lunes, 12 de marzo de 2012

miércoles, 7 de marzo de 2012

SANTAFESINOS


Noche de desafíos. Marcelito preguntaba. La Lili contestaba. Sergio escuchaba atentamente y la Pupi, sentada en el piso, balbuceaba sonidos e intentaba hablar.
—¿Quién creó la bandera? —desafió Marcelito.
—¡Belgrano! —gritó con orgullo la Lili ante la mirada atónita de Sergio y los aplausitos de la Pupi.
La noche santafesina, entre mosquitos, humedad y calor, se hacía desapacible.
Marcelito volvió al ataque:
—¿Quién descubrió América?
La Lili dudó. Luego de unos segundos, arriesgó:
—¿Colón?
Los ojitos de Sergio mostraron el horror. Sus cuatro añitos no soportaron tanta injusticia.
—¡No! ¡No! ¡Fue Unión! —corrigió.

lunes, 20 de febrero de 2012

3 - NO HAY NADA QUE PUEDAS HACER... QUERÉS RESISTIR...



Jamás mi lengua podrá

espresar cuanto he sufrido;

en este encierro metido,

llaves, paredes, cerrojos

se graban tanto en los ojos

que uno los ve hasta dormido.

Martín Fierro


A las cinco de la mañana sonó el despertador y lo hizo durante varios segundos hasta que un fuerte golpe lo hizo callar. El brazo quedó extendido sobre la mesa de luz y el cuerpo totalmente desparramado sobre la cama. En su mente se mezclaban el sueño y la realidad; un sueño indescifrable y una realidad temida. Poco a poco se fue despertando. Ya no recordaba si el sueño era hermoso u horrible. Se despabiló en un segundo luego de mirar el reloj despertador. La habitación estaba totalmente oscura y sentía frío. Todavía faltaba tiempo para que amaneciera. Entre penumbras manoteó la ropa que había dejado preparada la noche anterior: un pantalón de jean muy gastado, con parches en las piernas y sin ruedo; una camisa de grafa verde oliva; una campera de jean también bastante gastada y un par de alpargatas blancas con cordones. Se sentó en la cama y sin encender el velador comenzó a cambiarse. Era la peor ropa que poseía, la más vieja, la más desteñida, pero le gustaba usarla. Se sentía cómodo vistiendo su ropa harapienta... pero limpia. Tenía un sueño impresionante, apenas podía abrir los ojos todavía llenos de lagañas. Sus cabellos parecían regresar de una reciente batalla. Cuando se terminó de anudar la alpargata izquierda, se levantó y salió de la habitación. Toda su casa estaba en penumbras. Júpiter movía la cola desde el sillón del living que utilizaba como cucha, sin levantarse y apenas abriendo los ojos. Calentó el café y bebió en silencio, no tenía con quién hablar. Al rato su padre se levantó y se dirigió a la cocina. Saludó a su hijo y se sirvió un vaso de agua.

—¿Estás listo?

—Tengo que ir al baño...

Terminó su café y leyó el diario del día anterior. Miró el reloj de pared de la cocina y le tembló el cuerpo. Sintió cómo los nervios lo invadían y su estómago crujió. No era hambre, eran nervios, eran ganas de descargar tensiones. Ya en el baño se lavó la cara, mojó sus cabellos y se peinó. A los dientes se los lavaría después, antes de salir. Se sentó en el inodoro y pensó en el futuro. Seguía estando nervioso pero ahora podía sentirse un poco más flojo. No quería que llegara la sexta hora del día, pero sabía que cada vez estaba más cerca. Encendió un cigarrillo y cerró los ojos. Se limitó a no pensar y a saborear el tabaco, con las manos sosteniendo su cabeza y los codos apoyados en sus piernas desnudas. Luego de terminar el cigarrillo y todos los actos correspondientes a la tarea llevada a cabo en el inodoro, salió del baño. Terminó de prepararse: buscó dos pañuelos, el documento, los cigarrillos y el dinero que le había dado su padre el día anterior. Miró las cuatro paredes de su pieza llenas de cuadros, su equipito de música, sus casetes, algunos libros apilados en una biblioteca y su cama. Su hermano mayor dormía como un tronco. Estuvo unos instantes inmóvil, con la vista fija en su cuarto; luego apagó la luz y se retiró.

—¡Papá! —gritó hacia alguna habitación de la casa, sin saber a cuál.

Su padre contestó desde el baño. Estaba inquieto y permanecía de pie en el living. Júpiter lo miraba entredormido desde el sillón. Eran las seis menos veinte; la hora clave se acercaba. Entró en la habitación de sus hermanas y las dos dormían. De pronto escuchó la voz de su madre que lo llamaba desde su pieza. No contestó al llamado pero se dirigió hacia ella en silencio.

—¿Ya estás listo?

—Sí, ya estoy... Estoy esperando a papá.

—Escribinos apenas llegués.

—Sí, mamá, ya lo sé —contestó con un poco de nerviosismo—. Es la vigésima vez que me lo decís en estos últimos tres días...

—¿Llevás todo?

—Sí, mamá, sí.

—¿Te dio plata papá?

—Sí, mamá. Papá me dio plata, tengo todo listo, llevo pañuelos, voy a escribir, etcétera, etcétera... —contestó irónicamente a su madre como pidiéndole que ya no hiciera más preguntas.

—Bueno, bueno. No te pongás nervioso.

Su padre salió del baño y ya estaba listo para llevar a su hijo. Le dio un beso a su madre y ella lo abrazó. Su padre salió a poner en marcha el auto.

—Chau, mamá.

—Chau, cuidate... ¡y escribí apenas llegués!

—Sí, mamá —contestó ya riendo—. ¡Cortala! Dale saludos a los chicos.

Salió y cerró la pesada puerta de hierro un poco fuerte. Hizo un ruido familiar y sintió que por un tiempo lo extrañaría. En la calle flotaba la neblina y estaba fresco. Se abrochó la campera y se subió al Polara. El auto arrancó despacio y tironeando. El trayecto no era largo y ni su padre ni él pronunciaron una sola palabra. Al llegar a la intersección de avenida Freyre y Salta, su padre detuvo el auto. Eran casi las seis. Se veían varios grupos de jóvenes esperando también allí la hora.

—¿Querés más plata?

—No. ¿Para qué? —contestó con voz resignada.

—Por las dudas...

—No, dejá. Mirá si me la afanan... Con lo que tengo está bien.

No quería más dinero, pensaba que no le iba a hacer falta. No tendría en qué gastarlo y no quería pedirle inútilmente a su padre. ¿Para qué?, se cuestionaba. No sabía el paraqué ni el porqué de todo eso que tenía que hacer, que vivir, que perder... Muchas veces había querido convencerse de que era necesario, de que sería interesante, de que valdría la pena tener la experiencia propia. Pero nunca había logrado convencerse, por más argumentos válidos que encontrara. Ahora, allí, minutos antes de la hora convenida, estaba convencido de que todo sería en vano.

—Bueno, chau —saludó a su padre dándole un beso en la mejilla.

—Chau... Pasala bien —contestó su padre aconsejándole y viéndolo irse, lentamente, con paso cansino, hasta mezclarse con los demás jóvenes que esperaban en el lugar.

Fue acercándose a la puerta de entrada, no veía a nadie conocido y cada vez se ponía más nervioso. El cielo empezaba a clarear. Ya eran las seis. Miraba las caras de sus actuales compañeros desconocidos y no podía entender por qué algunos reían y otros, serios, no expresaban nada en sus rostros. ¿Quién estaba en la situación justa? ¿Los que reían o los otros (entre los cuales se incluía)? Sacó un cigarrillo y lo encendió. Se quedó parado sin saber adónde ir ni qué hacer. Se sentó en el cordón de la calle y continuó fumando, esperando que las grandes puertas verdes se abrieran. Ahora estaba impaciente y tenía ganas de entrar de una vez por todas, le fastidiaba la idea de esperar, quería que todo pasara rápidamente. En el justo instante en que acababa su cigarrillo, lo golpearon en la espalda. No quiso pensar nada y se dio vuelta lentamente. ¿Quién sería el boludo? Pero una sonrisa brotó en su rostro al ver que eran algunos de sus amigos que corrían la misma suerte que él. Sus compañeros de la secundaria, sus amigos del barrio. Se sintió un poco mejor y sus nervios se fueron yendo de a poco. Al rato de estar con ellos comprendió el porqué de las sonrisas de aquellos que minutos antes había observado, sin entenderlos. Ahora tenía con quien compartir su tristeza, su amargura de estar allí esperando algo que él no había deseado. A las seis y diez se abrieron las puertas y el silencio invadió la calle. Todos los que afuera esperaban dirigieron la vista hacia la entrada y muy pocos abrieron sus bocas para hacer algún comentario. A los pocos minutos se vieron todos formados en filas de cinco de frente. Se miraron sin entender nada. Luego se vieron sentados en un galpón, todos juntos, cerca de mil jóvenes de todas las clases y colores. Todo ocurría inesperadamente, no alcanzaban a comprender del todo esos instantes nunca vividos. Al advertir que ya no poseían nombre sino que pasaban a ser un mísero número, él se preocupó. Ahora soy el 213, se decía, y, sinceramente, estaba totalmente decepcionado. Pasaron todo el día en ese sitio extraño. Estaba cansado y su trasero duro de estar permanentemente sentado en el piso. Comprendió que el dinero le haría falta. Le dieron de comer una miseria y luego vendían sandwiches y gaseosas, más caros que en la mejor confitería de Santa Fe. Todo le parecía extraño; preguntas idiotas, inútiles, gritos injustificados, indicaciones y advertencias. A las cinco de la tarde los hicieron formar nuevamente. Se dirigieron a la vieja estación de trenes General Mitre caminando por las calles de la ciudad. Se sintió estúpido al verse mirado por la gente que desde las puertas de sus casas los señalaba y hacía quién sabe qué comentario barato de barrio. Fueron varias cuadras que caminaron en silencio, sin poder hablar. Iba pensando a qué lugar irían a parar, en dónde tendrían que vivir la vida estúpida que le impondrían. Algunos de sus amigos iban a su lado pero no hablaban. Mejor dicho, no podían hablar; había quien no los dejaba.

Subieron corriendo a los vagones del tren. A los apurones fueron ocupando las butacas viejas y rotas. No sabían adónde se dirigían; estaban en silencio, nerviosos; algunos contentos, otros preocupados. Él se apuró para ocupar la butaca del lado de la ventanilla. La abrió y vio cómo todavía cientos de compañeros estaban subiendo al tren. En poco tiempo el andén quedó vacío. Solamente una perra con dos cachorros rompían la inmovilidad del lugar. Murmullos lejanos empezaron a escucharse. En el vagón poco a poco habían empezado a dar opiniones y a hacer comentarios infundados. Encendió un cigarrillo con nerviosismo. Un compañero le pidió uno. Otro compañero también... y otro. Y fueron más de diez los que fumaron sus cigarrillos. Se resignó y convidó todos los que le quedaban. Parecía que nadie tenía un solo cigarrillo. O que a todos se le había dado por fumar aunque nunca en su vida lo hubiesen hecho. Lo cierto es que no tenía más para el viaje. El murmullo que segundos antes había escuchado afuera se convirtió en griterío, corridas, idas y venidas. Nuevamente el andén estaba colmado, pero ahora de hombres y mujeres, niñas y niños. La perra se alejó del tumulto corriendo con sus dos cachorros por las vías vacías. La gente se aproximó al tren, a las ventanillas. Muchos de sus compañeros reconocieron a sus familiares. Él no encontraba a nadie conocido. Buscó desesperadamente entre la multitud hasta que vio a sus padres. Por suerte le habían llevado cigarrillos. También chocolates y otras golosinas. Su madre lagrimeaba y él la consolaba explicándole que no se iba a la guerra, y por unos segundos dudó de sus palabras. En octubre de 1982 la guerra de Malvinas todavía estaba muy presente en la castigada mente de los argentinos. Su padre estaba serio, cosa inusual en él. Quizás estaba recordando que él también un día, cuatro décadas atrás, se había marchado de su casa sin querer, al igual que hoy lo hacía su hijo. El tren pronto partiría hacia lo desconocido. La gente se seguía despidiendo, seguía riendo, seguía llorando, seguía gritando, y algunos todavía seguían buscando a sus seres queridos sin éxito. El guarda hizo escuchar el silbato. Se escucharon también algunos gritos y el tren comenzó su marcha lentamente, a paso de hombre. Las manos se estrecharon, las caras se juntaron en un beso. Un hombre vestido de negro agitaba un papel con su mano al final del andén. Él lo vio justo cuando se despedía de sus padres. El tren seguía avanzando lentamente y poco a poco la gente iba quedando estática en el andén, saludando con sus manos en alto. Siguió observando al misterioso hombre vestido de negro y le pareció que estaba ofreciendo ese papel al que quisiera agarrarlo. Nadie lo hacía, todos lo miraban y saludaban, pero el hombre estaba serio, no contestaba a los saludos y seguía ofreciendo el papel. Cuando el vagón en el que él viajaba se fue acercando a aquel hombre, decidió tomar el papel; se asomó por la ventanilla y, cuando lo tuvo al alcance de sus manos, lo tomó. Miró al hombre misterioso y vio que sonreía. El tren seguía su paso lento. Se sentó y leyó:

Ellos te alimentan con las sobras y con mentiras... Ellos te meten en una caja en la que nadie te puede oír, pero deja que tu espíritu se mantenga entero... Ellos te llevan hasta tus límites, te llevan más allá de ellos... Te dicen cómo comportarte... No hay nada que puedas hacer... Querés resistir. Ellos tratan de volverte loco, sacarte fuera de tu cabeza... Ellos no ven el camino hacia la libertad que construís con carne y hueso... Encarás la noche, solo, mientras los constructores de la caja duermen con barras y piedras...

Peter Gabriel

Se asomó luego por la ventanilla, miró hacia atrás, hacia el andén, y ya no divisó al misterioso hombre ni a sus padres. El andén era un punto en el horizonte que ahora formaba parte de su pasado.

domingo, 12 de febrero de 2012

EL LUGAR DE LA POESÍA



Ingresé con ganas. No recordaba cuál había sido el último congreso de literatura al que había asistido.
Hacía tiempo que no regresaba a mi ciudad natal y volver al ámbito universitario me causaba una sensación de extrañeza.
“5º Argentino de Literatura”. 16,30 de un jueves de agosto caluroso, húmedo, atípico. Sin haber recorrido aún las calles de mi añorada ciudad, traspasé las puertas del Foro Cultural y me dirigí a la charla “Paisajes de la poesía argentina”.
Marilyn describió en versos cómo una rodaja de pan con manteca y azúcar ingresaba a su boca y la masticaba. También charló largamente con su gata. Pasaron desordenadamente hojas y hojas plagadas de poemas y deseé que llegara el último. Y, por fin, llegó. Aplausos.
Inmediatamente, Osvaldo ilustró un lugar ausente de sus pagos, con hechos y personajes invisibles (o no), a los que recordaba emotivamente de cuando habían sido verdaderos (o no). No sé cómo ocurrió, pero en ese ambiente pueblerino surgió entre versos una Anchorena y Osvaldo se despidió. Aplausos.
De pronto me encontré escuchando a Sergio, que recitaba versos duros y monótonos sobre puertos, máquinas, fábricas, buques, extrañas letras y palabras, todo muy frío como para intentar dar lirismo a las palabras. Algunos aplausos cortaron, de vez en cuando, la monótona lectura de Sergio. ¿Gustaron más sus versos que los de Marilyn u Osvaldo?
Evidentemente, Marilyn, Osvaldo y Sergio estamparon en los versos SUS emociones, SUS vivencias, SUS convicciones literarias e, inclusive, políticas. MUY SUYAS. Demasiado SUYAS. Tanto, que no las percibí.
No esperé la finalización del debate. Sentí, no sin un dejo de angustia, que esa poesía no ocupaba un lugar en mi corazón. Con un poco de vergüenza, di la espalda a los poetas y salí a la calle. Sentí el bullicio de los autos y colectivos, y sin saber adónde dirigir mis pasos, caminé.
La ciudad volvía a meterse en mi sangre todavía caliente como lo había hecho tiempo atrás, cuando la caminaba sin pensar demasiado, pero sin dejar de soñar.
Observé -y recordé- viejas construcciones, ciertas vidrieras, ahora más coloridas, añoré negocios. Busqué la librería donde compré la mayoría de mis libros de juventud y la encontré con el nombre cambiado. Me crucé con gente, muchísima, de todas las edades y colores, tamaños y vestimentas. Sonrisas y caras serias. Pisé veredas eternamente rotas y volví a escuchar el grito “¡cubaniiitoos!” ya casi borrado en el recuerdo.
Respiré profundo, sonreí y seguí caminando firme por la peatonal en busca de caras conocidas y hace tiempo perdidas. Un cosquilleo invadió todos mis miembros a medida que avanzaba por las calles. Las imágenes de otrora se confundieron con las actuales y lograron una amalgama espectacular que dimensionó todavía más mi sonrisa.
Pensé en la poesía de Marilyn, de Osvaldo, de Sergio. Y comprendí que era allí, en la calle que estaba caminando, en la mirada de la gente, en las viejas edificaciones y en el bullicio de un día cualquiera, donde la poesía cobraba sentido para mí.
Santa Fe, 13 de agosto de 2009
* * *
Escrito luego de asistir a la charla “Paisajes de la poesía argentina” llevada a cabo en Santa Fe el jueves 13 de agosto de 2009 en el marco del “5º Argentino de Literatura” organizado por la Secretaría de Cultura y el Departamento de Literatura de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Universidad Nacional del Litoral.

jueves, 12 de enero de 2012

SER OTRO


No hay ser humano que no quiera ser otro
y meterse en ese otro como en una escafandra
como en un aura tal vez o en una bruma
en un seductor o en un asceta
en un aventurero o un boyante

solo yo no quisiera ser otro
mejor dicho yo
quisiera ser yo
pero un poco mejor

(Uruguay, 1920/2009)

jueves, 15 de diciembre de 2011

DE REGRESO (O LA JUSTICIA EN EL HOGAR)


pregunto y espero respuestas / palabras/ palabras que mienten / o dicen la verdad / respuesta / escribo / tipeo vocablos / tactactactactactac / excusas / conjeturo farsas / redacto respuestas / indago y mienten / no les creo / lloran y tampoco / me miran / y poco a poco / tactactactactactac / muy lentamente / mehundoenestafríamáquinadeescribir / en una mañana de frío / calor / viento / humedad / humo / café / cigarrillos / tactactactactactac / hambre / sed / hambre y sed... / sed de todo / no sé / excusas / palabras / mentiras / acusaciones / reproches / llantos / discusiones / explicaciones / disculpas / tactactactactactac / perdones / odio / sexo / robo y violencia / estafa / víctima-victimario / sociedad-suciedad / y en el medio / YO / tactactactactactac / quevuelvoacasa / y solo el amor que allí encuentro / me salva

lunes, 5 de diciembre de 2011

VINO


La pareja foránea ingresó al Manchester para almorzar. Era un modesto bar que estaba sobre la calle principal del pueblo, única calle asfaltada por formar parte de una ruta nacional. Habían visto a la entrada del pueblo un lindo bosquecito de eucaliptus donde podrían descansar luego del almuerzo, por lo que el hombre interrogó al mozo sobre las marcas de vino que tenían. El viejito, muy bien presentado, con unos pocos pelos blancos bien peinados que le servían de corona, sonrió y simplemente dijo:
—Tenemos vino.
El hombre lo observó extrañado y creyéndolo un poco sordo, alzó la voz:
—Marcas. ¿Qué marcas de vino tiene?
—Es vino —contestó con toda tranquilidad y con una voz muy dulce el mozo.
El hombre resignó un punto de su pedido, pero continuó con el interrogatorio:
—¿Malbec? ¿Cabernet Sauvignon? ¿Sirah?
El viejito frunció la frente.
—Es vino... —dijo como no entendiendo la diferencia.
El hombre comenzó a ponerse nervioso y ante la mirada atónita de su pareja, continuó, achicando un poco sus pretensiones:
—¿Tres cuartos?
—Pingüino de litro, señor.
—Ah, entonces es de damajuana...
—Es vino, señor.
La mujer hizo un gesto a su pareja como de cansancio, señal que el hombre interpretó perfectamente: “Cortala ya”.
—De acuerdo. Tráigame un pingüino de vino tinto.
—¿Y para comer?
El hombre no quedó convencido del pedido y, acostumbrado a cepas exclusivas, cosechas especiales y alturas determinadas, insistió:
—Pero, es bueno, ¿no?
El mozo sonrió y con confianza le preguntó:
—¿Para qué quiere el vino el señor?
No lo consideró insolencia el hombre. No podía reaccionar mal ante alguien que en ningún momento le había faltado el respeto y guardaba una compostura amable. Tomó aire profundamente y con tranquilidad, explicó:
—Queremos comer un buen plato de pastas con salsa roja y acompañarlo con un buen vino tinto. Queremos disfrutar un buen almuerzo.
—Están en el lugar indicado y nuestro vino es el mejor para estas ocasiones —dijo con convencimiento. Giró y gritó—: ¡Marchen dos ravioles con tuco!
Cuatro minutos después volvió el viejito con un pingüino brilloso tricolor y dos vasos de vidrio grueso.
—Enseguida salen los ravioles —dijo sin perder su amabilidad mientras depositaba el pingüino sobre la mesa.
El hombre esperó inútilmente que el mozo le hiciera degustar el vino. ¿Y si no estaba conforme? Ya no podría quejarse y pensó que en el último de los casos pediría soda. Se sirvió un poco en el vaso (no quiso ni pensar en pedirle dos copas), lo levantó y con un suave movimiento hizo bailar el vino mientras lo observaba con exquisita sabiduría a trasluz. Captó luego su aroma, mojó primero sus labios y luego lo probó. Hizo un gesto que su pareja interpretó como “no está mal” y la alegró. Estaba a temperatura adecuada, su color era interesante y su aroma, atrapante.
El almuerzo fue brillante. Los ravioles y el vino tinto fueron un complemento especial para la charla amena y prolongada de la pareja.
El hombre llamó al mozo y le pidió la cuenta. El viejito tomó de una pila que había en el mostrador una especie de plástico, se acercó a la mesa y se lo entregó al hombre. Inmediatamente se retiró sin decir una sola palabra. Era un escrito plastificado del tamaño de una hoja de cuaderno escolar, con letra imprenta dibujada a mano, muy prolija, con el logo del bar arriba.
El cliente lo miró intrigado y ante el pedido de su pareja, lo leyó en voz alta:
MANCHESTER ofrece a sus clientes un vino exclusivo al que sirve en pintorescos pingüinos, como una buena forma de celebrar las virtudes de la vid.
MANCHESTER descree de las etiquetas y, por el contrario, cree en las bondades de la santa bebida de Baco.
MANCHESTER sostiene que el vino es un elemento esencial en una mesa, junto a un plato de comida, para disfrutar en tranquila soledad o en grata compañía.
Si el vino no colabora para pasar un momento agradable, no merece catalogárselo como tal, más allá de cepas, cosechas, alturas, años de reserva o maderas en las que fue conservado.
Si nuestro vino no ha complacido vuestro paladar, si no ha cumplido con el requisito indispensable de ser el complemento de un momento placentero, MANCHESTER no le cobrará el importe correspondiente al contenido del pingüino.
MANCHESTER les desea la felicidad.
La mujer sonrió y el hombre casi deja escapar una lágrima, lo que evitó al tragar saliva profundamente.
Cuando el mozo advirtió desde lejos el final de la lectura, se acercó a la mesa.
—¿Le traigo la cuenta?
El hombre asintió con un gesto, sin poder decir una sola palabra.
La propina fue generosa y a pesar de no haberle podido sacar información al mozo sobre la marca del vino —“Es nuestro y con eso basta”, le había contestado el viejito—, el hombre se fue contento al saber que jamás persona alguna se había retirado de Manchester sin haber abonado el importe del pingüino.

sábado, 22 de octubre de 2011

INFIDELIDADES

PATRICIA MARÍA URRUTIA GÁLVEZ


Algunos afirman que el amor tiene que ser analizado a través de la razón y no del corazón. Muchas veces me he encontrado en alguna que otra encrucijada amorosa y por lo general tomé por el lado que no correspondía por pensarlo demasiado y creer que lo conveniente era justamente lo lógico.
Otros sostienen que hay que dejarse llevar por el mandato natural de los sentimientos, del corazón. Están convencidos de que a la lógica en el amor no hay que tenerla en cuenta y que nuestros actos deben ser dirigidos nada más que por la pasión. Si muchas veces me equivoqué al ser tan lógico, igual o más veces lo hice por dejarme llevar por ese primer impulso que me hizo golpear la cabeza contra la pared.
Con estas palabras introductorias, a nadie le quedará duda de que mi suerte amorosa ha sido siempre un caos. Y no lo consulté con sicólogo alguno ni con siquiatra ni curandero. Me di cuenta solo, cuando luego de los sucesivos fracasos ponía toda mi voluntad en cambiar. Cuando lo pensaba bien y me iba mal me decía no seas boludo, dale para adelante nomás y entonces en la próxima oportunidad que se me presentaba actuaba como un loco apasionado, a quien no le importaba nada y ¡toc!, nuevo golpe contra la pared. Tendrías que haberlo pensado antes, me reprochaba. Y esa incertidumbre fue una carga insoportable en mi vida pasada, hasta que por fin, creo, que aprendí.
Ocurría que siendo joven, quizás demasiado como para tomar decisiones propias y acertadas, dejé que los otros lo hicieran por mí. «Me da lo mismo», contestaba ante alguna propuesta o «como vos quieras», y no me jugaba nunca.
Es decir, mi indecisión temprana no me permitía la libertad necesaria para actuar, me sentía mal y dejaba a los otros hacer por mí, y cuando asumí la responsabilidad de tomar decisiones, me equivoqué siempre. ¡Tan complicado resultaba todo!
No hace mucho tomé esta decisión de cambiar. No fue fácil, pero poco a poco uno se va acostumbrando a esta nueva vida. Si quiero a una y a otra, ¿por qué tener que elegir? ¿Por qué no tener a las dos juntas? Realmente, las opiniones de los demás me cansaron. ¡¿Por qué demonios no me dejan tranquilo ya?! ¡¿Por qué carajo no me dejan ser feliz?! Si yo las quiero a las dos, ¿por qué me hacen optar? No los quiero escuchar más y ya tomé la decisión. La vieja Olivetti y la notebook tendrán que acostumbrarse a compartir mi vida.

miércoles, 5 de octubre de 2011

Hermenegildo Sábat

Quizás yo sea un tranquilo, silencioso anarquista, que sueña en su casa con que desaparezcan los gobiernos.

Descreo de las fronteras, y también de los países, ese mito tan peligroso.

Sé que existen y espero que desaparezcan las diferencias angustiosas en el reparto de la riqueza.

Ojalá algún día tengamos un mundo sin fronteras y sin injusticias.

Jorge Luis Borges

sábado, 10 de septiembre de 2011

CIVILIZACIÓN Y BARBARIE


Acerca de nuestro "gran maestro":
Domingo Faustino Sarmiento dijo acerca de Juan Manuel de Rosas:
“…mitad mujer por lo cobarde, mitad tigre por lo sanguinario…” (Facundo, Introducción).
Cada uno sabrá discernir si fue acertada o no su caracterización, pero adviértase que nuestro “gran maestro” mostró una marcada veta machista (¿o misógina?) surgida desde muy adentro…
Quizás su brillante pelada y su cuerpo lampiño lo hacían mirar con envidia al Tigre de los Llanos, Facundo Quiroga, y en él, a todos los que se le parecían físicamente:
“Hoy, gracias a los caprichos de la moda, no causa novedad al ver hombres con barba entera a la manera inmemorial de los pueblos del Oriente… Un pueblo que habla español y lleva y ha llevado siempre la barba completa, cayendo muchas veces hasta el pecho; un pueblo de aspecto triste, taciturno, grave y taimado, árabe…” (Facundo, Capítulo VI – La Rioja – El comandante de campaña).
Ojo, ciudadanos, con los pueblos de Oriente y sus barbados habitantes. Ya lo dijo nuestro “primer educador”: son todos taimados y, por extensión, lo son también todos los que usan barba completa como ellos, en mayor o menor grado, según el largo. George Bush tuvo de dónde aprender…
Típico de los extremistas, también en nuestro “prócer” podemos descubrir un marcado pensamiento “determinista”, biológicamente hablando. En la correspondencia mantenida con el Gral. Bartolomé Mitre, sostenía sin enrojecer ni siquiera un poquito:
“Quisiéramos apartar de toda cuestión social americana a los salvajes, por quienes sentimos sin poderlo remediar, una invencible repugnancia…”.
“No trate de economizar sangre de gauchos. Éste es un abono que es preciso hacer útil al país. La sangre es lo único que tienen de seres humanos esos salvajes…”.
Pero volvamos a uno de los considerados hitos de la literatura argentina: “Facundo”. Famoso se hizo el epígrafe que en elegante francés el culto maestro argentino citó al principio de su obra:
On ne tue point les idées – (Fortuol)
Y traduce a continuación —no sé si bien o mal, desconozco el francés—:
A los hombres se degüella: a las ideas no.
Hermoso y significativo pensamiento, si dudas. Pero si alguien pensaba distinto que Sarmiento, si tenía ideas diferentes: ¿qué pasaba?
“No sé lo que pensarán de la ejecución del Chacho (Peñaloza). Yo inspirado por el sentimiento de los hombres pacíficos y honrados he aplaudido la medida, precisamente por su forma. Sin cortarle la cabeza a aquel inveterado pícaro y ponerla a la expectación, las chusmas no se abrían aquietado en seis meses”. (Cartas a Mitre)
Como dice Felipe Pigna en “Los mitos de la historia argentina”: “Algunas ideas no se matan, otras sí”.
El creador de la dicotomía CIVILIZACIÓN Y BARBARIE asoció el primer concepto a la ciudad, a Europa y sus habitantes, al orden, a la pureza, a la inteligencia, a la persona “de bien”; y en el segundo concepto incorporó al indio, al gaucho, a América y por ende a Argentina —salvo la gente como él—, al desorden, a lo impuro, a la ignorancia, a los taimados.
Luego de hacer una lectura detenida y crítica sobre su legado escrito y citado anteriormente, ¿en cuál de los dos conceptos deberemos incluir el ilustre nombre del “padre de la escuela argentina”?

miércoles, 7 de septiembre de 2011

2 - TIEMPO DE TRANSICIÓN


Junta esperiencia en la vida

hasta pa dar y prestar,

quien la tiene que pasar

entre sufrimiento y llanto;

porque nada enseña tanto

como el sufrir y el llorar.

Martín Fierro

.

Las piernas cruzadas, la mirada dirigida al suelo, en las manos un libro sin abrir. La cama soporta mil kilos de recuerdos, de ilusiones, de amor. Se escucha en la habitación una suave canción que ayuda a crecer la melancolía. Sus ojos miran sin ver. O sí, ven, pero hacia adentro, lejos, a miles de kilómetros, lugares invisibles, abstractos, inciertos. Una mosca inquieta zumba alrededor de su oreja pero él no se inmuta. Está lejos de esa mosca, de esa habitación, de esa Divina comedia. Sube la vista y ve su escritorio desordenado, con tierra, repleto de libros y carpetas cerradas, vírgenes, inexploradas. Una rosa blanca se marchita luego de cinco días de haber sido mutilada de su cuerpo materno, sin sangrar, pero sí sufriendo la dolorosa separación. Piensa que las rosas se marchitan, pero su incertidumbre no.

Estira ahora sus piernas y se acuesta en la cama. Su cabeza se hunde en la almohada como en un colchón de agua, al mismo tiempo que su mente se hunde en el recuerdo. El techo grisáceo no le alcanza para imaginar algo o a alguien que no está. De vez en cuando abre su libro pero no ve las letras, no ve a Dante y a Virgilio juntos recorriendo el infierno, no sabe que está mirando cosas ideales, personas ausentes, lejanas; pero sí sabe que no son inalcanzables.

No está en paz con su mente, con su cuerpo; no está en paz porque en sus ojos se ven brillar lágrimas que se van formando de a poco para después, quizás, no descender por sus mejillas. No. No caerán. En vez de recorrer sus mejillas, se hundirán en su interior y herirán algo más delicado: su espíritu.

El almanaque le informa que está respirando un miércoles quince de setiembre y la ventana semiabierta le muestra que no solo el techo de su habitación es gris. Siente frío porque está desnudo, desparramado en su cama, y recuerda esos momentos cálidos que algún día vivió, pero no en soledad.

Y ahora está solo, siempre mirando el techo con sus ojos marrones que no ven, con su mirada dirigida al pasado que espera recobrar, ¡pero cuándo!, se grita a sí mismo sin escucharse. Gira en la cama y la almohada construye un muro impenetrable delante de sus ojos y lo obliga a suspirar profundamente sin tratar de hacer nada para romper dicho muro. Se relaja. Su brazo izquierdo cuelga al costado de su cama, sus piernas están separadas y la mosca se apoya sobre su espalda. Él está viajando por tiempos remotos y la almohada besa sus labios. El insecto recorre velozmente su espalda, sintiendo quizás el fuerte latido de su corazón. Abraza su almohada sin dejar de hundir la cabeza en ella y la acaricia. La mosca vuela violentamente hacia la ventana pero se estrella antes de llegar contra una ráfaga de viento que la hace retroceder.

Reacciona y ve la Divina comedia en el suelo, semiabierta y con un par de hojas dobladas. Afuera llueve y es de noche. Cierra la ventana y siente el zumbido de la mosca cerca suyo. Con una carpeta la aplasta contra la pared. Está entredormido. No sabe qué hora es. Piensa que durmió muchas horas y que no leyó nada. Acomoda un poco su escritorio y limpia el polvillo que hay sobre él. Abre una de las carpetas, enciende la luz y se sienta delante de ella, listo para internarse en la lectura. No entiende la letra, su propia letra, y suspira. Con sus manos refriega fuertemente sus ojos. Piensa en el tiempo, en el día que está viviendo, quince de setiembre. Piensa en su soledad y mira el reloj despertador: ¡las dos y media de la tarde!

Apoya sus codos en el escritorio, su cabeza sobre sus manos y mira a través de la ventana: el sol brilla muy fuerte. Una mariposa se pasea entre los árboles.

Sonríe al pensar que a las dos de la tarde se había puesto a leer el libro de Dante sentado en la cama.

Pero sufre al sentir que su soledad no termina más.

martes, 23 de agosto de 2011

EL NEGRO VILLALBA

El grito de Edvard Munch (1863/1944)


Es verdad que el robo, por ejemplo, es un crimen; pero el hombre que está a punto de morirse de hambre con su familia y comete un robo, ¿merece piedad o castigo? ¿Quién echará la primera piedra contra el marido que en un arrebato de cólera sacrifica a su infiel esposa y a su infame seductor? ¿Quién a la joven que en un momento de delirio se abandona a los encantos del amor? 

Johann Wolfgang Goethe 


Patricia está mal. Lo noto en su mirada. Pobre... Quizás esperaba otro destino conmigo. ¡¿Pero qué otra cosa me quedaba por hacer?! Estaba cansado de que los chicos me miraran con esos ojitos tristes pidiéndome algo para comer. Fueron tres días consecutivos de tomar nada más que mate cocido. Por suerte a ellos les dan comida en la escuela. Pero Patricia y yo no dábamos más. ¡Soy un hombre de carne y hueso, y no me banqué, no me banco ni me voy a bancar nunca ver a mis chiquitos llorando por hambre! No quiero ver más a Patricia llorar boca abajo, en la cama, mientras cada día que pasa está más flaca y más triste. ¡Cansado estoy de golpear puertas y más puertas! ¡Vida puta que le da oportunidades solo a los que estudiaron un poco!... Acá adentro quizás pueda aprender la lección... ¿La lección de qué, de quién? ¿Qué carajo tengo que aprender? ¿A ser un buen padre? ¿A ser un hombre honrado? ¿A ser un ejemplo para los demás?... ¿Y a mí quién me enseñó lo poco que sé? ¿La sociedad? No. ¡La calle, la miseria que llevo encima desde la cuna! Maldito el día en que decidí confesarle a la cana lo que había hecho. ¡Qué imbécil! Jamás me hubiesen descubierto. ¡Pero pago ahora el pecado de tener sentimientos, pago ahora la desgracia de que todavía por mis venas corra sangre caliente!

El día que decidió hacerlo fue uno de los últimos del mes de agosto, hacía frío y se puso la campera negra. Los chicos dormían en la habitación, los cuatro juntitos, como angelitos, sin saber que su padre salía a buscarles un poco de felicidad. Patricia lo miraba pero no abría la boca. Su silencio cómplice se manifestaba en sus ojos tristes. Le dio un beso, tomó el pasamontañas, el machete, la bicicleta que Sebastián usaba para ir a la escuela y salió. La oscuridad de la calle presagiaba un futuro negro, frío. Al cerrar la puerta de la casa, vio tirada en el césped la pistola de Carlitos. Una imitación perfecta de una Colt original. Hacía un año, para Navidad, se la había comprado con unos pocos pesos que obtuvo en una changa. Fue el mejor regalo que había recibido Carlitos en su vida... Sin saber por qué ni para qué, se la puso en la cintura y salió sin rumbo fijo. Anduvo como una hora por los barrios cercanos a su casa; era tarde, como la una de la mañana, y no había nadie en la calle. El frío acobardaba hasta al más valiente. El machete lo incomodaba pero se las arregló para andar sin problemas. Cerca del parque, un vecino bajaba de un Renault 12 frente al garaje de su casa. Lo conoció en seguida. No sabía su nombre pero sí que era el dueño del bar que estaba frente a la terminal de colectivos. Pasó de largo sin que lo viera, dejó la bicicleta unos cuantos metros más adelante, detrás de un acoplado que allí había estacionado, y se dirigió hacia él. Se colocó el pasamontañas. El vecino no advirtió su presencia sino hasta el momento en que le gritó: ¡Dame la guita, apurate, dame la guita! El Negro Villalba estaba muy nervioso. El machete le temblaba en la mano derecha, mientras que en la izquierda el revólver de Carlitos apuntaba a su víctima. Se sintió un poco ridículo por ello y estaba dispuesto a huir ante el primer intento de resistencia. Pero el muchacho estaba más nervioso y asustado que él y eso fue quizás lo que lo favoreció. Como pudo le explicó que no llevaba el dinero consigo, sino que lo tenía adentro del auto; le dijo que se lo daría, pero que no le hiciera daño. Villalba dudó. Pensó que en el auto podría tener un arma y con el juguete de Carlitos no se podría defender. Se hizo el malo, el impaciente, y lo apuró: ¡Bueno, dale, apurate, carajo! ¡Dame la guita! El muchacho entró al auto y sin demorar sacó un pequeño maletín. Las piernas de Villalba temblaban tanto que temió caerse. El vecino le pidió que le dejara los documentos pero le manoteó el maletín, las llaves del auto y le dijo que a los documentos se los devolvería pasados unos días. ¡Corré para allá!, le gritó señalándole el sur y apuntándole con el juguete, y cuando dio media vuelta para correr, el Negro salió hacia el otro lado a toda carrera, se subió a la bicicleta, y como pudo —con machete, revólver y maletín en la mano— huyó desesperadamente rumbo a su casa.
Sintió de repente que el tiempo no pasaba. En su mente daban vueltas sus hijos pidiendo comida y Patricia llorando, impotente. No sentía las piernas a pesar de que pedaleaba y pedaleaba automáticamente, como respondiendo a un instinto desconocido. No veía calles ni autos ni gente ni nada. Solo pensaba en los chicos y en Patricia. Pensaba en mil cosas a la vez, pero el nerviosismo no lo dejaba razonar en una sola de ellas. Cuando llegó a su casa advirtió que no tenía el pasamontañas. Lo había perdido en su huida. El corazón le latía a un ritmo desesperadamente inusual. No entendía muy bien lo que había hecho. Ni siquiera sabía qué había adentro del maletín, si documentos, si dinero, si papel de diario...
Abrió la puerta bruscamente luego de intentar dos o tres veces introducir la llave en la cerradura sin éxito. La cerró con dos vueltas de llave, apoyó su espalda contra la madera despintada y suspiró profundamente con los ojos cerrados. En un segundo imaginó a sus hijos con ropa nueva, comiendo caramelos, divirtiéndose con juguetes nuevos; a Patricia con ropas finas, elegantes, atractivas; se imaginó a sí mismo de saco y corbata, con un trabajo estable y un buen sueldo; todos sonriendo, todos cantando. Pero la realidad era otra. Abrió los ojos y vio contra la pared el poster del Comandante, con su mirada dura y desafiante. Hay que endurecerse pero sin perder la ternura jamás. Bajó la vista y la vio sentada, inmóvil, con la mirada clavada en su cuerpo desalineado y culpable. Patricia no le pidió explicaciones, nunca lo había hecho, pero con un gesto casi imperceptible reprobó su actitud. Tuvo ganas de gritarle que no tenía otra escapatoria y que al problema había que buscarle una solución inmediata. Pero bajó la vista, cobarde, y no dijo nada. Sabía que había actuado mal. Pero en ningún momento maltrató al muchacho. No lo había tocado, no lo había insultado.
Dejó el maletín sobre la mesa. Ni Patricia ni él intentaron abrirlo. En ese momento importaba lo mismo si adentro había papel picado o un millón de dólares. Se dirigió al cuarto de los chicos; dormían como cuando había salido: profunda e inocentemente, sin culpa alguna por tener que vivir en ese mundo maldito. Entró al baño y se desnudó. Abrió la ducha y se metió sin pensarlo bajo el agua helada en esa noche de invierno. Tuvo ganas de llorar por rabia, por bronca, pero no lo hizo, se la aguantó. Se enjabonó el cuerpo tres o cuatro veces, como queriendo limpiarse hasta la mugre interior. Se acostó al lado de Patricia, que mantenía sus ojos aún abiertos. Apagó la luz, ella se acostó de lado, le dio la espalda y la escuchó llorar. No aguantó y también lo hizo. Pero evitó que Patricia lo advirtiera. No podía soportar mostrarle su debilidad.
A la mañana siguiente el maletín seguía donde lo había dejado, en la misma posición, inexplorado. Se sentó a la mesa y lo miró fijo. Con temor lo abrió. Carnés del servicio de emergencia de la familia entera; carné de conductor que identificaba a su víctima; algunos papeles de la obra social, y adentro de una billetera de mozo de bar, billetes de todos los valores, un monto que nunca había tenido todo junto. Se acordó de las llaves del auto y tanteó sus bolsillos: allí estaban. Las puso con el resto de las cosas. Se guardó el dinero y al resto de los objetos los metió en una bolsa de nailon. Todavía le duraba el nerviosismo e imaginó que la policía llegaría a su casa a buscarlo. Lo primero que hizo fue agarrar el machete y el revólver de Carlitos, tomar la bicicleta e irse hacia las vías, cuyos yuyos estaban bastante altos. Allí arrojó sus armas y regresó. Fue a la zapatería a saldar una cuenta pendiente y compró zapatillitas para los chicos. El resto del dinero lo gastó en mercadería en el supermercado. Hacía mucho tiempo que no tenían tantas provisiones en la casa. Por unos cuantos días los niños sonrieron sin saber por qué; quizás los deslumbraba el brillo de la goma de sus zapatillas nuevas... Patricia hasta el día de hoy no le preguntó nada sobre lo que hizo aquella noche de agosto.

Hoy el calor es insoportable. Más, acá adentro. Faltan pocos días para la Navidad y mi futuro es incierto. Pareciera que ni los milicos ni el juez me creyeron que lo hice por necesidad. Usted tenía bienes como para disponer antes de salir a robar, Villalba, me dijeron muy seguros. ¿Bienes? ¿La bicicleta rotosa que utilizan los chicos para ir a la escuela? ¿La heladera que utilizo para guardar comida... cuando hay? ¿Una cocina que ya casi ni uso porque no tengo dinero para comprar la garrafa de gas? ¿Un ciclomotor que no terminé de pagar y que ni siquiera anda?... ¡¿O me van a pedir también que venda a mi mujer?! No me creen que no quise hacer mal a nadie. De nada sirvió poner todas las pertenencias de este muchacho en una bolsita y arrojarlas a la noche siguiente frente a su casa; de nada sirvió atender a la policía cuatro meses después, normalmente, con la frente alta, con el orgullo más alto aun, y ante la pregunta de si sabía algo, haberles confesado toda la verdad, sin presión, sin apremios, por propia voluntad, confiando en la comprensión, en una justificación... De nada sirvió entregarles sin que ellos me lo pidieran la campera negra que vestía aquella noche y ayudarlos a encontrar entre los yuyales de la vía del ferrocarril el machete que había utilizado. ¿Sirvió de algo comentarles que el juguete de Carlitos ya no estaba? ¿De qué me sirvió ser un hombre sincero? ¿De qué me sirvieron el arrepentimiento y la confesión? Me saqué un peso de encima, eso es cierto, pero ¿no merezco un poco de compasión? ¿Quién me dijo a mí que el delito que cometí tiene una pena de cinco a quince años de prisión? ¿Quién me explicó que no es excarcelable? ¿Con quién hablo si el color de mi piel no es el ideal, si mi educación no es la óptima? ¿Quién me defenderá si no tengo dinero para pagar a un profesional de renombre? Pobre Patricia, pobres chicos... Yo acá solo me la banco; pero, ¿y ellos, allá afuera, solos, sin nadie que les dé una mano? ¿Qué estarán comiendo? ¿Qué estarán haciendo? ¿Qué estarán pensando de mí?... Yo lo entiendo, Villalba, pero nada puedo hacer por usted... La ley es clara. ¡¿Por qué no se van todos a la mierda con su ley, sus libros y sus discursitos comprensivos, compasivos?! Paredes, rejas y un encierro interminable. El que las hace las paga... ¿Están presos todos los que tendrían que estarlo? Los cabecitas negras no somos parte de esta sociedad, que nos margina y nos obliga a actuar en consecuencia… ¿Estaría aquí si mi situación social fuese otra, si un buen abogado me defendiera, si tuviera dinero para pagar una fianza o si hubiese tenido la suficiente bajeza de negar totalmente mi participación en el hecho? ¿Quién hubiese comprobado que yo fui el autor del hecho si no confesaba? Por un lado estoy tranquilo por haber actuado según mis ideales: no mentir, sacar pecho en las malas y disfrutar en las buenas. Pero por el otro veo a mi familia desamparada, sola, sin nadie que pueda ayudarlos. ¿Quién se hará cargo de ellos? ¿Quién alimentará a mis hijos esta Navidad?

miércoles, 10 de agosto de 2011

VINICIUS DE MORAES: BREVE CONSIDERACIÓN AL MARGEN DEL AÑO ASESINO DE 1973


Qué año tan sin criterio

Este del setenta y tres,

Que se llevó al cementerio

A tres Pablos a la vez.


Pablazos y no pablitos

En el tiempo y en el espacio,

Pablos de muchos caminos:

Neruda, Casal, Picasso.


Tres Pablos que se empeñaron

Contra el fascismo español,

Tres Pablos que tanto amaron,

Tres Pablos llenos de sol.


Un trío de inmensos Pablos

En genio y en osadía,

Hecho de gracia y trabajo,

Pincel, arco y caligrafía.


Tres Pablos muy difundidos,

Casals, Picasso, Neruda;

Tres Pablos de mucho nombre,

Tres Pablos de tanta ayuda.


Tres líderes cuya muerte

El mundo entero sintió…

Oh, año triste y sin suerte

¡LA PUTA QUE TE PARIÓ!


Vinicius de Moraes

(Brasil, 1913/1980)