domingo, 10 de julio de 2011

CABRAL, FACUNDO: Vuele bajo


No crezca mi niño,
no crezca jamás,
los grandes al mundo
le hacen mucho mal.
.
El hombre ambiciona
cada día más
y pierde el camino
por querer volar.
.
Vuele bajo
porque abajo
está la verdad.
Esto es algo
que los hombres
no aprenden jamás..
.
Por correr el hombre
no puede pensar
que ni él mismo sabe
para dónde va.
.
Siga siendo niño
y en paz dormirá
sin guerras
ni máquinas de calcular.
.
Diógenes cada vez que pasaba por el mercado
se reía porque decía que le causaba mucha gracia
y a la vez le hacía muy feliz
ver cuántas cosas había en el mercado
que él no necesitaba.
Es decir, que rico no es el que más tiene
sino el que menos necesita.
Es decir, el conquistador por cuidar su conquista
se convierte en esclavo de lo que conquistó.
Es decir, que jodiendo,
se jodió más.
.
Dios quiera que el hombre
pudiera volver
a ser niño un día
para comprender
que está equivocado
si piensa encontrar
con una chequera
la felicidad.

(Argentina, 1937/2011)

domingo, 22 de mayo de 2011

ALMA Y VIDA: CADENET

Cadenet está aquí,
detrás de este papel,
o quizás en mi bolsillo,
escondida tras el libro
que algún día escribiré.

Cadenet es mujer,
tiene tibia la voz,
y despierta a la mañana
con su cabeza en mi almohada
sin ninguna explicación.

Sé que no es verdad
que Cadenet no existe,
sé que no es verdad,
sé que no se bebe mi café,
sé que solo vive para mí.

Sin embargo he visto a Cadenet
besarme los labios y llorar.
Sin embargo he visto a Cadenet
salir de mi cuento de papel.

Sé que se transforma en realidad
y hace de mi mundo su ciudad.
Sin embargo he visto a Cadenet
salir de mi cuento de papel.



viernes, 13 de mayo de 2011

1- EL SOBRE MARRÓN

.

Mi gloria es vivir tan libre
como el pájaro del Cielo,
no hago ruido en este suelo
ande tanto hay que sufrir;
y naides me ha de seguir
cuando yo remuento el vuelo.

Martín Fierro
.

.
Cuando regresó a su casa, una leve llovizna caía sobre la ciudad. Era la hora del almuerzo y no encontró a su familia. El día estaba oscuro y el aire pesado, el viento no se hacía sentir. Al abrir la puerta de calle y entrar al zaguán, había pisado por descuido una tarjeta rosada que habían tirado por debajo de la puerta. En letras minúsculas y grandes decía: encotel. Se alegró al ver que en el correo había una carta que estaba dirigida a él, pero no podía adivinar quién podría escribirle; nadie lo hacía habitualmente. Dejó la tarjeta en el escritorio y pensando en retirar la carta del correo por la tarde, se puso a cocinar. Tenía hambre y no quiso esperar a su familia.
¿Quién le escribiría? Sus ansias por saberlo se hacían cada vez más insoportables. Casi nunca recibía cartas, pero en aquel agosto de mil novecientos ochenta y dos alguien se había acordado de él; aquel último día del octavo mes del año había recibido una carta. ¿De quién?, pensó y pensó, pero a nadie tenía en la lista de los posibles remitentes. Será una amiga de aquí, de Santa Fe, o uno de los chicos, quizás..., meditó un instante. Quería saber quién era: un amigo, una amiga, algún pariente... No, jamás se había escrito con sus familiares. ¿Y quién era el remitente, entonces? La carne estaba casi lista. Puso a cocinar dos huevos en la sartén y enseguida comenzó a comer, solo. La casa estaba en silencio, cosa no muy común, y su única compañía era Júpiter, su caniche negro, que movía la cola esperando un pedazo de carne a un costado de su silla. Esperaba ansiosamente que el tiempo pasara y que llegara la hora de ir al correo. No lavó después de comer, dejó el plato sucio, el vaso con un poco de vino blanco y en el piso quedaron algunas migas de pan desparramadas.
Estaba inquieto. Fue a su pieza, puso música y siguió con la lectura de un libro que había abandonado hacía algunos días, acostado en su cama. La novela no era de las más entretenidas y a los pocos minutos se le empezaron a cerrar los ojos. Dejó el libro y se puso a pensar en la carta. Al rato gritó riendo: ¡Qué boludo! ¡Si mañana es mi cumpleaños!... Siguió riendo al pensar en su olvido y se tranquilizó un poco al deducir que, sin dudas, sería carta de algún amigo la que estaba en el correo. Cerró los ojos y mil cosas pasaron por su mente —como siempre— antes de dormirse.
Cuando despertó miró su reloj y pensó que ya era hora de ir a retirar la carta. Se levantó de un salto y se vistió. Su familia ya había regresado; su padre estaba en el living escribiendo a máquina y los demás dormían. Tomó la tarjeta rosada y salió. Llovía un poco más fuerte que al mediodía; el colectivo tardó unos quince minutos en llegar al correo. Entró casi corriendo, desesperado y con una incertidumbre tal que su corazón latía muy fuerte. Detrás del mostrador había un hombrecito viejo, de cabellos blancos, flaco, que le sonreía. Lo saludó y mostrándole la tarjeta rosada, le explicó que quería retirar su carta. El viejo seguía sonriendo y le dijo que esperara un momento. Mientras esperaba, pasó por su mente la idea de que esa carta cambiaría un poco su vida. Pensó también en su cumpleaños número diecinueve. El viejo tardaba y un escalofrío recorrió todo su cuerpo cuando lo vio acercarse. Traía en su mano un sobre marrón y sospechó que no se lo mandaba ni un amigo ni una amiga ni un pariente. Era la carta del fantasma que nunca quiso que llegara. Ni siquiera se animaba a pensar en él, pero sabía que tarde o temprano tenía que llegar. El viejito, con su permanente sonrisa —ahora más irónica—, le entregó el sobre y le deseó suerte. Quiso agradecerle, sonreír, pero no pudo. Tomó el sobre marrón, vio su nombre en el anverso y sin abrirlo volvió a su casa. En el camino pensó mucho. Pensó en su hogar, en su ropa, en su ciudad, en su familia, en sus amigos, en su habitación, en todo lo que le esperaba. Siempre cabizbajo, decidió volver caminando bajo esa llovizna que apenas mojaba su campera de jean. Se reflejaba en los charcos y, al verse, se decía: ¡Ahora te quiero ver! Estaba deprimido pero se reía, sentía un malestar placentero que lo ponía en la duda de si tenía ganas de reír o de llorar. Sonreía al pensar qué lejos estaba el verdadero remitente de ser aquel o aquellos que él había imaginado. Se habían acordado de él... pero no le causó ningún placer. Una nube de ideas daba vueltas en su cabeza mientras seguía caminando rumbo a su casa. ¿Y ahora qué hago?, gruñó.
Se detuvo en el “Valencia”, un bar de calle San Martín, a tomar un café. Allí donde tantas siestas había compartido la mesa con sus amigos, ahora estaba solo frente a un nefasto sobre marrón. A pesar de que antes de abrir el sobre ya sabía lo que decía, se dispuso a leerlo. ¡Feliz cumpleaños!, pensó irónicamente. Al acercarse el mozo, lo saludó y le preguntó qué deseaba beber. Sin pensarlo, casi automáticamente, respondió al saludo y le pidió un café. Miró al mozo y lo vio sonreír, igual que el viejito canoso del correo. ¿De qué se reirán todos? Tuvo la sensación de ser el único imbécil que se sentía así en todo el mundo, pero sabía que eso no era cierto, que lamentablemente había más de uno que se sentía así o peor. A través del vidrio se veía la calle mojada y los autos que pasaban con los limpiaparabrisas en marcha. El bar estaba vacío, solo el mozo que lo atendía estaba allí, detrás del mostrador, cerca de los baños mugrientos, mirándolo y sonriendo. Él estaba inquieto. Sacó de uno de sus bolsillos la lapicera estilográfica que siempre llevaba consigo. Su estado de ánimo lo hizo volcar sus pensamientos en varias servilletas que, una por una, fue sacando del servilletero que tenía la inscripción de la marca de cerveza de su ciudad. Las letras se agrandaban sobre el papel al ser estampadas.

Deseando compartir mis momentos libres con alguien, me encuentro en este bar, solo, esperando algo... Parece que alguien quiso nublar mi vista, quiso tapar mis oídos, quiso cerrar mi boca, quiso dejarme solo, y lo logró. ¿Quién es? Creo que no lo sé. Quisiera estar contento, con una sonrisa en mis labios, pero no puedo, todo lo lindo de lo pasado, por desgracia, ya pasó, y yo aquí, sentado en esta mesita en una tarde lluviosa escribiendo esto. ¿De qué me servirá? No sé, pero me hace bien. No me interesa que lo lea alguien, no me importa, lo único que quiero es que se me pase todo esto, todo esto que creo tiene un maldito nombre: soledad. Sí, me siento solo y me revienta, me deprime, me dan ganas de que algo importante haga cambiar mi vida, un viaje largo, una hermosa sorpresa, un enorme regalo. ¿Qué sé yo? Un regalo que quiero para mí...
Son las seis de la tarde, no importa el día. ¿Y qué importa la hora? Si todos los días a cualquier hora para mí son siempre lo mismo. Lo que me preocupa es mi estado de ánimo. Está tan abajo que ya ni lo veo. Soy feliz, por suerte, porque tengo todo lo que una persona necesita para ser feliz: una familia y amigos, y agradezco a quien sea que me los dio, por tenerlos, pero no sé, me falta algo...
Ya no me acuerdo del extraño sonido del timbre de mi antiguo teléfono, ya no me acuerdo de las palabras alentadoras de un amigo, ya no recuerdo lo que es tener una amiga entre mis brazos, ya no me acuerdo de nada... Creo que mis ánimos me están haciendo exagerar todo. ¡Cómo no me voy a acordar de todo eso! ¡Cómo me voy a olvidar del día en que por primera vez besé a una chica! Nunca olvidaré los momentos más felices de mi vida, nunca, aunque la ocasión me haga escapar una lágrima. Me siento solo y estoy en mi casa. No quiero pensar cómo me voy a sentir dentro de poco cuando ya no esté, cuando esté lejos de mi familia, cuando esté lejos de mis amigos, cuando la distancia me separe de todo lo que yo más quiero. Ahí sí que voy a valorar todo lo mío, todo lo que poseo, todo lo que voy a extrañar. Y creo que por más fuerzas que tenga, por más hombría que quiera tener, no voy a poder evitar llorar...

Tapó lentamente la estilográfica mientras miraba la calle mojada y desierta. Terminó el café —ya estaba helado—, dejó el dinero debajo del pocillo vacío, se levantó, tomó el sobre marrón y salió apresurado. No quería volver a ver la sonrisa de aquel mozo. Las cinco o seis servilletas recién escritas quedaron sobre la mesa. Minutos después serían abolladas por el mozo que, sin leerlas, las tiraría a la basura.
La lluvia había cesado y una brisa fría soplaba entre los edificios. Caminaba siempre mirando al piso como quien busca dinero o desea encontrar su destino sobre las baldosas. Ya no pensaba; ahora se concentraba en mantener el equilibrio caminando sobre una hilera de baldosas, sin pisar las demás. Se imaginaba que las otras eran un abismo infernal y que moriría si las pisaba. Cuando perdió el equilibrio, sonrió y se dijo estás muerto. Siguió caminando, acarició un perro vagabundo que lo siguió moviendo su larga cola. Los rasgos del perro lo asemejaban a una hiena. Le gustaba caminar por las calles de la ciudad, con el viento frío y la llovizna en la cara, las manos en los bolsillos o sosteniendo un cigarrillo y tarareando o silbando la melodía de una canción. Las calles se le hacían largas y eso le agradaba. Se dirigía a su casa pero no quería llegar. Se imaginaba la cara de su madre al recibir la noticia del sobre marrón. Sintió deseos de fumar pero no tenía más cigarrillos. Compró un atado de Particulares 30, encendió uno y continuó con su lenta caminata por las calles mojadas de su ciudad, de su país, de su mundo. Pensó que seguiría conociendo el mundo meses después, quién sabía dónde. Para él, el mundo conocido eran su ciudad y algunas otras ciudades argentinas por las cuales había tenido oportunidad de caminar con su mochila al hombro.
El perro seguía sus pasos moviendo la cola, contento también como el mozo y el viejo empleado del correo. Pero por más que se pareciera a una hiena, no se reía. Lo miraba con sus grandes ojos, su boca abierta y su larga lengua chorreando saliva espesa y blancuzca. A medida que se acercaba a su casa, las calles se le acortaban, como se irían acortando los días de ahí en más. Estaba desganado y quiso mejorar. Vamos, loco —se dijo—, la cara alegre que no es la muerte. No se lo creyó. Para él era como la misma muerte, lacrada en un sobre marrón. Al remitente no lo conocía ni el remitente lo conocía a él. Sería un viaje a lo desconocido, con gente desconocida, futuro desconocido.
Al llegar a su casa y abrir la puerta, percibió ese aroma que caracteriza a todos y cada uno de los hogares del mundo entero; lo sintió extraño y le agradó más que nunca. Ahora, no sabía por qué, lo percibía dulcemente. Y no solamente ese clima de hogar; también veía de un modo diferente las paredes, los muebles, las arañas colgantes con las lamparitas quemadas, el piso lustrado, el color de las puertas, el largo de las cortinas. Hasta la presencia de sus padres y sus hermanos sentía diferente, más necesaria que nunca. Júpiter fue a recibirlo con saltos y ladridos. También su perro le haría falta meses después. Sus padres tomaban mate en la cocina. Les iba a mostrar el sobre marrón pero no quiso hacerlo en esos momentos, no sabía por qué. Los veía sonrientes y no quería convertir esa felicidad en tristeza, en caras largas, que seguramente pondrían al recibir la noticia. Fue a su cuarto. Perón lo miraba desde su hogar rectangular, colgado de la pared, mientras Don Quijote, enjaulado en otro cuadro, le pedía ayuda a Sancho a través de las rejas. Carlitos miraba cariñosamente a un perro blanco y, en su escritorio, dos o tres libros desordenados esperaban ser leídos. Se acostó y siguió imaginándose un futuro no muy lejano. Se tocó el pelo y pensó que estaba demasiado largo. Rió al imaginarse con el pelo cortísimo. ¿Cómo sería? De repente le asaltó la ansiedad de dar la noticia a sus padres. Se levantó, tomó el sobre marrón y fue hacia la cocina.
—¿Adónde fuiste? —preguntó su madre.
Al correo.
—¿A qué?
No sabía cómo decirlo. Les mostró el sobre en sus manos. Se le hizo un nudo en la garganta y no le salieron las palabras. Júpiter lamía las zapatillas sucias. Quiso decirles que dentro de unos días tenía que partir, pero no sabía cómo, con qué palabras hacerlo. De pronto arrojó el sobre marrón sobre la mesa y volvió a su cuarto sin decir una sola palabra.
Su madre abrió el sobre y lo leyó. Miró a su esposo, inexpresiva, y comentó:
—Una carta de la Armada no es un buen regalo de cumpleaños...

jueves, 21 de abril de 2011

DEMASIADOS LIBROS PARA DEPARTAMENTO CHICO



No fue fácil para F. tomar la decisión. Pero no iba a dejar que se los llevaran los del banco. Fueron muchos años de vida y de lecturas. Los libros siempre fueron para él no solo una grata compañía sino también su alimento. Y verlos ahí, contra la pared, cada vez más numerosos, en esa biblioteca imponente que llegaba hasta el techo, alegraba sus días. Ellos no lo liberaban de su soledad pero lo ayudaban a que no fuese tan dura. La infinidad de mundos por los que F. había viajado adentro de la casona paterna, sin duda, habían ayudado a su crecimiento. Su vasto conocimiento era envidiable. Y el contenido de su biblioteca, también. Pero cuando el banco se cansó de esperar, no tuvo otra opción. No estuvo presente en el remate, pero había solicitado expresamente a la justicia que la biblioteca y su contenido no fueran incluidos en el mismo. Debió mudarse a un monoambiente, el dinero obtenido no había alcanzado para más. Y las escasas paredes no daban abasto para albergar su más preciado tesoro. Una vieja edición del Quijote fue la única que ingresó al departamento. Donó el resto. Sintió que esos mundos imaginarios por los que había viajado desde siempre se borraban de su mente poco a poco con el paso de los días. Pero no advirtió que a su vez era su existencia la que perdía sentido. F. se aferró a don Quijote, el único que lo ayudó a sobrevivir la cuenta regresiva.

domingo, 3 de abril de 2011

Y ME DICEN... (1984)


Roger Dean - Demons and Wizzards Wallpaper

Y me dicen que las cosas no son como yo las veo sino como ellos las ven. ¿Y quiénes son ellos que ven mejor que yo? No me dejan creer en lo que yo quiero que exista... ¡Si ellos ni siquiera creen en lo que tienen frente a sus ojos! Cuando voy caminando y saltando entre las nubes, los veo allá abajo, caminando con prisa, con caras largas y encorvados. Yo salto de nube en nube y sonrío.
—¿De qué te reís?
Me miran con odio, con envidia y sigo sonriendo y saltando. Me retan cuando hablo de libertad.
—La libertad no existe.
Sí, existe. Está acá. Y les señalo mi cabeza, mi cerebro, mi mente, mi conciencia. Yo soy libre y lo grito a viva voz. El golpe me hace caer pero solo me duele la cabeza, no mis pensamientos. Al contrario, el golpe no me duele, me alivia. Escucho una canción. Habla el loco con un ave y lloran juntos al despedirse. Los hombres nunca lloran al despedirse después de hablar cinco minutos de cosas importantes. ¿Hablarán de cosas importantes los hombres? Yo soy un hombre y cuando hablo me amordazan. Pero no puedo callarme. Nunca hablé con un ave. Pero sí muchas veces vuelo con ellas. Tantas veces volé con ellas que ya no sé cuántas. No hablamos. El silencio comunica a las aves al volar y yo me sumo a su código. Y es como si nos sintiéramos uno dentro del otro. No sé si en este mundo existen los amigos. Cuando digo las cosas que pasan por mi mente se ríen de mí, me gastan bromas. Y yo divago pensando en mundos que solo existen en mi cabeza. Ellos me agarran y me atan las manos, me clavan los pies a la tierra, vendan mis ojos muy fuerte y dejan mi boca amordazada. A veces, cuando miro el cielo queriendo tocar las estrellas con mis manos, las elevo, señalo, y alguien coloca una argolla en mi dedo. Las sonrisas me dan vueltas pero las carcajadas me desagradan. ¿Qué mejor que una sonrisa adornando un rostro y no una carcajada festejando una broma pesada? Sí, tenemos que reírnos, pero de nosotros mismos; reírnos de nuestras ocurrencias, de nuestros pensamientos. Tampoco me dejan caminar por las paredes ni hacerlo con las manos. Pero yo me escapo, no puedo soportar estar encerrado en una mente cuadrada y limitada. Cuando no quiero estar donde realmente estoy, me voy. Es muy fácil. Basta con cerrar los ojos o perder la vista en la nada y viajar, hacer proyectos, vivir sin trabas, escuchar lo que uno quiere, hablar con quien uno quiera, inventar historias, realizar ideas imposibles, volar... Un cigarrillo, unas copas de vino, soledad... y nada más. Un perro me mueve la cola y con solo una sonrisa me comunico con él. No necesito acariciarlo. Él comprende mi mirada, mi sonrisa, y me sigue. Después me abandona, pero sabemos que la vida es así, aunque de la vida no sepamos nada... ni de la muerte. Todo pasa y todo queda. Me dijeron que era inocente. Mi inocencia me permite ver todavía en los ojos ajenos el dolor o la alegría, me permite saber que bajo el sobretodo de una persona no solo hay un pulóver, una camisa... Es esa inocencia la que me da la posibilidad de que también en mí exista la simpleza de ser un ser humano. ¿Defecto? Corro por las calles interminables que no existen, me meto en la mente de los animales y pienso lo que yo quiero que ellos piensen. Sueño lo que quiero y cuando quiero, y si veo que ese sueño se está pudriendo, lo cambio, lo termino o simplemente lo olvido.
—Sos loco.
¿Y?
—Pensá en algo que te haga crecer, en algo que te ayude el día de mañana a vivir.
¿Mi libertad mental no es importante?
—No te da de comer.
Yo me alimento con la vida, pensando, soñando, hablando, volando...
—¡De un hondazo te van a bajar!
Va a ser el día en que yo ya no tenga nada que hacer dentro de este cuerpo. Ese día voy a morir por dentro. Seguiré siendo el mismo por fuera, el mismo rostro, los mismos ojos —distinta la mirada—, el mismo envase. Pero por dentro voy a estar muerto. Alguien me reemplazará, seguro. ¿Y el de antes? Lejos, muy lejos voy a estar, me quedaré atrás, en el tiempo, y algún alma desdichada me reemplazará. Cuando ese hondazo me derribe, mi inocencia ya no estará conmigo.

martes, 22 de marzo de 2011

SASTURAIN, Juan: No me alibies


A la OTAN & Co., por si acaso.
.
.
Supongamos que tengo un problema,
supongamos que hay bronca en mi casa.
Digamos que es terrible lo que pasa,
que cunde el odio y el rencor se extrema.

Supongamos que estalla el sistema,
y de los dos lados avivan la brasa.
Ya hablan las armas, la locura arrasa,
y todo lo que sepa arder, se quema.

Supongamos que, sin que te lo pida,
decidas aliviar mi dolor ciego
e instales en mi casa y en mi vida,

tu idea de salud a sangre y fuego.
Tu puta ayuda es un viaje de ida:
si sufro no me alibies, te lo ruego.

Fuente: Página/12

viernes, 18 de marzo de 2011

STING: Russians

Gordon Matthew Thomas Sumner (nacido el 2 de octubre de 1951 en Wallsend, Tyneside del Norte, al noreste de Inglaterra), y más conocido como Sting, es un músico británico que se desempeñó inicialmente como bajista, y más tarde como cantante y bajista del grupo musical The Police.

Como miembro de The Police y como solista, Sting ha vendido más de cien millones de discos, ha recibido más de dieciséis Premios Grammy por su trabajo y obtuvo una nominación a los premios Oscar por «mejor canción».

sábado, 12 de febrero de 2011

EL PRECEPTOR


Primer día de clases. El preceptor se dirige al curso, carpeta y birome en mano, para tomar asistencia. Metros antes de llegar al aula escucha un molesto bullicio que, por ser el primer día, no le gusta nada. Se pone serio, saca pecho y piensa en las primeras palabras, duras, que dirigirá a sus alumnos para que no se crean, desde el primer día, que la escuela es una joda. Abre violentamente la puerta y el silencio se hace como por arte de magia… pero algo quedó en suspenso. Un segundo después de haber abierto la puerta y dirigir su mirada amenazante a los alumnos, un pedazo de tiza estalla contra el pizarrón. Increíblemente, no se mueve nadie; nadie habla, todo están sentados como en un liceo militar modelo. La tiza gira en el piso mientras el preceptor termina de ingresar al aula mientras levanta temperatura. Su rostro se endurece un poco más. Durante unos segundos, la quietud en el curso es absoluta. Recuerda cuando años atrás había vivido una situación similar y en ese entonces había tenido la ingenuidad de gritar al curso, y con bronca, ¡quién fue! Obviamente, la respuesta nunca llegó y se había sentido burlado. No había tenido manera de descubrir al culpable y sus palabras de advertencia en aquel momento se las había llevado el viento. Imagina ahora a todos los alumnos riendo por dentro y pensando te jodimos, boludo, por lo que no quiere caer en el mismo error de entonces. Piensa que el autor del disparo tendría al menos que tener en sus manos rastros de polvillo blanco, así como a aquel que dispara un revólver le queda impregnada la pólvora entre sus dedos. Pero no podía ser tan elemental de ponerse a revisar uno por uno. Una buena táctica, pensó, para descubrir al culpable sería amenazar al curso entero con quedarse después de hora hasta que el autor confesara su falta. Eso sí les dolería. Pero sabe también que estaría fomentando la delación entre compañeros. Además, a esa hora lo estaría esperando su esposa para ir al supermercado. Opción descartada. Piensa entonces en preguntarle directamente al flacucho que se sienta en el último banco de la fila del medio: tenía la cara como tomate y no lo miraba. Pero como no lo conocía aún, desconocía si el rojizo de su piel se debía a la vergüenza, al miedo o simplemente al aspecto natural del alumno. No los dejaría salir al recreo, quizás…
La tiza termina de dar sus últimos giros sobre sí misma y los alumnos saben que el preceptor no está de buen humor. Apoya la carpeta sobre el escritorio de los profesores y se para frente al curso. Se acaricia la barba. La tiza yace detrás de él. Observa lentamente a cada uno de los alumnos mientras la birome se agita inquieta entre sus dedos. Suspira lentamente y piensa en aquel día —muchos años atrás— en que una tiza similar a esa había partido desde su mano rumbo al pizarrón de aquel viejo colegio de curas, mientras el profesor de Merceología se esmeraba en explicar el método de obtención de la soda Solvay.
—Buenas tardes.
Le contestaron tímidamente.
—Voy a ser el preceptor del curso durante todo el año y espero que nos llevemos bien. Mi nombre es… —y sigue con la presentación habitual de todos los primeros días de clases de todos los años.

lunes, 7 de febrero de 2011

PARA LAS CENIZAS DE SERAFÍN



Mi niñez se fue a bordo de un barquito azul
dejándome solo en este mundo de hombres,

llevo en mi maleta a mi payaso Serafín

y un atado de cigarrillos.

.Busco algún trabajo donde se pueda jugar

a ser bueno como siempre me enseñó papá,

pero me dijeron que así a nada iba a llegar,

que debía ser un adulto.

.Tengo miedo pero debo comenzar

a olvidarme de mi alegría

y ser igual que los demás.

.Necesito a alquien que reemplace a mi mamá

que me haga la sopa y me enseñe a caminar

y también me ayude a encontrar a la verdad

porque está jugando a la escondida.

.
Debo despertar, ya no me puedo engañar más,

aunque no me gusten esos hombres que se matan por matar,

pues ya formo parte de esta triste sociedad

aunque tengo ganas de escapar.

.
Mi maleta se quemó con Serafín,

ya soy todo un hombre,

soy igual que los demás.

.Disco: Realidad

Letra: Pedro Conde

Música: Pedro Conde



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Dice Pedro Conde: "Serafín era un personaje de cuentos franceses que con solamente su sueter y un hamster que era su amigo, inventaba y construía máquinas y artefactos maravillosos. Me pareció interesante meterlo en la misma maleta donde llevaba los cigarrillos y todo el vacío de aquel momento que la vida iría llenando como hace siempre. Lo del trabajo fue inutil. Lo del miedo fue superado. Lo de la alegría no pudo ser. No pude adaptarme.
Contar la historia de estas canciones es una forma de reconciliarme con quienes no tienen culpa en eso del éxito y el fracaso que hoy ya se que responden a otras circunstancias. Gracias, Serafín".


Escuchá la canción haciendo click acá.



jueves, 3 de febrero de 2011

PREGUNTAS SOBRE EL MAR

Día gris en Villa Gesell
.
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¿Por qué no ataca el tiburón a las impávidas sirenas?

¿Dónde está el centro del mar? ¿Por qué no van allí las olas?

Cuando veo de nuevo el mar, el mar ¿me ha visto o no me ha visto?

¿Quién puede convencer al mar para que sea razonable?

Si todos los ríos son dulces, ¿de dónde saca sal el mar?

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(del "Libro de las preguntas", de Pablo Neruda)

sábado, 11 de diciembre de 2010

DÍA NACIONAL DEL TANGO

POR QUÉ CANTO ASÍ

Pido permiso, señores, este tango habla por mí, y mi voz entre sus sones dirá por qué canto así.

Porque cuando pibe me acunaba en tango la canción materna pa' llamar el sueño, y escuché el rezongo de los bandoneones bajo el emparrado de mi patio viejo.

Porque vi el desfile de las inclemencias con mis pobres ojos llorosos y abiertos, y en la triste pieza de mis buenos viejos cantó la pobreza su canción de invierno.

Y yo me hice en tangos, me fui modelando en barro, en miseria, en las amarguras que da la pobreza, en llantos de madre, en la rebeldía del que es fuerte y tiene que cruzar los brazos cuando el hambre viene.

Y yo me hice en tangos porque... ¡porque el tango es macho!, ¡porque el tango es fuerte!, tiene olor a vida, tiene gusto... a muerte.

Porque quise mucho y porque me engañaron, y pasé la vida masticando sueños. Porque soy un árbol que nunca dio frutos. Porque soy un perro que no tiene dueño. Porque tengo odios que nunca los digo. Porque cuando quiero me desangro en besos. Porque quise mucho y no me han querido. Por eso, canto tan triste... ¡por eso!

Celedonio Esteban Flores (1896/1947)

miércoles, 8 de diciembre de 2010

JOHN LENNON: LAS IDEAS DE UN “LOCO”


En el comienzo de la década de los ’80 los trágicos caminos de los grandes hombres marcaron los márgenes sobre los cuales la zona se convertía en peligrosa o restringida.
El asesinato de John Lennon, como el de Marvin Gaye a manos de su propio padre en el ’84, o el de Peter Tosh en 1987, conformaron de alguna manera las excepciones de una regla que en definitiva los encerró como mártires impotentes de un destino creado a partir de su dimensión.
Cuando Mark Chapman descargó todas sus balas en el cuerpo de Lennon, la historia de uno de los más grandes creadores y revolucionarios —tanto con Los Beatles como en su carrera solista—, encontró una vuelta de tuerca impensada que provocó una impresionante reacción ante la artera arbitrariedad de un fanático. En un instante el mundo se quedó sin John Lennon.

Pretender ser libre en el mundo actual es una verdadera locura, sobre todo cuando se pretende cambiar una mentalidad aferrada a intereses materiales e individuales.
Denle una oportunidad a la paz fue una de las consignas usadas por John Lennon en su incansable lucha por un mundo mejor y sin odios. Fue un verdadero "loco" que combatió contra un mundo en crisis, donde la guerra parecía la única posibilidad de entendimiento.

Feliz Navidad, la guerra ha terminado, cantaba al mundo entero como deseo de frenar de una vez por todas una lucha estúpida del hombre contra sí mismo.
Cantó su filosofía de amor por todo el mundo, enfrentando con sus ideas a los cuerdos que hacían oídos sordos a toda propuesta que no satisficiera sus intereses personales. El "loco" jamás hizo política: él solo creía en la paz.

Nuestra lucha ha sido una lucha por el amor y para ser amados, declaraba al periodismo haciendo referencia al objetivo que tenía junto a Yoko. Con su mujer habían logrado una síntesis que ambos habían estado buscando antes de conocerse. Mi manera de ser y mi amor-amor-amor, y su forma de ser y su paz-paz-paz, decía Lennon al hacer referencia a esa relación.

Pero los "locos" nunca ganan y sucumben en manos de los que nunca los entendieron. Lennon cayó con el pecho destrozado a balazos, al igual que Mahatma Gandhi y Martin Luther King, dos predicadores incansables de la no violencia. Paradójica casualidad que nos lleva a pensar seriamente en la realidad del mundo que nos tocó vivir.

No quiero volver a vender mi alma como antes para tener un disco que sea un éxito, manifestó alguna vez haciendo referencia sin duda a su pasado con The Beatles, el grupo que lo llevó a la fama junto con Paul Mc Cartney, George Harrison y Ringo Star. Lennon sabía que se podía vivir sin lo plástico y ser feliz sin traicionar su verdadero yo. Supo reconocer que como beatle trabajó junto a sus compañeros como una máquina, produciendo discos incesantemente sin importar lo demás, ni cómo era tu vida familiar o cómo te iba en la vida, pues todo eso no contaba, uno tenía que producir esas canciones, fuera como fuera. Y eso no podía seguir. Y quizás fue esa la razón por la cual estos cuatro grandes de Liverpool decidieron abandonar los escenarios. 

El grupo The Beatles llevó a la fama a sus cuatro integrantes, pero John y Paul fueron los que más trascendieron luego de la separación. John fue quien trascendió con más fuerza a la inmortalidad. ¿Por su muerte violenta? ¿Por su condición de líder de grupo? Sí, pero también por no haber traicionado una forma de vida muy particular, signada por ideales fuertes basados en la libertad, la paz y las ganas de ser él mismo. Una forma de vida que hoy casi resulta utópica.

John Lennon no fue sólo música. Este "loco" significó y significa mucho más para varias generaciones que lo disfrutaron y aún siguen escuchando sus discos. Su música no es hueca, no es vacía. Sus letras son poesías que contienen mensajes claros y significativos que hacen poner piel de gallina a todo aquel que las escucha o lee.

John Lennon hoy es ya una leyenda, un mito, como lo son también Gandhi y Luther King. No es tiempo de lamentaciones, pero sí sería válido que tratemos de rescatar su mensaje. ¿Serviría de algo? ¿Le sirvió a Lennon ser como fue? Él sabe que no fue en vano luchar por un ideal de amor y paz. El mundo sigue igual o peor que antes, pero mientras haya alguien que piense como él, mientras haya vida —como decía John— hay esperanza de cambiar. El camino es largo y duro. Quién sabe qué generación podrá ver el mundo que Lennon soñó...

En el último reportaje hecho a Lennon, horas antes de ser asesinado, decía que esperaba morir antes que Yoko, porque si ella muriese yo no sabría cómo sobrevivir. No podría seguir adelante. El destino complació a este ídolo, pero demasiado temprano.

Ojalá que muchos hombres en este mundo sigan llevando las ideas de este "loco" en su corazón.

(Artículo escrito por mí y publicado en la Revista del extinto diario "HOY EN LA NOTICIA" de Santa Fe, el 4 de diciembre de 1988 -¡tenía veinticinco años!-, donde por entonces trabajaba como corrector)

sábado, 27 de noviembre de 2010

¿TE ACORDÁS?


¿Te acordás? Fue un día que conservo muy bien en mi memoria, siempre, a toda hora. Recuerdo que nos fundimos en una sola mirada, fulminante. Todavía tengo presente ese momento en que tu verde mirada hermosa me cegaba la vista; no veía más que tus ojos enamorados. Fue no hace mucho. Estábamos sentados en la vereda, allí donde todos nos veían al pasar, allí donde un perro vagabundo era el único testigo de nuestra conversación. Todavía no nos conocíamos muy bien... pero parecía una amistad de mil años.
Yo nunca escribí algo parecido a esto antes de aquel día. No creo en técnicas que expresen lo que uno siente. Yo escribo lo que siento, o trato de hacerlo, así nomás de simple. Aunque bien sé que dos palabras dichas cara a cara y seguidas de un beso valen más que un libro entero. Decía un grande: «Cuando un poeta te pinte en magníficos versos su amor, duda. Cuando te lo dé a conocer en prosa, y mala, cree».
Teníamos una botella de sidra y bebíamos sin vaso, apoyábamos nuestros labios en el vidrio grueso y reíamos después de cada trago. ¿Te acordás? Estábamos alegres, brindábamos a cada instante y festejábamos algo que no entendíamos. Estábamos muy juntos. La primavera nos cubría. El cielo se iluminaba de tantas estrellas y todas vieron cómo mi brazo izquierdo se apoyó en tu hombro; y vos, con una mirada, lo dijiste todo.
A nuestro alrededor el mundo se llenó de colores y daba vueltas más rápido que nunca. El sol asomaba a cada instante y nos calentaba la cara. Tus mejillas estaban ardientes. Tus cabellos jugaban con mi rostro suavemente. Vos no lo advertías, pero yo sentía un cosquilleo interior que nunca antes había experimentado. Vivíamos en ese instante segundos de incoherencia romántica, como si en el amor se pudiese hablar de sentimientos coherentes... El sol y las estrellas se peleaban por estar sobre nosotros sin saber que al fin y al cabo ganaría la oscuridad. Tus mejillas se encendían y se apagaban constantemente.
No soy muy ducho, como te habrás dado cuenta, en materia de amor. No puedo hablar de algo que todavía no conozco, de algo que vos seguramente me hubieses enseñado a comprender. No sé si digo las cosas acertadamente. Sí sé que hay algo que me impulsa a hacer esta confesión. Sé que en mi mente hay algo que está fuera de lugar, algo casi incomprensible. Una sensación violenta como la que sentí aquella noche. ¿Te acordás? Siento que en mis venas la sangre corre como por un arroyo de montaña, un arroyo rojo, color pasión, color locura, color muerte.
Nunca esperé que en aquel momento sucediera lo que al final —por suerte— sucedió. Tu mirada me hipnotizó, tu sonrisa me atrapó y creo que, al mismo tiempo, nos dimos cuenta de lo que pasaba. La sidra se había terminado, el perro nos miraba moviendo la cola, como entendiéndolo todo. Estábamos solos y los autos a esa hora casi ni pasaban. Cada vez estábamos más cerca el uno del otro. Podía sentir tu respiración, podía escuchar el latido de tu corazón. Luego ya no nos miramos —¿ver-güenza?, ¿timidez?— y nuestra atención se dirigió al único testigo de nuestros actos. ¿Quién sabe si ese perro vagabundo estaba pensando en nosotros o si solo nos miraba porque no tenía otra cosa mejor que hacer? Quizás en su silencio intuía lo que vendría, quizás con su mirada nos hipnotizaba. ¿No habrá sido acaso Mefistófeles convertido nuevamente en perro? Nos miraba fijamente y movía la cola. ¿Te acordás? Sí... Quizás fue su culpa, quizás fue mi éxtasis, quizás tu docilidad. ¡Cómo te quería! Algo en mi mente no estaba bien. Te quise como a nadie, al punto de enloquecer.
Era la primera vez que yo me sentía así. Fuiste la primera que me abrió el corazón. Creo que antes estaba vacío. Vacío de todo lo que pudiera llamarse felicidad. Tenía sentimientos —siempre los tuve— pero solo sentía lo malo, los defectos, lo crítico. Mis ojos estaban vendados por una realidad cierta y negra, y vos, con tu simpleza, pudiste abrirlos, pudiste pintarme una nueva realidad.
¿Te acordás? No sé cómo terminar esto. No me siento capaz de utilizar las palabras justas para culminar la evocación de ese día, de esa noche, de ese primer beso... ¿Cómo olvidarlo? Nadie permita que en el resto de mis días yo pueda olvidar esos momentos. Que ni el señor de la luz ni el dueño de las tinieblas hagan de mi mente un frasco vacío. Que en este lugar donde escribo jamás puedan lavarme el cerebro. Ni con cables ni con rayos. Jamás lo lograrán. Nadie podrá borrarte de mi mente, nadie. ¿Dónde estás? ¿Por qué me abandonaste?
¿Te acordás? Si es así, las palabras son inútiles. ¿Para qué arruinar con el lenguaje lo que es hermoso así nomás, en el recuerdo, en nuestra mente? El relato del momento culminante sería en vano. Ahora, escribiendo esto me doy cuenta de cuánto te quería. La soledad convierte a los seres humanos en poetas. Mi amor por vos quisiera transformarlo en poesía pero no puedo. Ya te dije que en materia de amor soy muy ignorante. Será por eso que ya no estamos juntos... El poco tiempo que lo tuvimos no bastó para que comprendiera que existen sentimientos que se comparten. Fue muy corto el tiempo. No lo pude entender.
Vivo preguntándome qué sería de nosotros si aún estuviésemos juntos. ¿Por qué no pude esperar y me apresuré tontamente? ¡Qué bueno hubiese sido tenerte para siempre a mi lado! Lo que ocurre es que a uno le falta experiencia. La primera vez generalmente no se piensa y uno después se lamenta. ¡Qué loco fui! Pero todavía hay tiempo para el arrepentimiento. Siempre hay una segunda vez. Yo creo que nos volveremos a encontrar. ¿Me aceptarás? Sí, ¿no es cierto? Ese es mi sueño: volver a empezar y ser felices. ¡Una eternidad juntos!
¿Te acordás? Yo sí. Esa noche quedará grabada en mi mente por el resto de mis días. Lo recuerdo a cada momento. Cuando observo las paredes húmedas, despintadas; cuando por los barrotes de la pequeña ventana se cuela un rayo de sol; cuando se abre y se cierra la pesada puerta de hierro tres veces al día. Y ahora mismo lo estoy recordando...
¿Te acordarás? Ya no estamos juntos. No alcancé a conocer el amor, no tuviste tiempo de explicármelo. No te di tiempo. ¿Me guardás rencor? Esto es el reconocimiento de lo que yo sentí por vos. ¿Amor? No. ¡Pasión!
Siempre te recuerdo. No olvidaré nunca la cara de horror que pusiste al sentir que mis manos cortaban tu respiración. ¡Cómo te quería! ¡Cómo te quiero!
Pero ya lo sabés: no supe interpretar el amor y hoy pago las consecuencias acá, encerrado, sin nadie con quien hablar, solo, pero con tu recuerdo hasta el final.

domingo, 14 de noviembre de 2010

LA BALSA



Estoy muy solo y triste acá en este mundo abandonado.
Tengo una idea: es la de irme al lugar que yo más quiera.
Me falta algo para ir pues caminando yo no puedo,
construiré una balsa y me iré a naufragar.
.
Tengo que conseguir mucha madera,
tengo que conseguir de donde pueda.
Y cuando mi balsa esté lista partiré hacia la locura,
con mi balsa yo me iré a naufragar.
.Litto Nebbia/Ramsés


Más allá de la discusión eterna de quién es autor de su letra, si Litto o Tanguito, el mensaje de La balsa es lo que siempre me atrapó. Interpretada por Los Gatos o por Tanguito, en esa versión desprovista de todo pero que tanto “llena”.
La letra de La balsa es la inspiradora de todo un movimiento joven caracterizado por una construcción utópica. Es, además, una canción netamente metafórica.
Cabe aquí hacer una pequeña reflexión sobre el yo lírico en las canciones de rock, ya que no tiene por qué coincidir con la persona que la crea o la canta. Como toda práctica artística, el rock “inventa” sus personajes y sus voces. Es cierto que la mayoría de los temas se producen a partir de la experiencia personal de los autores de las letras, incluso en algunos casos hay referencias biográficas claramente reconocibles; sin embargo, el hablante de una canción es un ser inexistente construido por la actividad artística. Es interesante notar que si bien se trata de un personaje que por lo general habla en singular, desde su individualidad, la práctica rockera lo convierte en algo así como un personaje colectivo a partir del cual, tanto los que producen como los que consumen rock, se identificarán.
La voz poética de La balsa describe su posición en el mundo actual (Estoy muy solo y triste acá en este mundo abandonado): está solo, triste, en un mundo que no lo comprende, situación que lo lleva a desear otro mundo, un mundo para sí, un mundo alternativo como contraposición al que está viviendo, un mundo utópico capaz de hacerlo vivir conforme a sus ideales. Para ello debe “partir” y nada mejor que “construir una balsa” para “irse al lugar que más quiera”. ¿Qué otra cosa es esta balsa sino un proyecto de vida? ¿Qué representa esta balsa sino el “vehículo” que lo conducirá a la felicidad anhelada? Balsa a la que construirá con “madera”, mucha madera, materia prima indispensable para construir el futuro, la felicidad, su desarrollo individual. ¿No está esta materia prima compuesta por toda la gente que piensa como el yo lírico? ¿No son todos sus amigos y seres queridos? ¿No son los fundamentos lógicos de su proyecto? ¿No está compuesta esta materia prima por todo aquello que contribuya a lograr el sueño? Porque “partir” es el cambio. No es mudarse, irse a una isla lejana, aislada. La “locura” consiste en ser diferente, la “locura” significa ir contra la corriente, probar experiencias diferentes, convencido de que es una posibilidad válida, de que algo se puede hacer para cambiar el mundo en que se vive. Partir es cambiar el presente por el futuro. La rutina causa soledad, aburrimiento, parquedad, conformismo, estancamiento, y es eso lo que lo mueve al cambio. Todas estas ideas utópicas son parte de esa locura que se manifiesta en la canción. La idea de “naufragio” no debe tomarse como una derrota, como un ir a la deriva. Todo naufragio nos lleva a esa isla solitaria –o no tanto- en donde seguramente encontraremos la felicidad buscada.
Todo esto hizo que La balsa haya sido tomada como punto de partida de un movimiento que revolucionó las ideas jóvenes durante la segunda mitad del siglo XX en nuestro país, movimiento que inventó un “idioma”, “cambió” la lengua, los modos de pensar de una sociedad. Este mecanismo nace en el “naufragar” de La balsa y se mantiene en la actualidad como una de las fuerzas transformadoras más eficaces que tiene el rock como práctica verbal. El rock argentino proveyó –y provee- al habla de los jóvenes algunas palabras capaces de producir relaciones no convencionales con las formas de dar sentido a las cosas.
No en vano La balsa es considerada la iniciadora del rock nacional. Una letra que parece simple pero que tanto dice. Nadie (ni autores, ni intérpretes, ni oyentes) puede decir que La Balsa no influyó un poco en su vida, en su forma de ser. La balsa, a mi entender, es la base donde se sostiene la idiosincrasia de nuestro rock nacional.



miércoles, 3 de noviembre de 2010

VOX DEI: Presente (el momento que estás)

Murió hoy Rubén Basoalto

El baterista de Vox Dei se encontraba internado debido a un cáncer de pulmón; tenía 63 años

A las nueve de la mañana del día en que se iba a realizar un concierto para recaudar fondos para que pudiera recuperarse (pero que había sido cancelado por la gravedad de su estado de salud), Rubén Basoalto, baterista fundador de Vox Dei, falleció debido a un cáncer de pulmón. Tenía 63 años.
"El Pulpo" Basoalto constituyó la formación original de la mítica banda conformada en 1967, con Ricardo Soulé y Willy Quiroga, sus compañeros que iban a estar participando del festival benéfico junto a otros músicos y posteriores integrantes de la banda.

jueves, 21 de octubre de 2010

CARBAJAL, José: La música popular de luto

¡Ah, carajo, si habré escuchado este tema en el Winco cuando era chico...!

José María Carbajal Pruzzo (Puerto Sauce, Juan Lacaze, 8 de diciembre de 1943 - Villa Argentina, Canelones, 21 de octubre de 2010), conocido como "El Sabalero", fue un cantante, compositor y guitarrista uruguayo, autor e intérprete de varias canciones exitosas como Chiquillada, A mi gente y La Sencillita.

viernes, 15 de octubre de 2010

ALMENDRA: Muchacha ojos de papel

"La consumación de una noche íntima es el tema de esta letra. Está en línea con otras de la generación del rock -"Catalina Bahía" de Pedro y Pablo, especialmente- y con algunas de Serrat (...) Tal vez lo más llamativo de esta gala del amor en segunda persona sea la relación equitativa entre los sujetos que se aman. No hay ni rastros de esos tortuosos encuentros de amor prohibido o socialmente complicado: nada más alejado de una increpación que "Muchachas ojos de papel". En ese sentido la canción de Spinetta es un dato de época muy locuaz: no solo presenta modos de relación relativamente temerarios para la Argentina de la dictadura de Onganía -la idea de una sexualidad libre, lúdica y sin culpa era por esos años algo más deseado que vivido-, sino también un determinado programa moral que, todo parecía indicar, se desarrollaría en el porvenir. Eso era beat, eso era hippie:
Duerme un poco y yo entretanto construiré / un castillo con tu vientre hasta que el sol, / muchacha, te haga reír / hasta llorar, hasta llorar".
(De "Canciones argentinas -1910/2010" de Sergio Puyol. Bs. As., Emecé, 2010)

martes, 12 de octubre de 2010

EL ÚLTIMO ADIÓS

Parecía un gran felpudo, o una enorme madeja de lana negra. Apenas si se movía. No muchos pensamientos pasaban por esa mente desesperada. Hacía ya unas cuantas horas que estaba allí, en un rinconcito oscuro de una casa que no le pertenecía, que nunca había visto ni respirado. Ahora lo hacía, con un gran esfuerzo. Veía apenas sombras que pasaban de un lado a otro, que se le acercaban. Sentía de vez en cuando sobre su cabeza una caricia y algún murmullo que no alcanzaba a entender. No quería pensar en lo que había pasado horas antes, en el parque, cuando sintió en su piel un estremecimiento que nunca había sentido, cuando percibió un aroma desconocido: riquísimo, dulcísimo, afrodisíaco e irresistible. Qué emoción enorme sintió cuando la vio por primera vez... Pero no quería pensar en lo que ya había pasado. En ella tampoco. Ahora tenía ganas de pensar en cosas más importantes y urgentes. No quería estar más en esa casa desconocida y fría. Quería estar en su casa, calentito, con su gente, con su familia. ¿Dónde están ahora? ¿Por qué no vienen a buscarme? Sentía cada vez más frío y nadie le ponía una manta encima. ¿No me ven temblar? Otra caricia y otro murmullo. El amor es a veces traicionero. ¿Por qué será tan complicado amar? Sintió que le pasaron un trapo húmedo y frío por la panza y sintió un ardor que lo manifestó con un reflejo imperceptible. Estaba débil y ansioso. Quería ver bien pero no podía. Poco a poco iba sintiendo que ya no le quedaba nada por hacer. Solo quería que vengan a verlo... No le faltaba paciencia. Una sombra enorme se le acercó y le frotó suavemente un algodón húmedo sobre su nalga. Olor fuerte. Y un pinchazo. Ni siquiera gimió. Le dolió, pero no tenía ganas de gastar fuerzas en pequeñeces. Tenía que guardarlas, tenía que ser fuerte y esperar que lo vengan a buscar. ¿Es que no sabrán que estoy acá? Un sonido agudo lo sobresaltó. Una sombra pasó a su lado casi corriendo. Escuchó murmullos y le pareció ahora entender un poco más. Reconoció una voz. Lentamente, otra sombra, que se hacía cada vez más perceptible a su vista, se le acercó. Y escuchó una palabra que hacía horas estaba esperando escuchar: su nombre.
-Júpiter... -dijo una voz triste y dulce.
Comenzó a escuchar un poco mejor. Los murmullos se iban convirtiendo en palabra sueltas que ahora sí entendía. Unos perros enormes... y más murmullos. Era una perra..., pensó él mientras el murmullo lo contradecía. Como cinco... lo agarraron entre todos..., escuchaba. Era una perra hermosa..., siguió pensando. El veterinario... y murmullos.
Abrió los ojos lo más que pudo. Lo hizo con dificultad pero pudo hacerlo al fin. De reojo miró hacia arriba y la nebulosa se le fue aclarando de a poco hasta reconocer la cara llorosa de Pedro que lo miraba y le acariciaba suavemente su cabeza. Por fin lo habían ido a buscar. No alcanzó a cerrar los ojos. Un rápido estremecimiento fue el principio de su eternidad.

domingo, 26 de septiembre de 2010

GENTE DE MIERDA

Te escuchan atentamente esperando el momento y las palabras exactas en tu boca para decirte que sos un boludo, para hacerte ver cuán equivocado vas por la vida, y te refriegan con una sonrisa en el rostro tus “errores”, esos que ellos descubren pero que vos ni siquiera los considerás tales.
Llegás tarde, unos minutos. Te da bronca porque sabés que los que hacen todo bien y siempre llegan a horario —incluso mucho antes del horario acordado— te esperan, ansiosos, para hacerte sentir una auténtica basura. Y así pasa, no te equivocás con el pronóstico, y cuando llegás, automáticamente todos miran su reloj pulsera y te largan la obviedad: “Llegás tarde”. Masticás un poco tu bronca porque podrían haberse ahorrado el estúpido comentario. No entienden cómo llegás tarde, cuando ellos pueden llegar cuarenta y cinco o cincuenta minutos antes. No entienden cómo vos te levantás cuando ellos ya se tomaron dos pavas de mates e hicieron todo lo que tenían programado para hacer en la mañana. No entienden cómo preferís quedarte en tu casa, con los tuyos, cuando ellos tranquilamente salen (se escapan) de la suya antes del amanecer para no encontrarse con su familia.
No te comprenden.
Su atención está en lo que vos hacés y esperan, impacientes, el momento del error. Ellos te vigilan de reojo y se sienten satisfechos cuando con una sonrisa te advierten el yerro. Ellos no se equivocan nunca, porque nunca hacen nada. Pero si se equivocan, el error no les pertenece; se lo adjudican a otro. Y siguen esperando el tuyo.
Si se enteran antes que vos de una noticia o información “importante” (por ejemplo, qué negocio abrió o cerró en el centro), te lo refregarán en la cara porque ellos saben todo. Si no conocés a fulanito, el esposo de la tarada que vive en frente de la casa roja que está cerca de la casa de mengano, el pelado dueño del restorán X, vivís en una “nube de pedo” y tu vida no tiene sentido. Pero te insisten porque seguro que lo conocés, no podés no conocerlo, no podés ser tan tarado.
Y ojo con portar título universitario. Porque el Dr. Pepe y la Dra. Pepa no saben nada. “¡Profesionales… puaj! Hoy cualquier estúpido se recibe y le dan un título”. ¿Tu hijo sacó mala nota, le pusieron amonestaciones o te llamaron para una reunión de padres? “Docentes y basta. Son todos unos tarados, no saben ya qué boludez hacer. ¡Así está la educación en este país!”. Y te refriegan que ellos jamás fueron a una reunión de padres porque sus hijos eran perfectos… o porque directamente no tienen hijos, pero seguramente no hubiesen ido porque sus hijos hubiesen sido perfectos, o casi. Además, nunca sintieron la necesidad de tener un título universitario… Para ser buenas personas, no es necesario tener uno, aducen con orgullo.
Y son guardianes del orden social. No dan marcha al auto sin antes tener su cuerpo sujetado al cinturón de seguridad. Por su seguridad y la de los demás. Seguro que vos no lo hacés. Clasifican la basura orgánica e inorgánica y la sacan en los días que corresponde, a la hora que corresponde, en la bolsa que corresponde, con el peso que corresponde y la colocan ordenadamente en el canasto, como corresponde. Seguro que vos no lo hacés. Caminan derecho, con la frente alta, seguro de sí mismos (no con las manos en los bolsillos y sin apuro) y jamás cruzarían una calle si no es por la senda peatonal de las esquinas. Vos jamás lo hacés ni lo harías. Tienen los impuestos abonados al día y no cometen infracciones. ¿Vos los pagás? ¿Usás casco cuando vas en moto? Después no te quejés cuando te hagan la multa. ¡Bien puesta estará! Condenan a los que consumen alcohol (sean mayores o menores de edad) y opinan/dictaminan a qué lugar pueden ir, a qué hora entrar, a qué hora salir, cómo ir vestidos y cómo comportarse en el interior del lugar. Festejan por cada clausura de bar, confitería bailable, pub o cualquier lugar donde la juventud se junte a divertirse. No soportan la alegría ajena.
¿Gastaste mucha luz? ¡Y si tus hijos están todo el día con la computadora encendida! ¿Mucho gas? ¡Si no hace frío! No entienden cómo podés tener los calefactores encendidos todo el invierno. ¿Hacés baldear la vereda de tu casa en los días y horarios no permitidos? Piensan en denunciarte, seguro, pero se conforman con martirizarte: “Cuando en el verano no haya agua, ya sé de quién me voy a acordar…”, te refriegan en la cara.
¿No te alcanza la plata? ¿Cuánto ganás? ¿En qué la gastás? ¿Cómo puede ser? ¿No llevás un control? ¿Cuántas veces vas al supermercado en una semana? Hay que ir solo los viernes, o los jueves, un solo día a la semana. Si vas todos los días, obvio que no te va a alcanzar la plata. ¿Para qué comprás comida hecha? Además, si salís a comer afuera, después no te quejés.
Te quejaste del calor, o del adoquinado, o del tránsito. O se te ocurrió manifestar un sentimiento de melancolía por extrañar tu ciudad natal. Lo hiciste inconscientemente pero de corazón. Inmediatamente sonríen, se refriegan las manos con ganas y con el tonito más hiriente que pueden encontrar, te la mandan a guardar sin anestesia: “¿Por qué no te volvés a tu ciudad, que allá está todo lindo? ¿Qué hacés todavía acá?”.
Son todas personas correctas, a no dudarlo. No dudan en decirte “salud” apenas estornudás; no discriminan jamás, son “derechos y humanos” (aunque esta ciudad se llenó de villas miserias; en el centro está lleno de negros y no se puede caminar tranquilo; los que vienen de afuera hicieron crecer la inseguridad; la culpa es del gobierno porque les da casas; estamos trabajando para usted…); jamás se olvidan alguna pertenencia en su lugar de trabajo ni dejan pasar ningún compromiso por alto: está todo debidamente agendado.
Se alegran cuando llueve, pero que no caiga tanta agua porque eso le hace mal a la soja, y además, con mucha agua en el piso no se puede cosechar. Y en épocas de sequía viven con la cara larga, preocupados. Seguramente se va a perder la cosecha. Y ni hablar del precio de los tractores, de los insumos y de los impuestos que deben pagar los dueños de la tierra. No son dueños de la tierra y nunca lo serán, pero hay que ver lo solidario que son con esas pobres personas...
Viven pendientes del servicio meteorológico, esperando eternamente que llueva en época de sequía o que salga el sol en épocas de lluvias. Nunca están conformes y siempre esperan el cambio de luna para que se produzca alguna modificación en el tiempo. O para cortarse el pelo. Si el cielo se pone negro, trae piedra: si está rojizo, viento. Si el viento es del oeste, trae lluvia; si es del sur, frío; si es del norte, calor; si es del este, peste. No obstante ello, el 95% de sus predicciones son incorrectas.
Y cuando después de pensar y pensar en todo esto no abrís la boca, estás ensimismado, te machacan que sos un aburrido, mala onda y “¡siempre con la misma cara de culo!”. Cuando hablás se sorprenden: “¡Ah! ¿Te despertaste por fin?”. Y querés mandarlos a la remierda pero te aguantás, ahorrás saliva y no desperdiciás tu atención en ellos, por eso seguís guardando silencio y pensando que querés vivir tu vida con quien vos realmente querés vivirla, la vida que vos querés y elegiste vivir, lejos de esa gente de mierda.

jueves, 16 de septiembre de 2010



PARA ENCONTRARSE A UNO MISMO NO ES NECESARIO CAMINAR MUCHO. SE LOS DIGO YO, QUE ME HE RASTREADO POR TODAS PARTES Y ME ENCONTRÉ EN EL PATIO DE MI CASA, CUANDO YA ERA DEMASIADO TARDE...
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Alejandro Dolina


M.C. Escher (Holanda, 1898/1972): Relativitat, 1953, litografia

domingo, 5 de septiembre de 2010

DOLINA, Alejandro: La decadencia de la amistad (fragm.)

Hermenegildo Sábat
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(de "Crónicas del Ángel Gris")
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La amistad debe nacer en la juventud o en la infancia. Nuestros amigos son aquellos que aprenden junto a nosotros o, mejor todavía, los que viven aventuras a nuestro lado. Y por lo general, la gente aprende y vive aventuras en la juventud. Después casi todo el mundo consigue algún empleo en casas de comercio y ya resulta imposible adquirir conocimientos nuevos o pelearse con una patota.
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A los once o doce años, uno empieza a hartarse de la familia y encuentra que los muchachos de la esquina son mucho más divertidos que el tío Jorge. Durante más o menos una década nadie estará más cerca de nuestro corazón que esos muchachos. Y si uno quiere aprovisionarse de amigos, debe hacerlo en ese período. Después será demasiado tarde.
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Sucede que en cierto momento de la vida uno descubre que esta rodeado de extraños: compañeros de trabajo, clientes, acreedores, vecinos y cuñados. Los amigos de verdad están lejos, probablemente encerrados en círculos parecidos.
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Algunos empecinados insisten en cultivar amistades nuevas. Los matrimonios maduros se visitan mutuamente y desarrollan pálidas parodias de la amistad verdadera: se cuentan una y otra vez episodios antiguos, vividos con los amigos viejos, que ya no están. Cuando uno es joven no cuenta historias a sus amigos: las vive con ellos...
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Alejandro Dolina
(Argentina, 1949)