Es posible que mañana muera y en la tierra no quedará nadie
que me haya comprendido por completo.
Unos me considerarán peor y otros mejor de lo que soy.
Algunos dirán que era una buena persona; otros, que era un canalla.
Pero las dos opiniones serán igualmente equivocadas.

Mijail Iurevicht Lermontov


jueves, 6 de junio de 2019

MARTES 13 (Enero, 1981)


A Horacio (el “Negro”) y Omar



Una brisa salada acariciaba nuestras caras alegres, boquiabiertas. Apenas nos despeinaba. Pero nos hacía amontonar unos con otros para evitar el frío. Éramos varios, muchos, un buen número. Un centenar, quizás. Hombres y mujeres. Jóvenes y viejos. El rasguido de una guitarra guiaba nuestra mente. La llevaba de un lado a otro. Guiaba nuestra voz: alegría, ilusiones, tristezas, protestas. La medianoche se acercaba y todos nos queríamos quedar ahí, felices, hasta el amanecer. Queríamos dejar que entrara al sol con los brazos en alto y los dedos en ve. Queríamos soñar junto al mar un mundo mejor. Dejar de lado a esa gente que con cara de asco nos miraba de reojo al pasar. Queríamos ignorar a ese inmenso edificio donde esa misma gente idiota iba a despilfarrar su dinero en una mesa de ruleta. Habíamos formado un semicírculo y nuestra vista se dirigía hacia el mar, hacia delante, hacia un futuro incierto, oscuro, lejano, pero buscado, deseado. No teníamos ganas de compartir la felicidad de esa ciudad que estaba a nuestra espalda.
El escenario era muy particular: mar calmo, brisa fresca, noche estrellada, dos enormes lobos marinos de cemento y atrás, “la feliz”. La mayoría de la gente que caminaba por la costanera se acercaba curiosa para ver qué pasaba en ese grupo de gente que tan alegremente cantaba y aplaudía. Pero la reacción no se hacía esperar: media vuelta y retirada al observar que quien tocaba la guitarra tenía los cabellos por debajo del hombro y, además, que no era el único que lo lucía así. Seguramente se irían mascullando algún comentario sobre esa juventud perdida que vivía solo para protestar y ni siquiera sabía por qué. Vagos…
Hacía ya un buen rato que estábamos allí. Con el Negro y Omar nos habíamos sentado a un costado con un poco de timidez. No conocíamos a nadie pero nos olvidamos enseguida de eso. No solo se compartían las canciones sino que pasaban de mano en mano paquetes de galletitas, atados de cigarrillos, gaseosas y vino, sin importar a quiénes pertenecían. Difícil era imaginar que cerca de cien jóvenes y otros no tanto, que jamás se habían visto, pudieran disfrutar juntos un momento fraternal, un momento de paz.
Cuando la guitarra dejaba de sonar se escuchaban los aplausos y luego de una breve pausa una nueva canción empezaba. De nada sirve gritó uno y varios se sumaron al pedido. Y De nada sirve fue el tema que se cantó. Todo hacía prever un final inolvidable, un final que nos dejaría a todos un poco fuera de nosotros mismos, soñando con lo que más queríamos, yendo de estrella en estrella y bajando al mar manso para poder sumergirnos hasta lo más profundo y ser felices por un buen rato, sin molestar a nadie. Todo estaba en orden, todo era una sola ilusión: cantar toda la noche y olvidarnos un poco de la realidad que estaba detrás nuestro. El grupo crecía. Desde lejos, los felices veraneantes seguían observando con desconfianza. Una perra vagabunda se nos había sumado y experimentó las caricias sinceras que quizás nunca nadie le había dado. Las canciones seguían. La guitarra cambiaba de manos pero no descansaba. Nada hacía pensar otro final que no sea el esperado. Otro grito pidió Deja que entre el sol. Las cuerdas sonaron con ganas y todos nos pusimos a cantar, a soñar y a pedir un poco de paz. Entonces sí los brazos se alzaron con los dedos en ve y comenzaron a balancearse ante el mar inmenso, ante el cielo estrellado, mezclando cabellos largos, niños en brazo, comida, vino…

Y un grito.

Un grito horrible que se multiplicó en segundos por mil. Un grito inesperado, un grito idiota, un grito que venía a derrumbar todo lo lindo que hasta ese momento estábamos viviendo. Un grito grave, seco, ensordecedor, enloquecedor. La fiesta había llegado a su fin.
“¡Policía! ¡Quédense todos quietos!”, gritó uno vestido de civil a quien todos, al mismo tiempo e instintivamente, dirigimos la mirada.
El instinto de supervivencia floreció en el grupo. No teníamos por qué escapar, nada malo estábamos haciendo, pero en enero de 1981 en nuestro país no había lugar para abrir juicios de inocencia o culpabilidad. Ese instinto de supervivencia hizo virar nuestra vista ciento ochenta grados para buscar una salida de escape pero grande fue nuestra sorpresa al comprobar que el del grito no se encontraba solo. Aproximadamente quince sujetos más nos rodeaban. Itaka o ametralladora en mano.
“Vamos para allá”, dijo Omar dirigiéndose a hacia la playa, pero ahí había uno apuntándonos.
“¡No, rajemos para allá!”, gritó el Negro sin saber para dónde ir. Por todos lados estaban esos tipos.
“Quedémonos en el molde”, dije yo al no encontrar escapatoria.
Nueve Ford (no todos verdes, recuerdo algunos grises) estaban estacionados en fila sobre el Bulevar Marítimo. Nos hicieron quedar a todos sentados donde estábamos y empezaron a hacernos subir por grupos a los autos. Alguien murmuró: “Hoy es martes 13”. Muchos reímos, aunque no con muchas ganas, ante la superstición del que había abierto la boca. Fueron palabras perturbadoras que nos hicieron pensar en ese momento que nunca más tendríamos que organizar una fiesta o reunión en ese día fatídico.
La comisaría se llenó en poco tiempo. Algunos —más rápidos que nosotros— habían logrado escapar apenas escucharon el grito que todavía resonaba en nuestra mente. Pero la mayoría estábamos ahora allí. Nos revisaron uno por uno hasta debajo de las uñas. Luego de un par de horas insoportables, comenzaron a largarnos. Omar, el Negro y yo fuimos unos de los primeros ya que éramos menores y teníamos en el bolsillo el permiso escrito de nuestros padres certificado por la policía de nuestra ciudad. Nuestros escasos dieciséis años fueron suficientes para comprender la advertencia: no nos querían volver a ver en ese tipo de reuniones.
Dijeron que a algunos les habían encontrado drogas entre sus pertenencias. Que otros tenían antecedentes penales…
La madrugada nos sorprendió nuevamente en libertad, caminando en silencio, manos en los bolsillos, atemorizados y con la inevitable duda —todavía hoy— de saber si todos los que habían ingresado a la comisaría con nosotros, volverían a salir.

martes, 4 de junio de 2019

PARTICULARES 30




¿Querés uno? Me tenés podrido con esos yuyos… Simón encendió un Particulares 30 y no le dio importancia al comentario de Valerio. Pitó suavemente y disfrutó el momento. 

… 


El sábado siguiente sonó el celular de Simón. ¿De dónde la sacaste? Qué importa, venite. No jodás. Dale, nos vamos a mi quinta. Simón sintió un escalofrío. No lo entusiasmó demasiado la idea, pero fue hacia la casa de Valerio. ¿Y en qué vamos hasta la quinta? Valerio exhibió las llaves del Peugeot 404 y sonrió. Simón meneó la cabeza y dijo vamos.
Poco hablaron en el camino. ¿Dónde la conseguiste? Un conocido… ¡Terminá con el misterio, boludo! No jodás, qué importa. El 404 iba a una velocidad regular, era una joyita. Simón se comía la uña del índice derecho mientras Valerio ponía más fuerte la música: Premiata Forneria Marconi. Ambos sonrieron con ganas mientras se encandilaban con las luces de los autos que iban por la ruta 1 en sentido contrario.
A los pocos minutos estaban ingresando a la quinta de Colastiné. Valerio estacionó el 404 detrás de la casa, para que no se viera desde la ruta, mientras Simón cerraba el portón con el candado. A oscuras ingresaron a la casa. Prendé la luz, boludo. No, más vale que no se note que estamos acá. Simón se encogió de hombros. Actuaban como si estuviesen escapando de la policía, como si estuviesen cometiendo un delito que les exigiese la clandestinidad. No veo un choto. Abrí los ojos, boludo… Simón encendió el Carusita y las paredes reflejaron un amarillo opaco espantoso. En las paredes no había un solo cuadro. ¿Hay cerveza? Fijate. Simón abrió la heladera. Una botella de agua, una manteca rancia, asado frío de varios días atrás. Protestó. Valerio se sentó en el sillón grande y Simón en el chico, en frente. El Carusita seguía brindando luz, escasa pero suficiente. Valerio había corrido las cortinas por las dudas. Nadie debía enterarse de que estaban allí. ¿Vos ya probaste?, preguntó Simón. Sí, mintió Valerio. ¿Y vos? Simón negó con la cabeza. Los nervios habían comenzado a hacerle efecto. Valerio se inclinó y sacó de su bolsillo trasero del pantalón de jean una caja de fósforos de madera chiquita, toda aplastada. La recompuso con sus manos y la abrió. La puso sobre la mesa ratona y buscó papel para armar cigarrillos en otro bolsillo. Simón tomó la caja y olió su contenido. Hizo cara de asco. ¿Estás seguro que es esto? Obvio… Valerio se mostraba con más decisión y confianza y se dispuso a preparar el primer cigarro. Pero sus manos temblaban y le salió horrible. Lo desarmó y lo intentó nuevamente. Tomá, dijo y Simón extendió su mano. Preparó otro y suspiró al terminar. En pocos segundos estarían viviendo una experiencia desconocida que —imaginaban— daría un giro impensado a su vida.
Valerio tomó el Carusita y encendió su cigarrillo. No tragues el humo, recomendó. Pitó, retuvo el humo en su boca y lo largó suavemente hacia arriba. Simón tomó su cigarrillo con el índice y el pulgar izquierdo y con su mano derecha tomó el Carusita. Sin estar convencido por completo, lo encendió. Pitó profundo, retuvo y largó el humo torpemente. Tosió. ¡Es un asco! Dale, boludo. Fumá tranquilo... despacio... cerrá los ojos... mirá al techo... a la nada… Entre cuatro paredes, a oscuras, solo se distinguían cuando el otro pitaba y la brasa iluminaba débilmente el rostro. El silencio que los rodeaba era inmenso. Estaban escondidos como prófugos. Lo que estaban haciendo era reprochable socialmente y quién sabe si no terminarían tras las rejas si los descubrían.
Apenas un minuto duró la experiencia. ¡Son recortos! Pará, tengo más. Valerio preparó dos cigarrillos más, pero ahora, más tranquilo, se esmeró y los hizo más compactos. El Carusita dio inicio a una nueva experiencia. Una pitada, un suspiro, un techo apenas perceptible. A los pocos minutos la segunda experiencia se acabó. ¿Y? ¿Y qué? Pensé que… ¡Esperá un rato!
Simón se acomodó en el sillón e intentó mirar a través de la oscuridad a su amigo. Apenas lo percibió. Valerio respiraba hondo, como forzado. ¿Qué pasa? Nada. Silencio. Un minuto. Dos. Che… ¡Shhhhh! Simón no entendía nada. Valerio esperaba no sabía qué. Quince minutos. Debe ser trucha. Simón largó una carcajada. ¿Cuánto te cobraron? Me la regalaron. El primero te lo regalan, el segundo te lo venden…, canturreó Simón por lo bajo. Valerio sonrió, se levantó y encendió la luz. Cerraron los ojos instintivamente; les costó ver durante unos segundos a su alrededor. Un humo denso flotaba en la habitación. Valerio abrió una ventana. Quiero una cerveza, dijo Simón. Vamos, volvamos a la ciudad.



El 404 regresaba tranquilamente a la ciudad y sus ocupantes seguían escuchando PFM. ¡Qué boludos!, gritó y largó una carcajada Simón. A Valerio se le contagió la risa. ¡Dame uno de tus yuyos, boludo! Son mucho más ricos. Atravesaron el puente lentamente. La laguna Setúbal contagiaba serenidad. Valerio y Simón ingresaron a la ciudad despidiendo por la boca humo de un Particulares 30.

domingo, 10 de julio de 2016

Consejos a mí mismo (Luis Carlos Maciel)


Y no tengas miedo de nada.

Cuando tengas la sabiduría más elevada, descubrirás que apenas sabes lo que siempre supiste.

Cuando llegues al fin del camino, verás que siempre estuviste allí.

Cuando te liberes, sabrás que siempre fuiste libre...



Luis Carlos Maciel
("Consejos a mí mismo", Revista Mutantia Nº 4, pp. 52-53)

miércoles, 6 de julio de 2016

ARBOLITO: Un día de estos


Un día de estos me voy a ir
por el camino que nunca fui,
lejos de toda la mezquindad,
todo egoísmo...


Lejos de tanta vulgaridad, 

tanta locura y velocidad
que me recorre en esta ciudad
donde yo vivo...

Voy a tratar de reconocer
al ser humano que vive en mí,
que está detrás de esta capa gris
como escondido...

Voy a charlar con el niño aquel
que va tranquilo en su soledad
con animales y nada más, quizás me ayude
a ver si me puedo conectar
con lo que piso en mi caminar,
con lo que crece bajo esta luz, 
con las estrellas...

Y cuando vuelva verás en mí
al ser humano que siempre fui,
que estaba atrás de esta capa gris
como escondido...

Un día de estos...

Arbolito


sábado, 4 de junio de 2016

PINK FLOYD: El gran baile en el cielo

Y no le tengo miedo a la muerte,
en cualquier momento llegará,
no me importa.
¿Por qué debería tenerle miedo a la muerte?
No hay razón para ello,
tendrás que irte alguna vez...


jueves, 9 de julio de 2015

SILVIO RODRÍGUEZ: Te doy una canción



Cómo gasto papeles recordándote,
cómo me haces hablar en el silencio,
cómo no te me quitas de las ganas
aunque nadie me ve nunca contigo.
Y cómo pasa el tiempo que de pronto son años
sin pasar tú por mí, detenida. 

Te doy una canción si abro una puerta
y de las sombras sales tú.
Te doy una canción de madrugada,
cuando más quiero tu luz.
Te doy una canción cuando apareces
el misterio del amor,
y si no lo apareces no me importa:
yo te doy una canción.

Si miro un poco afuera me detengo:
la ciudad se derrumba y yo cantando,
la gente que me odia y que me quiere
no me va a perdonar que me distraiga.
Creen que lo digo todo, que me juego la vida,
porque no te conocen ni te sienten.

Te doy una canción y hago un discurso
sobre mi derecho a hablar.
Te doy una canción con mis dos manos,
con las mismas de matar.
Te doy una canción y digo: “Patria”,
y sigo hablando para ti.
Te doy una canción como un disparo,
como un libro, una palabra, una guerrilla:
como doy el amor.

Silvio Rodríguez


miércoles, 6 de mayo de 2015

GENESIS: Follow You Follow Me


Un lanzamiento fundamental en la historia de la banda, "And Then There Were Three..." ("Y entonces Quedaron Tres...") es una referencia a la reciente partida del guitarrista Steve Hackett del grupo, dejando al grupo reducido a un trío (lo que resultaría en la formación de Genesis que parmenecería por mayor tiempo sin cambios, casi 20 años hasta 1996). Como resultado, los roles de los restantes miembros de la banda se definieron más ampliamente. Tony Banks se encargó de todos los teclados, Mike Rutherford de todas las guitarras y bajos, y Phil Collins de las baterías, percusión y voz.

lunes, 12 de enero de 2015

14 - LA HISTORIA SIGUE... (Último relato camuflado)


Sin perfeccionar las leyes 
perfeccionan el rigor; 
sospecho que el inventor 
habrá sido algún maldito 
por grande que sea el delito 
aquella pena es mayor. 

Martín Fierro 


El grupo de jóvenes vestidos de civil esperaba la hora de partida sentado en el duro piso de la Plaza de Armas. Ya habían almorzado y algunos todavía saboreaban la naranja que les habían dado de postre. Diciembre comenzaba y el sol no perdonaba. Los todavía conscriptos no sabían ya cómo protegerse de los rayos crueles. Sus pocas pertenencias eran utilizadas como sombreros. Algunos intentaron refugiarse en la sombra de los árboles que rodeaban la Plaza pero los cabos, siempre atentos, se lo impidieron. Parecía que los catorce meses no se cumplirían jamás. El último día era insoportablemente interminable. Estaban a escasos minutos de abandonar ese lugar donde todo parecía falso: el verde del césped, el aroma del mar y hasta el celeste del cielo. Muchas veces, durante los catorce meses, habían sufrido bajo ese cielo, entre esos árboles inmensos, respirando el aire salitroso que inspiraba sueños tropicales. ¡Qué falsa les parecía la naturaleza ahí adentro! Playas vírgenes, bosques frescos donde solo se oía el soplar del viento. ¿Para qué tanta belleza desaprovechada? 
Partirían a las 15. Faltaban todavía dos horas de interminable espera. 
—Yo me llevo una chaquetilla camuflada... 
—Yo un par de botas... ¿Y vos? 
—Yo no quiero llevarme ni el recuerdo de todo esto... 
Alrededor de la Plaza estaban los otros, los que todavía tenían que vestir el uniforme un tiempo más. Algunos les daban cartas a los que se iban para que se las llevaran a sus familiares. Otros solo miraban en actitud envidiosa o nostálgica, imaginándose a ellos mismos vestidos con ropa normal. 
En el mismo tren en que ellos se irían, llegarían los que recién empezaban a sufrir lo que ellos ya habían pasado. Ellos se iban y otros llegaban, una historia de nunca acabar. Muchos habrán recordado el momento cuando llegaron meses atrás a ese lugar... 
—¿Te acordás cuando llegamos con todo el equipo? No sabíamos ni dónde estábamos... 
—Y veíamos cómo se iban los otros... ¡Y se nos cagaban de risa los hijos de mil putas! 
—Desquitate ahora con los que llegan... 
—¿Desquitarme? Ganas de decirles que se escapen tengo... 
—Así es la cosa, unos nos vamos, otros llegan... 
—Ajá... La historia sigue... 
Habían pasado catorce meses de tiempo perdido, de guardias inútiles por la noche, de nostalgias, de momentos compartidos con amigos circunstanciales. Habían pasado esos largos catorce meses y cada uno, a su manera, los estaba recordando. Una imagen retrospectiva les haría recordar momentos que quizás jamás en su vida los volverían a vivir. ¿Y quién pretendía revivir esos momentos? 
A las 14.45 llegaron seis colectivos verdes a la Plaza. Uno detrás del otro fueron estacionando. Los todavía conscriptos sonrieron casi a la vez al verlos llegar. Era el principio del final que tanto anhelaban. Ya imaginaban la bienvenida en cada uno de sus hogares, el encuentro con los viejos, con los hermanos, con la novia. Ya imaginaban el encuentro con la barra del barrio, de la facultad o del laburo. Era el final, lo sabían. 
Formaron en la Plaza de Armas, pero ahora bien separados. Sus pertenencias al piso. Les revisaron hasta los bolsillos. Botas, chaquetillas y remeras militares les fueron quitadas a los que pretendían llevárselas. Después sí, el momento esperado: los colectivos fueron ocupados rápidamente por quienes querían irse de una vez por todas. Era la primera vez que una orden era cumplida con tanto gusto. A la voz de ¡suban! los jóvenes ya casi estaban acomodados en las butacas de los colectivos. Los motores se encendieron. Por el cuerpo de los jóvenes recorrió un escalofrío que no supieron por qué fenómeno fue producido. ¿Por el movimiento del colectivo? ¿Por una emoción interior? Quién sabe... Lo cierto es que lo sintieron, y al sentirlo fueron un poco más felices. 
Todos estaban ubicados y listos para partir. La emoción no era disimulada. Hubo consejos antes de la partida: "Guarden tranquilidad, soldados, porque al menor inconveniente vuelven todos", dijo un teniente. Hubo aplausos y silbidos que no pudieron ser evitados. Pero esa pequeña demostración de libertad no impidió la partida. Lentamente fueron poniéndose en marcha los colectivos mientras los jóvenes, algunos en silencio y otros en jocosa actitud, se iban despidiendo de ese lugar al que tanto odiaron. 
Los que se quedaban saludaban a los que se iban con un leve movimiento de manos, sin ocultar un poco de envidia. Algunos gritos de burla se escucharon al partir los colectivos: ¡Chau, colas! ¡Córtense las venas! ¡Suerte! ¡Chau, milicos!... ¡Chau, milicos! Chau, milicos... El 1º de diciembre de 1983 lo gritaron una y otra vez. ¡Chau, milicos! Al mismo tiempo todo un pueblo gritaba ¡adiós! a un gobierno nefasto, al horror, a la mentira, a la gran pesadilla. Todos estaban contentos: los que se iban, obviamente, y los que se quedaban, por la esperanza de que eso que disfrutaban ahora otros, ellos lo disfrutarían más adelante. 
Ya en camino al tren, los seis colectivos que llevaban a los que se iban se cruzaron con otros seis colectivos que traían a los que recién llegaban. Entre risas y burlas hacia los nuevos, uno de los viejos murmuró: 
—La historia sigue... ¡Hijos de mil putas!

miércoles, 4 de junio de 2014

13 - EL BAILE


Y digo a cuantos inoran
el rigor de aquellas penas
yo que sufrí las cadenas
del destino y su inclemencia:
que aprovechen la esperencia,
del mal en cabeza agena.

Martín Fierro



—¡Arriba, abajo!... ¡Arriba, abajo!...

Sentía sus piernas crujir. Sus muslos parecían querer explotar. Sus rodillas ya no coordinaban sus movimientos. Hacía cuarenta minutos que estaban sobre el cemento caliente realizando ejercicios de castigo. Un teniente era el que les ordenaba a gritos los movimientos. Tres cabos supervisaban la correcta realización de los ejercicios de los cincuenta o sesenta conscriptos castigados. ¿Castigados por qué? Por el solo hecho de estar próximos a la baja.
—¡Arriba, abajo!... ¡Arriba, abajo!...
De vez en cuando cerraba los ojos y suspiraba profundamente. Aguantá, aguantá, se decía. Son los últimos días, son las últimas horas. La transpiración recorría todo su cuerpo cansado. Su poco cabello parecía recién mojado. El uniforme estaba adherido a su piel.
–¡Atención! —los conscriptos de un salto quedaron en posición de firmes—. ¡Cuerpo a tierra! ¡Flexiones de brazos! ¡Uno, dos, tres!...
¡Cómo quería gritar! Quería preguntar por qué tanta idiotez, quería comprender la razón de esa vida y no podía. ¿Qué ganarían con eso? Nada... Nada... Se sentía impotente ante toda esa farsa, ante todo ese circo lleno de domadores de ovejas. ¡Qué bosta de gente! Seguro que en sus casas sus respectivas esposas los tienen cagando. Parecían gozar viendo cómo esos jóvenes se rompían el alma obedeciendo sus órdenes. Gritaban sonriendo irónicamente, sintiéndose grandes, poderosos, insuperables.
–¡Carrera mar alrededor mío!
Se sentían el centro del universo, el eje del cual dependían todos sus súbditos, todos esos infelices que sin protestar, sin levantar la voz, corrían a su alrededor, saltaban como ellos querían, se tiraban al piso ante sus órdenes, sonreían ante sus chistes y sufrían ante su hipocresía.
—¡Atención! —una pausa muy silenciosa sucedió a ese grito—. Ya casi cumplieron con su deber... Ya casi tienen los catorce meses, ¿no? Muy bien... ¿Y qué piensan? ¿Aprovecharon este tiempo?
Por supuesto que nadie contestaba. Sabían que esas preguntas no debían ser contestadas. Sabían que esas preguntas retóricas formaban parte de un monólogo que no se podía interrumpir.
—Espero que los nenes de mamá hayan aprendido a valorar lo bueno. Tienen diecinueve o veinte años y están cansados por dos o tres flexiones... ¿No son hombres acaso? ¡Cuerpo a tierra! ¡Flexiones! ¡Uno, dos!...
¿Cómo comprender eso? No entendía nada. Solo cerraba los ojos y seguía los movimientos mecánicamente. No pensaba, no quería hacerlo. ¿Para qué? Demasiado había pensado ya en esos trece meses que habían pasado. Ya se iría, dentro de muy poco, y después... ¿Y después? ¡Qué importaba! Lo más importante era irse de una buena vez por todas, cuanto antes mejor. Por eso obedecía, por eso no se quejaba, quería ver su documento nuevamente con una firma que certificara que había cumplido con esa estúpida ley nacional. Seguía con el sudor en la frente, ese sudor que había corrido casi permanentemente por su rostro no solo por el sufrimiento físico: el dolor interior también hacía fluir de sus poros gotitas de odio, de impotencia, de desesperación.
—¡Felicitaciones, reclutas! Ya se van a sus hogares. ¡Qué felices deben sentirse! Nunca más el uniforme militar... Nunca más bajar la cabeza y obedecer, ¿no? Pero todavía están acá y con el uniforme puesto... ¡Carrera mar alrededor mío!
Fueron casi noventa minutos de torturantes ejercicios físicos y síquicos que hacían crecer su odio hacia esa casta de gente incomprensible, repudiable. Todo estaba terminando, ese período negro de su vida iba llegando a su final, pero en vez de sentirse más aliviado, sentía un gran peso en su alma, un gran peso al que tenía que descargar sea como sea, no sabía cómo, pero tenía que quedar bien interiormente, sentirse libre de todo eso que estaba viviendo.
El castigo llegó a su fin y todos quedaron sentados sobre el duro piso de la Plaza de Armas. Nadie hablaba porque ninguno tenía el aire suficiente como para hacerlo. Algunos se acostaron y cerraron los ojos, olvidándose durante algunos segundos del presente. Otros dirigieron la vista al infinito celeste preguntándose el porqué de todo eso, pregunta que encajaba en todas las situaciones allí vividas, a toda hora, en todo lugar, y que jamás encontró una respuesta lógica.
El teniente —con apellido de lodo— y los cabos quedaron reunidos a un costado, conversando de cualquier cosa, sonriendo, fumando y mirando de vez en cuando esos cuerpos que yacían en silencio a sus pies.
Permaneció sentado, agachó la cabeza y la apretó fuertemente entre sus piernas. Cerró los ojos y respirando profunda pero lentamente, quiso pensar en algo diferente, quiso olvidarse de todo eso, quiso dejar de lado todo ese odio que le brotaba para pensar en el mañana... Pero no pudo, había algo que no lo dejaba pensar en otra cosa que no sea esa triste realidad. Ese algo era ganas de desahogo, ganas de gritar a los cuatro vientos su bronca y su coraje reprimido de una vez por todas. Ya habían pasado casi catorce meses de estar viviendo en silencio, sin poder opinar, sin tener la libertad mínima como para mear cuando tuviese ganas. Eran casi catorce meses de bronca acumulada, de actitudes sin sentido, de órdenes gritadas, de comprendidos incomprensibles. Ya había llegado a un límite que no podía ser superado, la estupidez no podía ir más allá. Todo tenía que terminar. ¿Pero cuándo?, murmuró con rabia entre sus piernas. ¿Cuándo, cuándo?, y la bronca iba creciendo cada vez más.
—¡Atención!
Todos, en un movimiento justo, calculado, saltaron a un mismo tiempo y quedaron en posición de firmes. Nadie hablaba. El silencio parecía eterno. Las sonrisas en el teniente se habían transformado en seriedad temible. Su cara expresaba asco, lo mismo que sentían los conscriptos hacia él.
—Irán a las duchas. En quince minutos los quiero nuevamente acá formados. ¿Comprendido?
Se escuchó a coro un fuerte y unísono comprendido, señor teniente. Comprendido... Comprendido... ¿Comprendido qué?
—Y espero que los próximos civiles hayan aprendido la lección...
Nadie abrió la boca. Todos tenían una respuesta pero la callaron. Habían aprendido mucho en esos trece meses. Demasiado. Sí, aprendimos la lección —pensó para sí—, la enseñanza es una sola: odio, y a ese odio lo tengo que descargar, de una forma u otra lo tengo que descargar... ¡Hijos de puta!

miércoles, 26 de febrero de 2014

12 - FONDEADOS


Inora uno si de allí
saldrá pa la sepoltura
el que se halla en desventura
busca a su lado otro ser;
pues siempre es bueno tener
compañeros de amargura.

Martín Fierro





El mate seguía la ronda lentamente. Eran cuatro. Cada uno sentado en una silla, estiradas las piernas, el cuerpo flojo. Era una hora en la que podían ponerse a charlar, cebarse unos amargos, jugar a los naipes, pero a escondidas. Estaban fondeados en la Repostería del Departamento Secretaría de la Base. Los cuatro estaban vestidos de igual forma: uniforme camuflado y botas. Hacía calor. Eran las tres de la tarde y en toda la Base no se escuchaba un solo ruido. Todo estaba tranquilo. Por las calles solo se veían algunos conscriptos barriendo o cortando el césped.
—¡Dale, que no es mamadera! —le gritaron al mendocino.
—¡Ya va, sanjuanino jetón!...
Siempre había un clima alegre cuando se sentaban a compartir los ratos libres. Nadie lo había propuesto, pero sabían que si se llevaban bien, el tiempo pasaría más rápido. Generalmente era el sanjuanino el que vivía con la risa en la boca, siempre con un chiste o una broma en su mente. Incansable hablador. Era él en esos momentos el encargado de cebar los mates.
—Tomá, Anteojito —dijo extendiéndole el mate al porteño.
El mendocino cortaba el pan que había conseguido en la cocina. Siempre era él el que conseguía comida para llenar el estómago y así aguantar hasta la hora de la cena. Ese día había conseguido mermelada de durazno y todos esperaban su turno para servirse.
El santafesino era el más callado, estaba recostado contra la pared con un lápiz en la boca y un cigarrillo en su mano izquierda. Extendió el brazo derecho con un papel con un dibujo que estaba haciendo en su mano. Lo observó a la distancia. Era un callejón sin salida, con las paredes muy deterioradas, una columna con luz de mercurio, el sol que se asomaba detrás del muro y, dentro de un tacho de basura, una paloma muerta. En el suelo, un papel pisoteado con la palabra PAZ. El santafesino miraba su dibujo como queriéndolo retocar, borrar o romper... Dejó el lápiz en la mesa y pidió un mate.
—Tomá, Lombriz, y a ver si comés porque cada día estás más flaco.
—Loco, ¿ustedes se pusieron a pensar —preguntó el santafesino—, pero a pensar en serio, qué función cumplimos acá adentro? Hacemos horario de oficina por la mañana y por la tarde estamos al repedo...
—Yo no puedo pensar y tomar mates al mismo tiempo —dijo el sanjuanino largando una carcajada.
—Estamos al servicio de ellos —dijo el mendocino.
—Lo bueno sería armar una revolución acá adentro —agregó el porteño—. Pero pacífica. ¿Qué pasaría si todos los colimbas nos negáramos a obedecer órdenes?
Hubo un silencio largo y solamente se sintió el ruido que el santafesino hizo al finalizar el mate.
—¡Qué va a pasar! ¿Cómo hacés para que más de mil monos se pongan de acuerdo? —intervino el mendocino—. Siempre hay alguno que se borra. Y con que se borre uno solo es suficiente para que todo fracase.
El mate siguió dando vueltas. Los cuatro jóvenes masticaban sin hablar. Siempre surgían los mismos temas: encierro, obediencia, cansancio, odio, melancolías...
—¿Qué estará haciendo mi Rosita? —suspiró el sanjuanino.
—Seguro que anda con otro. ¿O te creés que está pensando en vos? —le contestaron.
Hubo risas, contestaciones, cargadas. Siempre a las preguntas melancólicas le seguían cargadas, bromas, risas. ¿Para qué amargarse? Ya demasiado se amarga uno cuando está solo, ¿no nos vamos a amargar todos juntos, no?, era el pensamiento del mendocino. La ley era evadirse, pero eso no era fácil de lograr. El mendocino siempre contaba anécdotas de Alvear, de sus estudios de Enología. El santafesino con sus poesías y con sus dibujos protestaba constantemente. El porteño se volaba con su música y su poesía. Y el sanjuanino, con su Rosita. Los cuatro, sin querer, volvían a su tierra natal. Todos llevaban un poquito de melancolía en su interior y necesitaban exteriorizarla. Tenía cada uno algo que decir, que maldecir. Ninguno soportaba la idea de la pérdida de tiempo, el desperdicio de un trozo de vida.
—Ni siquiera nos enseñan a manejar un fusil... —protestó el sanjuanino.
—¡Mejor! ¿Para qué querés usarlo? ¿A quién querés matar? —dijo el porteño enojado.
—Haya paz, haya paz...
—¡Sí, bárbaro! Haya paz... —exclamó el mendocino—. Pero no somos nosotros los que decidimos si hay o no hay paz. ¡Son ellos, la puta madre, son ellos! No nos enseñan a manejar un arma y luego inventan una guerra como Malvinas... Sí, haya paz, pero...
—¡Loco, pará! Aquí estamos cayendo en un error —explicó el porteño—. La paz tiene que existir para el que la desea, y el que no, que se joda y que vaya al frente. Ya lo decía el gran John: Si un hombre no tiene deseos de luchar, debe tener el derecho de no ingresar al ejército.
—Sí, loco, mucho idealismo, pero sucede que acá, en este bendito país, la colimba es una obligación avalada por una ley nacional —dijo irónicamente el santafesino—. Entonces no nos queda otra que seguir protestando como unos boludos y nada va a cambiar.
—¡Paren, paren! Entonces —concluyó el sanjuanino— la paz es imposible porque no depende de nosotros sino de ellos...
—¡¡¡Bien!!! —gritaron todos juntos aplaudiendo a modo de burla.
—Eso es lo que estuvimos hablando hasta recién —dijo el mendocino—. ¡Qué rápido sos! —y las risas continuaron por unos segundos hasta que escucharon un ruido en la puerta de entrada de la Secretaría.
—¿Quién es el oficial de guardia hoy? —preguntó con miedo el mendocino.
—El gordo choto de Castellano —contestó el porteño.
Castellano era teniente de navío, gorila y con cara de perro. Ya había firmado treinta días de castigo antes de Navidad para el santafesino por quedarse dormido en una guardia imaginaria, y otros tantos para el porteño y el mendocino por jugar al truco en una oficina, fuera del horario de trabajo. El santafesino instintivamente cerró los ojos y se aferró a su lápiz y su dibujo.
Se quedaron callados. El teniente Castellano era uno de los oficiales más severos con los conscriptos. Estaba de guardia y ellos estaban fondeados. En silencio quisieron acomodar todo, limpiar, pero ¿qué excusa darían ante la inminente explicación que requeriría el teniente? Todo fue en vano. Los pasos se sintieron muy cerca y no tuvieron tiempo para disimular el desorden.
—¿Qué hacen ustedes acá? —gritó el oficial.
Los cuatro conscriptos se pusieron automáticamente de pie, en posición de firmes, y se quedaron inmóviles. El teniente había aparecido imponente, con la radio en la mano y la tira amarilla que lo identificaba como oficial de guardia; se paraba siempre a lo malevo, exhibiendo su cuerpo inmenso como símbolo de autoridad. Los jóvenes parecieron disminuir su tamaño.
—Parece que están bien instalados... Mate, pan, mermelada, cigarrillos... ¿Ustedes no están haciendo el servicio militar, según se puede comprobar, no?
Nadie hablaba. Todos tenían ganas de contestarle que tenía razón, que la colimba no era verdaderamente eso, pero no se animaron. Ya estaban pensando en diez días de arresto, en flexiones de brazos, de piernas, y cualquier otro castigo de los que se valían ahí adentro.
—Bueno, parece que están mudos. Siéntense. A ver, vos —dirigiéndose al sanjuanino—, parece que sos el cebador, dame un amargo.
Se miraron, no entendieron nada. Observaron cómo tomaba mate sin decir nada, sin dictar ningún castigo, y hasta comiendo un pedazo de pan con mermelada.
—¿De qué estaban hablando?
—De lo que vamos a hacer cuando nos den la baja —se apuró a contestar el santafesino.
—¿Ah, sí? ¿Y qué van a hacer?
—Yo, estudiar. Tengo que terminar todavía la secundaria.
—¿Y vos? —le preguntó al sanjuanino.
—Quiero hacer la primaria. Quiero aprender a leer y a escribir...
—¿Nunca escribís a tu casa?
—Sí, ellos escriben las cartas. Yo les dicto lo que quiero...
—¿Qué es esto? —preguntó el teniente tomando el dibujo del santafesino—. ¿Quién lo hizo?
—Yo.
—¿Y qué significa?
—No significa nada. Cada uno le da la interpretación que quiere.
Nadie más habló. El teniente se quedó mirando el dibujo. No decía nada. Solo se oía el respiro fuerte que producían sus fosas nasales. Los jóvenes se miraron entre ellos y ya con un poco más de confianza arriesgaron una sonrisa.
—Paz... ¿Vos la proclamás?
—La deseo... ¿Qué sé yo? Quisiera que... Soy idealista, por eso...
—Yo les tengo miedo a los que proclaman paz —agregó el teniente—. Porque son ustedes los que la perturban.
—¿Por qué? —preguntó casi gritando el porteño.
—¿Vos también? Muchos dicen que nosotros somos lo peor. Pero ustedes, cuando están allá afuera con sus pelos largos y sus medallones, típico de vagos, son todavía más peligrosos que nosotros.
El ambiente había cambiado. Ya podía notarse un leve nerviosismo en los gestos del teniente y un poco de bronca en la expresión de los conscriptos. El mate ya no pasaba de mano en mano. Estaba sobre una mesa, enfriándose. Había una mentalidad contra cuatro. La del poder contra las de la obediencia. Obviamente, la última palabra la tuvo el poder. La obediencia cumplió con su papel: cerró la boca. ¿Miedo? Sí, miedo a la sanción, miedo al castigo físico, miedo a opinar en un sitio y en una época en los que nada era fácil. El teniente suspiró, dio media vuelta y antes de salir, agregó:
—Arreglen esta mugre y cada uno se va a su puesto de trabajo. Y a ver si en vez de pensar idioteces se dedican a construir el país.
—¡Comprendido, señor teniente! —contestaron los conscriptos a coro y poniéndose de pie automáticamente.
Cerró la puerta y se fue. Hubo cuatro sonrisas producidas simultáneamente. Cuatro sonrisas que expresaban bronca. Cuatro sonrisas que no podían comprender que existiera gente que no aceptaba ni permitía la felicidad.

miércoles, 15 de enero de 2014

GELMAN: 1930/2014


El poeta Juan Gelman escribe alzándose sobre sus propias ruinas, sobre su polvo y su basura. Los militares argentinos, cuyas atrocidades hubieran provocado a Hitler un incurable complejo de inferioridad, le pegaron donde más duele. En 1976, le secuestraron a los hijos. Se los llevaron en lugar de él. A la hija, Nora, la torturaron y la soltaron. Al hijo, Marcelo, y a su compañera, que estaba embarazada, los asesinaron y los desaparecieron. En lugar de él: se llevaron a los hijos porque él no estaba. ¿Cómo se hace para sobrevivir a una tragedia así? Digo: para sobrevivir sin que se te apague el alma. Muchas veces me lo he preguntado, en estos años. Muchas veces me he imaginado esa horrible sensación de vida usurpada, esa pesadilla del padre que siente que está robando al hijo el aire que respira, el padre que en medio de la noche despierta bañado en sudor: ¡Yo no te maté, yo no te maté! Y me he preguntado: ¿Si Dios existe, por qué pasa de largo? ¿No será ateo, Dios?

Eduardo Galeano
(Uruguay, 1940)
de "El libro de los abrazos")

lunes, 13 de enero de 2014

JACKAROE


La guerra terminó, sí, pero...
¿Quién despertará a los muertos llorados en los pueblos?
¿Quién devolverá a las madres el beso del hijo
que no ha de regresar más o la esperanza a una novia
que aguarda en vano?

domingo, 15 de diciembre de 2013

11 - UN DÍA MÁS


Grabenlo como en la piedra
cuanto he dicho en este canto
y aunque yo he sufrido tanto
debo confesarlo aquí;
el hombre que manda allí
es poco menos que un santo.

Martín Fierro



Cuatro paredes y un techo lo protegen del frío de una oscura noche. Dos frazadas cobijan su cuerpo cansado y tembloroso. Pasó otro día. Uno más entre muchos. Un día igual a los anteriores, con ganas de que los próximos cambien.
Las vigas de madera del techo crujen y hacen que su pesado sueño se desvele. Siente el ruido de las ramas de un viejo álamo, azotadas por el fuerte viento. Quizás algún ave esté pagando las consecuencias, acurrucada en su cálido nido de barro y paja. Una ventisca de aire helado penetra por un vidrio roto de la vieja ventana y hace que su cuerpo se estremezca y se acurruque cada vez más dentro de sus frazadas.
Mira al techo como buscando una explicación de su actual vivir y choca contra la violeta luz de sueño que cierra sus ojos hasta hacerlo dormir definitivamente. Viejos y hermosos recuerdos pasan con muchos colores por su mente, escenas locas, imposibles, inciertas. Caras lejanas, entrañables, que lo llevan lejos de su cama, a cientos de kilómetros, para volver en un segundo, de un solo movimiento.
Aunque en el oscuro cielo todavía brillan las estrellas y la luna aún conserva su silueta perfecta, un grito lo sobresalta e interrumpe su sueño. Es un grito ya conocido que le indica que un nuevo día ha comenzado.
La historia sigue...

miércoles, 27 de noviembre de 2013

TEOLOGÍA/1



El catecismo me enseñó, en la infancia, a hacer el bien por conveniencia y a no hacer el mal por miedo. Dios me ofrecía castigos y recompensas, me amenazaba con el infierno y me prometía el cielo; y yo temía y creía. 
Han pasado los años. Yo ya no temo ni creo. Y en todo caso, pienso, si merezco ser asado en la parrilla, a eterno fuego lento, que así sea. Así me salvaré del purgatorio, que estará lleno de horribles turistas de la clase media; y al fin y al cabo, se hará justicia. 
Sinceramente: merecer, merezco. Nunca he matado a nadie, es verdad, pero ha sido por falta de coraje o de tiempo, y no por falta de ganas. No voy a misa los domingos, ni en fiestas de guardar. He codiciado a casi todas las mujeres de mis prójimos, salvo a las feas, y por tanto he violado, al menos en intención, la propiedad privada que Dios en persona sacralizó en las tablas de Moisés: No codiciarás a la mujer de tu prójimo, ni a su toro, ni a su asno... Y por si fuera poco, con premeditación y alevosía he cometido el acto del amor sin el noble propósito de reproducir la mano de obra. Yo bien sé que el pecado carnal está mal visto en el alto cielo; pero sospecho que Dios condena lo que ignora.

(Uruguay, 1940)


lunes, 16 de septiembre de 2013

RODRÍGUEZ, Silvio: En mi calle


En mi calle hay una acera gris
donde se pegan las miradas
del que mira adonde va.

En mi calle hay un banco que es 
tan largo y blanco como el mármol 
donde iremos a parar. 

Yo no sé por qué son tan blancas 
las altas ventanas que miran al cielo. 
En mi calle el mundo no habla 
la gente se mira y se pasa con miedo. 

Si yo no viviera en la ciudad 
quizás vería el árbol sucio 
donde iba yo a jugar. 

En mi calle de silencio está 
y va pasando por mi lado, 
es un recuerdo desigual. 

Yo no sé por qué estoy mirando, 
por qué estoy amando, 
por qué estoy viviendo... 

Yo no sé por qué estoy llorando, 
por qué estoy cantando, 
por qué estoy muriendo... 

Silvio Rodríguez

domingo, 15 de septiembre de 2013

10 - VEINTE AÑOS


La soledad causa espanto
el silencio causa horror
ese continuo terror
es el tormento más duro
y en un presidio siguro
está de más tal rigor.

Martín Fierro


Al descender del colectivo se sintió un poco mejor, como si respirara aire puro, diferente al que venía respirando todos los días. Hacía un poco de calor pero todavía usaba el uniforme de invierno. Pronto llegaría la primavera. De su hombro derecho colgaba un bolso de tela azul casi vacío. A simple vista se diría que no llevaba nada en él. Se desabrochó el botón dorado que le ajustaba el cuello y miró su reloj: las cuatro de la tarde.
Punta Alta estaba casi vacía. Recién comenzaban a abrirse los pocos negocios que había sobre la calle Yrigoyen. No había ni un árbol como para decir que el paisaje era variado en la calle principal. El sol estaba débil pero igual molestaba al que no estuviera resguardado. Una ciudad chata, sin edificios. Una ciudad triste que durante los trescientos sesenta y cinco días del año veía pasar a miles de jóvenes uniformados buscando hacer algo para no aburrirse en los días libres.
Él era uno de ellos, uno de los tantos que conocen Punta Alta sin desearlo. El uniforme le molestaba, transpiraba y, sin pensarlo demasiado, caminó algunas cuadras hasta llegar a la plaza. Cada vez que llegaba allí se preguntaba lo mismo acerca del monumento que se alzaba en el centro de la misma: ¿Qué es eso? ¿Qué representa? Un cartel que indicaba la prohibición de pisar el césped lo hizo detener y pensar... Pero no mucho. De inmediato se sentó debajo de un árbol que proporcionaba una gran sombra y encima del césped prohibido.
Suspiró muy fuerte y se recostó sin pensar en que ensuciaría su ropa. Tenía los ojos muy abiertos, extraviados en el cielo que poco a poco se iba cubriendo de nubes grises y amenazadoras. A pocos metros de él, sentados en un banco, una pareja de novios manifestaba públicamente su amor, en silencio, con un largo beso. Más atrás, cuatro chicos que estaban jugando al fútbol, corrían riendo, escapando del placero que los perseguía. Se sintió solo y pensó que no era la primera vez.
Tengo que festejar, pensó. No me puedo quedar acá tirado. Se levantó y se dirigió a un almacén: con una cerveza y un sándwich de mortadela le alcanzaría para no sentirse tan solo. Volvió a la plaza, al mismo lugar de antes. Se sentó contra el tronco del árbol y comenzó a comer y a beber. Tengo que festejar. Se imaginó que a su lado estaban todos sus amigos, su familia y hasta su perro. No podía hablar con ellos, pero él tenía la solución. Abrió el bolso azul, sacó unas diez cartas y, de a una, las empezó a leer. Tengo que festejar... y quiero que ustedes me hablen, dijo dirigiéndose a las cartas. Quería escuchar las voces lejanas, quería recordar todo lo bueno que había pasado ese mismo día pero el año anterior, allá en su casa.
En la primera carta que abrió, su madre le decía que aunque no estés con nosotros, tené la seguridad de que nosotros estamos junto a vos, y quiera Dios que pronto estemos todos juntos... Cerró los ojos y se le fruncieron hasta las uñas. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para no llorar. Estaba solo en una plaza triste, a más de mil kilómetros de su casa, leyendo cartas, soñando rostros, escuchando palabras.
Terminó de comer el sándwich con dificultad, tenía un nudo en la garganta que apenas lo dejaba respirar. ¡Cómo hubiese querido salir corriendo, subir a un colectivo y no parar hasta llegar a Santa Fe! Y no volver más a ese sitio horrible. Un trago de cerveza le ayudó a digerir el pedazo de sándwich atragantado. Tomó otra carta al azar y leyó en el remitente Valeria. Una sonrisa brotó en su rostro al pensar en la Negra, al traer a su mente el rostro de su amiga. Le temblaban las manos y tardó un buen rato entre abrir el sobre, sacar la carta, acomodar su trasero en el césped y ponerse a leer. La sonrisa que segundos atrás había brotado en su rostro poco a poco fue desapareciendo, y sin darse cuenta sacó de su bolsillo un pañuelo y lo apretó bien fuerte con el puño. Che, Negro, no te vas a amargar el 1º, pensá que todos los que te queremos vamos a estar con vos ese día... No alcanzó a usar el pañuelo. Un fuerte suspiro le hizo aflojar tensiones y se tranquilizó un poco.
El cielo poco a poco se iba apagando pero no porque la tarde caía: inmensas nubes negras llegaban del sur con su amenaza de lluvia. Los truenos comenzaron a escucharse. Terminó la botella de cerveza de un solo trago y sosteniéndola en lo alto exclamó: ¡Salud! Antes de abrir otra carta se recostó. Cerró los ojos y, pensando en mil cosas a la vez, tarareó una canción.
De repente se levantó y, tomando una carta, se dijo nuevamente: Tengo que festejar. La abrió sin fijarse en el remitente y al empezar a leerla, reconoció la letra. Era de Fabio: Espero que la pases todo lo bien que puedas ahí; acá nos vamos a tomar algo y vamos a brindar por vos... Ahora sí que estaba flojo. Flojo y tensionado a la vez. Flojo de espíritu y tensionado de cuerpo. Y justo cuando comenzaban a caer las primeras gotas de la inminente tormenta, cayó por su rostro una lágrima, la primera del día... pero no la última. Le dolía el alma, le dolía el cuerpo y le dolía volver a encerrarse en el lugar que tanto odiaba.
Al instante de su primera lágrima vio aproximarse al placero. Venía serio y se dirigía a él. La botella estaba tirada en el césped y algunas migas afeaban el sitio.
—¡Oiga, usted!
—¿...?
—¿No vio el cartelito? Pro-hi-bi-do-pi-sar-el-cés-ped, por si no sabe leer.
Mientras el placero gruñía, él fue levantando la vista hasta encontrarse con los ojos de la autoridad de la plaza. Se miraron varios segundos fijamente, sin hablar. La lluvia empezó a ser cada vez más fuerte y los dos se empezaron a mojar. ¿Cómo le explico a este viejo que estoy de festejo?, pensó. El placero cambió su rostro duro por un gesto más cordial y le preguntó:
—¿Está llorando o es la lluvia, soldado?
—Estoy festejando mi cumpleaños... —pudo contestar.
El viejo hizo un gesto, comprendiendo, y, retrocediendo lentamente y sin sacar la vista del cuerpo, le dijo:
—Bueno... Feliz cumpleaños... Que la pases bien...
Fue el único saludo que escuchó aquel día. Y el viejo se alejó despacio bajo la lluvia, rumbo quizás a su casa, pensando en ese cuerpo sentado que festejaba su cumpleaños en una plaza, solo.
Siguió sobre el césped. Guardó las cartas en el bolso y miraba caer la lluvia. Su cuerpo empezó a empaparse pero de ahí no se movía. No quería volver a encerrarse, prefería mojarse y sentirse un rato libre. No quería pensar tampoco en su festejo solitario. Solamente quería saber si las gotas que recorrían sus mejillas hasta llegar a sus labios, eran simplemente de la lluvia o verdaderas lágrimas prófugas de su espíritu.

Vas a tener que cambiar. Sí, sos otro. No sos el que tiempo atrás conocí. Vas a tener que dejar de lado todo el odio que hoy tenés dentro tuyo. Vas a tener que escupir la rabia que brota de tu corazón. Vas a tener que tirar al chiquero todas las miserias que hoy están estropeando tu alma. Vas a tener que saber ignorar lo que hoy te pasa. No seas boludo, todavía tenés mucho por andar. Vas a tener que volver a tus viejos tiempos, ¿te acordás? Por favor, ignorá el presente, mirá adelante, confiá, creé, yo sé que vos podés. Te pido que vuelvas a ser el que fuiste tiempo atrás. Aquel que siempre tenía una sonrisa para dar. Aquel que siempre tenía un poquito de buen humor. Aquel que quería vivir, soñar, volar, reír... Yo sé que vos podés, sé que vos podés volver, sé que podés reír, sé que podés acordarte de todo lo que fuiste, que podés ser nuevamente. ¿Sabés cómo? Pensá... recordá... ¿Te acordás de tus amigos, de tu familia, de todos los que te quieren? ¿Sí? ¿Y? Bueno, ¿por qué llorás? ¡Vos podés! Vas a tener que cambiar...

martes, 10 de septiembre de 2013

DYLAN, BOB: Blowin In The Wind (Flotando en el viento)


Canción compuesta por Bob Dylan a los 21 años (1962). La poesía y significado de su letra ha hecho que no haya perdido vigencia a lo largo de los años. Y no la va a perder mientras algunos países se sientan dueños absolutos de la paz en el mundo y sigan provocando guerras estúpidas.

¿Cuántos caminos debe un hombre recorrer
antes de que lo llamen "hombre"?

¿Cuántos mares debe surcar una blanca paloma
antes de que pueda dormir en la arena?

¿Cuántas veces más deben volar las balas de cañón
antes de ser prohibidas para siempre?

La respuesta, amigo mío, está flotando en el viento...
La respuesta está flotando en el viento...

¿Cuántos años puede existir una montaña,
antes de disolverse en el mar?

¿Cuántos años pueden vivir algunas personas
antes de que se les permita ser libres?

¿Cuántas veces puede un hombre girar la cabeza
y fingir que simplemente no ve?

La respuesta, amigo mío, está flotando en el viento...
La respuesta está flotando en el viento...

¿Cuántas veces debe un hombre levantar la vista
antes de poder ver el cielo?

¿Cuántos oìdos debe tener un hombre
antes de poder oír a la gente llorar?

¿Cuántas muertes serán necesarias para darse cuenta
de que ya ha muerto demasiada gente?

La respuesta, amigo mío, está flotando en el viento...
La respuesta está flotando en el viento....



viernes, 2 de agosto de 2013

9 - EL CONDENADO


La justicia muy severa
suele rayar en crueldá:
sufre el pobre que allí está
calenturas y delirios,
pues no esiste pior martirio
que esta eterna soledad.

Martín Fierro


—¿Sabés por qué me hacen esto?
—Creo que sí.
—¿Por qué "creo"?
—Leí el expediente...
El joven de mediana estatura no preguntó más, sabía que el error había sido cometido y muy pocas esperanzas le quedaban de salvarse. Extendió su mano izquierda lentamente hacia el joven alto y delgado y este sujetó fuertemente su muñeca con el metal. Su mano izquierda quedaba libre.
—Me hace mal —protestó.
—¿Y qué querés que le haga?
—No sé, aflojala un poco...
—No se puede. Esperá que venga el cabo.
No le dolía, pero no podía verse con una mano sujetada por las esposas metálicas con doble seguridad. No entendía por qué hacían tanto trámite si él había aceptado ir allá sin oposición alguna. No quería pensar en nada y tampoco tenía ánimos como para conversar. El joven delgado —furriel de la Sección Justicia— se colocó en su muñeca izquierda el otro extremo de las esposas.
—A mí no me molestan.
—Yo tengo las muñecas más grandes...
—Quizás...
No sabía por qué lo había hecho. No podía explicárselo. En los interrogatorios había aceptado su culpa... pero él no creía ser el culpable. Pero entonces ¿por qué se resignó a aceptar esa culpabilidad? Sí, sabía que lo había hecho, él era el que había cometido el delito... pero no se sentía culpable.
Sentía el metal en su muñeca izquierda, no le molestaba pero fingía la molestia. Estuvo observando el gráfico de las actuaciones de justicia del año 1983 que colgaba de la pared en el cuarto donde se encontraba unido metálicamente con el joven alto y delgado.
Pasaban por su mente imágenes locas, desjuiciadas. No podía ni quería pensar en su familia. Se ruborizaba al pensar qué dirían sus padres del hijo perverso que tenían. Soy un demente, pensaba continuamente. La puerta de la Sección Justicia se abrió violentamente.
—¿Ya está? —preguntó el cabo, un flaco alto y con cara de nene.
—Sí, cabo. Dice que le molesta.
—No importa, vamos. El camino es corto.
Se dirigieron los tres hacia una camioneta verde. Un chofer esperaba con el motor en marcha. El cabo llevaba en su cintura una Ballester Molina 11,25 con dos cargadores. Los tres subieron a la camioneta y se amontonaron junto al chofer. Los movimientos de los jóvenes esposados eran torpes.
—Vamos —ordenó el cabo al chofer.
La camioneta arrancó lentamente y ninguno de sus pasajeros abrió la boca. El condenado miraba quizás por última vez ese lugar verde, cerrado, ese cielo falso que flotaba por encima suyo. Pensaba en su futuro, en qué le harían, en cómo sería ese nuevo lugar. ¿Por qué lo hice? La puta que los parió, se lamentaba, se arrepentía. Yo no lo quise hacer...
Recordó que desde el primer día que llegó a ese lugar se masturbaba todas las noches, como a las tres de la mañana, en el baño. Se cuidaba de que los "imaginarias" no lo descubrieran. No podía soportar un solo día sin hacerlo. Las mujeres que trabajaban cerca de él lo excitaban y no podía ni siquiera hablarles. Tampoco tenía dinero como para ir a la ciudad y pagar en un prostíbulo. Durante el día esperaba desesperadamente que llegara la noche para gozar nuevamente en soledad.
¿Por qué lo hice? Una lágrima recorrió su mejilla mientras la camioneta mantenía la velocidad en cien kilómetros por hora. El paisaje era triste. Campo amarillo, raso, sin árboles. Cada cinco kilómetros, más o menos, cruzaban alguna base o algún destacamento naval. Nadie hablaba. El cabo y el furriel habían encendido un cigarrillo. El condenado no había querido hacerlo.
Cuando llegaron a la Base Naval Puerto Belgrano el chofer se perdió y no supo llegar a destino. El cabo le preguntó a un conscripto que montaba guardia en un puesto y así pudieron llegar.
La entrada estaba vigilada por tres cabos y dos conscriptos vestidos con uniformes de gala. Detuvieron el  vehículo para identificarse y pasaron. Un letrero de más de veinte metros de largo rezaba con letras blancas: PRISIÓN NAVAL PUERTO BELGRANO.
El condenado sintió un escalofrío en todo el cuerpo, como una suave descarga eléctrica. La tarde estaba cayendo. Era un 6 de mayo y el frío no se hacía sentir demasiado. Pensó en sus veinte años...
—¿Cuánto me dieron?
—Creo que ocho. Pero si la llevás bien te pueden rebajar la condena.
Veintiocho años, meditó un instante. Creyó que durante un tiempo estaría muerto, y después, a vivir otra vez. Pero, ¿con qué cara iba a mirar a sus padres cuando volviera a su casa? Me escupirán... ¿O me entenderán? Se consideraba un enfermo mental porque lo habían examinado médicos y sicólogos. Un sicópata sexual, se autocondenaba.
Maldijo el momento en que hizo la promesa de no masturbarse más mientras estuviera allí adentro. Esa promesa fue la culpable de todo. Tres días pudo cumplirla, pero no pudo llegar a la cuarta noche. Yo y mis promesas idiotas... No pudo llegar a la cuarta noche.
—Vamos, bajen —ordenó el cabo en tono severo.
El condenado vestía uniforme de gala y llevaba en su mano libre un bolso azul con sus pertenencias. El furriel vestía uniforme camuflado al igual que el cabo. Este último adelantó su marcha hacia la puerta de entrada y los conscriptos esposados lo siguieron unos metros atrás.
—¿Cuál de los dos es? —preguntó el suboficial que los recibió.
—¡Él! —se apuró a contestar el furriel, señalando con su índice derecho al condenado.
El cabo y el suboficial rieron al ver la cara de espanto que había puesto el inocente. Pero el que no había hecho un solo gesto había sido el condenado. Su cara era inexpresiva. No sonrió. Se limitó a bajar la cabeza, mirar al piso sucio y esperar. El cabo abrió las esposas y los dos conscriptos se tomaron automáticamente la muñeca anteriormente esposada y se la masajearon un poco.
El condenado comprendió que ya no quedaba nada por hacer. Saludó al cabo apretando fuertemente su mano derecha y lo mismo hizo con el furriel. Los tres se miraron sin decir una sola palabra.
Cuando el cabo y el furriel se retiraron, escucharon cómo las pesadas puertas de hierro se cerraron a sus espaldas.
—¿Será loco? —preguntó el cabo.
—¿Qué sé yo, cabo? Si fuera loco... no tendría que estar acá, ¿no?
Siguieron caminando hacia la camioneta verde. Ya en viaje encendieron otro cigarrillo. El chofer, con un poco más de confianza causada por la ausencia del condenado, se animó a preguntar:
—¿Qué hizo?
El cabo miró al frente, hacia la ruta, y no contestó. Solo suspiró profundamente. El furriel le contestó, pero también con la vista puesta en la ruta:
—Tentativa de violación.
—¿A una mina?
—No... Al hijo del revistero... tiene ocho años.

Ninguno de los tres abrió la boca en el resto del viaje.