Es posible que mañana muera y en la tierra no quedará nadie
que me haya comprendido por completo.
Unos me considerarán peor y otros mejor de lo que soy.
Algunos dirán que era una buena persona; otros, que era un canalla.
Pero las dos opiniones serán igualmente equivocadas.

Mijail Iurevicht Lermontov


lunes, 27 de diciembre de 2010

DICIEMBRE, ESE MES DE CONTRADICCIONES


Llega diciembre, como todos los años. Uno pasa once meses peleando con la vida que lo sorprende día a día con experiencias distintas. Once meses trabajando de sol a sol, estudiando libros y más libros, haciendo negocios —buenos, mediocres o malos—, sacrificándose para vivir o sobrevivir, especulando, amando, perjudicando al prójimo… Once meses. Cada uno en lo suyo y como puede hasta que llega este conflictivo diciembre.
Algunos comienzan a planear sus vacaciones y otros comienzan a maldecir al mundo porque no las tienen. La mayoría comienza a desear que el año venidero sea mejor que el que está terminando, pero a ninguno se le ocurre pensar que la que debería ser mejor para que las cosas cambien es la propia gente. Año nuevo, vida nueva… Tarjetas, mails, mensajes de texto, dan vuelta por el mundo con eternas frases hechas, con fríos deseos de paz y prosperidad.
Para muchos, diciembre llega cargada de emociones y esperan ansiosos el momento de la celebración de una nueva Navidad. Son miles y miles de corazones católicos en el mundo entero los que se preparan para tan especial ocasión. Y es aquí cuando ocurre algo curioso…
La tradición juega un papel más importante que la religión y parecería que los miles de católicos del mundo se convirtieran en millones, en varios millones. No son solo aquellos que viven los trescientos sesenta y cinco días del año su religión con verdadera fe; a ellos se le suman todos aquellos que son indiferentes a estas festividades y que no encuentran durante el año una mejor ocasión para reunirse con todos los familiares y amigos y dar grandes banquetes y “festejar” así el acontecimiento…
¿Quién podrá juzgar dicha actitud? No yo, justamente. Es que el hombre necesita no solo una Navidad sino también un Año Nuevo para olvidarse un poco de todo lo que trae durante el año cargado en su espalda. Broncas, cansancio, deben ser expulsados, y las fiestas de fin de año son la gran ocasión. Comer hasta decir basta, tomar todo el alcohol posible, hacer explotar hasta el último petardo en una larga noche de verano. Olvidarse por unas horas de la realidad. Todos, sin distinción de clase, de idioma, de color, de ideología, de religión…
¿Qué significa ese “feliz navidad” que nos murmuramos al oído al hacer chocar las copas llenas de sidra helada o champagne, que jamás faltarán en las mesas a pesar de todo?
Así como existen frases hechas en las tarjetas navideñas, también existen en nuestro vocabulario de ocasión. Feliz Navidad dice uno que jamás pisó una iglesia ni rezó en su vida una oración, a otro que más o menos sabe el significado de la fecha pero que en ese momento solo piensa en su copa de sidra o en el pedazo de turrón que mastica con dificultad. Feliz Navidad le dice el creyente al ateo, y éste, absurdamente contradictorio, le contesta “gracias, igualmente”.
Vale reconocer que el ser humano es un cúmulo de contradicciones. Inconsciente a veces, pero en la mayoría de los casos nos damos cuenta de que el oportunismo y el provecho propio juegan un papel preponderante. Si no, miremos a nuestro alrededor. Los oscuros negocios parecen revivir en diciembre. Arbolitos navideños que se arman el día 8 comienzan a brillar con sus luces intermitentes y sus serpentinas y algodones que simulan nieve en un verano de cuarenta grados a la sombra, alegran vidrieras pitucas y casas de todos los barrios. Reaparece Papá Noel, absurdamente abrigado en una peatonal que hierve, y regala golosinas mientras promociona jugueterías o bazares ante la mirada inocente de los más pequeños. ¡Ay, colonización! Miramos por el cubo idiotizante imágenes de otro hemisferio con Santa Claus en su trineo que viaja cargado de regalos por paisajes helados, montañas nevadas, mientras ni la toalla de mano ni el ventilador de techo logra impedir que el sudor recorra nuestra frente… ¿Cuándo será el día que aprendamos a festejar lo que se nos antoje pero de acuerdo a nuestra realidad, a nuestra identidad?
No es mi deseo hacer una crítica destructiva. Y si de contradicciones hablo, aporto la mía. Quiero que de una vez por todas el hombre, sobre todo el de nuestra Patria Grande, sepa y comprenda por qué levanta su copa o por qué le desea la felicidad al otro. El católico con su Navidad y sus creencias en el corazón. El que no lo es, con su corazón puesto en los demás. Festejemos, sí, ¿por qué no? Y brindemos por un mundo mejor, por un ser humano mejor, por un futuro que nos permita ser felices. Si realmente sentimos el “feliz navidad”, digámoslo con orgullo. Y si no, levantemos la copa igual y sumémonos al deseo de felicidad del mundo entero.
Llegará el día en que los hombres, sean de la religión que fueren, podamos decir con orgullo: “Ojalá que el año que viene sea igual al que pasó”. Y no decirlo solo en Navidad o Año Nuevo, sino cada vez que dos copas se levanten, con sidra, champagne, vino, cerveza o agua, para brindar por lo que sea.

sábado, 11 de diciembre de 2010

DÍA NACIONAL DEL TANGO





POR QUÉ CANTO ASÍ

Pido permiso, señores,
este tango habla por mí,
y mi voz entre sus sones dirá
por qué canto así.


Porque cuando pibe
me acunaba en tango la canción materna
pa' llamar el sueño,
y escuché el rezongo de los bandoneones
bajo el emparrado de mi patio viejo.


Porque vi el desfile de las inclemencias
con mis pobres ojos llorosos y abiertos,
y en la triste pieza de mis buenos viejos
cantó la pobreza su canción de invierno.


Y yo me hice en tangos,
me fui modelando en barro, en miseria,
en las amarguras que da la pobreza,
en llantos de madre,
en la rebeldía del que es fuerte y tiene que cruzar los brazos
cuando el hambre viene.


Y yo me hice en tangos porque... ¡porque el tango es macho!,
¡porque el tango es fuerte!,
tiene olor a vida,
tiene gusto... a muerte.


Porque quise mucho y porque me engañaron,
y pasé la vida masticando sueños.
Porque soy un árbol que nunca dio frutos.
Porque soy un perro que no tiene dueño.
Porque tengo odios que nunca los digo.
Porque cuando quiero me desangro en besos.
Porque quise mucho y no me han querido.
Por eso, canto tan triste...
¡por eso!


Celedonio Esteban Flores
(1896/1947)

miércoles, 8 de diciembre de 2010

JOHN LENNON: LAS IDEAS DE UN “LOCO” (08/12/80: a 30 años de su desaparición)

JOHN LENNON
En el comienzo de la década de los ’80 los trágicos caminos de los grandes hombres marcaron los márgenes sobre los cuales la zona se convertía en peligrosa o restringida.
El asesinato de John Lennon, como el de Marvin Gaye a manos de su propio padre en el ’84, o el de Peter Tosh en 1987, conformaron de alguna manera las excepciones de una regla que en definitiva los encerró como mártires impotentes de un destino creado a partir de su dimensión.
Cuando Mark Chapman descargó todas sus balas en el cuerpo de Lennon, la historia de uno de los más grandes creadores y revolucionarios —tanto con Los Beatles como en su carrera solista—, encontró una vuelta de tuerca impensada que provocó una impresionante reacción ante la artera arbitrariedad de un fanático. En un instante el mundo se quedó sin John Lennon.
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Pretender ser libre en el mundo actual es una verdadera locura, sobre todo cuando se pretende cambiar una mentalidad aferrada a intereses materiales e individuales.
Denle una oportunidad a la paz fue una de las consignas usadas por John Lennon en su incansable lucha por un mundo mejor y sin odios. Fue un verdadero "loco" que combatió contra un mundo en crisis, donde la guerra parecía la única posibilidad de entendimiento.
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Feliz Navidad, la guerra ha terminado, cantaba al mundo entero como deseo de frenar de una vez por todas una lucha estúpida del hombre contra sí mismo.
Cantó su filosofía de amor por todo el mundo, enfrentando con sus ideas a los cuerdos que hacían oídos sordos a toda propuesta que no satisficiera sus intereses personales. El "loco" jamás hizo política: él sólo creía en la paz.
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Nuestra lucha ha sido una lucha por el amor y para ser amados, declaraba al periodismo haciendo referencia al objetivo que tenía junto a Yoko. Con su mujer habían logrado una síntesis que ambos habían estado buscando antes de conocerse. Mi manera de ser y mi amor-amor-amor, y su forma de ser y su paz-paz-paz, decía Lennon al hacer referencia a esa relación.
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Pero los "locos" nunca ganan y sucumben en manos de los que nunca los entendieron. Lennon cayó con el pecho destrozado a balazos, al igual que Mahatma Gandhi y Martin Luther King, dos predicadores incansables de la no violencia. Paradójica casualidad que nos lleva a pensar seriamente en la realidad del mundo que nos tocó vivir.
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No quiero volver a vender mi alma como antes para tener un disco que sea un éxito, manifestó alguna vez haciendo referencia sin duda a su pasado con The Beatles, el grupo que lo llevó a la fama junto con Paul Mc Cartney, George Harrison y Ringo Star. Lennon sabía que se podía vivir sin lo plástico y ser feliz sin traicionar su verdadero yo. Supo reconocer que como beatle trabajó junto a sus compañeros como una máquina, produciendo discos incesantemente sin importar lo demás, ni cómo era tu vida familiar o cómo te iba en la vida, pues todo eso no contaba, uno tenía que producir esas canciones, fuera como fuera. Y eso no podía seguir. Y quizás fue esa la razón por la cual estos cuatro grandes de Liverpool decidieron abandonar los escenarios.
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El grupo The Beatles llevó a la fama a sus cuatro integrantes, pero John y Paul fueron los que más trascendieron luego de la separación. John fue quien trascendió con más fuerza a la inmortalidad. ¿Por su muerte violenta? ¿Por su condición de líder de grupo? Sí, pero también por no haber traicionado una forma de vida muy particular, signada por ideales fuertes basados en la libertad, la paz y las ganas de ser él mismo. Una forma de vida que hoy casi resulta utópica.
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John Lennon no fue sólo música. Este "loco" significó y significa mucho más para varias generaciones que lo disfrutaron y aún siguen escuchando sus discos. Su música no es hueca, no es vacía. Sus letras son poesías que contienen mensajes claros y significativos que hacen poner piel de gallina a todo aquel que las escucha o lee.
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John Lennon hoy es ya una leyenda, un mito, como lo son también Gandhi y Luther King. No es tiempo de lamentaciones, pero sí sería válido que tratemos de rescatar su mensaje. ¿Serviría de algo? ¿Le sirvió a Lennon ser como fue? Él sabe que no fue en vano luchar por un ideal de amor y paz. El mundo sigue igual o peor que antes, pero mientras haya alguien que piense como él, mientras haya vida —como decía John— hay esperanza de cambiar. El camino es largo y duro. Quién sabe qué generación podrá ver el mundo que Lennon soñó...
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En el último reportaje hecho a Lennon, horas antes de ser asesinado, decía que esperaba morir antes que Yoko, porque si ella muriese yo no sabría cómo sobrevivir. No podría seguir adelante. El destino complació a este ídolo, pero demasiado temprano.
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Ojalá que muchos hombres en este mundo sigan llevando las ideas de este "loco" en su corazón.
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(Artículo publicado en la Revista del extinto diario "HOY EN LA NOTICIA" de Santa Fe, el 4 de diciembre de 1988 -¡hace 22 años!-, donde por entonces trabajaba como corrector)

sábado, 27 de noviembre de 2010

¿TE ACORDÁS?


¿Te acordás? Fue un día que recuerdo muy bien, siempre, a toda hora. Recuerdo que nos unimos en una sola mirada, fulminante. Todavía tengo presente ese momento en que tu verde mirada hermosa me cegaba la vista; no veía más que tus ojos enamorados. Fue no hace mucho. Estábamos sentados en la vereda, allí donde todos nos veían pasar, allí donde un perro vagabundo era el único testigo de nuestra conversación. Todavía no nos conocíamos muy bien... pero parecía una amistad de mil años.
Yo nunca escribí algo parecido a esto antes de aquel día. No creo en técnicas que expresen en lo que uno siente. Yo escribo lo que siento, o trato de hacerlo, así nomás de simple. Aunque bien sé que dos palabras dichas cara a cara y seguidas de un beso valen más que un libro entero. Decía un grande: Cuando un poeta te pinte en magníficos versos su amor, duda. Cuando te lo dé a conocer en prosa, y mala, cree.
Teníamos una botella de sidra y bebíamos sin vaso, apoyábamos nuestros labios en el vidrio grueso y reíamos después de cada trago. ¿Te acordás? Estábamos alegres, brindábamos a cada instante y festejábamos algo que no entendíamos. Estábamos muy juntos. La primavera nos cubría. El cielo se iluminaba de tantas estrellas y todas vieron cómo mi brazo izquierdo se apoyó en tu hombro; y vos, con una mirada, lo dijiste todo.
Todo a nuestro alrededor se llenó de colores y el mundo daba vueltas más rápido que nunca. El sol asomaba a cada instante y nos calentaba la cara. Tus mejillas estaban ardientes. Tus cabellos me abrazaban suavemente. Vos no lo advertías, pero yo sentía un cosquilleo interior que nunca antes había experimentado. Vivíamos en ese instante segundos de incoherencia romántica, como si en el amor se pudiese hablar de sentimientos coherentes... El sol y las estrellas se peleaban por estar sobre nosotros sin saber que al fin y al cabo ganaría la noche. Tus mejillas se encendían y se apagaban constantemente.
No soy muy ducho, como te habrás dado cuenta, en materia de amor. Habrás notado que solo una vez mencioné esta palabra mágica: recién. No puedo hablar de algo que todavía no conozco, de algo que vos seguramente me hubieses enseñado a comprender. No sé si digo las cosas acertadamente. Sí sé que hay algo que me impulsa a hacer esta autoconfesión. Sé que en mi mente hay algo que está fuera de lugar, algo casi incomprensible. Una sensación violenta como la que sentí aquella noche. ¿Te acordás? Siento que en mis venas la sangre corre como por un arroyo de montaña, un arroyo rojo, color pasión, color locura, color muerte.
Nunca esperé que en aquel momento sucediera lo que al final —por suerte— sucedió. Tu mirada me hipnotizó, tu sonrisa me atrapó y creo que, al mismo tiempo, nos dimos cuenta de lo que pasaba. La sidra se había terminado, el perro nos miraba moviendo la cola, como entendiendo todo. Estábamos solos y los autos a esa hora casi ni pasaban. Cada vez estábamos más cerca el uno del otro. Podía sentir tu respiración, podía escuchar el latido de tu corazón. Luego ya no nos miramos —¿vergüenza?, ¿timidez?— y nuestra atención se dirigió al único testigo de nuestros actos. ¿Quién sabe si ese perro vagabundo estaba pensando en nosotros o si solo nos miraba porque no tenía otra cosa mejor que hacer? Quizás en su silencio intuía lo que vendría, quizás con su mirada nos hipnotizaba. ¿No habrá sido acaso Mefistófeles convertido nuevamente en perro? Nos miraba fijamente y movía la cola. ¿Te acordás? Sí... Quizás fue su culpa, quizás fue mi éxtasis, quizás tu docilidad. ¡Cómo te quería! Algo en mi mente no estaba en su lugar. Te quise como a nadie, al punto de enloquecer.
Era la primera vez que yo me sentía así. Nunca antes había estado en tal situación. Fuiste la primera que me abrió el corazón. Creo que antes estaba vacío. Vacío de todo lo que pueda llamarse felicidad. Tenía sentimientos —siempre los tuve— pero solo sentía lo malo, los defectos, lo crítico. Mis ojos estaban vendados por una realidad cierta y negra, y vos, con tu simpleza, pudiste abrirlos, pudiste pintarme una nueva realidad.
¿Te acordás? No sé cómo terminar esto. No me siento capaz de utilizar las palabras justas para culminar la evocación de ese día, de esa noche, de ese primer beso... ¿Cómo olvidarlo? Nadie permita que en el resto de mis días yo pueda olvidar esos momentos. Que ni Dios ni Satán hagan de mi mente un frasco vacío. Que en este lugar donde escribo jamás puedan lavarme el cerebro. Ni con cables ni con rayos. Jamás lo lograrán. Nadie podrá borrarte de mi mente, nadie. ¿Dónde estás? ¿Por qué me abandonaste?
¿Te acordás? Si es así, las palabras son inútiles. ¿Para qué arruinar con el lenguaje lo que es hermoso así nomás, en el recuerdo, en nuestra mente? El relato del momento culminante sería en vano. Ahora, escribiendo esto me doy cuenta de cuánto te quería. La soledad convierte a los seres humanos en poetas. Mi amor por vos quisiera transformarlo en poesía pero no puedo. Ya te dije que en materia de amor soy muy ignorante. Será por eso que ya no estamos juntos... El poco tiempo que lo tuvimos no bastó para hacerme comprender que existen sentimientos que se comparten. Fue muy corto el tiempo. No lo pude comprender.
Vivo preguntándome qué sería de nosotros si aún estuviésemos juntos. ¿Por qué no pude esperar y me apresuré tontamente? ¡Qué bueno hubiese sido tenerte para siempre a mi lado! Lo que ocurre es que a uno le falta experiencia. La primera vez generalmente no se piensa y uno después se lamenta. ¡Qué loco fui! Pero todavía hay tiempo para el arrepentimiento. Siempre hay una segunda vez. Yo creo que nos volveremos a encontrar. ¿Me aceptarás? Sí, ¿no es cierto? Ese es mi sueño: volver a empezar y ser felices. ¡Una eternidad juntos!
¿Te acordás? Yo sí. Esa noche quedará grabada en mi mente por el resto de mis días. Lo recuerdo a cada momento. Cuando observo las paredes húmedas, despintadas; cuando por los barrotes de la pequeña ventana se cuela un rayo de sol; cuando se abre y se cierra la pesada puerta de hierro tres veces al día. Y ahora mismo lo estoy recordando...
¿Te acordarás? Ya no estamos juntos. No alcancé a conocer el amor, no tuviste tiempo de explicármelo. No te di tiempo. ¿Me guardás rencor? Esto es el reconocimiento de lo que yo sentí por vos. ¿Amor? No. ¡Pasión!
Siempre te recuerdo. No olvidaré nunca la cara de horror que pusiste al sentir que mis manos cortaban tu respiración. ¡Cómo te quería! ¡Cómo te quiero!
Pero ya lo sabés: no supe interpretar el amor y hoy pago las consecuencias acá encerrado, sin nadie con quien hablar, solo, pero con tu recuerdo hasta el final.

EL RELOJ: Alguien más en quien confiar


(1971/1978)
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Gustavo Cipriano: voz
Juan Espósito: batería
Luis Valenti: teclados
Osvaldo Zabala: guitarra
Polaco Riedel: bajo


domingo, 14 de noviembre de 2010

LA BALSA



Estoy muy solo y triste acá en este mundo abandonado.
Tengo una idea: es la de irme al lugar que yo más quiera.
Me falta algo para ir pues caminando yo no puedo,
construiré una balsa y me iré a naufragar.
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Tengo que conseguir mucha madera,
tengo que conseguir de donde pueda.
Y cuando mi balsa esté lista partiré hacia la locura,
con mi balsa yo me iré a naufragar.
.Litto Nebbia/Ramsés


Más allá de la discusión eterna de quién es autor de su letra, si Litto o Tanguito, el mensaje de La balsa es lo que siempre me atrapó. Interpretada por Los Gatos o por Tanguito, en esa versión desprovista de todo pero que tanto “llena”.
La letra de La balsa es la inspiradora de todo un movimiento joven caracterizado por una construcción utópica. Es, además, una canción netamente metafórica.
Cabe aquí hacer una pequeña reflexión sobre el yo lírico en las canciones de rock, ya que no tiene por qué coincidir con la persona que la crea o la canta. Como toda práctica artística, el rock “inventa” sus personajes y sus voces. Es cierto que la mayoría de los temas se producen a partir de la experiencia personal de los autores de las letras, incluso en algunos casos hay referencias biográficas claramente reconocibles; sin embargo, el hablante de una canción es un ser inexistente construido por la actividad artística. Es interesante notar que si bien se trata de un personaje que por lo general habla en singular, desde su individualidad, la práctica rockera lo convierte en algo así como un personaje colectivo a partir del cual, tanto los que producen como los que consumen rock, se identificarán.
La voz poética de La balsa describe su posición en el mundo actual (Estoy muy solo y triste acá en este mundo abandonado): está solo, triste, en un mundo que no lo comprende, situación que lo lleva a desear otro mundo, un mundo para sí, un mundo alternativo como contraposición al que está viviendo, un mundo utópico capaz de hacerlo vivir conforme a sus ideales. Para ello debe “partir” y nada mejor que “construir una balsa” para “irse al lugar que más quiera”. ¿Qué otra cosa es esta balsa sino un proyecto de vida? ¿Qué representa esta balsa sino el “vehículo” que lo conducirá a la felicidad anhelada? Balsa a la que construirá con “madera”, mucha madera, materia prima indispensable para construir el futuro, la felicidad, su desarrollo individual. ¿No está esta materia prima compuesta por toda la gente que piensa como el yo lírico? ¿No son todos sus amigos y seres queridos? ¿No son los fundamentos lógicos de su proyecto? ¿No está compuesta esta materia prima por todo aquello que contribuya a lograr el sueño? Porque “partir” es el cambio. No es mudarse, irse a una isla lejana, aislada. La “locura” consiste en ser diferente, la “locura” significa ir contra la corriente, probar experiencias diferentes, convencido de que es una posibilidad válida, de que algo se puede hacer para cambiar el mundo en que se vive. Partir es cambiar el presente por el futuro. La rutina causa soledad, aburrimiento, parquedad, conformismo, estancamiento, y es eso lo que lo mueve al cambio. Todas estas ideas utópicas son parte de esa locura que se manifiesta en la canción. La idea de “naufragio” no debe tomarse como una derrota, como un ir a la deriva. Todo naufragio nos lleva a esa isla solitaria –o no tanto- en donde seguramente encontraremos la felicidad buscada.
Todo esto hizo que La balsa haya sido tomada como punto de partida de un movimiento que revolucionó las ideas jóvenes durante la segunda mitad del siglo XX en nuestro país, movimiento que inventó un “idioma”, “cambió” la lengua, los modos de pensar de una sociedad. Este mecanismo nace en el “naufragar” de La balsa y se mantiene en la actualidad como una de las fuerzas transformadoras más eficaces que tiene el rock como práctica verbal. El rock argentino proveyó –y provee- al habla de los jóvenes algunas palabras capaces de producir relaciones no convencionales con las formas de dar sentido a las cosas.
No en vano La balsa es considerada la iniciadora del rock nacional. Una letra que parece simple pero que tanto dice. Nadie (ni autores, ni intérpretes, ni oyentes) puede decir que La Balsa no influyó un poco en su vida, en su forma de ser. La balsa, a mi entender, es la base donde se sostiene la idiosincrasia de nuestro rock nacional.



viernes, 5 de noviembre de 2010

EN EL BAR DE LA FLACA


Hacía mucho que no me pasaba. Pero esa noche decidí salir. Había estado todo el día lidiando en casa con asuntos hogareños que lograron ponerme nervioso. Apenas si me cambié la camisa y estuve listo para olvidarme de todo. Caminé lento por esas calles oscuras que separaban mi casa del bar de la Flaca. Manos en los bolsillos (siempre elegí mis pantalones por la capacidad de sus bolsillos: mis manos deberían estar cómodas), vista al frente sin mirar y una canción de Víctor Heredia dando vuelta en la cabeza.
En el bar me encontré con solo tres mesas ocupadas. En una, una pareja mucho más joven que yo se disputaba la última aceituna de una especial con morrones; en otra, un gordo pelado y mal vestido, con los ojos cerrados, sostenía en una de sus manos una copa de vino tinto; y en la otra, Julia. Ninguno de ellos advirtió mi ingreso. Solo la Flaca, desde atrás de la barra, mientras secaba un vaso de vidrio, me hizo un ademán de bienvenida con su cabeza.
Tuve que mirar fijo a Julia para asegurarme que era ella. Una botella de cerveza y un pebete de jamón y queso sin tocar ocupaban su mesa. Leía un libro amarillo. Me acomodé al lado de una ventana grande que daba a la calle. Siempre que podía me sentaba en el mismo sitio. Ver a través de la ventana pasar la gente era uno de mis entretenimientos preferidos mientras en mi cabeza se mezclaban los pensamientos más insólitos. Además, en esta ocasión, la ubicación me permitiría mirar a Julia con solo alzar la vista.
Estaba ensimismada en la lectura y sola. Yo también. Pero… ¿estaría sola? Las otras tres sillas de su mesa no evidenciaban la presencia de un presunto (o presunta) acompañante que, momentáneamente, podría haber ido al baño. Levanté el brazo para atraer la atención de la Flaca con la esperanza de interrumpir aunque sea por un segundo la lectura de Julia para que reparara en mí y poder saludarla, pero solo la Flaca advirtió mi intención.
No hacía mucho tiempo que conocía a Julia. Trabajábamos juntos pero no sabía demasiado sobre ella. Vivía con sus padres y en los pocos diálogos que habíamos mantenido, jamás había hecho referencia a su situación sentimental. Tampoco recuerdo haberle comentado a Julia cuál era la mía. Era menuda, tímida y se vestía sencillamente. Evidentemente, que no le gustaba llamar la atención. Pasar desapercibida era quizás su intención pero su personalidad no la dejaba. Además, sus camisas y remeras holgadas no lograban disimular sus buenos pechos ni sus pantalones (siempre un talle más grande de lo necesario) alcanzaban a esconder lo que seguramente quería ocultar.
La Flaca se acercó y le pedí una cerveza. Pensé en ir a sentarme a la mesa de Julia. Dos soledades podrían verse aliviadas por una compañía agradable. ¿Sería yo mejor compañía que el libro de Galeano?
Julia era un enigma para mí. Nunca la había considerado más allá de una buena compañera de trabajo. Pero en ese momento, verla en el bar, sola, leyendo un libro e imaginándola aburrida y en busca de compañía, hizo que la mirara con otros ojos. Empecé a darme cuenta de que me gustaba, y no era por esta situación solamente.
La Flaca trajo la cerveza y mientras me servía un poco en el vaso que yo sostenía inclinado para que no hiciera tanta espuma, me preguntó si me gustaba. Sus palabras me tomaron por sorpresa y la miré como pidiendo una explicación. ¿Te gusta la piba?, repitió mientras me señalaba con la vista a Julia. Sentí vergüenza. ¿Tan evidente habría sido al mirarla que la Flaca advirtió que estaba pensando en ella? Solo sonreí y bajé la vista. Parece muy entretenida, comenté. O muy aburrida…, sugirió la Flaca y se retiró a la barra.
Bebí el contenido del vaso sin respirar y cuando estuve a punto de ir a sentarme a su mesa, cerró el libro, lo guardó en el bolso en el que apenas entraba y no había lugar para más nada, y se levantó para ir a abonar la consumición. Hablaron con la Flaca unos minutos y las escuché reír, quizás porque el pebete y la cerveza en la mesa de Julia estaban todavía intactos. Creo que hubo un segundo en que entre risas Julia se dio vuelta y me miró, pero yo estaba sirviéndome más cerveza.  Al salir, pasó a mi lado. ¡Ey, Fede! ¿Cómo andás? Le sonreí y arriesgué un muy bien tímido pero sincero. Me dio un beso en la mejilla pero no se detuvo. Nos vemos mañana, dijo y salió del bar.
Me serví más cerveza y por la ventana la miré irse. Caminaba decidida y en ningún momento —aunque lo deseé fervientemente— volvió la vista a bar.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

VOX DEI: Presente (el momento que estás)

Murió hoy Rubén Basoalto

El baterista de Vox Dei se encontraba internado debido a un cáncer de pulmón; tenía 63 años

A las nueve de la mañana del día en que se iba a realizar un concierto para recaudar fondos para que pudiera recuperarse (pero que había sido cancelado por la gravedad de su estado de salud), Rubén Basoalto, baterista fundador de Vox Dei, falleció debido a un cáncer de pulmón. Tenía 63 años.
"El Pulpo" Basoalto constituyó la formación original de la mítica banda conformada en 1967, con Ricardo Soulé y Willy Quiroga, sus compañeros que iban a estar participando del festival benéfico junto a otros músicos y posteriores integrantes de la banda.

jueves, 21 de octubre de 2010

CARBAJAL, José: La música popular de luto

¡Ah, carajo, si habré escuchado este tema en el Winco cuando era chico...!



José María Carbajal Pruzzo (Puerto Sauce, Juan Lacaze, 8 de diciembre de 1943 - Villa Argentina, Canelones, 21 de octubre de 2010), conocido como "El Sabalero", fue un cantante, compositor y guitarrista uruguayo, autor e intérprete de varias canciones exitosas como Chiquillada, A mi gente y La Sencillita.

miércoles, 20 de octubre de 2010

PAUSA

He notado que me sigue hace un buen tiempo. La vi muchas veces cerca de mi casa, parada en la esquina del almacén o apoyada en el viejo jacarandá. Sé que me está vigilando, que está estudiando todos mis pasos como para algún día frenarme en medio de la calle y decirme todo lo que piensa. Es cierto que le estoy escapando. No tengo ganas de hablar con ella, no por ahora. También sé qué es lo que quiere de mí y no lo disimula. Cada vez que paso cerca de ella me clava la mirada y me anula. No la puedo mirar, es más fuerte que yo. Sé que quiere que la mire, que repare en ella, que le haga un gesto, pero no puedo. Reconozco que Laura durante mucho tiempo estuvo a mi lado y en mi mente, pero algo pasó y la dejé. No tengo ganas de ponerme a pensar por qué, lo cierto es que no puedo volver atrás. Sería hermoso, pero necesito un tiempo para hacerlo. Es cierto que no le di una explicación valedera… pero no tenía —ni tengo— por qué dársela. Y para colmo siempre está con ese tarado de Juan… Un imbécil que cree que se las sabe a todas y ni siquiera tiene bien claro cuál es su función en este mundo. Algún día tendré que ponerme las pilas y enfrentarla, decirle que me deje en paz, que por ahora no tengo tiempo de ocuparme de ella ni de su amiguito y todos los rollos que tienen en su cabeza. Le tendré que ser sincero: tengo ganas de seguir con lo nuestro, sé que algún día vamos a retomar nuestro proyecto, pero no ahora. Tengo mucho laburo, pocas ganas de pensar y muchas ganas de dormir con la música a volumen diez. Pero no la quiero ver más ahí parada, al acecho. No quiero pasar frente a ella e ignorarla. No quiero esquivarla. No quiero negarla. Me da vergüenza hacerlo porque ella sabe todos mis movimientos, ella me vigila y no puedo hacerme el otario. Está esperando algo de mí y yo no le doy la más mínima señal. ¿Qué culpa tengo de estar así? Le voy a decir que se ponga en mi lugar… Pero la vida es así. Ni ella ni yo la podríamos modificar.
Por ahora Laura seguirá parada en esa esquina, bajo ese árbol, esperando que algún día me comunique con ella, que me vuelva a ocupar de su vida, de la de Juan. Hoy por hoy seguiré escapando hasta tener ganas de volver… ¿Y si cuando quiera volver no me da ni la hora? ¿Y si me rechaza? Posibilidades… Pero Laura sabe muy bien que no me va a poder rechazar. Juan tampoco podrá darse ese lujo. Si quieren seguir siendo los personajes de mi novela —hasta ahora inconclusa—, no me van a poder rechazar.

viernes, 15 de octubre de 2010

ALMENDRA: Muchacha ojos de papel

"La consumación de una noche íntima es el tema de esta letra. Está en línea con otras de la generación del rock -"Catalina Bahía" de Pedro y Pablo, especialmente- y con algunas de Serrat (...) Tal vez lo más llamativo de esta gala del amor en segunda persona sea la relación equitativa entre los sujetos que se aman. No hay ni rastros de esos tortuosos encuentros de amor prohibido o socialmente complicado: nada más alejado de una increpación que "Muchachas ojos de papel". En ese sentido la canción de Spinetta es un dato de época muy locuaz: no solo presenta modos de relación relativamente temerarios para la Argentina de la dictadura de Onganía -la idea de una sexualidad libre, lúdica y sin culpa era por esos años algo más deseado que vivido-, sino también un determinado programa moral que, todo parecía indicar, se desarrollaría en el porvenir. Eso era beat, eso era hippie:
Duerme un poco y yo entretanto construiré / un castillo con tu vientre hasta que el sol, / muchacha, te haga reír / hasta llorar, hasta llorar".
(De "Canciones argentinas -1910/2010" de Sergio Puyol. Bs. As., Emecé, 2010)

martes, 12 de octubre de 2010

EL ÚLTIMO ADIÓS

Parecía un gran felpudo, o una enorme madeja de lana negra. Apenas si se movía. No muchos pensamientos pasaban por esa mente desesperada. Hacía ya unas cuantas horas que estaba allí, en un rinconcito oscuro de una casa que no le pertenecía, que nunca había visto ni respirado. Ahora lo hacía, con un gran esfuerzo. Veía apenas sombras que pasaban de un lado a otro, que se le acercaban. Sentía de vez en cuando sobre su cabeza una caricia y algún murmullo que no alcanzaba a entender. No quería pensar en lo que había pasado horas antes, en el parque, cuando sintió en su piel un estremecimiento que nunca había sentido, cuando percibió un aroma desconocido: riquísimo, dulcísimo, afrodisíaco e irresistible. Qué emoción enorme sintió cuando la vio por primera vez... Pero no quería pensar en lo que ya había pasado. En ella tampoco. Ahora tenía ganas de pensar en cosas más importantes y urgentes. No quería estar más en esa casa desconocida y fría. Quería estar en su casa, calentito, con su gente, con su familia. ¿Dónde están ahora? ¿Por qué no vienen a buscarme? Sentía cada vez más frío y nadie le ponía una manta encima. ¿No me ven temblar? Otra caricia y otro murmullo. El amor es a veces traicionero. ¿Por qué será tan complicado amar? Sintió que le pasaron un trapo húmedo y frío por la panza y sintió un ardor que lo manifestó con un reflejo imperceptible. Estaba débil y ansioso. Quería ver bien pero no podía. Poco a poco iba sintiendo que ya no le quedaba nada por hacer. Solo quería que vengan a verlo... No le faltaba paciencia. Una sombra enorme se le acercó y le frotó suavemente un algodón húmedo sobre su nalga. Olor fuerte. Y un pinchazo. Ni siquiera gimió. Le dolió, pero no tenía ganas de gastar fuerzas en pequeñeces. Tenía que guardarlas, tenía que ser fuerte y esperar que lo vengan a buscar. ¿Es que no sabrán que estoy acá? Un sonido agudo lo sobresaltó. Una sombra pasó a su lado casi corriendo. Escuchó murmullos y le pareció ahora entender un poco más. Reconoció una voz. Lentamente, otra sombra, que se hacía cada vez más perceptible a su vista, se le acercó. Y escuchó una palabra que hacía horas estaba esperando escuchar: su nombre.
-Júpiter... -dijo una voz triste y dulce.
Comenzó a escuchar un poco mejor. Los murmullos se iban convirtiendo en palabra sueltas que ahora sí entendía. Unos perros enormes... y más murmullos. Era una perra..., pensó él mientras el murmullo lo contradecía. Como cinco... lo agarraron entre todos..., escuchaba. Era una perra hermosa..., siguió pensando. El veterinario... y murmullos.
Abrió los ojos lo más que pudo. Lo hizo con dificultad pero pudo hacerlo al fin. De reojo miró hacia arriba y la nebulosa se le fue aclarando de a poco hasta reconocer la cara llorosa de Pedro que lo miraba y le acariciaba suavemente su cabeza. Por fin lo habían ido a buscar. No alcanzó a cerrar los ojos. Un rápido estremecimiento fue el principio de su eternidad.

domingo, 26 de septiembre de 2010

GENTE DE MIERDA

Te escuchan atentamente esperando el momento y las palabras exactas en tu boca para decirte que sos un boludo, para hacerte ver cuán equivocado vas por la vida, y te refriegan con una sonrisa en el rostro tus “errores”, esos que ellos descubren pero que vos ni siquiera los considerás tales.
Llegás tarde, unos minutos. Te da bronca porque sabés que los que hacen todo bien y siempre llegan a horario —incluso mucho antes del horario acordado— te esperan, ansiosos, para hacerte sentir una auténtica basura. Y así pasa, no te equivocás con el pronóstico, y cuando llegás, automáticamente todos miran su reloj pulsera y te largan la obviedad: “Llegás tarde”. Masticás un poco tu bronca porque podrían haberse ahorrado el estúpido comentario. No entienden cómo llegás tarde, cuando ellos pueden llegar cuarenta y cinco o cincuenta minutos antes. No entienden cómo vos te levantás cuando ellos ya se tomaron dos pavas de mates e hicieron todo lo que tenían programado para hacer en la mañana. No entienden cómo preferís quedarte en tu casa, con los tuyos, cuando ellos tranquilamente salen (se escapan) de la suya antes del amanecer para no encontrarse con su familia.
No te comprenden.
Su atención está en lo que vos hacés y esperan, impacientes, el momento del error. Ellos te vigilan de reojo y se sienten satisfechos cuando con una sonrisa te advierten el yerro. Ellos no se equivocan nunca, porque nunca hacen nada. Pero si se equivocan, el error no les pertenece; se lo adjudican a otro. Y siguen esperando el tuyo.
Si se enteran antes que vos de una noticia o información “importante” (por ejemplo, qué negocio abrió o cerró en el centro), te lo refregarán en la cara porque ellos saben todo. Si no conocés a fulanito, el esposo de la tarada que vive en frente de la casa roja que está cerca de la casa de mengano, el pelado dueño del restorán X, vivís en una “nube de pedo” y tu vida no tiene sentido. Pero te insisten porque seguro que lo conocés, no podés no conocerlo, no podés ser tan tarado.
Y ojo con portar título universitario. Porque el Dr. Pepe y la Dra. Pepa no saben nada. “¡Profesionales… puaj! Hoy cualquier estúpido se recibe y le dan un título”. ¿Tu hijo sacó mala nota, le pusieron amonestaciones o te llamaron para una reunión de padres? “Docentes y basta. Son todos unos tarados, no saben ya qué boludez hacer. ¡Así está la educación en este país!”. Y te refriegan que ellos jamás fueron a una reunión de padres porque sus hijos eran perfectos… o porque directamente no tienen hijos, pero seguramente no hubiesen ido porque sus hijos hubiesen sido perfectos, o casi. Además, nunca sintieron la necesidad de tener un título universitario… Para ser buenas personas, no es necesario tener uno, aducen con orgullo.
Y son guardianes del orden social. No dan marcha al auto sin antes tener su cuerpo sujetado al cinturón de seguridad. Por su seguridad y la de los demás. Seguro que vos no lo hacés. Clasifican la basura orgánica e inorgánica y la sacan en los días que corresponde, a la hora que corresponde, en la bolsa que corresponde, con el peso que corresponde y la colocan ordenadamente en el canasto, como corresponde. Seguro que vos no lo hacés. Caminan derecho, con la frente alta, seguro de sí mismos (no con las manos en los bolsillos y sin apuro) y jamás cruzarían una calle si no es por la senda peatonal de las esquinas. Vos jamás lo hacés ni lo harías. Tienen los impuestos abonados al día y no cometen infracciones. ¿Vos los pagás? ¿Usás casco cuando vas en moto? Después no te quejés cuando te hagan la multa. ¡Bien puesta estará! Condenan a los que consumen alcohol (sean mayores o menores de edad) y opinan/dictaminan a qué lugar pueden ir, a qué hora entrar, a qué hora salir, cómo ir vestidos y cómo comportarse en el interior del lugar. Festejan por cada clausura de bar, confitería bailable, pub o cualquier lugar donde la juventud se junte a divertirse. No soportan la alegría ajena.
¿Gastaste mucha luz? ¡Y si tus hijos están todo el día con la computadora encendida! ¿Mucho gas? ¡Si no hace frío! No entienden cómo podés tener los calefactores encendidos todo el invierno. ¿Hacés baldear la vereda de tu casa en los días y horarios no permitidos? Piensan en denunciarte, seguro, pero se conforman con martirizarte: “Cuando en el verano no haya agua, ya sé de quién me voy a acordar…”, te refriegan en la cara.
¿No te alcanza la plata? ¿Cuánto ganás? ¿En qué la gastás? ¿Cómo puede ser? ¿No llevás un control? ¿Cuántas veces vas al supermercado en una semana? Hay que ir solo los viernes, o los jueves, un solo día a la semana. Si vas todos los días, obvio que no te va a alcanzar la plata. ¿Para qué comprás comida hecha? Además, si salís a comer afuera, después no te quejés.
Te quejaste del calor, o del adoquinado, o del tránsito. O se te ocurrió manifestar un sentimiento de melancolía por extrañar tu ciudad natal. Lo hiciste inconscientemente pero de corazón. Inmediatamente sonríen, se refriegan las manos con ganas y con el tonito más hiriente que pueden encontrar, te la mandan a guardar sin anestesia: “¿Por qué no te volvés a tu ciudad, que allá está todo lindo? ¿Qué hacés todavía acá?”.
Son todas personas correctas, a no dudarlo. No dudan en decirte “salud” apenas estornudás; no discriminan jamás, son “derechos y humanos” (aunque esta ciudad se llenó de villas miserias; en el centro está lleno de negros y no se puede caminar tranquilo; los que vienen de afuera hicieron crecer la inseguridad; la culpa es del gobierno porque les da casas; estamos trabajando para usted…); jamás se olvidan alguna pertenencia en su lugar de trabajo ni dejan pasar ningún compromiso por alto: está todo debidamente agendado.
Se alegran cuando llueve, pero que no caiga tanta agua porque eso le hace mal a la soja, y además, con mucha agua en el piso no se puede cosechar. Y en épocas de sequía viven con la cara larga, preocupados. Seguramente se va a perder la cosecha. Y ni hablar del precio de los tractores, de los insumos y de los impuestos que deben pagar los dueños de la tierra. No son dueños de la tierra y nunca lo serán, pero hay que ver lo solidario que son con esas pobres personas...
Viven pendientes del servicio meteorológico, esperando eternamente que llueva en época de sequía o que salga el sol en épocas de lluvias. Nunca están conformes y siempre esperan el cambio de luna para que se produzca alguna modificación en el tiempo. O para cortarse el pelo. Si el cielo se pone negro, trae piedra: si está rojizo, viento. Si el viento es del oeste, trae lluvia; si es del sur, frío; si es del norte, calor; si es del este, peste. No obstante ello, el 95% de sus predicciones son incorrectas.
Y cuando después de pensar y pensar en todo esto no abrís la boca, estás ensimismado, te machacan que sos un aburrido, mala onda y “¡siempre con la misma cara de culo!”. Cuando hablás se sorprenden: “¡Ah! ¿Te despertaste por fin?”. Y querés mandarlos a la remierda pero te aguantás, ahorrás saliva y no desperdiciás tu atención en ellos, por eso seguís guardando silencio y pensando que querés vivir tu vida con quien vos realmente querés vivirla, la vida que vos querés y elegiste vivir, lejos de esa gente de mierda.

jueves, 16 de septiembre de 2010



PARA ENCONTRARSE A UNO MISMO NO ES NECESARIO CAMINAR MUCHO. SE LOS DIGO YO, QUE ME HE RASTREADO POR TODAS PARTES Y ME ENCONTRÉ EN EL PATIO DE MI CASA, CUANDO YA ERA DEMASIADO TARDE...
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Alejandro Dolina


M.C. Escher (Holanda, 1898/1972): Relativitat, 1953, litografia

miércoles, 8 de septiembre de 2010

COMO UNA PALOMA BLANCA



Cuando en aquella tarde de mayo de no me acuerdo qué año me dijo que algún día iba a llorar su partida, no le di demasiada importancia. Siempre me lo decía, y la primera vez fue cuando más me impactaron sus palabras. Un tonito misterioso hizo aun más hermosa esa frase. Pero con el paso del tiempo esa sentencia fue perdiendo importancia para mí. Y cuánto lo lamento ahora. En realidad no sé si Lucía era una mina de carne y hueso o pertenecía a otra dimensión.
La conocí en el colegio. Ella era un año más chica que yo. Cuando ingresó al primer año de esa secundaria, todos los chicos, de todos los cursos, no pudieron evitar mirarla con la boca abierta. Era realmente hermosa. Era del tipo de chica que a mí me gustaba. Y así como todos trataron de conquistarla desde un primer momento, yo ni siquiera me acercaba a ella. Mi timidez para entonces era ya exagerada. Siempre que algo o alguien me gustaba, le daba la espalda. ¿Por qué? Todavía no lo sé... Miedo, vergüenza, estupidez... Lo cierto es que el noventa por ciento de los chicos del colegio estaba atrás de Lucía durante los recreos y más de una trompada se repartió por su culpa. Lo asombroso era que ella ni siquiera les sonreía. Era antipática con todos los que se le acercaban y hasta los maltrataba. Y ese mal trato no desalentaba las esperanzas de nadie. Al contrario. Y yo, al ver todo lo que pasaba a mi alrededor, ni siquiera me animaba a mirarla. Si no le daba bolilla a quienes eran mucho más atractivos que yo, ¿qué esperanza me quedaba? Yo era un flaquito, cabezón, que siempre estaba vestido al revés de todos los que estaban a la moda. Y así fue que Lucía para mí en esos días no fue más que una chica como las otras. Qué me iba a imaginar que hoy me iba a sentir como me siento...
Ese mismo año —yo tenía dieciséis recién cumplidos— me habló por primera vez. Fue durante el recreo largo. Tenía una medialuna en mi boca cuando olí su perfume a jazmín y escuché su voz, dulcísima, de la que inmediatamente me enamoré. Me sonrió con un hola en sus labios y casi me ahogué con mi desayuno. No pude contestarle sino hasta después de haber tragado todo ese mazacote, y creo que habrán pasado siglos. A pesar de ser físicamente más grande, me sentí insignificante a su lado. Alfileres y clavos me traspasaban: no había un solo chico en el colegio que no me estuviese mirando. Debo confesar que me habló durante todo el recreo y que no recuerdo ni una sola palabra de lo que me dijo. Ese día nació nuestra amistad.
Se me eriza la piel cada vez que la recuerdo, su cara muy cerca de la mía, diciéndome en voz baja: Algún día vas a llorar mi partida. Qué extraña era Lucía. Hubo momentos en los que sentí miedo. No era una chica como las demás. Era enigmática y con un carácter muy dulce y podrido a la vez. Creía a veces que en los momentos en que estaba enojada por algo y se la agarraba conmigo no era sino para que me fuera de su lado y la dejara en paz. Pero si yo me iba, al otro día aparecía con su voz más dulce y me invitaba a caminar. Algo de todo eso me atraía, y mucho. Fue por eso que estuvimos juntos hasta aquel día en que la lloré.
Nunca llegamos a ser novios formales, pero qué lindo era estar con Lucía, verla llorar, reír, callar... Recuerdo la época de esa secundaria como una de las mejores de mi vida, sobre todo los momentos que compartí con ella. Por suerte esa amistad tan fuerte que nos unía no nos prohibió tener nuestro grupo de amigos y amigas en común. Los chicos me envidiaban por esa amistad y me preguntaban qué estaba esperando para atracármela. En realidad, nuestros momentos amorosos habíamos tenido, pero ninguno de los dos los habíamos tomado como un compromiso demasiado serio.
Y así pasaron los años y yo llegué a mi quinto año Perito Mercantil. A duras penas, pero llegué. Un lindo año, quizás el mejor. Con Lucía había una onda fantástica y seguía repitiéndome, cada vez más seguido, la frase enigmática. Yo sentía miedo cada vez que lo hacía. Miedo en todo sentido. Por su voz extraña, por su mirada profunda, por un futuro incierto. Y le hablé. Tenía que hablarle porque yo quería llegar más allá de una simple amistad. Recuerdo todavía sus palabras, que en ese momento no comprendí o no quise comprender:
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Escuchame, Quique, todo lo que te digo va a ocurrir. Y es inevitable. Yo algún día me voy a ir... qué sé yo a dónde. No me lo preguntés. Hoy somos felices, pero la felicidad no es eterna. La dicha eterna es falsa. Y además no es buena. No sé si me entendés. Los dos tenemos mucho por vivir y pienso que sería fantástico que cada uno lo haga por su lado. Aprendimos muchas cosas juntos, ¿no creés? Recordá la canción que siempre escuchamos juntos —y cantó, siempre con esa dulce voz—:
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.Llorarás, amigo,
y me buscarás.
Será cuando yo me haya ido
a prepararte un lugar.
Pasará un poco de tiempo
y ya no me verás.
Y otra vez pasará el tiempo
y a verme volverás...
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Te quiero mucho, Quique. De eso no te olvides nunca. Te quiero mucho y siempre te querré.
.Esa noche lloré mucho y no fue porque Lucía me hubiese abandonado —porque todavía no lo había hecho— sino porque algún día, indefectiblemente, lo iba a hacer y no podía entender que alguien que te quiera tanto te pueda abandonar así porque sí. Luego de ese día ella comenzó a decirme que se iría feliz, volando por las nubes, como siempre le hubiese gustado andar por el mundo. Feliz por mí, feliz por ella.
A la fiesta de graduación, por supuesto, fui acompañado por Lucía. Estaba como nunca. Hasta me daba bronca que mis compañeros se dieran vuelta al pasar para mirarla. Fue una noche estupenda, la mejor que pasamos juntos. Pero lamentablemente, la última. Cuando la fiesta terminó, me tomó muy fuerte del brazo y me invitó a caminar. Fuimos a la costanera y caminamos tomados de la mano por el puente colgante, que las furiosas aguas años después se encargarían de arrastrar hasta el fondo de la laguna. Hablamos poco y nos miramos mucho. Presentí que el final llegaba. El silencio nos comunicaba. Me preguntó si la quería y mi respuesta fue inmediata y obvia, le dije que sí, se lo repetí mil veces, lo grité a los cuatro vientos y creí que toda la ciudad había escuchado mis gritos. Ella también me dijo que me quería. Estaba nervioso y ella parecía feliz. En un momento que no advertí se subió a la baranda del puente y yo, muerto de miedo, le grité y la tomé de la mano. Soltame —me dijo con la misma voz dulce de siempre—. No me olvides nunca. Te quiero mucho. Yo veía desesperadamente cómo corrían las aguas barrosas bajo el puente y no sabía qué hacer ni qué decir. Y saltó. Grité muy fuerte, con nervios, miedo y bronca a la vez. Vi a Lucía caer en cámara lenta, envuelta en su vestido blanco y su cabello rubio. Entre lágrimas vi cómo el cuerpo blanco se convertía en una pequeña nube de donde, luego de un suave estallido, salió volando con todas sus fuerzas y ganas una hermosa paloma blanca, que se dirigió hacia el horizonte todavía oscuro.
Ya no me importa saber qué o quién fue Lucía. Solo sé que hoy debe ser feliz por haberse dado el gusto de volar. Y yo, aunque triste por su ausencia, estoy también contento por saber que, al menos, hubo alguien que me quiso de verdad.

domingo, 5 de septiembre de 2010

DOLINA, Alejandro: La decadencia de la amistad (fragm.)

Hermenegildo Sábat
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(de "Crónicas del Ángel Gris")
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La amistad debe nacer en la juventud o en la infancia. Nuestros amigos son aquellos que aprenden junto a nosotros o, mejor todavía, los que viven aventuras a nuestro lado. Y por lo general, la gente aprende y vive aventuras en la juventud. Después casi todo el mundo consigue algún empleo en casas de comercio y ya resulta imposible adquirir conocimientos nuevos o pelearse con una patota.
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A los once o doce años, uno empieza a hartarse de la familia y encuentra que los muchachos de la esquina son mucho más divertidos que el tío Jorge. Durante más o menos una década nadie estará más cerca de nuestro corazón que esos muchachos. Y si uno quiere aprovisionarse de amigos, debe hacerlo en ese período. Después será demasiado tarde.
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Sucede que en cierto momento de la vida uno descubre que esta rodeado de extraños: compañeros de trabajo, clientes, acreedores, vecinos y cuñados. Los amigos de verdad están lejos, probablemente encerrados en círculos parecidos.
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Algunos empecinados insisten en cultivar amistades nuevas. Los matrimonios maduros se visitan mutuamente y desarrollan pálidas parodias de la amistad verdadera: se cuentan una y otra vez episodios antiguos, vividos con los amigos viejos, que ya no están. Cuando uno es joven no cuenta historias a sus amigos: las vive con ellos...
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Alejandro Dolina
(Argentina, 1949)

sábado, 28 de agosto de 2010

CLAPTON, Eric: Tears In Heaven

¿SABRÍAS MI NOMBRE
SI TE VIERA EN EL CIELO?
¿SERÍA LO MISMO
SI TE VIERA EN EL CIELO?
DEBO SER FUERTE Y SEGUIR ADELANTE
PORQUE SÉ QUE MI LUGAR NO ESTÁ AQUÍ EN EL CIELO...
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¿COGERÍAS MI MANO
SI TE VIERA EN EL CIELO?
¿ME AYUDARÍAS A RESISTIR
SI TE VIERA EN EL CIELO?
ENCONTRARÉ MI CAMINO A TRAVÉS DE LA NOCHE Y EL DÍA
PORQUE SÉ QUE NO PUEDO ESTAR AQUÍ EN EL CIELO...
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EL TIEMPO PUEDE ABATIRTE, EL TIEMPO PUEDE DOBLAR TUS RODILLAS
EL TIEMPO PUEDE ROMPER TU CORAZÓN, HACERTE SUPLICAR POR FAVOR...
MÁS ALLÁ DE LA PUERTA HAY PAZ, ESTOY SEGURO
Y SÉ QUE ALLÍ NO HABRÁ MÁS LÁGRIMAS EN EL CIELO...
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¿SABRÍAS MI NOMBRE
SI TE VIERA EN EL CIELO?
¿SERÍA LO MISMO
SI TE VIERA EN EL CIELO?
DEBO SER FUERTE Y SEGUIR ADELANTE
PORQUE SÉ QUE MI LUGAR NO ESTÁ AQUÍ EN EL CIELO...
.
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Tears In Heaven (Lágrimas en el cielo) es la canción que compuso Eric Clapton en memoria de su hijo fallecido, Conor, quien murió el 20 de marzo del año 1991 al caer accidentalmente de la ventana de un piso 53 de un rascacielos en Manhattan, New York, a los 4 años y medio de edad. Clapton compuso esta balada 9 meses después y se convirtió en un éxito masivo.

domingo, 15 de agosto de 2010

MUÑIZ, Juan Carlos: No sé si era feliz

Gracias CDLV

No sé si era feliz,
pero sabía que el mundo terminaba en la otra cuadra,
todos los recovecos de la siesta
me daban su cobijo y sus fantasmas.

Mi padre era tan sabio como un libro,
mi madre era el auxilio de mis manos,
mi almohada era mi amante y mi enemigo,
en las confusas noches del verano.
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No sé si era feliz,
porque temía,
las sombras de mi cuarto me cercaban,
había un gran villano de once años
y viejos de la bolsa que rondaban,
pero había también un seis de enero,
el desván en la casa de mi abuela,
había un patio lleno de tesoros
y un baldío camino a la escuela.

No sé si era feliz,
pero bastaba un pedazo de azul en la mañana,
una promesa a cambio de una nota
o fugarse a través de la ventana.

Algún día empecé a tener recuerdos
y me dieron las llaves de mi casa,
una carta de amor cerró la puerta
y yo me quedé fuera de la infancia.

No sé si era feliz,
pero qué lejos...
No sé si era feliz,
pero qué lástima.

Juan Carlos Muñiz

lunes, 9 de agosto de 2010

AMOR DE ADOLESCENTES

RECENT PAINTINGS - 1994
Rafal Olbinski (Polonia)



—¿Qué podemos hacer?
No sabía qué contestarle. Yo tenía ganas de hacer tantas cosas con ella que no podía decirle ni siquiera una. Siempre me pasaba lo mismo: no me animaba a hablar. Hasta entonces me había caracterizado por ser medio quedado. Y una vez más me habían faltado las palabras. Mejor dicho, me habían dejado sin palabras. Nancy me gustaba mucho y además la quería mucho también. Era una mina que me daba vuelta, siempre estaba de buen humor, siempre tenía una sonrisa para regalar. Además era provocativa. A veces me decía que era el mejor chico que conocía, que yo era su mejor amigo, que me quería muchísimo y terminaba dándome un beso en la mejilla. Yo quedaba loco y me daban ganas de agarrarla y apretarla, y darle un buen beso, pero en la boca, y gritarle que la quería, que quería que sea mi novia, que no aguantaba más… Pero la historia se repetía: no abría la boca. Me pasaba tardes enteras tirado en la cama con el grabador a todo volumen planeando cómo hacer para animarme. Siempre que estábamos juntos me daba pie como para que yo me tirase y mi gran duda era si me estaba provocando, si lo hacía a propósito. Entonces me daban ganas de gritarme ¡Imbécil! ¿No ves que te está esperando? Y me decía: ¡Ma sí, me tiro! Y cuando la veía nuevamente era como si me estuvieran agarrando de los pantalones, como si me estuvieran diciendo que no, que se me reiría en la cara. Y ese día la tenía frente a mí, sentada en esa mesa de bar con su cara hermosa, como siempre, mirándome con cariño. Cuando estaba por abrir la boca para decir cualquier idiotez, me tomó de la mano me sacó casi corriendo de ese bar mugriento rumbo a la calle.
—Caminemos —me dijo.
Y, por supuesto, acepté. Obviamente, habló todo el tiempo ella. Qué sé yo lo que me decía, yo solamente la miraba. Movía los labios de una forma muy dulce, siempre con esa sonrisa en su rostro, y caminaba con una gracia especial. De vez en cuando se me adelantaba unos pasos y caminaba marcha atrás, frente a mí, como jugando. ¡Qué ganas de abrazarla! Me miraba con esos ojos pardos irresistibles y amorosos como diciéndome: abrazame. No sabía qué hacer. A los pocos minutos ella me tomó de la mano y me dijo con una simpleza sin igual que yo era muy dulce. No sé de dónde saqué coraje y la abracé. Mi mano derecha se apoyó en su hombro derecho y caminamos lentamente hacia su casa. Le pregunté si le molestaba.
—No, al contrario. Me siento protegida.
No cabían dudas: estaba muerta conmigo y no podía perderme esa oportunidad. Tenía que actuar rápidamente, sin pensarlo demasiado. Pero antes de que yo atinara a hacer algo, me preguntó si no iba a ir a la confitería el viernes a la noche. Iba a decirle que sí, pero antes quise asegurarme de que ella iría.
—Por supuesto —fue la respuesta contundente.
Pensé: ¿y si en vez de apurarme ahora, espero hasta el viernes? Seguramente voy a estar más decidido… y con un poco de alcohol encima, seguro que me tiro. Además, iba a poder planear todo con mayor serenidad. Y esperé.
El jueves por la tarde no fui a gimnasia. Media falta más en el colegio no me haría nada. Decidí salir a caminar por la ciudad. Luego de una hora de deambular, fui a la casa de Esteban a tomar unos mates y le conté lo que me pasaba y todo lo que sentía. Hablé como media hora sin parar y él sólo se limitaba a mirarme. Parecía no entender, no escuchar. Se levantó de repente y se dirigió a la ventana de su cuarto y miró hacia la calle.
—Che, ¿qué pasa?
Dio media vuelta y me lo dijo, no muy tranquilo:
—Me pasa lo mismo que a vos con una mina y me estoy haciendo, como vos, mucho el bocho. Siento lo mismo que vos y no sé qué hacer. Ella también me dice esas cosas lindas, estoy seguro de que me quiere y tengo ganas de decírselo.
Me alegré, le dije que me parecía bárbaro, que quizás a los dos nos iría bien, y que luego podríamos salir los cuatro juntos. Le dije que cambiara la cara, que entendía que estuviese nervioso, yo también lo estaba, pero que tenía que cambiar la cara porque las cosas estaban dadas como para que los dos ganemos, que se dejara de joder.
—¿Quién es, Esteban?
—Nancy —dijo con la voz entrecortada—. Y quedamos en encontrarnos mañana en la confitería…
El viernes nos pasamos la noche con Esteban sentados en el umbral de mi casa fumando, tomando cerveza, mirando hacia la avenida desierta y sin decir una sola palabra.

viernes, 23 de julio de 2010

NERUDA, Pablo: Oda al hombre sencillo

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Voy a contarte en secreto
quién soy yo,
así, en voz alta,
me dirás quién eres,
quiero saber quién eres,
cuánto ganas,
en qué taller trabajas,
en qué mina,
en qué farmacia,
tengo una obligación terrible
y es saberlo,
saberlo todo,
día y noche saber cómo te llamas,
ése es mi oficio,
conocer una vida
no es bastante
ni conocer todas las vidas
es necesario,
verás,
hay que desentrañar,
rascar a fondo
y como en una tela
las líneas ocultaron,
con color, la trama
del tejido,
yo borro los colores
y busco hasta encontrar
el tejido profundo,
así también encuentro
la unidad de los hombres,
y en el pan
busco
más allá de la forma:
me gusta el pan, lo muerdo
y entonces
veo el trigo,
los trigales tempranos,
la verde forma de la primavera,
las raíces, el agua,
por eso
más allá del pan,
veo la tierra,
la unidad de la tierra,
el agua,
el hombre,
y así todo lo pruebo
buscándote
en todo,
ando, nado, navego
hasta encontrarte,
y entonces te pregunto
cómo te llamas,
calle y número,
para que tú recibas
mis cartas,
para que yo te diga
quién soy y cuánto gano,
dónde vivo,
y cómo era mi padre.
Ves tú qué simple soy,
qué simple eres,
no se trata
de nada complicado,
yo trabajo contigo,
tú vives, vas y vienes
de un lado a otro,
es muy sencillo:
eres la vida,
eres tan transparente
como el agua,
y así soy yo,
mi obligación es ésa:
ser transparente,
cada día
me educo,
cada día me peino
pensando cómo piensas,
y ando como tú andas,
como, como tú comes,
tengo a mis brazos a mi amor
como a tu novia tú,
y entonces
cuando todo está probado,
cuando somos iguales
escribo,
escribo con tu vida y con la mía
con tu amor y con los míos,
con tus dolores
y entonces
ya somos diferentes
porque mi mano en tu hombro,
como viejos amigos
te digo en las orejas:
no sufras,
ya llega el día,
ven,
ven conmigo,
ven
con todos los que a ti se parecen,
los más sencillos,
ven,
no sufras,
ven conmigo,
porque aunque no lo sepas,
eso yo sí lo sé:
yo sé hacia dónde vamos,
y es ésta la palabra:
no sufras
porque ganaremos,
ganaremos nosotros,
los más sencillos,
ganaremos,
aunque tú no lo creas,
ganaremos..
(CHILE, 1904/1973)

martes, 13 de julio de 2010

POR LA VENTANA VEO PASAR LA GENTE



Todos los días igual: me despierto temprano, estoy todo el día en casa, aburrido, haciendo siempre lo mismo, o sea, nada. ¿Qué sentido le encuentran a la vida si está solamente para sobrevivirla? Maldigo el día en que nací... ¡Y en mi condición! Me hubiese gustado ser de una especie superior para que no me tengan de aquí para allá a los gritos, a las patadas, siempre obedeciendo, siempre con la cabeza gacha. ¿Quién dijo que el hombre es casi perfecto? ¡No! Si lo fuera, no existirían las rejas, las cadenas...
Cuando por la ventana veo pasar la gente me pregunto qué estarán pensando. Siento envidia al verlos caminar con paso seguro. Este sentimiento nace al no saber cuál es mi camino. ¿A dónde voy? ¡A ningún lado! No puedo dirigir mis pasos a lugar alguno porque no me siento libre, no me siento capaz de decir adiós a todos los que me rodean e irme a divagar por el mundo. Hay algo que me ata, algo que me detiene. Es algo que no comprendo, es una fuerza que me sujeta, que me hace regresar siempre a mi hogar.
Autos que pasan por la avenida, gente que pasa por la vereda. Nadie me ve. Todos pasan indiferentes, nadie repara en mí. De vez en cuando una viejita me saluda. Los chicos, cuando me ven en la ventana del cuarto, generalmente me hacen burla. Y yo sin poder hacer algo, sin poder siquiera gritar. ¡Qué inútil me siento a veces! No tengo ni el derecho de expresar mis deseos. Bronca siento al pensar que no puedo, aunque sea, putear a los imbéciles que se burlan de mí. Si no fuera por esas malditas rejas de la ventana... Pero trato de no pensar en ellos: prefiero pensar en los que son como yo. Somos muchos en el mundo, pero a la mayoría nos tienen marginados. Siempre detrás de las rejas, de los muros. Estamos privados de la palabra. Será por eso que pensamos tanto. Todo el día buscando un porqué. Todo el día mirando pasar gente a nuestro lado sin poder decir algo, sin poder saludar. Solo una mirada o dos, nada más. ¿Y ellos? Nada. Nos miran, sonríen, murmuran alguna idiotez y siguen su camino. Yo quisiera decirles lo que pienso...
Estoy flaco porque como poco. Es que hay veces que prefiero estar tirado en el sofá del living o en el mismo piso fresco y no responder al llamado del almuerzo. Como lo suficiente, como para seguir vivo, nada más. ¡Y si para eso estamos! Sobrevivir es la palabra justa. Pero hay días en que no como y me desespero. Pienso mucho y creo que esa es otra de las cosas que me quitan el hambre. Yo sería un buen dietista. Adelgace pensando, sería el eslogan. ¿Su problema son los kilitos de más? ¡Piense! Me llenaría de guita. Pero mi destino está aquí, en esta casa, con mi familia, pensando las tres cuartas partes del día mientras miro por la ventana a la gente pasar.
Quizás haya alguien que se digne a pensar en mí aunque sea un minuto y se pregunte: ¿No se cansará de estar siempre ahí? Quizás también agregue con cara de lástima: ¡Pobre!... O si no, con un poco de maldad ese alguien piense: Se debe conocer vida y obra de todo el barrio... Pero hasta con esa duda me tengo que quedar: la de saber si hay alguien que piensa en mí. ¿Por qué estaré tan solo en este mundo idiota? Mi familia se limita solo a pasarme la comida y, muy de vez en cuando, me sacan de esta maldita casa y me llevan a pasear. Necesito alguien que me comprenda, alguien que sea como yo, que piense como yo. Alguien con quien compartir las horas mirando por la ventana. Sí, eso: una novia, una compañera. ¡Qué feliz sería! Seríamos dos en la misma situación y la vida se haría más llevadera. En el barrio no faltarían las murmuradoras de siempre. Pero no me importarían. Yo sólo busco mi felicidad. Yo sólo quiero estar con alguien con quien compartir mis penas y mis pocas alegrías. No puedo soportar la idea de volverme viejo y no poder sentirme libre, contento. No soporto la idea de saber que algún día moriré sin haber vivido a pleno la vida. Esta ventana y esta calle me van a graduar de filósofo existencialista.
¡Ni amigos tengo! Nadie con quien mirar de noche el cielo estrellado. Nadie con quien compartir un plato de comida ni un poco de agua. Nadie a quien contarle mis secretos, escuchar los suyos, reír o llorar juntos, correr por el césped sintiendo un poco más libre nuestra vida. Nadie que me diga que todo esto es así porque sí, que me haga ver con otros ojos la realidad. Nadie con quien pelearme y reconciliarme. No tengo a nadie. Estoy solo y sin amigos. ¿Tendrán amigos todos los que veo pasar por la calle? ¿Existirán los amigos?
Por la ventana veo pasar la gente. Y es esa misma gente la que ve pasar los días de su vida sin darse cuenta de que poco a poco se va muriendo. Es esa misma gente la que no se da cuenta de que el mundo sigue dando vueltas sin detenerse y que ellos son los que giran junto con él. Es la gente que pasa frente a mi ventana y no me ve. No se dan cuenta de que mientras ellos envejecen y se van muriendo poco a poco con sus problemas cotidianos, yo también me voy muriendo lentamente, pero de aburrimiento, de tristeza, de soledad.
¡Qué vida de perros me tocó vivir! No hago más que ladrar y mover la cola con alegría, siempre festejando a los pocos que me acarician. Siempre perdonando a todos cuando me pegan o cuando me retan porque me escapé de casa. Siempre moviendo la cola para que me tiren un hueso o algo para comer. ¡Así es la vida! Unos nacen hombres, otros nacemos perros. No hago más que ver la gente que pasa por la calle desde mi ventana. Siempre hay que mover la cola o bajar la cabeza... ¡Júpiter, a bañarse!... Y obedecer.