Es posible que mañana muera y en la tierra no quedará nadie
que me haya comprendido por completo.
Unos me considerarán peor y otros mejor de lo que soy.
Algunos dirán que era una buena persona; otros, que era un canalla.
Pero las dos opiniones serán igualmente equivocadas.

Mijail Iurevicht Lermontov


miércoles, 26 de mayo de 2010

A DOS PUNTAS

"Abstracción" (1932)
Juan del Prete (Italia, 1898/Argentina, 1987)
.
.Te hacés mi amiga 
si estás conmigo
pero cuando estás con otro
me deshacés, siempre.
S.G.

Luego de varios minutos de no abrir la boca, Laura decidió romper el silencio. Levantó la vista, miró cómo me comía las uñas con la vista perdida en la nada, y me pegó suavemente en la mano.
—¡Dejá de hacer eso, boludo! ¡Te vas a hacer mal!
Esbocé una sonrisa. Me gustó su gesto y dejé mis uñas para después. Revolví lo que quedaba de café, ya frío, y lo terminé de un trago. Afuera llovía y estaba destemplado. La ciudad a través del vidrio se veía triste.
—¿Podemos hablar? ¿No vas a abrir la boca en toda la tarde?
—¿Querés otro café? —la invité y llamé a la moza.
—Mejor sería que pidieras una cerveza. Cuando tomás alcohol siempre hablás más.
—No es mala la idea —la moza se acercó—. Dos cafés más, por favor.
Días atrás me había escrito una carta. Me la había dado en medio de una reunión de amigos. Laura se había confesado como nunca. La palabra escrita le resultaba más cómoda, como a mí, pero cuando advirtió que mi reacción se demoraba, comenzó a sospechar que mi respuesta no se produciría nunca. Por eso me invitó a tomar un café.
—Creí que ibas a contestar mi carta… Hoy me siento una tarada por todo lo que te escribí. Pero me salió de adentro, lo escribí de corazón y pensé que te iba a “mover” un poquito…
En su carta me decía, entre otras cosas, que cuando estaba a mi lado era feliz, que me quería mucho, que yo la hacía sentir segura, conforme y muy tranquila. Sinceramente, no la entendí. ¿Acaso me consideraba su guardaespaldas? Me confesó que en un tiempo no tan lejano yo le interesaba mucho, más que como un amigo, pero que no entendía por qué yo me había encerrado en mí mismo, por qué le había negado el acceso a mi vida. Me dijo que ella quería saber más de mí, conocer mis deseos, mis ideas, mis aspiraciones, mis dudas, mis miedos, mis penas, mis alegrías… Y que deseaba que yo me interesara por ella…
—Leí tu carta… Pensaba contestarte —le dije con mi característica tranquilidad—. Quería meditar muy bien la respuesta.
—¡Pero creo que te confesé cosas que no se tienen que pensar demasiado!
Era cierto. Me pidió casi por favor que me interesara por ella, me dijo que estaba pasando momentos difíciles en la escuela y que sus padres estaban muy enojados por sus calificaciones. Que necesitaba alguien en quien confiar, un amigo, un apoyo, alguien que la abrazara con sinceridad en esos momentos de llanto imposible de evitar.
Tenía razón, sin dudas. Cualquier adolescente —como lo era yo en esa época— al que una amiga le escribía semejantes palabras, no podía dejar de actuar en consecuencia. Y para colmo lo había escrito, lo había plasmado en un papel. Y la palabra escrita es sagrada. Una persona antes de entregar sus sentimientos que sabe que quedarán inmortalizados en un papel, los lee y relee hasta el infinito. Sabe que sus palabras quedarán escritas hasta que el destinatario decida eliminarlas, inmediatamente… o nunca…
La miré, dispuesto por fin a abrir la boca. Su cara reflejaba su tristeza y hermosura a la vez. Laura era hermosa. Laura me gustaba…
—¿Te acordás del momento en que me diste la carta? ¿Te acordás qué hiciste inmediatamente después?
—Ay… no me acuerdo… ¿Por qué?
Me suplicaba en su carta que volviésemos a los viejos tiempos, cuando nuestros diálogos eran frecuentes, casi siempre pesimistas —en concordancia con nuestros pensamientos adolescentes— pero el hecho de estar juntos, mirarnos a la cara y decirnos nuestra verdad sin ningún reparo, nos hacía felices. En eso tenía razón. Meses atrás habíamos sido muy compinches, nos sincerábamos mucho, me decía en la cara que yo era el amigo más perfecto que había conocido. Y yo la miraba a la cara y quería comérmela a besos… Pero esa sensación, inexplicablemente, desaparecía a los pocos segundos.
—¿Por qué me preguntás eso?
“Te quiero, te quiero mucho y siempre fuiste alguien muy especial para mí, ya que en mi vida en un tiempo significaste mucho para mí, fuiste muy importante, muy particular…”, me decía en esa carta que todavía conservo, después de tantos años…
La tomé de las manos. Las tenía heladas. Su flequillo apenas cubría sus cejas. Sus cabellos rubios y enrulados cubrían la mitad de su espalda. Era hermosa. Lo es.
—¿Por qué me preguntás eso? —insistió.
Nunca le contesté. No sé por qué… Aunque sí. Lo sé. Estaba seguro de que Laura fingía no recordar y que su memoria no era para nada frágil. Nunca olvidé —ni olvidaré— que después de darme la carta, casi en secreto, se fue del grupo con Francisco, abrazada y a los besos, mientras yo los observaba con la carta en la mano —aún sin leer— y con un nudo en la garganta.

3 comentarios:

  1. Muy buena la historia, Felis, muy bien llevado el suspenso. Entristece, eso seguro.
    Me encantó.

    Cariños!

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  2. Quién entiende a las mujeres, verdad???? jajajajajajsi, soy una de ellas y tampoco las entiendo, bué, tampoco entiendo a los hombres y a veces ni siquiera me entiendo a mi misma, somos tan complejos como estúpidos.

    Me super conmovió este relato, me llegó al corazón en una fresca lectura y cotidianidad exquisita.
    gracias por aparecer en mi blog, bienvenido!

    =) HUMO

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  3. Un relato muy bien llevado. Fresco y nostálgico. Suspense hasta el final...gran final.

    Conclusión: ¿Las mujeres son complejas?.

    Un abrazo,

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