jueves, 14 de junio de 2012

5 - GUARDIA IMAGINARIA



Ningún consuelo penetra
detrás de aquellas murallas,
el varón de más agallas,
aunque más duro que un perno,
metido en aquel infierno
sufre, gime, llora y calla.

Martín Fierro


Eran las dos de la mañana y se sentía mal. Quería dormir y no podía hacerlo. Parado, caminando por los pasillos, pensaba en cómo matar el tiempo. Le molestaba el casco blanco sobre su cabeza húmeda de transpiración. De su cintura colgaba un duro bastón de goma que debería usar en caso de indisciplina. Él sabía muy bien que jamás lo haría. ¿Qué hacer? Todos dormían. ¿Con quién hablar? ¿Cómo matar el aburrimiento a esa hora de la noche? Se dirigió hasta la cama del sanjuanino Chirino casi sin hacer ruido.
—Camilo... Camilo... —susurraba mientras sacudía suavemente el cuerpo dormido—. Che, Camilo, despertate.
—¿Eh? ¿Quién es?
—Yo, loco. Prestame la radio, porque si no me duermo.
Camilo lo miró seriamente tratando de despertarse.
—¡La puta madre! ¿No había otro a quien pedírsela?
—¡Dale, che! Si es por las pilas, te las pago...
—No, no es eso... ¡Estoy durmiendo! ¿No ves?
—Sí, veo...
—¿No me digás que estás de imaginaria? —preguntó Camilo largando una carcajada que se confundía con un bostezo.
—Sí, loco. Estoy cuidando que el enemigo no ataque la cuadra y nos afane las botas. Dicen estos milicos que los ingleses acostumbran a atacar por la noche y se ponen de acuerdo con la guerrilla armada para hacerlo sorpresivamente —dijo irónicamente—. Y parece que buscan a los sanjuaninos putos...
—Ay, entonces cuidame mucho, mucho, mucho... —afeminó la voz.
Un chistido se escuchó en el fondo de la cuadra. Camilo, entredormido y de mal humor, abrió la taquilla y tomando la radio portátil, se la dio a su compañero.
—Tomá y dejame de romper las bolas.
Cuando el imaginaria le quiso dar las gracias, Camilo ya estaba dormido. Encendió la radio y se sorprendió al escuchar un tema de Sui Géneris. Será algún jovato romántico, se dijo pensando en el conductor del programa. Caminaba incesantemente para no dormirse, solo tenía que esperar hasta las cuatro y lo relevarían. Fue al baño y se sacó el casco. El calor era sofocante. Diciembre se estaba yendo y se despedía calurosamente.
Abrió una canilla y puso su cabeza debajo del chorro de agua fría. Pensó que así se despabilaría un poco. Se peinó los pocos pelos que tenía y volvió a andar por los oscuros pasillos.
¿Qué harán mis amigos en Santa Fe?, pensaba. Deben estar de joda... Aunque allá a esta hora debe estar casi todo muerto, ni un alma en la calle... pero cómo me gustaría estar con ellos...
Sostenía la radio pegada a su oreja izquierda, mientras que con la mano derecha jugaba con el bastón de goma. Sus piernas estaban cansadas y el sueño no se iba. Estaba contento porque por la radio pasaban la música que a él le gustaba, esa música que le traía recuerdos de mates siesteros y reuniones nocturnas en la casa de alguna amiga. Recuerdos con los que viajaba a cientos de kilómetros con un abrir y cerrar de ojos, recuerdos que no eran suficientes como para alejar el sueño.
Se sentó en una de las tantas camas vacías que había en ese oscuro lugar y, apoyando su codo derecho sobre su pierna, recostó su cabeza en su mano extendida. No me tengo que dormir, pensó. Eran las tres y media de la mañana, media hora más y lo reemplazarían. La música se mezclaba en su mente con los recuerdos pasados, haciendo un solo sueño, sueño hermoso, loco, destructor...
Viajó sin darse cuenta por espacios infinitos. Corría por el aire y daba vueltas sintiendo nuevamente en él su castrada libertad. De pronto se encontró parado sobre una calle de adoquines y no vio a nadie, estaba completamente solo. Quería gritar pero pensó que era totalmente inútil, nadie lo escucharía, nadie acudiría a su llamado. La calle era larga, no podía divisar el final de la misma ya que el mismo horizonte la cortaba. Caminaba lentamente buscando un lugar adonde ir. A los costados de la calle solo se levantaban dos muros inmensos y no vio otra salida que seguir caminando. Luego de varios minutos de andar, el paisaje no variaba: dos muros enormes y la calle sin fin. Entró a inquietarse y caminó más rápido, cada vez más hasta llegar a correr como un loco, desesperadamente. Era para él como estar corriendo sobre una esfera gigantesca, a la que hacía rodar sin avanzar, como lo hacen los osos en el circo sobre una pelota o sobre un gran cilindro acostado. Sin saber en qué momento ni por qué, se vio tirado en el suelo, dolorido y ensangrentado, sus piernas débiles le temblaban, sus ojos mirando hacia arriba se extraviaban, su boca sonreía y sentía cómo todo su ser se iba. Vio una luz. Una luz cegadora frente a sus ojos, insoportablemente poderosa, que no lo dejaba ver qué pasaba. Al fin pudo divisar imágenes oscuras, indescifrables. Miró su cuerpo y no sangraba, estaba sentado sobre una cama, con la radio apretada en su oreja izquierda, su casco puesto y el bastón de goma tirado en el piso.
Ya no soñaba, ya no dormía. Una luz maligna lo había despertado. Tardó algunos segundos en reaccionar. Se paró y pensó en lo peor. Una sombra se alejaba por el pasillo con una linterna en la mano... y lo había descubierto dormido. Casi con rabia pensó que solo faltaban seis días para la Navidad y que ya tenía el permiso de sus superiores para viajar a su ciudad. Hizo fuerzas inhumanas para no dejar escapar una lágrima y maldijo la hora en que se había quedado dormido. Apagó la radio y la escondió debajo de un colchón. Luego se acomodó el uniforme y se quedó parado, inmóvil, esperando el regreso de la sombra.
Nuevamente vio la luz en el fondo del pasillo. Se aproximaba el momento que él no hubiese querido vivir nunca. Quiero irme a Santa Fe, se decía en silencio. Rogaba para que la sombra pasara de largo, para que lo ignorara, pero sabía que no sería así. Cuando la sombra estuvo cerca, la identificó. Era un hombre alto, canoso y delgado. En su brazo brillaba un brazalete rojo que lo identificaba como suboficial de guardia. Él seguía inmóvil, ahora en posición de firme y saludó a su superior militarmente.
—¡Buenas noches, suboficial! —dijo con voz fuerte y segura.
En suboficial se detuvo frente a él y lo miró, serio y aterrador. Estuvieron mirándose tres o cuatro segundos. Solo se escucharon ronquidos lejanos y el ruido de las ramas de un árbol que golpeaban una ventana. Eran las tres y cuarenta y cinco, quince minutos antes del relevo. El suboficial no contestó el saludo y con voz ronca murmuró:
—¡Treinta días!

viernes, 11 de mayo de 2012

CONTRASTES ONÍRICOS



Siete menos cuarto de la tarde. La movilización había sido convocada para las siete. Ensimismado en una de las tantas lecturas que tenía atrasadas, se me había hecho tarde. Los vagos llegaron en la Ranger y me apuraron a bocinazos. 1987 estaba difícil y el presupuesto no alcanzaba. Docentes, no docentes y alumnos universitarios queríamos hacernos oír. Movilizar era la consigna. Me vestí lo más rápido que pude y salí de casa corriendo, sin avisar a nadie. Hacía frío. El otoño se estaba yendo y los últimos días del mes de junio se estaban poniendo bravos. Al cerrar la puerta de casa observé que en la camioneta mis compañeros llevaban grandes carteles: «Mayor presupuesto ya», «No al pago de la deuda», «Por una Universidad científica, mayor presupuesto», y otros más que no alcancé a leer. A los gritos me apuraban. En la chata de la camioneta iba sentado uno de los profesores de la facultad y me alegró verlo ahí, junto con sus alumnos. La camioneta arrancó sin esperarme, lentamente: la broma de siempre. Debería correr unos cuantos metros detrás hasta alcanzarla y subirme en movimiento. Me sumé al juego y corrí. Sabía que terminarían aminorando la marcha para que pudiera, al fin, subirme. El andar de la camioneta se hizo cada vez más rápido y corrí desesperadamente tras ella. Mis amigos se fueron alejando poco a poco pero seguí corriendo a igual velocidad y, a pesar del frío, comencé a sudar. Sin mirar a los costados, mi vista estaba fija en la camioneta cada vez más lejana. Las casas, edificios y los árboles de la vereda iban quedando atrás muy velozmente, más rápido quizás de lo que yo corría. Comencé a sentir una extraña sensación en mis pies: las zapatillas comenzaron a gastarse y se destruían lentamente hasta que las perdí definitivamente. Había entrado en calor. Me saqué la campera de jean y la tiré al piso. Seguí corriendo intentando alcanzar la camioneta, que ya era un punto diminuto en el horizonte. El calor era sofocante. No sé cómo ocurrió pero de repente me vi sin pantalones ni camisa. Solo los calzoncillos me quedaban puestos. Seguí corriendo por el medio de la calle sin prestar atención a los autos ni a la gente que me cruzaba. Supe que era inútil seguir pensando en la camioneta, seguramente mis amigos ya estarían llegando al lugar de concentración, y seguí corriendo desesperado, semidesnudo. Pero la gente no me miraba. No reparaba en mí. Dos o tres cuadras antes de llegar, dejé de correr. Continué a paso lento, jadeando. Advertí que ahora ni siquiera tenía puestos los calzoncillos. Curiosamente, no sentí vergüenza y seguí caminando como si todo estuviese en orden, como si todo fuese normal. Ahora no tenía frío… no tenía calor. Solo quería encontrar la camioneta, a mis amigos.
La concentración era frente a las puertas del Rectorado de la Universidad, sobre bulevar Pellegrini. Me extrañó no escuchar canciones ni bombos ni discursos. La gente estaba en silencio. Y de pronto, sirenas. Dos ambulancias aparecieron velozmente y se internaron entre la multitud. Varios enfermeros descendieron y se dirigieron corriendo hacia la puerta del edificio. Mi absurda desnudez no era advertida por nadie entre la gente allí reunida. Fui abriéndome paso a empujones. Quería saber qué pasaba. Tropezaba, empujaba, me empujaban, me pisaban, pero yo seguía avanzando, seguía introduciéndome en esa masa compuesta de camperas, pulóveres, bufandas y guantes, carpetas y carteras. Era uno más, pero desnudo. Hasta que pude acercarme más y observar lo que estaba pasando: me quedé inmóvil. Nadie hablaba, todos dejaron actuar a los enfermeros. Tres criaturas, tres niños que no habrán tenido más de dos años, estaban tirados en el piso frío, desnudos, con sus ojazos abiertos pero sin lágrimas. Les costaba respirar y estaban muy flacos. Desnutridos, quizás. Se los notaba tristes. Los cubrieron con unas cobijas y se los llevaron. Estaban a punto de morirse de hambre y de frío, y nos miraban como queriendo decir algo. De pronto, un grupo de estudiantes rompió el silencio entonando una canción que nada tenía que ver con la lógica del momento, ni con los tres niños, ni con la movilización. Nuevamente se escucharon las sirenas, que ahora se alejaban, y lentamente los carteles que hasta el momento habían permanecidos escondidos, fueron elevándose: «Mayor presupuesto ya para la Universidad».
La gente siguió sin advertir mi desnudez. Su actitud cambió radicalmente cuando las ambulancias y el ulular de las sirenas desaparecieron. Ahora sí comenzaron a sonar los bombos y a escucharse las canciones de protesta y reclamo. La gente bailaba, saltaba y hasta reía. Convencidos estaban de que la unidad era la única forma de lograr el objetivo propuesto. Me sentí un loco suelto entre la multitud. Iba desesperadamente de un lado a otro buscando a mis amigos, dando y recibiendo empujones, patadas, puteadas. Ahora sí me sentí observado, pero no por mi falta de ropa sino por mi actitud, mi desesperación, mi accionar agresivo hacia toda esa gente.
Por fin los ubiqué. Allí estaban mis amigos, todos juntos, cantando y bailando. Se divertían. Ninguno reparó en mí. Me acerqué y les grité. Se rieron y me gastaron algunas bromas, pero ninguna fue por mi desnudez sino porque me habían hecho correr detrás de la camioneta. Cada vez más gente llegaba al lugar, nadie se iba. La movilización era un verdadero éxito. La esperanza de que el gobierno accediera a aumentar el presupuesto universitario estaba latente. Comencé a no soportar mi estado y sentí la necesidad de volver a mi casa para vestirme. La gente comenzó a mirarme de manera extraña, como si no comprendiera mi absurda presencia en el lugar. Me puse más nervioso todavía. Traté de olvidarme de la movilización y me retumbó en los oídos el sonido de las sirenas de las ambulancias.
Luego de caminar durante tres o cuatro cuadras me encontré con un grupo de chicos y chicas de mi edad que estaban en la vereda conversando alegremente. Escuchaban música muy fuerte. A medida que me iba acercando a ellos, comencé a advertir los colores chillones de sus ropas, el humo de los cigarrillos, el olor a alcohol. Se divertían sin cansancio a las siete y media de la tarde en la puerta de un local bailable ubicado en una calle oscura. En la vereda de enfrente, unos cuantos hombres con trajes negros miraban a los jóvenes. Fumaban y hacían comentarios silenciosamente. Había también mujeres, jóvenes y viejas, con sacones negros, tapados de piel, todas muy elegantes y serias. Ver esos dos grupos enfrentados, separados por una calle oscura que ocasionalmente era transitada por algún auto, era casi un delirio. De un lado los colores bailaban, saltaban; del otro, la seriedad no se inmutaba, la oscuridad observaba con los ojos tristes. Tres o cuatro coches negros llegaron al lugar. Tres o cuatro hombres descendieron de ellos. Trajes negros, bigotes y anteojos ahumados, a pesar de la oscuridad. De pronto, de la casa, también oscura, sacaron lenta y cuidadosamente un ataúd, varias coronas y ramos de flores. Y yo parado ahí, en el medio de los colores y la oscuridad, entre la alegría y la tristeza. Mi desnudez era cada vez más estúpida y sentí mucho frío. Continué el camino de regreso a casa.
Llegué varios minutos después. El frío ya no se hacía sentir. Apenas traspasé la puerta de ingreso, me vi con los pantalones puestos, la camisa bien abrochada, la campera en la mano y las zapatillas con los cordones bien atados. Apareció mi viejo y me preguntó de dónde venía. No le contesté. No supe qué decirle. No sabía verdaderamente dónde había estado. Entré en mi habitación y me senté en la cama. Agaché la cabeza y me tapé los oídos con fuerza. Estaba aturdido. Cerré los ojos y tuve ganas de llorar. En mi mente se mezclaban los niños desnudos y los carteles de protesta, los cantos y las sirenas, los colores y la oscuridad, la música y el silencio…

viernes, 20 de abril de 2012

NO LAS COMPARO



Quieren que la compare con mi vieja y nunca lo voy a hacer.
De María Juana Verdebere me contaron historias de crónica policial. Sé que mi vieja tiene recortes de diarios viejos que cuentan esos hechos. Un día se los pedí pero me contestó que no era necesario que yo leyera esas cosas. Ya soy grande y no entiendo por qué ese silencio. Aunque —debo reconocerlo— no me interesan demasiado.
Lo poco que sé es gracia a la boca de mis amigos y varios vecinos, siempre dispuestos a recordarme todos los detalles cada vez que tienen la oportunidad. Pero por más que insistan, jamás las voy a comparar. María Juana Verdebere jamás podría haber sentido amor por un hijo y yo sé que mi vieja me quiso, me quiere y me querrá por siempre.
Dicen que se escapó a los quince años de su casa y que en el robo a un quiosco mató al anciano que lo atendía. ¡Cómo voy a compararla con mi vieja, que trabaja decentemente en un estudio jurídico de lunes a viernes, mañana y tarde, y los fines de semana ayuda en la parroquia a darle de comer a los pibes pobres!
Que se escapó del hogar de menores —dicen— y que huyó hacia el sur, sola y sin un peso, abandonada a su suerte. Que sus familiares estuvieron muchos años sin saber de ella hasta que un día cualquiera regresó.
Todo eso cuentan de María Juana Verdebere y muchos quieren hacerme ver en ella a mi vieja.
Jamás lo haré.
Dicen que cuando regresó, lo hizo con un hijo. Que ese hijo la cambió. Que gracias a ese hijo, la vida de María Juana Verdebere dejó de depender del azar.
Por eso nunca podría compararla con mi vieja.
No conozco a otra madre que aquella que me vestía para ir a la escuela, que me hacía el desayuno, que me llevaba a la plaza, que me enseñó a andar en bicicleta… No conozco a otra madre que no haya vivido por su hijo, por mí.
Y si fui yo quien la hizo cambiar, me alegro por ella, por mi vieja, por la vieja María Juana Verdebere.

miércoles, 11 de abril de 2012

4 - DESTINO Y COMPRENSIÓN



Hijas, esposas, hermanas,

cuantas quieren a un varón

díganles que esa prisión

es un infierno temido

donde no se oye más ruido

que el latir del corazón.

Martín Fierro


El tren había llegado hacía quince minutos y ya estaban todos bien formados en el andén. Habían estado un mes en el Centro de Incorporación de conscriptos de Infantería de Marina, el llamado infierno verde, un sinfín de campo dedicado a la instrucción inicial de los conscriptos. Después de eso ya sabían lo que les esperaba durante los otros trece meses. El síntoma más grave era la soledad. Estaban lejos de su familia, de sus amigos y apenas se conocían entre ellos. Él se sentía mal entre saltos, corridas y gritos. Él, que antes de dar un paso siempre se tomaba su tiempo para meditar para qué lo iba a dar, ahora corría y hacía mil cosas a la vez, en pocos segundos. De nada servía pensar... Acá, ahora estoy acá, y me encuentro solo. Acá estoy aprendiendo a esperar, esperar pacientemente; y me gusta esperar porque sé que algún día voy a salir, le escribía en una carta a un amigo.

Habían llegado a la Base Naval Puerto Belgrano pero ese no era su destino. Lo habían destinado a la Base de Infantería de Marina Baterías, unos cuantos kilómetros más adelante. Cuando llegaron, el lugar no le disgustó. Era una pequeña ciudad bien arreglada y con muchos árboles. Pero no se veía otra gente que la que ya estaba cansado de ver: conscriptos y militares. Pronto se dio cuenta de que esa pequeña ciudad bien arregladita a la que había llegado no era otra cosa que un infierno más al que había descendido vestido de verde camuflado.

Al llegar a la Base se encontraron con otro grupo de conscriptos, pero estos ya estaban vestidos con ropa de gente normal. Ellos llegaban serios, cansados y con miedo a un lugar en el que ni sabían quién mandaba. Los otros se iban, habían cumplido ya con sus catorce meses y la alegría les brotada de sus gestos. Se escucharon risas, burlas y un coro que no entendían: cola-cola-cola. Los recién llegados sintieron bronca y envidia a la vez. Bronca por esas burlas absurdas que les hacían los que se iban, que seguramente también habían sido burlados cuando recién llegaron a ese lugar, y no se daban cuenta de que mientras ellos pasaron catorce meses ahí adentro, sufriendo, llorando, quizás muchos eran sobrevivientes de Malvinas, los que recién llegaban habían estado tranquilamente en sus casas. Pero esa actitud es muy comprensible cuando una persona vuelve a sentirse libre luego de pasar un tiempo oprimida sin poder defenderse. Se necesita descargar tensiones después de un tiempo en que solamente los nervios se acumulan al cuerpo. Actitud comprensible... Cualquier actitud o cosa es comprensible ahí adentro, donde nada se comprende.

lunes, 12 de marzo de 2012

miércoles, 7 de marzo de 2012

SANTAFESINOS


Noche de desafíos. Marcelito preguntaba. La Lili contestaba. Sergio escuchaba atentamente y la Pupi, sentada en el piso, balbuceaba sonidos e intentaba hablar.
—¿Quién creó la bandera? —desafió Marcelito.
—¡Belgrano! —gritó con orgullo la Lili ante la mirada atónita de Sergio y los aplausitos de la Pupi.
La noche santafesina, entre mosquitos, humedad y calor, se hacía desapacible.
Marcelito volvió al ataque:
—¿Quién descubrió América?
La Lili dudó. Luego de unos segundos, arriesgó:
—¿Colón?
Los ojitos de Sergio mostraron el horror. Sus cuatro añitos no soportaron tanta injusticia.
—¡No! ¡No! ¡Fue Unión! —corrigió.

lunes, 20 de febrero de 2012

3 - NO HAY NADA QUE PUEDAS HACER... QUERÉS RESISTIR...



Jamás mi lengua podrá

espresar cuanto he sufrido;

en este encierro metido,

llaves, paredes, cerrojos

se graban tanto en los ojos

que uno los ve hasta dormido.

Martín Fierro


A las cinco de la mañana sonó el despertador y lo hizo durante varios segundos hasta que un fuerte golpe lo hizo callar. El brazo quedó extendido sobre la mesa de luz y el cuerpo totalmente desparramado sobre la cama. En su mente se mezclaban el sueño y la realidad; un sueño indescifrable y una realidad temida. Poco a poco se fue despertando. Ya no recordaba si el sueño era hermoso u horrible. Se despabiló en un segundo luego de mirar el reloj despertador. La habitación estaba totalmente oscura y sentía frío. Todavía faltaba tiempo para que amaneciera. Entre penumbras manoteó la ropa que había dejado preparada la noche anterior: un pantalón de jean muy gastado, con parches en las piernas y sin ruedo; una camisa de grafa verde oliva; una campera de jean también bastante gastada y un par de alpargatas blancas con cordones. Se sentó en la cama y sin encender el velador comenzó a cambiarse. Era la peor ropa que poseía, la más vieja, la más desteñida, pero le gustaba usarla. Se sentía cómodo vistiendo su ropa harapienta... pero limpia. Tenía un sueño impresionante, apenas podía abrir los ojos todavía llenos de lagañas. Sus cabellos parecían regresar de una reciente batalla. Cuando se terminó de anudar la alpargata izquierda, se levantó y salió de la habitación. Toda su casa estaba en penumbras. Júpiter movía la cola desde el sillón del living que utilizaba como cucha, sin levantarse y apenas abriendo los ojos. Calentó el café y bebió en silencio, no tenía con quién hablar. Al rato su padre se levantó y se dirigió a la cocina. Saludó a su hijo y se sirvió un vaso de agua.

—¿Estás listo?

—Tengo que ir al baño...

Terminó su café y leyó el diario del día anterior. Miró el reloj de pared de la cocina y le tembló el cuerpo. Sintió cómo los nervios lo invadían y su estómago crujió. No era hambre, eran nervios, eran ganas de descargar tensiones. Ya en el baño se lavó la cara, mojó sus cabellos y se peinó. A los dientes se los lavaría después, antes de salir. Se sentó en el inodoro y pensó en el futuro. Seguía estando nervioso pero ahora podía sentirse un poco más flojo. No quería que llegara la sexta hora del día, pero sabía que cada vez estaba más cerca. Encendió un cigarrillo y cerró los ojos. Se limitó a no pensar y a saborear el tabaco, con las manos sosteniendo su cabeza y los codos apoyados en sus piernas desnudas. Luego de terminar el cigarrillo y todos los actos correspondientes a la tarea llevada a cabo en el inodoro, salió del baño. Terminó de prepararse: buscó dos pañuelos, el documento, los cigarrillos y el dinero que le había dado su padre el día anterior. Miró las cuatro paredes de su pieza llenas de cuadros, su equipito de música, sus casetes, algunos libros apilados en una biblioteca y su cama. Su hermano mayor dormía como un tronco. Estuvo unos instantes inmóvil, con la vista fija en su cuarto; luego apagó la luz y se retiró.

—¡Papá! —gritó hacia alguna habitación de la casa, sin saber a cuál.

Su padre contestó desde el baño. Estaba inquieto y permanecía de pie en el living. Júpiter lo miraba entredormido desde el sillón. Eran las seis menos veinte; la hora clave se acercaba. Entró en la habitación de sus hermanas y las dos dormían. De pronto escuchó la voz de su madre que lo llamaba desde su pieza. No contestó al llamado pero se dirigió hacia ella en silencio.

—¿Ya estás listo?

—Sí, ya estoy... Estoy esperando a papá.

—Escribinos apenas llegués.

—Sí, mamá, ya lo sé —contestó con un poco de nerviosismo—. Es la vigésima vez que me lo decís en estos últimos tres días...

—¿Llevás todo?

—Sí, mamá, sí.

—¿Te dio plata papá?

—Sí, mamá. Papá me dio plata, tengo todo listo, llevo pañuelos, voy a escribir, etcétera, etcétera... —contestó irónicamente a su madre como pidiéndole que ya no hiciera más preguntas.

—Bueno, bueno. No te pongás nervioso.

Su padre salió del baño y ya estaba listo para llevar a su hijo. Le dio un beso a su madre y ella lo abrazó. Su padre salió a poner en marcha el auto.

—Chau, mamá.

—Chau, cuidate... ¡y escribí apenas llegués!

—Sí, mamá —contestó ya riendo—. ¡Cortala! Dale saludos a los chicos.

Salió y cerró la pesada puerta de hierro un poco fuerte. Hizo un ruido familiar y sintió que por un tiempo lo extrañaría. En la calle flotaba la neblina y estaba fresco. Se abrochó la campera y se subió al Polara. El auto arrancó despacio y tironeando. El trayecto no era largo y ni su padre ni él pronunciaron una sola palabra. Al llegar a la intersección de avenida Freyre y Salta, su padre detuvo el auto. Eran casi las seis. Se veían varios grupos de jóvenes esperando también allí la hora.

—¿Querés más plata?

—No. ¿Para qué? —contestó con voz resignada.

—Por las dudas...

—No, dejá. Mirá si me la afanan... Con lo que tengo está bien.

No quería más dinero, pensaba que no le iba a hacer falta. No tendría en qué gastarlo y no quería pedirle inútilmente a su padre. ¿Para qué?, se cuestionaba. No sabía el paraqué ni el porqué de todo eso que tenía que hacer, que vivir, que perder... Muchas veces había querido convencerse de que era necesario, de que sería interesante, de que valdría la pena tener la experiencia propia. Pero nunca había logrado convencerse, por más argumentos válidos que encontrara. Ahora, allí, minutos antes de la hora convenida, estaba convencido de que todo sería en vano.

—Bueno, chau —saludó a su padre dándole un beso en la mejilla.

—Chau... Pasala bien —contestó su padre aconsejándole y viéndolo irse, lentamente, con paso cansino, hasta mezclarse con los demás jóvenes que esperaban en el lugar.

Fue acercándose a la puerta de entrada, no veía a nadie conocido y cada vez se ponía más nervioso. El cielo empezaba a clarear. Ya eran las seis. Miraba las caras de sus actuales compañeros desconocidos y no podía entender por qué algunos reían y otros, serios, no expresaban nada en sus rostros. ¿Quién estaba en la situación justa? ¿Los que reían o los otros (entre los cuales se incluía)? Sacó un cigarrillo y lo encendió. Se quedó parado sin saber adónde ir ni qué hacer. Se sentó en el cordón de la calle y continuó fumando, esperando que las grandes puertas verdes se abrieran. Ahora estaba impaciente y tenía ganas de entrar de una vez por todas, le fastidiaba la idea de esperar, quería que todo pasara rápidamente. En el justo instante en que acababa su cigarrillo, lo golpearon en la espalda. No quiso pensar nada y se dio vuelta lentamente. ¿Quién sería el boludo? Pero una sonrisa brotó en su rostro al ver que eran algunos de sus amigos que corrían la misma suerte que él. Sus compañeros de la secundaria, sus amigos del barrio. Se sintió un poco mejor y sus nervios se fueron yendo de a poco. Al rato de estar con ellos comprendió el porqué de las sonrisas de aquellos que minutos antes había observado, sin entenderlos. Ahora tenía con quien compartir su tristeza, su amargura de estar allí esperando algo que él no había deseado. A las seis y diez se abrieron las puertas y el silencio invadió la calle. Todos los que afuera esperaban dirigieron la vista hacia la entrada y muy pocos abrieron sus bocas para hacer algún comentario. A los pocos minutos se vieron todos formados en filas de cinco de frente. Se miraron sin entender nada. Luego se vieron sentados en un galpón, todos juntos, cerca de mil jóvenes de todas las clases y colores. Todo ocurría inesperadamente, no alcanzaban a comprender del todo esos instantes nunca vividos. Al advertir que ya no poseían nombre sino que pasaban a ser un mísero número, él se preocupó. Ahora soy el 213, se decía, y, sinceramente, estaba totalmente decepcionado. Pasaron todo el día en ese sitio extraño. Estaba cansado y su trasero duro de estar permanentemente sentado en el piso. Comprendió que el dinero le haría falta. Le dieron de comer una miseria y luego vendían sandwiches y gaseosas, más caros que en la mejor confitería de Santa Fe. Todo le parecía extraño; preguntas idiotas, inútiles, gritos injustificados, indicaciones y advertencias. A las cinco de la tarde los hicieron formar nuevamente. Se dirigieron a la vieja estación de trenes General Mitre caminando por las calles de la ciudad. Se sintió estúpido al verse mirado por la gente que desde las puertas de sus casas los señalaba y hacía quién sabe qué comentario barato de barrio. Fueron varias cuadras que caminaron en silencio, sin poder hablar. Iba pensando a qué lugar irían a parar, en dónde tendrían que vivir la vida estúpida que le impondrían. Algunos de sus amigos iban a su lado pero no hablaban. Mejor dicho, no podían hablar; había quien no los dejaba.

Subieron corriendo a los vagones del tren. A los apurones fueron ocupando las butacas viejas y rotas. No sabían adónde se dirigían; estaban en silencio, nerviosos; algunos contentos, otros preocupados. Él se apuró para ocupar la butaca del lado de la ventanilla. La abrió y vio cómo todavía cientos de compañeros estaban subiendo al tren. En poco tiempo el andén quedó vacío. Solamente una perra con dos cachorros rompían la inmovilidad del lugar. Murmullos lejanos empezaron a escucharse. En el vagón poco a poco habían empezado a dar opiniones y a hacer comentarios infundados. Encendió un cigarrillo con nerviosismo. Un compañero le pidió uno. Otro compañero también... y otro. Y fueron más de diez los que fumaron sus cigarrillos. Se resignó y convidó todos los que le quedaban. Parecía que nadie tenía un solo cigarrillo. O que a todos se le había dado por fumar aunque nunca en su vida lo hubiesen hecho. Lo cierto es que no tenía más para el viaje. El murmullo que segundos antes había escuchado afuera se convirtió en griterío, corridas, idas y venidas. Nuevamente el andén estaba colmado, pero ahora de hombres y mujeres, niñas y niños. La perra se alejó del tumulto corriendo con sus dos cachorros por las vías vacías. La gente se aproximó al tren, a las ventanillas. Muchos de sus compañeros reconocieron a sus familiares. Él no encontraba a nadie conocido. Buscó desesperadamente entre la multitud hasta que vio a sus padres. Por suerte le habían llevado cigarrillos. También chocolates y otras golosinas. Su madre lagrimeaba y él la consolaba explicándole que no se iba a la guerra, y por unos segundos dudó de sus palabras. En octubre de 1982 la guerra de Malvinas todavía estaba muy presente en la castigada mente de los argentinos. Su padre estaba serio, cosa inusual en él. Quizás estaba recordando que él también un día, cuatro décadas atrás, se había marchado de su casa sin querer, al igual que hoy lo hacía su hijo. El tren pronto partiría hacia lo desconocido. La gente se seguía despidiendo, seguía riendo, seguía llorando, seguía gritando, y algunos todavía seguían buscando a sus seres queridos sin éxito. El guarda hizo escuchar el silbato. Se escucharon también algunos gritos y el tren comenzó su marcha lentamente, a paso de hombre. Las manos se estrecharon, las caras se juntaron en un beso. Un hombre vestido de negro agitaba un papel con su mano al final del andén. Él lo vio justo cuando se despedía de sus padres. El tren seguía avanzando lentamente y poco a poco la gente iba quedando estática en el andén, saludando con sus manos en alto. Siguió observando al misterioso hombre vestido de negro y le pareció que estaba ofreciendo ese papel al que quisiera agarrarlo. Nadie lo hacía, todos lo miraban y saludaban, pero el hombre estaba serio, no contestaba a los saludos y seguía ofreciendo el papel. Cuando el vagón en el que él viajaba se fue acercando a aquel hombre, decidió tomar el papel; se asomó por la ventanilla y, cuando lo tuvo al alcance de sus manos, lo tomó. Miró al hombre misterioso y vio que sonreía. El tren seguía su paso lento. Se sentó y leyó:

Ellos te alimentan con las sobras y con mentiras... Ellos te meten en una caja en la que nadie te puede oír, pero deja que tu espíritu se mantenga entero... Ellos te llevan hasta tus límites, te llevan más allá de ellos... Te dicen cómo comportarte... No hay nada que puedas hacer... Querés resistir. Ellos tratan de volverte loco, sacarte fuera de tu cabeza... Ellos no ven el camino hacia la libertad que construís con carne y hueso... Encarás la noche, solo, mientras los constructores de la caja duermen con barras y piedras...

Peter Gabriel

Se asomó luego por la ventanilla, miró hacia atrás, hacia el andén, y ya no divisó al misterioso hombre ni a sus padres. El andén era un punto en el horizonte que ahora formaba parte de su pasado.

domingo, 12 de febrero de 2012

EL LUGAR DE LA POESÍA



Ingresé con ganas. No recordaba cuál había sido el último congreso de literatura al que había asistido.
Hacía tiempo que no regresaba a mi ciudad natal y volver al ámbito universitario me causaba una sensación de extrañeza.
“5º Argentino de Literatura”. 16,30 de un jueves de agosto caluroso, húmedo, atípico. Sin haber recorrido aún las calles de mi añorada ciudad, traspasé las puertas del Foro Cultural y me dirigí a la charla “Paisajes de la poesía argentina”.
Marilyn describió en versos cómo una rodaja de pan con manteca y azúcar ingresaba a su boca y la masticaba. También charló largamente con su gata. Pasaron desordenadamente hojas y hojas plagadas de poemas y deseé que llegara el último. Y, por fin, llegó. Aplausos.
Inmediatamente, Osvaldo ilustró un lugar ausente de sus pagos, con hechos y personajes invisibles (o no), a los que recordaba emotivamente de cuando habían sido verdaderos (o no). No sé cómo ocurrió, pero en ese ambiente pueblerino surgió entre versos una Anchorena y Osvaldo se despidió. Aplausos.
De pronto me encontré escuchando a Sergio, que recitaba versos duros y monótonos sobre puertos, máquinas, fábricas, buques, extrañas letras y palabras, todo muy frío como para intentar dar lirismo a las palabras. Algunos aplausos cortaron, de vez en cuando, la monótona lectura de Sergio. ¿Gustaron más sus versos que los de Marilyn u Osvaldo?
Evidentemente, Marilyn, Osvaldo y Sergio estamparon en los versos SUS emociones, SUS vivencias, SUS convicciones literarias e, inclusive, políticas. MUY SUYAS. Demasiado SUYAS. Tanto, que no las percibí.
No esperé la finalización del debate. Sentí, no sin un dejo de angustia, que esa poesía no ocupaba un lugar en mi corazón. Con un poco de vergüenza, di la espalda a los poetas y salí a la calle. Sentí el bullicio de los autos y colectivos, y sin saber adónde dirigir mis pasos, caminé.
La ciudad volvía a meterse en mi sangre todavía caliente como lo había hecho tiempo atrás, cuando la caminaba sin pensar demasiado, pero sin dejar de soñar.
Observé -y recordé- viejas construcciones, ciertas vidrieras, ahora más coloridas, añoré negocios. Busqué la librería donde compré la mayoría de mis libros de juventud y la encontré con el nombre cambiado. Me crucé con gente, muchísima, de todas las edades y colores, tamaños y vestimentas. Sonrisas y caras serias. Pisé veredas eternamente rotas y volví a escuchar el grito “¡cubaniiitoos!” ya casi borrado en el recuerdo.
Respiré profundo, sonreí y seguí caminando firme por la peatonal en busca de caras conocidas y hace tiempo perdidas. Un cosquilleo invadió todos mis miembros a medida que avanzaba por las calles. Las imágenes de otrora se confundieron con las actuales y lograron una amalgama espectacular que dimensionó todavía más mi sonrisa.
Pensé en la poesía de Marilyn, de Osvaldo, de Sergio. Y comprendí que era allí, en la calle que estaba caminando, en la mirada de la gente, en las viejas edificaciones y en el bullicio de un día cualquiera, donde la poesía cobraba sentido para mí.
Santa Fe, 13 de agosto de 2009
* * *
Escrito luego de asistir a la charla “Paisajes de la poesía argentina” llevada a cabo en Santa Fe el jueves 13 de agosto de 2009 en el marco del “5º Argentino de Literatura” organizado por la Secretaría de Cultura y el Departamento de Literatura de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Universidad Nacional del Litoral.

jueves, 12 de enero de 2012

SER OTRO


No hay ser humano que no quiera ser otro
y meterse en ese otro como en una escafandra
como en un aura tal vez o en una bruma
en un seductor o en un asceta
en un aventurero o un boyante

solo yo no quisiera ser otro
mejor dicho yo
quisiera ser yo
pero un poco mejor

(Uruguay, 1920/2009)

jueves, 15 de diciembre de 2011

DE REGRESO (O LA JUSTICIA EN EL HOGAR)


pregunto y espero respuestas / palabras/ palabras que mienten / o dicen la verdad / respuesta / escribo / tipeo vocablos / tactactactactactac / excusas / conjeturo farsas / redacto respuestas / indago y mienten / no les creo / lloran y tampoco / me miran / y poco a poco / tactactactactactac / muy lentamente / mehundoenestafríamáquinadeescribir / en una mañana de frío / calor / viento / humedad / humo / café / cigarrillos / tactactactactactac / hambre / sed / hambre y sed... / sed de todo / no sé / excusas / palabras / mentiras / acusaciones / reproches / llantos / discusiones / explicaciones / disculpas / tactactactactactac / perdones / odio / sexo / robo y violencia / estafa / víctima-victimario / sociedad-suciedad / y en el medio / YO / tactactactactactac / quevuelvoacasa / y solo el amor que allí encuentro / me salva

lunes, 5 de diciembre de 2011

VINO


La pareja foránea ingresó al Manchester para almorzar. Era un modesto bar que estaba sobre la calle principal del pueblo, única calle asfaltada por formar parte de una ruta nacional. Habían visto a la entrada del pueblo un lindo bosquecito de eucaliptus donde podrían descansar luego del almuerzo, por lo que el hombre interrogó al mozo sobre las marcas de vino que tenían. El viejito, muy bien presentado, con unos pocos pelos blancos bien peinados que le servían de corona, sonrió y simplemente dijo:
—Tenemos vino.
El hombre lo observó extrañado y creyéndolo un poco sordo, alzó la voz:
—Marcas. ¿Qué marcas de vino tiene?
—Es vino —contestó con toda tranquilidad y con una voz muy dulce el mozo.
El hombre resignó un punto de su pedido, pero continuó con el interrogatorio:
—¿Malbec? ¿Cabernet Sauvignon? ¿Sirah?
El viejito frunció la frente.
—Es vino... —dijo como no entendiendo la diferencia.
El hombre comenzó a ponerse nervioso y ante la mirada atónita de su pareja, continuó, achicando un poco sus pretensiones:
—¿Tres cuartos?
—Pingüino de litro, señor.
—Ah, entonces es de damajuana...
—Es vino, señor.
La mujer hizo un gesto a su pareja como de cansancio, señal que el hombre interpretó perfectamente: “Cortala ya”.
—De acuerdo. Tráigame un pingüino de vino tinto.
—¿Y para comer?
El hombre no quedó convencido del pedido y, acostumbrado a cepas exclusivas, cosechas especiales y alturas determinadas, insistió:
—Pero, es bueno, ¿no?
El mozo sonrió y con confianza le preguntó:
—¿Para qué quiere el vino el señor?
No lo consideró insolencia el hombre. No podía reaccionar mal ante alguien que en ningún momento le había faltado el respeto y guardaba una compostura amable. Tomó aire profundamente y con tranquilidad, explicó:
—Queremos comer un buen plato de pastas con salsa roja y acompañarlo con un buen vino tinto. Queremos disfrutar un buen almuerzo.
—Están en el lugar indicado y nuestro vino es el mejor para estas ocasiones —dijo con convencimiento. Giró y gritó—: ¡Marchen dos ravioles con tuco!
Cuatro minutos después volvió el viejito con un pingüino brilloso tricolor y dos vasos de vidrio grueso.
—Enseguida salen los ravioles —dijo sin perder su amabilidad mientras depositaba el pingüino sobre la mesa.
El hombre esperó inútilmente que el mozo le hiciera degustar el vino. ¿Y si no estaba conforme? Ya no podría quejarse y pensó que en el último de los casos pediría soda. Se sirvió un poco en el vaso (no quiso ni pensar en pedirle dos copas), lo levantó y con un suave movimiento hizo bailar el vino mientras lo observaba con exquisita sabiduría a trasluz. Captó luego su aroma, mojó primero sus labios y luego lo probó. Hizo un gesto que su pareja interpretó como “no está mal” y la alegró. Estaba a temperatura adecuada, su color era interesante y su aroma, atrapante.
El almuerzo fue brillante. Los ravioles y el vino tinto fueron un complemento especial para la charla amena y prolongada de la pareja.
El hombre llamó al mozo y le pidió la cuenta. El viejito tomó de una pila que había en el mostrador una especie de plástico, se acercó a la mesa y se lo entregó al hombre. Inmediatamente se retiró sin decir una sola palabra. Era un escrito plastificado del tamaño de una hoja de cuaderno escolar, con letra imprenta dibujada a mano, muy prolija, con el logo del bar arriba.
El cliente lo miró intrigado y ante el pedido de su pareja, lo leyó en voz alta:
MANCHESTER ofrece a sus clientes un vino exclusivo al que sirve en pintorescos pingüinos, como una buena forma de celebrar las virtudes de la vid.
MANCHESTER descree de las etiquetas y, por el contrario, cree en las bondades de la santa bebida de Baco.
MANCHESTER sostiene que el vino es un elemento esencial en una mesa, junto a un plato de comida, para disfrutar en tranquila soledad o en grata compañía.
Si el vino no colabora para pasar un momento agradable, no merece catalogárselo como tal, más allá de cepas, cosechas, alturas, años de reserva o maderas en las que fue conservado.
Si nuestro vino no ha complacido vuestro paladar, si no ha cumplido con el requisito indispensable de ser el complemento de un momento placentero, MANCHESTER no le cobrará el importe correspondiente al contenido del pingüino.
MANCHESTER les desea la felicidad.
La mujer sonrió y el hombre casi deja escapar una lágrima, lo que evitó al tragar saliva profundamente.
Cuando el mozo advirtió desde lejos el final de la lectura, se acercó a la mesa.
—¿Le traigo la cuenta?
El hombre asintió con un gesto, sin poder decir una sola palabra.
La propina fue generosa y a pesar de no haberle podido sacar información al mozo sobre la marca del vino —“Es nuestro y con eso basta”, le había contestado el viejito—, el hombre se fue contento al saber que jamás persona alguna se había retirado de Manchester sin haber abonado el importe del pingüino.

sábado, 22 de octubre de 2011

INFIDELIDADES

PATRICIA MARÍA URRUTIA GÁLVEZ


Algunos afirman que el amor tiene que ser analizado a través de la razón y no del corazón. Muchas veces me he encontrado en alguna que otra encrucijada amorosa y por lo general tomé por el lado que no correspondía por pensarlo demasiado y creer que lo conveniente era justamente lo lógico.
Otros sostienen que hay que dejarse llevar por el mandato natural de los sentimientos, del corazón. Están convencidos de que a la lógica en el amor no hay que tenerla en cuenta y que nuestros actos deben ser dirigidos nada más que por la pasión. Si muchas veces me equivoqué al ser tan lógico, igual o más veces lo hice por dejarme llevar por ese primer impulso que me hizo golpear la cabeza contra la pared.
Con estas palabras introductorias, a nadie le quedará duda de que mi suerte amorosa ha sido siempre un caos. Y no lo consulté con sicólogo alguno ni con siquiatra ni curandero. Me di cuenta solo, cuando luego de los sucesivos fracasos ponía toda mi voluntad en cambiar. Cuando lo pensaba bien y me iba mal me decía no seas boludo, dale para adelante nomás y entonces en la próxima oportunidad que se me presentaba actuaba como un loco apasionado, a quien no le importaba nada y ¡toc!, nuevo golpe contra la pared. Tendrías que haberlo pensado antes, me reprochaba. Y esa incertidumbre fue una carga insoportable en mi vida pasada, hasta que por fin, creo, que aprendí.
Ocurría que siendo joven, quizás demasiado como para tomar decisiones propias y acertadas, dejé que los otros lo hicieran por mí. «Me da lo mismo», contestaba ante alguna propuesta o «como vos quieras», y no me jugaba nunca.
Es decir, mi indecisión temprana no me permitía la libertad necesaria para actuar, me sentía mal y dejaba a los otros hacer por mí, y cuando asumí la responsabilidad de tomar decisiones, me equivoqué siempre. ¡Tan complicado resultaba todo!
No hace mucho tomé esta decisión de cambiar. No fue fácil, pero poco a poco uno se va acostumbrando a esta nueva vida. Si quiero a una y a otra, ¿por qué tener que elegir? ¿Por qué no tener a las dos juntas? Realmente, las opiniones de los demás me cansaron. ¡¿Por qué demonios no me dejan tranquilo ya?! ¡¿Por qué carajo no me dejan ser feliz?! Si yo las quiero a las dos, ¿por qué me hacen optar? No los quiero escuchar más y ya tomé la decisión. La vieja Olivetti y la notebook tendrán que acostumbrarse a compartir mi vida.

miércoles, 5 de octubre de 2011

Hermenegildo Sábat

Quizás yo sea un tranquilo, silencioso anarquista, que sueña en su casa con que desaparezcan los gobiernos.

Descreo de las fronteras, y también de los países, ese mito tan peligroso.

Sé que existen y espero que desaparezcan las diferencias angustiosas en el reparto de la riqueza.

Ojalá algún día tengamos un mundo sin fronteras y sin injusticias.

Jorge Luis Borges

sábado, 10 de septiembre de 2011

CIVILIZACIÓN Y BARBARIE


Acerca de nuestro "gran maestro":
Domingo Faustino Sarmiento dijo acerca de Juan Manuel de Rosas:
“…mitad mujer por lo cobarde, mitad tigre por lo sanguinario…” (Facundo, Introducción).
Cada uno sabrá discernir si fue acertada o no su caracterización, pero adviértase que nuestro “gran maestro” mostró una marcada veta machista (¿o misógina?) surgida desde muy adentro…
Quizás su brillante pelada y su cuerpo lampiño lo hacían mirar con envidia al Tigre de los Llanos, Facundo Quiroga, y en él, a todos los que se le parecían físicamente:
“Hoy, gracias a los caprichos de la moda, no causa novedad al ver hombres con barba entera a la manera inmemorial de los pueblos del Oriente… Un pueblo que habla español y lleva y ha llevado siempre la barba completa, cayendo muchas veces hasta el pecho; un pueblo de aspecto triste, taciturno, grave y taimado, árabe…” (Facundo, Capítulo VI – La Rioja – El comandante de campaña).
Ojo, ciudadanos, con los pueblos de Oriente y sus barbados habitantes. Ya lo dijo nuestro “primer educador”: son todos taimados y, por extensión, lo son también todos los que usan barba completa como ellos, en mayor o menor grado, según el largo. George Bush tuvo de dónde aprender…
Típico de los extremistas, también en nuestro “prócer” podemos descubrir un marcado pensamiento “determinista”, biológicamente hablando. En la correspondencia mantenida con el Gral. Bartolomé Mitre, sostenía sin enrojecer ni siquiera un poquito:
“Quisiéramos apartar de toda cuestión social americana a los salvajes, por quienes sentimos sin poderlo remediar, una invencible repugnancia…”.
“No trate de economizar sangre de gauchos. Éste es un abono que es preciso hacer útil al país. La sangre es lo único que tienen de seres humanos esos salvajes…”.
Pero volvamos a uno de los considerados hitos de la literatura argentina: “Facundo”. Famoso se hizo el epígrafe que en elegante francés el culto maestro argentino citó al principio de su obra:
On ne tue point les idées – (Fortuol)
Y traduce a continuación —no sé si bien o mal, desconozco el francés—:
A los hombres se degüella: a las ideas no.
Hermoso y significativo pensamiento, si dudas. Pero si alguien pensaba distinto que Sarmiento, si tenía ideas diferentes: ¿qué pasaba?
“No sé lo que pensarán de la ejecución del Chacho (Peñaloza). Yo inspirado por el sentimiento de los hombres pacíficos y honrados he aplaudido la medida, precisamente por su forma. Sin cortarle la cabeza a aquel inveterado pícaro y ponerla a la expectación, las chusmas no se abrían aquietado en seis meses”. (Cartas a Mitre)
Como dice Felipe Pigna en “Los mitos de la historia argentina”: “Algunas ideas no se matan, otras sí”.
El creador de la dicotomía CIVILIZACIÓN Y BARBARIE asoció el primer concepto a la ciudad, a Europa y sus habitantes, al orden, a la pureza, a la inteligencia, a la persona “de bien”; y en el segundo concepto incorporó al indio, al gaucho, a América y por ende a Argentina —salvo la gente como él—, al desorden, a lo impuro, a la ignorancia, a los taimados.
Luego de hacer una lectura detenida y crítica sobre su legado escrito y citado anteriormente, ¿en cuál de los dos conceptos deberemos incluir el ilustre nombre del “padre de la escuela argentina”?

miércoles, 7 de septiembre de 2011

2 - TIEMPO DE TRANSICIÓN


Junta esperiencia en la vida

hasta pa dar y prestar,

quien la tiene que pasar

entre sufrimiento y llanto;

porque nada enseña tanto

como el sufrir y el llorar.

Martín Fierro

.

Las piernas cruzadas, la mirada dirigida al suelo, en las manos un libro sin abrir. La cama soporta mil kilos de recuerdos, de ilusiones, de amor. Se escucha en la habitación una suave canción que ayuda a crecer la melancolía. Sus ojos miran sin ver. O sí, ven, pero hacia adentro, lejos, a miles de kilómetros, lugares invisibles, abstractos, inciertos. Una mosca inquieta zumba alrededor de su oreja pero él no se inmuta. Está lejos de esa mosca, de esa habitación, de esa Divina comedia. Sube la vista y ve su escritorio desordenado, con tierra, repleto de libros y carpetas cerradas, vírgenes, inexploradas. Una rosa blanca se marchita luego de cinco días de haber sido mutilada de su cuerpo materno, sin sangrar, pero sí sufriendo la dolorosa separación. Piensa que las rosas se marchitan, pero su incertidumbre no.

Estira ahora sus piernas y se acuesta en la cama. Su cabeza se hunde en la almohada como en un colchón de agua, al mismo tiempo que su mente se hunde en el recuerdo. El techo grisáceo no le alcanza para imaginar algo o a alguien que no está. De vez en cuando abre su libro pero no ve las letras, no ve a Dante y a Virgilio juntos recorriendo el infierno, no sabe que está mirando cosas ideales, personas ausentes, lejanas; pero sí sabe que no son inalcanzables.

No está en paz con su mente, con su cuerpo; no está en paz porque en sus ojos se ven brillar lágrimas que se van formando de a poco para después, quizás, no descender por sus mejillas. No. No caerán. En vez de recorrer sus mejillas, se hundirán en su interior y herirán algo más delicado: su espíritu.

El almanaque le informa que está respirando un miércoles quince de setiembre y la ventana semiabierta le muestra que no solo el techo de su habitación es gris. Siente frío porque está desnudo, desparramado en su cama, y recuerda esos momentos cálidos que algún día vivió, pero no en soledad.

Y ahora está solo, siempre mirando el techo con sus ojos marrones que no ven, con su mirada dirigida al pasado que espera recobrar, ¡pero cuándo!, se grita a sí mismo sin escucharse. Gira en la cama y la almohada construye un muro impenetrable delante de sus ojos y lo obliga a suspirar profundamente sin tratar de hacer nada para romper dicho muro. Se relaja. Su brazo izquierdo cuelga al costado de su cama, sus piernas están separadas y la mosca se apoya sobre su espalda. Él está viajando por tiempos remotos y la almohada besa sus labios. El insecto recorre velozmente su espalda, sintiendo quizás el fuerte latido de su corazón. Abraza su almohada sin dejar de hundir la cabeza en ella y la acaricia. La mosca vuela violentamente hacia la ventana pero se estrella antes de llegar contra una ráfaga de viento que la hace retroceder.

Reacciona y ve la Divina comedia en el suelo, semiabierta y con un par de hojas dobladas. Afuera llueve y es de noche. Cierra la ventana y siente el zumbido de la mosca cerca suyo. Con una carpeta la aplasta contra la pared. Está entredormido. No sabe qué hora es. Piensa que durmió muchas horas y que no leyó nada. Acomoda un poco su escritorio y limpia el polvillo que hay sobre él. Abre una de las carpetas, enciende la luz y se sienta delante de ella, listo para internarse en la lectura. No entiende la letra, su propia letra, y suspira. Con sus manos refriega fuertemente sus ojos. Piensa en el tiempo, en el día que está viviendo, quince de setiembre. Piensa en su soledad y mira el reloj despertador: ¡las dos y media de la tarde!

Apoya sus codos en el escritorio, su cabeza sobre sus manos y mira a través de la ventana: el sol brilla muy fuerte. Una mariposa se pasea entre los árboles.

Sonríe al pensar que a las dos de la tarde se había puesto a leer el libro de Dante sentado en la cama.

Pero sufre al sentir que su soledad no termina más.