Es posible que mañana muera y en la tierra no quedará nadie
que me haya comprendido por completo.
Unos me considerarán peor y otros mejor de lo que soy.
Algunos dirán que era una buena persona; otros, que era un canalla.
Pero las dos opiniones serán igualmente equivocadas.

Mijail Iurevicht Lermontov


sábado, 16 de julio de 2016

PEQUEÑOS DELINCUENTES


Formaban una pequeña banda. Eran cuatro. Tres pertenecían a la misma familia (dos hermanos y un primo). El restante, un incondicional. De los dos hermanos, la mayor era mujer. La cabecilla, el cerebro. Sus variadas lecturas y su admiración por Tom Sawyer y Huckleberry Finn la habían ayudado a erigirse en líder de la banda. Dicen que sus compañeros de andanzas debían rendirle cuenta sobre su actividad delictiva y que ella cuidadosamente guardaba lo malhabido en su casa. Nunca usaron armas, nunca maltrataron a sus víctimas. Si alguien les hubiese dicho que eso era un trabajo, no lo hubiesen hecho seguramente. A ella le encantaba ser la jefa y dominar al resto, como un pasatiempo rentable, como un hecho provechoso, pero por sobre todas las cosas, como un juego, una actividad que nadie la obligaba a realizar. Y así era feliz.
La suerte fue por un tiempo su compinche pero, como ocurre siempre con esta clase de triunfadores, el éxito fue efímero.
El final de las tropelías que habían comenzado quién sabe cuánto tiempo atrás llegó antes de lo esperado en un comercio céntrico de la ciudad. El primo fue observado por una vendedora justo cuando tomaba lo que no correspondía y lo escondía en el bolsillo de la campera. El incondicional fue un poco más burdo para ocultar su botín y ante la desesperación por sacárselo de encima, se lo pasó a ella, quien intentó ocultarlo bajo la ropa. No pudo pasar desapercibida. Los paquetitos de queso sustraídos por el primo tenían un tamaño ideal y tentador, pero la pelota de fútbol número cinco no fue fácil de disimular. Y menos aun estando inflada. El hermano menor los miraba absorto. Los cuatro fueron aprehendidos ese nefasto día por personal de seguridad de Casa Tía.
Los delincuentes, con solo doce años a cuestas, debieron prometer el resarcimiento del daño para no ser reportados a la autoridad policial. Y lo hicieron bastante rápido. En un descuido de una familiar cercana, se hicieron del dinero que estaba destinado a abonarle al sodero la compra mensual, y así salvaron su honor ante el comercio del que, según dicen, muy pocos chicos de esa edad han podido salir sin llevarse su pequeño botín escondido…

domingo, 10 de julio de 2016

Consejos a mí mismo (Luis Carlos Maciel)


Y no tengas miedo de nada.

Cuando tengas la sabiduría más elevada, descubrirás que apenas sabes lo que siempre supiste.

Cuando llegues al fin del camino, verás que siempre estuviste allí.

Cuando te liberes, sabrás que siempre fuiste libre...



Luis Carlos Maciel
("Consejos a mí mismo", Revista Mutantia Nº 4, pp. 52-53)

miércoles, 6 de julio de 2016

ARBOLITO: Un día de estos


Un día de estos me voy a ir
por el camino que nunca fui,
lejos de toda la mezquindad,
todo egoísmo...


Lejos de tanta vulgaridad, 

tanta locura y velocidad
que me recorre en esta ciudad
donde yo vivo...

Voy a tratar de reconocer
al ser humano que vive en mí,
que está detrás de esta capa gris
como escondido...

Voy a charlar con el niño aquel
que va tranquilo en su soledad
con animales y nada más, quizás me ayude
a ver si me puedo conectar
con lo que piso en mi caminar,
con lo que crece bajo esta luz, 
con las estrellas...

Y cuando vuelva verás en mí
al ser humano que siempre fui,
que estaba atrás de esta capa gris
como escondido...

Un día de estos...

Arbolito


martes, 28 de junio de 2016

LOS OTROS



Cansado de dar y de dar, decidió esperar. No se molestaría más por provocar un cambio en los demás y siguió su vida como él la deseaba. Lo miraron extrañados y pidieron explicación. No abrió la boca. No lo comprendieron. Lo dejaron solo. Buscó un nuevo mundo y fue feliz.

sábado, 4 de junio de 2016

PINK FLOYD: El gran baile en el cielo

Y no le tengo miedo a la muerte,
en cualquier momento llegará,
no me importa.
¿Por qué debería tenerle miedo a la muerte?
No hay razón para ello,
tendrás que irte alguna vez...


sábado, 9 de abril de 2016

SUEÑO DE LIBERTAD

Fotografía tomada en la plaza Eva Perón el 9 de abril de 2016
(Bº Central Córdoba, Rafaela, Santa Fe)

Siempre soñé con escaparme algún día. Llevaba una vida muy monótona en este barrio, en esta ciudad, en este bendito país, en este pequeño mundo que no me dejaba volar ni echarme a andar. Era imposible seguir aguantando. Fueron muchos años los que estuve amoldándome a mi esencia, haciendo lo que tenía que hacer, cumpliendo con el mandato natural que me tocó en suerte sin que nadie reparara seriamente en mi existencia. Creo que siempre fui el mismo, nunca me traicioné ni traicioné a nadie. Brindé mis brazos a todos los que me necesitaron. Ofrecí resguardo sin mirar a quién. Fui testigo y hasta protagonista de amores intensos y desgraciados. Disfruté observando cómo la niñez corría tras una pelota desinflada, día tras día. Acompañé a los chicos que andaban en bicicleta y tenían que terminar huyendo del placero que los corría con el rastrillo en la mano, amenazante. Pero no podía seguir siendo el mismo. No podía resignarme a vivir una vida contemplativa y llena de quietud. No soportaba seguir inmóvil ante un mundo vertiginoso y cambiante. Sabía que no iba a poder soportar toda una vida en el mismo lugar… y me decidí. No fue fácil, es cierto. Tuve que esperar el momento indicado. Tardó mucho en llegar ese día pero cuando me di cuenta de que la hora había llegado, salté… O intenté hacerlo. Quise huir, olvidarme de mis raíces y empezar a recorrer el mundo como siempre lo había soñado. Pero fue inútil. No lo logré. No me dejaron. Los que siempre hicieron todo lo posible para que yo cumpla con mi destino natural, al ver que ya no quería estar más acá, al advertir que quise escapar y levantar vuelo, me lo impidieron. Me lo prohibieron. Y me cortaron las alas, me cercenaron los sueños, me mataron en vida… Y aquí quedé, más solo que nunca, esperando desaparecer de esta sociedad que nunca me permitió soñar.

jueves, 4 de febrero de 2016

COMENTARIO INFUNDADO


Me cruzó con mirada penetrante, inquisidora, y quiso averiguar:

—¿Es cierto lo que se comenta de vos…? 
—No, no es cierto —me apresuré a interrumpir sin vergüenza.
—¡Ja! Ya me parecía… —razonó la joven.
Todavía hoy muero por saber lo que a esos ojos verdes le han dicho de mí.

lunes, 1 de febrero de 2016

CARPETA MÉDICA



Me enteré de lo que le había pasado a Santiago Varela por medio de mis actuales compañeros de oficina. Sabía que Varela había fallecido pero no sabía en qué circunstancias precisas. Al principio, en la oficina se hablaba mucho de él, de sus anécdotas, de sus chistes, de su buen humor. Pero nunca se había hablado de su muerte y eso era algo que a mí me intrigaba. Hasta que un día, en la mateada habitual de las siete de la mañana, previa al inicio de la jornada laboral, me animé a preguntar. Me miraron serios, luego sonrieron y, como respondiendo a un código, nadie habló. No quise insistir y callé.
A los tres o cuatro días, no lo recuerdo muy bien, fue Alberto Fernández el que me contó la historia de su muerte.
Al año de haber ingresado a trabajar en los tribunales, en el mismo juzgado en el que yo trabajo, Santiago Varela recibió una intimación de la Corte Suprema de Justicia santafesina para que cumplimentara su carpeta médica, indispensable para trabajar en la administración pública provincial. Santiago ya hacía unos cuantos meses que había ido a preguntar a la Habilitación de los tribunales qué tenía que hacer para cumplimentar su carpeta médica, y recibió como respuesta un quedate tranquilo, ya te vamos a avisar. Cuenta Alberto que el día que recibió la intimación Santiago pensó en voz alta: Gracias por avisarme, sin saber Alberto, en ese momento, a quién se dirigía.
—Santiago era muy responsable y le gustaba hacer todo en orden —comentó Alberto—, por eso al otro día, sin demorar, se puso en campaña para cumplimentar su carpeta médica.
Cuenta que al principio no sabía por dónde empezar, a dónde ir. Y volvió a la Habilitación.
—Mire, Varela —le dijo la Habilitada—, nosotros no tenemos nada que ver con eso. Me parece que tiene que ir a la Asistencia.
Santiago después comentó en el juzgado que en el momento en que la habilitada le mencionó la Asistencia su reacción fue instantánea: ¿Y eso con qué se come? Y con una gran sonrisa, su interlocutora le explicó dónde quedaba.
Al otro día, mediaba octubre, se dirigió a la Asistencia. No quedaba lejos de los tribunales y eso le pareció bueno. En la puerta leyó un cartel: División Asistencia y Salud del Trabajador. Se sintió un poco más tranquilo: ya sabía un poquito más de todo eso que recién estaba comenzando.
—Mire, señor —le dijo una señora muy teñida y con delantal celeste—. Usted tiene que ir a la óptica Ventanal y ahí le van a dar todos los papeles que tiene que completar.
¿Óptica Ventanal? ¿Qué tendría que ver un comercio privado con una carpeta médica para la administración pública? Dejó las preguntas a un lado, asintió con la cabeza y se dirigió a la óptica.
Alberto me decía que cuando Santiago contaba la historia que le tocó vivir, lo hacía con una gracia muy especial que, a medida que iban pasando los días, se iba convirtiendo en una sonrisa forzada y con bronca. Cuando describió la óptica, lo hizo con una gracia muy especial.
Al entrar, la primera impresión fue horrible. Poca luz, paredes inmensas casi vacías, de donde colgaban dos tableros sosteniendo todo tipo de anteojos —tan feos como los tableros—. Mostradores de vidrio mal arreglados con objetos en su interior que nada tenían que ver con una óptica. Algunos carteles de cartón colgaban de las paredes despintadas y con un aspecto sucio que espantaba. Todo lo que debía hacer un buen comerciante para atraer a sus clientes, el dueño de esta óptica lo desconocía. Además, contra una de las paredes laterales, apoyada sin pie, se destacaba una bicicleta de media carrera con la rueda trasera pinchada o desinflada, elemento decorativo no muy acorde con una óptica.
Cuando apareció el óptico —o empleado, o el dueño del negocio, o quien haya sido— observó que detrás de esos bigotes espesos se escondía una cara muy común. Santiago le explicó lo que quería y este señor, sin emitir sonido alguno, se dirigió al interior de la óptica y regresó a los pocos minutos con unos cuantos papeles en la mano. Nunca los contó, pero eran muchos. Le explicó:
—Estos análisis se los tiene que hacer en forma particular, al igual que estas tres radiografías. Luego se va al hospital y se hace esto… esto… esto… y esto. Tiene que tener el grupo sanguíneo y hacerse la reacción de Mantoux…
¿Lo qué?, pensó Santiago, pero lo dejó seguir hablando. En realidad no le dio mucha bolilla. Solo observaba con qué esmero le explicaba este hombre todo lo que tenía que hacer y lo compadeció al pensar lo triste que debe ser cuando hablás y no te escuchan.
Cuenta Alberto que a los dos días de haber ido a buscar los papeles a la óptica, Santiago fue del médico forense para hacerse ordenar los análisis y las radiografías que tenía que hacerse de manera particular. El médico le dijo que para hacerse la carpeta médica, las obras sociales no cubrían ningún servicio de los que le pedían. Santiago —contó Alberto— se quejó: “¿Pero cómo? ¿Para trabajar en la administración provincial te obligan a hacer la carpeta médica y la misma provincia no acepta órdenes de IAPOS, su propia obra social?”.
—No —respondió sin más vueltas el médico, pero para que la obra social cubriera los estudios se las ingenió para hacer pasar los análisis y las radiografías con otro diagnóstico: neurosis hipocondríaca.
—¿Y eso es grave? —preguntó Santiago ante la risa del doctor.
El paso siguiente fue hacerle poner los códigos a las órdenes para que la obra social las autorizara. Pensó que no iba a tener mayores problemas ya que nadie se iba a dar cuenta del diagnóstico trucho. Primero fue a lo del bioquímico. Le explicó a la secretaria lo que necesitaba y la experta veterana, sin leer el diagnóstico, le dijo: “Ah, esto es para una carpeta médica”. Santiago quedó boquiabierto. Nunca hubiese imaginado que la pequeña trampa —inocente y justificada para él— durara tan poco. No sabía qué decir ya que la secretaria no había preguntado nada, sino que había hecho una afirmación rotunda, a la que no le cabía ningún tipo de discusión. “Yo le voy a poner los códigos, pero no creo que se los autoricen ya que salta a la vista que esto es para una carpeta médica”. Dice Alberto que Santiago solo se limitó a pronunciar un “gracias” timidón.
Y luego, las radiografías. ¿A dónde ir? Eligió un sanatorio céntrico. Allí no tuvo ningún inconveniente. La recepcionista le colocó los códigos a la orden, Santiago agradeció y se fue.
La incertidumbre ahora era saber qué pasaría con la obra social. Tardó dos días en ir, quería tomar coraje y lograr actuar con naturalidad al pedir la autorización de las órdenes que, lo sabía, podían ser (in)justamente rechazadas. Llevó primero la de los análisis. No las llevó juntas para que no fuera tan evidente la pequeña trampa que intentaba cometer. Sostenía que para algo todos los meses le descontaban fangotes de guita de su sueldo para esa maldita obra social que no había elegido, de la que se encontraba cautivo y sin posibilidad de cambio. La empleada de la obra social, con su mejor cara de trasero, le dijo que pasara a retirarla al otro día, después de las nueve. Y esa noche durmió mal, inquieto. “¿Pero para qué me preocupo tanto —se decía—. Al final de cuentas, si la obra social no autoriza los análisis, los tendré que pagar con dinero de mi bolsillo…”. Grande fue su sorpresa al otro día: la firma del médico auditor autorizaba los análisis solicitados. Dice Alberto que Santiago esa mañana se pasó todo el tiempo hablando de eso. Y de que ahora no se animaba a llevar las órdenes de las radiografías. “¿Se darán cuenta?”. Dejó pasar dos días más y las llevó. Obtuvo —para su suerte— el mismo resultado: logró la autorización.
Ahora sí todo se hacía más fácil. A mediados de noviembre, a las seis y media de la mañana, se dirigió a hacerse los análisis, en ayunas. El bioquímico lo atendió. Llevó el frasquito con su primera orina de la mañana envuelto en papel de diario y se arremangó la camisa para recibir el pinchazo extractor de sangre. “¿Carpeta médica?”, preguntó con su voz gruesa el bioquímico. “Si”, contestó Santiago, cabizbajo, resignado y vergonzoso. “Venga a buscar los resultados el lunes que viene”.
Al otro día se sacó las radiografías. Todo parecía ir muy bien y estaba contento. Alberto cuenta que un día Santiago dijo que muy pronto terminaría con los trámites particulares y que luego comenzaría con lo que tenía que hacer en el hospital.
La historia continuó por los carriles normales. Retiró las radiografías —estaba todo bien— y también los análisis —resultados óptimos—. Cuando Santiago retiró los análisis del bioquímico, la secretaria le exhibió un comunicado de la obra social por el cual advertía a los médicos en general que si se detectaban órdenes para carpeta médica, no las pagarían. “Nosotros la vamos a pasar. Pero si no nos pagan se las cobraremos a usted”. Santiago dijo que no había ningún tipo de problemas y le dio el número de teléfono del juzgado por cualquier eventualidad.
Al hospital le habían dicho que tenía que ir bien tempranito, cerca de las seis de la mañana, para sacar turno y se decidió a ir en los primeros días de diciembre. No quería que las fiestas de fin de año lo encontraran todavía con la carpeta médica sin cumplimentar. Se levantó más temprano de lo habitual para estar temprano en el hospital. Dice Alberto que el día anterior Santiago le había avisado al secretario del juzgado que quizás llegaría tarde porque no sabía cuánto tiempo demoraría. Llegó a las seis en punto al hospital y lo primero que se preguntó fue qué era lo que pasaba. Había mucha gente. Veintisiete personas formaban la cola para sacar turno. Se resignó y se puso al final de la fila. Miró su reloj: apenas habían pasado tres minutos de las seis. A las siete debería entrar a trabajar. Dudaba si iba a llegar a tiempo.
Miró a su alrededor y no supo describir lo que sintió. Me dijo Alberto que Santiago no fue solo una vez al hospital y que cada día que volvía del mismo, pasaba siempre lo mismo: no supo decirme si era mal humor o un sentimiento de impotencia y de maldita resignación. Ese día no fue atendido porque eran las seis y media y recién comenzaban a atender al público. Las veintisiete personas que estaban antes que él debían sacar turno en una ventanilla donde atendía un empleado antipático y de mal humor que actuaba como si tuviera haciendo favores a la gente… Y además solicitaba dinero que pedía se deposite en una latita sospechosa que tenía a su lado. A las siete menos veinte atendió al segundo de la fila y Santiago calculó: si por cada persona tarda diez minutos, su turno llegaría dentro de unos doscientos cincuenta minutos aproximadamente, o sea, dentro de cuatro horas y diez minutos. Además de lo que tendría que esperar para que lo atendieran los médicos… Dice Alberto que Santiago en ese momento quiso ser un poquito más optimista y pensó que la demora al principio se debía al sueño que debería tener el empleado, que actuaría lento hasta que alcanzara su ritmo habitual de trabajo. Pero veía que los minutos pasaban y que seguía atendiendo al segundo de la fila. Suspiró fuerte, como para que la gente que estaba cerca de él se diera cuenta de que estaba ofuscado —como si con esa actitud fuera a ganar algo—, dio media vuelta y se fue a trabajar. Los que estaban detrás de él sonrieron agradecidos.
Alberto Hernández me contó también que si bien Santiago no llegaba siempre de buen humor a la oficina, tenía siempre una sonrisa —aunque forzada— para brindar. Cuando estaba de mal humor no lo exteriorizaba ni lo decía, pero se daban cuenta porque no abría la boca en ningún momento mientras se tomaba el mate habitual de las siete. Ese día, cuando volvió del hospital, lo único que dijo fue: “Ni me hablen”, y se fue a su escritorio a escribir a máquina.
A medida que pasaban los días y el tema de la carpeta médica se tocaba, Santiago iba perdiendo lentamente el sentido del humor y de sociabilidad.
Días después Santiago decidió volver al hospital, pero ahora iría más temprano. Cinco y media o seis menos cuarto, más o menos. Y llegó a las menos veinte. “¿Ya hay gente?”, se quejó, pero no tanto porque solo cuatro personas había antes que él. Luego de una hora con veinte minutos de esperar parado en su quinto puesto, el empleado comenzó a atender. Respiraba más tranquilo y a los veinte minutos —rapidísimo— le tocó su turno:
—Buen día —no le contestaron—. Vengo por la carpeta médica…
—¿Ya habló con la señora Oveja? —preguntó antipáticamente el empleado.
—¿Con quién?
—Tiene que hablar con la señora Oveja, ella está encargada de las carpetas médicas. Tiene que ir por el pasillo hasta el fondo, agarrar a la izquierda y otra vez hasta el fondo, nuevamente a la izquierda.
—¿Y acá no tengo que sacar turno para nada?
—No. El que sigue…
Sintió bronca al recordar que el primer día la telefonista del hospital le había dicho que para cumplimentar la carpeta médica tenía que hacer la cola. Miró hacia donde trabajaba esa mujer y no la vio. Santiago sabía que por más que la hubiese visto, no le hubiese dicho absolutamente nada. Fastidiado, se dirigió a buscar a esta mujer… Ovino… Oveja… Abejas… Ya no se acordaba ni cómo se llamaba. Y la encontró adentro de una piecita que daba lástima.
—Esta señora lo trató muy bien —me explicaba Alberto—. Le indicó todo lo que tenía que hacer. Un electrocardiograma, ir a lo del odontólogo, a Traumatología y a Vacunación o Vías Respiratorias, no recuerdo, a hacerse la reacción de Mantoux. Recién ahí, gracias a esta señora, Santiago supo para qué servía eso que él no entendía.
Y la reacción de Mantoux fue lo primero. Lo atendieron rápido. Un pequeño pinchazo en la parte superior del antebrazo, le pidieron todos sus datos personales y le dijeron que volviera a los tres días para ver el resultado obtenido. En Odontología había que hacer cola por orden de llegada. Se dirigió hacia allí y había muchísima gente Decidió volver otro día, después de todo ya estaba resignado a seguir perdiéndolos. Volvió a buscar a esta señora Oveja para que le indicara los pasos a seguir.
—¿Pero usted no trajo las radiografías?
Santiago sonrió por no llorar.
—Nadie me dijo que las tenía que traer, señora…
—Para que lo atiendan en Traumatología tiene que venir con las radiografías que se sacó en forma particular. ¿Y cuando se hizo la reacción de Mantoux no le pidieron la radiografía de pecho?
—No.
—Qué raro… Va a tener que venir otro día para cumplimentar esos trámites. Ahora venga conmigo que vamos a hacer el electrocardiograma.
Recuerda Alberto que la gracia que al principio ponía Santiago para relatar todas las peripecias en el hospital se fue convirtiendo en un relato tétrico e irónico a la vez. Y eso lo pudo comprobar cuando le contó a sus compañeros lo del electrocardiograma.
La señora Oveja lo dejó en manos de una enfermera rubia —¿rubia?— que lo hizo pasar a una habitación muy pequeña en la que apenas cabían una camilla, un pequeño escritorio, una silla y un aparato inmenso que no supo decir cómo se llamaba. A Santiago le hicieron sacar la camisa, los zapatos y el reloj, para luego hacerlo acostar en la camilla.
—Que su cuerpo no toque el borde metálico de la camilla, por favor…
Se tuvo que encoger un poco porque la camilla no era ni de las más largas ni de las más anchas.
—No tenga miedo de que lo vayamos a electrocutar —dijo jocosamente la enfermera mirando a los ojos de Santiago.
Le pareció un comentario por demás estúpido y a pesar de que era la primera vez que se hacía un electrocardiograma, se consideraba lo suficientemente inteligente como para saber que no le pasaría nada. Luego de un rato, mientras observaba cómo la enfermera le colocaba unos botones metálicos en todo el cuerpo y lo llenaba de cables, dudó de su propia inteligencia.
En un determinado momento le pedí a Alberto que tratase de abreviar un poco la historia de Santiago, que con solo decirme lo principal, yo entendería.
—No es así, hermano —me dijo—. No creo que el relato que te estoy haciendo sea más largo de lo que tuvo que vivir Santiago. Además, para llegar al final y comprender su muerte, es necesario saber todo con lujo de detalles.
Me resigné a seguir escuchando la historia de este hombre que, lo confieso, me estaba aburriendo. De a poco me iba arrepintiendo de haber preguntado por Santiago Varela. Hacía ya una hora y cuarto que Alberto me estaba contando la historia, con tanto entusiasmo que no me animaba a decirle que no quería seguir escuchándola.
—Porque si a algo no le iba a ganar nadie a Santiago era a tener paciencia —siguió Alberto—. Tres días después llegó al hospital con todas las radiografías.
Fue también ese día bien temprano. Pero no tanto ya que sabía que no debería hacer la cola. Buscó a la señora Oveja y la encontró en su lugar habitual.
—¿Se anotó para Traumatología?
Santiago cerró los ojos, apretó los dientes, contó hasta diez y preguntó:
—¿Dónde me tengo que anotar?
—En la fila que hay en la entrada. Vaya rápido antes de que siga llegando gente.
No abrió la boca. Fue a la fila. Masticaba saliva y la convertía en espuma. Vio a diez personas en la cola y al empleado antipático atendiendo. La señora Oveja le había dicho que después la viera. Al llegar a la ventanilla, dio todos sus datos, se anotó para Traumatología —era el primero— y recibió el mangazo:
—Una colaboración para la cooperadora…
La respuesta fue inmediata, llena de odio y sinceridad: “No tengo dinero”. Y si bien mentía, sí era cierto que no tenía cambio y, obviamente, no iba a dejar buena parte de su sueldo en esa latita que ni siquiera medida de seguridad tenía.
Intentó tranquilizarse y volvió hacia la señora Oveja. Pensó irónicamente que fue una ventaja haberse hecho el electrocardiograma el otro día, porque si se lo hacían en ese momento, le hubiesen dado un calmante.
—Vaya a buscar el resultado de la reacción de Mantoux.
Y fue. Le dieron una tarjetita color celeste que decía que estaba vacunado con la BCG y que tenía una mancha roja en la piel —se la habían medido con una regla de madera como las que él había usado en la escuela primaria— que medía once milímetros. Tardó muy pocos minutos en este trámite y volvió a ver a la señora Oveja.
—Vaya a Traumatología.
Y fue. Estaba anotado primero pero advirtió que la gente ya estaba siendo atendida. Seguramente había perdido su turno y debería esperar hasta lo último —a esta altura de los acontecimientos ya pensaba en lo peor—, y esperó que salga alguien de la sección para explicarle su situación. “Un momentito, por favor”, recibió como respuesta a su intento de iniciar una conversación. Miró su reloj: las ocho. En el juzgado sabían que él estaba con los trámites de la carpeta médica y no había problemas por su tardanza. Al menos eso era lo que él creía. Se apoyó en una de las paredes del hospital, sin pensar en nada, a esperar que lo llamaran. Sintió una alegría enorme al ver que, a los dos o tres minutos, salió nuevamente el enfermero y le preguntó: “¿Carpeta médica?”. “¡Sí!”, dijo casi gritando de felicidad y lo hicieron pasar. Le pidieron las radiografías y un médico las miró muy apresuradamente con una luz de fondo. Santiago vio que escribía con letra ininteligible y en menos de dos minutos había terminado en Traumatología. Se estaba animando. Volvió a lo de la Oveja.
—¿Listo? —le preguntó como si realmente le importara que Santiago terminara de una buena vez.
—Uno nunca sabe, señora…
Revisó los papeles uno por uno. A las firmas que no tenían sello le aclaraba el nombre del médico abajo con birome y le ponía el sello del hospital. Santiago la miraba impaciente.
—¿No le pidieron la radiografía de pecho donde le hicieron la Mantoux?
—No, señora, no me pidieron nada.
—Falta eso… Y para colmo me parece que la doctora ya se fue.
Alberto de a ratos se mimetizaba con Santiago. Mirando yo a Alberto me lo podía imaginar al pobre Varela viviendo esa verdadera odisea en el hospital. Alberto imitaba sus caras, sus gestos y sus movimientos con mucha gracia, y había veces que hasta teatralizaba poniéndose de pie o imitando a Varela cuando contaba sus experiencias.
La señora Oveja salió casi corriendo para ver si encontraba a la doctora que tenía que informar la radiografía de pecho. Santiago se quedó sentado en un sillón que había en uno de los pasillos del hospital, desganado. Instantes después apareció la señora Oveja con su cara sonriente y le pidió la radiografía. La doctora no se había ido y se alivió al pensar que no debería volver nunca más a ese maldito hospital.
—Listo —dijo orgullosa la señora Oveja cuando volvió con la radiografía informada—. Ahora creo que está todo. A ver… la Mantoux, los análisis, odontología, grupo sang… ¿Y el grupo sanguíneo?
Santiago miró al techo pidiendo clemencia.
—No tengo ningún certificado del grupo sanguíneo pero figura en mi carné de conductor.
—No sé si le va a servir, pero por las dudas, sáquele una fotocopia.
—Sí, señora…
—¿Falta mucho? —interrumpí a Alberto poniéndome un poquito nervioso—. Me estoy cansando y aburriendo —me sinceré.
—Callate y seguí escuchando. Más cansado seguro que estaba el pobre Santiago, que en paz descanse…
A las nueve de la mañana salió del hospital con los papeles completos. Solo le restaba volver a la Asistencia y presentarlos. Se acercaba fin de año y quería terminar todo antes de las vacaciones. Cuando llegó al juzgado comentó orgulloso que estaba ya casi todo terminado.
Miércoles 16. Ocho de la mañana. Santiago se dirige a la Asistencia.
—¿Usted sacó turno?
—No sabía que había que hacerlo.
—Sí. Hay que hacerlo —le contestaron de mala gana.
—Disculpe, no vengo todos los días a hacerme la carpeta médica —dijo irónicamente Santiago y con el mismo mal humor de la empleada.
—Venga el viernes. ¿Tiene todos los papeles?
—Sí, aquí están.
La empleada de la Asistencia se los pidió para revisarlos. Tardó unos minutos. Santiago pensaba hasta cuándo duraría todo eso.
—Tome, están bien, completos y todo en orden. Venga el viernes a las ocho con todo esto.
En el juzgado comentó que el árbol estaba ya casi plantado y guardó todos los papeles en un sobre, tal cual se los había dado la empleada, a la espera del viernes.
El viernes 18 de diciembre creyó que todo terminaría al fin… Al llegar a la Asistencia a las siete con cuarenta y cinco minutos, le dijeron que tenía que esperar al médico y le pidieron todos los papeles —nuevamente— para revisarlos. Santiago ya los había revisado en el juzgado y estaba tranquilo. La puerta por donde lo atendió la señora teñida quedó entreabierta y por el reflejo de un vidrio podía advertir todos sus movimientos mientras revisaba los papeles. En realidad no le pareció una empleada de las más ordenadas. El médico llegaba a las ocho y tendría que esperar un ratito. Estaba anotado primero en los turnos.
—Señor… —apareció la teñida de improvisto—. Le falta el certificado de la BCG.
Santiago la miró con tranquilidad.
—No, señora, tiene que estar. Es un cartoncito celeste…
—¡Ya sé que es un cartoncito celeste! ¡Pero no está!
—No puede ser. Revisé todos los papeles antes de venir para acá y estoy seguro de que estaba. Lo tuve en mis manos.
—No está.
—¿Por qué no se fija un poquito en su escritorio? Quizás se le traspapeló o se le cayó…
—Ya me fijé y no está —contestó tajantemente la treñida—. Va a tener que traer el certificado de la BCG porque si no el médico no la va a atender. ¿Por qué no se fija en su billetera o en otro lugar si no lo tiene?
Santiago, con todo el mal humor del mundo, sin decirle nada, se dirigió al juzgado, revisó todos sus cajones, la billetera y no encontró nada. Estaba seguro de que el certificado de la BCG estaba entre los papeles que le había dado a la empleada de la Asistencia. Volvió.
—No podemos hacer nada —dijo con lástima la vieja teñida.
—¿No me puede atender hoy el médico y después le traigo la BCG?
—No.
Salió con bronca, sin saludar. Alcanzó a escuchar que la teñida le decía que le reservaba un turno para el lunes 21 pero no le dio importancia ya que no pensaba volver el lunes.
Ese día estuvo en el juzgado de muy mal humor. Le contaba angustiado a sus compañeros lo que había sucedido y todos compartieron su amargura. No podían entender lo que había pasado y trataban de consolarlo. Y el lunes 21 no fue.
El martes por la mañana volvió a ir al hospital. No fue temprano. Fue en horario de trabajo, a mitad de la mañana. Pidió permiso y lo autorizaron. Entró como ciego y se dirigió directamente a Vacunación. No tuvo que esperar ni un minuto. Nadie había antes que él y lo atendió una enfermera. Pensó en explicarle lo que había pasado, con lujo de detalles, pero razonó un segundo y se dijo: “¿Qué le puede llegar a importar a esta mujer lo que me pasó con mi certificado?”.
—Se me perdió el certificado que retiré la semana pasada y vengo a buscar otro.
Y se lo dieron enseguida.
—Te lo voy a ir abreviando —dijo Alberto.
“Menos mal”, pensé.
Martes a última hora de la mañana Santiago, sin ganas, se dirige a la Asistencia a pedir un turno para el otro día.
—¿Cómo no vino ayer? Tenía turno…
—Voy a venir mañana —dijo tajante.
—Está bien. Pero no deje de venir porque no podemos perder los turnos.
Maldijo en silencio a la teñida y se fue.
“Ya falta poco”, pensó esperanzado Santiago. Yo pensé lo mismo. La historia se estaba acabando.
—Pero a la historia le queda lo mejor —dijo entusiasmado Santiago.
Yo todavía no me lo había planteado, pero poco a poco, a medida que avanzaba mi aburrimiento, pensaba qué tenía que ver lo de la carpeta médica con la muerte de Varela.
Miércoles 23, hora siete. Santiago Varela llega al juzgado sin ganas. Saludó fríamente a sus compañeros. Mientras tomaba mates, pidió permiso para retirarse a las ocho. Tenía la ilusión de terminar con ese trámite de una buena vez por todas. Nuevamente el permiso le fue concedido. “La carpeta médica es importantísima por si te morís”, dijo seriamente el secretario. A Santiago no le hizo gracia el comentario.
Hora ocho. Santiago se dirige a la Asistencia con todos los papeles. No le quedaba otra opción que pensar que estaban en orden.
—Buen día. ¿Los papeles?
—Aquí están —dijo Santiago arrojándolos sobre el escritorio de la teñida y sin expresar un solo gesto.
—Espere abajo. El doctor viene a las ocho.
—Son las ocho.
—Está por llegar…
Ocho y treinta. Santiago espera impaciente sentado en un banco, intercambiando de vez en cuando alguna palabra con la mujer que limpiaba el piso.
—¡Qué calor! —se quejó la señora.
—Estamos en diciembre, señora —dijo Santiago de mal humor.
“¿Qué tendrá que ver todo esto con la muerte de Santiago?”, pensaba yo.
Alberto seguía con su insoportable suspenso. Nueve. El médico no llegaba. Santiago se puso de pie y comenzó a caminar en círculo. Se asomó a la puerta. El tiempo amenazaba con tormentas. En cualquier momento caerían las primeras gotas. “Espero que hoy no se pierda nada”, rogaba. Nueve y treinta. Santiago golpeó la puerta de la teñida.
—Ya debería haber llegado. No sé qué le pasará.
—Es que estoy en horario de trabajo…
—Sea paciente, por favor.
Y siguió esperando.
—¿Ves que voy más rápido? —dijo Alberto.
—No, no lo veo. ¡No me contás nada! —dije ofuscado.
Santiago decía que llegó un momento en que se sintió rebotando contra las paredes. Iba y venía como un loco. Eran las diez menos cuarto y llegó un hombre joven que aparentaba ser médico. Santiago se esperanzó. A los diez minutos lo llamaron. “Por fin”, suspiró.
Diez horas. Santiago Varela se enfrenta al médico, que empieza a hacerle preguntas. “¿Quebraduras? (No) ¿Hepatitis? (No) ¿Operaciones importantes? (No)”. A los diez minutos Santiago perdió la cuenta de cuántos “no” había contestado y el médico, sonriente, comentó:
—¡Pero sos un tipo sano!
Santiago sonrió falsamente mientras pensaba qué le podía importar al médico si era sano o no. A las diez y cuarto estaba listo. Había terminado todo. Solo faltaba que le dieran la constancia de que había cumplimentado todos los requisitos. ¡Y se la dieron sin hacerlo esperar! Santiago no lo podía creer. Tenía en sus manos un papel con firma y sello de no sé quién que certificaba que había cumplimentado su carpeta médica. Se fue casi corriendo. Las cuatro cuadras que separaban la Asistencia de los Tribunales le parecieron demasiado cortas. Tenía ganas de ir a caminar por la ciudad y volar, sentirse libre. Tenía ganas de gritar, de saltar, de llorar de alegría.
—¡Terminé!
Todos en el juzgado festejaron. “Por fin… ¿Te dieron alguna constancia? ¿Estás seguro? ¿Y ahora qué?”. Santiago sonreía pero no olvidaba todo lo que había vivido.
Diez minutos más tarde se encontraba escribiendo una nota informando a la Corte Suprema de Justicia de Santa Fe que había terminado con todo lo que le habían solicitado. Alberto buscó en un cajón de su escritorio un papel y me lo leyó.
—Todavía guardo esa nota que escribió Santiago. Escuchá:

Rafaela, 23 de diciembre de 1992.
Al Señor
Secretario Suprema Corte de Justicia
Provincia de Santa Fe
SU DESPACHO

El que suscribe, SANTIAGO VARELA, D.N.I. Nº —no lo leyó—, quien desempeña funciones como Auxiliar en el Juzgado de Primera Instancia de Distrito en lo Penal de Instrucción de la Primera Nominación de Rafaela, tiene el agrado de dirigirse a Ud. a los fines de informarle que en el día de la fecha ha cumplimentado ante la División Higiene y Salud del Trabajador —Rafaela— su Carpeta Médica Personal, como oportunamente se lo solicitaran.
Adjunta asimismo a la presente fotocopia certificada de la constancia de Certificado Psicofísico en trámite, quedando a la espera de la asignación de su número personal de Carpeta Médica.
Sin otro particular, saluda a Ud. muy atentamente.

Santiago Varela
Auxiliar

Ese mismo día la llevó a la Habilitación con la fotocopia y todo, dentro de un sobre. Santiago Varela había cumplimentado por fin con lo que le habían solicitado.
—¡Por fin! —exclamé—. Pero, ¡¿qué tiene que ver todo esto con su muerte?!
—Ahora viene…
—¡¿Más?!
El 31 de diciembre, a minutos de culminar el año laboral, cuando ya los festejos habían empezado en el juzgado, recibe una llamada.
—Nos han rechazado sus órdenes de análisis y la obra social no nos ha pagado. Le pedimos por favor que se acerque al consultorio a la brevedad posible.
Santiago sonrió y meneó la cabeza. Tranquilizó a la secretaria del bioquímico y colgó. Alberto dice que lo que le costaron los análisis no fue poco. Pero recuerda que Santiago los abonó sin protestar. Algo en él ya había cambiado. Alberto no me supo decir qué, si su modo de actuar o su mente. Había cambiado mucho en esos tres últimos meses y lo atribuía justamente a su carpeta médica.
—¡¿Y cómo carajo se murió?! —le grité.
Alberto se apuró un poco al verme tan nervioso. A mediados de febrero del otro año recibió otra intimación de la Corte reclamándole que formalice su carpeta médica. Pareció enloquecer. Cuando creyó que todo había terminado, en un segundo la pesadilla retornó. Habló por teléfono a la Corte, con el secretario, y preguntó si no habían recibido su nota.
—Sí, su nota sí. Pero nos comunicaron de la Asistencia de Rafaela que no encuentran sus papeles…
Colgó sin saludar y sin pedir permiso salió corriendo del juzgado. De ahí en más solo podemos imaginar lo que ocurrió ya que nunca más lo vimos vivo. Nuestras suposiciones y las declaraciones de algunos testigos —entre ellos, la teñida— nos ayudaron a cerrar la historia de Santiago.
—Cálmese, le voy a explicar —dijo la teñida que le dijo.
Y seguramente le explicó. Los papeles se habían perdido, no sabían cómo. A Santiago suponemos que se le debe haber venido el mundo abajo y dicen que gritó muy fuerte. La teñida trató de tranquilizarlo.
—No se preocupe. Usted ya sabe todo lo que hay que hacer y le va a resultar todo más sencillo que antes.
Es de imaginar que ante semejante reflexión, Santiago volvió a gritar. Dijo la teñida que se agarró de los pelos y ante su mirada atónita salió corriendo como un loco a la calle. Ella dijo que lo siguió, preocupada, por supuesto. Pero no logró detenerlo. Al salir a la calle, Santiago ya estaba tirado bajo la inmensidad de un camión de reparto de productos lácteos.
A este punto del relato la cara de Alberto reflejaba angustia y mi cara satisfacción. No por la muerte de Santiago —cuya llegada en el relato estaba esperando ansioso— sino porque había llegado por fin el final de la larga historia de Alberto.

¿Final?
Al día siguiente de que Alberto finalizara su tediosa y trágica historia, por medio del secretario del juzgado recibí una comunicación de la Corte Suprema de Justicia: me intimaban a cumplimentar mi carpeta médica personal.

martes, 5 de enero de 2016

LA VENTANA


Cuando la vi, vinieron a mi mente, escalofrío mediante, las imágenes que tenía guardadas de Alejandra y de Martín. No sé por qué, o sí, lo sé: esa pared gastada, muy vieja, olvidada, color sepia —sin la ayuda de ninguna máquina—, me hizo pensar en el mirador de la vieja casa de Barracas. Las persianas herrumbradas y entreabiertas, la reja trabajada como ya no se fabrican más, también oxidada, descuidada. Las hojas de la puertaventana con vidrios repartidos sucios, alguno más viejo que otro, la banderola en la parte superior y su moldura de estilo. Debo haber dado una imagen sospechosa al haberme quedado parado frente a esa casa, con el cuello inclinado a cuarenta y cinco grados y la mirada absorta perdida en esa vieja ventana, pero no en su superficie, en esa cerrazón que no impidió que mi imaginación volara y penetrara muros infranqueables.
El interior se veía oscuro y no pude dejar de imaginarme una muchacha recostada en su cama, los ojos cerrados pero que supe hermosos, cabellos negros con reflejos rojizos, con sus piernas encogidas, descansando profundamente; y un pibe inocente, visiblemente menor que ella, sentado a su lado, mirándola, deseándola como una bestia desesperada pero sabiendo que era un ser divino inalcanzable. Imaginé que yo era Martín y que Alejandra era un sueño loco y peligroso que estaba dispuesto a enfrentar. Sentí en pleno verano santafesino el frío húmedo del otoño, como si una llovizna acariciara mi barba entrecana y contemplé esa imagen hermosa de dos seres casi juntos, en la misma cama, y tan lejanos a la vez. Escuché en el interior de la casa, quizás en la habitación contigua o en un comedor de la planta baja, el lamento de un clarinete, notas desarticuladas y obsesivas. La habitación estaba oscura, apenas iluminada por la luz de una vela a punto de acabarse, y caminé lentamente por sus pisos gastados de viejos. Al intentar salir de la habitación observé una escalera caracol metálica que me conduciría seguramente hacia el autor de la triste melodía, pero dudé ir en su búsqueda. Estaba en mal estado, herrumbrada y con varios escalones rotos. Además, la escena de Martín y Alejandra me deslumbraba, nunca había visto una imagen tan desgarradora y amorosa a la vez. Como un cuadro expresionista. Ella, de apariencia tan angelical, inmersa en sueños que imaginé tenebrosos; y él, lánguido, triste, esperanzado en un amor que no podía ser.

...

El bocinazo de un colectivo de la línea 2 me hizo volver a la realidad y me sentí ridículo, allí parado, inmóvil, sobre una vereda de calle 9 de Julio, observando la ventana de una vieja casa que había advertido segundos antes, al mirar sin saber por qué hacia arriba, al azar.


Foto del 01/01/2016

sábado, 10 de octubre de 2015

¿SOY LOCO?


Muy a menudo me suceden cosas que me hacen pensar que me estoy volviendo loco. Esas cosas que están tanto dentro como fuera de mi alcance parecen torturarme, poco a poco me van matando, perturbando... La locura es un estado de la mente que no deja a una persona hacer cosas coherentes durante un tiempo determinado, o infinito, y ahora la estoy sintiendo cada vez más en mí. ¿Estaré loco realmente o será que me quieren volver loco? Trato de reflexionar, de inspirar mis momentos libres en pensamientos que me dejen salir de mi encrucijada, que me orienten. El colegio me parece absurdo, me dan ganas de irme a otro país, un país fantástico, me dan ganas de volar, de correr, de morir. Todo esto me cuestionan. Me dan consejos absurdos. Tratan de convencerme y no lo logran. Y al final me dicen: “Estás loco”. Todo sigue igual. ¿Me aclararon algo? No. Solo me convencieron de que algo de loco tengo. Pero cómo hacer para dejar la locura a un lado y volver a lo que era... Volver a lo que era... ¿Y qué era? Un pobre inocente que se preocupaba por el aplazo en el colegio o por las amonestaciones estúpidas que tendían a corregirnos.
Estoy loco... pero si vuelvo a la normalidad, ¿seré el de antes? Por favor, quiero madurar, quiero creer en algo, en alguien, quiero salir del mundo cruel que nos rodea, y ser feliz, y ser libre, pero ¿para qué? ¿Para que después la ley moral no te deje tener el pelo largo, no te dejen usar barba? ¿Todo eso es libertad? Sí, ya sé, dirán que libertad no es eso, pero mejor, ¡cállense!
Sigo en mi estado de locura sin saber adónde voy, qué hago; estoy perdido. ¡No, no quiero ayuda, déjenme en paz, quiero seguir siendo loco, no me devuelvan al de antes! Estoy loco pero razono. ¿Será esta una verdadera locura?
Estoy loco pero...
                       Estoy...
                                Soy...
¿Soy loco?

lunes, 13 de julio de 2015

PAPEL




Tres kilos trescientos. “Como un bebé”, pensó. La bolsa llena de papeles bien acomodados no era muy grande pero tres kilos trescientos para apenas dos horas de trabajo, no era un mal número. Habían terminado las clases y como hacía mucho no lo hacía, al mediodía decidió limpiar el placar donde guardaba, tiraba, depositaba o simplemente olvidaba libros, carpetas, apuntes, bolsos, bolsas (de esas que le daban en los comercios y nunca tiraba, no sabía por qué; o sí, lo sabía: siempre pensaba que podrían ser útiles para algo, pero lo único que hacían era ocupar lugar) y cualquier otro elemento que por el momento no necesitaría de manera inmediata.
Se preguntaba en silencio si todos los docentes eran igual de estúpidos. “¿No tirarán nada, como yo?”. Ratones de biblioteca. Pero el hecho de que las puertas del placar ya no cerraran como debían hacerlo (necesitaban dos o tres empujones más un caderazo seco y contundente para cerrar como otrora) la hizo pensar en una buena limpieza a fondo.
Separó primero las dos carpetas que utilizó durante el último ciclo lectivo. Era lo más nuevo y quizás podría reutilizar algo de ese material el año venidero. Así que intentó sacar de una torre de carpetas, las que estaban más abajo. Le costó hacerlo y pagó su precio. Las que estaban arriba también abandonaron su lugar de quietud y terminaron en el suelo, desparramadas. Pensó que de todas formas las tendría que haber sacado, pero el desparramo provocado implicaba un trabajo mayor.

Abrió la primera carpeta. Era azul y tamaño oficio. Hacía varios años que había optado por comenzar a trabajar con A4 y abandonar el tamaño legal definitivamente. Eran antologías literarias de varias hojas cada una. Incluso observó una, con papel muy amarillo, que había sido escrita en la vieja Olivetti italiana que había utilizado muchísimos años atrás. No dudó en sacarla y acomodarla cuidadosamente en una gran bolsa plástica de zapatería (acorde al tamaño de su calzado). Comenzó a hojear las demás antologías y a recordar cuánto tiempo hacía que no leía tal cuento o tal poema en clase. Se demoraba más de lo que tenía pensado al recordar momentos precisos de lectura o trabajos prácticos realizados con esos textos. Se le venían a la mente algunas caras de alumnos, tanto las ansiosas como las desesperadas, las satisfechas y las ofuscadas. Siempre había disfrutado anexar imágenes a los textos para hacerlos más atractivos para sus alumnos. Muchas veces sus alumnos —se lo dijeron varios— habían comenzado la lectura de un cuento motivados por la imagen que lo acompañaba.
Fueron varias las horas ocupadas en ordenar el placar. La limpieza fue exhaustiva pero no completa. Cuando comprobó que las puertas cerraban normalmente, con un simple empujoncito, dijo basta. A pesar de que la bolsa estaba bastante llena, el cambio apenas se notaba. Seguramente, en las próximas vacaciones continuaría el trabajo, como todos los años venía ocurriendo.
Arrastró la bolsa hacia la calle. No pudo levantarla. No porque no la aguantara sino por el miedo a que el plástico no resistiera el peso de tanto papel. Pensó que los basureros municipales no se la llevarían. No era el día indicado para sacar la basura reciclable. Pero no le importó. Pensó que quizás alguien se la llevaría.
Se levantó temprano al otro día (maldecía siempre no poder dormir un poco más en época de vacaciones) y se fue a hacer los trámites que los horarios escolares no le dejaban hacer durante los días hábiles. Con satisfacción advirtió que la bolsa ya no estaba en la vereda de su casa. Los basureros la habían levantado igual y se la habían llevado. Pensó que por la tarde podría “atacar” nuevamente el placar. Seguramente encontraría nuevos papeles para tirar.
Esa noche, mientras cenaba y luego de zapear infructuosamente durante varios minutos, decidió apagar el televisor y leer. Colocó el pequeño atril de madera sobre la mesa, al costado izquierdo de su plato, sirvió en el vaso agua saborizada, apoyó el libro, lo abrió y, entre masticadas y sorbos, entretuvo la vista en el papel.
Timbre. Automáticamente miró el reloj que colgaba de la pared de la cocina. Las diez de la noche. Rara sensación tuvo. Por enésima vez pensó que tenía que hacer colocar un portero eléctrico. Abrió la pequeña ventana de la puerta para espiar quién era y observó a una pareja. Él, bastante despeinado y mal vestido, se apoyaba en un carrito metálico que seguramente arrastraría por la ciudad buscando basura o papel o algo que les sirviera para poder sobrevivir. Ella estaba parada a su lado, sonriente.
—Disculpen, pero no tengo nada en estos momentos…
—Pensamos que podría tener más papeles… como los de anoche —dijo ella.
No fueron los basureros municipales, advirtió inmediatamente. La mujer seguía con la sonrisa en el rostro y a él se lo veía muy tranquilo, de buen ánimo.
—Saqué todo lo que tenía para tirar. Quizás dentro de unos días saque más. Pero ahora no tengo —pensó en ofrecerles algo para comer, o leche para los hijos—. Esperen que veo si tengo algo para darles…
—No, señora, no. Deje. Solo queríamos más papeles como los de anoche.
Había hablado del hombre. Se los quedó mirando y un impulso la llevó a cerrar la ventanita y abrir la puerta. Como si le hubiesen dado ganas de charlar o de escuchar o de saber algo más de esa pareja. Eran muy jóvenes y su semblante no se condecía con la pobreza que reflejaban sus ropas.
—Con Fernanda nos llevamos anoche la bolsa de papeles, ¿sabe?, y cuando llegamos a casa, nos pusimos a armar paquetes para poder venderlos por peso, ¿vio?
—Sí, me imagino —contestó sin saber si se lo imaginaba o no.
—Y yo vi un dibujo hermoso —dijo ella—, de dos personas que se abrazaban y leí lo que decía el papel. Me gustó. Algo de estar cerca… y abrazarse… y amar…
Pensó inmediatamente en el poema de Jorge de la Vega, que recordaba perfectamente haber tirado a la bolsa. Tenía un dibujo sencillo de una pareja abrazándose.
—Por eso en vez de tirar, comencé a buscar dibujos y a leer lo que decía al lado.
—Me leyó uno largo, de un gato, un gato negro —dijo él como asombrado—. Después no me quería dormir —y sonrió.
—Fuimos sacando varios de esos papeles y los dejamos sobre la mesa para seguir leyéndolos hoy. Los que no tenían dibujitos los tiramos, ¿vio?
Los miraba asombrada. No podía creer lo que estaba escuchando. ¿Los textos de las viejas antologías que les hacía leer a sus alumnos estaban siendo rescatados del olvido por un par de cartoneros?
—Doña: si otra vez tira de esos papeles guárdelos, que nosotros los buscamos.
—No dormimos en casi toda la noche por leerlos…
—Ella los lee, porque yo no sé.
—Pero le voy a enseñar…
Sonrió. Les agradeció la visita, la historia que le contaron y les prometió que para la semana siguiente les tendría preparados más de esos papeles que tanto querían. 
Esa noche la que casi no durmió fue ella. Hasta la madrugada estuvo limpiando nuevamente el placar. Pero esa limpieza fue más cuidada y selectiva. Los escritos con imágenes que tanto había disfrutado en armar para sus alumnos, ahora tuvieron otro fin —incluso los más nuevos y que tenía pensado utilizar el año próximo—: ya no los tiró en grandes bolsas de nailon sino que los acomodó prolijamente en varias carpetas negras de tapa dura.

jueves, 9 de julio de 2015

SILVIO RODRÍGUEZ: Te doy una canción



Cómo gasto papeles recordándote,
cómo me haces hablar en el silencio,
cómo no te me quitas de las ganas
aunque nadie me ve nunca contigo.
Y cómo pasa el tiempo que de pronto son años
sin pasar tú por mí, detenida. 

Te doy una canción si abro una puerta
y de las sombras sales tú.
Te doy una canción de madrugada,
cuando más quiero tu luz.
Te doy una canción cuando apareces
el misterio del amor,
y si no lo apareces no me importa:
yo te doy una canción.

Si miro un poco afuera me detengo:
la ciudad se derrumba y yo cantando,
la gente que me odia y que me quiere
no me va a perdonar que me distraiga.
Creen que lo digo todo, que me juego la vida,
porque no te conocen ni te sienten.

Te doy una canción y hago un discurso
sobre mi derecho a hablar.
Te doy una canción con mis dos manos,
con las mismas de matar.
Te doy una canción y digo: “Patria”,
y sigo hablando para ti.
Te doy una canción como un disparo,
como un libro, una palabra, una guerrilla:
como doy el amor.

Silvio Rodríguez


miércoles, 6 de mayo de 2015

GENESIS: Follow You Follow Me


Un lanzamiento fundamental en la historia de la banda, "And Then There Were Three..." ("Y entonces Quedaron Tres...") es una referencia a la reciente partida del guitarrista Steve Hackett del grupo, dejando al grupo reducido a un trío (lo que resultaría en la formación de Genesis que parmenecería por mayor tiempo sin cambios, casi 20 años hasta 1996). Como resultado, los roles de los restantes miembros de la banda se definieron más ampliamente. Tony Banks se encargó de todos los teclados, Mike Rutherford de todas las guitarras y bajos, y Phil Collins de las baterías, percusión y voz.

viernes, 30 de enero de 2015

QUEDÁNDOTE O YÉNDOTE...


El tiempo hace de los Hombres los que ellos mismos buscan ser. O no…
Algunos buscan durante toda la vida y no encuentran nunca lo buscado.
Otros no buscan ni se esfuerzan en hacerlo, pero igualmente encuentran.
Otros buscan solo lo que creen que pueden alcanzar y basta…
Diferentes son las formas de buscar y de encontrar.
Algunos con solo estirar la mano tienen lo que buscan.
Otros, buscan pero no demasiado lejos.
Otros se lanzan a la vorágine que ofrece el mundo para buscar.
Cada uno busca la manera de alcanzar el objetivo.

* * *

Me fui, no podía quedarme. Mi pasado definía un poco mi futuro. ¿Qué hacer aquí?... ¿Y allá? Al menos lo desconocido, la aventura, las ganas de estar lejos, me ayudaron a partir.

No quise partir. Había estado lejos un tiempo y no lo había soportado. Esa lejanía, por supuesto, no había sido algo deseado. Experiencia traumática lejos de mi lugar, de mi gente. Preferí quedarme. Los sueños “sureños” se fueron al diablo. ¿Vencido? No sé…

Debía estudiar no solo para hacerme un lugar en el mundo sino también para sobrevivir. Miré para atrás y advertí que mi infancia se había perdido en una nebulosa. Lo mediato me indicaba que en mi mente había cosas por resolver y puse manos a la obra.

Te vas a cagar de hambre, me advirtieron cuando dije lo que quería estudiar. No sé si estaba decidido pero esas palabras fueron el incentivo fundamental para no dudar: estudié lo que me gustaba, lo que realmente sentía. ¿Vivir de esa profesión? No. La profesión como afición. ¿Y cómo sobrevivir?

Partí sin dudarlo, con la ilusión joven, hacia tierras extrañas, hacia culturas diferentes. Mi país acababa de salir del infierno y la incipiente democracia no colmaba mis expectativas. Mi título me permitió no solo sobrevivir sino también pensar en un futuro, en una familia, y conocer el mundo. Y no me detuve.

Comencé a desarrollar mi profesión con esperanzas. Pero la vida, que avanza más rápido de lo que uno desea, me hizo buscar otro medio de subsistencia. Mi afición no podía perder su verdadera esencia. No podía permitir que se volviera en mi contra, en mi pesadilla. Y soñé el porvenir.

No fue fácil estando lejos de los afectos, de la tierra madre. Pero los años fueron enseñándome cómo ser feliz. ¿Lo soy? No se es feliz permanentemente. La felicidad se compone de momentos, se hace a pedazos. No puedo perderme esos instantes de felicidad a la espera de la felicidad absoluta, que no existe…

Es cierto que siempre me resistí a las formalidades. Pero la vida te enfrenta a situaciones a las que te adaptás o morís. Fue así como llegué a un punto de mi vida en el que mi actual empleo público me alimenta el bolsillo y mi afición, el alma. Afectos, salud y tranquilidad económica... ¿Conformismo?

Tantos años lejos del país me hacen pensar en muchas cosas. El amor estuvo y se fue. Volvió y permanece… El amor de la descendencia nunca se va y ese es uno de los pedazos de mi felicidad. Me gustaría volver. ¿Para encontrar qué? ¿Para reencontrarme con quién, con quiénes? Te extraño, país de mierda, mi país, al que tanto odio, al que tanto amo. Voy a volver.

Uno piensa en la felicidad, en esa felicidad que sentimos de a ratos pero que nunca se queda definitivamente. Tengo mucho pero siempre falta algo. ¿Están bien los que están a mi lado? ¿Puedo decir que soy feliz mientras hay gente que no lo es? Intento en mi trabajo hacer algo para mejorar pero, ¿lo logro? ¿Es suficiente?

Quizás el regreso cambie un poco mi vida. Quizás en mi mente el pasado olvidado regrese para ayudar a descubrirme y dejar atrás el manto de niebla que hasta hoy lo cubrió. Los afectos que quedaron en aquel tiempo seguramente estarán. La situación del país es mucho mejor de la que dejé años atrás. El amor sigue y seguirá vivo por siempre y yo buscaré encontrar esos pedazos de felicidad de manera más habitual.

Los hijos crecen y uno ve en cada uno lo que entre los dos hicimos. Bien o mal. Pero ahí están, buscando el futuro que ellos mismos eligen. Sigo desde mi puesto público trabajando y desde mi afición, ayudando. ¿Sigo siendo el mismo de aquellos tiempos? “No se arrugó mi alma y eso es lo bueno”...

* * *

Y el tiempo dirá si esos "irses" y esos "quedarses" fueron fructíferos o no, si cumplieron su cometido o no.

Quién puede decir que perdí el tiempo afuera para ahora estar de nuevo aquí. Me fui justamente para eso: para encontrarme, volver y seguir siendo yo. Quién puede decir que perdí el tiempo quedándome aquí, en mi tierra, con los míos y en los míos. Me quedé justamente para eso: para seguir siendo yo.

El pasado quedará plasmado en fotos viejas, en emociones pasadas. Será la base sobre la cual en el presente los hombres deben seguir buscando, eternamente, su razón de ser, “quedándote o yéndote”...

Y deberás plantar
y ver así a la flor nacer
y deberás crear
si quieres ver a tu tierra en paz
el sol empuja con su luz
el cielo brilla renovando la vida

y deberás amar
amar, amar hasta morir
y deberás crecer
sabiendo reír y llorar
la lluvia borra la maldad
y lava todas las heridas de tu alma
de ti saldrá la luz
tan solo así serás feliz

y deberás luchar
si quieres descubrir la fe
la lluvia borra la maldad
y lava todas las heridas de tu alma
esta agua lleva en sí
la fuerza del fuego
la voz que responde por ti
por mí… y esto será siempre así
quedándote o yéndote.

(L.A.S.)


jueves, 29 de enero de 2015

MUSA VERDE ESMERALDA

Fotografía de Fabio Mudry (noviembre de 2012)

A F.M.


La reacción fue casi espontánea, no buscada. Pero sintió la necesidad imperiosa de hacerlo. Sabía que en su casa no podría, menos aun en el estudio, en su oficina. ¿Dónde encontrar la paz, la tranquilidad, el ambiente óptimo para lograr su objetivo? Desajustó la corbata que oprimía su cuello desde hacía horas y decidió escapar. La mente ardía, sus dedos estaban inquietos y la desesperación por decir se hacía insoportable.
Agradeció que en su casa no hubiese nadie. Solo los perros y la gata festejaron su llegada. Se desvistió rápidamente y buscó el pantalón de grafa y su remera más roñosa. Buscó el cuaderno de tapas verdes con espiral. También al Capitán Morgan para que le hiciera compañía. Apresuró la salida de su casa, no porque no quisiera encontrarse con su esposa o con sus hijos, sino porque desesperaba por estar allá enseguida y dar rienda suelta a tantos impulsos que quería liberar.
Cuarenta o cincuenta minutos después cargaba en la lancha solo el cuaderno, una birome y al Capitán Morgan. Nada más necesitaría. El empleado de la guardería de lanchas que lo ayudó a bajarla lo miró sorprendido. ¿Y la caña? ¿Y el reel? ¿No necesitaba carnada? No se atrevió a preguntar y observó estupefacto cómo, en silencio y con decisión, el dueño de la lancha aceleró a fondo.
Minutos después el río se reflejaba en sus ojos. Escuchaba en medio de la isla La Garceroza los sonidos que siempre había escuchado pero a los que nunca había prestado demasiada atención. O sí, pero no como se disponía hacerlo ahora. Disfrutaba del silencio ruidoso de la isla, de ese mundo que siempre había tenido frente a sus ojos y que ahora miraba de manera diferente, como queriendo descifrar el eterno secreto de la naturaleza. El Capitán Morgan invitó un trago y lo aceptó. Y volvió a aceptar una y otra vez.
Miró al cielo (muchos escribieron sobre él), pensó en el río (cuántos lo mencionaron en sus escritos), dos o tres cardenillas picotearon algunas migajas (seguramente estos pajaritos tenían a sus propios poetas), y por fin fijó su vista en la mesa, la vieja mesa de campo con sus patas torneadas verde esmeralda que sostenía en ese momento la botella de ron al lado de su vaso vacío…
Entonces desafió a ese silencio que lo dominó por años, quiso vencerlo y se liberaron así las palabras ocultas, oprimidas pero esperadas. Y surgieron los sonidos del silencio como alguna vez lo hicieran en una vieja canción…
Quién sabe cuál habrá sido el resultado, el producto de esa irrefrenable necesidad de decir. Pero seguramente esa tarde la vieja mesa de patas verde esmeralda cobró nueva vida al borde del Arroyo Leyes…

lunes, 12 de enero de 2015

14 - LA HISTORIA SIGUE... (Último relato camuflado)


Sin perfeccionar las leyes 
perfeccionan el rigor; 
sospecho que el inventor 
habrá sido algún maldito 
por grande que sea el delito 
aquella pena es mayor. 

Martín Fierro 


El grupo de jóvenes vestidos de civil esperaba la hora de partida sentado en el duro piso de la Plaza de Armas. Ya habían almorzado y algunos todavía saboreaban la naranja que les habían dado de postre. Diciembre comenzaba y el sol no perdonaba. Los todavía conscriptos no sabían ya cómo protegerse de los rayos crueles. Sus pocas pertenencias eran utilizadas como sombreros. Algunos intentaron refugiarse en la sombra de los árboles que rodeaban la Plaza pero los cabos, siempre atentos, se lo impidieron. Parecía que los catorce meses no se cumplirían jamás. El último día era insoportablemente interminable. Estaban a escasos minutos de abandonar ese lugar donde todo parecía falso: el verde del césped, el aroma del mar y hasta el celeste del cielo. Muchas veces, durante los catorce meses, habían sufrido bajo ese cielo, entre esos árboles inmensos, respirando el aire salitroso que inspiraba sueños tropicales. ¡Qué falsa les parecía la naturaleza ahí adentro! Playas vírgenes, bosques frescos donde solo se oía el soplar del viento. ¿Para qué tanta belleza desaprovechada? 
Partirían a las 15. Faltaban todavía dos horas de interminable espera. 
—Yo me llevo una chaquetilla camuflada... 
—Yo un par de botas... ¿Y vos? 
—Yo no quiero llevarme ni el recuerdo de todo esto... 
Alrededor de la Plaza estaban los otros, los que todavía tenían que vestir el uniforme un tiempo más. Algunos les daban cartas a los que se iban para que se las llevaran a sus familiares. Otros solo miraban en actitud envidiosa o nostálgica, imaginándose a ellos mismos vestidos con ropa normal. 
En el mismo tren en que ellos se irían, llegarían los que recién empezaban a sufrir lo que ellos ya habían pasado. Ellos se iban y otros llegaban, una historia de nunca acabar. Muchos habrán recordado el momento cuando llegaron meses atrás a ese lugar... 
—¿Te acordás cuando llegamos con todo el equipo? No sabíamos ni dónde estábamos... 
—Y veíamos cómo se iban los otros... ¡Y se nos cagaban de risa los hijos de mil putas! 
—Desquitate ahora con los que llegan... 
—¿Desquitarme? Ganas de decirles que se escapen tengo... 
—Así es la cosa, unos nos vamos, otros llegan... 
—Ajá... La historia sigue... 
Habían pasado catorce meses de tiempo perdido, de guardias inútiles por la noche, de nostalgias, de momentos compartidos con amigos circunstanciales. Habían pasado esos largos catorce meses y cada uno, a su manera, los estaba recordando. Una imagen retrospectiva les haría recordar momentos que quizás jamás en su vida los volverían a vivir. ¿Y quién pretendía revivir esos momentos? 
A las 14.45 llegaron seis colectivos verdes a la Plaza. Uno detrás del otro fueron estacionando. Los todavía conscriptos sonrieron casi a la vez al verlos llegar. Era el principio del final que tanto anhelaban. Ya imaginaban la bienvenida en cada uno de sus hogares, el encuentro con los viejos, con los hermanos, con la novia. Ya imaginaban el encuentro con la barra del barrio, de la facultad o del laburo. Era el final, lo sabían. 
Formaron en la Plaza de Armas, pero ahora bien separados. Sus pertenencias al piso. Les revisaron hasta los bolsillos. Botas, chaquetillas y remeras militares les fueron quitadas a los que pretendían llevárselas. Después sí, el momento esperado: los colectivos fueron ocupados rápidamente por quienes querían irse de una vez por todas. Era la primera vez que una orden era cumplida con tanto gusto. A la voz de ¡suban! los jóvenes ya casi estaban acomodados en las butacas de los colectivos. Los motores se encendieron. Por el cuerpo de los jóvenes recorrió un escalofrío que no supieron por qué fenómeno fue producido. ¿Por el movimiento del colectivo? ¿Por una emoción interior? Quién sabe... Lo cierto es que lo sintieron, y al sentirlo fueron un poco más felices. 
Todos estaban ubicados y listos para partir. La emoción no era disimulada. Hubo consejos antes de la partida: "Guarden tranquilidad, soldados, porque al menor inconveniente vuelven todos", dijo un teniente. Hubo aplausos y silbidos que no pudieron ser evitados. Pero esa pequeña demostración de libertad no impidió la partida. Lentamente fueron poniéndose en marcha los colectivos mientras los jóvenes, algunos en silencio y otros en jocosa actitud, se iban despidiendo de ese lugar al que tanto odiaron. 
Los que se quedaban saludaban a los que se iban con un leve movimiento de manos, sin ocultar un poco de envidia. Algunos gritos de burla se escucharon al partir los colectivos: ¡Chau, colas! ¡Córtense las venas! ¡Suerte! ¡Chau, milicos!... ¡Chau, milicos! Chau, milicos... El 1º de diciembre de 1983 lo gritaron una y otra vez. ¡Chau, milicos! Al mismo tiempo todo un pueblo gritaba ¡adiós! a un gobierno nefasto, al horror, a la mentira, a la gran pesadilla. Todos estaban contentos: los que se iban, obviamente, y los que se quedaban, por la esperanza de que eso que disfrutaban ahora otros, ellos lo disfrutarían más adelante. 
Ya en camino al tren, los seis colectivos que llevaban a los que se iban se cruzaron con otros seis colectivos que traían a los que recién llegaban. Entre risas y burlas hacia los nuevos, uno de los viejos murmuró: 
—La historia sigue... ¡Hijos de mil putas!