Su novio, una vez más, discutía con su hermana y les gritó. Rebeca estaba cansada de las peleas entre Pedro y Amaranta. Cansada estaba de verlos con esas caras odiosas maldiciéndose y haciéndose señas de todo tipo. Les pidió —a los gritos— que por favor se callaran un rato y recibió instantáneamente una cachetada de su hermana. Rebeca reaccionó y la agarró de los pelos. Pedro, como pudo, las separó.
Abrazó a su novia, que lloraba desconsoladamente, e intentó calmarla. A los pocos segundos, se escuchó un gemido. Rebeca levantó la vista y vio los ojos de Pedro inmensos, rojos, llorosos, desorbitados. Una cara horrible. Inmediatamente un hilito de sangre comenzó descender de su boca. Rebeca debió sostenerlo con mucha fuerza cuando se le doblaron las piernas, pero no pudo hacerlo por mucho tiempo y se desmoronó ante sus pies sin decir una sola palabra. Dirigió, desesperada, la vista hacia Amaranta y la vio con una cuchilla ensangrentada en su mano derecha. No lo podía creer. Sintió ganas de morir. Lloró y gritó. ¡No! ¡No! ¡No!
—¡Eh, Rebe! ¡Che, ¿qué te pasa?
—¡No! ¡No! ¡No!
—¡Rebeca! ¡Callate, carajo! ¡Estás soñando! —le gritaba Amaranta mientras la sacudía en su cama.
—¡Salí, asesina! ¡Salí!
—¡¿Pero qué decís, che?! ¿Estás loca?
Rebeca tardó unos segundos en advertir que todo había sido una mala jugada de su inconsciente. Estaba agitada y sudaba muchísimo. Su corazón latía como nunca. Estaba asustadísima.
—Estabas soñando, loca... ¿Estás mejor? —intentó calmarla Amaranta.
Rebeca no dejaba de jadear. Había sido una pesadilla horrible. Tenía ganas de ver a su novio en ese mismísimo momento.
—Quiero ver a Pedro.
—¿Ahora? Son las cuatro de la mañana. ¿Por qué no dejás a ese idiota tranquilo?
Se tomó la cabeza con ambas manos y le hizo caso a su hermana. No era una buena hora para llamarlo. Además, todo había sido un sueño. No debía preocuparse demasiado.
—Tratá de dormir otra vez, che. Estabas soñando...
—Está bien... Está bien...
Amaranta apagó la luz. Rebeca suspiró y se quedó sentada en la oscuridad, en su cama, con la cara entre sus manos, llorisqueando. Poco a poco se fue calmando. Las interminables discusiones entre Amaranta y Pedro la habían saturado. Todas sus pesadillas se debían a esas situaciones horribles que protagonizaban ambos en su presencia. Se odiaban, se daban asco y ella no podía saber por qué. Se acostó y se quedó con los ojos abiertos. Tenía miedo de volver a dormirse y de caer nuevamente en ese mundo onírico de terror. Pensó en Pedro y esbozó una sonrisa.
—Che, Rebe...
—¿Qué?
—¿Qué soñabas?
—¿Qué te importa?
—Me trataste de asesina. ¿Mataba a alguien?
—Callate y dejame dormir...
Rebeca y Amaranta compartían un departamento que alquilaban entra las dos en una calle céntrica de la ciudad. Amaranta era tres años mayor y nunca se habían llevado demasiado bien. Vivieron toda su infancia con sus padres, en el campo, y ya adolescentes se mudaron a la ciudad para seguir sus estudios secundarios y universitarios. Quizás era la mayor predisposición de Rebeca para hacer las cosas, tanto en su casa como en el estudio, lo que irritaba inexorablemente a Amaranta.
Cuando iban a la escuela primaria, Rebeca se había ganado la amistad de Claudio, con quien se había hecho muy compinche. Amaranta jamás había tenido un amigo así. Es más, jamás había tenido verdaderos amigos ya que por su carácter era odiada por casi todos los chicos de la escuela. Un día Amaranta le habló a Claudio. Le dijo que su hermana solía comer sapos crudos y que tenía la espalda llena de largos pelos negros que ella misma le peinaba todas las noches para que pudiera dormir tranquila. Además le dijo que todos los días tenía la costumbre de ir a cazar pajaritos con el rifle de aire comprimido de su padre, para arrancarles el pico estando todavía vivos, y que tenía una colección de doscientos treinta y dos piquitos de aves de distintas especies. Los diez años de Claudio no soportaron semejante historia sobre su amiga. Miró asustado a Amaranta y a partir de ese día comenzó a alejarse de Rebeca. Amaranta jamás le contó esa historia a su hermana, que nunca supo explicarse el porqué del alejamiento imprevisible de Claudio.
Ahora, con veintiséis años encima, Amaranta volvía a hacerle la vida imposible a su hermana atacando a su novio constantemente. ¿Qué podía haber en un corazón así? Solo hiel. Amaranta jamás había tenido novio, a pesar de ser poseedora de una belleza especial. Su mal carácter había alejado a todo pretendiente que se le había acercado. Y casualmente, uno de ellos había sido el propio Pedro. Dos años y medio atrás había sido compañero de facultad de Amaranta. Estaba completamente enamorado de ella pero jamás había recibido la más mínima muestra de consideración. Un día se animó y se lo dijo: Me gustás, Amaranta. ¿Por qué no me das bolilla? Y ella, sin manifestar el más mínimo sentimiento, le largó en la cara una carcajada casi diabólica. Meses después Pedro conoció a Rebeca, de quien se enamoró también sin saber que era la mismísima hermana de su anterior amor imposible.
La sorpresa se la llevó, por supuesto, al entrar por primera vez al departamento de su novia y ver a Amaranta allí sentada, frente al televisor, con su cara amarga y sonriendo maliciosamente.
—No me gusta lo que estás haciendo conmigo, Amaranta.
—¿Qué decís? Si no te hago nada...
—Vivís solo para pelear con Pedro y eso a mí me enferma. ¿No nos podés dejar tranquilos?
—Yo a ese imbécil nunca lo pude ver, y ahora porque sea tu noviecito no voy a cambiar de actitud.
—¿Qué te hizo? ¿Alguna vez te dijo algo malo?
—¿No te acordás, nena, que se me tiró a mí antes de que se te tire a vos?
—¿Y con eso qué? ¿Te ofendió? Si a mí se me tira alguien, más que enojarme, me pondría contenta. Significaría que tengo algo bueno, algo lindo que otro desea. No soy como vos. Hasta me hacés pensar que no te gustan los hombres...
—¿Te creés que soy torti? Y si fuese así, ¿qué? ¿Por qué no te vas un poquito a la mierda?
—Quisiera saber por qué te molesta tanto que Pedro sea mi novio.
—Porque es un idiota.
—Disculpame, pero no tenés derecho a opinar, vos, que ni siquiera tenés novio como para que yo pueda opinar del mismo.
—Tus palabras me resbalan...
—¡Lo único que te pido es que me dejés en paz! Con Pedro somos felices y pensamos casarnos.
—¡Ja!
—¿Qué es lo que te causa esa risita irónica?
—Quizás ese aparato sirva más muerto que vivo. ¡Es de lo peor!
—Son cosas mías y de él. ¡No te metás, por favor!
—A partir de ahora voy a rezar para que se muera antes de que te haga infeliz.
—¡Morite, estúpida!
Eran las nueve de la noche y Pedro no llegaba. ¿Por qué siempre se demora tanto?, protestaba Rebeca. ¿No te dije que es un imbécil?, ironizaba Amaranta. Lo que pasa es que cada vez que pienso en tu hermana me dan menos ganas de venir a visitarte, se excusaba Pedro. Y si había algo que Rebeca odiaba era esperar ansiosamente la llegada siempre tardía de Pedro ante la presencia de Amaranta en el comedor del departamento, con sus sonrisitas cada vez más irónicas mientras más pasaba el tiempo y la llegada de Pedro no se concretaba. No te preocupés, que algún día va a venir..., terminaba burlándose. Y Rebeca juntaba más y más bronca.
—Era hora, ¿no?
—Me demoré porque no encontraba esto para vos —contestó Pedro y extendió hacia Rebeca un hermoso ramo de rosas rojas.
—¿Para mí?
—No, si van a ser para la divina de tu hermana... —contestó con un volumen de voz suficiente como para que Amaranta lo escuchara. Y Amaranta acusó recibo.
—¡Ah! Ahora sos irónico también —se la escuchó gritar desde la cocina.
—Vámonos de acá. Vayamos a tomar algo por ahí.
Pedro no aguantaba verse con Amaranta. No podía creer que aquella chica que lo había deslumbrado tan fuerte años atrás, sea hoy esa harpía que estaba conociendo cada vez con más profundidad. Muy pocas veces se quedaba en el departamento de su novia a comer o a tomar unos simples mates porque no soportaba esa imagen burlesca de su «cuñadita», como él la llamaba. Para colmo estaba siempre en el departamento, no salía nunca.
—¿No tiene amigas tu hermana?
—¡Qué va a tener! Si es una bruja...
Rebeca había pensado muchas veces en irse a vivir sola a otro departamento pero sus ingresos no le alcanzaban para autosolventarse. Tampoco a Amaranta le hubieran alcanzado los suyos. Juntas apenas si tenían para el alquiler y para comer todos los días. Muy de vez en cuando se daban el gusto de comprarse alguna ropa o comida en la rotisería. Pero la situación no daba para más.
—Vayámonos a vivir juntos —sugirió Pedro.
—¿Estás loco? ¿Y qué le digo a mi hermana?
—¡Qué carajo me importa tu hermana! Si ni vos ni yo la bancamos.
—Pero no tiene dinero para pagarse el alquiler ella sola...
—Le pasamos unos mangos con tal de que nos deje tranquilos...
—No, Pedro. ¿Y mis viejos? Seguro que al otro día Amaranta se va al campo a decirles y se van a pegar un bajón bárbaro.
—¿Y hasta cuándo vamos a seguir así?
Muchas de las discusiones que tenían Rebeca y Pedro eran por culpa de Amaranta. Ambos estaban cansados de ella y parecía que Amaranta gozaba al verlos sufrir.
Esa noche los novios se despidieron temprano. Eran las doce y Rebeca se fue a dormir. Amaranta, como nunca y misteriosamente, había salido. Y a pesar de que no soportaba mucho su presencia, Rebeca sintió un poco de miedo al estar sola en el departamento. A la una de la mañana se despertó por el ruido de la puerta.
—¿Sos vos, Amaranta?
—No, Jack el Destripador —contestó Amaranta engrosando su voz irónicamente.
—Estúpida...
Amaranta estaba contenta, como satisfecha. Una sonrisa poco usual se le dibujaba en la cara.
—¿De dónde venís?
—¿Qué te importa?
—Nunca salís y hoy lo hiciste... Además, se te ve contenta...
—Estoy contenta. Hasta mañana...
Rebeca se alegró por su hermana. Amaranta apagó la luz y se acostó. A las tres de la mañana Rebeca sintió un escalofrío. Había escuchado el timbre. Amaranta dormía profundamente y pareció no haberlo escuchado. Se levantó con miedo, ¿Quién será a las tres de la mañana? Trató de hacer el menor ruido posible para no despertar a Amaranta. La única persona que pensó que podría ser era Pedro. ¿Le
pasaría algo?
—¿Quién es? —preguntó en voz baja.
—Yo, Rebe —contestó una voz de ultratumba.
Se asustó porque no conoció la voz.
—¿Quién es yo?
—¡Pedro! ¡Abrime!
Temblorosa, abrió la puerta y lo vio parado ahí, frente a ella, con la misma cara que lo había soñado días atrás.
—¿Qué hacés a esta hora?
Pedro ingresó al departamento sin pedir permiso y con dificultad para caminar, tomándose el abdomen. Parecía enfermo o herido. No le dio el beso que acostumbraba darle cada vez que se veían.
—¿Qué te pasa?
—Tu hermana...
—¿Qué pasa? Está durmiendo.
Pedro se abrió la camisa y le mostró a Rebeca una gran herida en la panza. Rebeca gritó e inmediatamente se llevó ambas manos a la boca.
—¿Qué te pasó? Sentate, que llamo a un médico...
—No te molestés, Rebeca. Ya no hay nada que hacer...
Rebeca se quedó con la boca abierta. Sonrió sin estar muy segura de lo que veía, de lo que escuchaba.
—Estoy muerto, Rebe...
—¡¿Muerto?! Dejá de decir boludeces que te puede hacer mal. Esperá que llamo a un médico...
—¡Rebeca! —le gritó interrumpiéndola—. ¡Estoy muerto! Ya no podés hacer nada por mí. Aunque te cueste creerlo, ya no existo...
—¡Dejá de decir pavadas y sentate!
Pedro suspiró ante la testarudez de su novia. No sabía cómo demostrarle que lo que él decía era verdad.
—Vení, Rebe.
Lo miró ahora con miedo.
—¿Qué pasa?
—Tocame la mano. Dame la mano.
—¿Para qué? Me das miedo. ¿Qué te pasa? ¿Estás mal?
—¡Estoy muerto, boluda! —gritó con desesperación—. ¡Tocame y vas a ver que no existo!
—¡No estoy para bromas a las tres de la mañana, Pedro! Seguro que todo esto es un disfraz...
—¡Tocame!
Rebeca volvió a sentir miedo. Quiso acercarse pero no pudo. Pedro extendió su mano derecha hacia ella, que lo miraba con intriga.
—Dame la mano.
Y se animó. Cuando intentó tomar la mano de su novio no sintió absolutamente nada. Su mano pasó de largo como si la de su novio no existiera. Le costaba creerlo. Presa de una inminente crisis de nervios, corrió a abrazarlo y nuevamente pasó de largo y se llevó por delante la heladera. Un escalofrío terrible corrió por todo su cuerpo.
—¿Me entendés ahora?
—¡No! ¡No! ¡No puede ser! —Rebeca lloraba desesperadamente.
—Tu hermana. Fue tu hermana. Me estaba esperando en la puerta de mi casa y me agarró desprevenido.
—¿Amaranta? No... No puede ser... ¡Estoy soñando!
El fantasma de Pedro ahora se dio vuelta con decisión y tomó la cuchilla de la cocina.
—Vos me tenés que vengar, mi amor.
Puso la cuchilla en la mano de Rebeca y esta tembló. Amaranta..., murmuró. Y poseída por una fuerza sobrenatural se dirigió a la pieza, a la cama de su hermana...
La policía no tardó en llegar. Rebeca estaba en shock. No hablaba, no decía nada, temblaba con la cuchilla ensangrentada entre sus manos y costó sacársela. Pedro se enteró enseguida y corrió hacia la casa de su novia.
—¡Rebeca! ¡¿Qué hiciste, Rebe?! ¡¿Qué hiciste?!
Rebeca miró a su novio y no entendió nada. Dirigió su vista hacia atrás y vio a Amaranta envuelta entre las sábanas ensangrentadas, sin vida. Pedro, entre lágrimas, intentaba comprender. Existían los rencores, pero nunca imaginó que su novia fuera capaz de cometer semejante atrocidad.
Rebeca se tapó la cara, se acurrucó sobre sí misma y lloró como si fuera la última vez.