Es posible que mañana muera y en la tierra no quedará nadie
que me haya comprendido por completo.
Unos me considerarán peor y otros mejor de lo que soy.
Algunos dirán que era una buena persona; otros, que era un canalla.
Pero las dos opiniones serán igualmente equivocadas.

Mijail Iurevicht Lermontov


domingo, 15 de diciembre de 2013

11 - UN DÍA MÁS


Grabenlo como en la piedra
cuanto he dicho en este canto
y aunque yo he sufrido tanto
debo confesarlo aquí;
el hombre que manda allí
es poco menos que un santo.

Martín Fierro



Cuatro paredes y un techo lo protegen del frío de una oscura noche. Dos frazadas cobijan su cuerpo cansado y tembloroso. Pasó otro día. Uno más entre muchos. Un día igual a los anteriores, con ganas de que los próximos cambien.
Las vigas de madera del techo crujen y hacen que su pesado sueño se desvele. Siente el ruido de las ramas de un viejo álamo, azotadas por el fuerte viento. Quizás algún ave esté pagando las consecuencias, acurrucada en su cálido nido de barro y paja. Una ventisca de aire helado penetra por un vidrio roto de la vieja ventana y hace que su cuerpo se estremezca y se acurruque cada vez más dentro de sus frazadas.
Mira al techo como buscando una explicación de su actual vivir y choca contra la violeta luz de sueño que cierra sus ojos hasta hacerlo dormir definitivamente. Viejos y hermosos recuerdos pasan con muchos colores por su mente, escenas locas, imposibles, inciertas. Caras lejanas, entrañables, que lo llevan lejos de su cama, a cientos de kilómetros, para volver en un segundo, de un solo movimiento.
Aunque en el oscuro cielo todavía brillan las estrellas y la luna aún conserva su silueta perfecta, un grito lo sobresalta e interrumpe su sueño. Es un grito ya conocido que le indica que un nuevo día ha comenzado.
La historia sigue...

miércoles, 27 de noviembre de 2013

TEOLOGÍA/1



El catecismo me enseñó, en la infancia, a hacer el bien por conveniencia y a no hacer el mal por miedo. Dios me ofrecía castigos y recompensas, me amenazaba con el infierno y me prometía el cielo; y yo temía y creía. 
Han pasado los años. Yo ya no temo ni creo. Y en todo caso, pienso, si merezco ser asado en la parrilla, a eterno fuego lento, que así sea. Así me salvaré del purgatorio, que estará lleno de horribles turistas de la clase media; y al fin y al cabo, se hará justicia. 
Sinceramente: merecer, merezco. Nunca he matado a nadie, es verdad, pero ha sido por falta de coraje o de tiempo, y no por falta de ganas. No voy a misa los domingos, ni en fiestas de guardar. He codiciado a casi todas las mujeres de mis prójimos, salvo a las feas, y por tanto he violado, al menos en intención, la propiedad privada que Dios en persona sacralizó en las tablas de Moisés: No codiciarás a la mujer de tu prójimo, ni a su toro, ni a su asno... Y por si fuera poco, con premeditación y alevosía he cometido el acto del amor sin el noble propósito de reproducir la mano de obra. Yo bien sé que el pecado carnal está mal visto en el alto cielo; pero sospecho que Dios condena lo que ignora.

(Uruguay, 1940)


martes, 22 de octubre de 2013

CONDENADOS A SER LIBRES




Según el filósofo yanpol, estamos condenados a ser libres. Pero a esta verdad, como a alguna otra, llegamos muchas veces tarde, cuando nuestra vida ya ha sido tallada por largos años de recibir información errónea, distorsionada o malintencionada. Mas puede ser que alguna vez nos hayan inculcado algo bueno y entre tanto mejunje hemos sido hechos a imagen y semejanza de los otros.
Durante largos años escuchamos verdades supuestas o ciertas —quién lo sabe—: en la infancia, en la familia, en la escuela, en la calle, y siempre retumbó en nuestra mente lo que “debíamos” hacer y lo que “no debíamos” hacer. Te mandan a amar cuando todo el mundo sabe que este verbo no acepta el imperativo. ¿Cómo obligar, pedir, solicitar, rogar, a una persona a amar, como si fuera un acto deliberado? Te ordenan desde que nacés hasta que te morís y si no reaccionás a tiempo terminás no-siendo. Entonces —y siguiendo con las ideas del francés—, si hay alguien que impone mandamientos, formas de creer/hacer y de vivir, el hombre no es libre. ¿Puede ser libre el hombre si sigue un dogma y se olvida de vivir según sus ideales?
Hay un orden jerárquico que intentan imponer que no se entiende. ¿Por qué una idea tiene que estar por encima de todas las cosas cuando yo tengo ideas diferentes y quiero organizar mi vida según mi propia escala de valores? Buena o mala, no lo sé, pero mía.
Tengo a muchas personas para querer y estimar antes que a otras. Y sobre todo, quererlos y estimarlos por sobre cualquier idea abstracta. A esas personas las pongo en la cima, en el medio o en el último puesto. Y hay otras que ni siquiera ingresan en la lista. En ella solo están los que le dan sentido a mi vida. Los otros… quizás algún día.
He vivido, vivo y seguiré viviendo, como cualquiera. Y si alguien insinúa que he cometido actos impuros, le pregunto: ¡¿Qué carajo es un acto impuro?! ¿Quién dice que algo es puro o impuro? ¿Es puro mirarse a los ojos e impuro reconocer al tacto nuestros cuerpos? ¿Es puro decir que sí e impuro decir que no? ¿O viceversa? ¿Es puro no pensar en lo que deseamos e impuro hacer lo que queremos? ¿Es lo blanco puro y lo negro impuro? ¿Es el amor puro y el sexo impuro? ¿Es lo limpio puro y lo sucio impuro? ¿El que se cree puro lo es y el otro no? Y si es el otro el que se cree puro, ¿el primero no lo es? ¿Y si nadie es puro? ¿Y si todos lo somos? ¡¿Qué carajo es la pureza?!
Cuando alguien viene y me dice tenés que hacer esto, no tenés que hacer lo otro; tenés que desear esto, no desear lo otro, están coartando mi libertad. Y así intentaron, intentan e intentarán, como siempre, imponer para esclavizar. El poder de unos sobre el no-poder de los otros.
Llega un momento en que tenemos que dejar de usar las palabras y los pensamientos ajenos para tener los propios. Y —como ahora— cuando se escriben, se corre un riesgo grande: uno queda a consideración del otro. Uno se desnuda y queda a la libre consideración de los demás. Pero cuando empezamos a decir y a escribir lo que realmente pensamos, cuando empezamos a decir nuestras propias palabras, dejamos de escondernos y comenzamos a ser responsables de lo que decimos y de lo que callamos también, porque callar es como seguir hablando.

Hablar y callar, pensar y no pensar, es en definitiva la expresión de nuestra propia libertad.

miércoles, 16 de octubre de 2013

TARDE


Me pasa a menudo: quiero hablar con alguien que ya no está a mi lado.
Estuvo alguna vez pero nunca le dije lo que quería o debía decirle.
Me miró más de una vez a los ojos esperando esas palabras que, egoísta, me guardé.
Y hoy quisiera gritarlas a los cuatro vientos, no solo para que se entere ese alguien sino también el mundo entero.
Pero ya es tarde.
Como lo será cuando alguien se arrepienta de no haberme dicho lo que quería o debía decirme y yo ya me haya ido a escuchar a otros lares.

lunes, 16 de septiembre de 2013

RODRÍGUEZ, Silvio: En mi calle


En mi calle hay una acera gris
donde se pegan las miradas
del que mira adonde va.

En mi calle hay un banco que es 
tan largo y blanco como el mármol 
donde iremos a parar. 

Yo no sé por qué son tan blancas 
las altas ventanas que miran al cielo. 
En mi calle el mundo no habla 
la gente se mira y se pasa con miedo. 

Si yo no viviera en la ciudad 
quizás vería el árbol sucio 
donde iba yo a jugar. 

En mi calle de silencio está 
y va pasando por mi lado, 
es un recuerdo desigual. 

Yo no sé por qué estoy mirando, 
por qué estoy amando, 
por qué estoy viviendo... 

Yo no sé por qué estoy llorando, 
por qué estoy cantando, 
por qué estoy muriendo... 

Silvio Rodríguez

domingo, 15 de septiembre de 2013

10 - VEINTE AÑOS


La soledad causa espanto
el silencio causa horror
ese continuo terror
es el tormento más duro
y en un presidio siguro
está de más tal rigor.

Martín Fierro


Al descender del colectivo se sintió un poco mejor, como si respirara aire puro, diferente al que venía respirando todos los días. Hacía un poco de calor pero todavía usaba el uniforme de invierno. Pronto llegaría la primavera. De su hombro derecho colgaba un bolso de tela azul casi vacío. A simple vista se diría que no llevaba nada en él. Se desabrochó el botón dorado que le ajustaba el cuello y miró su reloj: las cuatro de la tarde.
Punta Alta estaba casi vacía. Recién comenzaban a abrirse los pocos negocios que había sobre la calle Yrigoyen. No había ni un árbol como para decir que el paisaje era variado en la calle principal. El sol estaba débil pero igual molestaba al que no estuviera resguardado. Una ciudad chata, sin edificios. Una ciudad triste que durante los trescientos sesenta y cinco días del año veía pasar a miles de jóvenes uniformados buscando hacer algo para no aburrirse en los días libres.
Él era uno de ellos, uno de los tantos que conocen Punta Alta sin desearlo. El uniforme le molestaba, transpiraba y, sin pensarlo demasiado, caminó algunas cuadras hasta llegar a la plaza. Cada vez que llegaba allí se preguntaba lo mismo acerca del monumento que se alzaba en el centro de la misma: ¿Qué es eso? ¿Qué representa? Un cartel que indicaba la prohibición de pisar el césped lo hizo detener y pensar... Pero no mucho. De inmediato se sentó debajo de un árbol que proporcionaba una gran sombra y encima del césped prohibido.
Suspiró muy fuerte y se recostó sin pensar en que ensuciaría su ropa. Tenía los ojos muy abiertos, extraviados en el cielo que poco a poco se iba cubriendo de nubes grises y amenazadoras. A pocos metros de él, sentados en un banco, una pareja de novios manifestaba públicamente su amor, en silencio, con un largo beso. Más atrás, cuatro chicos que estaban jugando al fútbol, corrían riendo, escapando del placero que los perseguía. Se sintió solo y pensó que no era la primera vez.
Tengo que festejar, pensó. No me puedo quedar acá tirado. Se levantó y se dirigió a un almacén: con una cerveza y un sándwich de mortadela le alcanzaría para no sentirse tan solo. Volvió a la plaza, al mismo lugar de antes. Se sentó contra el tronco del árbol y comenzó a comer y a beber. Tengo que festejar. Se imaginó que a su lado estaban todos sus amigos, su familia y hasta su perro. No podía hablar con ellos, pero él tenía la solución. Abrió el bolso azul, sacó unas diez cartas y, de a una, las empezó a leer. Tengo que festejar... y quiero que ustedes me hablen, dijo dirigiéndose a las cartas. Quería escuchar las voces lejanas, quería recordar todo lo bueno que había pasado ese mismo día pero el año anterior, allá en su casa.
En la primera carta que abrió, su madre le decía que aunque no estés con nosotros, tené la seguridad de que nosotros estamos junto a vos, y quiera Dios que pronto estemos todos juntos... Cerró los ojos y se le fruncieron hasta las uñas. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para no llorar. Estaba solo en una plaza triste, a más de mil kilómetros de su casa, leyendo cartas, soñando rostros, escuchando palabras.
Terminó de comer el sándwich con dificultad, tenía un nudo en la garganta que apenas lo dejaba respirar. ¡Cómo hubiese querido salir corriendo, subir a un colectivo y no parar hasta llegar a Santa Fe! Y no volver más a ese sitio horrible. Un trago de cerveza le ayudó a digerir el pedazo de sándwich atragantado. Tomó otra carta al azar y leyó en el remitente Valeria. Una sonrisa brotó en su rostro al pensar en la Negra, al traer a su mente el rostro de su amiga. Le temblaban las manos y tardó un buen rato entre abrir el sobre, sacar la carta, acomodar su trasero en el césped y ponerse a leer. La sonrisa que segundos atrás había brotado en su rostro poco a poco fue desapareciendo, y sin darse cuenta sacó de su bolsillo un pañuelo y lo apretó bien fuerte con el puño. Che, Negro, no te vas a amargar el 1º, pensá que todos los que te queremos vamos a estar con vos ese día... No alcanzó a usar el pañuelo. Un fuerte suspiro le hizo aflojar tensiones y se tranquilizó un poco.
El cielo poco a poco se iba apagando pero no porque la tarde caía: inmensas nubes negras llegaban del sur con su amenaza de lluvia. Los truenos comenzaron a escucharse. Terminó la botella de cerveza de un solo trago y sosteniéndola en lo alto exclamó: ¡Salud! Antes de abrir otra carta se recostó. Cerró los ojos y, pensando en mil cosas a la vez, tarareó una canción.
De repente se levantó y, tomando una carta, se dijo nuevamente: Tengo que festejar. La abrió sin fijarse en el remitente y al empezar a leerla, reconoció la letra. Era de Fabio: Espero que la pases todo lo bien que puedas ahí; acá nos vamos a tomar algo y vamos a brindar por vos... Ahora sí que estaba flojo. Flojo y tensionado a la vez. Flojo de espíritu y tensionado de cuerpo. Y justo cuando comenzaban a caer las primeras gotas de la inminente tormenta, cayó por su rostro una lágrima, la primera del día... pero no la última. Le dolía el alma, le dolía el cuerpo y le dolía volver a encerrarse en el lugar que tanto odiaba.
Al instante de su primera lágrima vio aproximarse al placero. Venía serio y se dirigía a él. La botella estaba tirada en el césped y algunas migas afeaban el sitio.
—¡Oiga, usted!
—¿...?
—¿No vio el cartelito? Pro-hi-bi-do-pi-sar-el-cés-ped, por si no sabe leer.
Mientras el placero gruñía, él fue levantando la vista hasta encontrarse con los ojos de la autoridad de la plaza. Se miraron varios segundos fijamente, sin hablar. La lluvia empezó a ser cada vez más fuerte y los dos se empezaron a mojar. ¿Cómo le explico a este viejo que estoy de festejo?, pensó. El placero cambió su rostro duro por un gesto más cordial y le preguntó:
—¿Está llorando o es la lluvia, soldado?
—Estoy festejando mi cumpleaños... —pudo contestar.
El viejo hizo un gesto, comprendiendo, y, retrocediendo lentamente y sin sacar la vista del cuerpo, le dijo:
—Bueno... Feliz cumpleaños... Que la pases bien...
Fue el único saludo que escuchó aquel día. Y el viejo se alejó despacio bajo la lluvia, rumbo quizás a su casa, pensando en ese cuerpo sentado que festejaba su cumpleaños en una plaza, solo.
Siguió sobre el césped. Guardó las cartas en el bolso y miraba caer la lluvia. Su cuerpo empezó a empaparse pero de ahí no se movía. No quería volver a encerrarse, prefería mojarse y sentirse un rato libre. No quería pensar tampoco en su festejo solitario. Solamente quería saber si las gotas que recorrían sus mejillas hasta llegar a sus labios, eran simplemente de la lluvia o verdaderas lágrimas prófugas de su espíritu.

Vas a tener que cambiar. Sí, sos otro. No sos el que tiempo atrás conocí. Vas a tener que dejar de lado todo el odio que hoy tenés dentro tuyo. Vas a tener que escupir la rabia que brota de tu corazón. Vas a tener que tirar al chiquero todas las miserias que hoy están estropeando tu alma. Vas a tener que saber ignorar lo que hoy te pasa. No seas boludo, todavía tenés mucho por andar. Vas a tener que volver a tus viejos tiempos, ¿te acordás? Por favor, ignorá el presente, mirá adelante, confiá, creé, yo sé que vos podés. Te pido que vuelvas a ser el que fuiste tiempo atrás. Aquel que siempre tenía una sonrisa para dar. Aquel que siempre tenía un poquito de buen humor. Aquel que quería vivir, soñar, volar, reír... Yo sé que vos podés, sé que vos podés volver, sé que podés reír, sé que podés acordarte de todo lo que fuiste, que podés ser nuevamente. ¿Sabés cómo? Pensá... recordá... ¿Te acordás de tus amigos, de tu familia, de todos los que te quieren? ¿Sí? ¿Y? Bueno, ¿por qué llorás? ¡Vos podés! Vas a tener que cambiar...

martes, 10 de septiembre de 2013

DYLAN, BOB: Blowin In The Wind (Flotando en el viento)


Canción compuesta por Bob Dylan a los 21 años (1962). La poesía y significado de su letra ha hecho que no haya perdido vigencia a lo largo de los años. Y no la va a perder mientras algunos países se sientan dueños absolutos de la paz en el mundo y sigan provocando guerras estúpidas.

¿Cuántos caminos debe un hombre recorrer
antes de que lo llamen "hombre"?

¿Cuántos mares debe surcar una blanca paloma
antes de que pueda dormir en la arena?

¿Cuántas veces más deben volar las balas de cañón
antes de ser prohibidas para siempre?

La respuesta, amigo mío, está flotando en el viento...
La respuesta está flotando en el viento...

¿Cuántos años puede existir una montaña,
antes de disolverse en el mar?

¿Cuántos años pueden vivir algunas personas
antes de que se les permita ser libres?

¿Cuántas veces puede un hombre girar la cabeza
y fingir que simplemente no ve?

La respuesta, amigo mío, está flotando en el viento...
La respuesta está flotando en el viento...

¿Cuántas veces debe un hombre levantar la vista
antes de poder ver el cielo?

¿Cuántos oìdos debe tener un hombre
antes de poder oír a la gente llorar?

¿Cuántas muertes serán necesarias para darse cuenta
de que ya ha muerto demasiada gente?

La respuesta, amigo mío, está flotando en el viento...
La respuesta está flotando en el viento....



lunes, 19 de agosto de 2013

VIAJE MÁGICO



Llegó a Macondo ilusionado. Gabo lo había llevado engañado. Lo recibió Aureliano Buendía y fue atrapado por una cantidad inimaginable de parientes, amigos y vecinos de ese pueblo imposible. No quería irse, pero el final llegó pronto. Era ya parte de esa historia. Y volvió no sé cuántas veces más…

viernes, 2 de agosto de 2013

9 - EL CONDENADO


La justicia muy severa
suele rayar en crueldá:
sufre el pobre que allí está
calenturas y delirios,
pues no esiste pior martirio
que esta eterna soledad.

Martín Fierro


—¿Sabés por qué me hacen esto?
—Creo que sí.
—¿Por qué "creo"?
—Leí el expediente...
El joven de mediana estatura no preguntó más, sabía que el error había sido cometido y muy pocas esperanzas le quedaban de salvarse. Extendió su mano izquierda lentamente hacia el joven alto y delgado y este sujetó fuertemente su muñeca con el metal. Su mano izquierda quedaba libre.
—Me hace mal —protestó.
—¿Y qué querés que le haga?
—No sé, aflojala un poco...
—No se puede. Esperá que venga el cabo.
No le dolía, pero no podía verse con una mano sujetada por las esposas metálicas con doble seguridad. No entendía por qué hacían tanto trámite si él había aceptado ir allá sin oposición alguna. No quería pensar en nada y tampoco tenía ánimos como para conversar. El joven delgado —furriel de la Sección Justicia— se colocó en su muñeca izquierda el otro extremo de las esposas.
—A mí no me molestan.
—Yo tengo las muñecas más grandes...
—Quizás...
No sabía por qué lo había hecho. No podía explicárselo. En los interrogatorios había aceptado su culpa... pero él no creía ser el culpable. Pero entonces ¿por qué se resignó a aceptar esa culpabilidad? Sí, sabía que lo había hecho, él era el que había cometido el delito... pero no se sentía culpable.
Sentía el metal en su muñeca izquierda, no le molestaba pero fingía la molestia. Estuvo observando el gráfico de las actuaciones de justicia del año 1983 que colgaba de la pared en el cuarto donde se encontraba unido metálicamente con el joven alto y delgado.
Pasaban por su mente imágenes locas, desjuiciadas. No podía ni quería pensar en su familia. Se ruborizaba al pensar qué dirían sus padres del hijo perverso que tenían. Soy un demente, pensaba continuamente. La puerta de la Sección Justicia se abrió violentamente.
—¿Ya está? —preguntó el cabo, un flaco alto y con cara de nene.
—Sí, cabo. Dice que le molesta.
—No importa, vamos. El camino es corto.
Se dirigieron los tres hacia una camioneta verde. Un chofer esperaba con el motor en marcha. El cabo llevaba en su cintura una Ballester Molina 11,25 con dos cargadores. Los tres subieron a la camioneta y se amontonaron junto al chofer. Los movimientos de los jóvenes esposados eran torpes.
—Vamos —ordenó el cabo al chofer.
La camioneta arrancó lentamente y ninguno de sus pasajeros abrió la boca. El condenado miraba quizás por última vez ese lugar verde, cerrado, ese cielo falso que flotaba por encima suyo. Pensaba en su futuro, en qué le harían, en cómo sería ese nuevo lugar. ¿Por qué lo hice? La puta que los parió, se lamentaba, se arrepentía. Yo no lo quise hacer...
Recordó que desde el primer día que llegó a ese lugar se masturbaba todas las noches, como a las tres de la mañana, en el baño. Se cuidaba de que los "imaginarias" no lo descubrieran. No podía soportar un solo día sin hacerlo. Las mujeres que trabajaban cerca de él lo excitaban y no podía ni siquiera hablarles. Tampoco tenía dinero como para ir a la ciudad y pagar en un prostíbulo. Durante el día esperaba desesperadamente que llegara la noche para gozar nuevamente en soledad.
¿Por qué lo hice? Una lágrima recorrió su mejilla mientras la camioneta mantenía la velocidad en cien kilómetros por hora. El paisaje era triste. Campo amarillo, raso, sin árboles. Cada cinco kilómetros, más o menos, cruzaban alguna base o algún destacamento naval. Nadie hablaba. El cabo y el furriel habían encendido un cigarrillo. El condenado no había querido hacerlo.
Cuando llegaron a la Base Naval Puerto Belgrano el chofer se perdió y no supo llegar a destino. El cabo le preguntó a un conscripto que montaba guardia en un puesto y así pudieron llegar.
La entrada estaba vigilada por tres cabos y dos conscriptos vestidos con uniformes de gala. Detuvieron el  vehículo para identificarse y pasaron. Un letrero de más de veinte metros de largo rezaba con letras blancas: PRISIÓN NAVAL PUERTO BELGRANO.
El condenado sintió un escalofrío en todo el cuerpo, como una suave descarga eléctrica. La tarde estaba cayendo. Era un 6 de mayo y el frío no se hacía sentir demasiado. Pensó en sus veinte años...
—¿Cuánto me dieron?
—Creo que ocho. Pero si la llevás bien te pueden rebajar la condena.
Veintiocho años, meditó un instante. Creyó que durante un tiempo estaría muerto, y después, a vivir otra vez. Pero, ¿con qué cara iba a mirar a sus padres cuando volviera a su casa? Me escupirán... ¿O me entenderán? Se consideraba un enfermo mental porque lo habían examinado médicos y sicólogos. Un sicópata sexual, se autocondenaba.
Maldijo el momento en que hizo la promesa de no masturbarse más mientras estuviera allí adentro. Esa promesa fue la culpable de todo. Tres días pudo cumplirla, pero no pudo llegar a la cuarta noche. Yo y mis promesas idiotas... No pudo llegar a la cuarta noche.
—Vamos, bajen —ordenó el cabo en tono severo.
El condenado vestía uniforme de gala y llevaba en su mano libre un bolso azul con sus pertenencias. El furriel vestía uniforme camuflado al igual que el cabo. Este último adelantó su marcha hacia la puerta de entrada y los conscriptos esposados lo siguieron unos metros atrás.
—¿Cuál de los dos es? —preguntó el suboficial que los recibió.
—¡Él! —se apuró a contestar el furriel, señalando con su índice derecho al condenado.
El cabo y el suboficial rieron al ver la cara de espanto que había puesto el inocente. Pero el que no había hecho un solo gesto había sido el condenado. Su cara era inexpresiva. No sonrió. Se limitó a bajar la cabeza, mirar al piso sucio y esperar. El cabo abrió las esposas y los dos conscriptos se tomaron automáticamente la muñeca anteriormente esposada y se la masajearon un poco.
El condenado comprendió que ya no quedaba nada por hacer. Saludó al cabo apretando fuertemente su mano derecha y lo mismo hizo con el furriel. Los tres se miraron sin decir una sola palabra.
Cuando el cabo y el furriel se retiraron, escucharon cómo las pesadas puertas de hierro se cerraron a sus espaldas.
—¿Será loco? —preguntó el cabo.
—¿Qué sé yo, cabo? Si fuera loco... no tendría que estar acá, ¿no?
Siguieron caminando hacia la camioneta verde. Ya en viaje encendieron otro cigarrillo. El chofer, con un poco más de confianza causada por la ausencia del condenado, se animó a preguntar:
—¿Qué hizo?
El cabo miró al frente, hacia la ruta, y no contestó. Solo suspiró profundamente. El furriel le contestó, pero también con la vista puesta en la ruta:
—Tentativa de violación.
—¿A una mina?
—No... Al hijo del revistero... tiene ocho años.

Ninguno de los tres abrió la boca en el resto del viaje.

domingo, 7 de julio de 2013

RODRÍGUEZ, SILVIO: Esta canción




Me he dado cuenta 
de que miento. 
Siempre he mentido, 
siempre he mentido. 

He escrito tanta 
inútil cosa 
sin descubrirme, 
sin dar conmigo. 

No amar en seco, 
con tanto dolor, 
es quizás la última verdad 
que quede en mi interior, 
bajo mi corazón. 

No sé si fue 
que malgasté mi fe 
en amores sin porvenir, 
que no me queda ya 
ni un grano de sentir. 

(Yo sé que a nadie 
le interesa 
lo de otra gente, 
con sus tristezas...) 

Esta canción 
es más que una canción, 
que un pretexto para sufrir 
y más que mi vivir 
y más que mi sentir. 

Esta canción es la necesidad 
de agarrarme a la tierra al fin, 
de que te veas en mí, 
de que me vea en ti. 

(Yo sé que hay gente 
que me quiere...
Yo sé que hay gente 
que no me quiere...)

Silvio Rodríguez
(de "Días y flores", 1975)

martes, 18 de junio de 2013

VARIANTES PARA UN DESENCUENTRO


(Primera variante)

Federico está casado y —como Ludmila— es consciente de que su pobre cónyuge no es la mujer de su vida. Sabe que en algún lugar del mundo la mujer ideal lo está esperando impaciente.
Ludmila está casada y —como Federido— es consciente de que su pobre cónyuge no es el hombre de su vida. Sabe que en algún lugar del mundo, el hombre ideal la está esperando impaciente.
Ludmila y Federico viven la vida con la esperanza de algún día encontrar la felicidad.
Ludmila no sabe que Federico se llama Federico ni Federico sabe que Ludmila se llama Ludmila. Tampoco saben de sus respectivas existencias. Sin embargo, esperan.
Ludmila sigue en su casa, con su esposo, con sus hijos, con su trabajo; así como Federico sigue con su esposa, con sus hijos, con su trabajo.
Ambos creen fervientemente que en un futuro sus vidas se encontrarán.
Solo un detalle impide el anhelado encuentro: Ludmila vive en Barcelona; Federico, en Santa Fe. Y ellos, a eso, tampoco lo saben.

(Segunda variante)

Federico está casado y —como Ludmila— cree que su pobre cónyuge no es la mujer de su vida. Sabe que en algún lugar del mundo, la mujer ideal lo está esperando impaciente.
Ludmila está casada y —como Federico— cree que su pobre cónyuge no es el hombre de su vida. Sabe que en algún lugar del mundo, el hombre ideal la está esperando impaciente.
Ludmila y Federico viven la vida con la esperanza de algún día encontrar la felicidad.
Ludmila y Federico viven vidas  muy parecidas, situaciones muy parecidas, y esperan.
Ludmila sigue en su casa, con su esposo, con sus hijos, con su trabajo; así como Federico sigue con su esposa, con sus hijos, con su trabajo.
Ambos creen fervientemente  que en un futuro se encontrarán con su ideal.
Ludmila y Federico no saben que pierden tiempo precioso.

Si Ludmila , la esposa de Federico, se diera cuenta de que Federico, el esposo de Ludmila, es el hombre de su vida, y viceversa, serían felices desde hoy  y para siempre.

viernes, 14 de junio de 2013

ENCUENTROS...




Federico miraba el canal “Encuentro” con una botella de malbec sobre la mesa. Lalo Mir presentaba a Miguel Cantilo. En un momento apareció también Jorge Durietz. Pedro y Pablo. Vinieron a su mente aquellos años de adolescencia rebelde y a contramano de la moda. Marcha de la bronca. Dónde va la gente cuando llueve. La gente del futuro… Historias de hippies, de exilios, de regresos. Épocas fuertes y duras en las que la contracultura lejos estaba del vil negocio. La cofradía de la flor solar. Rocambole, Kubero Díaz… Comunidades exóticas y totalmente locas y cuerdas a la vez.
Sonó el teléfono celular.
—¿Fernando?
—Estoy viendo "Encuentro" y me acordé de vos, loco…
—¡Yo también! ¡Y me acordé de vos! ¡De todos!
Piel gallinacea. Escalofríos. Recuerdos. Música. Guitarreadas. Peñas. Libros. Noches de humo y vino. En compañía. En soledad.
—¡Loco, qué bueno!
—¡Andá a cagar, boludo! ¡Me estás haciendo moquear…!
Federico y Fernando alejaron el celular de la oreja. Un loco de pelo largo, canoso y viejo los transportaba a través del canal oficial hacia la juventud.
—¿Te acordás?
—¡Y cómo no!
Federico terminó el malbec. Fernado, el whisky. La comunicación telefónica había terminado ya, pero la energía seguía en el aire.
¿Te acordás?, pensó Federico mientras jugaba con la copa vacía entre sus manos. ¡La puta madre!, murmuró Fernando a kilómetros de distancia, golpeó con su puño la mesa y bebió el último trago de whisky. ¿Qué te gustaría hacer ahora?, interrogó mentalmente Fernando. Me gustaría retroceder treinta y cinco años, pensó Federico sin saber que era interpelado a la distancia y en silencio. ¿Integraríamos la comunidad? ¡Sin dudas! ¡Vayamos!
Terminó el programa de Lalo Mir. “Encuentro” siguió con su programación habitual, impecable también.
Fernando suspiró y puteó en silencio al aire. Federico se rascó la cabeza y recién en ese momento advirtió que en la botella no quedaba una sola gota de malbec. Quiso destapar otro pero la pequeña bodega estaba vacía. Varias caras —viejas, lejanas— aparecieron en la mente de Fernando. De Federico. Rostros hermosos, épocas inolvidables, recuerdos eternos.
Federico, entre vahos etílicos, logró entrar el auto en el garaje. Su esposa y sus tres hijos ya dormían. Fernando agradeció haber entrado el auto antes del whisky. Se quedó dormido en el sillón del living.
A las pocas horas, bien temprano, ambos tendrían que cumplir su horario laboral.

miércoles, 24 de abril de 2013

BENEDETTI, MARIO: Hombre que mira a una muchacha


Para que nunca haya malentendidos
para que nada se interponga
voy a explicarte lo que mi amor convoca

tus ojos que se caen de desconcierto
y otras veces se alzan penetrantes y tibios
tienen tanta importancia que yo mismo me asombro

tus lindas manos mágicas
que te expresan a veces mejor que las palabras
tan importantes son que no oso tocarlas
y si un día las toco es solamente
para retransmitirte ciertas claves

tu cuerpo pendular
que duda en recibirse o entregarse
y es tan joven que enseña a pesar tuyo
es un dato del cual me faltan datos
y sin embargo ayudo a conocerlo

tus labios puestos en el entusiasmo
que dibuja palabras y promete promesas
son en tu imagen para mí los héroes
y son también el ángel enemigo

en mi amor estás toda o casi toda
me faltan cifras pero las calculo
faltan indicios pero los descubro

sin embargo en mi amor hay otras cosas
por ejemplo los sueños con que muevo la tierra
la pobre lucha que libré y libramos
los buenos odios esos que ennoblecen
el diálogo constante con mi gente
la pregunta punzante que me hicieron
las respuestas veraces que no di

en mi amor hay también corajes varios
y un miedo que a menudo los resume
hay hombres como yo que miran tras las rejas
a una muchacha que podrías ser vos

en mi amor hay faena y hay descanso
sencillas recompensas y complejos castigos
hay dos o tres mujeres que forman tu prehistoria
y hay muchos años demasiados años
de inventar alegrías y creerlas
después a pie juntillas

querría que en mi amor vieras todo eso
y que vos muchachita
con paciencia y cautela
sin herirme ni herirte
rescataras de allí la luna el río
los emblemas rituales
los proyectos de besos o de adioses
el corazón que aguarda pese a todo.

Uruguay, 1920/2009

lunes, 15 de abril de 2013

SUEÑOS DE TERROR



Su novio, una vez más, discutía con su hermana y les gritó. Carolina estaba cansada de las peleas entre Héctor y Rosa. Cansada estaba de verlos con esas caras odiosas maldiciéndose y haciéndose señas de todo tipo. Les pidió —a los gritos—  por favor que se callaran un rato y recibió instantáneamente una cachetada de su hermana. Carolina reaccionó y la agarró de los pelos. Héctor, como pudo, las separó. Abrazó a su novia, que lloraba desconsoladamente, e intentó calmarla. A los pocos segundos, se escuchó un gemido. Carolina levantó la vista y vio los ojos de Héctor inmensos, desorbitados. Una cara horrible. Inmediatamente un hilito de sangre comenzó descender de su boca. Rosa debió sostenerlo con mucha fuerza cuando se le doblaron las piernas pero no pudo hacerlo por mucho tiempo y se desmoronó ante sus pies sin decir una sola palabra. Dirigió, desesperada, la vista hacia Rosa y la vio con una cuchilla ensangrentada en su mano derecha. No lo podía creer. Sintió ganas de morir. Lloró y gritó: ¡No! ¡No! ¡No!
—¡Eh, Caro!¡Che, ¿qué te pasa?
—¡No! ¡No! ¡No!
—¡Carolina! ¡Callate, carajo! ¡Estás soñando! —le gritaba Rosa mientras la sacudía en su cama.
—¡Salí, asesina! ¡Salí!
—¡¿Pero qué decís, che?! ¿Estás loca?
Carolina tardó unos segundos en advertir que todo había sido una mala jugada de su inconsciente. Estaba agitada y sudaba muchísimo. Su corazón latía como nunca. Estaba asustadísima.
—Estabas soñando, loca… ¡Estás mejor! —intentó calmarla Rosa.
Carolina no dejaba de jadear. Había sido una pesadilla terrible. Tenía ganas de ver a su novio en ese mismísimo momento.
—Quiero ver a Héctor.
—¿Ahora? Son las cuatro de la mañana. ¿Por qué no dejás a ese idiota tranquilo?
Se tomó la cabeza con ambas manos y le hizo caso a su hermana. No era una buena hora para llamarlo. Además, todo había sido un sueño. No debía preocuparse demasiado.
—Tratá de dormir otra vez, che. Estabas soñando.
—Está bien, está bien…
Rosa apagó la luz. Carolina suspiró y se quedó sentada en su cama con la cara entre sus manos, llorisqueando. De a poco se fue calmando. Las interminables discusiones entre Rosa y Héctor la habían saturado. Todas sus pesadillas se debían a esas situaciones horribles que protagonizaban ambos en su presencia. Se odiaban, se daban asco y ella no podía saber por qué. Se acostó y se quedó con los ojos abiertos. Tenía miedo de volver a dormirse y de tener nuevamente esos sueños de terror. Pensó en Héctor y esbozó una sonrisa.
—Che, Caro…
—¿Qué?
—¿Qué soñabas?
—¿Qué te importa?
—Me trataste de asesina. ¿Mataba a alguien?
—Dejame dormir…
Carolina y Rosa compartían un departamento que alquilaban entra las dos en una calle céntrica de la ciudad. Rosa era tres años mayor y nunca se habían llevado demasiado bien. Vivieron toda su infancia con sus padres, en el campo, y ya adolescentes viajaron se mudaron a la ciudad para seguir sus estudios secundarios y universitarios. Quizás era la mayor predisposición de Carolina para hacer las cosas, tanto en su casa como en el estudio, lo que irritaba inexorablemente a Rosa.
Cuando iban a la escuela primaria, Carolina se había ganado la amistad de Claudio, con quien se había hecho muy compinche. Rosa jamás había tenido un amigo así. Es más, jamás había tenido verdaderos amigos ya que por su carácter era odiada por casi todos los chicos de la escuela. Un día Rosa le habló a Claudio. Le dijo que su hermana solía comer sapos crudos y que tenía la espalda llena de largos pelos negros que ella misma le peinaba todas las noches para que pudiera dormir tranquila. Además le dijo que todos los días tenía la costumbre de ir a cazar pajaritos con el rifle de aire comprimido de su padre, para arrancarles el pico estando todavía vivos, y que tenía una colección de doscientos treinta y dos piquitos de aves de distintas especies. Los diez años de Claudio no soportaron semejante historia sobre su amiga. Miró asustado a Rosa y a partir de ese día comenzó a alejarse de Carolina. Rosa jamás le contó esa historia a su hermana, que nunca supo explicarse el porqué del alejamiento imprevisible de Claudio.
Ahora, con veintiséis años encima, Rosa volvía a hacerle la vida imposible a su hermana atacando a su novio constantemente. ¿Qué podía haber en un corazón así? Solo hiel. Rosa jamás había tenido novio, a pesar de ser poseedora de una belleza especial. Su mal carácter había alejado a todo pretendiente que se le había acercado. Y casualmente, uno de ellos había sido el propio Héctor. Dos años y medio atrás había sido compañero de facultad de Rosa. Estaba completamente enamorado de ella pero jamás había recibido la más mínima muestra de consideración. Un día se animó y se lo dijo: Me gustás, Rosa. ¿Por qué no me das bolilla? Y ella, sin manifestar el más mínimo sentimiento, le largó en la cara una carcajada casi de terror. Meses después Héctor conoció a Carolina, de quien se enamoró también sin saber que era la mismísima hermana de su anterior amor imposible. La sorpresa se la llevó, por supuesto, al entrar por primera vez al departamento de su novia y ver a Rosa allí sentada, frente al televisor, con su cara amarga y sonriendo maliciosamente.
—No me gusta lo que estás haciendo conmigo, Rosa.
—¿Qué decís? Si no te hago nada…
—Vivís solo para pelear con Héctor y eso a mí me enferma. ¿No nos podés dejar tranquilos?
—Yo a ese imbécil nunca lo pude ver, y ahora porque sea tu noviecito no voy a cambiar de actitud.
—¿Qué te hizo? ¿Alguna vez te dijo algo malo?
—¿No te acordás, nena, que se me tiró antes de que se te tire a vos?
—¿Y con eso qué? ¿Te ofendió? Si a mí se me tira alguien, más que enojarme, me pondría contenta. Significaría que tengo algo bueno, algo lindo que otro desea. No soy como vos. Hasta me hacés pensar que no te gustan los hombres…
—¿Te creés que soy torti? ¿Por qué no te vas un poquito a la mierda?
—Quisiera saber por qué te molesta tanto que Héctor sea mi novio.
—Porque es un idiota.
—Disculpame, pero no tenés derecho a opinar, vos, que ni siquiera tenés novio como para que yo pueda opinar del mismo.
—Tus palabras me resbalan…
—¡Lo único que te pido es que me dejás en paz! Con Héctor somos felices y pensamos en casarnos.
—¡Ja!
—¿Qué es lo que te causa esa risita irónica?
—Quizás ese aparato sirva más muerto que vivo. ¡Es de lo peor!
—Son cosas mías y de él. ¡No te metás, por favor!
—A partir de ahora voy a rezar para que se muera antes de que te haga infeliz.
—¡Morite, estúpida!
Eran las nueve de la noche y Héctor no llegaba. ¿Por qué siempre se demora tanto?, protestaba Carolina. ¿No te dije que es un imbécil?, ironizaba siempre Rosa. Lo que pasa es que cada vez que pienso en tu hermana me dan menos ganas de venir a visitarte, se excusaba Héctor. Y si había algo que Carolina odiaba era esperar ansiosamente la llegada siempre tardía de Héctor ante la presencia de Rosa en el comedor del departamento, con sus sonrisitas irónicas y cada vez más irónicas mientras más pasaba el tiempo y Héctor no llegaba. No te preocupés, que algún día va a venir…, terminaba ironizando. Y Carolina juntaba más y más bronca.
—Era hora, ¿no?
—Me demoré porque no encontraba esto para vos —contestó Héctor y extendió hacia Carolina un hermoso ramo de rosas rojas.
—¿Para mí?
—No, si van a ser para la “divina” de tu hermana…
Rosa acusó recibo.
—¡Ah! Ahora sos irónico también —se la escuchó gritar desde la cocina.
—Vámonos de acá. Vayamos a tomar algo por ahí.
Héctor no aguantaba verse con Rosa. No podía creer que aquella chica que lo había deslumbrado tan fuerte años atrás, sea hoy esa harpía que estaba conociendo cada vez con  más profundidad. Muy pocas veces se quedaba en el departamento de su novia a comer o a tomar unos simples mates porque no soportaba esa imagen burlesca de “su cuñadita”, como él la llamaba. Para colmo estaba siempre en el departamento, no salía nunca.
—¿No tiene amigas tu hermana?
—¡Qué va a tener! Si es una bruja…
Carolina había pensado muchas veces en irse a vivir sola a otro departamento pero sus ingresos no le alcanzaban para autosolventarse. Tampoco a Rosa le hubieran alcanzado los suyos. Juntas apenas tenían para el alquiler y para comer todos los días. Muy de vez en cuando se daban el gusto de comprarse alguna ropa o comida en la rotisería. Pero la situación no daba para más.
—Vayámonos a vivir juntos —sugirió Héctor.
—¿Estás loco? ¿Y qué le digo a mi hermana?
—¡Qué carajo me importa tu hermana! Si ni vos ni yo la bancamos.
—Pero no tiene dinero para pagarse el alquiler ella sola…
—Le pasamos unos mangos con tal de que nos deje tranquilos…
—No, Héctor. ¿Y mis viejos? Seguro que al otro día Rosa se va al campo a decirles y se van a pegar un bajón bárbaro.
—¿Y hasta cuándo vamos a seguir así?
Muchas de las discusiones que tenían Carolina y Héctor eran por culpa de Rosa. Ambos estaban cansados de ella y parecía que Rosa gozaba al verlos sufrir.
Esa noche los novios se despidieron temprano. Eran las doce y Rosa se fue a dormir. Rosa, como nunca y misteriosamente, había salido. Y a pesar de que no soportaba mucho su presencia, Carolina sintió un poco de miedo al estar sola en el departamento. A la una de la mañana se despertó por el ruido de la puerta.
—¿Sos vos, Rosa?
—No, Jack el Destripador —contestó Rosa engrosando su voz irónicamente.
—Estúpida…
Rosa estaba contenta, como satisfecha. Una sonrisa poco usual se le dibujaba en la cara.
—¿De dónde venís?
—¿Qué te importa?
—Nunca salís y hoy lo hiciste… Además, se te ve contenta…
—Estoy contenta. Hasta mañana.
Carolina se alegró por su hermana. Rosa apagó la luz y se acostó.
A las tres de la mañana Carolina sintió un escalofrío. Había escuchado el timbre. Rosa dormía profundamente y pareció no escucharlo. Se levantó con miedo, ¿Quién será a las tres de la mañana? Trato de hacer el menor ruido posible para no despertar a Rosa. La única persona que pensó que podría ser era Héctor. ¿Le pasaría algo?
—¿Quién es? —preguntó en voz baja.
—Yo, Caro —contestó una voz de ultratumba.
Se asustó porque no conoció la voz.
—¿Quién es “yo”?
—¡Héctor! ¡Abrime!
Temblorosa, abrió la puerta y lo vio parado ahí, frente a ella, con la misma cara que lo había soñado días atrás.
—¿Qué hacés a esta ahora?
Héctor ingresó al departamento sin pedir permiso y con dificultad para caminar. Parecía enfermo, o herido. No le dio el beso que acostumbraba darle cada vez que se veían.
—¿Qué te pasa?
—Tu hermana…
—¿Qué pasa? Está durmiendo.
Héctor se abrió la camisa y le mostró a Carolina una gran herida en su abdomen. Carolina gritó e inmediatamente se llevó ambas manos a la boca.
—¿Qué te pasó? Sentate, que llamo a un médico…
—No te molestés, Caro. Ya no hay nada que hacer…
Carolina se quedó con la boca abierta. Sonrió sin estar muy segura de lo que veía, de lo que escuchaba.
—Estoy muerto, Caro…
—¡¿Muerto?! Dejá de decir boludeces que te puede hacer mal. Esperá que llamó a un médico…
—¡Carolina! —le gritó interrumpiéndola—. ¡Estoy muerto! Ya no podés hacer nada por mí. Aunque te cueste creerlo, ya no existo…
—Dejá de decir pavadas y Sentate.
Héctor suspiró ante la testarudez de su novia. No sabía cómo demostrarle que lo que él decía era verdad.
—Vení, Caro.
Lo miró ahora con miedo.
—¿Qué pasa?
—Tocame la mano. Dame la mano.
—¿Para qué? Me das miedo. ¿Qué te pasa? ¿Estás mal?
—¡Estoy muerto, boluda! —gritó con desesperación—. ¡Tocame y vas a ver que no existo!
—¡No estoy para bromas a las tres de la mañana, Héctor! Seguro que todo esto es un disfraz…
—¡Tocame!
Carolina volvió a sentir miedo. Quiso acercarse pero no pudo. Héctor extendió su mano derecha hacia ella. Carolina lo miraba con intriga.
—Dame la mano.
Y se animó. Cuando intentó tomar la mano de su novio no sintió absolutamente nada. Su mano pasó de largo como si las de su novio no existieran. Le costaba creerlo. Presa de una inminente crisis de nervios, corrió a abrazarlo y nuevamente pasó de largo y se llevó por delante la heladera. Un escalofrío terrible corrió por todo su cuerpo.
—¿Me entendés ahora?
—¡No! ¡No puede ser!
—Tu hermana. Fue tu hermana. Me estaba esperando en la puerta de mi casa y me agarró desprevenido.
—¿Rosa? No… No puede ser… ¡Estoy soñando!
El fantasma de Héctor ahora se dio vuelta con decisión y tomó la cuchilla de la cocina.
—Vos me tenés que vengar, mi amor.
Puso la cuchilla en la mano de Carolina y esta tembló. Rosa…, murmuró. Y poseída por una fuerza sobrenatural se dirigió a la pieza, a la cama de su hermana…
La policía no tardó en llegar. Carolina estaba en shock. No hablaba, no decía nada, temblaba con la cuchilla ensangrentada entre sus manos y costó sacársela. Héctor se enteró enseguida y corrió hacia la casa de su novia.
—¡Caro! ¡¿Qué hiciste, Caro?! ¡¿Qué hiciste?!
Carolina miró a su novio y no entendió nada. Dirigió su vista hacia atrás y vio a Rosa envuelta entre las sábanas ensangrentadas, sin vida. Héctor, entre lágrimas, intentaba comprender. Existían los rencores, pero nunca imaginó que su novia fuera capaz de cometer semejante atrocidad.
Carolina se tapó la cara, se acurrucó sobre sí misma, y lloró como si fuera la última vez.