sábado, 29 de enero de 2022

EL OSO (Texto extra)


Hablo de cosas que existen,
Dios me libre de inventar cosas
cuando estoy cantando.
(Pablo Neruda)


El cinco de noviembre de mil novecientos ochenta y dos Felis Nasal llegó en un tren extenso y oscuro a la Base de Infantería de Marina Baterías, ubicada en la Base Naval Puerto Belgrano, al lado de Punta Alta. No llegó solo sino junto con unos cientos de conscriptos como él, cabizbajos y asustados.
El cuatro de octubre había comenzado la pesadilla en su ciudad natal y al otro día en el CIFIM (Centro de Instrucción y Formación de Conscriptos de Infantería de Marina), cerca de La Plata. Ese primer mes había sido caótico. Supo luego de estar allí por qué lo llamaban «el infierno verde». Entre gritos, maltratos sicológicos, corridas y ejercicios absurdos, su delgadez se había acentuado. La extrema actividad física y el mal comer habían marcado no solo su cuerpo sino también su cara y su ánimo. La cabeza rasurada había dejado al descubierto sus orejas, a las que el sol y el frío seco les habían dejado huellas: una ampolla al lado de la otra. Había transcurrido un mes y ya se había acostumbrado a levantarse a las cinco de la mañana a los gritos, a lavarse los dientes con tres gotas de agua en diez segundos, a mear pero no todo lo necesario porque no le daban tiempo, a marchar al compás de sus compañeros como manso rebaño de corderos, a obedecer, a callar y a bajar la cabeza.
Les habían dicho que en su nuevo y definitivo destino las cosas serían diferentes. Y a simple vista le pareció que así sería. De un verdadero «infierno», donde todo era yuyo seco, tierra árida y sol calcinante, lo habían destinado a un lugar que se caracterizaba a simple vista por su gran arboleda, sus edificaciones pintadas prolijamente de blanco, con tejas inglesas y jardines con césped bien cortado: prolijidad y limpieza casi perfecta. Además, la brisa proveniente del mar hacía presentir que no se encontraría demasiado lejos de sus olas. Los gritos y las corridas no cesaban pero al menos sintió que el ambiente podría llegar a ser un poco más placentero.
Con los grandes bolsos marineros al hombro los condujeron a la cuadra, inmenso galpón/habitación que sería en el futuro su dormitorio comunitario. Les asignaron su cama/taquilla en cuchetas triples y les dieron diez minutos para que acomodasen su ropa e hicieran la cama. Su mente se relajó un poco ya que era la primera vez desde que lo habían incorporado al servicio militar que le daban diez minutos seguidos para organizarse sin que le gritaran al oído que se apurase. Por algunos segundos pensó o intentó imaginar cómo serían los próximos trece meses que aún le quedaban por vivir en ese lugar.
Antes de que los diez minutos se cumplieran escuchó un nuevo grito:
—¡Atención!
En milésimas de segundos todos los conscriptos dejaron de hacer sus cosas y salieron al pasillo como rayos para ponerse en posición de firmes y escuchar al dueño del grito. Era un cabo —ya había aprendido a leer las jinetas— que avanzaba por el pasillo con cara dura y desafiante. Miraba uno a uno a los conscriptos que, sabían, no debían mirar a la cara al superior. Pero siempre hay alguno que no recuerda las reglas y sin mala intención las infringe. La reacción no se hizo esperar:
—¡Qué me mira, conscripto, ¿le gusto?!
Se escuchó algunas risitas casi imperceptibles que duraron no más de dos o tres segundos y el cabo continuó el recorrido. No habrá tenido más de veinticinco o veintiséis años, delgado, cutis blanco y cabello bien negro y abundante, demasiado largo como para un militar. De pronto, lanzó un grito a manera de pregunta:
—¡¿Alguien sabe escribir a máquina?!
Sintió un escalofrío y recordó todas las recomendaciones de los mayores y de los que ya habían tenido la experiencia de hacer la colimba. De todas las actividades que le podían tocar en suerte desempeñar durante el servicio militar, convenía siempre la de chofer, porque así se evitaban los ejercicios físicos y la preparación militar más pesada. En ese momento lamentó el no haber aprendido a manejar nunca. A la cocina le convenía ir solo si quería no pasar hambre, pero suponía que el trabajo de pelapapas además de ser muy monótono, seguramente sería igual de cansador. Le habían advertido además que si preguntaban quién sabía manejar la máquina, no dijera nada, porque era el viejo chiste por el que te mandaban a cortar el césped durante horas. Pero ahora le había parecido haber escuchado «escribir a máquina». La cuestión cambiaba y él sí que lo sabía hacer… y rápido. Había aprendido hacía varios años a pegarle a las teclas de la vieja Olivetti de su padre y lo hacía con bastante habilidad. Pensó que la pregunta se dirigía a buscar conscriptos para trabajar en una oficina. Sabía que para él sería bueno porque no trabajaría a la intemperie y además le gustaba la idea de estar detrás de una máquina de escribir y no manipulando un fusil, una escoba o un cuchillo para pelar papas. No sabía si levantar la mano, si adelantarse un paso o gritar «¡Yo sé!». Pero se reprimió porque nadie lo hacía y temía que sea una broma del militar, quien con voz ronca y más volumen insistió:
—¡¿Es que nadie sabe escribir a máquina, carajo!?
Uno de la punta se animó a balbucear un tímido «Yo». El cabo le clavó la vista y gritó:
—¡Yo, ¿qué?!
—¡Yo, cabo —contestó un poco más decidido el conscripto.
—¡Carrera march afuera!
Y el colimba salió corriendo como si hubiese visto la libertad al fondo del pasillo. Entonces Felis Nasal se decidió:
—¡Yo también, cabo!
El cabo estaba de espaldas, giró y preguntó:
—¡¿Quién abrió la boca?!
Se arrepintió inmediatamente de haberlo hecho, pero ya estaba jugado:
—¡Yo, cabo!
Lo miró serio y dijo:
—¡Bien! Así me gusta... ¡Carrera march afuera! ¡¿Quién más?!
A los cinco minutos eran cinco conscriptos esperando afuera de la cuadra la salida del cabo y con la incógnita de qué pasaría de ahí en más.
—¡Firmes!
Cinco estatuas.
—¡Alinearse uno atrás del otro!
Corridas cortas, nerviosas y veloces.
—¡Por orden de estatura, estúpidos!
Se miraron y midieron unos a otros y formaron nuevamente.
—¡Pero no! —se ofuscó el cabo—. ¡De menor a mayor!
Nueva corrida, ahora al revés.
—¡Firmes! ¡De frente, march!
Fueron desfilando hacia el este, hacia la plaza de armas. Eran cinco conscriptos coordinados pero inseguros, cabizbajos y vergonzosos.
—¡Vista al frente! ¡Saquen pecho, colimbas! ¡Un-dos-tres-cuatro, izquierda-derecha-izquierda!
Llegaron a un gran edificio cuyos frentes estaban recién pintados de un blanco inmaculado, tenía veredas anchas y césped con rosales florecidos.
—¡Al-to! ¡Descansen!
Los hizo ingresar a una gran oficina. Varios escritorios con máquinas de escribir, varios ficheros y muebles metálicos. El cabo ubicó a cada uno en un escritorio, frente a una máquina de escribir que ya tenía colocada en su carro una hoja en blanco.
—¡Cuando les diga ya, escriban algo durante cinco minutos!
Los conscriptos se miraron desconcertados. El cabo advirtió el gesto. Siempre con voz elevada aclaró:
—¡Cualquier cosa! ¡Inventen! Escriban sus datos, lo que piensan... ¡Algo!
El desconcierto siguió pero más disimulado.
—¿Preparados?... ¡Ya!
Los primeros dos o tres segundos reinó el silencio.
—¡Escriban, carajo!
Y el sonido de las teclas comenzó a invadir la oficina. Tímidamente, pero comenzó. El cabo, con sus manos agarradas por detrás, se distrajo mirando hacia al exterior a través de un gran ventanal. Pero volvió enseguida la vista porque advirtió alguna anormalidad.
—¡¿Qué le pasa, conscripto?! —le espetó a un morochito tímido que no había tocado aún las teclas.
—Es que yo no sé escribir, cabo...
—¡¿Cómo?! ¡¿No sabe escribir a máquina?!
—No, cabo... No sé leer ni escribir...
El cabo cambió de color. Pegó un golpe de puño al escritorio que tenía más cerca y lo fulminó con la mirada. Trató de calmarse y suspiró profundamente.
—¡Y me puede decir por qué carajo dijo que sabía escribir a máquina… y para colmo fue el primero!
El colimba se sinceró:
—Es que nadie decía nada y no quería que se enoje y nos haga bailar a todos...
Lo hizo levantar y acercar.
—¡Salto arriba, colimba!
Y mientras los otros cuatro seguían tecleando nerviosamente, el morochito rebotaba contra el piso cual muñeco de goma.
Cumplido el tiempo, el cabo ordenó dejar de teclear, ordenó que le pongan el nombre a cada hoja y las retiró de las máquinas. Ordenó al morochito que descansara, se sentó en uno de los escritorios y comenzó a leer una por una. Cada tanto levantaba la vista y miraba a los conscriptos como buscando al responsable de lo escrito. Se paró y con una de las hojas en su mano, preguntó con calma, con mucha calma que evidentemente simulaba ira:
—¿Quién es Felis Nasal?
El nombrado levantó su mano sin decir una sola palabra pero con la tranquilidad de haber escrito bastante bien y —creía—, sin errores.
—Póngase de pie, por favor —solicitó el cabo que seguía hablando con una calma preocupante. Obedeció. Y el de las jinetas, sacando pecho y modulando un poco la voz, leyó en voz alta, para que todos escuchasen:

Yo vivía en el bosque muy contento,
caminaba, caminaba sin cesar.
Las mañanas y las tardes eran mías,
a la noche me tiraba a descansar.

Pero un día vino el hombre con sus jaulas,
me encerró y me llevó a la ciudad.
En el circo me enseñaron las piruetas
y yo así perdí mi amada libertad.

La afectación y el desprecio por lo que leía, hizo que Felis Nasal presintiera un posible enojo. Y no se equivocó.
—¡Salto arriba, colimba! —gritó el cabo casi con furia. Y mientras el copista de Moris chocaba las rodillas contra su pecho sin parar, el recitador —con su voz irónica y aflautada— continuó leyendo:

«Conformate —me decía un tigre viejo—,
nunca el techo y la comida han de faltar,
solo exigen que hagamos las piruetas
y a los niños podamos alegrar».

Felis Nasal no dejaba de rebotar contra el piso, ojos cerrados, dientes apretados.

Han pasado cuatro años de esta vida,
con el circo recorrí el mundo así.
Pero nunca pude olvidarme de todo,
de mis bosques, de mis tardes y de mí.

Sus piernas comenzaron a flaquear. Las rodillas ya no llegaban al pecho y los saltos eran cada vez más débiles y espaciados. El cabo caminaba con el papel escrito frente a sus ojos, sosteniéndolo con los brazos extendidos como si tuviese entre sus manos un añejo papiro.

En un pueblito alejado
alguien no cerró el candado.
era una noche sin luna
Y yo dejé la ciudad…

Ahora piso yo el suelo de mi bosque,
otra vez el verde de la libertad.
Estoy viejo pero las tardes son mías,
vuelvo al bosque, estoy contento de verdad.

Los compañeros sufrían con él y en silencio rogaban que el cabo no hiciera lo mismo con sus escritos.
—¡Descanse!
Felis Nasal dejó se saltar de repente, buscó estabilidad y le temblaron las piernas.
—¡Firme!
Quedó erguido pero le costó lograr una total inmovilidad.
—¡El señorito es poeta! —ironizó el cabo evidenciando el total desconocimiento de la letra de la canción.
El conscripto estaba serio y miraba al frente, a la nada. Sus compañeros apenas esbozaron una sonrisa. El cabo se le acercó y a pocos centímetros de su cara, le gritó:
—¡Acá no necesitamos poetas sino hombres con los huevos bien puestos dispuestos a defender la Patria, carajo!
Comenzó a resignarse a no pasar los próximos trece meses en una oficina sino barriendo calles, limpiando baños o pelando papas. Al menos había hecho el intento.
—Y no tuvo un solo error, carajo… —masculló el cabo, como aceptando que el conscripto poeta no era tan malo para la máquina—. Bien… bien…
Los demás no habían hecho un mal papel tampoco y seguramente habían escrito palabras menos enojosas para una mente militar en pleno 1982.
El cabo abandonó la oficina sin decir una sola palabra y los cinco conscriptos quedaron en silencio. Se rieron cuando el morochito dijo jocosamente que ni su nombre sabía escribir, pero los otros enseguida comprendieron su triste realidad. Sin la presencia del cabo estaban más distendidos y aprovecharon para conocerse un poco. No obstante, el relax se terminó a los pocos minutos. El cabo volvió a aparecer en la oficina con la misma cara adusta de siempre. Los cinco conscriptos se pusieron firmes y quedaron en silencio.
—¡Conscriptos: bienvenidos a la Sección Secretaría de la Base! —y, sorpresivamente, sonrió.
Los cinco jóvenes se animaron también a una sonrisa, menos el morochito, porque no sabía cuál sería su destino.
—Y usted, también —le dijo—. Desde hoy será el nuevo ordenanza de la Sección.

2014


viernes, 20 de agosto de 2021

AMORES SON AMORES



Cuando sus amigos vinieron a buscarlo, Sebastián yacía en el suelo con los brazos estirados, como crucificado, las piernas un poco encogidas y una mancha de sangre le servía de almohada. Lo vieron triste, como si en los últimos momentos de su vida hubiese sufrido alguna desilusión. Tito y Cabeza no supieron qué hacer. Ni lo tocaron. La pistola quedó en su lugar, cerca del cuerpo de Sebastián. Sintieron miedo y, sin hablar, se apuraron por salir de la habitación.
Viviana leía en su cama cuando escuchó el timbre. Oyó cómo se abría la puerta y la conversación de su madre con Tito y Cabeza. No, no está en estos momentos, mintió la madre y se fueron sin saber qué hacer. Viviana debía saber algo. Ellos sabían que la muerte de Sebastián tenía que tener una explicación, pero ¿por dónde empezar? A Viviana la encontrarían después. Por ahora tendrían que volver con Sebastián para tratar de sacar algo en limpio.
Llegaron con la esperanza de ver a Sebastián en la misma silla de siempre y jugando a los dados. Le dirían que había sido una broma de bastante mal gusto y que la próxima vez le patearían la cabeza para comprobar si era cierto que estaba muerto. Abrieron la puerta con violencia, dispuestos a gritarle de todo, pero el cuerpo de Sebastián no se había movido. Seguía inmóvil, tirado en esa pieza que muchas veces les había servido como refugio a los tres. Tenía mala cara, cada vez peor. ¿Por qué habría tomado esa decisión?
Hicieron memoria antes de ir a la policía. El día anterior Sebastián había ido a la casa de Viviana pero no sabían para qué. ¿Dónde estaría ahora Viviana? Luego estuvieron los tres juntos en ese mismo cuarto programando el fin de semana y jugando a los dados. Sebastián estaba de mal humor… o melancólico. Junto con Tito y Cabeza habían comenzado a frecuentar a tres nuevas amigas pero Sebastián, curiosamente, no demostraba entusiasmo. Sin decir una sola palabra, se levantó y se fue. Tito y Cabeza siguieron la partida hasta tarde y Sebastián no regresó. ¿Por dónde seguir?
Tenemos que avisar a la cana, pensaron al mismo tiempo. ¡Qué boludo este Sebastián! Todos los problemas que se vendrán ahora por esto… ¿No habrá tenido un mejor lugar este boludo para pegarse un tiro? Tito chistó malhumorado, Cabeza levantó sus hombros y se dirigieron a la comisaría del barrio. ¿Y a la familia quién le avisa? Se miraron desconcertados. Que se encargue la cana…
Se levantó violentamente y se puso las zapatillas. ¿Adónde vas, Vivi? Dio dos o tres explicaciones estúpidas y salió al encuentro de Tito y Cabeza. Corrió como loca hasta la habitación donde siempre los encontraba y entró sin golpear. Se quedó inmóvil, fría. No sabía si gritar, llorar o salir corriendo. Pero gritó, gritó muy fuerte y con mucho dolor. Se arrodilló ante el cuerpo y lloró con desesperación. Se sintió la persona más desdichada del mundo.
¿Y ustedes quiénes son? Tito y Cabeza no sabían cómo hacer para convencer a ese milico imbécil de que lo que le estaban diciendo era verdad. El policía no había tomado seriamente sus palabras y se fastidiaron. Pidieron hablar con un superior pero el mismo policía les dijo que se fueran antes de que los encerrara por molestos. Se dirigieron a la Jefatura de Policía y ahí sí los atendieron con seriedad. Pidieron nombres, datos, direcciones y los hicieron esperar unos cuantos minutos. Estaban deprimidos y esperaron en silencio. Al rato llegaron tres policías y les pidieron que los guiaran hasta el lugar.
La madre de Viviana se reía por dentro mientras leía la carta. Su hija la tenía muy bien escondida pero para una madre no existen secretos para los escondites de sus hijos. Su curiosidad la había llevado a buscar esa carta a la que Viviana había denominado una gansada de Sebastián. Sabía la madre del amor que Sebastián sentía por su hija pero esta, con una indiferencia exagerada, no respondía a ese sentimiento. Sonrió. Murmuró un ¡qué loco! y pensó que a pesar de los doce años de Sebastián era una carta muy adulta. ¿Matarse?¸ pensó y volvió a sonreír. Meneó la cabeza, murmuró ¡ay, estos chicos…!, guardó la carta y siguió con las tareas de la casa. Regresó mentalmente a sus doce años, a esa felicidad inocente que tanto añoraba y que ahora estaba viviendo y disfrutando su hija.
Cuando abrieron la puerta, Tito se descompuso. Cabeza lo sostuvo con sus brazos pero casi terminaron los dos en el piso. La policía no lo podía creer. Los vecinos empezaron a amontonarse en la puerta. Tito y Cabeza se largaron a llorar. Sus doce años no estaban preparados para presenciar semejante cuadro. Sebastián había cambiado de color y su cara ya no estaba triste. Viviana yacía sobre él con el revólver en la mano derecha y un tiro en la sien.
1991


lunes, 2 de agosto de 2021

COMENTARIO INFUNDADO


Me cruzó con mirada penetrante, inquisidora, y quiso averiguar:
—¿Es cierto lo que se comenta de vos…? 
—No, no es cierto —me apresuré a interrumpir sin vergüenza.
—¡Ja! Ya me parecía… —razonó la joven.
Todavía hoy muero por saber lo que a esos ojos verdes le han dicho de mí.

miércoles, 14 de julio de 2021

RELACIÓN AMOROSA



Está implacablemente quieta frente a mí. La miro, inexpresivo, y la noto más fría que de costumbre. Me asusta verla tan seria, tan inconmovible. Casi nunca es así... ¿Seré yo el que no comprende qué pasa? ¿Seré yo el que no sabe cómo actuar ante esta difícil situación? ¿Será el hecho de que siempre me costaron las palabras? Hemos estado juntos mucho tiempo, muchas noches de insomnio compartidas, disfrutando de la música que nos gusta. Tanto tiempo estuvimos juntos que me es difícil aceptar esta situación extraña y no sé cómo sobrellevar el momento. ¿Por qué este rechazo? ¿Por qué este alejamiento? ¿Por qué no me deja acercar, acariciarla, tocarla suavemente, soñar juntos? Me cuesta mirarla sin bajar la vista instantáneamente. ¿Qué día es hoy? Viernes... ¿Será el cansancio lógico del último día laboral? No... Nunca estuvo así, ni siquiera los viernes. No es una cuestión de días ni fechas especiales. Mis manos se acostumbraron tanto a ella que hoy me parece mentira esta timidez que me nace desde adentro. Qué misterioso es el hombre, cuántas zonas oscuras guarda dentro de sí y es ignorante a la hora de descifrarlas para hacer frente a las situaciones límites. ¿Qué es lo que me ocurre hoy que no puedo enfrentarla ni siquiera con la vista?No sé qué le pasará a ella, pero tengo ganas de decirle que sin su compañía la vida se me haría muy dura. Es cierto que en tantos años de vida compartida vivimos momentos similares al actual, sin que yo le dirigiera una sola palabra... Pero es algo que ella debería comprender. Yo soy así, a esta altura de mi vida no podría cambiar. Primero, porque no quiero. Y segundo, porque no sabría vivir de otra forma. La necesito, es cierto, pero ella no es todo en mi vida. No comprende que para mí existen otras cosas lindas... ¿Para qué enumerarlas? Ella las conoce mejor que yo.
Pero lo extraño de esta situación es que por primera vez siento tan fuerte su rechazo. Y tengo temor de que a ese rechazo lo esté provocando yo mismo. Su quietud y mi imposibilidad de mover un solo dedo para tratar de cambiar la situación me preocupan. ¿Nos estaremos distanciando sin darnos cuenta? Quizás sea algo pasajero. Tengo ganas, demasiadas, de tocarla, de contarle lo que siento, de dar rienda suelta a mis fantasías, a mis sueños, a mis deseos, a mis locuras, a mis ganas inmortales de volar, y se lo quiero decir ya, sin esperar a mañana, pero tengo miedo, o no tengo ganas, o... La situación me provoca escalofríos. ¿Vergüenza? No sé… Quizás ella esté queriendo decirme algo. Así de simple, con su silencio. Un silencio que invita constantemente a organizar mis pensamientos, a cuestionarme todo lo que pienso, siento y quiero. Silencio que me ayuda a seguir viviendo y en estos momentos creo que ella también me está pidiendo una tregua. Estos distanciamientos a veces son muy útiles para poder dedicarlos a pensarnos a nosotros mismos.
Siento las manos atadas, la mente en blanco, el corazón detenido. Como si mis fuerzas y mis ganas hubiesen sido destruidas por algo misterioso. ¿Cuándo será el día que tenga la suficiente valentía para hacer lo que realmente siento y quiero? ¿Cuándo adquiriré la suficiente libertad para hacer valer mis ideas, mis ocurrencias? Seguramente hay algo o alguien que me está presionando. ¿Será el mismo conocimiento de las cosas? Sé que nada queda por crear, pero ¡cuántas cosas quedan por decir! ¡Cuántas palabras dando vueltas por el mundo buscando encontrarse y combinarse para juntas decir algo novedoso entre todas las cosas que ya fueron dichas y escritas por tantos hombres y mujeres!...
Pero sigo aquí, frente a ella, sin saber qué hacer ni decir. Y si hay algo que me sobra es esperanza para seguir. Sé que todavía tengo mucho por dar, mucho por aprender, por ver. El conocimiento es infinito, por suerte. ¿Se imagina alguien lo aburrido que sería conocer todo? La vida perdería sentido. No habría metas. No existirían los ideales. Desaparecerían los deseos. Se perderían las utopías. ¿Para qué vivir entonces?
Creo que está empezando a cambiar la cara. A medida que transcurren los segundos la voy notando más simpática y van creciendo en mí las ganas hermosas de volver a acariciarla, de contarle mis cosas, de que seamos nuevamente uno y para siempre. Ella y yo. Así de simple. El uno para el otro.
El afecto perdido comienza a renacer, me acerco, la acaricio y no me rechaza. Vuelvo a sentir el calor y el sentimiento que tanto extrañaba. Su dureza corporal se debilita ante mis primeras palabras. Se muere la frialdad. Mis primeras caricias parecen gustarle. Advierto que nuevamente sentimos esa alegría que hace momentos creíamos imposible recuperar. Ahora vuelvo a creer. Mi vieja Olivetti vuelve a brindarse como siempre ante mis pensamientos desordenados y arbitrarios.


"La Olivetti con la que tecleé mis primeros escritos"







martes, 22 de junio de 2021

VIEJAS AMISTADES



Muchos años hacía que había abandonado mi Santa Fe natal y muchos años hacía que no la veía. Fue sin dudas mi mejor amiga, de esas que no se olvidan jamás. Durante aquella entrañable adolescencia muchas cosas compartimos; demasiadas nos hicieron felices y muy pocas nos amargaron. ¡Si no teníamos más que pensar en pasarla bien!...
Un día -¡qué hermoso fue ese día!- la volví a ver. Nos abrazamos muy fuerte ante la mirada de quienes no entendían semejante gesto. Solo ella y yo sabíamos cuánto sentíamos. Hablamos poco, la circunstancia no era la ideal y los dos quedamos incompletos, insatisfechos. Tanta vida había pasado...
Luego, su voz en el teléfono. Era demasiado lindo. No podía ser verdad. Aquella amiga del alma se acordaba nuevamente de mí y me lo decía por teléfono, a kilómetros de distancia. Me dijo que me iba a escribir... Contento, orgulloso, sin miedos, le di mi dirección... Y los días pasaron...
Cuando levanté el sobre del piso, un escalofrío corrió por todo mi cuerpo. Se revolucionó mi mente. En un segundo había rejuvenecido veinte años. Me crecieron los cabellos, desapareció la barba, se esfumaron las canas, ya no tenía las arrugas ni las ojeras del cansancio en mi rostro. Bajé como diez kilos. La corbata y el saco se transformaron en una remera negra y una campera de jean supergastada y rota. Los zapatos bien lustrados, en las viejas Topper botas negras. Miré la letra y era la misma. Nada parecía haber cambiado. El pasado volvía a mí como un milagro esperanzador que me confirmaba lo que siempre había sostenido: La magia de hoy vendrá mañana... Me tiré en el sillón con la carta en la mano izquierda mientras con la derecha alzaba a Pedro, que me pedía upa con sus bracitos estirados. Luisina y Josefina corrieron a mi encuentro y se me tiraron encima llenándome de besos, como todos los días, a la misma hora, al regreso del trabajo. Pude lograr que el sobre no se cayera ni se arruinara. En pocos segundos las mujeres me aturdieron –hablaban las dos al mismo tiempo, por supuesto- con sus vivencias escolares. El pobre Pedro trataba de llamar la atención con gritos y señas cada día más entendibles. ¡Cómo no sentirme bien si tanto el presente como el pasado se juntaban en un segundo para hacerme sonreír!
Cuando por fin todo se tranquilizó –léase: uno se durmió, otra miraba dibujitos animados tirada en la cama matrimonial y la otra hacía en silencio los deberes de la escuela-, agarré nuevamente el sobre y me relajé. No quise abrirlo enseguida. Era demasiada la emoción y quería disfrutar ese momento. Volví a ver la letra todavía adolescente, y volví a sentirme el adolescente que alguna vez fui. El corazón me latía muy fuerte por la emoción. ¿Cuánto hacía que no me pasaba algo así? Suspiré profundo y desprolijamente rompí el sobre. De repente fruncí el ceño. ¿Y si lo que expresaba esa vieja letra no era lo que yo esperaba que dijese? ¿Qué derecho tenía yo de pensar que el contenido de la carta iba a ser el que yo quería que fuese? ¿Qué obligación tenía ella de escribirme lo que yo quería leer? Prolongué el suspenso...
Puse un viejo casete, me recosté en el sillón, cerré los ojos, y mientras Pastoral cantaba "y pasar por el colegio y la secundaria / y cerrar mi mente a todo lo que sea farsa", recordé aquellos días de amistad verdadera. Se me hicieron presentes en apenas unos segundos aquellas siestas domingueras en la casa de Mónica, las salidas en “patota” -¡cuántos éramos!-, tantas reuniones, tantos mates, tantas cervezas, tantos bailes, tantas fiestas, tantos cumpleaños, muchísimas risas, algunos llantos... ¡Qué hermosos días de inocencia y de verdadera amistad! Miré a Luisina, que hacía sus deberes; imaginé a Josefina viendo a Las chicas superpoderosas, a Pedro viajando por sus inocentes sueños, y deseé profundamente que en su adolescencia puedan disfrutar aunque sea algo de lo que yo disfruté en la mía. Juro que me emocioné –por suerte conservo esa virtud, me sigo emocionando con las cosas simples- y leí la carta tan deseada...
Sigo con el cabello corto, las canas no desaparecieron, tampoco bajé un gramo, y para que mis ojeras aflojen un poco tengo que dormir más... Pero no lo van a lograr. Lo cierto es que desde que la carta llegó a mis manos hay algo que me hace sonreír más frecuentemente. Por las arrugas no me voy a preocupar demasiado. “No se arrugó mi alma, y eso es lo bueno”.
Octubre de 2001

domingo, 25 de abril de 2021

ESPEJOS


Hoy vi a un pibe en cuclillas, en silencio: miraba los autos pasar.
Y a otro: pateaba monótonamente la pelota contra el frente de su casa.
Luego, a un muchacho, manos en los bolsillos: silbaba la melodía de una canción.
Volví a casa con la mente perdida en el pasado.

martes, 13 de abril de 2021

LA PERMUTA



Fue una pérdida muy grande, no lo voy a negar. Pero tenía que hacerlo, no tenía otra alternativa. Sí, es verdad, fueron muchos años compartidos y en realidad no había lugar donde ella no me acompañara. Tuve que aguantar las cargadas de mis amigos porque —decían— no me separaba de ella en ningún momento. Algo de razón tenían, pero… Fueron muchos años, estaba acostumbrado a su compañía, pero eso no debía influir en mi decisión de dejarla, no debía pensarlo demasiado. Creo que hice bien. Con ella ya no iba a encontrar la felicidad.
Fue una relación muy linda pero poco a poco se fue desgastando. Me di cuenta de que ella no era la única en el mundo y empecé a prestar mayor atención a todas las demás. Noté que eran mucho más elegantes, estilizadas, modernas. Al ver tanta belleza ajena, sentía un poco de vergüenza al seguir a su lado. Vergüenza y rabia a la vez. ¿Por qué seguir con ella si no me gustaba, si no me sentía cómodo, si no era feliz?
Mi desilusión se hizo notar paulatinamente. Comencé a salir solo y con ella lo hacía muy de vez en cuando. Y cuando lo hacía, trataba de ir a sitios donde la gente no me conociera tanto. Estoy seguro de que ella se daba cuenta. ¿Pero qué podía hacer, pobre, ante mi actitud? Sé que le hice mal, y mucho, pero estaba en juego mi felicidad. ¿Egoísta? No, porque también estaba en juego la suya. Porque al final de cuentas estar con alguien que no la quiera, que no la aprecie, solo le acarrearía disgustos. ¿O me equivoco?
Nunca le dije por qué. En realidad ella nunca supo lo que yo pensaba porque a mí no me gusta hablar mucho. Un día empezamos a estar juntos y otro día se terminó. Nada más. ¿Qué le podía decir yo? Entre nosotros había un silencio divino que nos comunicaba. Las reacciones y los movimientos eran nuestro lenguaje y le puedo asegurar a quienquiera que nos llevábamos muy bien. Nos necesitábamos. Ella no podía existir sin mí y yo no podía estar sin ella y quizás esa haya sido una de las causas de mi agotamiento y de mi decisión de dejarla. En realidad todo cambió muy rápido. Repito y no me avergüenzo al decirlo: fueron las demás las que me hicieron dejarla. Era la envidia la que me partía el alma cuando veía a los otros con tantas de ellas mucho más modernas y hermosas, paseando a mi alrededor…
No voy a negar que fue difícil. Me costó mucho tomar la decisión. ¡Pobre! Sabía que le iba a hacer daño al dejarla. Pero si no lo hacía, al daño me lo iba a provocar yo mismo. ¿Tratar de hacer que ella cambie? No. ¿Para qué? No hubiésemos ganado nada. Cambiar una careta por otra no hubiese sido la solución. Yo estoy mejor ahora sin ella...
Mis viejos me preguntaron una y otra vez por qué. Ellos también se habían encariñado y no comprendían mi actitud. No supe explicarles muy bien pero luego de una larga historia —mitad verdad, mitad mentira— logré convencerlos de que esa sería la mejor decisión para mí. No obstante, todavía no pueden olvidarla y de vez en cuando —más de lo que considero necesario— se encargan de recordármela… Para ser sincero, recordarla me produce un poco de nostalgia, pero el tiempo se encargará, como lo hizo con tantas otras cosas, de ir borrándola poco a poco de mi mente y de mi corazón.
Muchos no entienden mi actitud. ¿Por qué se meterán en mi vida? Cuando se deja de querer algo es mejor abandonarlo. Yo la quise pero ya no la quiero. ¿Por qué seguir fingiendo algo que ya no existe? Diría Neruda: «Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise». O «De otro, será de otro»… ¿Y qué le voy a hacer? Si yo renuncié a ella, tiene todo el derecho de buscarse otro. Después de todo… yo ya tengo otra.
Nunca me animé a decirle que la dejaba por otra. Habrá sido para no lastimarla, porque cuando la dejé reconozco que todavía la quería. Pero no podía seguir así. Preferí ponerle otras excusas. Que quería estar un tiempo solo. Que quería sentirme independiente. Que no quería hacerle mal mintiéndole. Y tantas cosas más…
No fue fácil. No decir la verdad me hacía mal, pero creo que lo que hice fue lo mejor. Algún día alguien juzgará si hice bien o mal.
Ella seguramente se sintió mal porque me necesitaba. No sé si todavía me recordará. Espero que no. Sería lo mejor porque ¿para qué seguir sufriendo toda una vida? Trato de olvidarla aunque todavía guardo unas cuantas fotos en donde estoy con ella en tiempos felices. Quizás solo queden como un lindo recuerdo de un tiempo pasado del que no me arrepentiré, a pesar de todo, de haberlo vivido.
«Uno nunca sabe si un recuerdo es algo que tiene o algo que perdió», se plantea Woody. Pero el tiempo pasa y con el tiempo las personas van cambiando. Cada uno hace cuentas y ve viejos sueños realizados que quizás nunca los hubiese podido concretar de haber seguido como antes, en una actitud contemplativa, cómoda, sin riesgos. Quizás nunca me olvide de ella. Pero no puedo seguir llorando algo lindo que pasó y que no podía seguir.
No sé para qué estoy escribiendo esto, no sé para qué diablos me va a servir. Si me ayudara al menos a… Espero que no me guarde rencor. Yo sé que ella va a ser feliz con otro. Al menos ese es mi deseo. Sí, ella va a saber olvidarme. Yo no soy el único que la hubiese podido hacer feliz. No soy perfecto ni el mejor, lo sé. Y me gusta saberlo. Solo quiero que ella sea feliz.
Ahora tengo otra. Más elegante, más graciosa. Me hace brotar una sonrisa constante y sentirme bien. Tiene una gracia sin igual. Además creo que ella también se encuentra a gusto conmigo. No digo que sea mejor, pero a veces es mucho más… ¿práctica? Se hace más fácil de sobrellevar. Además sé que me va a acompañar adonde yo quiera dirigir mi vida.
Sinceramente la otra me pesaba. No me seguía el ritmo. A mí también me costaba sobrellevarla. Con la actual no me pasa lo mismo. Es mucho más decidida, más atrevida, y me sigue en todas mis locuras. Nos llevamos muy bien. Todavía me falta conocerla un poquito más, pero sé que no será difícil adaptarme a ella para siempre.
Es una todo terreno con cambios. Me siento más libre, más liviano. Con la otra me costaba pedalear y pedalear cuesta arriba y cada vez se me hacía más insoportable. No me arrepiento de haber hecho el cambio. Con mi actual bicicleta ahora soy feliz.

viernes, 15 de enero de 2021

PAUSA



He notado que me sigue hace un buen tiempo. La vi muchas veces cerca de mi casa, parada en la esquina del almacén o apoyada en el viejo jacarandá. Sé que me está vigilando, que está estudiando todos mis pasos como para algún día frenarme en medio de la calle y decirme todo lo que piensa. Es cierto que le estoy escapando. No tengo ganas de hablar con ella, no por ahora. También sé qué es lo que quiere de mí y no lo disimula. Cada vez que paso cerca de ella me clava la mirada y me anula. No la puedo mirar, es más fuerte que yo. Sé que quiere que la mire, que repare en ella, que le haga un gesto, pero no puedo. Reconozco que Laura durante mucho tiempo estuvo a mi lado y en mi mente, pero algo pasó y la dejé. No tengo ganas de ponerme a pensar por qué, lo cierto es que no puedo volver atrás. Sería hermoso, pero necesito un tiempo para hacerlo. Es cierto que no le di una explicación valedera… pero no tenía —ni tengo— por qué dársela. Y para colmo siempre está con ese tarado de Juan… Un imbécil que cree que se las sabe a todas y ni siquiera tiene bien claro cuál es su función en este mundo. Algún día tendré que ponerme las pilas y enfrentarla, decirle que me deje en paz, que por ahora no tengo tiempo de ocuparme de ella ni de su amiguito y todos los rollos que tienen en su cabeza. Le tendré que ser sincero: tengo ganas de seguir con lo nuestro, sé que algún día vamos a retomar nuestro proyecto, pero no ahora. Tengo mucho laburo, pocas ganas de pensar y muchas ganas de dormir con la música a volumen diez. Pero no la quiero ver más ahí parada, al acecho. No quiero pasar frente a ella e ignorarla. No quiero esquivarla. No quiero negarla. Me da vergüenza hacerlo porque ella sabe todos mis movimientos, ella me vigila y no puedo hacerme el otario. Está esperando algo de mí y yo no le doy la más mínima señal. ¿Qué culpa tengo de estar así? Le voy a decir que se ponga en mi lugar… Pero la vida es así. Ni ella ni yo la podríamos modificar.
Por ahora Laura seguirá parada en esa esquina, bajo ese árbol, esperando que algún día me comunique con ella, que me vuelva a ocupar de su vida, de la de Juan. Hoy por hoy seguiré escapando hasta tener ganas de volver… ¿Y si cuando quiera volver no me da ni la hora? ¿Y si me rechaza? Posibilidades… Pero Laura sabe muy bien que no me va a poder rechazar. Juan tampoco podrá darse ese lujo. Si quieren seguir siendo los personajes de mi novela —hasta ahora inconclusa—, no me van a poder rechazar.

domingo, 3 de enero de 2021

La vieja


La busqué el 31 de diciembre por la tarde para que recibiera el nuevo año en Rafaela con mi familia. El 1º de enero al mediodía le dije que la llevaría de vuelta a su casa al otro día. Quería volverse ya, pero la persuadí diciéndole que allá estaría sola y se aburriría. Al menos acá estaba con nosotros, con su hijo, su nuera, sus nietos. Asintió y continuó con la lectura de una revista de chismes vieja que encontró en el revistero.
A las cuatro de la tarde se levantó de dormir la siesta, se vistió y comenzó a preparar el bolso. ¿Qué hacés, mamá? «Me voy». Mañana yo te llevo en el auto, mamá. Hoy es feriado, quiero comprarte mercadería en el supermercado y hoy está todo cerrado. «Ah, bueno, me hubieses dicho antes».
Sentados en el patio veíamos cómo el anochecer del primer día del año se iba aproximando. «¿Lo llamaste a Marcelo para que me vaya a esperar?». Sostenía la misma revista del mediodía. No sé si la leía o solo miraba las fotos de las rubias vestidas a la moda. ¿A dónde te tienen que ir a esperar, mamá? «A la terminal de colectivos. Voy a llegar de noche y alguien me tiene que esperar». No te vas a ir en colectivo, mamá. Y menos hoy. Yo te voy a llevar a tu casa mañana. Vamos a ir en el auto. «Yo no tengo casa, es la casa de mi mamá». No, mamá. Es tu casa. A tu casa te voy a llevar. «Pero no traje la llave». Sí, mamá, la trajimos y está en el auto. «Ah, bueno, ¿entonces hoy no me voy?». Mañana yo te llevo. Ahora vamos a comer un asadito, dormimos y cuando te levantés, te llevo. Abrió la revista que había cerrado segundos antes y clavó la vista en sus páginas. No tenía los anteojos para leer, por lo que confirmé que solo miraba las fotos.
No fue fácil la noche, sobre todo para Josefina, que compartía la pieza con ella. Dos o tres veces tuvo que explicarle, en horas de sueño, que no se levantara, que durmiera, que todavía era de noche y estábamos todos durmiendo.
Se levantó de buen humor pero quejándose de un dolor que le nacía en el cuello y continuaba en su brazo derecho. «Para colmo es el derecho, el que yo uso y no puedo hacer nada. No sé qué tengo en este brazo…». A ese dolor lo venía arrastrando desde hacía ya cinco años, cuando se quebró el húmero derecho al caerse en su casa a la salida del baño y estuvo tirada en el piso, sola, veinticuatro horas sin ser asistida. A pesar de las operaciones, nunca pudo recuperar la movilidad normal del brazo ni olvidarse del eterno dolor.
«¿Le hablaste a Marcelo?». Él ya sabe que te llevo. ¿Para qué querés que le hable? «Para que me espere. Que compre algo para comer…». Mamá, hoy es sábado y Marcelo seguramente está trabajando. Además está con su familia. Yo voy a comprar algo para que comas al mediodía. Además, va a estar alguna de las chicas que te acompañan. Bajó la cabeza como para disimular, seguramente no me había entendido.
Juntamos los dos bolsos que había traído con su ropa y la cartera. ¿Dónde tenés el barbijo, mamá? «Ah, ¿qué sé yo? ¿Yo traje barbijo?». Sí, mamá. Estaba guardado en la cartera. «¿Y mis anteojos negros?». Acá, junto con el barbijo. «Me duele mucho el cuello… y acá el brazo derecho». Le di para que tomase un Tafirol. Tomá, con esto se te va a pasar un poco.
Subimos al auto a las 9. Una hora y media nos esperaba de viaje. «¿Le avisaste a Marcelo para que nos espere?». Sí, mamá. Marcelo ya sabe que te estoy llevando. Además debe estar trabajando. Ya lo vas a ver… Cargamos nafta y partimos. «¿Sabés de lo que me estoy dando cuenta? De que no traje la llave de la casa de mi mamá». No habíamos salido aún de Rafaela. Todavía no habíamos ingresado a la ruta 70, la que nos comunicaba con Santa Fe. La llave es de tu casa, no de tu mamá. «Es la casa de mi mamá». ¿Cómo encarar la situación?... ¿Quién es tu mamá, mamá? Respondió sin titubear: «¡Sofía!». ¿Y dónde está Sofía, mamá? Vinieron a mi mente las palabras de la médica gerontóloga: «No la hagan sentir mal con los recuerdos, sobre todo si no colaboran a hacerla sentir bien». Y me sentí mal. Miró al frente. La ruta 70 comenzaba a aparecer pero ella no miraba hacia adelante. Seguramente lo hacía hacia adentro. Y llorisqueó. Buscó un pañuelo entre sus ropas y le alcancé un descartable que tenía en el auto. Se secó los ojos por debajo de los anteojos negros y entre lágrimas y mocos me dijo: «Yo la tengo muy presente a mi mamá. Soy una boluda. No me doy cuenta de que ya no está». Intenté sacarle dramatismo a la situación y de manera risueña le pregunté: ¿Sabés cuántos años tendría tu mamá ahora? «Ma qué se yo…». Nació en el año 1900. Tendría ciento veinte años. ¿Conocés a alguien que tenga ciento veinte años? No dijo nada. Siguió mirando hacia adelante (o hacia adentro). Quién sabe en qué estaría pensando o en qué otro mundo se encontraba su mente ahora. Rompí el silencio para hacerla pensar un poco. Mamá, ¿quién cumple años dentro de pocos días? Respondió enseguida: «Yo cumplo años… El 9. ¡Mirá si no me voy a acordar!». ¿Y sabés cuántos cumplís? «¿Qué sé yo? Como cien…», y rio. Le afloró una sonrisa como si su propia edad fuese una broma que le hacía la vida. Desde que subió al auto no se había quejado del dolor de cuello y brazo. Naciste en el 34. O sea, vas a cumplir… (acá dudé yo) ¡87 años! «¡Qué vieja!», dijo y volvió a reír.
Al llegar al primer peaje de la ruta 70 habíamos recorrido no más de veinte kilómetros de los noventa que nos separaban de Santa Fe. «¡Qué largo se me está haciendo este viaje», se quejó. Mamá, recién salimos. «Ah, pero para mí se hizo relargo… A esta ruta no la conozco. ¿Para dónde vamos?». Esta es la ruta que hacemos siempre, mamá. Vamos para Santa Fe. Tenemos que pasar por Nuevo Torino, Humboldt, Esperanza… «Pero yo nunca vine por acá». No seguí esa conversación. Hacía treinta años que me había radicado en Rafaela y las miles de veces que hizo ese trayecto de ida y vuelta lo había hecho por la misma ruta.
En un momento comenzó a buscar algo alrededor, entre sus piernas. «¿Yo no traje nada, ni cartera ni bolso?». Sí, mamá. Tu cartera está en el asiento de atrás. Junto con dos bolsos con tu ropa. Intentó darse vuelta para mirar y no pudo hacerlo. El dolor reapareció. «No puedo mover el cuello de cómo me duele… Y el brazo, el derecho… No sé qué tengo…». La vista al frente, hacia el paisaje llano, soja por un lado, maíz por el otro. Poco movimiento en la ruta. «Hace calor». Quién sabe en qué va pensando. O qué recuerdos, imágenes, sonidos dan vuelta en su cabeza. Nuevamente dudo si mira el paisaje a través del parabrisas o da vuelta por un mundo pretérito. Sus próximas palabras me confirman que acaba de volver al pasado. «¿Le avisaste a mamá que estamos yendo?». No quiero volver a preguntarle quién es su mamá y dónde está. Hago silencio. La miro de reojo y advierto que nuevamente llorisquea y se lleva el pañuelo descartable a los ojos, por debajo de los anteojos. De repente habla: «O sea, yo ya no tengo madre, ni esposo, ni nada…». Sí, mamá, tenés a tus hijos: Marcelo, Liliana, la Pupi y yo. «A mis hijos y a mis hermanos…». No, mamá. Tus hermanos tampoco están… murieron. Me arrepentí inmediatamente de haberle dicho tan crudamente la verdad, no por la verdad misma, sino por la forma. Me imaginé la cara de la gerontóloga recriminándome estas nuevas palabras. Meneó la cabeza y dirigió la vista al frente. Los anteojos negros que mi vieja llevaba puestos me impedían ver si tenía los ojos abiertos o si los había cerrado, intentando darse cuenta de una realidad a la que parecía no encontrarle sentido.
Luego de varios minutos de silencio, volvió a dirigirme la palabra: «¿Vos tenés llaves de la casa de mi mamá?ۛ». Sí, tengo llaves, pero de tu casa, no de tu mamá. «Ah, porque yo a las mías no las traje». Sí, las trajiste, acá están. Y le muestro el llavero con sus llaves que está en el organizador del auto, entre los asientos. «Esa no es mi casa…», asegura sin mirarme. ¿Y de quién es, si no es tuya? «No sé, mía no es». Sí, mamá, esa es tu casa. Ahí vivís vos desde que falleció papá, hace… (vuelvo a dudar y caculo) como diecisiete años. Menea la cabeza como negando y no dice nada. Silencio de introspección que no interrumpo a propósito. Quién sabe si no es más feliz en ese mundo desconocido para mí pero vivo en su mente.
«¿Le avisaste a Marcelo que estamos yendo?». Sí, mamá, Marcelo ya sabe. Y ya sabe Liliana y ya sabe la Pupi también. Cuando lleguemos seguramente va a estar una de las chicas que te cuidan. No dice nada. ¿Qué tal son las chicas? ¿Son buenas?, pregunto. «Sí, son buenas…». ¿Te acordás cómo se llaman?, intento ejercitar un poco su memoria. «No, no sé, no sé quiénes son». Trato de ayudar: Rocío es una, Sandra es otra. Y Jésica. Hace un movimiento de hombros como diciendo que no se acuerda. «¡Qué largo se me hizo este viaje! Por acá no vinimos nunca… Por acá alargamos». No, mamá, siempre venimos por acá. Lo que pasa es que hace casi un año que no viajás y debés estar cansada, por eso. Ya vamos a llegar. «¿Le avisaste a Marcelo?». Sí, mamá. Le avisé. «¿Y la llave de mi casa? ¿La tenés vos?». Sí, mamá, la tengo yo.
Cuando llegamos, la dejé en su casa —estaban dos de sus nietos santafesinos— y fui al supermercado a comprar mercadería para que tenga para los próximos días. Le compré comida hecha para que no tuviesen que cocinar: pollo al horno con papas. Llegó una de sus cuidadoras, Jésica, a quien le digo mientras me ayuda a guardar la mercadería que solo había que calentar la comida. ¡Qué buen hijo!, le dice Jésica a mi madre. «¿Viste? Así es mi esposo. Vos te tenés que buscar uno así». Jésica me mira sin saber cómo reaccionar. Le hago una mueca como para que le reste importancia. No, Emilia, déjeme así que yo estoy bien sola, sin marido, dice Jésica. «Pero un marido así tenés que buscarte, como el mío». Ya era hora de volver a Rafaela, donde me esperaban a almorzar. Bueno, mamá, yo me voy. Me vuelvo a Rafaela. «¿Pero volvés más tarde?». No, me voy a Rafaela, con mi familia. Yo vivo en Rafaela. «¿Y no volvés más?». Sí, pero otro día. No puedo viajar todos los días. «¿Y le avisaste a Marcelo que ya estoy acá?». Sí, mamá. Ya le avisé. Les avisé los tres: a Marcelo, a la Lili y a la Pupi.
Y me volví a Rafaela con una angustia inevitable, con la cabeza llena de preguntas sin respuestas. Pero con la certeza de que la vida nos juega a traición cuando menos lo esperamos. Puse la música a todo volumen y encaré para la ruta 70.

03/01/2021

lunes, 3 de agosto de 2020

OTRA MAÑANA



Sintió fiaca, como todos los miércoles, jueves y viernes a esa hora. Manoteó el reloj despertador y lo calló. Sin embargo, no lo odiaba. No podía odiar a una cosa, a un aparatito metálico inventado por el hombre para cumplir horarios establecidos por el propio hombre. Lo miró y perdió toda esperanza de que la máquina se hubiese equivocado: eran, indefectiblemente, las cinco de la mañana. Tomó coraje y comenzó a levantarse. Le costaba, pero no quedaba otra opción. ¿Qué hacer si no? Escuchó un grito proveniente de la pieza contigua:
—¡Negri! ¡Las cinco!
—Ya estoy despierto… —murmuró sin importarle si en la otra pieza lo escuchaban.
Una vez sentado en la cama, encendió la luz. Murmuró algunas palabras que ni siquiera él comprendió y comenzó con los movimientos mecánicos, sin pensar demasiado, para vestirse. Camisa blanca, pantalón negro de gabardina, medias negras y zapatos del mismo color. La mañana estaba fresca y se puso un pulóver gris escote en ve. A la corbata la dejó para lo último, segundos antes de salir. No terminaba de acostumbrarse a usarla. Con sus ojos aun semicerrados se dirigió al baño, lugar donde se terminaba de despertar por completo. Estaba todo calculado: se lavaba la cara, se mojaba el cabello, se cepillaba los dientes y se sentaba en el inodoro a leer. Un libro sobre el Che lo entretenía en sus momentos íntimos. Una página o dos por día eran suficientes y ayudaba el trabajo intestinal.
Ya con la taza de café en manos abrió un libro de Bioy y continuó la lectura comenzada días atrás. Hacía todo pendiente del reloj. A las seis menos veinte acostumbraba a salir caminando rumbo a la terminal de colectivos pero a veces el estómago le jugaba una mala pasada. A los apurones tenía que sentarse nuevamente en el inodoro y hacer todo contra reloj. Por supuesto que en estos apuros el Che no se hacía muchas ilusiones de ser leído. No obstante los imprevistos, siempre tenía tiempo suficiente como para llegar con tranquilidad a la boletería.
Ese día no había sufrido contratiempos y salió con carpetas y libros bajo el brazo, con mucha parsimonia, hacia la calle todavía oscura. No tenía demasiadas ganas de ir a dar clases pero las obligaciones laborales no podían eludirse con tanta facilidad. La humedad era insoportable. Había una neblina muy espesa y no podía ver más allá de media cuadra. Linda mañanita para seguir durmiendo, pensó bostezando. Caminaba como sonámbulo por las calles vacías, húmedas y patinosas.
Una vez sentado en su butaca a la espera del horario de salida, miró a su alrededor y notó —como nunca lo había hecho— que no era el único imbécil que se levantaba a esa hora, que no era el único que se disfrazaba así. Vio ojos semicerrados que se subían al colectivo y se iban acomodando en silencio en sus asientos. Vio al diariero de todos los días balbuceando la palabra «diario» en su propio dialecto y también escuchó los comentarios de los más despiertos sobre los últimos anuncios del ministro de Economía. No advirtió en qué momento se puso en marcha el motor, pero cuando el colectivo se puso en movimiento sintió una paz interior que lo desbordó. Se acomodó bien y esperó ansioso que el guarda retirara los pasajes. Tenía unos cuantos minutos por delante para relajarse y cerrar los ojos antes de llegar a Nuevo Torino.

Abrió la carpeta y con la lapicera fuente en su mano derecha releyó por enésima vez los escritos. Había mandado los originales a un concurso literario nacional y los resultados todavía no habían sido dados a conocer. No se tenía fe, pero todo aquel que participa en un concurso no deja de hacerse ilusiones hasta que se entera de que el ganador fue otro. No le parecía un mal cuento. No se consideraba un Borges ni un Cortázar pero su obra no le disgustaba. Corregía sus escritos constantemente: era un eterno revisar y modificar hasta la más insulsa coma que le parecía inapropiada. Siempre encontraba algo que cambiar. Apretó el play del grabador que estaba a su lado y sintió nostalgias por épocas pasadas. Muchacha ojos de papel era una de sus preferidas. Y los viejos recuerdos venían a su mente con aquellos amargos compartidos en su pieza con sus amigos de la secundaria. Viejos amigos… ¿dónde están?... Fue a la cocina a preparar esos mates de siempre aunque no tuviera con quién compartirlos. Sus viejos los tomaban dulce y siempre le criticaban los suyos. El timbre se mezcló con Spinetta y no le dio importancia, alguien atendería el llamado. Pensó que sería una gran experiencia recibir aunque sea una mención. ¿Se darían menciones en esos concursos?... Estaba bien. Hacía lo que le gustaba. Amaba. Era feliz al pensar que todavía creía en el amor. Y si a veces se sentía un bicho raro ante cierta gente, le importaba un rábano. ¿Habrán participado muchos? Che, para vos…, dijo su madre mientras le entregaba un sobre marrón del correo. Leyó el remitente y un escalofrío recorrió todo su cuerpo. ¡De tanto pensar se me hizo! Rompió el sobre con violencia y nerviosismo. Se fijó ahora en el destinatario, por las dudas... y sí, era para él. Se quedó mudo con la carta en la mano. Miró el reloj de pared y no supo explicarse por qué lo hizo. No tenía apuro para nada. Dobló el papel y se sentó. Su cara ahora era inexpresiva. Por fin murmuró: ¿Gané? No lo podía creer. Se preguntaba si había participado solo. ¡Pero qué estaba diciendo! Le comunicaban que había ganado, que había sacado el primer premio, y no era capaz de esbozar una sonrisa. ¿Gané? Iba tomando conciencia. Las dudas se disipaban poco a poco. Sí, era para él. Y dentro de quince días le entregarían el premio en un acto… Seguramente tendría que decir algo, preparar unas palabras, pero ¿qué? ¿Un discurso? ¿O solo palabras de agradecimiento? Sentía ahora vergüenza por haber mostrado sus escritos, era la primera vez que lo hacía… Seguramente los imprimirían, comenzaría su obra a recorrer el mundo, la leería mucha gente. Recordó las palabras de Hemingway cuando decía algo así como que publicar es echarse a los perros. ¿Y si no gusta? ¿Qué dirían sus conocidos que ni siquiera sabían que él escribía? ¿Cuántas cosas tendría que aguantar a partir de esta situación? ¿Qué es?, preguntó su madre. La miró y olvidándose de todos sus cuestionamientos se levantó, le dio un gran beso en la mejilla y gritó: ¡Gané!

De pronto la luz del interior del colectivo se encendió y lo encandiló. Se sintió perdido. No supo qué hacer y un par de manotazos lo ayudaron a reaccionar. Sus libros y carpetas estaban a punto de caerse. El colectivo había aminorado la marcha y escuchó el grito del chofer: ¡Nuevo Torino! Allí debía hacer el trasbordo a otro colectivo que lo llevaría a Pilar. Sonrió. Pensó en sus alumnos del Instituto Santa Marta. Ellos formaban ahora parte de una realidad que era ineludible. Una realidad que de vez en cuando lo dejaba irse a otros mundos inciertos que también eran necesarios para poder seguir sintiéndose vivo.
1991

sábado, 11 de julio de 2020

23 DE OCTUBRE


Fue el peor día de mi vida. Lo digo ahora, mirándolo desde lejos, analizando la situación con un poquito más de tranquilidad. Corría octubre, recuerdo, y la situación de mi familia era crítica. El viejo hacía tiempo que andaba sin laburo y se las rebuscaba con algunas changas. Del ferrocarril lo habían echado por racionalización. ¡Qué palabrita! Como si el hombre fuera solo un pedazo de carne… La política neoliberal estaba haciendo estragos en el país y la privatización de los ferrocarriles era inminente. La vieja tenía bastante que hacer en casa con mis hermanos y también conmigo, que a los dieciocho años no estudiaba ni laburaba y estaba viviendo a costillas del pobre viejo. De vez en cuando me las rebuscaba para llevar unos mangos a casa pero, debo confesarlo, no me simpatizaba mucho hacerlo. Siempre fui un tipo tranquilo. Buscaba constantemente la soledad y me aislaba de los que me rodeaban. Nunca me gustó el tumulto. La gente no me cae bien.
Pensándolo bien, no sé si fue el peor de los días de mi vida, porque en realidad me dejó muchas, muchísimas enseñanzas. Si no fuese por ese día, hoy Sebastián no me estaría mirando.
Me desperté cuando el viejo llegó a casa, a los apurones y llevándose todo por delante. Eran las cinco de la mañana. Escuché los gritos de la vieja: ¡¿Qué hacés, Adolfo?! ¿De dónde sacaste eso? Mi viejo tardó en contestar. Luego de unos minutos, jadeando y en voz baja, quizás para evitar que sus hijos escuchásemos, le explicó el porqué de todo. No aguanto más, Susana, no aguanto más. Ya no me siento ni siquiera hombre. No puedo sentirme orgulloso de ser padre. Llorisqueaba. Fue la primera vez que lo escuché hablar con dificultad. Me imaginé su rostro y me sentí muy triste. ¿No me entendés, Susana? Los pibes tienen hambre. Estoy cansado de golpear y golpear puertas y que me reciban con los puños cerrados. ¡¿No me entendés, carajo?! Hacía esfuerzos para no gritar. Hubo un largo silencio de palabras pero no de llantos. Lloraron juntos. Quizás se abrazaron. Poco a poco el silencio se fue adueñando de la situación. No pude volver a cerrar los ojos y me levanté. Dos o tres mates fueron suficientes. Los viejos se habían ido a su pieza. Sobre la mesa había unos cuantos billetes apilados y dos relojes pulseras dorados. Ni los toqué. Busqué aire puro y no lo encontré. Las calles de la ciudad estaban sumergidas en una nube negra y espesa.
¿Qué día de octubre fue? Sí, ahora lo recuerdo: 23 de octubre. El 24 iban a ser dos años que había conocido a Mariela y quería darle una sorpresa. Confieso que el dinero que estaba sobre la mesa me tentó y mucho. Pero, ¿qué sabía yo para qué lo había llevado mi viejo a casa? Caminé sin rumbo fijo e intentaba pensar en algo ingenioso. No tenía un solo peso, por lo tanto, mi ingenio tendría que hacer un gran esfuerzo, cosa a la que no estaba acostumbrado.
Cuando lo vi, me paralicé. Me encandiló. Pestañé dos o tres veces hasta que lo observé detenidamente. El brillante era hermoso. Estaba en una cajita de terciopelo roja y anulaba con su majestuosidad a todas las joyas que estaban a su alrededor. ¡Cómo me gustaba! ¡Cómo le gustaría tenerlo a Mariela! La gente apenas transitaba por la calle a esa hora y faltaban por lo menos dos horas para que la joyería abriera sus puertas al público. Sentí una incertidumbre desconocida. Tenía ganas de romper el vidrio y llevarme el brillante. ¿Y la alarma? Ese era el problema. Pero pensé que preocuparme por eso era el mayor obstáculo. Alcé una baldosa, cerré los ojos y escuché la explosión. Los pedazos de vidrio se desparramaron y en el mismo momento en que la alarma comenzó a hacerse escuchar, agarré el brillante y corrí hacia cualquier lado.
Mariela me abrazó y me besó con mucho entusiasmo al principio. Pero con preocupación a los pocos segundos. El brillante la había enloquecido. Nunca había visto algo parecido. ¿Cuánto te costó? No la miré y desconfió. ¿De dónde lo sacaste? No contesté con palabras. Los besos fueron mi respuesta y como contrarrespuesta recibí la entrega total de Mariela. Pasamos toda la siesta en un hotel y tras cada pregunta acerca del brillante, que ya tenía colocado en su anular y no dejaba de mirarlo en ningún momento, yo callaba o cambiaba de tema. Fue todo muy lindo, pero algo adentro mío me decía que ese día, ese maldito 23 de octubre, iba a ser más largo de lo que yo esperaba y me traería más de una sorpresa. Y no tardé en comprobarlo.
Cuatro enfermeros sacaban dos camillas con sábanas blancas bañadas en sangre que cubrían aparentemente dos cuerpos. La policía prohibía el paso de peatones y de vehículos. Yo me acercaba con mucho miedo e intriga. De mi casa parecía salir humo o eso fue lo que me pareció. No veía a mis hermanos ni a los viejos. ¡Alto, no se puede pasar!, me gritaron. ¡Yo vivo ahí!, respondí mientras empujaba al policía sin obedecerle. Me dirigí hacia una de las camillas y levanté la sábana: un hombre de barba oscura tenía la cara empapada de sangre. Sentí náuseas. Me apartaron sin dejarme ver quién estaba en la otra camilla. La ambulancia se fue inmediatamente pero sin hacer sonar la sirena. ¿Quién sería ese hombre de barba? ¿Qué hacía en mi casa? ¿Cómo había muerto? ¿A quién se llevaban en la otra camilla?
Sebastián, fruto de aquella siesta del 23 de octubre, me sigue mirando con mucha atención. Mariela lo tiene en brazos mientras yo aprieto con fuerza, impotente, los barrotes de mi celda. Si no fuera por ese revistero que me vio correr como loco luego de la explosión del vidrio, no me hubiesen agarrado. Pero las cosas son como el destino manda y hasta dentro de dos años y tres meses no podré correr con Sebastián por la plaza del barrio.
¡Pobre, el viejo! También a él el destino le jugó una mala pasada. Yo sospechaba que mi vieja tenía sus aventuras, pero nunca creí que lo haría en casa. ¿Quién te mandó, vieja, a meterte en tu propia cueva?
¡Ay, día nefasto! Mi viejo en cana. Yo también. Mi vieja… que en paz descanse. Mis hermanos, solos, a la buena de dios. Mariela con Sebastián… lo único bueno que me pasó entre tanta miseria. ¡Ay, 23 de octubre, quién te pudiera borrar del almanaque para siempre!

1991

viernes, 10 de julio de 2020

DELINCUENTES



Eran cuatro. Tres pertenecían a la misma familia (dos hermanos y un primo). El restante, un incondicional. De los dos hermanos, una era mujer. La cabecilla, el cerebro. Sus variadas lecturas y su admiración por Tom Sawyer y Huckleberry Finn la habían ayudado a erigirse en líder de la banda. Dicen quienes los conocieron más de cerca que los hombres debían rendirle cuenta sobre su actividad delictiva y que ella celosamente guardaba lo malhabido en su casa. Nunca usaron armas, nunca maltrataron a sus víctimas. Si alguien les hubiese dicho que eso era un trabajo, no lo hubiesen hecho seguramente. A ella ser la jefa le daba seguridad suficiente como para ejercer dominio sobre sus compinches. Tomaba esa actividad como un pasatiempo rentable, como un hecho provechoso, pero por sobre todas las cosas, como un juego, una actividad que nadie la obligaba a realizar. Se sentía líder. Y así era feliz. 
La suerte fue por un tiempo su aliada pero, como ocurre siempre con esta clase de triunfadores, el éxito fue efímero. 
El final de las tropelías que habían comenzado quién sabe cuánto tiempo atrás, llegó antes de lo esperado en un comercio céntrico de la ciudad. El primo fue observado por una vendedora justo cuando tomaba lo que no correspondía y lo escondía en el bolsillo de la campera. El incondicional fue un poco más burdo para ocultar su botín y ante la desesperación por sacárselo de encima, se lo pasó a la jefa, quien lo ocultó bajo la ropa. No pudo pasar desapercibida. Los paquetitos de queso sustraídos por el primo tenían un tamaño ideal y tentador, pero la pelota de fútbol número cinco no fue fácil de disimular. Y menos aún estando inflada. El hermano menor los miraba absorto. Los cuatro fueron aprehendidos ese nefasto día en Casa Tía. 
Los delincuentes, con solo doce años a cuestas, debieron prometer el resarcimiento del daño para no ser reportados a la autoridad policial y, por ende, a sus padres. Y lo hicieron bastante rápido. En un descuido de una familiar cercana, se hicieron del dinero que estaba destinado a abonarle al sodero la compra mensual, y así evitaron que su accionar se hiciera público ante la sociedad, sus familias y sus amigos, delito cometido en un comercio del que, según dicen, muy pocos chicos de esa edad han podido salir sin llevarse su pequeño botín escondido…

lunes, 11 de mayo de 2020

SOLO HASTA EL FINAL



De chico ya me gustaba estar solo. En la escuela, en la calle, en casa. Pero era difícil.
En la escuela estaba rodeado de cientos de chicos alborotados que jamás me dejaban sentir en soledad. Pero me las ingeniaba. En el aula, mientras el profesor intentaba mantenernos a todos atentos, yo, en el último banco, me dedicaba a dibujar. Nunca nadie le encontró sentido a mis dibujos. Ni yo. Pero era hermoso hacerlos, mirarlos crecer, terminarlos, esconderlos para evitar la sanción. Me las arreglaba para alejarme de todo el entorno y ser feliz en mi pequeño mundo interior.
Donde no tenía mayores problemas para aislarme era en la calle. Siempre caminé por los cordones de la vereda sin reparar en la gente ni en los autos que pasaban. Bajo el sol o bajo la lluvia. Con la única compañía del cigarrillo que se consumía enseguida. O silbando una canción que me ayudaba a ignorar los ruidos molestos del mundo.
En casa no era nada fácil. Éramos cuatro hermanos más mis viejos en una casa chiquita. Pero siempre me la ingenié para estar conmigo mismo, aunque acompañado. Los mejores momentos los pasaba sentado arriba del ropero que había en el comedor y escuchaba música muy fuerte con los auriculares puestos. No me daba cuenta de que mi familia estaba en casa, no escuchaba si sonaba el teléfono o si llamaban a la puerta. El perro podía ladrar sin cansarse que yo no lo escuchaba. Con mi música imaginaba episodios que me hubiese gustado convertir en realidad. Lo curioso era que en todos esos sueños no quería estar solo y hacía participar a una amiga que siempre estaba a mi lado y con la que disfrutábamos al máximo nuestra adolescencia en libertad. Y es por eso que ahora pienso seriamente si mi soledad se debía a que me gustaba estar solo o simplemente a mi incapacidad de comunicarme con los demás. Siempre soñé con tener un cuarto propio y nunca lo tuve. Más que un cuarto, un refugio. Un altillo lleno de cosas mías, de mis libros, de mis posters, de mis cuadros, de mi música, de mi ropa… todo mío. Con una ventana a la calle y desde arriba mirar a la gente pasar. Y que no me vean. Quería saber de los otros pero que nadie supiera de mí. Por las tardes abría la ventana del frente de casa a la misma hora y esperaba que pasara una maestra de la escuela del barrio —nunca supe cómo se llamaba— que me gustaba. Habrá tenido unos diez o quince años más que yo… pero qué linda era. Yo la observaba mas no me dejaba ver.
Siempre quise estar solo, no sé el porqué: siempre me gustó. Además, tengo que sentirme satisfecho porque, al fin de cuentas, nunca tuve a nadie a mi lado. A pesar de que quisieron hacer de mí un ser social. ¡Ja! No pudieron.
Y hoy estoy solo. No sé si decir que soy feliz. Tendría que estarlo, ¿no? Estoy como siempre me lo propuse: sin nadie a mi alrededor. Solo unas pocas luces y una sábana blanca. Nadie me viene a ver, a reconocer. Estoy verdaderamente solo. Dentro de veinticuatro horas seguramente la tierra estará cayendo sobre mi cajón y ni una lágrima, ni una, caerá por mi culpa.

1993

UN INALCANZABLE OBJETIVO ALCANZABLE



Valerio y Simón se encontraron a las tres de la tarde en una de las tantas plazas de su ciudad. El día era oscuro y frío. Nubes grises cubrían todo el cielo. Una densa neblina flotaba sobre la ciudad. Valerio maldijo el tiempo y Simón, callado y con un gesto, asintió la protesta de su amigo.
Los dos eran callados, de carácter introvertido. El silencio era muchas veces su único contacto. A pesar de que los dos tenían ocho años, tenían un físico bastante diferente. Valerio era petiso, rellenito y con cabellos negros y enrulados. Simón era alto, flaco y usaba su pelo castaño más o menos largo. Estaban juntos porque siempre lo estaban. Quién sabe cuánto tiempo hacía que eran amigos... Habían compartido innumerables aventuras callejeras y justamente ese día, a las tres de la tarde, hora en que toda la ciudad dormía, estaban aburriéndose.
—¿Qué hacemos? —preguntó Valerio.
—No sé... ¿Qué sé yo?
—Nunca más recuperamos la pelota...
—Ese viejo es un desgraciado. Le rompería el quiosco a patadas...
Cuando Simón pronunció estas palabras, a Valerio se le iluminaron sus ojos. Sonrió. Seguramente una nueva idea se le había ocurrido. ¡Vamos!, le dijo a su amigo tomándolo del brazo y se echaron a correr hacia el quiosco del viejo que retenía la pelota de goma que una semana atrás había roto el vidrio de la puerta luego de una serie de cabezazos entre los amigos. Simón corría detrás de Valerio sin entender muy bien lo que pasaba. Valerio revoleaba sus piernas desprolijamente, como guiado por una fuerza desconocida. Simón lo seguía a pesar de todo porque conocía muy bien a su compañero y sabía que no lo hacía en vano. Eran como dos delincuentes volviendo inocentemente al lugar del crimen.
—¡Pará! ¡Pará! —gritó de pronto Simón.
—¿Qué pasa? —contestó Valerio mientras detenía su marcha y jadeaba cansado.
—Explicame un poquito... ¿Pensás que el viejo nos va a devolver la pelota después de lo que hicimos?
—No, gil. Hoy es feriado. El quiosco está cerrado y como está nublado, se me ocurrió una idea genial...
—No entiendo nada.
—¡Quiero ver el sol! —gritó Valerio y volvió a correr.
Simón dudó unos segundos antes de seguirlo. Se rascó la cabeza. No sabía qué hacer. ¿Quiere ver el sol?, se preguntó a sí mismo... y la idea no le disgustó. Emprendió también la carrera rumbo al quiosco, rumbo a lo desconocido, que fue lo que más lo entusiasmó. No sentían frío por el trote ligero, pero la falta de sol sobre la ciudad era cruel.
—¿Sabés? —dijo Valerio cuando se detuvo a unos pocos metros del quiosco—. El viejo todavía no hizo arreglar el vidrio.
—Pero está tapado...
—Sí, pero es fácil destaparlo. ¿Te acordás del agujero que hay en el techo del quiosco?
—Sí, pero... ¡Aclarame algo!
—El edificio inmenso que está arriba del quiosco no está terminado y está abandonado...
—¿Y?
—¡Es fácil! El edificio es altísimo. Si llegamos hasta arriba de todo quizás superemos las nubes y podamos ver el sol...
Simón se quedó pensativo. La idea empezaba a interesarle.
—Pero hay que entrar al quiosco... —ambos se pusieron serios—. ¿Y si nos cachan? Van a pensar que entramos a robar.
—¡Pero no, si no hay nadie!...
Se miraron un instante sin decir nada. Valerio esperaba la respuesta de su amigo. Simón estaba entusiasmado pero tenía que vencer sus miedos. Al fin tomó coraje y gritó:
—¡Ma sí! ¡Vamos!
Ahora fue Valerio el que dudó. No esperaba esa respuesta de Simón, y menos así tan rápida. Especulaba con la negativa de su amigo y la idea quedaría como un proyecto irrealizable. Toda la culpa de la frustración recaería sobre Simón, por su cobardía. Pero la situación había cambiado. Simón era el que ahora tenía la fuerza y las ganas y Valerio el que debía dejar de lado los temores. ¿Debía echarse atrás?
—¡Dale, vamos! —insistió Simón.
—Bueno...
No se decidía. Pero no podía decir que no, no debía mostrar sus flaquezas. La idea era buena, al sol lo iban a poder ver fácilmente. El edificio era altísimo y la neblina borraba los últimos pisos... pero había que pasar por el quiosco... ¿Valía la pena arriesgarse? Sí, claro que vale la pena, se decía para darse fuerzas. Era una aventura más para compartir con su mejor amigo, solo debía decidirse. Sentía como si la felicidad de toda su vida estuviera en la realización de este proyecto.
—¡Ma sí! ¡Vamos! —gritó al fin Valerio.
Ya estaban metidos en el juego. No podían echarse atrás. El quiosco estaba ahí, frente a esas miradas inocentes que observaban que a la puerta le faltaba el vidrio que días atrás ellos mismos habían roto. Un cartón tapaba el hueco; una cinta de embalar marrón lo sostenía al marco. Romper esa protección o simplemente sacarla sería una pavada. Solo debían cuidarse de que nadie los viera. La calle estaba vacía. Apenas un auto pasaba velozmente. Desde el balcón de un edificio de la cuadra advirtieron que una mujer los observaba. Una señora de unos setenta años. Pero hasta ahora nada malo estaban haciendo, se sentaron en el cordón de la vereda y disimularon su intención. Esperaron varios minutos sin hablar, nerviosos, esperando ansiosamente que la señora ingresara a su departamento y los dejara actuar. Temblaban. No sabían si de frío o de miedo. La neblina no se disipaba pero comenzó a soplar viento sur, fuerte y frío. De pronto advirtieron que la única testigo había desaparecido, tan inesperadamente como había surgido el viento. Ya podían actuar libremente. Estaba todo listo para cruzar la barrera hacia el sol.
De los dos, era Valerio el que generalmente tomaba las iniciativas, por lo que dudando primero y venciendo luego el temor, de un manotazo desprendió el cartón que tapaba el agujero de la puerta. Por ese espacio pasarían tranquilamente. No volvieron a hablar. Sabían que el silencio era importante y, además, una clave. Sabían además, a pesar de su corta edad,  que para lograr el objetivo tendrían que medir cada movimiento con mucho cuidado. Primero pasó Valerio y vio todo en penumbras. Le costó adaptar su vista al ambiente. Simón cruzó el abismo segundos después, luego de comprobar que nadie los estaba observando. Tapó desde adentro nuevamente el agujero con el cartón. Lo logró a medias. La cinta ya no se adhería al marco como antes. Afuera las hojas de los árboles corrían cada vez más fuerte hacia el norte. El camino se hacía ahora más difícil debido a la oscuridad.
Un mundo de fantasía encontraron adentro del quiosco. Chocolates de todo tipo en una estantería, caramelos de todas clases y marcas en cajones y frascos, pelotas de goma de todos los tamaños colgaban en redecillas, innumerables juguetes ocultaban las paredes, cajas y más cajas de las figuritas que ellos mismos coleccionaban. Todo esto brillaba a pesar de la oscuridad frente a los ojos inmensos de los chiquilines. No dijeron nada, no movieron un solo dedo, solo miraban. Parecía mentira. El sueño de todo pibe de estar solo y sin guardianes adentro de un quiosco era para ellos en esos momentos una realidad. Se les hacía agua la boca.
—¡El techo! —gritó Simón.
—Sí, ahí está el agujero... Tiene una tapa.
—Pero se puede abrir. ¿Cómo subimos?
—¡Ahí! La escalera.
Subió Valerio muy lentamente mientras Simón sostenía la escalera destartalada. La tapa cedió fácilmente y un oscuro infinito se divisó en lo alto.
—¿Podremos llegar?
—No hay más que probar...
Valerio y Simón estaban poseídos por una fuerza que desconocían: el coraje y la confianza eran sus aliados. Subió también Simón. Abajo dejaban un quiosco intacto, inexplorado por dos niños que se dirigían a su destino fundamental: el sol. Un sol hermoso que imaginaban en la azotea, más allá de la neblina y de las nubes grises. Les latía el corazón desesperadamente mientras subían por las escaleras sin terminar del viejo edificio. Todo estaba oscuro. Solo el chillido de algunas ratas se escuchaba además de los pasitos infantiles. Eran dos ciegos rumbo a la luz.
—¿Será cierto que los edificios son más altos que las nubes?
—Mi papá me dijo que los rascacielos sí son más altos.
—Ojalá, porque si no, no podremos ver el sol.
—Si no podemos... si no podemos...
—¡Si no podemos, por lo menos lo intentamos!
—Sí, pero... ¿será cierto?
Luego de varios minutos de subir casi corriendo por las escaleras abandonadas, llegaron al último piso. Escucharon a esa altura lo fuerte que soplaba el viento. Se encontraron frente a una puerta metálica cerrada con un alambre. Abrirla debería ser fácil. Por debajo de la puerta ingresaba una leve claridad que hacía ilusionar a los niños.
—¡Dale, dale!
—¡Pará, que está duro!
El alambre no cedía. Los corazones se aceleraban cada vez más. Los latidos podían escucharse en todos los pisos del edificio. Cada ruido que hacían era respondido por un eco en el vacío. De pronto escucharon una sirena y se quedaron inmóviles. Se miraron y sin decir una palabra pensaron en el sanatorio que estaba a pocos metros del edificio.
—Sigamos.
Más tranquilos, siguieron luchando contra el alambre. En cinco o seis minutos lograron sacarlo. La puerta quedó liberada y una gran sonrisa adornó el rostro de Valerio y Simón. Con una leve patada abrieron la puerta. Y el espectáculo fue total, una maravilla indescriptible. Los rayos del sol encandilaron a los niños. Fueron felices, habían logrado el objetivo. Ya no tenían duda: ¡era cierto que los edificios eran más altos que las nubes!
—¡Viste! ¡Viste!
—¡Sí, el sol! ¡Ahí está! ¿Viste que mi papá tenía razón?
Se abrazaron sin pensarlo. Casi por un movimiento mecánico, instintivo. No se dieron cuenta de que era la primera vez desde que se conocían que lo hacían. Un fuerte abrazo lleno de risas y asombro. La felicidad era infinita, y para mejor, compartida. El cielo estaba casi despejado. Las nubes corrían velozmente. El sol brillaba como nunca en lo alto. Hacía frío y todavía el viento soplaba fuerte, ese mismo que minutos antes comenzó a soplar cuando decidieron largarse a la aventura. El objetivo estaba cumplido: el sol, ese que no podían ver desde la calle, ahora estaba ahí, al alcance de sus ojos.
Mientras el abrazo se hacía eterno y miraban fijo hacia el cielo sin hablar, a través de la puerta metálica aparecieron violentamente dos policías y el dueño del quiosco.
Sus inocentes ocho años no estaban acostumbrados a ser entrevistados por la policía ni a escuchar los insultos incesantes del viejo que se había quedado con su pelota de goma. Retrocedieron sorprendidos y atemorizados. No dijeron nada. Los bajaron del brazo y se dejaron llevar. En la azotea no quedó más nadie, solo el sol que seguía brillando espléndidamente y a los lejos, hacia el norte, se divisaban las últimas nubes.
Los sacaron por la puerta del quiosco, ahora abierta. En la calle los esperaban dos policías más en un patrullero. Una decena de curiosos miraba a los amigos y realizaban los más absurdos comentarios. Desde su balcón, la señora los volvió a observar. Simón miró a Valerio resignado pero ya sin nervios. Valerio sonrió. El silencio los seguía comunicando. Estaban satisfechos porque se sabían inocentes. En el quiosco no faltaba un solo caramelo. No estaban arrepentidos. El viejo comerciante seguía blasfemando. Antes de subir al patrullero, las sonrisas de Valerio y Simón se convirtieron en carcajadas. Ya no hacía frío. El sol calentaba toda la ciudad.

1987