Es posible que mañana muera y en la tierra no quedará nadie
que me haya comprendido por completo.
Unos me considerarán peor y otros mejor de lo que soy.
Algunos dirán que era una buena persona; otros, que era un canalla.
Pero las dos opiniones serán igualmente equivocadas.

Mijail Iurevicht Lermontov


sábado, 10 de octubre de 2015

¿SOY LOCO?


Muy a menudo me suceden cosas que me hacen pensar que me estoy volviendo loco. Esas cosas que están tanto dentro como fuera de mi alcance parecen torturarme, poco a poco me van matando, perturbando... La locura es un estado de la mente que no deja a una persona hacer cosas coherentes durante un tiempo determinado, o infinito, y ahora la estoy sintiendo cada vez más en mí. ¿Estaré loco realmente o será que me quieren volver loco? Trato de reflexionar, de inspirar mis momentos libres en pensamientos que me dejen salir de mi encrucijada, que me orienten. El colegio me parece absurdo, me dan ganas de irme a otro país, un país fantástico, me dan ganas de volar, de correr, de morir. Todo esto me cuestionan. Me dan consejos absurdos. Tratan de convencerme y no lo logran. Y al final me dicen: “Estás loco”. Todo sigue igual. ¿Me aclararon algo? No. Solo me convencieron de que algo de loco tengo. Pero cómo hacer para dejar la locura a un lado y volver a lo que era... Volver a lo que era... ¿Y qué era? Un pobre inocente que se preocupaba por el aplazo en el colegio o por las amonestaciones estúpidas que tendían a corregirnos.
Estoy loco... pero si vuelvo a la normalidad, ¿seré el de antes? Por favor, quiero madurar, quiero creer en algo, en alguien, quiero salir del mundo cruel que nos rodea, y ser feliz, y ser libre, pero ¿para qué? ¿Para que después la ley moral no te deje tener el pelo largo, no te dejen usar barba? ¿Todo eso es libertad? Sí, ya sé, dirán que libertad no es eso, pero mejor, ¡cállense!
Sigo en mi estado de locura sin saber adónde voy, qué hago; estoy perdido. ¡No, no quiero ayuda, déjenme en paz, quiero seguir siendo loco, no me devuelvan al de antes! Estoy loco pero razono. ¿Será esta una verdadera locura?
Estoy loco pero...
                       Estoy...
                                Soy...
¿Soy loco?

lunes, 13 de julio de 2015

PAPEL




Tres kilos trescientos. “Como un bebé”, pensó. La bolsa llena de papeles bien acomodados no era muy grande pero tres kilos trescientos para apenas dos horas de trabajo, no era un mal número. Habían terminado las clases y como hacía mucho no lo hacía, al mediodía decidió limpiar el placar donde guardaba, tiraba, depositaba o simplemente olvidaba libros, carpetas, apuntes, bolsos, bolsas (de esas que le daban en los comercios y nunca tiraba, no sabía por qué; o sí, lo sabía: siempre pensaba que podrían ser útiles para algo, pero lo único que hacían era ocupar lugar) y cualquier otro elemento que por el momento no necesitaría de manera inmediata.
Se preguntaba en silencio si todos los docentes eran igual de estúpidos. “¿No tirarán nada, como yo?”. Ratones de biblioteca. Pero el hecho de que las puertas del placar ya no cerraran como debían hacerlo (necesitaban dos o tres empujones más un caderazo seco y contundente para cerrar como otrora) la hizo pensar en una buena limpieza a fondo.
Separó primero las dos carpetas que utilizó durante el último ciclo lectivo. Era lo más nuevo y quizás podría reutilizar algo de ese material el año venidero. Así que intentó sacar de una torre de carpetas, las que estaban más abajo. Le costó hacerlo y pagó su precio. Las que estaban arriba también abandonaron su lugar de quietud y terminaron en el suelo, desparramadas. Pensó que de todas formas las tendría que haber sacado, pero el desparramo provocado implicaba un trabajo mayor.

Abrió la primera carpeta. Era azul y tamaño oficio. Hacía varios años que había optado por comenzar a trabajar con A4 y abandonar el tamaño legal definitivamente. Eran antologías literarias de varias hojas cada una. Incluso observó una, con papel muy amarillo, que había sido escrita en la vieja Olivetti italiana que había utilizado muchísimos años atrás. No dudó en sacarla y acomodarla cuidadosamente en una gran bolsa plástica de zapatería (acorde al tamaño de su calzado). Comenzó a hojear las demás antologías y a recordar cuánto tiempo hacía que no leía tal cuento o tal poema en clase. Se demoraba más de lo que tenía pensado al recordar momentos precisos de lectura o trabajos prácticos realizados con esos textos. Se le venían a la mente algunas caras de alumnos, tanto las ansiosas como las desesperadas, las satisfechas y las ofuscadas. Siempre había disfrutado anexar imágenes a los textos para hacerlos más atractivos para sus alumnos. Muchas veces sus alumnos —se lo dijeron varios— habían comenzado la lectura de un cuento motivados por la imagen que lo acompañaba.
Fueron varias las horas ocupadas en ordenar el placar. La limpieza fue exhaustiva pero no completa. Cuando comprobó que las puertas cerraban normalmente, con un simple empujoncito, dijo basta. A pesar de que la bolsa estaba bastante llena, el cambio apenas se notaba. Seguramente, en las próximas vacaciones continuaría el trabajo, como todos los años venía ocurriendo.
Arrastró la bolsa hacia la calle. No pudo levantarla. No porque no la aguantara sino por el miedo a que el plástico no resistiera el peso de tanto papel. Pensó que los basureros municipales no se la llevarían. No era el día indicado para sacar la basura reciclable. Pero no le importó. Pensó que quizás alguien se la llevaría.
Se levantó temprano al otro día (maldecía siempre no poder dormir un poco más en época de vacaciones) y se fue a hacer los trámites que los horarios escolares no le dejaban hacer durante los días hábiles. Con satisfacción advirtió que la bolsa ya no estaba en la vereda de su casa. Los basureros la habían levantado igual y se la habían llevado. Pensó que por la tarde podría “atacar” nuevamente el placar. Seguramente encontraría nuevos papeles para tirar.
Esa noche, mientras cenaba y luego de zapear infructuosamente durante varios minutos, decidió apagar el televisor y leer. Colocó el pequeño atril de madera sobre la mesa, al costado izquierdo de su plato, sirvió en el vaso agua saborizada, apoyó el libro, lo abrió y, entre masticadas y sorbos, entretuvo la vista en el papel.
Timbre. Automáticamente miró el reloj que colgaba de la pared de la cocina. Las diez de la noche. Rara sensación tuvo. Por enésima vez pensó que tenía que hacer colocar un portero eléctrico. Abrió la pequeña ventana de la puerta para espiar quién era y observó a una pareja. Él, bastante despeinado y mal vestido, se apoyaba en un carrito metálico que seguramente arrastraría por la ciudad buscando basura o papel o algo que les sirviera para poder sobrevivir. Ella estaba parada a su lado, sonriente.
—Disculpen, pero no tengo nada en estos momentos…
—Pensamos que podría tener más papeles… como los de anoche —dijo ella.
No fueron los basureros municipales, advirtió inmediatamente. La mujer seguía con la sonrisa en el rostro y a él se lo veía muy tranquilo, de buen ánimo.
—Saqué todo lo que tenía para tirar. Quizás dentro de unos días saque más. Pero ahora no tengo —pensó en ofrecerles algo para comer, o leche para los hijos—. Esperen que veo si tengo algo para darles…
—No, señora, no. Deje. Solo queríamos más papeles como los de anoche.
Había hablado del hombre. Se los quedó mirando y un impulso la llevó a cerrar la ventanita y abrir la puerta. Como si le hubiesen dado ganas de charlar o de escuchar o de saber algo más de esa pareja. Eran muy jóvenes y su semblante no se condecía con la pobreza que reflejaban sus ropas.
—Con Fernanda nos llevamos anoche la bolsa de papeles, ¿sabe?, y cuando llegamos a casa, nos pusimos a armar paquetes para poder venderlos por peso, ¿vio?
—Sí, me imagino —contestó sin saber si se lo imaginaba o no.
—Y yo vi un dibujo hermoso —dijo ella—, de dos personas que se abrazaban y leí lo que decía el papel. Me gustó. Algo de estar cerca… y abrazarse… y amar…
Pensó inmediatamente en el poema de Jorge de la Vega, que recordaba perfectamente haber tirado a la bolsa. Tenía un dibujo sencillo de una pareja abrazándose.
—Por eso en vez de tirar, comencé a buscar dibujos y a leer lo que decía al lado.
—Me leyó uno largo, de un gato, un gato negro —dijo él como asombrado—. Después no me quería dormir —y sonrió.
—Fuimos sacando varios de esos papeles y los dejamos sobre la mesa para seguir leyéndolos hoy. Los que no tenían dibujitos los tiramos, ¿vio?
Los miraba asombrada. No podía creer lo que estaba escuchando. ¿Los textos de las viejas antologías que les hacía leer a sus alumnos estaban siendo rescatados del olvido por un par de cartoneros?
—Doña: si otra vez tira de esos papeles guárdelos, que nosotros los buscamos.
—No dormimos en casi toda la noche por leerlos…
—Ella los lee, porque yo no sé.
—Pero le voy a enseñar…
Sonrió. Les agradeció la visita, la historia que le contaron y les prometió que para la semana siguiente les tendría preparados más de esos papeles que tanto querían. 
Esa noche la que casi no durmió fue ella. Hasta la madrugada estuvo limpiando nuevamente el placar. Pero esa limpieza fue más cuidada y selectiva. Los escritos con imágenes que tanto había disfrutado en armar para sus alumnos, ahora tuvieron otro fin —incluso los más nuevos y que tenía pensado utilizar el año próximo—: ya no los tiró en grandes bolsas de nailon sino que los acomodó prolijamente en varias carpetas negras de tapa dura.

jueves, 9 de julio de 2015

SILVIO RODRÍGUEZ: Te doy una canción



Cómo gasto papeles recordándote,
cómo me haces hablar en el silencio,
cómo no te me quitas de las ganas
aunque nadie me ve nunca contigo.
Y cómo pasa el tiempo que de pronto son años
sin pasar tú por mí, detenida. 

Te doy una canción si abro una puerta
y de las sombras sales tú.
Te doy una canción de madrugada,
cuando más quiero tu luz.
Te doy una canción cuando apareces
el misterio del amor,
y si no lo apareces no me importa:
yo te doy una canción.

Si miro un poco afuera me detengo:
la ciudad se derrumba y yo cantando,
la gente que me odia y que me quiere
no me va a perdonar que me distraiga.
Creen que lo digo todo, que me juego la vida,
porque no te conocen ni te sienten.

Te doy una canción y hago un discurso
sobre mi derecho a hablar.
Te doy una canción con mis dos manos,
con las mismas de matar.
Te doy una canción y digo: “Patria”,
y sigo hablando para ti.
Te doy una canción como un disparo,
como un libro, una palabra, una guerrilla:
como doy el amor.

Silvio Rodríguez


miércoles, 6 de mayo de 2015

GENESIS: Follow You Follow Me


Un lanzamiento fundamental en la historia de la banda, "And Then There Were Three..." ("Y entonces Quedaron Tres...") es una referencia a la reciente partida del guitarrista Steve Hackett del grupo, dejando al grupo reducido a un trío (lo que resultaría en la formación de Genesis que parmenecería por mayor tiempo sin cambios, casi 20 años hasta 1996). Como resultado, los roles de los restantes miembros de la banda se definieron más ampliamente. Tony Banks se encargó de todos los teclados, Mike Rutherford de todas las guitarras y bajos, y Phil Collins de las baterías, percusión y voz.

viernes, 30 de enero de 2015

QUEDÁNDOTE O YÉNDOTE...


El tiempo hace de los Hombres los que ellos mismos buscan ser. O no…
Algunos buscan durante toda la vida y no encuentran nunca lo buscado.
Otros no buscan ni se esfuerzan en hacerlo, pero igualmente encuentran.
Otros buscan solo lo que creen que pueden alcanzar y basta…
Diferentes son las formas de buscar y de encontrar.
Algunos con solo estirar la mano tienen lo que buscan.
Otros, buscan pero no demasiado lejos.
Otros se lanzan a la vorágine que ofrece el mundo para buscar.
Cada uno busca la manera de alcanzar el objetivo.

* * *

Me fui, no podía quedarme. Mi pasado definía un poco mi futuro. ¿Qué hacer aquí?... ¿Y allá? Al menos lo desconocido, la aventura, las ganas de estar lejos, me ayudaron a partir.

No quise partir. Había estado lejos un tiempo y no lo había soportado. Esa lejanía, por supuesto, no había sido algo deseado. Experiencia traumática lejos de mi lugar, de mi gente. Preferí quedarme. Los sueños “sureños” se fueron al diablo. ¿Vencido? No sé…

Debía estudiar no solo para hacerme un lugar en el mundo sino también para sobrevivir. Miré para atrás y advertí que mi infancia se había perdido en una nebulosa. Lo mediato me indicaba que en mi mente había cosas por resolver y puse manos a la obra.

Te vas a cagar de hambre, me advirtieron cuando dije lo que quería estudiar. No sé si estaba decidido pero esas palabras fueron el incentivo fundamental para no dudar: estudié lo que me gustaba, lo que realmente sentía. ¿Vivir de esa profesión? No. La profesión como afición. ¿Y cómo sobrevivir?

Partí sin dudarlo, con la ilusión joven, hacia tierras extrañas, hacia culturas diferentes. Mi país acababa de salir del infierno y la incipiente democracia no colmaba mis expectativas. Mi título me permitió no solo sobrevivir sino también pensar en un futuro, en una familia, y conocer el mundo. Y no me detuve.

Comencé a desarrollar mi profesión con esperanzas. Pero la vida, que avanza más rápido de lo que uno desea, me hizo buscar otro medio de subsistencia. Mi afición no podía perder su verdadera esencia. No podía permitir que se volviera en mi contra, en mi pesadilla. Y soñé el porvenir.

No fue fácil estando lejos de los afectos, de la tierra madre. Pero los años fueron enseñándome cómo ser feliz. ¿Lo soy? No se es feliz permanentemente. La felicidad se compone de momentos, se hace a pedazos. No puedo perderme esos instantes de felicidad a la espera de la felicidad absoluta, que no existe…

Es cierto que siempre me resistí a las formalidades. Pero la vida te enfrenta a situaciones a las que te adaptás o morís. Fue así como llegué a un punto de mi vida en el que mi actual empleo público me alimenta el bolsillo y mi afición, el alma. Afectos, salud y tranquilidad económica... ¿Conformismo?

Tantos años lejos del país me hacen pensar en muchas cosas. El amor estuvo y se fue. Volvió y permanece… El amor de la descendencia nunca se va y ese es uno de los pedazos de mi felicidad. Me gustaría volver. ¿Para encontrar qué? ¿Para reencontrarme con quién, con quiénes? Te extraño, país de mierda, mi país, al que tanto odio, al que tanto amo. Voy a volver.

Uno piensa en la felicidad, en esa felicidad que sentimos de a ratos pero que nunca se queda definitivamente. Tengo mucho pero siempre falta algo. ¿Están bien los que están a mi lado? ¿Puedo decir que soy feliz mientras hay gente que no lo es? Intento en mi trabajo hacer algo para mejorar pero, ¿lo logro? ¿Es suficiente?

Quizás el regreso cambie un poco mi vida. Quizás en mi mente el pasado olvidado regrese para ayudar a descubrirme y dejar atrás el manto de niebla que hasta hoy lo cubrió. Los afectos que quedaron en aquel tiempo seguramente estarán. La situación del país es mucho mejor de la que dejé años atrás. El amor sigue y seguirá vivo por siempre y yo buscaré encontrar esos pedazos de felicidad de manera más habitual.

Los hijos crecen y uno ve en cada uno lo que entre los dos hicimos. Bien o mal. Pero ahí están, buscando el futuro que ellos mismos eligen. Sigo desde mi puesto público trabajando y desde mi afición, ayudando. ¿Sigo siendo el mismo de aquellos tiempos? “No se arrugó mi alma y eso es lo bueno”...

* * *

Y el tiempo dirá si esos "irses" y esos "quedarses" fueron fructíferos o no, si cumplieron su cometido o no.

Quién puede decir que perdí el tiempo afuera para ahora estar de nuevo aquí. Me fui justamente para eso: para encontrarme, volver y seguir siendo yo. Quién puede decir que perdí el tiempo quedándome aquí, en mi tierra, con los míos y en los míos. Me quedé justamente para eso: para seguir siendo yo.

El pasado quedará plasmado en fotos viejas, en emociones pasadas. Será la base sobre la cual en el presente los hombres deben seguir buscando, eternamente, su razón de ser, “quedándote o yéndote”...

Y deberás plantar
y ver así a la flor nacer
y deberás crear
si quieres ver a tu tierra en paz
el sol empuja con su luz
el cielo brilla renovando la vida

y deberás amar
amar, amar hasta morir
y deberás crecer
sabiendo reír y llorar
la lluvia borra la maldad
y lava todas las heridas de tu alma
de ti saldrá la luz
tan solo así serás feliz

y deberás luchar
si quieres descubrir la fe
la lluvia borra la maldad
y lava todas las heridas de tu alma
esta agua lleva en sí
la fuerza del fuego
la voz que responde por ti
por mí… y esto será siempre así
quedándote o yéndote.

(L.A.S.)


jueves, 29 de enero de 2015

MUSA VERDE ESMERALDA

Fotografía de Fabio Mudry (noviembre de 2012)

A F.M.


La reacción fue casi espontánea, no buscada. Pero sintió la necesidad imperiosa de hacerlo. Sabía que en su casa no podría, menos aun en el estudio, en su oficina. ¿Dónde encontrar la paz, la tranquilidad, el ambiente óptimo para lograr su objetivo? Desajustó la corbata que oprimía su cuello desde hacía horas y decidió escapar. La mente ardía, sus dedos estaban inquietos y la desesperación por decir se hacía insoportable.
Agradeció que en su casa no hubiese nadie. Solo los perros y la gata festejaron su llegada. Se desvistió rápidamente y buscó el pantalón de grafa y su remera más roñosa. Buscó el cuaderno de tapas verdes con espiral. También al Capitán Morgan para que le hiciera compañía. Apresuró la salida de su casa, no porque no quisiera encontrarse con su esposa o con sus hijos, sino porque desesperaba por estar allá enseguida y dar rienda suelta a tantos impulsos que quería liberar.
Cuarenta o cincuenta minutos después cargaba en la lancha solo el cuaderno, una birome y al Capitán Morgan. Nada más necesitaría. El empleado de la guardería de lanchas que lo ayudó a bajarla lo miró sorprendido. ¿Y la caña? ¿Y el reel? ¿No necesitaba carnada? No se atrevió a preguntar y observó estupefacto cómo, en silencio y con decisión, el dueño de la lancha aceleró a fondo.
Minutos después el río se reflejaba en sus ojos. Escuchaba en medio de la isla La Garceroza los sonidos que siempre había escuchado pero a los que nunca había prestado demasiada atención. O sí, pero no como se disponía hacerlo ahora. Disfrutaba del silencio ruidoso de la isla, de ese mundo que siempre había tenido frente a sus ojos y que ahora miraba de manera diferente, como queriendo descifrar el eterno secreto de la naturaleza. El Capitán Morgan invitó un trago y lo aceptó. Y volvió a aceptar una y otra vez.
Miró al cielo (muchos escribieron sobre él), pensó en el río (cuántos lo mencionaron en sus escritos), dos o tres cardenillas picotearon algunas migajas (seguramente estos pajaritos tenían a sus propios poetas), y por fin fijó su vista en la mesa, la vieja mesa de campo con sus patas torneadas verde esmeralda que sostenía en ese momento la botella de ron al lado de su vaso vacío…
Entonces desafió a ese silencio que lo dominó por años, quiso vencerlo y se liberaron así las palabras ocultas, oprimidas pero esperadas. Y surgieron los sonidos del silencio como alguna vez lo hicieran en una vieja canción…
Quién sabe cuál habrá sido el resultado, el producto de esa irrefrenable necesidad de decir. Pero seguramente esa tarde la vieja mesa de patas verde esmeralda cobró nueva vida al borde del Arroyo Leyes…

lunes, 12 de enero de 2015

14 - LA HISTORIA SIGUE... (Último relato camuflado)


Sin perfeccionar las leyes 
perfeccionan el rigor; 
sospecho que el inventor 
habrá sido algún maldito 
por grande que sea el delito 
aquella pena es mayor. 

Martín Fierro 


El grupo de jóvenes vestidos de civil esperaba la hora de partida sentado en el duro piso de la Plaza de Armas. Ya habían almorzado y algunos todavía saboreaban la naranja que les habían dado de postre. Diciembre comenzaba y el sol no perdonaba. Los todavía conscriptos no sabían ya cómo protegerse de los rayos crueles. Sus pocas pertenencias eran utilizadas como sombreros. Algunos intentaron refugiarse en la sombra de los árboles que rodeaban la Plaza pero los cabos, siempre atentos, se lo impidieron. Parecía que los catorce meses no se cumplirían jamás. El último día era insoportablemente interminable. Estaban a escasos minutos de abandonar ese lugar donde todo parecía falso: el verde del césped, el aroma del mar y hasta el celeste del cielo. Muchas veces, durante los catorce meses, habían sufrido bajo ese cielo, entre esos árboles inmensos, respirando el aire salitroso que inspiraba sueños tropicales. ¡Qué falsa les parecía la naturaleza ahí adentro! Playas vírgenes, bosques frescos donde solo se oía el soplar del viento. ¿Para qué tanta belleza desaprovechada? 
Partirían a las 15. Faltaban todavía dos horas de interminable espera. 
—Yo me llevo una chaquetilla camuflada... 
—Yo un par de botas... ¿Y vos? 
—Yo no quiero llevarme ni el recuerdo de todo esto... 
Alrededor de la Plaza estaban los otros, los que todavía tenían que vestir el uniforme un tiempo más. Algunos les daban cartas a los que se iban para que se las llevaran a sus familiares. Otros solo miraban en actitud envidiosa o nostálgica, imaginándose a ellos mismos vestidos con ropa normal. 
En el mismo tren en que ellos se irían, llegarían los que recién empezaban a sufrir lo que ellos ya habían pasado. Ellos se iban y otros llegaban, una historia de nunca acabar. Muchos habrán recordado el momento cuando llegaron meses atrás a ese lugar... 
—¿Te acordás cuando llegamos con todo el equipo? No sabíamos ni dónde estábamos... 
—Y veíamos cómo se iban los otros... ¡Y se nos cagaban de risa los hijos de mil putas! 
—Desquitate ahora con los que llegan... 
—¿Desquitarme? Ganas de decirles que se escapen tengo... 
—Así es la cosa, unos nos vamos, otros llegan... 
—Ajá... La historia sigue... 
Habían pasado catorce meses de tiempo perdido, de guardias inútiles por la noche, de nostalgias, de momentos compartidos con amigos circunstanciales. Habían pasado esos largos catorce meses y cada uno, a su manera, los estaba recordando. Una imagen retrospectiva les haría recordar momentos que quizás jamás en su vida los volverían a vivir. ¿Y quién pretendía revivir esos momentos? 
A las 14.45 llegaron seis colectivos verdes a la Plaza. Uno detrás del otro fueron estacionando. Los todavía conscriptos sonrieron casi a la vez al verlos llegar. Era el principio del final que tanto anhelaban. Ya imaginaban la bienvenida en cada uno de sus hogares, el encuentro con los viejos, con los hermanos, con la novia. Ya imaginaban el encuentro con la barra del barrio, de la facultad o del laburo. Era el final, lo sabían. 
Formaron en la Plaza de Armas, pero ahora bien separados. Sus pertenencias al piso. Les revisaron hasta los bolsillos. Botas, chaquetillas y remeras militares les fueron quitadas a los que pretendían llevárselas. Después sí, el momento esperado: los colectivos fueron ocupados rápidamente por quienes querían irse de una vez por todas. Era la primera vez que una orden era cumplida con tanto gusto. A la voz de ¡suban! los jóvenes ya casi estaban acomodados en las butacas de los colectivos. Los motores se encendieron. Por el cuerpo de los jóvenes recorrió un escalofrío que no supieron por qué fenómeno fue producido. ¿Por el movimiento del colectivo? ¿Por una emoción interior? Quién sabe... Lo cierto es que lo sintieron, y al sentirlo fueron un poco más felices. 
Todos estaban ubicados y listos para partir. La emoción no era disimulada. Hubo consejos antes de la partida: "Guarden tranquilidad, soldados, porque al menor inconveniente vuelven todos", dijo un teniente. Hubo aplausos y silbidos que no pudieron ser evitados. Pero esa pequeña demostración de libertad no impidió la partida. Lentamente fueron poniéndose en marcha los colectivos mientras los jóvenes, algunos en silencio y otros en jocosa actitud, se iban despidiendo de ese lugar al que tanto odiaron. 
Los que se quedaban saludaban a los que se iban con un leve movimiento de manos, sin ocultar un poco de envidia. Algunos gritos de burla se escucharon al partir los colectivos: ¡Chau, colas! ¡Córtense las venas! ¡Suerte! ¡Chau, milicos!... ¡Chau, milicos! Chau, milicos... El 1º de diciembre de 1983 lo gritaron una y otra vez. ¡Chau, milicos! Al mismo tiempo todo un pueblo gritaba ¡adiós! a un gobierno nefasto, al horror, a la mentira, a la gran pesadilla. Todos estaban contentos: los que se iban, obviamente, y los que se quedaban, por la esperanza de que eso que disfrutaban ahora otros, ellos lo disfrutarían más adelante. 
Ya en camino al tren, los seis colectivos que llevaban a los que se iban se cruzaron con otros seis colectivos que traían a los que recién llegaban. Entre risas y burlas hacia los nuevos, uno de los viejos murmuró: 
—La historia sigue... ¡Hijos de mil putas!

jueves, 1 de enero de 2015

MARÍA ESTHER


Acostumbro a analizar con mis alumnos las letras de algunas canciones que me parecen interesantes. La elección primera y ejemplificadora corre por mi cuenta. Elijo canciones en cuyas letras puedo encontrar algún mensaje digno de rescatar: historias atrayentes, pensamientos interesantes o palabras placenteras que nos acercan a la poesía. No me circunscribo a ningún género en especial pero tengo preferencias: rock, tango, folclore. Pero para que el análisis se haga atractivo, no puedo dejar de tener en cuenta a los destinatarios fundamentales del mismo: los alumnos. Ocurre que forman un grupo muy heterogéneo: una franja etaria que abarca de los 18 a los 60 años o más, una realidad socioeconómica de lo más disímil y, por sobre todas las cosas, una carencia generalizada y preocupante de análisis y comprensión de textos. Como es de suponer, ante semejante diversidad humana, mis géneros preferidos son insuficientes y los alumnos lo advierten. ¿Y el cuarteto? ¿Y la cumbia? ¿Y la cumbia villera? Escucho, cierro los ojos, cuento hasta diez y suspiro. No simpatizo con ninguna de las tres propuestas, pero hago el desafío: traigan la canción que quieran y, entre todos, analizamos la letra. ¿Y Arjona?, escucho una tímida voz femenina en el fondo. Vuelvo a cerrar los ojos, cuento ahora hasta doscientos cincuenta, lo que me hace recordar que en mis clases propongo siempre la libertad de expresión, suspiro y contesto: si les gusta…
Las letras de las canciones siempre transmiten un mensaje. Bueno o no, mensaje al fin. Pero, ¿qué es lo que pretende su autor? ¿Qué necesidad sintió en lo más profundo de sus sentimientos para escribir lo que escribió? ¿Siente lo mismo un individuo que escribe/canta “Hoy tu pollera gira al viento, / quiero verte bailar. / Entre la gente quiero verte bailar… / Son tantos tus sueños / que ves el cielo mientras te veo bailar” que otro que escribe/canta: “Laura siempre cuando bailás / a ti se te ve la tanga, / y de lo rápida que sos, / vos te sacás tu tanga, / vos te sacás la bombachita, / y le das para abajo / pa' abajo…”? En mi humilde opinión, los sentimientos no son los mismos.
Si el mensaje de una canción logra conmovernos, hacernos pensar, ponernos melancólicos; si ese texto exalta las condiciones del ser humano y hace disfrutar al oyente placenteramente con su significado, podemos decir que estamos frente a un texto poético, que busca el placer espiritual del receptor. La música acompaña de una manera armoniosa.
Pero hay otras canciones cuya letra no ayuda a otra cosa que no sea arrancar una risa grotesca, sarcástica, que causa un falso bienestar pasajero que se termina ni bien analizamos y comprendemos el verdadero mensaje. Muchas veces la agresión, la burla, la discriminación, la violencia de género, son algunos de los temas que tratan. Si no fuera por la música que invita a mover el cuerpo para disfrutar el momento, su existencia sería un verdadero sinsentido.
Y así me pasó con “María Esther”, de los Pibes Chorros, que utilicé en una de mis clases para ejemplificar lo que sostuve en el párrafo anterior. Lean y díganme si tengo o no razón:

María Esther es una piba
que nació para escoger.
Ella es loca por los burros
pero no hay fija que le venga bien.

A María Esther le gusta escoger.
Todos me dicen que escoge bien.
No me digas que vos no sabés
qué escogedora que es María Esther.

¡Ay, María Esther, pará de escoger!
Ninguna fija te viene bien.
¡Ay, María Esther, pará de escoger!
¿Por qué ninguna fija te viene bien?


Palabras y expresiones tramposas, con doble sentido, que pretenden ser graciosas, que no hacen otra cosa que menoscabar la personalidad y dignidad de María Esther. ¿Y quién es María Esther? Sin lugar a dudas este nombre representa a la mujer en general, no a una en especial. La elección del nombre no es casual: rima perfectamente con el único infinitivo que aparece en el texto y que le da el burdo significado a la canción.
Pero no solamente “María Esther” y “escoger” le dan sentido a la letra de este tema. El burro es un elemento fundamental. El tremendo atributo que poseen los burros en el ideario sexopopular parecería que a María Esther no le viene bien…
Debo reconocer que hice escuchar esta canción a mis alumnos en clase (muchos no la conocían) y la primera reacción que tuvieron fue mover el cuerpo al ritmo de la guitarra/escopeta que pretende ser piano. No sé si los convencí o no con mis argumentos, no era mi verdadera intención. Sí quise que supieran por qué no me simpatizan este tipo de canciones.
A mi conclusión no la dije en voz alta, solo la pensé: "Pibes Chorros, dejen de chorear".

Estuve a punto de insertar el vínculo de Youtube de “María Esther” en esta entrada para que la escuchen y vean, sobre todo quienes no conocen el tema. Pero en mi blog solo comparto videos de canciones que me gustan. Si quieren escucharla y conocerla, búsquenla. Ni siquiera el link me atrevo a brindar.