Es posible que mañana muera y en la tierra no quedará nadie
que me haya comprendido por completo.
Unos me considerarán peor y otros mejor de lo que soy.
Algunos dirán que era una buena persona; otros, que era un canalla.
Pero las dos opiniones serán igualmente equivocadas.

Mijail Iurevicht Lermontov


domingo, 4 de julio de 2010

TOMÁ, VIEJO, SEGUÍ TOMANDO…

"Borracho"
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—El viejo está pagando muy cara su bondad —me dijo con lágrimas en sus ojos todavía inocentes. Lo vio apoyado en el mostrador de la gorda D’Amico, apenas sostenido por sus piernas temblorosas, con su vaso de vino tinto en la mano, a medio tomar. Era el cuarto de la tarde. La gorda no quería darle tanto, pero si le negaba una copa, el Chueco se ponía violento y rompía todo lo que tenía a mano. Al Chueco era preferible tenerlo borracho y manso.
Estábamos sentados en una de las mesas del fondo del bar desde hacía media hora. Verónica había llegado buscando al Chueco y al verlo en esas condiciones no supo qué hacer. No había noche que al Chueco no lo sacaran a punto de desmayarse y vomitando bilis. La vi mal y la invité a la mesa. Sentí algo en mi interior que no puedo explicar.
—No es fácil para mí verlo así, pobre viejo… —sollozó.
Años atrás, la sonrisa era constante en el Chueco. Era siempre él el que contaba un chiste para cambiarnos las manos malhumoradas, o el primero en proponer un brindis por algo, por lo que sea, por lo primero que se le ocurriera. Nunca había tomado más de un vaso por tarde. No le gustaban, además, las bebidas blancas. ¡Y siempre bien vestido!
—Mírelo —me dijo—, se le caen los pantalones…
Yo no hablaba. ¿Qué podía decirle a una piba de dieciocho años que miraba a su padre desde un rincón? El Chueco quiso sentarse en una banqueta pero trastabilló y cayó sentado en el piso. Verónica se paró instantáneamente para ir en su ayuda pero un potente grito de su padre lanzado al aire la detuvo:
—¡Que nadie me ayude, carajo! ¡Yo me arreglo solo!
Le pedí que se sentara, que se tranquilizara. ¿Qué iba a hacer? Tanto ella, yo, como todos los que estábamos allí presentes conocíamos al Chueco, y sabíamos que era inútil hacerlo salir del bar mientras tuviera un poquito de conciencia.
Verónica sacó un pañuelo de su bolso e impidió que una nueva lágrima escapara de sus ojos.
Yo sabía que el Chueco se había separado de su mujer y sabía el porqué. Había sido un escándalo, media ciudad lo sabía, pero él jamás, ni en su peor borrachera, había hecho mención alguna al caso.
—No es justo… —murmuró Verónica.
Recuerdo que dieciocho años atrás —ya nos conocíamos con el Chueco, ya éramos amigos— llegó al bar gritando de alegría, sonriendo como nunca, solicitando felicitaciones hacia su persona. Nunca antes lo habíamos visto así, tan desbordado.
—¡Nació Verónica! ¡Verónica Antúnez, carajo!
Qué feliz estaba… Y lo mismo pasó cuando nacieron Natalia y Carina, sus otras dos hijas.
—¡Un harem tengo! —gritaba loco de contento.
Pero un día, el mundo se le vino abajo al Chueco.
—El pobre sufrió mucho —me dijo Verónica, que no podía evitar el brillo en sus ojos—. No se merecía lo que le hicieron.
Yo no quise preguntar. No quería que justo su hija fuera la que me contara la verdadera historia. Pero no me animé a decirle que se callara cuando comenzó a hablarme. Noté en ella una necesidad imperiosa de hacerlo, aunque hiciera apenas unos cuantos minutos que me había conocido.
—Ni siquiera lo sospechaba. Mamá se había encargado muy bien de disimularlo…
Tomó el pañuelo nuevamente y secó sus lágrimas. Entre sollozos siguió:
—Andaba con ese hijo de puta que se decía amigo del viejo… ¡Amigo! ¡Si el mismo diablo era!
No podía quitar la vista de su padre mientras hablaba. Sufría con cada uno de sus torpes movimientos.
—Si se hubiese enterado él solo, si los hubiese sorprendido él mismo juntos, quizás el horror hubiese sido, si no menor, más soportable. ¡Pero se enteró por el diario! Claro, se cuidaron muy bien de no publicar los nombres, pero luego se enteró. ¡Su esposa! ¡Su propia esposa, con la que creía estar viviendo todavía una luna de miel! Espero no estar nunca en el lugar del viejo…
La invité con un café y solo aceptó un vaso de agua.
—Nosotras, sus hijas, no supimos lo que había pasado entonces hasta hace poco tiempo. ¡Qué nos íbamos a imaginar semejante vergüenza!
Me sorprendió lo del diario. Una infidelidad no era común que tomara estado público a través de un medio de comunicación.
—Todo el mundo se enteró de eso. ¡Pobre! No solo los encontraron en su lugar de trabajo sino que fue necesario también llamar a un servicio de emergencias…
No lo sabía. Me pareció terrible. Miré al Chueco y también me dieron ganas de llorar.
—Mamá no volvió a casa. No volvió a vernos desde aquel día... Cinco años hace…
No podía mirarla a los ojos. No lo soportaba. Ni Verónica ni sus dos hermanas menores merecían eso. Menos el Chueco, que acababa de caerse nuevamente al piso para levantarse inmediatamente a las carcajadas mientras pedía a la gorda D’Amico otro vaso de tinto.
—Tomá, viejo, seguí tomando si eso te hace olvidar… —murmuró.

5 comentarios:

  1. Sergio, me ha encantado tu relato. Está muy, pero que muy bien escrito y acaba con algo de misterio para que cada uno deje volar su imaginación.

    Enhorabuena,

    Un saludo,

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  2. Gracias, César. Un abrazo desde Argentina

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  3. Buen relato, cuantas historias hay en un bar...
    Me encantó leerte!

    =) HUMO

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  4. Muy bueno!!
    Un placer leerlo.
    Saludos!

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