miércoles, 24 de abril de 2013

BENEDETTI, MARIO: Hombre que mira a una muchacha


Para que nunca haya malentendidos
para que nada se interponga
voy a explicarte lo que mi amor convoca

tus ojos que se caen de desconcierto
y otras veces se alzan penetrantes y tibios
tienen tanta importancia que yo mismo me asombro

tus lindas manos mágicas
que te expresan a veces mejor que las palabras
tan importantes son que no oso tocarlas
y si un día las toco es solamente
para retransmitirte ciertas claves

tu cuerpo pendular
que duda en recibirse o entregarse
y es tan joven que enseña a pesar tuyo
es un dato del cual me faltan datos
y sin embargo ayudo a conocerlo

tus labios puestos en el entusiasmo
que dibuja palabras y promete promesas
son en tu imagen para mí los héroes
y son también el ángel enemigo

en mi amor estás toda o casi toda
me faltan cifras pero las calculo
faltan indicios pero los descubro

sin embargo en mi amor hay otras cosas
por ejemplo los sueños con que muevo la tierra
la pobre lucha que libré y libramos
los buenos odios esos que ennoblecen
el diálogo constante con mi gente
la pregunta punzante que me hicieron
las respuestas veraces que no di

en mi amor hay también corajes varios
y un miedo que a menudo los resume
hay hombres como yo que miran tras las rejas
a una muchacha que podrías ser vos

en mi amor hay faena y hay descanso
sencillas recompensas y complejos castigos
hay dos o tres mujeres que forman tu prehistoria
y hay muchos años demasiados años
de inventar alegrías y creerlas
después a pie juntillas

querría que en mi amor vieras todo eso
y que vos muchachita
con paciencia y cautela
sin herirme ni herirte
rescataras de allí la luna el río
los emblemas rituales
los proyectos de besos o de adioses
el corazón que aguarda pese a todo.

Uruguay, 1920/2009

domingo, 24 de marzo de 2013

8 - SIN SALIDA



No es en grillo ni en cadenas
en lo que usté penará,
sino en una soledá
y un silencio tan projundo
que parece que en el mundo
es el único que está.

Martín Fierro

  Las manos fijas en la nuca. La vista dirigida al cielo celeste, limpio de nubes. Abajo, en el verde mar tranquilo, algunos buques varados esperan la entrada al puerto cercano. Su cuerpo, ahora relajado, descansa sobre la tierra arenosa y húmeda, bajo enormes eucaliptus parecidos a guardianes gigantes. Solo escucha el ruido de las ramas y hojas movidas por el viento. Respira el aire puro, tranquilo, solo. Su mente vuela e inventa nubes que no existen. El silencio es total, el viento ha cesado, la paz es infinita.

Nunca pensé llegar a este momento, un momento largo, interminable, difícil, desperdiciado. Un tiempo que se va, irrecuperable. Estoy lejos de todos, cerca de nadie. Tiempo de sol, como el de hoy; de lunas, a veces de lluvias. Tiempo de tristezas y amarguras. ¿Para qué? Sí... Son experiencias, enseñanzas, pero ¿qué aprendo? Injusticias, pisoteadas... Soy lo peor, no soy un hombre, soy un muñeco, un estúpido títere. ¿Quién implanta las leyes estúpidas? ¿Quién habla estupideces? ¿Quién tiene actitudes inverosímiles? No, no soy yo...

Encoge las piernas que hasta recién tenía tendidas. Mira pensativo el lento descenso de una hoja desprendida de su rama natal. No escucha nada, absolutamente nada. La naturaleza está como muerta. El sol brilla espléndidamente. La temperatura es ideal, sin embargo se sorprende al no ver un solo pájaro, al no oír el dulce canto de alguna calandria o el simple chillido de alguna gaviota. Sus ojos se cierran.

Nadie me dijo que soy un hombre más. Nadie me dijo que soy libre. Nadie me dijo que viva tranquilo. ¿Por qué? ¿Por qué me quieren domesticar? ¿Por qué me hacen sentir inferior? ¿Por qué me atan a una vida sin sentido? ¿Por qué mierda estoy nervioso?... Yo, nervioso... ¡Jamás había estado nervioso!

Una hormiga lleva lentamente sobre su cuerpo una abeja muerta; atrás, otra la sigue con restos de comida; atrás, otra y otra y otra; un verdadero desfile. Una hilera mecánica que se dirige al hormiguero. Todas juntas al compás. Un mosquito se posa sobre su cara, lo mata de una palmada y el desgraciado insecto cae al piso. Una hormiga sin trabajo se le acerca, lo estudia y luego lo transporta hasta la perfecta formación que componen sus compañeras. Se integra y también ella se encamina al hormiguero. Animales que trabajan como máquinas, como pequeños muñecos electrónicos programados... Parecidos a nosotros, piensa. Enciende un cigarrillo. Se sienta ahora y apoya sus espaldas contra el grueso tronco del eucaliptus. Aspira placenteramente el humo y luego de tragarlo lo despide por su nariz, lenta y pausadamente.

Me quieren “hacer hombre". ¿Y qué carajo soy? Me da risa. Quieren que sea duro, con corazón de piedra. ¡Con corazón de piedra! ¿Acaso existen los hombres con corazón de piedra? No, no... Un hombre así no puede existir, no sería un hombre, pasaría a ser un ente con vida, una vida inútil, sin paz, sin amor, sin un solo sentimiento... Y un hombre sin sentimientos está muerto, sin vida, solo y triste, atormentado. ¿O llorar no es también cosa de hombres? ¿Hay algún hombre que no haya llorado? Los hombres sin lágrimas no existen; lágrimas —visibles o invisibles— siempre hay. Los hombres sin lágrimas están muertos.

Sintió un escalofrío. Luego se dio cuenta de que no era más que rabia. Sentía odio. No entendía el porqué de su situación actual. Quería saber por qué estaba vestido tan ridículamente. Quería entender pero no podía. No podía quedarse tranquilo. Su cigarrillo se terminó rápidamente y encendió otro enseguida. Cruzó sus piernas, inclinó su cuerpo hacia adelante hasta apoyar su cabeza en una de sus rodillas. Le hacía mal estar solo, pensar sin poder hablar. Quería gritar pero se sentía sin fuerzas, sin ánimos. Le dolía la distancia, le dolían las noches y los días, le dolía el cuerpo, le dolía el alma...

Ellos pueden dominarme, manejar mi cuerpo, indicar mis movimientos, sacarme la libertad corporal, física. Pero nunca podrán privarme de mis pensamientos, nunca podrán manejar mi mente, jamás se apoderarán de mi alma. Lo mío es un período de sufrimiento en mi vida, apenas unos meses, un año o un poco más. Pero ellos sufren y sufrirán hasta el último momento de sus vidas. Por ser lo que son no tendrían que vivir en la tierra entre los hombres de bien. Pero morirán en el fuego, ¡solos!

Estaba agitado por pensar y no poder hablar. Se paró y comenzó a caminar por un túnel hecho por las copas de los gigantes árboles verdes. El ruido de hojas secas que pisaba rompió el eterno silencio que parecía existir en ese mundo. Todo era hermoso: los árboles inmensos y coloridos; el cielo celeste, profundo; el aire puro con olor a menta; el mar interminable; los buques varados; el sol espectacular. Miraba más allá de los árboles. Arena, cielo y mar se confundían, pero no podía encontrar o escuchar un solo pájaro. Extrañaba el chillido amistoso de las gaviotas. Se preguntó dónde estarían, a qué lugar habían huido o qué hombres las habían matado. De pronto el silencio se rompió: tres silbatos se escucharon a lo lejos. Un grito conocido llamó a silencio y una trompeta empezó a escucharse.

Qué lástima que todo esté cercado... Será por eso que las aves no vienen hasta acá. El mundo del hombre no es para ellas. ¿Tan idiota es el ser humano? No podemos vivir entre nosotros y tampoco dejamos vivir a los animales. Si no es un tapado de piel, es una cartera de cuero o una cabeza de ciervo en la pared del living como trofeo. Sí, el ser humano es un boludo. Llegará el día en que nuestras propias cabezas sirvan de trofeos para el enemigo, como hacían los primitivos y el mismo Atila. ¿De qué teoría evolucionista me hablan? Si seguimos así, el hombre terminará convirtiéndose en gorila.

Se rio al pensar que él estaba conviviendo con personajes semejantes a gorilas. La ley del más fuerte, o la del que tiene el arma más sofisticada. Se rascó la nuca como para pensar qué haría ahora. La trompeta dejó de sonar. Sintió hambre y bronca a la vez. Se colocó el birrete y se dirigió hacia su hábitat temporal, pensando.

¡Qué lástima que esto esté cerrado! Quizás si se dejaran de escuchar gritos, tiros y trompetas militares, los pájaros volverían. Acá solo vuelve el hombre. Menos mal que somos seres racionales... ¡Me cago en el mundo!

Y regresó cabizbajo, ya sin pensar...

sábado, 23 de marzo de 2013

PAPPO: UN VIEJO BLUES



Quien no puede o no sabe disfrutar un buen blues, nunca estuvo solo con un vaso vacío en la mano (otrora lleno de vino) pensando en por qué pasó lo que pasó o en lo que puede deparar el futuro... 


No sé por qué imaginé que estábamos unidos
y me sentí mejor..
Pero aquí estoy, tan solo en la vida
que mejor me voy...

Un viejo blues me hizo recordar
momentos de mi vida,
mi primer amor,
pero aquí estoy, tan solo en la vida
que mejor me voy...




jueves, 21 de marzo de 2013

EL FIN DEL MUNDO



El martes 2 de octubre de 2012 no será para Luli un día fácil de olvidar.
Mucho había escuchado y muy poco leído sobre la profecía maya y el vaticinio de la llegada del fin de la especie humana en el año 2012. Pero había visto “2012”, esa película catástrofe en la que su director, Roland Emmerich, nos hizo imaginar cómo iba a ser nuestro final.
Además, hambrunas en países pobres, el terremoto en Haití en el 2010, el tsunami en Japón en el 2011 y algún que otro movimiento de tierra en su país, habían hecho sospechar a Luli que los mayas quizás no estarían tan equivocados. Quién iba a poder afirmar que el fin de la humanidad, el día final, el apocalipsis, no se estaba aproximando. Y para colmo, el 21 de diciembre no estaba tan lejano.
El lunes se acostó un poco más tarde que de costumbre porque después de ver la novela, se quedó un rato más estudiando. El miércoles debía rendir en la facultad un trabajo práctico y le faltaba afianzar algunos temas. Cursaba su primer año en la facultad, en la capital de la provincia, lejos de su ciudad natal, donde volvía cada fin de semana para reencontrarse con su familia y sus amigos. Vivía en un lindo departamento, en el piso 12, en pleno centro de la capital, junto con una compañera de la secundaria con la que se había puesto de acuerdo para compartir el alquiler y los gastos. Pero su compañera llegaría recién al otro día. Esa noche iba a estar sola en el departamento, pero no iba a ser la primera vez y seguramente no sería la última. La adolescencia y la vida segura y tranquila en su ciudad y en su casa empezaban a formar parte de su pasado. Poco a poco estaba acostumbrándose a manejarse sola en una ciudad desconocida y mucho más grande que la suya. Y la adaptación estaba siendo perfecta. Antes de acostarse observó la gran ciudad a través de los grandes ventanales del departamento y la cantidad de luces encendidas que se perdían en el horizonte la regocijaron una vez más. Algún que otro relámpago en el cielo oscuro anunciaba la posibilidad de lluvias.
No sabría decir Luli si lo que la despertó fue una explosión o una pesadilla que estaba teniendo y decidió, inconscientemente, abandonarla. En pocos segundos intentó reaccionar y despertarse definitivamente porque el fuerte ruido que la despertó no se había detenido, era constante, y advirtió inmediatamente que un fuerte viento se había desatado en el exterior. Intentó buscar el velador en la oscuridad de la pieza, al tanteo, y solo encontró el teléfono celular. Apretó una tecla, se encendió la pantalla y le sirvió como linterna para encontrar, por fin, el velador. Click, click… Nada. El velador no funcionaba. Se destapó y se levantó para encender la luz principal de la pieza. La tecla estaba al lado de la puerta de la habitación. Llegó hasta el lugar gracias a la luz del celular. Click, click, click… Advirtió entonces que la energía eléctrica se había cortado y no solo protestó silenciosamente sino que un leve escalofrío le recorrió todo el cuerpo.
Las velas estaban en un cajón del mueble de la cocina. En el tercero. ¿Y los fósforos? Sobre la mesada, debajo del calefón. Pero estaba inmóvil. No podía caminar. El ruido era cada vez más insoportable, como si alguien, en el piso 12, estuviese golpeando los vidrios de la ventana para intentar ingresar. El viento era cada vez más violento y hacía temblar los vidrios. Creyó incluso sentir que el piso vibraba, que las paredes se movían, pero lo atribuyó a su estado todavía de somnolencia. Tomó coraje y avanzó lentamente, guiada por la débil luz de la pantalla de su teléfono y tanteando además las paredes para guiarse mejor. Llegó a la sala principal y el ruido ahora fue feroz, ensordecedor. Vislumbraba, gracias a los continuos relámpagos, las ventanas que daban al sur y no entendía qué era, además del viento, lo que provocaba semejante ruido. Y se acercó. Advirtió que la ciudad estaba totalmente en penumbras. Mirar hacia el exterior era chocar contra la más profunda oscuridad, era caer en un abismo terrorífico. Los golpes eran provocados por piedras enormes, granizo nunca visto. Supo que en cualquier momento los vidrios de la ventana no soportarían semejantes golpes y entonces en su mente comenzaron a dar vueltas los miedos acerca de qué hacer si semejante tormenta la dejaba sin la protección de los vidrios. El efecto del viento, cada vez más fuerte, hacía vibrar las ventanas, la puerta de entrada y la puerta del lavadero que comunicaba con un pequeño balcón. Como pudo y ya sobrepasada por los nervios y el terror, logró llegar a la cocina y encendió una vela. Su luz tenue y temblorosa hacía más tétrica la situación. Sombras inquietas se dibujaban en las paredes. Lentamente y con mucha cautela se acercó a la ventana. El no poder ver nada más que piedras golpeando los vidrios la paralizó.
Su mente imaginó que el río podría haber colapsado, salido de su cauce y comenzado a inundar la ciudad. Que en esos momentos, por allá abajo, en la calle, la gente estaría buscando desesperadamente reparo en algún lugar seguro y que cada uno estaría luchando por salvarse por encima de la vida de los otros. Que las fuerzas de seguridad estarían intentando calmar la barbarie de la gente y que la locura generalizada podría llegar a provocar una incipiente guerra civil. Pero la tormenta desatada era atroz y la oscuridad reinante seguramente impediría que la gente actuara como se lo imaginaba. Quizás más tarde, cuando las primeras luces del día llegaran, la situación sería distinta. Si llegaba alguien vivo…
En estas divagaciones estaba cuando un golpe más fuerte de lo previsto sonó entre los demás. Una de las piedras, la más grande seguramente, rajó uno de los vidrios de la ventana. Se comenzaba a cumplir la pesadilla que se había imaginado. Con semejante tormenta, viento y granizada, ¿cómo haría para soportar allí adentro sola, sin ayuda? ¿Se estaría cumpliendo la profecía de los mayas? Comenzó a imaginar ahora las escenas de “2012” en su ciudad y desesperó. La rajadura crecía a cada golpe e incluso ya había caído un pedazo de vidrio. El pánico la invadió. Era muy joven para morir. Y sola, lejos de sus seres queridos… Lloró desconsoladamente y pensó en sus padres. La hecatombe quizás ya había ocurrido en su ciudad natal y ahora le tocaba a ella, tan sola, tan aterrorizada. Marcó el número:
—¡Hola! ¿Qué pasa? —escuchó la voz desesperada de su padre del otro lado del teléfono. Sentirlo vivo la alivió pero a la vez no aguantó el llanto.
—Tengo miedo… —gimió entre lágrimas y mocos.
—¡¿Qué te pasa?! ¡¿Dónde estás?! —la desesperación del padre era evidente. Estaba profundamente dormido y recibir una llamada de su hija, que vivía lejos y estaba sola, a las cuatro y media de la mañana, lo sobresaltó.
—¡Los vidrios! ¡Tengo miedo! —seguía sollozando.
En su ciudad natal no había tormenta, ni siquiera estaba nublado. Su padre no sabía que Luli estaba sufriendo los efectos de una tormenta feroz e imaginó que alguien estaría queriendo entrar en su departamento, o algo peor… No sabía qué pensar.
—¡¿Pero qué pasa?!
Entre llantos y las pocas palabras que pudo tartamudear, alcanzó a explicar a su padre lo de la tormenta, las enormes piedras, el fuerte viento, el vidrio roto, la energía eléctrica cortada... Escuchó que de lejos su padre intentaba tranquilizarla.
—Luli, es solo una tormenta… No es para ponerse a llorar…
Sin pensarlo demasiado y verdaderamente invadida por un ataque de nervios, preguntó angustiada y temerosa:
—¿Y si es el fin del mundo?
El padre se sentó en la cama y sonrió:
—¡¿Me estás hablando en serio?! Luli, ¿es joda esto? ¿Qué decís?
Solo se escuchaba un llanto, ahora más aliviado.
—Luli, es una tormenta que ya va a pasar… ¿Se rompió mucho el vidrio?
Miró el vidrio. Vio que apenas era una rajadura y advirtió que la violencia de la tormenta estaba menguando. Las piedras eran cada vez menos y más chicas. Ahora era la lluvia la que tomaba protagonismo, pero sin tanta intensidad.
—Hacé una cosa, Luli. Tranquilizate e intentá dormir. La tormenta ya va a pasar… ¡Y no es el fin del mundo, tonta! —le dijo riendo.
Saludó a su padre y cortó. Respiró profundo y se tranquilizó un poco. Haber hablado por teléfono la había calmado bastante. Las piedras ya no caían y la lluvia apenas se hacía escuchar. Tomó la vela y se dirigió a la pieza. Se acostó y se tapó hasta el cuello. Apagó la vela e intentó descansar. Horas después tendría que levantarse para ir a clases. Cerró los ojos y se durmió.
A las siete de la mañana se despertó. Las primeras luces del día se advertían a través de la persiana semicerrada de su habitación. Recordó la pesadilla pasada y luego de comprobar irónicamente que seguía viva y de maldecir a los mayas, sonrió y se propuso averiguar qué dijeron los mayas sobre el 2012. Y se enteraría, seguramente, de que según la profecía, el 21 de diciembre de 2012 se iniciaría una nueva era, pero no con catástrofes y muertes. Sabría que los mayas no predijeron el fin del mundo sino un cambio que debería producirse por el descontento con nuestra sociedad y la necesidad de superar tantas diferencias entre los hombres...
Tomó el celular y para comenzar el día, le escribió a su padre:
“NO PUEDO CREER QUE TE HAYA LLAMADO POR ESO... AHORA ME CAUSA GRACIA… AHORA”.

domingo, 10 de marzo de 2013

GALEANO, EDUARDO: El cantor



Cuando Alfredo Zitarrosa murió en Montevideo, su amigo Juceca subió con él hasta los portones del Paraíso, por no dejarlo solo en esos trámites. 
Y cuando volvió, nos contó lo que había escuchado.
San Pedro preguntó nombre, edad, oficio. 
-Cantor -dijo Alfredo. 
El portero quiso saber: cantor de qué. 
-Milongas -dijo Alfredo. 
San Pedro no conocía. Lo picó la curiosidad, y mandó: 
-Cante. Y Alfredo cantó. Una milonga, dos, cien. 
San Pedro quería que aquello no acabara nunca. La voz de Alfredo, que tanto había hecho vibrar los suelos, estaba haciendo vibrar los cielos. 
Entonces Dios, que andaba por ahí pastoreando nubes, paró la oreja. 
Y esa fue la única vez que Dios no supo quién era Dios.


Eduardo Galeano
Uruguay, 1940

"Los hermanos", de Atahualpa Yupanqui

miércoles, 20 de febrero de 2013

VIAJE FINAL




Sintió esa levedad hermosa que provoca la libertad. Se puso de pie entre llantos y mocos desconsolados. Quiso hablar, explicarles, justificarse, pero no pudo más que sonreír. Ni siquiera intentó abrazarlos. Tarde o temprano debía partir. Cuando dejó de sentir el suelo bajo sus pies, supo que ya era hora.

sábado, 2 de febrero de 2013

TRIBUNALES



Ingresó al gran edificio en busca de una solución. Un mundo de puertas y laberintos se abrió ante sus ojos. Durante horas recorrió, yendo y viniendo, los pasillos de los cuatro pisos. Llegó, por fin, al lugar indicado.
Antes de ingresar, pensó si la solución no sería volver para atrás. 

martes, 29 de enero de 2013

NERUDA, PABLO: La timidez


La verdad es que viví muchos de mis primeros años, tal vez de mis segundos y de mis terceros, como una especie de sordomudo.
Ritualmente vestido de negro desde muy jovencito, como se visten los verdaderos poetas del siglo pasado, tenía una vaga impresión de no estar tan mal de aspecto. Pero, en vez de acercarme a las muchachas, a sabiendas de que tartamudearía o enrojecería delante de ellas, prefería pasarles de perfil y alejarme mostrando un desinterés que estaba muy lejos de sentir. Todas eran un gran misterio para mí. Yo hubiera querido morir abrasado en esa hoguera secreta, ahogarme en ese pozo de enigmática profundidad, pero no me atrevía a tirarme al fuego o al agua. Y como no encontraba a nadie que me diera un empujón, pasaba por las orillas de la fascinación, sin mirar siquiera, y mucho menos sonreír.
Lo mismo me sucedía con los adultos, gente mínima, empleados de ferrocarriles y de correos y sus "señoras esposas", así llamadas porque la pequeña burguesía se escandaliza intimidada ante la palabra mujer. Yo escuchaba las conversaciones en la mesa de mi padre. Pero, al día siguiente, si tropezaba en la calle a los que habían comido la noche anterior en mi casa, no me atrevía a saludarlos, y hasta cambiaba de vereda para esquivar el mal rato.
La timidez es una condición extraña del alma, una categoría, una dimensión que se abre hacia la soledad. También es un sufrimiento inseparable, como si se tienen dos epidermis, y la segunda piel interior se irrita y se contrae ante la vida. Entre las estructuraciones del hombre, esta calidad o este daño son parte de la aleación que va fundamentando, en una larga circunstancia, la perpetuidad del ser.
Mi lluviosa torpeza, mi ensimismamiento prolongado duró más de lo necesario. Cuando llegué a la capital adquirí lentamente amigos y amigas. Mientras menos importancia me concedieron, más fácilmente les daba mi amistad. No tenía en ese tiempo gran curiosidad por el género humano. No puedo llegar a conocer a todas las personas de este mundo, me decía. Y así y todo surgía en ciertos medios una pálida curiosidad por este nuevo poeta de poco más de 16 años, muchacho reticente y solitario a quien se veía llegar y partir sin dar los buenos días ni despedirse. Fuera de que yo iba vestido con una larga capa española que me hacía semejar un espantapájaros. Nadie sospechaba que mi vistosa indumentaria era directamente producida por mi pobreza.

(de "Confieso que he vivido", 1974)

miércoles, 26 de diciembre de 2012

IDEAS PERDIDAS


Salvador Dalí: "Galatea de las esferas" (1952)


La había pasado bastante bien en mi ciudad natal. El hecho de haberme reencontrado con los viejos amigos de la escuela primaria había activado de una forma extraña esa capacidad de emocionarme que creía perdida, o al menos olvidada. El paso de treinta y pico de años había sido, más que vertiginoso, un poco despiadado. Aquellos pibes de doce o trece años que en 1976 no entendíamos absolutamente nada de lo que en esos momentos estaba ocurriendo en el país, nos habíamos convertido ahora en interesantes señoras y señores, profesionales algunos, padres de familia otros, serios los menos, divertidos los más. El cuerpo y las canas (o la tintura en algunos casos) hacían evidente la cercanía de la mitad del siglo en nuestra vida. Y haber compartido y revivido innumerables anécdotas y emociones de la mano de un buen tinto, habían provocado en mí esa sensación de bienestar y alegría que mi cara no podía dejar de reflejar. Pero estas pequeñas felicidades llegaron a su fin cuando se hizo la hora del regreso. Durante una hora y media debería conducir el auto rumbo hacia mi actual ciudad de residencia, donde mi familia me esperaba.
Con la vista puesta en la ruta y la mente en el pasado, se me ocurrió que debería escribir algunas palabras sobre el día que había pasado junto a los viejos amigos y amigas para dejar de esa forma plasmada en el papel un poco de  memoria. Y fue entonces cuando esa memoria convocó a la nostalgia y recordé cuánto tiempo hacía que no daba rienda suelta a esa manía inútil que siempre sentí de escribir.
Puse un disco de Soda Stéreo y aminoré la marcha cuando vi unos cuantos metros adelante a un perro que intentaba cruzar la ruta. No se decidía y circulé muy despacio frente a él, por las dudas lo hiciera justo cuando yo pasara por el lugar. No quise cargar con la muerte del pichicho en mis espaldas. Quién sabe qué haría ahí, al borde de la ruta, lejos de cualquier casa habitada a la vista. ¿Buscaría a su dueño? ¿A su amor? ¿A sus hijos? ¿Lo habría abandonado momentos antes un dueño desalmado? ¿Estaría esperando, impaciente, que el arrepentimiento venciera la voluntad de su dueño y lo hiciera regresar en su búsqueda? Historias de abandono, de alejamientos, de recuerdos, de remordimientos... Quizás al llegar a casa debería escribir algo al respecto.
Fue ese insignificante hecho el que me hizo olvidar de mis amigos de la primaria y, no sé por qué, recordé a esa mina que atendía en el bar al que en mi adolescencia concurría asiduamente. Me gustaba, recuerdo, y mucho, a pesar de que debería tener al menos cuatro o cinco años más que yo. Qué bien que me sentía cuando me sentaba solo en la mesa que estaba al lado de la ventana principal del bar y venía la Flaca a atenderme. Disfrutaba verla venir hacia la mesa, con la rejilla húmeda en la mano a limpiar la mesa de los restos de cáscaras de maní que habían dejado los clientes anteriores. Cuando se inclinaba a limpiar la tabla espiaba disimuladamente, de reojo, su escote generoso, y veía seguramente menos de lo que imaginaba. En varias ocasiones intenté iniciar una conversación que no se refiriera solo al pedido de la cerveza o de la hamburguesa, o al pago de la cuenta, pero su incesante trabajo jamás la había dejado reparar aunque sea unos segundos en mi intención. Creo que en ese tiempo me enamoré de la Flaca, de su descuidado porte, de su sencilla vestimenta, de ese venir gracioso, de ese irse sensual, de su amabilidad, de su mirada sincera. Pero esas ganas de hablarle, de invitarla a encontrarnos en otro lugar, en otro bar, se desvaneció un lunes de otoño, gris y frío. Me atendió el dueño del bar, que me trajo con una marcada indiferencia y frialdad el cortado mediano que le pedí. No le pregunté entonces por la Flaca. Seguí concurriendo un par de meses más con la esperanza de volverla a encontrar. Y cuando reconocí que era evidente que ya no volvería a trabajar al bar, no regresé más. Linda historia para escribir...
La autopista estaba por suerte en buen estado y el viaje me resultó tranquilo. Pensé que si me hicieran un control de alcoholemia, quizás me diera positivo. Apagué el aire acondicionado y abrí la ventanilla para ventilarme un poco. No fue suficiente y abrí también la del acompañante. Comenzó a sonar De música ligera y levanté el volumen. La canté con ganas junto con Ceratti. Qué loco, hace dos años que duerme… Subí la velocidad un poco más y el viento despeinó mis cabellos grises. Se me vino a la mente la imagen de los locos que viajaron miles de kilómetros para saludar a su amigo antes de que partiera hacia Vietnam. En el descapotable, cabellos largos al viento, cantaban canciones de amor y paz. Sheila quería ver a Claudio. Berger y compañía quisieron cumplir ese sueño. Berger arriesgó más de lo debido, sin pensarlo demasiado y de acuerdo con su modo sincero de actuar. Reemplazó en el cuartel a Claudio por un momento para que este pudiese despedirse de Sheila... Fue un momento eterno. Claudio regresó tarde al cuartel y vio con impotencia cómo Berger partía junto con miles de soldados en avión hacia Vietnam para nunca más volver... Qué buena metáfora sobre la amistad...
Estaba entusiasmado porque en ese viaje de regreso (regreso de un momento formidable compartido junto con los chicos y chicas de doce o trece años) se me iban ocurriendo historias que sin dudas debería plasmar en el papel apenas llegase a mi casa. Las ideas volvían a dar vueltas, reaparecían en mi mente y debía aprovechar el momento.
Llegué a casa un tanto aturdido. Las ansias de agarrar el lápiz y el papel se hacían insoportables. Tantas historias tenía en la cabeza, entrecruzándose, confundiéndose, que seguramente no me sería tan fácil hilvanar las ideas.
Bajé del auto casi con desesperación y antes de colocar la llave en la cerradura de la puerta de mi casa, la abrieron desde adentro, y con una alegría exacerbada y entre gritos desordenados, mis tres hijos se disputaban la primicia: mis primos del sur habían llegado hacía unos pocos minutos a mi casa y ya estaba todo listo como para que me pusiera a preparar un buen asado.
El fin del día se extendió hasta ya pasadas varias horas del siguiente. No había sido una mala velada. Al contrario. Anécdotas entrañables y vino tinto habían amenizado el encuentro. Fue larga la despedida y se hizo pesada la limpieza. Me dormí en el mismo instante en que mi cabeza se apoyó en la almohada.
Tomé el lápiz y el papel dos días después, a la hora de la siesta, cuando el silencio y la soledad en casa fueron perfectos. El papel estaba en blanco y mi mente también. Intenté durante un buen rato recordar alguna de las tantas ideas que se me habían ocurrido escribir en aquel viaje de regreso a mi ciudad. Pero el papel seguía en blanco, mi mano derecha quieta y en mi mente... nada. 

domingo, 23 de diciembre de 2012

ALMA Y VIDA: Salven a Sebastián

Moira: me hiciste acordar de un tema hermoso, lejano...


Cuentan que mi amigo Sebastián
volvió a luchar...
y que a sus hermanos predicó
que la igualdad es la razón...

Cuentan que alguien vino y que lo persiguió...

cuentan que otro hombre lo prohibió...

cuentan que seguro alguien lo traicionó,
cuentan que su frente sangró.

¡Que nadie se lave las manos!

(Alma y Vida)

domingo, 9 de diciembre de 2012

METAFÍSICA I


El agua en su punto justo inició la ceremonia. Le hubiese gustado que alguien acompañara. Preparó los elementos necesarios, amoldó su cuerpo al sillón y suspiró antes de sorber por primera vez. En soledad, mate en mano, relajó cuerpo y alma. 
Buscó, por enésima vez, el sentido de la vida.

lunes, 3 de diciembre de 2012

NERUDA, PABLO: El libro de las preguntas



Dónde está el niño que yo fui,  
sigue adentro de mí o se fue?  

Sabe que no lo quise nunca  
y que tampoco me quería?  

Por qué anduvimos tanto tiempo  
creciendo para separarnos?  

Por qué no morimos los dos  
cuando mi infancia se murió?  

Y si el alma se me cayó  
por qué me sigue el esqueleto? 

(Chile, 1904/1973)

lunes, 12 de noviembre de 2012

7 - AÑO NUEVO... ¿VIDA NUEVA?



Sin poder decir palabra
sufre en silencio sus males
y uno en condiciones tales
se convierte en animal,
privao del don principal
que Dios hizo a los mortales.

Martín Fierro
  
Estaba sentado en una de las sillas de la oficina con los pies apoyados sobre el escritorio, fumaba un cigarrillo y sostenía en su mano derecha la planilla de castigos. Estaba solo, la puerta cerrada con llaves, las persianas bajas, bien cerradas, y la luz apagada. Afuera se escuchaban voces y pasos pesados; las voces de siempre, los pasos de siempre. El día estaba terminando pero él no podía observar cómo, muy lentamente, la tarde se iba apagando. Ahí, entre cuatro frías paredes y debajo de un techo, apenas divisaba las máquinas de escribir y el archivo; ni siquiera podía leer los nombres de los desertores que figuraban en un gran cuadro de vidrio, colgado de la pared que estaba frente a él. Hacía varias horas que se había autoaislado en la oficina para estar así, solo, pensando y en silencio. Siempre había buscado la soledad. En ese lugar no había encontrado a nadie que fuera como él. Estaba tan solo en ese momento como cuando estaba reunido con sus ocasionales compañeros. No quería pensar absolutamente en nada, pero ese papel que contenía su propio castigo lo hacía pensar en el porqué, en lo absurdo de todo lo que ahí decía. Leyó mil veces su apellido mal escrito, otras mil leyó la causa del castigo y muchas veces más leyó los treinta días que noches atrás había escuchado en boca de un sucio suboficial y que todavía hacía latir su corazón aceleradamente. Habían pasado varios días desde aquel grito que ahora se había transformado en palabras escritas, imborrables palabras visadas por firmas de nombres con autoridad, por un rengo guardiamarina retirado y por un gorila teniente de navío con cara de perro y cuerpo de oso, una pinturita de ser humano. Pero no quiso pensar en ellos, ni en esa maldita planilla, ni en ese indeseable lugar donde se encontraba. Ahora su mente se ocupaba de otras personas, de otros lugares, de recuerdos gratos, de sonrisas sinceras, de manos amigas, de palabras dulces. Ya no le preocupaba escuchar a lo lejos, fuera de la oficina, gritos sin sentido; ya no le prestaba atención al ruido de las pesadas botas que al lado de la ventana se escuchaba. ¡Qué mierda le importaba a él el presente! Él solo quería viajar a través del tiempo y del espacio, y el único vehículo que poseía era su mente. Cerraba sus ojos, anulaba su audición y se iba. Sonreía al verse donde realmente quería estar. Una pitada de su cigarrillo era un recuerdo de las siestas materas que compartía con su inseparable amigo Daniel; el tarareo de una canción le recordaba noches vividas con sus amigos y amigas sobre la alfombra de algún living. Con un suspiro traía a su mente miles de suspiros emitidos por alguna amiga querida cerca de sus oídos. Pero con el solo abrir y cerrar de ojos volvía a esa oscura oficina, a esa vida absurda de la cual él escapaba cuando podía.
Soy un desertor en sueños, decía en voz baja como si estuviera hablando con alguien. Pero no tengo los huevos suficientes como para irme como hicieron ellos, protestaba al mirar el cuadro de vidrio que pendía de la pared con la nómina de los desertores de la Base.
Se seguían escuchando los gritos y eran cada vez más frecuentes. El movimiento en la Base crecía a medida que la noche se acercaba. De pronto escuchó pasos cerca de la puerta y a través del vidrio opaco vio una sombra que se aproximaba. Se quedó quieto en la silla sin hacer ruido. Escondió el cigarrillo porque desde afuera podría verse la brasa encendida. Escuchó cinco golpes secos y suaves en la puerta, hubo una pausa y escuchó dos golpes más. Se tranquilizó al reconocer la contraseña. Vio cómo la sombra se alejó y terminó de fumar el cigarrillo. El mensaje significaba que tenía que salir de ahí. La hora de formación se acercaba y tenían que concurrir a la misa preparada en medio de la Plaza de Armas. No podía soportar tanta burla. Nuevamente tendría que escuchar las palabras de ese milico idiota que decía hablar en nombre de Dios. ¿Qué dios?, le había preguntado con bronca a un compañero en una discusión sobre la misma Navidad. Ellos deben tener un dios aparte, argumentaba con más bronca. No quería salir de su escondite, no quería volver a ser uno más en el montón, uno más disfrazado de verde, uno más manejado por la ignorancia de personas que poseían una tirita en el brazo que los identificaba como superiores. ¿Superiores de quién? ¿Superiores en qué?
Al salir y cerrar la puerta de la oficina comprobó que ya era de noche. Pocas horas faltaban para que culminara el año, ese 1982 que había venido con cara de muerte. Esa muerte que el cura capitán de fragata se encargaría de recordar en su invariable sermón minutos más tarde, bajo el cielo estrellado del último día de diciembre. Respiró el aire fresco proveniente del mar y no supo si se sintió mejor o peor. Con las manos en los bolsillos y cabizbajo, caminó lentamente hacia la Plaza de Armas a incorporarse a la formación. Luego de unos cuantos gritos vio llegar al cura sonriente y disfrazado con una sotana verde...

Bostezó profundamente. Hacía calor y algunas moscas lo molestaban constantemente al posarse en sus piernas desnudas. La luz todavía estaba prendida y sus compañeros, con mucho bullicio, terminaban de acostarse. Estaba tendido sobre su cama boca arriba, con las manos en la nuca, las piernas extendidas y destapado totalmente. El techo era tan insignificante como la vida que estaba viviendo en esos momentos. Todavía no había terminado el año, eran las once de la noche y ya estaban acostados. La misa había sido tremendamente pesada, tan estúpida como la que había escuchado el veinticuatro a la noche, pero esta vez no le había prestado demasiada atención. La cena había sido rápida. Menú especial: ensalada rusa con mortadela, pollo y de postre, pan dulce con sidra. Una cena inusual donde todos —incluido él— habían descargado tensiones. Cantos, golpes de jarros contra la mesa, corchos de sidra volando de mesa en mesa. Hasta unos cuantos pedazos de pan dulce conocieron el don de volar. Nadie dijo nada. No se escucharon gritos pidiendo orden. Él vio cómo el subjefe de la Base, capitán de fragata él, con cara muy familiar, hizo el brindis de fin de año. El subjefe levantó su copa de cristal y los conscriptos sus jarros de aluminio que segundos antes se habían llenado de sidra.
Eran las once de la noche y ya estaba acostado. El año nuevo se hacía esperar. Cuando apagaron todas las luces suspiró profundamente. Hasta el año que viene, se autosaludó. Cerró los ojos y se dispuso a escapar nuevamente de ese lugar.

—Che, loco, despertate...
—¿Eh?
—Despertate... Ya son las doce.
—La puta madre...
Con estas tres palabras dio la bienvenida a un nuevo año en su vida. Había dormido apenas una hora y el año nuevo lo sorprendía ahora despierto.
—¡Feliz año nuevo! —le deseó su compañero.
—Gracias —contestó de mal humor—. Ah, igualmente —dijo más cordialmente al pensar en un segundo que ese colimba, compañero de desventuras, había sido el primero que lo había saludado en 1983.
Su compañero sonrió porque lo comprendía. Comprendía la bronca que él sentía al tener que empezar el año, justo a la hora de las sirenas que no se escuchaban, con el bastón de goma nuevamente en su cintura, el casco blanco sobre su cabeza y el miedo de volver a quedarse dormido. Fue al baño, se lavó la cara, mojó su cabeza, encendió un cigarrillo y lo fumó tranquilamente. No quería permanecer allí encerrado y salió al aire libre. Afuera todo estaba tranquilo y oscuro. Se sentó en el piso y apoyó su espalda contra una pared. Trajo a su mente la cena de horas atrás, la alegría nerviosa que él y sus compañeros habían manifestado, las caras de sus superiores tomando sidra en copas de cristal, la ausencia inesperada del cura capellán... Todo le parecía una farsa. Miró su reloj: habían pasado veinte minutos desde el comienzo de 1983. Pensó en su familia, en sus amigos.
—¡Me cago en el nuevo año! —murmuró pensando que todavía tendría que estar once meses más lejos de Santa Fe.

sábado, 29 de septiembre de 2012

Amantes y borrachos...



Que amantes y borrachos irán a los infiernos,
no puede ser verdad, creerlo es imposible;
si van a los infiernos amantes y borrachos,
quedará el paraíso desierto y despoblado.

Omar Jayyama, Persia, s. XI

sábado, 8 de septiembre de 2012

LEÓN GIEGO: UN DÍA BALTASAR


Dice Baltasar que tiene que cuidar
cien gallinas, diez caballos,
treinta vacas y sembrar...

Dice Baltasar: "¿Por qué trabajo tanto,
si al final me estoy muriendo
de tanto trabajar?".

Pero un día Baltasar escribió sobre un galpón
unas frases muy cortitas
que decían lo siguiente:

"Las tierras deben ser del que las siembra,
porque yo estoy dando todo
y hay quien se lo lleva.
Esto es para usted, señor patrón,
y cómo va a conocer su campo
si está sentado en un sillón con su esposa
mirando televisión".

Pero un día Baltasar se fue sin avisar
y cuando estaba ya muy lejos
se dio vuelta, por mirar,
porque escuchaba un ruido extraño
y no sabía que podía ser,
y eran todos los caballos, todas las gallinas,
mariposas blancas, los gorriones y las vacas
que seguían por detrás a Baltazar...


León Gieco

(de "La banda de los caballos cansados", 1974)


Pensar en el Baltasar de la historia de León Gieco sería equivalente a pensar en todos los trabajadores rurales –dependientes- que existen en el mundo entero. La visión sobre el trabajo rural que se refleja en esta canción da cuenta de la ideología de su autor, como así también de parte de su historia personal ligada al campo, donde nació y vivió en los años más importantes de la vida de un hombre: la infancia. 
El hecho de plantearse el porqué de “trabajar tanto para nada” muestra a Baltasar como poseedor de una idea revolucionaria ligada a la política de izquierda en boga en los años 60 y 70, y basada en los fundamentos de la Reforma Agraria. El reparto de las tierras debía ser equitativa para trabajarlas, y quien las trabajara con sus propias manos tenía el derecho de ser el dueño de las mismas de participar de las ganancias. En contra del latifundio, se denuncia en la canción la explotación de los pobres por parte de los poderosos o terratenientes, quienes aumentaban sus riquezas con el trabajo de los demás. 
Pero Baltasar –hombre trabajador y digno- opta por otra cosa. Se siente explotado por su patrón y decide abandonarlo en busca de una mejor oportunidad. No sin antes hacérselo saber por escrito, sobre las paredes de un galpón. Las palabras escritas por Baltasar son un verdadero grito de justicia y libertad. 
El texto tiene un final emotivo: la partida de Baltasar tiene un doble efecto: para él una recompensa –no material sino espiritual- y para su patrón un castigo –material y espiritual-. Todos los animales del campo siguen a quien consideraron siempre su verdadero dueño, quien los atendió, cuidó y vivió por ellos. 
El texto –simple y hermoso- refleja un mensaje comprometido con el trabajo del hombre y contra la explotación por el propio hombre. Es un verdadero reclamo, una denuncia, que sin decirlo explícitamente –y en eso radica su verdadero valor-, es un canto a la igualdad y a la dignidad del hombre.

sábado, 25 de agosto de 2012

6 - ¡FELIZ NAVIDAD!



Aquel que ha vivido libre
de cruzar por donde quiera,
se aflige y se desespera
de encontrarse allí cautivo;
es un tormento muy vivo
que abate la alma mas fiera.

Martín Fierro

Hermanos: nadie está aquí presente en vano. El Señor, como siempre, nos reunió una vez más en su casa para brindarnos su amor. Y hoy es un día muy especial para nosotros, los cristianos. Esta noche nuevamente nacerá Jesús en cada uno de los hombres que habitan el mundo, fieles o no, creyentes o ateos. Hoy es Nochebuena y mañana, Navidad. Muchos de ustedes están lejos de su ciudad, muchos de ustedes sufren por no poder estar hoy con sus familias, con sus amigos o con su novia... Pero no es razón para ponerse tristes, el Señor los acompaña...

La noche estaba llegando lentamente y el cielo poco a poco iba tomando un color negruzco. Empezaban a brillar las primeras estrellas. La luna, todavía opaca, dejaba ver su bello cuerpo ovoidal allá, en el sur celestial. El día había sido pesado para todos los allí presentes, en esa misa improvisada al aire libre pero con un lujoso altar. No todos estaban con el mismo estado de ánimo. Algunos sonreían, otros permanecían serios, otros, sin ganas, observaban al sacerdote sin prestarle atención.

Tienen que tener en cuenta, hermanos, que no están aquí sin razón; están prestando un servicio valiosísimo, que no muchos tienen el orgullo de hacerlo. Hoy les toca a ustedes servir a la Patria lejos de sus hogares en el día de Navidad. Algunos quizás esta noche, cuando sean las doce, estarán sosteniendo el fusil; otros, quizás, estén durmiendo. Pero háganlo con la frente alta, siéntanse orgullosos de ustedes mismos al pensar que aquí adentro están defendiendo la soberanía de nuestra tierra, de nuestra hermosa tierra argentina que hoy, terminando el año 1982, vive una época de paz y bienaventuranza gracias a estos años de reconstrucción que nuestro actual gobierno supo conseguir, combatiendo las fuerzas del mal con ahínco, fortaleza y justicia...

Todos sabían que debajo de esa sotana, sobre esos hombros de sacerdote, se escondían jinetas que lo identificaban como Capitán de Fragata. Todos, oficiales, suboficiales y conscriptos, todos sabían que era un cura militar, que hoy trataba de hablar en nombre de Dios; que hoy trataba de festejar una Navidad diferente para muchos, habitual para otros; que trataba de hacer florecer esperanza en corazones que solo latían porque sus organismos lo disponían.

Piensen que hoy sus padres estarán orgullosos de ustedes; sí, de ustedes, sus hijos que aquí están cumpliendo con una ley nacional. Orgullosas deben estar sus amigas o novias, al sentirlos cerca, espiritualmente cerca. Orgullosos sus hermanos, entrañables hermanos que seguramente hoy rezarán una oración al Señor por ustedes. Orgullosos todos los seres queridos que hoy al levantar sus copas a las doce de la noche, brindarán con felicidad por cada uno de ustedes, por cada uno de sus hijos, novios, hermanos que no están presentes. Y por sobre todas las cosas, los que tienen que estar orgullosos son ustedes mismos, hermanos. Ustedes que con gran hombría pueden sobrellevar el dolor de la distancia, y que con esa misma hombría tienen el valor de cuidar y defender a su querida Patria, tal como lo hicieron otros hijos y hermanos en Malvinas meses atrás...

Muchos se miraron seriamente, sin pronunciar una sola palabra. Sus gestos expresaban lo suficiente como para saber y comprender lo que pensaban. Muchos de los presentes habrán pensado en sus familias, en las doce de la noche, en una copa de cristal con espumante sidra fría. Seguramente alguno, para no dejar caer una lágrima por su mejilla, tuvo que hacer un gran esfuerzo interior; no se podía llorar en público, las risas se desatarían indudablemente al ver esa lágrima recorrer lentamente el rostro frío de algunos de los presentes.

Hoy, hermanos, tenemos que hacer fuerza todos juntos para que este, nuestro gran país, siga avanzando como lo viene haciendo hacia el mañana que todos esperamos, un mañana de paz y felicidad. Hoy, hermanos, tenemos que pensar que el futuro es nuestro y que mientras sigamos aplicando nuestros ideales en forma digna y justa, seguramente lograremos salir adelante. Hoy pediremos al Señor por nuestras familias, por nuestros amigos, por todo el mundo, para que esta Navidad llegue a todos los hogares con el amor, con la prosperidad y con la fe que la caracteriza. Hoy pediremos por nuestros difuntos, por su esperanza en la resurrección. No nos podemos olvidar de nuestros hermanos que, con gran valor, defendieron la soberanía de nuestras islas, y que hoy descansan en el sueño eterno bajo la tierra fría de nuestra Patria. Como así tampoco debemos olvidarnos de todos nuestros hermanos que cayeron en la lucha contra el terrorismo satánico que se implantó en Argentina, a  la que quisieron destruir inculcando ideas contrarias a la moral e ideología cristiana, ideas de una izquierda que lucha para lograr la deshumanización del hombre en nombre de quién sabe qué objetivo oscuro y maligno que desean imponer. Hermanos, agradezcamos al Señor por esta vida tan hermosa que nos ha brindado, por este pueblo argentino orgulloso de su país, por esta nueva Navidad que El quiso que pasemos aquí, lejos de los nuestros; por su gran misericordia y su eterno perdón...

Ya estaba oscuro totalmente. La noche había llegado. Las estrellas eran innumerables y la luna ahora brillaba fantásticamente en lo alto. Una brisa fría corrió por los cuerpos inmóviles de los concurrentes a misa. A trescientos metros de allí, el mar llegaba manso a las playas vírgenes de un lugar extraño. A lo lejos se divisaban tres o cuatro buques inmóviles, con sus luces encendidas, brillantes y pequeñas. La iluminación artificial apenas alcanzaba para ver no más allá del altar.

No olvidemos, hermanos, que el Señor es sabio y todopoderoso. Cada uno tiene justificada la existencia y cada uno de nosotros está aquí porque El lo quiso. Les pido que piensen en sus futuros hijos (Yo ya tengo dos —pensó uno de los colimbas), piensen cuando les cuenten sus experiencias vividas aquí, en el servicio militar. ¡Cuántas anécdotas para contar! Piensen en el entusiasmo con que sus hijos escucharán sus relatos. Piensen que quizás el día de mañana les tocará a ellos estar en el lugar en que ahora están ustedes (¡La boca se te haga a un lado y se te llene de mierda! —pensó otro). Hermanos, las Fuerzas Armadas de la Nación están orgullosas de ustedes, de todos los ciudadanos argentinos que con orgullo cumplen con su obligación. Gracias a ustedes hoy el país puede seguir luchando por sus derechos... Hermanos, ha llegado el momento de marchar. Espero que pasen una Navidad feliz a pesar de la distancia. Recuerden: el Señor está con nosotros en cada momento, sea bueno o malo... Hermanos, el Señor esté con vosotros (Y con tu espíritu). En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo (Amén). Hermanos, podéis ir en paz (Demos gracias al Señor).

El murmullo comenzó poco a poco a flotar en el aire hasta que se hizo una conversación en voz normal y confundida. Comentarios y opiniones comenzaron a pasar de boca en boca. Un leve desorden se notó en la formación. Los gritos se precipitaron: ¡Atención! La inmovilidad fue instantánea; salvo los oficiales y suboficiales, todos permanecieron quietos y en silencio. ¡A formar! La rapidez de los conscriptos no dejaba divisar perfectamente el movimiento de sus botas. ¡Fir - mes! Ya estaban todos en perfecta formación, respondiendo como títeres a la voz de mando. Irían a cenar (¿pollo al horno con papas?, ¿cerdo asado?, ¿ensalada rusa?, ¿vino blanco?). A las doce quizás algunos estarían durmiendo y otros despiertos con un fusil al hombro. ¡De frente... mar! El golpe de las botas contra el piso fue rotundo y uniforme, como máquinas marcaban el paso los conscriptos rumbo al comedor. ¡Izquier, dos, tres, cuatro, izquierda, derecha, izquierda! Todos callados, vista al frente, sacando pecho, moviendo rítmicamente el brazo derecho y la mano hacia la hebilla, e inmóvil el izquierdo tomado del cinto de combate. Uno de los conscriptos pensó en su familia, en sus amigos. Miró el cielo estrellado y vio la luna enorme e implacable. Miró a sus compañeros y volvió la vista al mar. ¿Demos gracias al Señor?, se preguntó.