La escritura es una actividad solitaria. Quien escribe no hace otra cosa que gritar en silencio. A veces logra que alguien lo escuche, pero no siempre que lo entienda (fideo)
domingo, 22 de mayo de 2011
ALMA Y VIDA: CADENET
viernes, 13 de mayo de 2011
1- EL SOBRE MARRÓN
como el pájaro del Cielo,
no hago ruido en este suelo
ande tanto hay que sufrir;
y naides me ha de seguir
cuando yo remuento el vuelo.
Martín Fierro.
Cuando regresó a su casa, una leve llovizna caía sobre la ciudad. Era la hora del almuerzo y no encontró a su familia. El día estaba oscuro y el aire pesado, el viento no se hacía sentir. Al abrir la puerta de calle y entrar al zaguán, había pisado por descuido una tarjeta rosada que habían tirado por debajo de la puerta. En letras minúsculas y grandes decía: encotel. Se alegró al ver que en el correo había una carta que estaba dirigida a él, pero no podía adivinar quién podría escribirle; nadie lo hacía habitualmente. Dejó la tarjeta en el escritorio y pensando en retirar la carta del correo por la tarde, se puso a cocinar. Tenía hambre y no quiso esperar a su familia.
¿Quién le escribiría? Sus ansias por saberlo se hacían cada vez más insoportables. Casi nunca recibía cartas, pero en aquel agosto de mil novecientos ochenta y dos alguien se había acordado de él; aquel último día del octavo mes del año había recibido una carta. ¿De quién?, pensó y pensó, pero a nadie tenía en la lista de los posibles remitentes. Será una amiga de aquí, de Santa Fe, o uno de los chicos, quizás..., meditó un instante. Quería saber quién era: un amigo, una amiga, algún pariente... No, jamás se había escrito con sus familiares. ¿Y quién era el remitente, entonces? La carne estaba casi lista. Puso a cocinar dos huevos en la sartén y enseguida comenzó a comer, solo. La casa estaba en silencio, cosa no muy común, y su única compañía era Júpiter, su caniche negro, que movía la cola esperando un pedazo de carne a un costado de su silla. Esperaba ansiosamente que el tiempo pasara y que llegara la hora de ir al correo. No lavó después de comer, dejó el plato sucio, el vaso con un poco de vino blanco y en el piso quedaron algunas migas de pan desparramadas.
Estaba inquieto. Fue a su pieza, puso música y siguió con la lectura de un libro que había abandonado hacía algunos días, acostado en su cama. La novela no era de las más entretenidas y a los pocos minutos se le empezaron a cerrar los ojos. Dejó el libro y se puso a pensar en la carta. Al rato gritó riendo: ¡Qué boludo! ¡Si mañana es mi cumpleaños!... Siguió riendo al pensar en su olvido y se tranquilizó un poco al deducir que, sin dudas, sería carta de algún amigo la que estaba en el correo. Cerró los ojos y mil cosas pasaron por su mente —como siempre— antes de dormirse.
Cuando despertó miró su reloj y pensó que ya era hora de ir a retirar la carta. Se levantó de un salto y se vistió. Su familia ya había regresado; su padre estaba en el living escribiendo a máquina y los demás dormían. Tomó la tarjeta rosada y salió. Llovía un poco más fuerte que al mediodía; el colectivo tardó unos quince minutos en llegar al correo. Entró casi corriendo, desesperado y con una incertidumbre tal que su corazón latía muy fuerte. Detrás del mostrador había un hombrecito viejo, de cabellos blancos, flaco, que le sonreía. Lo saludó y mostrándole la tarjeta rosada, le explicó que quería retirar su carta. El viejo seguía sonriendo y le dijo que esperara un momento. Mientras esperaba, pasó por su mente la idea de que esa carta cambiaría un poco su vida. Pensó también en su cumpleaños número diecinueve. El viejo tardaba y un escalofrío recorrió todo su cuerpo cuando lo vio acercarse. Traía en su mano un sobre marrón y sospechó que no se lo mandaba ni un amigo ni una amiga ni un pariente. Era la carta del fantasma que nunca quiso que llegara. Ni siquiera se animaba a pensar en él, pero sabía que tarde o temprano tenía que llegar. El viejito, con su permanente sonrisa —ahora más irónica—, le entregó el sobre y le deseó suerte. Quiso agradecerle, sonreír, pero no pudo. Tomó el sobre marrón, vio su nombre en el anverso y sin abrirlo volvió a su casa. En el camino pensó mucho. Pensó en su hogar, en su ropa, en su ciudad, en su familia, en sus amigos, en su habitación, en todo lo que le esperaba. Siempre cabizbajo, decidió volver caminando bajo esa llovizna que apenas mojaba su campera de jean. Se reflejaba en los charcos y, al verse, se decía: ¡Ahora te quiero ver! Estaba deprimido pero se reía, sentía un malestar placentero que lo ponía en la duda de si tenía ganas de reír o de llorar. Sonreía al pensar qué lejos estaba el verdadero remitente de ser aquel o aquellos que él había imaginado. Se habían acordado de él... pero no le causó ningún placer. Una nube de ideas daba vueltas en su cabeza mientras seguía caminando rumbo a su casa. ¿Y ahora qué hago?, gruñó.
Se detuvo en el “Valencia”, un bar de calle San Martín, a tomar un café. Allí donde tantas siestas había compartido la mesa con sus amigos, ahora estaba solo frente a un nefasto sobre marrón. A pesar de que antes de abrir el sobre ya sabía lo que decía, se dispuso a leerlo. ¡Feliz cumpleaños!, pensó irónicamente. Al acercarse el mozo, lo saludó y le preguntó qué deseaba beber. Sin pensarlo, casi automáticamente, respondió al saludo y le pidió un café. Miró al mozo y lo vio sonreír, igual que el viejito canoso del correo. ¿De qué se reirán todos? Tuvo la sensación de ser el único imbécil que se sentía así en todo el mundo, pero sabía que eso no era cierto, que lamentablemente había más de uno que se sentía así o peor. A través del vidrio se veía la calle mojada y los autos que pasaban con los limpiaparabrisas en marcha. El bar estaba vacío, solo el mozo que lo atendía estaba allí, detrás del mostrador, cerca de los baños mugrientos, mirándolo y sonriendo. Él estaba inquieto. Sacó de uno de sus bolsillos la lapicera estilográfica que siempre llevaba consigo. Su estado de ánimo lo hizo volcar sus pensamientos en varias servilletas que, una por una, fue sacando del servilletero que tenía la inscripción de la marca de cerveza de su ciudad. Las letras se agrandaban sobre el papel al ser estampadas.
Deseando compartir mis momentos libres con alguien, me encuentro en este bar, solo, esperando algo... Parece que alguien quiso nublar mi vista, quiso tapar mis oídos, quiso cerrar mi boca, quiso dejarme solo, y lo logró. ¿Quién es? Creo que no lo sé. Quisiera estar contento, con una sonrisa en mis labios, pero no puedo, todo lo lindo de lo pasado, por desgracia, ya pasó, y yo aquí, sentado en esta mesita en una tarde lluviosa escribiendo esto. ¿De qué me servirá? No sé, pero me hace bien. No me interesa que lo lea alguien, no me importa, lo único que quiero es que se me pase todo esto, todo esto que creo tiene un maldito nombre: soledad. Sí, me siento solo y me revienta, me deprime, me dan ganas de que algo importante haga cambiar mi vida, un viaje largo, una hermosa sorpresa, un enorme regalo. ¿Qué sé yo? Un regalo que quiero para mí...
Son las seis de la tarde, no importa el día. ¿Y qué importa la hora? Si todos los días a cualquier hora para mí son siempre lo mismo. Lo que me preocupa es mi estado de ánimo. Está tan abajo que ya ni lo veo. Soy feliz, por suerte, porque tengo todo lo que una persona necesita para ser feliz: una familia y amigos, y agradezco a quien sea que me los dio, por tenerlos, pero no sé, me falta algo...
Ya no me acuerdo del extraño sonido del timbre de mi antiguo teléfono, ya no me acuerdo de las palabras alentadoras de un amigo, ya no recuerdo lo que es tener una amiga entre mis brazos, ya no me acuerdo de nada... Creo que mis ánimos me están haciendo exagerar todo. ¡Cómo no me voy a acordar de todo eso! ¡Cómo me voy a olvidar del día en que por primera vez besé a una chica! Nunca olvidaré los momentos más felices de mi vida, nunca, aunque la ocasión me haga escapar una lágrima. Me siento solo y estoy en mi casa. No quiero pensar cómo me voy a sentir dentro de poco cuando ya no esté, cuando esté lejos de mi familia, cuando esté lejos de mis amigos, cuando la distancia me separe de todo lo que yo más quiero. Ahí sí que voy a valorar todo lo mío, todo lo que poseo, todo lo que voy a extrañar. Y creo que por más fuerzas que tenga, por más hombría que quiera tener, no voy a poder evitar llorar...
Tapó lentamente la estilográfica mientras miraba la calle mojada y desierta. Terminó el café —ya estaba helado—, dejó el dinero debajo del pocillo vacío, se levantó, tomó el sobre marrón y salió apresurado. No quería volver a ver la sonrisa de aquel mozo. Las cinco o seis servilletas recién escritas quedaron sobre la mesa. Minutos después serían abolladas por el mozo que, sin leerlas, las tiraría a la basura.
La lluvia había cesado y una brisa fría soplaba entre los edificios. Caminaba siempre mirando al piso como quien busca dinero o desea encontrar su destino sobre las baldosas. Ya no pensaba; ahora se concentraba en mantener el equilibrio caminando sobre una hilera de baldosas, sin pisar las demás. Se imaginaba que las otras eran un abismo infernal y que moriría si las pisaba. Cuando perdió el equilibrio, sonrió y se dijo estás muerto. Siguió caminando, acarició un perro vagabundo que lo siguió moviendo su larga cola. Los rasgos del perro lo asemejaban a una hiena. Le gustaba caminar por las calles de la ciudad, con el viento frío y la llovizna en la cara, las manos en los bolsillos o sosteniendo un cigarrillo y tarareando o silbando la melodía de una canción. Las calles se le hacían largas y eso le agradaba. Se dirigía a su casa pero no quería llegar. Se imaginaba la cara de su madre al recibir la noticia del sobre marrón. Sintió deseos de fumar pero no tenía más cigarrillos. Compró un atado de Particulares 30, encendió uno y continuó con su lenta caminata por las calles mojadas de su ciudad, de su país, de su mundo. Pensó que seguiría conociendo el mundo meses después, quién sabía dónde. Para él, el mundo conocido eran su ciudad y algunas otras ciudades argentinas por las cuales había tenido oportunidad de caminar con su mochila al hombro.
El perro seguía sus pasos moviendo la cola, contento también como el mozo y el viejo empleado del correo. Pero por más que se pareciera a una hiena, no se reía. Lo miraba con sus grandes ojos, su boca abierta y su larga lengua chorreando saliva espesa y blancuzca. A medida que se acercaba a su casa, las calles se le acortaban, como se irían acortando los días de ahí en más. Estaba desganado y quiso mejorar. Vamos, loco —se dijo—, la cara alegre que no es la muerte. No se lo creyó. Para él era como la misma muerte, lacrada en un sobre marrón. Al remitente no lo conocía ni el remitente lo conocía a él. Sería un viaje a lo desconocido, con gente desconocida, futuro desconocido.
Al llegar a su casa y abrir la puerta, percibió ese aroma que caracteriza a todos y cada uno de los hogares del mundo entero; lo sintió extraño y le agradó más que nunca. Ahora, no sabía por qué, lo percibía dulcemente. Y no solamente ese clima de hogar; también veía de un modo diferente las paredes, los muebles, las arañas colgantes con las lamparitas quemadas, el piso lustrado, el color de las puertas, el largo de las cortinas. Hasta la presencia de sus padres y sus hermanos sentía diferente, más necesaria que nunca. Júpiter fue a recibirlo con saltos y ladridos. También su perro le haría falta meses después. Sus padres tomaban mate en la cocina. Les iba a mostrar el sobre marrón pero no quiso hacerlo en esos momentos, no sabía por qué. Los veía sonrientes y no quería convertir esa felicidad en tristeza, en caras largas, que seguramente pondrían al recibir la noticia. Fue a su cuarto. Perón lo miraba desde su hogar rectangular, colgado de la pared, mientras Don Quijote, enjaulado en otro cuadro, le pedía ayuda a Sancho a través de las rejas. Carlitos miraba cariñosamente a un perro blanco y, en su escritorio, dos o tres libros desordenados esperaban ser leídos. Se acostó y siguió imaginándose un futuro no muy lejano. Se tocó el pelo y pensó que estaba demasiado largo. Rió al imaginarse con el pelo cortísimo. ¿Cómo sería? De repente le asaltó la ansiedad de dar la noticia a sus padres. Se levantó, tomó el sobre marrón y fue hacia la cocina.
—¿Adónde fuiste? —preguntó su madre.
—Al correo.
—¿A qué?
No sabía cómo decirlo. Les mostró el sobre en sus manos. Se le hizo un nudo en la garganta y no le salieron las palabras. Júpiter lamía las zapatillas sucias. Quiso decirles que dentro de unos días tenía que partir, pero no sabía cómo, con qué palabras hacerlo. De pronto arrojó el sobre marrón sobre la mesa y volvió a su cuarto sin decir una sola palabra.
Su madre abrió el sobre y lo leyó. Miró a su esposo, inexpresiva, y comentó:
—Una carta de la Armada no es un buen regalo de cumpleaños...
jueves, 21 de abril de 2011
DEMASIADOS LIBROS PARA DEPARTAMENTO CHICO

No fue fácil para F. tomar la decisión. Pero no iba a dejar que se los llevaran los del banco. Fueron muchos años de vida y de lecturas. Los libros siempre fueron para él no solo una grata compañía sino también su alimento. Y verlos ahí, contra la pared, cada vez más numerosos, en esa biblioteca imponente que llegaba hasta el techo, alegraba sus días. Ellos no lo liberaban de su soledad pero lo ayudaban a que no fuese tan dura. La infinidad de mundos por los que F. había viajado adentro de la casona paterna, sin duda, habían ayudado a su crecimiento. Su vasto conocimiento era envidiable. Y el contenido de su biblioteca, también. Pero cuando el banco se cansó de esperar, no tuvo otra opción. No estuvo presente en el remate, pero había solicitado expresamente a la justicia que la biblioteca y su contenido no fueran incluidos en el mismo. Debió mudarse a un monoambiente, el dinero obtenido no había alcanzado para más. Y las escasas paredes no daban abasto para albergar su más preciado tesoro. Una vieja edición del Quijote fue la única que ingresó al departamento. Donó el resto. Sintió que esos mundos imaginarios por los que había viajado desde siempre se borraban de su mente poco a poco con el paso de los días. Pero no advirtió que a su vez era su existencia la que perdía sentido. F. se aferró a don Quijote, el único que lo ayudó a sobrevivir la cuenta regresiva.
domingo, 3 de abril de 2011
Y ME DICEN... (1984)
martes, 22 de marzo de 2011
SASTURAIN, Juan: No me alibies

Supongamos que tengo un problema,
Supongamos que estalla el sistema,
tu idea de salud a sangre y fuego.
Fuente: Página/12
viernes, 18 de marzo de 2011
STING: Russians

Gordon Matthew Thomas Sumner (nacido el 2 de octubre de 1951 en Wallsend, Tyneside del Norte, al noreste de Inglaterra), y más conocido como Sting, es un músico británico que se desempeñó inicialmente como bajista, y más tarde como cantante y bajista del grupo musical The Police.
lunes, 28 de febrero de 2011
sábado, 12 de febrero de 2011
EL PRECEPTOR

La tiza termina de dar sus últimos giros sobre sí misma y los alumnos saben que el preceptor no está de buen humor. Apoya la carpeta sobre el escritorio de los profesores y se para frente al curso. Se acaricia la barba. La tiza yace detrás de él. Observa lentamente a cada uno de los alumnos mientras la birome se agita inquieta entre sus dedos. Suspira lentamente y piensa en aquel día —muchos años atrás— en que una tiza similar a esa había partido desde su mano rumbo al pizarrón de aquel viejo colegio de curas, mientras el profesor de Merceología se esmeraba en explicar el método de obtención de la soda Solvay.
—Buenas tardes.
Le contestaron tímidamente.
—Voy a ser el preceptor del curso durante todo el año y espero que nos llevemos bien. Mi nombre es… —y sigue con la presentación habitual de todos los primeros días de clases de todos los años.
lunes, 7 de febrero de 2011
PARA LAS CENIZAS DE SERAFÍN

dejándome solo en este mundo de hombres,
Debo despertar, ya no me puedo engañar más,
Mi maleta se quemó con Serafín,
Contar la historia de estas canciones es una forma de reconciliarme con quienes no tienen culpa en eso del éxito y el fracaso que hoy ya se que responden a otras circunstancias. Gracias, Serafín".
Escuchá la canción haciendo click acá.
jueves, 3 de febrero de 2011
PREGUNTAS SOBRE EL MAR
lunes, 10 de enero de 2011
miércoles, 29 de diciembre de 2010
sábado, 11 de diciembre de 2010
DÍA NACIONAL DEL TANGO
POR QUÉ CANTO ASÍ
Pido permiso, señores, este tango habla por mí, y mi voz entre sus sones dirá por qué canto así.
Porque cuando pibe me acunaba en tango la canción materna pa' llamar el sueño, y escuché el rezongo de los bandoneones bajo el emparrado de mi patio viejo.
Porque vi el desfile de las inclemencias con mis pobres ojos llorosos y abiertos, y en la triste pieza de mis buenos viejos cantó la pobreza su canción de invierno.
Y yo me hice en tangos, me fui modelando en barro, en miseria, en las amarguras que da la pobreza, en llantos de madre, en la rebeldía del que es fuerte y tiene que cruzar los brazos cuando el hambre viene.
Y yo me hice en tangos porque... ¡porque el tango es macho!, ¡porque el tango es fuerte!, tiene olor a vida, tiene gusto... a muerte.
Porque quise mucho y porque me engañaron, y pasé la vida masticando sueños. Porque soy un árbol que nunca dio frutos. Porque soy un perro que no tiene dueño. Porque tengo odios que nunca los digo. Porque cuando quiero me desangro en besos. Porque quise mucho y no me han querido. Por eso, canto tan triste... ¡por eso!
miércoles, 8 de diciembre de 2010
JOHN LENNON: LAS IDEAS DE UN “LOCO”
Denle una oportunidad a la paz fue una de las consignas usadas por John Lennon en su incansable lucha por un mundo mejor y sin odios. Fue un verdadero "loco" que combatió contra un mundo en crisis, donde la guerra parecía la única posibilidad de entendimiento.
No quiero volver a vender mi alma como antes para tener un disco que sea un éxito, manifestó alguna vez haciendo referencia sin duda a su pasado con The Beatles, el grupo que lo llevó a la fama junto con Paul Mc Cartney, George Harrison y Ringo Star. Lennon sabía que se podía vivir sin lo plástico y ser feliz sin traicionar su verdadero yo. Supo reconocer que como beatle trabajó junto a sus compañeros como una máquina, produciendo discos incesantemente sin importar lo demás, ni cómo era tu vida familiar o cómo te iba en la vida, pues todo eso no contaba, uno tenía que producir esas canciones, fuera como fuera. Y eso no podía seguir. Y quizás fue esa la razón por la cual estos cuatro grandes de Liverpool decidieron abandonar los escenarios. 
sábado, 4 de diciembre de 2010
sábado, 27 de noviembre de 2010
¿TE ACORDÁS?
domingo, 14 de noviembre de 2010
LA BALSA
ue siempre me atrapó. Interpretada por Los Gatos o por Tanguito, en esa versión desprovista de todo pero que tanto “llena”.La letra de La balsa es la inspiradora de todo un movimiento joven caracterizado por una construcción utópica. Es, además, una canción netamente metafórica.
Cabe aquí hacer una pequeña reflexión sobre el yo lírico en las canciones de rock, ya que no tiene por qué coincidir con la persona que la crea o la canta. Como toda práctica artística, el rock “inventa” sus personajes y sus voces. Es cierto que la mayoría de los temas se producen a partir de la experiencia personal de los autores de las letras, incluso en algunos casos hay referencias biográficas claramente reconocibles; sin embargo, el hablante de una canción es un ser inexistente construido por la actividad artística. Es interesante notar que si bien se trata de un personaje que por lo general habla en singular, desde su individualidad, la práctica rockera lo convierte en algo así como un personaje colectivo a partir del cual, tanto los que producen como los que consumen rock, se identificarán.
La voz poética de La balsa describe su posición en el mundo actual (Estoy muy solo y triste acá en este mundo abandonado): está solo, triste, en un mundo que no lo comprende, situación que lo lleva a desear otro mundo, un mundo para sí, un mundo alternativo como contraposición al que está viviendo, un mundo utópico capaz de hacerlo vivir conforme a sus ideales. Para ello debe “partir” y nada mejor que “construir una balsa” para “irse al lugar que más quiera”. ¿Qué otra cosa es esta balsa sino un proyecto de vida? ¿Qué representa esta balsa sino el “vehículo” que lo conducirá a la felicidad anhelada? Balsa a la que construirá con “madera”, mucha madera, materia prima indispensable para construir el futuro, la felicidad, su desarrollo individual. ¿No está esta materia prima compuesta por toda la gente que piensa como el yo lírico? ¿No son todos sus amigos y seres queridos? ¿No son los fundamentos lógicos de su proyecto? ¿No está compuesta esta materia prima por todo aquello que contribuya a lograr el sueño? Porque “partir” es el cambio. No es mudarse, irse a una isla lejana, aislada. La “locura” consiste en ser diferente, la “locura” significa ir contra la corriente, probar experiencias diferentes, convencido de que es una posibilidad válida, de que algo se puede hacer para cambiar el mundo en que se vive. Partir es cambiar el presente por el futuro. La rutina causa soledad, aburrimiento, parquedad, conformismo, estancamiento, y es eso lo que lo mueve al cambio. Todas estas ideas utópicas son parte de esa locura que se manifiesta en la canción. La idea de “naufragio” no debe tomarse como una derrota, co
mo un ir a la deriva. Todo naufragio nos lleva a esa isla solitaria –o no tanto- en donde seguramente encontraremos la felicidad buscada.Todo esto hizo que La balsa haya sido tomada como punto de partida de un movimiento que revolucionó las ideas jóvenes durante la segunda mitad del siglo XX en nuestro país, movimiento que inventó un “idioma”, “cambió” la lengua, los modos de pensar de una sociedad. Este mecanismo nace en el “naufragar” de La balsa y se mantiene en la actualidad como una de las fuerzas transformadoras más eficaces que tiene el rock como práctica verbal. El rock argentino proveyó –y provee- al habla de los jóvenes algunas palabras capaces de producir relaciones no convencionales con las formas de dar sentido a las cosas.
No en vano La balsa es considerada la iniciadora del rock nacional. Una letra que parece simple pero que tanto dice. Nadie (ni autores, ni intérpretes, ni oyentes) puede decir que La Balsa no influyó un poco en su vida, en su forma de ser. La balsa, a mi entender, es la base donde se sostiene la idiosincrasia de nuestro rock nacional.
miércoles, 3 de noviembre de 2010
VOX DEI: Presente (el momento que estás)
El baterista de Vox Dei se encontraba internado debido a un cáncer de pulmón; tenía 63 años
A las nueve de la mañana del día en que se iba a realizar un concierto para recaudar fondos para que pudiera recuperarse (pero que había sido cancelado por la gravedad de su estado de salud), Rubén Basoalto, baterista fundador de Vox Dei, falleció debido a un cáncer de pulmón. Tenía 63 años.
"El Pulpo" Basoalto constituyó la formación original de la mítica banda conformada en 1967, con Ricardo Soulé y Willy Quiroga, sus compañeros que iban a estar participando del festival benéfico junto a otros músicos y posteriores integrantes de la banda.
jueves, 21 de octubre de 2010
CARBAJAL, José: La música popular de luto
José María Carbajal Pruzzo (Puerto Sauce, Juan Lacaze, 8 de diciembre de 1943 - Villa Argentina, Canelones, 21 de octubre de 2010), conocido como "El Sabalero", fue un cantante, compositor y guitarrista uruguayo, autor e intérprete de varias canciones exitosas como Chiquillada, A mi gente y La Sencillita.
viernes, 15 de octubre de 2010
ALMENDRA: Muchacha ojos de papel
martes, 12 de octubre de 2010
EL ÚLTIMO ADIÓS
Parecía un gran felpudo, o una enorme madeja de lana negra. Apenas si se movía. No muchos pensamientos pasaban por esa mente desesperada. Hacía ya unas cuantas horas que estaba allí, en un rinconcito oscuro de una casa que no le pertenecía, que nunca había visto ni respirado. Ahora lo hacía, con un gran esfuerzo. Veía apenas sombras que pasaban de un lado a otro, que se le acercaban. Sentía de vez en cuando sobre su cabeza una caricia y algún murmullo que no alcanzaba a entender. No quería pensar en lo que había pasado horas antes, en el parque, cuando sintió en su piel un estremecimiento que nunca había sentido, cuando percibió un aroma desconocido: riquísimo, dulcísimo, afrodisíaco e irresistible. Qué emoción enorme sintió cuando la vio por primera vez... Pero no quería pensar en lo que ya había pasado. En ella tampoco. Ahora tenía ganas de pensar en cosas más importantes y urgentes. No quería estar más en esa casa desconocida y fría. Quería estar en su casa, calentito, con su gente, con su familia. ¿Dónde están ahora? ¿Por qué no vienen a buscarme? Sentía cada vez más frío y nadie le ponía una manta encima. ¿No me ven temblar? Otra caricia y otro murmullo. El amor es a veces traicionero. ¿Por qué será tan complicado amar? Sintió que le pasaron un trapo húmedo y frío por la panza y sintió un ardor que lo manifestó con un reflejo imperceptible. Estaba débil y ansioso. Quería ver bien pero no podía. Poco a poco iba sintiendo que ya no le quedaba nada por hacer. Solo quería que vengan a verlo... No le faltaba paciencia. Una sombra enorme se le acercó y le frotó suavemente un algodón húmedo sobre su nalga. Olor fuerte. Y un pinchazo. Ni siquiera gimió. Le dolió, pero no tenía ganas de gastar fuerzas en pequeñeces. Tenía que guardarlas, tenía que ser fuerte y esperar que lo vengan a buscar. ¿Es que no sabrán que estoy acá? Un sonido agudo lo sobresaltó. Una sombra pasó a su lado casi corriendo. Escuchó murmullos y le pareció ahora entender un poco más. Reconoció una voz. Lentamente, otra sombra, que se hacía cada vez más perceptible a su vista, se le acercó. Y escuchó una palabra que hacía horas estaba esperando escuchar: su nombre.-Júpiter... -dijo una voz triste y dulce.
Comenzó a escuchar un poco mejor. Los murmullos se iban convirtiendo en palabra sueltas que ahora sí entendía. Unos perros enormes... y más murmullos. Era una perra..., pensó él mientras el murmullo lo contradecía. Como cinco... lo agarraron entre todos..., escuchaba. Era una perra hermosa..., siguió pensando. El veterinario... y murmullos.
Abrió los ojos lo más que pudo. Lo hizo con dificultad pero pudo hacerlo al fin. De reojo miró hacia arriba y la nebulosa se le fue aclarando de a poco hasta reconocer la cara llorosa de Pedro que lo miraba y le acariciaba suavemente su cabeza. Por fin lo habían ido a buscar. No alcanzó a cerrar los ojos. Un rápido estremecimiento fue el principio de su eternidad.
sábado, 9 de octubre de 2010
jueves, 30 de septiembre de 2010
AQUELARRE: Pájaro de la locura
Héctor Starc: guitarra
Hugo González Neira: teclados
Rodolfo García: batería
domingo, 26 de septiembre de 2010
GENTE DE MIERDA
Te escuchan atentamente esperando el momento y las palabras exactas en tu boca para decirte que sos un boludo, para hacerte ver cuán equivocado vas por la vida, y te refriegan con una sonrisa en el rostro tus “errores”, esos que ellos descubren pero que vos ni siquiera los considerás tales.Llegás tarde, unos minutos. Te da bronca porque sabés que los que hacen todo bien y siempre llegan a horario —incluso mucho antes del horario acordado— te esperan, ansiosos, para hacerte sentir una auténtica basura. Y así pasa, no te equivocás con el pronóstico, y cuando llegás, automáticamente todos miran su reloj pulsera y te largan la obviedad: “Llegás tarde”. Masticás un poco tu bronca porque podrían haberse ahorrado el estúpido comentario. No entienden cómo llegás tarde, cuando ellos pueden llegar cuarenta y cinco o cincuenta minutos antes. No entienden cómo vos te levantás cuando ellos ya se tomaron dos pavas de mates e hicieron todo lo que tenían programado para hacer en la mañana. No entienden cómo preferís quedarte en tu casa, con los tuyos, cuando ellos tranquilamente salen (se escapan) de la suya antes del amanecer para no encontrarse con su familia.
No te comprenden.
Su atención está en lo que vos hacés y esperan, impacientes, el momento del error. Ellos te vigilan de reojo y se sienten satisfechos cuando con una sonrisa te advierten el yerro. Ellos no se equivocan nunca, porque nunca hacen nada. Pero si se equivocan, el error no les pertenece; se lo adjudican a otro. Y siguen esperando el tuyo.
Si se enteran antes que vos de una noticia o información “importante” (por ejemplo, qué negocio abrió o cerró en el centro), te lo refregarán en la cara porque ellos saben todo. Si no conocés a fulanito, el esposo de la tarada que vive en frente de la casa roja que está cerca de la casa de mengano, el pelado dueño del restorán X, vivís en una “nube de pedo” y tu vida no tiene sentido. Pero te insisten porque seguro que lo conocés, no podés no conocerlo, no podés ser tan tarado.
Y ojo con portar título universitario. Porque el Dr. Pepe y la Dra. Pepa no saben nada. “¡Profesionales… puaj! Hoy cualquier estúpido se recibe y le dan un título”. ¿Tu hijo sacó mala nota, le pusieron amonestaciones o te llamaron para una reunión de padres? “Docentes y basta. Son todos unos tarados, no saben ya qué boludez hacer. ¡Así está la educación en este país!”. Y te refriegan que ellos jamás fueron a una reunión de padres porque sus hijos eran perfectos… o porque directamente no tienen hijos, pero seguramente no hubiesen ido porque sus hijos hubiesen sido perfectos, o casi. Además, nunca sintieron la necesidad de tener un título universitario… Para ser buenas personas, no es necesario tener uno, aducen con orgullo.
Y son guardianes del orden social. No dan marcha al auto sin antes tener su cuerpo sujetado al cinturón de seguridad. Por su seguridad y la de los demás. Seguro que vos no lo hacés. Clasifican la basura orgánica e inorgánica y la sacan en los días que corresponde, a la hora que corresponde, en la bolsa que corresponde, con el peso que corresponde y la colocan ordenadamente en el canasto, como corresponde. Seguro que vos no lo hacés. Caminan derecho, con la frente alta, seguro de sí mismos (no con las manos en los bolsillos y sin apuro) y jamás cruzarían una calle si no es por la senda peatonal de las esquinas. Vos jamás lo hacés ni lo harías. Tienen los impuestos abonados al día y no cometen infracciones. ¿Vos los pagás? ¿Usás casco cuando vas en moto? Después no te quejés cuando te hagan la multa. ¡Bien puesta estará! Condenan a los que consumen alcohol (sean mayores o menores de edad) y opinan/dictaminan a qué lugar pueden ir, a qué hora entrar, a qué hora salir, cómo ir vestidos y cómo comportarse en el interior del lugar. Festejan por cada clausura de bar, confitería bailable, pub o cualquier lugar donde la juventud se junte a divertirse. No soportan la alegría ajena.
¿Gastaste mucha luz? ¡Y si tus hijos están todo el día con la computadora encendida! ¿Mucho gas? ¡Si no hace frío! No entienden cómo podés tener los calefactores encendidos todo el invierno. ¿Hacés baldear la vereda de tu casa en los días y horarios no permitidos? Piensan en denunciarte, seguro, pero se conforman con martirizarte: “Cuando en el verano no haya agua, ya sé de quién me voy a acordar…”, te refriegan en la cara.
¿No te alcanza la plata? ¿Cuánto ganás? ¿En qué la gastás? ¿Cómo puede ser? ¿No llevás un control? ¿Cuántas veces vas al supermercado en una semana? Hay que ir solo los viernes, o los jueves, un solo día a la semana. Si vas todos los días, obvio que no te va a alcanzar la plata. ¿Para qué comprás comida hecha? Además, si salís a comer afuera, después no te quejés.
Te quejaste del calor, o del adoquinado, o del tránsito. O se te ocurrió manifestar un sentimiento de melancolía por extrañar tu ciudad natal. Lo hiciste inconscientemente pero de corazón. Inmediatamente sonríen, se refriegan las manos con ganas y con el tonito más hiriente que pueden encontrar, te la mandan a guardar sin anestesia: “¿Por qué no te volvés a tu ciudad, que allá está todo lindo? ¿Qué hacés todavía acá?”.
Son todas personas correctas, a no dudarlo. No dudan en decirte “salud” apenas estornudás; no discriminan jamás, son “derechos y humanos” (aunque esta ciudad se llenó de villas miserias; en el centro está lleno de negros y no se puede caminar tranquilo; los que vienen de afuera hicieron crecer la inseguridad; la culpa es del gobierno porque les da casas; estamos trabajando para usted…); jamás se olvidan alguna pertenencia en su lugar de trabajo ni dejan pasar ningún compromiso por alto: está todo debidamente agendado.
Se alegran cuando llueve, pero que no caiga tanta agua porque eso le hace mal a la soja, y además, con mucha agua en el piso no se puede cosechar. Y en épocas de sequía viven con la cara larga, preocupados. Seguramente se va a perder la cosecha. Y ni hablar del precio de los tractores, de los insumos y de los impuestos que deben pagar los dueños de la tierra. No son dueños de la tierra y nunca lo serán, pero hay que ver lo solidario que son con esas pobres personas...
Viven pendientes del servicio meteorológico, esperando eternamente que llueva en época de sequía o que salga el sol en épocas de lluvias. Nunca están conformes y siempre esperan el cambio de luna para que se produzca alguna modificación en el tiempo. O para cortarse el pelo. Si el cielo se pone negro, trae piedra: si está rojizo, viento. Si el viento es del oeste, trae lluvia; si es del sur, frío; si es del norte, calor; si es del este, peste. No obstante ello, el 95% de sus predicciones son incorrectas.
Y cuando después de pensar y pensar en todo esto no abrís la boca, estás ensimismado, te machacan que sos un aburrido, mala onda y “¡siempre con la misma cara de culo!”. Cuando hablás se sorprenden: “¡Ah! ¿Te despertaste por fin?”. Y querés mandarlos a la remierda pero te aguantás, ahorrás saliva y no desperdiciás tu atención en ellos, por eso seguís guardando silencio y pensando que querés vivir tu vida con quien vos realmente querés vivirla, la vida que vos querés y elegiste vivir, lejos de esa gente de mierda.
jueves, 16 de septiembre de 2010
domingo, 5 de septiembre de 2010
DOLINA, Alejandro: La decadencia de la amistad (fragm.)
A los once o doce años, uno empieza a hartarse de la familia y encuentra que los muchachos de la esquina son mucho más divertidos que el tío Jorge. Durante más o menos una década nadie estará más cerca de nuestro corazón que esos muchachos. Y si uno quiere aprovisionarse de amigos, debe hacerlo en ese período. Después será demasiado tarde.
Sucede que en cierto momento de la vida uno descubre que esta rodeado de extraños: compañeros de trabajo, clientes, acreedores, vecinos y cuñados. Los amigos de verdad están lejos, probablemente encerrados en círculos parecidos.
Algunos empecinados insisten en cultivar amistades nuevas. Los matrimonios maduros se visitan mutuamente y desarrollan pálidas parodias de la amistad verdadera: se cuentan una y otra vez episodios antiguos, vividos con los amigos viejos, que ya no están. Cuando uno es joven no cuenta historias a sus amigos: las vive con ellos...











