Me doy vuelta sin estar seguro de que me habla a mí y se presenta: «Soy Ana». Le sonrío y vuelvo mi cuerpo hacia el salón. Ella, un poco acelerada, me dice que quiere bailar. Yo no sé bailar. Nunca bailé. Ana empieza a dar vueltas sobre sí misma, sonriendo y alzando los brazos. Yo siempre la veo sola, pero feliz. «Soy un hada», me dice y me toma de las manos. Quiere que baile con ella. Me quedo duro. «Juguemos entonces». Me lleva hacia el centro del salón y se sienta sobre una alfombra donde hay unos cubos plásticos. Coloca uno arriba del otro y se encierra en sí misma. «Hoy tampoco quiero dormir…», escucho que murmura mientras me alejo lentamente hacia una de las puertas que da al patio.
La puerta está abierta a pesar del frío. Quien quiera pasear por el jardín, puede hacerlo. Aprovecho que Ana se olvidó de querer bailar conmigo y salgo. Arranco del árbol una naranja… o mandarina… o toronja, ¿qué sé yo qué es? Decido comerla y empiezo a sacarle la cáscara con la mano. No es tan fácil. Se me acerca un gordo petiso un poco mayor que yo. Lo intuyo porque está muy desmejorado. Yo hace mucho que no me veo en el espejo pero creo que tengo mejor aspecto que él. Me apunta con su dedo índice y levanta el pulgar, simulando tener un revólver.
—¡Pum! Estás muerto —me dice mientras lo festeja. En la otra mano lleva un cigarrillo encendido que no fuma.
No sé cómo reaccionar y me paralizo. Muerto no estoy. Pero él cree que me mató. ¿Me tendré que tirar al piso y fingir para que no se enfade?
—Si no mueres, te arrancaré de a una las uñas de las manos.
Instintivamente convertí mis manos en puños y me dio un escalofrío horrible al pensar en el dolor. No suelo ver a este hombrecito muy seguido, quizás no vaya a ese lugar todos los días. No sé cómo se llama. Tiene mala cara. Pero no porque él esté mal sino porque seguramente hace o hizo alguna vez el mal.
—O te pondré una bolsa de nailon en la cabeza…
Retrocedo mientras se me viene encima.
—O puedo quemarte con mi cigarrillo… ¿Qué preferís? —me increpa casi gritando.
Sigo retrocediendo ahora más asustado, trastabillo y me caigo de culo. El hombrecito se me aproxima lentamente con el cigarrillo encendido dispuesto a apoyármelo en alguna parte del cuerpo. La piel de mi cara y mis manos son las únicas partes libres que tengo. Con una de mis manos sostengo la naranja a medio pelar. Me tapo la cara con la otra con desesperación porque lo tengo casi encima.
—¡Juan! ¿Pero qué hace, Juan? ¿Está loco? —dice Francisca mientras lo toma por la espalda y lo aleja de mí hacia otro lado del jardín.
—¡Quiero morir! ¡Quiero morirme! —grita Juan mientras es arrastrado por Francisca. Me reincorporo rápidamente y decido ir hacia adentro a bailar con Ana. Es preferible. Pero Francisca me llama con un grito. Acaba de dejar sentado a Juan en uno de los sillones de plástico que hay en el jardín y se me acerca a paso ligero.
—Discúlpelo, Guillermo. Pero Juan tuvo una vida un tanto complicada.
Me dijo Guillermo, como Marina, que me quiere hacer comprender que me llamo así.
—Aparentemente hizo mucho mal durante su vida y ahora no ve otra salida que seguir haciéndolo o matarse. Nadie lo quiere acá. Y afuera tampoco. Hay que temerle, está medio loco.
Le sonrío y sigo pelando la fruta con dificultad. Francisca está parada a mi lado y me observa. Yo de reojo la miro a ella y me parece una linda mujer. No es joven. Nadie es joven acá adentro, pero se ve que alguna vez fue linda. Termino de pelar la fruta, la parto y le ofrezco la mitad a Francisca como un modo de agradecerle que me haya sacado de encima a Juan. La acepta y ambos nos llevamos las mitades a la boca. Al mismo tiempo escupimos y nos quejamos por el asco que nos dio. «¡Son toronjas!», dijo ella y nos largamos a reír con ganas.
Me tomó de la mano y caminamos por el jardín. En silencio. Yo no hablaba casi nunca y ella parecía respetar mi silencio. Me hizo un ademán con una sonrisa cómplice para que mirase al costado. Un hombrecito diminuto, vestido con pantalones muy anchos, camisa estrafalaria y galera intentaba sacar algún sonido de un viejo saxo en mal estado.
—Se llama Gaby. Cree que vive en un circo —me dijo Francisca.
—Pierrot… —murmuré sin ánimos de que me escuchara.
—Sí, un payaso… Y a veces cree que es invisible.
Seguimos caminando de la mano rumbo a ningún lado. Francisca era una dulce compañía y no sé si me hablaba a mí o pensaba en voz alta circunstancias de su vida pasada. Decía que los hombres eran todos iguales pero que los peores eran los viejos. «¡Viejos verdes!», se quejaba. Yo no entendía pero no decía nada. Meneaba la cabeza y seguía su rezo en voz muy baja. «A mi hijita le gustaba correr por el monte y juntar flores en su canastita». Tenía la vista perdida en el infinito. Clavada en el cielo. O en su alma. De repente alzó la voz: «¡Deje quietas sus manos de una vez, señor!» e hizo un ademán como para sacarse de encima a alguien. Después dijo entre dientes algo que no entendí muy bien pero fue algo así como que el dinero le hacía falta para ser feliz con su hijita, por eso trabajaba. Pero no los lunes. Los lunes se divertía. Yo solo la miraba porque no sabía si me hablaba a mí o si estaba rezando. Y recordaba que me había dicho Guillermo. Yo no soy Guillermo… ¿O sí?
Luego de dos o tres minutos de caminar en círculo alrededor de una fuente que no funcionaba, pasaron corriendo dos hombres desaforadamente. Uno pedía auxilio y miraba desesperado a su perseguidor que le gritaba «¡Amigo! ¡Amigo! ¡No te vayas!». Lloraba desconsoladamente y llevaba una flor en su mano. Francisca soltó mi mano y se fue sin decir nada hacia el salón. Me quedé mirando a los dos hombres que no dejaban de correr ni de gritar. Estaba absorto.
—Estos dos están locos —me dijo una mujer menuda, rubia, de ojos saltones y labios muy pintados mientras se me acercaba.
Mi única respuesta, como siempre, fue una sonrisa. La mujercita se paró a mi lado y continuó su monólogo:
—El de adelante, Sebastián, cree que es Jesús. No sé. Siempre anda mostrando sus manos y dice que las heridas sangrantes que tiene se las provocaron cuando lo crucificaron en la cruz. Nunca nadie le vio las heridas…
La mujercita no me miraba. Hablaba como si se estuviese dirigiendo a un auditorio inexistente, con voz afectada.
—Y al que lo corre le dicen Pototo. No sé cómo se llama. Dice que tiene miedo de quedarse solo y por eso lo sigue constantemente. Sebastián huye y pide ayuda. Pototo lo sigue y le dice que sean amigos, que no lo deje solo. Todos los días es así. Siempre igual…
Me animé a interrumpir su relato.
—¿Le quiere regalar una flor?
La mujer meneó la cabeza y me dijo que para Pototo la flor era vida y que se la quería dar a Sebastián como un símbolo de paz y amistad. Dijo que Pototo estaba loco porque aseguraba que si los amigos se separaban, la soledad era inevitable. Y sin amigos prefería morir.
—¿Y por qué se escapa Sebastián entonces? —insinué.
—Porque como cree que es Jesús, no quiere que lo crucifiquen otra vez. Se ve que alguien lo traicionó y se lavó las manos. Se quiere salvar de una nueva traición. Quizás piense que Pototo lo traicionará.
Me invitó a caminar a la par. A diferencia de Francisca, no me tomó de la mano. Alicia. Me dijo que se llamaba Alicia y que siempre había vivido al revés del mundo. «Quizás por eso estoy aquí», dudó.
—Yo vine por propia voluntad acá. Acá me cuidan. Afuera está el peligro. Allá quieren volver los que van a acabar con el mundo. Hay que estar preparados y prender velas para que la suerte nos ilumine. No nos pueden vencer.
Yo no entendía de qué me estaba hablando y le pregunté:
—¿Quiénes quieren acabar con el mundo?
—¡Ellos! —me gritó—. Ya se acabó esa vida de cuentos en la que fingíamos ser felices… —dio media vuelta y se fue dejándome confundido.
No supe qué hacer. Nunca supe por qué razón yo estaba entre toda esa gente que parecía no estar en su sano juicio. Cada uno tenía su historia, incomprensibles algunas, otras no tanto. Yo les conocía sus nombres y a mí me decían Guillermo y no tengo idea si soy o no soy Guillermo. ¿Y si no quién soy?
Se me acercó Marina.
—¿Disfrutando el fresco y el aire libre, Guillermo?
Le sonreí. Me invitó a ingresar al salón. Seguramente vio que comenzaba a temblar y se imaginó que yo tenía frío. En realidad, desde que estoy acá, que no recuerdo cuánto hace, nunca dejé de tener frío. Es como si viviera eternamente adentro de una cámara frigorífica. Marina pasó su brazo izquierdo por mi espalda y apoyó su mano en mi hombro derecho. Me dirigía. Se nos acercó una mujer muy linda, de unos cincuenta años más o menos. Balbuceaba y aparentemente le quería decir algo a Marina. No se le entendía nada a la pobre y vi cómo le comenzó a colgar un hilo de baba de su boca.
—Ella es Ludmila —me dijo Marina—. En su vida se entregó al amor sin reparos, ciegamente, casi irresponsablemente, y lo sufrió. Terminó sola y abandonada la pobre…
Un flaco alto y canoso daba vueltas en el medio del salón con los brazos extendidos. Como si estuviera volando. Supuse que era feliz o que intentaba serlo. Se lo señalé a Marina con un gesto.
Fermín, él es Fermín. Es feliz dando vueltas y más vueltas. Cree que vuela y que al final de su vida lo vendrá a buscar un pájaro, una gaviota dice, que lo llevará a descansar al mar.
La miré sin entender.
Marina acercó una silla a una mesa donde se encontraban sentados dos hombres, aparentemente cada uno en su mundo. Me invitó a sentarme allí y se fue hacia otro sector del salón.
El que parecía ser mayor en edad era robusto y vestía un enterito de jean al estilo jardinero. Tenía puesto un sombrero de paja de ala ancha. Le observé sus manos grandes, callosas. Imaginé que en su vida pasada esas manos habían sido un instrumento fundamental de supervivencia.
Baltazar —me dijo mientras me extendía la mano derecha a modo de saludo.
Se la estreché devolviendo el gesto y sentí un apretón fuerte de una mano gigantesca y pesada al lado de la mía, y muy áspera. No supe cómo presentarme y le dije lo que me pareció más conveniente en ese momento y en ese lugar:
—Guillermo… Un gusto.
—Disculpe usted si mis amigos lo molestan.
No entendí. Miré al otro hombre y parecía estar durmiendo. Nadie cerca nuestro interrumpía nuestra tranquilidad.
—Ellos siempre están conmigo. Desde que abandoné el campo del patrón, ellos me siguieron. Estos caballos, estas vacas —decía mientras movía sus brazos como mostrándome algo que yo no alcanzaba a ver—, las gallinas, los gorriones y las mariposas blancas son quienes le dan sentido a mi vida. Sin ellos no podría seguir.
Me encogí de hombros y no dije nada. No creí conveniente preguntarle dónde estaba toda esa fauna. De repente, el segundo hombre pareció despertarse de un sueño profundo. Me miró y me tomó fuerte de mi brazo derecho.
—¿Sabe usted por qué dicen que estoy loco?
Sus ojos querían salirse de órbita. Su mirada era fulminante.
—La sociedad me hizo así. No fue mi culpa. Yo siempre fui un buen tipo, bonachón, demasiado. Siempre viví pensando en los demás, en hacer feliz al otro, en dar todo lo mío sin pretender nada a cambio. ¿Y cómo me pagaron?
Yo no sabía si realmente estaba esperando una respuesta de mi parte o hablaba de esa manera para darle fuerza a sus palabras. Estuve a punto de decirle que nadie estaba loco en ese lugar pero siguió hablándome, creo que sin mirarme.
—«Miguel, te volviste loco», me decían constantemente. Yo no entendía qué era lo que estaba haciendo mal. Mis padres me enseñaron que debía ser generoso y no negar el amor a nadie… ¿Pero sabe qué? ¡Me lo creí! ¡Sí, me lo creí y me despellejaron!
Mientras hablaba apretaba cada vez más fuerte mi brazo y luego de terminar su discurso, aflojó. Me compadecí de Miguel, sentí pena. Y para que no se sintiera solo le conté que yo podía seguir viviendo ahí gracias al amor de mi vida. «Cadenet», le dije y está siempre a mi lado.
—Quizás usted no la vea. Incluso yo muchas veces no la veo. Pero está conmigo cuando yo quiero, cuando la deseo. Se despierta a mi lado, desayunamos juntos, hablamos mucho. ¿Vio los animalitos que acompañan a Baltazar? Bueno, yo tengo a Cadenet.
Marina se paró en el medio del salón, pidió atención con un par de aplausos y con su voz tranquila y maternal anunció que el horario de recreación había terminado. Se me acercó y me extendió su mano suave. Me paré lentamente y sonreí a mis compañeros de mesa que me saludaron con un ademán. Marina me dio un vaso y puso una pastilla sobre mi lengua. La tragué y bebí el agua natural. Lentamente fui abandonando el salón frío mientras el bullicio de los demás iba desapareciendo, se hacía más lejano. Marina me ayudó a ingresar a la pieza, blanca, más fría que el salón, me acostó sobre una cama y me tapó hasta el cuello. Luego de un «buenas noches, que descanse, Guillermo», apagó la luz. Salió de la pieza y cerró la puerta con llave.

miércoles, 1 de enero de 2025

EN EL BAR DE LA FLACA


Hacía mucho que no me pasaba. Pero esa noche hacía calor, estaba aburrido y decidí salir a tomar aire. O alcohol, daba lo mismo. Había estado todo el día lidiando en casa con insignificantes asuntos hogareños que lograron moverme de mi tranquilidad habitual. Y como mi estado de ánimo natural lejos está del nerviosismo, decidí salir a respirar un poco de paz. Apenas si me cambié la remera, me puse una de Led Zeppelin y estuve listo para olvidarme de todo. Caminé lento por esas calles adoquinadas apenas iluminadas que separaban mi casa del bar de la Flaca. Manos en los bolsillos, vista al frente sin mirar y una canción del Flaco dando vueltas en mi cabeza.
El bar es hermoso, tanto como su dueña. Al entrar me encontré con solo tres mesas ocupadas. En una, una pareja mucho más joven que yo se disputaba la última aceituna de una especial con morrones; en otra, un gordo pelado y mal vestido, con los ojos cerrados, sostenía en una de sus manos una copa de vino tinto; y en la otra, Mariana. Ninguno de ellos advirtió mi ingreso. Solo la Flaca, desde atrás de la barra, mientras secaba con extremada lentitud un vaso de vidrio, me hizo un ademán de bienvenida con su cabeza.
Tuve que mirar fijo a Mariana para asegurarme de que era ella. Un vaso con limonada y un tostado de jamón y queso sin tocar ocupaban su mesa. Miraba con sumo interés la pantalla de su celular. Me acomodé en una mesa al lado del ventanal que daba a la calle. Siempre que podía me sentaba en el mismo sitio. Ver a través del vidrio pasar gente era uno de mis entretenimientos preferidos mientras en mi cabeza se mezclaban los pensamientos más insólitos, de esos que uno desea que ocurran sabiendo que jamás sucederán. Además, en esta ocasión, la ubicación me permitiría mirar a Mariana con solo alzar la vista.
Estaba metida en su celular y sola. Al igual que yo. Pero… ¿estaría sola? Las otras tres sillas de su mesa no evidenciaban la presencia de un presunto (o presunta) acompañante que, momentáneamente, podría haber ido al baño. Levanté el brazo para llamar a la Flaca con la esperanza de interrumpir aunque sea por un segundo la atención que Mariana prestaba a su mundo y que reparara en mí para poder saludarla, pero solo la Flaca advirtió mi intención.
No hacía mucho tiempo que la conocía. Trabajábamos juntos pero no sabía demasiado sobre Mariana. Vivía sola y en los pocos diálogos que habíamos mantenido, jamás había hecho referencia a su situación sentimental. Tenía una belleza especial y una sonrisa enamorable. Tenía el pelo peinado con media cola, como a mí me gustaba. No pasaba desapercibida por más que lo intentara.
La Flaca se acercó y le pedí una cerveza. Pensé en ir a sentarme a la mesa de Mariana. Dos soledades podrían verse aliviadas por una compañía agradable. Ella para mí lo sería, seguramente, pero ¿sería yo para ella mejor compañía que su móvil?
Mariana era un enigma para mí. Nunca la había considerado más que una buena compañera de trabajo. Pero en ese momento, verla en el bar, sola, metida en su mundo e imaginándola —no sé por qué— aburrida, hizo que la mirara con otros ojos. Empecé a darme cuenta de que me gustaba y no era por esa situación solamente.
La Flaca trajo la cerveza y mientras me servía un poco en el vaso que yo sostenía inclinado para que no hiciera tanta espuma, me preguntó si me gustaba. Sus palabras me tomaron por sorpresa y la miré como pidiendo una explicación. «¿Te gusta la piba?», repitió mientras me señalaba con la vista a Mariana. Sentí vergüenza. ¿Tan alevoso habría sido al mirarla que la Flaca advirtió que estaba pensando en ella? Solo sonreí y bajé la vista. «Parece muy entretenida», comenté. «O muy aburrida…», sugirió la Flaca. Apoyó la botella de cerveza en la mesa y se retiró a la barra.
Bebí el contenido del vaso sin respirar y cuando me decidí y estuve a punto de ir a sentarme a la mesa de Mariana, guardó el teléfono en su bolso y se levantó para ir a abonar la consumición. Hablaron con la Flaca unos minutos, como si se conocieran de siempre, y las escuché reír, quizás porque el tostado y el vaso de limonada en la mesa de Mariana estaban todavía intactos. Creo que hubo un segundo en que entre risas Mariana se dio vuelta y me miró, pero justo en ese momento yo estaba sirviéndome más cerveza. Nunca me caractericé por estar atento a las oportunidades. Al salir, pasó a mi lado. «¡Ey, Silvio! ¿Cómo andás?». Le sonreí y arriesgué un tímido pero sincero «Muy bien ¿y vos?». Me dio un beso en la mejilla pero no se detuvo. «Nos vemos mañana», dijo, y salió del bar.
Me serví más cerveza y por la ventana la miré irse. Caminaba decidida, espléndida. Y en ningún momento —aunque lo deseé fervientemente— volvió la vista al bar.

martes, 24 de diciembre de 2024

CON LA FRENTE BIEN ALTA

Ante la falta de mayores detalles sobre lo ocurrido según la noticia "Una discusión sobre literatura terminó en asesinato", me permití dejar volar la imaginación:


Ese año, el invierno no había tenido contemplación con los habitantes de Ivrit, en la región de los Urales rusos. Las bajas temperaturas habían provocado que la población se las rebuscara para encontrar calor de las maneras más disímiles. Y en eso estaban la noche del 20 de enero los viejos amigos Dimitri Ivanovich y Mijail Fiodorov.
Dimitri, a los cincuenta y tres años, llevaba ya cinco de vida solitaria en una sencilla pero prolija vivienda de uno de los barrios más alejados del centro de la ciudad. Luego de separarse de Natascha, su compañera durante veinte años, y como consecuencia de no haber tenido hijos, no hizo más de su vida que seguir dando clases de literatura en una escuela secundaria cercana a su casa y reunirse periódicamente con sus amigos a charlar sobre el pasado bolchevique en común, sobre el presente vertiginoso y sobre el futuro imprevisible.
Por su parte, Mijail, unos cuantos años más grande que su amigo y colega, iba ya por su tercer matrimonio. Su esposa, sus dos ex, sus siete hijos y las clases en la universidad, no le dejaban mucho tiempo libre a su vida, pero se las ingeniaba para compartir, aunque sea una vez a la semana, una botella de vodka con sus amigos. Y esa noche, luego de dictar una pesada clase sobre la novela «Padres e hijos» de Iván Turguénev, decidió no regresar a su casa y tocar el timbre en lo de Dimitri, con una botella de Granenych bajo el brazo, comprado en uno de los tantos bares que había camino a la casa de su amigo.
Los primeros chupitos consumidos transcurrieron entre lastimosos recuerdos de Dimitri sobre su añorada Natascha y las quejas de Mijail sobre la falta de voluntad y entusiasmo de sus alumnos universitarios. Cuando la botella comenzó a vaciarse vertiginosamente, Mijail propuso ir a comprar comida, ya que el vodka comenzaba a hacer efecto y no había consumido sólido alguno desde el mediodía. Una docena de pirozhkí de patatas e hígado serían más que suficientes. Dimitri aprovechó —ante la inminente muerte de la botella llevada por Mijail— para comprar otra Granenych.
Las horas pasaron sin que los amigos se dieran cuenta. Los chupitos se llenaron por última vez porque la segunda botella, indefectiblemente, también había llegado a su fin. Apenas la mitad de una pirozhkí quedó sobre la mesa, junto a la cuchilla de cabo de hueso que la había partido momentos antes. Pero lo que no se terminaba era la conversación. La lengua ya les resbalaba a ambos y de vez en cuando un hilo de baba espesa caía de sus labios, entre risas y golpes de puño en la pesada mesa de roble. Y cuando el alcohol hace mella, lo hace en todos los sentidos y ni la amistad más sólida se encuentra a salvo.
—Che, ¿qué me decías de tus alumnos, vos? ¿Que no te los aguantás más? —preguntó Dimitri.
—No, no es eso. Lo que pasa es que no les ponen ganas a las clases y se hace cuesta arriba hablar frente al curso todo el tiempo sin que nadie te haga una pregunta o te cuestione algún concepto —explicó Mijail.
Dimitri sonrió como diciendo «vos tenés la culpa». Bebió el contenido del chupito de un trago, inclinando su cabeza hacia atrás, apoyó el vaso de un golpe seco sobre la mesa e increpó:
—¡Andá a saber qué estupideces les decís vos en las clases!
Mijail se asombró ante el ataque inesperado de su amigo e intentó abrir los ojos por completo para mirarlo bien, pero no pudo. Lo vio en una nebulosa. En una situación normal, de charla pasajera, a las palabras de Dimitri las hubiese tomado no solo con calma sino también con gracia. Pero el Granenych pasaba ahora a ser parte fundamental de la conversación y de la historia. No obstante, intentó tranquilizarse.
—Les hablo de la mejor narrativa mundial: la nuestra. Turguénev, Dostoyevski, Gogol…
—¡Imbécil! ¡Narrativa! ¡Tenés que dejar la narrativa fría y aburrida de lado en tus clases! ¡Tenés que hacer volar a tus alumnos! ¡Que sueñen! ¡¿Cómo querés que no se aburran cuando les leés kilométricas novelas nacidas de mentes aburridas y perturbadas?!
—¡Ah, bueno!... El profesor Ivanovich ahora está en contra de la narrativa rusa… —dijo irónicamente Mijail— ¡Claro! Seguramente al benemérito profesor Ivanovich le conmueven mucho más las novelas francesas con sus famosas heroínas que se enamoran de otro hombre estando casadas… Eso las hace más divertidas… ¿O será porque anda dando vueltas por el aire alguna historia similar?
El rostro de Dimitri cambió totalmente de color. Acusó el golpe. Era cierto, Natascha lo había dejado por el malnacido de Alexander Burchenko. Y Mijail lo sabía muy bien… Hizo un gran esfuerzo para no reaccionar violentamente.
—¡No me gustan las novelas francesas! Estoy hablando de poesía, profesor Fiodorov. Yo no necesito —ni quiero— perder horas, días, meses, hablando de novelas inacabables. Yo les leo a mis alumnos poesías, de esas que llegan al alma, a las entrañas. De esas que te hacen enamorar de la vida con solo escuchar su ritmo, su entonación, su musicalidad…
—¡Dejate de joder, Dimitri! Las poesías son para las mujeres que se enamoran hasta de los pajaritos que vuelan por el aire sin sentido… Dejá que a la poesía la canten y reciten felices eunuquitos y haceles razonar a tus alumnos la metafísica de la novela de Dostoyevski, que se cuestionen el porqué de la existencia del ser humano y piensen cuál es su función en el mundo, no solo para enamorar, sino para colaborar, contribuir, crecer como ser social. ¿Dónde quedaron tus ideales de otrora? Pensá en por qué Raskólnikov mató a esa vieja usurera y él mismo se terminó entregando a la Justicia para pagar su crimen, para recibir su castigo… ¡La verdadera literatura está escrita en prosa, Dimitri!
—¡No entendés nada, Mijail! ¡Sos muy tozudo! Amo apasionadamente la lírica y creo que supera ampliamente en valor literario a la prosa. No cualquiera escribe hermosos poemas y cualquier estúpido no solo te cuenta una historia, sino que también la escribe en infinitas páginas aburridas… Y me avergüenza que digas que la poesía es solo para las mujeres enamoradizas. ¿O acaso no te conmueve un poema de Kuzmin, o uno de Ivanov o de Gorotdetski?
El profesor Fiodorov abrió ahora sí muy grandes los ojos:
—¡Ahí está! ¡Esa es la cuestión! ¡Ahí está! ¡¿No lo ves?! ¡Ahora caigo por qué Natascha se fue con Alexander!
Cuando Mijail apenas terminó de pronunciar el nombre del nuevo amor de Natascha, sintió, como una quemazón, el corte de la hoja plateada —aún con restos de pirozhkí— en su pecho. Sentiría el mismo ardor varias veces más en los segundos siguientes. No alcanzó a ver el cabo de hueso del cuchillo no solo por el Granenych que invadía todos sus sentidos sino también porque estaba totalmente tapado por la mano derecha del profesor Ivanovich.
—La poesía es mejor… —murmuró Dimitri mientras miraba desde arriba a su viejo amigo que ya no respiraba y que acababa de dudar de su sexualidad.

domingo, 10 de noviembre de 2024

EN SUS BRAZOS



Mi querida Mamá, definitivamente eres la gallina
que empolló a un famoso pato.
H.T.L.

Adèle acariciaba suavemente sus cabellos oscuros, con compasión, con tristeza, con indescriptible ternura. Meneaba la cabeza como diciendo por qué, por qué no pudo ser de otra manera. Los ojos de Henri, a pesar del cansancio por tanto ver, apenas se mantenían entreabiertos porque la belleza de quien lo acariciaba a esa hora, a esa altura de su vida, en esos momentos de desconsuelo silencioso, era demasiada y no querían perderse un solo segundo ese espectáculo. Ella sabía que las cosas hubiesen podido ser diferentes pero el sino trágico era la herencia familiar y, por lo tanto, se convertía en inevitable, irreversible. Un terrible sentimiento de culpa la hacía odiarse sin medida. Sentía que era ella y no otra persona la responsable de que la vida de Henri a los treinta y seis años se estuviera apagando lentamente, minuto a minuto, segundo a segundo. Era cierto que él no había hecho nada por estar mejor, ya que había vivido su vida como había querido: sin escuchar a los demás ni importarle que las costumbres de la sociedad no fueran justamente iguales a las suyas. Así como alguna vez sus padres habían ignorado los consejos y las advertencias no solo familiares sino de la sociedad toda, también él cerró sus oídos a los demás. Si el calvario físico que debió afrontar durante toda su vida fue producto de las prematuras caídas en su infancia o de la endogamia, era historia pasada, no podía volver el tiempo atrás y por lo tanto no le importaba demasiado. Henri observaba dificultosamente cómo, de vez en cuando, Adèle dejaba escapar una lágrima que recorría de manera desprolija su mejilla. Quería secársela dulcemente con sus manos, pero no estaba en condiciones más que para esbozar una tenue sonrisa y dejarse llevar por esas caricias por años esperadas. Pensó que sería una buena idea retratarla nuevamente, pero con colores brillantes para borrar la tristeza que en esos momentos reflejaba ese rostro con un hilo de sal que dividía la mejilla izquierda… Un retrato más de los tantos que ya le había dedicado.
Del mismo modo que al juntarse uno con un amigo o un familiar que hace muchos años que no ve, inmediatamente Henri, bajo la influencia de las caricias de Adèle, comenzó a rememorar el pasado —para nada tranquilo— como buscando una respuesta, una causa a esta consecuencia que estaba ahora penosamente sobreviviendo. Jamás le había faltado nada. De sus padres no guardaba muchas imágenes de una vida en común. Se habían separado luego de la muerte de Richard, su hermano, cuando él tenía apenas cuatro años. Pensaba ahora cómo le hubiese gustado haber pateado más pelotas con su padre que haber ido tantas veces al museo con su madre. Pero quizás esa pelota nunca hubiese podido ser pateada por Henri. Una deformidad congénita sumada a dos graves accidentes en su infancia le impidieron caminar normalmente y sus piernas se desarrollaron apenas como para sostener débilmente un tronco desproporcionado. No recordaba una infancia feliz. En realidad, no tenía presente en su mente haber sido niño algún día, aunque a veces emergían imágenes de un circo, así como destellos, en las que sonreía ante un payaso tonto o un trapecista o un tigre de bengala sin dientes.
Ella ahora pasaba la yema de sus dedos suavemente por la frente de Henri. Acariciaba sus párpados, que se cerraban al mínimo contacto pero que se reabrían lentamente para no perder de vista el bello rostro de Adèle. Varias veces le había pedido que se afeitara la barba. A ella no le gustaba y rechazaba los argumentos de Henri cuando este le aseguraba que se la dejaba para cubrirse el rostro, al que consideraba terriblemente feo, o que no se afeitaba como una manera de demostrar la rebeldía que le nacía del rechazo constante del que era víctima por parte del sexo opuesto. Pero a pesar del desagrado que la barba tupida le causaba a Adèle, se la acarició y peinó como nunca lo había hecho hasta ese día. La mirada de Henri estaba fija en el rostro de esa bella mujer. El silencio que los rodeaba era el preludio de una despedida inevitable.
Nunca había tenido Henri la necesidad de trabajar para poder vivir. La buena posición económica de su familia le había permitido viajar y darse gustos poco comunes. Como con una especie de indulgencia, su madre quiso que a su hijo no le faltara nada. Y lo consintió en todos los aspectos. Henri sabía que podía aprovechar esa circunstancia y lo hizo sin siquiera sentir el menor remordimiento. Y con tantas libertades llegaron irremediablemente los desenfrenos que con el paso del tiempo se tornaron incontrolables. El exceso en el consumo de absenta y la adicción a la cocaína poco a poco fueron llevando a Henri a ese lecho desde el que ahora miraba con dolor y pocas fuerzas a Adèle.
Suzanne fue una buena mujer. Cuando estaba con él era un amor. Pero Henri sabía que no la había encontrado en la casa de unos padres protectores que deseaban para su hija lo mejor en la vida. La conoció en la casa de Aristide, el dueño del prostíbulo principal de la ciudad. Suzanne era atractiva. Las bondades de su juventud todavía podían ser aprovechadas para cobrar a sus clientes un poco mejor que sus más experimentadas compañeras. Y si bien Henri nunca decía estar enamorado, sentía una atracción muy particular hacia aquella mujer mundana, la única, quizás, que se había fijado en él seriamente. Fueron varios los meses que vivió con ella en esa casa de citas, en un pequeño cuchitril en el que su pincel reflejó coloridamente ese ámbito tantas veces. Era consciente Henri en estos momentos en que Adèle lo acompañaba llorosa, de que esa vida intrincada entre prostitutas, cocaína y alcohol era la verdadera razón de su situación actual. Incluso el contagio de sífilis años atrás le acarreaba todavía consecuencias nefastas. Pero Suzanne no estaba al lado de su lecho ahora. Era Adèle quien lo acompañaba y consolaba.
Intentó con un esfuerzo sobrehumano pedirle que llamara a Gabrielle, pero sus labios apenas pudieron separarse para dejar escapar un sonido débil e ininteligible. Gabrielle siempre había estado a su lado, incondicionalmente, a pesar de que Henri lo menospreciaba por contrastar en todo sentido con su persona, tanto física como moralmente. Gabrielle fue su mejor amigo, a quien a menudo insultaba y lo ponía en ridículo ante los demás. Sentía en ese momento la necesidad de disculparse, o mejor aún, de justificarse, porque siempre se había sentido un ser infame a su lado, tan paciente y taciturno, y esa perfección de persona que veía en su amigo lo hacía reaccionar agresivamente. A pesar de todo, Henri jamás había sido objeto de reproche alguno por parte de su incondicional compañero de vida.
Hacía varios meses que estaba encerrado entre esas paredes frías y varios días que no se levantaba de la cama. Y ahora, ni siquiera podía hablar. Henri había dejado de responder a la realidad luego de haberse puesto cada vez más nervioso y tiránico debido al excesivo consumo de alcohol. La ironía había pasado a ser su característica sobresaliente, por lo que había comenzado a alejarse paulatinamente de esa sociedad en la que siempre había estado inmerso como un intruso. Suzanne, víctima de sus maltratos, se alejó sin demasiadas explicaciones y sus familiares y los pocos amigos que le quedaban, incluido el incondicional Gabrielle, hicieron todo lo posible para internarlo en la clínica neurosiquiátrica, donde ahora se lo veía apagarse lentamente.
Sabía, a pesar de todo, en esos momentos de dulzura extrema en que los dedos de Adèle recorrían su rostro con suavidad, que ya nada podía hacer para volver el tiempo atrás. Nada lo hacía arrepentir de la vida que había llevado adelante y que, paradójicamente, terminó llevándoselo por delante a él. Nunca le había gustado estar solo y ahora deseaba que ese mundanal ruido que lo acompañó durante la mayor parte de su vida apareciera de golpe y lo ayudara a despedirse alegre y en paz.
Y de pronto el rostro de Adèle se fue transformando en el de Suzanne, que le susurraba palabras de amor. Y escuchó una música de fondo que lo remontó a uno de esos locales nocturnos que tanto había frecuentado, donde el bullicio, el humo y el alcohol conformaban un marco de libertad en el que las bailarinas deleitaban a un público que no hacía distingos entre nobles y burgueses. Cerró los ojos y comenzó a sentirse cada vez mejor. Escuchó la voz de Gabrielle que sonreía y lo saludaba. Vio —o creyó ver— a su padre, o a su silueta, que lo tomaba de la mano y lo llevaba nuevamente al circo. Y cuando quiso reaccionar, levantarse y abrir los ojos para decir basta, voy a cambiar, a ponerme bien, escuchó el llanto desconsolado de Adèle, su madre, que advertía que en ese preciso instante dejaba de respirar.

miércoles, 9 de octubre de 2024

FIN DE HISTORIA

Daniel Estebe
(Argentina, 1959)

—¿Sergio?
No me gustó que me llamara directamente por mi nombre. Estaba allí parado sin permiso y ni siquiera sabía quién era.
—Fassanelli —corregí.
—Mucho gusto, Sergio… Fassanelli. Encantado de conocerlo. Soy Nasal. Felis Nasal.
—¿Félix Nasal?
—No, no. Felis, así como suena: grave y con ese al final. Ignorancia del empleado del Registro Civil, ¿vio?
No me caía bien su tonito confianzudo. Había llegado a mi oficina sin avisar y había golpeado la puerta sin anunciarse primero con Sofía, mi secretaria. Cinco golpes secos pero con ritmo me habían despabilado. La lectura de uno de los tantos contratos que tenía que controlar había provocado mi adormecimiento.
—¡Sofía! ¿Qué pasa? —procuré una respuesta por el intercomunicador, pero mi fiel secretaria no contestó.
Me levanté y con un poco de mal humor recorrí los diez metros que separaban mi escritorio de la puerta. La abrí violentamente como para llamar la atención de Sofía —ella sabía que estaba ocupado y que no debía molestarme— pero no era ella la que golpeaba. Estaba ahí parado, alto, barba de varios días, mal vestido y me sonreía como si me conociera desde hacía muchos años.
—¿Sergio? —preguntó extendiendo su mano.
Minutos más tarde, sin ánimo alguno, lo escuchaba desde mi silla, escritorio y contratos de por medio.
—Hace dos días llegué de España. Viajé especialmente para hablar con usted.
No tenía acento español ni extranjero, debía ser argentino no más. Pero en ese momento solo pensé que hacía dos días yo también había llegado de España, donde estuve cerrando negocios pendientes de mi compañía.
—Un amigo suyo me dijo que usted podría ayudarme.
Pensé inmediatamente en Ruy. Otro amigo en España, que yo supiera, no tenía. Solo conocidos con quienes me unía una relación comercial.
—Necesito leerle unos escritos…
Calló y bajó la cabeza. Buscó algo en su bolso. Me intrigaba. No sabía quién era ni qué quería. Me preguntaba qué hacía con ese extraño en mi oficina. ¿Por qué Ruy me lo habría mandado justo a mí, teniendo tantos amigos y familiares en Santa Fe?
—Lo escucho —dije resignado.
Levantó la vista e inclinó un poco su cuerpo hacia el escritorio. Sacó del bolso un sobre marrón, tamaño oficio, y del sobre sacó unos papeles escritos a máquina, de esas viejas que ya no se fabrican más. Recordé la letra de mi vieja Olivetti negra italiana que guardaba celosamente en el altillo de casa como uno de los pocos recuerdos materiales de mi viejo.
Leyó.

No sé si servirá de algo decir que todo empezó en el año 1963…

Me llamó la atención el año. El año en que yo nací. Pero en ese momento no le di demasiada importancia.

Marcelo y Emilia recibieron —dicen— con alegría la llegada de su tercer hijo…

Sentí un escalofrío. Me acomodé en mi silla y miré con sorpresa e intriga a mi desconocido interlocutor.
Continuó la lectura en forma lenta, se lo veía tranquilo, y para mi asombro, las palabras de ese narrador en primera persona reflejaban la historia de mi propia vida. Lugares, personas, situaciones…
—¿De dónde sacó esos papeles? ¿Quién se los dio?
Solo me miró.
—¡¿Quién escribió eso?! —casi grité.
Felis Nasal continuó la lectura sin contestar.

Cuando me casé con María Luisa…

No podía ser verdad. Advertí que los papeles que leía estaban amarillos, eran viejos, y cualquiera que me conociera personalmente podría darse cuenta de que esos escritos hablaban de mí y pensar que yo mismo los había escrito.
Siguió la lectura durante casi media hora ante mi pasividad e impotencia para reaccionar. Escuché atentamente cada palabra, observé cada gesto de Felis Nasal cuando hacía alusión a los distintos aspectos de esa vida narrada, mi propia vida, incluso mencionaba datos que solo yo sabía que habían ocurrido y formaban parte de mis más íntimos secretos.
Pensé interrumpirlo en varias ocasiones, pero mi interés por seguir escuchando la historia y no sé qué otra fuerza interior me impedían hacerlo. Escuché cómo el narrador relataba el nacimiento de cada uno de sus tres hijos, Luisina, Josefina y Pedro, desde adentro de la sala de parto; lo que había sentido al abandonar su empleo público y la docencia después de tantos años; y todos los negociados que tuvo que hacer en tan poco tiempo para construir la empresa que ahora dirigía con tanto éxito, revelando ciertos hechos oscuros que eran sus secretos… y también los míos.
—¡¿Qué es lo que quiere!? ¡¿Quién carajo es usted?! —grité desesperado—. ¡Sofía!
Felis Nasal levantó la vista y con suma tranquilidad intentó apaciguar mis nervios.
—Ya casi termino…

No sé por qué no me levanté, lo agarré del cuello y lo saqué a los empujones de mi oficina. Comencé a transpirar y presentí el significado de las últimas palabras. Y no me equivoqué. Segundos después Felis Nasal se incorporó tranquilamente, sacó de su cintura un 38, me apuntó, gatilló y luego de un estampido sordo y seco observé cómo, en cámara lenta, la primera bala se dirigía hacia mi frente.

domingo, 1 de septiembre de 2024

LA LLEGADA DE DON MIGUEL



Cuando abrí la puerta luego de haber escuchado esos tres golpes secos y decididos, lo vi frente a mí, inmóvil, inmenso, todopoderoso, con sus ojos clavados en los míos, fulminantes. No hablaba. Solo me quemaba con su presencia espectacular. Retrocedí unos pasos ante el destello de los pocos dientes que le quedaban. Observé cómo esos labios paspados se iban separando lentamente y supe de inmediato que había venido a decirme, sin vueltas, lo que nunca hubiese querido escuchar.
Sabía que algún día vendría, pero no lo esperaba justo esa tarde en que me encontraba lidiando con los personajes de una novela que intentaba continuar escribiendo de una buena vez por todas. Ya me lo había advertido tiempo atrás, cuando lo soñé tan imponente como lo estaba viendo ahora. En aquella oportunidad, minutos antes de dormirme, había terminado de escribir uno de los que considero mis mejores cuentos. En el sueño no había sido tan directo como lo fue esta vez: solo me lo había advertido.
Intenté cerrarle la puerta en la cara, quise gritarle que me dejara en paz, que no lo necesitaba ni quería escucharlo, pero el esplendor de su imagen me inmovilizó, me ató de pies y manos, y ni siquiera tuve fuerzas como para darme vuelta y salir corriendo.
Pensé en cómo continuar mi novela, en qué destino les iba a dar a Laura y a Juan. Sabía que yo no era quién como para disponerlo y sospeché que él me había venido a orientar. ¡Qué lejos estuve entonces de saber la verdad!
Fueron unos pocos segundos pero me parecieron siglos. Qué incómodo me sentí, nervioso, minúsculo, insignificante. Y aunque ya lo había visto en sueños, personalmente me sorprendió. Su imagen brillaba en ese pasillo apenas iluminado.
Bajé la vista, me aflojé y me resigné a escuchar sus inminentes palabras. Tardó en decirlo. Primero suspiró y lo miré a los ojos. Me pareció que su mirada había cambiado; ahora expresaba algo de lástima. Pensé en Laura, en Juan, en mi novela inconclusa... Y por fin me lo dijo:
—¿No os parece que vuestro destino no es la escritura? —me insinuó, compasivo, don Miguel de Cervantes Saavedra.