sábado, 29 de septiembre de 2012

Amantes y borrachos...



Que amantes y borrachos irán a los infiernos,
no puede ser verdad, creerlo es imposible;
si van a los infiernos amantes y borrachos,
quedará el paraíso desierto y despoblado.

Omar Jayyama, Persia, s. XI

sábado, 8 de septiembre de 2012

LEÓN GIEGO: UN DÍA BALTASAR


Dice Baltasar que tiene que cuidar
cien gallinas, diez caballos,
treinta vacas y sembrar...

Dice Baltasar: "¿Por qué trabajo tanto,
si al final me estoy muriendo
de tanto trabajar?".

Pero un día Baltasar escribió sobre un galpón
unas frases muy cortitas
que decían lo siguiente:

"Las tierras deben ser del que las siembra,
porque yo estoy dando todo
y hay quien se lo lleva.
Esto es para usted, señor patrón,
y cómo va a conocer su campo
si está sentado en un sillón con su esposa
mirando televisión".

Pero un día Baltasar se fue sin avisar
y cuando estaba ya muy lejos
se dio vuelta, por mirar,
porque escuchaba un ruido extraño
y no sabía que podía ser,
y eran todos los caballos, todas las gallinas,
mariposas blancas, los gorriones y las vacas
que seguían por detrás a Baltazar...


León Gieco

(de "La banda de los caballos cansados", 1974)


Pensar en el Baltasar de la historia de León Gieco sería equivalente a pensar en todos los trabajadores rurales –dependientes- que existen en el mundo entero. La visión sobre el trabajo rural que se refleja en esta canción da cuenta de la ideología de su autor, como así también de parte de su historia personal ligada al campo, donde nació y vivió en los años más importantes de la vida de un hombre: la infancia. 
El hecho de plantearse el porqué de “trabajar tanto para nada” muestra a Baltasar como poseedor de una idea revolucionaria ligada a la política de izquierda en boga en los años 60 y 70, y basada en los fundamentos de la Reforma Agraria. El reparto de las tierras debía ser equitativa para trabajarlas, y quien las trabajara con sus propias manos tenía el derecho de ser el dueño de las mismas de participar de las ganancias. En contra del latifundio, se denuncia en la canción la explotación de los pobres por parte de los poderosos o terratenientes, quienes aumentaban sus riquezas con el trabajo de los demás. 
Pero Baltasar –hombre trabajador y digno- opta por otra cosa. Se siente explotado por su patrón y decide abandonarlo en busca de una mejor oportunidad. No sin antes hacérselo saber por escrito, sobre las paredes de un galpón. Las palabras escritas por Baltasar son un verdadero grito de justicia y libertad. 
El texto tiene un final emotivo: la partida de Baltasar tiene un doble efecto: para él una recompensa –no material sino espiritual- y para su patrón un castigo –material y espiritual-. Todos los animales del campo siguen a quien consideraron siempre su verdadero dueño, quien los atendió, cuidó y vivió por ellos. 
El texto –simple y hermoso- refleja un mensaje comprometido con el trabajo del hombre y contra la explotación por el propio hombre. Es un verdadero reclamo, una denuncia, que sin decirlo explícitamente –y en eso radica su verdadero valor-, es un canto a la igualdad y a la dignidad del hombre.

sábado, 25 de agosto de 2012

6 - ¡FELIZ NAVIDAD!



Aquel que ha vivido libre
de cruzar por donde quiera,
se aflige y se desespera
de encontrarse allí cautivo;
es un tormento muy vivo
que abate la alma mas fiera.

Martín Fierro

Hermanos: nadie está aquí presente en vano. El Señor, como siempre, nos reunió una vez más en su casa para brindarnos su amor. Y hoy es un día muy especial para nosotros, los cristianos. Esta noche nuevamente nacerá Jesús en cada uno de los hombres que habitan el mundo, fieles o no, creyentes o ateos. Hoy es Nochebuena y mañana, Navidad. Muchos de ustedes están lejos de su ciudad, muchos de ustedes sufren por no poder estar hoy con sus familias, con sus amigos o con su novia... Pero no es razón para ponerse tristes, el Señor los acompaña...

La noche estaba llegando lentamente y el cielo poco a poco iba tomando un color negruzco. Empezaban a brillar las primeras estrellas. La luna, todavía opaca, dejaba ver su bello cuerpo ovoidal allá, en el sur celestial. El día había sido pesado para todos los allí presentes, en esa misa improvisada al aire libre pero con un lujoso altar. No todos estaban con el mismo estado de ánimo. Algunos sonreían, otros permanecían serios, otros, sin ganas, observaban al sacerdote sin prestarle atención.

Tienen que tener en cuenta, hermanos, que no están aquí sin razón; están prestando un servicio valiosísimo, que no muchos tienen el orgullo de hacerlo. Hoy les toca a ustedes servir a la Patria lejos de sus hogares en el día de Navidad. Algunos quizás esta noche, cuando sean las doce, estarán sosteniendo el fusil; otros, quizás, estén durmiendo. Pero háganlo con la frente alta, siéntanse orgullosos de ustedes mismos al pensar que aquí adentro están defendiendo la soberanía de nuestra tierra, de nuestra hermosa tierra argentina que hoy, terminando el año 1982, vive una época de paz y bienaventuranza gracias a estos años de reconstrucción que nuestro actual gobierno supo conseguir, combatiendo las fuerzas del mal con ahínco, fortaleza y justicia...

Todos sabían que debajo de esa sotana, sobre esos hombros de sacerdote, se escondían jinetas que lo identificaban como Capitán de Fragata. Todos, oficiales, suboficiales y conscriptos, todos sabían que era un cura militar, que hoy trataba de hablar en nombre de Dios; que hoy trataba de festejar una Navidad diferente para muchos, habitual para otros; que trataba de hacer florecer esperanza en corazones que solo latían porque sus organismos lo disponían.

Piensen que hoy sus padres estarán orgullosos de ustedes; sí, de ustedes, sus hijos que aquí están cumpliendo con una ley nacional. Orgullosas deben estar sus amigas o novias, al sentirlos cerca, espiritualmente cerca. Orgullosos sus hermanos, entrañables hermanos que seguramente hoy rezarán una oración al Señor por ustedes. Orgullosos todos los seres queridos que hoy al levantar sus copas a las doce de la noche, brindarán con felicidad por cada uno de ustedes, por cada uno de sus hijos, novios, hermanos que no están presentes. Y por sobre todas las cosas, los que tienen que estar orgullosos son ustedes mismos, hermanos. Ustedes que con gran hombría pueden sobrellevar el dolor de la distancia, y que con esa misma hombría tienen el valor de cuidar y defender a su querida Patria, tal como lo hicieron otros hijos y hermanos en Malvinas meses atrás...

Muchos se miraron seriamente, sin pronunciar una sola palabra. Sus gestos expresaban lo suficiente como para saber y comprender lo que pensaban. Muchos de los presentes habrán pensado en sus familias, en las doce de la noche, en una copa de cristal con espumante sidra fría. Seguramente alguno, para no dejar caer una lágrima por su mejilla, tuvo que hacer un gran esfuerzo interior; no se podía llorar en público, las risas se desatarían indudablemente al ver esa lágrima recorrer lentamente el rostro frío de algunos de los presentes.

Hoy, hermanos, tenemos que hacer fuerza todos juntos para que este, nuestro gran país, siga avanzando como lo viene haciendo hacia el mañana que todos esperamos, un mañana de paz y felicidad. Hoy, hermanos, tenemos que pensar que el futuro es nuestro y que mientras sigamos aplicando nuestros ideales en forma digna y justa, seguramente lograremos salir adelante. Hoy pediremos al Señor por nuestras familias, por nuestros amigos, por todo el mundo, para que esta Navidad llegue a todos los hogares con el amor, con la prosperidad y con la fe que la caracteriza. Hoy pediremos por nuestros difuntos, por su esperanza en la resurrección. No nos podemos olvidar de nuestros hermanos que, con gran valor, defendieron la soberanía de nuestras islas, y que hoy descansan en el sueño eterno bajo la tierra fría de nuestra Patria. Como así tampoco debemos olvidarnos de todos nuestros hermanos que cayeron en la lucha contra el terrorismo satánico que se implantó en Argentina, a  la que quisieron destruir inculcando ideas contrarias a la moral e ideología cristiana, ideas de una izquierda que lucha para lograr la deshumanización del hombre en nombre de quién sabe qué objetivo oscuro y maligno que desean imponer. Hermanos, agradezcamos al Señor por esta vida tan hermosa que nos ha brindado, por este pueblo argentino orgulloso de su país, por esta nueva Navidad que El quiso que pasemos aquí, lejos de los nuestros; por su gran misericordia y su eterno perdón...

Ya estaba oscuro totalmente. La noche había llegado. Las estrellas eran innumerables y la luna ahora brillaba fantásticamente en lo alto. Una brisa fría corrió por los cuerpos inmóviles de los concurrentes a misa. A trescientos metros de allí, el mar llegaba manso a las playas vírgenes de un lugar extraño. A lo lejos se divisaban tres o cuatro buques inmóviles, con sus luces encendidas, brillantes y pequeñas. La iluminación artificial apenas alcanzaba para ver no más allá del altar.

No olvidemos, hermanos, que el Señor es sabio y todopoderoso. Cada uno tiene justificada la existencia y cada uno de nosotros está aquí porque El lo quiso. Les pido que piensen en sus futuros hijos (Yo ya tengo dos —pensó uno de los colimbas), piensen cuando les cuenten sus experiencias vividas aquí, en el servicio militar. ¡Cuántas anécdotas para contar! Piensen en el entusiasmo con que sus hijos escucharán sus relatos. Piensen que quizás el día de mañana les tocará a ellos estar en el lugar en que ahora están ustedes (¡La boca se te haga a un lado y se te llene de mierda! —pensó otro). Hermanos, las Fuerzas Armadas de la Nación están orgullosas de ustedes, de todos los ciudadanos argentinos que con orgullo cumplen con su obligación. Gracias a ustedes hoy el país puede seguir luchando por sus derechos... Hermanos, ha llegado el momento de marchar. Espero que pasen una Navidad feliz a pesar de la distancia. Recuerden: el Señor está con nosotros en cada momento, sea bueno o malo... Hermanos, el Señor esté con vosotros (Y con tu espíritu). En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo (Amén). Hermanos, podéis ir en paz (Demos gracias al Señor).

El murmullo comenzó poco a poco a flotar en el aire hasta que se hizo una conversación en voz normal y confundida. Comentarios y opiniones comenzaron a pasar de boca en boca. Un leve desorden se notó en la formación. Los gritos se precipitaron: ¡Atención! La inmovilidad fue instantánea; salvo los oficiales y suboficiales, todos permanecieron quietos y en silencio. ¡A formar! La rapidez de los conscriptos no dejaba divisar perfectamente el movimiento de sus botas. ¡Fir - mes! Ya estaban todos en perfecta formación, respondiendo como títeres a la voz de mando. Irían a cenar (¿pollo al horno con papas?, ¿cerdo asado?, ¿ensalada rusa?, ¿vino blanco?). A las doce quizás algunos estarían durmiendo y otros despiertos con un fusil al hombro. ¡De frente... mar! El golpe de las botas contra el piso fue rotundo y uniforme, como máquinas marcaban el paso los conscriptos rumbo al comedor. ¡Izquier, dos, tres, cuatro, izquierda, derecha, izquierda! Todos callados, vista al frente, sacando pecho, moviendo rítmicamente el brazo derecho y la mano hacia la hebilla, e inmóvil el izquierdo tomado del cinto de combate. Uno de los conscriptos pensó en su familia, en sus amigos. Miró el cielo estrellado y vio la luna enorme e implacable. Miró a sus compañeros y volvió la vista al mar. ¿Demos gracias al Señor?, se preguntó.

lunes, 6 de agosto de 2012

SOBRE LA INMORTALIDAD





Somos todos inmortales. Ni Gilgamesh, sabio entre los sabios, pastor de Uruk, se lo hubiese imaginado. Si lo hubiese sabido no habría viajado hasta el fin del mundo en busca de Utnapishtim para conocer los secretos de la inmortalidad. Si dejamos a un lado la cuestión religiosa, podemos decir que el Hombre muere en cuerpo y alma, pero hay algo que queda, una esencia, algo nuestro que cuando partimos se va a esperar su turno a un punto indefinido de la galaxia, a un lugar etéreo, o a una estrella, quizás. A un camarín, digamos,  donde esperamos regresar a este mundo material para continuar con la larga historia de la humanidad.
Platón, Heráclito, Tácito y otros tantos intentaron convencer al Hombre con sus teorías. No es este planteo un intento de superación a semejantes sabios, pero tengo mi humilde opinión.
La Tierra es un teatro donde Alguien se divierte haciéndonos actuar. Somos miles de millones de personajes que existimos desde siempre, desde que uno de nosotros tuvo la suerte —¿o desgracia?— de ser el primero. Somos un elenco estable que salimos al mundo a vivir, a actuar, a cumplir una cierta misión, más o menos valiosa, pero una misión al fin. No hace falta que todos seamos genios u hombres ilustres. Si lo fuéramos, sería un caos. La cuestión es que a cada uno le llega su turno, su hora de salir a escena, su papel protagónico.
A ver si se entiende: un día nació —entró en escena—, por ejemplo, Platón. Cuerpo y alma unidos se pusieron a pensar y dejaron un mensaje a toda la humanidad. ¿Mensaje superado? Quién sabe si no fue el mismo Platón —renacido en quién sabe qué otro personaje— el que más tarde se encargó de perfeccionar sus propias ideas… Pero un día Platón murió. Murió para su época, para sus parientes y amigos, y se fue a esperar su turno para volver a uno de los tantos camarines que existen en el universo. Y seguramente volvió, con otro cuerpo, con otra alma, a cumplir un papel diferente. Quizás en este nuevo papel tuvo la oportunidad de leer sus propios pensamientos y se asombró… o no los comprendió y los desechó. Porque cuando volvemos no tenemos memoria de nuestra vida anterior, no sabemos quiénes fuimos… Y pensándolo bien, en buena hora que no lo sepamos.
Por eso sostengo que siempre fuimos unas cuantas miles de millones de almas que hemos sido creadas para formar parte del gran espectáculo mundial. Mientras al principio salieron a escena unos pocos para empezar la historia en determinados envases, nuestro Director de Escena fue advirtiendo que hacían falta más personajes para ir perfeccionando su historia, pero ¡pobre! No advirtió que sus creaturas eran muy peligrosas y difíciles de controlar. Porque los que terminaban su ciclo y se morían (salían de escena), no querían quedarse mucho tiempo en los camarines esperando un nuevo turno. Por eso al Director de Escena se le quemaron los papeles y el libreto debió sufrir grandes cambios. Cuando se vio desbordado por tantos actores, quiso solicitar ayuda, pero a su alrededor solo tenía a sus creaturas. Debió confiar en algunas de ellas para que lo ayudasen, para que sean sus asistentes. Pero pagó caro su propia mezquindad. Al no querer hacerlos perfectos, sus asistentes fueron fácilmente sobornados y dejaron ingresar al mundo a los que más les convenían. Por eso al principio la humanidad era escasa y ahora ya casi ni cabe en el planeta. Nuestro Director de Escena nunca quiso hacer actuar a tantos juntos, sabía que iba a ser difícil de controlar y ahora se defiende como puede.
Me pone la piel de gallina imaginarme en una de las tantas estrellas esperando mi turno. ¿Habré estado esperando junto con Homero, o Nerón, o Napoleón, o Aristóteles, o junto con algún labriego de la Edad Media? ¿Habré sido alguno de ellos en alguna vida anterior? ¿Habré sido famoso y adinerado o un hombre sencillo que solamente quiso ser feliz? ¿O un verdugo de hacha en mano haciendo rodar cabezas o un asaltante de diligencias en el lejano oeste? ¿Habré descubierto la pólvora o algún virus? ¿Habré liberado países, o descubierto continentes, o gobernado reinos en algún remoto lugar del mundo? ¿Habré luchado por la paz o colaborado en destruirla? ¿Habré sido un animal, un lobo o una oveja?
Poca importancia tiene saber qué fui, quién fui. Saberlo le quitaría misterio a la historia. De lo que puedo estar seguro es que en mi otra vida -u otras vidas- debí desempeñar un papel muy importante, protagónico, digamos. Debo haber sido un ser muy influyente en la historia de la humanidad. Debo haber trabajado muchísimo. Si no, ¿cómo interpretar la decisión del Director de Escena de darme descanso con este humilde papel de oficinista de repartición pública que hoy ostento?

jueves, 26 de julio de 2012

Ingeniero químico, jubilado y FILÓSOFO



HAROLD SCHLUMBERG. Ingeniero químico jubilado




“Muchos me preguntan qué hacen los ancianos después de jubilados… Bueno, yo tengo la suerte de ser graduado en ingeniería química y una de las cosas que más me gusta hacer es transformar cervezas, vinos y otras bebidas alcohólicas en orina, al cabo de un simple metabolismo renal”.

martes, 17 de julio de 2012

LA RENGA: BALADA DEL DIABLO Y LA MUERTE



Estaba el Diablo mal parado
en la esquina de mi barrio,
ahí donde dobla el viento
y se cruzan los atajos.


Al lado de él estaba la Muerte
con una botella en la mano,
me miraban de reojo
y se reían por lo bajo.


Y yo que esperaba no sé a quién,
al otro lado de la calle del otoño
una noche de bufanda
que me encontró desvelado.


Entre dientes, oí a la Muerte
que decía así:


Cuántas veces se habrá escapado,
como laucha por tirante
y esta noche que no cuesta nada,
ni siquiera fatigarme,
podemos llevarnos un cordero,
con solo cruzar la calle.


Yo me escondí tras la niebla
y miré al infinito,
a ver si llegaba Ese
que nunca iba a venir.


Estaba el Diablo mal parado,
en la esquina de mi barrio,
al lado de él estaba la Muerte,
con una botella en la mano.



Y temblando como una hoja,
me crucé para encararlos,
y les dije: Me parece que esta vez
me dejaron bien plantado.


Les pedí fuego y del bolsillo
saqué una rama pa' convidarlos,
y bajo un árbol del otoño
nos quedamos chamuyando.


Me contaron de sus vidas,
sus triunfos y sus fracasos,
de que el mundo andaba loco
y hasta el cielo fue comprado,
y más miedo que ellos dos,
me daba el propio ser humano.


Y yo ya no esperaba a nadie,
y entre las risas del aquelarre
el Diablo y la Muerte
se me fueron amigando,
ahí donde dobla el viento
y se cruzan los atajos,
ahí donde brinda la vida,
en la esquina de mi barrio.




Siempre escuché decir de la “Balada…” que es un tema que hace apología del consumo de drogas (“saqué una rama pa’ convidarlos”). Creo que quienes lo dicen —inclusive muchos jóvenes— nunca se detuvieron a analizar tranquilamente sus versos, sus metáforas, el significado connotativo que tiene esta canción. Cansa un poco escuchar que porque en una canción suenen palabras como "porro", "faso", "merca", "rama", "yuyo" o directamente cocaína o marihuana, se está invitando a toda la juventud a probar, a consumir. Pienso exactamente alrevés de los que así opinan. Intentaré explicar por qué.


El barrio es uno de los elementos más sensibles del rock nacional, sobre todo en aquellos grupos que se formaron y crecieron en él (los que al principio fueron llamados “under”, cuando no habían llegado todavía a ser medianamente conocidos).
El barrio es el lugar donde se desarrolla la historia de la “Balada...”, en una esquina cualquiera (“ahí donde dobla el viento / y se cruzan los atajos”), indeterminada, pero tan importante como cualquier otra. En calles por las cuales la voz poética espera su destino, desorientado, una noche fría, de insomnio. Esta primera persona podría representar sin mayores esfuerzos de imaginación a todos aquellos jóvenes –y otros no tanto- que atraviesan momentos de incertidumbre y deambulan por la calle –por la vida– buscando su propia identidad. Y no es casual que en esas circunstancias se “encuentre” con estos dos personajes por de más simbólicos.
Cada oyente de la canción –cada lector de su letra– podrá imaginarse una escena muy particular, parecida o diferente a la que imaginó quien la escribió, o a la de otro oyente –o lector–. Se podrá imaginar un escenario: una esquina cualquiera de barrio en una noche fría de otoño, con neblina, en horas de la madrugada –esto significa solitaria, silenciosa, oscura, sin movimiento– (“una noche de bufanda / que me encontró desvelado”). Se podrá imaginar también al personaje que narra la historia de mil maneras diferentes, una por cada oyente o lector, caminando solo, con sus manos en los bolsillos, cabizbajo, meditabundo, cuestionándose sobre su presente, sobre su futuro, sobre la incertidumbre de su propia vida.
¿Y por qué hablar de cuestionamientos interiores acerca de su propio ser? ¿Quién es ese “Alguien” a quien está esperando cuando de pronto se le aparecen el Diablo y la Muerte? (“Y yo que esperaba no sé a quién”), ¿quién es “Ese” al que espera ya casi sin esperanza? (“a ver si llegaba “Ese / que nunca iba a venir”), ¿quién no concurrió a su encuentro? (“me parece que esta vez / me dejaron bien plantado”), ¿por qué en ningún momento lo nombra?
El encuentro con el Diablo y la Muerte no es casual. Bien hubiese podido encontrarse con un amigo, con la policía, con un borracho o con una patota. Pero se encontró con estos personajes, contraposición segura de aquel a quien estaba esperando: quién otro sino alguien que lo salvara de su incertidumbre pasajera (o no). ¿Por qué aparecen justamente el Diablo y la Muerte, típicos conceptos religiosos, en una canción de rock? Porque la mística siempre ha formado —y forma— parte de la mente joven. El Diablo es el Mal y se presenta como la antítesis del Bien; y “al lado de él estaba la Muerte”, concepto que contraponemos a Vida, como si la muerte fuera peligrosa, como si no fuera algo natural.
Esa noche seguramente no era una noche optimista para el protagonista. A la espera de "Alguien”, se le aparecieron de repente dos personajes asociados a las tinieblas —recordemos que la acción transcurre de noche, hace frío y la soledad es total—. ¿Se los hubiese encontrado un día de sol, en momentos en que en la calle la gente abunda, o si hubiese estado acompañado de algún amigo y en estado de tranquilidad con su alma? Seguramente que no. Los estados de ánimo nos llevan a pensar de determinada manera, a imaginarnos en determinado lugar y a encontrarnos con determinados personajes.
La idiosincrasia de la primera persona hace que al principio se sienta incómoda, temerosa. Como se dijo, el Diablo y la Muerte se asocian a la idea del Mal, y escuchó a la Muerte hablar con el Diablo sobre él: estaba indefenso (“podemos llevarnos un cordero”). Sintió miedo, desesperación. Deseó que llegara “quien debía llegar” y se escondió. Pero tal presencia nefasta le hizo recobrar confianza, perder el miedo, y ante la imposibilidad de evitarlos, los enfrentó: compartió con ellos un cigarro (la famosa “rama”) y comenzaron a conversar.
El Diablo y la Muerte se brindaron a nuestro personaje con confianza y seguridad. Le plantearon su visión sobre la realidad del mundo, la del hombre, la de ellos mismos. Fue una estrategia inteligente. Poco a poco el miedo se fue perdiendo y se convirtió en confianza, en comprensión, en afinidad. Y en esa misma esquina de barrio, donde al principio el Diablo estaba “mal parado”, ahora nuestro personaje se une a ellos en la creencia de haber encontrado el sentido de la vida, lejos de los hombres, lejos de Aquel que nunca llegó, que nunca lo escuchó, que nunca se interesó por él.

Tranquilamente se puede atribuir a esta canción un significado simbólico: El hombre, en un estado de incertidumbre, de debilidad sentimental, busca nuevos caminos, busca una razón de vida, y lo hace donde puede hacerlo, en el lugar que tiene más a mano, a la hora que puede y como puede. Dependerá de diferentes factores el resultado que obtendrá.
Y aquí radica mi planteo por el cual rechazo que este muy buen tema de nuestro rock pueda llegar a tomarse como una incitación al consumo de drogas: ¿si hubiese encontrado a alguien de confianza, a un amigo, a un pariente, a alguien que lo salvara de la soledad, se hubiese encontrado con el Diablo y la Muerte?

domingo, 8 de julio de 2012

TRABAJO INDIGNO


"Lustrabotas", Carlos Alonso

Pocos años vividos para hacerse merecedor de semejante trato. Maneja el cepillo como un maestro y el betún brilla como sus ojos. No levanta la vista para no apreciar la indiferencia. Sentado en su banquito de madera, gana el peso y el desprecio:
—¡Dale, pibe, apurate que cierra el banco!

viernes, 22 de junio de 2012

Deja que entre el brillo del sol



Viajaron muchos kilómetros para verlo, para encontrarlo, para que se reencuentren.
Sheila, la rubia acomodada, se había enamorado de Claudio, el rubio campesino que se había alistado para ir a pelear a Vietnam. Los amigos, incondicionales, hicieron todo lo posible como para que se pudieran ver antes de la partida. ¿Pero cómo entrar al cuartel? ¿Cómo llegar a ese soldado que ya no podía volver sus pasos atrás?
Viajaron muchos kilómetros, cantando, felices, cabellos largos, muy largos, al viento. Y se la ingeniaron. Sheila simuló conquistar a un oficial del glorioso ejército yanqui  y le robó el uniforme, mientras Berger sacrificaba sus largos cabellos por la noble causa: ingresar al cuartel disfrazado de oficial y permitir así que Claudio abandone por un rato la milicia y pueda despedirse de Sheila.
Pero los militares —no solo los yanquis— son impredecibles. Berger, contento y orgulloso de ayudar a su amigo, ocupaba el puesto de Claudio cuando alistaron a la compañía para partir al infierno. No volvió a tiempo Claudio para ocupar su lugar y devolver a Berger a su mundo natural.
El avión partió.
El final es emocionante. Los amigos de Berger, incluido Claudio, lo despiden cantando “let the sunshine in” ante un cementerio de miles de lápidas blancas, con una placa con nombre que nunca debió figurar ahí.
Un verdadero canto a la amistad y a la paz.

jueves, 14 de junio de 2012

5 - GUARDIA IMAGINARIA



Ningún consuelo penetra
detrás de aquellas murallas,
el varón de más agallas,
aunque más duro que un perno,
metido en aquel infierno
sufre, gime, llora y calla.

Martín Fierro


Eran las dos de la mañana y se sentía mal. Quería dormir y no podía hacerlo. Parado, caminando por los pasillos, pensaba en cómo matar el tiempo. Le molestaba el casco blanco sobre su cabeza húmeda de transpiración. De su cintura colgaba un duro bastón de goma que debería usar en caso de indisciplina. Él sabía muy bien que jamás lo haría. ¿Qué hacer? Todos dormían. ¿Con quién hablar? ¿Cómo matar el aburrimiento a esa hora de la noche? Se dirigió hasta la cama del sanjuanino Chirino casi sin hacer ruido.
—Camilo... Camilo... —susurraba mientras sacudía suavemente el cuerpo dormido—. Che, Camilo, despertate.
—¿Eh? ¿Quién es?
—Yo, loco. Prestame la radio, porque si no me duermo.
Camilo lo miró seriamente tratando de despertarse.
—¡La puta madre! ¿No había otro a quien pedírsela?
—¡Dale, che! Si es por las pilas, te las pago...
—No, no es eso... ¡Estoy durmiendo! ¿No ves?
—Sí, veo...
—¿No me digás que estás de imaginaria? —preguntó Camilo largando una carcajada que se confundía con un bostezo.
—Sí, loco. Estoy cuidando que el enemigo no ataque la cuadra y nos afane las botas. Dicen estos milicos que los ingleses acostumbran a atacar por la noche y se ponen de acuerdo con la guerrilla armada para hacerlo sorpresivamente —dijo irónicamente—. Y parece que buscan a los sanjuaninos putos...
—Ay, entonces cuidame mucho, mucho, mucho... —afeminó la voz.
Un chistido se escuchó en el fondo de la cuadra. Camilo, entredormido y de mal humor, abrió la taquilla y tomando la radio portátil, se la dio a su compañero.
—Tomá y dejame de romper las bolas.
Cuando el imaginaria le quiso dar las gracias, Camilo ya estaba dormido. Encendió la radio y se sorprendió al escuchar un tema de Sui Géneris. Será algún jovato romántico, se dijo pensando en el conductor del programa. Caminaba incesantemente para no dormirse, solo tenía que esperar hasta las cuatro y lo relevarían. Fue al baño y se sacó el casco. El calor era sofocante. Diciembre se estaba yendo y se despedía calurosamente.
Abrió una canilla y puso su cabeza debajo del chorro de agua fría. Pensó que así se despabilaría un poco. Se peinó los pocos pelos que tenía y volvió a andar por los oscuros pasillos.
¿Qué harán mis amigos en Santa Fe?, pensaba. Deben estar de joda... Aunque allá a esta hora debe estar casi todo muerto, ni un alma en la calle... pero cómo me gustaría estar con ellos...
Sostenía la radio pegada a su oreja izquierda, mientras que con la mano derecha jugaba con el bastón de goma. Sus piernas estaban cansadas y el sueño no se iba. Estaba contento porque por la radio pasaban la música que a él le gustaba, esa música que le traía recuerdos de mates siesteros y reuniones nocturnas en la casa de alguna amiga. Recuerdos con los que viajaba a cientos de kilómetros con un abrir y cerrar de ojos, recuerdos que no eran suficientes como para alejar el sueño.
Se sentó en una de las tantas camas vacías que había en ese oscuro lugar y, apoyando su codo derecho sobre su pierna, recostó su cabeza en su mano extendida. No me tengo que dormir, pensó. Eran las tres y media de la mañana, media hora más y lo reemplazarían. La música se mezclaba en su mente con los recuerdos pasados, haciendo un solo sueño, sueño hermoso, loco, destructor...
Viajó sin darse cuenta por espacios infinitos. Corría por el aire y daba vueltas sintiendo nuevamente en él su castrada libertad. De pronto se encontró parado sobre una calle de adoquines y no vio a nadie, estaba completamente solo. Quería gritar pero pensó que era totalmente inútil, nadie lo escucharía, nadie acudiría a su llamado. La calle era larga, no podía divisar el final de la misma ya que el mismo horizonte la cortaba. Caminaba lentamente buscando un lugar adonde ir. A los costados de la calle solo se levantaban dos muros inmensos y no vio otra salida que seguir caminando. Luego de varios minutos de andar, el paisaje no variaba: dos muros enormes y la calle sin fin. Entró a inquietarse y caminó más rápido, cada vez más hasta llegar a correr como un loco, desesperadamente. Era para él como estar corriendo sobre una esfera gigantesca, a la que hacía rodar sin avanzar, como lo hacen los osos en el circo sobre una pelota o sobre un gran cilindro acostado. Sin saber en qué momento ni por qué, se vio tirado en el suelo, dolorido y ensangrentado, sus piernas débiles le temblaban, sus ojos mirando hacia arriba se extraviaban, su boca sonreía y sentía cómo todo su ser se iba. Vio una luz. Una luz cegadora frente a sus ojos, insoportablemente poderosa, que no lo dejaba ver qué pasaba. Al fin pudo divisar imágenes oscuras, indescifrables. Miró su cuerpo y no sangraba, estaba sentado sobre una cama, con la radio apretada en su oreja izquierda, su casco puesto y el bastón de goma tirado en el piso.
Ya no soñaba, ya no dormía. Una luz maligna lo había despertado. Tardó algunos segundos en reaccionar. Se paró y pensó en lo peor. Una sombra se alejaba por el pasillo con una linterna en la mano... y lo había descubierto dormido. Casi con rabia pensó que solo faltaban seis días para la Navidad y que ya tenía el permiso de sus superiores para viajar a su ciudad. Hizo fuerzas inhumanas para no dejar escapar una lágrima y maldijo la hora en que se había quedado dormido. Apagó la radio y la escondió debajo de un colchón. Luego se acomodó el uniforme y se quedó parado, inmóvil, esperando el regreso de la sombra.
Nuevamente vio la luz en el fondo del pasillo. Se aproximaba el momento que él no hubiese querido vivir nunca. Quiero irme a Santa Fe, se decía en silencio. Rogaba para que la sombra pasara de largo, para que lo ignorara, pero sabía que no sería así. Cuando la sombra estuvo cerca, la identificó. Era un hombre alto, canoso y delgado. En su brazo brillaba un brazalete rojo que lo identificaba como suboficial de guardia. Él seguía inmóvil, ahora en posición de firme y saludó a su superior militarmente.
—¡Buenas noches, suboficial! —dijo con voz fuerte y segura.
En suboficial se detuvo frente a él y lo miró, serio y aterrador. Estuvieron mirándose tres o cuatro segundos. Solo se escucharon ronquidos lejanos y el ruido de las ramas de un árbol que golpeaban una ventana. Eran las tres y cuarenta y cinco, quince minutos antes del relevo. El suboficial no contestó el saludo y con voz ronca murmuró:
—¡Treinta días!

viernes, 11 de mayo de 2012

CONTRASTES ONÍRICOS



Siete menos cuarto de la tarde. La movilización había sido convocada para las siete. Ensimismado en una de las tantas lecturas que tenía atrasadas, se me había hecho tarde. Los vagos llegaron en la Ranger y me apuraron a bocinazos. 1987 estaba difícil y el presupuesto no alcanzaba. Docentes, no docentes y alumnos universitarios queríamos hacernos oír. Movilizar era la consigna. Me vestí lo más rápido que pude y salí de casa corriendo, sin avisar a nadie. Hacía frío. El otoño se estaba yendo y los últimos días del mes de junio se estaban poniendo bravos. Al cerrar la puerta de casa observé que en la camioneta mis compañeros llevaban grandes carteles: «Mayor presupuesto ya», «No al pago de la deuda», «Por una Universidad científica, mayor presupuesto», y otros más que no alcancé a leer. A los gritos me apuraban. En la chata de la camioneta iba sentado uno de los profesores de la facultad y me alegró verlo ahí, junto con sus alumnos. La camioneta arrancó sin esperarme, lentamente: la broma de siempre. Debería correr unos cuantos metros detrás hasta alcanzarla y subirme en movimiento. Me sumé al juego y corrí. Sabía que terminarían aminorando la marcha para que pudiera, al fin, subirme. El andar de la camioneta se hizo cada vez más rápido y corrí desesperadamente tras ella. Mis amigos se fueron alejando poco a poco pero seguí corriendo a igual velocidad y, a pesar del frío, comencé a sudar. Sin mirar a los costados, mi vista estaba fija en la camioneta cada vez más lejana. Las casas, edificios y los árboles de la vereda iban quedando atrás muy velozmente, más rápido quizás de lo que yo corría. Comencé a sentir una extraña sensación en mis pies: las zapatillas comenzaron a gastarse y se destruían lentamente hasta que las perdí definitivamente. Había entrado en calor. Me saqué la campera de jean y la tiré al piso. Seguí corriendo intentando alcanzar la camioneta, que ya era un punto diminuto en el horizonte. El calor era sofocante. No sé cómo ocurrió pero de repente me vi sin pantalones ni camisa. Solo los calzoncillos me quedaban puestos. Seguí corriendo por el medio de la calle sin prestar atención a los autos ni a la gente que me cruzaba. Supe que era inútil seguir pensando en la camioneta, seguramente mis amigos ya estarían llegando al lugar de concentración, y seguí corriendo desesperado, semidesnudo. Pero la gente no me miraba. No reparaba en mí. Dos o tres cuadras antes de llegar, dejé de correr. Continué a paso lento, jadeando. Advertí que ahora ni siquiera tenía puestos los calzoncillos. Curiosamente, no sentí vergüenza y seguí caminando como si todo estuviese en orden, como si todo fuese normal. Ahora no tenía frío… no tenía calor. Solo quería encontrar la camioneta, a mis amigos.
La concentración era frente a las puertas del Rectorado de la Universidad, sobre bulevar Pellegrini. Me extrañó no escuchar canciones ni bombos ni discursos. La gente estaba en silencio. Y de pronto, sirenas. Dos ambulancias aparecieron velozmente y se internaron entre la multitud. Varios enfermeros descendieron y se dirigieron corriendo hacia la puerta del edificio. Mi absurda desnudez no era advertida por nadie entre la gente allí reunida. Fui abriéndome paso a empujones. Quería saber qué pasaba. Tropezaba, empujaba, me empujaban, me pisaban, pero yo seguía avanzando, seguía introduciéndome en esa masa compuesta de camperas, pulóveres, bufandas y guantes, carpetas y carteras. Era uno más, pero desnudo. Hasta que pude acercarme más y observar lo que estaba pasando: me quedé inmóvil. Nadie hablaba, todos dejaron actuar a los enfermeros. Tres criaturas, tres niños que no habrán tenido más de dos años, estaban tirados en el piso frío, desnudos, con sus ojazos abiertos pero sin lágrimas. Les costaba respirar y estaban muy flacos. Desnutridos, quizás. Se los notaba tristes. Los cubrieron con unas cobijas y se los llevaron. Estaban a punto de morirse de hambre y de frío, y nos miraban como queriendo decir algo. De pronto, un grupo de estudiantes rompió el silencio entonando una canción que nada tenía que ver con la lógica del momento, ni con los tres niños, ni con la movilización. Nuevamente se escucharon las sirenas, que ahora se alejaban, y lentamente los carteles que hasta el momento habían permanecidos escondidos, fueron elevándose: «Mayor presupuesto ya para la Universidad».
La gente siguió sin advertir mi desnudez. Su actitud cambió radicalmente cuando las ambulancias y el ulular de las sirenas desaparecieron. Ahora sí comenzaron a sonar los bombos y a escucharse las canciones de protesta y reclamo. La gente bailaba, saltaba y hasta reía. Convencidos estaban de que la unidad era la única forma de lograr el objetivo propuesto. Me sentí un loco suelto entre la multitud. Iba desesperadamente de un lado a otro buscando a mis amigos, dando y recibiendo empujones, patadas, puteadas. Ahora sí me sentí observado, pero no por mi falta de ropa sino por mi actitud, mi desesperación, mi accionar agresivo hacia toda esa gente.
Por fin los ubiqué. Allí estaban mis amigos, todos juntos, cantando y bailando. Se divertían. Ninguno reparó en mí. Me acerqué y les grité. Se rieron y me gastaron algunas bromas, pero ninguna fue por mi desnudez sino porque me habían hecho correr detrás de la camioneta. Cada vez más gente llegaba al lugar, nadie se iba. La movilización era un verdadero éxito. La esperanza de que el gobierno accediera a aumentar el presupuesto universitario estaba latente. Comencé a no soportar mi estado y sentí la necesidad de volver a mi casa para vestirme. La gente comenzó a mirarme de manera extraña, como si no comprendiera mi absurda presencia en el lugar. Me puse más nervioso todavía. Traté de olvidarme de la movilización y me retumbó en los oídos el sonido de las sirenas de las ambulancias.
Luego de caminar durante tres o cuatro cuadras me encontré con un grupo de chicos y chicas de mi edad que estaban en la vereda conversando alegremente. Escuchaban música muy fuerte. A medida que me iba acercando a ellos, comencé a advertir los colores chillones de sus ropas, el humo de los cigarrillos, el olor a alcohol. Se divertían sin cansancio a las siete y media de la tarde en la puerta de un local bailable ubicado en una calle oscura. En la vereda de enfrente, unos cuantos hombres con trajes negros miraban a los jóvenes. Fumaban y hacían comentarios silenciosamente. Había también mujeres, jóvenes y viejas, con sacones negros, tapados de piel, todas muy elegantes y serias. Ver esos dos grupos enfrentados, separados por una calle oscura que ocasionalmente era transitada por algún auto, era casi un delirio. De un lado los colores bailaban, saltaban; del otro, la seriedad no se inmutaba, la oscuridad observaba con los ojos tristes. Tres o cuatro coches negros llegaron al lugar. Tres o cuatro hombres descendieron de ellos. Trajes negros, bigotes y anteojos ahumados, a pesar de la oscuridad. De pronto, de la casa, también oscura, sacaron lenta y cuidadosamente un ataúd, varias coronas y ramos de flores. Y yo parado ahí, en el medio de los colores y la oscuridad, entre la alegría y la tristeza. Mi desnudez era cada vez más estúpida y sentí mucho frío. Continué el camino de regreso a casa.
Llegué varios minutos después. El frío ya no se hacía sentir. Apenas traspasé la puerta de ingreso, me vi con los pantalones puestos, la camisa bien abrochada, la campera en la mano y las zapatillas con los cordones bien atados. Apareció mi viejo y me preguntó de dónde venía. No le contesté. No supe qué decirle. No sabía verdaderamente dónde había estado. Entré en mi habitación y me senté en la cama. Agaché la cabeza y me tapé los oídos con fuerza. Estaba aturdido. Cerré los ojos y tuve ganas de llorar. En mi mente se mezclaban los niños desnudos y los carteles de protesta, los cantos y las sirenas, los colores y la oscuridad, la música y el silencio…

viernes, 20 de abril de 2012

NO LAS COMPARO



Quieren que la compare con mi vieja y nunca lo voy a hacer.
De María Juana Verdebere me contaron historias de crónica policial. Sé que mi vieja tiene recortes de diarios viejos que cuentan esos hechos. Un día se los pedí pero me contestó que no era necesario que yo leyera esas cosas. Ya soy grande y no entiendo por qué ese silencio. Aunque —debo reconocerlo— no me interesan demasiado.
Lo poco que sé es gracia a la boca de mis amigos y varios vecinos, siempre dispuestos a recordarme todos los detalles cada vez que tienen la oportunidad. Pero por más que insistan, jamás las voy a comparar. María Juana Verdebere jamás podría haber sentido amor por un hijo y yo sé que mi vieja me quiso, me quiere y me querrá por siempre.
Dicen que se escapó a los quince años de su casa y que en el robo a un quiosco mató al anciano que lo atendía. ¡Cómo voy a compararla con mi vieja, que trabaja decentemente en un estudio jurídico de lunes a viernes, mañana y tarde, y los fines de semana ayuda en la parroquia a darle de comer a los pibes pobres!
Que se escapó del hogar de menores —dicen— y que huyó hacia el sur, sola y sin un peso, abandonada a su suerte. Que sus familiares estuvieron muchos años sin saber de ella hasta que un día cualquiera regresó.
Todo eso cuentan de María Juana Verdebere y muchos quieren hacerme ver en ella a mi vieja.
Jamás lo haré.
Dicen que cuando regresó, lo hizo con un hijo. Que ese hijo la cambió. Que gracias a ese hijo, la vida de María Juana Verdebere dejó de depender del azar.
Por eso nunca podría compararla con mi vieja.
No conozco a otra madre que aquella que me vestía para ir a la escuela, que me hacía el desayuno, que me llevaba a la plaza, que me enseñó a andar en bicicleta… No conozco a otra madre que no haya vivido por su hijo, por mí.
Y si fui yo quien la hizo cambiar, me alegro por ella, por mi vieja, por la vieja María Juana Verdebere.

miércoles, 11 de abril de 2012

4 - DESTINO Y COMPRENSIÓN



Hijas, esposas, hermanas,

cuantas quieren a un varón

díganles que esa prisión

es un infierno temido

donde no se oye más ruido

que el latir del corazón.

Martín Fierro


El tren había llegado hacía quince minutos y ya estaban todos bien formados en el andén. Habían estado un mes en el Centro de Incorporación de conscriptos de Infantería de Marina, el llamado infierno verde, un sinfín de campo dedicado a la instrucción inicial de los conscriptos. Después de eso ya sabían lo que les esperaba durante los otros trece meses. El síntoma más grave era la soledad. Estaban lejos de su familia, de sus amigos y apenas se conocían entre ellos. Él se sentía mal entre saltos, corridas y gritos. Él, que antes de dar un paso siempre se tomaba su tiempo para meditar para qué lo iba a dar, ahora corría y hacía mil cosas a la vez, en pocos segundos. De nada servía pensar... Acá, ahora estoy acá, y me encuentro solo. Acá estoy aprendiendo a esperar, esperar pacientemente; y me gusta esperar porque sé que algún día voy a salir, le escribía en una carta a un amigo.

Habían llegado a la Base Naval Puerto Belgrano pero ese no era su destino. Lo habían destinado a la Base de Infantería de Marina Baterías, unos cuantos kilómetros más adelante. Cuando llegaron, el lugar no le disgustó. Era una pequeña ciudad bien arreglada y con muchos árboles. Pero no se veía otra gente que la que ya estaba cansado de ver: conscriptos y militares. Pronto se dio cuenta de que esa pequeña ciudad bien arregladita a la que había llegado no era otra cosa que un infierno más al que había descendido vestido de verde camuflado.

Al llegar a la Base se encontraron con otro grupo de conscriptos, pero estos ya estaban vestidos con ropa de gente normal. Ellos llegaban serios, cansados y con miedo a un lugar en el que ni sabían quién mandaba. Los otros se iban, habían cumplido ya con sus catorce meses y la alegría les brotada de sus gestos. Se escucharon risas, burlas y un coro que no entendían: cola-cola-cola. Los recién llegados sintieron bronca y envidia a la vez. Bronca por esas burlas absurdas que les hacían los que se iban, que seguramente también habían sido burlados cuando recién llegaron a ese lugar, y no se daban cuenta de que mientras ellos pasaron catorce meses ahí adentro, sufriendo, llorando, quizás muchos eran sobrevivientes de Malvinas, los que recién llegaban habían estado tranquilamente en sus casas. Pero esa actitud es muy comprensible cuando una persona vuelve a sentirse libre luego de pasar un tiempo oprimida sin poder defenderse. Se necesita descargar tensiones después de un tiempo en que solamente los nervios se acumulan al cuerpo. Actitud comprensible... Cualquier actitud o cosa es comprensible ahí adentro, donde nada se comprende.

lunes, 12 de marzo de 2012

miércoles, 7 de marzo de 2012

SANTAFESINOS


Noche de desafíos. Marcelito preguntaba. La Lili contestaba. Sergio escuchaba atentamente y la Pupi, sentada en el piso, balbuceaba sonidos e intentaba hablar.
—¿Quién creó la bandera? —desafió Marcelito.
—¡Belgrano! —gritó con orgullo la Lili ante la mirada atónita de Sergio y los aplausitos de la Pupi.
La noche santafesina, entre mosquitos, humedad y calor, se hacía desapacible.
Marcelito volvió al ataque:
—¿Quién descubrió América?
La Lili dudó. Luego de unos segundos, arriesgó:
—¿Colón?
Los ojitos de Sergio mostraron el horror. Sus cuatro añitos no soportaron tanta injusticia.
—¡No! ¡No! ¡Fue Unión! —corrigió.

lunes, 20 de febrero de 2012

3 - NO HAY NADA QUE PUEDAS HACER... QUERÉS RESISTIR...



Jamás mi lengua podrá

espresar cuanto he sufrido;

en este encierro metido,

llaves, paredes, cerrojos

se graban tanto en los ojos

que uno los ve hasta dormido.

Martín Fierro


A las cinco de la mañana sonó el despertador y lo hizo durante varios segundos hasta que un fuerte golpe lo hizo callar. El brazo quedó extendido sobre la mesa de luz y el cuerpo totalmente desparramado sobre la cama. En su mente se mezclaban el sueño y la realidad; un sueño indescifrable y una realidad temida. Poco a poco se fue despertando. Ya no recordaba si el sueño era hermoso u horrible. Se despabiló en un segundo luego de mirar el reloj despertador. La habitación estaba totalmente oscura y sentía frío. Todavía faltaba tiempo para que amaneciera. Entre penumbras manoteó la ropa que había dejado preparada la noche anterior: un pantalón de jean muy gastado, con parches en las piernas y sin ruedo; una camisa de grafa verde oliva; una campera de jean también bastante gastada y un par de alpargatas blancas con cordones. Se sentó en la cama y sin encender el velador comenzó a cambiarse. Era la peor ropa que poseía, la más vieja, la más desteñida, pero le gustaba usarla. Se sentía cómodo vistiendo su ropa harapienta... pero limpia. Tenía un sueño impresionante, apenas podía abrir los ojos todavía llenos de lagañas. Sus cabellos parecían regresar de una reciente batalla. Cuando se terminó de anudar la alpargata izquierda, se levantó y salió de la habitación. Toda su casa estaba en penumbras. Júpiter movía la cola desde el sillón del living que utilizaba como cucha, sin levantarse y apenas abriendo los ojos. Calentó el café y bebió en silencio, no tenía con quién hablar. Al rato su padre se levantó y se dirigió a la cocina. Saludó a su hijo y se sirvió un vaso de agua.

—¿Estás listo?

—Tengo que ir al baño...

Terminó su café y leyó el diario del día anterior. Miró el reloj de pared de la cocina y le tembló el cuerpo. Sintió cómo los nervios lo invadían y su estómago crujió. No era hambre, eran nervios, eran ganas de descargar tensiones. Ya en el baño se lavó la cara, mojó sus cabellos y se peinó. A los dientes se los lavaría después, antes de salir. Se sentó en el inodoro y pensó en el futuro. Seguía estando nervioso pero ahora podía sentirse un poco más flojo. No quería que llegara la sexta hora del día, pero sabía que cada vez estaba más cerca. Encendió un cigarrillo y cerró los ojos. Se limitó a no pensar y a saborear el tabaco, con las manos sosteniendo su cabeza y los codos apoyados en sus piernas desnudas. Luego de terminar el cigarrillo y todos los actos correspondientes a la tarea llevada a cabo en el inodoro, salió del baño. Terminó de prepararse: buscó dos pañuelos, el documento, los cigarrillos y el dinero que le había dado su padre el día anterior. Miró las cuatro paredes de su pieza llenas de cuadros, su equipito de música, sus casetes, algunos libros apilados en una biblioteca y su cama. Su hermano mayor dormía como un tronco. Estuvo unos instantes inmóvil, con la vista fija en su cuarto; luego apagó la luz y se retiró.

—¡Papá! —gritó hacia alguna habitación de la casa, sin saber a cuál.

Su padre contestó desde el baño. Estaba inquieto y permanecía de pie en el living. Júpiter lo miraba entredormido desde el sillón. Eran las seis menos veinte; la hora clave se acercaba. Entró en la habitación de sus hermanas y las dos dormían. De pronto escuchó la voz de su madre que lo llamaba desde su pieza. No contestó al llamado pero se dirigió hacia ella en silencio.

—¿Ya estás listo?

—Sí, ya estoy... Estoy esperando a papá.

—Escribinos apenas llegués.

—Sí, mamá, ya lo sé —contestó con un poco de nerviosismo—. Es la vigésima vez que me lo decís en estos últimos tres días...

—¿Llevás todo?

—Sí, mamá, sí.

—¿Te dio plata papá?

—Sí, mamá. Papá me dio plata, tengo todo listo, llevo pañuelos, voy a escribir, etcétera, etcétera... —contestó irónicamente a su madre como pidiéndole que ya no hiciera más preguntas.

—Bueno, bueno. No te pongás nervioso.

Su padre salió del baño y ya estaba listo para llevar a su hijo. Le dio un beso a su madre y ella lo abrazó. Su padre salió a poner en marcha el auto.

—Chau, mamá.

—Chau, cuidate... ¡y escribí apenas llegués!

—Sí, mamá —contestó ya riendo—. ¡Cortala! Dale saludos a los chicos.

Salió y cerró la pesada puerta de hierro un poco fuerte. Hizo un ruido familiar y sintió que por un tiempo lo extrañaría. En la calle flotaba la neblina y estaba fresco. Se abrochó la campera y se subió al Polara. El auto arrancó despacio y tironeando. El trayecto no era largo y ni su padre ni él pronunciaron una sola palabra. Al llegar a la intersección de avenida Freyre y Salta, su padre detuvo el auto. Eran casi las seis. Se veían varios grupos de jóvenes esperando también allí la hora.

—¿Querés más plata?

—No. ¿Para qué? —contestó con voz resignada.

—Por las dudas...

—No, dejá. Mirá si me la afanan... Con lo que tengo está bien.

No quería más dinero, pensaba que no le iba a hacer falta. No tendría en qué gastarlo y no quería pedirle inútilmente a su padre. ¿Para qué?, se cuestionaba. No sabía el paraqué ni el porqué de todo eso que tenía que hacer, que vivir, que perder... Muchas veces había querido convencerse de que era necesario, de que sería interesante, de que valdría la pena tener la experiencia propia. Pero nunca había logrado convencerse, por más argumentos válidos que encontrara. Ahora, allí, minutos antes de la hora convenida, estaba convencido de que todo sería en vano.

—Bueno, chau —saludó a su padre dándole un beso en la mejilla.

—Chau... Pasala bien —contestó su padre aconsejándole y viéndolo irse, lentamente, con paso cansino, hasta mezclarse con los demás jóvenes que esperaban en el lugar.

Fue acercándose a la puerta de entrada, no veía a nadie conocido y cada vez se ponía más nervioso. El cielo empezaba a clarear. Ya eran las seis. Miraba las caras de sus actuales compañeros desconocidos y no podía entender por qué algunos reían y otros, serios, no expresaban nada en sus rostros. ¿Quién estaba en la situación justa? ¿Los que reían o los otros (entre los cuales se incluía)? Sacó un cigarrillo y lo encendió. Se quedó parado sin saber adónde ir ni qué hacer. Se sentó en el cordón de la calle y continuó fumando, esperando que las grandes puertas verdes se abrieran. Ahora estaba impaciente y tenía ganas de entrar de una vez por todas, le fastidiaba la idea de esperar, quería que todo pasara rápidamente. En el justo instante en que acababa su cigarrillo, lo golpearon en la espalda. No quiso pensar nada y se dio vuelta lentamente. ¿Quién sería el boludo? Pero una sonrisa brotó en su rostro al ver que eran algunos de sus amigos que corrían la misma suerte que él. Sus compañeros de la secundaria, sus amigos del barrio. Se sintió un poco mejor y sus nervios se fueron yendo de a poco. Al rato de estar con ellos comprendió el porqué de las sonrisas de aquellos que minutos antes había observado, sin entenderlos. Ahora tenía con quien compartir su tristeza, su amargura de estar allí esperando algo que él no había deseado. A las seis y diez se abrieron las puertas y el silencio invadió la calle. Todos los que afuera esperaban dirigieron la vista hacia la entrada y muy pocos abrieron sus bocas para hacer algún comentario. A los pocos minutos se vieron todos formados en filas de cinco de frente. Se miraron sin entender nada. Luego se vieron sentados en un galpón, todos juntos, cerca de mil jóvenes de todas las clases y colores. Todo ocurría inesperadamente, no alcanzaban a comprender del todo esos instantes nunca vividos. Al advertir que ya no poseían nombre sino que pasaban a ser un mísero número, él se preocupó. Ahora soy el 213, se decía, y, sinceramente, estaba totalmente decepcionado. Pasaron todo el día en ese sitio extraño. Estaba cansado y su trasero duro de estar permanentemente sentado en el piso. Comprendió que el dinero le haría falta. Le dieron de comer una miseria y luego vendían sandwiches y gaseosas, más caros que en la mejor confitería de Santa Fe. Todo le parecía extraño; preguntas idiotas, inútiles, gritos injustificados, indicaciones y advertencias. A las cinco de la tarde los hicieron formar nuevamente. Se dirigieron a la vieja estación de trenes General Mitre caminando por las calles de la ciudad. Se sintió estúpido al verse mirado por la gente que desde las puertas de sus casas los señalaba y hacía quién sabe qué comentario barato de barrio. Fueron varias cuadras que caminaron en silencio, sin poder hablar. Iba pensando a qué lugar irían a parar, en dónde tendrían que vivir la vida estúpida que le impondrían. Algunos de sus amigos iban a su lado pero no hablaban. Mejor dicho, no podían hablar; había quien no los dejaba.

Subieron corriendo a los vagones del tren. A los apurones fueron ocupando las butacas viejas y rotas. No sabían adónde se dirigían; estaban en silencio, nerviosos; algunos contentos, otros preocupados. Él se apuró para ocupar la butaca del lado de la ventanilla. La abrió y vio cómo todavía cientos de compañeros estaban subiendo al tren. En poco tiempo el andén quedó vacío. Solamente una perra con dos cachorros rompían la inmovilidad del lugar. Murmullos lejanos empezaron a escucharse. En el vagón poco a poco habían empezado a dar opiniones y a hacer comentarios infundados. Encendió un cigarrillo con nerviosismo. Un compañero le pidió uno. Otro compañero también... y otro. Y fueron más de diez los que fumaron sus cigarrillos. Se resignó y convidó todos los que le quedaban. Parecía que nadie tenía un solo cigarrillo. O que a todos se le había dado por fumar aunque nunca en su vida lo hubiesen hecho. Lo cierto es que no tenía más para el viaje. El murmullo que segundos antes había escuchado afuera se convirtió en griterío, corridas, idas y venidas. Nuevamente el andén estaba colmado, pero ahora de hombres y mujeres, niñas y niños. La perra se alejó del tumulto corriendo con sus dos cachorros por las vías vacías. La gente se aproximó al tren, a las ventanillas. Muchos de sus compañeros reconocieron a sus familiares. Él no encontraba a nadie conocido. Buscó desesperadamente entre la multitud hasta que vio a sus padres. Por suerte le habían llevado cigarrillos. También chocolates y otras golosinas. Su madre lagrimeaba y él la consolaba explicándole que no se iba a la guerra, y por unos segundos dudó de sus palabras. En octubre de 1982 la guerra de Malvinas todavía estaba muy presente en la castigada mente de los argentinos. Su padre estaba serio, cosa inusual en él. Quizás estaba recordando que él también un día, cuatro décadas atrás, se había marchado de su casa sin querer, al igual que hoy lo hacía su hijo. El tren pronto partiría hacia lo desconocido. La gente se seguía despidiendo, seguía riendo, seguía llorando, seguía gritando, y algunos todavía seguían buscando a sus seres queridos sin éxito. El guarda hizo escuchar el silbato. Se escucharon también algunos gritos y el tren comenzó su marcha lentamente, a paso de hombre. Las manos se estrecharon, las caras se juntaron en un beso. Un hombre vestido de negro agitaba un papel con su mano al final del andén. Él lo vio justo cuando se despedía de sus padres. El tren seguía avanzando lentamente y poco a poco la gente iba quedando estática en el andén, saludando con sus manos en alto. Siguió observando al misterioso hombre vestido de negro y le pareció que estaba ofreciendo ese papel al que quisiera agarrarlo. Nadie lo hacía, todos lo miraban y saludaban, pero el hombre estaba serio, no contestaba a los saludos y seguía ofreciendo el papel. Cuando el vagón en el que él viajaba se fue acercando a aquel hombre, decidió tomar el papel; se asomó por la ventanilla y, cuando lo tuvo al alcance de sus manos, lo tomó. Miró al hombre misterioso y vio que sonreía. El tren seguía su paso lento. Se sentó y leyó:

Ellos te alimentan con las sobras y con mentiras... Ellos te meten en una caja en la que nadie te puede oír, pero deja que tu espíritu se mantenga entero... Ellos te llevan hasta tus límites, te llevan más allá de ellos... Te dicen cómo comportarte... No hay nada que puedas hacer... Querés resistir. Ellos tratan de volverte loco, sacarte fuera de tu cabeza... Ellos no ven el camino hacia la libertad que construís con carne y hueso... Encarás la noche, solo, mientras los constructores de la caja duermen con barras y piedras...

Peter Gabriel

Se asomó luego por la ventanilla, miró hacia atrás, hacia el andén, y ya no divisó al misterioso hombre ni a sus padres. El andén era un punto en el horizonte que ahora formaba parte de su pasado.