La escritura es una actividad solitaria. Quien escribe no hace otra cosa que gritar en silencio. A veces logra que alguien lo escuche, pero no siempre que lo entienda (fideo)
sábado, 29 de septiembre de 2012
Amantes y borrachos...
sábado, 8 de septiembre de 2012
LEÓN GIEGO: UN DÍA BALTASAR
Dice Baltasar que tiene que cuidar
cien gallinas, diez caballos,
treinta vacas y sembrar...
Dice Baltasar: "¿Por qué trabajo tanto,
si al final me estoy muriendo
de tanto trabajar?".
Pero un día Baltasar escribió sobre un galpón
unas frases muy cortitas
que decían lo siguiente:
"Las tierras deben ser del que las siembra,
porque yo estoy dando todo
y hay quien se lo lleva.
Esto es para usted, señor patrón,
y cómo va a conocer su campo
si está sentado en un sillón con su esposa
mirando televisión".
Pero un día Baltasar se fue sin avisar
y cuando estaba ya muy lejos
se dio vuelta, por mirar,
porque escuchaba un ruido extraño
y no sabía que podía ser,
y eran todos los caballos, todas las gallinas,
mariposas blancas, los gorriones y las vacas
que seguían por detrás a Baltazar...
León Gieco
sábado, 25 de agosto de 2012
6 - ¡FELIZ NAVIDAD!
lunes, 6 de agosto de 2012
SOBRE LA INMORTALIDAD
jueves, 26 de julio de 2012
Ingeniero químico, jubilado y FILÓSOFO
martes, 17 de julio de 2012
LA RENGA: BALADA DEL DIABLO Y LA MUERTE
Estaba el Diablo mal parado
en la esquina de mi barrio,
ahí donde dobla el viento
y se cruzan los atajos.
Al lado de él estaba la Muerte
con una botella en la mano,
me miraban de reojo
y se reían por lo bajo.
Y yo que esperaba no sé a quién,
al otro lado de la calle del otoño
una noche de bufanda
que me encontró desvelado.
Entre dientes, oí a la Muerte
que decía así:
Cuántas veces se habrá escapado,
como laucha por tirante
y esta noche que no cuesta nada,
ni siquiera fatigarme,
podemos llevarnos un cordero,
con solo cruzar la calle.
Yo me escondí tras la niebla
y miré al infinito,
a ver si llegaba Ese
que nunca iba a venir.
Estaba el Diablo mal parado,
en la esquina de mi barrio,
al lado de él estaba la Muerte,
con una botella en la mano.
Y temblando como una hoja,
me crucé para encararlos,
y les dije: Me parece que esta vez
me dejaron bien plantado.
Les pedí fuego y del bolsillo
saqué una rama pa' convidarlos,
y bajo un árbol del otoño
nos quedamos chamuyando.
Me contaron de sus vidas,
sus triunfos y sus fracasos,
de que el mundo andaba loco
y hasta el cielo fue comprado,
y más miedo que ellos dos,
me daba el propio ser humano.
Y yo ya no esperaba a nadie,
y entre las risas del aquelarre
el Diablo y la Muerte
se me fueron amigando,
ahí donde dobla el viento
y se cruzan los atajos,
ahí donde brinda la vida,
en la esquina de mi barrio.
Siempre escuché decir de la “Balada…” que es un tema que hace apología del consumo de drogas (“saqué una rama pa’ convidarlos”). Creo que quienes lo dicen —inclusive muchos jóvenes— nunca se detuvieron a analizar tranquilamente sus versos, sus metáforas, el significado connotativo que tiene esta canción. Cansa un poco escuchar que porque en una canción suenen palabras como "porro", "faso", "merca", "rama", "yuyo" o directamente cocaína o marihuana, se está invitando a toda la juventud a probar, a consumir. Pienso exactamente alrevés de los que así opinan. Intentaré explicar por qué.
El barrio es uno de los elementos más sensibles del rock nacional, sobre todo en aquellos grupos que se formaron y crecieron en él (los que al principio fueron llamados “under”, cuando no habían llegado todavía a ser medianamente conocidos).
El barrio es el lugar donde se desarrolla la historia de la “Balada...”, en una esquina cualquiera (“ahí donde dobla el viento / y se cruzan los atajos”), indeterminada, pero tan importante como cualquier otra. En calles por las cuales la voz poética espera su destino, desorientado, una noche fría, de insomnio. Esta primera persona podría representar sin mayores esfuerzos de imaginación a todos aquellos jóvenes –y otros no tanto- que atraviesan momentos de incertidumbre y deambulan por la calle –por la vida– buscando su propia identidad. Y no es casual que en esas circunstancias se “encuentre” con estos dos personajes por de más simbólicos.
Cada oyente de la canción –cada lector de su letra– podrá imaginarse una escena muy particular, parecida o diferente a la que imaginó quien la escribió, o a la de otro oyente –o lector–. Se podrá imaginar un escenario: una esquina cualquiera de barrio en una noche fría de otoño, con neblina, en horas de la madrugada –esto significa solitaria, silenciosa, oscura, sin movimiento– (“una noche de bufanda / que me encontró desvelado”). Se podrá imaginar también al personaje que narra la historia de mil maneras diferentes, una por cada oyente o lector, caminando solo, con sus manos en los bolsillos, cabizbajo, meditabundo, cuestionándose sobre su presente, sobre su futuro, sobre la incertidumbre de su propia vida.
¿Y por qué hablar de cuestionamientos interiores acerca de su propio ser? ¿Quién es ese “Alguien” a quien está esperando cuando de pronto se le aparecen el Diablo y la Muerte? (“Y yo que esperaba no sé a quién”), ¿quién es “Ese” al que espera ya casi sin esperanza? (“a ver si llegaba “Ese / que nunca iba a venir”), ¿quién no concurrió a su encuentro? (“me parece que esta vez / me dejaron bien plantado”), ¿por qué en ningún momento lo nombra?
El encuentro con el Diablo y la Muerte no es casual. Bien hubiese podido encontrarse con un amigo, con la policía, con un borracho o con una patota. Pero se encontró con estos personajes, contraposición segura de aquel a quien estaba esperando: quién otro sino alguien que lo salvara de su incertidumbre pasajera (o no). ¿Por qué aparecen justamente el Diablo y la Muerte, típicos conceptos religiosos, en una canción de rock? Porque la mística siempre ha formado —y forma— parte de la mente joven. El Diablo es el Mal y se presenta como la antítesis del Bien; y “al lado de él estaba la Muerte”, concepto que contraponemos a Vida, como si la muerte fuera peligrosa, como si no fuera algo natural.
Esa noche seguramente no era una noche optimista para el protagonista. A la espera de "Alguien”, se le aparecieron de repente dos personajes asociados a las tinieblas —recordemos que la acción transcurre de noche, hace frío y la soledad es total—. ¿Se los hubiese encontrado un día de sol, en momentos en que en la calle la gente abunda, o si hubiese estado acompañado de algún amigo y en estado de tranquilidad con su alma? Seguramente que no. Los estados de ánimo nos llevan a pensar de determinada manera, a imaginarnos en determinado lugar y a encontrarnos con determinados personajes.
La idiosincrasia de la primera persona hace que al principio se sienta incómoda, temerosa. Como se dijo, el Diablo y la Muerte se asocian a la idea del Mal, y escuchó a la Muerte hablar con el Diablo sobre él: estaba indefenso (“podemos llevarnos un cordero”). Sintió miedo, desesperación. Deseó que llegara “quien debía llegar” y se escondió. Pero tal presencia nefasta le hizo recobrar confianza, perder el miedo, y ante la imposibilidad de evitarlos, los enfrentó: compartió con ellos un cigarro (la famosa “rama”) y comenzaron a conversar.
El Diablo y la Muerte se brindaron a nuestro personaje con confianza y seguridad. Le plantearon su visión sobre la realidad del mundo, la del hombre, la de ellos mismos. Fue una estrategia inteligente. Poco a poco el miedo se fue perdiendo y se convirtió en confianza, en comprensión, en afinidad. Y en esa misma esquina de barrio, donde al principio el Diablo estaba “mal parado”, ahora nuestro personaje se une a ellos en la creencia de haber encontrado el sentido de la vida, lejos de los hombres, lejos de Aquel que nunca llegó, que nunca lo escuchó, que nunca se interesó por él.
Tranquilamente se puede atribuir a esta canción un significado simbólico: El hombre, en un estado de incertidumbre, de debilidad sentimental, busca nuevos caminos, busca una razón de vida, y lo hace donde puede hacerlo, en el lugar que tiene más a mano, a la hora que puede y como puede. Dependerá de diferentes factores el resultado que obtendrá.
Y aquí radica mi planteo por el cual rechazo que este muy buen tema de nuestro rock pueda llegar a tomarse como una incitación al consumo de drogas: ¿si hubiese encontrado a alguien de confianza, a un amigo, a un pariente, a alguien que lo salvara de la soledad, se hubiese encontrado con el Diablo y la Muerte?
domingo, 8 de julio de 2012
TRABAJO INDIGNO
viernes, 22 de junio de 2012
Deja que entre el brillo del sol
jueves, 14 de junio de 2012
5 - GUARDIA IMAGINARIA

martes, 5 de junio de 2012
viernes, 11 de mayo de 2012
CONTRASTES ONÍRICOS
viernes, 20 de abril de 2012
NO LAS COMPARO

miércoles, 11 de abril de 2012
4 - DESTINO Y COMPRENSIÓN

Hijas, esposas, hermanas,
cuantas quieren a un varón
díganles que esa prisión
es un infierno temido
donde no se oye más ruido
que el latir del corazón.
Martín Fierro
Habían llegado a la Base Naval Puerto Belgrano pero ese no era su destino. Lo habían destinado a la Base de Infantería de Marina Baterías, unos cuantos kilómetros más adelante. Cuando llegaron, el lugar no le disgustó. Era una pequeña ciudad bien arreglada y con muchos árboles. Pero no se veía otra gente que la que ya estaba cansado de ver: conscriptos y militares. Pronto se dio cuenta de que esa pequeña ciudad bien arregladita a la que había llegado no era otra cosa que un infierno más al que había descendido vestido de verde camuflado.
Al llegar a la Base se encontraron con otro grupo de conscriptos, pero estos ya estaban vestidos con ropa de gente normal. Ellos llegaban serios, cansados y con miedo a un lugar en el que ni sabían quién mandaba. Los otros se iban, habían cumplido ya con sus catorce meses y la alegría les brotada de sus gestos. Se escucharon risas, burlas y un coro que no entendían: cola-cola-cola. Los recién llegados sintieron bronca y envidia a la vez. Bronca por esas burlas absurdas que les hacían los que se iban, que seguramente también habían sido burlados cuando recién llegaron a ese lugar, y no se daban cuenta de que mientras ellos pasaron catorce meses ahí adentro, sufriendo, llorando, quizás muchos eran sobrevivientes de Malvinas, los que recién llegaban habían estado tranquilamente en sus casas. Pero esa actitud es muy comprensible cuando una persona vuelve a sentirse libre luego de pasar un tiempo oprimida sin poder defenderse. Se necesita descargar tensiones después de un tiempo en que solamente los nervios se acumulan al cuerpo. Actitud comprensible... Cualquier actitud o cosa es comprensible ahí adentro, donde nada se comprende.
lunes, 12 de marzo de 2012
PASTORAL: Aquí Luis
miércoles, 7 de marzo de 2012
SANTAFESINOS

lunes, 20 de febrero de 2012
3 - NO HAY NADA QUE PUEDAS HACER... QUERÉS RESISTIR...

Jamás mi lengua podrá
espresar cuanto he sufrido;
en este encierro metido,
llaves, paredes, cerrojos
se graban tanto en los ojos
que uno los ve hasta dormido.
Martín Fierro
A las cinco de la mañana sonó el despertador y lo hizo durante varios segundos hasta que un fuerte golpe lo hizo callar. El brazo quedó extendido sobre la mesa de luz y el cuerpo totalmente desparramado sobre la cama. En su mente se mezclaban el sueño y la realidad; un sueño indescifrable y una realidad temida. Poco a poco se fue despertando. Ya no recordaba si el sueño era hermoso u horrible. Se despabiló en un segundo luego de mirar el reloj despertador. La habitación estaba totalmente oscura y sentía frío. Todavía faltaba tiempo para que amaneciera. Entre penumbras manoteó la ropa que había dejado preparada la noche anterior: un pantalón de jean muy gastado, con parches en las piernas y sin ruedo; una camisa de grafa verde oliva; una campera de jean también bastante gastada y un par de alpargatas blancas con cordones. Se sentó en la cama y sin encender el velador comenzó a cambiarse. Era la peor ropa que poseía, la más vieja, la más desteñida, pero le gustaba usarla. Se sentía cómodo vistiendo su ropa harapienta... pero limpia. Tenía un sueño impresionante, apenas podía abrir los ojos todavía llenos de lagañas. Sus cabellos parecían regresar de una reciente batalla. Cuando se terminó de anudar la alpargata izquierda, se levantó y salió de la habitación. Toda su casa estaba en penumbras. Júpiter movía la cola desde el sillón del living que utilizaba como cucha, sin levantarse y apenas abriendo los ojos. Calentó el café y bebió en silencio, no tenía con quién hablar. Al rato su padre se levantó y se dirigió a la cocina. Saludó a su hijo y se sirvió un vaso de agua.
—¿Estás listo?
—Tengo que ir al baño...
Terminó su café y leyó el diario del día anterior. Miró el reloj de pared de la cocina y le tembló el cuerpo. Sintió cómo los nervios lo invadían y su estómago crujió. No era hambre, eran nervios, eran ganas de descargar tensiones. Ya en el baño se lavó la cara, mojó sus cabellos y se peinó. A los dientes se los lavaría después, antes de salir. Se sentó en el inodoro y pensó en el futuro. Seguía estando nervioso pero ahora podía sentirse un poco más flojo. No quería que llegara la sexta hora del día, pero sabía que cada vez estaba más cerca. Encendió un cigarrillo y cerró los ojos. Se limitó a no pensar y a saborear el tabaco, con las manos sosteniendo su cabeza y los codos apoyados en sus piernas desnudas. Luego de terminar el cigarrillo y todos los actos correspondientes a la tarea llevada a cabo en el inodoro, salió del baño. Terminó de prepararse: buscó dos pañuelos, el documento, los cigarrillos y el dinero que le había dado su padre el día anterior. Miró las cuatro paredes de su pieza llenas de cuadros, su equipito de música, sus casetes, algunos libros apilados en una biblioteca y su cama. Su hermano mayor dormía como un tronco. Estuvo unos instantes inmóvil, con la vista fija en su cuarto; luego apagó la luz y se retiró.
—¡Papá! —gritó hacia alguna habitación de la casa, sin saber a cuál.
Su padre contestó desde el baño. Estaba inquieto y permanecía de pie en el living. Júpiter lo miraba entredormido desde el sillón. Eran las seis menos veinte; la hora clave se acercaba. Entró en la habitación de sus hermanas y las dos dormían. De pronto escuchó la voz de su madre que lo llamaba desde su pieza. No contestó al llamado pero se dirigió hacia ella en silencio.
—¿Ya estás listo?
—Sí, ya estoy... Estoy esperando a papá.
—Escribinos apenas llegués.
—Sí, mamá, ya lo sé —contestó con un poco de nerviosismo—. Es la vigésima vez que me lo decís en estos últimos tres días...
—¿Llevás todo?
—Sí, mamá, sí.
—¿Te dio plata papá?
—Sí, mamá. Papá me dio plata, tengo todo listo, llevo pañuelos, voy a escribir, etcétera, etcétera... —contestó irónicamente a su madre como pidiéndole que ya no hiciera más preguntas.
—Bueno, bueno. No te pongás nervioso.
Su padre salió del baño y ya estaba listo para llevar a su hijo. Le dio un beso a su madre y ella lo abrazó. Su padre salió a poner en marcha el auto.
—Chau, mamá.
—Chau, cuidate... ¡y escribí apenas llegués!
—Sí, mamá —contestó ya riendo—. ¡Cortala! Dale saludos a los chicos.
Salió y cerró la pesada puerta de hierro un poco fuerte. Hizo un ruido familiar y sintió que por un tiempo lo extrañaría. En la calle flotaba la neblina y estaba fresco. Se abrochó la campera y se subió al Polara. El auto arrancó despacio y tironeando. El trayecto no era largo y ni su padre ni él pronunciaron una sola palabra. Al llegar a la intersección de avenida Freyre y Salta, su padre detuvo el auto. Eran casi las seis. Se veían varios grupos de jóvenes esperando también allí la hora.
—¿Querés más plata?
—No. ¿Para qué? —contestó con voz resignada.
—Por las dudas...
—No, dejá. Mirá si me la afanan... Con lo que tengo está bien.
No quería más dinero, pensaba que no le iba a hacer falta. No tendría en qué gastarlo y no quería pedirle inútilmente a su padre. ¿Para qué?, se cuestionaba. No sabía el paraqué ni el porqué de todo eso que tenía que hacer, que vivir, que perder... Muchas veces había querido convencerse de que era necesario, de que sería interesante, de que valdría la pena tener la experiencia propia. Pero nunca había logrado convencerse, por más argumentos válidos que encontrara. Ahora, allí, minutos antes de la hora convenida, estaba convencido de que todo sería en vano.
—Bueno, chau —saludó a su padre dándole un beso en la mejilla.
—Chau... Pasala bien —contestó su padre aconsejándole y viéndolo irse, lentamente, con paso cansino, hasta mezclarse con los demás jóvenes que esperaban en el lugar.
Fue acercándose a la puerta de entrada, no veía a nadie conocido y cada vez se ponía más nervioso. El cielo empezaba a clarear. Ya eran las seis. Miraba las caras de sus actuales compañeros desconocidos y no podía entender por qué algunos reían y otros, serios, no expresaban nada en sus rostros. ¿Quién estaba en la situación justa? ¿Los que reían o los otros (entre los cuales se incluía)? Sacó un cigarrillo y lo encendió. Se quedó parado sin saber adónde ir ni qué hacer. Se sentó en el cordón de la calle y continuó fumando, esperando que las grandes puertas verdes se abrieran. Ahora estaba impaciente y tenía ganas de entrar de una vez por todas, le fastidiaba la idea de esperar, quería que todo pasara rápidamente. En el justo instante en que acababa su cigarrillo, lo golpearon en la espalda. No quiso pensar nada y se dio vuelta lentamente. ¿Quién sería el boludo? Pero una sonrisa brotó en su rostro al ver que eran algunos de sus amigos que corrían la misma suerte que él. Sus compañeros de la secundaria, sus amigos del barrio. Se sintió un poco mejor y sus nervios se fueron yendo de a poco. Al rato de estar con ellos comprendió el porqué de las sonrisas de aquellos que minutos antes había observado, sin entenderlos. Ahora tenía con quien compartir su tristeza, su amargura de estar allí esperando algo que él no había deseado. A las seis y diez se abrieron las puertas y el silencio invadió la calle. Todos los que afuera esperaban dirigieron la vista hacia la entrada y muy pocos abrieron sus bocas para hacer algún comentario. A los pocos minutos se vieron todos formados en filas de cinco de frente. Se miraron sin entender nada. Luego se vieron sentados en un galpón, todos juntos, cerca de mil jóvenes de todas las clases y colores. Todo ocurría inesperadamente, no alcanzaban a comprender del todo esos instantes nunca vividos. Al advertir que ya no poseían nombre sino que pasaban a ser un mísero número, él se preocupó. Ahora soy el 213, se decía, y, sinceramente, estaba totalmente decepcionado. Pasaron todo el día en ese sitio extraño. Estaba cansado y su trasero duro de estar permanentemente sentado en el piso. Comprendió que el dinero le haría falta. Le dieron de comer una miseria y luego vendían sandwiches y gaseosas, más caros que en la mejor confitería de Santa Fe. Todo le parecía extraño; preguntas idiotas, inútiles, gritos injustificados, indicaciones y advertencias. A las cinco de la tarde los hicieron formar nuevamente. Se dirigieron a la vieja estación de trenes General Mitre caminando por las calles de la ciudad. Se sintió estúpido al verse mirado por la gente que desde las puertas de sus casas los señalaba y hacía quién sabe qué comentario barato de barrio. Fueron varias cuadras que caminaron en silencio, sin poder hablar. Iba pensando a qué lugar irían a parar, en dónde tendrían que vivir la vida estúpida que le impondrían. Algunos de sus amigos iban a su lado pero no hablaban. Mejor dicho, no podían hablar; había quien no los dejaba.
Subieron corriendo a los vagones del tren. A los apurones fueron ocupando las butacas viejas y rotas. No sabían adónde se dirigían; estaban en silencio, nerviosos; algunos contentos, otros preocupados. Él se apuró para ocupar la butaca del lado de la ventanilla. La abrió y vio cómo todavía cientos de compañeros estaban subiendo al tren. En poco tiempo el andén quedó vacío. Solamente una perra con dos cachorros rompían la inmovilidad del lugar. Murmullos lejanos empezaron a escucharse. En el vagón poco a poco habían empezado a dar opiniones y a hacer comentarios infundados. Encendió un cigarrillo con nerviosismo. Un compañero le pidió uno. Otro compañero también... y otro. Y fueron más de diez los que fumaron sus cigarrillos. Se resignó y convidó todos los que le quedaban. Parecía que nadie tenía un solo cigarrillo. O que a todos se le había dado por fumar aunque nunca en su vida lo hubiesen hecho. Lo cierto es que no tenía más para el viaje. El murmullo que segundos antes había escuchado afuera se convirtió en griterío, corridas, idas y venidas. Nuevamente el andén estaba colmado, pero ahora de hombres y mujeres, niñas y niños. La perra se alejó del tumulto corriendo con sus dos cachorros por las vías vacías. La gente se aproximó al tren, a las ventanillas. Muchos de sus compañeros reconocieron a sus familiares. Él no encontraba a nadie conocido. Buscó desesperadamente entre la multitud hasta que vio a sus padres. Por suerte le habían llevado cigarrillos. También chocolates y otras golosinas. Su madre lagrimeaba y él la consolaba explicándole que no se iba a la guerra, y por unos segundos dudó de sus palabras. En octubre de 1982 la guerra de Malvinas todavía estaba muy presente en la castigada mente de los argentinos. Su padre estaba serio, cosa inusual en él. Quizás estaba recordando que él también un día, cuatro décadas atrás, se había marchado de su casa sin querer, al igual que hoy lo hacía su hijo. El tren pronto partiría hacia lo desconocido. La gente se seguía despidiendo, seguía riendo, seguía llorando, seguía gritando, y algunos todavía seguían buscando a sus seres queridos sin éxito. El guarda hizo escuchar el silbato. Se escucharon también algunos gritos y el tren comenzó su marcha lentamente, a paso de hombre. Las manos se estrecharon, las caras se juntaron en un beso. Un hombre vestido de negro agitaba un papel con su mano al final del andén. Él lo vio justo cuando se despedía de sus padres. El tren seguía avanzando lentamente y poco a poco la gente iba quedando estática en el andén, saludando con sus manos en alto. Siguió observando al misterioso hombre vestido de negro y le pareció que estaba ofreciendo ese papel al que quisiera agarrarlo. Nadie lo hacía, todos lo miraban y saludaban, pero el hombre estaba serio, no contestaba a los saludos y seguía ofreciendo el papel. Cuando el vagón en el que él viajaba se fue acercando a aquel hombre, decidió tomar el papel; se asomó por la ventanilla y, cuando lo tuvo al alcance de sus manos, lo tomó. Miró al hombre misterioso y vio que sonreía. El tren seguía su paso lento. Se sentó y leyó:
Ellos te alimentan con las sobras y con mentiras... Ellos te meten en una caja en la que nadie te puede oír, pero deja que tu espíritu se mantenga entero... Ellos te llevan hasta tus límites, te llevan más allá de ellos... Te dicen cómo comportarte... No hay nada que puedas hacer... Querés resistir. Ellos tratan de volverte loco, sacarte fuera de tu cabeza... Ellos no ven el camino hacia la libertad que construís con carne y hueso... Encarás la noche, solo, mientras los constructores de la caja duermen con barras y piedras...
Peter Gabriel
Se asomó luego por la ventanilla, miró hacia atrás, hacia el andén, y ya no divisó al misterioso hombre ni a sus padres. El andén era un punto en el horizonte que ahora formaba parte de su pasado.

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